viernes, 31 de mayo de 2013

Era Redemption + Ave María


En las primeras luces del crepúsculo.



Un sangrante beso en un frío bosque helado
Después escapó de las lágrimas para volver a estar sola
Y sus ojos oscuros que envejecieron esperando siempre
En el lugar en donde todos mueren, y nadie jamás vuelve...

Su alma en el confuso abismo de la soledad
Su nombre en el universo se hizo pequeño e incluso triste
Entre el amanecer se abrazó con inmenso dolor a este mundo
Perdiéndose en el humo, en las primeras luces del crepúsculo.


En las primeras luces del crepúsculo.
La cuna de todos los miedos.

Todos los derechos reservados.

©2007

 

Northern Kings I just died in your arms


Sangre en el cielo.



En la niebla de la noche, ella esperaba oculta en las calles
Porque en el fondo de la verdad de su vida, todo era silencio
Sus ojos de piedra permanecían dormidos en el umbral de la iglesia
Sangrando desde el cielo, el amor eterno, ése que no jamás regresa.

Sus lágrimas olían a sangre, cuando el cielo era gris y triste
Nada se movía en las sombras, excepto su corazón marchito e insensible
Siete estrellas se posaron en la parte más austral de este cielo
Después se perdieron en su alma, para encontrar el deseo.

En sus ojos alguna vez vi un poco de luz y de sol
Solamente que ahora lloraban sangre en el cielo más frío
En sus manos descansaba un crucifijo negro por el dolor
Mientras miles de cuervos volaban en su vida, consumiendo al amor.


Sangre en el cielo.
La cuna de todos los miedos.

Todos los derechos reservados.

©2007

 

Annihilator Only be lonely


Amanecer en la eternidad.



Prefirió morir en mis brazos, a decir que se arrepentía del amor
quizás por demasiado orgullo, tal vez por estar conmigo bajo el mismo sol
y le fue imposible aferrarse más a mí, sus manos cansadas no la dejaron
o fueron las sombras de la noche, donde su alma y la mía nunca se encontraron.

Prefirió sufrir delante de mis ojos, antes de pedirme perdón por su crimen
pero aún así lavé su frente con agua bendita, donde todos se redimen
y dejé la cruz de mi vida en sus manos pálidas, ahora tan lejos de todo
mientras las paredes de la iglesia y los ojos de Jesucristo se volvían rojos.

Prefirió quemarse en el fuego del amor, a volver a amar conmigo
aunque habían pasado tantos años ya, que no recordaba cómo era ser su amigo
quizás por eso conservé su cuerpo bajo el eterno cuidado de nuestra madre naturaleza
esperando que el tiempo la convirtiera en una flor, que naciera la próxima primavera.


Amanecer en la eternidad.
La cuna de todos los miedos.

Todos los derechos reservados.

©2007

 

W.A.S.P. Euphoria


Cuando resurge la oscuridad.



Yo busqué en sus ojos oscuros, el consuelo para el dolor de la muerte
ella confesó que eso era imposible, como abandonar mi sombra inerte
entonces le pregunté por la lluvia, por qué había matado a tantos
y me contestó con lágrimas que una y otra vez volvieron a quemar mis manos.

Una noche en que los cuervos de su castillo reían de nuestra desgracia
me preguntó por el tiempo, por qué no pactábamos morir juntos
tal vez porque la consumía el frío, y deseaba las llamas del averno
quizás por estar crucificada en mi corazón, en un completo y eterno silencio.

Miles de años después, ella después de la vejez, al final había muerto
sonreía como antes lo había hecho de joven, con la sonrisa de un ángel
y de las sombras de su cuerpo, ella resurgió en fuego como una diosa oscura
pero jamás se alejó de mi corazón, sino que se eternizó en los rayos de la Luna.


Cuando resurge la oscuridad.
La cuna de todos los miedos.

Todos los derechos reservados.

©2007

 

Nightwish Sleeping sun


En un círculo de perversión.



Miles de lunas sangrientas iluminaron mi camino de regreso
y cientos de tormentas mojaron sus espaldas antes cansadas
porque ahora no hay cansancio, nada queda en el mundo, excepto dolor
el dolor más aberrante, el que jamás se sucede, el que victimiza al amor.

Ojos sin vida fueron testigos de la locura insana de su alma
yo la desperté el día pactado para morir, en la niebla de una fría mañana
y desnuda en un altar, encerrada con sangre, en un círculo de la perversión
me confesó que jamás moriría, y menos de esa manera, suplicando a Dios.

Entonces en una noche en que los dos habíamos elegido la esclavitud del silencio
ella escapó de las cadenas de su tormento, esperando encontrar un sueño
pero en el mundo encontró muerte, la misma que ella había provocado
pero no importaba ahora, entre tanta belleza, donde sangraban sus ojos enamorados.


En un círculo de perversión.
La cuna de los todos los miedos.

Todos los derechos reservados.

©2007


La tarde. José Luis Cano (1912-1999)

Cada día toco con mis manos la dicha
la beso con mis labios
la dejo que se duerma dulcemente en mi pecho
que se despierte luego estremecida como un hermoso sueño.
Enfrente el cielo, los pájaros y tu boca entreabierta
sobre la calle con acacias y niños
delicada y trémula como una sonata.
Y desde mi terraza, íntima como una caricia
ávido sorbo la tarde y su hermosura
contemplo el avión rasgar sereno el aire puro
y casi toco
acaricio con mis dedos la luna inmensa
posada con ternura sobre un árbol cercano.
Poca cosa es lo que hace falta a veces para sentir la dicha
una luz, una flor, una brisa, una mano en la nuestra
o esta tarde que parece de carne
de suavísimo nácar
tarde entregada para un mirar lentísimo
para entrarla despacio
como un sueño en el alma
para besarla pura, inmaterial y celeste.

Esto es amor. Alfonsina Storni (1892-1938)

Esto es amor, esto es amor, yo siento
en todo átomo vivo un pensamiento.

Yo soy una y soy mil, todas las vidas
pasan por mí, me muerden sus heridas.

Y no puedo ya más, en cada gota
de mi sangre hay un grito y una nota.

Y me doblo, me doblo bajo el peso
de un beso enorme, de un enorme beso.

Negra sombra. (Fragmento) Rosalía de Castro (1837-1885)

"Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.
En todo estás y tú eres todo,
para mí y en mi mismo moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras..."

La luna es una ausencia. Carolina Coronado. (1820-1911)

Y tú, ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa,
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?

Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.

Yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.

¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo, ven: ¡por qué tardía!

Si yo, tú. Mägo de Oz


Si yo, tú. Mägo de Oz.

Si yo, tú.
Si caes, yo contigo,
y nos levantaremos juntos
en esto unidos.

Si me pierdo, encuéntrame.
Si te pierdes, yo contigo,
y juntos leeremos en las estrellas
cuál es nuestro camino.
Y si no existe, lo inventaremos.

Si la distancia es el olvido,
haré puentes con tus abrazos,
pues lo que tú y yo hemos vivido
no son cadenas...
ni siquiera lazos:
es el sueño de cualquier amigo
es pintar un te quiero a trazos,
y secarlo en nuestro regazo.

Si yo, tú.
Si dudo, me empujas.
Si dudas, te entiendo.
Si callo, escucha mi mirada.
Si callas, leeré tus gestos.

Si me necesitas, silba
y construiré una escalera
hecha de tus últimos besos,
para robar a la luna una estrella
y ponerla en tu mesilla
para que te dé luz.

Si yo, tú.
Si tú, yo también.
Si lloro, ríeme.
Si ríes, lloraré,
pues somos el equilibrio,
dos mitades que forman un sueño.

Si yo, tú.
Si tú, conmigo.
Y si te arrodillas
haré que el mundo sea más bajo,
a tu medida,
pues a veces para seguir creciendo
hay que agacharse.

Si me dejas, mantendré viva la llama
hasta que regreses,
y sin preguntas, seguiremos caminando.
Y sin condiciones, te seguiré perdonando.
Si te duermes, seguiremos soñando.
que el tiempo no ha pasado,
que el reloj se ha parado.

Y si alguna vez la risa
se te vuelve dura,
se te secan las lágrimas
y la ternura,
estaré a tu lado,
pues siempre te he querido,
pues siempre te he cuidado.

Pero jamás te cures de quererme,
pues el amor es como Don Quijote:
sólo recobra la cordura
para morir.
Quiéreme en mi locura,
pues mi camisa de fuerza eres tú,
y eso me calma,
y eso me cura...

Si yo, tú.
Si tú, yo.
Sin ti, nada.
Sin mí, si quieres, prueba.


Vangelis Prelude


¿Cuántas estrellas tiene el cielo? Andrés Eloy Blanco (1896-1955)

La última noche que pasamos juntos,
lo preguntó:
-¿Cuántas estrellas tiene el cielo?
-Trescientas cincuenta mil.
-¿A que no?
-¿A que sí?

-Cállate. Esta noche
no quiero que preguntes esas cosas.
Esta noche, si quieres preguntar
cuántas estrellas tiene el cielo,
o cualquier otra cosa,
pregunta algo así como ¿me quieres?
¿tienes frío? ¿quién dice que tiene hambre?

Esta noche, pregunta algo que sea
contestado en el mundo sin palabras.
Interroga con toda tu sangre
algo en que toda la vida del mundo
esté preguntando,
algo así como ¿quién llora?
¿hace falta algo?

Y verás como todo hace falta
y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo
cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella
para cada momento,
porque con una que se pierda
dará un paso de sombra la luz del Universo.


Def Leppard Tonight


Pequeña confesión. Ana Merino.

¿Si yo soy tu sueño
por qué me siento sola
cuando me sueñas?

Llego arrastrándome
a tu boca cuando duermes
y no sé cómo empezar
a contarte una historia
que se parezca a ti
para que nunca sepas
que yo vivo contigo.

Los sueños somos
como las sombras,
pertenecemos a un solo cuerpo
pero queremos ser
otra persona.


Sonata Artica The misery


Un día. Alfonsina Storni. (1892-1938)

Andas por esos mundos como yo; no me digas
que no existes, existes, nos hemos de encontrar;
no nos conoceremos, disfrazados y torpes
por los caminos echaremos a andar.

No nos conoceremos, distantes uno de otro
sentirás mis suspiros y te oiré suspirar.
¿Dónde estará la boca, la boca que suspira?
Diremos, el camino volviendo a desandar.

Quizá nos encontremos frente a frente algún día,
quizá nuestros disfraces nos logremos quitar.
Y ahora me pregunto... cuando ocurra, si ocurre,
¿sabré yo de suspiros, sabrás tú suspirar?


Symphony X Lady of the snow


La luna. Jorge Luis Borges (1899-1986)

A María Kodama.


Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.


Whitesnake Easier said and done


En tus ojos el Elba, todavía. Otto René Castillo (1934-1967)

Todo el día
ha agitado
el viento
tus cabellos,
vida mía.

Yo, mientras tanto,
veo cómo el Elba
fluye largamente
en tus pupilas.
Gris es el agua
del río,
y él baña
este día
la ribera callada
de tu vida y la mía,
fundando el recuerdo
de una tarde
que habrá de llegar
mucho después.
Gris es, sin duda,
el curso
anchuroso del Elba,
pero en tus ojos,
amor mío,
el río es azul,
azul,
azul ternura.

En lo alto,
las gaviotas
son la libertad.
Desde tu rostro
las miro
girar y volver,
ascender y descender,
y, a veces, se quedan
en un sitio cualquiera
oyendo un largo monólogo
que clama por el mar.

Yo las sigo
viendo
en el fondo
de tus gestos,
por costumbre,
muchos meses después.

El viento
no te deja en paz
los cabellos,
vida mía.

Tú, mientras tanto,
ignoras
lo mucho
que te amo
este día
junto al Elba.
Es tal vez
la última jornada
que estemos
junto a él.
Y tú, sin embargo,
hablas de nosotros,
como de algo
que estuviera todavía
por llegar.
Así de grande
ha de ser
tu deseo
de tenerme siempre
contigo.
Yo, como por descuido,
sigo viendo
el río en tus ojos,
amor mío,
y así hubiera querido
verlo todos los días
de mi vida.

Ahora hemos
llegado.
El viento
se desespera afuera,
amargamente.

Mis manos son,
entonces,
una voluntaria
acción de ternura
en tus cabellos.

Ya el Elba
quedó atrás.
Y ahora
estamos
bajo techo,
pero cuando te inclinas
sobre mí,
preguntando:
"¿Dime, qué te pasa?",
mi rostro
se hunde sin respuesta
en el agua azul
que fluye de tus ojos
todavía.




Stratovarius Years go by


Amorosa anticipación. Jorge Luis Borges (1899-1986)

Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la costumbre de tu cuerpo, aún misterioso
y tácito de niña,
ni la sucesión de tu vida asumiendo palabras o silencios
serán favor tan misterioso
como mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis brazos.
Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria
del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha que
la memoria elige,
me darás esa orilla de tu vida que tu misma no tienes.
Arrojado a quietud,
divisaré esa playa última de tu ser
y te veré, por vez primera, quizá,
como Dios ha de verte,
desbaratada la ficción del Tiempo,
sin el amor, sin mí.


Chicago Explain it to my heart


Entonces. María Elena Walsh (1930-2011)

Cuando yo no te amaba todavía
-oh verdad del amor, quien lo creyera-
para mi sed no había
ninguna preferencia verdadera.

Ya no recuerdo el tiempo de la espera
con esa niebla en la memoria mía:
¿El mundo cómo era
cuando yo no te amaba todavía?

Total belleza que el amor inventa
ahora que es tan pura
su navidad, para que yo la sienta.

Y sé que no era cierta la dulzura,
que nunca amanecía
cuando yo no te amaba todavía.


Great White Save your love


Fábricas del amor II. Juan Gelman.

Alza tus brazos, ellos encierran a la noche,
desátala sobre mi sed,
tambor, tambor, mi fuego.
Que la noche nos cubra como una campana
que suene suavemente a cada golpe del amor.
Entiérrame la sombra, lávame con ceniza, cávame del dolor,
límpiame el aire:
yo quiero amarte libre.
Tú destruyes el mundo para que esto suceda,
tú comienzas el mundo para que esto suceda.

Recuerda amor mío. Armando Boix.

La daga bailó entre los dedos, impaciente, diríase, de escapar a las manos de su dueño y lanzarse al mundo, en sangrientas aventuras. El hombre la observó un momento y acabó por sepultarla en su vaina, entre los pliegues de la capa.
Durante una hora entera permaneció inmóvil, la espalda contra la pared, sentado en cuclillas. Las gruesas cortinas vedaban el paso a la luz de la luna, vestían en sombras la lujosa estancia. En la oscuridad sólo sus ojos, brillantes como piezas de plata, destacaban bajo la capucha, fijos siempre en la puerta, que ahora, al fin, empezaba a abrirse...

En un extremo de la plaza alejado de cambalaches, regateos y reyertas la hermandad de cómicos se ganaba el sustento del día con sus juegos malabares. A su alrededor se agrupaba una multitud boquiabierta de campesinos, que vendida ya la mercancía buscaban su ración de ocio.
Un «¡Oh!» se abrió paso en todas las gargantas cuando, en un peligroso ejercicio, uno de los artistas mantuvo siete espadas a un tiempo en el aire. El tambor redobló con más fuerza, si cabe.
Mezclado con el gentío Jaleck hizo una mueca burlona y se vio tentado de practicar otras habilidades en aquellas bolsas repletas. A pesar suyo se contuvo. Trabajo de mayor calibre le traía a Ashâr.
Se agenció con disimulo una manzana, sentando a continuación sus reales a la sombra de un olmo. Dos soldados, que paseaban orgullosos las largas picas y los yelmos de bronce, cruzaron ante él. Jaleck ignoró su mirada suspicaz y dio otro mordisco a la fruta. Uno parecía pensativo; el otro se encogió de hombros. Acabaron por volverse y continuar su ronda, ajenos a que alguien estaba mentando a toda su genealogía.
Jaleck sentía una razonada aversión por la milicia, que tanto dificultaba su labor. ¿Acaso les había robado nunca? ¿Asaltaba sus cuarteles codicioso de sus cubiertos de latón? ¡Que le persiguieran sus víctimas, no ellos, que en nada les atañía!
Hasta dos semanas antes desvalijaba caravanas y hostigaba aldeas al sur del Anzasa. La actividad era lucrativa y descansa-da; pero cuando mejor andaba el negocio se vio perseguido por las cuadrillas del rey Shalîk, en mala hora nacido, que le obligaron a huir dejando atrás el botín. De todos modos no tardó en olvidar su desgracia y considerando un lado ventajoso en el cambio de aires dirigió sus pasos hacia Ashâr. No había mejor escondite que sus anárquicas callejuelas.
Arrojó al suelo lo que quedaba de su manzana. Llamó al aguador y le entregó un cobre.
—¿A quién pertenece este palacio? —preguntó, señalándole un edificio de torres bermejas, situado en lugar de excelencia.
—Veo que sois forastero. No es otra que la casa de Deron, el joyero del regente. Y usurero, por añadidura.
—Eso es lo que estoy buscando. Un amo rico al que ofrecer mis servicios. ¿Sabéis, quizá, si necesita criados?
El aguador le alargó la taza que había pagado.
—Olvidadlo, amigo. Deron es demasiado celoso de sus riquezas como para admitir a extraños.
—¿Sólo de sus riquezas? ¿Y de su mujer no? —preguntó, sabedor de que las esposas son un buen medio de acceder a los maridos.
—Murió hace años; pero guarda otra alhaja de más valor que el oro. Mirad —dijo señalándole uno de los balcones—. Es su hija Alia.
Jaleck contempló a la muchacha. Apoyada en la barandilla entretenía las horas con el ir y venir de los labriegos. Su talle era elegante, delgado, aunque no libre de oportunas convexidades; la piel clara, el cabello bruno, los labios prometedores de íntimas delicias. Un lunar, más que manchar, resaltaba la perfección de su tez, rara perla ante la cual el ladrón quedó extasiado.
Ni aun entre las rubias princesas del norte vio jamás mujer más bella. Había deseado a muchas y —la luna era testigo— pocas le ofrecieron resistencia; sin embargo toda su arrogancia se desvanecía ante la hija de Deron.
Con la fascinación de un pajarillo ante Ayss, la serpiente, no pudo moverse hasta que Alia abandonó el balcón para entrar en casa. Miró a su entorno. El aguador se había marchado hacía rato y los buhoneros cargaban ya en las mulas los restos de sus baratijas. La plaza estaba vacía.
Caviloso se encaminó a la posada. Comió con desgana y empleó el resto del día en afinar su plan. Cuando la noche llegó a Ashâr las gemas del joyero nada eran, a su apreciación, junto a los ojos de la hermosa Alia.

El balcón quedaba a diez metros del suelo. Ni un solo asidero ofrecía la pared. No obstante, en una concesión a la estética, dos águilas de piedra flanqueaban la balaustrada.
Jaleck esperó que un guardia soñoliento desapareciera en la angostura de un callejón. Cruzó la plaza a vivo paso y tras mirar a un lado y a otro desenrolló la cuerda e hizo un lazo. Lo arrojó sobre su cabeza; se elevó. Con un golpe sordo chocó contra el barandal y volvió abajo. Intentó de nuevo el lanzamiento. Con satisfacción vio prenderse la lazada en una de las alas de las estatuas.
Tiró con todas sus fuerzas, temiendo por un momento que el pedestal del águila no estuviera fijado al balcón y cediera bajo su peso. La prueba fue satisfactoria; empezó a trepar.
Apenas había ascendido la mitad del trayecto oyó unos pasos que se aproximaban. Parecía tratarse de varias personas. Se balanceó prendido de la cuerda, sin atreverse a mover. De pronto aparecieron tres hombres, que entre risas y canciones llenaron la plaza de ruido.
Estaban ebrios, no cabía duda; andaban cabizbajos, prestándose mutuamente ayuda. Jaleck respiró aliviado al verlos pasar a sus pies sin advertir, siquiera, el cabo colgante; pero temiendo que tal bullicio atrajera a la ronda apuró a sus brazos para que le llevaran arriba.
Se encaramó al balcón y atisbó por la puerta entornada. No acertó a descubrir nada, salvo una sombra más densa que las demás. Podía pertenecer a la cama. Abrió poco a poco y entró. Fiado de las suaves suelas de sus botas avanzó lentamente, en el más absoluto silencio. Los ojos, que habían empezado a adaptarse a la oscuridad, descubrieron el lecho. Apartó las cortinas.
Alia yacía semidesnuda entre las sábanas, las mejillas ruborosas, los labios entreabiertos, como invitando a ser besados. Alargó su mano, cubriéndolos, con un gesto que tenía más de caricia que de amenaza.
La muchacha se despertó. Abrió sus ojos espantada y luchó un instante contra la presa. Luego, relajándose, dejó que Jaleck la soltara. Tras el primer momento de sorpresa el miedo había desapare-cido de su rostro. Casi se diría que recibía con cierta compla-cencia al intruso.
«Bien —pensó el ladrón—. Siempre será más sabrosa la fruta madura que la que hay que arrancar a la fuerza del árbol».

Tras una breve lucha la noche vencía al día, ganando Ashâr. En su habitación de mármoles rosados Alia se dejaba desvestir por un ama afanosa y gordezuela. Con un mohín impaciente la hizo a un lado y se desprendió por sí misma de las sandalias, sustitu-yéndolas por unas babuchas de terciopelo.
La criada plegó los ropajes, los suspendió de su brazo izquierdo y se deslizó hasta la puerta. En el umbral aún se detuvo un instante, volviéndose hacia la muchacha que remoloneaba por la estancia.
—Que pases una buena noche. Acuéstate pronto, no vayas a enfriarte.
—Sí, ama.
La puerta se cerró y no tardó en oírse el celoso chasquido de la cerradura aprisionándola hasta el amanecer. Alia miró hacia el balcón, se mordió impaciente las uñas. El cielo, de un tono malva que iba tiznándose poco a poco, lucía una única joya de fría luz. En la lejanía una trompa marcó la hora queda.
Un crujido, un breve raspar. En la balaustrada se alzó, de pronto una silueta.
—¡Al fin! Creí que nunca anochecería.
Alia corrió hacia el hombre que saltaba al interior del balcón. Unos brazos fuertes la acogieron. Los labios se buscaron, para acabar encontrándose en un beso.
—Cada día son más difíciles nuestras citas —explicó Jaleck—. Sobre todo desde que decidí reanudar mis actividades. Los guardias rondan como halcones por las calles de Ashâr.
Apartando un segundo a la muchacha rebuscó en su jubón. Una cadena, de la que colgaba una gran gema, brilló en sus manos. Alia gritó de placer:
—¡Es magnífica!
Jaleck la abrazó de nuevo y besó su cuello.
—¿Qué mejor que una piedra preciosa para una preciosa mujer?
—Desearía pagar tanto amor —musitó melosa.
—Sabes bien como hacerlo. Cásate conmigo.
Alia bajó la cabeza. Palideció.
—No puedo. Te quiero, te he dado todas las pruebas que una mujer puede proporcionar. Pero hay cosas situadas por encima de mis deseos.
Jaleck comprendió. No era la primera vez que discutían sobre ello.
—¿Tu padre?
—Sí, mi padre. Es un hombre rico y poderoso... Y su orgullo es mayor que sus riquezas. Jamás consentiría en entregarme a un bandido.
—¡Escápate! —La sujetaba con fuerza de los hombros, forzándola a encararse con él—. Marcharemos al sur, a Shajalâr. Allí nunca nos encontrará.
—Le mataría. No me pidas eso, por favor.
—¿Entonces?
Alzó al fin la vista, mirándole. Jaleck quedó prisionero de aquellos ojos verdes, verdes y crueles como el olvido de la absenta. Tras un titubeo ella respondió:
—Entrégate... Entrégate a la justicia. Haré que mi padre interceda por ti, que rebajen la condena... En cuatro o cinco años puedes estar libre. Entonces seré tuya.
—Saltaría a un foso ardiendo si tú me lo pidieras.
—Sólo quiero que esperes un poco. Será duro, no lo niego; pero puedes estar seguro de que mi corazón siempre será tuyo.
Alia se estrechó contra su pecho. Sus manos, bálsamo de todos los dolores, le acariciaron. Jaleck la condujo hasta el lecho.
Aquella noche aprendió qué fácil es ceñirse una cadena. Puedes reírte de las mujeres, decir que las sabes manejar, que el amor no es más que un juego. Ellas callarán y acaso se permitan una sonrisa. En este juego peligroso ¿quién es el juguete?

Apenas amaneció Jaleck se entregó a la guardia. Satisfechos lo condujeron sin dilación a los calabozos, donde aguardó confiada-mente por dos días. Al tercero compareció ante los jueces de Ashâr.
Los letrados leyeron en voz alta sus pliegos, enumeraron cada uno de los delitos y presentaron, a continuación, sus testigos. El ladrón casi no atendió al proceso, perdido en vagas ensoñacio-nes. Por último se le ordenó arrodillarse ante el estrado para escuchar la sentencia. Casi cayó desmayado.
No fueron cuatro ni cinco, sino diez los años de su condena; diez años de arrastrar los grilletes por las galerías de las Montañas Rojas, violando la roca por unos gramos de plata.
Cargado de cadenas y acompañado por otros siete desgraciados le obligaron a andar por caminos polvorientos las más de treinta leguas que separan Ashâr del mar. En Pilia, puerto antaño próspero y hoy poco más que asilo de viejos filibusteros y mercaderes de esclavos, se les embarcó en una galera trirreme, adjudicándoles el dudoso honor de contribuir a su locomoción.
De este modo los llevaron —o mejor se llevaron— hasta la isla de Agas. Se les concedió unas jornadas de descanso y desde aquel lugar, que se alza a la entrada del Golfo de Shajalâr como último baluarte de la civilización, pudieron contemplar melancólicamente la cercana costa del Desierto Austral.
El sol, gigantesco y candente, parecía agitar el aire con un extraño tremor que desdibujaba a ratos el perfil afilado de las montañas. Era una tierra de demonios, sin duda, pues ningún otro ser podía sobrevivir allí. Si alguna vez no comprendió la verdadera magnitud de diez años de trabajos forzados entonces Jaleck supo qué era lo que le aguardaba.
Cruzaron el estrecho brazo de mar y se les condujo a las minas. No tardó en añorar aquel hirviente sol que tanto le había empavorecido.
Entre las sombras, medio asfixiado por el resinoso humo de las antorchas, acarreó día tras día pesadas espuertas de tierra, desmenuzó roca, profundizó túneles que descendían en busca de nuevos tesoros. Un año puede ser muy largo cuando el miedo infundido por el crujir de las vigas apenas te deja dormir, cuando la piel excoriada por el látigo late de dolor a cada instante, cuando en vez de cargar los capachos has de llevar, a tus hombros, el cuerpo muerto de fatiga de un compañero. Un año puede ser muy largo. Diez pueden no tener fin.
Sin embargo Jaleck aguantó, fortalecido por el recuerdo, soñándola cada noche... Y desesperando al despertar, creyendo perderla.
Diez años.
Sus cabellos se volvieron blancos. Enflaqueció. Sus manos, que una vez fueron hermosas y diestras, se hincharon y encallecieron, permitiéndole, apenas, cerrarlas. Sus pies, envueltos en harapos, llagados, perdieron su velocidad, adoptando el andar bamboleante dictado por los grilletes.
Diez años.
Salió en libertad.

Una alforja con comida y un jamelgo medio lisiado y huésped de garrapatas fue la paga recibida por tanto sudor, por tantas libras de plata arrancadas a la montaña. No sintió despecho. Era demasiado feliz. Podía decidir sin trabas cada uno de sus pasos, alzar la voz, dirigir sus quejas a los mismos dioses. Y Alia le aguardaba.
Tomó el camino del norte. Dejó atrás las estériles arenas, cruzando los marjales del Anzasa, y se adentró en las llanuras que jalonan las siete Ciudades-Estado. No se entretuvo en ninguna de ellas.
Por las noches durmió en bosques o praderas, bajo el auspicio de estrellas blancas y amables; por el día comía de lo que la propicia naturaleza le ofrecía.
Y cierta mañana, tras cruzar el camino de Fyor y ascender la cuesta de una loma, se levantaron ante él las augustas torres de Ashâr.

Pese a la larga ausencia la ciudad no había sufrido ningún cambio apreciable. En su plaza seguían amontonándose comerciantes y titiriteros, los chiquillos corrían entre las patas de los caballos y los soldados, con sus corazas recién pulidas, se pavoneaban ante las doncellas. Allí mismo seguía el palacio en cuyos balcones vio, por primera vez, a Alia.
Aguardó durante toda la jornada. Nadie asomó; las ventanas permanecían cerradas. Al atardecer, cuando ya se preguntaba cual sería su siguiente paso, una criada salió por la puerta lateral.
Resoplaba y en sus inmensas caderas llevaba, precariamente apoyado, un cántaro. Jaleck la reconoció. Era el ama de Alia.
Abandonó su escondite para cruzarse en su camino. La mujer se sobresaltó al verlo aparecer tan de súbito. Se hizo a un lado, esperando dejar atrás al desconocido. Jaleck la retuvo por el brazo.
—¡Esperad, por favor!
—¿Qué queréis? Sólo soy una pobre criada.
Jaleck probó a aplacar el temblor de sus carnes con una de las monedas obtenidas con la venta del caballo.
—No temas. Vengo desde muy lejos, donde un amigo mío arde en deseos de saber algo de cierta doncella a la que conoció en Ashâr hace años. Tal vez podáis ayudarme.
La mujer suavizó la mirada, un poco por el regalo y aún más por el deseo de comadrear.
—Conozco mucha gente aquí. ¿Cómo se llama?
—Alia, la hija de Deron, el joyero.
—¿Alia? ¿Qué puede querer de Alia?
—Guarda un dulce recuerdo de cierta noche... Se encontraron en un baile y ella le hizo algunas promesas.
—¡Qué atolondrada es la juventud! —exclamó el ama—. La noche y el vino hacen decir muchas tonterías. Lo que me sorprende es que vuestro amigo tomara en serio palabras pronunciadas en tal ocasión. Alia es hermosa y su dote generosa. No necesita buscar amores en tierras lejanas.
—¿Qué debo decirle, entonces, a mi amigo? —Había palidecido. Se sentía repentinamente mareado y herido por la noche.
—Decidle que Alia le olvidó pronto y ahora es la esposa de Vanar-tel-Akâr, Proveedor Mayor de la Corte.
Quizá esperara el ama algún comentario a su revelación; pero sólo le contestó el silencio. Resignadamente continuó su camino. Nada más había dado dos pasos cuando se volvió de nuevo. Jaleck no se había movido, como helado por una maldición. El ama, curiosa, se atrevió a preguntar:
—¿Como fue el baile del que habéis hablado? Me supongo que magnífico, si atrajo a ese amigo hasta nuestra ciudad.
Jaleck sonrió al fin. Nada había de alegre, sin embargo, en su mueca.
—Sí, fue un magnífico baile... de máscaras.

Mientras jugueteaba en la oscuridad con su daga, Jaleck meditó, no sin cierto sarcasmo, sobre lo sucedido. En efecto, como se había repetido muchas veces, el amor era un juego peligroso. No siempre se puede ganar y él era un mal perdedor. Sonaba la hora, pues, de abandonar los naipes y cobrar lo que se debía. Ya vendrían luego manos más afortunadas.
De pronto se tensó al ver abrirse la puerta de la estancia. Allí estaba Alia, seguida de un hombrecillo sudoroso y retaco, portador de un candil de aceite.
—Ha sido una reunión estupenda, ¿verdad, querida?
Una hoja de acero se apoyó en su cuello. Enmudeció.
—Y el final todavía lo será más, amigo.
Jaleck presionó levemente con su daga en la piel del hombreci-llo, que se contrajo como dotada de voluntad propia. Alia, reconociéndole, no pudo contener un grito de sorpresa:
—¡Tú!
—¡Vaya! ¡Me reconoces! ¡Cuánto honor!
Tomando al prisionero por la pechera de su camisa lo arrojó contra una de las paredes, donde quedó inmóvil, paralizado por el terror. Jaleck, de pie en el centro de la habitación, se regodeó en su dominio.
La muchacha, de nervios más templados, acertó a abrir la boca:
—Procura entenderlo, yo...
—¡Oh, no te preocupes! Lo comprendo perfectamente. Han pasado muchos años y los anhelos románticos de la jovencita que soñaba con amores prohibidos acaban por desvanecerse —El ladrón se acercó al encogido Vanar—. Un hombre con una buena renta siempre es atractivo... —Arrugó la nariz—, incluso cuando le hiede el aliento.
El comerciante, avergonzado ante Alia, intentó agarrar inútilmente a Jaleck.
—¡Usted conoce a mi esposa! ¿Qué quiere de ella, criminal?
Un puño machacó su cara gordezuela. Varios dientes saltaron por los aires.
—Cállate un rato, ¿quieres? Ahora —dijo Jaleck dirigiéndose a la mujer, que por primera vez pareció inquietarse— hablemos del pasado, hermosa mía. ¿Recuerdas una promesa que me hiciste?

Una sombra saltó las murallas de Ashâr, para ir a perderse en los bosques. Anduvo una hora y luego se sentó sobre un tronco. El sol empezaba a emerger en el horizonte. La sombra, se vio entonces, era en realidad un hombre, embozado en una amplia capa y sujetando en su mano un paquete.
Jaleck, el ladrón, enjugó el sudor de su cara. Estaba agotado e invadido de un cierto desánimo. Aquellos diez años en las minas pesaban más que nunca. Había dejado de ser, para siempre, aquel joven que un día fue fuerte, un día en el que amó a una mujer y ella le juró que también.
Y ese día se besaron y él le hizo graves promesas y ella le dijo que su corazón sería siempre suyo.
Jaleck contempló amargamente, en su mano ensangrentada, aquel pedazo de carne que aún palpitaba un instante antes.

Lo innombrable. H.P. Lovecraft (1890-1937)


Estábamos sentados en una ruinosa tumba del siglo XVI, a avanzada hora de la tarde de un día de otoño, en el viejo cementerio de Arkham, y divagábamos sobre lo innombrable. Mirando hacia el sauce gigantesco del cementerio, cuyo tronco casi había hundido la antigua y casi ilegible losa, y había hecho un comentario fantástico sobre el alimento espectral e incalificable que sus colosales raíces succionaban sin duda de aquella tierra vetusta y macabra; mi amigo me amonestó por decir esas tonterías, y añadió que puesto que no se habían efectuado enterramientos desde hacía más de un siglo, probablemente el árbol no recibía otro alimento que el ordinario. Añadió además que mi constante alusión a lo «innombrable» y lo «incalificable» eran un recurso pueril, muy en consonancia con mi escasa categoría como escritor. Yo era muy aficionado a terminar mis relatos con suspiros o ruidos que paralizaban las facultades de mis héroes y les dejaban sin valor, sin palabras y sin recuerdos para decir qué habían experimentado. Conocemos las cosas, decía él, sólo a través de nuestros cinco sentidos o nuestras intuiciones religiosas; por tanto, es completamente imposible hacer referencia a ningún objeto o visión que no pueda describirse claramente mediante las sólidas definiciones empíricas o las correctas doctrinas teológicas, preferentemente congregacionalistas, con las modificaciones que la tradición o sir Arthur Conan Doyle puedan aportar.
Con este amigo, Joel Manton, discutía a menudo lánguidamente. Era director de la East High School, nacido y criado en Boston, y participaba de esa sordera autocomplaciente de Nueva Inglaterra para las delicadas insinuaciones de la vida. Su opinión era que sólo nuestras experiencias normales y objetivas poseen importancia estética, y que lo que incumbe al artista es no tanto suscitar una fuerte emoción mediante la acción, el éxtasis y el asombro, como mantener un plácido interés y apreciación con detalladas y precisas transcripciones de lo cotidiano. En particular, era contrario a mi preocupación por lo místico y lo inexplicable; porque aunque creía en lo sobrenatural mucho más que yo, no admitía que fuera tema suficientemente común para abordarlo en literatura. Para un intelecto claro, práctico y lógico, era increíble que una mente pudiese encontrar su mayor placer en la evasión respecto de la rutina diaria, y en las combinaciones originales y dramáticas de imágenes normalmente reservadas por el hábito y el cansancio a las trilladas formas de la existencia real. Según él, todas las cosas y sentimientos tenían dimensiones, propiedades, causas y efectos fijos; y aunque sabía vagamente que el entendimiento tiene a veces visiones y sensaciones de naturaleza bastante menos geométrica, clasificable y manejable, se creía justificado para trazar una línea arbitraria, y desestimar todo aquello que no puede ser experimentado y comprendido por el ciudadano ordinario. Además, estaba casi seguro de que no puede existir nada que sea «innombrable». No era razonable, según él.
Aunque me daba cuenta de que era inútil aducir argumentos imaginativos y metafísicos frente a la autosatisfacción de un ortodoxo de la vida diurna, había algo en el escenario de este coloquio vespertino que me incitaba a discutir más que de costumbre. Las gastadas losas de pizarra, los árboles patriarcales, los centenarios tejados holandeses de la vieja ciudad embrujada que se extendía alrededor; todo contribuía a enardecerme el espíritu en defensa de mi obra; y no tardé en llevar mis ataques al terreno mismo de mi enemigo. En efecto, no me fue difícil iniciar el contraataque, ya que sabía que Joel Manton seguía medio aferrado a muchas de las supersticiones de que las gentes cultivadas habían abandonado ya; creencias en apariciones de personas a punto de morir en lugares distantes, o impresiones dejadas por antiguos rostros en las ventanas, a las que se habían asomado en vida. Dar crédito a estas consejas de vieja campesina, insistía yo, presuponía una fe en la existencia de sustancias espectrales en la tierra, separadas de sus duplicados materiales y consiguientes a ellos. Implicaba, además, una capacidad para creer en fenómenos que estaban más allá de todas las nociones normales; pues si un muerto puede transmitir su imagen visible o tangible a la distancia de medio mundo o desplazarse a lo largo de siglos, ¿por qué iba a ser absurdo suponer que las casas deshabitadas están llenas de extrañas entidades sensibles, o que los viejos cementerios rebosan de terribles e incorpóreas generaciones de inteligencias? Y dado que el espíritu, para efectuar las manifestaciones que se le atribuyen, no puede sufrir limitación alguna de las leyes de la materia, ¿por qué es una extravagancia imaginar que los seres muertos perviven psíquicamente, en formas —o ausencias de formas— que para el observador humano resultan absoluta y espantosamente «innombrables»? El «sentido común», al reflexionar sobre estos temas, le aseguré a mi amigo con calor, no es sino una estúpida falta de imaginación y de flexibilidad mental.
Había empezado a oscurecer, pero a ninguno de los dos nos apetecía dejar la conversación. Manton no parecía impresionado por mis argumentos, y estaba deseoso de refutarlos. Con esa confianza en sus propias opiniones que tanto éxito le daba como profesor, mientras que yo me sentía demasiado seguro en mi terreno para temer una derrota. Cayó la noche, y las luces brillaron débilmente en algunas de las ventanas distantes; pero no nos movimos. Nuestro asiento —un sepulcro— era bastante cómodo, y yo sabía que a mi prosaico amigo no le inquietaba la cavernosa grieta que se abría en la antigua obra de ladrillos, maltratada por las raíces, justo detrás de nosotros, ni la total negrura del lugar que proyectaba la ruinosa y deshabitada casa del siglo XVII que se interponía entre nosotros y la calle iluminada. Allí, sentados en la oscuridad, junto a la hendida tumba próxima a la casa deshabitada, conversábamos sobre lo «innombrable»; y cuando mi amigo dejó de burlarse, le hablé de la espantosa prueba que había detrás del relato mío del que más se había burlado él.
El relato se titulaba La ventana del ático y había aparecido en el número de Whispers correspondiente a enero de 1922. En muchos lugares, especialmente en el sur y en la costa del Pacífico, retiraron la revista de los kioscos a causa de las quejas de los estúpidos pusilánimes; pero en Nueva Inglaterra no causó ninguna emoción, y las gentes se encogieron de hombros ante mis extravagancias. Era impensable, dijeron, que nadie se sobresaltase con aquel ser biológicamente imposible; no era sino una conseja más, una habladuría que Cotton Mather había hecho lo bastante creíble como para incluirla en su caótica Magnalia Christi Americana, y se hallaba tan pobremente autentificada que ni siquiera se había atrevido a citar el nombre de la localidad donde había tenido lugar el horror. Y en cuanto a la ampliación que yo hacía de la breve nota del viejo místico... ¡era completamente imposible, y típica de un plumífero frívolo y fantasioso! Mather había dicho efectivamente que había nacido semejante ser; pero nadie, salvo un sensacionalista barato, podría pensar que se hubiese desarrollado, se fuese asomando a las ventanas de las gentes por las noches, y se ocultara en el ático de una casa, en cuerpo y alma, hasta que alguien lo descubrió siglos después en la ventana, aunque no pudo describir qué fue lo que le volvió grises los cabellos. Todo esto no era más que descarada mediocridad, cosa en la que no paraba de insistir mi amigo Manton. Entonces le hablé de lo que había descubierto en un viejo diario redactado entre 1706 y 1723, desenterrado de entre los papeles de la familia, a menos de una milla de donde estábamos sentados; de eso, y de la verdad irrefutable de las cicatrices que mi antepasado tenía en el pecho y la espalda, que el diario describía. Le hablé también de los temores que abrigaban otras gentes de esa región, y de lo que se murmuró durante generaciones, y de cómo se demostró que no era fingida la locura que le sobrevino al niño que entró en 1793 en una casa abandonada para examinar determinadas huellas que se decía que había.
Fue sin duda un ser horrible... no es de extrañar que los estudiosos se estremezcan al abordar la época puritana de Massachussetts. Se conoce muy poca cosa de lo que ocurrió bajo la superficie, aunque a veces supura horriblemente con un burbujeo putrescente. El terror a la brujería es un destello de luz de lo que bullía en los estrujados cerebros de los hombres; pero incluso eso es una pequeñez. No había belleza, no había libertad... como puede comprobarse en los restos arquitectónicos y domésticos, y los sermones envenenados de los rigurosos teólogos. Y dentro de esa herrumbrosa camisa de fuerza, se ocultaban farfullantes la atrocidad, la perversión y el satanismo. Esta era, verdaderamente, la apoteosis de lo innombrable.

Cotton Mather, en ese demoníaco sexto libro que nadie debe leer de noche, no se anda con rodeos al lanzar sus anatemas. Severo como un profeta judío, y lacónicamente imperturbable como nadie hasta entonces, habla de la bestia que dio a luz un ser superior a las bestias, aunque inferior al hombre, el ser del ojo manchado, y del desdichado y vociferante borracho al que ahorcaron por tener un ojo así. De todo esto se atreve a hablar, aunque no cuenta lo que ocurrió después. Quizá no llegó a saberlo; o quizá sí, y no se decidió a contarlo. Hay quien sí que se enteró, aunque no llegó a decir nada... Tampoco se dio explicación pública de por qué se hablaba con temor de la cerradura de la puerta que había al pie de la escalera de cierto ático donde vivía un viejo solitario, amargado y decrépito, el cual se había atrevido a levantar la losa de determinada sepultura anónima, sobre la cual, sin embargo, existen numerosas leyendas capaces de helarle la sangre a cualquiera.
Todo está en ese diario ancestral que encontré: las secretas alusiones e historias susurradas sobre seres con un ojo manchado que andaban asomándose a las ventanas por la noche o eran vistos por los prados desiertos, cerca de los bosques. Mi antepasado vio a un ser así en una carretera sombría que corría por un valle, el cual le dejó señales de cuernos en el pecho y de garras en la espalda; y cuando buscaron sus pisadas en el polvo, encontraron huellas mezcladas de pezuñas hendidas y zarpas vagamente antropoides. En una ocasión, un jinete del servicio de correo contó que había visto a la luz de la luna, unas horas antes del amanecer, a un viejo corriendo y llamando a una criatura espantosa que andaba a zancadas por Meadow Hill, y muchos le creyeron. Desde luego, corrió una extraña historia una noche de 1710, cuando el viejo solitario y decrépito fue enterrado en una cripta que había detrás de su propia casa, cerca de la losa de pizarra sin inscripción. Nadie abrió la puerta que daba acceso a la escalera del ático, sino que dejaron la casa como estaba, pavorosa y desierta. Cuando se oían ruidos en ella, la gente murmuraba y se estremecía, confiando en que fuese bastante sólido el cerrojo de la puerta del ático. Más tarde, esta confianza se vio frustrada cuando el horror se presentó en la casa parroquial y no dejó una sola alma viva o entera. Con el paso de los años, las leyendas adoptan un carácter espectral... pero supongo que aquel ser debió de morir, si era una criatura viva. Su recuerdo sigue siendo espantoso... tanto más espantoso cuanto que ha sido secreto.
Durante esta narración, mi amigo Manton se había ido quedando en silencio, y observé que mis palabras le habían impresionado. No se rió al callarme yo, sino que me preguntó muy serio sobre el niño que enloqueció en 1793, y que parecía ser el héroe de mi historia. Le dije que el chico había ido a aquella casa encantada y desierta, seguramente movido por la curiosidad, ya que creía que las ventanas conservan latente la imagen de quienes habían estado sentados junto a ellas. El chico fue a examinar las ventanas de aquel horrible ático a causa de las historias sobre los seres que se habían visto detrás de ellas, y regresó gritando frenéticamente.
Cuando acabé de hablar, Manton se quedó pensativo; pero poco a poco volvió a su actitud analítica.
Concedió que quizá había existido realmente un monstruo espantoso; pero me recordó que ni siquiera la más morbosa aberración de la naturaleza tiene por qué ser innombrable ni científicamente indescriptible. Admiré su claridad y persistencia; pero añadí nuevas revelaciones que había recogido entre la gente de edad. Leyendas espectrales, aclaré, relacionadas con apariciones monstruosas más horribles que cuantas entidades orgánicas podían existir; apariciones de formas bestiales y gigantescas, visibles a veces, y a veces sólo tangibles, que flotaban en las noches sin luna y rondaban por la vieja casa; la cripta que había detrás, y el sepulcro junto a cuya losa ilegible había brotado un árbol. Tanto si tales apariciones habían matado o no personas a cornadas o sofocándolas, como se decía en algunas tradiciones no comprobadas, habían causado una tremenda impresión; y aún eran secretamente temidas por los más viejos de la región, aunque las nuevas generaciones casi las habían olvidado... Quizá desaparecieran, si se dejaba de pensar en ellas. Es más, en lo que se refería a la estética, si las emanaciones psíquicas de las criaturas humanas consistían en distorsiones grotescas, ¿qué representación coherente podría expresar o reflejar una nebulosidad gibosa e infame como aquel espectro de maligna y caótica perversión, aquella blasfemia morbosa de la naturaleza? Modelado por el cerebro de una pesadilla híbrida, ¿no constituirá semejante horror vaporoso, con todo su nauseabunda verdad, lo intensa, escalofriantemente innombrable?
Sin duda se había hecho muy tarde. Un murciélago singularmente silencioso me tocó al pasar, y creo que a Manton también, porque aunque no podía verle, noté que levantaba el brazo. Luego dijo:
—Pero, ¿sigue en pie y deshabitada esa casa de la ventana del ático?
—Si —contesté—. Yo la he visto.
—¿Y encontraste algo... en el ático o en algún otro lugar?
—Unos cuantos huesos bajo el alero. Quizá fue eso lo que vio el niño; si era muy sensible, no necesitó ver
nada en el cristal de la ventana para perder la razón. Si pertenecían al mismo ser, debió de tratarse de una monstruosidad histérica y delirante. Habría sido blasfemo dejar tales huesos en el mundo; así que los metí en un saco y los llevé a la tumba que hay detrás de la casa. Había una abertura por donde los pude arrojar al interior. No pienses que fue una tontería por mi parte... Quisiera que hubieses visto el cráneo. Tenía unos cuernos de unas cuatro pulgadas; en cambio, la cara y la mandíbula eran igual que la tuya o la mía.
Al fin pude notar que Manton, ahora muy cerca de mí, experimentaba un auténtico escalofrío. Pero su curiosidad no se dejó intimidar.
—¿Y los cristales de las ventanas?
—Habían desaparecido todos. Una de las ventanas había perdido completamente el marco; en las demás, no había rastro de cristales en las pequeñas aberturas romboidales. Eran de esa clase de ventanas de celosía que cayeron en desuso antes de 1700. Supongo que llevaban un siglo o más sin cristales... quizá los rompiera el niño, si es que llegó hasta allí; la leyenda no lo dice.
Manton se quedó pensativo otra vez.
—Me gustaría ver la casa, Carter. ¿Dónde está? Tanto si tiene cristales como si no, quisiera echarle una ojeada. Y también a la tumba donde pusiste aquellos huesos, y la otra sepultura sin inscripción... todo eso debe de ser un poco terrible.
—La has estado viendo... hasta que se ha hecho de noche.
Mi amigo se puso más nervioso de lo que yo me esperaba; porque ante este golpe de inocente teatralidad, se apartó de mí neuróticamente y dejó escapar un grito, con una especie de atragantamiento que liberó su tensión contenida. Fue un grito singular, y tanto más terrible cuanto que fue contestado. Pues aún resonaba, cuando oí un crujido en la tenebrosa negrura, y comprendí que se abría una ventana de celosía en aquella casa vieja y maldita que teníamos allí cerca. Y dado que todos los demás marcos de ventana hacía tiempo que habían desaparecido, comprendí que se trataba del marco espantoso de aquella ventana demoníaca del ático.
Luego nos llegó una ráfaga de aire fétido y glacial procedente de la misma espantosa dirección, seguida de un alarido penetrante que brotó junto a mí, de aquella tumba agrietada de hombre y monstruo. Un instante después, fui derribado del horrible banco donde estaba sentado por el impulso infernal de una entidad invisible de tamaño gigantesco, aunque de naturaleza indeterminada. Caí cuan largo era en el moho trenzado de raíces de ese horrendo cementerio, mientras de la tumba salía un rugido jadeante y un aleteo, y mi fantasía se valía de ellos para poblar la oscuridad con legiones de seres semejantes a los deformes condenados de Milton. Se formó un vórtice de viento helado y devastador, y luego hubo un tableteo de ladrillos y cascotes sueltos; pero, misericordiosamente, me desvanecí antes de comprender lo que ocurría.
 
Manton, aunque más bajo que yo, es más resistente; porque abrimos los ojos casi al mismo tiempo, a pesar de que sus heridas eran más graves. Nuestras camas estaban juntas, y en pocos segundos nos enteramos de que estábamos en el hospital de St. Mary. Las enfermeras se habían congregado a nuestro alrededor, en tensa curiosidad, ansiosas por ayudar a nuestra memoria, contándonos cómo habíamos llegado allí; y no tardamos en saber que un granjero nos había encontrado a mediodía en un campo solitario al otro lado de Meadow Hill, a una milla del viejo cementerio, en un lugar donde se dice que hubo en otro tiempo un matadero. Manton tenía dos serias heridas en el pecho, así como algunos cortes o arañazos menos graves en la espalda. Yo no estaba malherido; pero tenía el cuerpo cubierto de morados y contusiones de lo más desconcertantes, y hasta una huella de pezuña hendida. Era evidente que Manton sabía más que yo, pero no dijo nada a los perplejos e interesados médicos, hasta que le explicaron cual era la naturaleza de nuestras heridas. Entonces dijo que habíamos sido victimas de un toro resabiado... aunque resultó difícil explicar e identificar al animal.
Cuando las enfermeras y los médicos nos dejaron, le susurré una pregunta sobrecogida:
—¡Dios mío, Manton!, ¿qué ha pasado? Esas señales... ¿ha sido eso?
Pero yo estaba demasiado perplejo para alegrarme, cuando me contestó en voz baja algo que yo medio me esperaba:
—No... no ha sido eso ni mucho menos. Estaba en todas partes... era una gelatina... un limo..., sin embargo, tenía formas, mil formas espantosas imposibles de recordar. Tenía ojos... uno de ellos manchado. Era el abismo, el maelstrom, la abominación final... Carter, ¡era lo innombrable!

No puedo evitar decir adiós. Ann Mackenzie



Me llamo Karen Anders y tengo nueve años y soy pequeña y morena y corta de vista y vivo con Max y Libby y no tengo amigas.
Max es mi hermano y es veinte años mayor que yo y tiene los ojos juntos y aire preocupado. Nosotros los Anders fuimos siempre muy caseros y tiene asma también.
Libby siempre fue guapa pero ahora ha ganado peso y en su bikini nuevo parece una luchadora de lucha libre a mí me gustaría tener un bikini pero Lib no me lo comprará yo creo que no me daría tanto miedo el agua si tuviera un bikini amarillo que ponerme en la playa.
Una vez cuando yo tenía siete años mi padre y mi madre fueron de compras y no volvieron nunca a casa hubo un atraco en el banco como en la tele y Lib dijo que aquel loco les segó por la mitad.
Antes de que se fueran yo sabía que tenía que despedirles y yo dije claro y despacito adiós Mamá primero y luego adiós Papá pero nadie se fijó mucho viendo que sólo iban de compras pero después Max se acordó y le dijo a Libby por la forma en que esa nena dijo adiós se podría pensar que sabía lo que iba a pasar.
Libby dijo por amor de Dios sé razonable querido cómo iba ella a poder saberlo pero me imagino que ahora somos nosotros los responsables de ella ¿has pensado en eso?
Por su tono de voz no parecía precisamente complacida.
Bueno después que vine a vivir con Max y Libby yo supe que tenía que despedirme del hermano de Lib. Dick estaba jugando a las cartas con ellos en la salita y cuando Lib gritó Karen vete a la cama me acerqué a él y me planté toda tiesa con las manos caídas y los dedos entrelazados como la señorita Jones nos manda en la escuela cuando tenemos coro.
Yo dije muy despacio y claro bueno adiós Dick y Libby me echó una especie de mirada rara.
Dick no levantó la mirada de sus cartas y dijo buenas noches nena.
             La noche siguiente antes de que ninguno de nosotros volviera a verle estaba muerto de una enfermedad llamada peritonitis te revienta en el estómago y te lo llena de agujeros.
Lib dijo Max oíste como le dijo adiós a Dick y Max empezó a jadear y a dar boqueadas y dijo que ya te lo dije verdad que había algo raro lo que me pone enfermo de miedo es de quien se va a despedir la próxima vez ya me gustaría saberlo y Lib dijo vamos querido vamos procura tranquilizarte.
Yo salí de detrás de la puerta donde estaba escuchando y dije no te preocupes Max estarás perfectamente.
Tenía la cara toda llena de ronchas y la boca azul y con un susurro rasposo dijo cómo lo sabes.
Qué pregunta más tonta como si fuera a decírselo aunque lo supiera.
Libby se inclinó hacia mí y pegó su cara a la mía y su aliento olía a cigarrillos y a licor y a ensalada de ajo.
Ella solo dijo entre dientes nunca vuelvas a decirle adiós a nadie ¿me oyes? nunca jamás.
Lo malo es que no puedo evitar decir adiós.
Después de esto todo fue bien y yo creí que a lo mejor se habían olvidado pero Libby seguía sin querer comprarme el bikini nuevo.
Un día en la escuela supe que tenía que despedirme de Kimberley y Charlene y Brett y de Susie.
Bueno pues entrecrucé las manos delante de mí y les fui diciendo adiós lenta y cuidadosamente uno por uno.
La señorita Jones dijo por Dios Karen por qué tanta solemnidad querida y yo le contesté bueno verá es que se van a morir.
Ella dijo Karen eres una niña cruel y malvada no debes decir cosas así mira cómo has hecho llorar a la pobre Susie y ella dijo Susie querida entra en el coche pronto estarás en casa y te encontrarás perfectamente.
Así que Susie se secó las lágrimas y corrió detrás de Kimberley y Charlene y Brett y se subió al coche justo al lado de la mamá de Charlene porque esa semana le tocaba a ella traer y llevar los niños a la escuela. Y esa fue la última vez que les vimos porque el coche patinó y se salió de la carretera de la montaña y cayó dando vueltas por toda la pendiente basta el fondo del valle y se incendió.
Al día siguiente no hubo escuela porque fueron los funerales y cantamos canciones y echamos flores en las tumbas.
Nadie quería ponerse a mi lado.
Cuando acabó la señorita Jones se acercó a ver a Libby y yo dije buenas noches y ella me respondió pero rehuyendo la mirada y ella respiraba como ansiosa cuando Libby me mandó que me fuera a jugar.
Bueno cuando la señorita Jones se fue Libby me llamó para que volviera y me dijo no te dije que nunca jamás volvieras a decir adiós a nadie.
Ella me agarró con fuerza y parecía como si los ojos le ardiesen y me retorció el brazo y me dolía y yo grité no por favor no pero ella siguió retorciendo y retorciendo así que dije si no me sueltas le diré adiós a Max.
Fue lo único que se me ocurrió para hacer que parase.
Ella dejó de retorcerme el brazo pero seguía agarrándomelo y dijo Dios mío quieres decir que puedes hacer que pase que puedes hacerlos morir.
Bueno claro que no puedo pero yo no iba a decírselo a ella así que por si pensaba volver a hacerme daño yo dije sí que puedo.
Ella me soltó y caí de espaldas con fuerza y ella me dijo estás bien te he hecho daño Karen querida y yo dije sí y más vale que no vuelvas a hacerlo y ella dijo que yo sólo estaba bromeando y que no lo decía en serio.
Así que entonces supe que ella me tenía miedo y yo dije que quería un bikini para llevar en la playa uno amarillo porque el amarillo es mi color favorito.
Ella dijo bueno querida ya sabes que hemos de tener cuidado con los gastos y yo dije quieres que me despida de Max o no.
Ella se dejó caer contra la pared y cerró los ojos y se quedó quieta del todo durante un rato y yo dije qué haces y ella contestó pensando.
Entonces de repente abrió los ojos y me sonrió y dijo oye sabes que mañana vamos a ir a comer a la playa y yo dije quieres decir que me vas a comprar un bikini y ella dijo sí tu bikini y todo lo que quieras. Así que ayer por la tarde compramos el bikini y hoy a primera hora Lib fue a la cocina y preparó para la comida el pollo frito y la macedonia de naranja y la tarta de chocolate y las rosquillas especiales que hace para acompañarla y dijo Karen estás segura de que todo está de tu gusto y yo dije claro todo tiene un aspecto magnífico y ahora que tengo mi bikini nuevo no voy a tener miedo de las olas y Libby se rió y puso la cesta de la comida en el coche ella tiene unos brazos morenos muy fuertes y dijo no, me parece que no.
Entonces subí a mi cuarto y me puse el bikini que me venía perfectamente y fui a mirarme en el espejo y miré y miré y después entrecrucé los dedos delante de mí y me sentí rara y dije despacio y claro adiós Karen adiós Karen adiós adiós.