martes, 31 de diciembre de 2013

Hundido a mi silencio. Yanira Soundy.

Me vestiré sin prisa,
mientras tu luz anida
en el gemido de mi pecho,
encadenada a tus surcos,
tus barrancos y tus selvas.
Me vestiré sin prisa con la piel solitaria,
hecha colina virgen y volcán en llamas.
Tendré la sangre en celo
encadenada a tu batalla,
y tú serás vertiente y filo
en el temblor de la mañana.
Mecido en el aroma de una paz frondosa,
beberás hasta el fondo mi conciencia.
Me vestiré sin prisa, absorta frente al agua,
al viento y a las rosas,
en el suspiro invisible que vela mi silencio,
con la alegría en los ojos
y un olor a ritmo y tierra.
Recorreré la ruta de tu cuerpo ya sin miedo,
y tú, ceñido a mí,
te fundirás tormentoso a mi silencio.
Y de nuevo sí...
encadenada a tu campo,
tu estanque y tu redil celeste,
improvisaré frutales y nidos de espumas.
Después, cuajado de tristeza ....me acosarás,
y al pie de mi ventana dolerás entre mis dudas.
Me obligarás a quererte y te querré ,
lejos del río y de la entrega.

Favor detente en la próxima estación. (Primera parte) Yanira Soundy.

Tú en mis brazos y en tus ojos el ardor de mis sentidos
El majestuoso tren corre aprisa buscando el valle de la vida.
No me dices nada. Yo tampoco hablo.
Aprendo de memoria tu cuerpo y de todo emerge un algo profundo.
En la ventana
miro volcanes, cafetales y cañales que cortan el horizonte.
Me besas como nunca alguien me ha besado antes.
Yo en tus brazos y en mis labios un “si” envuelto en llamas.
Me amas con un amor que brota agitado y fuerte.
Pasajero del tiempo de una vida mas plena ,
donde el corazón es el silbido de una locomotora en marcha.
Amor de brasas. ¡Cuántas cosas hermosas dice el hombre cuando ama!
¡Cómo sabe contar historias desmadejando palabras!

Así las noches en el tren.
Las mujeres reían de cuando en vez con sus risitas inquietas,
los hombres tomaban y charlaban.
Algunos ponían gestos sombríos
después de despedirse de sus mujeres en las estaciones.
Artistas, bohemios,
familias enteras, todos en un susurro de voces distantes.

***
Azota el viento de la mañana, ha terminado nuestro viaje.
Una pena oculta se derrama en lágrimas.
Te miro arropado entre las sábanas
mientras escapo de puntillas en silencio.
Bajo del tren con la esperanza de poder destrenzar tu recuerdo,
pero las estaciones y los trenes me quiebran como vidrio
y sólo vienen días tristes.
Amor de brasas, miro el cielo y lloro.
Hoy las estrellas me hablaron de tu nombre
y el silbido de las locomotoras lloraron por tu ausencia.
Te fuiste con la tarde –una tarde cualquiera-
y tu recuerdo hoy naufraga y se prolonga,
se deshace en el humo y nace nuevamente eterno.
Has quedado grabado para siempre,
eternizado en un vuelo de pájaros primaverales.

Esa mujer. Yanira Soundy.

Soy esa mujer, la que no amas. El seno desnudo de tu
agónica luz, el enjambre prendido de tus ramas, el cristal
que sueña tu mirada.

Soy esa mujer, la que no amas. Breña, mata, punzante
jarra, calle muda por donde no se escuchan tus pasos y
cuerpo desnudo para el eclipse de tus ojos.

Soy esa mujer, la que te toca demente.
Mil veces presa de ti en la delgadez del agua.
Pecho en fiebre que ambiciona tus besos, solo, adusto,
hecho pámpano ardiente.

Soy el anhelo inseguro que te acecha, la palabra que se
deslíe de tus labios húmedos chispeante entre la niebla.

Soy esa mujer, la que espera por ti, y sigue la ruta de tus
manos, tu cuello, tu voz y tus caminos. La que guarda tu
pasión, desafiando al escollo y la calma, olvidando tu
incansable deseo de volar, y ser en mí tan sólo agua al
trasluz y cielo de mi costa.

Soy esa mujer, un espacio inmenso, torrente en tu valle,
murmullo de tu ráfaga, amor que late en lo infinito, firme
y deslumbrante. Esa que siembra los surcos y su orgullo
entre las flores.
Y tú, hombre: pena y alegría, no aprendes que después
será muy tarde.

Con el velo en la noche. Yanira Soundy.

Cuando cubres mi espalda con el velo de la noche
 y cruzas en silencio el húmedo paisaje de mi
cuerpo, el ala errante del viento
 se quiebra en nuestro sueño.
La luna cae sobre el mar,
llena de silencios.
La tarde se vuelve tempestad, agua despeñada de lo alto,
voz de lluvia.
La rosa amarilla se abre al aire frío,
 susurran los árboles
y tú bebes el secreto
 que vibra entre mis labios.
Cuando cubres mi espalda
con el velo de la noche,
una amapola se quema entre tus dedos.
El amor abre sus alas a un canto de estrofas
 y se vuelve un río pensativo,
 una larga voz que moja
las campanillas y los cardos.
Cuando cubres mi espalda
con el velo de la noche,
en los aleros canta un pájaro salvaje.

Como otras tantas veces. Yanira Soundy.

A los niños y niñas que fueron violados bajo la noche...




Esta noche ha entrado la luz casi dormida, atrapando estrellas y violines.
Ha venido con su boca helada y rendida, con su alma gris templando mis raíces.
Ha venido a tallar el tiempo, con un manojo de violetas, como un sueño sin aurora, pintado de nuevo con cenizas.
Murmura secretos y deja caer sus lágrimas en mi garganta, triturando la angustia hundida entre mis venas.
El viento cruza el resto del cielo, moviendo los platos vacíos. Una miel rota se derrama en los cartones de los niños que duermen abandonados en las calles.
La noche es una puerta abierta...
Hombres de vidrio desgarran los jacintos y descapullan las rosas inocentes.
Un aire frío se cae, se levanta y se consume...
La luz pasa de largo, como otras tantas veces.

Amor inaccesible. Yanira Soundy.

En esta cárcel de mi alma giro sin huellas.

Soy la rosa ya palidecida, la hoja temerosa que tiembla entre tus alas, un nido vacío.

Detrás de mí, están el suspiro largo y frío, una lejana música, ardida piel prohibida.

Soy un amor de soledad, lleno de sombra, una fría ceniza de ilusión, un vuelo silencioso.

Soy ese amor que corre por las noches largas de ánforas plenas y ritmos azules.

Quisiera tocarte, y quedarme en tus oídos, con el aire de mis palabras.

Amor primero, íntimo, tan mío.

Amor eterno. Yanira Soundy.

Fallezco en el intento de tocarte, amor de tierra, espacio y piel, porque este viento sólo habla de tormentas y sombras que se rompen en pedazos.

Soy el beso virgen que prendido de tus ojos hace florecer todos sus campos; soy esa mujer, eternidad que yerra sola por la sombra, amor de manos ciegas.

Y tú, doliente rama de hojas transparentes, mil promesas, mares, cerros y collados.

Quiero cubrirme toda con tu cielo para desvestir mi piel inmóvil. Ven...desordena mi corazón, y mitiga el hondo sin fin de mi tristeza.

Amor efímero y eterno que se desploma en el adiós.

Seremos sombra y olvido tomados de la mano, dos almas que lloran en la oquedad del pensamiento. Tan libres, tú en el viento, yo en el secreto del mar; tú en los llanos y las sierras, yo en los hilos del sol y en los acantilados.

Fallezco en el intento de tocarte.

Amor efímero y eterno, el más puro, el más pequeño.

Amor de pampa y mar adentro. Yanira Soundy.

Te toco en la memoria y una luz cae mar abierto, eres fuerza irresistible que me atrae y voluntad que precipita cada uno de mis pasos. Impulso que mezcla el gozo y la tristeza, suspiro y amor que corta el viento.

¿Qué importa si no estrecho más el coral de tus labios ni arribo a tus ojos con las sienes serenas?

Si soy el hálito que te absorbe el pensamiento y me tocas en la memoria inalterable del recuerdo.

¿Qué importa si es agreste el mar y tú no llevas rumbo?

Si beso la ribera y el vuelo de las aves, donde tus ojos encienden matorrales de deseo.

Déjame esta voz para hablarte en el silencio, hombre, cielo gris de ritmos y gaviotas, amor de pampa y mar abierto.

Déjame esta voz, luego estallarás en risa fresca, me querrá tu alma, buscarás mis brazos y la triste cigarra hará revuelos en el viento.

¿Qué importa si se cierra nuestro cerco y apago los latidos de mi pecho? Si ahora soy la cóncava gruta para tu cauce serpentino y tú la lluvia torrencial que me humedece desesperada, honda y doliente.

No sé si volverás, no sé si existes o eres sólo un vano sueño.

¡Amor de pampa y mar abierto!

Abril. Yanira Soundy.

Ha crecido el abril en mi abandono.

Ha venido a llenarlo todo con su llanto, para humedecer las
lunas del cristal, los tallos verdes, la gracia que toca el
suelo duro.

Se ha llenado de cigarras, que miran con tristeza.

Cigarras que golpean el fruto de mi nombre, y ponen una
mordaza de hielo entre mis labios.

Existo silenciosa, con una carta estrujada y un invierno eterno;
con una piedra que se destroza y un gusano voraz que me
devora.

Ha llegado mi abril, humedeciendo el luto de este cuerpo de
alas tronchadas. Vino despacio por los juncos y las breñas.

Allí donde los espejos de las hojas apagan sus luces y los
crisantemos se arrojan a la noche del alma.

Voy a bajar a su misterio, triste y fría, y encontraré su túnel sin
origen.

Abril de miedo frío...me roba los sueños y deja mis ojos
abiertos, gastados por el llanto.

A ese hombre. Yanira Soundy.

Pienso en ese hombre que besa como si el mar fuera a
desbordarse, que siembra su sonrisa en mi piel con la altivez de
la espiga, que dibuja mi soledad sobre la niebla.
Pienso en ese hombre, dócil a mis ojos, fiel, pleno, íntegro.
En su vuelo humedecido sin tiempo y sin espacio.
Como primavera sobre el trigo del otoño.
Pienso en ese hombre que inventa soles, aguas de seda al tacto
y una verdad sencilla para amarme.
Ese hombre cierto, inconstante, mío.
En el callado temblor de sus latidos, en sus ojos de oscuros
desafíos.
Pienso en ese hombre que me espera con dulce arrobamiento.
En su cabello de trigo que me inunda en un pleamar de pétalos y
trinos.
Ese hombre:
Sol salvaje, río de música y silencio, pájaro en el alba.
Pienso en ese hombre y hay aroma en la música y color en el
aroma, claveles recién abiertos y flores niveas en mis sueños.

Tono último del alba. Xavier Abril (1905-1990)

A una sola línea del sueño, del color que es su vida. El mundo de
mis manos se vuelve sutil en su cuello. Luego, se pierde el mundo.
Esto ya es el gozo, la media luna, el canto de primavera. De sus axi-
las veo emerger la estación, el verano.

Adormecida en el alba entre dos rayos.

Patética. Xavier Abril (1905-1990)

Caída del éxtasis,
en el atardecer, entre pasiones e incendio,
música de silencio.

Tu frente se eleva como el fuego.

Se oyen los ríos, la corriente de la libertad y del paisaje.

La hoja independiente, la gota de agua,
iguales a un cosmos o poema.

Estás allí donde la sangre canta,
en lo desnudo del aire, en la vena del alba.

La rosa eterna. Xavier Abril (1905-1990)

En la mañana vacía
vestida de su alborada;
en la tarde fenecía
cual la rosa de la nada.

Estaba abierta de día,
de noche estaba cerrada;
cantaba como gemía,
sentía cuanto lloraba,

La flor del mundo ignorada,
que sólo el alma adivina,
de su tallo se alejaba
a ser la rosa divina.

Intimidad. Xavier Abril (1905-1990)

Estás en mí tan lenta que parece agua continua. Te veo caer
/en mis últimos
sueños, en blancos espacios de soledad. A la distancia
/mínima del deseo y la belleza.
Oigo la música de tu cuerpo en la yema de mis dedos.

Exaltación de las materias elementales. Xavier Abril (1905-1990)

(En desnudez intacta,
escalofrío, desmayo y sueño.
Debajo de sus senos nace un río
que olvida los temblores de su cuerpo).

¿Te quieres dar a mí hasta palidecer
desmayada en la noche?
¿Y que tu cabellera encienda
los trópicos íntimos del amor?

¿Sentir la claridad del alba
anegada en tus senos?
¿Hundirte en mí,
en la temeraria orfandad de la sangre?

Yo sueño verte un día
desnuda de tallos y de aurora,
señalando la transformación de las esferas,
alta de mediodía, cenital y luminosa,
solitaria, única: ¡eterna rosa!

Estética. Xavier Abril (1905-1990)

(Realidad, incierta realidad o sueño.
Mujer siempre dormida en el poema.
Gacela despierta en suave paisaje de nube.
ausente de césped y horizonte
POESÍA ES A CONDICIÓN DE OLVIDO).

Mujer todos los días. Waldina Mejía Medina.


Una madre puede hacer
todo lo que hace,
no por ser mamá
sino por ser mujer
.



Mamá es una mujer como las otras:
es alegre, tiene canas, se enoja
trata de adelgazar aunque no de a de veras
está enferma
casi no se cuida

mi madre se equivoca
mi mami alguna vez ha sido injusta
lleva sus cuantos errores a la espalda
sus pecadillos por allí escondidos
o deseados

pero mami crió a sus hijos ella sola
y a tres hijos más como a sus propios hijos ella sola
mas era yo tan joven cuando madre quedó sola
que nunca pregunté cómo comimos siempre
y ahora todavía no lo sé
pero tiene que ver con la multiplicación de los pesares.

Ya que es una mujer como las otras
mi madre quiso más de alguna vez
reflorecer su amor
pero los que idolatran el estéril espejo
no entienden
el prodigio
de la transformación del oro en sueños
y si no derrotó en esta batalla
por lo menos a la rabiosa soledad
ya la tiene enjaulada como la bestia horrenda que es
por el claro milagro de los nietos.

Mi mamá nos recibe cuando estamos cansados y caídos
pero no nos convierte las espinas en flores
porque nos enseñó a quitarlas solos
y no es la más clara imagen de Dios sobre la Tierra
no alcanza requisitos para Santa
ni se parece en algo a la Virgen María

sin embargo

mamá puede reír aunque esté triste
madre puede amar aunque ella no sea retribuida
mami puede ayudar aunque ella esté también necesitada
madre puede trabajar aunque haya trabajado
hasta la madrugada/
mamá puede aguantar aunque ya no aguante más.

por eso
mamá es una mujer como las otras
una mujer, sencillamente un ser humano,
le dan derecho a serlo
sus cuidados su ternura su amor por los demás
su aguante para aguantar que ya me habría muerto
y por tanto que es esa mujer
me asombro
me inclino
me acorazo
y no sé cuánto decir
cómo la quiero.

La muerte verdadera. Waldina Mejía Medina.

Endurecí mis ojos para que ya no vieran
más pobreza
acallé mis oídos para que ya no oyeran
más dolor
mutilé mi esperanza para que ya no hablara
más Justicia
emparedé mi alma para que ya no amara
la Verdad
y cuando así maté lo más hermoso
me hice duro caucho
que no sonrió, no amó, ni siquiera lloró
mi propia muerte
porque la merecía
para siempre.

Invitación. Waldina Mejía Medina.


Nosotros dejaremos la tierra que perdura.
Gocémonos, amigos, gocémonos
...”
Poesía Náuatl. Anónimo.


Entre inmensos vacíos del infinito Cosmos
vos y yo
vanos corpúsculos fugaces,
casualmente tan cerca.
¿Es de verdad casual que estemos juntos
entre la inmensidad del Universo?
¿es de verdad casual que nuestra piel
se llame?

El tiempo se escapa sigiloso.

Gocemos del milagro de estar vivos:
¡que cada instante bese nuestros labios
que cada estrella moje nuestra piel!

La Luna me ha enseñado sus secretos,
vení
deseo regalártelos.

Claroscuro. Waldina Mejía Medina.



Mi vientre atrapa fragmentos de universo
y los convierte en luz.
Crece el hijo y grita por los vientos
¡Heme aquí, convoco la mañana!

Busco desesperadamente algún empleo.
Pan y leche seguros para el niño
casa, cama
el amor que deviene de la tranquilidad de una labor digna.

Busco desesperadamente:
'aquí, tal vez - me dicen - allá, tal vez'
y voy y corro
con el dolor y el miedo clavados en mi vientre
y con mis manos casi suplicantes,
y voy y llego y me hacen esperar
y en la entrevista
grita de pronto el hijo por los vientos:
¡Heme aquí, fabrico la esperanza!
y el empleador lo nota y dice:
'No hay trabajo”
“No podemos emplearla”
“No creo que se pueda” No
No.
NO!
- no sé si pueda yo seguir luchando -
y sigo/
Sigo/
SIGO/
para este amanecer que casi implora desde el fondo de mí
y nadie
escucha.

Al íntimo cuadrante del nosotros. Waldina Mejía Medina.

Al íntimo cuadrante del Nosotros
la Vida nos reclama,
imposible
imposible oponerse,
nuestros cuerpos se atraen
con la fuerza del Cosmos,
en medio del plasma primigenio
sabores luz olor sonidos bordes
se mezclan imprecisos
dedos boca pezones pene vulva
se encuentran y confunden en el fragor vital,
tu piel mi piel resiste
en creciente tensión
en palpitantes
cúmulos de energía genésica
que irradia desde el núcleo del Nosotros,
imposible
imposible aguantar
se desborda la piel
estalla el gozo!

lunes, 30 de diciembre de 2013

Cuadro de mujer en otoño. Verónica Jaffe.

La distancia hacia la isla
se diluye un poco en los grises
de la noche iluminada:
es reflejo de ciudad txtrema,
lleva el nombre
de un indígena amable, Seattle
le otorga cuerpo a las nubes.

La marea sube.
Pequeño es el ruido de las olas,
el lamento
de algún ganso o gaviota.

Nada más ocurre en esta playa
donde llueve lenta,
apaciblemente.
Dormidos los niños,
los pinos retienen
la mesura
de una costa otoñal
en tu mirada
hermana
mujer.


para E: E: Olympia, 26/10/1989

Las sábanas familiares. Ulalume González de León (1932-2009)

En su cuarto blanco,
entre blancas sábanas
se ha dormido
                          y sueña
que duerme y que sueña
en su cuarto blanco

Se sabe soñando
porque de su cuerpo
a su cuerpo cae
infinitamente
y sin movimiento

Y de pronto llega
al fondo del cuerpo
y entonces despierta
en un cuarto rojo
dentro de su sueño

Sabe que despierta
dentro de su sueño
porque es rojo el cuarto
rojo todo blanco:
sábanas y cuerpo
Y otra vez se duerme
en su sueño
                          y sueña
que en su cuarto blanco
dormido se encuentra
soñando que está
en un cuarto rojo
donde duerme y sueña

Se sabe soñando
porque de su cuerpo
a su cuerpo cae
y del blanco al rojo
y del rojo al blanco
infinitamente
y sin movimiento

Y de pronto llega
al fondo del cuerpo
al fondo del sueño
al sueño sin fondo
a las familiares
sábanas de frío
al sueño de nadie.

Jardín escrito. Ulalume González de León (1932-2009)

En el jardín que recuerdo
sopla un viento que mueve las hojas
del jardín donde ahora estoy escribiendo

En el jardín que imagino
sopla un viento que mueve las hojas
del jardín que recuerdo

Y en el jardín donde ahora
estoy escribiendo
sopla un viento que mueve las hojas
sin jardín:
                    armisticio
de fronda imaginaria y de fronda recordada

pero tabmién las hojas verdes
del jardín donde escribo

pero también las hojas blancas
en que estoy escribiendo

y nace otro jardín.

Encuentro. Ulalume González de León (1932-2009)

El cuerpo de los cuerpos - lo que fueron
entre los dos y olvidaron
a veces los recuerda

En una ausencia simultánea
se interrumpen entonces
en sus lugares separados

Y no saben que viajan
como dos soledades que se citan
en alguna memoria ajena

que andan sin frentes y sin ojos
como el viento o los ríos
Y no saben si están van a estar o estuvieron

En sus lugares separados
ambos pierden sus cuerpos
- sin molde el alma flota -

mientras el olvidado encuentro dura
mientras el encuentro los recuerda.

Cansancio de toda metafísica. Ulalume González de León (1932-2009)

Para simplificar
          pienso en tu sexo.

Acto amoroso. Ulalume González de León (1932-2009)

:dos se miran uno al otro
hasta que son irreales

entonces cierran los ojos

y se tocan uno al otro
hasta que son irreales

entonces
guardan los cuerpos

y se sueñan uno al otro
hasta que son reales

que despiertan:
                              dos se miran...

Tríptico de la noche (III). Teófilo Cid (1914-1964)

¡Oh dulce noche, que mueve los estambres
con su sombra silenciosa
que es luz para la sangre!

Tú posees la fatiga que requiere mi descanso,
la faz nupcial que esconde el eco
por donde un hilo de éter va fluyendo.
Lo que eres en la simple geometría
de los cuerpos enlazados por ustorio espejo de heno,
lo que eres en la granja de tus árboles de lira
donde pastan armoniosos animales,
temblorosas palmas ávidas de estío.
Y aluminio el caserío que refleja el río antiguo,
un problema que hace nido,
un nidal que es puro lapsus,
el lapsus que es el tiempo sin medida.

¡Oh noche que das paz a las estrellas
con el vaho de los cuerpos!;
al sereno de las fábricas,
a los viejos conductores de tranvía.
Yo te voy iluminando piso a piso.
Das un lujo sideral
como al verde rascacielos
que madura con los besos de sus miles de habitantes.
Es preciso mirar sobre tus hombros
para ver el naipe que manejas.

Has detenido a los paseantes,
empleando gatos negros, perros vagos, taxis lóbregos,
que pasan a favor de la corriente
como el sueño a través del hipnotismo.

¡Oh noche! Tan hermosa
como ver a Doña Venus en la punta de la vida.
Tú que eres en el rapto de las diosas
la que acepta ser raptada,
en el rapto del espejo
la ilusión que sobrevive;
en el rapto de los besos
el lenguaje que se cambia.

Hay soles en tu nombre,
marchitos soles que devienen
populosos como siembras,
cuando una lenta espera me domina
con su atroz desesperanza.

Hay estadios en tu nombre
donde juegan inexpertos jugadores,
endurecidos como estatuas en un parque
al juego viejo que llamábamos la barra.
¡Oh noche! Tu guante ha caído al día.
Allí lo veo como sobre el banco de un parque desolado.
Me acerco. Lo oprimo contra mis labios
y entonces veo que es un bello atardecer.
Lo retiro de mi boca
y entonces veo que es la aurora que se acerca.

Tríptico de la noche (II). Teófilo Cid (1914-1964)

Cuantos vienen a mirarte te miran desde un solio de egoísmo
bajo el cual una cisterna brota que embrida a los astros.

No pueden suponer que el día nace de tus sombras,
el día que concede su luz a cualquier hombre
y que también nos sirve para odiarnos.

En ti yo encuentro los semblantes más amados,
el de una ciudad que invierte sus tejados en el agua
y el de un puente de salud sobre dolencias pálidas.
(Recuerdo como aludes de agua fresca,
viejos recuerdos donde las diarias preocupaciones crean fútiles regatas.)

Por eso a ti recurro, ¡oh noche!, para impetrar tu sombra,
tu mano enguantada de negro, tu dominó de olvido,
porque ellos, los paseantes que ahora llegan de la mano,
puedan quedar prendidos como jíbaros de espuma
al primitivo silencio de tus astros extasiados.
¡Oh emblema nupcial! ¡Oh dulce acorde transpirado!
La noche tiene ahora escudo de armas como reina,
dos miradas, dos alientos, dos palabras que el silencio crispa
en un augurio de cemento eternizado.

Tríptico de la noche (I). Teófilo Cid (1914-1964)

¡Oh noche! ¡Oh noche! Detén a los paseantes
con el rumor de aurora de tus astros extasiados.

El amor es la razón de tus árboles dormidos,
del silencio que corre por tus venas aurorales
porque en ti las bocas son nidos
y las palabras aves que pronuncian tu mensaje.

¡Oh noche! Detén a los paseantes
que surgieron como una onda física,
como un axioma en flor.
Deténlos en la aurora de sus besos,
perfílalos de umbral contra el silencio,
que sea eterno el ángulo que dibujan sus deseos.
¡Oh noche! Tú que tienes el valor del día
y que escondes en tu índole un sol nuevo.

Tú puedes contra el tiempo revivir en verdes pinos,
azular el espacio detenido en una huella,
hacer que el lecho vibre con un ópalo...
¡Oh noche! Tú que puedes detener a los amantes,
detén a estos viajeros que han llegado sin aliento.
Son ellos los viajeros que ayer partieron desde un beso
y que ahora se pasean por un nimbo sin designios.
Ahora sus pupilas centellean, cruzan sus espadas
para quedar impresas en panoplia eternizada.
Ellos tienen un secreto que compartir contigo,
un secreto que un pensil de instinto ha levantado.
¡Oh noche! Detén a los amantes
con el rumor de aurora de tus astros extasiados.

Retorno. Teófilo Cid (1914-1964)

Nadie podría interrumpir el reposo de la bóveda terrestre
Aquí el silencio ha juntado sus labios para nunca pronunciar palabra
Que pudiera profanar la ostensible flor que cae
Como un junco en la ribera de los sueños.
Un sol amarillento acaricia el pórtico
Mientras haya aún verdad para la muerte y queden hombres
Por caer hacia su túmulo
Como caen los costados de los ríos en las sórdidas vertientes sin celaje
El tiempo está temblando
Temblando como un ópalo en la mano
De este día jubiloso
Yo sé que este día, sin embargo, no puede interrumpir el curso
De los muertos que aquí yacen
Esparcidos como frutas
Aunque el gallo en su plumaje de guerrero etrusco y asoleado
Borre con la esponja de su canto
La indescifrable desdicha de la vida
Y los gorriones veloces y las cautivas golondrinas
Impongan un blasón de idilio a la comarca
La tierra está sorbiendo nuestras lágrimas
Bebiendo la salud que se nos va
La alegría que perdemos a medida que vivimos
La tierra está atrapándonos la sombra que el sol proyecta mediante nuestros sueños
Ella combina con su química dorada la esencia de la luz
El aroma de la esbelta peripecia que añoramos
A las fórmulas más dulces de la ciencia de la vida.
Y esa causa de inocencia nos induce a perpetuar la reverencia
Que sentimos por la dulce redondez de sus regiones
Donde cálido el amor anida a veces
Y se teje la aureola del deseo
Más amado cuanto más eliminado
No existe ungüento parecido al eco de la vida
Cuando cae sobre el cáliz
De la flor de los que callan
Ellos escuchan envueltos en terrestres ropajes de sonoridad
Detenidos ante las vagas conversaciones,
Como ante una llave de sol
Escuchan el paso de los caminantes
Escuchan el hastío de sus voces taladradas de terror
Y conocen el origen de sus nieblas musicales
Los muertos son sabios porque no andan
Porque no buscan porque no anhelan
Y conocen además la soledad
La que tanto nos asusta cuando faltan las palabras
Y un esplendor de musgo nos crece entre los párpados.
Los muertos carecen de sentido propio
Ni hablan ni opinan pero tienen no obstante
Valor, personalidad
Para herir con su acento extranjero
El idioma que hablamos cuando hablamos de amor

Ellos saben por qué el olvido nos está acechando
Y por qué el amor sin el olvido atroz sería
Ya que los muertos, muertos son porque vivieron
Y el tiempo les dejó su huella para tenderse
Una huella que el deseo ha cubierto con sus árboles nativos
Una huella en donde el viento sopla como sobre un páramo
Y en donde el rostro de la vida pierde su sombría intensidad
Así los muertos escuchan por medio de las hojas entreabiertas
El marítimo rumor de la sangre humana

La cascada de pesar
Que espuma la corriente del lenguaje
Si vosotros estuvierais siempre atentos
Al llamado de sus cuerpos ataviados para el llanto
Las palabras sonarían como pompas de silencio

Ante la bóveda terrestre
La barbarie transparente se ha poblado de bocinas
Y de túnicas ardientes
¿Cuántas veces la estación primaveral
Ha hecho el júbilo del mundo
Provocando una ilusión de eternidad?

Si recuerdo aquel verano
No es por gusto de su fértil geografía
Ni por ser aquel verano
La enjoyada pedrería
Del deseo jubiloso

Fue tal vez porque soñaba
Con hallar tu rostro puro desvestido
Tu rostro sin candor y sin fiereza
Apoyado en el estambre
De una étnica embriaguez
Solitario
Con sus ojos temblorosos cual batallas
Entregado al dulce sino de callar

Conmovido sin embargo hasta la médula natal
Rostro abierto de vendimia
Sobre el riente tornasol
Centellante en los enigmas que propone
Devorado por la altura de la luz
Que lo emigra, de período en período,
De una época a otra época fugaz

Si recuerdo aquel verano
Con sus púberes manzanas y sus árboles cautivos
No amaba amar en ese tiempo
Cuando era cual vosotros un pigmento de familia
Raza humana o bandera nacional

Tenía demasiados dones que ocultar
Mucha luz que obscurecer
Munido estambre de jardín electrizante
El sol llegaba a mí desde los dedos
Que lo iban despojando
De su cólera carnal

(Era un sol como el que miran
Los bañistas ejemplares
Y que embebe de verdor los viejos céspedes)

Pero ahora los caminos
Han perdido su papel de antiguo encanto
Tal secas lanzas sus veredas se han hundido
En mi costado

Poseer acaso el único resabio
La piel que cubre el cuerpo de los versos
Es todo lo que hallo
Cuando trato de saber lo que poseo

Despojos ya sin sangre
Es todo
Yo he sentido a veces que el amor
Como un cabello caía ante mis ojos
Nublando la esencia del paisaje
Gris en que me muevo
Por forzoso automatismo

He sentido en la mirada el nacimiento
De un cristal preconizante
En cuyos finos lóbulos de cuarzo
Un huevo angélico nacía

Precioso de ese don yo estaba triste
Sin embargo de sentir
El grave peso de un emblema
Cuya enorme lucidez no comprendía
El amor me ataba el sol a las espaldas

Poniendo distancia de soledad
Entre cada arterial presión de las palabras
Por eso me embargaba el deseo generoso
De hablar con todo el mundo
De abrazar alguna orden extranjera
A los dominios conocidos de mi imperio personal

El amor me convertía en vaso roto
Y en fisura estrellada mis pensamientos
Por donde me derramaba
En un fluir constante de medusas
Y compactos traumatismos de la infancia

No
Es tal vez porque el verano aquí presente
Nada dice nada canta nada oculta
Y en vértice de amor y sufrimiento
Abro un ángulo hacia el tiempo irremediable

Por amar lo que he perdido
Vivo a tientas despojado de la luz
Vivo ciego en un transcurso mineral transfigurado
Por un hálito de piedra y de cemento.

Canto primero. Teófilo Cid (1914-1964)

La soledad es un reflejo de las horas dichosas
Por su espiral las zonas blancas
Que aparecen como causa de las negras
Vierten en la hondura su compacto mecanismo
Y los recuerdos calzan zapatos puntiagudos
Sobre el cojín de las sienes apagadas.

La soledad es un estanque con faunas de alcohol
Millares de pálidas tribus de nicotina
Canoas frágiles de sed
Y un cielo que interceptan nubes ebrias.

Vencido por sus aguas hojarasca soy
Árbol de río de azúcar
Lluvia angélica tostada por el sol
Mi soledad es un paraguas que se quiebra
Como un trozo de voz.

En torno a su eje
Brillantes lagartos trepan
Y hay siesta en el trigal.

Yo recuerdo una mañana sombría
Exactamente equilibrada para aquellos años
De extenuación y niñez
Los faroles temblaban bajo el remo de la lluvia
Yo miraba, yo miraba
Un bello témpano de amor tendido junto a mí.

Pasé la mano sobre el dorso azul
Y vi que los astros eran tiernas dependencias
De mis oídos
Que los sonidos de la luz eran dulces vertederos
De palabras de amor
Y creí sentirme mixto puente de dos pieles
Para cruzar aquel gran río, aquella ancha ría
Que había entre los dos.

Oh mía entre las mías
Ilumina el resplandor
E1 negro hálito de adiós
Que yace en toda boca
Ilumina mi verdor
Las praderas que en los besos reverberan
Con sus vacas y sus méritos actuales
Oh amiga, oh virtuosa de la fuga
Que hoy te encuentre nuevamente en mis palabras
Creada por instinto de cansancio
O por valor.

Que mala es la envidia.

Rebecca era una joven guapisima, sus ojos eran azules y su pelo tan rubio que parecia de oro y su cuerpo era perfecto. Rebecca se llevaba a todos los chicos de calle, era muy respetada y sus amigas la querian mucho. Hasta que un dia, la envidia empezó a aflorar entre sus amigas, hasta que la envidia las volvió locas y trazaron un plan para destruirla.
La engañaron mandándole una carta del chico que le gustaba. citándola en un bosque a las afueras del pueblo. Lo siguiente que pasó fue una atrocidad, sus amigas la acorralaron y le arrancaron sus bonitos ojos, la dejaron calva y quemaron sus cabellos y por último la atravesaron con un machete, la descuartizaron y dieron sus restos a los lobos...
Pasaron los años y las asesinas de Rebecca ya eran adultas y tenian hijos. La noche del 30 aniversario de la muerte de Rebecca, la sangre corrió en las camas de los hijos de todas sus asesinas y es que rebecca se vengó de sus amigas matando a sus hijos sin piedad alguna. Sus madres, horrorizadas, se encontraron con el cuerpo de sus bastagos y una inscripción escrita con sangre que decia:
Que mala es la envidia, no?
Rebecca ya podia descansar en paz, había cumplido su venganza...

La casa maldita.

Esta es la historia de tres hermanos ingleses, muertos hace ya 5 años. Ellos eran Tom, Jake y Hanna. Tenían 17, 15 y 13 años respectivamente.... Estaban pasando el verano en un pueblo al lado de la costa, con sus abuelos, ya que sus padres no podían salir de la ciudad por el trabajo. Los días pasaban apaciblemente para los chicos, iban a la playa, daban paseos en bici, ayudaban a sus abuelos con la casa, etc...
Un día, a finales de julio, Jake comento que hiendo por ahí en bici, había visto una casa en los acantilados y por su aspecto parecía que hacia bastante que nadie la ocupaba. Eso a Hanna le pareció muy interesante, porque a pesar de que podía parecer una niña dulce y mimosa, en realidad era un poco extraña y solitaria (solo se relacionaba con sus hermanos y familia)... le encantaba todo tema que conducía a lo misterioso, sobre todo lo relacionado con fantasmas y leyendas y todo ese tipo de cosas. Así que decidió hacer una visita a esa peculiar casa. Al saber eso Tom, le ordeno que nunca se le ocurriera acercarse y si lo hacia seria con su supervisión, ya que era normal que al querer hacer alguna de las suyas pues se haya metido en líos bastante gordos. Eso a Hanna no le molesto mucho, porque pocas veces eran las que le hacia algún caso así que esa misma noche junto con Jake (que finalmente convenció para que le enseñara donde esta la casa) cogieron sus bicis y tomaron rumbo al lugar. Pero claro esta Tom se pispo de ello y les siguió para que nada malo les pasara.
Era casi la una de la madrugada cuando Jake y Hanna se detuvieron justo delante de la puerta y antes de que pudieran abrirla llego Tom y les metió un susto de muerte.
TOM eso es para que aprendáis que a mi no me engañáis enanos. JAKE bueno, bueno no te pongas así, pero ahora que hemos llegado hasta aquí, entraremos ¿no?
Se pusieron de acuerdo y entraron a la casa. Nada más abrir la puerta salio un olor a humedad increíblemente fuerte, tuvieron que pasar unos minutos a que se acostumbraran al olor o por lo menos que al tener algo abierto se fuera yéndose poco a poco. Pero había otro inconveniente aparte del olor, no se veía casi nada, pero por suerte Tom había sido previsor y había cogido unas linternas. Al entrar lo primero que vieron es que había un pequeño recibidor en el cual había unas escaleras k subían al piso superior y unas puertas por las que cuales se iban a la cocina, el cuarto d estar, un pequeño cuarto de baño y había como un armario empotrado, en el cual se encontraron algún que otro paraguas viejo y roto y un par de botas de agua amarillas, como de pescador. Cuando subieron al piso de arriba vieron que había un pasillo con puertas hacías los dos lados, así que decidieron separarse e ir mirando las habitaciones una por una. Todo fue bien hasta que Hanna entro en una habitación un tanto peculiar. Estaba llena de muñecas colocadas en la pared. Había una cama, una mesilla y un escritorio con una silla. Todo parecía normal pero de repente al mirar por el rabillo del ojo le pareció ver a alguien sentado en el borde de la cama. Volvió la cabeza y se encontró a una niña, vestía con ropa antigua y al ver en el estado en que se encontraba salio corriendo y gritando. La niña de la cama no tenía ojos y tenia la cara llena de sangre. Además las muñecas de la pared empezaron a moverse y oyó perfectamente como decían "Nunca jamás saldrás ¡nunca jamás!¨.
Entonces empezó a gritar con todas sus fuerzas y a lo que iba a salir del dormitorio la puerta se cerro de un portazo. Intento abrirla, grito pidiendo auxilio... fue entonces cuando Tom y Jake la oyeron y salieron corriendo hasta la puerta de donde estaba encerrada. Intentaron echar la puerta abajo, pero no pudieron. Hanna no dejaba de gritar, hasta que llego un momento en que ya no se la oía más. Fue entonces cuando sus hermanos se temieron lo peor. Después de diez minutos de intentar abrir la puerta lo consiguieron y al entrar vieron lo peor. Hanna estaba tumbada encima de la cama boca arriba, con parte de la cara cubierta de sangre, al acercarse su miedo aumento al ver que le habían arrancado los ojos, pero... ¿y donde estaban?. Pero en ese momento lo único que les interesaba era poder salir de allí y contarle a alguien lo que había sucedido y que fueran a buscar el cuerpo sin vida de su hermana pequeña. Cuando ya habían salido y estaban delante de la puerta principal y fueron a abrirla no pudieron. Alguien la había cerrado y no podían salir, así que intentaron romper alguna de las ventanas, pero tampoco podían, era como si la casa no quisiese dejarlos salir.
Intentaron no ponerse más nerviosos de lo que estaban y pensar una solución, en ese momento Jake recordó que en la entrada había un armario empotrado y había visto algo sin que Hanna ni Tom se percataran. En el interior del armario había visto una rendija, parecía como si fuera un armario con doble fondo. Así que sin pensarlo dos veces se dirigió al armario lo abrió e intento abrir la pared falsa. Mientras tanto Tom, había ido a la cocina porque se había dado cuenta de que allí también había una puerta que daba a un jardín e intentaba abrirla, pro también estaba atascada.
Jake mientras tanto consiguió abrir el doble fondo del armario, pero lo que se encontró le aterrorizo. Había el cadáver de un hombre vestido de traje, pero lo realmente asqueroso es que aun tenía jirones de piel y carne pegados a los huesos. Le empezaron a dar arcadas y tubo que cerrar la puerta para no terminar vomitando de verdad.... y cuando iba a ir a la cocina donde estaba su hermano, la puerta del armario se abrió de repente y el cadáver del hombre salio. Jake se quedo sin palabras, no podía moverse y por mucho que intentara llamar a su hermano no pudo. No le salían los sonidos de la garganta. Y antes de que se diera cuenta esa "cosa" le había partido el cuello.
Mientras todo esto ocurría, Tom buscaba como un desesperado algo que le indicara como podía salir de esa casa. Aunque no tenía mucho sentido empezar buscando por la cocina, por algún lado tenía que hacerlo y no descartaba ningún lugar. Cuando vio que allí perdía el tiempo decidió salir a la entrada para seguir buscando por el cuarto de estar. Pero cuando al salir vio a su hermano Jake muerto también, con el cuello roto cambio de opinión y empezó a gritar y a llorar como un poseso... paso así unos cinco o diez minutos, hasta que se desahogo completamente. Pero aun así se sintió completamente inútil. El, siendo el hermano mayor no había podido proteger a sus hermanos y ahora el único superviviente era el. Pero entonces algo milagroso ocurrió. La puerta principal se abrió. Eso significaba que podía irse, pero tendría que contarle a alguien lo sucedido y todo el mundo le echaría la culpa a él de sus hermanos, porque además tenía manchas de sangre de cuando había visto a su hermana, ya que se acerco demasiado a ella. Así que decidió no salir. Y antes de que amaneciera y sus abuelos se dieran cuenta de que no estaban ninguno de los tres en la casa, Tom había cogido un jarrón de cristal que había por allí, lo rompió y con unos de los trozos se suicido por el remordimiento de no poder haber ayudado a sus hermanos.
Después de pasar unos 3 días buscándolos por todas partes, la gente del pueblo fue hacia la casa del acantilado, a pesar de que no les gustaba aquel lugar por la historia que guardaba. Allí, en esa misma casa, una niña había sido asesinada brutalmente y nada se supo jamás de su asesino.
Cuando hubieron llegado ya a la casa y vieron las bicis de los niños se temieron lo peor. Y así fue. Al primero que encontraron fue a Jake, con el cuello roto, después a Tom que se había cortado las venas y para rematar también se había echo un corte en la garganta. Y ya en el piso de arriba encontraron a la pequeña, sin sus ojos.
Desde que muriera aquella niña, el pueblo no había recibido un golpe tan fuerte. Fue entonces cuando decidieron destruir la casa para que nada más ocurriera, sin intentar saber lo que había pasado esa noche.

Muñeca de papel.

No alquiles este piso, aquí habitan fantasmas. Te meterás en problemas. Susan aún tenía aquellas palabras rebotando por su cabeza. Tenía claro que no creía en fantasmas, pero aquello le había dado mala impresión: no esperaba llevarse bien con una vecina, la única que había en la séptima planta del edificio, que le había recibido con tal chorrada. Nada de "bienvenida al edificio" o algo parecido.
Se coló en el piso mientras Susan apenas había visto el salón y le soltó aquello. La casera ni se inmutó, ni siquiera la miró. Debía estar acostumbrada a que la vecina de al lado intentase ahuyentar a sus inquilinos. Susan estimó que debían ser viejas rivales, así que no pensaba quedarse en mitad de ambas y sus conflictos. Porque por fin encontró lo que llevaba tres semanas buscando: un piso con dos habitaciones, una de ellas para convertirla en su estudio donde continuar con su próxima novela, con grandes ventanales desde las cuales adquirir una amplia visión de toda la ciudad, a tan sólo diez minutos de su nuevo trabajo, y, sobre todo, a un precio increíble.
Susan había colaborado los últimos dos años en un periódico de tirada regional. Solía escribir una columna de crítica social y en ocasiones algún articulo sin demasiada trascendencia, los cuales enviaba por email los miércoles y los viernes al redactor jefe del periódico. No era gran cosa, lo suyo era el arte de manejar palabras, enredarlas y hacerlas bailar entre tapa y tapa de sus cada vez más afamados libros. Pero le ofrecía una coma muy gratificante en el, a veces, cargante oficio de escritor, y sobre todo le permitía adquirir, poco a poco, más fama entre los amantes de las letras. Y gracias a esto último Susan había acabado en aquel, según la vecina de pelo encrespado y camisa a cuadros hortera, piso con fantasmas. Porque gracias a su buen hacer y a su emergente fama el redactor jefe del periódico le había ofrecido un puesto fijo en la redacción, a media jornada, pero muy interesante. Requería de su presencia en la redacción casi a diario, le robaría buena parte del tiempo dedicado a la síntesis de sus libros, pero Susan estaba muy entusiasmada y emocionada con su nuevo papel en el mundo. Además, las afueras ya no le aportaban nada. Necesitaba un cambio, sentir el calor de la gente cerca de ella, aunque ese calor solo le llegase a través del ruido banal de los coches y las muchedumbres embutidas en los autobuses de línea. Le parecía bien de todas formas. Estaba cansada de la banda sonora de las afueras: pájaros, la bocina del camión del lechero y más pájaros.
Así que después de tres semanas buscando piso, después de tres semanas acudiendo a la redacción desde su antiguo hogar en las afueras, tras haber cogido dos trenes y un autobús, por fin encontró un piso en su querida ciudad, a tan solo un paseo de su nuevo trabajo. No estaba dispuesta a consentir que una vecina con ganas de asustar a los nuevos inquilinos arruinase sus esfuerzos.
Aún estaba todo por montar. El piso estaba amueblado, pero Susan tenía todas sus cosas en una gran montaña de cajas que había construido con sumo cuidado en el estudio. Solo llevaba tres semanas en la redacción, pero ya había hecho grandes amistades. Así que había decidido invitar a gran parte de ellos a tomar unas cervezas, a modo de pequeña inauguración de su nuevo hogar, y por que no, de su nuevo trabajo.
La noche trascurrió tranquila. Unas cervezas, unos pitillos, risas, pequeños tentempiés, largas e interesantes conversaciones, más cervezas, más risas...Era viernes por la noche, la cuidad, a los pies de Susan y sus compañeros, emanaba vida y luz, mucha luz. Así que todo era perfecto.
A la mañana siguiente se levantó con mucha vitalidad y energía, algo cansada debido a una pequeña resaca, pero dispuesta a poner toda la casa en orden, recoger los restos de la fiesta de la noche anterior y sobre todo la montaña de cajas del estudio. Envolvió su delicada piel blanquecina como la leche con una bata de seda dorada y se dispuso a salir del dormitorio para tomar el desayuno. Al abrir la puerta del dormitorio se llevó una grata sorpresa: todas las botellas de cerveza, paquetes de tabaco vacíos, platos con restos de comida y ceniceros repletos de colillas se habían esfumado. Todo estaba en perfecto orden. Una gran sonrisa le cruzó toda la cara, de oreja a oreja. Lo más seguro era que Shally y Thomas, los últimos invitados en marcharse y con los que más confianza tenía, habían decidido recogerlo todo. No le extrañaba, eran grandes personas, siempre dispuestas a todo.
Llegó a la cocina con paso vivo y alegre, con la sonrisa decreciendo pero aún presente. Recogió su pelo dorado en una cola alta y sacó la cafetera y el tostador de uno de los armarios superiores de la cocina. Pero antes de encenderlos decidió volver al dormitorio. Iba descalza y nunca enchufaba cosas descalzada desde que escuchó, en aquel programa de sucesos de las siete, que alguien murió electrocutado al enchufar la televisión descalzo. Así que regresó al dormitorio a por sus zapatillas moradas de piel de peluche.
Cuando abrió la puerta del dormitorio volvió a recibir una sorpresa, no tan grata como la anterior. De hecho, bastante desagradable a su parecer. La cama estaba perfectamente echa. Se acercó a la cama, incrédula, con la boca abierta y los ojos entrecerrados como el que intenta divisar algo en la lejanía. Tocó la colcha con la palma abierta. La cama estaba perfectamente hecha: la sabana debajo de la colcha perfectamente doblada, la almohada cubierta por la colcha y tres bonitos cojines color melocotón repartidos a lo largo de toda esta.
Aquello era muy extraño, y por un breve instante de tiempo, creyó a la vecina, aquella que le aconsejó no alquilar aquel piso, que si lo hacía se metería en problemas. Sintió una pequeña angustia, un pequeño mosquito que se agarró a su nuez y le hizo saborear un intenso y desagradable sabor. Pero se repitió a si misma que ella no creía en fantasmas. Debía haberse emborrachado más de la cuenta la noche anterior, y tener una resaca tremenda, tanto que acababa de hacer la cama y no lo recordaba.
Hizo un café y se lo tomó en un intento de despejar su mente y recuperar el aliento y la cordura. Se sentó en el bonito sofá azul marino del salón, adjunto a un gran ventanal que mostraba una amplia imagen de toda la ciudad, hoy turbada por las nubes grises y opacas que reinaban en el cielo, pero bonita al fin y al cabo. Llevaba un libro en la mano, "Los atardeceres de Laura". Trataba sobre una chica lesbiana que se enamoraba perdidamente de un chico gay. Un amor imposible por el que sufría demasiado, tanto que ella esta al borde del suicidio.
Pero no podía concentrarse, no podía seguir la lectura, las líneas se turbaban, se retorcían y dejaban un gran hueco en la página, hueco por el que aparecía el rostro de la vecina, con aquellas palabras desconcertantes. Cerró el libro y lo apartó a un lado del sofá. Se levantó para coger el mando del televisor, que estaba en una pequeña mesa de cristal frente al sofá, y volvió a su sitio privilegiado en lo alto de la ciudad nublada pero hermosa.
Realmente no había nada que mereciese la pena en la televisión, pero Susan ni siquiera se percataba de ello. Ya podrían estar emitiendo un concierto de los Rolling Stones, o un documental sobre leones marinos, ambas grandes pasiones suyas. No hubiese importado, hubiese seguido sin percatarse. Porque simplemente se dedicaba a golpear el botón verde con la flechita que indicaba pasa al siguiente canal, sin ninguna coherencia, con sus ojos fijados en la pantalla de plasma, pero su pensamiento perdido en un bosque verde oscuro.
De repente el mando dejó de funcionar, ya no había canal siguiente, aquel programa basura sobre la vida de los famosos tres canales más allá no volvería a aparecer. A menos que cambiase las pilas del mando, pensó Susan un minuto después, cuando por fin se dio cuenta de que por mucho que pulsaba aquel botón, tanto y con tanta saña que le sudaba el dedo pulgar, el canal no avanzaba.
Se levantó y se dirigió a la cocina. Creía haber dejado un paquete de pilas para su cámara de fotos digital en uno de los cajones pequeños que se encontraban junto al fregadero. Efectivamente, las pilas eran las reinas del cajón. Eso le hizo recordar que debía de ponerse manos a la obra, con la inmensidad de cajas llenas de trastos de la mudanza, alojadas en el estudio. Y eso le hizo aumentar el dolor de cabeza.
Volvió al salón con paso cansado, casi arrastrando los pies, y dejó caer su trasero en el sofá con tanta violencia que el respaldo emitió un pequeño crujido al verse forzado contra la pared. Abrió la tapa del mando y sacó las pilas. Pero algo la detuvo en seco. Miró a la televisión, no sin cierta incertidumbre, y descubrió que el programa basura profamosos volvía a estar puesto, cuando Susan tenía la absoluta certeza de que al ir a buscar las pilas se había quedado puesto el canal de la tele tienda. De pronto la pequeña incertidumbre se hizo grande, enorme, y un pequeño grito sordo que no llegó a salir por su boca retumbó en su estomago. Pero no solo por el hecho de que no estaba puesto el mismo canal que cuando ella se fue, sino también porque se dio cuenta de que el receptor de infrarrojos en la televisión, un pequeño circulito justo debajo de la imagen, estaba tapado con un trocito de cinta aislante verde, un verde tan vivo que contrastaba de manera exagerada con el negro satinado de la televisión de plasma. Recordaba haber dejado aquella cinta aislante en una repisa que había a unos centímetros por encima de la tele, de hecho la cinta seguía ahí, pero lo que no recordaba era haberse levantado a coger un trozo y ponerlo en el receptor de infrarrojos, sin ningún motivo, y todo mientras estaba sentada en el sofá, maltratando el mando a distancia. Y no lo recordaba porque volvía a tener una certeza, la de que había permanecido todo el tiempo sentada. Se levantó del sofá de forma lenta y cuidadosa, como el que espera un golpe por la espalda, y se acercó un poco al televisor. Se arrodilló y miró con suma curiosidad y estupefacción la cinta aislante, un simple trozo de cinta aislante. Aquello parecía irreal. Se incorporó histérica, enfurecida con ella misma por creer haber pasado una noche tranquila, con solo dos cervezas y una charla amena con los amigos, cuando todo parecía indicar que no solo había llenado el estomago de alcohol, sino que lo había desbordado. Pensó en ir al estudio para empezar a poner algo de orden, creyendo que eso disolvería los nubarrones que cruzaban por su cabeza.
Pero algo la detuvo cuando sus piernas estaban alcanzando la verticalidad. El canal volvió a cambiar. Sólo. La cinta aislante verde seguía pegada en el receptor, y aunque no lo hubiese estado, el mando estaba con las pilas quitadas, tiradas en el sofá, como comprobó al volver la cabeza levemente hacia atrás. Al recuperar su posición normal, descubrió que la tele estaba cambiando de canal sin parar, con más velocidad incluso de la que ella lo había estado haciendo mientras tenía la mente en el bosque verde oscuro. Volvió a mirar el trocito de cinta verde intenso y se dio cuenta de que un botón que había junto al receptor, bajo el cual habían unas letras pequeñas que rezaban "channel up", se estaba iluminando una y otra vez. Confusa, nerviosa y enfurecida se dirigió hacia la tele y con más rabia que la que sentía cuando no encontraba ningún piso decente al que le llegasen sus ahorros, empezó a golpear el botón adjunto al que se iluminaba, el que rezaba "channel down". Estuvo así unos segundos, sin obtener resultado, hasta que sintió un tremendo escalofrío, que le recorrió desde los pequeños y delicados pelillos de los dedos de los pies hasta la última punta de su cuero cabelludo.
De repente dejó de pulsar el botón y empezó a notar cómo el aire le faltaba. Abría la boca más de lo que ella misma creía poder abrirla, intentado coger una bocanada de aire, un pequeño trocito de aire, pero no lo conseguía. Cayó de rodillas en la moqueta y se echó la mano al estomago, al tiempo que el pequeño escalofrió parecía convertirse en un cuchillo de acero inoxidable japonés que le desgarraba hasta los riñones. Incapaz de resistir semejante dolor perdió el conocimiento y cayó de espaldas, golpeándose en la cabeza contra la pequeña mesa de cristal que acompañaba al sofá.
Cuando despertó era ya de noche, aunque bien era cierto que el sol se había negado a salir aquel día, sometido por la inquebrantable fuerza de las nubes grises opacas. Echó una mirada en derredor sin levantarse del suelo. Todo estaba en orden. Miró al televisor. Estaba apagado, sin cinta verde intensa. Pero el mando a distancia estaba en la mesa de cristal, en lugar de en el sofá, donde ella recordaba haberlo dejado.
Se incorporó, con gran dificultad, se llevó una mano a la cabeza, y descubrió un protuberante y considerable bulto junto a la coronilla. "Debo haberme desmayado" pensó. Alargó el brazo y cogió el mando. Abrió la tapa de las pilas y descubrió que estaban puestas las de color dorado con una línea plateada, las mismas que parecían haberse gastado hacía unas horas. Se quedó un momento pensativa, mirando al suelo. Cuando reaccionó apuntó con el mando hacia el televisor y pulsó el botón de "on". La tele se iluminó al instante, y cambiaba de canal sin ninguna dificultad.
Se dirigió a la cocina, aún con el mando en la mano, y volvió a abrir el pequeño cajón de madera clara lacada. Las pilas que había cogido para cambiar las que pensaba se habían gastado estaban ahí. Pero a pesar de ello, o quizás debido a ello, Susan tuvo la sensación, más fuerte y real que nunca, de que algo no iba bien. Y es que, había algo extraño. El pequeño envoltorio de plástico fino y delicado que cubría las cuatro pilas formando con ellas un bloque había desaparecido. En su lugar, había un trozo de cinta aislante verde rodeándolas y manteniéndolas unidas. Acercó la mano a las pilas con miedo, como esperando un nuevo escalofrío, y las cogió. Estaban pegajosas, como si se hubiesen hecho varios intentos con la cinta verde hasta alcanzar al fin la longitud exacta que cubría a las cuatro pilas, a la mitad de estas, como un cinturón. Las apretó con todas sus fuerzas, cerrando la mano, y un pensamiento le vino a la cabeza. Un mensaje. Su propia voz golpeando con insistencia en su mente, rebotando en el interior de su cráneo: estas pilas son reales, y algo no anda bien hoy.
Miró el reloj que había colgado en la pared opuesta al fregadero. Eran las ocho y veinte minutos de la tarde. De repente tuvo la idea de llamar a su vecina e invitarla a cenar. No tenía intención de iniciar una sarta de preguntas sobre fantasmas, seguía sin creer en ellos, estaba casi segura; pero no quería estar sola. Sentía que algo extraño y negativo pasaría si se quedaba sola durante las próximas horas. No le echaba la culpa a ningún fantasma, se las echaba a ella misma. No quería estar sola., y su vecina era la única persona, aparte de ella misma, en la última planta del edificio, y al fin y al cabo, era con la única persona de todo el edificio con la que había tenido un pequeño acercamiento.
Se puso una fina chaqueta deportiva color gris que había colgada junto a la puerta principal y salió con paso decidido y eficaz hacia la puerta de su vecina, que se encontraba justo enfrente de la suya, tan cerca que ni siquiera cerró su puerta.
Llamó un par de veces seguidas. Parecía que no estaba, o quizás tenía cosas más interesantes que hacer, "tendrá asuntos más importantes que ir a cenar a la casa en la que piensa que hay fantasmas y sólo pasan desgracias", pensó Susan, tras lo cual dio media vuelta y si dirigió de nuevo a su piso. "Me iré al restaurante de las esquina a cenar y luego daré un largo paseo."
Cuando cruzaba el arco de su puerta la vecina abrió la suya. Iba vestida con una blusa azul claro y unos vaqueros desteñidos, horteras y pasados de moda. Su oscuro y alborotado pelo era todavía más rizado de lo que Susan recordaba.
¿Querías algo, chica? ¿Como era tu nombre?
Susan... Susan. Y tú eras...
Mary. Me llamo Mary
Encantada de conocerte – dejó escapar una leve sonrisa y cruzó los brazos como notando frió, como abrazándose a si misma, con un gesto que la hizo parecer más débil y delicada de lo que siempre había indicado su fino pelo dorado como los maizales cercanos a su antigua casa.
¿Algún problema, Susan? Te veo mala cara. Preocupada. Creo que te advertí, y lo hice de buena fe, porque creo que eres una buena chica con algo de sensatez, de que en ese piso...
Sólo quería invitarte a cenar – la interrumpió bruscamente, dejando escapar las palabras con una velocidad que casi las hizo incomprensibles – Sólo quería invitarte a cenar. Nuestra primera conversación no fue muy agradable, al menos a mi parecer, a si que he pensado que podría preparar algo para las dos, relajarnos y conversar de nuestras vidas – añadió de forma más pausada.
¿Sabes qué? Me caes bien. Pero no tanto como para que yo entre en ese piso.
Vamos, ¿cuál es el problema? Esta todo en orden, no hay nada raro, nada sobrenatural – Susan dejo escapar de nuevo una pequeña sonrisa al tiempo que dejaba de abrazarse, una sonrisa que esta vez denotaba que estaba mintiendo, que sus palabras ni siquiera ella misma las creía.
No te preocupes, te invitare yo a cenar a mi piso. Así no habrá problemas y nos conoceremos igualmente, ¿no crees?
De acuerdo, como quieras.
Vamos, pasa – Mary la invitó a pasar al interior con un movimiento simultaneo de cabeza y mano.
Susan cerró la puerta del piso ínter dimensional de un portazo y siguió los pasos de Mary hacia el interior del de esta.
Me encanta ese cuadro – dijo Susan nada más entrar, con la puerta abierta tras de sí.
Lo compré en un rastrillo. Tirado de precio.
El piso de Mary parecía más grande que el de Susan. Nada más entrar había un gran salón, con tres enormes sofás color granate y las paredes color salmón, abarrotadas de cuadros, entre los cuales se encontraba el predilecto de Susan. Torcieron a mano derecha, donde se encontraba la cocina.
¿Que quieres que prepare para cenar?
Me da lo mismo, Mary. Podría comerme un ciervo entero – volvió a soltar aquella misteriosa sonrisita, la que hacia que ni ella misma creyese lo que decía, porque lo cierto era que tenía el estomago más cerrado que una caja fuerte alemana.
Yo había pensado prepararme unos espaguetis con tomate, ¿te gustan?
Si, me parece bien. Me gustan. Oye, ¿Dónde tienes el aseo? Necesito ir urgentemente.
Al fondo de salón, la puerta de la izquierda. La de la derecha es donde guardo los cadáveres – su voz sonó ronca y misteriosa, lo que hizo que Susan empezase a tornarse blanca tan rápido como un rayo cae del cielo y parte un árbol en dos mitades. No estaba para sustos – Vamos mujer, solo era una broma. Solo quería romper un poco el hielo. Te veo preocupada, y en esta casa no hay espacio para las preocupaciones. Mis cuadros se pondrían tristes – se dio media vuelta y sacó un enorme paquete de espaguetis de un pequeño cajón abarrotado de otros cuantos enormes paquetes de espaguetis. Parecía ser la comida favorita de la anfitriona.
Susan giró sobre sí misma sin decir nada, con el rostro aún un poco pálido, pero con gesto aliviado. No se explicaba como podía haber creído, aunque solo fuese por un pequeño espacio de tiempo, las palabras de Mary. "La de la derecha es donde guardo los cadáveres". "Es ridículo" pensó Susan. Y tras volver a leer en su mente las palabras, pensó que cierto halo de locura rodeaba a Mary, tras pensar también en aquello de "en este piso habitan fantasmas". Nada de eso, los fantasmas no existían, pero si era cierto que Mary estaba algo loca, quizás por la soledad o el aburrimiento. Susan estaba segura de ello.
A la vuelta del aseo los espaguetis estaban prácticamente preparados.
Vaya, ¿Dónde compras esa pasta? Apenas han pasado tres minutos y esto ya parece estar hecho, huele a deliciosa pasta italiana – Susan volvió a soltar una sonrisa, pero esta vez fue una sonrisa de conciliación, intentando olvidar el halo de locura para darle una nueva oportunidad a la anfitriona.
Pues en el supermercado de la calle Riverside. De hecho son los más baratos. Y de hecho han pasado veinte minutos. ¿Qué hacías tanto tiempo en el aseo? ¿No estarías robándome algo, verdad? Te advierto que no tengo nada de valor, absolutamente nada.
Susan se quedó pensativa, ¿era otra de sus bromas para romper el hielo? Fuese lo que fuera, aquello no le hizo gracia.
Yo pondré la mesa – dijo Susan de forma brusca.
Que menos, querida. ¡Que menos! – Mary soltó una pequeña carcajada.
La cena transcurrió de forma tranquila. Nada de bromas que hiciesen poner pálida a Susan o largas escapadas al aseo que mosqueasen a Mary.
Dime, ¿en que trabajas? – preguntó Mary tras haber devorado por completo el plato en menos de cinco minutos.
Soy escritora. Estoy escribiendo mi sexta novela. Trata sobre la vida solitaria de una mujer, que decide rehacer su vida tras largos años de aguantar palizas de su marido. También trabajo para un periódico, el Morning View. Llevaba 2 años como colaboradora y me han dado un puesto fijo hace tres semanas – fue la frase que Susan pronunció con más entusiasmo en todo el día.
Escritora, ya. Yo no trabajo. Tuve graves problemas de salud que me imposibilitaron ir a trabajar durante bastante tiempo, así que pedí la jubilación anticipada.
¿Jubilación? Pareces joven. ¿Y en que trabajabas?
Para la administración pública, ya sabes. Y no hace falta que intentes halagarme, al menos no por el lado de la edad. Se la edad que tengo, ¿sabes? Y el tiempo no pasa en balde para nadie. Así que simplemente dime que los espaguetis están deliciosos – Mary mostró una agradable sonrisa y se limpió con una servilleta de papel las grandes manchas de tomate de la comisura de sus labios.
Susan le devolvió la sonrisa, y por un momento parecieron estar unidas, como un par de amigas, fundidas en una sola persona. De hecho, cuando pasaron los minutos y la confianza, pequeña pero creciente, se iba afincando, Mary le preguntó a Susan cuantas veces hacia el amor a la semana y le dijo que su trabajo era una estupidez, una pérdida de tiempo. "Escritora, ¿A dónde quieres llegar con eso? Todos los escritores acaban por volverse locos''. Susan le siguió la corriente, pero aquello fue un golpe muy bajo para ella que deshizo en gran parte la unión.
Bueno, espero que esto haya servido para conocernos mejor. Me gustaría invitarte a un café o charlar un rato en el salón, pero es mi hora de las pastillas, y me dejan tan atontada que si no me acuesto en los próximos tres minutos me quedaré dormida de pie – Mary se levantó y cogió un bote de pastillas que había en un armario sobre el fregadero.
Susan volvió a notar ese halo de locura en las palabras de su vecina, sin saber exactamente porqué. Pero lo cierto era, que con pastillas o sin ellas, era hora de marcharse. Era suficiente por hoy.
Te comprendo. No te preocupes, yo también estoy algo cansada. Ha sido un placer poder conocerte un poco mejor. Hasta la próxima, Mary.
Susan se levantó y salió de la cocina, sin siquiera recoger su plato. No es que fuese una persona maleducada, todo lo contrario, pero andaba con la mente en otro lugar. A Mary tampoco pareció importarle mucho. Ella también parecía estar en otro lugar, ya que ni siquiera respondió al mensaje de despedida de Susan.
Abrió la puerta de su casa con cierta inseguridad. Por un momento, un breve momento, volvió a tener la necesidad de abrazarse a si misma. Tenía frió. Entró en el piso, cerró la puerta tras de sí y se dirigió al sofá. Todo parecía estar en orden. Se sentó con suavidad y echó una lánguida mirada por el precioso ventanal. La ciudad estaba iluminada al completo. Miró un pequeño reloj que había en la repisa de encima del televisor y vio que no era demasiado tarde, así que decidió salir a dar un paseo y contemplar aquellas luces nocturnas de forma más cercana, con la intención de fundirse con ellas y ser un artífice más de la noche.
Cuando se puso de pie, descubrió que la cinta aislante verde ya no estaba sobre la repisa. Otro motivo más para salir a dar un paseo, incluso más fuerte que el de fundirse con las luces nocturnas.
La ciudad era preciosa. Muchas de sus calles aún estaban echas de piedra. El asfalto no era bienvenido aquí, y Susan lo agradecía. Porque aquellas calles tenían el encanto de una vieja ciudad europea, donde se respira el pasado. Los edificios también conservaban ese toque clásico, ese matiz que los hace distintos, ese matiz que a pesar de la decadencia de algunos, los transformaba en bellos colosos que parecían cobrar vida por momentos. La zona de la ciudad de Susan era de las más antiguas. Los edificios estaban prácticamente vacíos, con las ventanas de madera polvorientas y los balcones repletos de plantas muertas después de varios años sin recibir una gota de agua salvo la que caía del cielo. Pero todo poseía aquel matiz. Y puede que los edificios estuviesen prácticamente vacíos, pero las calles estaban repletas de gente. Era ya de noche, si bien las calles estaban pobladas, como en una noche de verano en una playa de México. Susan se preguntaba de donde podía salir tanta gente. Aquello le gustaba, le encantaba. Le encantaba mirar a su alrededor y ver gente, puntos insignificantes en el universo, pero con enormes e interesantes historias a sus espaldas que contar.
Cuando llegó a la calle de Riverside, la del supermercado, la que daba a un enorme río, decidió que era hora de regresar a casa y descansar un poco. Había sido un día difícil, extraño como pocos en su vida, y eso lo notaba. Tenía uno de los mayores cansancios mentales de toda su existencia, más incluso que cuando anduvo inmersa en su segunda novela, aquella que por más que lo intentase, se resistía a ser conclusa de forma coherente y salvaguardando lo que había querido trasmitir desde el principio.
Abrió el portón metálico con energía y tomó el ascensor que había al final del largo pasillo. Era un ascensor muy antiguo, que incluso solía fallar. Pero la comunidad se negaba a poner uno de esos nuevos cacharros tecnológicos con hilo musical y botones retro iluminados. Antes morir dentro del ascensor tras precipitarse este violentamente hacia el primer piso que instalar una de esas blasfemias tecnológicas.
El hueco del ascensor estaba a unos cinco metros de las dos únicas puertas de la última planta. Susan salió de él buscando en su bolso una nota que había escrito hacía unos días mientras viajaba en el autobús, una clave para descifrar un gran conflicto de su nueva novela. Llegó hasta la puerta de su casa a pasos ciegos, con la vista fijada en el bolso, removiendo con la mano derecha una y otra vez todas las pertenencias que llevaba en él, de un lado para otro, como el que prepara con ahínco una sopa de pescado. No la encontraba, y eso la hizo ponerse de muy mal humor.
Mal humor que se apagó de repente, con un cubo de agua fría, casi congelada, cuando se percató de que en el suelo del pasillo había una gran mancha de sangre que comunicaba su puerta con la de la vecina. Susan se echó las manos a la cabeza y en su estomago volvió a tener lugar aquel grito sordo, más angustioso que nunca, acompañado de un mosquito más grande que nunca dejando un sabor más desagradable que nunca. Porque aquello ya no podía tratarse de sugestiones o creencias en fantasmas. Aquello era real, era sangre, como ella misma comprobó al agacharse, tocar el suelo con la palma de la mano y manchársela. Estuvo de pie, congelada, varios minutos. Cuando por fin reaccionó abrió la puerta casi a empujones, intentando alcanzar lo antes posible el teléfono para llamar a la policía. Pero cuando pensaba que ya nada podía ir peor aquel martes 13 de Noviembre volvió a llevarse una desagradable sorpresa.
Al abrir la puerta creyó morir durante unos segundos. Todo estaba tirado por el suelo. Sillas, mesas, el televisor, las cajas del estudio, las velas decorativas de la repisa del comedor, la cafetera, los cojines del sofá, todo. Los armarios de la cocina abiertos y la mesita de cristal rota en mil pedazos. Una estampida de rinocerontes parecía haber pasado por allí mientras ella disfrutaba de unos espaguetis con tomate y el aroma nocturno de la ciudad.
Pero lo peor no fue aquello. Aquello tenía arreglo. Lo que parecía no tener arreglo era la enorme mancha de sangre que conectaba la puerta de su vecina a sus espaldas con la puerta que había justo enfrente tras cruzar el comedor, la de su dormitorio. Fue siguiendo la mancha, a pasos cortos y lentos, débiles y tímidos, con la boca abierta y una mano en el pecho, por si su corazón decidía abrir un hueco entre las costillas y escapar corriendo. Cuando por fin llego a la puerta del dormitorio, la abrió apenas cinco centímetros, con sumo cuidado, como si esta fuera de papel y fuese a romperse. Intentó descubrir algo por aquellos escasos cinco centímetros, y logró ver su armario, abierto y sin ropa. Tras unos segundos de titubeos logró dar un empujón a la puerta. Retrocedió unos centímetros, en un acto reflejo de precaución, y cuando la puerta se hubo abierto por completo descubrió que las cosas siempre pueden ir peor.
Las sábanas de la cama estaban tiradas en el suelo, junto a toda la ropa que había en el armario. Y en la cama, en la fina funda verde pistacho que cubría el colchón, había una inmensa mancha de sangre. De hecho todo estaba manchado de sangre: la ropa del suelo, el propio suelo, las paredes, todo. Logró distinguir en la pared de enfrente, justo encima de la cama, unas manchas de lo que parecían ser unos dedos, unos dedos que se arrastraban desde mitad de pared hasta el colchón.
Susan sudaba más de lo que lo había hecho en toda su vida. Sentía como todos sus órganos se encogían hasta ser del tamaño de un garbanzo, un puñado de garbanzos atrapados en una olla a presión. Sentía cómo se quedaba sin corazón y sin pulmones, porque le era casi imposible respirar con todo aquello ante sus ojos. De repente, por un momento, le pareció que la idea de llamar a la policía no era tan buena.
Dio media vuelta y fue siguiendo el rastro de sangre hasta que llegó a la puerta de Mary. Pulsó una vez el timbre, un único y tímido toque de timbre.
Los segundos pasaban y la puerta no se abría. Susan se temía lo peor. Miró a sus pies y descubrió cómo la mancha de sangre se introducía de forma firme e ininterrumpida bajo la puerta de su vecina.
El silencio era sepulcral en todo el pasillo. Susan pensó en volver a pulsar el timbre, otro tímido toque con su dedo rezumante de sudor, y fue en este momento, justo antes de volver a pulsar por segunda vez, cuando la puerta se abrió y apareció Mary. Su blusa azul claro y sus vaqueros horteras estaban ahora empapados de sangre, su pelo estaba más revuelto que de costumbre y éste había adquirido cierto matiz grisáceo, como si una pequeña lluvia de cenizas hubiese caído sobre ella. Ante aquella imagen cualquiera hubiera jurado que Mary se había disfrazado para asistir a una fiesta de Halloween.
Mary...¿¡Que demonios ha pasado aquí!? – dijo Susan, en un tono furioso pero no demasiado elevado.
Mary se quedó unos instantes callada, haciendo honor al silencio sepulcral que inundaba toda la séptima planta. Su mirada era inquietante, clavada ésta en los ojos de Susan, sosteniendo ambas una tensión indescriptible. Si en ese momento alguien hubiera puesto un vaso del mejor vidrio entre la mirada de ambas, sin duda se hubiese roto en mil pedazos. Susan apartó la mirada, incapaz de soportar tal presión, y la desvió hacia el interior de la casa de Mary. Logró ver como el rastro de sangre cruzaba todo el salón y se introducía en la puerta del fondo, la de la derecha, la de "donde guardo los cadáveres", recordó Susan, y se puso mucho más pálida que cuando escuchó aquellas palabras, tanto que daba la impresión de no llegarle ni una gota de sangre a la cabeza.
Lo he matado – le respondió Mary por fin, al ver que Susan había dejado de mirarla y había descubierto lo que parecía ser un oscuro secreto.
A... ¿a quién has matado Mary? – su voz sonó tan débil que la frase casi se quiebra en mil trocitos antes de llegar a los oídos de Mary.
A él. Lo he matado a él.
¿¡Quién demonios es él!? – replicó Susan, con un chillido agudo.
Él. Él iba a matarte. así que te he salvado la vida. Hoy ha estado jugando contigo, pero iba a matarte antes de lo que suele hacerlo. Iba a hacerlo esta noche mientras dormías, estoy segura. Y todo porque no le caías bien. Aunque en el fondo el a ti tampoco te caía bien.
Susan no podía creer lo que estaba escuchando. Mary tenía la mirada totalmente perdida, tanto que daba la impresión de haberse quedado invidente de repente, como si sus ojos se hubieran desconectado de su cerebro.
Estás jodídamente loca – escupió Susan sin previo aviso, y su voz sonó más convincente y fuerte que en todo el día.
Así me lo agradeces. Bueno, no te culpo. Imagino que todo esto es un poco chocante para ti.
¿Un poco chocante? ¡No tienes idea de cuanto! – Susan se abalanzó furiosa sobre Mary, hasta estar a escasos diez centímetros de su nariz.
Límpialo todo y descansa. Ya me lo agradecerás mañana, o la semana que viene. Puedo esperar. Yo me encargo del pasillo. Pero no se te ocurra llamar a la policía. No cometas esa estupidez.
Mary cerró de un portazo y el silencio volvió a imperar. "Rematadamente loca" pensó Susan.
Si crees que no voy a llamar a la policía es que no me conoces bien. Hace falta algo más que unos espaguetis con tomate para que yo encubra un crimen – dijo Susan a la puerta de su vecina, en un tono suave, sin importarle realmente si Mary la escuchaba o no.
Entró en su piso y se dirigió hacia el teléfono, en una mesita pequeña de madera junto al sofá, dejando la puerta abierta tras de sí. Se sentó y contempló una vez más el rastro de sangre que pasaba a su izquierda. Recorría todo el salón, cruzando el pasillo, y continuaba bajo la puerta de Mary. Cogió el teléfono con firmeza y marcó el número de la policía.
Creo que mi vecina ha matado a alguien. Todo esta manchado de sangre.
Susan se quedo allí, impasible, con la mirada fija en el pasillo manchado de sangre y la puerta de Mary. Los minutos pasaban y su mente se congelaba más a cada instante, hasta llegar al punto de ser incapaz de hilvanar cualquier mínimo pensamiento. Ella solo quería un piso decente que estuviese a su alcance económicamente, con dos habitaciones, para transformar una de ellas en su rincón de escritura. No quería este tipo de cosas, no estaba preparada para ello.
De repente oyó como el ascensor paraba acompañado de su característico ruido metálico. Oyó pasos de varios pies, que se hacían cada vez más fuertes conforme se acercaban al reguero de sangre. A los pocos segundos aparecieron ante su puerta dos hombres, uno alto con pantalones negros y chaqueta marrón oscuro, y otro algo más bajo, con la piel morena, vestido de uniforme. Susan se quedó observándolos sin levantarse del sofá.
Señorita... dijo el más alto de los dos sin acabar la frase.
Susan. Susan Koeman – respondió Susan al tiempo que se levantaba del sofá, apoyando las manos en este para ayudarse, como si su cuerpo fuese cuatro veces más pesado de lo habitual.
Inspector Frederick. Y aquí el oficial González. ¿Qué es lo que ha pasado exactamente?
Susan comenzó a caminar a través del salón, mirando al suelo, bordeando con habilidad la mancha de sangre para no pisarla, hasta que llegó a la puerta.
Hace cosa de una hora y media salir a dar un paseo. Cuando me fui todo estaba en orden. Y al volver, tras media hora o cuarenta minutos, me encontré con esto – Susan hizo una pausa para tragar saliva, pero sobre todo para tranquilizarse, ya que sus palabras comenzaban a sonar temblorosas – Todo estaba patas arriba, como podéis comprobar. Al ver que la mancha de sangre conectaba también con la puerta de la vecina la llamé asustada. Tardó unos minutos en abrirme, y cuando lo hizo y le pregunté que es lo que había pasado, me respondió que lo había matado. Que lo había matado. A él – logró continuar Susan, con más eficacia.
¿A quién había matado? – pregunto González.
No tengo ni idea – sus palabras volvieron a sonar temblorosas, tanto que estallaron en un sollozo.
Tranquilícese señorita, nosotros estamos aquí para resolverlo todo. Tranquilícese, necesitaré que me responda a unas preguntas – dijo Frederick en tono protector, al tiempo que apretaba una y otra vez el timbre de Mary ¡Policía! ¡Abra la puerta señora, o la tiraremos abajo! – gritó al ver que no obtenía respuesta desde el otro lado de la puerta.
¿Sabes si ha salido? – preguntó González a Susan.
No, no ha salido. Estoy segura. He estado todo el tiempo con mi puerta abierta, sentada en el sofá, con la mirada fijada en la suya – respondió Susan haciendo indicaciones con el dedo pulgar.
González, ayúdeme – replicó Frederick en tono agrio y severo.
González se puso frente a la puerta de Mary, retrocedió un metro, tomó impulso y asestó una tremenda patada a la puerta que no solo la abrió de golpe, si no que casi la parte en dos pedazos.
¡Policía! ¡Salga de donde este! – volvió a gritar Frederick mientras cruzaba el umbral de la puerta y se introducía en el interior del piso, con González tras sus pasos.
Susan se acercó un poco, echó un rápido vistazo y vio como la mancha de sangre seguía en su lugar, impoluta, cruzando todo el salón y llegando a la puerta de la derecha, que seguía cerrada.
Frederick y González recorrieron todo el piso, pero no había rastro de Mary. Susan pudo ver como González habría la puerta a la que llevaba la mancha de sangre. Era una habitación pequeña, y vacía. Estaba completamente vacía. Ni un mueble, ni un cuadro, nada. Sólo una gran mancha de sangre en el centro y, apoyada en una esquina oculta en la oscuridad, una fregona. Volvió la mirada hacia otro lado, y, extrañada, vio cómo Frederick abría todos los cajones y puertas de armario que veía a su alrededor. También descubrió unas pequeñas gotas de sangre que parecían salir del aseo y llegaban hasta la habitación vacía. González también parecía haberse percatado de aquello, ya que se dirigía hacia el aseo, mirando al suelo.
Aquí no hay nadie. Ni nada. Solo he encontrado esto – González se paró junto a la puerta del aseo y señaló al suelo. Junto al inodoro había una botella vacía de un fuerte desinfectante.
¿Esta usted segura de que su vecina no ha salido después de hablar con usted? Es imposible que haya escapado por la ventana, no hay repisas ni cañerías – observó Frederick al tiempo que se dirigía hacia la puerta de entrada, hacia Susan.
Totalmente segura. No he dejado de mirar esta puerta ni un segundo, y estoy totalmente segura de que no se ha abierto – Susan se mordió levemente el labio inferior y se llevó una mano a la cara, nerviosa.
¿Cómo se explica que no haya ninguna pertenencia en todo el piso? – preguntó González enarcando las cejas y poniendo especial énfasis en la palabra todo.
No lo sé. Quizás solo estuviese de paso, pero es muy extraño – contestó mientras continuaba andando.
Frederick llegó a donde se encontraba Susan. En su cara se dibujaba un gesto de preocupación, de incertidumbre. Mientras, sus ojos no dejaban de moverse, de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, intentando descubrir que es lo que se le estaba escapando. De repente, se quedó con la mirada fija en la puerta, en la placa metálica que había bajo el ojo de buey, esa típica placa con el nombre del propietario del inmueble.
Mary Campbell – dijo Frederick, con la mirada aún clavada en la placa – No es posible – desvió la mirada de la placa y se quedó unos instantes mirando al suelo, pensativo.
¿Qué ocurre, inspector? – pregunto Susan, nerviosa.
He de hacer una llamada – respondió Frederick en tono serio pero suave.
Susan vio como Frederick salía del piso, pasaba delante de ella y se dirigía hacia el final del pasillo, en dirección al hueco del ascensor, con el teléfono móvil en la mano. Cuando llegó al final del pasillo, donde la luz de las lámparas del techo apenas alcanzaba y se dibujaban sombras en los rincones, se colocó el móvil en la oreja y comenzó a hablar, en un tono tan bajo que a Susan le era imposible distinguir una palabra.
González dejó de abrir cajones al ver que su compañero ya no estaba con él y caminó hacia Susan.
¿Qué ocurre señorita? – preguntó González.
Está llamando – respondió Susan, señalando con el dedo a Frederick, y fue en este instante cuando éste se llevó el teléfono de la oreja al bolsillo de su chaqueta marrón y deshizo sus pasos hacia el piso de Mary, hasta llegar junto a Susan y González.
¿Algún problema Fred? ¿Llamabas a comisaría? – preguntó su compañero.
No, todavía no. Llamaba a mi madre. ¿Recuerdas que mientras subíamos por el ascensor te he dicho que este edificio me era muy familiar? Pues bien, ya se porqué – torno su mirada hacia Susan, y la expresión de su cara se volvió seria y amarga – Mary Campbell, una gran amiga de mi madre. Amigas del alma. Recuerdo haber cenado aquí una vez, hace unos quince años, con mi madre y con Mary. Como olvidarme de ella. Mi madre estuvo sumida en una tremenda depresión, cuando Mary tuvo aquel accidente de coche y murió.
¿¡Cómo!? – Susan volvió a estallar en sollozos ¡No es posible! ¡He cenado con ella esta noche! ¿¡Me oye!? ¡He cenado con ella esta noche! – gritó mientras agitaba los brazos en el aire, como intentando ahuyentar a una jauría de avispas africanas.
González la sujetó del brazo, evitando que cayese en redondo al suelo. Toda su fuerza se estaba escapando por la boca y los ojos. Esos ojos verdes que por un momento parecían tornarse grises.
Mary Campbell murió en un accidente de coche. Hace diez años. Yo mismo estuve en su entierro – sentenció Frederick levantando la voz, intentando sonar por encima de los sollozos de Susan.
Susan intentó soltarse de González, el cual la tenía sujeta con fuerza. Los sollozos de repente se congelaron, sus lágrimas se congelaron, sus ojos se cerraron lentamente y su boca se abrió más de lo que ya estaba mientras todo su cuerpo quedaba atrapado en el tiempo durante un instante, como la melodía melancólica del mar, que se diluye y muere después de juguetear con nuestro oído, pero parece querer quedarse para toda la eternidad. Cayó de rodillas al suelo, a pesar de que González la sujetaba con fuerza. Abrió de nuevo los ojos, cubiertos estos por un telo de densas lágrimas, y clavó su mirada en los oscuros y grandes ojos de Frederick, al tiempo que intentaba digerir tal cuantía de sombrías palabras.
Me temo que va ha tener que explicarnos muchas cosas, señorita Susan.

El fantasma de la escalera.

Desde hacia muchísimo tiempo, sabía con seguridad, que entre los antiguos y descuidados muebles de mi casa y la melancolía reinante de cada habitación, una solitaria y torturada alma vagaba en busca de un consuelo. Sin encontrarlo, pasados numerosos años, su dolor se acrecentó hasta limites insospechados, haciendome notar con mayor intensidad su presencia.
Muchas noches he pasado con la inquietud en mi sangre tras haber sentido alguna manifestación suya, de la índole que fuese y haberme hecho estremecer mientras que todos los habitantes cercanos a mi casa descansaban. Sin embargo, nunca tuve valentía para preguntar o gritar al fantasma, por miedo a estar loco o por propia vergüenza ajena, pero, si, lo sabía.
El lugar para mis adentros más odiado de la casa era la escalera principal, situado en el ala norte de esta, justo enfrente de las puertas delanteras, que conducían a todas las habitaciones de la casa, directa o indirectamente. Cada vez que me acercaba a ella, un sentimiento de desolación y tristeza asolaba mi frágil alma, obligándome a alejarme lo más rápido de ella y convirtiendo un simple camino a las plantas superiores en una ola de nerviosismo. Fue muy duro convivir con el fantasma y más con mi alma acongojada de su presencia, por lo que, desesperado, intenté encontrar alguna solución racional.
Pensé que cambiando algún objeto de lugar el problema desaparecería, pero me equivoqué, el sentimiento de soledad y tristeza siguió persistiendo. Una noche, decidí cambiar algún objeto cercano a la escalera o que tuviese que ver con el recibidor. De hecho, no lo cambié por otro, si no que lo aparté a la habitación más recóndita de la casa y a la que menos accedía. Esa misma noche volví a escuchar los habituales ruidos con los que solía dormir, por lo que supe con seguridad que el procedimiento no había dado resultado. Tras vanos intentos con sillas, jarrones, esculturas y cuadros, di por terminado el trabajo y me puse a trazar algún plan para dar caza al fantasma.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la idea de dormir frente a la escalera para poder sentir mejor al fantasma, pero tenía realmente miedo, no estaba habituado a tratar con estos seres extraños y temía por mi vida. Pese al miedo, esa misma noche me dispuse a desplazar uno de los sofás del salón justo enfrente de la escalera, ya que la cama pesaba realmente mucho, y a colocar en uno de los muebles de trofeos unas cuantas velas para no quedar en completa oscuridad durante la noche.
Hacia las once de la noche, cuando por entonces ya había oscurecido debido al invierno, los ruidos comenzaron. Yo ya me encontraba tumbado, con la inmensa escalera como guardián y cinco velas iluminando parte de esta. El resto de la escalera no era visible, pero los ruidos si eran audibles, de hecho, perfectamente y provenientes de la parte alta de la escalera. No sabía de que se podía tratar.Quizás sea un ratón o el crujir de la antigua madera Pensé para tranquilizarme, pero los ruidos no cesaban ni un momento. Mis sospechas se vieron fundadas tras permanecer un largo rato escuchando. Era la madera la que crujia, de hecho, el continuo ruido me llevó consigo a la profunda inmensidad del sueño, encontrandome a la mañana siguiente perfectamente descansado pero sin un dato fiable al que aferrarme en la busqueda de un nuevo plan para dar caza al fantasma.
Tardé largos ratos pensando, entre el café de primera hora de la mañana y el precioso espectáculo que formaba el atardecer en el horizonte, para tramar mi nuevo plan. Esta vez debía ser lo más cauteloso posible ya que tendría que ocultarme de su "vista" para no alertarle. Mi plan consistía en, básicamente, intentar captarlo con mi linerna. Durante la noche rondaría aldedor de la escalera y el recibidor con sumo cuidado y con la linterna apagada hasta notar su presencia, cuando entonces, yo encendería la linerna rápidamente y lo captaría averiguando quien es y librandome de la duda que tenía desde hace años.¡Si! ¡Era buen plan!
Aquella noche, con el estómago lleno de cafés para matar el insomnio, me aventuré cercano a la escalera con la linterna apagada. También cuidé de no dar pasos que pudieran ser audibles fácilmente por el fantasma. Cruzé, delante de la escalera, el recibidor y entré por un largo pasillo situado a la derecha del recibidor. Aquello más que una escalera parecía una tenebrosa cueva. Lentamente, empecé a andar por el pasillo mientras mi corazón palpitaba más intensamente que nunca y comencé a divisar algo que se movía al fondo de este. No sabía lo que era y ese sentimiento de miedo se vió reforzado por las numerosas estatuas medievales y barrocas que colgaban de las paredes donde un fino hilo de luz iluminaba sus demoníacas caras y me atormentaban persiguiendome hasta el interior de mi subconsciente. Yo, mientras tanto, seguía dando lentos y forzados pasos dejando tras mía la escalera y adentrándome en el pasillo. Aquella cosa seguía moviéndose y no se cansaba nunca, describiendo una parábola en el aire; pero ya la veía. Era una especie de sustancia poco densa y de color blanquecino, que flotaba en el aire que con mis restados pasos se fue diluyendo hasta desaparecer completamente. Ahora solo quedaba la oscuridad de la noche acompañada por aquellos filos hilos de luz, que habían cambiado de intensidad, pero que seguían iluminando las caras de las estatuas y dándoles esa faz demoníaca. Sin saber porque, un arrebato de miedo surgió en mi alma haciendome encender la linterna y salir corriendo de ese pasillo. Llegué a mi habitación y me lancé a la cama para descansar de la experiencia.
Al día siguiente ya me encontraba mucho mejor pero seguía pensando en lo pasado la noche anterior y mi corazón se seguía sobrecogiendo al recordar las caras de las estatuas. Sus rasgos faciales eran acentuados, tenían la barbilla puntiaguda y los ojos en un tono agonizante, cuyas pupilas parecían las de un loco en éxtasis.
No me atreví a intentarlo esa misma noche, si no que decidí esperar a la noche siguiente para aventurarme en la escalera. Mi impaciencia porque llegase la noche siguiente contrastaba profundamente con el terror que días antes carcomía mi espíritu. Tenía una gran curiosidad pero una ráfaga de intuición me indicaba que en estos fenómenos había algo que yo ya conocía pero no recordaba. En este instante me vinieron a la mente, por segunda vez, imágenes de las terroríficas caras de las estatuas, haciendome creer que eran las propias estatuas las que se introducían en mi subconsciente para aterrarme, o quizas, fuesen ellas mismas las que provocaban los ruidos en mitad de la noche y hacían levitar algunos objetos. Seguramente querrían aterrorizarme para quedarse ellas solas con la casa. ¡Querrían ocupar cada una de las habitaciones con sus diabólicas presencias y aterrorizandome pretendían cumplir con su cometido! Fuera como fuese, no podía permitirlo y esa misma noche desplacé uno de los sillones al recibidor; sin preocupaciones llevé, de nuevo, unas velas y me senté en dirección a la escalera con la mirada desafiante.
Pasaron las horas y me quedé dormido. Los largos ratos de silencio me sumieron en lo inevitable y más esperado, el sueño. De pronto, algo extraño me despertó en mitad de la noche. Era un ruido seco, pero lo suficientemente fuerte como para hacer que me despertara. Mientras me ponía en pié, con la mirada fija en un punto de la escalera, un vapor blanquecino que parecía proceder de todas las estancias circundantes, formó en uno de los rellanos un montoncito, que a medida que pasaban los segundos iba vislumbrando lo que parecía ser la cara de una persona. Era muy bella, pero aún le quedaban los ojos y la boca. Cuando estos se formaron, el terrormás absoluto invadió mi alma. Di dos pasos atrás, rápidamente, y tropecé con el sillón cayendo de espaldas. Esa cara, esa cara...¡Era la de mi difunta esposa! ¿Qué hace aquí mi esposa? ¿¡Qué podría querer de mí!?
Sin que pasasen más de dos segundos, tirado todavía en el suelo, rompí a llorar y recordé por primera vez desde aquel día lo que había sucedido entre nosotros. Le confesé entre lágrimas lo que hice y le dí explicaciones más que suficientes para que me perdonase, pero yo sabía bien que lo que hice era imperdonable.
Mi esposa solía cada noche, debido a su sonambulismo, dar paseos por casa , y especialmente, por la escalera porque según ella estaba maldita y necesitaba ser bendecida. Pese a sus advertencias, no me la tomé en serio y seguí viviendo tranquilamente sin prestarle atención. Su grado de obsesión llegó a límites insospechados y la llevé a un psiquiatra, pero no consiguió curarla y su problema nocturno se convirtió en, también, diurno. Una noche llegué a casa completamente borracho y la ví ahí , dando vueltas por la escalera en plena apoteosis sonanbulista, cuando en un arrebato de ira y sin pensarlo dos veces... La maté.