miércoles, 5 de junio de 2013

Sylver Myst Escape from reality







En aquel entonces no supe comprender nada! Debía haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Ella me proporcionaba alegría y aroma. Jamás debí haber huído. Debí adivinar su ternura, tras sus inocentes mañas. Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.

El Principito. (Fragmento)
Antoine de Saint Exupéry (1900-1944)

Forever Slave The lovers


Sueño. Claudia Lars (1899-1974)

Fui por el aire, tras la luz caída,
pisando signos y colores planos
y llevaba, desnuda, entre las manos,
la flor de ayer, alzando nueva vida.

Una paloma leve y abstraída
buscó la espiga de celestes granos
y en caminos profundos y lejanos
quedó mi propia forma detenida.

Derribadas murallas, botadura
de un nuevo corazón a la dulzura
y el miedo y el amor cruzando espadas .

A la deriva un ¡ay!... de no sé dónde,
y la muerte, impasible, que se esconde
en reflejo de caras olvidadas.




Vangelis The oracle of Apollo


Algo hermoso termina. Jaroslav Seifeit (1901-1986)

Duélete:
como a una vieja estrella fatigada
te ha dejado la luz. Y la criatura
que iluminabas
(y que iluminaba
tus ojos ciegos a las nimias cosas
del mundo)

ha vuelto a ser mortal.
Todo recobra
su densidad, su peso, su volumen,
ese pobre equilibrio que sostiene
tu nuevo invierno. Alégrate.
Tus vísceras ahora son otra vez tus vísceras
y no crudo alimento de zozobras.
Ya no eres ese dios ebrio e incierto
que te fue dado ser. Muerde
el hueso que te dan,
llega a su médula,
recoge las migajas que deja la memoria.

Todos los días del mundo
algo hermoso termina.


Vangelis La petite fille de la mer


Campos de coral.

Aquí está ella, rodeada del coral, que a veces lastima su alma
ella se enamoró de los hombres, pero necesitaba aún más vida
sobre su tumba, la paz se hace presente con las sombras
al morir de amor, su cuerpo se llenó de eternas quemaduras…

Sus manos torcidas, parecen aún estar sufriendo
la muerte la encontró tal vez, en el momento más amargo de su vida
sus pies caminaron la tierra en todas sus direcciones
ella bailó con los ángeles y conoció el cielo y su sombra…

El agua del río, lavó sus cabellos y sus sucias sandalias
el mar borrará su recuerdo, con el olvido de la espuma
un rosario de caracoles, se confundió en la tristeza de un arrecife
hoy reposa su sangre santa con la maldad que lleva la mía
y sus ojos parecen estrellas, en un cielo maldecido por la noche
pero simple, como el amor y toda su ternura…



Campos de coral.
Rezo del océano.

Todos los derechos reservados.

©2009 

Mandragora Scream Issergia´s hope


Un eclipse y toda la esperanza.

Quién era ella, que acechaba en mis sueños por las noches
y al cantar, parecía que estuviera cantándole a su madre luna
los siglos del tiempo, el olvido de los años, borraron su nombre
la última vez que nos vimos, fue en un inmenso océano de dunas…

Todo su anhelo fue para un eclipse, donde rompería así su corazón
pero sólo encontró oscuridad ajena, y un rastro leve de dolor
porque la muerte seguía de cerca sus pasos, a través de los días
ella respiró de mi aire una vez, después se fue, abriendo estas viejas heridas…

Quién era ella, que se movía lentamente a través de las sombras
encontré sangre en mis manos, supe entonces que ella había amado
y aunque ahora nos separe el silencio, ella canta a su madre luna
yo llevo flores los días domingo… a su añosa tumba…



Un eclipse y toda la esperanza.
Lágrimas.

Todos los derechos reservados.

©2006 

Bon Jovi Thank you for loving me


Quien salvara su vida esta noche.

Sus ojos fueron una vez del color de la Luna
sus manos fueron del cielo, sus besos de fuego y de lluvia
ella era prisionera de la muerte, y anhelaba el aire
en su añosa tumba de ámbar, ya no la esperaba nadie…

Por eso buscaba quien salvara su alma esa noche, ese momento
el otoño para olvidarla, cubrió con hojas secas el cementerio
yo la alejé de mí con el adiós, pero aún así no permanecía distante
aún extrañaba el cielo… el amor que siempre dura un instante…

Yo no recuerdo haberla amado, ella jamás me amó
sólo existimos los dos, en un mismo sueño que aún persiste
a través del tiempo y de las lluvias…



Quien salvara su vida esta noche.
Sueños de la luna.

Todos los derechos reservados.

©2008

Madonna Oh Father!


Cuando el invierno se va.

Los primeros trinos de un momento tal vez lleno de alegría
ella, recostada aún, sueña tal vez con la espuma del mar y con la brisa
cientos de lágrimas heladas resbalan por su cama hecha de piedras
en sus dedos descansa el rocío… en su cabello crece la hierba…

… cuando el invierno se va, ella despierta…



Cuando el invierno se va.
Sueños de la luna.

Todos los derechos reservados.

©2008

Sonata Artica Draw me


Del otro lado del sol.

Ella se inclinó ante el atardecer, buscando el océano
su cuerpo de éter se fue con la noche, donde mis besos naufragaron
su recuerdo fue alguna vez el eco de su voz tristemente ausente
su nombre se confundió con la espuma sucia, que dejan las olas…

Envuelta en tinieblas, lejos de la radiante luz de su vida
el dolor la hizo olvidar que era una mujer, y no el eco del espanto
y triste se rindió a la blanca espuma, a las crueles olas del mar
el océano se adueñó de sus ojos, la muerte de la eternidad…

Un ángel de negras alas, como un cuervo, ha encendido las primeras estrellas
yo amé con locura su cuerpo de fuego, después dejó de ser ella
en la noche sus venas sangraron, su alma se aferró al dolor
yo esperé que despertara, del otro lado del sol…



Del otro lado del sol.
Sueños de la luna.

Todos los derechos reservados.

©2008

Lunatica Heart of a lion


Las personas siempre culpamos a las circunstancias de lo que ellos son. Yo no creo en las circunstancias. Las personas que avanzan en este mundo son las que se levantan y buscan las circunstancias que desean… y sino las encuentran, las crean.

¿cuantas veces en tu vida has vivido cosas que eran imposibles y aun así ocurrieron? todos tenemos ejemplos desde pequeñas cosas cuando éramos niños, a cosas mayores posteriormente, solo que las olvidamos.


Savatage Sleep


La balada de la cárcel de Reading. (Fragmento) Oscar Wilde (1854-1900)

Sin embargo -¡Y escuchen bien todos!-
Todos los hombres matan lo que aman:
Unos con una mirada de odio,
Otros con una palabra acariciadora;
El cobarde con un beso,
El valiente con la espada.
Unos matan su amor cuando son jóvenes,
Otros cuando ya son viejos,
Unos lo ahogan con las manos de la lujuria,
Otros con las manos del oro;
Los más compasivos se sirven de un cuchillo,
Del cuchillo que mata sin agonía.
El amor de unos es demasiado corto,
Demasiado largo el de otros;
Unos venden y otros compran;
Unos hacen lo que deben hacer con lágrimas,
Otros sin un sólo suspiro;
Pues todos los hombres matan lo que aman,
Aunque no todos tengan que morir por ello.

Doro I know you by heart


Sombras. A. C. Benson. (1862-1925)

El alma imperiosa que no se dobla ante la voluntad de ningún hombre,
Que toma por derecho propio el servicio de su clase,
Flota en el aire libre, intocable, ilimitado.

Golpea lo que oye, esclaviza, caprichoso todavía.

Pero cuando se precipita sobre la tierra,
Rápida, rápidamente las visiones vacilan: su ala valiente
Ya no lo sostiene; y esa repentina cosa sombría

Acecha desde la oscuridad, y lo envuelve.

Entonces puedes ver el cernícalo que se cierne golpeado
Sobre el risco, en lento circular, piñones tiesos
Cayendo en la luz solar a través del viento.
Y mientras lucha por aferrarse a las rocas.
Su sombra huye a través de la caliza blanca
Y lo enfrenta, arrodillándose a sus pies.





"Dale vida a los sueños que alimentan el alma,
no los confundas nunca con realidades vanas.
Y aunque tu mente sienta necesidad, humana,
de conseguir las metas y de escalar montañas,
nunca rompas tus sueños, porque matas el alma."


Mario Benedetti. (1920-2009)

Puto el que lee esto. Roberto Fontanarrosa (1944-2007)

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta –podría ser el postrer anhelo–. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros –le advierten–, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
“Puto el que lee esto.”
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.


Europe Dreamer


El otoño del patriarca. (Fragmento) Gabriel García Márquez

...atormentado por el recuerdo de la brasa de la mano de Manuela Sánchez en su mano, soñando con vivir de nuevo aquel instante feliz aunque se torciera el rumbo de la naturaleza y se estropeara el universo, deseándolo con tanta intensidad que terminó por suplicar a sus astrónomos que le inventaran un cometa de pirotecnia, un lucero fugaz, un dragón de candela, cualquier ingenio sideral que fuera lo bastante terrorífico para causarle un vértigo de eternidad a una mujer hermosa, pero lo único que pudieron encontrar en sus cálculos fue un eclipse total de sol para el miércoles de la semana próxima a las cuatro de la tarde mi general, y él aceptó, de acuerdo, y fue una noche tan verídica a pleno día que se encendieron las estrellas, se marchitaron las flores, las gallinas se recogieron y se sobrecogieron los animales de mejor instinto premonitorio, mientras él aspiraba el aliento crepuscular de Manuela Sánchez que se le iba volviendo nocturno a medida que la rosa languidecía en su mano por el engaño de las sombras, ahí lo tienes, reina, le dijo, es tu eclipse, pero Manuela Sánchez no contestó, no le tocó la mano, no respiraba, parecía tan irreal que él no pudo soportar el anhelo y extendió la mano en la oscuridad para tocar su mano, pero no la encontró, la buscó con la yema de los dedos en el sitio donde había estado su olor, pero tampoco la encontró, siguió buscándola con las dos manos por la casa enorme, braceando con los ojos abiertos de sonámbulo en las tinieblas, preguntándose dolorido dónde estarás Manuela Sánchez de mi desventura que te busco y no te encuentro en la noche desventurada de tu eclipse, dónde estará tu mano inclemente, dónde tu rosa, nadaba como un buzo extraviado en un estanque de aguas invisibles en cuyos aposentos encontraba flotando las langostas prehistóricas de los galvanómetros, los cangrejos de los relojes de música, los bogavantes de tus máquinas de oficios ilusorios, pero en cambio no encontraba ni el aliento de regaliz de tu respiración, y a medida que se disipaban las sombras de la noche efímera se iba encendiendo en su alma la luz de la verdad y se sintió más viejo que Dios en la penumbra del amanecer de las seis de la tarde de la casa desierta, se sintió más triste, más solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti, mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse, para siempre jamás, porque nunca en el resto de los larguísimos años de su poder volvió a encontrar a Manuela Sánchez de mi perdición en el laberinto de su casa, se esfumó en la noche del eclipse mi general...

Antes del ocaso. Algernon Charles Swinburne (1837-1909)

El amor crepuscular declina en el cielo
Antes que la noche descienda sobre la tierra
Antes de que miedo sienta del frío su hierro,
El crepúsculo del amor se desvanece en el cielo.

Cuando el insaciable corazón susurra entre lamentos
"o es demasiado o es poco",
y los labios se abstienen tardíamente resecos,

Blandas, bajando por el cuello de cada amante,
las manos del amor sostienen su rienda secreta;
y mientras buscamos en él una señal concreta,
su luz crepuscular se desgarra en el cielo.


Symphony X Through the looking glass 1-2-3


Tomo una botella de vino
y me voy a beberla entre las flores.
Siempre somos tres,
contando a mi sombra y a mi amiga, la luna.
Cuando canto, la luna me escucha,
cuando bailo mi sombra también baila.
Terminada la fiesta…
los invitados deben partir.
Yo, desconozco esa tristeza.
Cuando marcho a mi casa,
siempre somos tres,
me acompaña la luna y me sigue mi sombra.


Li Bai. (701-762)

 

El mundo es un lugar confuso. Walter Gasparetti.

Escapé del colegio por primera vez cuando tenía doce años. Rosa se armó de valor y vino conmigo. Faltaban pocos días para que terminaran las clases. Era noviembre. Ella me había pedido conocer los mejores paisajes de la ciudad y yo le propuse ir al puente ferroviario negro, a los montes más cercanos y a la presa nueva del arroyo. Cuando dije todo esto, ella me preguntó si yo sabía leer la mente. Rosa venía de la provincia de Tucumán porque al padre lo habían trasladado como gerente del Banco Nación. Como habían alquilado un departamento en la misma cuadra donde yo vivía, nos hicimos amigos.

Pedaleamos cada uno con su bicicleta por el camino de la Provita rumbo al puente negro, un paisaje arenoso, ajeno al verde plano de la llanura a la que estamos acostumbrados. Al llegar, bajamos hasta el lecho del arroyo, luego descansamos y mojamos nuestros pies en el agua, un agua transparente sobre un fondo amarillo con orilleros inquietos que huían espantados del origen de las olas.
Más tarde, subimos a las pequeñas montañas linderas al arroyo, unas montañas que no superaban el metro y medio de altura, y desde allí vimos las extensas plantaciones, los galpones y las vacas. Cuando retomamos el camino fue para conocer el establo de la Estancia del Sel. Oímos chillidos que sonaron a regocijo animal. Un cuidador nos dejó entrar para que miráramos de cerca a los caballos de carrera. Rosa acarició la cabeza de una yegua mansa que no dejaba de mirarla a los ojos.

Luego fuimos hasta un bosque de eucaliptos, enormes y en hilera, separados por una distancia de tres metros, y bordeados por un alambrado que alguna vez fijó el límite de una propiedad. Trepé un árbol para volver a buscar un sitio alto, pero esta vez Rosa se quedó abajo. Tuve que esforzarme bastante para describir lo que veía sentado en aquella rama, pero nada de lo que dije le agradó, de modo que descendí para continuar con la caminata.

El cálido viento parecía darle magia a aquellos momentos. Ella bostezó, yo sonreí y le guiñé un ojo. Nos recostamos en el tronco de un árbol mirando para arriba. Buscamos formas en los árboles y le pusimos nombres. Una mariposa, el hombre de Neandertal, un rinoceronte, un unicornio, un eclipse parcial. Nos propusimos recordar todos aquellos nombres creados por nosotros para una visita futura. Después hablamos del torneo de fútbol intercolegial, de la escuela primaria, del pronto comienzo de la secundaria. Ella estaba contenta, sonreía con los labios y con los ojos al mismo tiempo. Luego hubo un paréntesis en la conversación y nos quedamos dormidos.

Cuando desperté, la cabeza de Rosa estaba recostada sobre mi hombro. Ya se estaba haciendo de noche. Dije entonces que había que regresar. Rosa se levantó como un resorte y tomó la delantera con su bicicleta azul. Las malezas estaban muy altas. Propuse apurarnos para aprovechar lo que quedaba del día, pero a poco de salir empezamos a ser perseguidos por dos pibes más grandes.
Llevaban rifles y tenían unos cuises muertos colgando de los manubrios de las bicicletas. Uno de ellos nos gritó con una voz que buscaba imponer un orden. Me dio escalofríos. Era la voz del mismísimo Friki, famoso por la enorme cantidad de entradas en la policía. Promovía riñas. Desfiguraba a los adversarios. El otro no se quedaba atrás y nos amenazaba con una completa banda sonora de insultos. El pulso me latía hasta en la nuca. Rosa se había quedado muda, temblaba de miedo.

Atravesamos una tranquera, y tomamos un camino angosto. Bordeamos una casa de campo y seguimos por ese mismo camino hasta dar con otro más ancho. Los enormes saltos me hicieron perder el espejo retrovisor. Yo pensaba que, en cualquier momento, un balín nos iba a perforar la espalda. Pocas veces vi que el andar de una bicicleta levantara tanto polvo. Era espeso, como fabricado por una máquina. Por suerte cuando miramos hacia atrás, Friki y su compañero ya no estaban, habían desistido de seguirnos.

Tardamos mucho en encontrar el camino de regreso. La desesperación no te deja pensar. Rosa lloró durante unos minutos, de golpe, sin freno a pesar de mi intento de consuelo. Manejamos hacia el oeste en dirección a las luces brillantes de la ciudad. La noche se nos había venido encima. Volvimos a cruzar las vías, e ingresamos al radio urbano por el bulevar con el sonido ronco de los silos de las cooperativas de granos. Antes de llegar a casa, nuestros padres y los vecinos estaban afuera. El rostro de la directora era el reflejo mismo de la desesperación. Dos móviles policiales custodiaban el lugar con las luces encendidas.

No se imaginan los ojos que tenía mi padre. Eran unos ojos bruscos, de odio. Cuánto más los miraba, tanto más ofuscados los encontraba. Hubiese contratado a un grupo de vocalistas negras para que le susurraran canciones melódicas al oído. Recordé su frase más célebre: “Los Sotello somos bien machos. No le tememos a nada”. El mundo es un lugar confuso. Tuve que inventar algo para dejarlo conforme. Necesitaba justificar mi larga ausencia. Buscaba que una vez adentro de mi casa no me agarrara a cintazos. Me vino a la mente una voz, una orden que me iba a ayudar a sobrevivir. Tomé del brazo a Rosa, la protegí del frío con mi campera de nailon y le di un beso en la boca. Ella me lo devolvió cerrando los ojos. Todavía temblaba de miedo.


Vangelis Bladerunner blues


El Principito. (Fragmento) Antoine de Saint Exupéry (1900-1944)

Entonces apareció el zorro:
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vío nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.

-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "
-¿Crear lazos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco

El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo. 



"No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris... Y yo sola con mis voces, y tú tanto estás del otro lado que te confundo conmigo..."

Alejandra Pizarnik (1936-1972)


Sonata Artica Good enough is good enough


Esclava de una promesa de amor.

Ella en sueños mil veces, creyó haber visto el cielo azul
e imaginó que las cadenas no le inflingirían ningún dolor
pero las sombras rodeaban su piel casi muerta
y en el viento, su perfume era el de la soledad…

Ella en sueños, se encontró más allá de todos los horizontes
sus huellas en la arena se borraron, con la espuma del mar
ella era quizás, prisionera de la eternidad de la noche
en la belleza de la muerte, encontró la forma más sublime de amar…

Torturada por la vida, fue esclava de una promesa de amor
encontró la voluntad de dormir, pero jamás volvió a soñar
con los años, supe que se había liberado, que volaba con el viento
al mirar al cielo, vi su estrella brillando en la oscuridad del universo…

En la penumbra de su destino, al comienzo de un sueño
vio su pasado, cómo la luz del sol aún lastimaba su piel
jamás volvió a surcar los cielos…
nunca más volvió a despertar…

Su corazón una vez prisionero
volvió a encontrarse otra vez con el eterno deseo
su alma atormentada, al morir, fue liberada por el viento
sus ojos muertos, son la noche más oscura en el cielo del invierno…


Esclava de una promesa de amor.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

Cradle of Filth The death of love


Algunas palabras en la sombra del amor.

Ella encontró la sombra del amor en algunas palabras
pero fue débil y jamás pudo comprender el adiós
me contó que su alma intentó ser fuerte y valiente
que quiso sobreponerse a las tragedias, pero que se venció ante el amor…

Ella quiso escuchar algo más allá de las palabras
y se escondió entre la gente, para que no la viera llorando así
la mitad de su siniestra vida, la mantuvo en el borde final
con los años, terminó embriagándose en la más absoluta soledad…

Ella creyó que dormida, encontraría alivio en su corazón
que tantas lágrimas y años, la ayudarían a comprender el adiós
el destino no la dejó encontrarse con la fe
por eso al morir, murió enferma de amor y dolor…

El cielo jamás la perdonó, ni siquiera al morir
yo nunca la esperé, sabía que ella jamás vendría por mí
ella fue un ángel, en el cielo y en el infierno
enamorada por un despecho… torturada por un recuerdo…

En el momento en que duelen las palabras
supe por sus lágrimas negras, que había elegido morir
derrumbada por el dolor, cortó sus brazos para ver sus venas sangrar
sin saber que Dios la condenaría en el infierno, por toda la eternidad…


Algunas palabras en la sombra del amor.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

Cradle of Filth Bathory Aria


Cradle of Filth Once upon atrocity


Una sombra dentro de un espejo.

Ella intentó mirarse en un espejo
y no dormir pensando en tantas muertes y agonías
lloraban sus ojos una tormentosa tarde de Abril
en el silencio mudo de su voz, sus recuerdos
ella intentó recordar su nombre… en la sombra de un árbol muerto…

Ella intentó buscar su reflejo en un espejo
preguntarle en sueños a Dios, dónde se escondía su alma
ella con los años jamás encontró lo que tanto buscaba
e irremediablemente se hizo cómplice de su soledad…
eterna… como la sucia espuma del mar…

Ella creyó ver su sombra dentro del espejo
después dejó de sentir los latidos de su propio corazón
la muerte la encontró una noche… en la noche de los tiempos
su cuerpo se volvió cenizas… con los primeros rayos del sol…


Una sombra dentro de un espejo.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

W.A.S.P. Godless run


Una mañana para cumplir con el dolor.



En una fría mañana de Junio, ella cumplió con el dolor
el silencio le quitó las palabras, por eso olvidé el sonido de su voz
ella se fue donde las estrellas no brillaban, muy lejos de la ciudad
con la vana esperanza, que el tiempo alguna vez la ayudaría a olvidar…

Ella en sueños volvió aquí
supe por el eco en el viento que nunca preguntó por mí
y fingió que no sentía remordimientos al intentar olvidar
una vez en sueños, vi cómo crecían en ella las sombras, para no abandonarla jamás…

En una fría mañana de Junio, ella se hizo amiga del dolor
y amargamente sonrió, al saber que no podía ver el sol
recuerdo que descaradamente, una vez me mintió acerca de su soledad
pensando que las palabras se desvanecen, que no perduran jamás…

Yo la vi caer en un abismo sin fin
supe por sus gritos que no había encontrado la eternidad
ángeles oscuros me dijeron que su alma era víctima del dolor
que sus últimas palabras fueron in entendibles susurros de amor…

El tiempo, la vejez, no me permitieron olvidar
sus ojos azules como el cielo, su forma de odiar
enamorada una vez, me prometió jamás dejarse caer
cobarde por dejarse morir, valiente por su elección, valiente tal vez…

Mañana serán diez años, en que ella cumplió con el dolor
he dejado flores en un tumba, para que se quemen con el sol
ella no volverá a sufrir por el maldito amor
yo sólo lloraré sangre… cada vez que me asuste su fúnebre voz…


Una mañana para cumplir con el dolor.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

Europe Settle for love


En un altar de sacrificio.

Su alma se hundió
en un abismo infinito, en medio de la eternidad
nadie escuchó sus gritos
sus lágrimas se confundieron en la sal del mar
los ángeles no fueron a buscarla
el cielo cerró sus puertas… negándole su lugar…


En un altar de sacrificio.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

Lacrimosa Reissende Blicke


En el olvido de la muerte.

Con los ojos cerrados por las lágrimas, ella entregó su corazón
y con las palabras vanas que escapaban de sus labios, también dijo adiós
quizás por el mundo que la agobiaba con sus penas
por las miles de veces en que deseó pertenecer eternamente a la madre tierra...

La paciencia la convirtió en una sombra que vagaba por los rascacielos
la mudez se llevó su alma, porque desde Abril permanece en silencio
y los miedos y los sueños aún permanecen guardados en un frío ataúd
la muerte acaricia con desgano su cuerpo blanco, el martirio clava una cruz...

Allí descansa después de tantos dolores y muchos tormentos
sombras pasan delante de sus ojos... todas prisioneras del cementerio
y brillan bajo la luz de las estrellas las trémulas rosas que ayer le dejé
para que supiera desde el lugar en donde descansa... que jamás la olvidé...


En el olvido de la muerte.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

Primal Fear Bleed for me


Adagio de un cielo sin estrellas.

Amanecía sobre el mar
miles de gaviotas giraban en el cielo
niños prófugos que jamás regresaron a casa
así quedaron los padres... sin sueño...

El cielo en el mejor momento se puso eternamente azul
cuando llegó la noche, cada nombre descansaba en su respectiva cruz
el mundo se movía en una paz casi celestial
como si la belleza después de todo pudiese al fin despertar...

El silencio se llevó a las estrellas y al ruido del mar
en la arena quedaron las lágrimas arrojadas en señal de eternidad
el culpable quizás aún ríe detrás de las sombras de sus tumbas
desde ese día trágico... estrellas... no se vieron ninguna...


Adagio de un cielo sin estrellas.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

Crematory Tale


Vileza de un corazón sombrío.

El amanecer jamás llegó entre la bruma del mar
cientos de pájaros negros surcaban el cielo
buscando el llanto de niños perdidos…

Ella una vez me confesó que ansiaba la muerte y la eternidad
pero que Dios la rechazaba por sus ojos crueles, sin lágrimas
por eso ella odiaba al mundo y maldecía su estúpida soledad
al saber que su alma no estaría en paz jamás…

Ella en un sueño me confesó que anhelaba la muerte sin sentido
que sus manos y corazón sombrío, ya no sentían nada
que para saciar su sed, buscaría una guerra sangrienta en el Jordán
y que la vejez acabara así con su vida… y perdurara su maldad…


Vileza de un corazón sombrío.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

The Rasmus Justify


Oscuros recuerdos de un amor olvidado.

Una sombra asesina la acosó en su tortuoso camino
su sangre pagana manchó cientos de calles con su dolor
ella se escondía en las penumbras
escapando de la muerte… intentando sobrevivir…

Su alma permanecía vacía como el resto de la ciudad
ella ha soñado con los recuerdos de un amor olvidado
sus lágrimas han apagado luces y desecho prisiones
donde no pudo encerrar en el exilio, su corazón torturado…

En los suburbios, encontró niños llorando
en su cuerpo, un dolor que nadie imagina
ella estaba demasiado cansada para salir a caminar
el cielo se volvió oscuro… y no la dejó ver el sol…

Una vez vencida, tal vez, esperó ser hallada
pero no recordaba su nombre, y no habían huellas en la arena
como un mendigo fue a la Iglesia, buscando el perdón
y quizás ahí fue cuando encontró el lado más oscuro de su corazón…


Oscuros recuerdos de un amor olvidado.
El libro de las sombras.


Todos los derechos reservados.
©2004

Axel Rudi Pell The gates of the seven seals


Los cadáveres de la amarga noche.

Las manos asesinas que escriben quizás un poema
el puñal que desciende en el cuerpo de los inocentes
observa desde las sombras cómo el dolor se hace infinito...

El alma fría, como las lápidas del cementerio
la amargura de los seres queridos, esperando el regreso
pero los muertos jamás despiertan...
Dios no mira hacia el infierno...  continúan las almas... y su cosecha...

Pesadillas que una vez trajeron a las lágrimas
demencia antigua... que se encontró con las risas
en la muerte lo que queda al despertar es solamente la nada
y la soledad...

Se llenan los callejones de sangre
se truncan más vidas, por no escuchar la verdad
y un fantasma recorre el pueblo con su navaja
castigado por toda la eternidad...

¿Saldrá el sol por la mañana para que jueguen los niños?
¿Quién recogerá los cadáveres que ha dejado la amarga noche?


Los cadáveres de la amarga noche.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

Amethystium Tinuviel


Obituario de la soledad.

La soledad se le hizo inmensa como este universo
tanto que hasta que dejó que el tiempo separara su sombra de su cuerpo
sólo que antes de la muerte se encontró con una tristeza tan grande como este cielo
que sólo se pudo contemplar cuando ella reconoció que jamás aprendería a amar...

El tiempo vacío y sin sentido, la ahogó con sus propias lágrimas
en donde ella había escrito miles de poemas en honor al silencio
ella murió en una noche sin sueños entre cientos de estrellas errantes
mientras yo lloraba por la suerte de su alma
que ahora descansaba en medio de la paz infinita
a pesar de toda mi tristeza... y de que el mar aún permaneciese en calma...


Obituario de la soledad.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004

Graveworm Memories


Sueños.

Ella en los sueños, se había convertido en parte de la noche y de la mañana
aunque por dentro envejeciera con los años, y en sus manos guardara al invierno
ella intentó palparme con la punta de los dedos
pensando que todas las cosas serían reales... cuando despertara de sus sueños.

Ella en sus momentos de ternura, se había convertido en parte de las poesías y de la verdad
aunque por dentro no lo supiera, ella llevaba en las manos a las arenas del inclemente tiempo
yo intenté explicarle que después de tantos soles, mis ojos estaban casi ciegos
pero que aún sería como un ángel guardián... en las partes más oscuras de sus sueños.

Su sueño era tranquilo, hasta su respiración se había hecho más leve
ella soñaba con los cuentos que le contaba su madre, de hadas y de duendes
sólo que encontrarnos otra vez, sería al menos para mí, tan incierto
porque faltarían muchas más horas para dormir y para soñar... con este amor que yace muerto.


Sueños.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004






Draconian September ashes


Y si el cielo alguna vez lloró.




El cielo lejano lloró sobre lo marchito que había dejado el pasar del tiempo, en su piel
entonces se encontró lejos de la primavera, y sobre todo, cada vez más lejos del odio
entonces Dios le contó a culpa de la muerte, nada es eterno ni en el Cielo ni en la Tierra
y que el Sol, volvería alguna vez a su vida, después de que se apagara la última estrella de la mañana.

El cielo lloró por soledad, al ver la quietud de sus ojos lejanos y completamente tristes
que después de los miles de amaneceres que habían visto, hoy estaban para siempre ciegos
fue entonces al final del mundo, en donde comprendí que lo que me faltaba, era ella
y quizás para despedirme le envié una carta en el viento, que Dios me prometió que haría llegar en Abril.

Y el cielo lloró por sus manos, palomas gastadas por el maldito sacrificio
que no pudieron volver a recordar el amable tacto de una caricia
porque una vez ella y yo fuimos víctimas del olvido, a pesar del amor infinito
fue por eso que para recordarla, lo busqué entre las cosas más pequeñas
pero me volví viejo y demasiado cansado, como para poder continuar.

El cielo lloró con la más completa y sincera tristeza, por su vida y la mía
sobre todo cuando ella gritó a los cuatro puntos cardinales, que estaba cansada de no poder soñar
entonces le hablé desde las lejanas voces del viento, y le pedí que se protegiera de los sueños
porque desde niña vivía amenazada por el oscura sombra de una cruz
que brillaba desde hacía millones de años, en una constelación del Hemisferio Sur.



Y si el cielo alguna vez lloró.
El libro de las sombras.

Todos los derechos reservados.

©2004