domingo, 11 de agosto de 2013

After Forever Cry with a smile


El durmiente del valle. Arthur Rimbaud (1854-1891)

Es un claro del bosque donde canta un río,
Cuelgan enloquecidamente de las hierbas harapos
De plata; donde el sol de la orgullosa montaña
Luce: un pequeño valle espumoso de luz.

Un soldado, joven, atónito, cabeza desnuda
La nuca bañada en el suave azul,
Duerme; está tumbado en la hierba, bajo el cielo,
Pálido en su verde lecho donde llueve el día.

Los pies en los gladiolos, duerme. Sonriendo como
sonreiría un niño enfermo, descansa:
Naturaleza, mécelo cálidamente: tiembla.

Ya no le estremecen los perfumes;
Duerme en el sol, la mano sobre el pecho,
En calma. Se ven dos agujeros rojos en el costado derecho.

Lacrimosa Stumme Worte


El baile de los ahorcados. Arthur Rimbaud (1854-1891)

En la horca negra, amable manco,
bailan, bailan los paladines,
los descarnados actores del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.

¡Monseñor Belcebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un revés del zapato
les obliga a bailar ritmos olvidados!

Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el escenario es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belcebú rasga sus violines!

¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su toga de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un gorro blanco.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno...

Joe Satriani I believe


No hay un mañana. Ann Finch ((1661-1720)

Largo tiempo han amado, y ahora la ninfa deseada
Viste la mortaja del matrimonio, como lo requiere el caso;
Urgida en el día donde su tristeza fue forjada,
Él prometió casarse con ella mañana.
Una y otra vez lo juró, para aplacar la tormenta
Que con sus votos habría de invocar.
El Mañana llegó en plácidas sucesiones;
Impacientes cada uno en si, la dama encinta
Lo conmina a mantener la palabra,
Y el infame sostiene sus mentiras.
Cuando al final, agotado, sin compasión,
Ajeno al remordimiento de la confesión,
Por sus juramentos eligió el engaño, la ilusión
De que era libre cuando no había un Mañana.
Pues cuando llegó el momento
Pensó que el mundo es Hoy,
Que no hay dicha en el Mañana.

El cuento es fantasía, más su moral es verdadera;
Mañana y mañana, nuestra juventud nos engaña:
En la decrepitud permanecerán las lágrimas.
El moribundo jamás piensa que hoy morirá;
Deshecha todos los designios del Señor:
Para la mente despierta no hay un Mañana.

Nightwish Ever dream


Un prisionero en el calabozo. Anne Brontë (1820-1849)

Un prisionero en el calabozo profundo
Se sentó en silenciosa reflexión;
La cabeza descansaba en su mano,
Su codo sobre la rodilla.

Arrojó sus pensamientos hacia el futuro
¿O hacia atrás fueron lanzados?
¿La libertad es morir hoy de pena
O afligirse por el pasado?

Tanto tiempo ha vivido en cautiverio,
Solo en la penumbra de la mazmorra,
Que ya no posee pena ni esperanza,
Ha dejado de afligirse por su destino.

Él no suspira por la luz del día,
Ni añora su vieja libertad;
Esas ideas han dejado de atormentar
Su frente ardiente.

Perdido en un laberinto de pensamientos errantes
Él se sienta inmóvil;
Aquella postura y aquella mirada proclaman
El estupor de la desesperación.

Pero no siempre ese humor
Prevaleció sobre el enojo;
Había algo en su ojo
Que contaba otro cuento.

No hablaba de la razón perdida,
No era similar a la locura;
Era un fuego de parpadeo irregular,
Una luz extraña e incierta.

Y por decir, estos últimos años trajeron
Extrañas fantasías de tanto en tanto,
Llenando su celda con escenas de vida
Y las formas de hombres vivos.

Una mente que no cesa de pensar
¿Qué necesidades puede atesorar?
El letargo puede traer alivio al dolor
Y locura a la desesperación.

Tales escenas insólitas, tales formas que revolotean
Como jirones de un sueño febril:
¿Qué pasaría si aumentan
Y la razón decae lo suficiente?

Pero escucha, ¿qué sonidos han golpeado su oído?
Voces humanas parecen;
Dos han entrado en su celda;
¿También ésto puede ser un sueño?

Orlando, oye nuestras alegres noticias:
¡Venganza y libertad!
Tus enemigos están muertos,
y hemos venido a darte libertad.

Entonces habló el mayor de los dos,
Y en los ojos del cautivo
Buscó el éxtasis que brilla
Pero sólo sorpresa encontró.

¡Mis enemigos están muertos!
Debe ser que la humanidad entera ha muerto.
Ya que todos eran mis enemigos,
Pues amigos nunca tuve.

Lana Lane Queen of the ocean


A la púdica amada. Andrew Marvell (1621-1678)

Si universo y tiempo nos sobrara,
No sería un crimen tu pudor, Señora.
Sentados, apaciblemente pensaríamos
Cómo pasar nuestro amoroso día.
Tú, en las índicas orillas del Ganges
Hallarías rubíes: yo, lamentos
Junto al azulado Humber.
Te hubiese amado diez años antes del diluvio,
Y tu podrías rechazarme, si quisieras,
Hasta la conversión de los judíos.
Mi vegetativo amor crecería
Más vasto que un imperio.
Pasaría cien años de mi vida
Celebrando tus ojos y tu frente;
Doscientos adorando cada seno,
Y treinta mil para el resto;
Dedicaría un siglo a cada parte,
Para llegar, finalmente, al corazón.
Tú, señora, eres merecedora de este culto,
Y yo, por menos, nunca te amaría.
Pero detrás de mí oigo, sin descanso,
Del tiempo llegar la carroza alada.
Nos rodean, se extienden, insistentes
Los desiertos de vasta eternidad.
Muy pronto tu hermosura se perderá,
Y en la tumba de mármol no se oirá
El eco de mi canto, y los gusanos
Saborearán tu ritual virginidad;
Tu arcaico honor se trocará en polvo,
Se volverá cenizas mi codicia.
La tumba es un selecto lugar, íntimo,
Más sospecho que allí no hay abrazos.
Ahora que el clamor de tu frescura
Brilla en tu piel con diáfanos rocíos,
Mientras exhala tu alma venturosa
Por cada poro tu fuego inmediato;
gocemos mientras podamos,
Como ardorosas aves carroñeras
Devoremos el tiempo ávidamente,
Y, sin languidecer en su dominio,
Envolvamos las fuerzas que poseemos,
Nuestra dulzura, en un cerrado círculo;
Ingresemos sin temor con nuestras dichas
Por el portal de hierro de la vida;
Y ya que no podemos detener el sol,
Forcemos su retirada, Señora.

Lacrimosa Schakal


Sobre una persona que ha muerto en su lecho. Amy Levi (1861-1889)

Este es su final, aquí yace él.
El polvo en su garganta, el gusano en sus ojos,
Los hongos en la boca, la hierba sobre su pecho.
Este es su final, y eso es lo mejor.
Ya nunca yacerá despierto sobre el sofá,
Con los ojos abiertos, lacrimosos, hasta que el día llegue.
Ya nunca sonreirá sin sentido
Mientras su corazón atraviesa el tiempo.
Ya nunca estirará sus manos en vano,
Para acariciar y acariciar, nunca más.
Ya no pedirá pan, sólo recibirá piedras,
Aunque en su fantasía sólo degustará tierra.
Ya nunca se debatirá entre lo falso y verdadero,
Pesando y tomando notas sobre lo efímero.
Ya nunca el dolor se ahogará en suspiros.
Este es su final, y aquí yace él.

Anathema Sentient


A la muerte. Amy Levi (1861-1889)

Si dentro de mi corazón hay hastío,
Si la llama de la poesía
Y el fuego del amor se hace frío,
Lacera mi carne sin cortesía.

Rápido, sin pausa ni demora;
No dejes el campo de mi vida sobre el huerto
Con la ceniza de los sentimientos muertos,
Deja que mi canto fluya con ternura.