miércoles, 21 de agosto de 2013

Ángel de piedra. R.H.G.

Ten cuidado con lo que deseas... Perla, angustiada por la conducta de su padre, miró atónita como su ángel comenzaba a moverse de la piedra donde estaba empotrado. Una leve pero macabra luz verde salió de sus ojos y pareció sonreírle siniestramente, mientras la desesperada joven trataba de huir sin conseguirlo.



Sólo fue un sueño hija, duerme nuevamente dijo doña Aurora a Perla, quien impaciente contó lo ocurrido.

Tengo que ver la figura añadió ella mientras salía al patio de la vencindad, ubicada en la colonia San Rafael, en el Distrito Federal.
Inmóvil, lindo y tallado en fino mármol, el ángel seguía en su lugar. El fresco de la madrugada la invitó a implorar nuevamente el deseo que por años nadie le había concedido.

Angel de la guarda, suplicó la joven con un amargo llanto ayúdame a que mí padre ya no nos maltrate; has que nunca vuelva...
A lo lejos escuchó el prolongado aullido de un perro, después el constante repiqueteo de las campanas de la iglesia anunciando que Manuel, su padre, estaba por llegar.

¡Carajo!, explotó aventando los platos al piso en esta casa sólo hay frijoles, mejor me quedo con mis compas en la calle...

No seas exigente Manuel, suplicó la acabada mujer mientras tomaba su mano hace mucho que no me das gasto, esto fue lo que comimos todos.

¡Ya me vas a echar en cara que no te doy dinero! agredió tratando de justificar su irresponsabilidad Cómo quieres dinero si nadie me da trabajo.
Aventando a la mujer fue al bote de galletas, lugar donde guardaba su esposa el poco dinero que obtenía lavando y planchando ajeno durante jornadas de trabajo. Sacó los billetes,maldijo y azotó la puerta para irse con sus amigos a beber.
Mientras tanto, ella quedó llorando sin fuerzas para seguir peleando con el padre de sus hijos, quien desde hace un par de años había caído en el alcoholismo y lejos de ayudar con los gastos de la casa, despilfarraba los raquíticos ingresos de la humilde familia.

Tú tienes la culpa, exclamó Perla al ver a su progenitora desecha en un amargo llanto no sé por qué le aguantas tantas cosas, deberías llamar a una patrulla.

No digas esas cosas, respondió la mujer sin atreverse a mirarla a los ojos es tu padre y debemos ayudarlo.

Pero en vez de darte te quita, agregó molesta se va a gastar ese dinero en alcohol.
Para no prolongar la discusión , la chica decidió regresar a su camastro y tratar de dormir.

Angel de la guarda, dijo con enormes lágrimas escurriendo por sus mejillas ayúdanos por favor, yo no le deseo mal a mi padre, pero si es posible que ya no regrese a la casa.

Desde que era muy niña, doña Aurora le enseñó a su hija que esa figura de mármol, era su ángel guardian, el encargado de ayudarla en sus problemas, motivo por el cual siempre le tuvo mucha fe y en las veces de desesperanza, oraba esperando su respuesta.

Mi máma está muy acabada, exclamó con enorme sentimiento tengo miedo de que se vaya a morir.
A pesar de que en tantos años ese frío ángel no le había concedido lo que ella ansiaba, sentía que la miraba, la entendía y la acompañaba.
Cuando nacieron sus hermanos, pensó en que serían como el ángel clavado en las alturas: niños felices, gorditos y llenos de vida; empero terminaron en un par de infantes flacos, con ropas viejas y rotas.

Ya viene otra vez, pensó mientras se escondía entre las sábanas gastadas, escuchando las campanadas ahora no me voy a dejar.
Como era costumbre , Manuel llegó borracho, de mal humor, con ganas de sacar su frustración con la pobre mujer.

¡A mi mamá ya no le pegas, intervino al ver que el desquiciado sujeto arremetía a golpes por no encontrar el dinero para seguir embruteciéndose si quieres hacerlo golpeáme a mí! ¡No permitiré nunca más que nos maltrates!

Mira nomás, escupió al ver la reacción de su hija esta maldita chamaca tiene la desfatachez de gritarle a su padre.

No te metas hija alcanzó a decir la mujer mientras recibía puñetazos y reproches no ledigas nada, es tu padre y puedes condenarte.
Los gritos de los niños aterrados no fueron capaces de impedir que el endiablado sujeto golpeara sin piedad a doña Aurora, quien débil y casi inconsciente no pudo defenderse. En un intento por detener la golpiza, Perla intervino recibiendo la furia de su progenitor.

Noches más adelante, a pesar de que no escuchó los lamentos de ese perro , un extraño escalofrío cubrió su cuerpo y una ansiedad la puso en alerta.

¡Doña Aurora!, gritaron desde afuera, dando fuertes toquidos a la delgada lámina de la puerta ¡venga pronto, es urgente!

La madre salió angustiada al llamado. Perla apenas se pudo vestir ; no le fue díficil encontrar a su madre. A media cuadra, justo donde oraba a su ángel de la guarda, un tumulto de gente era iluminada por la luz de la torreta de una ambulancia. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que la figura del ángel había caído sobre la cabeza de su padre. El yacía sin vida, en medio de un enorme charco de sangre. La sonrisa y la mirada perversa de la pesada estatua seguía a Perla, invitándola a permanecer en silencio.
La petición de Perla le fue concedida, pero ahora carga con la muerte se su padre de quien teme pueda aparecérsele...

La familia Sawney Beane.

Swaney Beane nació en una familia granjera a las afueras de Edimburgo, cerca de la costa oeste de Escocia, en algún momento a finales del 1300. Acompañado de su mujer, abandona el hogar siendo muy joven, e inician un viaje hacia el lado opuesto del país. En mitad de la travesía deciden ocultarse en una profunda caverna. La entrada era una pequeña grieta a través de la cual se extendía una cueva de alrededor de una milla.

Esta caverna le sirvió como hogar a los Beane durante los próximos veinticinco años. Al principio subsistían de las pertenencias que habían robado a los distintos viajantes que fueron asaltados y asesinados. Pero pronto sus necesidades iban a ser más exigentes. El incesto era una práctica habitual en la caverna, de tal forma que se mantenían relaciones entre hermanos, padres, madres e hijos...

La necesidad de comida iba en aumento, pues la familia seguía creciendo. La solución a sus problemas, la seguían encontrando en los viajantes que asaltaban, pero ésta vez transportaban el cadáver a la caverna, donde era devorado. Se aficionaron a la carne humana.

Durante 25 años estuvieron desapareciendo viajeros en las extensiones rocosas de Galloway; lo único que se encontraba de los desaparecidos eran restos, partes de los cuerpos halladas ocasionalmente en la costa. Estos hechos dieron lugar a diferentes teorías. Una de ellas era que los viajantes podrían estar siendo atacados por una manada de lobos; sin embargo, ésta hipótesis no se sostuvo durante mucho tiempo pues no sólo desaparecían individuos que viajaban solos, sino que también se echaron en falta a grupos de dos o más personas. Otra explicación, era más descabellada: podría ser que los terrenos rocosos estuvieran habitados por hombres lobo o demonios..

Una tarde, un grupo de 30 personas regresaban a casa tras haber pasado el día fuera cuando escucharon unos gritos delante de ellos. Al llegar a el lugar del tumulto se encontraron con un hombre que se defendía pistola en mano contra una banda de atacantes de aspecto salvaje. Cerca de él yacía su mujer en el suelo, destripada, mientras algunos de los atacantes le arrancaban pedazos de carne y se la comían cruda. Los viajeros, atónitos, no podían creer lo que veían. Al ser descubiertos, el clan de los Beane huyó hacia las colinas. Ya existían pruebas sobre las misteriosas desapariciones.

La persona que aportó el testimonio sobre lo ocurrido fue el marido superviviente del ataque. La historia llegó a oídos del rey, el cual decidió tomar serias medidas: envió a 400 soldados acompañados de perros de caza a la zona; los perros hallaron rápidamente la entrada de la caverna, el fuerte olor a carne les facilitó la búsqueda. Los soldados penetraron en la cueva siguiendo el pasadizo en forma de zigzag hasta llegar al hogar de los Beany. Allí encontraron a 48 personas: Beane y su mujer, sus 14 hijos y 32 jóvenes, fruto de los continuos incestos entre todos ellos. El lugar estaba lleno de brazos, piernas y demás miembros, amontonados unos sobre otros. Algunos trozos de carne habían sido salados, con intención de conservarlos para los siguientes meses.

Tras ser descubiertos, el rey los calificó como bestias salvajes no merecedoras de juicio alguno. Tanto Swaney como los 36 hombres del clan fueron torturados y desmembrados en público. Todo el proceso fue contemplado por las mujeres de la familia, a quienes les esperaba la hoguera.

Campos Elías Delgado.

Campo Elías Delgado Moreno nació el 24 de junio de 1934 en Chinácota, Colombia. Su padre se suicidó cuando él tenía seis años. Cuando era niño, un vecino tenía un loro en su casa. A él no le gustaba ese animal. Se ingenió la manera de meterle, poco a poco, alfileres para matarlo. Llegó un día en que el loro no podía caminar. Lo revisaron y estaba lleno de alfileres; el loro murió poco después, entre atroces dolores.

Campo Elías estudió Medicina y luego se enlistó para la guerra de Vietnam en 1970, en donde estuvo presente en dos oportunidades, la segunda de voluntario. Fue Boina Verde y parte del cuerpo de las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos. Viajó en misiones especiales a Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá y España. Luego de retirarse se refugió en las calles de Nueva York. Allí intentaron atracarlo, por lo que decidió regresar a Bogotá, en donde recibía mensualmente su pensión en dólares, aunque dejó de llegar inexplicablemente a su apartado aéreo y, curiosamente, tampoco la siguió reclamando.

Campo Elías era un hombre de estatura mediana. A sus 52 años, tenía un paso firme y rápido. Su madre era una persona de presencia pulcra y sencilla. Tras su experiencia en la guerra, Campo Elías se volvió antisocial y amargado. Era incapaz de desarrollar relaciones o amistades con otras personas y culpaba a su madre por esto. Con los años el resentimiento contra su madre creció. Su sueño era ser reconocido como un gran escritor. Pero sobrevivía dando clases privadas de inglés y cursaba estudios superiores en la Universidad Javeriana de Bogotá. Uno de los rasgos sobresalientes de su personalidad era un desmedido afán por el orden y la pulcritud. En el Centro de Estudios Profesionales, donde meses antes de la masacre aprendió Programación y manejo de computadores, lo recuerdan por su puntualidad a toda prueba y su obsesión por la limpieza, que lo llevaba casi ritualmente, a retocar con su pañuelo todas las mañanas la pantalla y el teclado del computador y a lavar con sumo cuidado sus manos después de terminada la práctica. Desarrollaba además la puntualidad de manera obsesiva y la rectitud sin tacha en el manejo del dinero. Nunca se atrasaba en sus pagos y cumplía siempre con los términos en los negocios que realizaba.

En su vida social era un caballero sin tacha. Serio, metódico y reputado como inteligente, terminó sin problemas sus estudios secundarios, diciéndose de él que era un alumno ejemplar, de buenas costumbres y destacado como uno de los mejores del establecimiento. Era un fanático del aseo personal. Después de ducharse, no se secaba el cuerpo con toalla sino con papel higiénico, para que la operación fuera más aséptica, rehusando además compartir el baño con su madre, única persona con la que convivía, y quien se veía por tal motivo obligada a utilizar el baño de servicio. A veces golpeaba a su madre a causa de los ataques de ira que sufría.

No bebía ni fumaba, andaba siempre pulcramente vestido aunque en mangas de camisa y sus zapatos permanecían bien lustrados y relucientes. Cuando alguno de sus compañeros le preguntó, en una ocasión, por qué salía a la calle tan desabrigado, sin importarle el frío bogotano, Campo Elías se limitó a responderle: "Porque tengo el corazón caliente". Campo Elías Delgado era celoso con su vida íntima. Durante año y medio que mantuvo amistad con Jaime Paz, su profesor de computación, jamás habló de su vida personal ni se interesó tampoco por la de éste. La comunicación se limitó casi siempre a tareas funcionales que tenían que ver con su oficio en común. Lo llamaba, por lo general de madrugada, para consultarle problemas atinentes a programas que intentaba construir y cuando lograba superar el obstáculo, llegaba a primera hora al centro de estudios a compartir con el profesor su éxito. Nunca, sin embargo, una palabra sobre su madre; nunca relatos sobre su pasado.

Después de eso, Campo Elías fue a las oficinas del Banco de Bogotá para cerrar la cuenta de número 4352354 que tenía allí; su saldo era de $49.896.93. El cajero intento redondear la cifra, pero Campo Elías no estaba de acuerdo. Se quejó y exigió hasta que recibió los centavos completos, para quedar sin deberle al banco y sin que el banco le debiera nada a él; era un problema, pues las monedas de centavo ya estaban fuera de circulación. Esa misma tarde, Campo Elías adquirió aproximadamente quinientos proyectiles para un revolver calibre .32 largo. Sus problemas personales, el rechazo que había sentido por parte de las mujeres, su distanciamiento con la madre y el resentimiento social, explotarían en una incontrolable ola de violencia. Esa noche, tras regresar al departamento donde vivía con su madre, Rita Elisa Morales de Delgado, inició una discusión con ella. Luego empezó a golpearla, tomó un cuchillo y le dio varias puñaladas, hasta que la mató.

Al otro día, el jueves 4 de diciembre, igual que otros asesinos en masa, se dio un duchazo y se vistió con ropa limpia. Guardó en su maletín el revólver y las municiones, y se fue a buscar a un amigo con el que jugaba ajedrez, pero no lo encontró. Fue luego a visitar a Nora Becerra de Rincón y a su hija Claudia. Sin que esta última se diera cuenta, Campo Elías amordazó y amarró a la mujer, intentando abusar sexualmente de ella. Después tomó un cuchillo y la asesinó en la sala de la casa, dándole cuatro puñaladas. Luego se dirigió a la recámara; Claudia estaba estudiando. Campo Elías la abordó, hablaron de nuevo sobre Jekyll y Hyde, y después la obligó a tenderse sobre la cama; la amarró de pies y manos y la amordazó. Se puso sobre ella, la besó en la boca en repetidas ocasiones y después comenzó a apuñalarla; le dio veintidós puñaladas antes de que la chica muriera. Tomó el ejemplar del libro de Stevenson y se lo llevó consigo. Claudia tenía un hermano de once años llamado Julio Eduardo, quien no estaba cuando los asesinatos ocurrieron. Fue el primero que se dio cuenta de lo que había pasado con su mamá y con su hermana cuando entro a la mañana siguiente al departamento.

A las 16:00 horas regresó a casa; envolvió el cadáver de su madre en papel periódico y la roció con gasolina, prendiéndole fuego. Con el pretexto de llamar a los bomberos, hizo que le abrieran la puerta dos vecinas, que respondían a los nombres de Inés Gordi Galat y Nelsy Patricia Cortez, y vivían en el departamento 301; también las mató de un disparo en la cabeza. Fue entonces al departamento 302, donde vivía Gloria Isabel Agudelo León, mujer de cincuenta años con quien Campo Elías siempre tuvo problemas. Ella salió a averiguar lo que sucedía y esto le costó la vida.

Después de esto bajo al apartamento 101, donde Matilde Rocío González y Mercedes Gamboa le abrieron la puerta. Las chicas estaban estudiando, pero lo dejaron entrar para que llamara a los bomberos. También les disparó en la cabeza. En ese mismo lugar, Campo Elías hirió a otra estudiante, quien murió después, cuando era atendida en el hospital San José. Salió luego del edificio por última vez y se quedó diez minutos observando un cartel que hablaba sobre una obra de Federico García Lorca: Bodas de Sangre. Mientras estaba allí, se cruzó con él Blanca Agudelo de González, una vecina. Otra vecina, Berta Gómez, vivía con las estudiantes asesinadas y logró salvarse porque saltó hacia el patio interior de apartamento al escuchar las detonaciones, saliendo rápidamente del edificio. Una vez afuera, detuvo a una patrulla de policía. Los agentes, al darse cuenta de que el cuarto piso se estaba incendiando, le dijeron que esa labor era para los bomberos y que ellos se encargarían de llamarlos pero, para variar, ninguna de las autoridades que tuvieron la oportunidad de reaccionar a tiempo lo hicieron.

Después de esto, Campo Elías se dirigió al departamento 201 de otro edificio. Clemencia de Castro le abrió la puerta; después de que le preguntara sobre su marido, Jesús Fernández Gómez, ella lo invito a entrar. Durante su visita, Clemencia y él estuvieron hablando. Lo notó nervioso, no se sentaba, se mantenía caminando de un lado para otro y repetía frases que ya había dicho. Clemencia le ofreció una Coca Cola, la bebida favorita de Campo Elías. Hablaron del hijo de Clemencia, Andrés, a quien le había ido mal en el colegio. Campo Elías le pidió reiteradamente que no lo fuera a regañar, porque el chico se tenía que "arreglar". Luego él mismo habló brevemente con Andrés y le dio unos consejos; Clemencia noto que Campo Elías estaba armado, pues declaró que "se le notaba el bulto debajo del saco". Le dijo a la mujer que se iba para un viaje, y que de la única familia que pensaba despedirse era de ellos; afirmó que se iría a China y que no volvería jamás. Hacia las 18:45 horas, se despidió lamentando que Jesús no hubiera estado en la visita. Les dijo que los quería mucho. Clemencia le preguntó si les iba a escribir y Campo Elías sólo le dijo que no se preocupara, porque iba a recibir noticias suyas muy pronto.

A las 19:15 horas, Campo Elías Delgado llegó a su lugar favorito: el restaurante italiano Pozzetto, en la carrera séptima con 61, el sector bogotano de Chapinero. Saludó a los meseros que lo conocían por ser un cliente habitual y después ordenó media botella de vino tinto, así como un plato de spaghetti a la bolognesa. Varias veces se levantó al baño.

A las 20:00 horas terminó de cenar y pidió un destornillador (vodka con jugo de naranja). Luego ordenó otro y se lo bebió al tiempo que leía una revista estadounidense. Dentro del primer piso del restaurante, donde él se encontraba, había treinta y cinco personas cenando. Para a las 20:15 horas, ordenó un tercer cocktail; poco después se sentó en la barra. Le entregó la revista y un poema al barman y pidió un cuarto vodka.

A las 21:00 horas, pidió la cuenta; le dejó una generosa propina al mesero y se fue al sanitario con su maletín. Regresó poco después con la pistola en la mano y el ejemplar de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde en el bolsillo. Seis disparos iniciaron la masacre. Campo Elías se acercaba a las mesas, apuntaba a las personas, les gritaba que se trataba de un asalto, las obligaba a ponerse boca abajo y les disparaba en la nuca. La niña Johana Cubillos Garzón presenció cómo el asesino mataba a su hermana; después se acercó a ella, pero no la mató.

Campo Elías disparó más de trescientas balas. Mató allí a cinco mujeres y a nueve hombres, e hirió gravemente a quince personas más; seis de ellos morirían más tarde. Siendo un ex Boina Verde, su puntería era excelente. Ejecutó a las personas de un certero tiro en la cabeza, igual que lo hizo horas antes con su madre, su alumna y los vecinos del edificio.

Cuando hubo disparado contra todas las personas que había en su rango de visión, y según versiones de testigos, Campo Elías pronunció sus últimas palabras: "Mi nombre es Legión". Según testimonios, apuntó el arma contra su cabeza y disparó. Una niña llamada Johana Cubillos Garzón, estaba allí esa noche negra: no solo vio morir a su hermana de once años, sino que aseguró a la revista Semana que vio cómo Campo Elías se suicidaba. "Yo vi todo, yo era la única que lo estaba viendo. El loco pedía que le dieran dinero en efectivo y que dejáramos los billetes sobre las mesas, al tiempo que daba vueltas en el salón disparando y matando. De pronto se paró junto a mí, me miró y pensé que me iba a matar, pero no lo hizo. Pensé que dispararía pero no lo hizo, no sé por qué no me mató, pero a mi hermana ya la había asesinado. Yo miraba cómo mataba a la gente y no podía hacer nada. Hasta que llegó la Policía y rompió un vidrio, entonces vi cómo el loco se disparó y cayó". Pero investigaciones posteriores demuestran que Campo Elías recibió varios disparos, dos en el pecho y cuatro en la cabeza, lo cual haría imposible que se hubiera quitado la vida.

Los testigos pudieron observar cómo llegaban las primeras patrullas de policía, escucharon más disparos y presenciaron la forma en que los agentes de la Policía destruían ventanales para entrar al lugar. El dueño del restaurante, Bruno, salió de este gritando que no le destruyeran el negocio. La Policía entró y los agentes comenzaron a disparar. Un joven salió diciendo: "¡Mataron a nuestra madrecita!".

Los heridos fueron trasladados a los hospitales San José, San Ignacio, San Pedro y al Hospital Militar. La Policía se dio gusto disparándole al cadáver de Campo Elías, para luego decir que habían sido ellos quienes lo habían matado.El cadáver de Campo Elías fue reclamado por un sacerdote de la Comunidad del Perpetuo Socorro llamado Luis Alberto Pachón Arias, para darle sepultura. Pero luego resultó que el cura no lo era, según la Curia. El restaurante Pozzetto reabrió nueve días después con gran éxito y aumentó el número de clientes que acudían a ese lugar. En 2002, el escritor colombiano Mario Mendoza publicó Satanás, una novela basada en este caso, la cual alcanzó gran éxito de ventas y varios premios internacionales de literatura.

Warrant I saw red (Acoustic)


He entrado en una jaula. Joseph Brodsky (1940-1996)

He entrado en una jaula en vez de una bestia salvaje,
quemado mi oración y apodo con una uña en una choza prisión,
vivido junto al mar, jugado a la ruleta,
cenado con el diablo sabe quién vestido de frac.
Desde lo alto de un glaciar he inspeccionado medio mundo,
me he ahogado tres veces, dos veces descuartizado.
Abandonado el país que me nutrió.
Con aquellos que me han olvidado es posible hacer una ciudad.
Me he descolgado por estepas que recuerdan el grito del huno,
vestido con aquello que vuelve a estar de moda,
plantado cebada, cubierto con papel alquitranado el suelo trillado
y no he bebido sólo agua.
He admitido en mis sueños la pupila azul del carcelero,
mordisqueado el pan del exilio sin dejar una miga.
He hecho que mis cuerdas vocales profieran todo tipo de sonidos aparte de un aullido ;
he descendido al susurro. Ahora tengo cuarenta.
¿Qué debo decir de mi vida? Que ha sido larga.
Sólo con el dolor siento solidaridad.
Pero hasta que rellenen con arcilla mi boca, de ella sólo resonará gratitud.

Poison Until you suffer some


Juntos nosotros. Pablo Neruda (1904-1973)

Qué pura eres de sol o de noche caída,
qué triunfal desmedida tu órbita de blanco,
y tu pecho de pan, alto de clima,
tu corona de árboles negros, bienamada,
y tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje
que huele a sombra y a precipitada fuga tiránica.
Ahora, qué armas espléndidas mis manos,
digna su pala de hueso y su lirio de uñas.
y el puesto de mi rostro, y el arriendo de mi alma
están situados en lo justo de la fuerza terrestre.

Qué pura mi mirada de nocturna influencia,
caída de ojos oscuros y feroz acicate,
mi simétrica estatua de piernas gemelas
sube hacia estrellas húmedas cada mañana,
y mi boca de exilio muerde la carne y la uva,
mis brazos de varón, mi pecho tatuado
en que penetra el vello como ala de estaño,
mi cara blanca hecha para la profundidad del sol,
mi pelo hecho de ritos, de minerales negros,
mi frente, penetrante como golpe o camino,
mi piel de hijo maduro, destinado al arado,
mis ojos de sal ávida, de matrimonio rápido,
mi lengua amiga blanda del dique y del buque,
mis dientes de horario blanco, de equidad sistemática,
la piel que hace a mi frente un vacío de hielos
y en mi espalda se torna, y vuela en mis párpados,
y se repliega sobre mi más profundo estímulo,
y crece hacia las rosas en mis dedos,
en mi mentón de hueso y en mis pies de riqueza.

Y tú como un mes de estrellas, como un beso fijo,
como estructura de ala, o comienzos de otoño,
niña, mi partidaria, mi amorosa,
la luz hace su lecho bajo tus grandes párpados,
dorados como bueyes, y la paloma redonda
hace sus nidos blancos frecuentemente en ti.
Hecha de ola en lingotes y tenazas blancas,
tu salud de manzana furiosa se estira sin límite,
el tonel temblador en que escucha tu estómago,
tus manos hijas de la harina y del cielo.
Qué parecida eres al más largo beso,
su sacudida fija parece nutrirte,
y su empuje de brasa, de bandera revuelta,
va latiendo en tus dominios y subiendo temblando,
y entonces tu cabeza se adelgaza en cabellos,
y su forma guerrera, su círculo seco,
se desploma de súbito en hilos lineales
como filos de espadas o herencias de humo.

Gamma Ray The silence


Otoño. José Hierro.

Otoño de manos de oro.
Ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino.
Ya vuelves a andar por los viejos paisajes desiertos.
Ceñido tu cuerpo por todos los vientos de todos los siglos.

Otoño, de manos de oro:
con el canto del mar retumbando en tu pecho infinito,
sin espigas ni espinas que puedan herir la mañana,
con el alba que moja su cielo en las flores del vino,
para dar alegría al que sabe que vive
de nuevo has venido.
Con el humo y el viento y el canto y la ola temblando,
en tu gran corazón encendido.

Lacrimosa Warum so tief?


La moneda perdida. Lêdo Ivo (1924-2012)

En mi sueño encuentro la moneda perdida.
Estaba guardada en el fondo del océano,
en la gruta de coral que los naufragios no alcanzan,
en el territorio puro donde no llega la muerte.

Y al despertar soy mudo como los peces.
Mi tierra es igual al mar, tiene la pureza del agua.
Todas las palabras son monedas perdidas.

ERA Era


Yo te beso. Efraín Bartolomé.

Yo te beso
Frente a la destrucción y el aire sucio
te beso...

En el estruendo de los automóviles
-la migraña del día-
te beso
En el festín de los ladrones
En el pozo de los iracundos
Ante el cuchillo de los asesinos
Ante la baba fóbica de los intolerantes
Frente a la sangre agusanada de los corruptos
Frente a la mansedumbre
Frente a la podredumbre
Frente a la muchedumbre
Yo te beso de frente
Y el día empieza a caminar
con la frente muy alta.

Scorpions Love of my life


Amor entre ruinas. Alí Chumacero (1918-2010)

Como un incendio al aire desatado
o una flor suspensa sobre el agua,
en lenta conjunción
nuestros desnudos abren el cauce del deseo
desbordándose en alas y gemidos de silencioso aroma;
encienden sobre el tacto un suave mar que inunda
con sus trémulas olas palpitando
a través de la piel, acumuladas
bajo el húmedo aliento de los labios
y este duro anegarse en humo o en temblor
surgido desde el sueño, como eterna marea que consume
el herido temor donde flotamos.
cerca mi cuerpo al tuyo dolorido,
cíngulo ardiente que a tu carne ciñe
volcándola hacia el vuelo de mi mano
al tacto deslizada,
ola, caricia o llama
sobre el silencio de tu piel,
en esta soledad de nuestro lecho.

Nightwish Bless the child


No ha llegado Octubre. Emilio Coco.

¿Qué haces ahora allá arriba? ¿Te dispones
a rezar con los ángeles las vísperas?
¿Aún tenéis voz y cuerpo allá en el cielo?
¿Te sostienen las piernas con fatiga
o tu andar es ligero y ya sin huellas?
¿O tiemblas desde un desgarrón de nubes
por tu sobrino que siempre llega tarde?
Mientras la tía trajina en sus fogones
¿sostienes tú sus pasos vacilantes?
No te rías de mí, no me reproches
si te canso con fútiles preguntas.
Hace ya casi un año que te fuiste
mas sigues obstinada en tu silencio.
Me basta una palabra, una señal
que me diga que no ha llegado octubre,
que estás entre nosotros y podemos
verte si es que tenemos ojos nuevos.

Guns N´ Roses Patience


Se mece suavemente el viento... Emilio Adolfo Wesphalen (1911-2001)

Se mece suavemente al viento
La mujer que ha brotado blanca y desnuda
En la copa del ciprés
Con una pequeña corona de oro sobre la cabeza
Y encima de la corona un ojo de piedra verde
Que mira fijamente.

Delirium Tremens.


    ¡Maldito trazo irreverente!, la expresión de un ser humano carcomida por la inestabilidad y el rezago. El delirio de esa ansiosa o destructiva manía de pensar consumía la vida de mi preciado amigo C. Canterry, un farsante, un apostador, embelesado por el whisky, junto a los aires grotescos de carnaval. Este hombre era un loco mordaz, un extremista. Un lado visceral corría en contra de su pensamiento;
    día a día el perfume de las cantinas lo enterraba en un juego de azar, cada vez más ensordecedor. Las monedas iban y venían una a una entre tragos y sonrisas malformadas, entre muecas de oscuro sopor. Es verdad: la gente siempre reía a más no poder en los lugares de la vida nocturna, pero, si de sonrisas se hablaba, la de C. Canterry era las más horrendas. Su semblante caucásico se encuadraba de tal forma que en la expresión, sus ojos verdes, según recuerdo, le temblaban con ahínco irracional; después, la sonrisa se distorsionaba en la más enferma de las carcajadas. Siempre que ganaba la sonrisa parecía proferirle un carácter diabólico, como si el mismo demonio lo poseyera para arrebatar de golpe el dinero. Siempre que un “¡Ja, Ja, Ja!” horrible y del demonio se repetía, algunos osaban a no volver apostar con él, después de santiguarse, casi estupefactos. A C. Canterry le importaba un comino, él sólo deseaba perderse en el alcohol, apostar y hacer esa sonrisa que erizaba los vellos de la piel.

    Pese a practicar ese enfermo deporte del alcohol, C. Canterry, tenía momentos de lucidez en que una breve cordura, parecía contradecirlo en su propia manía. En ocasiones confesaba que deseaba alejarse de esa vida callejera que lo sacaba a media madrugada de sus aposentos, para perderse en el alcohol y las apuestas; por más que el pobre de mi amigo trataba, un halo negro lo ahorcaba en el desvarío del azar. Le extirpaba las neuronas del cráneo minuto a minuto, el hambre de sostener las monedas lo obsesionaba. Sus días pasaban similares, con los ojos verdes insertados sobre la superficie de las mesas de las cantinas, donde descansaban los billetes y grupos de monedas que cambian, durante la madrugada, de jugador a jugador. Recuerdo
    bien los días en que mi pobre amigo despilfarraba la ganancia de dos meses, obtenida a través de un pequeño negocio que poseía en el área céntrica de la ciudad. Yo trataba de persuadirle, pero cada sugerencia era como invitarle a que se quedara; no importa cuánto hiciera en el intento de alejarlo de aquellos lugares que sólo
    destruyen las vidas humanas, sometiéndolo a uno a un estupor necio entre la pesadilla y lo racional. Siempre intenté —si es que existe un soberano Dios, el sabrá cuánto lo intenté—. Pero la locura fue en aumento, aún mi propia piel se retuerce sobre sus huesos, cada vez que en mi mente se presentan esas oscuras reminiscencias. C. Canterry enloqueció, atravesando las tabernas de mala calaña, tomando el dinero de golpe, riendo como un demente. La obsesión le hacía resaltar las venas del cráneo y emitir a cada partida ese ¡JaJaJa!” autodestructivo y demoníaco...
    La situación fue en aumento, eso sería un sólo entremés de la última y prosaica cena que recibiría mi pobre amigo Canterry...

    El alcohol lo sumió en una grotesca e irreverente alucinación continua; cada vez que un trago pasaba por su garganta, le alteraba en una gradación. Sus comportamientos cambiaron, se le sumió la mirada —lo que volvió mas demente su expresión—, en momentos de lucidez le atacaba una convulsa manía por sonreír ante cualquier acción; su propia mente se lo sugería: “Vamos Canterry sonríe” y luego el lado visceral de su interior se lo proponía groseramente: ¡Vamos, maldito Canterry, ríete como el maldito loco apostador que eres!. Esas acciones le hacían retorcerse en el piso de la ansiedad; las voces lo acorralaban a tal grado que llegaba a abofetearse a sí mismo. Yo mismo controlé esos ataques de irracionalidad que lo perturbaban. En ocasiones tenía que someterlo a un rudo golpe para tranquilizar sus ansias; su aspecto era ya detestable, enfermizo, en ciertos momento hasta yo deseaba vaciar botellas como él, pero me detenía, guardaba la calma, y, serenamente, tenía que servirle un trago — ¡Por los mil demonios, sólo eso lo calmaba!—. La felicidad de mi amigo sólo radicaba en el contenido de las botellas y la superficie de las cartas; su agilidad era tal que el azar parecía desmaterializarse. Ganaba cada partida con rabia burlándose de sus contrincantes; al final terminaba por desalojar a los contrincantes de la mesa, despidiéndolos con esa terrible sonrisa que resonaba durante meses. Cierto día de borrasca, las calles solitarias albergaban la presencia callejera de C. Canterry. Yo iba tras de él, tratando de detenerlo en la lluvia. El médico había presagiado que otra borrachera sería fatal. C. Canterry parecía fuera
    de la realidad, los ojos le temblaban como si quisieran salir expulsados a presión y en su boca balbuceaba cierto diálogo extraño consigo mismo. Mi presencia era inapreciable, no pude detenerlo entre la oscura noche, plagada de niebla destructiva y oscura... Pasamos por las calles de adoquín y, completamente empapados entre la tormenta, llegamos a una vieja taberna en los suburbios de la ciudad. Al cruzar la puerta no había una sola persona, a excepción del cantinero, un tipo de largo mostacho y una expresión ruda e irritante. C. Canterry pidió un trago y, mientras yo le miraba pasmado con temor hacia sus facciones, el tipo de la barra estaba atónito.
    Encima del cantinero, justo arriba del primer estante de botellas, había un dato raro: un par de hachas, cada una de ellas tenía la mitad de un grabado, al unirlas, se formaba la imagen de un ying-yang.
    C. Canterry entre un largo soliloquio, que sólo el mismo pudo conocer, reverenció una grotesca carcajada: ¡Con un maldito diablo! ¿No hay con quién apostar? De pronto el cantinero sonrió con una mueca burlona y hastiada, brillando en el acto su diente de oro — cualquiera que lo hubiera visto hubiera querido levantarse y golpearlo hasta descifrar el por qué de la burla —. Después sacó una baraja, la lanzó sobre la barra contradiciendo con otra burla: Puede usted jugar solitario, si así lo desea”. Eso irritó a C. Canterry, lo puso más ansioso; se levantó de la silla y dijo: “No sé jugar solitario, sólo quiero apostar, ¿usted apuesta? Yo quise
    hablar, pero eran personas mayores, sabían lo que hacían, pero desde ese momento las cosas se veían mal. El cantinero accedió, alardeando y diciendo: Espero que tenga para pagar esos tragos, amigo, porque la casa no invita, no quiero que se vaya usted con las bolsas vacías”. Se sentaron a la mesa, el cantinero llevó una botella de un vino, le sirvió a Canterry, después Canterry barajeó por orden del cantinero, quien no hacía otra cosa que alardear.
    Cuando las cartas cayeron en la mesa parecía que estaban presagiadas por la magia de un futuro inconveniente; tal vez era la perfección de las leyes que rigen el mundo.
    Quizá no era un error, quizá Canterry estaba en el punto correcto de las leyes y el azar —nunca sabré—, pero le atribuyo a ese mundo perfecto el hecho de que C. Canterry ganara las primeras cinco vueltas. La botella se terminó; C. Canterry bebía como un degenerado, como un perdido. La cara del cantinero cambiaba constantemente, más no las partidas, el dinero permanecía en manos de C. Canterry. Así fue por una hora hasta que el cantinero logró ganar una sola vez, me daba lástima el tipo y también compadecía a mi pobre amigo porque estaba perdiendo el control. Cada vez hablaba más despacio, a veces no veía ni las cartas y la partida era suya.
    Cuando el Cantinero, entre berrinches, perdió el último centavo, C. Canterry no rió, como solía hacerlo, y pensé que había logrado contenerse por respeto; porque ese pobre cantinero se había quedado en la calle, pero no podía renegar de un timo, ya que habían estado cambiando por cartas nuevas en cada jugada. Cuando esto pasó el cantinero fue el que sonrió con una sonrisa poco grotesca, poco grata. El rostro de Canterry se mantenía fijo como el de una persona anormal, balbuceaba consigo mismo y no dijo palabra alguna. Después el cantinero se arrancó el diente que había brillado a nuestra entrada, lo puso sobre la mesa y dijo: “Aún sigo aquí”. Después barajearon... y este perdió…
    ¡Había perdido hasta el diente!. Por el contrario C. Canterry tenía dinero como para beber treinta barriles y seguir sus borracheras sin sentido. La cuestión no frenó ahí, cuando el cantinero se levantó de la mesa con la cara casi agachada se escuchó la sonrisa enferma de mi compañero.
    A las espaldas del cantinero esta risa se escuchó como uno de los peores insultos que puede recibir un apostador empedernido. Esto lo volvió primitivo, se dio la vuelta y se dirigió a C. Canterry con la mirada iracunda diciéndole: “Si quieres apostar, apostemos entonces”. Yo —su buen amigo— quise decirle que no lo hiciera,
    quería decir que mi amigo era un enfermo, un alcohólico, que no estaba ya bien de sus facultades mentales, pero no quería hacérselo ver, entonces me quedé callado y lo que pasó ya no tuvo conciencia, aún sentado donde estaba, pude ver cómo el cantinero sacaba de entre la barra un pequeño cofre, después sacó un trapo. Su contenido era un revólver calibre treinta y ocho, lo limpió con rapidez llevándolo hasta la mesa. C. Canterry me hizo moverme de tal modo que ahora yo estaba a su izquierda, mientras el rostro del cantinero estaba frente de C. Canterry a quien dirigió le dirigió unas palabras: Que sea una ruleta rusa la que decida quién gobierna la suerte.
    “Suerte”, cuántas veces escuché esa palabra del diablo. Era bien sabido que esto no era cuestión de suerte; le convidaban de su pan privilegiado al demonio, poniéndole en la cara las vidas para deleitarlo con la estupidez, llamándole a esto “que tengas suerte”, “deséame suerte”, “perdió... no tuvo suerte”. Dentro del mundo de la
    perfección no es la suerte la que gobierna, sino las propias leyes limitadas de un cuadrado que gobiernan la entidad mental; las cuestiones individuales no son dadas a la suerte, son obras propias y controlables. El apostador vive en la inconsciencia de la probabilidad, es cierto, pero sus obras viven el espacio de las cosas controlables, bien sabido pensamiento; pero esta vez las leyes perfectas del universo que no contemplan la suerte se comportan resecas y muestran el verdadero rostro de la realidad, no sería la suerte la que cobrará la vida sino la perfección viviendo en un ciclo de elecciones individuales, a veces coherentes, otras dadas a
    la inconsciencia y otras tantas llenas de errores, pero que nunca afectan por su resultado dicha perfección. El error, la contradicción, no existen, porque hasta el peor de los resultados es perfecto.
    El cantinero fue el primero en jalar del gatillo y la bala le atravesó el cráneo, la expulsión de la sangre saltó a presión en mi cara. Cuando esto pasó C. Canterry rió como un loco. El estruendo de la bala fue ensordecedor, cierta ira me acaparó, era un homicidio y las apuestas lo rodeaban. Miré hacia la barra asustado mientras
    Canterry estaba ahí babeando entre la risa. Luego nervioso ante el cuerpo miré encima de los estantes en las botellas y miré las hachas entrecruzadas; no lo pensé dos veces, tomé una de ellas —la que poseía el lado negro- deshaciendo así la presencia del ying-yang y empecé a descuartizar el cuerpo con el fin de ocultarlo y librarme. Cuando lo hacia ya era tarde, cuando el hacha atravesaba su brazo, un policía me miraba y un arma me hacía hincarme sobre el piso…
    Ahora me encuentro en esta celda, de C. Canterry lo único que supe es que fue llevado a un centro de rehabilitación mental; no quisiera recordar dicha noche, pero cada vez que veo por error mis ojos verdes en el espejo, me imposible retener las ganas de un trago, el sentimiento de buscar una taberna y evitar la necesidad de una
    baraja en mis manos, y no puedo – ante todo- evitar emitir esta persistente carcajada: ¡Ja,Ja,Ja!

Debajo de la piel.



    Para cuando anocheció, yo ya estaba observándola. Estaba de nuevo sentada, bebiendo un bloody mary, y jugueteando con un dedo en el licor. Se veía como ella misma: atractiva, contradictoria y, sin duda, misteriosa. Volteé a la cara hacia otro punto de la oscuridad. La gente caminaban por las calles protegiéndose del frío nocturno y de las alcantarillas salía vapor como si el fuego del infierno ardiese bajo nosotros. Sólo que yo no podía sentir ni frío, no calor, ni nada más. Sólo ese inexplicable fuego en el pecho cuando la veía.
    Y, sin embargo, ella seguía tranquila, sentada ahí.
    Sin quererlo, fui volteando hacia ella, otra vez. Era eso. No podía apartarla de mis ideas, de mis pensamientos, de mis actos. Ella, una mujer mortal. Cada noche pasaba por el mismo club, se sentaba sola ó se dejaba acompañar por quien anduviese con ánimos de hablar. Y fue precisamente buscando una víctima que la encontré. No sé si se llama destino ó azar, pero cuando me paseaba entre el rebaño mortal, fingiendo ser uno de ellos, caminando como si fuese invisible y casi deslizándome sin ser notado, la vi. Todo se detuvo durante ese momento y pude olvidarme de mi propia sed.
    Ya eran tres semanas de eso.
    Cada noche venía aquí, a las cercanías del club, para admirarla por una ventana. No es que no tuviese lo que hacía falta para acercármele. De hecho, cuando tienes seis siglos de vida, ya has seducido a una buena cantidad de personas. Pero esto era tan... diferente. Tal vez me encantaba porque no era un juego. Ella no era la clase de mujer a la que me le acercaría para entretenerme y luego nutrirme de ella. Ella era perfecta, aún más que las féminas de mi propia raza maldita. Y lo único que me impedía hablarle era su condición. Era mortal.
    No sabía qué hacer con respecto a eso, pero sin duda era un problema. No podía acercármele y pretender una relación cuando sólo puedo verla cada noche. ¿Qué tal si deja de venir al club y no vuelvo a verla? También existía la posibilidad de que surgieran las dudas dentro de ella e inevitablemente me preguntara sobre mí. Una mujer como ella no se dejaría sorprender por cosas que las demás no entenderían: por seis siglos de cabalgar en medio de la noche, de conspiraciones nocturnas, seis siglos de matar para poder vivir, seis siglos de melancolía. Pero tampoco podría ignorar lo que soy. Tal vez pudiese explicarle que esto no lo escogí yo, es mi carga, mi condena, yo no pedí nada así. Entonces ella sentiría algo de miedo por mí. Nada le podía garantizar su seguridad cuando andaba junto a un ser como yo, que dejó de respirar mucho antes de que sus propios padres nacieran. E imaginemos que ella no sienta horror ó no desee alejarse de mí. ¿Entonces qué? Un par de años para estar con ella, verla envejecer y, un buen día, verla morir. Y, entretanto, yo seguiría igual, con esta apariencia de joven eterno, de inmortal. ¿Condenarla y hacerla como yo? La mera idea me hizo soltar un quejido en voz baja. Lo más doloroso era que la amaba. Por eso no podía convertirla en alguien como yo: esto no es un regalo, no es una bendición. Es soledad y vacío.

    Cuando eres un ser como yo, sabes qué es en verdad hermoso y qué vale la pena en verdad, con sólo verlo una vez. Y yo lo estaba viendo ahora. Tenía miles de preguntas que hacerle, miles de cosas de qué hablarle y, sin embargo, cuando la veía todo se me olvidaba. Quedaba reducido a nada cuando ella estaba ahí. Si mi corazón pudiese latir, habría roto mi pecho. Pero nada de que yo pudiese hacer me podría salvar de mí mismo. Porque ahí estaba yo, caminando hacia el club, ignorando las gotas de lluvia que empezaban a caer sobre mi gabardina. Abrí la puerta del club y entré. Un ser inmortal como yo, que perdía el habla ante una mortal. Si me lo hubiese pedido, habría muerto por ella esa noche.

    De cerca, era brillante, como si estuviese rodeada de aura. Era una mujer fuerte y no se impresionó por mi palidez cuando llegué a su mesa. Ella levantó sus ojos oscuros hacia mí, arregló su cabello negro con una mano hacia un lado. Por un momento creí que iba a decir algo, pero no lo hizo. Miré sus pequeños labios y no hubo ningún movimiento, ninguna alteración. ¿Alguna vez has mantenido una conversación sólo con miradas? Pues esto era eso, mucho más poderoso que las palabras, extraordinario y sublime. No sé si se dio cuenta de que la estaba mirando completamente, grabando en mi memoria cada detalle de su piel blanca, cada gesto, cada facción. En ese momento, que pudo ser segundos, ó pudo durar una eternidad, me sentí otra vez vivo. Noté que su ritmo respiratorio empezaba a aumentar y que se estaba asustando por mi presencia, que no dejaba de ser sobrenatural, pero cuando iba a decir algo ó a moverse, puse, suavemente, mi dedo índice en su boca. Al segundo siguiente, mi mano acariciaba su rostro. Ella cerró los ojos con delicadeza, tal vez dejándose llevar por el momento... o quien sabe por qué. Quise decirle lo mucho que me conmovía estar a su lado, lo mucho que me enloquecía la idea de perderla y que se fuese, que ya no pudiese verla más y que se olvidara de alguien que, en realidad, es un hombre muerto. Pero no quería jugar con el momento. La conversación visual, espiritual, basada únicamente en sentimientos, pareció hacerse más intensa. Si los ángeles existen, debían sentirse así... tan cercanos a Dios.

    Me levanté de la mesa y salí del club sin dejar de mirarla, con la certeza de que me seguiría. Y así lo hizo. Me siguió hasta la oscuridad, bajo la lluvia. Su cabello mojado realzaba su belleza. Caminó hacia mí y nos vimos frente a frente. Estaba tan llena de dudas, de preguntas, pero no hizo ninguna. Volví a acariciar su rostro y, casi sin pensarlo, la abracé. Su cuerpo respirante accedió a estar entre mis brazos. Si ella no sintiese algo ¿Estaría actuando como actuaba conmigo en ese momento? La lluvia pareció detenerse durante ese abrazo. Las gotas se paralizaron en el cielo, se callaron las voces y los ruidos de la calle. Éramos sólo ella y yo. Era perfecto. Diez razones para estar vivo, que se resumían todas a una, que estaba entre mis brazos, protegida de las gotas suspendidas. Nos separamos del abrazo y, teniéndola así, con su rostro tan cerca del mío di gracias en silencio por ese momento, un momento que no habría cambiado por ninguno de los anteriores en 720 años. Sin darme cuenta, una gota roja se deslizó por mi pálido rostro de mármol. Una lágrima, salida de mi ojo izquierdo, manchada con el líquido que necesito para despertar, como todos los demás fluidos de mi cuerpo. Ella tomó la lagrima en uno de sus dedos y sus ojos se bloquearon en los míos. Supe (no sospeché ni presentí, lo supe) que se sentía asustada y, a la vez, confiada. Como impulsado por una mano invisible acerqué mi rostro al suyo y terminamos fundidos en un beso, inmortal, infinito. Habría congelado todo el mundo, toda la historia, sólo para permanecer junto a ella en ese instante, por toda la eternidad. Cuando mis labios se separaron de sus suaves labios, deslicé mi boca hasta su oído.

    - Te amo..., susurré
    Toda mi vida se había reducido a ese momento. Corrí lentamente mis labios hasta su cuello e, impulsado por la bestia que llevan por dentro los de mi especie, la mordí.

    Dio un corto quejido, pero apretó mis brazos con sus manos. Su sangre era como ella misma, intoxicante, estaba dentro de mí, debajo de mi piel, detrás de mis ojos... en mi garganta, en mis dedos, en mis labios, adentro de mi pecho. Es trágico tratar de explicar un sentimiento que no puede ser explicado con palabras. Mi corazón volvió a latir, por la sangre cálida y dulce de mi amada y nuestros corazones empezaron a latir tras el mismo ritmo. Hasta que llegó el momento en que el latido de su corazón empezó a debilitarse. Separé mi boca de su cuello y caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Me maldije por un momento, con la cara hacia un lado, pero ella me sujetó entre sus manos y me hizo mirarla a sus ojos hipnotizantes.

    - Yo... lo siento much..., empecé a decir
    - Shhh? dijo ella

    El mundo seguía congelado y no era importante. Era como esas veces en las que sólo existes tú y esa otra persona. Nada de lo que hubiese pasado más allá de nuestra cúpula de cristal tenía significado.

    - Eres un ángel, susurró
    - No lo sé. ¿Son los ángeles incapaces de amar?
    Ella pensó la respuesta por un momento.

    ¿Cuál es la diferencia entre el amor mortal y este amor que sentía yo? Ninguna. No necesitas ser inmortal para sentir lo que yo estaba sintiendo, una poderosa emoción en la que la voluntad y el sentimiento son la misma cosa.

    - ¿Qué... quien eres?, preguntó
    - Sé que temes a que te haga daño... pero al mismo tiempo estás aquí, impulsada por quién sabe qué. Y quiero que sepas que moriría antes de hacerte daño.
    Y miré la herida en su delicado cuello.

    Nuestras manos estaban agarradas, pero las solté, con un dolor que era casi físico. La había mordido y, por un momento, me había alimentado de ella. No podía arriesgarme a hacerlo de nuevo. Para ella estar conmigo era peligroso, para mí estar sin ella era mortal. Pero no podía permanecer ahí, siendo una amenaza, mientras ella estaba débil. Empecé a marcharme, en la oscuridad.

    - Volverás a verme, le dije, moviendo los labios, pero sin emitir un solo sonido, con su sabor corriendo por todo mi cuerpo y sus manos tatuadas en mi piel...

Claustrofobia.



    La cueva, ante sus ojos, parece tener un raro poder hipnótico.
    La entrada es poco más alta que el tamaño medio de un ser humano. Quizá un metro noventa, o quizá menos...
    Pero Toño se siente irresistiblemente empujado a entrar en ella.
    Algo, en su interior, grita desesperadamente. Le previene de que no debe traspasar el umbral de piedra.
    Toño vacila.
    Da un paso.
    Luego otro vacilante, luego otro más seguro...
    Finalmente, penetra decididamente en el oscuro agujero.

    El interior no es tan oscuro como él temía. Avanza entre un olor dulzón a tierra húmeda. Las paredes, efectivamente, rezuman humedad, minúsculas gotas que resbalan lentamente, como perezosas lagartijas, roca abajo, hasta ser absorbidas por la tierra que tapiza el suelo de la cueva.
    El pasillo se alarga, entre curvas suaves. Toño nota que sus cabellos rozan algo. Es el techo de la cueva. Parece como si el techo estuviera cada vez más bajo. Quizá el pasillo se estrecha paulatinamente a medida que se prolonga...
    Esa sola idea basta para atenazarle el corazón. Su corazón, débil y enfermizo de por sí... un corazón aprensivo que no resiste la idea de cuatro paredes cerradas...
    ¡CLAUSTROFOBIA!
    Esa es la palabra...
    Y en ella refleja todo su temor. Un temor formado por una parte de morboso placer, que le empuja a seguir adelante por el corredor de piedra a sabiendas de que las paredes son cada vez más estrechas y el techo y el suelo se hallan cada vez mas cerca...
    La fuerza invencible sigue empujándole adelante, aunque ahora debe caminar ya agachado...
    La luz disminuye. Debería haber desaparecido ya, pero aún basta para vislumbrar levemente el camino que se extiende serpenteante ante él. Un brusco descenso del techo. Toño tiene que caminar sobre sus rodillas y sus codos para seguir avanzando.
    Aquella depresión del techo pasará pronto... tiene que pasar... y luego podrá seguir caminando normalmente, erguido, quizá incluso se halle en una caverna natural con estalactitas y estalagmitas... Una foto de las Grutas de Cacahuamilpa pasa fugazmente ante sus ojos.
    Respira fatigosamente, con una extraña opresión. El esperado ensanchamiento no llega. En vez de eso, el paso entre las paredes de piedra es cada vez mas angosto, obligándole a arrastrarse como una serpiente para seguir avanzando, empujado por alguna extraña e incomprensible fuerza...
    Asustado, Toño se da cuenta de que ya no tiene espacio ante él. El corredor, angosto como una conejera, termina bruscamente ante la piedra que forma el corazón de la montaña, como si algún desalentado ingeniero hubiera dejado su trabajo e medio terminar...
    Claustrofobia...
    El asfixiante terror a los espacios cerrados hace presa en él.
    Debe volver atrás, rápidamente, ganar la salida, el cielo azul, el aire fresco, la,...
    No, no es posible.
    ¿Por qué no puede retroceder?
    Sus manos se apoyan fuertemente en el suelo a fin de intentar impulsarle hacia atrás... pero es inútil.
    No puede moverse. Por lo menos, no con ayuda de las manos.
    Entonces son las rodillas las que, desesperadamente, tratan de constituirse en punto de apoyo para impulsarse hacia atrás. Pero sólo consigue desgarrarse la tela del pantalón y desollarse la piel.
    No puede moverse. Está clavado en el suelo, con la roca sobre su espalda, bajo su pecho, ante su cabeza y quizá, muy posiblemente, detrás de sus pies...
    Como una película, un brutal zoom hacia atrás le hace ver a si mismo prisionero en una inmovible cárcel de piedra, con toneladas de piedra sobre él y debajo de él, por delante, por detrás, como si ahora también él formara parte de la montaña que le ha aprisionado en sus entrañas...
    Abre la boca.
    Llena sus pulmones de aire viciado, húmedo, oscuro, con sabor a tierra. Un alarido desesperado, desgarrador, salvaje, brota de su garganta.

    -Toño... por Dios, ¿qué te ocurre?
    La mano de Ana, fuertemente, le sacude.
    El final del alarido sale, agonizante, de sus pulmones.
    -Toño... ¿qué tienes?
    Mira a su alrededor. Un armario, un rectángulo de luz que viene de la calle. Lo único que toca su cuerpo es la ropa del pijama, y encima de ella la de la cama.
    Ana, preocupada, le mira con cierta inquietud.
    -Ha sido ese sueño otra vez, ¿verdad?
    -Si... el horrible... ¡me moriré si sigo soñando eso! Mi corazón... no lo resistirá...
    -Tranquilízate, cariño... mañana volveremos otra vez a ver al cardiólogo.
    Y, si es necesario, a un psicoanalista. Pero tienes que dejar de soñar esas cosas horribles...
    -¿"Esas", dices? No, Ana... Sólo hay una pesadilla... sólo una... siempre la misma...

    El médico retira los cables, que se han calentado al contacto con el cuerpo de Toño.
    Luego, tira de una larga hoja de papel y observa los grafismos de cordillera que la cabeza lectora ha impreso en ellos.
    -Tenemos que cuidarnos, amigo- dice, empleando ese "nos" tan característica y paternalista de los médicos.
    -¿Estoy peor?
    -Bueno, no es eso exactamente... pero no hay mejoría, que es lo que nosotros esperábamos. Ese corazón está muy fatigado...

    -Toma... aquí tienes las gotas...
    Toño, obedientemente, las toma mientras Ana acaba de abrocharle la chaqueta del pijama y pasa cariñosamente los dedos por la piel de su pecho.
    -No te desmoralices, ¿quieres? No me gusta verte deprimido...
    Toño asiente, en silencio. Su frente se puebla de un sudor frío. Acaba de presentir que volverá a tener la pesadilla.
    Se tumba en la cama, se arropa, aprieta las sábanas en torno a su cuerpo como para protegerse de un enemigo invisible y viscoso que caerá sobre él en cuanto Ana apague la luz de la mesilla de noche...

    La cueva. La oscuridad.
    Olor a humedad, un pasillo cada vez más angosto... piedras que aprisionan su pecho, su espalda, toso su cuerpo...
    Un alarido. Otro más. El último.

    Ana, sobresaltada, toca el cuerpo de Toño. Rígido, frío. Sus ojos están clavados en el techo, como si éste se hubiera movido, como si hubiera bajado para aplastarle...
    Su corazón no late desacompasado como es habitual después de su pesadilla. Ana aplica el oído al pecho de Toño. Nada. Silencio. Su corazón se ha detenido.

    Todo es oscuro. Toño abre los ojos. La pesadilla otra vez...
    Sigue el olor a tierra, y el olor a humedad. Intenta mover los brazos, pero no puede. Quizá con las rodillas...
    Pero, como es habitual, tampoco las rodillas sirven.
    Tendrá que gritar para despertarse y acabar con aquella horrible angustia.
    Abre la boca. Va a gritar. Pero, de repente, algo cruza su mente.
    Hay algo distinto. ¿Qué es?
    La posición... no está boca abajo, como cuando lucha desesperadamente para salir del túnel.
    No. Está boca arriba. Boca arriba...
    Y hay otro olor. Un olor nuevo, aparte de la humedad, la tierra... un olor a madera.
    A madera recién barnizada.
    Toño adivina que el barniz es de color negro. Y advierte ahora el movimiento exterior... un movimiento de balanceo...
    Un golpe brusco. Es el final del viaje. Algo blando cae sobre él, sin tocarle, pero Toño oye el ruido, nota la vibración. Olor a tierra Húmeda, recién movida...
    Intenta gritar, pero ningún sonido sale de su garganta. Y las paletadas de tierra, lenta e inexorablemente, caen sobre la tapa de su ataúd mientras Toño desgarra sus uñas contra la madera, en un salvaje e inútil intento por sobrevivir...
    Su palabra terrible, claustrofobia, se une ahora a otra mucho más terrible aún: catalepsia...
    ¿Por qué no esperaron un poco entes de enterrarlo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ...

Castigo del tiempo.

  Momentáneamente, el aislado cuarto sin ventanas quedó envuelto en la penumbra a causa de una violenta variación en el voltaje. Un clic metálico se escuchó de pronto, y una nube de color verdoso brillo bajo la pálida luz de una lámpara de escritorio. Roger Krankeit sonrío complacido; no tenía fuerzas para más. Su mayor invento, finalmente, estaba hecho. Después de días y noches de trabajo y sufrimiento, la mayor creación de la imaginación humana había tomado forma: Krankeit acababa de inventar la tan soñada máquina del tiempo. Orgulloso, contempló con deleite el pequeño artilugio lleno de cables y minúsculos botones. Era pequeño, en efecto…perfecto para ser utilizado cuando Krankeit lo dispusiera; perfecto para cumplir todas las posibilidades que había imaginado. Podría viajar al pasado y absorber el conocimiento de las épocas y los grandes científicos. Conocería a Bohr, Einstein o al mismo Galileo. Mejor aún, viajaría al futuro y utilizaría sus conocimientos para aplastar a los hombres de ciencia modernos…podía hacer todo lo que quisiera.

    Pero la ambición de Krankeit fue más allá de lo que había imaginado hasta entonces.
    Sus pensamientos formaron una idea ansiosa y punzante: iría hasta el momento en que el hombre apareció en el mundo. Contemplaría a los primeros humanos y, tal vez, hasta podría convertirse en una figura de adoración al revelarles secretos y enseñanzas. Sí…sería un Dios para ellos.

    El artilugio emitió un largo zumbido y dejó escapar una nube de humo amarillento por su punta en forma de espina. Estaba ansioso por ser utilizado…
    ¡Al diablo el presente! Krankeit escaparía hacia el pasado y formaría su propio futuro, un futuro en que el fuera el hombre más grande. Presionó algunos botones y su máquina quedó lista para el viejo. Antes de ello, Krankeit se dirigió hacia un destartalado escritorio y tomó un viejo y pesado revólver de calibre .45 Colt.
    Potencia, justo lo que requería para su expedición. No sabía con que bestias prehistóricas podía enfrentarse…lo mejor era ir bien preparado. Guardó el arma en un bolsillo de su blanca bata de laboratorio y tomó entre sus brazos al pequeño artilugio. Bajó un par de palancas e –inmediatamente- una niebla obscura y espesa cubrió sus ojos.

    Una nausea terrible se apoderó de el y sintió que la cabeza se desprendía de su cuello. La niebla, poco a poco, comenzó a disiparse, y Krankeit pudo ver con claridad. No se encontraba ya en su miserable cuarto de trabajo. Ante sus ojos se extendía una llanura gigantesca y solitaria. En el cielo brillaban tres soles anaranjados, y una serie de arbustos completamente desconocidos poblaban el suelo fértil, hirviente de insectos negros y asquerosos. Algunas cuevas, probables refugios de bestias, podían ser observadas a lo lejos, y Krankeit dirigió sus pasos hacia ellas; la fascinación inicial se había convertido en la ansiedad del descubridor. Al acercarse a una gruta y encontrarla vacía, escuchó un ruido sordo que provenía de su espalda. Giró su cuerpo y dejó escapar un grito al observar la cosa que había estado detrás de el. Un ser horrendo, semejante a un mono deforme, lo miraba detenidamente con unos ojos gigantescos y brillantes. El ser caminaba a cuatro patas, siendo estas velludas y enormes, como las de un gorila. El monstruo abrió su horrenda boca, dejando ver una hilera de dientes putrefactos y una lengua negra, mientras emitía un aullido temible, salvaje. Krankeit no esperó más. Con un movimiento rápido echó mano de su revólver y descargó un tiro contra la bestia. La detonación sonó brutalmente, y el eco se encargó de repetirla. El monstruo cayó al suelo, herido fatalmente. Por un momento intentó arrastrarse por el suelo, dejando un camino de sangre verde y hedionda, pero Krankeit apretó el gatillo de nueva cuenta. La bala penetró en uno de los ojos de la bestia, destrozando su cerebro y matándolo finalmente. Todo quedó en profundo silencio después. La pequeña máquina del tiempo gritó a su manera, con un zumbido profundo y metálico. Sobresaltado, Krankeit contempló con horror como el artilugio comenzaba a desmoronarse poco a poco. Como si un terrón de polvo deshecho por el viento se tratara, la máquina desapareció con lentitud, quedando en su lugar el vacío más completo. Por un momento
    Krankeit quedó en shock, pero eso duró poco, puesto que no pudo evitar llorar de pánico al ver que él mismo se desintegraba. Manos, piernas, brazos…su cuerpo se deshacía inevitablemente, hasta que no quedó absolutamente nada. En la llanura silenciosa, sólo permanecieron los insectos, que quedaron destinados a dominar la tierra desde ese momento. Miles de años de civilización humana se desintegraron con
    Roger Krankeit. Con su pesado revólver .45, había matado al primer antepasado del hombre.

Cara de cuero.

    Una idílica tarde de verano se convirtió en una pesadilla. Durante treinta
    años los expedientes acumularon polvo en la sección de casos no resueltos del FBI.
    Más de trece piezas de evidencia fueron recogidas en la escena del crimen, la
    residencia Hewitt. Los hechos acaecidos llevaron a una de las leyendas más bizarras
    de los anales de la historia americana: "La Masacre en Texas”

    Silencio. Debía hacer silencio.Sabía que su vida dependía de ello.

    No importaba cómo se había metido en esa situación, no importaba que iban a Dallas,
    no importaba que llevaba un regalo para su tía Maggie, nada de eso tenía sentido
    ahora. Ahora lo único que tenía importancia era que tenía que permanecer callada,
    con el cabello pegado a la piel por el sudor, inmóvil. Tal vez hasta tendría que
    parar de respirar. Tal vez hasta pararía de respirar y se ahogaría ella misma y, si
    eso pasaba, todavía salía ganando. Porque todo era mejor que eso. Cualquier cosa era
    mejor que parar como todos los demás. Él estaba ahí afuera. Ella sabía que él estaba
    ahí y él sabía que ella estaba ahí. De pronto la carretera de Tejas había dejado de
    pertenecer a Los Estados Unidos de América para ser un anexo de la República Popular
    del Infierno. Sólo que a nadie se le ocurrió avisarle a ellos.

    El calor. Maldito calor. Cuando es de noche ¿No se supone que debe hacer frío?

    Karen trató de absorber todo el aire que pudo con la boca, cerró los ojos y los
    apretó para no llorar. Empezó a temblar violentamente y tuvo que abrazarse para
    controlarse. Porque Él lo sabía todo. Él le había dado caza y si ella se
    movía, aunque fuese un mínimo temblor, Él lo notaría, la sacaría del armario, la
    tiraría contra el suelo y la descuartizaría con su sierra. Porque así había pasado
    con todos los demás. Y de cierta manera trastornada, Karen deseaba que sucediera de
    una vez, porque así todo terminaría. No le importaba si el malnacido la cortaba
    en pedacitos, se la llevaba a su casa, se la ofrecía a su familia, le echaban
    pimienta y se la comían. No le importaba eso. Hasta podría salir del armario y rogar
    por que el golpe con la sierra fuese fatal y rápido. Hubiese salido, de no ser
    porque sí le importaba.

    El calor. Hacía calor, demasiado calor como para poder pensar. Una gota de sudor
    bajó desde su frente hasta sus párpados y se metió poco a poco en sus ojos,
    haciéndoselos arder. Pero no se la limpió ni se restregó la cara. Por favor, Karen,
    en este momento no, después puedes moverte todo lo que quieras,
    después puedes bailar lambada si quieres, pero en este momento no te atrevas a
    moverte.
    Una pulsada de dolor le latió en el anular derecho y casi le arranca un quejido.
    Cuando estaba corriendo de la camioneta (es decir, cuando tuvo que saltar por la
    ventana, porque Él estaba tratando de entrar por la puerta), cayó sobre el suelo de
    tierra y piedras apoyada en su mano vertical. Se partió unas uñas y se fracturó el
    dedo. Sólo se dio cuenta mucho después. Había escuchado de las reacciones físicas
    provocadas por el miedo, pero nunca se imaginó que fuesen tan poderosas. Se había
    roto el dedo y golpeado con fuerza la rodilla, pero en ese momento ni siquiera se
    percató de ello...
    (porque Él estaba ahí...)
    se levantó y corrió
    (detrás de ella con la sierra)
    hacia la oscuridad del bosque
    (e iba a matarla)
    hasta que se la tragara.

    Ya habían pasado
    varios minutos desde que se había escondido en la casa (con la muerte pegada a los
    talones) y no habían señales de Él por ningún lado. No sabía decir cuántos minutos
    llevaba escondida, pero eran varios. Tal vez más de los que sabía, porque en esta
    parte de la República Popular del Infierno el tiempo pasa como un fantasma, a veces
    rápido, a veces lento. La sierra no se dejaba escuchar ni olía el combustible. Tal
    vez se había rendido y se había ido a su casa. ¿Por qué no? Después de todo, ya
    tienen otras cinco piezas de carne que pueden cenarse.
    No pudo creer que había pensado algo tan monstruoso como aquello y, en ese instante,
    sólo quiso vomitar de asco por sí misma y morirse. No eran cinco piezas de carne,
    eran sus amigos. Una de esas piezas de carne era su novio. El novio que ella amaba y
    con el que iba a casarse, el novio con el que había planificado el sueño de una
    vida. De todas las personas
    en el mundo ¿Por qué a ella? Todo esto era mentira, tenía que serlo. Era una gran y
    larga pesadilla, de esas que son tan lúcidas que parecen de verdad. Eso tenía que
    ser. Eso tenía que ser porque era imposible que existiesen personas tan enfermas y
    tan malvadas como para hacer lo que le estaban haciendo. Dios no podía permitir
    semejante cúmulo de maldad en el mundo.

    (Es que no estás en el mundo, cielito. Estás en Las Montañas de la Locura, circulo
    siete del infierno, más allá de dónde Dios alcanza. Y así tratamos a los forasteros
    por aquí. Porque yo conozco a las de tu tipo, pequeña perrita. Sólo desprecio y
    crueldad para mi muchacho. ¿A alguien le importa lo que me pase a mí y a mi
    muchacho?)

    Basta. Basta, Karen, basta. Te estás volviendo loca. Necesitas todo lo que puedas de tu mente
    para cuando le digas a la policía lo que pasó. Tienes que describirlo, tienes que
    decirle como es la casa, como es la familia, como la sierra, bajo el sol, refleja
    los dientes en tus ojos como un aguijonazo. Bueno, la policía iba a aparecer. Tarde
    o temprano, la iban a sacar de ahí. Había una van hecha trizas, con manchas de
    sangre, en el medio de la carretera. Una patrulla iba a pasar, la iba a encontrar e
    iba a pensar que era raro. Empezarían a buscar y darían con ella, vivita y coleando.
    No importaba que ella se veía tan sucia como un prisionero en un campo de
    concentración, ni que se había orinado en los pantalones cuando vio al Cara de Cuero
    por primera vez. El olor, ahora intensificado por el calor, lo rodeaba todo. Era
    posible que el Cara de Cuero la atrapara siguiendo sólo el olor. Después de todo, no
    es un ser humano. No es un pobre desgraciado con un problema en la piel, como dijo
    la Abuela. No es un psicópata que usa caretas de pieles humanas para esconder su
    cara. No es un asesino enfermo que usaba una sierra mecánica para matar y que en ese
    momento estaba portando la cara de su novio como una máscara. Era un demonio salido
    de los más oscuros pozos del tormento, una bestia omnisciente cuya herramienta, la
    sierra, parecía estar pegada a sus dedos, cual espada de Damocles. Todavía lo veía
    persiguiendo a Donna. Karen grita “¡Corre!”. Donna se mueve como en cámara lenta, se
    tropieza y se cae al suelo. El Cara de Cuero la alcanza. Donna coge una lámina de
    metal del suelo y la interpone como un escudo. La sierra echa chispas cuando choca
    con la lámina. Karen debió hacer algo en ese momento, como coger un tronco grande, ó
    el bate de Tobe, y darle por la cabeza al mostrenco ese. Pero en vez de eso se quedó
    ahí, parada, congelada de miedo, mirando la escena. Su cerebro le ordenaba que se
    voltease y que corriera lejos, pero no había conexión. Las órdenes no llegaban a sus
    piernas. La sierra pasa resbalando al suelo de tierra, Donna tira la lámina, se
    levanta y empieza a correr otra vez. Pero Cara de Cuero hace algo con la sierra. En
    un segundo la levanta sobre su cabeza con las dos manos. En el siguiente la balancea
    hacia atrás y en el siguiente la balancea hacia delante, por debajo de la cintura de
    Donna. Hay un ruido, como el de una rama fuerte que se rompe cuando la pisas. Karen
    ve unas gotas negras en la oscuridad salpicar el suelo y algo se desprende de Donna.
    Donna cae al suelo y trata de agarrarse la pierna derecha, pero no hay más pierna
    después de la rodilla. Hay un nuevo olor, un olor penetrante, el olor de la sangre.
    Donna grita, Karen grita, el monstruo robusto de casi dos metros hunde la sierra en
    el bulto que yace en el suelo y que antes se llamaba Donna. Donna deja de gritar.
    Cara de Cuero se voltea hacia Karen y, por un breve momento, Karen se da cuenta de
    que la cara del asesino es la misma cara de Tobe, con ciertos defectos, claro,
    porque la piel no es perfectamente elástica. Hay que curtirla un poco y aplicarle
    algunas cremas hidratantes y esos campesinos no tienen nada de eso por aquí. La
    película se nubla y Karen trata de salir corriendo. Pero, oh, ya es demasiado tarde,
    Él la ha atrapado...

    Cuando recuperó la conciencia lo primero que pensó fue que estaba muerta y que
    estaba conociendo el más allá. Luego siente sofocación, dolor de cabeza, calor y el
    dedo le duele. Dolor es igual a vida. Por un instante se sintió enormemente
    desgraciada de estar viva, por primera vez, luego el sentimiento desaparece cuando
    por encima de su cara aparece otra, portando el sombrero de alguacil. Gracias a
    Dios, gracias, tiene que ayudarme, trató de decir, pero sólo murmuró
    “Mmmmmmaaaaaaaa—gggg-------aaaaa”
    - Shhh- dijo el alguacil – Tranquila, cielito, tranquilita-
    - Por... ayude... amigos...- balbuceó
    - Ya, ya, están aquí todos-
    Karen trata de mirar alrededor, pero se siente confundida, perdida, como si
    estuviese pasando por un viaje de LSD. En un principio parece un palacio, pero luego
    va tomando forma y es una cocina, polvorienta y hay óxido en la puerta del
    refrigerador. Hay algo en una enorme olla que parece familiar...
    (un brazo)
    pero Karen descartó la posibilidad de estar viendo algo así. La pesadilla había
    terminado, aún cuando nada de lo que pasaba ahora carecía de sentido.
    - ¡Abuela!- grita un niño afuera de la casa -¡Abuela, déjeme entrar!-
    Una mujer aparece, con un peinado anticuado, y lentes. Sus ojos son claros. Karen se
    sintió ridícula, se parecía a su propia abuela.
    - ¡Tú quédate afuera con los perros!- grita la Abuela -¡Hasta que aprendas a seguir
    las reglas!-
    Todo es confuso y extraño, pero Karen recuerda a la Abuela, cuando les ofreció ayuda
    en la carretera, poco después de que la camioneta se descompusiera. Definitivamente,
    cuando algo malo va a pasar no hay manera de escaparle al destino.

    Unas manos la manosean descaradamente y vuelve en sí, mirando al Alguacil.
    - No te vas a ir a ninguna parte, niñita-
    Karen toma una bocanada de aire y trata de moverse, de escapar, pero no puede. El
    Alguacil sujeta su cabeza entre sus manos. Por ese momento, es suficiente para
    controlarla.
    - Dale un chance- suena una voz masculina en la cercanía
    - ¡Tommy!- grita la Abuela - ¡Mira el jodío desastre que hiciste en la casa
    persiguiendo al ganado!-
    - Nah, mama- dice el Alguacil – Tommy es un buen muchacho-
    - Un muchacho muy dulce- dice una voz femenina
    - Usted cállese, cretino- le dice la Abuela al Alguacil
    Karen levanta una mano y trata de apoyarse. Lo consigue a medias.
    - Por favor... déjenme ir-
    La Abuela se quita los lentes y la mira cara a cara, con una sonrisa solemne, la
    sonrisa de quien ya ha recibido esa petición en el pasado.
    - Pequeña perrita- dice
    Karen trata de preguntar por qué le hacen esto, por qué le hacen daño, pero no logra
    emitir ningún sonido. Alguien cocina carne cerca.
    - Yo conozco a las de tu tipo- dijo la Abuela – sólo desprecio y crueldad para mimuchacho-

    Hay un rumor al fondo, un rumor gutural. No es de ira, sino de tormento. Es un rumor
    adolorido de quien ha escuchado eso miles de veces, de quien ha sido torturado por
    esas palabras.
    - Todo el tiempo mientras crecía. Burlándose de mi pobre Tommy. ¿Acaso a alguien le
    importa lo que me pase a mí y a mi muchacho? ¿AH?-
    - ¡Ayúdenme! ¡Por favor!- gritó Karen
    - ¡Tommy! ¡Ven acá y controla a tu novia!- llamó la Abuela
    Karen lo sintió todo como si fuese con otra persona, como si se refirieran a una
    miss Universo de un país lejano, como si lo viese todo a través de una pantalla.
    Creyó que Tommy y su novia eran una parejita bonita, como la que hacía ella con
    Tobe. Entonces baja la mirada y comienza a gritar y a patalear cuando el Cara de
    Cuero atraviesa el umbral de la puerta, viniendo por ella.
    - Ya le daremos un buen uso a esa carnita tuya- dice el Alguacil
    Hay un flash y lo único que Karen sabe es que está corriendo en medio de la
    oscuridad y que lleva al Cara de Cuero a las espaldas, escuchando a la sierra como
    si la tuviese encima. Alcanza a ver la casa abandonada en medio del bosque y entra.
    Voltea y ahí está él, detrás de ella, vistiendo un delantal de carnicero manchado
    con sangre. Karen cierra la puerta y recorre la casa. Encontró el armario y se
    escondió en él. Y ahí seguía ahora. Podía pasarse el resto de su vida ahí metida.
    Piezas de carne, los Simpson, Tommy y su novia, ¿Qué mas seguía? ¿Cómo perdí la
    virginidad? Es impresionante la cantidad de basura que te tira la mente cuando no la
    tienes ocupada en algo. En algo productivo, es decir. En este momento Karen se
    sentía distraída de todo lo demás, sólo podía pensar en Él, su presencia era
    completa y...

    Un sonido. Eran pasos y estaban en la casa. El Cara de Cuero la había encontrado.

    Karen no habla nunca de su experiencia en el desierto tejano, y es que no la
    recuerda. Afortunadamente, la mente humana tiende a olvidar, a borrar de la memoria
    los eventos estresantes, los momentos de intenso shock. Es la única forma que la
    memoria tiene de defenderse a sí misma, porque si no existiera, estaría loca.
    Todavía no puede dormir sóla ni con la luz apagada, tiene pesadillas muy a menudo,
    por no decir a diario, y no sabe por qué, no puede comer carne. Los policías que la
    encontraron dijeron que cuando la hallaron, tirada en el medio de la nada, estaba
    tan cubierta en sangre y tierra que creyeron que estaba muerta. Luego se despertó de
    golpe y empezó a gritar “¡nos comimos a Uther! ¡Nos comimos a Uther!”. No sabían de
    ningún Uther por la zona y, cuando Riggs, uno de los oficiales, le contó a su mujer
    esa noche lo que había pasado, lo hizo diciéndole:
    - Esa chica debió de ser linda en otro momento. Pero todo lo que pude ver fue la
    mirada perdida y vacía de los locos, de los que viven en sanatorios mentales. Esa
    chica estaba muy mal. Pobrecita... pobrecita...-
    De más está decir que no puede subir a un vehículo de motor ni escuchar una
    motocicleta cerca, porque le entran ataques de nervios violentos y las enfermeras
    deben administrarle calmantes. Ciertamente la chica pasó por algo terrible, algo
    realmente horroroso, pero es una lástima que no pueda contarle a nadie lo que pasó.
    Tal vez si pudiera ayudaría a salvar una ó dos vidas. Ayudaría a otros a poder
    escapar de la sierra mecánica que dejó huellas de sangre en las arenas del desierto
    tejano.

666.

 Estaba escrito que el fin del mundo, el Apocalipsis, llegaría por obra del hijo de Satán, el Anticristo. Satán, como ya había hecho en anteriores ocasiones a lo largo de la historia, viajó al mundo terrenal con apariencia humana. Como las otras veces, buscó una mujer joven y fuerte para que fuera la madre de su hijo. Tenía que ser una mujer casada, y que mantuviera relaciones con su marido periódicamente para no despertar sospechas. Se encaprichó de una joven rubia y atlética, muy atractiva. Entró en su casa y la poseyó practicando el sexo más salvaje y depravado que se pueda imaginar. Satán con su malvado poder hizo que su mente lo olvidara, y nueve meses después nació su hijo. Su nombre era Software. Este niño empezó a prepararse para su misión estudiando a sus hermanos de tiempos pasados: Atila, Gengis Khan, Hitler… Todos ellos fueron hijos de Satán que fallaron en su misión. Al igual que ellos se preparó para ser un gran líder y formar un poderoso imperio.

    Creció observando a los humanos para conocer sus debilidades, haciéndose pasar por uno de ellos, ganándose su confianza. Viendo que todos sus hermanos fallaron a pesar de haber construido grandes imperios, decidió cambiar de táctica. Su imperio no debía ser militar. Se fijó en el posible potencial de la industria informática, y vio en ella su medio para dominar a los humanos. Utilizando su poder sobrenatural, empezó a apoderarse de diversos sectores de esta industria, y logró formar un poderoso imperio informático. Ya formado, el Imperio extendió sus malévolos tentáculos introduciéndose en todos los campos empresariales e industriales. En poco tiempo toda la economía mundial estaba bajo su poder. Ninguna empresa, ningún banco, nada podía funcionar sin los programas informáticos del Imperio. Incluso estaban bajo su dominio usuarios particulares en sus casas. El Imperio llegó a tener más adeptos que cualquier religión del mundo.

    Como una secta destructiva, obligó a sus súbditos a pagar un tributo cada poco tiempo. Había que comprar actualizaciones de los programas continuamente, pues estos se quedaban obsoletos en cuestión de semanas. Todos los programas del Imperio fueron la droga más usada del mundo. Prácticamente todo el planeta estaba enganchado. Software en su trono se reía viendo como los pobres humanos intentaban inútilmente manejar sus productos. Pero estos fallaban inteligentemente, arruinando proyectos, trabajos, vidas. Todo el planeta sufría pero no podía hacer nada, eran adictos a las drogas informáticas del Imperio.

    Pero esto no era suficiente, el broche final para llevar a cabo su plan fue el "Efecto 2000". Algunos profetas lo predijeron, y los humanos aterrados intentaron prepararse para ello durante meses, pero fue inútil. El 31 de diciembre de 1999 a las 00:00 h, cuando comenzó el año 2000, empezó también el Armaguedón. Todos los ordenadores fallaron, la industria y la economía se colapsó, la electricidad dejó de funcionar, los trenes descarrilaron, los aviones se estrellaron… Los misiles de todos los países se dispararon controlados por los ordenadores, destruyendo todas las fuerzas militares y policiales del mundo. El caos y la destrucción reinaron en la Tierra. La ley había sido eliminada, los humanos empezaron a pelearse por comida y ropa. Pero había desaparecido todo vestigio de humanidad en ellos. Ya no eran humanos, se comportaban como alimañas egoístas y enloquecidas, peleándose y matando por un trozo de pan. Software había triunfado.

    Por fin un hijo de Satán se había apoderado del mundo. La risa de Satán resonaba ensordecedora en los confines del infierno. Dios observaba apenado como su creación se había destruido. Pero aquello no fue el fin del mundo, fue un nuevo origen. Satán mandaba ahora y Dios era el que debía actuar en las sombras. Se había producido un cambio de Dirección General, y aquello era solo el principio…