viernes, 30 de agosto de 2013

La noche del amor. Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)


¡Maestro de las Cortes Suspirantes,
Dónde se conjuran las formas del sueño!
¡Escuchad! Mi espíritu exhorta
Todos los poderes de tu feudo
En auxilio de mi Dama.
¿Qué respondes, oculto y altivo
Señor de las Cortes Invisibles?

Vaporosos, inabarcables,
Las Tierras del Sueño yacen en despojos de luz,
Vacías como cáscaras de aire.
¡De mis fantasías se me permite
Elegir un sueño y guiar su vuelo!
Conozco bien (y te conozco, doncella)
Lo que tus sueños deben decirte esta noche.

Allí los sueños son multitudes:
Algunos no esperarán hasta dormirse,
Profundo en el bosque de agosto;
Alguien mientras descansa tal vez
Caiga en el letargo del labor;
Interludios,
Algunos, con gravedad han de llorar.

Allí residen todas las fantasías de los poetas:
Las damas élficas bailan entre alados valles,
Ahogados en ráfagas lastimeras;
Allí se percibe el perfume, allí en círculos
Gira la espuma desconcertada de los manantiales;
Sirenas,
Vientos mareados sobre sus cabellos, cantando.

Un sólo sueño nupcial ha sido soñado en común,
Pobre éxtasis de la vigilia;
Visiones esquivas que hacen gemir
Al solitario en su cuarto natal;
Y que nosotros apenas vemos
A través de los postigos de la muerte,
Desconocidas.

Pero en mi propio dormir, yace
En una agradable forma plácida,
Radiante en sus ojos honorables,
Lámparas de su alma traslúcida:
Su mirada es el bien más amado,
Dulce y sabia,
Dónde el amor define su centro.

Me fue arrebatada, mis sueños persisten
En un trance pegajoso, y el cielo teme:
Cambiando senderos y caídas
En un fétido refugio cercano,
Miserables fantasmas que suspiran;
Temblando en sus cofres,
Mientras el funeral pasa de largo.

Maestro, se dice con verdad que,
Así como los ecos de las palabras
Traicionan sus secretos en las hendiduras,
Los cuerpos de los hombres viajan
Como sombras por playas sumergidas.
¿Son la esencia o la sombra
Las que habitan en aquellos salones?

¡Ah! Yo podría, por vuestra inmensa gracia
Que custodia la escalera del viento,
(La oscuridad y el aliento del espacio
Como aguas inciertas cubriendo todo)
Encontrar allí mi propia imagen,
Cara a cara,
Y desde allí hasta donde sea que ella esté.

No, yo no. Pero tu, Maestro,
En tu Reino de Sombras,
Convocad mi fantasma en esta hora:
Ofrecedme el sufrimiento del encuentro,
El placer de su rostro delicado,
Y que su frente
Sienta mi aliento perdido como una brisa suave.

Dónde se cultiva, la grácil primavera tiembla
En una silenciosa plegaria,
Íntima fuerza creciente,
El agua y la voz del viento son una,
Y comparten los ecos del sol.
Maestro, gentil como la primavera,
Dadme el canto y el lamento.

El canto dirá cuan alegre y fuerte
Es la noche en donde ella sueña,
El lamento será la tristeza aferrada a los labios,
La pena descarnada del día:
Serán como las melodías de la marea,
Lamento y canción,
Heraldos fríos que anhelan el verano.

No serán las plegarias de los que abandonan,
De los que eligen la pena sobre la fuente del amor,
No serán elogios por los dones del mundo,
Suspirados con exagerada ternura,
Dejad que llegue hasta ella con mi amor,
Que el dolor sea sólo mío, y en ella: recuerdo.

Donde sea que mis sueños caigan,
En la noche o en el día (dejad que le diga)
Siempre vivirás en el reluctante círculo
De los ángeles, en las horas de la calma.
Descorazonada, sin esperanzas en tu camino,
Descansa y convócame:
En mis ojos tu mirada siempre podrá soñar.

Si, este es mi amor vanidoso,
Vertido en una frágil canción
De esperanza y horror.
Tu eres el Amor,
Y yo sólo anhelo un acorde
Que agite tus sueños,
Busco tus ojos de acero,
Tus ojos de abismo.
Oh, Maestro, de rodillas os imploro:
¡Dejad que ella vuelva a sonreír!

Yngwie Malmsteen Guardian angel


La cortesía de los ciegos. Wislawa Szymborska (1923-2012)


Un poeta lee poemas a unos ciegos.
No se imaginaba que fuera tan difícil.
Le tiembla la voz.
Le tiemblan las manos.

Siente que cada frase
debe superar la prueba de la oscuridad.
Tendrá que arreglárselas sola,
sin luces ni colores.

Peligrosa aventura
para las estrellas de sus poemas,
para la aurora, el arco iris, las nubes, los neones, la luna,
para los peces hasta ahora tan plateados bajo el agua
y los azores tan callados, altos en el cielo.

Lee -porque es ya demasiado tarde para no leer-
sobre el niño de la cazadora amarilla en el verde prado,
sobre los rojos tejados que se pueden contar en los valles,
sobre los vivaces números en las camisetas de los jugadores
y sobre una mujer desnuda tras una puerta entreabierta.

Quisiera omitir -aunque eso no es posible-
a todos aquellos santos en la bóveda de la catedral,
aquel gesto de despedida desde la ventana del vagón,
la lente del microscopio y el destello en el anillo,
y las pantallas y los espejos y el álbum con rostros.

Pero grande es la cortesía de los ciegos,
grandes su comprensión y su magnanimidad.
Escuchan, sonríen, aplauden.

Alguno de ellos incluso se acerca
con un libro abierto al revés
pidiendo un autógrafo invisible para él.

Nightwish Walking in the air


Lluvia sobre el tejado. Janet Frame (1924-2004)

Mi sobrino, que dormía en la habitación del sótano,
ha puesto una laminilla de hierro afuera de su ventana
para recuperar el sonido de la lluvia que caía
sobre el tejado.
No se lo digo, pero el corazón encuentra en su desgracia
su propio consuelo.
Una hoja de hierro repara un tejado solamente.
Indemne, hasta ahora, de las heridas que la mudanza
y la diferencia nunca muestran,
mi sobrino puede reparar todavía los daños
para volver a traer el amoroso sonido de aquella lluvia
que conoció en la infancia.
Ni digo —en las pérdidas de la vida un laminilla
de hierro es una carga— que un día encontrará dentro de sí,
bajo una plena oscuridad y silencio,
el hierro que sostendrá no solamente el sonido
perdido de la lluvia, sino también el sol,
el rumor de los muertos
y todo aquello que jamás volverá.

Vivamos querida Lesbia. Catulo ( 84 a.C.- 57a.C.)

Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,
y las habladurías de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera vida,
tendremos que vivir una noche sin fin.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos.

Nightwish Swanheart


Gamma Ray Lake of tears


Blue. Jorge Teiller (1935-1996)

Veré nuevos rostros
Veré nuevos días
Seré olvidado
Tendré recuerdos
Veré salir el sol cuando sale el sol
Veré caer la lluvia cuando llueve
Me pasearé sin asunto
De un lado a otro
Aburriré a medio mundo
Contando la misma historia
Me sentaré a escribir una carta
Que no me interesa enviar
O a mirar a los niños
En los parques de juego.

Siempre llegaré al mismo puente
A mirar el mismo río
Iré a ver películas tontas
Abriré los brazos para abrazar el vacío
Tomaré vino sí me ofrecen vino
Tomaré agua si me ofrecen agua
Y me engañaré diciendo:
"Vendrán nuevos rostros
Vendrán nuevos días".

Luca Turilli Timeless oceans


Las palabras prohibidas. Eugénio de Andrade (1923-2005)

Los barcos existen y existe tu rostro
Apoyado en el rostro de los barcos.
Sin ningún destino flotan por las ciudades,
Parten por el viento, regresan por los ríos.

En la arena blanca, donde comienza el tiempo,
Un niño pasa de espaldas al mar.
Anochece. No hay duda, anochece.
Es necesario partir, es necesario quedarse.

Los hospitales se cubren de ceniza.
Olas de sombra se rompen en las esquinas.
Te amo…Y entra por la ventana
La primera luz de las colinas.

Las palabras que te envío están prohibidas,
Mi amor, hasta por el halo de las mieses;
Si alguna regresara, ya ni reconocería
Tu nombre en mis curvas claras.

Me duele este agua, este aire que se respira,
Me duele esta soledad de piedra oscura,
Y estas manos nocturnas donde estrecho
Mis días quebrados por la cintura.

Y la noche crece apasionadamente.
En sus márgenes desnudos, desolados,
Cada hombre sólo tiene para dar
Un horizonte de ciudades bombardeadas.

Edguy Forever


Versos a Blok. Marina Tsvatáieva (1892-1941)

En Moscú, las cúpulas en llamas.
En Moscú, ya tañen las campanas.
Los sepulcros están aquí, en hilera,
y allí duermen los zares, las zarinas.

Tú no sabes aún que en el alba del Kremlin
se respira mejor que en cualquier otro sitio.
Tú no sabes que en el alba del Kremlin
yo te rezo hasta el alba.

Tú pasas sobre el Neva
y yo sobre el Moscova,
cabizbaja.
Se duermen las farolas.

Te quiero en el insomnio.
Te escucho en el insomnio.
Mientras que por el Kremlin
despiertan campaneros.

Mi río con tu río,
mi mano con tu mano
se ignoran. Cariño mío, alegría
hasta que el alba alcance a la siguiente.

Edguy Scarlet rose


El pasado. Jorge Luis Borges (1899-1986)

Todo era fácil, nos parece ahora,
En el plástico ayer irrevocable:
Sócrates que apurada la cicuta,
Discurre sobre el alma y su camino
Mientras la muerte azul le va subiendo
Desde los pies helados; la implacable
Espada que retumba en la balanza;
Roma, que impone el numeroso hexámetro
Al obstinado mármol de esa lengua
Que manejamos hoy despedazada;
Los piratas de Hengist que atraviesan
A remo el temerario Mar del Norte
Y con las fuertes manos y el coraje
Fundan un reino que será el Imperio;
El rey sajón que ofrece al rey noruego
Los siete pies de tierra y que ejecuta,
Antes que el sol decline, la promesa
En la batalla de hombres; los jinetes
Del desierto, que cubren el Oriente
Y amenazan las cúpulas de Rusia;
Un persa que refiere la primera
De las Mil y Una Noches y no sabe
Que inicia un libro que los largos siglos
De las generaciones ulteriores
No entregarán al silencioso olvido;
Snorri que salva en su perdida Thule,
A la luz de crepúsculos morosos
O en la noche propicia a la memoria,
Las letras y los dioses de Germania;
El joven Schopenhauer, que descubre
El plano general del universo;
Whitman, que en una redacción de Brooklin,
Entre el olor a tinta y a tabaco,
Toma y no dice a nadie la infinita
Resolución de ser todos los hombres
Y de escribir un libro que sea todos;
Arredondo, que mata a Idiarte Borda
En la mañana de Montevideo
Y se da a la justicia declarando
Que ha obrado solo y que no tiene cómplices;
El soldado que muere en Normandía,
El soldado que muere en Galilea.

Esas cosas pudieron no haber sido.
Casi no fueron. Las imaginamos
En un fatal ayer inevitable.
No hay otro tiempo que el ahora, este ápice
Del ya será y del fue, de aquel instante
En que la gota cae en la clepsidra.
El ilusorio ayer es un recinto
De figuras inmóviles de cera
O de reminiscencias literarias
Que el tiempo irá perdiendo en sus espejos.
Erico el Rojo, Carlos Doce, Breno
Y esa tarde inasible que fue tuya
Son en su eternidad, no en la memoria.

Van Halen Love walks in


Una joven. Ezra Pound (1885-1972)

El árbol ha entrado en mis manos,
La savia ha ascendido por mis brazos,
El árbol ha crecido en mi pecho
Hacia abajo,
Las ramas crecen fuera de mí, como brazos.

Árbol eres tú,
Musgo eres tú,
Eres violetas con viento sobre ellas.
Una niña -tan alta- eres tú,
Y todo esto es locura para el mundo.

Accidente de tráfico. E.S.

Una noche el típico joven salió de fiesta con sus amigos. Fue a la discoteca, y en ella bebió como es habitual. Al coger el coche de camino a su casa tubo un desagradable suceso. Por el paso de cebra paso una mujer paseando a su perro. El coche del joven la atropelló destrozándola completamente. El perro, sin grandes daños corrió calle abajo.



Ese joven estaba demasiado asustado y huyo despavorido en su coche. Eran las 4 de la mañana del día 15 de junio.

El joven intentó olvidarlo pues nadie se entero de lo ocurrido. Aunque estaba aterrorizado lo consiguió olvidar con el tiempo.

Una noche, mientras el joven estaba en su casa viendo la tele hoyó unos ladridos de perro. Ignoró a ese molesto perro. Los ladridos eran cada vez más fuertes y parecían
que provenían del pasillo de su casa. El miedo recorrió todo su cuerpo, no tenia sentido. El joven se levantó lentamente y se acercó al pasillo lentamente.

Miró en la oscuridad, y no vio nada. El sonido ya había cesado. Cuando se da la vuelta nota que algo le a rozado la pierna. El joven se apartó rápidamente y pudo apreciar la sombra de un perro pasando por su lado.

El joven pensó, -como se supone que ha entrado un perro en mi casa. Se acerco hacia donde fue el perro y encendió la luz. En la puerta de su casa podio observar la mujer que atropello colgada por la ropa de un perchero, el cuerpo sin vida parecía que estaba en descomposición.

El chico cayó de espaldas desesperado por el miedo. Se levanto rápidamente y huyó de su casa. Bajo a la calle y al cruzar por la carretera fue atropellado por un coche. En sus últimos segundos de vida pudo apreciar un rostro humano que lo miraba de forma burlona. Al poco tiempo perdió la vida.

Eran las cuatro de la mañana del día 15 de junio.

Te toca hacer la caja. M.

Buenas noches. Tengo una nueva historia que contarles. Gracias a Dios esto no me sucedió a mi, pero si a un conocido. Según sus palabras, una noche terminaba de trabajar en el bar. La calle estaba desierta, no había una sola sombra, la oscuridad invadía las aceras y ningún coche pasaba por la calle. Eso no era muy extraño a esas horas de la madrugada. Es un pueblo pequeño y casi todo el mundo, exceptuando algún borracho, se encuentra en su casa durmiendo.

Terminó de cerrar la verja de la puerta del bar. Esa noche le tocaba hacer caja
aunque no era el propietario del local.
Se subió los pantalones arriba de la cintura para poder agacharse, y se saco la
llave del bolsillo derecho de su abrigo, era una noche fría. Bajó e introdujo una
llave de color verde en la cerradura al nivel del suelo. Su muñeca comenzó a girar y
la cerradura dio un cuarto de vuelta hasta que se escuchó un ligero chasquido. Ya
estaba cerrada. En ese instante, le pareció ver a través de la luna que una sombra
pasaba rápidamente de un lado al otro del local, que se sumía en la oscuridad lleno
de mesas con sus respectivas sillas boca arriba.
Lo primero que pensó, fue lo más normal del mundo, una mera ilusión óptica o una
sombra de algún pájaro en el exterior. Se levantó y a la vez que volvía a
introducirse las llaves en el bolsillo del pantalón acercó a través de la verja su
cara al cristal para mirar su reflejo. Después de toda la noche poniendo copas
seguía peinado. Se miró a los ojos directamente y en ese momento, de repente una
cara blanca salio de la oscuridad casi rozando la luna. Mi amigo callo de culo en el
suelo y en cuando pudo volver a mirar allí no había nada.
Pensó un momento pero nadie podía haberse quedado allí dentro, y tampoco estaba por
la labor de entrar a comprobarlo ni de volver a acercarse a aquella luna. Pensó que
tantas horas de trabajo y el sueño le habían afectado.
Se levantó del suelo y se encaminó hacia su casa sacudiéndose con las manos el culo
de los vaqueros que estaban ahora llenos de tierra mojada. El único sonido que le
acompañaba en su viaje era el de la suela de sus zapatos al pisar el suelo mojado.
Esquivando los charcos de agua acumulada en los desperfectos de la calle asfaltada
recorría una a una las calles del pueblo, intentando usar el camino mas recto
posible.
El miedo había aflorado en el gracias a las malas jugadas que su cabeza le había
jugado, así que escrutaba con la vista cada oscuro recodo esperando que alguien o
algo salieran de entre las sombras, lo que provocaría en el un paro cardiaco. Su
pulso se aceleraba por segundos y a pesar del frío pequeñas gotas de sudor
resbalaban por su frente hasta el punto de tener que bajarse la cremallera del
abrigo y dejar el cuello al descubierto.
Al girar una de las esquinas imaginando como en las anteriores lo que se encontraría,
vio una rama caída de uno de los árboles que sobresalían del patio de una casa. Lo
primero que pensó fue en cogerla para sentirse algo protegido, pero recapacitó y
decidió no hacerlo. Creyó que si algo lo veía lo interpretaría como una amenaza y le
atacaría, y tampoco se podía decir que una simple rama significara mucha defensa, ya
que le miedo lo dejaría paralizado.
Para evadir el miedo pensó en usar su teléfono móvil, pero quien se lo iba a coger a
esas horas.
Ya no faltaba casi nada para llegar a su calle y cada vez parecía hacer mas calor. A
pesar de que no debía quedar mucho para amanecer la noche parecía mas cerrada cada
vez. Aceleró el paso algo más, pasaba por la acera junto a los portales mirando de
reojo en el interior de cada uno. Pasó uno con las verjas negras, otro verdes, de
nuevo negras y de repente algo salió de uno de los portales pasando rápidamente por
delante de él. El corazón estuvo a punto de estallarle, pero todo volvió a la
normalidad cuando se dio cuenta de que solo era un gato.
Ahora fue cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Estaba dando la espalda a
unas oscuras puertas rotas y sabía que el peor trago de su vida sería darse la
vuelta. No quería hacerlo pero algo en su interior le hacía girarse hacia atrás.
Al día siguiente un vecino de dos portales mas abajo se lo encontró tirado en el
interior del portal y avisó a una ambulancia.
Al psicólogo le costó mucho, pero gracias a una regresión consiguieron sacarle toda
esta historia.
Lo que ni siquiera yo se, es lo que ocurrió después.
Él perdió el habla hasta el momento casi de yacer en su lecho de muerte.
Sus últimas palabras fueron:
No había nada, estaba allí pero, no había nada, el gato...

Siempre juntos. N.

Alan Ledesma era una hombre austero, parco y vergonzoso al hablar; Pero por sobre todas las cosas apático y patético. No dormía bien, solo lo hacia a ratos ,desde que la muerte arrancó bruscamente a Belén de su lado.



El 19 de abril de 1981. Belén esperaba a Alan, con un suculento pollo que se cocinaba perezosamente en el horno y una ensalada de lechugas y tomates, cortadas de su pequeña y bien cuidada huerta. Cuando Alan llego, esa misma tarde, ella se encontraba con los brazos entrecruzados, parada en el umbral de la puerta de entrada. Llevaba un vestido blanco y unos zapatos Grimoldi. Su cara iluminaba una sonrisa radiante. Le tendió su mano. El la sujeto y le besó los labios fugazmente.

Una semana después Belén había muerto. Encontraron su cuerpo descuartizado cerca de las vías del tren. Alan estaba totalmente destrozado, acudía con animo sombrío su trabajo y ya casi ni comía. Caminaba durante la noche entre sollozos, extinguiéndose por la anemia.

El 19 de abril de 1982, Alan despertó de una horrible pesadilla manoteando vehementemente haciéndose paso hacia la realidad. Se encontraba erguido en su cama empapado de sudor, sus ojos escrutaban la oscuridad de una fría y joven noche.

Encendió el velador que estaba contiguo a su cama, sobre la mesita de noche. Todo en ese sitio le recordaba a ella, fue entonces cuando sintió una gran necesidad de ir al cementerio, seria la primera y ultima visita a su esposa muerta. Creía que eso seria en final de interminables noches de angustia.

Emprendió su viaje a pie. Llevaba puesto un tapado y un sombrero de al corta color café, su pantalón de cordero id azul hacían resaltar sus zapatillas de lona blanca. Su reloj de pulsera indicaban las 10:30, hora en la que los vecinos dormían apaciblemente en sus casas, refugiados del halado y estremecedor viento de invierno. Tuvo la estúpida sensación de ser el único hombre en el mundo. Un mundo que paso de ser el paraíso soñado a ser el infierno de un día a otro.

Cuando salió de su casa, La hierba desprendía una neblina baja y casi transparente, que refulgía bajo la tenue luz de la luna en cuarto menguante. Una brisa naciente hacia susurrar los árboles que rodeaban el camino hacia el cementerio. Algunos pájaros volaban en dirección al sur como era de costumbre hacia principios de julio.

Era un lugar de extraña belleza, de efectos relajantes, como la tapa de un libro de poesía romántica. Caminó, caminó y caminó hasta llegar a las vías del tren. Debía cruzar y caminar unos setenta metros para llegar donde descansaba el cuerpo sin vida de su amada y dulce esposa. Cuando se disponía a hacerlo, delante de sus ojos se encontraba Belén. Vestía la misma mortaja que tenia puesta aquel cruento día de su entierro, sonreía con una opacada y triste belleza. Extendió sus brazos hacia el y Sus ojos melancólicos se clavaron en los de Alan.

Alan permaneció atónito durante unos segundos, su boca formaba una perfecta "o" y sus cejas se arquearon instantáneamente. Sentía escozor en sus ojos, notaba que la lagrimas pugnaban con gran fuerza por salir. Estalló, corrió desesperadamente entre llantos y alaridos hacia Belén, la abrazo fuertemente como nunca lo había hecho antes. Pudo sentir como su corazón golpeaba con gran fuerza todos los rincones.

Hundió la cara en el pecho de Belén para ahogar un gemido.
De pronto un estridente chirrido rasgo el silencio. El tren de las 23:00 se acercaba a ellos siseando a gran velocidad. Alan no intento huir, abrazo aún con mas fuerza a Belén, sabia que perder a su amada por segunda vez sería peor que la misma muerte y resolvió renunciar a su vida para estar con ella durante toda la eternidad. Ellos por fin estuvieron juntos, y el tren cada vez se acercaba mas.

El sótano. T.

Por razones de trabajo, me hospedé en una casa modesta de un pueblo perdido en las montañas. Ahí, pronto conocí a un par de lugareños que me advirtieron de una inconvenencia que me heló la sangre. Me dijeron que un hombre había muerto, por causas desconocidas, en el sótano de la casa en la que me había instalado.

Me aconsejaron que no entrara bajo ningún concepto en aquel sótano, ya que corría el rumor de que algo malo le ocurría a quién osara violar la advertencia.

Yo, era un hombre precavido, y cuando había transcurrido un mes desde mi estancia en el pueblo, aún no me había atrevido a atravesar el umbral prohibido, a pesar de mi reconocida inquietud hacia lo desconocido. Como además, admito que soy algo aprensivo y no me avergüenzo de ello, no dudé en atrancar la puerta del sótano desde el día en que los amables lugareños me pusieron en preaviso.

Pero una noche, estando durmiendo, unos sonidos me despertaron bruscamente. TOC, TOC, TOC. Eran unos golpes procedentes del lugar maldito. Alguien estaba aporreando su puerta y yo estaba comenzando a derramar un sudor frío por todos los poros de mi piel. Vacilé en abandonar el calorcillo de mi lecho, hasta que al final decidí vencer mis miedos apresurándome al sótano. No obstante, los ruidos habían cesado ya.

Suspiré y me armé de valor, pues si no comprobaba por mí mismo lo que había abajo, ya nunca descansaría hasta que regresara a la ciudad. Desatranqué la puerta y con uno de los palos que había empleado para ello, me deslicé escaleras abajo, desoyendo así las advertencias de los lugareños. Una luz ténue se derramaba adentro, guiando mis pasos. El aire viciado abrasaba mis fosas nasales, y cuando me hallé en el suelo, la oscuridad era total. Mis latidos no me permitían apercibirme de posibles movimientos delatadores, así que decidí retroceder sobre mis pasos y proveerme de una linterna.

Cual fue mi sorpresa, que cuando estaba subiendo las escaleras, la puerta se cerró de golpe. Ahora era yo el hombre encerrado. Y ahora comprendía el misterio sobre la muerte de
aquel señor.

Fuga perfecta. D.M.E.

David era un interno de la cárcel de Chicago desde hacía cuatro años, y sobre él pesaba una condena de 250 años y un día. Claro, como todos, quería salir de allí como fuese, no soportaba la idea de pasar el resto de su vida encerrado en una cárcel sin saber nada más del exterior y sin poder disfrutar de la libertad a la que creía que tenía derecho. Esperaba una oportunidad, una señal, algo que le hiciese desarrollar un plan para escapar, y día tras día pensaba en ello.



Un día, a la hora del trabajo diario, los superiores mandaron a David a trabajar como ayudante en la funeraria del centro penitenciario, desde ese momento ayudaría a fabricar los ataúdes, atender y maquillar los cuerpos sin vida de los presos, seguidamente un encargado con pase especial llevaría los cuerpos con un vehículo oficial al cementerio para posteriormente ser enterrados y que definitivamente sus cuerpos puedan descansar en paz.

La oportunidad había llegado, la señal que tanto había esperado estaba ahí, delante de sus ojos, David lo vio inmediatamente, si cuando muriera un preso, del que ninguna familia reclamara su cuerpo, él se metiera en el ataúd y después de ser enterrado vivo podría esperar hasta que el señor de la funeraria lo desenterrara. Conseguiría realizar la fuga perfecta y conseguir la libertad que tanto ansía. Sólo quedaba convencer a su jefe.

Día tras día trabajó en la funeraria de la cárcel y pronto entabló una gran amistad con su jefe, un buen hombre que trabajaba ya muchos años en éste oficio y al que ya sólo le preocupaba tener la jubilación para disfrutar de su familia.

Pronto David se enteró que un compañero estaba enfermo terminal en el hospital penitenciario, no le quedaba mucho tiempo, pronto moriría. David sabía que era la hora, ese hombre había asesinado brutalmente a su esposa y dos hijos, nadie lo esperaría ahí fuera, ya que estaba todavía en el hospital, lo normal en estos casos es que después de informar a la familia, dejen pasar las últimas horas del enfermo en su casa, pero nadie reclamó ese derecho, por lo que decidió contar el plan a su ya buen amigo de la funeraria, el buen señor aceptó por lástima, para él no era justo que su amigo David estuviese encerrado; con lo buena persona que era...

Llegó el día y aquel asesino murió, había que realizar todos los preparativos y tenerlo todo listo sin levantar la más mínima sospecha, David para cuando llegara la camioneta al atardecer, debería haber escapado de la celda y haberse metido en el ataúd junto al muerto. El repaso de la lista no se realizaría hasta la mañana siguiente a las nueve, y David ya sería libre desde la noche anterior. Todo estaba listo.

David siguió el plan minuciosamente y se metió en el ataúd junto al cadáver, al rato notó como alguien cogía la pesada caja y se la llevaban en un vehículo. Llegaron al cementerio y mientras escuchaba las voces y risas de los enterradores la tierra caía sobre el ataúd.

Al cabo de un rato se hizo el silencio, ahora solo tenía que esperar a que su jefe y buen amigo lo desenterrase.

El tiempo pasaba, la humedad y el calor casi no lo dejaban respirar, y su amigo estaba tardando mucho:

- No llega, aunque no creo que tarde. Creo que me estoy quedando sin aire, cada vez me cuesta más respirar.

Pasaban los minutos:

- No quiero ponerme nervioso, sino el aire se acabará más rápidamente, me relajaré y esperaré pacientemente. Pensaba David mientras estaba enterrado vivo junto al cadáver.

- Seguro que ha tenido un pequeño problema y por eso tarda un poco más de lo previsto.

Pronto el cansancio y el aburrimiento se apoderaron de David:

- Uffff, no puedo más. ¿Qué le habrá pasado?

- Y este tío, que mal huele, a ver que cara pone ahora que está muerto. Pero no puedo verlo y si enciendo mi encendedor acabaré más pronto con el poco aire que me queda. Pero que más da, no creo que tarde en llegar y por un poco de oxígeno no pasará nada.

David encendió su encendedor y pudo ver algo, algo que acabaría con su vida en unos segundos. El muerto del ataúd era su amigo de la funeraria, había muerto de un repentino ataque al corazón.

Ahora Rafael está muerto e ignorado nunca nadie supo más de él, igual que muchos, que murieron enterrados vivos y pidieron auxilio arañando la tapa del ataúd mientras desesperadamente observaban como su preciado aire se iba agotando poco a poco.

¿Hay alguna muerte peor que esta?

El armario. A.V.V.

El pequeño Timmy nunca se había quedado solo en casa, pero esta vez hubo una urgencia, su hermanita de 7 meses presentó síntomas graves y sus padres, urgentemente se fueron al hospital sin pensar en Timmy. Solo cerraron todo con llave dejándolo encerrado en la casa.


Al principio Timmy se sentía contento. Ahora podÍa ir al
cuarto de sus padres donde habían cosas escondidas como revistas para adultos, y
cosas por el estilo. Así que, rápidamente entró al cuarto de sus padres y comenzó a
ver debajo de la cama. Había encontrado algo cuando escuchó una voz que pronunciaba
su nombre.
-Timmy!!- Decía la voz- Ven aquí, te estoy esperando!!
La voz provenía del viejo armario antiguo en la habitación de sus padres. Timmy
sintió un nudo en la garganta. Su corazón comenzó a latir rápidamente.
-Qui--iiien es?- Preguntó atemorizado
-Ven aquí, te espero!!-Dijo la voz
Timmy alcanzó a ver por la cerradura del armario un ojo mirándolo fijamente.
-No!!-Dijo Timmy y se fue corriendo y llorando a esconderse en su cuarto. Pasó unos
minutos allí, pero sabía que no podía seguir, así que se armó de valor y se dijo: es
mi imaginación, no hay nada en el cuarto de los padres. Así que volvió dispuesto a
encontrar revistas prohibidas, algo sumamente tentativo para el pequeño Timmy de 11
años.
Entró de nuevo al cuarto. Esta vez no escuchó la voz. Timmy sacó debajo de la
cama una caja donde creía estaban las revistas para adultos. Pero lo único que
encontró fueron fotos raras y radiografías. Una de las fotos le llamó la atención:
Un bebé deformado en una incubadora. La fecha decía 1973, hace 23 años. También
habían unos documentos, entre ellos un contrato que hablaba algo acerca de hacerse
cargo de algo. Entonces Timmy escuchó la voz de nuevo. Esta vez dijo algo diferente:
-Timmy, sácame de aquí, tengo caramelos!!-
Si bien la primera vez, Timmy no cayó, la segunda era tal su curiosidad que tomó la
llave del armario y armado de valor se acercó para abrir el armario. Metió la llave
en la cerradura, y lentamente comenzó a girarla. La puerta del armario se abrió. Y
su contenido se desveló....un olor nauseabundo, unas cadenas....y un hermano?

Encuentro con Satanás. P.

Frío recuerdo.....frío fue lo que sentí. Cuando el doctor me dijo lo siento mucho señor, pero su hija Alba morirá...no hay nada que podamos hacer. En ese momento odié la vida, odié a Dios...odié todo lo que me rodeaba Todo lo que vivía...mi hija, lo único que de verdad he amado se iría de mi Producto de una enfermedad.



Recuerdo que Salí y corrí y corrí hacia el bosque que continuaba al hospital y lloraba, en mi desesperación encontraba inverosímiles soluciones.......Hasta que en cierto minuto me encontré en medio del bosque, oscuro desolado Y tan triste como yo....y en mi desesperación grite con toda mi alma...

Satanás!!!!...aparece ante mi! sálvala! te propongo mi alma por la vida de mi hija!!! Dios nunca me ayudó, por más que oré por la salud de mi hija, él nunca escuchó mis palabras.

Y grité y grité toda la noche hasta cuando no pude seguir.....de pronto todo se volvió aún más oscuro, aún más.."Me llamaste? Dijo un hombre pequeño De patético aspecto, con entupidas ropas y torpe caminar. Era gordo y me inspiraba Lástima...¿quién eres tu entupido?..Le dije, pensaba que era algún idiota que caminaba por el lugar.

Yo soy a quien tu has llamado, has prometido tu alma por la vida de tu hija, o ya te arrepentiste al verme?...Jajaja pero que te pasa idiota! Acaso te crees Satanás?

¿Sabes? No me gusta cuando me llaman así. Nadie sabe porque pero todo el mundo me llama de formas tan estúpidas cuando mi nombre ha sido uno sólo....desde que mi padre me hechó obtuve un solo nombre después de ser la luz mas grande pasé a llamarme..."el que no esta limpio"...

Oye pero nunca pensé que el diablo fuera tan patético!...JAJAJA soltó una risa que me congeló la sangre!...Acaso crees que un ser pequeño es menos que tu?.......

Mírame!..Soy pequeño, diminuto nadie me ve llegar...es por eso que a todos los sorprendo......jajaja...dime ¿qué es lo que quieres???

¡¡Quiero que mi hija viva!!! Esta a punto de morir y le rece a Dios y nunca obtuve respuesta....

Tu Dios es un egoísta!!!...la quiere para él!! Mira!..Toda esa fuerza magnánima!!!

¿El es la luz?..El es la fuerza de todo el universo que con sólo un pensamiento crea un big bang magnánimo de infinitos mundos convirtiéndolo todo en vida!!...y ¿qué te ha dado sino sufrimiento?..Más que miseria!..Más que dolor! él nunca salvaría a tu hija!!...en cambio yo sí, me dijo con acento lleno de compasión y benevolencia.
Yo salvaría a tu hija, a cambio de algo!....si le contesté, mi alma. No, dijo. Tu
alma y la de tu hija cuando ella muera será mía!!

No puedo permitir que se vaya al infierno...le dije....a lo cual sorprendido me dijo ¿es que acaso tu conoces el infierno? ¿Acaso crees que es un lugar en llamas y sufrimiento??? Acaso crees que el paraíso es un lugar con lagos y animales sueltos en un eterno verde???...

...no seas tonto amigo mío, el infierno es un lugar el cual tu eliges lo que quieres ver......u oír..me dijo como tratando de borrar esas palabras que se le escaparon.

Está bien, le dije, es un trato! Tu salva a mi hija y a cambio te daré mi alma y la de mi hija pues por último estaremos juntos. A lo que el concluyó "además nadie te asegura que al ser mayor se gane el cielo"

¿Qué debo hacer?. le dije.."Debes aceptarme con tu corazón debes aceptar que yo te lleve...y yo debo aceptar llevarte...pues la única forma de llevarte es a segundos de tu muerte y debo arrastrarte hasta el abismo...... y mi corazón aceptó.

Sentí que me dormía, no podía mantenerme de pie, estaba muriendo!!!! Me caí de espaldas y el tomó mi mano y mis lágrimas salían de mis ojos sin razón alguna.

"Sabías que el sentido del oído es lo último que pierde una persona cuando esta muriendo"....me dijo mientras me tomaba del brazo y me arrastraba entre unas cenizas
que empecé a sentir de pronto.

....Supongo que lo que dijo tenia razón.....porque lo último que oí de él fue que decía...

..."y pensar que Aun existen idiotas que creen que el diablo hace favores".....

Cascabeles. J.M.M.

Cuando era pequeño vivía solo, rodeado de mis padres y familia, pero solo. Nadie entendía lo que pasaba en mí, a nadie le importaba, solo a mí, así que yo y mi imaginación hicimos un pacto, una tregua de hermandad aislada de todo lo que nos rodeaba, de las sonrisas, de las lágrimas, de los cantos, del ruido y del mundo.

Y
fue así como apareció cascabeles, una tarde nublada mientras mecía el viejo y oxidado
columpio que mi inquieto padre había construido en el jardín detrás de la casa. Sus
orejas picudas y sus ojos de gato, parecidos a los ojos de \"Pelusa\" el gato persa
de mi tía Sofía; sus labios largos (de oreja a oreja) y delgados que muestran una
hilera de dientes alargados y blanquecinos; su cuerpo sólo un poco más corto que el
mío y flexible, sin articulación alguna, como si fuese de trapo; sus movimientos
como los de una marioneta de hilos invisibles; y por último, sus ropas, sus enfadosas
ropas similares al de un arlequín, por eso lo del nombre de cascabeles, nombre, por
cierto que yo tuve fortuna de escoger, como lo he mencionado, yo le di vida a
cascabeles y ahora... con el pasar pesado de los años... no se como deshacerme de
él.

Primero era un amigo, el amigo que no sólo entendía el mundo onírico al que tanto me
gustaba hundirme, un mundo lejano a la realidad, un mundo tan inexistente como los
sueños de un dragón, y de esa lejana realidad, cascabeles escapó y supo como
cultivar nuestra amistad. Era mi oído y mi consuelo en el rincón del castigo, él,
con sus manos enfundadas en guantes acariciaba mis cabellos y decía que mi padre se
arrepentiría mientras rechinaba los dientes con recelo. No paso mucho para que la
venganza de cascabeles se llevara a cabo... dejó juguetes en la escalera y mi padre
cayó de espaldas dando tumbos en veintiséis escalones. El doctor le dijo a mi madre \" paraplejía \". Mi madre, mis hermanos y mi padre, el cual sólo podía mover los ojos
me culparon por la desgracia, sale de sobra mencionar que los juguetes en el escalón
eran míos.

Cascabeles se empeñó en darle fin a mis intenciones de generar amigos, cascabeles
era una criatura recelosa e iracunda, cascabeles sólo me quería a mí para él, para
nadie más. Era tanta su posesión y celos que no reparó en tragarse a Bruno, el
canario que mi madre me regaló para mi cumpleaños. Cascabeles me obligó pues a
retraerme, pero no ya como un juego de fantasía motivado por la mera imaginación,
sino como una realidad que pesaba a mis espaldas como una losa encadenada. hallé
refugios donde la soledad era mi única aliada, pero pronto percibía el tintineo de
los cascabeles y ahí a un lado mío aparecía cascabeles y con sus enfermas pupilas en
vertical me preguntaba \"¿De quién nos escondemos? \"...

Cuando nació Lucila, mi media hermana (mi padre murió al tercer año de su
paraplejia), Cascabeles juró, trepado en la cabecera de la cuna, rasguñarla hasta la
muerte, sabría que todos, nuevamente me culparían, como lo que sucedió con mi padre.

Cascabeles grabó con mis crayones la cuna de Lucila, en los horrendos dibujos
aparecía yo meciendo un carrito, y dentro de ella, cascabeles asomaba su rostro de
criatura descompuesta venida de los nidales de la naturaleza enrarecida. Mi madre no
sólo me culpó de ser el autor de tan pavorosos dibujos sino que él y mi padrastro
creyeron conveniente mandarme a un psiquiatra. Cascabeles me dijo en la noche,
debajo de la cama, que iría todas las noches al manicomio a rasguñarme el vientre
y a cantarme canciones cargadas de morbo y obscenidad, esas canciones que tanto
detestaba. No pudiendo más, con el terror de víctima que fácilmente se transforma en
fuerza, una tarde mientras me escondía de mi cruel verdugo, tomé una garrafa de
gasolina y incineré a cascabeles, y entre gritos de odio, la criatura me amenazó con
volver algún día, de volver para siempre y destazar mi corazón, lastimarme donde
más me dolería.

Crecí, intente alejarme a toda costa de los mundos imaginarios, temía que cascabeles
surgiera de la nada de algún oscuro rincón. Estudié arquitectura, ahí conocí a Julia
y con ella me case. Al año de haber contraído nupcias nació Nicolás mi primogénito.
Nicolás se parecía tanto a mí, que me era imposible no sonreírle.
Nicolás ha cumplido ocho años, los mismos que yo tenía cuando hizo su aparición
cascabeles.
La otra noche descubrí a mi hijo platicando en la oscuridad de un rincón de la sala,
le sorprendí y el me miró con indiferencia, al preguntarle con quien demonios
hablaba, me contestó con una tranquilidad que me desquició por completo: -Hablaba
con cascabeles, Tú lo conoces- y la sonrisa de mi hijo se desfiguró en una espantosa
mueca...
¡Qué alguien me ayude por favor!
¡Que alguien me libere de cascabeles que aún ronda detrás de los pliegues de la
cortina!... ¡Ahora él está detrás de mí, lo estoy viendo en el reflejo de la
pantalla! ¡Está rechinando los dientes con ese maldito recelo, y los cascabeles no
dejan de campanillear con ese sonidillo delirante...! ¡y con una de sus manos
acaricia los cabellos de Nicolás, mi hijo!...

La oscuridad. M. F.

Como siempre, Julia sólo pulsó el botón de parada del vídeo cuando desaparecieron los últimos títulos de crédito de la película y la niebla se apoderó de la pantalla. Una vaga inquietud comenzó a apoderarse de ella. No tendría que haber visto una película de terror a horas tan tardías.

Eran más de las doce y no le
quedaba más remedio que acostarse y apagar las luces. Estaba sola en casa, a
excepción de su hijo pequeño, que dormía plácidamente en la pequeña cama de su
habitación. Su marido tenía turno de noche en la fábrica y no volvería hasta las
siete de la mañana. Se había sentido aburrida y había puesto la película, una
historia de muertos vivientes que la había impresionado más de lo que ella pensaba.

La película duró más de la cuenta y ahora ella no tenía más remedio que apagar las
luces y acostarse sola; tenía que levantarse temprano para ir a trabajar, iba a ser
un día muy atareado, y no podía demorar más tiempo el momento de apretar el
interruptor. Miró el reloj y la cama vacía e intentó borrar de su mente el oscuro
temor de siempre a la oscuridad, a dormir sola, al espacio vacío debajo de su cama,
a los armarios que, a esas horas de la noche, parecían ominosos y amenazadores. Uno
de ellos tenía una puerta levemente abierta. La cerró del todo. Esa rendija de
oscuridad siempre la había asustado, le parecía que, de repente, la rendija
comenzaría a ampliarse, provocada por una mano invisible que empujaba la puerta.

Notó como su pulso se estaba acelerando. No tenía que haber visto esa película. Lo
que le había parecido entretenido a las diez de la noche, cuando podía oír las
animadas conversaciones de los vecinos que le llegaban por la ventana entreabierta,
ahora le parecía terrorífico. El silencio se extendía por todo el edificio y ella
casi podía notarlo como un zumbido sordo y constante en sus oídos. Por fin, decidió
irse a dormir y desterrar de su mente todos esos absurdos temores. No obstante, no
pudo evitar cumplir con su inevitable ritual. Antes de apagar las luces miró debajo
de la cama. Como siempre, nada. Nunca había encontrado nada que la pudiera
intranquilizar, pero jamás, desde su infancia, había dejado de echar un vistazo.

Aunque su marido se reía de sus miedos y, al principio, había intentado desterrar
esa manía, con el tiempo la había aceptado como una pequeña excentricidad y, salvo
alguna broma ocasional al respecto, la había dejado por imposible.

Después, lo de siempre. Se dirigió hacia el interruptor de la luz, lo apagó y,
corriendo, se quitó las zapatillas y se metió en la cama, tapándose a continuación
la cabeza y sintiendo su corazón latir algo más rápido de lo acostumbrado. La
oscuridad la aterrorizaba. Intentó concentrarse en pensamientos alegres, su marido
besándola por la mañana cuando llegara, su hijo de un año y medio despertando y
buscándola; pero era imposible. Cuando dormía sola, antes de que el sueño se
apoderase de ella, solamente miedos oscuros e ideas terroríficas venían a su mente.
Solamente podía pensar en manos que la cogerían por los tobillos desde debajo de la
cama, en la puerta del armario abriéndose con un crujido siniestro para dar paso a
un ser de pesadilla... Sus manos atenazaban el borde de las mantas, rogaba que el
sueño le sobreviniese pronto y despertar, como siempre, en la habitación bañada de
luz.

Supuso que había pasado una media hora cuando comenzó a invadirla aquella agradable
laxitud, la flojedad en sus miembros y su mente que ella siempre identificaba con la
llegada del sueño salvador. Pero algo hizo que esa sensación desapareciese
bruscamente. Oyó un ruido debajo de la cama. Su corazón comenzó a latir cada vez más
deprisa, su boca se abrió, pero no pudo gritar. Pensó en un ratón, algún pequeño
animal que reptaba por el suelo y que desaparecería en cualquier momento. Se aferró
a esa idea con desesperación, para darse cuenta con un infinito de que aquel ruido
no podía causarlo ningún vulgar ratoncillo. Eran unos siniestros crujidos, seguidos
de una espantosa caricatura de respiración, algo así como el ruido que emite un
asmático en una crisis, un espantoso y cavernoso gorgoteo. La mente de Julia comenzó
a escapar hacia las regiones oscuras de la locura y el espanto infinitos. Aquello
estaba reptando debajo de su cama, moviéndose siniestramente en la oscuridad, y
aquel sonido de respiración parecía casi humano. En cualquier momento una oscura
garra surgiría de debajo de su cama y atraparía su mano agarrotada por el terror, y
algo monstruoso caería sobre ella. ¡Ahora, ahora, ahora! Esta palabra se repitió en
su cabeza cada vez más deprisa, mientras Julia esperaba el momento fatídico,
mientras su corazón latía desbocado, amenazando con estallar. ¡Ahora, ahora,
ahora...!

El marido de Julia nunca logró olvidar lo que vio en su dormitorio cuando volvió de
trabajar. Sus infrahumanos gritos de horror despertaron a todo el vecindario. Seguía
gritando enloquecido cuando los vecinos, tras forzar la puerta de su piso, lo
encontraron. Su mujer yacía boca arriba en la cama, los ojos espantosamente
abiertos, las manos contraídas y agarrotadas aferrando el borde de las sábanas.
Muerta. Muerta de miedo. Pero no menos horroroso fue lo que encontraron debajo de la
cama. Un pequeño cuerpo asfixiado que, gateando, había ido a enredarse en unos
plásticos, muriendo asfixiado tras una horrible agonía. ¡Su hijo pequeño, muriendo
ahogado bajo la cama de su madre que moría de terror!.

Atrapada. R.

Empezaron las vacaciones de verano, día tras día espero junto al teléfono una llamada que me haga salir de mi jaula en la que estoy atrapada, una voz que me haga sentir querida, un aliento de vida.Pero esperando sola entre la oscuridad mi única ventana y salida hacia el exterior es la pantalla de mi ordenador.

Llevo unos días dándole vueltas a la cabeza sin encontrar una respuesta que satisfaga todas mis preguntas. Todos los días son grises, el cielo ha sido cubierto por una extensa y fina capa gris que impide la entrada de los rayos de luz, aquella luz que me daba vida.
¿Donde han ido mis seres queridos?
¿Porque nadie se preocupa por mí?
¿En que he fallado?
No tengo hambre, llevo días, semanas, sin salir de casa, la verdad es que he perdido la noción del tiempo el cual ya ni me importa. Recuerdo aquel último día en que me despedí y les deseé unas felices vacaciones, crucé la carretera en dirección a mi casa y desde entonces sigo aquí enjaulada.
Esta mañana me he despertado con un fuerte dolor en el pecho, me estoy dando cuenta mientras sigo aquí dentro mi alma se va pudriendo. Ya no hay gente paseando por las calles, ni niños jugando en los parques, tan solo el viento es el que hace rodar los periódicos tirados en las aceras y un sonido de muerte invade todo el pueblo.

Llevo unos días sorprendida incluso el Chat está vacío, vago por Internet sin rumbo fijo esperando que alguien se fije en mi, pero nadie responde, empiezo a estar asustada mientras estoy sentada siento mi espalda al descubierto y una sensación de inseguridad se apodera de mi.
Esta madrugada me he despertado asustada al oír un alarido en las calles, una mujer gritaba pidiendo ayuda. Me levanté y me puse las zapatillas dirigiéndome a la puerta de salida. Me quedé paralizada al ver que era de día el sol brillaba con fuerza y el cielo estaba despejado entonces intenté volver atrás para asegurarme de lo que realmente estaba sucediendo. Pero, la puerta se había cerrado sin darme cuenta, me había quedado encerrada en el exterior en plena luz del día. Entonces en ese mismo instante me di cuenta de algo que me horrorizó, las ventanas de mi casa estaban completamente tapiadas y las malas hierbas se habían apoderado del jardín de rosas el cual ahora era una alfombra roja.
Abandoné el rosal y salí a la acera, la luz del resplandor del sol chocaba contra mis retinas las cuales me dolían y semi ciega acariciando el muro llegué hacia la carretera. Observé un grupo de personas rodeando algo en el paso de acera. Me despegué de la pared y di unos pasos hasta llegar hacia ellos con la esperanza de encontrar calor humano.
-Es horrible, era tan joven.-Dijo una mujer con un pañuelo bajo el ojo secando sus lágrimas
Caí de rodillas y llevé mis manos a la cabeza al verme a mi misma tirada sobre asfalto con un charco de sangre bajo mi cuerpo...

... Aún sigo atrapada en mi oscura jaula esperando que alguien venga a buscarme, alguien que me ayude, necesito una sonrisa que me devuelva la vida.

Para la tierra de uno. María Elena Walsh (1930-2011)

Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy.
Por todo y a pesar de todo
yo quiero vivir en vos.

Por tu decencia de vidala
y por tu escándalo de sol,
por tu verano con jazmines, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Porque el idioma de infancia
es un secreto entre los dos.
Porque le diste reparo al desarraigo
de mi corazón.

Por tus antiguas rebeldías
y por la edad de tu dolor,
por tu esperanza interminable,
mi amor, yo quiero vivir en vos.

Para sembrarte de guitarra,
para cuidarte en cada flor,
y odiar a los que te castigan, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Orquesta de señoritas. María Elena Walsh (1930-2011)

En sus mármoles y sus bronces
parecía la Chacarita
aquel viejo café del Once
con orquesta de señoritas.

Allá íbamos muchas tardes
una barra de juvenilia
a escucharlas desde el oscuro
reservado para familias.

En su palco las señoritas
repetían con todo esmero
pasodobles y rancheritas
que no daban para el puchero.

Eran rubias, llevaban flores
en el pelo y en la cintura.
Se movían como muñecas
con tristísima compostura.

Nadie supo de qué naufragio
las salvaba el conservatorio
para así ganarse la vida
de lloronas en un velorio.

Una noche se hicieron humo
de su palco descolorido
y tomaron, violín en bolsa,
un tranvía para el olvido.

La pena de muerte. María Elena Walsh (1930-20111)

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.
Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.
Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.
Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.
Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.
Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante.
Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.
Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.
Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.
Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.
Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.
Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.
Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común.
A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.

En una cajita de fósforos. María Elena Walsh (1930-2011)

En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.

Un rayo de sol, por ejemplo
(pero hay que encerrarlo muy rápido,
si no, se lo come la sombra)
Un poco de copo de nieve,
quizá una moneda de luna,
botones del traje del viento,
y mucho, muchísimo más.

Les voy a contar un secreto.
En una cajita de fósforos
yo tengo guardada un lagrima,
y nadie, por suerte la ve.
Es claro que ya no me sirve
Es cierto que esta muy gastada.

Lo se, pero que voy a hacer
tirarla me da mucha lastima

Tal vez las personas mayores
no entiendan jamas de tesoros
Basura, dirán, cachivaches
no se porque juntan todo esto
No importa, que ustedes y yo
igual seguiremos guardando
palitos, pelusas, botones,
tachuelas, virutas de lápiz,
carozos, tapitas, papeles,
piolín, carreteles, trapitos,
hilachas, cascotes y bichos.

En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Las cosas no tienen mamá.

Como la cigarra. María Elena Walsh (1930-2011)

Tantas veces me mataron
tantas veces me morí
sin embargo estoy aquí
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal
porque me mató tan mal
y seguí cantando.

Tantas veces me borraron
tantas desaparecí
a mi propio entierro fui
sola y llorando.
Hice un nudo en el pañuelo
pero me olvidé después
que no era la última vez
y volví cantando.

Tantas veces te mataron
tantas resucitarás
tantas noches pasarás
desesperando.
A la hora del naufragio
y la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra
igual que sobreviente
que vuelve de la guerra.

Canción de cuna para un gobernante. María Elena Walsh (1930-2011)

Duerme tranquilamente que viene un sable
a vigilar tu sueño de gobernante.

América te acuna como una madre
con un brazo de rabia y otro de sangre.

Duerme con aspavientos, duerme y no mandes
que ya te están velando los estudiantes.

Duerme mientras arriba lloran las aves
y el lucero trabaja para la cárcel.

Hombres, niños, mujeres, es decir: nadie,
parece que no quieren que tú descanses.

Rozan con penas chicas tu sueño grande.
Cuando no piden casas, pretenden panes.

Gritan junto a tu cuna.
No te levantes aunque su grito diga: «Oíd, mortales».

Duermete oficialmente, sin preocuparte,
que sólo algunas piedras son responsables.

Que ya te están velando los estudiantes
y los lirios del campo no tienen hambre.

Y el lucero trabaja para la cárcel.

Balada triste. María Elena Walsh (1930-2011)

Era el otoño y era la llovizna,
la inicial certidumbre del poniente.
Mis pasos desandaban su tristeza
mientras sobre la tierra conmovida
era el otoño y era la llovizna.
En el transcurso de las avenidas
todos los pájaros habían muerto,
y las hojas llovían cautamente
sobre la hierba, cerca de mi sangre,
en el transcurso de las avenidas.
¿Qué llanto conocí, qué desconsuelo
bajo los árboles deshabitados?
Cuando en la fuente se reconocía
un cielo de palomas lejanísimas
qué llanto conocí, qué desconsuelo.
Oh muros de mi sed, aquellos muros
que no sé si existieron a mi lado;
bebí en ellos soledad de siglos,
luz funeraria, fríos alusivos.
Oh muros de mi sed, aquellos muros.
Triste ejercicio el de invadir la niebla
por ámbitos inciertos, declinando.
Atravesé desconocidos puentes
en el amanecer de los faroles.
Triste ejercicio el de invadir la niebla.
Todos los pájaros habían muerto
en el transcurso de las avenidas.
Qué llanto conocí, qué desconsuelo:
era el otoño y era la llovizna,
todos los pájaros habían muerto.

Balada del tiempo perdido. María Elena Walsh (1930-2011)

“Yo dormía pero mi corazón velaba…”
Cantares

Como a sus vanas hojas
el tiempo me perdía.
Clavada a la madera de otro sueño
volaban sobre mí noches y días.

Poblándome de una
nostalgia distraída,
la tierra, el mar, me entraban en los ojos
y por ociosas lágrimas salían.

Cuántos papeles ciegos
en la tarde vacía.
Qué multitud de imágenes miradas
como a través de una mortal llovizna.

Entorpecidas sombras
en vez de manos mías,
de tanto enajenarse en los espejos,
todo lo que tocaba se moría.

Memorias y esperanzas
callaban su agonía:
un porfiado presente demoraba
siempre las mismas ramas amarillas.

Qué tiempo sin sentido
el que mi amor perdía.
Qué lamentable primavera inútil
haciendo en vano flores que se olvidan.

Pero mi corazón
velaba y no sabía.
Recuperada su pasión secreta
ahora enamorado resucita.

Y el tiempo que hoy me guarda
entre sus hojas vivas
es un tiempo feliz desde hace tantos
sueños que nacerán en la vigilia.

Balada de la alondra persuasiva. María Elena Walsh (1930-2011)

En otra madrugada,
por vientos de ceniza,
obedecí al latido de la alondra.
El cielo no era cielo todavía.

La zona del hornero,
el tiempo de la encina
se inquietaban en lento aprendizaje
y el cielo no era cielo todavía.

Hubo un encantamiento
de flor y hierba fina,
un cauteloso antaño de rocío,
y el cielo no era cielo todavía.

Septiembre constelado
de dos campanas frías
rodaba por lugares de silencio
y el cielo no era cielo todavía.

En clima de obediencia
mi pulso recorría
todo un advenimiento de corolas
y el cielo no era cielo todavía.

No regresó conmigo
la alondra persuasiva
porque me desterró de su latido
cuando el cielo fue luz de mediodía.

Ahora. María Elena Walsh (1930-2011)

Ahora como un ángel apareces
y me rodeas sin decirme nada.
Ángel que yo cuidara tantas veces
sin saberlo, callada.

En todo lo que miro permaneces
como el aire feliz de la mirada.
Me parezco a tu ausencia y te pareces
a mí resucitada.

Porque viniste cuando me moría
a devolverme a vivas caridades;
porque mi noche muda se hizo día

por gracia de tu voz iluminada,
en esta eternidad con que me invades
yo que no era, soy tu enamorada.