martes, 8 de octubre de 2013

Amigos. D.

Tres años después de mi nacimiento, en 1996, comenzó una extraña conducta en mí
Cada vez que me dejaban solo en mi cuarto, solía sentarme frente a un pequeño espacio de 30 centimetros de largo por 60 de ancho en un mueble, donde normalmente se guardaban zapatos o cosas así.
Se supone que al estar ahí, mis amigos me hablaban y jugaban conmigo, y que cuando me llevaban a otro lugar, yo pedía volver o de lo contrario comenzaba a llorar y a golpear mi cabeza contra la pared, a tal grado que la mejor opción fue desacerse de ese mueble.
Hoy cumplo 16 años y en el mismo lugar donde solía estar el mueble, sin motivo alguno mi perra comenzó a ladrarle a la pared, luego corrió hacia donde y estaba y se subió a mi regazo, llorando. Al revisar el lugar encuentro unas cuantas migajas de pan. Estaba completamente solo, ya que mi familia fue a comprar una tarta para celebrar.
Al regresar mis padres les hablé acerca de lo que pasó, siendo mi padre el que empezó a reir bastante nervioso, y mi madre a punto de llorar.
Resulta que cuando veía a mis amigos, ellos me pedían pan, y si no se los daba, me asustarían en la noche. Eso es lo que yo le decía a mi mamá, e inclusive está escrito en su diario.
Dejé un pedazo de tarta en ese lugar sin que mis padres lo notaran, escondido en donde actualmente se encuentra mi computadora. Escribo esto desde mi teléfono celular, ya que no me atrevo a levantarme de la cama. Un viejo juguete cayó justo donde dejé el pan. Es un troll de madera y estoy casi seguro de que cayó de pie.
Ahí esta, sonriente, con sus ojos verdes, mirándome. No puedo gritar y con esfuerzos puedo escribir. Mi cabeza me duele y estoy a punto de llorar.
Tengo miedo...

El cuarto oscuro. P.A.

Me he despertado, pero tengo una gran jaqueca, me he dado cuenta de algo, esta no es mi habitación, es más, esta no es mi casa, de seguro me han raptado, pero ¿por qué han de raptarme?, la verdad no entiendo nada, estoy desorientado y me duele la cabeza a la vez.
No podía quedarme en este estado, tendría que pensar en cómo escapar de este lugar, intenté golpear la puerta a patadas pero la puerta estaba bien asegurada, las ventanas eran imposible abrirlas, también estaban aseguradas. Lo único que se encontraba en la habitación era nada más que yo, una cama y un reloj de mano.

Intenté pensar una y otra vez en como escapar, pero me rendí y me tendí sobre la cama, mi vista quedó mirando hacia arriba en el techo y observé un rollo de papel escrito, intenté alcanzarlo saltando sobre la cama pero me era imposible, hasta que salté con todas mis fuerzas y alcancé ese extraño rollo, lo abrí y decía: ''pecador, hoy la pagarás, pero si quieres vivir tendrás que escapar de este lugar, a partir de las 19:00hs, tienes un plazo de cinco horas, si cumples ese determinado tiempo vivirás o sino llegara ''El'' y te asesinara''.

De pronto sentí un gran escalofrío que me recorría la espalda, no podía creer lo que me estaba ocurriendo, tampoco entendía que era lo que pretendía aquel secuestrador, me enfadé, tan furioso estaba que golpeé la pared, pero algo me sorprendió, la pared se había aboyado, fue entonces que le quité un caño metálico a la cama y comencé a golpear la pared, increíblemente había un pasaje que me conducía a una planta alta.

Mientras escalaba tuve que pasar por un hecho horripilante y desagradable a la vez, tuve que arrastrarme a través de huesos humanos, la mayoría eran cráneos de gente adulta, una vez que pasé por esto llegue a la planta alta, otra vez el terror se apoderó de mi, cuando miré donde me encontraba me entró como una especie de claustrofobia y una desesperación de escapar, era un habitación, pero este era diferente, era un cuarto con adoraciones satánicas, habían ilustraciones e imágenes demoníacas con devoto a Lucifer, al observar todo esto había perdido la noción del tiempo, eran las 21:30hs, ¡carajo! Me dije, me quedan dos horas treinta minutos.

Empecé a inspeccionar la habitación y me encontré nada más que una soga, cuando de repente en el orificio de la puerta vi que había alguien parado, pero aún faltaba lo peor, era una sombra que se introducía lentamente por el orificio de la puerta, no encontraba un lugar donde esconderme, el pasaje a la planta baja había desaparecido misteriosamente, asombrado por esto tuve que recorre hacia las ventanas, que con un pequeño esfuerzo pude abrirlas, soplaba un viento fuerte y llovía a cantaros, me escondí entre la pared y el techo, tuve la curiosidad de mirar para saber que era aquella sombra, y lo que miré me dejo estupefacto, era una sombra con cuernos y patas de cabra, al parecer era una especie de demonio que no tenia cuerpo físico, solo tenía su sombra. Esperé hasta que ese engendro desapareciera, giré para mi izquierda y había otro papel enrollado que decía: ''Al que acabas de ver es unos de los demonios de Lucifer, si estás leyendo esto es porque aún sigues con vida y puedes escapar, el aún no te ha encontrado, ¡aprovecha tu tiempo!''.

No entendía de que se trataba esto, ¿por qué me habían elegido a mí para esto?, ¿acaso era algún tipo de sacrificio? No lo sé, solo me enfoque en como escapar de esta habitación. La puerta tenía un sistema bastante extraño, la única forma de poder abrirla era levantándola para arriba, al observar nuevamente el lugar miré detalladamente unas especies de manivelas y poleas que estaban alrededor del cuarto, comencé a pensar en cómo abrir la puerta, fue entonces que recordé que tenía la soga, la fui enrollando y pasando entre las manivelas y poleas que se encontraban, hasta que até el extremo punta de la soga a un gancho que se encontraba arriba de la puerta, con lo cual jalando con fuerza hacia abajo pude conseguir que funcionara el mecanismo de la puerta y escapar exitosamente de aquella espantosa habitación.

Aún faltaba escapar de la casa, visualicé el reloj y eran las 22:18hs, ¡no lo podía creer, solo me faltaba la llave principal de la casa!, decidí en buscar la llave, no me quedaba otra, tenía que inspeccionar cada rincón de la casa, empecé a verificar el primer dormitorio que estaba junto a mí, la cama estaba manchada de sangre, yo temeroso busqué, pero no había ninguna llave, al terminar comencé a inspeccionar la segunda habitación, parecía que era la habitación de un niño menor allí no se encontraba nada desagradable o terrorífico, pero lo que empecé a sentir fue lo más escalofriante que me ocurrió, sentí una brisa helada en mi nuca y escuchaba unos bullicios de niños hablando, cada vez se escuchaba más fuerte, debido a mi miedo intolerable decidí abandonar esa habitación sin éxito alguno de mi búsqueda.

Recurrí al baño de la casa, busqué y no encontré nada, solo me faltaba buscar dentro del espejo, lo abrí no encontré nada, pero al cerrarlo pude ver que detrás de mí había una figura fantasmal, al darme la vuelta no se encontraba nadie de tras de mí, pensé en que se podría tratar de una posible paranoia provocado por mi imaginación, pero no lo creía así. Me dirigí hacia el sótano, pero estaba cerrado con candados, imposible me era de abrir aquella puerta, solo me quedaba inspeccionar un solo lugar, el ático, frustrado me encaminé hacia el ático, comencé a subir, al llegar vi que había dibujado una estrella judía de color rojo en la pared y en frente de eso un tablero guija.

Al observar el dibujo encontré pegado en la pared otro rollo escrito, ya estaba cansado de esto, pero no me quedaba otra opción más, la desenrosqué y decía: '' La llave de la puerta está en el sótano, pero antes debes limpiarte las suelas de los zapatos si quieres entrar, ¡apresúrate!'', me quedé pensando y finalmente reaccione ante lo que me había escrito, me dirigí a toda velocidad ante el trapo de la puerta principal, al levantarla encontré la llave, fue entonces que abrí la puerta del sótano, sin temor me adentré hacia ese lugar casi obscuro que estaba repleto de cosas viejas y sin uso, al término de mi búsqueda encontré la llave que le pondría fin a esta pesadilla.

Yo, apresurado por mi cautiverio corrí desesperado hacia la puerta que me llevaría al exterior y a mi supuesta libertad, coloque la llave en la cerradura pero antes de comenzar a abrir la puerta mire la hora en mi reloj de mano, y eran las 23:40hs, teóricamente me quedaban 10 minutos de vida según aquel rollo escrito, la desesperación y la adrenalina se apoderaron de mi, al salir fuera de esa casa pude darme cuenta que me encontraba en medio de un bosque lleno de arboles, hacía frío y corría un viento demasiado fuerte, fue entonces que comencé a mirar hacia mi alrededor, no sabía por dónde irme, me encontraba con dos caminos, uno a mi izquierda y otro a mi derecha, fue en ese momento que pude visualizar no muy a lo lejos una luz proveniente de algún pueblo.

Desesperado inicie por el camino de la derecha, pero me quede tieso cuando vi un mensaje de papel atado en un árbol que decía: '' ¡Corre, corre hacia tu izquierda, huye antes de que ''El' te encuentre!, pero pase lo que pase no vayas al...'', y desprevenidamente sopló un gran viento y me arrebato el papel que tenía en mis manos, con lo cual no pude leer el resto del mensaje, visualicé mi reloj y eran las 23:50,empecé a correr a toda velocidad hacia mi izquierda, corría y corría, hasta que se completo el plazo de tiempo, eran las 00:00hs de la noche, fue cuando sentí que alguien me perseguía se escuchaban gritos a lo lejos que cada vez se escuchaban más cerca de mí, pero mi mala suerte cambió cuando a lo lejos vi un pueblo con poca iluminación ante esto aceleré y llegué al pueblo y esos espantosos gritos y pasos desaparecieron, ya no me seguía nadie.

De repente vi que un grupo de personas me rodeó, yo pedía ayuda y nadie me contestaba, solo me miraban fijamente hasta que me golpearon en la cabeza, debido a esto caí inconsciente al piso y sin alguna ayuda recibida. Desperté al otro día, estaba en una especie de prisión en muy mal estado, a gritos pedía ayuda pero nadie contestaba mis súplicas, pero, un hombre se acercó y me dijo: '' Te dije que no te acercaras a este pueblo pasara lo que pasara, ahora enfrenta las consecuencias como yo tuve que enfrentarlas, no puedo hacer mas nada para ayudarte''. Y se fue.

Y aun estoy aquí, en esta prisión con lo cual escribo este hecho que me ocurrió, y espero algún día poder salir de aquí.

Hallazgo siniestro. A.V.C.

Una nublada mañana, Juan recorría la sierra por los lugares que él aún no conocía de ésta, encontrando así una casa sola y abandonada en su camino. Por simple curiosidad, Juan entra en ella y ve que la casa está completamente vacía, por lo tanto, decide salir y continuar con su camino.
Pero al tratar de hacerlo, cree escuchar un leve murmullo que lo detiene. Desconcertado y algo asustado por esto; Juan piensa que se debe de tratar de una ánima en pena que requiere de su ayuda, tal como en las historias que su abuela le contaba cuando era un niño.
Así pues no pierde más el tiempo y se pone a excavar el suelo de la casa, puesto que éste, era el único lugar posible en donde podría haber algo oculto.Mientras que Juan continuaba excavando la tierra, en el cielo comenzaron a aparecer nubes negras que dejaron la casa en completa penumbra. Haciendo que el ambiente en general se sintiera cada vez más frío.Despúes de varios minutos, Juan por fin encuentra lo que estaba enterrado en el suelo; esto era un viejo ataúd de madera carcomida.Sin pensarlo dos veces, Juan abrió el ataúd, llenando su alma de terror al hacerlo; pues en el interior de este, yacía el cadáver de una anciana que aparentaba haber muerto recientemente, es decir, no tenía ningún rastro de descomposición, a pesar de que forzosamente debería de tener mucho tiempo allí enterrada.Sin salir de su asombro, Juan observó que la anciana tenía las dos manos atadas con un rosario de abalorios negros, ante esto, él decide retirarlo de ahí y colocarlo alrededor del cuello de la anciana que vestía de forma muy similar a la usada por las mujeres mayores de su propio pueblo.En el momento en el que Juan termina de quitar el rosario de las manos de la anciana, un fuerte y gélido viento entra por la puerta y las ventanas de la casa, arrojando a Juan en contra de una de las paredes.Luego de un rato de haber perdido el conocimiento, Juan logra ponerse nuevamente en pie y se pregunta a sí mismo qué fue lo que le acaba de pasar.
Al ir a ver nuevamente el cadáver de la anciana, Juan creyó haber encontrado la respuesta, pues este se había levantado e ido por sí mismo mientras que él estaba aún inconciente, al igual que una de las historias de su abuela que trataba sobre...Juan nunca volvió a pronunciar palabra alguna a partir de ese día. No sólo eso, la desesperación y el miedo por no ser capaz de dejar de escuchar una y otra vez aquél maldito murmullo, no le permitían dormir por las noches.Y es que cuando Juan trató de salir a toda prisa de la casa olvidada en la sierra, recordó el murmullo que había escuchado en un principio y finalmente entendió la palabra en cuestión, la cual era: "Liberame".Aquélla vez, mientras que Juan recordaba esto, se escuchó una espantosa risa alejándose del lugar.La misma que ésta noche de lluvia, Juan ha vuelto a escuchar afuera de una de sus ventanas.

Ropa limpia, ojos vidriosos. S.L.

La pobreza reside en el espíritu, reza el proverbio, no en lo material. La familia Castillo comprendía perfectamente esto, y a pesar de vivir 3 personas en una habitación de 10 metros cuadrados, se sentían plenos y ricos con lo poco que tenían. Danielle, la pequeña hija de la pareja Castillo, poco a poco fue cediendo a la situación en la que se encontraba y cambió muñecas raídas y sucias por amigos imaginarios de colores y formas diversas que la divertían con juegos e historias hasta quedarse dormida.
Sin embargo, la pareja Castillo no corría con la misma suerte, no podían dormirse con amigos fantásticos ni con fábulas etéreas, por lo que el tiempo de ocio eventualmente finalizó en la concepción de Marta.
Los primeros meses de embarazo no trajeron ningún cambio significativo al hogar de los Castillo, Danielle solía cumplir su rutina diaria y se sentaba en el patio rodeada de los miembros mutilados de muñecas olvidadas por niños afortunados, y jugaba alegremente con su compañía invisible a los ojos adultos, ríendo y saltando con toda la felicidad que le permitían sus 4 años de vida, mientras que los padres dedicaban todo su tiempo a pensar en como llevarían una vida mas a sus espaldas.
Los meses finales trajeron a Danielle una versión horrible y deforme de su madre, su barriga completamente hinchada y roja distaba mucho de lo que ella recordaba y comenzó a marcar distancia atemorizada por lo que podía haber alli dentro. Ya era costumbre verla llorar fuera en el patio, en su cementerio de diversión desmebrada y mugrienta, usualmente hablando con un auditorio intangible e invisible que consolaba su llanto, por lo que su papá en un esfuerzo loable consiguió una muñeca en buen estado, una bebe con su ropita limpia, sus partes completas, sus ojos vidriosos de muñeca apuntando al frente y no hacia adentro como era costumbre, y un botón oculto en el ombligo que al presionarlo emitía un suave lloriqueo.
Los primeros días había cierto temor. La muñeca permanecia sentada en una esquina en el mismo estado en que había sido llevada, sin despertar mayor interés. Sin embargo poco a poco la curiosidad infantil afloró y la muñeca paso a ser martita, compañera inseparable de Danielle. La señora De Castillo, en vista de la aceptación de la muñeca, dijo a Danielle palabras que retomaron el interes de la niña en ella:
- En mi barriguita está Marta, tu hermana, ese es el regalo que dios le envía a los niños buenos como tu. Muy pronto serán Martita, Marta y tu, y podrás jugar con las tres para siempre.
La sola idea de tener a dos compañeras para jugar emocionaba mucho a Danielle, por lo que esperó con ansias a que su mamá trajera a Marta a la casa. Le contó a sus amigos del patio la noticia y les pidió que se fueran un tiempo, para ella jugar con sus 2 compañeras, pero la emoción no duró para siempre como ella esperaba, porque al día siguiente un movimiento brusco terminó por separar ambos brazos del cuerpo de la muñeca, dejandola en un pobre estado, como todas las anteriores. La tristeza retornó a la pequeña Danielle, ya no tendría a martita para mostrarsela a Marta y jugar las tres, ahora solo serían ellas dos y además tuvo que alojarse en la casa de una vecina esa noche, ya que los gritos de su madre y la confusión de su padre derivaron en esa situación. Días despues, la vuelta a su hogar le trajo una sorpresa, su mamá volvía a ser como ella recordaba y además traía consigo un bulto envuelto en sabanas que resultó ser la Marta que había imaginado, con su ropita limpia, sus brazitos ubicados correctamente y unos ojos vidriosos que se movían en varias direcciones, pero al menos nunca hacia adentro. Mamá solía dormir mucho y papa entraba y salía varias veces de la casa volviendo con ropita limpia y zapaticos para Marta, dejando a Danielle a su cuidado, compartiendo su tiempo en jugar con su nueva compañera dentro del corral y tratar de entender el por qué de sus extraños movimientos. Al cumplirse el tiempo de reposo y con la obligación de visitar nuevamente al médico, la pareja Castillo decidió dejar a Danielle con Marta durante la consulta, sería menos de 2 horas y la bebe debía dormir alrededor de 3, así que no habría problemas. Luego de informar al vecino de que los llamara en caso de cualquier eventualidad, partieron al médico con prisa
De camino a su hogar, la llamada del vecino por un momento los alarmó, sin embargo no era nada fuera de lo común. Aparentemente Danielle había retomado su hábito de sentarse afuera a charlar sola, sin embargo la bebe debía estar durmiendo así que no había problema con eso. Al llegar escucharon parte de la conversación de Danielle con su auditorio imaginario:
-Martita era mi amiga y se quedó sin brazos por mi culpa, y ahora mi papá no va a querer traerme otra muñeca...-
El señor Castillo sonrió caminando hacia su hija para consolarla, y decirle que tal vez a Marta le obsequiarían otra muñeca con la que podían jugar ambas, pero algo lo detuvo en seco:
... porque Marta también se rompió.
La señora Castillo palideció. Cayó de rodillas con lagrimas en los ojos. Una mirada mas cercana notó manchas rojas en las manitas de Danielle. El señor Castillo abrió la puerta tembloroso.

Desde la mirilla. A.P.H.

02.30 a.m. Moisés deambulaba nervioso por su apartamento, sin saber en realidad qué era lo que quería hacer. Seguramente porque cualquier cosa que hiciera, sería la repetición de lo que ya había hecho durante las siete madrugadas anteriores. La sensación de déjá-vu era constante. Encendió el enésimo cigarrillo...
En realidad echaba mano del paquete de tabaco cada diez minutos. Teniendo en cuenta que ésta era la quinta noche que no dormía nada, un cigarrillo más o menos le traía sin cuidado.
Cinco noches de insomnio, ocho mil idas y venidas al portátil, ochenta mil aburridos programas de televisión. Volvió a releer sus libros favoritos, hizo abdominales, salió alguna noche a correr por el parque, e incluso se había masturb__ sin ninguna apetencia. Todo en un intento vano y desesperado, dirigido únicamente a caer en los brazos de Morfeo, utilizando, para ello, el método que fuera necesario. Después de tomarse no sé cuántos somníferos sin éxito, sin ningún tipo de sensación soporífera, que le obligara a cerrar los ojos ni durante diez miserables minutos seguidos, aún le quedaba el consuelo de que, al menos, el Orfidal, conseguía el efecto de mantenerle medianamente tranquilo, alejando la desagradable sensación en el pecho de presión y de ahogo, que le producía la ansiedad, por la desesperación que le generaba el llevar tanto tiempo sin poder dormir. Sin duda es una experiencia, que no hay ser humano que la pueda soportar durante muchas noches seguidas sin volverse loco. Y él estaba a punto.
Sus pensamientos rondaban tan dispersos y acelerados por su cerebro, que apenas podía concentrarse en ninguno de ellos ni un solo segundo. Sólo deseaba que llegase la mañana siguiente para acudir a la cita de las doce y diez que tenía programada en la Unidad del Sueño del Hospital de Especialidades de la ciudad. A las once vendría a buscarle Noelia, su novia desde hacía tres años. La pobre estaba más preocupada que él, le había propuesto quedarse esa noche en el apartamento, y hacerle compañía si no conseguía conciliar el sueño, pero Moisés pensó, que con uno que no durmiera, ya era suficiente.
Encendió otro cigarro y se sentó en el sillón individual de cuero marrón, situado frente al televisor encendido. Cambió los canales con cierto automatismo, miraba la pantalla pero no veía lo que en ella se estaba emitiendo. Dejó un programa al azar, donde varias personas jugaban una partida de Póquer, aunque si también al azar, en ese canal estuvieran emitiendo un mensaje político de algún líder chino, le hubiera dado exáctamente la misma importancia, ninguna. Estiró las piernas sobre la mesa baja situada entre él y la televisión, apuró ansioso lo que quedaba por consumir del cigarrillo y lo apagó en el cenicero que reposaba en una mesita redonda de madera, tallada con adornos arabescos, situada a su izquierda, en la que había dejado también el móvil, junto con las llaves y la cartera. Reclinó la cabeza hasta apoyarla en el respaldo del sillón, inspiró profundamente y soltó despacio el aire acumulado en sus pulmones para relajarse, buscó la imagen de Noelia en su aturullado cerebro, intentando visualizar escenas agradables y así dejar que pasaran las horas, para ganarle terreno a la noche.
Escuchó ruidos fuera del apartamento, en el pasillo, cerca de su puerta, el sonido era muy parecido al que producen los tacones de unos zapatos de mujer, pero con un matiz algo más agudo..., como el "clack" seco, que produce la mitad de una castañuela, al chocar contra la otra mitad. Miró la hora en el teléfono móvil, las 03.15. Apagó el televisor, se levantó curioso y caminó hacia la puerta intentando no hacer ruido. Acercó el ojo a la mirilla con cierto sentimiento de culpabilidad por andar metiéndose en asuntos ajenos, pero..., ¡tenía tanta noche por delante...!
La luz del pasillo estaba encendida. El extraño sonido se iba acercando desde el lado izquierdo, desde la escalera. Por su cadencia parecían pasos. Justo delante de su puerta vio pararse a un hombre con una melena larga, hasta rebasar el principio de su espalda, ondulada, de un color castaño rojizo con mechones ocre, que le nacía desde la parte más alta de la frente. El perfil derecho del rostro que la posición de esa persona ofrecía a Moisés, dejaba apreciar una ceja cobriza poblada y larga, la nariz aguileña y huesuda, y unos maxilares muy marcados adornados por una patilla fina que descendía hasta juntarse con una perilla larga y de las mismas tonalidades que su cabello.
Desde la mirilla, la retina de su ojo descendió para seguir escaneando al inesperado visitante, con la excitación de un voyeur..., con la seguridad que le daba el observar a alguien, que no sabe que está siendo observado.
El tipo llevaba una especie de capa negra. Moisés la recorrió a lo largo hasta llegar al final de la prenda, que acababa a la altura de sus tobillos...., parpadeó..., volvió a parpadear... Sintió un temblor en el ojo, un tíc que mandó una especie de corriente al cerebro, provocando que un escalofrío le recorriera el espinazo. ¡Pezuñas!...Ese tío no llevaba zapatos..., ni siquiera iba descalzo, lo que Moisés vio eran... ¡pezuñas... pezuñas de cabra! En ese instante el rostro del hombre comenzó a girarse hacia él, como si supiera que le estaban observando desde detrás de la mirilla. Moisés dejó inmediatamente de mirar, y se echó hacia atrás colocándose las manos sobre la cara, incrédulo.
-¡Esto no puede ser..!- Masculló. Se le escapó una risa nerviosa y continuó hablándose a sí mismo entre susurros. -¡Demasiadas pastillas..., la falta de sueño..! ¡Dios..., creo que acabo de alucinar joder..! ¡Si... eso ha sido..., ha debido ser sólo eso...! ¡Una...jodida...alucinación!- Pauso las palabras, intentando convencerse de que todo era producto de su imaginación.
¡Clack! ¡clac! ¡clack...! El vello de la nuca de Moisés se erizó al volver a escuchar ese maldito sonido. Sus ojos se abrieron asustados, sin apartar la mirada de esa pequeña ventana en su puerta, con vistas al terror. Atemorizado, se acercó de nuevo hacia la entrada, despacio..., muy despacio. Colocó lentamente su ojo en la mirilla.... Un ojo ámbar amenazante, esperaba justo al otro lado, observando.
Moisés retrocedió con el corazón desbocado, se lanzó al interruptor situado junto a la puerta y apagó la luz del salón, quedando todo sumido en una oscura penumbra. Corrió aterrado en busca del móvil, tropezó con la mesa baja y su cabeza golpeó contra el duro brazo metálico del sillón de cuero negro
Quedó unos segundos conmocionado, con medio cuerpo en el suelo y una pierna encima de la mesa baja. Le dolía la ceja izquierda donde había recibido el golpe, se tocó despacio para comprobar los daños. En la penumbra notó, cómo un fino y caliente hilo de sangre resbalaba por su mejilla. Levantó una mano temblorosa para palpar por encima de la mesita redonda de madera buscando el móvil, lo encontró y abrió la tapa. La luz del teléfono iluminó su rostro, sudoroso, desdibujado, pálido, con un rastro rojo emanando de la ceja herida.
¡A quién llamar! ¿A la policía?- Pensó -¿Y qué les diría? ¿Que había visto por la mirilla de su apartamento a un hombre con patas de cabra, corriendo por los pasillo de su edificio? ¿Que tenía una actitud amenazante? ¿Que por favor vinieran rápido, que estaba acojonado? Si no le colgaban el teléfono en el acto, quizás podría conseguir que le enviaran una ambulancia con dos tipos fornidos vestidos de blanco, llevándole una camisa de fuerza como regalo. Y llamar a Noelia a estas horas, aparte de que se asustaría, tener que contarle una historia como ésta, seguramente la llevaría a pensar que el insomnio le había vuelto loco. Optó por permanecer en silencio y sin moverse. Durante veinte minutos, veinte minutos eternos, esperó, sin volver a escuchar el escalofriante "clack" de las pezuñas del hombre, o lo que coño fuera aquello, que recorría el pasillo.
Se levantó del suelo, dolorido, guardó el móvil en el bolsillo del pantalón corto que llevaba puesto cuando estaba en casa y cogió las llaves del apartamento de la mesita redonda de adornos arabescos, se acercó a oscuras de nuevo hacia la mirilla con la esperanza de que, si aquello era real, el tipo se hubiese largado al infierno, de donde no debería haber salido nunca. Su ojo se pegó de nuevo al pequeño cristal. La luz del pasillo estaba apagada, no se habían vuelto a escuchar las pisadas desde su incidente con la mesa. Observó durante unos minutos más para asegurarse. Nada. Abrió la puerta lentamente, el corazón le comenzó a palpitar con rapidez, asomó la cabeza y miró hacia la izquierda, hasta donde empezaba la escalera, la tenue luz de las farolas de la calle, que entraba por la ventana situada a la derecha del pasillo, le permitió comprobar que no había nadie. A cada lado del corredor había tres puertas, la suya era la del centro de la parte derecha, según se viene de la escalera. Observó que la puerta de su vecina Yurena, una chica jóven, estaba entreabierta, lo suficiente como para poder apreciar una luz encendida en ei interior, procedente del salón. Su apartamento era el más próximo a la ventana por donde entraba la claridad de la calle, al final del pasillo, una puertas más a la derecha que el de Moisés, pero en el lado de enfrente.
Dejó su puerta a medio cerrar, por si tenía que volver corriendo. Caminó medio agazapado, hacia la puerta entreabierta de Yurena, con el ritmo cardíaco percutiendo aceleradamente en sus oídos, mirando de reojo hacia la escalera oscura y con mucha inquietud, por lo que pudiera haberle ocurrido a su joven vecina.
Abrió poco a poco, miró en el interior, no captó ningún movimiento, dejó la puerta como la había encontrado, sin cerrar del todo. Percibió una mezcla de olores que no pertenecían al ambiente de un domicilio normal. Logró identificar uno de ellos gracias a las visitas que hacía de niño a la granja de su abuelo paterno, sin duda en el aire de ese apartamento flotaba un fuerte hedor a animal, concretamente, a cabra. Había otro aroma, éste lo tenía más reciente en su memoria olfativa, lo acababa de oler en su apartamento hacía unos minutos, es más, aún lo seguía oliendo, había quedado impregnado como un perfume en su mejilla y provenía de la herida abierta de la ceja, se trataba, sin ninguna duda, del aroma metálico de la sangre.
Avanzó hasta el salón, su mirada se paseó despacio por la estancia, había una mesa baja de cristal, detrás, un sillón de piel de dos plazas color marfil y a cada lado de éste, un sillón individual de las mismas características. Observó que encima de la mesa había un tablero de ouija. Recordó que cuando bajó al portal a despedir a Noelia la tarde anterior, llegó Yurena con tres personas más, se saludaron, y su vecina les propuso tomar algo en su apartamento. Noelia se excusó, pues tenía que cenar con sus padres, y él aseguró que no se encontraba en las mejores condiciones, ni físicas, ni psíquicas, ni anímicas, a causa del maldito insomnio -¡Si os animáis, después de cenar nos haremos una ouija!- Les comentó Yurena.
El estado mental de Moisés, en el momento de la conversación, semejante a tres resacas juntas, sólo le permitía recordar vagamente algunos pequeños detalles. Recordó que Noelia les dijo que a ella le daba mucho miedo todo lo que tuviera que ver con los espíritus. Ahora, en el salón del apartamento de Yurena, al mirar el tablero del siniestro juego, sintió escalofríos.
-¡Yurena!- Gritó en voz baja. -¡Yurena!..., ¿hay alguien...?- Se dirigió a través de un pequeño pasillo, hacia la habitación de la chica. La luz estaba apagada. Palpó la pared por dentro y encontró el interruptor, lo accionó y la estancia quedó iluminada. El rostro de Moisés se descompuso, sus pupilas se dilataron, sintió angustia, notó arcadas, se tapó con una mano la boca y con la otra se sujetó el vientre, dió media vuelta, inclinó el cuerpo y vomitó... Vomitó parte del horror que esas dilatadas pupilas acababan de transmitir a su estómago, el horror restante, iba empapando rápidamente su cerebro para seguir atormentándole. El cuerpo de Yurena yacía boca arriba en su cama, atada de pies y manos formando una equis. Sólo llevaba puesto el sujetador. La desnudez de sus partes íntimas, dejaba ver claros signos de una brutal violaci__. Las sábanas guardaban el calor y el rojo de la sangre que ella había perdido, y las paredes se veían salpicadas por las pinceladas púrpuras e incoherentes, de un pintor con rasgos paranoicos. Tenía la garganta seccionada, y en el vientre, aparecía tatuada a cuchillo, una estrella de cinco puntas invertida. Era claramente una invocación..., una puerta abierta al "Maligno".
Las piernas de Moisés perdieron fuerza y cayó con las rodillas y las manos sobre el suelo, mientras tosía con fuerza, para limpiar su laringe y poder coger aire -¡¡Dios...Dios Santo..!!- Acertó a balbucear. Se limpió la boca con el dorso de la mano. No se atrevió a volver a mirar la espeluznante escena. Desde el suelo alzó la vista hacia la ouija. A su mente vino parte del final del encuentro con Yurena y sus amigos en la calle. -¡Tened cuidado con estas cosas, las carga el diablo!- Les dijo en broma Moisés. -Sólo haremos preguntas tontas...- Informó divertida Yurena. -¿Cuándo encontraré al hombre rico y guapo de mi vida?- ¡O que nos ponga en contacto con el espíritu de John Lennon!- Añadió un compañero. -¡La podemos preguntar por la existencia o no de Dios!- Comentó otro. -¡O... si existe el Diablo!- Soltó de repente Yurena con un tono profundo, místico y frunciendo el ceño. Recordó que todos se rieron. -¡Estáis locos!- Acabó diciendo Noelia con tono divertido. Después, los cuatro jóvenes entraron al portal, mientras sus voces y risas se perdían poco a poco, conforme se alejaban de Noelia y Moisés, por los pasillos del edificio.
-¡O si existe el Diablo!- La frase se repetía como un eco en la cabeza de Moisés. Tuvo un presentimiento sobrecogedor. La adrenalina le permitió recabar fuerzas para levantarse y acercarse a la mesa de cristal. Como se temía, el marcador de la ouija, en su último movimiento, había quedado parado en la casilla del tablero con el signo positivo. Si en realidad, hicieron la pregunta, la respuesta estaba clara. ¿Existe el diablo..? La ouija contestó... ¡Sí!
-¡Fuera Satán en persona, o fuera un embajador del mismísimo infierno, el ser que había cometido semejante atrocidad, definitivamente... no era de este mundo!- Pensó Moisés. Sacó el móvil del bolsillo para llamar a la policía, ahora los motivos si estaban justificados, denunciaría un brutal asesinato, y los demás detalles quedarían para él.
¡Clack...clack...clack...clack..! De nuevo el sonido de los escalofriantes pasos. Los orificios nasales de Moisés se dilataron en el acto, dejó de respirar para dejar que trabajara únicamente el sentido del oído. ¡Clack...clack...clack...clack..! El claqueteo de las pezuñas sonaba lejano, pero su cadencia iba progresivamente en aumento, esa bestia estaba subiendo las escaleras...y lo hacía deprisa. -¡¡Hijo de puta...!!- Gritó con impotencia apretando fuertemente los puños- El angustioso sonido de las pisadas se amplificó dentro de su cabeza mezclándose con los latidos acelerados de su corazón, un bombeo de sangre excesivo y molesto en las sienes y el creciente terror ante lo que le esperaba si no pensaba con rapidez. Y pensó que lo mejor sería llegar hasta su apartamento, donde se sentiría más seguro, y una vez allí hacer una llamada de auxilio a la policía.
Corrió hacia la puerta..., las pisadas cada vez se oían mas cercanas... Tenía que darle tiempo a alcanzar la puerta de su apartamento, antes de que esa criatura terminara de subir las escaleras y llegara al pasillo. ¡Clack...clack...clack....Los pasos cesaron. Moisés avanzaba cegado por el miedo, llegó a la puerta entreabierta del apartamento de Yurena, la abrió para salir y.... se paró en seco. La bestia se encontraba parada justo delante de él, apenas les separaban un metro y medio de distancia. Cuatro segundos..., cuatro eternos segundos manteniéndose la mirada. Cuatro segundos durante los cuales Moisés, con la cara petrificada, la boca abierta y los ojos vidriosos, pudo sentir la salvaje y amenazante mirada de esos penetrantes ojos de color ámbar sobre él, a la que acompañaba con una sonrisa abierta que dejaba ver sus dientes descolocados y amarillentos. Tenía el ceño fruncido, y las cejas se juntaban en forma de uve encima de la huesuda nariz. Dispuesto a atacar... Cuatro segundos en los que Moisés observó, que debajo de la capa abierta, llevaba el torso desnudo, poblado de vello marrón y canas beig. No tenía ombligo, la criatura que tenía delante no había nacido de ninguna mujer terrenal. A partir de la cintura hacia abajo, le nacía pelo animal también marrón, que abrigaba sus patas musculosas de cabrito, pero no llegaba a cubrir el gran falo desnudo, que aparecía protegido por una piel negra y curtida. Con la mano derecha, dotada de unos dedos fuertes, de los cuales nacían asquerosas uñas, negras, pétreas y largas, apretaba firmemente el mango de un inmenso cuchillo, cuya punta amenazante, le señalaba directamente a él.
Cuatro segundos tardó Moisés en cerrar de un portazo. Corrió sollozando y en estado de shock hasta el baño, cerró la puerta con el pestillo y colocó una silla detrás haciendo tope con el pomo. Se sentó en el escusado y abrió la tapa del móvil. Fuera se oía cómo esa bestia pateaba la puerta sin cesar, con la fuerza de un caballo. Intentó que sus dedos nerviosos se pusieran de acuerdo con el cerebro para dar con las teclas correctas del número de teléfono de la policía. Esperó impaciente durante tres tonos, sonó como que alguien descolgaba al otro lado. -¿Hola....hola...? ¿Me oye...?- Nadie respondía. -¡Por favor...es una emergencia!.. ¡¡Dios!!...¿alguien me escucha?-... -"¿Ya lo sabéis Moisés...?"- Preguntó una voz que parecía venir de los infiernos. -"¿Os habeis dado cuenta ya de la verdad? ¡Nadie se puede reir de Satán sin pagar un peaje...! ¡Porque... el... Demonio... existe!" Se escuchó una risa espeluznante, como un graznido continuado. "¡Vas a tener una noche divertida..., además..., te acompañará la simpática Yurena...Diviértete..!"
Moisés arrojó el móvil al suelo y lo pisoteó rabioso y desesperado. Los golpes pateando en la puerta no cesaban, cada vez más fuertes, rompiendo poco a poco la madera. ¡Moisés... Moisés¡- Escuchó gritar a la la criatura. Acurrucado en un rincón, llorando, cerró los ojos con fuerza, se tapó los oídos con las manos y su cuerpo comenzó un movimiento de vaivén de adelante hacia atrás, con la razón perdida, abandonado a su suerte, sin fuerzas. A partir de aquí, todo lo que escuchaba, era como una especie de eco lejano. Los golpes, el crujido de la puerta al romperse, los gritos pronunciando su nombre..., todo quedó envuelto en una amalgama de sonidos, que parecían llegar desde otra dimensión, Notó que le agarraban por los brazos, ya ni siquiera le importaba morir, sólo quería acabar con ese sufrimiento. ¡Moisés....Moisés!
Abrió lentamente los ojos. La luz del día iluminaba la estancia, la televisión estaba encendida y él, se encontraba sentado en su sillón de cuero negro, con las piernas estiradas sobre la mesa baja. Noelia, arrodillada a su lado, le zarandeaba sujetándole por los brazos. -¡Moisés...Moisés... cariño¡ ¿Te encuentras bien..?- Él la miraba a los ojos, ausente, sin articular palabra, no acertaba a discernir si lo real era lo que acababa de vivir o era lo que estaba viviendo en ese momento. -¡Llevo más de cinco minutos llamando a la puerta como loca de todas las maneras posibles, utilizando el timbre, con los nudillos, a puñetazos! ¡Hasta que he recordado que Yurena tenía una copia de la llave de tu apartamento!- Noelia se volvió hacia ella, situada justo a su espalda, la joven le saludó con una sonrisa, pero con gesto preocupado. ¡Gracias a ella he podido entrar. Al ver que no abrías me he preocupado por si te había pasado algo!- Moisés casi no la oía, sólo la miraba. Lo único que sabía era que mirarla a los ojos le producía una maravillosa sensación de sosiego interior, un placentero estado de relax, como si se hubiera tomado alguna droga y ésta comenzara a producir sus efectos en ese momento. Sus comisuras comenzaron a temblar visiblemente y los ojos fijos en los de Noelia se humedecieron. Ella le acarició la mejilla justo un segundo antes de que una lágrima brotase del ojo de Moisés y mojara su mano. Le abrazó con un cariño casi maternal. -Pero.. ¿qué te pasa mi amor?-Le preguntó. Se volvieron a mirar. Moisés sintió unas irrefrenables ganas de reírse a carcajadas. -¿Qué hora es?- Quiso saber. -¡Las once y diez! ¡Vamos a llegar tarde!- Noelia le colocó el cabello. Él, sonriendo a su chica comentó: ¡Creo... que he dormido..!
Nota del autor: Cualquier parecido de la diabólica criatura con Angela Merkel, es pura coincidencia.

Los espacios del sueño. Robert Desnos (1900-1945)

En la noche están naturalmente las siete maravillas del mundo y la grandeza
y lo trágico y el encanto.
Los bosques se tropiezan confusamente con las criaturas legendarias
escondidas en los matorrales.
Estás tú.
En la noche están los pasos del paseante y los del asesino y los del guardia urbano
y la luz del farol y la linterna del trapero.
Estás tú.
En la noche pasan los trenes y los barcos y el espejismo de los países donde es de día.
Los últimos alientos del crepúsculo y los primeros estremecimientos del alba.
Estás tú.
Un aire de piano, el estallido de una voz.
Un portazo. Un reloj.
Y no solamente los seres y las cosas y los ruidos materiales.
Sino también yo que me persigo o sin cesar me adelanto.
Estás tú la inmolada, tú la que espero.
A veces extrañas figuras nacen en el momento del sueño y desaparecen.
Cuando cierro los ojos, las floraciones fosforescentes aparecen y se marchitan y renacen como fuego de artificios carnosos.
Países desconocidos que recorro en compañía de criaturas.
Estás tú sin duda, oh bella y discreta espía.
Y el alma palpable de la extensión.
Y los perfumes del cielo y de las estrellas y el canto del gallo de hace 2000 años
y el grito del pavo real en los parques en llamas y besos.
Manos que se aprietan siniestramente en una luz descolorida y ejes que chirrían
sobre los caminos de espanto.
Estás tú sin duda a quien no conozco, a quien conozco al contrario.
Pero que, presente en mis sueños, te obstinas en dejarte adivinar en ellos sin aparecer.
Tú que permaneces inasible en la realidad y en el sueño.
Tú que me perteneces por mi voluntad de poseerte en ilusión pero que no acercas tu rostro sino cuando mis ojos se cierran tanto al sueño como a la realidad.
Tú que en despecho de una retórica fácil donde la ola muere en la playa, donde la corneja vuela entre las fábricas en ruinas, donde la madera se pudre crujiendo bajo un sol de plomo.
Tú que estás en la base de mis sueños y que sacudes mi alma llena de metamorfosis
y que me dejas tu guante cuando beso tu mano.
En la noche están las estrellas y el movimiento tenebroso del mar, de los ríos, de los bosques, de las ciudades, de las hierbas, de los pulmones de millones y millones de seres.
En la noche están las maravillas del mundo.
En la noche no están los ángeles guardianes, pero está el sueño.
En la noche estás tú.
En el día también.

Si tú eres bella como los Magos de mi país… Georges Schehadé (1905-1989)

Si tú eres bella como los magos de mi país
Oh amor mío no llores
A los soldados muertos y su sombra que huye de la muerte
Para nosotros la muerte es una flor del pensamiento

Hay que soñar en los pájaros que viajan
Entre el día y la noche como una huella
Cuando el sol se aleja entre los árboles
Y hace de sus hojas otra pradera

Amor mío
Tenemos los ojos azules de los prisioneros
Mas los sueños adoran nuestros cuerpos
Tendidos somos dos cielos en el agua
Y la palabra es nuestra sola ausencia

Hablan. Valerio Magrelli.

¿Pero por qué siempre detrás de mi pared?
Siempre detrás, las voces, siempre
cuando cae la noche comienzan
a hablar, ladran o creen directamente
que susurrar es mejor. Mientras me siento
este hilo de aire frío de sus palabras
que me hiela, que me ata
y me atormenta en el sueño.
Siempre detrás de mi pared. Estaba
en los confines del círculo polar, e incluso allá
una pareja lloraba en su cuarto
del otro lado de un muro transparente, lloraba,
luminoso, blando, como la membrana
de un tímpano, y yo allí, vibrando,
hacía de caja de resonancia
de su historia. Hasta que refaccionaron
el techo de mi casa, la tubería,
la fachada, todo, y golpeaban
por todas partes, arriba, abajo, y golpeaban siempre,
parloteando entre ellos sólo cuando dormía,
sólo porque dormía,
sólo para que hiciera de caja de resonancia
de las historias de ellos.

El breve amor. Julio Cortázar (1914-1984)

Con qué tersa dulzura
me levanta del lecho en que soñaba
profundas plantaciones perfumadas,

me pasea los dedos por la piel y me dibuja
en el espacio, en vilo, hasta que el beso
se posa curvo y recurrente,

para que a fuego lento empiece
la danza cadenciosa de la hoguera
tejiéndose en ráfagas, en hélices,
ir y venir de un huracán de humo...

¿Por qué, después,
lo que queda de mí
es sólo un anegarse entre las cenizas
sin un adiós, sin nada más que el gesto
de liberar las manos?

Ulises en aguas de Ítaca. Joan Margarit.

Vas llegando a la isla, ahora sabes
qué es el azar. Vivir, qué significa.
Tu arco será polvo en un estante.
Polvo será el telar y la pieza que teje.
Los pretendientes, que en el patio acampan,
son sombras de los sueños de Penélope.
Vas llegando a la isla mientras bate
el mar contra las rocas de la costa,
igual que el tiempo contra la Odisea.
Nadie tejió nunca tu ausencia. Nadie
vino tampoco a destejer tu olvido.
Por más que, a veces, la razón lo ignore,
Penélope es la sombra de tu sueño.
Vas llegando a la isla: las gaviotas
cubren la playa y no se moverán
cuando al pasar no dejes huella alguna,
pues tu no existes: eres la leyenda.
Quizá un lejano Ulises murió en Troya,
y quizá lo lloró alguna mujer,
pero en el sueño de un poeta ciego
continúas salvándote:
en la frente de Homero, riguroso,
eterno, cada vez que rompe el alba
un solitario Ulises desembarca.

El confín del cielo. Ali Ahmad Said Esbe.

Sueña que tira sus ojos en lo profundo
de la ciudad venidera.
Sueña que danza en el abismo.
Sueña que desconoce tanto los días
que decoran las cosas
como los que las crean.

Sueña que se alza, que se desploma,
como la mar, que azuza los secretos,
comenzando su cielo en el confín del cielo.

Noche de verano. Octavio Paz (1914-1998)

Pulsas, palpas el cuerpo de la noche,
verano que te bañas en los ríos,
soplo en el que se ahogan las estrellas,
aliento de una boca,
de unos labios de tierra.

Tierra de labios, boca
donde un infierno agónico jadea,
labios en donde el cielo llueve
y el agua canta y nacen paraísos.

Se incendia el árbol de la noche
y sus astillas son estrellas,
son pupilas, son pájaros.
Fluyen ríos sonámbulos.
Lenguas de sal incandescente
contra una playa oscura.

Todo respira, vive, fluye:
la luz en su temblor,
el ojo en el espacio,
el corazón en su latido,
la noche en su infinito.

Un nacimiento oscuro, sin orillas,
nace en la noche de verano,
en tu pupila nace todo el cielo.

Mientras tú duermes. Claudio Rodríguez.


Cuando tú duermes
pones los pies muy juntos,
alta la cara y ladeada, y cruzas
y alzas las rodillas, no astutas todavía;
la mano silenciosa en la mejilla izquierda
y la mano derecha en el hombro que es puerta
y oración no maldita.

Qué cuerpo tan querido,
junto al dolor lascivo de su sueño,
con su inocencia y su libertad,
como recién llovido.

Ahora que estás durmiendo
y la mañana de la almohada,
el oleaje de las sábanas,
me dan camino a la contemplación,
no al suaño, pon, pon tus dedos
en los labios,
y el pulgar en la sien,
como ahora. Y déjame que ande
lo que estoy viendo y amo: tu manera
de dormir, casi niña,
y tu respiración tan limpia que es suspiro
y llega casi al beso.

Te estoy acompañando. Despiértate. Es de día.

Bueno es soñar. Despertar es mejor... Emily Dickinson (1830-1886)

Bueno es soñar. Despertar es mejor
si se despierta en la mañana.
Si despertamos a la media noche,
es mejor soñar con el alba.
Más dulce el figurado petirrojo
que nunca alegró el árbol,
que enfrentarse a la solidez de un alba
que no conduce a día alguno.

Suite del insomnio. Xavier Villaurrutia (1903-1950)

Eco


La noche juega con los ruidos
copiándolos en sus espejos
de sonidos.


Silbatos


Lejanos, largos
—¿de qué trenes sonámbulos?—,
se persiguen como serpientes,
ondulando.


Tranvías


Casas que corren locas
de incendio, huyendo
de sí mismas,
entre los esqueletos de las otras
inmóviles, quemadas ya.


Espejo


Ya nos dará la luz,
mañana, como siempre,
un rincón que copiar
exacto, eterno.


Cuadro


Qué temor, qué dolor
de envidia
hacer luz y encontrarte
—mujer despierta siempre—,
ahora que crees que no te veo,
dormida.


Reloj


¿Qué corazón avaro
cuenta el metal
de los instantes?


Agua


Tengo sed.
¿De qué agua?
¿Agua de sueño? No,
de amanecer.


Alba


Lenta y morada
pone ojeras en los cristales
y en la mirada.

Francesca. Ezra Pound (1885-1972)

Saliste de la noche
con flores en las manos.
Vas a salir ahora del tumulto del mundo,
de la babel de lenguas que te nombra.

Yo que te vi entre las cosas primordiales,
me enojé cuando mencionaron tu nombre
en oscuros callejones.
Quisiera que una ola fresca cubriera mi mente
y que el mundo se hiciera una hoja seca,
o un vilano al viento.
Para que yo pudiera encontrarte de nuevo,
sola.

Manantial. Estrella del Valle.

No sé dónde el reloj se detuvo
a contemplarnos,
en qué páramo,
en qué sitio desolado nos desnuda,
nos baña con escombros
en este manantial que es la tristeza.

Amanezco en tu sueño, casi diáfana,
descubro que el tiempo no acepta la desdicha.

Termópilas. Raymond Carver (1938-1988)

De vuelta al hotel, al contemplar cómo se suelta y cepilla
su pelo castaño frente a la ventana, perdida en sus propios
pensamientos,
con la mirada en otra parte, me acuerdo por algún motivo de aquellos
lacedemonios sobre los que escribió Herodoto, cuyo deber
era defender las Puertas ante el ejército persa. Y
las defendieron. Durante cuatro días. Antes, sin embargo,
ante la incredulidad del propio Jerjes, los soldados griegos
se sentaron despreocupadamente por fuera del muro
de troncos cortados, las armas apiladas,
peinando y repeinando sus largos cabellos, como si se tratara
simplemente de otro día más de campaña.
Cuando Jerjes quiso saber qué significaba aquella exhibición,
le dijeron Cuando estos hombres van a perder la vida
quieren que sus cabezas estén hermosas.
Ella posa el cepillo de mango de hueso y se acerca
aún más a la ventana y a la decreciente luz de la tarde. Algo,
un movimiento o un crujido, llega desde abajo y ha atraído
su atención. Una mirada, y se desentiende.

Acerca del país donde venimos. Ana Blandiana.

Vamos, hablemos
Acerca del país de donde venimos.
Yo vengo del verano,
Es una patria frágil
A la que cualquier hoja,
Cayendo, la puede extinguir.
Y el cielo está tan lleno de estrellas
Que a veces cuelgan hasta el suelo,
Y si te acercas, escuchas como la hierba
Hace cosquillas a las estrellas que ríen,
Y son tantas las flores,
Que los ojos duelen
Deslumbrados por el sol,
Y los redondos soles cuelgan
De cada árbol;
De donde vengo yo,
Sólo falta la muerte
Y es tanta la felicidad
Que es como para dormirse.

Ejercicio de gramática. Nuno Júdice.

Tú, a quien
los vientos recorren
con los labios
del horizonte,
y una nube extraña cubre
como la sábana amarga
de la madrugada: dame
tus manos, ahora
que tu nombre se
demora en los oídos de la tierra;
o corre por ese río
subterráneo que desagua
en lo hondo
de los espejos, de donde
ninguna voz te llama.

Tú, el más
abstracto de los pronombres,
vestida con el fuego sordo
de la última vocal, como
si una sombra de silencios
danzase por entre
murmullos y memorias: no
partas con el nacimiento del día,
el sueño vago de un deseo,
o la luz efímera
con
que te miré.

Quédate en la tinta de mis dedos,
resto de un verso, secreto
sin rostro; o llévame contigo,
limpio de reflejos y pronombres,
mientras un rumor de fuente
me enseña a encontrarte.

Un mar, un mar es lo que necesito. Francisca Aguirre.

Un mar, un mar es lo que necesito.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.
Un mar, un mar es lo que necesito.
No una montaña, un río, un cielo.
No. Nada, nada,
únicamente un mar.
Tampoco quiero flores, manos,
ni un corazón que me consuele.
No quiero un corazón
a cambio de otro corazón.
No quiero que me hablen de amor
a cambio del amor.
Yo sólo quiero un mar:
yo sólo necesito un mar.
Un agua de distancia,
un agua que no escape,
un agua misericordiosa
en que lavar mi corazón
y dejarlo a su orilla
para que sea empujado por sus olas,
lamido por su lengua de sal
que cicatriza heridas.
Un mar, un mar del que ser cómplice.
Un mar al que contarle todo.
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.

Azuloscuro. Aurora Luque.

No sé si te parece paradoja
pero quizá no mienta si declaro
la inmensa inteligencia del deseo:
las lentas odiseas por tu cuerpo
en el sabio navío de la búsqueda
en todos los senderos tan exacto,
propicio a saturar, con islas encendidas,
las nostalgias antiguas.

Azuloscuro y sabio es el deseo,
lira que desde lejos obligase a la danza,
a componer un himno de latidos:
la sola inteligencia de vivir
en deseo perpetuo de naufragio.

El compás roto. Gilberto Owen (1904-1952)

Pero esta noche el capitán, borracho
de ron y de silencios,
me deja la memoria a la deriva,
y este viento civil entre los árboles
me sabe amar, me sabe a mar colérico en los mástiles,
a memoria morosa en las heridas,
a norte y sur de rosa de los tiempos.

El arroyo. Jaques Prévert (1900-1977)

Ha pasado mucha agua bajo los puentes
y enormes cantidades de sangre
Pero a los pies del amor
corre un gran arroyo blanco
Y en los jardines de la luna
en los que cada día se celebra tu fiesta
ese arroyo canta mientras duerme
Y esa luna es mi cabeza
donde gira un enorme sol azul
Y ese sol son tus ojos

Cicatriz del aire. Efraín Bartolomé.

Descorro las cortinas de la noche
y entra el rumor de Tuxtla hasta el cuarto de hotel
donde
como una cicatriz del aire
arde el recuerdo de tu cuerpo

La limpieza perfecta del espejo
me devuelve una imagen incompleta
borrosa
Estás de viaje en este instante que se alarga
y sé que tienes sueño
y sé que tú también miras la oscuridad
Tu mirada penetra los ojos de la noche
y viaja hasta encontrar
como al fondo de un pozo
otra mirada ardiendo

Soy quien te ve desde la noche abierta más allá del cristal

Es la noche de Tuxtla
El rumor desleído en la distancia
El vaho del miedo como un muro de imágenes

Y el aletear lentísimo del sueño.

Es cierto. Michel Houellebecq.

Es cierto que este mundo en que nos falta el aire
Sólo inspira en nosotros un asco manifiesto,
Un deseo de huir sin esperar ya nada,
Y no leemos más los títulos del diario.

Queremos regresar a la antigua morada
Donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres,
Queremos recobrar esa moral extraña
Que hasta el postrer instante santifica la vida.

Queremos algo como una fidelidad,
Como una imbricación de dulces dependencias,
Algo que sobrepase la vida y la contenga;
No podemos vivir ya sin la eternidad.

Veinticuatro. Hernán Bravo Varela.

…y esa vela velándote
la demasiada sombra
para verte,
tendida ahí,
en un aparte níveo.
Indecididos,
indeterminados,
no sé si el corazón,
corazonada,
o si exterior bodega,
como suele
pasar al dividir
la noche sobre dos.
Memoria mía,
están por apagarse
los pabilos posibles,
y esa muerte
va de pedir
a despedir
—se nos agotan olas
para romper con eso
que solía
hundirse en una trama—;
de cortar a cortar
por el camino
más largo hacia la sombra
en lo que vuelves
de no volverme a ti;
va de clavarse
a desclavarse,
y esa vela
te aluza muellemente
los ojos del dormir,
y el 24 en puerta,
el cuarto 24,
a las afueras
de cuanto nos fantasma,
no sabe ser un día
después
ni sus contadas horas.

Sobre el reflejo. Charles Tomlison.

A volar la gravedad.
Basta pararse de cabeza y ver
cómo el reflejo
en la calle anegada
es mucho más veloz que los dos pies
que se desprenden de esta imagen desdeñada
rumbo a la prosa de la acera.

Y sin embargo cómo
los barrotes que guardan las ventanas
con cada cuadro iluminado
y las rendijas de las puertas tras la tromba
aún dan firme testimonio
desde el lugar donde se elevan todas
estas ambigüedades,
y cómo harían escarnio de ellas
frente a sus propios ojos.

Ahora que has mirado de cabeza
puedes nadar en la firmeza turbia
que a diario te rodea,
y luego regresar, también nadando,
en estado sólido,
pues sin polaridad
¿en dónde están la prosa, la poesía?

Laberinto. Piedad Bonnett.

Condenada a ser sombra de tu sombra,
a soñar con tu nombre en cada madrugada.
Por la ventana abierta un olor errabundo
de vida, -¿y tú en que calle?-
un temblor en la luz,
el llanto de algún niño.
Y tus ojos cerrados,
o tus ojos abiertos como dos golondrinas,
y tu mano en el agua o tu mano en tu pelo
o tu mano en el aire con su triste blandura,
-¿y en qué calle tus pasos?-
y yo en sueños atada al hilo de tus sueños,
condenada a ser sombra de tu sombra,
a soñar con tu nombre en cada madrugada.

Muchacha en la ventana. Jon Juaristi.

Fumas. La tarde lenta
de julio va cayendo
sobre el cercano mar.
En esta larga huida
de la luz, solamente
la brasa del cigarro
y la brisa que mueve
los dos geranios mustios
parecen desasirse
de la paz mineral
(tan oscuros e inciertos
el mar de piedra pómez
y tus cabellos húmedos).

Ahorita. Juan Gelman.

Tierna, tierna cosa es
el tiempo que deriva en una palabra
sin puerto. Gozar la luna sin
sacrificio, ni
lo malo triste pisado,
el rayo en su trabajo.
¿Quién puede oír las guerras didácticas del pecho?
¿Brasas que los sentidos disfrazan
de un lado al otro de los cuentos?
Se oxidaron los goznes
del deseo a la espera del deseo,
ahorita, ahorita, dicen
almas piadosas inflamadas.
En las rocas que rompen por la mitad en el cielo
hay caminos, distancias,
carpinteros del ser.
El uno y el amor se juntan
en ignorancias, pájaros
que se murieron
jóvenes, los entierran, hay
hermanos en la hora,
un frío ardiente todavía.

Matar al dragón. Amalia Bautista.

Ha llegado la hora de matar al dragón,
de acabar para siempre con el monstruo
de las fauces terribles y los ojos de fuego.
Hay que matar a este dragón y a todos
los que a su alrededor se reproducen.

Al dragón de la culpa y al dragón del espanto,
al del remordimiento estéril, al del odio,
al que devora siempre la esperanza,
al del miedo, al del frío, al de la angustia.
Hay que matar también al que nos tiene
aplastados de bruces contra el suelo,
inmóviles, cobardes, desarraigados, rotos.

Que la sangre de todos
inunde cada parte de esta casa
hasta que nos alcance la cintura.
Y cuando ese montón de monstruos sea
sólo un montón de vísceras y ojos
abiertos al vacío, al fin podremos
trepar y encaramarnos sobre ellos,
llegar a las ventanas, abrirlas o romperlas,
dejar que entren la luz, la lluvia, el viento
y todo lo que estaba retenido
detrás de los cristales.