martes, 19 de noviembre de 2013

Draconian The failure epiphany


Pena. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

La Tierra que urdió la Rosa,
también es tu Madre, y no yo.
La llama donde brilla el espíritu de vuestra doncella
no fue encendida en ningún lugar
en el que yo haya reposado.
Yo existo tan abajo como el cielo sobre tí.
Era tu fuente y tu ángel, más no podía amarte.

Ofréceme tu consuelo,
alivia este tierno anhelo!
Vuestro sobrenatural encanto me vencerá,
una mano de hierro y un corazón de acero
golpearán, quebrarán y mutilarán,
sin sentir mis lamentos mientras muero.
Vuestra indiferencia es mi infierno,
allí soy débil, infinitamente pequeña.

Draconian Not breathing


Nunca dijimos adiós. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

Nunca dijimos adiós, ni siquiera
Nos regalamos una última mirada,
No hubo signos en la cadena helada
Cuando fue rota, cuando desatados descendimos.

Y aquí descansamos juntos, eternamente, lado a lado;
Nuestro hogar fijado de por vida sobre el mármol.
Dos islas que los rugientes océanos
Ya no podrán separar.

Draconian Seasons apart


La mujer blanca. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

¿Dónde se detiene la adorable,
La salvaje mujer blanca, mortal para el hombre?
Nunca han cedido sus cuellos bajo el yugo,
Ellas habitaban solas cuando surgió la mañana
Y el tiempo comenzó.

Son más altas que el hombre, cálidas,
Y sus mejillas siempre fueron pálidas.
Los tigres en sus guaridas acechaban,
El halcón colgando del cielo azul
Anhelaba con destrozarlas.

El mortal abismo ha soltado su mano nerviosa,
Más fuerte que toda nuestra voluntad,
Mano de forma ciclópea, beata, tallada en hierro;
Y cuando lucha, las salvajes mujeres blancas lloran
El tormentoso lamento de la guerra.

Sus palabras no son como las nuestras,
Si el hombre pudiese pasearse entre las olas
Del océano cuando rompen, y oírlas,
Escuchar el lenguaje perdido de la nieve
Cayendo en lúgubres torrentes,
Entonces conocerían la lengua olvidada.

Como la luz más pura, así son ellas;
Jamás han pecado,
Pero cuando los rayos del fuego eterno
Queman el horizonte, sus trenzas son desatadas,
Y en alas del viento occidental danzan sus ropas,
Barridas por el Deseo.

Mira, de doncellas nacen damas,
Y fuertes niños de las damas y la brisa,
Los sueños no son (en la gloria del día,
Vista a través de las puertas de marfil)
Más justos que estos.

Nadie encontrará sus hogares nobles,
Pues a la sombra primaveral del roble,
En la penumbra del oscuro bosque se ocultan.
Una de nuestra raza, perdida en el claro,
Vió con ojos humanos a la Dama Blanca,
Y mirando, murió.

Draconian A new paradise


La muerte y la dama. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

Regrese, mi Señor, dijo ella,
como si fuera el Padre del Pecado
he odiado al Padre de los Muertos,
el verdugo de mi raza,
por amante de los vivos fue tomado.
Regrese, mi Señor, regrese.

Fuimos enemigos de la vejez,
cuando vuestra caricia era helada,
y mi seno cálido como la vida.
He luchado contra el acero de vuestros dedos,
he desviado el infame cuchillo.
La desesperación era mi fuerza,
y he vencido en la dura batalla.

Pero aquello que os venció,
nuevamente se elevó,
y hacia la Tierra desciende raudo.
Por última vez hemos luchado,
y el penoso combate concluye.
El peor y más secreto de los enemigos,
es ahora mi compañero sombrío.

Draconian Cauda Draconis


Lámparas de la calle. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

Los caminos rurales son amarillos y pobres.
Recorremos las calles de la ciudad de Londres.

Nunca pasan los carruajes,
Nunca un carro vemos a pasar.

Un silencio indeseado roba
El sonido de las ruedas que giran.

Rápido muere el día de otoño,
Y el trabajador desanda su camino,

Emerge del vacío vespertino,
Una pequeña isla de soledad,

Alumbrado, quebrando la noche sonámbula
Por la luz de una minúscula lámpara.

Joyas de la oscuridad tenemos,
Más brillantes que la luciérnaga.

Sobre la tierra embotada son lanzados
Topacios, y destellos de rubí.

Draconian Storm of damnation


La bruja. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

He caminado mucho sobre la nieve,
No soy alta ni mi corazón fuerte.
Mis ropas están mojadas,
Y mis dientes se estremecen,
El camino ha sido largo
Por el penoso sendero crujiente.
He vagado sobre la exuberante Tierra,
Pero nunca he venido aquí antes.
¡Oh, levantádme sobre el Umbral
Y dejádme ante la Puerta!

El filo del viento es un enemigo cruel,
No me atrevo a pararme en la tempestad.
Mis manos son de piedra,
Y mi voz se lamenta.
Lo peor de la muerte ha pasado,
Pero aún soy una pequeña dama.
Mis delicados pies se han llagado,
Y en blancas heridas sangrado.
¡Oh, levantádme sobre el Umbral
Y dejádme ante la Puerta!

Su voz era la voz que la mujeres tienen
Rogando por un deseo del corazón.
Ella vino.
Ella llegó,
Y la llama temblando,
Hundiéndose en el fuego
Finalmente murió.
Nunca más en mi alma se encendió,
Desde que me agité en el suelo,
Levantándola sobre el Umbral,
Y dejándola ante la Puerta.

Draconian Gracefallen


Indeseado. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

Éramos jóvenes, éramos alegres y éramos muy, muy sabios,
Y la puerta estaba abierta a nuestro banquete,
Cuando pasó una mujer con el Oeste en sus ojos,
Y un hombre con su espalda hacia Oriente.

Todavía crecen los corazones que golpeaban tan rápido,
La voz más fuerte todavía sonaba.
Las bromas murieron en nuestros labios cuando ellos pasaron,
Y los rayos de julio, gélidos, golpearon.

Las copas de vino empalidecieron,
El pan se volvió negro como el carbón.
El sabueso olvidó la mano de su señor,
Ella se hincó ante sus pies.

Déjame dormir donde yace el perro muerto,
Antes de sentarme nuevamente al banquete,
Donde pasa una mujer con los ojos llenos de Oeste,
Y un hombre con la espalda hacia Oriente.

Draconian The gothic embrace


El otro lado del espejo. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

Me senté frente al cristal un día,
y evoqué ante mí una imagen desnuda,
negando las formas de la alegría y la razón,
aquella sombría figura fue reflejada allí:
La visión de una mujer, exhalando
salvaje y femenina desesperación.

Su cabello caía hacia atrás en ambos lados,
el rostro, privado de toda hermosura,
ya no tenía envidia para ocultar
lo que ningún hombre supo adivinar,
y formó entonces su espinosa corona
de áspera y profana desgracia.

Sus labios estaban abiertos, ni un sonido
brotó de esos marchitos pétalos rojos,
cualquiera haya sido, aquellas deformes heridas
en silencio y secreto sangraron.
Ningún suspiro alivió su inexpresable dolor,
no poseía aliento para vaciar su miseria.

Y en sus espeluznantes ojos brilló
la moribunda llama del deseo de vivir,
hecha locura al diluirse toda esperanza,
y ardió en el fuego crepitante
de los celos y la sedienta venganza,
con una cólera que no puede apaciguarse.

Sombra de una Sombra en el cristal,
libera ya la superficie del espejo!
Pasa, como las fantásticas formas pasan.
No retornes jamás para ser
el fantasma de las horas vanas.
Entonces me oyó susurrar: "Yo soy Ella"

Draconian The dying


A la memoria. Mary Elizabeth Coleridge (1861-1907)

Extraño Poder, quién eres yo no lo sé,
Asesino o doncella de mi fe.
Sólo sé que prefiero el castigo
Del más implacable enemigo,
Que vivir -como ahora vivo-
Mutilada veinte veces al día por ti.

Sin embargo, cuando logre someterte,
Lo ridículo será un vano pretexto,
Murmurando en mi oído una canción
Largo tiempo amada, hoy lejos de la razón;
Y sobre mi frente he de sentir el beso
Que me haría desear morir antes de perderlo.

Draconian Through infectious waters


Los vampiros. María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924)

Dos nidos con mis cabellos
tejí en mis sienes y en ellos
se vino a posar un día
de tu boca el ave roja,
pérfida madre alegría
de mi incurable congoja,

Y en vano olvidar quisiera
lo que fue mi vida entera...
que tus besos maldecidos
como vampiros sedientos,
a mis sienes suspendidos
me chupan los pensamientos.

Draconian She dies


Elegía crepuscular. María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924)

Viento suave del crepúsculo,
viento de las leves alas,
azulmente silenciosas
y azulmente solitarias,
anónimo pasajero
fugaz en todas las patrias,
en las misteriosas selvas
y en las grutas oceánicas,
viento suave del crepúsculo,
viento de las leves alas...
Tu roce sobre mi frente
tiene la misma eficacia
de la luna entre las ruinas,
de los óleos en las llagas
y de las claves que aflojan
el cordaje de las arpas...
Tu fresco soplo serena
la exaltación de mi alma
fosca de llamar sin nombre
y esperar sin esperanza
por haber nacido póstuma
dentro de su propia lápida...
Viento suave del crepúsculo
que cruzas sin decir nada
el transitorio paréntesis
suspenso en la sombra vaga,
cuando enmudecen las cosas
o todavía no cantan,
cuando de los rojos soles
palidecieron las flamas
y las nocturnas estrellas
están todavía pálidas...
Si yo supiera estar triste
yo me desharía en lágrimas
para que así me bebieran
las caricias de tus ráfagas
¡Qué lindo renunciamiento!
¡Qué liberación beata!
Viento suave del crepúsculo
si tus brisas me acabaran,
azulmente silenciosas
y azulmente solitarias,
viento suave del crepúsculo,
viento de las leves alas.

Draconian The midwinter sleep


El ataúd flotante. María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924)

Mí esperanza, yo sé que tú estás muerta.
No tienes de los vivos
más que la instable fluctuación perpetua;
no sé si un tiempo vigorosa fuiste,
ahora, estás muerta.
Te han roído quién sabe
qué larvas metafísicas que hicieron
entre tu dulce carne su cosecha.
En vano
el mágico abanico de tus alas
con irisadas ráfagas me orea
soltando al aire turbadoras chispas.
Yo sé que tú eres de esas
que vuelven redivivas en la noche
a decir otra vez su última verba...
Ya te he visto venir
blanca y piadosa como un santo espíritu
sobre el vaivén de las marinas ondas;
te he visto en el fulgor de las estrellas,
y hasta los bordes de mi quieta planta
danzan tus llamas en festivas rondas.
Pero si al interior vuelvo los ojos
Veo la sombra de tu mancha negra,
miro tu nebulosa en el vacío
dar poco a poco su visión suspensa;
sin el miraje de los fueros fatuos
veo la sombra de tu mancha negra.
No llores porque sé los ojos míos
saben vivir en lontananzas huecas;
míralos secos y tranquilos; márchate
y el flotante ataúd reposar deja
hasta que junto a ti también tendida
nos abracemos como hermanas buenas
y otra vez enlazadas nos durmamos
en el sepulcro vivo de la tierra.

Draconian Akherousia


Laustic. María de Francia (Siglo XII)

Os contaré una aventura
de la que los bretones un romance compusieron;
Laustic es su nombre, así dijeron
-así se llama en aquel país-,
es el Rossignol en francés
y Nightingale en perfecto inglés.
En Sain Malo la encontré,
fue una ciudad renombrada.
Dos caballeros allí habitaban
en dos casas próximas.
El uno tenía mujer,
prudente, cortés y encantadora.
El otro era estudiante,
muy célebre por sus hazañas.
Amó a la mujer de su vecino,
tanto la solicitó, tanto la suplicó,
y tan intensamente la sintió
que ella enseguida lo retribuyó.
Se amaron con prudencia,
mucho cuidaron su secreto,
no fueron molestados ni difamados.
Próximas estaban sus casas,
sus miradores, sus salas:
no había obstáculo ni empalizada
que los separara.
Donde por la noche o por el día
juntos pudiesen hablar;
nadie los podía observar.
Largo tiempo se amaron,
tanto que los campos reverdecieron
y los huertos florecieron.
Los pájaros, con gran dulzor,
llevan su alegría bajo la flor;
quien entienda esta astucia
entenderá el amor.
Cuando la luna brilla, frustrada,
ella a menudo se levanta,
se disfraza bajo su manto.
Una cosa se ha de pensar,
que es el ruiseñor quien la llama.
Pronto, no hay criado que no haga trampas,
teja redes y cuerdas,
No hay avellano ni castaño
donde no pongan lazos.
Atraparon al ruiseñor y lo llevaron a su amo.
¡Venid, señora! atrapado está el ruiseñor
por el que tanto habéis velado.
En paz podrás reposar,
el ruiseñor nunca más despertará.
La dama lo escuchó con dolor,
pero por las noches siguió sus paseos.
Su marido muchas veces la reprendió,
y ella respondía que en este mundo
no hay alegría mayor
que escuchar el canto del ruiseñor.
Con irritación le arrojó las plumas,
el cuerpo ensangrentado,
y salió de la habitación.
La dama tomó el pequeño cuerpo,
llora y maldice a los hacedores de trampas,
los tejedores de lazos y cuerdas.
"No podré por las noches sentarme en la ventana,
donde solía ver a mi amigo".
En dorado paquete envolvió el cuerpo,
bordado en oro envió el mensaje.
Ante el caballero de al lado
llega el cadáver del ruiseñor.
Dolido por el acontecimiento,
hizo forjar un estuche,
sin hierros ni aceros,
todo en oro fino y aros selectos,
con hilos bien sujeto,
escondió al ruiseñor,
y desde entonces lo lleva sobre el pecho.