domingo, 15 de diciembre de 2013

Edificio siete, piso uno: observando tu partida. Kenia Cano.

Desterrada en este país de locos
gritándote desde el piso uno
para amarte

Olvidando tus quemados sueños
de niño adulterado
ladrándote como una perra
mordiendo restos de dignidad
y tu orgullo
arrinconado en trozos

Dejaste flores y macetas
vendiste tus letras
olvidaste tu escritorio azul
y derramaste la tinta en mi ombligo.

Self - Service. Ben Clark.

Para Sara.

Yo nunca he pretendido nada más:
estar vivo y consciente cuando mueras;
porque yo no me fío,
porque al final no hay nadie más que uno
mismo y su tozudez y, claro está,
su amor.
              Haz con tu vida lo que quieras,
no te estoy proponiendo ningún pacto.

La gente es cada vez más y más joven
y no es justo exigirle lo imposible.

Así que me reafirmo y me prometo
y me cuido y procuro no morir
para hacerte vivir un poco más,
en mí.

Tú. Joan Brossa (1919-1998)

Si fueras una ola, serías mi juego favorito.
Si me quisieras siempre, serías la plenitud.
Si fueras una manera de hablar, serías el diálogo.
Si lloraras inquieta, te buscaría y no te encontraría.
Si fueras una puesta de sol, serías la más bella de todas.
Si fueras un árbol, serías un cedro.
Si ostentases colores, serías blanca y roja.
Si fueras la nieve, pasarías más allá.
Si fueras una sustancia, serías el bálsamo.
Si fueras sustituida, serías la madera de una columna.
Si yo fuera un barco, te llevaría delante mismo de la proa.
Si no fueras una muchacha, serías una rosa silvestre.
Si fueras una estrella invisible, serías el mutuo amor.
Si me rodeases suavemente y te disolvieses, serías el rocío de la
noche que moja los árboles.
Si desfallecieras, serías un escudo roto.
Si fueras una flor, nunca te apagarías.
Si relampaguearas, serías talmente una piedra engastada del color
del flujo del mar.
Si te viese en cualquier lugar, te señalaría a ti.
Si fueras indiferente, serías el crepúsculo.
Si me mirases distraídamente, serías mi esperanza.
Tu presencia me parece la forma más placentera de la armonía
    misma.
Si la música se llenara de ti, brotaría un acorde grave y lastimero.
Si fueras un trébol, serías la llave de la aurora.
Si fueses la suavidad, serías el peso del agua.
Si fueras la tristeza, serías los días y el tiempo.
Si fueras un deseo, serías pasión desplomada.
Si fueras la luna, serías un ala.
Si fueras un reloj, serías un círculo profundo.
Si fueras el espacio, serías su mitad y su centro.
Si no fueras una estrella favorable, serías una roca que defiende
    un territorio.
Si te escondieras de mí para siempre, serías la noche circundante.
Si fueras un camino, serías la orilla del mar.
Si fueras un jardín, serías un astro de flores.
Si fueras un paisaje, serías un bosque que respira.
Si fueras un anillo, serías eternamente irrompible.
Si fueras sombra densa, serías un camino entre los astros diáfanos.
Si fueras una tarde, serías un día.
Si fueras un año, serías un siglo.
Si fueras un ruido, serías el ruido de unos pasos que resuenan
    oídos en secreto.
Si fueras un pedestal, serías una isla azulada.
Si el mundo fuese roto en pedazos, serías su silencio.
Si inclinaras más la frente, el corazón tintinearía claro.
Si suspiras, el tiempo que pasa se vuelve dulce.
Si te encaramas por el cielo, en la meditación te encuentro.
Si fueras una bolita, serías una sola gota de agua.
Vives en el sentido de la llama, no en el de la ceniza.
Si fueras un número, serías una cantidad inacabable.
Si mudaras de forma, serías una montaña oscura y agradable.
Si fueras el viento terral, dormirías sobre una cola de colores.
Si te conociera la lluvia, caería en el lugar que tú indicaras.
Si intentaras salvar a alguien, lo llenarías de espigas.
Si fueras una pared, te escudarían los árboles.
Si cayera la luz, serías la copa de cada día.
Cubrirías la juventud, si fueras la madrugada.
Si pasara el otoño, tú serías la primavera inminente.
Si fueras un color, serías la alegría del sol en un bancal de hierba.
Si fueras una voz, tendrías el color de un perfume.
Si fueras un perfume, tendrías la voz del color que te llevara.
Si fueras un cristal, apagarías los suspiros.
Si fueras un desierto, ondearías sin ningún límite.
Si eres una palabra, serías amarse
Si fueras un ídolo yo prepararía tu adoración en los santuarios.
Si fueras tibia claridad, te rodearías de rebaños.
Si fueras una gota de sangre, iluminarías.
Si el mundo de vida fuera todo soledad y caos, ya estarías destinada a
    manifestarte.
Si el mundo fuera una brumosa caverna, en ti convergerían infinitudes.
Tu eres el más bello reflejo de la Imagen primordial
Que allende los tiempos se multiplica inexpresable.

Soneto. Francesco Petrarca (1304-1374)

Bendecidos el año, el mes, el día
y la estación y el sitio y el instante
y el hermoso país en que delante
de su mirar mi voluntad rendía.

Y bendecida la tenaz porfía
de amor entre mi pecho palpitante,
y el arco y la saeta y la sangrante
herida que en mi corazón se abría.

Bendecida la voz que repitiendo
va por doquier el nombre de mi amada,
suspiros, ansias, lágrimas vertiendo.

Y bendecido todo cuanto escribe
la mente que al loarla consagrada
en Ella y sólo para Ella vive.

De un fulgor a otro. Ida Vitale.

Quizás no se deba ir más lejos.
Aventurarse quizás apenas sea
desventurarse más,
alejarse un atroz infinito
del sueño al que accedemos
para irisar la vida,
como el juego de luces que encendía,
en la infancia,
el prisma de cristal,
el lago de tristeza, ciertas islas.
Sí, entre biseles citados los colores,
un fulgor anidaba sobre otro
-seda y deslumbramiento
el margen del espejo-
y aquello también era un espectro,
sabido, exacto. Centelleos ajenos
en un mundo apagado.
Como un canto sin un cuerpo visible,
un reflejo del sol creaba
una cascada un río una floresta
entre paredes áridas.
Sí, no vayamos más lejos,
quedemos junto al pájaro humilde
que tiene nido entre la buganvilia
y de cerca vigila.
Más allá sé que empieza lo sórdido,
la codicia, el estrago.

Amada Regina. Joan Margarit.

En todas las ciudades busco
siempre
un hotel que llevara el nombre de ella.
El Regina de Roma y su fachada
severa y gris, fascista, de granito.
El Regina de Londres, frente a un parque
tristísimo al crepúsculo. El Regina
con las piedras negruzcas de Bruselas.
El cálido Regina de París,
junto al «quai» solitario de barcazas.
El Regina y su zócalo de moho

lamido por las aguas oscuras de Venecia.
Y cuando ella murió, y él no viajaba ya,
el último Regina, en el bullicio
del centro, en Barcelona,
le acogió con sus gélidos espejos
y con su delicada marquesina
de hierro y de cristal en la calle Bergara.
Regina amada, hoteles y mujer:
algunos negros bultos en la noche,
la caldera encendida y los neones
de tu nombre, violentos de tanta soledad.
Ciudades que están llenas de imprevistos
hitos de amor.

Amor. Eduardo Lizalde.

La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.

Los árboles. Eugenio Montejo (1938-2008)

Hablan poco los árboles, se sabe.
Pasan la vida entera meditando
y moviendo sus ramas.
Basta mirarlos en otoño
cuando se juntan en los parques:
sólo conversan los más viejos,
los que reparten las nubes y los pájaros,
pero su voz se pierde entre las hojas
y muy poco nos llega, casi nada.
Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en un su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo.

Soledad. Iacyr Anderson Freitas.

De la infancia no llegan postales
apenas algas
y un cierto olor a nube
que el viento disimula.

alguien discurre sobre el diluvio.
el telégrafo se calla.

distinto se hizo el ejercicio de la aurora,
ornada por un sol de pobres.

de algún país
llegan las convocatorias
pero ya no basta estar entre los navegantes
para sobrevivir
(lo que fue el amor
no nos escolta).

nos quedamos solos,
con el día desvaneciéndose,
en el humo.

día espeso, espeso,
en el que aún no es posible penetrar.

Sentido. Iacyr Anderson Freitas.

Sin duda un ritmo
algo impreciso
en sus conchas,
sabrá recordar
lo que se escribe ahora,
en la cincha
que el calor murmura,
pero en contienda,
sin otros lazos
que el delito de esas flores,
oh pobres, oh desguarnecidas,
como el sol
de un tejado corroído
bajo la piel.

un ritmo: sin duda
muy poco
ante el vestigio
de lo que aquí se espera.

de repente la hora calla
en las marismas.
el sentido duerme,
la pasión indaga
la muerte, otra quimera.

Lustro. Iacyr Anderson Freitas.

Más que la noche,
en el abandono de cada segundo,
en el dolor
donde el silencio
destila sus ardides.

más que la noche, el yugo,
desconsuelo cavando sus diques,
veranos detenidos en el claustro,
entre fiebres,
para el ejercicio de una fecha cualquiera
(ya perdida
en el piso de los meses).

como si antaño
en la difícil elección de existir,
aún fuera posible esa fuga
que se evapora de la noche
(en ese cuarto)
y para siempre
de la memoria.

Constelación. Iacyr Anderson Freitas.

Durante incontables noches
durante días tan numerosos
como las leguas de viento
en su geografía o espanto
navego ese mar que me entierra
busco la isla prometida
la constelación de islas
o incluso la tierra
- esa
que regresará sobre mi cuerpo
cual ciudad
de cosas muertas o vencidas
cosas nacidas del limbo
crecidas del limbo
para cualquier mitología
que desconozco.

Tengo un amigo. Hafsa Bint Hamdun.

Tengo un amigo
que no se inclina ante los reproches,
y cuando la dejé,
se llenó de despecho y me dijo:
¿has conocido a alguien
que se me parezca?
y yo le dije también:
¿Y tú, has visto a alguien como yo?

Oh señor, mis esclavos. Hafsa Bint Hamdun.

¡Oh señor, mis esclavos me tienen sobre ascuas!
No hay entre ellos ni uno bueno;
son ignorantes, necios, enojosos,
o tan listos, que en su astucia, no responden.

Cree el hermoso... Hafsa Bint Hamdun.

Cree el hermoso
que la vida es hermosa
que el fluir de sus favores
abarca a todo el mundo;
pues él tiene un carácter
como el vino tras ser mezclado,
y una belleza que no la hay más dulce
en toda la creación;
su rostro es como el sol
que atrae a los ojos de su hermosura
y los ciega con el exceso de su fuerza.

Theatre of Tragedy A distance there is...


Prospice. Robert Browning (1812-1889)

¿Temer a la muerte? Sentir la niebla en mi garganta,
La neblina en mi rostro cuando llegan las nieves,
Y las ráfagas que anuncian que estoy acercándome;
El poder de la noche, la fuerza de la tormenta,
La asechanza incansable del enemigo.
Allí está, el horror supremo en forma visible;
Sin embargo, el hombre temerario debe acercarse,
Porque el viaje ha concluido y la meta alcanzada;
Las barreras caen, aunque falta una batalla para la conquista,
La recompensa de todo lo anterior.
Siempre fui un guerrero. ¡Una lucha más, la mejor y la última!
No deseo que la muerte vende mis ojos,
Que atenta me hiciera pasar arrastrándome.
¡No! Dejadme conocer todo su sabor,
Quiero ser como mis padres, héroes de antaño,
Soportar la embestida, pagar las deudas de una alegre vida
En un minuto de sufrimiento, de sombras y de frío.
Porque para los valientes lo peor se transforma en lo mejor,
El momento sombrío termina, y la furia de los elementos,
Las voces demoníacas desatadas se someten, se inclinan,
Cambian, se transforman en una paz que nace del dolor;
Luego una luz, luego tu seno, ¡Oh, tú, alma de mi alma!
¡Volveré a abrazarte y que la paz sea con Dios!

Theatre of Tragedy Hollow hearted heart departed


Partida al amanecer. Robert Browning (1812-1889)

Alrededor del cabo repentinamente llegó el mar,
Y el sol miró sobre las cimas de las montañas:
Recto era el camino de oro para él,
Y la necesidad de un mundo de hombres para mí.

Theatre of Tragedy To these words I behold no tongue


Mi duquesa muerta. Robert Browning (1812-1889)

Sobre aquella pared, ved el retrato
de mi Duquesa muerta; se diría
que vive; prodigioso lo afirmo.
Aquí aparece como un día Pandolfo
la pintó con sus manos. Para verla,
¿no queréis sentaros? Dije Pandolfo
que nunca vio un extraño,
como sois vos, en la silueta, el hondo
y apasionado y serio encanto suyo,
sin volverse hacia mi (pues la tela
que la cubre por vos la he quitado,
y nadie la toca sino yo) ansioso
de interrogantes, si osaba, como el raro
prodigio vino aquí; ya en otros
percibí tal curiosidad. Señor, no sólo
de su marido el aspecto en las mejillas
de la Duquesa tonos tan alegres ponía.
Pandolfo bromeaba a menudo diciendo:
La manta de mi Señora cae demasiado
por la fina muñeca; o bien:
El arte
pierde toda esperanza, impotente
será
para copiar ese desmayo de suavidad
que muere en su garganta.
Galanterías de ese tipo fueron suficientes
para dar a sus mejillas esos alegres tonos.
Era el suyo un corazón -no se cómo decirlo-
propenso a la felicidad y al encanto fácil.
Encontraba placer en todas las cosas,
y sus ojos en todo se posaban. Todo era grato
para ella, señor, mis alabanzas en su pecho;
las luces del poniente, las cerezas que un necio
le traía del huerto, adulador; el burro blanco
sobre el cual cabalgaba en torno a la terraza;
cualquiera, cualquier cosa su rumor
o su elogio merecía. Daba gracias a todos -de alguna
manera, no se cómo- y mi regalo de novecientos
años de nobleza, con el don de cualquiera equiparaba.
¿Quién burlaría tan ligera frivolidad?
Si yo tuviera ingenio -que no tengo-
en hablar, muy claro le hubiera dicho: En esto
sí me disgustáis, o en esto os equivocáis.
Y ella, si al verse corregida no mostraba
agudezas, ni excusas os pedía. Señor, sonreiría,
sin duda al verme tolerar; sin embargo
¿quién toleró una sonrisa libre?
Siguió aquello. Con una orden, todas acabaron
al mismo tiempo sus sonrisas.
Observadla aquí como en vida.
Levantaos para contemplarla,
podemos descender junto a nuestros amigos.
Os repito que la notoria calidez del Conde,
vuestro Señor; es buena garantía
de que todas mis justas peticiones atenderá.
Más os declaro que la sola hermosura de su hija
me arrebata. Señor, bajemos juntos.
Ved aquel Neptuno que va sobre un caballo de mar.
Una pintura no del todo vulgar: obra de Claudio
de Insbruck, en bronce para mí fundida.

Theatre of Tragedy Cheerful Dirge


Encuentro nocturno. Robert Browning (1812-1889)

El mar gris y la extensa tierra negra;
y la dorada media luna flotando bajo,
y las tímidas y asustadas olas que saltan
dormidas en ardientes círculos;
Mientras gano la costa en la ansiosa proa,
que sólo apaga su vigor en la arena fangosa.

Entonces surge una milla de perfumadas playas;
tres campos a la cruz de una granja aparecen;
un golpe en el cristal; un rasguño agudo y rápido,
las chispas azules de una lámpara que se enciende,
y una voz, aún más silenciosa, con sus alegrías y miedos,
que los dos corazones que se agitan en la Noche.

Theatre of Tragedy A hamlet for a slothful vassal


El noble Roland a la Torre Oscura llegó. Robert Browning (1812-1889)

I.
Mi primer pensamiento fue que él mentía con cada palabra,
Aquel anciano decrépito, con ojos maliciosos
observando con astucia el efecto de su mentira
en los míos, y la boca que apenas disimulaba
el júbilo, que deformaba sus labios,
por haber atrapado otra víctima.

II.
¿Para qué no estaba él dispuesto con su cayado?
¿Para qué, salvo para acechar con sus engaños, para confundir
a todo viajero que lo encontrase allí sentado
y preguntase el camino? Conjeturé qué risa cadavérica
brotaría, qué falacias escribiría en mi epitafio
como pasatiempo en la polvorienta calzada.

III.
Si por su consejo yo girase
Hacia aquella ominosa región en la que, como todos saben,
se esconde la Torre Oscura. Aun así, aceptándolo,
torcí hacia donde él señalaba: no por vanidad,
ni por la esperanza en el final señalado,
sino por la alegría de que existiese algún final.

IV.
Porque, a pesar de mis andanzas por toda la tierra,
a pesar de mi camino que se alargaba en penosos años, mi esperanza
era un fantasma nunca dispuesto ante
ese turbulento regocijo que brindaría el éxito,
apenas podía intentar reprimir la emoción
que sintió mi alma, al hallar un fallo en su aptitud.

V.
Al igual que un enfermo que se acerca a su muerte,
parece efectivamente muerto, y empiezan las sensaciones y concluyen
las lágrimas y recibe el adiós de cada amigo,
y oye a uno proponer a otro marchar, para respirar
libremente en el exterior, ("puesto que todo ha terminado," dijo él,
"Y ningún lamento puede compensar la desgracia").

VI.
Mientras unos discuten si cerca de otras tumbas
habrá espacio suficiente para él, y qué momento del día
es el mejor para trasladar el cadáver,
poniendo empeño en los estandartes y pañuelos:
el enfermo aún lo oye todo, y solamente anhela
no deshonrar tan tierno amor, y permanecer.

VII.
Así, he sufrido tanto en esta lúgubre búsqueda,
He oído el fracaso tan a menudo anunciado, he sido incluido
tantas veces en "El Grupo"- a saber,
Los caballeros que al sendero de la Torre Oscura encaminaron
sus pasos- que el sólo fallar como ellos parecía un triunfo,
Y toda la duda ahora era- ¿sería digno?

VIII.
Así, en silenciosa amargura, me alejé de él,
De aquel odioso anciano, fuera de su camino,
Hacia el sendero que él señalaba. Todo el día
había sido tranquilo a lo sumo, y turbio
se volvía hacia el final, y aún soltó una tétrica
mirada roja y obscena para ver al llano atrapar al distraído caminante.

IX.
¡Por la marca! Apenas me hube
internado en la planicie, tras un paso o dos,
Al detenerme para echar una última mirada atrás,
hacia el seguro camino, éste había desaparecido; gris llanura por todas partes:
Nada salvo planicie hasta el fin del horizonte.
Debía seguir; no había más que hacer.

X.
Así continué. Creo que nunca antes vi
tan yerma e impura naturaleza; nada prosperaba:
Por flores- se podía esperar una arboleda de cedros!
Pero la gramínea, el tártago podía, de acuerdo con su ley,
Propagar su especie, sin nada que temer,
Pensarías que uno cardo habría sido una joya invaluable.

XI.
¡No! Penuria, pereza y llanto,
De alguna extraña manera, eran parte de la tierra. "Mira
o cierra tus ojos," dijo Natura con mal talante,
"Nada instruye, mi caso no tiene remedio;
Es el fuego del Juicio quien debe sanar este sitio,
calcinar sus suelos y liberar a mis prisioneros."

XII.
Si algún rasgado tallo de cardo se elevara
Sobre sus compañeros, le cortaban la cabeza, los torcidos
Sentían celos sino. ¿Qué hizo esos agujeros y rasgaduras
en las ásperas hojas de hierba del muelle, golpeadas como para impedir
¿Toda esperanza de verdor? Existe alguna bestia que debe andar
destrozando sus vidas, con bestiales intentos.

XIII.
En cuanto a la hierba, crecía tan exigua como el cabello
en el leproso; delgadas hojas secas se alzaban en el lodo,
Que por debajo parecía hecho de sangre.
Un yerto caballo ciego, con cada hueso visible,
permanecía estupefacto sobre cómo llegó allí,
Expulsado de su anterior servicio en el establo del diablo.

XIV.
¿Vivo? Por lo que a mí concierne él podría estar muerto,
con aquella roja delgadez y el cuello hundido por el esfuerzo,
y los ojos cerrados bajo la pútrida crin;
Raramente tal monstruosidad iba de la mano con semejante tristeza;
Nunca vi una bestia a la que odiase tanto;
Debía ser perversa para merecer tanto dolor.

XV.
Cerré mis ojos y los volví hacia mi corazón.
Como un hombre pide vino antes de luchar,
clamé un sorbo de anteriores y más felices escenas
esperando así cumplir bien mi cometido.
Piensa primero, pelea después- el arte del soldado:
Un saborear el pasado lo pone todo en orden.

XVI.
¡Eso no! Imaginé el enrojecido rostro de Cuthbert
Bajo el adorno de sus dorados rizos,
Querido amigo, hasta que casi pude sentirlo rodear
su brazo con el mío para llevarme hacia el lugar,
Como él solía hacerlo. ¡Ay! ¡La desgracia de una noche!
Se apagó el nuevo fuego de mi corazón y lo dejó frío.

XVII.
Luego a Giles, el espíritu del honor- ahí se yergue él,
Leal como hace diez años recién armado caballero,
a lo que cualquier hombre honrado se atreviera (dijo él) él se atrevió.
Bien -pero la escena cambia - ¿Qué manos patibularias
Clavarían un pergamino sobre su pecho? Sus propias manos
lo leyeron. ¡Pobre traidor, escupió y maldijo!

XVIII.
Es preferible este presente que un pasado así;
¡De vuelta hacia mi oscuro sendero otra vez!
Ningún sonido, nada se ve hasta donde alcanza la vista.
¿Enviará la noche una lechuza o un murciélago?
Pregunté, cuando algo en la lóbrega llanura
Vino a interrumpir mis pensamientos y cambiar su curso.

XIX.
Un repentino arroyo se atravesó en mi camino,
Tan inesperado como la aparición de una serpiente.
Corriente tumultuosa, discordante con las tinieblas;
Ésta, tal como espumeaba, bien podría haber sido un baño
para la ardiente garra del demonio- al contemplar la ira
de su negro remolino salpicado de escamas y espuma.

XX.
¡Tan insignificante, y aún así tan malévolo! A todo lo largo,
Los bajos y esmirriados alisos se arrodillaban ante él,
Los empapados sauces se arrojaban a sí mismos de cabeza en un arranque
de silenciosa desesperación; un suicidio en masa:
El río que les había hecho tanto mal,
Lo que quiera que ello fuese, se iba rodando, sin dejarse persuadir.

XXI.
El cual, mientras vadeaba, - ¡Cielo Santo, cómo temí
poner mi pie sobre la mejilla de un hombre muerto
a cada paso, o sentir la lanza que introduje buscando
agujeros, enredada en su cabello o su barba!
- Pudo haber sido una rata de agua lo que ensarté
Pero, ¡Ugh! Sonó como el chillido de un bebé.

XXII.
Me sentí alegre al llegar a la otra orilla.
en búsqueda de una tierra mejor. ¡Vano Augurio!
¿Quiénes eran los enemigos, qué guerra libraban,
cuyas salvajes pisadas hollarían así el húmedo
terreno y lo convertiría en un marjal? Sapos en un pozo envenenado,
o gatos salvajes en una jaula de hierro ardiente.

XXIII.
Así debió haberse visto la batalla en aquel claro.
¿Qué los acorraló allí, con toda la planicie a su disposición?
No había huellas que condujeran hacia aquellos hórridos aullidos,
Nada salvo eso. Loco brebaje elaborado para que
sus cerebros piensen, sin duda, como los de los galeotes que el Turco
enfrenta para su diversión, Cristianos contra Judíos.

XXIV.
¡Y más qué eso - una yarda adelante- por qué, ahí!
¿Para qué macabro uso serviría ese mecanismo, esa rueda,
o freno, no rueda- ese filo listo para mutilar
cuerpos de hombres como si fuesen seda? Con todo el aspecto
de la herramienta de Tophet, abandonada inadvertidamente en la tierra,
o traída para afilar sus enmohecidos dientes de metal.

XXV.
Luego vino un tramo de tierra llena de tocones, otrora un bosque,
Después una ciénaga, o así parecía, y entonces sólo tierra
Desesperada y abandonada (al igual que un tonto halla regocijo,
Hace una cosa y luego la estropea, hasta que su ánimo
¡Cambia y entonces se marcha!) durante un cuarto de acre-
Lodo, arcilla y grava, arena y sombría desolación negra.

XXVI.
Ora inflamadas erupciones, de colores vivos y horrendos,
Ora terrenos donde la aridez del suelo
Se volvía moho o una sustancia como forúnculos;
Y apareció un roble paralítico, con una hendidura en él
Como una boca angustiada que resquebraja su corteza
Boqueando a la muerte, y muriendo mientras se repliega.

XXVII.
¡Y tan lejos como siempre del final!
Nada en la distancia salvo la noche, nada
¡Hacia dónde dirigir mis pasos! Mientras lo pensaba,
Un gran pájaro negro, el íntimo amigo de Apollyon,
Pasó volando, sin batir sus amplias alas de pluma de dragón
Que rozaron mi gorro- quizá era la guía que yo buscaba.

XXVIII.
Pues, mirando hacia arriba, de alguna manera me di cuenta,
A pesar del ocaso, de que la llanura había cedido su lugar
En derredor a las montañas- por honrar con semejante nombre
A los feos y apenas cerros y montículos que tapaban la vista.
Cómo de tal modo me habían sorprendido, - acláralo, ¡Tú!
Cómo salir de ellos no estaba muy claro.

XXIX.
Sin embargo, una parte de mí pareció descubrir algún truco
malévolo que me aconteció, Dios sabe cuándo-
En alguna pesadilla tal vez. Aquí terminaba, entonces,
Seguir por ese camino. Cuando, en el preciso momento
De darme por vencido una vez más, escuché un chasquido
¡Como el de una trampa al cerrarse- te hallas en la guarida!

XXX.
Como en una llamarada comprendí todo súbitamente,
¡Éste era el lugar! Esas dos colinas a la derecha,
Agazapadas como dos toros con las astas trabadas en pelea;
Mientras a la izquierda, una alta y trasquilada montaña… tonto,
Viejo senil, dormitando justo ahora
¡Tras pasar una vida adiestrándote para verla!

XXXI.
¿Qué se asentaba en el medio sino la Torre misma?
La redondeada torreta achaparrada, ciega como el corazón del loco,
Construida en piedra parda, sin parangón
En el mundo entero. El burlón elfo de la tempestad
Señala con el dedo al marinero, de este modo, el ser invisible
Le ataca, solamente cuando el navío zarpa.

XXXII.
¿No ves? ¿Acaso por la noche?- por qué, el día
¡Regresó para eso! Antes de irse,
El moribundo ocaso ardió en una fisura;
Las colinas, como gigantes en cacería, yacen
Con la barbilla en mano, para ver la caza acorralada-
"¡Ahora apuñala, y termina con la criatura- hasta el mango!"

XXXIII.
¿No escuchas? ¡Si hay ruido por todas partes! El tañido
creciente de una campana. Escuchaba
Los nombres de todos los aventureros desaparecidos, mis pares-
Cómo tal era fuerte, y cual valeroso,
Y el otro afortunado, sin embargo, cada uno de ellos de tiempos pasados
¡Perdidos, Perdidos! En un momento tocaba a muerto por años de tristeza.

XXXIV.
Ahí se encontraban, alineados a lo largo de las faldas de las colinas, reunidos
Para verme por última vez, un marco viviente
¡Para un cuadro más! En un lienzo en llamas
Les vi y les reconocí a todos. Y sin embargo,
Impávido, llevé a mis labios el cuerno,
Y toqué. "El noble Roland ha llegado a la Torre Oscura".

Una pareja perdida. Gabriel Celaya (1911-1991)

Iban los dos vestidos con descaro
—minifalda, melenas—
cogidos de la mano,
tan jóvenes que casi daban miedo,
tan absortos en un cero
que, aunque no se veían, les unía absolutos
algo fieramente puro.
Iban a cualquier parte cogidos de la mano.
Se amaban sin tristeza,
ni alegría, ni nada.
Y a veces se miraban, pero no se veían.
Y luego se sentaban en un banco cualquiera.
Pero no se veían.
Ella era muy bonita; parecía aturdida;
él, feroz y esmirriado.
No hablaban. No tenían ya nada que decirse.
Ya no se deseaban.
Pero seguían juntos, cogidos de la mano,
frente a algo que espantaba.

Mientras el transistor seguía sonando.

Momentos felices. Gabriel Celaya (1911-1991)

Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—el pitillo en los labios, el alma disponible—
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así la muerte,
¿no es la felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es la felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

La poesía es un arma cargada de futuro. Gabriel Celaya (1911-1991)

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Epílogo. Gabriel Celaya (1911-1991)

Y al fin reina el silencio.
Pues siempre, aún sin quererlo,
guardamos un secreto.

Despedida. Gabriel Celaya (1911-1991)

Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.

Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.

Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.

Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!

Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.

Cuéntame cómo vives. Gabriel Celaya (1911-1991)

(Cómo vas muriendo)

Cuéntame cómo vives;
dime sencillamente cómo pasan tus días,
tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
y las confusas olas que te llevan perdido
en la cambiante espuma de un blancor imprevisto.

Cuéntame cómo vives.
Ven a mí, cara a cara;
dime tus mentiras (las mías son peores),
tus resentimientos (yo también los padezco),
y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).

Cuéntame cómo mueres.
Nada tuyo es secreto:
la náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
la locura imprevista de algún instante vivo;
la esperanza que ahonda tercamente el vacío.

Cuéntame cómo mueres,
cómo renuncias —sabio—,
cómo —frívolo— brillas de puro fugitivo,
cómo acabas en nada
y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo.

Consejo mortal. Gabriel Celaya (1911-1991)


Levanta tu edificio. Planta un árbol.
Combate si eres joven. Y haz el amor, ¡ah, siempre!
Mas no olvides al fin construir con tus triunfos
lo que más necesitas: Una tumba, un refugio.

De otra manera. Fa Claes.

¿Qué, si en otra parte es posible
de otra manera?

La pesadilla de mis sueños,
la jungla de mi odio y mi amor;
la selva de copular, tragar, matar.

Mi libertad; y en el centro yo,
recogiéndome a mí mismo
de trozos memoria, de deseo,
y, si es preciso, de invenciones
de las rayas de mi mano,
yo aquí en Rijmenam.

Y qué, si en otra parte es posible
de otra manera.

Cumplimiento. Fa Claes.

Mediodía, pero sombrío el aire.
Hay tormenta, la lluvia retumba y
el relámpago hiende.

De pronto estamos siglos atrás.
La tierra humea, se arremolina, hierve.
Titanes de agua en ráfagas,
el aire resuena cuando el fuego
quema la cortina.

La evolución ha comenzado apenas
aquí, yo, en Rijmenam.

¡Dios!, ¡Dios!, pudiera mañana encontrarse unos miles
de quintillones de eones y más tarde aún,
quiero escribir: el cumplimiento
de los esfuerzos,
de tanto esfuerzo
la solución, por fin,
el resultado más consumado.

Cultura. Fa Claes.

Estoy en Rijmenam entre montañas.

En el tiempo en que ejecutaban
dos veces el concierto para trompeta
y trombón de Peter Cabus,
he quitado el polvo en el salón,
he pasado por las aguafuertes
de Karel Mechiels y Frida Duverger,
al lado de cuadros de
Lily e Ingrid de Volder
y retratos de René Smits.

'Ja ja', pienso en voz alta para mí mismo,
estoy mirando a mi alrededor con la mano en la cintura
'todo arte, todas obras de arte,
nuestra casa reluce con ellas,'
y pienso de nuevo.

Para mi asombro me oigo
declarándome respetuosamente a mí mismo:
"¡santo cielo! cómo por todo lo alto
estoy aquí, colmado, entre ecos,
entre montañas, mis amigos,
maestros, el apogeo,
mi admiración."

Cuento. Fa Claes.

¿Pequeño? Aquí en Rijmenam
todo es pequeño.
La plazuela es pequeña,
las calles son pequeñas,
los hombres son pequeños.
En Rijmenam todo es pequeño.

¿Pequeño? Aquí en la tierra
todo es pequeño.
El ansia del dinero es pequeña,
la crueldad sanguinaria es pequeña,
y sobre todo el amor es pequeño.
En la tierra todo es pequeño.

¿Pequeño? En el universo
todo es pequeño.
Los quarks son pequeños,
los leptones son pequeños,
e incluso en cualquier parte
los siete enanos son pequeños.
Entonces, ¿qué me importa a mí
que tenga que ser pequeño en el universo
o en Rijmenam?

Consuelo crepuscular.

¿El lado hermoso de la vida?
Que tenga su complemento
en el otro lado abominable;
en nada lo hace más hermoso
aunque no lo aniquila.

Los dos están
incomprehensibles el uno al lado del otro.
Es particularmente difícil
desde los momentos oscuros ver algo
que de cualquier manera podría ser luz.

Francamente, no sabría dónde
en Rijmenam, dónde en el universo
encontraría consuelo.
Pero lo que deploro más:
no sé nada con que
pudiera consolar
Rijmenam o el universo.

Eso pone pena sobre pena.
Pienso. Inclino la cabeza,
sigo trabajando. Y callo.

Certeza. Fa Claes.

¿La certeza respecto al hombre?
Hay una: morirá.
Y por más que el mundo jure y
rabie resistencia: ¡eso jamás!
Probaremos a toda costa
que somos inmortales
y, si no sale bien,
salta, mozo, salta
en el pozo de la fe.

Y saltar es lo que hacen, hombre,
por centenares, a millares, en compañía;
y están seguros de esto:
cuanto más gente salta,
tanto más segura se torna su fe.

Carácter. Fa Claes.

Dime, carácter mío de mierda,
¡qué difícil vivir con él!;
imagínate, desde que nací
te arrastro por todas partes.

Mira, tan sosegado ahora, pecio de
barco encallado. Apenas piensa,
apenas respira con demacrado
tórax en quilla.

Buenos días, tú, buenos días en la oscuridad.
Vaya hombre, un error, nosotros juntos yo,
nosotros los muchos los insoportables,
quienes unos a otros se amargan las horas.

Dime en la oscuridad: buenos días.
Vida contigo arrastro por todas partes
desde mi nacimiento. Imagínatela
insoportablemente encallada.
¡Vete a la mierda!, carácter. ¡Vete a la mierda!, pecio.

Bestia. Fa Claes.


¡Ay! ¡Ay!
Somos una gran bestia salvaje
que vive de miles de millones de células:
se llaman hombres.

A veces -¡Ay! ¡Ay!- a miles los contrae,
manda a veintidós de ellos al campo
y coloca a los otros alrededor en amplio óvalo.

Con vehementes contracciones la ola
recorre las células y tras mucha batahola
la bestia en hordas las expulsa.

A veces -¡Ay! ¡Ay!- a millones las arrastra,
chillan hasta resquebrajarse la tierra y
violentamente una pata sucia
y sus pretensiones levantan.

Pero cuando sus habladurías se derrumban,
entran a gatas por pasillos, tubos,
cavernas, tierra, Rijmenam,
donde cada uno piensa de sí mismo:
yo, lo otro es mierda, es mundo
y eso tiene menos... ¡no!,
no tiene ninguna importancia.
¡Ay! ¡Ay! - ¡Ay! ¡Ay! Que sean
tres veces: ¡Ay! ¡Ay!

Año nuevo de 2000. Fa Claes.

Un poquito, como una mañana cuando sale el sol,
esquiva la penumbra la niebla de tus ojos.
Ves iluminarse los colores,
la luz te levanta el corazón y la esperanza
te envuelve en una ola. Hoy.
Todavía un momento y todo será posible hoy.
Puede que haya primavera en el invierno,
verano y sol y sonrisa y gritamos
y oímos gritar: '¡Llego, llego!'
Nos miraremos a los ojos
y diremos y oiremos decir:
«Te amo, amor, tanto... Tanto te amo...»

Como la mañana cuando sale el sol.
Quienes están delante de las puertas -nosotros estamos
delante de las puertas, todos nosotros estamos aquí-
ven ceder sus hojas por el mundo entero
ante el deseo, la buena voluntad.
'¡Llego!' Por las puertas afluyen
las muchedumbres como luz, como
agua, como tiempo y eternidad,
un sueño como el año nuevo de dos mil
que en ningún aspecto
difiere de hoy
en Rijmenam el universo,
cada mañana cuando sale el sol.

Año nuevo. Fa Claes.

Bailarinita, Año Nuevo,
tan dulce, tan alegre, agachada todavía,
y ella misma una lazadilla
para que con una lazadilla
sus zapatillas
pueda atar.

Un momentito todavía,
y me yergo
y empiezo a bailar
lazadilla tras lazadilla
para que a todos, el uno al otro
y a todos a mí, pueda atar.

¿Qué?¿Dónde?. Fa Claes.

Desde Rijmenam lanzo pensamientos,
lazos por el espacio;
y, mira, flotan sueltos
se tornan aros y
¿qué?, ¿dónde?; no vuelven a mí.

Estoy sentado aquí y pienso ¿dónde están
mis aros, dónde mis lazos?
Y presumo que mis
pensamientos muy allá lejos preguntan
¿qué? ¿dónde?: es Fa Claes en Rijmenam.