martes, 17 de diciembre de 2013

Una señal. José Manuel Arango (1937-2002)

Para Juan José Hoyos



Una señal una flecha tosca un pedazo de tabla clavada en un palo
Se encuentra al borde de la carretera veredal que se anuda al riñón de la montaña

Antes indicaba el camino
Ahora —torcida— apunta al desfiladero

Yo que voy a pie que no tengo prisa
Debo acaso detenerme y enderezarla
Es asunto mío será útil a alguno
Tal vez.

Sonámbulos. José Manuel Arango (1937-2002)

Te hablo y mis palabras
se rompen en el borde de tu sueño,
se entretejen con él,
se mudan.

Me das la mano
y no recibo tu mano en mi sueño,
porque allí no penetra tu mano
que se hace otra para ser mía.

Alguien dice algo según su sueño
y alguien otro lo oye desde el suyo.
Alguien entrega algo a algún otro
y este otro recibe otro algo.

Si me contaras tu secreto
no lo comprendería.
Paso mi palma delante de tus ojos
y no me reconoces.

Regreso. José Manuel Arango (1937-2002)


                              Para Gloria

                                  1

Otra vez, esta noche,
sentados a la mesa,
a la larga y angosta mesa de pino
de la cocina.
En torno,
dos lugares vacíos.

Afuera, el viento
amontonó las hojas secas
contra el umbral.
Y otra vez,
hasta el corredor que da al campo,
llegó en la oscuridad el aroma
de las flores del limonero.

                              2

Mientras la sopa servida humea
y la conversación, un momento agotada,
no se reinicia,
mientras vuelvo a sentir en el tobillo
el hocico helado del perro,
me demoro en las lentas maneras del hermano
reconocido con sorpresa en un gesto.

                              3

Volver a la casa,
como el que vuelve, ya viejo, a una mujer.

                              4

También el rostro del hermano
es como el de quien vuelve de algún camino,
las hirsutas pestañas
blancas de polvo.

Ahora, en su tranquila madurez,
un ademán de pronto,
un matiz de la voz,
un treno de la risa
traicionan en él al padre.

                              5

Después es el temor de tenderse en el lecho
en el que aquella noche
vimos agonizar a nuestro padre,
el oscuro temor de calzar en la horma
de su muerte.

Agua. José Manuel Arango (1937-2002)

Después pusieron al ahogado en la arena,
de espalda sobre la arena blanca,
de cara al cielo.

Apretaba el puño cerrado,
como si trajera del agua
algo: una concha, un hueso
de pez—

La boca comenzaba a desleírse
en una mueca
y tenía lodo en los dientes,
en el cabello endurecido.

Lodo en las uñas:
había manoteado en el lodo.

Theatre of Tragedy Debris


Nada dorado permanece. Robert Frost (1874-1963)

El primer tinte de la naturaleza es dorado,
Para mantener su verde más intenso.
Su hoja temprana va floreciendo
Y vive apenas una instante.
La hoja muere al caer, danzante,
Como se hundió el Edén muy a su pesar,
Así el alba día a día desciende,
Pues nada dorado permanece.

Theatre of Tragedy Disintegration


Lo más cercano. Robert Frost (1874-1963)

Pensó que él solo podía captar el universo;
Pero la única voz que obtuvo por respuesta
Fue el eco falso eco de sí mismo
Que provenía del abismo,
al otro lado del lago.
Una mañana, desde una roca en la orilla,
Aulló que lo que deseaba en la vida
No era una copia hablada de su propio amor
Sino un amor devuelto, y con voz propia.
Y la única respuesta encarnada
Capaz de responder a su aullido matinal
Comenzó a descender por la otra orilla,
por las paredes del abismo hasta el lago
para zambullirse luego en las aguas distantes.
Y luego de nadar un trecho se aproximó a su orilla,
En lugar de poseer forma humana,
De tener la forma de quien tanto había anhelado,
Emergió un gran macho cabrío, poderoso,
Tajeando las aguas encrespadas con su enorme pecho.
Y al llegar al lecho,
Chorreando agua como una cascada,
Sacudió las rocas con su cornamenta,
Hasta que se perdió en la maleza, y eso fue todo.

Theatre of Tragedy Senseless


La noche invernal de un anciano. Robert Frost (1874-1963)

Más allá de las puertas, a través de la frío
que barre la ventana formando unas estrellas
dispersas, en la sombra, el mundo observa su cara:
La habitación está vacía. Y duerme.
La lámpara inclinada muy cerca de su rostro
le impide ver el mundo. Ya no recuerda.
La vejez le impide recordar en qué tiempo
llegó hasta estos lugares, y por qué está aquí solo.
Rodeado de barriles se encuentra perdido.
Sus pasos temblorosos hacen retumbar el sótano:
lo asusta con sus pasos trémulos: y asusta
otra vez a la noche (la noche de sonidos
familiares ). Los árboles aúllan allá afuera;
todas las ramas crujen. Tan solo hay una luz
para su rostro, inmóvil, una luz en la noche.
A la Luna confía —en esa Luna rota
que ahora vale más que el sol— el cuidado
de velar por la nieve que yace sobre el techo,
de velar los carámbanos que cuelgan desde el muro.
Sigue durmiendo. Un leño se derrumba en la estufa.
Despierta con el ruido. Sobresaltado se agita.
Es la noche. Respira suavemente.
Un viejo solo no puede llenar toda una casa,
un rincón de los campos, una granja. No puede.
Así un anciano guarda la casa solitaria,
en la noche de invierno. Y está solo. Está solo.

Theatre of Tragedy Fade


La casa fantasma. Robert Frost (1874-1963)

Habito, lo sé, en una solitaria casa
Que hace muchos veranos desapareció,
Salvo las paredes del sótano ningún rastro dejó,
Muros donde se abate la luz del día,
Donde las fresas salvajes se arrastran.

Sobre las vallas arruinadas las vides la ocultan
Del bosque, volviendo al campo fértil;
Pues el árbol del huerto ha cultivado un bosque
Donde aletea el carpintero y corta su madera;
Sanando para bien el sendero que baja.

Habito con un extraño dolor en el corazón,
En aquella morada desaparecida sin un rumor,
Sobre aquel camino perdido y olvidado,
Que ni siquiera es refugio de lagartos.
Llega la noche, los murciélagos caen con sus dardos;

El ave nocturna llega para silenciar
Los sonidos y la agitación del cielo:
Lo oigo comenzar lejos, muy lejos,
Balbuceando muchas veces su decir,
Antes de que él arribe, sin otra cosa que callar.

Es bajo la pequeña, débil, estrella estival,
Pero nada sé sobre la muda multitud
Que comparte las penumbras junto a mí,
Aquellas sombras bajo el árbol oscuro
Sin duda llevan nombres ocultos en el musgo.

Son gente incansable, pero lentos y tristes,
Aunque dos, los más cercanos, son hombre y mujer,
Ninguno entre ellos se atreve a cantar,
Y a pesar de estar rodeados de soledad,
Como dulces compañeros persisten en este lugar.

Theatre of Tragedy Begin and end


Hacia mi mismo. Robert Frost (1874-1963)

Uno de mis deseos es que aquellos árboles oscuros,
Tan viejos y firmes que la brisa apenas los penetra,
No fuesen la máscara de una penumbra discreta,
Estiradas sombras, lejos al borde del destino.

No he de ser retenido, pero en ese algún día,
En su inmensidad debería escabullirme,
Intrépido, buscando incesante la tierra abierta,
O el sendero donde la rueda lenta vierte arena.

No veo por qué yo debería volver,
O por qué los otros mis pasos deben rastrear
Para alcanzarme, pues deberían extrañarme,
Sabiendo largo tiempo que todavía los amo.

No me encontrarían distinto del que supieron contemplar,
Sólo más seguro de que aquello que pensaba era verdad.

Theatre of Tragedy Voices


Fuego y hielo. Robert Frost (1874-1963)

Algunos dicen que el fuego consumirá al mundo;
otros afirman que triunfará el hielo.
Por lo que yo sé acerca del deseo,
doy la razón a los que hablan de fuego.
Mas si el mundo debiera sucumbir dos veces,
pienso que sé bastante sobre el odio
para afirmar que su ruina sería igual de grande,
y con ella bastaría.

Theatre of Tragedy Ashes and dreams


El camino no elegido. Robert Frost (1874-1963)

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Apenado por la imposibilidad de tomar ambos,
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Observando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se diluía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tomado quizás la elección acertada,
Pues era espeso y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía regresar sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.

Theatre of Tragedy Silence


Amor y una pregunta. Robert Frost (1874-1963)

Un extraño llegó hasta la puerta en el ocaso,
Y habló con el justo novio.
Llevaba una vara blanca y verde en la mano,
Que a su vez sostenía todas sus cargas.
Preguntó, más con los ojos que con los labios,
Si habría refugio para él durante la noche,
Y se volvió para mirar la distancia del camino,
Sin luces ni ventanas iluminadas.

El novio dio un paso y cruzó la puerta diciendo:
Miremos hacia el cielo,
Y preguntemos por la noche que vendrá,
Tú y yo, extraño compañero.
Las hojas de la vid cubrían el patio,
Los frutos de la vid eran azules,
Otoño, si, pero el invierno estaba en el viento;
Extraño, ojalá lo supiera.

Dentro, la novia yacía sola en el atardecer,
Inclinada sobre el fuego del placer,
Su rostro brillaba rojo frente al carbón,
Y rosa era el deseo y el pensamiento del corazón.

El novio observó el camino desgastado,
Sin embargo la vio a ella en el interior,
Y deseó su corazón en un cofre de oro,
Inmóvil con un alfiler de plata.

El novio pensó en un pequeño regalo,
Algo de pan, una bolsa para el descanso,
Una oración sincera por los pobres de Dios,
O para los ricos una humilde maldición.

Pero si aquel extraño fue consultado o no,
Sobre la muerte del amor de dos,
Por albergar la pena en la noche que vendrá,
El novio nunca lo supo, pero deseó saberlo.

Theatre of Tragedy Storm


El viento que sacude las espigas. Robert Dwyer Joyce (1830-1883)

Me senté en el valle verde,
Me senté con mi verdadero amor,
Mi corazón triste se esforzó en elegir
Entre el viejo y el nuevo amor,
El viejo para ella, el nuevo que me hizo pensar
En la Irlanda querida, mientras el viento soplaba
Sacudiendo las doradas espigas.
Fue duro decir palabras, lamentos que quiebren
Los lazos que nos atan,
Pero más difícil es soportar la vergüenza
De las cadenas extranjeras que nos atan.
Entonces dije: Hacia la cañada en la montaña
Buscaré la naciente mañana
Y vagaré con los hombres unidos,
Mientras el suave viento sacude las espigas.

Aunque fue triste besé sus lágrimas,
Mis cálidos brazos la rodearon,
Un hombre disparó ráfagas en nuestros oídos
Desde el secreto del bosque.
Una bala atravesó a mi verdadero amor,
La joven primavera de su vida cedió
Y sobre mi pecho, ensangrentada, ella murió,
Mientras el suave viento sacudía las espigas.

Pero sangre por sangre sin remordimientos
He tomado en Oulart Hollow,
Y yací junto al cadáver de mi verdadero amor
Dónde pronto he de seguirla.
Mientras alrededor de su tumba, vagando,
Mediodía, noche y aurora,
Rompiendo en llanto cada vez que oigo
Al suave viento sacudir las espigas.

Theatre of Tragedy Monotone


Por los viejos tiempos. Robert Burns (1759-1796)

¿Deberían ser olvidados los viejos amigos
y nunca recordarlos?
¿Deberían ser olvidados los viejos amigos
y los viejos tiempos?

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Los dos hemos corrido por las laderas
y arrancado las bellas margaritas,
pero hemos errado mucho con los pies doloridos
desde los viejos tiempos.

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Los dos hemos vadeado la corriente
desde el mediodía hasta la cena,
pero amplios mares han rugido entre nosotros
desde los viejos tiempos.

Por los viejos tiempos, amigo,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Y he aquí una mano, mi fiel amigo,
y danos una de tus manos,
y ¡echemos un cordial trago de cerveza
por los viejos tiempos!

Por los viejos tiempos, amigo mío,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de camaradería
por los viejos tiempos.

Y seguro que tú pagarás tu trago.
Y seguro que yo pagaré el mío...
Y, aun así... ¡echaremos ese trago de camaradería
por los viejos tiempos!

Theatre of Tragedy Dying I only feel apathy


La lágrima. Robert Burns (1759-1796)

Mi corazón es angustia, y lágrimas caen de mis ojos;
Hace largo, largo tiempo que la alegría me es extraña:
Olvidado y sin amigos soporto mil montañas,
Sin una voz dulce que suene en mis oídos.

Amarte es mi placer, y profundo lastima tu encanto;
Amarte es mi desdicha, y esta pena lo ha demostrado;
Pero el corazón herido que ahora sangra en mi pecho
Se siente como un flujo incansable que pronto será deshecho.

Oh, si yo fuese -si acariciar la felicidad yo pudiese-
Abajo en el arroyo joven, en el cansado castillo verde;
Pues allí deambula entre melodías permanentes
Aquella lágrima seca de tus ojos.

Theatre of Tragedy Mire


Fragmento trágico. Robert Burns (1759-1796)

Diabólico como soy, condenado a la desgracia;
Áspero, terco, irrecuperable villano,
Mi corazón todavía se funde en la miseria;
Y con sinceros e inútiles suspiros veo
A los desamparados niños del abandono:
Con lágrimas indignadas me planto frente al opresor
Regocijándome ante el hombre y su destrucción,
Todo su crimen fue un espíritu indomable.
¡Incluso ustedes, sombras desleales! Vuestra es mi lástima;
Si, para ustedes, donde el bien aparente se piensa como lástima,
Si, para mis pobres, despreciados, abandonados, vagabundos,
El vicio humilde se ha convertido en vuestra ruina.
¡Oh! Pero por mis amigos y la interposición de los cielos
Yo he sido impulsado adelante como tú abandonado,
¡Yo, el más detestado, el más infeliz entre vosotros!
¡Oh, Dios impiadoso! Tu bondad injusta me dio talento,
Y has sido cruel con mis compañeros de barro,
De quienes yo también he abusado.
Si supero a todos los villanos que me precedieron
Sólo ha sido por tus dones caprichosos, ciegos.

Theatre of Tragedy Sweet art thou


El epitafio del bardo. Robert Burns (1759-1796)

Existe un inocente inspirado,
Un pensamiento hambriento de gloria,
Un buscador incesante y orgulloso,
Deja que se acerque,
Y así como canta la hierba húmeda
Derrama tu lágrima.

Existe un bardo de rústicas melodías
Robando las multitudes con su sinfonía,
Que cada semana se reúnen para oírlo,
¡Oh, no pases de largo!
Con un fuerte sentimiento altivo
Exhala aquí tu suspiro.

Existe un hombre cuya sentencia clara
Enseña a otros a dirigir el curso,
Sin embargo, él corre una vida incansable,
Salvaje como las olas,
Pasa por aquí y vuelca tu lágrima
Sobre la terrosa tumba.

El pobre que habita debajo
Se apresuró a aprender de los sabios,
Cálido sintió de la amistad el rayo
Y su llama suave;
¡Irreflexivas locuras lo cubren ahora
Y manchan su nombre!

¡Escúchame lector! Si tu alma
Dispara los vuelos de la fantasía,
Larvas oscuras consumen esta tierra
Mientras descienden en el sepulcro:
Recuerda que la cautela y la prudencia
Son las raíces de la sabiduría.

Génesis. Jeannette Clariond.

Como un espejo que sangra,
como una herida que escurre,
resbalo.
Desfallezco y resbalo por la boca del volcán,
resbalo entre tus piernas,
tiemblo ante la vacilación.

Tiemblo,
procuro sostenerme.

Metamorfosis. Cecilia Meireles.

Súbito pájaro
dentro de muros
caído

Pálido barco
en onda serena
arrojado.

¡Noche sin brazos!
cálido hilo de sangre
vertido.

E inmensamente
el navegante
mudado.

Sus ojos densos
apenas recuerdan
haber sido.

Su labio lleva
otro nombre
grabado.

Súbito pájaro
por altas nubes
bebido.

Pálido barco
en flores quedas
quebrado.

Nunca, jamás
y para siempre
perdido

el eco del cuerpo
en el propio viento
plegado.

De la sed. Josefa Parra Ramos.

Quitadme incluso el mar;
incluso el apretado cauce de los arroyos,
las acequias ruidosas de insectos, los estanques
donde los peces muerden la soledad del agua;
quitadme la tormenta,
los carriles de lluvia resbalando en el vidrio,
el rocío que preña de gotas los jarales,
la humedad de la noche lastimando los trigos.
Quitadme incluso el mar.

(La única sed que temo es la sed de su boca.)

La razón por la que callo. Lia Karavia.

La razón por la que callo
es la gran belleza de vuestra palabra
Pablo Neruda
Yannis Ritsos
Langston Hughes.
Pero esta noche hago una excepción
porque no visteis a mi amado
torso desnudo a la luz de la luna
con hombros de mármol
brazos de intensa luz
cuello de cisne.
Vosotros no escuchasteis
su gemido suave
que ensancha su mítico tórax
listo para combatir
y es en verdad una lástima
que quede sin alabar
tanta gallardía.

La cantinela de Pentauro. Marguerite Yourcenar (1903-1987)

Según un papiro egipcio.


La muerte cerca de mí, la muerte cerca de ti
como un dulce sueño a la sombra de un dulce techo;
como un vino que se vierte, como un loto que respira;
la muerte cerca de ti como una caña que llora.
Al extenuado reposa, al enfermo cura,
la muerte es un dulce lago en un horizonte de polvo.
Como un dulce viento de la tarde soplando su aliento lento,
la muerte detrás de ti infla la vela, la llena.
Navegáis, amantes, hacia una tierra lejana.
Como una dulce invitada la muerte está en el festín.
Flor, el verano te marchita. Rocío, el verano te bebe.
La muerte extiende sus redes como un dulce pajarero.
Y la sombra del ciprés es la sombra que queda
donde ya pronto dormirán el novio y la novia.

Ni los sueños. Piedad Bonnett.

Ni los sueños, donde tu rostro tiene todas las formas de la dicha,
ni el sol que tanto amo sobre mi cuerpo desnudo,
ni la grata canción del antiguo trovero enamorado,
ni el verso de Darío ni el verso de Quevedo,
ni esta luna que brilla con brillo de alcancía,
ni tu nombre por otros pronunciado,
ni el eco de mis pasos en la inmensa catedral solitaria,
ni el rosal que yo siembro con mis manos y me sangra los dedos,
ni las noches insomnes,
ni tu dulce retrato mentiroso,
ni el tiempo --ese falsario de mil rostros--
pueden calmar mi pena de no verte.

Mediodía. Idea Vilariño.

Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,
el mar ensimismado,
el mar, a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
Ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.
Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.

Mala parte. Mónica Nepote.

Esa ciudad que visitas cada noche
aquella de los muros blancos
en la que descubres -cada noche- el fósil.
Esa ciudad es tu ojo y tu oído
la de calles intactas, puertas ligeras
esa donde nadie habita
de telares mudos y pájaros calcáreos.
Esa ciudad es mi tributo
una pequeña estampa, un reino de agua
para que tu voz descanse.

Estación. Sharon Olds.

Al salir del muelle, después de escribir,
me acerqué a la casa,
y vi tu gran cara de notable
a la luz de la lámpara de pantalla de pergamino
color de fuego.

Una elegante mano en la barbilla. Tus ojos
penetrantes me encontraron en el césped. Mirabas
como lo hace el noble a través de una angosta ventana
y tú desciendes de nobles. Con calma, sin
recato me examinaste,
la esposa que se precipita al muelle para escribir
en cuando uno de los hijos está en la cama,
dejándote a ti el otro.

Tu larga
boca flexible como el arco de un arquero,
no se curvó. Pasamos un buen momento
sopesando la verdad de nuestra situación, los poemas
colgaban pesados como furtiva caza de mis manos.

Un patio del sur. Amalia Bautista.

Un patio, cualquier patio, en un hueco del sur,
limoneros de aroma mareante,
la luz del día que se va muriendo
indiferente, igual que cualquier día,
repitiendo ese rito
que conserva el misterio de las cosas sabidas
y temidas a un tiempo:
¿y si fuera la última esta tarde?
Bandadas de vencejos cruzan el cielo oscuro,
bordean la alta torre,
consiguen despistarme con sus vuelos erráticos
cuyo frágil destino desconozco.
Las campanas empiezan a sonar
y los vencejos fingen asustarse
con el estruendo, pero todo es juego,
y tragedia, y cabriola, y trazado de círculos
perfectos contra el gris
rojizo de agonía
del alto y ancho cielo.
El cielo ya está negro del todo. Entre las ramas
del limonero ríe y me deslumbra,
tan arriba, un lucero.

Un poco de agua. Yves Bonnefoy.

A este copo
Que se posa en mi mano, deseo
Asegurarle lo eterno
Haciendo de mi vida, de mi calor,
De mi pasado, de estos días de ahora,
Un instante simplemente, un instante,


Pero ya no es más
Que un poco de agua, que se pierde
En la bruma de los cuerpos que andan en la nieve.

Accidentes. Blanca Luz Pulido.

Caer desde el sueño
hasta un día de piedra
donde el eco de la noche
no se alcanza.


Sorprender en ajenos rostros
alegrías desconocidas,
imposibles.


Escapar en fragmentos de certezas
y con palabras diseñar la fuga
perfectamente inútil del espejo.


Entender al minuto minucioso
sólo para llegar a las horas ya desiertas.


Andar a ciegas en hondos mediodías
tejiendo sombras
para después iluminarlas al acaso.


Labrar cada derrota hasta su muerte.


Renacer en el siglo que amanece
y al pie de la extinción
sembrar el riesgo.

En la secreta casa de la noche. Jorge Teiller (1935-1996)

Cuando ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche
a la hora en que los pescadores furtivos
reparan sus redes tras los matorrales,
aunque todas las estrellas cayeran
yo no tendría ningún deseo que pedirles.


Y no importa que el viento olvide mi nombre
y pase dando gritos burlones
como un campesino ebrio que vuelve de la feria,
porque ella y yo estamos ocultos
en la secreta casa de la noche.


Ella pasea por mi cuarto
como la sombra desnuda
de los manzanos en el muro,
y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua
para una fiesta de ángeles perdidos.


El temporal del último tren
pasa remeciendo las casas de madera.
Las madres cierran todas las puertas
y los pescadores furtivos van a repletar sus redes
mientras ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche.

La musa. Ana Ajmátova (1889-1966)

Cuando es noche entrada y espero que llegue,
me parece la vida pendiente de un hilo.
Gloria, juventud, libertad quedan pálidas
ante ella, que trae una flauta en la mano.


Entró. Al quitarse el velo
me miró fijamente. ¿Eres tú
-le pregunto- quien dictaba
a Dante su Infierno? Y responde: - Yo.

Amor a primera vista. Wislawa Szymborska (1923-2012)

Ambos están convencidos de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.


Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?


Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.


Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,


una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,


que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.


Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?


Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.


Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

Costumbres. Juan Gelman.

no es para quedarnos en casa que hacemos una casa
no es para quedarnos en el amor que amamos
y no morimos para morir
tenemos sed y
paciencias de animal

No dormir. Robert Graves (1895-1985)

No dormir en toda la noche, de puro gozo,
sin contar ovejas ni importarme el sonar de las campanas,
recibiendo con agrado la charla matutina
de pájaros, hijos del alba, que ociosamente discuten
detalles caprichosos de la llegada prometida.
¿Vestirá de rojo, de bermejo, de azul
o de puro blanco? Vista como vista, estará gloriosa.
No dormir en toda la noche, de puro gozo,
es algo que se otorga a pocos pero al fin a mí.
Y así, cuando me ría o me desespere, o salte de la cama
me deslizaré escalera abajo, rozando con los pies la alfombra
por la cortesía debida al avanzar civilizado,
aunque, si quisiera,
podría echar a volar por la ventana abierta
y posarme en una rama, allá en lo alto,
como aliado aceptado por los pájaros
que, todavía alerta, murmuran juntos suavemente.

Panorama. Jose Gorostiza (1901-1973)

En la esfera celeste de tus ojos
de noche.
La luna adentro, muerta,
en el gracioso número del naufragio.
Después apenas una atmosfera delgada
tan azul
que el azul era distancia, solo distancia
entre tu pensamiento y tu mirada.