martes, 30 de diciembre de 2014

El antepasado. Emilia de Pardo Bazán (1851-1921)

-Durante la temporada de los baños de mar -dijo Carmona, nuestro proveedor de historias espeluznantes- hice migas con un muchacho que ostenta un apellido precioso, mitad español y mitad italiano, evocador de nuestras glorias pasadas: Ramírez de Oviedo Esforcia. Familiarmente, los que le conocíamos en la linda playa de V le llamábamos Fadriquito, y abreviando Fadrí. Existía curioso contraste entre los sonoros y heroicos apellidos de Fadrí y su persona. Era una criatura endeble, anémica, clorótica, de afeminado semblante, de ojos claros y transparentes como el agua de dulce carácter y exquisita finura; y los facultativos, al enviarle a V, le habían encargado que viviese en la playa; que se saturase de aire salobre, que se impregnase de sales marinas; en broma, decíamos que para remedio de su sosería, y en realidad, para prestar algún vigor a su empobrecida complexión y a su organismo débil y exangüe. «¡Qué quieren ustedes...! -repetía Fadrí-. Soy huérfano, no tengo quien me cuide... y he de cuidarme solo.»

El joven aristócrata se me aficionó, y juntos nos bañábamos, almorzábamos, salíamos a paseo y concurríamos al casino. Había yo notado en Fadrí una singularidad, que despertó mi instinto de observador: al desnudarse para entrar en las olas, se cuidaba de no descubrir la garganta ni un momento, manteniéndola envuelta en un pañuelo blanco muy ancho, que sustituía por otro, después de arroparse en la sábana con el mayor recato. Los cuellos almidonados de sus camisas subían casi hasta las orejas, y esto, que algunos creyeron afectación de elegancia, lo relacioné con el detalle del pañuelo, sospechando que podría tener por objeto encubrir los estigmas de la escrófula, que llamamos lamparones. Sin embargo, «algo» me indicaba causa distinta para tan excesiva precaución; y un día, a pretexto de echarle la sábana, me arreglé de suerte que el pañuelo quedó en mis manos, y patente la garganta de mi amigo.

Él exhaló un gemido, como si le hubiesen arrancado el vendaje de una llaga; y yo reprimí un grito -tan extraño me pareció lo que veía-. Superaba a mis presentimientos... Destacándose sobre la blancura de los hombros y las espaladas, señalaba el arranque del cuello ancha marca circular, entre sangrienta y lívida, de irregular contorno, semejante a la huella que deja el cuchillo al separar del tronco la cabeza. Diríase que, después de cortada, habían vuelto a colocarla allí, y que al menor movimiento rodaría al suelo. No me quedaría, si sucediese, más helado de lo que me quedé, notando la horrible señal. Fadrí se cubría ya, con trémulas manos, y yo permanecí inmóvil; el asombro me paralizaba la lengua. Por fin, recobrando el uso de la palabra, me deshice en tan sinceras y sentidas excusas, que el pobre muchacho sólo contestó a ellas con un abrazo largo y expresivo como amistosa confidencia...

Y la confidencia tenía que seguir al abrazo, por ley natural de las cosas. Acaso Fadrí la deseaba, pues el corazón no resiste fácilmente la pesadumbre de ciertos secretos... Por la tarde nos sentamos sobre una peña de la costa, en lugar solitario y salvaje, y al pavoroso ruido de la resaca se mezcló la voz de Fadrí, relatándome lo que tanto deseaba saber: la historia de la señal.

-Después de cinco años de matrimonio estéril -empezó-, mis padres iban perdiendo la esperanza de tener hijos. Los médicos lo atribuían a la complexión de mi madre, que era enfermiza, nerviosa y de una exaltada sensibilidad; y para que se robusteciese le aconsejaron una larga residencia en el campo y una vida enteramente rústica: de levantarse temprano, acostarse con las gallinas, comer mucho, pasear a pie y evitar todo género de emociones. ¡Sobre todo, las emociones le eran funestas! Para dejarla más tranquila y atender a varios asuntos pendientes, mi padre resolvió no acompañarla a la finca de Castilbermejo, que era el lugar escogido por su amenidad y salubridad, y también porque la familia del mayordomo, gente honrada y adicta, cuidaría y atendería a la señora.

Me agrada Castilbermejo -advirtió mi padre- porque, si bien en los siglos XV y XVI fue una fortaleza donde se batió el cobre, al reconstruirla se convirtió en una casa grande, cómoda y apacible. Ya no queda allí ni rastro de los tiempos crueles..., sino la historia de la cabeza, que supongo es una patraña.

-¿De la cabeza? -preguntó mi madre con interés-. ¿Qué cabeza es ésa?
-¡Nada, mentiras! -se apresuró a exclamar él, ya arrepentido-. Como no estuve en Castilbermejo desde chiquillo, apenas recuerdo...
Ella insistió, y mi padre, de mala gana, dio algunos detalles.
-Pues aseguran que existe en la casa, dentro de un cofre de terciopelo granate, la cabeza de un antepasado, un Esforcia, que degollaron en Italia en el siglo XVI... Parece que fue hijo o sobrino de aquel famoso Galeazzo, el que envenenó a su propia madre, Blanca Visconti... ¡Tonterías, consejas! Ya te estás poniendo pálida, criatura... No debí ni mentar semejante embuste.

Calló ella, olvidóse el incidente, y mi madre salió al fin para Castilbermejo, sentándole divinamente los primeros días de rusticación. Según confesó después la pobrecilla, el campo le produjo efectos tan bienhechores, que no pensó en la cabeza del antepasado, aunque la relación de mi padre se había quedado fija en su imaginación vehemente, como un clavo en la pared. El aire puro, el sol, la paz y el sosiego de la comarca, la leche fresca, la fruta, el sueño tranquilo, los cuidados y sencilla amabilidad de la familia del mayordomo, influyeron tan provechosamente en la señora, que su rostro recobró el color, su estómago el apetito y su carácter la alegría de los pocos años. No obstante, ¿se ha fijado usted en este fenómeno? El campo, si tranquiliza los nervios, también a la larga, por efecto de la soledad y de la misma carencia de cuidados, ocupaciones y distracciones, acaba por exaltar la fantasía. Esto le sucedió a mi madre. Al mes o poco más de residir en Castilbermejo, la idea de la cabeza cortada empezó a preocuparla día y noche -de noche especialmente-. La veía en sueños, destilando sangre, y se despertaba estremecida, a las altas horas, como si un fantasma acabase de tocarla con mano glacial... Comprendiendo -porque era una señora de claro talento- lo quimérico de estas figuraciones, no quería decir palabra de ellas a los que la rodeaban ni preguntar por el cofre de terciopelo, recelosa de que se trasluciese su delirio en la pregunta... Había momentos en que sospechaba que tal vez, positivamente, fuese todo una conseja ridícula; y así, entre incrédula y fascinada decidió registrar la casa, hasta ver confirmados o deshechos sus temores. No sabía ella misma si deseaba o recelaba encontrar la cabeza. Quizá consideraba una desilusión el no descubrir el cofre.

A pretextos de arreglos, muy propios de una dama hacendosa, revolvió la casa de arriba a abajo, escudriñando los desvanes, los sótanos y hasta las bodegas; pero el cofre no aparecía. Cuando ya iba cansándose de pesquisas infructuosas, recibió una carta de mi padre, avisando que llegaba a pasar una semana de campo. Alegre, olvidada momentáneamente de sus quimeras, púsose a arreglar y disponer el vasto aposento que servía de dormitorio, limpiándolo y adornándolo cuanto pudo, trayendo flores del huerto y despejando para guardarropa las hondas alacenas que formaban uno de los lados de la habitación. En el estante más alto hacinábanse objetos llenos de moho y de humedad, frascos de caza, monturas antiguas, papeles amarillentos; y la hija del mayordomo, que encaramada en una escalera, iba sacando estos trastos, chilló de pronto:

-Aquí hay también uno a modo de cajón... ¿Lo bajo?
-Bájalo -ordenó mi madre, que extendió las manos y recogió cuidadosamente una caja no muy grande, desvencijada, sombría, con herrajes comidos de orín, y cuya tapa, desprendida de los goznes, se ladeó y descubrió en el interior un objeto trágico y terrible: una cabeza cortada, momificada, que aún conservaba parte del pelo y la intacta dentadura.

Fadrí se interpuso, suspiró y clavó los ojos en los míos.

-¡El cofre! -exclamé, sugestionado.
-¡El cofre!... ¡Usted suponga la sacudida nerviosa que sufrió mi madre! Lo que buscaba por toda la casa, el enigma, lo tenía allí, en su cuarto, a dos pasos de su cabecera, en el único sitio que no se le había ocurrido examinar. Cuando llegó mi padre la encontró con unas convulsiones muy violentas. A fuerza de cuidados y cariño, logró que se repusiese un poco, y la sacó enseguida de Castilbermejo. ¡De allí a nueve meses y días nací yo... con esta señal que usted ha visto!

Volvió a guardar silencio Fadrí, y pregunté, lleno de compasión:

-¿Y... su madre de usted...?
-No pudieron ocultárselo... ¡Fue su perdición, fue lo que acabó de trastornar su cerebro! Murió en la casa de salud del doctor Moyuela..., que prometió con su sistema devolverle la razón... ¿Mal antecedente, verdad? Yo necesito doble método y grandes precauciones... ¡Esas cosas se heredan!

El anticipador. Morley Roberts (1857-1942)

-Admitiré que no se trata de un plagio -dijo ferozmente Carter Esplan-; será el destino, el demonio, pero ¿es menos irritante por eso? ¡No, no!

Se pasó la mano por el cabello hasta erizarlo. Lo agitaba una febril excitación; una mancha roja ardía en sus mejillas; se mordía el labio tembloroso.

-¡Maldito Burford, sus padres y sus ascendientes! Las herramientas, para quien sabe manejarlas -añadió, después de una pausa durante la cual su amigo Vincent lo estudió con curiosidad.
-La culpa es tuya, mi querido salvaje -dijo Vincent-. Eres demasiado indolente. Recuerda, además, que esas ideas están en el aire. La originalidad no es más que el arte de atrapar tempranas larvas. ¿Por qué no escribes las cosas apenas las inventas?
-Hablas como un burgués, como un viajante de comercio -repuso Esplan, disgustado-. ¿Por qué un manzano no? ¿A qué esperar el estío y las influencias del viento y el cielo? ¿Por qué no salen polluelos de huevos recién puestos? ¿Acaso el parto sigue inmediatamente a la concepción? ¿Y no sufrió dolores la montaña para dar a luz un ratón? ¿Y por ventura...
-...y por ventura, no exigirán tus obras de genio una parte de la eternidad a que están destinadas?
-¡Tonterías! -gruñó Esplan-, pero tú conoces mi método. Yo capto la sugerencia del pensamiento, tal vez el título; y luego lo dejo, quizá sin tomar una nota; lo dejo al cerebro, a la conciencia subliminar, al yo subconsciente. El cuento crece en la oscuridad del alma, perpetua e insomne. Quizá lo rechace el tribunal artístico que en ella tiene su sede; quizá lo relegue. Yo, el yo exterior, insignificante envoltorio de tendencias hereditarias, nada sé de él, pero un día tomo la pluma y mi mano lo escribe. Éste es el automatismo del arte, y yo... yo no soy nada, soy apenas la última de las individualidades ocultas en mí. ¡Quizá un tácito antecesor llega por mí a la palabra, y sin embargo el Complejo Yo Esplan tiene que ser anticipado en esa forma!

Se incorporó y midió con pasos irregulares el largo salón de fumar del club. Era evidente que sus nervios estaban tensos y el desorden imperaba en su espíritu. Pero Vincent, que era médico, veía más hondo. Esplan, en efecto, hablaba espasmódicamente y a veces no acertaba con la palabra justa, lo que revelaba una perturbación de los centros del habla. ¿Será la morfina? -pensó-. ¿La estará tomando nuevamente, y hoy le ha faltado su dosis?

Pero Esplan estalló una vez más.

-No me importaría tanto si Burford escribiera bien, pero no sabe escribir un cuento. Mira esa última historia mía... es decir, suya. Yo la veía como una criatura impetuosa y palpitante, que vibraba y cantaba, una verdadera Ménade, llena de sangre roja. En sus manos, ni siquiera nació muerta; está diciendo a gritos que es un muñeco, pierde el aserrín, se mueve como un maniquí, huele de lejos a cosa fabricada. Mas ahora ya no puedo escribir ese cuento. Lo ha arruinado para siempre. Es la tercera vez. ¡Maldito sea, y maldita mi suerte! Yo trabajo cuando siento la necesidad de crear.
-Tomas muy en serio tu vocación -dijo Vincent perezosamente-. Al fin y al cabo, ¿qué importa? ¿Qué son los cuentos? ¿No son un opio para la vida de los cobardes? Preferiría inventar algún pequeño instrumento, o construir un puente de tablas sobre un arroyo fangoso, antes que escribir el mejor cuento del mundo.

Esplan estalló.

-Bueno, bueno -dijo casi a los gritos-, el hombre que inventó el cloroformo fue grande, y quienes lo fabrican son útiles. Lo que hacemos nosotros llámalo cloral, morfina, bromuro; lo que quieras, pero damos alivio.
-Cuando sería mejor usar vejigatorios...
-¡Qué estupidez! -contestó Esplan-. En todo caso, tu charla es ociosa. Yo soy yo, los escritores son escritores... pequeños, si quieres, pero un resultado y una fuerza. Déjame descansar. No hables de tonterías ideales.

Pidió brandy. Después de beberlo, su aspecto cambió un poco. Sonrió.

-Acaso no vuelva a suceder. Si sucede, creeré que Burford se obstina en cruzarse en mi camino. Tendré que...
-¿Eliminarlo? -preguntó Vincent.
-No. Trabajar más rápido. Pronto escribiré algo. Algo que indudablemente le encantaría echar a perder.

La conversación cambió y poco después se separaron. Esplan se dirigió a su departamento de Bloomsbury. Durante algunos minutos caminó por la sala, pero luego sintió el impulso de escribir. Le escocían los dedos, un estado de ánimo semiautomático se apoderaba de él. Se sentó y escribió, primero lentamente, después más rápido, y por último con furia. Eran las tres de la tarde cuando empezó a trabajar. A las diez seguía sentado ante el escritorio, poblado por las cenizas de innumerables pipas. A intervalos se alisaba con las manos húmedas los cabellos erizados. Sus ojos cambiaban como ópalos: a veces centelleaban y casi ardían, a veces se volvían opacos. Él mismo cambiaba con cada frase; pronunciaba en alta voz lo que escribía; cada pensamiento se reflejaba en su rostro pálido y móvil. Reía y gemía. En el punto culminante de su narración, le corrieron lágrimas por la cara y borraron el ya indescifrable manuscrito. Pero a las once se levantó, rígido y tambaleante. Con dificultad recogió del piso las páginas sin numerar, y las ordenó. Después se desplomó en su asiento.

-¡Es bueno, es bueno! -decía, sonriendo-. ¡Qué extraño demonio soy! Mis callados antecesores reviven fantásticamente en mí. Es extraño, infernalmente extraño. El hombre no es más que un micrófono, y loco por añadidura. ¿Cuánto tiempo estuve madurando esto que acabo de escribir; El cuento es viejo y al mismo tiempo nuevo. Se lo mandaré a Gibbon. A él le gustará. Pequeña bestia, pequeño horror, pequeño cerdo, con un divino anillo de oro de inteligencia crítica en el sucio hocico.

Bebió medio vaso de whisky y se echó en la cama. Su imaginación corría alocadamente.

-Mi ego está un poco fisurado -dijo-. Debo cuidarme.

Y antes de dormirse pronunció conscientes tonterías. Se burló de la necedad de su imaginación, y sin embargo tenía miedo. Por fin tomó morfina en una dosis tan grande, que le afectó el nervio óptico. Relámpagos subjetivos brillaron en la oscuridad de su cuarto. Soñó con un Burford gigantesco y brutal, que usaba un gran diamante en la pechera de la camisa.

-Comprado merced a la transmisión de mis pensamientos -dijo.

Pero al mirarse advirtió que él tenía una joya aún más grande, y pronto su alma se disolvió en la contemplación de sus rayos, hasta que su conciencia fue disipada por una divina absorción en el Nirvana de la Luz. Cuando despertó, al día siguiente, era ya avanzada la tarde. Estaba destrozado por el trabajo de la víspera, y aunque mucho menos irritable, caminaba con inseguridad. La molestia de mandar su cuento a Gibbon le resultó casi insuperable; pero lo envió, y después tomó un taxímetro que lo llevó a su club, donde permaneció varias horas, casi en estado comatoso.

Dos días más tarde recibió una nota del jefe de redacción. Le devolvía su cuento. Era bueno, pero... -Hace varias semanas Burford me envió otro con el mismo tema, y lo acepté.

Esplan golpeó contra la repisa de la chimenea su mano delgada y blanca, haciéndola sangrar. Aquella noche se embriagó. El vino pareció corroer, morder y retorcer hasta el último nervio y la última célula de su cerebro. Su irritabilidad se volvió tan extrema que se quedó al acecho de sutiles e imaginarias ofensas, y meditó mórbidamente sobre el aspecto de inocentes desconocidos. Pagó al camarero el doble de lo que había consumido, no porque lo mereciera, sino porque comprendió que la menor señal de descontento por parte de aquel hombre podría originar en él un estallido de irreprimible cólera. Al día siguiente se encontró con Burford en Piccadilly, y pasó junto a él sin saludarlo, con una amarga sonrisa. -No me atrevo a dirigirle la palabra -murmuró-. ¡No me atrevo!

Y Burford, que no alcanzaba a comprender, se sintió ultrajado. Él mismo odiaba a Esplan con el odio de un rival que se siente desplazado y aventajado. Sabía que su trabajo carecía de la diabólica precisión de Esplan, de la frase brillante, el toque justo de color, el certero impulso que culmina en el final perfecto, la convicción amarga y exacta, el conocimiento de los hombres que proviene de la herencia, la exaltada experiencia que alega intuiciones recibidas. Era, bien lo sabía, un exitoso fracaso, y su ambición superaba a la de Esplan. Trepador, voraz y presumido, su vacuidad era notoria aun antes de que Esplan la pusiera de relieve con la seguridad de su estilo.

-Él toma lo que yo hago y lo hace mejor -repetíase Burford-

Y cuando Esplan publicó su último cuento, y el mundo recordó (para olvidarla en seguida a la luz deslumbrante de esas páginas magistrales) la fría pasta del bibelot de Burford, éste sintió que el odio crecía en su interior. Pero se contuvo y siguió su camino pequeño y laborioso.

El éxito del cuento y el amargo eclipse de Burford ayudaron mucho a Esplan, quien tal vez se habría recobrado, de no mediar otras influencias nocivas para su vida. Entre ellas la muerte de cierta mujer, cuya amistad con él nadie conocía. Esplan se aferró a la morfina, que, a medida que aumentaban las dosis, lo conduciría al desastre. Y en efecto, el desastre se produjo, por fin.

Burford hizo publicar dos cuentos, muy superiores a lo que acostumbraba escribir, en una revista que hasta ese momento había sido territorio exclusivo de Esplan. Eran los mismos temas que Esplan acababa de imaginar y estaba a punto de escribir. El escozor de este último golpe lo sacó de quicio: pensó en el asesinato; lo planeó con brutalidad, después con sutileza, y llegó a sentirse dominado por la idea, hasta que su vida se trocó en la flor de ese motivo insano. El hecho de que un comentarista señalara la estrecha afinidad entre la obra de los dos escritores y, exaltando el genio de Esplan, colocara al uno por encima de toda crítica y al otro por debajo de todo elogio, no modificó en nada la situación. Pero la amarga exactitud de la crítica enloqueció a Burford. Castañeteando los dientes, detestando su propio trabajo, odió aun más al hombre que había pulverizado su presunción. Sentía deseos de destruir. ¿Cómo hacerlo? Esplan llevaba una vida subracional. Era un maniático homicida, con una víctima preseñalada. Concebía y escribía planes. Sus cuentos eran variaciones sobre el asesinato. Imaginaba medios de ejecutarlo, los buscaba en otros libros. A veces corría el peligro de creer que ya había cometido el crimen. En un momento de locura estuvo a punto de entregarse a la policía por ese asesinato anticipado. Así ardía y se consumía su imaginación ante el sendero que se había trazado.

-Lo haré, lo haré -murmuraba, y en el club los hombres hablaban de él. -Mañana -dijo, pero después lo postergó. Debía planearlo con arte. Lo dejó para que germinase en su fértil cerebro. Y por fin, cuando ya había empezado a escribirlo, la acción, iluminada por extrañas circunstancias, fue creciendo ante él.

Ese asesinato despertaría un mundo de resplandores, inaugurando una época en la historia del crimen. Aun cuando el planeta se viera convulsionado por las guerras, aun entonces los demás querrían oír esa historia increíble, penetrar en ella, dilucidar el método y el crecimiento de los medios y el motivo. Sonreía solo en la calle, y reía con risa aguda en su cuarto de fugaces visiones. Por la noche transitaba las solitarias callejuelas próximas, ponderando con ansia el borbollón de sus encontrados pensamientos; y apoyado en las rejas de frondosos jardines, veía fantasmas en las sombras de la luna y los invitaba a conversar. Se convirtió en un pájaro nocturno.

-Mañana -dijo por último.

Mañana daría el primer paso. Se frotó las manos y rió, ya cerca de su casa, en una plaza solitaria, al tramar los últimos detalles sutiles que su imaginación multiplicaba.

-¡Está bien, basta, basta! -gritó a su fantasía enloquecida-. Ya está hecho.

Y las sombras que lo rodeaban eran muy oscuras. Se volvió en dirección a su casa. Entonces le llegó la inmortalidad con extraño aparato. Le pareció que su alma ardiente y oprimida estallaba en su angosto cerebro chispeando maravillosamente. Hubo alrededor un diluvio de luces, relámpagos en un cielo rosado, un espantoso trueno. El firmamento se abrió en un blanquísimo resplandor. Vio cosas inimaginables.

Giró sobre sí mismo, se llevó la mano a la cabeza herida y cayó pesadamente en un charco de su propia sangre. Y el Anticipador, aterrorizado, huyó por una callejuela.

El ánima de mi madre. Antonio Ros de Olano (1808-1886)

¡Terrible noche aquélla por cierto!

Mi calle enfila al Norte sin discrepar un ápice y está muy solitaria y ruinosa, de suerte que, mejor que calle, parece una brecha que abrió el invierno con sus baterías de viento y el empuje de sus avalanchas… ¡Oh! ¡gran sitio para celebrar un sábado! ¡Recinto pintiparado para los aquelarres!………Sin embargo las brujas andan desperdigadas a tientas y a locas por el mundo, cuando no han dado con ella. ¡Ah! ¡Qué calle, qué calle la mía! Llovía a cántaros y un vendaval rabioso acababa de matar los faroles, cuando mi padre entró en casa. Estábame yo acurrucado en el barreño de la ceniza y rebujado en un ruedo leyendo a Platón al mortecino reflejo de una candileja, y como tenía mis cinco sentidos puestos en el libro, no saludé al buen señor con el tenga Vd. santas noches de costumbre. Tiróme él su capa encima muy bruscamente y sentí un frío mortal que me caló los tuétanos. Más mojado que un chopo, naturalmente sacudí los hombros y miré el rostro de mi padre. En lo que vi se hallaba enojado y eché a temblar.

-Maldecido de Dios, bien hizo tu madre en morirse al echar al mundo el fruto de su culpa. ¡Oh, cuánto horror me das!
-Padre mío, soy inocente y bueno.
-¡No! tú eres el instrumento que forjó y aguzó una mujer contra su honra y vida.
-Padre mío…
-Quita, quita, que naciste en mal hora.
-Soy inocente y bueno, laborioso y humilde. He calentado tu vianda, barrido los suelos de tu estancia y mullido tu lecho para que reposaras.
-¡Mi lecho! ¡Mi lecho!! ¡Ah! ¿Tú sabes que el vellón de mi cama está convertido en erizos de veinte años a esta parte?
-Yo he restaurado el calor de tus miembros, padre mío, con la frotación de mis palmas…

Mi padre cayó de golpe sobre los ladrillos y una palidez de muerte cubrió su rostro. Entonces me precipité a él y mis labios y mis manos llamaron a su cabeza la sangre que sin duda se había retirado a los senos del corazón para ahogarlo. Mas poco a poco la rubicundez de sus mejillas fue subiendo de punto, tanto que empezó a darme cuidado y hasta que los ojos se le pusieron como la lumbre. Mientras se mantuvo inmóvil lo sostenían mis brazos, pero luego que incorporándose me clavó una mirada, que me quemó de dos chispazos, di en huir para que más el diablo no aventara la braza. Y en siete saltos cobré la puerta, bajé seis tramos y me encontré en la calle. La lluvia había cesado, y en su lugar un mansísimo orvallo caía como el ropaje de las sombras aplanando el espíritu. Eché a andar sin dirección, desamparado y huérfano en el mundo, sin nadie sobre la tierra para mí, oscuro el porvenir, desprovisto para la sociedad, aborrecido de un hombre y desconocido de todos, solo encogido, tímido, cobarde, el alma pura, el corazón sensible, jamás rociado en el bálsamo de las caricias, el cuerpo yerto, entumecido y flaco, sin pan y sin asilo, próximo a perecer de sentimiento. Parecíame que marchaba sobre el caos, que en verdad no sentía bajo mis pies la tierra. Las manos por delante y caminando, tropecé contra el atrio de una iglesia y me acogí a sus muros. ¡Ay!, dije, arrojando muy de cerca el hálito en mis crispados dedos. Las comunidades religiosas eran unas nuevas familias que adoptaban por hijos y por hermanos suyos a los como yo desgraciados, sin otro vínculo que la virtud; pero desde aquí fueron arrojadas al martirio las comunidades religiosas y el templo está desierto y la caridad sin sus mandatarios. ¡Estoy solo!, y mañana el sol que me caliente descubrirá mi miseria a los que pasen por junto a mí sin condolerse. Y ahora me esconde la misma noche que me hiela….tan malos son para mí la noche como el día. Mañana como hoy, ¡todo es lo mismo! Y el siempre se forma de una hora y otra y otra y la de más allá, ¡todas como ésta! ¡Ay madre mía! ¡cuál fue mi culpa al nacer!

La pena del inocente no es amarga y por eso se alivia con el llanto. Yo lloraba y llorando estaba cuando vi una lucecilla muy triste que rompía la neblina, al parecer a muy larga distancia, pero en realidad no tan lejos. Fuese acercando tanto la lucecilla que vi quién la traía y cómo. Y quien la traía érase una mujer, desnuda como un ángel, y la lucecilla no era vela, lámpara, ni farol, sino una llamita que a la mujer le brotaba desde la altura y al lado del corazón pegada al pecho. Paróse aquella ilusión, aquella realidad, aquel espíritu, aquel ente bello, misterioso, dolorido. Paróse a medio paso de mí y lentamente dejándose caer de rodillas fue luego para más de cerca contemplarme, con una amante ternura y un celestial placer que por los ojos y la boca derramaba. Embebecida, estática, sublime, llena de abnegación como una madre por su nacido, lacrimosos los párpados y cansados, los labios rebosando en pueril o fanática sonrisa…..sin aliento.

-Me muero de frío. No hay más si no que me muero. La noche se hace ya más larga que mi resistencia… y soy un pobrecito que a nadie hago mal, un pobrecito que acaba de perder a su padre, y que perdió a su madre, hace ya mucho, un pobrecito huérfano, lleno del santo temor de Dios…. ¡Oh! Sí que me muero de fríííí….o…..
-Amor mío, corazón mío, alma de mi alma, del alma de tu madre que te adora. ¡Qué hermoso estás!! ¡Y cuánto has crecido! ¿y has llorado mucho? ¿y te consolaban con mimos cariñosos? Dime, ¿cuál mujer te prestó el pecho para envidiarla yo? ¡¡Querubín del cielo!! ¿Quién te comió a besos las primeras sonrisas de la infancia? ¿quién se dormía a tu lado o te arrullaba en su regazo? ¿a que dichosa despertó tu lloro? ¿quién santiguó tu frente? ¿quién ensayó tus labios a balbucear la palabra primera?…. ¡Ah!….¡Ah!…. ven a mí que deliro de alegría. ¡Ah! Ven y ampárate del calor de la madre que es el calor más dulce y sabroso. ¡Oh! ¡Qué gozo, qué gozo! ¡Tenerlo ya tras tanto purgatorio!
-Per signum crucis…. Abrenuncio Satanás…. Diablo, mujer, visión o lo que tú seas, vengas de dónde vinieres, yo te conjuro y en nombre de Dios te pido, que si buscas mi perdición, huyas, como hiciste del Santo Abad Antonio, y si es que por lo contrario te ofreces en mi provecho, también de parte de Dios te pido que me digas quién eres.
-Cuál fue tu culpa al nacer, exclamabas llorando hace un instante, y se lo preguntabas a tu madre infeliz, que allá desde el seno de la eternidad como te oía, rompió la cárcel de la muerte, cerrada con las sombrías sordas puertas del misterio, que se levantaron para no caer, entre esta y la otra vida…
-¿Con que tú eres….?
-Tu madre, Leoncio mío, y tú un pedazo de este mismo corazón cuya llama es amor, que me alumbra en las tinieblas, para que mis anhelantes ojos busquen su otra mitad por el mundo y te encuentren, te reconozcan y se harten de la mirada que perdieron.
-¡Oh madre mía, madre mía, cuál fue mi culpa al nacer!

Mi madre me arrebató en sus brazos, me arrulló sobre sus muslos, con la mano izquierda sostenía mi cabeza y con la derecha muy delicadamente puso entre mis labios uno de sus pechos. Yo me dejaba querer a todo exceso. Mi madre me contemplaba y alternativamente se reía y lloraba, pero represando siempre el aliento para que la respiración no interrumpiera mi reposo. Poco a poco aquella alteración de sus afectos fue calmando y sin dejar de mecerme y con un tono melancólico jamás oído en las partituras italiana, tono semejante a los plumajes de niebla, que sobre las crestas del Sangotardo, ondulan y se pierden en la silenciosa inmensidad aquella, mitad espíritu y lágrimas lo demás. Con un tono tristísimo arrojado de los senos del corazón, cantó las estrofas siguientes para derramar unción sobre mi sueño:

Con quince mayos cumplidos
Y en su rostro la hermosura
Envuelta en pobres vestidos;
Y los ricos atrevidos
Que llaman a su clausura.
Tendrás oro, pedrería
Plumas, seda argentería;
Ricas galas que gastar;
Será tu suerte la mía
Será tu destino amar.
Arroja hermosa doncella,
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.
Amor que es el estallido
Del beso ardiente, perdido
Entre el ramaje sin fin
Del ancho verde y florido
Laberinto de un jardín;
Amor que es el abandono,
El columpio entre ilusiones;
Que el arpa y las canciones
Tristes que en lánguido tono
Llamarán a tus balcones;
Amor que es fuego en el pecho,
Que es el delirio en el lecho
Y el cielo de la mujer
Amor que es volar de un trecho
Los límites del placer
Serás reina en los estrados,
Sultana de cien galanes,
Y tus trajes recamados
Se quejarán despreciados
Al rodar por los divanes.
Altas horas de la noche
Serán música el ruido
Del aliento y el quejido,
Que prenda como de un broche
Amante un labio en tu oído.
Y tu gala y gentileza
Y el drama de tu belleza,
Abriendo el mundo por foro…
Pisarás por más alteza
Carrozas de sedas y oro.
No declinarán tus días;
Tus pupilas radiarán;
Tus continuas alegrías,
Por ser tuyas serán las mías.
Tus rivales llorarán.
Arroja hermosa doncella,
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella,
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.
Y pasaron y volvieron,
Suspiraron, padecieron,
Y tornaron a cantar.
La miraron, la dijeron
Sin descanso, sin cesar.
En su corazón nacía
Un sentimiento de cielo,
Amaba cuanto veía,
La flor y el ave que huía
Extraviada en su vuelo.
Amaba el sol y en el viento
Amaba la veleidad;
Y su pobre apartamento
Amaba hasta el sentimiento
De su virgen pubertad.
¡Ay! Amaba y padecía
deseaba y no tenía!….
¡Hija! Trabaja, por Dios,
Que ya pronto vendrá el día
Y haya pan para las dos.

Llegando aquí exhaló mi madre un quejido dolorosísimo. Era todo el recuerdo de una vida entera ya pasada, la expresión enérgica, concreta, depurada y sublime de una tragedia completa. Su quejido se clavó en mis entrañas y vibró como la espada de buen temple dentro del seno de la víctima. Conocí entonces que era yo parte del corazón de mi afligida madre, y sentí con ella y ella conmigo, la mitad cada uno de un dolor único pero inmenso.

-Leoncio, mío, enjuga tus ojos, levanta la cabeza y mírame para que mi memoria se retrate en el espejo de mi vida real. Voy a contártela tan sin rebozo y con una extensión tal, que sólo tu la sabrás en la tierra. Tú me perdonarás tanto porque tu desgracia te ha hecho más justo que el mundo, como porque mi alma lo necesita; y yo te referiré cosas que no salen del labio de las mujeres sino después de muertas ante el tribunal de Dios.
-Habla, madre mía, y llévame contigo donde no nos separe el tiempo.

II.
En aquellos tiempos daban las doce de la noche, daba la una, y se contaban hasta las tres de la madrugada, pronunciadas a la vez con claro y distinto son por cinco relojes de cinco torres distantes. Y al expirar la postrera campanada de la última hora, se apagaba constantemente la luz en una buhardilla altísima, que en la calle del Dardo corona como por escarnio una casa de vecindad con cuatro pisos y cuarenta viviendas, semejante en la general pobreza y el mutuo encono de los asociados a esas repúblicas que llaman federales. En mil ochocientos y dos, la que estaba destinada por la Providencia a ser mi familia materna, habitaba un cuarto principal de los de la misma casa y vivía con menos holgura que estrechez. Casóse en dicho año mi madre y convino con su marido en que habitarían el piso segundo, y en este nací yo. Pronuncióse la guerra a poco y mi padre marchó a campaña. Murieron mis abuelos. Dejamos mi madre y yo aquella vivienda y subimos veinte escalones más para bajar un real. Era ya el piso tercero nuestro acomodado retiro, cuando una bala dio mucho honor a mi padre, pero le quitó la vida y a nosotras el sustento que de él recibíamos. Entonces subimos otros veinte escalones regados con el llanto de mi madre que la pobre recuerdo que me llevaba en hombros, y no apartaba de mí los ojos, más que para encomendarme a la Virgen de los Desamparados. Sin duda que creía la mataría en breve el sentimiento. Mientras mi madre andaba las diligencias para establecer su derecho a una viudedad, que no le habían de pagar, se consumieron nuestros ahorros. Cierta mañana, que no me había dado de almorzar, llegó el casero y la regañó. Calmóse aquello a poco, hablaron luego despacio, él contando por días y ella por quebrantos, hasta que por último cambiáronse unas llaves, dióle mi madre las gracias muy humilde, y con grande resignación cogiéndome de la mano subimos al piso quinto, que es la buhardilla altísima que desde la calle del Dardo domina toda la población y en la que en aquellos tiempos se apagaba la luz a las dos de la madrugada.

Desde los seis años de mi edad hasta unos meses antes de mi muerte, habité bajo aquel techo avariento que me reducía el espacio a medida que la edad íbame dando estatura. No he tenido amigas, no conocí el bullicio del concurso, no he pisado la arena postiza de los paseos artificiales, ni mis pies giraron nunca al compás voluptuoso de una orquesta. Solíame mandar mi madre por no dejar su faena, a que comprara en las vecinas tiendas algún frugal alimento; y muchas veces iba también a la fuente por agua, porque la que había en casa, como estaba bajo la teja vana se nos entibiaba muy pronto. Bajaba yo la escalera a tramos y cantando. Hablaba a las vecinas y corría; y en llegando a la calle solíanme besar las mujeres diciéndome: "Dios te bendiga, ¡qué hermosa eres!"; y los hombres groseros, ponían su mano sobre mi cabeza y soltaban el vapor de su aliento sobre el espejo de mi inocencia, diciéndome con tono intencionado de amenaza, placer y confianza: "crece, crece, que no te aguardan malos quince." Era yo en efecto en la niñez, como la manzana más alta del huerto cercado; que el sol primero la calienta y las últimas auras la refrescan. Toda colores, redondez y lozanía, bullidora, versátil y parlera, brotando vida y recogiendo risas, que solían apagarse en mi buhardilla, allí junto a mi madre dolorida, los ojos bajos y las manos aplicadas a la costura más asidua, ya desde aquellos años pequeñuelos.

Cosíamos para un almacén de vestuario y lo pagaban tan poco, que apenas ganábamos el sustento. Desde que comenzamos a trepar escaleras, cada mes desaparecía de mi casa un mueble o un vestido de mi madre; pero yo siempre contenta y ella cada vez más melancólica marchábamos en progresiones opuestas. Caducó la infeliz; los ojos le enfermaron y no atinaba a enhebrar la aguja. Apuntaba yo en tanto, en desarrollo físico y destreza en el trabajo; pero ella al cabo de un tiempo quedó ciega del todo y el peso de la casa gravitó por completo sobre mí. Cosía muchísimo, hijo mío, y como los días me eran cortos y las noches caras, mientras comíamos ensartaba agujas para la próxima tarea. Tú no sabes lo que es una madre desvalida y ciega, acariciando a una hija que la mantiene; nada hay tan elevado, nada tan desgarrador, nada que tanto nos llene el corazón, ni nada tampoco que más nos haga sentir la propia insuficiencia. "Hija," solía decirme, "¡quién pudiera ayudarte, aunque fuera sudando gota a gota la sangre de mis venas!!" Y luego se afligía y palpando en sus tinieblas, buscaba mi cabeza y la besaba y tras esto continuaba diciendo: "créeme que lo haría…. En cada gota de mi sangre te ofrecería un descanso; y mi último aliento se escaparía durante un sueño tuyo…. ¡No muy lejos de ti! Hija mía de mi vida. Colócate en el sol y pásame la mano por los ojos, a ver si se me aclaran un poquito….¡un poquito nada más, le pido a Dios, para mirarte!" Ella así me influía su amargura y yo procuraba distraerla cantando, pero todo era en vano; alargaba el cuello hasta sentir mi aliento en su mejilla y me decía: "tienes la voz de un ángel, pero la cólera de Dios contra su sierva apagó la antorcha de la luz dentro de mis ojos, para que la vanidad no se gozara en contemplarte…. ¡Ven, abrázame mucho, apriétame, maltrátame; y que te sienta ya que no te veo!"

Estos accesos se hacían insoportables. Arrojábame yo en sus brazos con un sobrante de vida matador, el cual me hacía prorrumpir en gritos histéricos y dementes caricias hasta que la postración se apoderaba de nosotras y llorábamos. Mi madre entonces, queriendo consolarme, se esforzaba diciéndome: "no trabajes más, hermosa mía, descansa porque yo te lo ruego, que con lo que has hecho ya tenemos para mañana, y yo con pan y con agua me paso tan contenta; porque como me lo das tú, la voluntad lo sazona de todos los sabores, ni más ni menos, que aquel manjar que derramaban los ángeles sobre la grey de Dios en el desierto. Tal mis años de la infancia corrían monótonos ignorados y labrando en cierto modo felicidad por la costumbre; hasta que unos tras otros pasando perezosos, cumpliéronse los quince de mi vida. Y durante un sueño, una pluma mágica ludió mi cuerpo, que retembló de placer; y por tres veces volvió a pasar ondulando la pluma vaporosa y otras tantas retemblé. Mis pechos se apretaron y temblaron y bajo de ellos el corazón tembló como un cervatillo asustado. Una vara encantada sin duda tocó mi frente, porque súbito a mis ojos y a compás de una música augusta que envanecía, las paredes de mi buhardilla, las unas de las otras se apartaron al infinito. Vi correrse los velos de mi mundo y otro allá en lontananza apareció. Y el mundo aquel era el movimiento, la irreflexión, la vida, la risa y la alegría de los hombres; la vanidad, el lujo y devaneo de las hembras; el ruido, la armonía, la danza y los festines de ambos sexos, mezclados en tropel y sin concierto. El mundo aquel era de un suelo anchísimo y sin montes, y acá y allá jardines amoldados y alfombras por el suelo y ricos almohadones arrastrados; pabellones, espejos obeliscos, oro y cristal; fuentes y cascadas y primorosas aves prisioneras de todas las regiones de la tierra. Y se tendía bajo una techumbre no tan elevada, pero más cómoda que la bóveda del cielo, tersa como el firmamento y tachonada de una infinita multitud de luces ¡que no se nublaban nunca!!!… Ignoro qué misterioso mandato me prevenía que anduviera, porque estaba destinada a formar parte de aquel gran mundo, pero lo cierto es que yo me creía andando con precipitación hacia él, cuando me despertó el primer canto de un gorrión parado en el alero de mi buhardilla.

Rodé una intensa mirada para reconocerlo todo inclusa yo misma, y vi a mi madre levantada ya; y a tientas enhebrándome agujas para la labor. Boté del lecho afuera y me arrojé a los pies de aquella anciana ciega, con un dolor de atrición penitente. Lo pasado era para mí una culpa sin absolución, que la vergüenza me impidió confesarle, a pesar de su dulce solicitud y de la suavidad de sus instancias. Mi sueño de oro fue por último envilecido con el nombre de pesadilla y tratamos de olvidarlo; pero veinte veces al día se humedecieron mis párpados; y al través de los prismas que formaban las lágrimas agolpadas, veía pasar con danza y galanura aquellos arrogantes mancebos, y aquellas galanteadas damas, de cuya felicidad distaba tanto mi escondida desgracia. Todo el gran panorama de aquel sueño estaba frente de mí. Embebecida en la contemplación mental, los brazos me caían perezosos….. y ¡ay de mí! el día primero que mi madre me llamó mujer con cierta extraña alegría de amor propio, fue, Leoncio mío, el día mismo en que yo empecé a conocer la honda desventura que cobija a este sexo de abnegación y de escarnio, a quien la ajena vanidad impuso leyes y la naturaleza rodeó de simas; donde nunca nos arrojamos sin ser empujadas, donde tampoco nunca caemos solas, sino con el hombre legislador, que se salva por más fuerte. Sucedió que un día, al abrir la puerta de nuestra buhardilla, oí en los pasillos inmediatos un canto extraño, un voz delgada y muy alta que una cadencia lenta y melodiosa decía:

Arroja, hermosa doncella
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.

Aquel eco impensado y unísono con el indefinible sentimiento de mi alma, movió mi curiosidad y me trajo a la mente el recuerdo completo del sueño simbólico. Entonces sin más reflexionar, me encaminé por donde había llegado hasta mí la voz; y me hallé frente a frente con una mujer, como de cuarenta años, alta, atezada, los ojos negros y radiantes, la boca rasgada, desaliñado el pelo y muy luciente, la cintura delgada y flexible como el lomo de la culebra, los pies pequeños y calzados con chapines color de rosa, y medias abigarradas; vestía saya blanca, corta y poblada de jaralares; llevaba los brazos desnudos y en cada muñeca una garzota de cascabeles, ceñíanle la garganta tres collares de abalorios, le colgaban de las orejas unos pendientes de granate y con la mano derecha daba vueltas a una pandereta que zumbaba a compás de su cantar. Al verme quedóse parada y contemplándome con cierta sonrisa y donosura picaresca. Yo le pregunté a quien buscaba y me respondió:

Reina sultana,
Flor de las flores,
Rosa temprana,
Soy la gitana
Que canto amores.

-¡Ola! -Le dije al oír su respuesta, -¿con que tú sabrás acertar lo que, salvo la voluntad de dios, ha de suceder a todos y a cada uno de nosotros los que no conocemos vuestra ciencia?
Y me contestó muy festiva:
Oiga que sí,
La gitana es zahorí
So perla fina;
Quiromántica, adivina,
Que a quien su sino procura
Dice la buena ventura

-Y tú me la querrás decir de balde?
-A las bonitas como vuestra merced suelo yo pagarles un real columnario para que me la oigan con la sal que la digo y las muchas venturas que predigo.
-Empieza, pues, gitana, y dímela, sea mi fortuna la que se fuere.
-Déme, pues, la niña su manita de plata.

III.
Llena de la más buena fe le entregué mi mano y no sin algún respeto quedé aguardando la revelación de mi porvenir. Cogiómela ella y abriéndola a su sabor, contó, recorrió con su dedo índice y combinó todas las rayas de la palma. Murmuraba en tanto no sé qué oración o exorcismo e iba cobrando gradualmente la gravedad de una Sibila. Yo temblaba, más la gitana medio inspirada, sin pararse en mi temor, como que replegó su espíritu en sí misma y empleó un rato, al parecer consultando con Mefistófeles o recibiendo la inspiración de Dios. Sea esto lo que fuere, arte, ciencia, revelación o impostura, dejó por fin su actitud reflexiva, clavó de hito en hito sus ojos en mis ojos, cimbreó la cintura y meneando la cabeza soltó su predicción en estos términos:

Quince mayos, quince flores
Atadas con verde cinta,
Y la última se pinta
Con el sol de los amores.
La cinta es de la esperanza;
Y el ramillete fatal
Puesto en vaso de cristal
El hombre llega y lo alcanza.
Niña de los quince mayos
Vive sola en su retiro,
Y se le arranca un suspiro
Cuando amor vibra sus rayos.
Ilusiones en el día,
En la noche ensueños de oro,
Disgusto, indolencia, lloro
Y penas que no sentía.
Ya no tardará y mañana
Tal vez que cuente llegado
Un ruido, que impensado
La llame hacia la ventana.
Verá pasar un galán
Rubio y que atento pasea,
Piafa, cambia, escarcea,
En un caballo alazán.
Más fustigando el corcel
Huirá el galán como el viento;
Y ella con el pensamiento
Seguirá al bruto y a él.
Y antes que las huecas losas
Hiera el resonante callo
De aquel hermoso caballo
De las revueltas pomposas;
Se verá como palanca
Sobre la blanca paloma,
El buitre y que se desploma
Sin que el cazador lo vea.
Volará sin ser sentido
El buitre de frente cana,
¡Pobre flor! Y una mañana
te sorprenderá otro ruido.
Sin alcanzar su aflicción,
Diránla enferma de amores,
Y espinas que fueron flores
Rasgarán su corazón.
Hará la niña dichoso
Al amador que desea,
Hasta que venga quien sea
La maldición de su esposo.
Que el buitre al huir callado
Dejó para maldecida
Una pluma desprendida
Prevenido u olvidado.
Cuanto ha dicho la gitana,
Por estas rayas lo arguye,
Fíalo al tiempo que huye
Y te lo dirá….mañana.

Dijo, y cogiendo su pandereta si disponía a partir, pero yo la así de la falda para rogarle por Dios y por los santos, que si bien no quería hacerlo del todo, se explicara a lo menos más claramente. -- No, -- me contestó, -- por más que quisiera no puedo: la buenaventura está ya dicha y como no sea que te cumpla oír aquel romance que se gime, se canta y se llora, mal haya amén la gitana, si se le alcanza otra cosa.

-Bueno, pues bien, empiézalo; y ya que soy tan pobre, haga por ti la fortuna, y ojalá que te veas la más rica de tu familia.
-¡Oh tórtola de los primeros arrullos! No te quejes ni me desees mayor bien que el que me guardo. Yo no tengo familia y mi ciencia será lo que se fuere, pero es lo muy bastante para mí. Un tiempo la cabila de mis padres apacentaba sus ganados en todo un valle; las cabras coronaban el monte y en divididas piaras los asnos y las yeguas poblaban las orillas de un río. Vino entonces sobre la tribu errante la mano negra, y no se oyó en todo el contorno más que un balido y el llanto de una criatura….eran una cabra que aclamaba a su perdido recental y una hija mamoncilla, a quien sus padres no socorrían. Ningún otro rumor sonaba a la redonda y todo lo demás estaba donde la Inquisición era servida. La cabra vino a mí y me dio su leche, seguíala yo gateando por espacio de muchas lunas. Ella me abrigaba de noche y me alimentaba de día, hasta que creciendo y viajando supimos llegar a la ermita de la Malograda, la que se encuentra mitad en medio del bosque de los Áloes. Allí todas las mañanitas, con la brisa en las ramas de los sauces, se formaba una armonía que aprendí en la naturaleza y del hondo del santuario salían las palabras que voy a cantar.

Dijo y dio muchas y muy rápidas vueltas a su pandereta, que de nuevo empezó a zumbar. Imposible me era sacudir la fascinación que sobre mis sentidos obraba la gitana, y ella en tanto comenzó a cantar el fúnebre lamento, aquel que antes me oíste, hijo mío, y daba sin parar, en torno a mí, muchas fantásticas y muy pausadas vueltas. Cada vez más iba prologando sus círculos, hasta que al entonar la postrera estrofa, cuando dijo:

Hija, trabaja por Dios,
Que ya pronto vendrá el día
Y haya pan para las dos

casi no percibía el eco y al expirar la última cadencia dio en huir por los encrucijados corredores y desapareció, dejándome apesarada sin saber de qué; y pensativa sin acertar el objeto. Mi madre, que lo ignoraba todo, me preguntó si me sentía enferma y le respondí que sí, pagando su cuidadosa ternura con mi segunda mentira. La temerosa anciana desde aquel momento instó con tanta tenacidad y de tal modo se afligía, que por calmar su angustia obedecí a sus instancias y me acosté. Palpó mi ropa y desde los pies a la cabeza la acomodó a su gusto, besóme en los labios, se llegó a la ventana y la entornó. Quemó un terrón de azúcar y se acomodó en un rincón muy silenciosa con el rosario en la mano. Creyó a poco sin duda que yo me había dormido, porque muy quedito se santiguó con la cruz de su rosario y echando mano a su cayada salió con tiento de la habitación, llevándose el picaporte. ¿Dónde iría la madre ciega, más que a pedir prestados unos reales, dados de mala gana, contados cuarto por cuarto, con una fingida historia en cada real, con una condición apretante en cada ochavo; y recibidos con una gratitud tan generosa como el martirio? Quedéme a solas, y aparté los cabellos de mi rostro, descubrí el pecho y desnudé los brazos. Quería respirar, quería espacio, libertad y silencio. Los ojos buscaron la luz y un rayo de sol penetraba escasamente por una rendija de la ventana. Los ligeros tamos se agitaban en él y las moscas danzando al monótono zumbido de sus propias alas, llegaban formando intersección con la cinta luminosa; e iban, giraban y volvían con vueltas y revueltas circulares sin cesar en rumor ni en movimiento.

Allí se aficionó mi vista indeliberadamente y aquel continuo rebullir sin orden, fue dando vaguedad al pensamiento, vértigo y confusión a los sentidos, o no acierto qué cosa me pasó. Pero a que fue realidad me inclino y no mentido devaneo reflejado en sombras por la cámara oscura de los sueños. Era un átomo brillante que se mantenía en la luz como el botón de oro dentro del fuego. Yo lo vi y luego en confusión pasó muy rápido y llegó hasta él un animal que por lo diminuto no tenía pronunciados ni el color ni la forma. El átomo impulsado por su propia escondida virtud se acreció cobrando voluntad y movimiento. El animal se mostraba impaciente pero sin ser osado a huir como podía. El átomo érase ya una chispa encendida con el soplo de la vida y se posó sobre los hombros del animal. En tal estado la chispa viviente y el animal informe volaron largo trecho, y cuanto más se alejaban más crecían. Volvieron hacia mí en aquella misma progresión de volumen a la ida llevaban indicada y ya me parecía distinguir en el objeto un jinete que refrenaba el ímpetu de su palafrén. Los divisé por fin a mi deseo clara y distintamente. Y un color de oro purísimo a los dos les prestaba realce y hermosura. Muy joven era el caballero y el palafrén sin juicio como un niño. Daban vueltas, daban vueltas, sin perder el galope y sin que yo les quitara ojo, que no sé cuál me parecía más arrogante. O érase que el uno al otro tan unidos marchaban y tanto se prestaban de sus bellezas relativas, valor y maestría, que no acertaba la voluntad sedienta en dividir objeto tan hermoso, sino a admirarlo completo en su atrevido conjunto y galanura. Un grande rato por aquel aéreo espacio que pisaban, señoreáronse, solos, sin tropa, espectadores ni cortejo, pero de improviso apareció una atropellada cohorte de jinetes y todos juntos y el galán entre ellos, emprendieron un lucidísimo torneo.

No se oían los pies de los caballos, ni voces ni relinchos ni el campo se nublaba con el polvo, ni sonaban trompetas, ni aliento alguno, ni el menor choque que pudiera alterar la fantasía. Era el galán de los cabellos rubios quien entre todos sobresalía, su corcel más revuelto y levantado, su cintura la más ágil; y toda su apostura tan resuelta que aquella cabalgata lo envidiaba. Ya parecía que una voz muda o un secreto convenio les prevenía correr la última pareja, pues que lo vi (aunque con pena) cómo se preparaban para ello;……y en esto sobrevino un estrépito dentro mi mismo cuarto. Salió cada jinete a escape y por su lado, cual si montaran en asustadizos ciervos que oyen el perro y salen disparados, más aun así fue el postrero el caballero del palafrén dorado, que cogiendo carrera emprendió un salto, y rompiendo por entre la cinta de luz, sus cabellos chispearon y lo perdí de vista. Aquel estrépito lo había producido el dejarse caer al suelo, un gato de la vecindad, muy familiarizado con mi casa. Al verlo me irrité tanto, que le arrojé la almohada, salió despavorido por donde había entrado y aquello quedó otra vez en silencio y las moscas volvieron a zumbar. Te confieso, amado Leoncio, que el recuerdo de mi humilde tarea me causó horror y que sin embargo que la piedad filial me desgarraba el alma no podía valerme ni aun a mí misma. ¡Ah! ¡Maldita sea mi suerte! Exclamé con el primer preludio de la desesperación, e incorporándome en el lecho me vestí con desorden. Abrí de golpe los postigos y empezaba a coser, cuando sentí que muy quedito levantaba mi madre el picaporte. Entró pasito a paso y me enternecí.

-Ya estoy buena,-- le dije y ella bendijo a Dios.

Traía para mí la pobrecilla un cuarto de gallina dado al fiado, salvo que por él había dejado en rehenes su pañuelo. Estaba gozosa con la nueva de mi salud, pero no pudo por menos de quejárseme de todas las vecinas, las que sin exceptuar una sola se habían negado a prestarle medio duro…Estábamos en mitad de estas quejas que tanto ponen en relieve la desgracia, cuando llamaron a la puerta. Salí a abrir y me saludó por mi nombre una mujer al parecer decente y para mí del todo desconocida. Traía dicha mujer un lío en la mano, pasó adelante, sentóse, desenvolvió su lío y me presentó dobladas hasta doce comisas nuevas de holanda y otro igual número de pañuelos sin estrenar. Díjela que qué significaba aquello, y me contestó que ella era viuda del teniente coronel D. Hipólito Chinchilla de Zuazo, natural de Sevilla, compariente del marquesito de Andújar y muerto por los pícaros franceses en la misma batalla que mi padre. "Ya se ve," prosiguió, "naturalmente se tiene ley hacia aquellas personas que en mejores días fueron, como quien dice, de la familia; porque como sabe aquí la mamá, las militaras, hija, nos tratamos ni más ni menos que hermanas. Y así es que yo, sabiendo que no estaban Vds. En la prosperidad que se merecen, dije a un amigo de casa, que es otro yo y hombre poderoso y muy cabal, mira fulano, una compañera mía con una hija como un sol se encuentran desgraciadas y es preciso que me sirvas completamente…. Al sujeto, hija, no hay más que pedirle, anoche se lo dije en la tertulia y esta mañanita temprano me ha remitido ese recadito que dentro del pañuelo de en medio tiene la explicación y el honorario, porque él, ¡Jesús!, no ha querido anunciarse con una limosna….¡Ca! ¡ni por pienso! Es D. Juan Pérez y López un señor, ya mayor y muy prudente."

-Déle Ud. las gracias en nuestro nombre a ese caballero y que lo encomendaré a Dios, -- dijo mi madre. -- Y Ud., señora, hallará el premio en el cielo.
-Calle Vd., por la virgen, compañera, -- respondió la viuda, -- vaya, pues, no faltaba más. D. Juan no exige de la niña sino que le marque bien esas prendas, que están nuevecitas. Ea, yo volveré por ellas y seremos amigas.
-Las llevaré yo, señora, -- la respondí, y convino en ello diciendo:
-Pues no hay inconveniente, calle Mayor en la casa grande de sillería donde está el vestuario y ya estará hablado el portero para que no me la detengan a Vd.

Diciendo esto se levantó, abrazó a mi madre que quedaba atónita y a mí me pidió un beso, llamándome hermosísima y profetizándome muchas venturas. Apenas se hubo ido la viuda del teniente coronel, fui desdoblando las ropas una por una, y en efecto hallé que dentro del séptimo pañuelo había envueltos en un papel hasta setenta y dos duros en oro y en el mismo papel que las monedas venían liadas decía: J.P.L. igual a 3 que multiplicado por 24 suman 72 y en igual número de pesos fuertes por esta vez se gratifica al mérito. Yo nunca había visto tanto dinero junto y me aluciné. Di un grito de alegría y puse el oro en las manos de mi madre. La buena señora se llevó a los labios aquel presente llovido del cielo y exclamó: "La divina Providencia provee a los justos tarde o temprano, hija mía. ¡Nuestros apuros se hacían ya casi insoportables y el señor que vela sobre sus criaturas, oyó mis fervorosas súplicas! ¡Bendigamos a Dios y al bienhechor, por cuya mano nos ampara!!" Pusímonos de rodillas y rezamos, y en el momento emprendí mi trabajo, sin dar treguas hasta verlo completo. Eran las dos de la madrugada del siguiente día, cuando apagué la luz y me entregué al descanso. Un pensamiento lisonjeó mi sueño: era el lujo…..y reposé tranquila.

Las diez de la mañana serían apenas, cuando entraba en el portal de la casa grande de la calle Mayor. El portero era un viejo chancero con dos escarapelas, una bermeja colocada en el sombrero y otra negra puesta sobre el ojo derecho. Díjele quién yo era , y si me permitía la entrada. Y él midiéndome con el ojo sano de alto a bajo, tomando un tono picante y meciendo el cuerpo sobre las piernas, me respondió: "Ya estoy impuesto, prenda, entre con bien ese garbo que con tal palmito de cara hay pasaporte franco, ración de etapa, alojamiento y compaña." Entré un tanto avergonzada y muy creída que me iba a encontrar con la viuda del teniente coronel Zuazo.

Conclusión:
Pasé un recibimiento, una antesala y una sala, luego otra y después otra, todas muy espaciosas, decoradas con muebles suntuosos, algo severas en su anticuada magnificencia y desiertas de todo viviente. Más parecíame que conforme iba caminando adentro me guiaba la viuda del teniente coronel Zuazo pues que creía oírla como tosía cada vez una puerta más allá. Llegué por último a un gabinete sombrío, a causa de tener entornadas las persianas y llamé con un dedo a la vidriera antes que por resolución que tuviese hecha de entrar, por temor que me sobrevino de volver atrás sin el eco que me había conducido por donde yo ya ignoraba hasta aquel término. ¡Oh! ¡Pluguiera a Dios que en lugar de mi cobarde atrevimiento hubiéranse pegado las manos a la lengua y la vaciladora voluntad ojalá se hubiese convertido en la certeza insensible de la muerte…! Apenas toqué el cristal me respondió la voz de un hombre que con tono imperioso y prevenido dijo: "Adelante." Y oí como pasos que venían hacia mí. Se abrió la puerta y sobrecogida saludé a un personaje que vestía bata de color de fuego sembrada acá y allá de diablos negros. Tenía este hombre sobre cincuenta años de edad, era alto, enjuto y atezado, con las cejas muy pobladas, y la mirada lenta y el ademán indiferente y flojo. El tal hombre me cogió de la mano y me sentó a su lado en un confidente del fondo del gabinete. La luz entraba a medias y solo la costumbre podía ir poco a poco aclarando los objetos que me rodeaban. Enfrente de nosotros vi como había un cuadro con grande marco dorado, cuyo lienzo sería próximamente de vara y cuarta. En este lienzo se dibujaba entre otros objetos agrupados y por entonces confusos, un templo con una torre eminente y en el último tercio de la torre la esfera de un reloj sobresalía. El pausado golpe de la péndula me advirtió que estaba animada la esfera del reloj.

Distraje la vista de aquel punto y vi sobre una mesa reclinadas las unas apoyándose en las otras muy simétricamente y formando curva, más de trescientas onzas de oro en una sola hilera…. Parecióme también que se movía onza por onza como la serpiente anillo por anillo…. Pero no…. no…. fue tan solo ilusión de aquel momento…. Las onzas no se movían. Mientras que yo me hallaba fascinada contemplando aquello y poseída de un terror pasivo, el sigiloso y austero personaje había vuelto a cogerme la mano izquierda sin grande interés aparente, y como por mero pasatiempo jugaba con mis dedos que convulsivos le opondrían sin duda alguna resistencia que le fue grata, porque gradualmente iba cobrando vida que la faltaba hasta que tocó en el exceso. Aquí solté un grito. Le pregunté quién era que tan osado me ofendía, más él asomando el labio inferior se sonrió como un relámpago y sólo dijo "J.P.L. igual a 72".

-¡Ah! No, caballero, aquí están las camisas y el dinero en mi casa.
-Y tú en la mía, -- me respondió sin refrenar acciones ni alterarse.
Yo di otro grito y me refugié en un rincón hecha un ovillo.

¡Ay, hijo mío! ¡qué les vale contra el tiro certero del alcotán flechado, a la tímida codorniz la floja avena ni al colorín la rama en que se esconden! Aquí D. Juan Pérez y López se puso en pie, arrojó al suelo su bonete bordado y con furor se sacudió la bata…La bata, ¡ah! La bata era de fuego y ambos faldones dieron un chasquido atronador como cohetes infernales. A este chasquido contestó fatídico el reloj del marco de oro con once ayes doloridos y tras estos lamentos cuando expiraron, la música misma aquella de mi sueño, aquella misma augusta consonancia se reprodujo a no tanto trecho de mis oídos como la oí la vez primera. Parecióme que se difundía por la estancia cada vez más clara como la aurora del alma y que su oriente lo tenía en el reloj de oro. Levanté hacia él la mirada y vi sobre el lienzo a todos aquellos arrogantes mancebos y a las galanteadas damas aquellas que antes viera voluptuosos danzando al pausado compás de la armonía. Vi el lujo y los doseles, las fuentes con aljófares, los ricos aderezos, las plumas y las estofas. Vi despierta, hijo mío, el sueño entero de la crisis de mi vida, brotado por el caño abundante de la fantasía virgen de una mujer. ¡Ay de mí! ¡a quién le fuera dado no volver los ojos! Un ruido misterioso y como de escamas llamó a mis pies, miré y encontréme con la serpiente de oro culebreando muy humilde y como deseosa de que la pisara con tal de que me advirtiera sus halagos.

Una y cien vueltas dio sin que yo fuera osada a prorrumpir ni un alarido, más ella, viendo impunidad o flaqueza, subióse deslizando por la falda hasta mi mismo seno. "¡Piedad!" exclamé, como implorando amparo del amante bastardo y vi su bata de fuego que me deslumbró y con mayor sorpresa que nunca advertí que en ella y al son incesante de la música, también bailaban los tiznados demonios una grotesca pantomima, los unos frente a frente de los otros, pareados y como si fueran juegos de tenazas. ¡Ay! ¡ay! La música arreciaba, el rumor atronaba mis oídos, la llameante bata fulguraba, mi vista se perdía confundida entre tantas multiplicadas maravillas, ¡mi alma en fin era un aroma que volaba, y mi cuerpo aún la flor de que partía! Un frío apetecible, un calor sabroso, un roce regalado sentí luego, que se me desenvolvía por el pecho para subir pausado a la garganta. Y era que la serpiente en elegantes roscas llegó hasta mis oídos, y arrojando un aliento imperceptible habló de esta manera:

-Leda, Leda, tu escondida orfandad era tu mundo, hasta que el corazón se te asomó a los ojos y me viste por las lumbreras de tu alma. Yo soy el Dios de la tierra, a quien adoran los reyes de los hombres, y por quien los hombres se humillan a sus reyes. Yo de los senos profundísimos, donde las aguas azuladas de Omán hierven y combaten, arranco la avergonzada perla para la frente de la mujer. Leda, Leda, como un punto en el vacío tu niño corazón era tu mundo, tú me viste y yo soy más grande todavía que el mundo de la creación. Sígueme, que soy también virtud de los hombres, el poder a la sociedad, el amor de las familias, la perfección de la belleza. Y yo en cambio sentaré encima de mis brillantes hombros tu hermosura. Ámame así como la piedra oriental ama al engarce, y si pierdes tu nombre, te daré títulos sonoros y magníficos que muchos han trocado por la vida. Yo soy parte hoy y mañana el todo del oro de la tierra. Ámame, ámame como te amo, adorada mía, que de placer, si me abrazaras, me derretiría en el canal que forman tus dos pechos. Ámame, ámame como te adoro, hermosa mía….

¡Oh seductora voz de la serpiente!
Sentí desfallecerse mi flaca materia, perdióse mi razón desvanecida y en un vapor densísimo vagó mi espíritu. No sé si sentí en mis labios la boca de la serpiente que besaba y sin embargo de su amorosa solicitud y encanto di un grito de dolor.

-¡Ay! ¡ay! ¡ay! Suéltame, suéltame que me devoras….. -- parece todavía que lo siento….. y en esta angustia recobré la razón y me encontré arrojada como un pañuelo ajado con las manos.

Desolada volví en torno los ojos, y de mi pasado vértigo encontré solamente como real y positivo, bastantes onzas esparcidas por el suelo y alguna que otra en mi seno que cogí y arrojé lejos de mí. El impasible D Juan Pérez y López se paseaba a lo largo del gabinete cual si nada me hubiese sucedido. De allí a un instante se arrebató las manos a la frente, dio una patada en el suelo y tiró con violencia de la campanilla. Tardaban en venir a su deseo y sacudió con mayor fuerza el tirado. Oyóse en esto un ruido como de pasos precipitados y se presentaron, la que yo creía viuda del teniente coronel Zuazo y el portero, pero venían en la forma más extravagante que jamás se haya ocurrido a nadie. El portero andaba a gatas y la viuda venía a la jineta en sus espaldas. Al verlos dijo D. Juan Pérez y López con marcado desafuero y virulencia: "Zarandilla y Chuzón de los demonios, ¿dónde os metéis canalla que andáis torpes? Ea vivo, echad fuera a esa muchacha y traedme ropa de calle, que me voy al remate de unas fincas nacionales que fueron de los ex-frailes trinitarios."

Tanta vergüenza cayó sobre tu pobre madre que no atinaba a andar. D. Juan Pérez y López dado que hubo sus órdenes, se puso a recoger una por una las onzas que había desparramadas por la alfombra. Hízome una seña la Zarandilla y la seguí cabizbaja. Esta mujer desvergonzada espoleó al vil Chuzón y le dijo, "arrea marido", y el Chuzón tomando un trotecillo respondía, "mujer ya ando." Así llegamos al portal. Yo les iba detrás y para despedirme a orillas ya del dintel, pegó el Chuzón un corcobo de cabra envuelto en un insolente par de coces al que la Zarandilla de grado o por fuerza brincó al suelo y cayó de pies. Hízome en seguida un moho ridículo y huyeron ambos por donde habían venido muy alegres. Heme tú a mi vuelta a mi buhardilla con dirección incierta, desmemoriada y pálida, a cada paso sobrecogida de espanto, volviendo la cabeza y creyéndome que D. Juan Pérez López me sorprendía de nuevo para ensayar su condenada magia. Al llegar a una esquina oí una voz muy cerca de mí que me llamaba y quedé petrificada.

-No te asustes, -- me dijo la voz con tono delicado e insinuante al alma, -- Yo te he visto cien veces sin que fuera advertido, y otras tantas intenté decirte que te amaba, pero el cobarde corazón tembló.

Fijé la atención y vi un joven absorto en contemplarme y temeroso cual si esperara oír de mi labio una sentencia severa. No supe qué responderle, y dos gruesas lágrimas surcaron mis mejillas, acaso las más amargas de mi vida.

-¡Ah!, -- exclamó el mancebo, -- no llores por piedad. Yo te he visto también en una ventana muy alta de la calle del Dardo y me pareciste una flor perfumada de pureza, que pendía del cielo prendida a un cabello de un serafín. Yo te amo, porque si la inocencia está en la tierra, tu corazón es su altar. Yo te amo porque esas lágrimas mismas que descienden, tranquilas manan de la fuente de la castidad. Me nombro Mario Garcerán y ya conocen tus ojos y tu oído a quien hoy llama a tu sentimiento y llegará mañana acaso a pasar los umbrales de tu casa.

Mario Garcerán inclinó la cabeza y se apartó de mí. Mirábale yo alejarse como si aun estuviese bajo la influencia maravillosa del gabinete terrible y necesité apoyarme. Era Mario Garcerán un joven que contaba a la sazón veinte y dos años apenas. Todo su ademán era resuelto, de atrevida cabeza, blonda cabellera rubia, y el bozo apenas indicado sobre el labio superior. Al golpe de sus pasos respondían las lucientes espuelas que llevaba. Parecíame haber soñado aquel hombre antes de conocerle, guardaba al mismo tiempo cierta reminiscencia de haber oído su voz. Mi voluntad se había instintivamente aficionado a él en otras ocasiones, pero sin duda que el juicio no había entrado por nada y la memoria no retenía ni cuándo ni en dónde. Desapareció a lo lejos y me acometió el recuerdo de los pasados sucesos con toda la intención de Judit y la amargura de Lucrecia….. ¡Ay de mí! ¡Ni el puñal de la segunda, ni el brazo vengador de la primera, ni la garganta de Olofernes, estaban a mi arbitrio en aquella edad….! El tirano del oro podía vagar impune por esta nueva Vetulia esclava, degradada Roma…. Aquello fue sólo un rapto de ira femenil, que huyendo pronto me postró en la tristeza más profunda. Cabizbaja y llorosa llegué a mi quinto piso, abrí la puerta y ¡oh dolor!, hijo mío, mi madre se revolcaba accidentada por el suelo….¡jamás, jamás! ¡Las palabras no alcanzan donde raya el dolor de un solo empuje!

Al día siguiente estaba yo reclinada en la almohada sobre que dormía mi doliente madre y llamaron fuera. Salí a ver quien fuese, entró Garcerán y se despertó mi madre. La decaída anciana apenas lo sintió hablar, que olvidando sus dolores se sonrió con una sonrisa inefable. Explicó Mario el motivo de su visita y mi madre alabó a Dios y nos dijo:

-Mirad, hijos míos, hace un instante que mi alma había abandonado el cuerpo como la llama al pabilo, pero mi alma dejaba un destello de sí misma sobre la tierra y le penaba abandonarlo sin guía y para que divagara por el caos. Era forzoso remontar el vuelo y la aflicción plegaba las luminosas alas de mi alma. El mandato de Dios y el apego de las criaturas al mundo que conocemos, forman la agonía de la muerte. En este estado un soplo del señor sobre mi ser entero, volvió la vida a su cárcel y con los ojos del fervoroso espíritu, vi su dedo omnipotente que señalaba hacia allá por donde llegaste tú a interrumpir mi sueño…. La bendición de Dios sobre sus hijos y sobre vosotros la de la madre ciega y moribunda.

Alargó mi santa madre sus desmedrados brazos, e incorporándose apenas en el lecho reposó cada una de sus manos sobre nuestras cabezas, abrió los ojos claros y serenos, dijo que nos veía, y entreabiertos los labios y risueños luego reclinó la frente y tendió el cuerpo para dar libre paso al alma justa…. Expiró. No sé cuales fueron las muestras de mi pesar. Me acuerdo sólo que perdí el sentido y al volver de un letargo me hallé en un sitio extraño para mí, rodeada de gentes desconocidas y solícitas. Dijéronme luego que Mario Garcerán me había dejado en poder de una honrada familia, como un depósito sagrado para hacerme su esposa luego de transcurrido cierto tiempo. Así era la verdad, vino Garcerán al poco rato y me habló lleno de ternura en presencia de un anciano de la casa. A punto estuve de arrodillarme a sus pies y contarle mi vida como lo he hecho contigo, Leoncio mío, pero el no verlo nunca a solas, fue la causa que contuvo mi noble resolución y he aquí también el motivo de nuestra común desgracia.

A los dos meses contados desde el fallecimiento de mi madre, Garcerán se casó conmigo. Transcurridos unos cuantos días llamó la Zarandilla a mi puerta. Me habló y traía una amenaza mortal. Yo azorada le regalé dinero para que se fuese, callara y no volviera. Garcerán nos encontró hablando y pasó de largo. Al poco tiempo, tanto amor como nos teníamos y la paz que reinaba en nuestra casa había desaparecido todo por parte de Garcerán. En el lecho mi sueño era interrumpido para oír un suspiro o una maldición. En la mesa mi pan iba mojado con lágrimas que las movía una mirada recelosa. Yo me sentía indispuesta cada vez más. La soledad en que me dejaba mi marido, lo mucho que yo le quería y la falta de sus caricias conspiraban en mi sentir a esta enfermedad continuada, lenta y que entorpecía mis miembros. Así, hijo mío, transcurrieron siete meses, y al cabo de ellos…. Te dejé en el mundo. ¡Ah! ¡si el libro de todos los héroes pudiera escribirse! ¡El heroísmo de abnegación pertenece a las mujeres, y el cúmulo de sus sublimes coronas de martirio, ahogaría las palmas y los ambiciosos laureles, de esos hombres que los historiadores dibujan y los poetas iluminan o encienden! Te dejé en el mundo, hijo mío, con el solo dolor de no abrazarte, porque cuando aún mi corazón vivía para ti, mis brazos ya estaban muertos…

A este punto de su relato llegaba el ánima de mi madre, cuando oímos unas como voces perdidas a lo lejos. Yo no las entendí, pero ella desembarazándose de mí, se quedó tan chiquitita que tuve que buscarla, y por la lucecilla que arrojaba la encontré y vi que era del tamaño de una liebre empinada. Me eché en el suelo para besarle el rostro y entonces muy quedito me dijo al oído izquiero:

-Por ahí viene tu padre que se volvió loco hace veinte años. A ti te busca y yo le temo tanto que me voy. No le digas nunca que me has visto ni le cuentes nada de lo que de mí sabes porque no te creería. La duda sólo le tiene trastornado el juicio. Juzga tú qué no le haría la certeza si Dios no hubiera dispuesto que los hombres dudaran hasta de lo que ven. Ya, ya viene, amor mío, alma de mi alma. Perdóname que soy tan inocente como la paloma que se encuentra en las garras del gavilán.

En efecto, mi padre estaba ya encima. El ánima de mi madre se consumió en sí misma o se sumió por los poros de las losas como el agua en la arena. Las voces de mi padre eran desaforadas. "Satanás, vuélveme mi hijo, " iba gritando. Y con gigantes desconcertados pasos, a trancos daba a veces con las manos en el suelo. Llevaba caída de hombros y arrastrando la capa de hielo aquella que me caló los tuétanos. Y más de veinte perros callejeros ladrándole a la zaga y acosándole por detrás, lo traían a mal traer y la capa se la tenían hecha jirones. A pesar del mucho castigo que desde chiquito me tiene apocado el ánimo, corrí en su ayuda y sacudiendo pedradas a los perros, logré ahuyentarlos. Me columbró mi padre mientras que yo aún me las había con los maldecidos canes, y viniéndose por detrás se me echó a cuestas agarrándome mucho y muy creído que me rescataba de las uñas de Barrabás. Me le cargué a las espaldas lo más acomodadamente que me fue posible y aquí caigo, allí tropiezo, más allá me reposo y con impaciencia, logré volverlo a casa y lo tendí en la cama sin separarme de su lado, hasta muy de mañanita que es la hora en que de ordinario se encaja de rondón alcoba adentro, cierto jorobadillo barbudo, chascando un látigo y echando fieros y blasfemias por la boca. Mi padre salta entonces de la cama sin remedio, baila el pelado al son de la fusta y a revueltas el uno con el otro bajan pegando brincos la escalera para irse juntos, yo no sé dónde ni a qué.

El aparecido. Donatien Alphonse François de Sade (1740-1814)

La cosa del mundo a la cual los filósofos otorgan menos fe es a los aparecidos. No obstante, si el caso extraordinario que voy a contar, caso certificado con la firma de muchos testigos y consignado en archivos respetables, si ese caso, digo, y teniendo en cuenta esos títulos y la autenticidad que tuvo en su tiempo, puede volverse susceptible de ser creído, será necesario, a pesar del escepticismo de nuestros estoicos, persuadirse de que si todos los cuentos de aparecidos no son verdaderos, al menos hay acerca de eso cosas muy extraordinarias.

Una gruesa Madame Dallemand, que todo París conocía entonces como una mujer alegre, viuda, franca, ingenua y de buena compañía, vivía con un cierto Ménou, hombre de negocios que habitaba cerca de Saint Jean-en-Grève. Madame Dallemand se encontraba un día cenando en casa de cierta Madame Duplatz, mujer de su apostura y de su sociedad, cuando en medio de una partida que habían comenzado al levantarse de la mesa, un lacayo vino a rogar a Madame Dallemand que pasara a un cuarto vecino, visto que una persona de su conocimiento demandaba insistentemente hablarle por un asunto tan apurado como consecuente; Madame Dallemand dijo que la esperara, que no quería interrumpir su partida; el lacayo vuelve e insiste de tal manera que la dueña de la casa es la primera en apurar a Madame Dallemand para que vaya a ver qué es lo que quiere. Ella sale y reconoce a Ménou.

—¿Qué asunto tan urgente —le dice ella— puede hacerle venir a turbarme de esta manera en una casa en la que no eres conocido?

—Uno muy esencial, señora —responde el corredor—, y debe creer que es bien necesario que sea de esa especie, para que haya obtenido de Dios el permiso de venir a hablarle por última vez en mi vida...

Ante esas palabras que no anunciaban un hombre muy en sus cabales, Madame Dallemand se turbó. Observando a su amigo que no había visto desde hacía unos días, se espanta aun más al verlo pálido y desfigurado.

—¿Qué tienes, señor? —le dice— ¿Cuáles son los motivos del estado en que te veo y de las cosas siniestras de que me hablas... acláramelo rápidamente, qué te ha ocurrido?

—Sólo algo muy ordinario, señora —dice Ménou—, después de sesenta años de vida era muy simple llegar a puerto, he pagado a la naturaleza el tributo que todos los hombres le deben, no me lamento más que de haberte olvidado en mis últimos instantes, y es por esa falta, señora, que vengo a pedirte perdón.

—Pero, señor, tú bates el campo, no hay ningún ejemplo de una tal sinrazón; o vuelves en ti o voy a pedir socorro.

—No llames, señora. Esta visita inoportuna no será muy larga, me aproximo al término que me ha sido acordado por el Eterno; escucha, pues, mis últimas palabras, y es para siempre que vamos a dejarnos... Estoy muerto, te dije, señora. Muy pronto serás informada de la verdad de lo que te adelanto. Te he olvidado en mi testamento, vengo a reparar mi falta; toma esta llave, transpórtate al instante a mi casa; detrás de la tapicería de mi lecho encontrarás una puerta de hierro, la abrirás con la llave que te doy, y te llevarás el dinero que contendrá el armario cerrado por esa puerta; esa suma es desconocida por mis herederos, es tuya, nadie te la disputará. Adiós, señora, no me sigas...

Y Ménou desapareció.

Es fácil imaginar con qué turbación Madame Dallemand volvió al salón de su amiga; le fue imposible esconder el tema...

—La cosa merece ser reconocida —le dijo Madame Duplatz—; no perdamos un instante.

Se piden caballos, se sube en coche, se llega hasta casa de Ménou... Él estaba ante su puerta, yaciendo en su ataúd; las dos mujeres suben a los apartamentos. La amiga del dueño, demasiado conocida para ser rechazada, recorre todas las habitaciones, llega entonces a aquella indicada, encuentra la puerta de hierro, la abre con la llave que le han dado, reconoce el tesoro y se lo lleva.

He aquí sin duda pruebas de amistad y de reconocimiento cuyos ejemplos no son frecuentes y que, si los aparecidos espantan, deben al menos, se convendrá en ello, hacerse perdonar los miedos que pueden causarnos, en favor de los motivos que los conducen hacia nosotros.

El anillo. Joseph Von Eichendorff (1788-1857)

Rosa había bostezado varias veces durante la conversación. Faber lo notó y, como siempre se distinguiera por ser un admirador del bello sexo, se ofreció ante la complacencia de todos a narrar un cuento.

—Pero, por favor, que no sea un cuento rimado, pues sólo se les entiende a medias.
Entonces el grupo se hizo más cerrado; Faber se encaminó en medio de él y comenzó, mientras sus pasos continuaban entre un boscoso declive, la siguiente historia:
—Había una vez un caballero...
—Esto comienza como en un cuento...
Faber retomó su historia:
—Había una vez un caballero que vivía en lo profundo del bosque en su antiguo castillo, donde practicaba espirituales contemplaciones y penitencias. Ningún extranjero visitaba al santo varón, todos los caminos se hallaban cubiertos de tupida hierba y sólo la campanilla, que de tiempo en tiempo hacia sonar en el curso de sus oraciones, interrumpía el silencio dejándose escuchar en la claridad de la noche, adentrándose en la espesura del bosque. El caballero tenía una hija, la cual le inspiraba no pocos sobresaltos a causa de su manera de pensar, del todo diferente a la suya, y cuyo entero anhelo dirigíase únicamente a las cosas profanas. Por las noches, cuando se encontraba sentada ante su rueca y él le leía en sus viejos libros las historias maravillosas de los santos mártires, ella solía pensar entre sí: "Pero eran realmente unos tontos", y creía saber mucho más que su anciano padre. Este creía en todos esos milagros. Muchas veces, cuando él estaba ausente, ella hojeaba los libros y pintaba grandes bigotes sobre las imágenes de los santos.

Al oír esto, Rosa soltó una carcajada.
—¿De qué te ríes? —preguntó Leontín, un tanto picante.
Faber continuó con su relato:
—Ella era más hermosa e inteligente que todos los demás niños de su edad, por lo que siempre se avergonzaba de jugar con ellos; y quien hablaba con ella creía estar escuchando a una persona adulta. Con tal conocimiento y elocuencia conversaba con ellos. Además, sin sentir miedo y riéndose del viejo alcalde su padre, que le contaba cosas espantosas acerca del genio del agua, día y noche ella se paseaba en completa soledad por el bosque. Muchas veces, estando en medio del bosque o a la orilla del celeste río, gritaba con la voz agitada por las risas:
—¡Que el Genio del agua sea mi novio! ¡Que el Genio del agua sea mi novio!

Cuando su padre estaba a punto de morir, éste hizo llevar a su hija a su lecho de muerte y le entregó un enorme anillo labrado en oro puro y macizo. Le dijo entonces:

—Este anillo fue fabricado por una diestra mano hace cientos de años. Uno de tus antepasados lo obtuvo en Palestina en mitad de una batalla; allí se encontraba el anillo, completamente cubierto de sangre y arena; allí permaneció, inmaculado y reluciente, con un brillo tan claro y destellante que todos los caballos reparaban ante él, evitando pisarlo con su casco. Tu madre y tus antepasadas lo llevaron y, de este modo, Dios bendijo sus matrimonios. Tómalo tú también y contémplalo todas las mañanas con limpios pensamientos, así su destello aliviará y fortalecerá tu corazón. Pero si tus pensamientos y pareceres se inclinaran hacia lo malo, su brillo desaparecerá junto con la transparencia de tu alma e incluso te parecerá turbio. Consérvalo fielmente en tu mano hasta que encuentres un hombre virtuoso. Pues aquel que una vez lleve puesto este anillo, será por siempre tu marido fiel.

Con estas palabras, el anciano caballero murió. Ida, su hija, se quedó entonces sola. Conforme pasaba el tiempo, su miedo crecía al vivir en ese viejo castillo, y como hallase enormes tesoros en los sótanos de su padre, cambió de inmediato su manera de vivir.

—Gracias a Dios —dijo Rosa—, pues hasta entonces se había sentido bastante aburrida...
Faber reanudó el relato una vez más:
—Los oscuros arcos, portales y patios de la antigua fortaleza fueron derruidos y un castillo nuevo y luminoso de blancos y ligeros muros con pequeños torreoncilios se erigió al poco tiempo sobre los viejos escombros. A su lado mandó construir un amplio y hermoso jardín en medio del cual cruzaba el celeste río. Había miles de flores, altas y vistosas, entre las que se elevaban saltos de agua cerca de los cuales se paseaban plácidos terneros. El patio del castillo hormigueaba de caballos y de pajes ricamente ataviados, que cantaban alegres canciones para su bella dama que, entre tanto, se había hecho una mujer extraordinariamente hermosa. Por ello, ricos pretendientes llegaban a cortejarla desde todos los puntos de la tierra y los caminos que conducían al castillo resplandecían de jinetes, cascos y crestones.

Esto le agradaba enormemente a la doncella y, sin embargo, a pesar de su aprecio por todos los caballeros, a ninguno quiso darle su anillo, pues todo pensamiento en relación con el matrimonio le parecía odioso y ridículo:

—¡¿Para qué —se decía— he de ver marchita mi hermosa juventud representando el papel de una miserable ama de casa en esta apartada y aburrida soledad, en vez de ser libre como un ave en su vuelo?!

Por añadidura, todos los hombres le parecían tontos, ya fuese por ser demasiado torpes como para corresponder a sus bromas debido a su orgullosa pretensión de abrigar elevados propósitos en los que ella no creía. Y así, en su ceguera, se consideraba un hada encantadora en medio de monos y osos hechizados que tenían que bailar y atenderla, pendientes de cualquiera de sus gestos. Entre tanto, el anillo se hizo cada vez más oscuro.

Cierto día, la joven ofreció un vistoso banquete. Debajo de una hermosa tienda levantada en el centro del jardín se habían sentado las mujeres y los caballeros jóvenes que habitaban en las cercanías, y en el centro de todos la orgullosa doncella, como una reina, luciendo sus ademanes graciosos que resplandecían por encima del brillo de las perlas y gemas que ornamentaban su cuello y su pecho. Era como una manzana agusanada, tan rozagante y engañosa se aparecía. El dorado vino dio alegres vueltas, los caballeros le otorgaban a la joven sus miradas más atrevidas; voluptuosas y seductoras canciones se escuchaban sin cesar en el jardín, penetrando el aire estival. Entonces la mirada de Ida cayó por casualidad en el anillo. Éste se había vuelto oscuro y su apagado brillo despedía tan sólo un opaco destello. Se levantó en el acto y fue hacia el declive del jardín.

—¡Piedra tonta, no me molestarás más! —dijo, riéndose con loca alegría.
Se quitó el anillo y lo arrojó a la corriente del río. En su vuelo, el anillo describió un arco claro y luminoso y fue a sumergirse en seguida en las profundidades. Más tarde ella volvió al jardín, donde voluptuosos sonidos parecían alargar sus brazos hacia ella.

—Al otro día —prosiguió Faber— Ida se encontraba sola, sentada en el jardín, mirando hacia el río. Era mediodía. Todos sus huéspedes se habían marchado, la región entera estaba sumida en un sofocante silencio. Solitarias nubes de raras formas cruzaban con lentitud el claro cielo azul. A ratos, corría un viento súbito por la región y al instante parecía como si las rocas y los árboles se inclinaran y hablaran de ella. Ida sintió un escalofrío. De pronto, vio a un apuesto y esbelto caballero que llegaba por el camino, montado en un caballo blanco como la nieve. Brillaban su armadura y su casco de color azul marino, una cintilla del mismo color flotaba al viento, sus espuelas eran de cristal. La saludó amablemente, desmontó del caballo y se acercó a ella. Asustada, Ida dejó escapar un grito pues descubrió en su mano el viejo anillo prodigioso, que apenas el día anterior había arrojado al agua, y recordó en seguida las palabras que su padre le dijera en el lecho de su muerte. El apuesto caballero extrajo una triple cinta recamada con perlas y la colocó en el cuello de la doncella, la besó en la boca, la llamó su novia y le prometió llevarla a su casa esa misma noche. Ida no pudo responderle, pues todo le parecía verlo como en un profundo sueño; sin embargo, había escuchado muy bien al caballero, que le habló con encantadoras palabras que se mezclaban con los sonidos del río como si éste estuviera encima de ella, susurrando continua y confusamente. Más tarde, lo vio montar en su corcel blanco y galopar hacia el bosque, tan veloz que el viento soplaba a sus espaldas.

Al anochecer, desde una ventana del castillo, la joven miraba en dirección de las montañas, cubiertas ya por un grisáceo crepúsculo. Se preguntaba inútilmente una y otra vez quién podía ser ese apuesto caballero que tanto le agradaba. Una inquietud y un miedo que jamás había sentido invadieron su alma, y a medida que el paisaje oscurecía, ella se sentía mayormente oprimida por semejantes sentimientos. Tomó el laúd con objeto de distraerse. Le vino entonces a la mente una vieja canción que su padre cantaba a menudo, por las noches, cuando ella era niña, y que escuchaba al despertar en medio del sueño. Comenzó a cantar:

Aunque el sol se tenga que ocultar
Y a oscuras tengamos que permanecer,
Podemos pese a ello cantar
La bondad de Dios y su poder,
Pues ni la noche nos ha de impedir
Su justo elogio cumplir.

Entre tanto, unas lágrimas escaparon de sus ojos y tuvo que dejar el laúd; tanto era su dolor.
Al fin, afuera había oscurecido por completo; de pronto escuchó un estrépito de extrañas voces y cascos de caballo. El patio del castillo se vio en un momento inundado con luces flotantes entre cuyos destellos ella vio un furioso hormiguero de coches, caballos, caballeros y damas. Los invitados a la boda pronto se distribuyeron en la amplitud de todo el castillo, siéndole evidente que se trataba de sus viejos conocidos que apenas la víspera habían asistido a su banquete. El apuesto novio, de nuevo totalmente vestido en seda azul marino, se acercó a ella y alegró al instante su corazón con expresiones dulces y graciosas; los músicos tocaban sus instrumentos con vivo entusiasmo, unos pajes escanciaban vino y todo el mundo bailaba y se regalaba en medio de un alegre barullo.

Durante la fiesta, Ida se colocó junto a su novio frente a la ventana abierta. A sus pies, la región se hallaba distante y en completo silencio, como si toda ella fuese una tumba; sólo el río susurraba hacia lo alto desde el oscuro declive.

—¿Qué pájaros negros son esos que vuelan lentamente en largas hileras? —preguntó Ida.
—Vuelan durante toda la noche —dijo el novio—, y simbolizan tu boda.
—¿Quién es toda esa gente extraña —volvió a preguntar Ida— que está tranquilamente sentada en las piedras a un lado del río?
—Son mis sirvientes —dijo el novio—. Y nos aguardan. Entre tanto, lustrosas bandadas comenzaron a elevarse en el cielo y a lo lejos, desde los valles, se escuchaban los cantos de los gallos.
—Hace frío —dijo Ida, y cerró la ventana.
—En mi casa hace aún más —respondió el novio, e Ida se estremeció instintivamente.

Entonces él la tomó del brazo y la condujo, en medio del alegre gentío, a bailar. No tardaría en amanecer, las velas de la sala aún parpadeaban, aunque mortecinamente. Ida bailaba mientras tanto, con su novio a quien veía cada vez más pálido, a medida que el día se acercaba. Afuera, más allá de las ventanas, vio llegar a largos hombres de singulares rostros, quienes se instalaban en el interior de la sala. Asimismo, los rostros de los demás huéspedes e invitados se fueron transformando poco a poco hasta semejar unos semblantes cadavéricos.

—¡Dios mío! ¿Con quién he convivido durante este tiempo? —gritó.

La mucha fatiga le impidió escapar y no pudo ni siquiera zafarse, mas el novio la sostuvo firmemente abrazada y continuó bailando hasta que cayó al suelo, desvanecida.

Al amanecer, cuando el sol brillaba alegremente por encima de las cordilleras, el jardín del castillo se veía solitario en la montaña, no había un alma y todas las ventanas permanecían abiertas.

Tiempo después, cuando los viajeros pasaban junto al río bajo el claro brillo de la luna, o incluso al mediodía, veían con frecuencia a una joven muchacha surgir en medio de la corriente, con el desnudo torso fuera del agua. Era en verdad hermosa, aunque tan pálida que parecía la muerte.

El árbol de la ciencia. Henry James (1843-1916)

I.
Entre otras convicciones secretas, cual las que todos albergamos, Peter Brench estimaba como el más grande logro de su vida no haber emitido jamás un juicio comprometedor sobre la obra, como era denominada, de su amigo Morgan Mallow. En lo tocante a ella, según pensaba él honradamente, nadie podía, con veracidad, citar una sola opinión pronunciada por sus labios, y en ningún lado podía haber constancia de que, a ese mismo respecto, en ninguna ocasión ni tesitura alguna, hubiese mentido o hubiese proclamado la verdad. Semejante triunfo le parecía de relevancia capital aun siendo un hombre que había logrado otros triunfos: un hombre que había llegado a los cincuenta años, que había eludido el matrimonio, que había vivido sin dilapidar su fortuna, que desde muchos años atrás amaba a la señora Mallow sin decir palabra, y que, lo último en orden pero no en importancia, se había juzgado a sí mismo hasta los más íntimos recovecos. De hecho se había juzgado hasta tal punto que había sentenciado que la actitud que mejor le cuadraba era una gran humildad global; y, sin embargo, nada lo hacía tener mejor concepto de sí mismo que el recto rumbo que había logrado seguir pese a varios de los escollos precitados. De esta guisa, consideraba categóricamente un mérito que aquéllos de sus amigos en quienes más confianza tenía fueran precisamente aquéllos ante quienes guardaba la mayor reserva. Él no podía —al menos eso había decidido el excelente hombre— decirle a la señora Mallow que ella era la adorable causa única de su contumaz soltería; y tampoco decirle al marido que la visión de los innumerables mármoles que poblaban el taller de éste le causaba un sufrimiento cuya incisividad ni siquiera el tiempo había conseguido embotar. Sin embargo, su victoria, como ya he apuntado, en lo tocante a estas esculturas, no consistía sólo en haber callado que las abominaba; consistía además, heroicamente, en no haber intentado nunca obtener, como premio a su silencio, una dulce compensación de otro orden.

La situación entera, entre estas buenas gentes, era en verdad cosa digna de admiración, y probablemente no había ninguna que le fuese comparable en muchas leguas a la redonda del punto que nos incumbe: la zona londinense donde en aquella época los melodiosos declives de Hampstead principiaban a ser debelados por los quebrados ritmos de St. John's Wood. Peter deploraba las estatuas de Mallow y adoraba a la esposa de Mallow, pero sentía considerable simpatía hacia Mallow, por quien, a su vez, él era igualmente apreciado. La señora Mallow exhibía gran admiración por las estatuas... aunque, si la apuraban, confesaba preferir los bustos; y su ostensible afecto por Peter Brench se debía al afecto que éste último le testimoniaba a Morgan. Por lo demás, cada uno de los tres amaba a los otros dos por la delicadeza con que trataban a Lancelot, el único y muy querido descendiente de los Mallow, en quien el amigo de la casa tenía al tercero —pero sin duda el más guapo— de sus ahijados. Desde su nacimiento, ninguno de la familia, ni siquiera el propio niño, si hubiese sido posible consultarlo, habría hallado sujeto más cualificado que Peter para el papel de padrino. Por fortuna, todas estas notables personas gozaban, en el aspecto pecuniario, de cierto desahogo; de lo contrario, el Maestro no habría podido pasar sus solemnes años de peregrinación en Florencia y en Roma ni continuar, junto al Támesis no menos que junto al Arno y el Tíber, amontonando una tras otra obras no vendidas y modelando, con lo que no tenía otro remedio que ser una pasión de todo punto desinteresada, fantaseadas cabezas de celebridades demasiado sumidas en la época o demasiado poco —demasiado ocupadas en vivir el presente o demasiado muertas y enterradas en el pasado— para concederle sesiones de “pose”.

Ni tampoco Peter, que se presentaba casi todos los días, habría podido encontrar los suficientes ratos de ocio para colaborar con su presencia a mantener toda esta complicada tradición de cosas. Él, el depositario de estos secretos, era hombre macizo pero bonancible: corpulento y recio y rubicundo y crespo, de entonaciones profundas, miradas profundas, bolsillos profundos, por no mencionar su hábito de las pipas largas, los sombreros flexibles y los trajes descoloridos entre parduscos y grisáceos, en apariencia siempre los mismos.

Se había entregado a “escribir”, según se sabía, aunque nunca se hubiera entregado a hablar... a hablar, en particular, de eso; y daba la impresión (ya que, según se creía, continuaba cogiendo la pluma) de que prosiguiera su actividad literaria para tener algo más —como si, de suyo, aún no tuviera bastante— sobre lo cual callar. Sea como fuere, lo cierto es que sus ocasionales versos y prosas, ignorados de todos, le permitían afirmar ante su propia mirada la integridad de su buen gusto y comprobar paladinamente la interdependencia de la fama y la mediocridad. La puerta verde de su propiedad se abría en una tapia de jardín cuyo estuco lucía agrietado y desvaído, y, en la pequeña mansión a la que aquélla daba paso, todo era vetusto: el mobiliario, los sirvientes, los libros y los grabados, las costumbres inmemoriales y aun los arreglos más recientes. A diez minutos de allí, los Mallow tenían su propia residencia, bautizada como Villa Carrara, cuyo taller se levantaba sobre un pequeño terreno que éstos, en su feliz optimismo, habían anexado a la propiedad con el fin de edificar tal santuario del arte. Ello había sido posible por la buena suerte, si es que no habría que llamarla mala, de que la señora Mallow, al desposarse, hubiera aportado a su marido una dote suficiente para procurarle una mínima seguridad y permitirle así, respecto del arte del cincel, mantenerse en sus trece. Y en sus trece se mantenían —siempre se habían mantenido— el engolado escultor y su esposa, en favor de los cuales la naturaleza había rizado el rizo privándolos de toda conciencia de lo difícil. De escultor, Morgan lo tenía todo excepto el espíritu de Fidias: la casaca de terciopelo marrón, el berretto apropiado, el “aspecto plástico”, los dedos melindrosos, un bonito acento italiano y un viejo fámulo traído de Italia. Parecía compensar todas sus ineptitudes cuando le ordenaba a Egidio en su lengua natal que hiciera girar alguno de los pedestales rotatorios que en el taller abundaban. En Villa Carrara todos eran muy italianizantes, y lo inconfesable del papel que este hecho representaba en la vida de Peter era, mayormente, que le aportaba, a fuer de británico a machamartillo, la justa cantidad de “extranjería” que era capaz de tolerar. Toda su Italia la constituían los Mallow, aunque en cierto modo era gracias a Italia por lo que le agradaban. Su sola preocupación era que Lance —así llamaban por abreviación a su ahijado— resultaba, a despecho de su educación en un colegio nacional, acaso una pizca demasiado italiano. Por otra parte, Morgan poseía el aspecto de la imagen aduladora que uno puede tener de sí mismo, semejante a aquéllas que cabe contemplar en esa gran sala del museo de los Uffizi dedicada a Autorretratos de Artistas. La única lamentación del Maestro era no haber nacido pintor en vez de escultor, a causa de su deseo de haber contribuido a la insigne colección sobredicha.

Con el tiempo se vio que Lance, de todas formas, sí que sentía la vocación de los pinceles; pues, cuando el muchacho frisaba ya en los veinte años, un buen día la señora Mallow le anunció al amigo, quien solía ser confidente de los problemas y preocupaciones más íntimos de la familia, que no parecía sino que en rigor de verdad no tenían más remedio que dejarlo seguir la carrera de pintor. Ya no podían permanecer insensibles ante la circunstancia de que no cosechaba ningún laurel en Cambridge, donde la facultad en que otrora había hecho Brench los estudios llevaba un año suavizándole las reprimendas únicamente por consideración a su padrino. Así, pues, ¿a qué obstinarse en la vana tentativa de formarlo para lo imposible? Lo imposible —ello ya estaba sobradamente claro— era que Lance pudiese llegar a ser otra cosa que artista.

—¡Oh, cielos, cielos! —exclamó el pobre Peter.
—¿Cómo? ¿No cree usted en ello? —preguntó la señora Mallow, quien, aunque cumplidos ya los cuarenta, había conservado unos ojos de un violeta aterciopelado, una lisa piel lustrosa y un suave cabello rojizo.
—Que si no creo ¿en qué?
—Pues en la pasión que siente Lance.
—No sé bien a qué se refiere con eso de “creer en su pasión”. No se me había escapado, ciertamente, la propensión de Lance, desde su más tierna infancia, a enarbolar pinceles y mezclar colores; pero yo esperaba, lo confieso, que se le pasaría.
—Y ¿por qué habría de pasársele —preguntó ella con una hermosa sonrisa—, habida cuenta de los preciosos antecedentes familiares? Una pasión es una pasión... aunque claro está que, naturalmente, usted, mi buen Peter, no entiende nada de semejantes cosas. ¿Se ha extinguido la del Maestro alguna vez?

Por un momento, Peter apartó el semblante y, a su habitual manera informe, durante algunos instantes emitió un sonido intermedio entre un silbido atenuado y un rezongo reprimido.

—¿Cree usted que también él se convertirá en un Maestro? —preguntó.
Apenas si ella pareció dispuesta a llegar tan lejos, pero mostró, en conjunto, un aplomo maravilloso:
—Ya sé lo que quiere insinuar usted: ¿merecerá la pena una actividad que desencadenará las mismas envidias y suscitará las mismas maquinaciones que en ciertos momentos casi han resultado demasiado duras de soportar para el padre de Lance? Pues bien, contemos con ello, ya que nada excepto la trapacería, en la triste época en que vivimos, puede, por lo visto, asegurar el éxito, y ya que, si una maldición le ha otorgado el don del refinamiento y la exquisitez, uno fácilmente puede verse teniendo que mendigar el pan toda la vida. Pongámonos en lo peor: supongamos que él tenga la desgracia de volar tan alto que el gusto vulgar del ignaro populacho no pueda seguirlo. Recuerde, así y todo, la ventaja de que disfrutará él, la misma de que disfruta el Maestro. El conocerá.

Peter semejó pesaroso: Ah, pero ¿qué es lo que conocerá?
—¡La felicidad interior! —exclamó la señora Mallow con entonación algo impacientada. Y se fue.

II.
Naturalmente, Peter hubo de tener, poco después, una charla sobre aquello con el propio joven y oírle que, virtualmente, estaba ya todo decidido. Lance no iba a volver más a la Universidad e iba a marcharse a París, donde podría, ya que la suerte estaba echada, encontrar reunidas el máximo número de facilidades. Peter siempre había tenido la impresión de que era necesario aceptar a su ahijado tal como era, pero quizá nunca hasta este momento se había visto tan forzado a verlo como era realmente:

—Entonces, ¿es que abandonas Cambridge por completo? ¿No es bastante lamentable?
Al modo de ver del amigo, Lance se habría parecido a su padre si hubiese sido menos humorista y a su madre si hubiese sido más hermoso. Pero era una buena solución intermedia, para Peter, eso de que, a la manera de los jóvenes modernos, tuviera, a primera vista, más bien el aire de un corredor de bolsa que el de un artista en agraz. El muchacho hizo valer que se trataba de una cuestión de tiempo: le quedaban tantas experiencias por vivir, tantos hechos por observar. Había sostenido algunas conversaciones con sus camaradas y se había formado su opinión propia al respecto:

—En nuestros días —dijo— lo que importa, ¿sabe usted?, no es llegar a adquirir erudición, sino discernimiento.
Ante esto, su interlocutor emitió un gruñido:
—¡Oh, diablos, no quieras saber discernir!
Lance se maravilló:
—¿Qué “no” quiera saber discernir? Entonces, ¿qué tiene de bueno...?
—Qué tiene de bueno ¿el qué?
—Pues... todo. ¿No confía usted en mi talento? Peter aspiró su larga pipa, en silencio, durante un instante; después ahondó:
—No es el discernimiento, sino la ignorancia, lo que (nos lo dicen excelentemente) nos da la felicidad.
—Entonces, ¿no cree usted que yo tenga talento? —insistió Lance.
Peter, según su costumbre de inesperados gestos bonachones, puso su brazo en torno al cuello de su ahijado y lo mantuvo así un momento, diciendo:
—¿Qué sé yo?
—¡Ah —dijo el joven—, si es su propia ignorancia lo que está usted tratando de defender...!
De nuevo, durante una pausa, sentado en el diván, el padrino fumó.
—No se trata de eso —dijo—. Yo tengo la desgracia de ser omnisciente.
—¡Ah, caramba —dijo Lance riendo de nuevo—, si sabe usted demasiado...!
—De eso se trata precisamente, y he ahí por qué soy tan desdichado.
La jocundidad de Lance subió de punto:
—¿Desdichado usted? ¡Venga ya!
—Pero me olvidaba —completó su compañero— de que tampoco deberías saber nada de este asunto. Eso sería, también para ti, saber demasiado. Voy a comunicarte tan sólo mis intenciones. —Peter se levantó del diván—. Si aceptas volver a Cambridge, yo te pagaré todos los gastos.
Lance lo miró de hito en hito, un tanto pesaroso a despecho de sentirse todavía más divertido.
—¡Oh, Peter! —exclamó—. ¿Desprecia usted París, pues, hasta ese extremo?
—Caramba, le tengo miedo.
—Ah, ya lo entiendo.
—No, tú no entiendes nada... no aún. Pero acabarás entendiendo; es decir, corres el riesgo de acabar entendiendo. Y eso no es bueno.
El joven reflexionó más seriamente:
—Pero mi inocencia ya está...
—¿Ya ha recibido golpes? Oh, ello tiene remedio —siguió Peter—; la restauraremos aquí.
—¿Aquí? Entonces lo que usted desea, ¿es que permanezca en casa?
Peter casi lo confesó:
—Caramba, estamos los cuatro tan bien como estamos, todos juntos... tan amparados unos por otros... Escucha, no lo eches a perder.
Ante esto, el joven, que ya se había tornado grave, pasó a la consternación, impresionado ante el muy sentido tono de su amigo.
—Entonces, ¿a qué se dedicaría servidor?
—A ser mi ahijado. Atiende, muchacho —y ahora Peter suplicó de veras—, yo me ocuparía de tu mantenencia.

Lance, que con las piernas extendidas y las manos en los bolsillos había permanecido sentado en el diván, lo escudriñó con mirada desconfiada. Después se incorporó:

—Lo que usted piensa es que no tengo suficientes aptitudes, que no triunfaré.
—¿A qué te refieres con eso de triunfar?
Lance reflexionó de nuevo, y respondió:
—Caramba, el mejor triunfo, creo, consiste en satisfacerse a uno mismo. ¿No es de eso precisamente de lo que, a despecho de las maquinaciones y todo lo demás, disfruta (a su especial modo inimitable) el Maestro?

Tantísimas cosas incluidas en esta pregunta pedían contestación simultánea, que lo que a efectos prácticos hizo fue poner fin a la conversación, la cual se volvió singularmente difícil a la luz de tamaña evidencia renovada de que, aunque posiblemente la inocencia del joven, durante el transcurso de sus estudios, como afirmaba él mismo, hubiera sufrido golpes, la quintaesencia de su candor permanecía intacta. Lo cierto es que ello era lo que Peter había dado por supuesto y lo que al propio tiempo deseaba por encima de todo; pero, debido a alguna perversión suya, la ingenuidad de Lance lo indignó. El joven creía en las maquinaciones y todo lo demás, creía en el especial modo inimitable, creía, en suma, en el Maestro. Uno o dos meses más tarde, no sólo Lance no había vuelto a Cambridge con todos los gastos pagados por su padrino, sino que además, quince días después del asentamiento de aquél en París, Peter le mandó cincuenta libras esterlinas.

Entretanto, en su país natal, Peter se había mentalizado para lo peor; y jamás lo que podía ser lo peor se le había prefigurado de una forma tan vívida como cuando, un domingo por la noche en que, como de costumbre, él acudió a casa de sus amigos para cenar, la señora de Villa Carrara lo saludó con una pregunta sobre —ni más ni menos— las riquezas de los canadienses. Ella hablaba en serio, hablaba casi con apasionamiento:

—Dígame: ¿hay muchos de ellos verdaderamente ricos?
Por fuerza él hubo de confesar no saber nada acerca de aquello, aunque posteriormente recordaría muchas veces esta velada. La habitación en que se hallaban estaba exornada con diversas muestras de la genialidad del Maestro, las cuales poseían el mérito de tener, como sugería a menudo la propia señora Mallow, unas dimensiones infrecuentemente oportunas. Eran dimensiones en efecto poco usuales en las creaciones del cincel y ofrecían la peculiaridad de que, si los objetos y los detalles destinados a ser pequeños parecían demasiado grandes, los objetos y los detalles destinados a ser grandes parecían demasiado pequeños. La intención del Maestro, fuese en este respecto o en cualquier otro, había permanecido, en casi todos los casos, incluso tras el paso de años, inescrutable para Peter Brench. Las creaciones que tan insuficientemente la exteriorizaban se erguían, un poco por todas partes, sobre pedestales y ménsulas, sobre mesas y estanterías: todo un pequeño pueblo blanco de fija mirada, heroico, idílico, alegórico, mítico, simbólico, en que la “proporción” se había desviado y extraviado de tal manera que la plaza pública y la repisa de la chimenea parecían haber intercambiado sus papeles, pues todo lo monumental resultaba diminuto y todo lo diminuto monumental; las obras de estas dos categorías, por otra parte, eran, innegablemente, miembros de una estirpe en la cual, singular fenómeno, cada estatua no ofrecía ninguna información acerca de su respectiva profesión, edad o sexo. Al igual que los Mallow, ellas mismas, este pueblo de estatuas, componían la familia del desdichado Brench: por lo menos le eran, en grandísima medida, íntimamente familiares. La coyuntura presente era de aquéllas que desde hacía mucho tiempo había aprendido a identificar y a definir: breves fogonazos de la débil llama, dulces ráfagas de un aire más clemente. Dos veces al año, con regularidad, el Maestro confiaba en su suerte, aparte confiar todo el año en su genio. Esta vez la prosperidad tenía que estar asegurada con una pareja de luto, procedente de Toronto, que acababa de hacer el magnificente encargo: la ejecución de una tumba para tres niños difuntos, a quienes deseaban ver conmemorados, en el grupo escultórico, con un estilo a la par simbólico y realista.

Ése era naturalmente el trasfondo de la pregunta de la señora Mallow: al suponer que estos extranjeros eran adinerados, cabía creer, por la índole de la admiración de los mismos, así como por sus misteriosas alusiones (¡eran gente un poco extravagante!) dejadas caer a propósito de la posibilidad de otros encargos de este tenor funerario, en un patrocinio futuro; y no menos factible era que, si el Maestro conseguía adquirir una mínima notoriedad en aquellos lejanos pagos, una larga serie de clientes canadienses viniera inexorablemente a hacer sus pedidos. En otras ocasiones, Peter había visto afluencias de clientes coloniales o autóctonos, grupos de compradores que sin embargo habían producido poquísimos vacíos en la compañía marmórea que los rodeaba; pero se guardaba mucho, en circunstancias así, de hacer tambalearse tales ilusiones halagüeñas. Mientras duraban, constituían un bálsamo para la amargura ocasionada por las distinciones jamás obtenidas, el largo sufrimiento de las medallas y los diplomas constantemente otorgados a otros; y alimentaban, así, la lámpara destinada a lucir hasta el próximo eclipse. Ellos vivían, empero, al fin y a la postre —tal como siempre era maravilloso comprobarlo—, sobre un plan trascendente, apenas atentos a los altibajos de la existencia. Consentían, a veces, deliciosamente, en reconocer que el público, de cuando en cuando, no era demasiado infame como para desear comprar; pero jamás renunciaban a la muy honda convicción de que el Maestro era siempre demasiado excelso como para lograr vender. A menudo, Peter se decía que ellos estaban, sea como fuere, maravillosamente forjados para su destino: el Maestro tenía una vanidad, y su esposa una lealtad, cuyo mérito y encanto habrían sido disminuidos por el éxito, privándolas de inocencia. Cualquiera puede resultar hechicero si vive bajo un hechizo, y, cuando Peter miraba el mercenario mundo exterior, todavía más falto de equilibrio y armonía que el propio museo del Maestro, se preguntaba si alguna vez habría conocido a otra pareja tan por completo ajena a las infamias de lo corriente.

—¡Qué mala pata que Lance no esté aquí presente para regocijarse con nosotros! —suspiró aquella noche la señora Mallow durante la cena.
—Beberemos a la salud del ausente —repuso su marido, y llenó el vaso de su amigo y el suyo. Vertió una gota en el de su compañera y prosiguió—: De todos modos, esperemos que él alcance una felicidad menos parecida a la nuestra de esta noche (¡comprensible por otra parte, todo hay que admitirlo!) que a la serenidad (ésa que no depende de las circunstancias) de que nosotros siempre hemos podido disfrutar. ¡Esperemos que alcance —aclaró el Maestro, retrepándose en su sofá, bajo la grata luz de lámpara y junto al grato fuego de chimenea, alzando su vaso y paseando la mirada por su familia de mármol, monstruosa progenie más o menos presente en todas las habitaciones—, esperemos que alcance la felicidad que hay en la mera práctica hermosa de un arte!

Peter estudió su vino con aire un poco cohibido:
—¡Hum! Me importa poco el nombre con que califique usted la situación en que un artista permanece ignorado, mas es necesario que Lance sí aprenda a vender, creo yo. ¡Brindo por que él se haga con el secreto de la vil popularidad!
—Oh sí, éldebe vender —concedió con sorprendente sinceridad la madre del muchacho, la cual había tenido que ser aún más, no obstante, como esta declaración semejó patentizarlo, la esposa del Maestro.
—Oh —dictaminó confiadamente, tras una pausa, el escultor—, Lance venderá. No temas. Habrá aprendido.
—He ahí precisamente —comentó con malicia la señora Mallow— lo que exasperó a Peter (¿por qué diantres se mostró usted tan pérfido, Peter?) cuando Lance le habló sobre ello.
Cuando la dama de sus pensamientos lo miraba con afectuoso reproche —favor no infrecuente de su parte—, Peter nunca encontraba las palabras; pero el Maestro, que era la mismísima personificación de la donosura y el tacto, lo ayudó a salir de este trance como tantas veces lo había hecho:
—Es la manía de Peter, ya sabes, a propósito de la cual Peter y yo hemos diferido tantas veces: él sostiene la teoría de que el artista debe ser tan sólo impulso e instinto. Yo sostengo, evidentemente, que es necesario un poco de aprendizaje: no demasiado, pero sí en una proporción conveniente. Ahí tienes —terminó de explicarle a su esposa— por qué protestó pensando en los riesgos que, ya ves, podría correr Lance.
—Ah, claro —y a través de la mesa volvió a orientar la señora Mallow sus ojos violeta hacia el suscitador de aquella explicación—, él sólo podía tener, por supuesto, buenas intenciones; pero ello no quita que, si Lance hubiera seguido su consejo, él habría resultado, a la hora de la verdad, horriblemente cruel.

Ellos tenían una forma cordialmente bromista de hablar de Peter en su propia presencia como si éste fuese de arcilla o —a lo sumo— de yeso, e, invariablemente, el Maestro se mostraba magnánimo. Se habría dicho que ordenaba a Egidio que lo hiciese girar en su pedestal.

—Oh, pero el pobre Peter —dijo— no andaba tan equivocado al hablar de las cosas que quizá, al fin y al cabo, esté aprendiendo Lance.
—Huy, no creo que se trate de nada grave en lo referente a sus planes artísticos —insistió ella... todavía, al parecer del pobre Peter, pícara y traviesa.
—En efecto: se tratará tan sólo de las pequeñas triquiñuelas a la francesa —dijo el Maestro; ante lo cual su amigo tuvo que fingir reconocer, presionado por la señora Mallow, que había sido únicamente su recelo hacia esos vicios estéticos lo que había motivado sus inquietudes.

III.
—Ahora ya sé —le dijo Lance al cabo de un año— por qué se opuso usted a mi proyecto. —De vuelta a su país, naturalmente por un corto plazo de tiempo, el joven se inclinaba a permanecer en Villa Carrara, donde había hecho ya, dos o tres veces tras su partida, breves reapariciones. Su presente estadía se anunciaba como un periodo de vacaciones más prolongado—. Me ha sobrevenido algo bastante terrible. No es tan bueno esto de saber la verdad.
—He de decir que efectivamente no tienes alegre el semblante —se vio Peter forzado a convenir bastante pesarosamente—. De todos modos, ¿estás segurísimo de que la sabes?
—Cuando menos, sé todo lo que puedo soportar. —Estas observaciones eran intercambiadas en la residencia de Peter, y el joven, fumando un pitillo, estaba junto a la chimenea con la espalda vuelta al fuego. Era cierto que la expansividad de su juventud parecía haberse apaciguado ya un poco.
El pobre Peter quedó impresionado:
—Caramba, ¿has comprendido realmente los motivos personales que yo tenía para no querer que fueras a París?
—¿Personales? —Lance reflexionó—. Me parece que, en lo atinente a motivos personales, sólo puede haber uno.
Permanecieron un momento sondeándose el uno al otro.
—¿Estás completamente seguro?
—¿Completamente seguro de ser un fracasado sin una sola pizca de talento?
Completamente. Desde hace algún tiempo.
—¡Ah! —Y Peter se volvió de espaldas, se habría dicho que casi tranquilizado.
—Ese es el poco agradable descubrimiento que he hecho.
—Oh, “ése” no me preocupa —dijo Peter, tornando a encararlo a renglón seguido—. Quiero decir que, personalmente, me es igual.
—¡No obstante, reconocerá usted que a mí no me es igual!
—Vaya, ¿qué pretendes decir con eso? —preguntó Peter con escepticismo.

Y, ante esto, Lance hubo de explicar... cómo su aprendizaje en París sólo había servido para enseñarle implacablemente las dudosas características de su talento. Su aprendizaje lo había iluminado, de tal manera que una luz nueva refulgía en sus ojos; pero esta luz había tenido por efecto desvelarle demasiadas cosas:

—¿Sabe usted la causa de mi sufrimiento? Un exceso de inteligencia. En el fondo, París era el último lugar adonde habría debido ir. He aprendido a darme cuenta de mis insuficiencias.

El pobre Peter quedó conmovido: lo que Lance había recibido era un mazazo; pero, incluso tras la larga conversación durante la cual el joven anunció, sin ambages, la dura verdad que había aprendido a sus propias expensas, su amigo traslució menos satisfacción que la que en casos parecidos se manifiesta en un semblante connotador del suave comentario: “Ya te lo había advertido yo.” En esta ocasión el pobre Peter aludió tan poco a lo que ya le había advertido él, que, uno o dos días más tarde, Lance no pudo menos que retomar la cuestión:

—¿Qué era lo que (antes de mi partida) en realidad temía usted que yo descubriese?
Esto, empero, Peter rehusó contestárselo: le argumentó que si él solo no lo había adivinado ya, probablemente jamás lo adivinaría, y que en tal caso resultaba contraproducente, para ambos a dos, sin ningún género de dudas, formular el motivo de sus temores. Lance lo atalayó, al calor de esto, durante unos instantes, con la insolente curiosidad de la juventud... incluso con el aire de que estuviesen cruzándole el espíritu dos o tres hipótesis plausibles, alguna de las cuales debería ser certera. Sin embargo, Peter, dándose la vuelta otra vez, no le ofreció ninguna ayuda, y cuando se separaron, el joven realizó uno que otro aspaviento de irritación. Congruentemente, en su siguiente encuentro, Peter discernió a simple vista que, durante el intervalo, Lance lo había adivinado todo y que, para hablarle de ello, tan sólo estaba esperando a que se presentase la ocasión propicia. Se las compuso para facilitarle pronto otra entrevista, y su ahijado espetó sin rodeos:

—¿Sabe usted que su enigma me impedía dormir? Pero durante mis meditabundas vigilias me llegó la respuesta... y, a fe mía, me hizo estallar en carcajadas. ¿Supone usted que realmente me hacía falta ir a París para descubrir eso?
—Al verlo, incluso en este instante, mantener su reserva con tan sublime heroísmo, el joven amigo de Peter no pudo menos que echarse a reír de nuevo—: ¿No dará usted ninguna señal de asentimiento antes de cerciorarse por completo? ¡Admirable viejo Peter! —Pero Lance finalmente se explayó—: Pues bien, diablos, se trata de la verdad sobre el Maestro.
Esto provocó por ambas partes, durante los siguientes momentos, un vívido pasaje, en que cada uno de ellos se asombró ante el asombro del otro.
—Pero, entonces, ¿desde cuándo sabías...?
—...¿el valor exacto de su obra? Lo supe —dijo Lance, haciendo un esfuerzo memorístico— desde que empecé a enterarme de la realidad de las cosas. Aunque reconozco que no lo vi con absoluta claridad hasta que estuve là-bas.
—¡Piedad, piedad! —se lamentó Peter con un terror retrospectivo.
—Pero ¿por quién me tomaba usted? Yo soy un inepto incurable: eso sí ha habido necesidad de que me lo metieran a la fuerza en la cabeza. ¡Pero, al menos, no soy tan inepto como el Maestro! —declaró Lance.
—Entonces, ¿por qué nunca me dejaste ver...?
—...¿que yo, a fin de cuentas —completó el joven—, no era tan idiota? Pues precisamente porque nunca me había imaginado que usted sabía. Pero le pido perdón. Sencillamente quería ahorrarle desconciertos. Y lo que ahora no se me alcanza es cómo diantres, en tal caso, ha conseguido usted mantener su boca cerrada durante tanto tiempo.

Peter le brindó la explicación, pero sólo después de cierta demoranza y con una gravedad no exenta de balbuceos: —Fue por tu madre.

—¡Oh! —dijo Lance.
—Y ahora eso es lo primordial, ya que se ha descubierto el pastel. Te exijo una promesa. Me refiero —y Peter se explicó casi febrilmente— a un juramento por tu parte, un juramento solemne que debes hacerme aquí ahora mismo: el de sacrificar cualquier cosa antes que dejarla descubrir...
—...¿lo que yo descubrí? —Lance lo meditó—. Comprendo. —A las claras, tras un instante, ya había meditado muchísimo—: Pero ¿qué es lo que usted cree que podría yo verme en la coyuntura de sacrificar?
—Oh, siempre se posee algo susceptible de tener que ser sacrificado.
Lance lo miró intensamente:
—¿Quiere eso decir que usted ha tenido que...? —Sin embargo, la mirada que recibió en correspondencia eludió esta interrogante tan drásticamente que el joven se apresuró a abordar otra vertiente del asunto—: ¿Está usted verdaderamente seguro de que mi madre no sospecha nada?
Tras renovadas cavilaciones, Peter estuvo verdaderamente seguro:
—Si lo sabe, entonces es que es de todo punto extraordinaria.
—Pero ¿no somos todos aquí unos fenómenos?
—Sí —concedió Peter—; pero de modos diferentes. Lo que te exijo es de cabal importancia porque el restringido público de tu padre, como bien sabes —se extendió Peter—, se compone de... a ver, ¿de cuántas personas?
—En primer lugar —tuvo el hijo del Maestro la audacia de decir— de sí mismo.
Y en último lugar, también. No sé de otra persona. Peter tuvo un asomo de irritación:
—Y de tu madre, córcholis, siempre.
Lance lo reconsideró.
—¿Tiene usted absoluta certeza?
—Absoluta.
—Bien, pues con usted ya son tres.
—¡Oh, conmigo! —Y Peter, con un ademán de su vieja cabeza benévola, se minimizó modestamente—: El grupo es, de todos modos, tan exiguo que una disidencia, si llegare a producirse, se dejaría notar cruelmente. ¡Por consiguiente, en resumidas cuentas, esfuérzate, mi querido muchacho (eso lo es todo), en no escindirte tú del grupo!
—¿Tengo que perpetuar la farsa? —gimió Lance.
—Precisamente ha sido para ponerte en guardia contra los peligros de una defección por tu parte el motivo de que yo haya preparado esta ocasión.
—Y ¿en qué cree usted —preguntó el joven— que consisten concretamente esos peligros?
—Pues mira, desde el momento en que tu madre, capaz de tan apasionadas emociones, sospechase tu secreto... vaya —dijo Peter porfiadamente—, eso sería como encender un reguero de pólvora.
Pareció, por unos momentos, que Lance siguiera con su mirada el recorrido de la llama:
—¿Ella me repudiaría?
—Ella lo repudiaría a él
—Y ¿se sumaría a nuestro bando?
Antes de contestar, Peter apartó el semblante.
—Se sumaría a tu bando. —Pero con esto ya había dicho lo suficiente para describir —y, según esperaba manifiestamente, para evitar— la horrenda posibilidad.

IV.
Durante los seis meses siguientes, empero, sus temores se renovaron, con toda virulencia, más de una vez. Lance había regresado a París para intentarlo de nuevo; después de ello volvió al redil, y tuvo con su padre, por vez primera en su vida, una de esas escenas que hacen saltar chispas. Con mucha expresividad, el joven se la narró a Peter, respecto del cual —ello era algo sin precedentes— constituía una manifestación de reserva inusitada por parte del matrimonio de Villa Carrara el que en esta ocasión rehusaran, tratándose de una cuestión de orden íntimo, espontanearse —ya que no con júbilo, entonces con consternación— ante su excelente amigo. Acaso esto produjo, a efectos prácticos, entre las dos partes, una ligera frialdad y un cierto espaciamiento en sus amistosas relaciones... patentizados primordialmente por la circunstancia de que, para estar en condiciones de hablar a sus anchas con su viejo compañero de juegos, Lance debiera, normalmente, ir a visitarlo en su residencia. De esta guisa surgieron entre ellos las más estrechas, aunque desde luego no las más jocosas, relaciones mutuas que tuvieran jamás. El malestar del pobre Lance se debía a la tensión que primaba en su hogar, engendrada por el hecho de que su padre deseaba que llegase, como mínimo, al grado de triunfo a que había llegado él. Lance no había “renunciado” a París, no obstante tener la vívida sensación de que París había renunciado a él; estaba dispuesto a regresar allí por la fascinación que le producía ensayar, ver, sondear las profundidades: aprender la lección, en definitiva, aun cuando la lección consistiese simplemente en percatarse de la impotencia propia al desarrollarse el sentido crítico propio. En cambio, el Maestro, ensimismado en su mediocre fecundidad, ¿qué sabía acerca de la impotencia y qué sentido crítico digno de tal nombre había desarrollado en toda su vida de altivez? Enardecido e indignado, Lance recabó con franqueza el parecer de su padrino.

A Lance, por lo visto, su padre lo había reprendido con dureza, pues no podía perdonarle no tener, después de tanto tiempo, ninguna obra que enseñarle, y esperaba que, tras su próxima ausencia, ya hubiese subsanado tamaña omisión. Lo esencial según explicaba el Maestro con complacencia, consistía —para todo artista, aunque no fuese tan grande como él— en al menos “producir” obras. “¿Qué eres tú capaz de producir? ¡Es todo lo que te pido!” Desde luego que él había producido suficientemente, y no cabía duda de que tenía obras que enseñar. A Lance le aparecieron lágrimas en los ojos cuando le confesó a su viejo amigo cuán duro era el “sacrificio“ que éste le exigía. No le era fácil mantener una farsa absurda —la de hijo admirador de su padre— después de haberse visto escarnecido por no desear ser una nulidad prolífica. Pero Peter, una vez al corriente de la situación, insistió en imponerle una noble hipocresía; y, durante cierto tiempo, su joven amigo, aun amargado y herido, se las industrió para seguir procurándole ese consuelo lealmente.

Cincuenta libras esterlinas recompensaron, todo hay que decirlo, más de una vez, tanto en Londres como en París, la lealtad del joven amigo... no menos eficazmente, sin duda, ahora, por ser informado de que tal dinero no era sino un adelanto sobre un cuantioso legado cuyo último destino Peter había determinado secretamente desde hacía mucho tiempo. Mediante estas artes u otras, en todo caso, el justo furor de Lance pudo ser aplacado durante una temporada... aunque sólo durante una. Día llegó en que Lance le advirtió a su padrino que ya no podía resistirlo más, o, mejor dicho, que le era imposible contenerse. En Villa Carrara había tenido que aguantar otro sermón pronunciado con gran rimbombancia: imposición ésta más onerosa, a esas alturas, de lo que, sin la posibilidad de contraatacar o decirle al Maestro cuatro verdades, podía soportar un ser de carne y hueso.

—Y yo no me explico —observó Lance con cierta irritación por echar en falta los miramientos que, a fin de cuentas, pensándolo bien, le eran debidos a él mismo—, no me explico, a fe mía, cómo puede usted, al punto a que han llegado las cosas, seguirle el juego.
—Oh, para seguirle el juego me es preciso tan sólo retener la lengua —dijo Peter con calma—. Y además tengo mis motivos.
—¿Siempre mi madre?
Peter evidenció su turbación como solía hacerlo; vale decir, apartó el semblante bruscamente.
—¿Qué quieres que le haga? Jamás he dejado de sentir cariño hacia ella.
—Es hermosa, y es un cielo de mujer, no cabe duda —concedió Lance—; pero, en definitiva, ¿qué es lo que representa ella para usted, y qué interés tiene usted en lo que ella haga o deshaga?
Peter, que se había arrebolado, hizo una breve tregua. Después contestó:
—Bueno, es por las reacciones que sus reacciones me producirían a mí.
Ahora hubo, empero, en su joven amigo, una insistencia extraña, intencional:
—En definitiva, ¿qué es lo que representa usted para ella?
—Huy, nada. Pero eso no hace al caso.
—Ella sólo ama a mi padre —dijo Lance el parisiense.
—Naturalmente, y he ahí precisamente mis motivos.
—¿Por qué desea usted evitárselo?
—Porque ella lo ama tan apasionadamente.
Lance dio una vuelta por la habitación, aunque con la mirada siempre clavada en su anfitrión, y dijo:
—¡Ha debido usted sentir hacia ella un tremendo... cariño!
—Tremendo. Siempre —dijo Peter Brench.
Por un momento el joven prosiguió meditando; después tornó a colocarse delante de Peter:
—¿Sabe usted hasta qué punto ella lo ama a él? —Ante esto se cruzaron los ojos de ambos, mas Peter, como si su mirada entreviese algo nuevo en la de Lance, pareció vacilar, por vez primera en muchísimo tiempo, en decir que lo sabía todo—.Yo lo he sabido hace nada —dijo Lance—. Ayer por la noche, ella se presentó en mi habitación después de haber estado presente, silenciosa, con los ojos fijos en mí, en la escena que con él hube de arrostrar; se presentó... y estuvimos hablando juntos a lo largo de una insólita hora.

Lance hizo aún una pausa, y de nuevo se sondearon el uno al otro durante unos instantes. Entonces, una luz súbita, que lo hizo palidecer, iluminó a Peter:

—¿Ella lo sabe?
—Ella lo sabe. Me lo confesó todo... para pedirme a mí tan sólo eso, como dijo ella: eso de lo cual ella ha sido capaz. Ella siempre, siempre lo ha sabido —dijo Lance, sin piedad.

Peter quedó mudo un largo rato, durante el cual su ahijado habría podido escuchar su silencioso gemido profundo y, si le hubiese puesto encima una mano, habría podido advertir en él la vibración de una prolongada exclamación reprimida. Para cuando Peter habló, por último, ya había apurado su cáliz:

—En tal caso, me doy cuenta de con cuánta pasion...
—¿Verdad que es prodigioso? —dijo Lance.
—Prodigioso —musitó Peter.
—¡Conque si todo su esfuerzo por alejarme de París no tenía otro fin que el de preservar mi ignorancia...! —exclamó Lance con un gesto que simbolizó elocuentemente el fracaso de aquella tentativa.

Habría podido ser dicho fracaso lo que Peter pareció contemplar detenidamente por unos momentos.

—¡Creo que sobre todo (sin que fuese yo consciente de ello en su momento) tenía el fin de preservar mi ignorancia! —repuso finalmente éste, apartando el semblante.