lunes, 6 de enero de 2014

Gregorian Masters of Chant The end of days


...Y estás llorando...

Vienes del pasado, de la parte oscura y perversa de la memoria
 de ese lugar que intenté olvidar alguna vez por dolor
el tiempo encerrado en mis ojos ayudó para no verte
pero extrañamente hoy, te recuerdo otra vez desde la muerte...

Estabas cubierta de polvo, rodeada de otras cosas
que preferí olvidar para no correr por los caminos del jamás
pero hoy recuerdo que el cielo de Abril descansaba en tus ojos
porque más de una vez me pareció verte llorando...

El frío cae sobre mi cuerpo viejo y gastado
el patio de la prisión está llenándose de cuervos
y esta habitación se hunde de tantos recuerdos...

Eres del pasado, de la parte oscura y perversa de la memoria
del cielo rojo sangre desde donde hoy te estoy recordando
quizás eres ángel y no recuerdo
porque te veo como tantas otras veces...
... y estás llorando...



...Y estás llorando...
Tiempos de arco iris.

Todos los derechos reservados.

©1997

Gregorian Masters of Chant For no one


Virgen tatuada.

Se sentó por última vez en la vereda de la Iglesia
unió sus manos esperando que el cielo respondiera
olvidó mirarse en el espejo que había en su alma
sólo porque prefirió no cargar el peso de su cruz...

Sus ojos lloraron por última vez sobre su pila bautismal
esperando que sus lágrimas se llevaran el pecado
y pronunció mi nombre en un último ritual secreto
antes de entrar por el túnel sin luz...

Y esperó un abrazo final
a alguien que pudiera sostenerla en sus brazos
y se convirtió en una estrella fugaz
en un ángel de su cielo y de mi infierno
y murió esperando un gesto amable de la humanidad
que le permitiera borrar las heridas de su cuerpo...

Alcanzó a ver las primeras nieves del invierno
esperando un milagro que mitigara el dolor
tembló su cuerpo de martirio cuando la sostuve en mis brazos
pero tapó sus oídos para no volver a escuchar mi voz...

Y me habló de su infancia perdida
de su padre, tirano autor del dolor
tomé sus manos de mujer olvidada
creo que sonrió al haber encontrado mi amor...

Y esperó un beso final
algo que borrara las palabras que hoy no recuerdo
y se abrazó a mí, inclinada en la eternidad
porque sabía que viviría por siempre, tatuada en mi cuerpo...



Virgen tatuada.
Tiempos de arco iris.

Todos los derechos reservados.

©1997

Gregorian Masters of Chant Maid of Orleans


Tus labios de fuego.

Bajo un cielo de eterno deseo
en tu penumbrosa sombra se dibujan
tu destino y mi final
tragedia de mi alma que no aprendió a olvidar...

Y con mis pensamientos en otro mundo
con mis manos sangrando sin parar
en la sed que me provoca esta soledad
ansío besar tus labios de fuego...

El tiempo ya no volverá hacia atrás
cada uno de nosotros tendrá una canción y un camino
pero sé que cada vez que trate de olvidarte
arderá en mi piel la marca
de tus labios de fuego...



Tus labios de fuego.
Tiempos de arco iris.

Todos los derechos reservados.

©1997

Gregorian Masters of Chant The gift


Tu pequeño mundo.

Te quedaste observando la lejanía desde el andén
y sé que pensabas tal vez, sólo tal vez podría volver
pero hoy su rostro de arena y sal, se moja con las olas
mientras tú sigues en la estación, con la incertidumbre de cómo continuar con las horas...

Y mientras ves que el tren llega, sabes que nadie vuelve
entonces se confunden la Puna y el Mar, con tu soledad
no más sueños inconclusos, no más ganas de vivir
sólo porque no sabes que el mundo no gira sin ti...

El hombre del mar se alejó de los campos tan tristes
escribió su nombre de Agosto con nubes de humo
partiendo sin decir adiós, pequeña mía
dejando profundamente vacío tu pequeño mundo...



Tu pequeño mundo.
Tiempos de arco iris.

Todos los derechos reservados.

©1997

Sarah Brightman Kaze No Torimichi


Tu amor.

Tu amor hace que el sol brille de nuevo, que el cielo no sea el mismo
con tus manos pequeñas borraste de mi piel las huellas del pasado
ya no hay más sombras que me den miedo, porque sé que estás a mi lado
que conmigo quieres vivir y morir, que quieres ver crecer a nuestro hijo...

Tu amor y tu ternura calmaron con palabras el eco de mis lamentos
y juras que me amarás hasta morir, incluso después
yo te doy mi amor eterno y un legado de esperanzas
sólo muéstrame con tus besos cómo brilla el sol otra vez...

Tu amor hace que olvide el odio y la mentira de ya no poder ser feliz
dejaré esta carta aunque no la veas, escrita en mi piel
así vivirá por siempre nuestro amor
te daré la luz para que vivas junto a nuestro hijo
para que sepa que nació de un amor más fuerte que el destino...

Aférrate a mí y lee esta carta, en silencio diré que te amo
abrázame fuerte, acepta mi amor y dime que siempre me amarás
yo te entrego un día nuevo y toda la confianza
sólo dame un beso para saber cómo es volar al más allá...



Tu amor.
Tiempos de arco iris.

Todos los derechos reservados.

©1997

Sarah Brightman Venus and Mars


Te voy a extrañar...

Te voy a extrañar
cuando mire hacia el mar y estés dormida en la arena
cuando la brisa se lleve otra vez tu piel de hada...

Te voy a extrañar
en este día tan triste y claro
sí, voy a extrañarte
cuando te vea soñando con el sol...

Te amo, pero no puedo detener el reloj
mi vida trasciende el tiempo y el espacio
siento tu perfume más allá del muro de todos mis lamentos
el día es tan largo y triste
no es posible dejar partir a un amor así
no tienes derecho a condenarme y a dejarme morir...

Te estoy recordando
en este abismo de preguntas sin respuestas
la soledad se ha apoderado de lo más profundo de mi ser
te extraño y no hay más nada que decir
sólo que hoy deseo...
... deseo que estuvieras aquí...




Te voy a extrañar...
Tiempos de arco iris.

Todos los derechos reservados.

©1997

El campo de juegos.

Emily era una hermosa niña de 14 años,ella estaba ansiosa por que le faltaban dos dias para su cumpleaños. Una noche caminaba por la calle fria y oscura, estaba sola y paso por un campo de juegos abandonados, se detuvo por que oyo los columpios rechinar, a ella le encantaban los columpios asi que se metio por unos arbustos de rosas que hicieron que se arañara y desangrara las piernas, para poder llegar a ellos, de todas maneras Emily siguio adelante y allí los vió, se subio a uno de ellos y empezo a columpiarse, llevaba una rosa colgando en las piernas pero volviéndose roja de la sangre que podía mezclarse con ella. Entonces la agarro y sintió enormemente pedir un deseo:
desearia ser inmortal...dijo.

En ese momento soplo un aire frio y de repente Emily vio fantasmas de niños en todo el campo de juegos, algo la golpeo por detras y le cortó la lengua del impacto con su boca, llena de sangre, como pudo trato de gritar pero no podia y en medio de risas y burlas de los fantasmas, la joven empezo a llorar sangre a los pocos segundo le dió un paro cardiaco, y murio.
Su fantasma se escucha en el columpio donde murió, se puede escuchar el oxidado sonido del columpio balanceando y cuando te sientes atraido por su hermoso y rechinante sonido, cuando haces lo mismo que hizo Emily...se reira de ti y pensaras que quieres ser inmortal....

La niñera.

Cuenta la historia de una mujer que llegó sorpresivamente a la ciudad. Alta, pálida y sonriente. Buscaba trabajo para poder sobrevivir, estaba escapando de una gran hambruna y pobreza de su tierra natal. Llegó a la casa de los Wilson. Una familia muy adinerada que vio que la muchacha tenía pinta de ser de confianza.
La contrataron y ella cuidaba de sus cuatro hijos. Todo fue bien durante exactamente 3 semanas. Hasta que algo ocurrió. Una noche tormentosa en la cual los Wilson habían salido y los niños dormían, la niñera comenzó a escuchar ruidos extraños, golpeteos de puertas y ventanas, llamadas extrañas donde nadie respondía y el viento que silbaba fuertemente y la hacía sentir con mucho frío. Salió al jardín a tomar un poco de aire. Lo unico que se pudo deducir después de esa noche, fue un misterio para los demás.
A la mañana siguiente los Wilson llegaron apresurados y encontraron a la niñera, con una parte de su cara en carne viva, ahorcada en uno de los árboles del jardín, con los ojos abiertos y amarillentos, mirando fijamente al tremendo vacío. De sus ojos se veían que habían marcas de lágrimas negras, ya secas y siniestras. Se llevaron el cadáver de la niñera ese mismo día y los Wilson abandonaron la casa, espantados por sentir la presencia de la muchacha en su hogar.
Después de unos años, nadie se había atrevido a comprar la casa de los Wilson. Hasta que una familia la compró por el bajo precio en que se encontraba. Han declarado que no pueden bajar al sótano porque empiezan a sentir mucho frío, a sentir que hay alguien que los sigue a todos lados y han terminado por prohibir la entrada a aquel sitio. En el jardín, a las 3 de la madrugada siempre escuchan la misma carcajada excéntrica y macabra, la risa de la niñera. Se burla de la nada, sale de una boca invisible. Su espectro da vueltas por la habitación de los niños, se lamenta en porqué nadie le dijo que esa noche un psicópata altamente peligroso estaba suelto. Llora en silencio y su risa sin motivo se transforma en un grito de rabia. Gira el cuello, y la cabeza se le desprende como si fuera una muñeca rota. Vuelve a reír y se va, se desvanece... los niños no saben quien es la que no los deja dormir. Pero que se puede hacer... la niñera siempre busca a quien observar, alguna persona a quien espantar. Ya no le queda nada en este mundo.

Ellos te observan.

¿Has tenido la sensación alguna vez de que los retratos y los cuadros de personas pueden observarte y lanzarte mirada?, pues bien, esta es mi historia. Desde que era un chiquillo observaba mi retrato de cuando tenia 2 años de edad. Vestía un trajecito azul, utilizaba zapatitos rojos y tenia mi cabello peinado hacia un lado.

Al principio no ocurría nada, hasta que cumplí los 4 años.
Cuando tenia esa edad simplemente no entendía porque mis padres peinaban mi cabello de cierta manera, me hacían utilizar ese tipo de zapatos y sobre todo me hacían vestir ese estúpido trajecito azul. Eso fue en mi día de cumpleaños.
Pocas semanas después, mientras dormía, sentí una extraña fuerza que me asfixiaba, como si un objeto pesado se posara encima de mi pecho. No podía respirar, ni podía gritar ni emitir sonido alguno. Todo fue en vano, nadie me escucharía. Cuando todo paso, fui corriendo a encender la luz, pero no vi a nadie en la habitación. Solo estaba yo, y por supuesto mi retrato en la pared. Fui corriendo donde mis padres a explicarles la situación, y estos me dijeron que no me asustara, que seguramente había sido un ataque de asma. Sin embargo, yo preferí quedarme a dormir con mis padres por cierto tiempo.
Pocos días después, aun durmiendo con mis padres, esa extraña fuerza me hizo caer de la cama; caí al suelo y sentí de nuevo esa fuerza asfixiante en mi pecho. Trate de gritar, de pedir auxilio pero no podía. De repente, entre la oscuridad pude distinguir la silueta de algo cuadrado, ¡ de mi retrato!. al otro día comente a mis padres acerca de la noche anterior, y ellos decidieron llevarme al psicólogo.
Mientras era de día, la fuerza no me visitaba, pero sentía cuando pasaba al lado de mi retrato como sus dos pequeños ojos me seguían con su mirada, con una expresión de rabia.
Durante dos años se presento el mismo suceso una y otra vez. Cada vez que ocurría me quedaba sin aliento, y podía distinguir entre la oscuridad los ojos del retrato. La ultima vez que paso este incidente, luego de perder el aliento y no poder gritar, vi como esos dos ojos se me acercaron hasta tal punto que pude oír esta frase "usurpador". al otro día comente a mis padres, y cuando escucharon lo que me había dicho, se miraron entre si y por fin me creyeron.
Desde ese día cambiaron mi forma de peinarme, no me obligaron a llevar el traje azul ni los zapatitos rojos. Aquella fuerza nunca volvió a molestarme.
Hoy en día tengo 18 años, y hace unos meses me di cuenta que dos años antes de que yo naciera, mi hermano Martín había muerto de una ataque de asma. Tenia tres años cuando murió, y mi madre me contó que el chico del retrato no era yo, sino mi hermano Martín. Teníamos una similitud física impresionante, y esa era la razón de que mis padres me peinaran de esa manera, me obligaran a llevar puesto el trajecito azul y los zapatitos rojos.
No me deshice del retrato, lo coloque al frente de mi cama, para que cuando vaya a dormir sea lo ultimo que vea, y cuando despierte sea lo primero. Cuando el retrato de mi hermano y yo cruzamos algunas miradas, sentimos una mutua complicidad, guardamos un secreto.
Desde ese día cuando miro a un retrato cualquiera, no puedo evitar pensar que cada uno tiene una historia que contar, así sea con una mirada.
Así que cuando creas que un retrato te esta mirando, ya sabes que ellos te observan, amigo mío, así pienses que no es así.

Herencia fantasmal.

Que se vaya, que se vaya... Era lo único que mi mente podía decir. De nuevo pasó ella. ¿Por qué a mi? ¿Qué es lo que desea de mi? ¿Por qué me sigue desde pequeña?
Ella, era como mi reflejo, tan parecida a mi. Cuando la vi por primera ves, pensé que tal vez era mi hermana gemela, y nadie me lo quería decir...
Pero no podía ser, mi acta de nacimiento decía: única... Entonces, ¿por qué el parecido conmigo? No lo sé... Lo único que sabía en esos momentos era: ¿por qué a mi? ¿a caso hice algo malo?
Mi salida de 6°, ahora me iría a vivir con mi mamá. ¡Que felicidad! Ya no mas sustos, ya no más ¿por qué a mi?, que feliz me sentía ahora...
Han pasado ya dos meses, y no me ha pasado nada, al fin me había desecho de ella. ¡Por fin!
Cuatro meses ya pasaron desde mi salida. Y la felicidad se ha ido. La vi otra vez, pero ahora por el espejo. ¿Y ahora?... Como siempre, estoy sola la mayor parte del tiempo. Y no hay nadie que me proteja, mi mamá no deja entrar a mis perros para que lo hagan. Solo era yo la que me podía proteger, nadie más...
No tengo armas para enfrentarla... ¿Entonces que será de mi?...
Cinco meses: Cada vez es mas fuerte... Ahora se me aparece más veces... Ya me acostumbré a ella, aunque a veces si me espanta muy feo...
Un año ya pasó. ¿Y sus apariciones? ja... Ahora no solo es ella, ahora también es alguien parecido a la muerte, pero solo flota y no tiene una oz... ah, y también más personas que me atacan...
Me tiraron el cuadro de mamá, y en frente de mi, no lo quise levantar, sabía que me atacarían. En las noches a veces me dan convulsiones, siento demasiado miedo, casi no duermo, me tiran las cosas, me gritan, no me dejan salir, me empujan... ¿Qué más falta? ¿Qué me maten?...
Decidí decirle a mi mamá... Ella se espantó, y me dijo que hablaría con los hermanos de la iglesia. Después de hablar con ellos, me dijo que tardarían un poco en ir, pero que si lo irían. Me comentó que a ella también le pasaban cosas, pero en las noches, con un hombre que le tapaba la cara. Y a mi hermana también, pero era un caballo... ¿Entonces era hereditario?...
No sé... Ahora solo espero poder seguir viviendo y que vengan los hermanos....

El prado.


Esta historia ocurre en un prado que hay cerca de una casa abandonada, desde hace muchísimo tiempo no aparecía nadie por allí, ni un pequeño aliento paseaba por aquel prado, que en sus tiempos fue una alegre villa.
En las venas del prado circulaban sangres azules, de altos cargos y dignatarios que iban a pasar sus vacaciones a aquel sitio. Numerosas familias pasaban sus mejores veranos y sus momentos inolvidables sin pasar desapercibidos de que alguien se ocultaba entre el prado y ellos.
¿Qué era lo que hacía peligrar la vida de aquellos tranquilos visitantes? El ladrón de almas. El ladrón de almas desde hacía mucho tiempo se dedicaba a sacar el alma de los que consideraba vanidosos y sin corazón, se las sacaba del modo que fuese, haciendo sufrir o no, como le apeteciese. Conozco un caso del supuesto ladrón de almas: Es degradante como les sacaba el alma. Una mujer cayó de un quinto piso y sus vísceras fueron atravesadas por miles de pinchos colocados anteriormente en el suelo, de ese modos su alma salió de ese cuerpo asqueroso y lleno de malas acciones.
Una noche tranquila, sin que nadie pasase advertido de una presencia misteriosa en el ambiente, se dispusieron a celebrar una fiesta. Prepararon todo, desde sus comidas hasta las mesas, música, vamos, lo habitual en una fiesta. A la hora acordada los invitados a la fiesta acudieron con los mejores trajes a una fiesta en mitad del prado y sin ninguna protección. Una chica se encontraba en el servicio arreglándose para ir a la fiesta, pero ese no era su día de suerte: Se cortó un dedo por la mitad cuando intentaba mirarse en un espejo, el dolor fue tal, que la chica salió despedida del servicio gritando y alertando a todos los invitados.
Aquellos invitados, debido a los gritos de la chica, se estremecieron y empezaron a ponerse nerviosos, además, empezó a notarse un frío en el ambiente propio de la presencia de un ente desconocida de otra dimensión.
Un señor que estaba arreglando las velas, salió ardiendo sin que nadie pudiese ayudarle, ya que un cristal protegía del paso a cualquier persona antes de que todo estuviese preparado.
En total, la fiesta fue un caos, pero ahora viene lo dramático de la situación: El hombre, consiguió salir corriendo de la habitación acristalada prendiendo a los demás invitados y provocando un baño de calcinamientos. Todos murieron por graves quemaduras, incluida la chica del dedo. Otra persona que estaba presenciando todo, cayó desde la planta 3 de una de las casas circundantes al prado, rompiéndose el cráneo.
Todas las almas fueron liberadas y sometidas por el ladrón de almas a graves torturas físicas y psicológicas después de morir. ¿Qué personas, hay con menos corazón que los ricos?
Nunca se supo nada de este incidente ni se alertó a nadie de lo ocurrido, pero hay algo que tengo claro, yo nunca me acercaré por ese prado, por si las moscas.

Gabriel.

Llevábamos ya buen rato bebiendo vino sin misericordia sentados en una de las bancas de piedra del lúgubre parque. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos. Reíamos y sosteníamos las típicas pláticas de borrachos, hasta que afloró el tema de Gabriel, nuestro amigo muerto.
La expresión de los tres cambió y el silencio se apoderó del ambiente por largos segundos hasta que brindé a su salud y propuse la idea de ir a visitarle a lo que Julián y Miguel, a pesar de que era ya muy entrada la noche, accedieron.
Nuestros negros abrigos lograban a penas hacernos capear el riguroso frío que hacía a esas horas de la madrugada. Al pasar frente la catedral una bandada de murciélagos emprendió el vuelo desde el interior de una de sus altas torres, el batir de sus alas nos hizo abandonar los pensamientos que albergábamos. Caminábamos en silencio, nuestras largas sombras se proyectaron en uno de los muros del antiguo cementerio. Abrimos la pesada reja de hierro, cuyo rechinar quebró el silencio de la invernal noche y penetramos en el campo de almas. A poco rato de caminar entre ángeles de vetusto mármol, imágenes sacras y mausoleos, llegamos ante la tumba de nuestro amigo, luego dejamos un par de velas sobre la lápida y la contemplamos guardando fúnebre. silencio
Las primeras gotas de una lluvia anunciada comenzaron a caer tenuemente y decidimos abandonar el camposanto, la espesa niebla cubría como un manto las calles del viejo barrio. Del interior de mi abrigo extraje una botella de vino y bebí torpemente, un hilo carmín me corrió por la barbilla, le cedí la botella a los muchachos y encendí un cigarrillo. Transitábamos sobre la línea férrea, llegando al penumbroso y extensísimo túnel que conducía hacia la estación de trenes abandonada. Julián, Miguel y yo nos miramos sin decir palabra. Dentro del túnel fue donde Gabriel encontró la muerte bajo las ruedas de un tren de carga años atrás, pero envueltos en los vapores del alcohol y sin pensar en las consecuencias nos adentramos en la profunda oscuridad de su interior.
Íbamos casi a mitad de camino, todo era lobreguez absoluta. Durante la totalidad del trayecto al interior del túnel no paramos de escuchar horribles y fantasmales lamentaciones. De pronto capté una muy leve vibración de los rieles. – ¡Maldición, creo que el tren se acerca! – anuncié y el temor nos paralizó por un momento. Caminamos más rápidamente, casi corriendo buscando alcanzar la salida, pero el sonido del pesado andar de la maquina de fierro se oía ahora cada vez mas cerca y con espanto escuchamos su ensordecedor pitido retumbar fuertemente en las paredes del viejo túnel. El pánico se apoderó de Julián y Miguel que corrieron despavoridos en sentido contrario, yo corrí buscando alcanzar la salida, pero me detuve al observar con verdadero horror que el tren estaba demasiado cerca alumbrando con su poderoso foco y segando mis ojos acostumbrados ya a la oscuridad del interior.
¡Muchachos busquen los salvavidas! alcancé a gritar angustiosamente. Los salvavidas eran espacios que se situaban cada tanto a ambos lados del estrecho túnel y en ellos no cabía más que una sola persona. En forma desesperada deslicé mis manos por las húmedas paredes de piedra sin encontrar el maldito espacio, hasta que el tren pasó...
Cuando desperté me hallaba tendido aún dentro del túnel. Un líquido viscoso manchaba las vías, era sangre, pero no la mía. Trabajosamente me puse de pie, y caminé hacia la salida. Emití un suspiro de alivio al ver las siluetas de Julián y Miguel que se encontraban fuera del túnel, sanos y salvos. Me acerqué a ellos, pero guardaban una extraña expresión en el semblante, les acompañaba otra persona. Mis ojos no dieron crédito a lo que observaban. Estaban con Gabriel.
¡Gabriel estas vivo! exclamé.
No amigos, dijo Gabriel – Ustedes están muertos.

Llanto nocturno.

Prepárate para escuchar el...Llanto nocturno. Los llantos del pequeño hicieron despertar de nueva cuenta a Luisa. Aún bostezando, fue a ver a su hijo de seis meses de nacido. La mujer paro primero en la cocina para coger el biberón lleno de leche y dirigirse a la habitación del vástago. Al entrar sintió una presión en su pecho; un olor nauseabundo se desprendió del suelo. Desconcertada por esa extraña sensación, se acercó a la cuna.

¿Qué pasa mi niño? preguntó tratando de tranquilizar al menor.
El llanto seguía, la madre lo cargó. Por un momento él se durmió. Lo regresó a su pequeña cama y se retiró de ahí. Sintió un escalofrío que recorría su espalda. Decidió echar un rápido vistazo a la récamara de su hijo, todo parecía estar en orden. La joven se encaminó hacia su cama. Trataba de dormir, sin emabargo, sólo se dedicó a observar la fantasmagórica luz lunar filtrándose atráves de la angosta ventana.
Esta no era la primera vez que le sucedía a Luisa, ya eran varias noches de insomnio. Se preguntaba por qué lloraba todas las madrugadas su bebé, si ella lo arropaba muy bien. No obstante, ella sentía una inquietud cada vez que entraba a ese cuarto. La presencia de alguien o algo se dejaba sentir ahí, pero nunca conseguía verlo.
Al amanecer, Luisa fue al mercado para comprar sus víveres. Mientras caminaba entre los cientos de puestos, se sumergió en sus recuerdos. Como cuando huyó de casa al saberse encinta y se internó junto con su novio al frondoso bosque, lugar temido por los pueblerinos porque aseguran que ahí habitan seres del más allá. Incluso la cabaña habitada por ella, está maldita. Se negaba tajantemente a creer en dicha aberración. Compró lo necesario y regresó a su casa.
Al caer la noche...Los chillidos volvieron a escucharse. Apresurada, corrió hacia al cuarto del niño. Esta vez, el llanto era más fuerte que de costumbre. Sumergida en las penumbras, abrazaba a su retoño. Se percató de un bulto obscuro cerca de la cuna; éste no tenía forma alguna, pero un rostro se asomaba. La sangre se le congeló al ver esa cosa. La cara del bulto era pálida, no se sabía con exactitud si era hombre o mujer. La larga cabellera negra estaba enmarañada, sus ojos eran de un azul intenso. Luisa se estremeció más al ver que "eso" le sonreía de una forma siniestra, mostrando una amarillenta y deforme dentadura. Finalmente, ella reaccionó y salió de ahí para encerrarse en su alcoba. El miedo le pisaba los talones. Aseguró la puerta, iluminó con una vela. Examinó a su hijo; al levantar la pequeña camisa, se horrorizó al descubrir terribles moretones en todo su cuerpecito. Por último, lo hizo dormir. Ella se encontraba sentada sobre la cama, esperando lo peor. Comenzó a rezar un rosario.
El sol apareció. La noche anterior no había ocurrido nada. Luisa no podía olvidar ese macabro rostro. ¿Quién era?, y sobre todo ¿Ese ser que quería de su bebé?, al menos sabía el motivo de ese llanto, ahora deseaba una solución.
Se dirigió al mercado, se acercó al puesto de verduras.
¿Qué pasó Luisa?, te veo demacrada preguntó la anciana vendedora.
No pude dormir toda la noche respondió dejando soltar un bostezo.
La mujer le explicó lo sucedido. Para su fortuna, en lugar de ser juszgada de loca, la septuagenaria comerciante le creyó y le dio una posible respuesta.
La madre regresó a la cabaña, cargaba en una bolsa plantas como Ruda, Romero y Albahaca. Esperó la noche. Luisa se paró en medio de la puerta y esperaba los chillidos. Transcurrió unas dos horas; el niño volvió a llorar intensamente, como si lo estuvieran torturando. Ella corrió y sacó las tres hierbas mojadas con agua bendita. Alzó las plantas y empezó agitarlas sobre la cuna. Ese aroma a putrefacción invadió otra vez el ambiente. De repente se sintió un cuerpo invisible, Luisa podía tocarlo pero no lo veía. Sin perder tiempo, golpeó a esa entidad,a cada movimiento las hierbas escurrían gotas. El cuerpo desapareció. Ante ella se formó paulatinamente aquel diabólico rostro, éste sangraba al momento que dirigía una mueca de dolor y desprecio hacia Luisa. La manifestación junto con el hedor se desvanecía poco a poco. La joven exhaló aire, tomó a su hijo quien se tranquilizó. Lo revisó, los moretones desaparecieron .
Gracias Díos mío agradeció y enseguida se marchó a su cuarto con el bebé entre brazos. La madre por fin pudo dormir con su hijo aun lado de ella.
Aunque el terror había concluido, Luisa y su bebé abandonaron la cabaña. Ella no estaba dispuesta a vivir otra noche de pesadilla y mucho menos toparse con algunos de esos entes malvados.
Desde entonces, nadie se ha atrevido a habitar en ese lugar.

Las dos cruces.

Javier conducía su trailer por la carretera de Colima; con un movimiento ágil y veloz observó la hora en su reloj de manecillas. Eran más de las dos de la mañana, tomó su vaso con café bien cargado y dio un sorbo sin despegar la vista del camino. Las luces de las intermitentes no eran suficientes para iluminar la espesa oscuridad que indavía el asfalto. Entonces, comenzó una a caer una ligera llovizna. El conductor tuvo que cerrar las ventanillas para que el agua no llegara al interior de la cabina.
Al volver la vista hacia adelante, su corazón latió aprisa al ver dos figuras masculinas paradas en la orilla de la carretera; uno de ellos le daba señas de autostop. Oscuro presentimiento cruzó por la mente del joven, no sabía si dejarlos subir o ignorarlos.
¿Y si llegan a saltarme?, se preguntó en voz baja mejor no les doy "raid".
Cuando se acercaba hacia ambos individuos, pudo fijarse en sus vestimentas, eran oscuras. Se trataban de dos posibles curas. El trailero se pasó al asiento del pasajero y bajó la ventanilla.
¿Puedo ayudarles en algo padres? se ofreció Javier al momento que le dirigía una sonrisa de amabilidad.
Claro que sí hijo, respondió uno de los dos, al parecer de mayor de edad necesitamos que nos lleven a Colima, a una parroquia llamada...
Sí sé donde está, respondió tronándose los dedos vamos, yo los llevo.
Abrió la puerta del pasajero y los sacerdotes abordaron al camión.
Y ¿Qué hacen dos padres en ésta carretera? preguntó intrigado a pesar de ser un camino solitario, puede representar un peligro.
Lo que pasó, fue que nos quedamos sin trasnporte contestó molesto el otro cura, él portaba unos lentes.
La respuesta parecía incoherente. Sin embargo, el camionero no le resto importancia al asunto.
Por cierto, soy el padre Felipe Martínez y él es mi hermano Mauricio, también es sacerdote. se presentó el cura que había hecho el autostop.
Mauricio sólo asintió con la cabeza.
Mucho gusto, yo soy Javier Alcatraz, a sus órdenes. dijo el conductor Así que ¿ambos son hermanos?
Claro, yo soy el mayor afirmó el padre Martínez mostrando sus canas.
Durante el trayecto, Javier y el cura Felipe conversaban mientras que el otro sacerdote guardaba silencio con un gesto duro y no prestaba la mínima atención a la charla.
¿Te molestaría si enciendo un cigarrillo? preguntó el padre Felipe.
El trailero se lo permitió.
Finalmente, llegaron a la dicha parroquia.
Bueno, muchas gracias hijo, que Dios te lo pague agradeció el padre Felipe mientras descendía del camión junto con su hermano.
El joven se depidió de ambos y se marchó del lugar. Pasaron los meses, Javier pasó por la misma carretera. Recordó a los dos representates de la iglesia y se dirigió hacia donde los había dejado.
Tocó la portezuela y lo recibió una monja. El preguntó por ambos. Desconcertada, la religiosa respondió que dichos padres habían fallecido al ser atropellados en una carretera, por un camión. El joven sintió terrible escalofrío y regresó hacia donde había recogido a los hermanos.
Detuvo el camión y con temor descendió de su transporte. No fue necesario caminar mucho, delante de él se hallaban dos cruces metálicas y oxidadas por el paso del tiempo. El camionero se arrodilló y leyó los nombres: PADRE FELIPE MARTINEZ 1959 1996 y PADRE MAURICIO MARTINEZ 1962 1996.

La noche.

Llega la 1 de la madrugada y se despide nuevamente de sus padres,antes de ir a dormir. A los 3 minutos recuerda que dejo sus libros por en medio del salón, a si que vuelve antes de que se le olvide para recogerlos. Después de tener todo en orden cae en que no puso en la lavadora la ropa de color, seguro que su madre le reñira si se da cuenta.
Después del ajetreo tiene hambre y quiere comer algo, coge un par de bolsas de patatas. Vuelve para despedirse nuevamente de su madre y le promete que se va a dormir. Cae en que no ha mirado su correo, así que se pone a mirarlo, responde a cada uno de los emails que ha recibido hoy, incluso reenvia cadenas con mensajes de amor o maldiciones para quién no la mande. Y después de tres horas viendo un programa de tele tienda decide probar un juego nuevo de su hermano.
Lo único que no quiere es oír el ruido estrepitoso de las persianas al caer de la casa de enfrente. Le estremece cuando las oye chocar violentamente, impulsadas por las manos de alguien que nunca vio pero que sabe que le observa cada día. Es bastante tarde y ya no puede resistir más, avanza por la inercia que imprimen sus piernas hacia el sofá cama, no ha encendido la luz porque no quiere que le oiga, se ha quitado incluso el calzado y la puerta la abrió despacio. A pesar de los intentos la ventana que permaneció todo el día cerrada, se abre con tan sólo sentirla. El miedo la paraliza, no puede moverse. No sabe si avanzar hacia la cama o volver corriendo al salón. Su instinto reacciona buscando protección y va corriendo a la habitación de sus padres. Estos la acompañan, le dicen que con 16 años no es para que se comporte como una niña y le dicen que están en verano y normal que el vecino abra la persiana. Cuando se asoman por la ventana ven que esta cerrada a cal y canto. Ya sólo la miran con desesperación, lleva un mes durmiendo de día, come demasiado por la ansiedad. Suponen que sólo es una etapa, es una época tan difícil...
Se queda allí tendida meditabunda, decide ponerse el mp3 para no escuchar nada y poder dormir un poco. A las 6:30 algo la despierta, un haz de luz empieza a colarse por la ventana. La luz la tranquiliza, invita a la vida. Se levanta para beber algo, pero un detalle llama su atención, las cortinas están corridas. No recuerda que sus padres las movieran, de hecho se lo tiene prohibido. Tiene miedo de acercarse y volverlas a poner en su sitio, sabe que la esta mirando, no ha parado de observarla y no sabe que puede hacerle. A veces le ha oído murmurar y reírse, lo único que entendió un día de su voz fue: "a veces mueren, otras veces desaparecen, otras veces simplemente le rompo los huesos y les dejo morir lentamente".
Su madre se ha levantado para echarle la bronca a su hermana mayor, tiene el volumen de la TV demasiado alto, le gusta, todo lo que le haga evadirse de la situación y alejarse de la verdad le tranquiliza.
Así que con la luz y las voces empieza a coger el sueño que tanto necesita, piensa que quizás sus vecinos tengan unos niños bromistas, quizás sea todo una paranoia. Si eso tiene que ser, una paranoia.
Por qué iba alguién a estar observandola todo el día, no tiene sentido.
Sabe que esa obsesión acabara con ella, tiene que intentar desacerse de esa sensación.
Lo mejor es que intente dormir, y olvide esas locuras. intenta coger una posición cómoda para adentrarse en el sueño, pero al volverse le ve cara a cara, no hay dónde esconderse, esta en su cama mirándole con sus ojos vacíos e inexpresivos, le sonríe y le dice: "a veces mueren..."

¿Sigue jugando?

¿Sigue jugando? Tenia frio, los pies no le respondían, las manos las movía con mucha dificultad intentando abrir la puerta. Las sombras se acercaban y con ellas la temperatura bajaba. Ingrid forzó la puerta hasta que después de unos segundos esta se abrió. Al intentar dar un paso, Ingrid se dio cuenta que estaba paralizada, no se podía mover. Delante de ella había un camino que llevaba a su salvación pero ya era demasiado tarde.

Las sombras la rodearon, arañaban su piel con unas garras invisibles y afiladas. Fuertes zumbidos se convertían en una palabra al llegar a oídos de Ingrid.
No caminaba pero se movía, la puerta se alejaba, intentaba retroceder, pero solo consiguió caer al suelo.
Las sombras la estaban engullendo.
Ya no tenía fuerza. Solo podía chillar aún sabiendo que nadie la oía y de que con su miedo alimentaba aquellos seres inmundos.
Cerró los ojos, deseó con fuerza no estar allí, deseó no haber jugado con lo que no conocía, deseó que todos y cada uno de aquellos seres desaparecieran y por último deseó que todos sus amigos volvieran a vivir y así poder verlos aunque fuese solo una vez mas.
Los zumbidos cesaron, ya no tenia frio y al abrir los ojos vio a sus amigos, sus deseos se habían cumplido.
Todos estaban preocupados, tenían el rostro desencajado y la mayoría de ellos la intentaban levantar del suelo.
Aún era de día, las cortinas que antes no dejaban pasar la luz estaban recogidas, el tablero de ouija estaba sobre la mesa con un vaso en el centro.
Ingrid aún no comprendía que había sucedido, según sus amigos, se había desmayado al tocar el vaso, pero ella solo recordaba haber llegado a la cabaña para pasar el fin de semana y después haber jugado a un juego que había causado la muerte de sus amigos y casi la suya.
Al caer la noche todos se fueron a dormir. Ingrid la última en subir al segundo piso por el miedo que le causaba cerrar los ojos y volver a estar atrapada por aquellos seres, sintió que algo la miraba, que algo la rodeaba.
La luz del segundo piso estaba encendida, así que después de tranquilizarse y mentalizarse que solo había sido una absurda sensación, apagó la luz y dejando la puerta entornada de su habitación, se acostó en la cama con la intención de dormir.
No conseguía conciliar el sueño ya que cualquier sonido la asustaba, al girarse se asustó de su propia imagen reflejada en un espejo.
Al cerrar los ojos, por fin consiguió dormirse.
Las sombras volvieron, la atrapaban, el frio volvió a invadir su cuerpo, un escalofrio, un grito y de un salto se despertó. Ya volvía a estar despierta nuevamente.
Un escalofrio invadió su cuerpo al oír un ruido. Al mirar hacia la puerta vio que la puerta de la habitación estaba abierta de par en par y que la luz del pasillo estaba encendida.
Ingrid se levantó todo y sentir que su instinto le decía que no. Al presionar el interruptor la bombilla estalló.
Ingrid sintió la necesidad de bajar al piso de abajo haber si alguien había ido a ver la tele y había dejado la luz encendida.
Bajó las escaleras con cuidado. Los escalones crujían a su paso cosa que la asustaba y hacia que su corazón latiera mas rápido de lo habitual.
Aunque tenia frio, estaba sudando. Cuando llegó al último escalón no pudo aguantar la tentación de volver a su habitación pero un extraño impulso de valentía lo impidió.
Una vez abajo, Ingrid decidió ir al comedor por si había alguien. Para llegar a la estancia, tenia que cruzar un largo pasillo cosa que hizo temblar todo su esqueleto.
Tenía la camiseta empapada de sudor y eso la incomodaba. Al llegar al comedor pudo ver que no había nadie mas que ella despierta.
Al girar para volver a su habitación vio un pequeño haz de luz que provenía de la cocina.
Al llegar a la pequeña estancia donde aún quedaban los restos de la cena, vio una linterna encendida sobre un pequeña mesa redonda.
Ingrid cogió la linterna y al oir un ruido, su corazón se disparó y corrió hasta llegar nuevamente al comedor donde había mas luz. Al llegar al comedor vio a todos sus amigos sentados alrededor del tablero de ouija .
Cada uno de sus amigos tenia el dedo índice sobre un vaso que no hacia movimiento alguno.
¿Qué hacéis a estas horas levantados? Pregunto Ingrid.
No hubo respuesta alguna, solo un frio silencio.
Ingrid se acerco a ellos y les pidió que no bromearan pero ninguno de ellos se inmutó, a punto de llorar, se acercó lo suficiente para ver como el vaso se empezaba a mover señalando poco a poco un conjunto de letras.
Al cabo de un rato la palabra que formaban las letras era: JUGUEMOS.
Sus amigos dejaron de mirar el tablero de ouija para mirar a Ingrid con los rostros desencajados y con unas miradas que le congelaron la sangre.
Ingrid retrocedió unos pasos instintivamente y entonces vio como sus amigos se abalanzaron sobre ella.
Al chillar y cerrar los ojos sintió una extraña tranquilidad hasta sentir de nuevo unos extraños zumbidos. Los zumbidos cobraron significado y el frio y el miedo volvieron a invadir el cuerpo de Ingrid.
Sus amigos se habían convertido en las sombras y lo último que pudo sentir fue como esos seres le atravesaban con sus garras la piel matándola poco a poco y esperando que eso no podía fuera mas que una pesadilla, se desmayó por el dolor.
Las familias estaban muy preocupadas porque llevaban sin ver a sus hijos mas de una semana. Al llamar la policía, estos acudieron a la dirección de la cabaña en seguida. Uno de los policías al tocar la puerta vio que estaba abierta, al entrar vio que todo estaba ordenado, teniendo en cuenta que era una cabaña de unos adolescentes. Al cruzar un pasillo y llegar a una gran estancia un escalofrio inundó su cuerpo. Había una chica con la piel echa jirones y un conjunto de chicos sentados alrededor de un tipo de tablero. Cada chico tenia las manos llenas de sangre y con uno de los dedos, el único que no estaba lleno de sangre, tocaban un vaso que se encontraba encima de un pequeño papel. El policía abrió el papel doblado y únicamente habían dos palabras escritas: Game Over.

El difunto.

"Mi papito ya está morido". Esta es la frase que retumba en los oídos de Sonia cada vez que recordaba a su padre muerto. Aquella mañana de verano, Sonia acompañó a su madre al banco a hacer unos pagos. Como de costumbre la fila llegaba casi hasta la puerta de la sucursal. La niña jugueteaba siempre cerca de su mamá.

No te alejes, que te pueden robar. dijo la señora a su hija.
Extrañada, la mujer veía como la niña platicaba con alguien.
¿Con quién hablas? preguntó.
Con mi papito, ¿qué no lo ves? respondió señalando aun lugar fijo.
Tu papá se fue a Chilpancingo, hacer un viaje a la central de abasto.
No, mi papito se vino a despedir de mí.
Niña, te he dicho que no digas mentiras. Eso es muy malo.
De verdad, mi papito estuvo aquí conmigo.
Te pegaré llegando a casa. Sólo espera a que salgamos de aquí.
La niña se alejó, mientras su madre la vigilaba a distancia. En un descuido, la niña se perdió de vista.
Sonia salió corriendo del inmueble y pronto se vio perdida. Sin saber qué hacer, comenzó a llorar.
¡Quiero a mi mamá!
El día se tornó oscuro y una intensa lluvia amenazaba con caer. Acurrucada en un portal, lloraba desconsolada. Una mano la tomó por el hombro.
¡Papito, has vuelto! expresó la niña abrazando a su progenitor.
Sí, no podía dejar que te perdieras. contestó el hombre formando una tierna sonrisa Vamos a casa.
Tomó a su hija de la mano y caminaron.
Me dijiste que estabas muerto, que ya estabas con Diosito.
Sí, y tengo que llevarte con mamá.
Dime, ¿qué pasó?
Un trailer arrolló el coche y sólo vine a despedirme. Pero quiero encargarte que le digas a mamita que no se preocupe por mí, que yo donde esté las cuidaré y velaré para que nada les falte.
Finalmente, llegaron a la casa.
Ya llegamos. dijo el hombre Anda, entra y dale el mensaje a mamá.
El teléfono de la casa comenzó a timbrar. Apresurada, la desconsolada madre corrió a coger el auricular.
Sí, ¿Cómo dice?... ¡No puede ser!...
Tal fue la sorpresa que cayó desmayada. La noticia era fatal, su esposo había perdido la vida instantáneamente al ser embestido por un camión de doble remolque.
Cuando recobró el conocimiento se lamentaba.
Mi hija perdida y Pedro muerto, ¡no puede ser!
Un toquido la sacó de su ensimismamiento.
¿Quién puede ser? se preguntó a si misma al acercarse a la puerta.
Abrió, era Sonia.
¡Gracias a Dios, hija mía!, ¡creí que te había perdido igual que a tu papá!
No mamá, mi papito está bien, me dijo que no te preocuparas por él, que desde el cielo nos iba a cuidar.
¡¿Cómo sabes que tu padre...
Sí, él me trajó a casa.
¡No, no puede ser! comenzó asustarse.
La niña se acercó a la ventana y observó.
¡Mira, ahí está! gritó señalando la silueta.
¡¿Dónde?!
¡Por la esquina!
La madre salió rápidamente y alcanzó a ver la sombra de Pedro que se alejaba del lugar, levantando la mano en señal de adiós.
Ambas se abrazaron y su mamá le juró que estarían juntas por siempre.

Réquiem por mi alma.

Me costó llegar hasta la cima de la colina a las afueras del pueblo, cargado con el saco y la pala. Dejé el saco junto al árbol que haría de cruz. Y me puse a cavar mi tumba.
Tiempo después, la tierra estaba abierta. Su fresca fragancia natural me recordó, por contraste, la corrupción de todo lo que lentamente se pudre fuera, sobre su superficie.
Abrí el saco repleto y, una por una, fui sacando mis motivaciones.
Todas tan rancias, absurdas...
Casi intangibles por su esencia irreal.
Fueron cayendo. Las escuchaba chocar contra el fondo.
Después seguí sacando y arrojando todos mis recuerdos, que por miles se apretujaban dentro del saco. De todas las formas, tamaños, edades y colores; casi al completo cubiertos de enquistados sentimientos, como parásitos imposibles de arrancar.
Todas las personas que alguna vez había conocido estaban allí, evocadas de nuevo en cuanto tocaba el recuerdo; retornaban por un instante de los abismos del tiempo para volver al seno de la tierra. Tantos, tantos recuerdos... que parecían infinitos. Al final, el último de ellos cayó también en la tumba. En un lugar mejor, allí quedarían todos.
Sin excepción.
Mientras iba vaciando el saco, un malestar creciente, indeterminado, iba apoderándose de mi cuerpo. Sentía golpes, arañazos internos. Cada vez más fuertes, y desesperados.
Sabía lo que eran.
Lo que deseaban.
Pero hasta ese momento me había resistido a tomar la inevitable decisión. Era un acto que sólo yo podía ejecutar del modo adecuado. Así que me quité la camisa, tomé una pequeña rama y me la puse entre los dientes. Clavé las rodillas junto a mi tumba y respiré hondo. Los golpes por dentro eran frenéticos. También sabían lo que iba a ocurrir.
Palpé con ambas manos mis costillas flotantes, para localizarlas con precisión. Debía ser tan rápido como pudiese. Así que hundí con fuerza los dedos bajo ellas, intentando asirlas antes de que fuera inasumible.
El dolor me electrocutó.
Noté el calor líquido de la sangre. La rama quebrándose entre mis dientes.
Tiré hacia ambos lados. La carne se abría. Los golpes acompañaban la canción del dolor indescriptible. Grité de forma que sentí la garganta romperse, sin soltar la tenaza de los dientes. Mi mente voló como un cuervo enloquecido, pero antes de desaparecer me iluminó con un destello que reflejaba que, si no continuaba, si me rendía ahora... todo habría sido en vano.
Volqué los restos de fuerza en mis brazos. Y tiré todavía más.
Las costillas crujieron. El pecho no se abrió del todo, pero casi.
Y una corriente salvaje de emociones saltó al exterior, precipitándose en ansioso frenesí hacia el interior de la tumba.
No podían aguantar el estar lejos de cuanto allí descansaba ahora.
Mientras me desmayaba, mi último pensamiento fue más una expresión horrorizada y sorprendida ante lo que acababa de ver:
Jamás imaginé que fueran a ser unas cosas así.
Me despertó la fría luz del alba. No sentía nada. Me palpé el pecho con urgencia.
Se había cerrado como dos manos que entrecruzan sus dedos.
Algo llamó la atención a mi lado y giré la cabeza para verlo. Era un pequeño animal palpitante. O eso me pareció, hasta que me fijé mejor: era un órgano.
Era mi corazón.
Se había quedado a pocos centímetros del borde de la tumba, su destino. Parecía una vieja fruta marchita... arrugada. Lo tomé con cuidado entre mis manos; notando de inmediato la calidez de su débil palpitación, como un eco moribundo de épocas extintas largo tiempo atrás.
Lo dejé caer en la oscuridad. No volvería a verlo jamás.
Me puse la camisa y me acerqué a coger el saco. Aún quedaban en su interior algunos pensamientos inútiles, también un puñado de ilusiones que, bajo la luz de este amanecer, se me antojaron ridículas, patéticas...
Acabé de vaciar el saco en el interior de mi tumba, y lo arrojé a un lado. Cogí de nuevo la pala y me dispuse a devolver la tierra a la tierra. Desde el interior del agujero subía un murmullo, un bullir de sonidos extrañísimos que deseaban ser observados.
Pero me resistí, y ni una de mis miradas cayó sobre lo que allí ocurría.
No tenía derecho a mirar, porque nada de aquello me pertenecía. Era algo íntimo de otra persona; alguien que ya no existía.
Así que comencé a echar tierra, intentando mantenerme lejos de todo lo que estaba escuchando.
Sé que no tardó poco en llegar el momento de dar la última palada sobre el firme de tierra, pero lo conseguí. Nadie podría descubrir a simple vista que allí, junto al árbol, había una tumba. Tiré la pala tan lejos como pude en un despeñadero cercano y recompuse un poco mi aspecto, mis ropas. Después, inicié el descenso de la colina.
Sin mirar atrás.
Mi paso era firme. Mi mente un arroyo que bajaba entre las rocas. El pueblo despertaba a lo lejos, con la noche aún detrás suya. Por el sendero ascendía una persona apoyándose en un bastón. Una persona con la que coincidí en el pasado que, al verme, sonrió. Cuando estuvimos cerca me dijo:
–¡Hombre, Luis! Tú también has madrugado ¿eh?
–No conozco a ningún Luis –le respondí. ¿Y tú? ¿Conoces realmente a algún Luis?
El hombre se quedó con la boca abierta, y retrocedió un paso ante el puñetazo de la sorpresa.
–¿Cómo... has... –comenzó. Pero yo le corté, acercándome a su oído, ignorando su sobresalto, para susurrarle:
–Nunca hables con desconocidos, porque nunca sabrás hasta qué punto pueden ser...
No humanos.
Y continué mi descenso, sintiendo cómo en su cabeza ese conocido que nunca lo fue pensaba que me había vuelto loco, que algo grave me había ocurrido. Pobre ignorante de tantas cosas. Ignorante de que la locura es un privilegio de los vivos.
Nunca de los muertos.
Seguí caminando por estos parajes tan familiares como extraños. La brisa me acariciaba las mejillas con su frescura. Tierna, dulcemente. En un momento, mi visión se empañó con un velo inesperado.
Había lágrimas recorriendo mi cara.
Lágrimas puras, cristalinas.
Como las de un recién nacido que acaba de llegar al mundo.

Bola de luz.

Todo comenzó cuando era joven, iba con mis amigos de fiesta, habíamos bebido y teníamos que coger el coche, yo le dije a unos de mis amigos, al que conducía, que fuese más despacio, pero no me hacía caso.
Ocurrío lo que me temía, tuvimos un accidente en el que mi amigo -el que conducía- murió y el copiloto se lo tuvieron que llevar en una ambulancia muy grave, mientras que nosotros, los que estábamos atrás, sólo salimos con alguna herida sin importancia.
Fuimos al entierro de mi difunto amigo y me invadía una sensación de culpabilidad por no haber cogido yo el coche.
Nos ibamos recuperando de este trago levemente incluido el copiloto.
Después de unos años mis amigos se fueron a estudiar, pero yo quería ser militar y obviamente me fui a hacer el servicio militar.
Un día me quedé solo en el dormitorio, estaba oscureciendo y decidí dar un paseo cuando al salir por la puerta vi una extrañísima bola de luz, salí corriendo a la habitación, me invadía un miedo desolador y me metí debajo de una liter, esa bola se acercó a mí y me habló:
No te preocupes, no te sientas culpable.
Y me quitó esa sensación, aunque todavía lo sigo recordando y rezo por mi amigo.

La casa de lo profundo del bosque.

¡Mamá, mamá responde gritaba desesperado el pequeño Ismael, quien junto con su padre trataban de reanimar a Maritza su progenitora, quien yacía desmayada sobre el suelo.

La mujer comenzó a convulsionarse de una forma grotesca, al momento de que un fétido olor inavdio la sala de estar. La temperatura comenzó a descender. La angustia de su esposo Arturo y de su hijo aumentó al oír una ronca voz femenina que surgía de ella, una voz que no le pertenecía. Hacía sonidos guturales y decía palabras initeligibles. El padre y su hijo se levantaron del suelo para observar con horror aquella escena. Los ojos de ella se tornaron blancos, sus dientes se transformaron en afilados colmillos y formaba una siniestra sonrisa. Producía sonoras carcajadas similares a las de una bruja.
¡ELLOS REGRESARÁN PARA VENGARNOS! ¡JA, ,JA, JA! exclamó poseída por un espirítu.
Maritza se incorporó y caminó amenzantes hacia ellos.
El marido se acordó del crucifijo que colgaba a la entrada de la casa. Corrió hacia él y lo cogió, se dirigió rápidamente hacia ella apuntando a su cara.
¡En nombre de nuestro señor Jesucristo, te ordenó que salgas de su cuerpo! ordenó Arturo aquel ente infernal que respondió con carcajadas.
Gélido surdor recorrió su frente, aun así no dejaba de sostener con fe y miedo el crucifijo. Finalmente su esposa volvió a caerse y lanzó un quejido como de bestia herida. Tardó sólo un par de minutos cuando ella recuperó la razón. Se sentía extraña.
¿Qué pasó? preguntó tocando su frente Me duele la cabeza.
¿De verdad no te acuerdas? le preguntó su cónyuge.
No. respondió mientras se sentaba sobre el sofá y trataba de hacer memoria Sólo me acuerdo quee staba bariendo, de repente escuché que alguien me llamaba desde afuera; observé por la ventana a una mujer alta y delgada, no hacía más que estar ahí parada entre la niebla y mirándome fijamente. Después desperté aquí en el suelo.
Arturo le explicó lo acontecido, ella no podía creerlo, sólo formó una pregunta: ¿Quién era esa mujer?
Hace meses, la familia había comprado aquel caserón del siglo XIX que se hallaba en las profundidades del bosque, rodeado de árboles sin hojas y niebla espesa . Trataban de parar las vacaciones de verano, sin percatarse que serían víctimas de fenómenos sobrenaturales...
La noche llegó a ese sitio, la familia Lara entró a sus respectivas habitaciones para dormir, sin poder erradicar el temor que les produjo esa tarde.
Mamá, tengo miedo exclamó el menor antes de ir a descansar.
No va a pasar nada, tranquilizó a su hijo todo estará bien ¿de acuerdo?
Ismael caminó con pasos lentos y con inseguridad sobre el estrecho pasillo que conduce a su cuarto. Sin quitar la vista de enfrente, como si tuviese a un enemigo gigante. Al entrar encendió la luz, cerró la puerta y saltó hacia la cama. El foco se apagó intempestivamente, las penumbras invadieron la pequeña habitación. El niño no tuvo remedio que cubrirse la cara con el edredón; de repente se escuchó que alguien caminaba alrededor de su cama.
VOLVEREMOS PARA VENGARNOS DE USTEDES, MALDITOS MORTALES exclamó con furia una lúgubre voz.
El niño se destapó poco a poco la cara para descubrir al emisor. Su sorpresa fue mayúscula al no ver a nadie. Sin embargo, levantó la vista hacia el techo y vio a dos siluetas flotar sobre él. Ismael profirió un grito.
ambos padres escucharon el llamado. Arturo se levantó de la cama y dispuesto a salir, cuando escuchó a sus espaldas aquella voz madita que se había posesionado de su esposa. Al verla transformada de nuevo se estremeció.
NO SALDRÁN DE AQUÍ CON VIDA EL BASTARDO Y LA PERRA DE TU MUJER, PERO SOBRE TODO TÚ amenazó la entidad femenina.
El vio la cruz colgada sobre la cabecera de la cama, estaba dispuesto a tomarlo, pero el objeto religioso salió disparado de la pared. Los cosas del dormitorio se movían como si hubiese un temblor. El escapó y corrió hacia donde estaba su hijo.
Las siluetas habían desaparecido, el pequeño de nueve años coriró a brazos de su padre.
Tenemos que salir de aquí dijo el progenitor.
Tomó su mano y juntos regresaron al pasillo. Ahí los esperaba Maritza con una mueca diabólica.
¿DÓNDE ESTÁ EL LIBRO? preguntó llena de rabia.
No sabemos de qué nos hablas respondió Arturo temblando al tenerla de frente.
La poseída comenzó a aullar y a convulsionarse sobre la duela. Aprovenchando el descuido, ambos corrieron hacia la escalera bajando lo más rápido posible. El padre tomó las llaves del auto y abrió la puerta principal. Esta se cerró de golpe; incrédulo se dio cuenta que las ventanas también se cerraron.
LES PREGUNTÉ QUE DÓNDE ESTÁ EL LIBRO gritó Maritza quien estaba al pie de la escalera y descendió sin tocar el piso.
No sabemos, además no sé de que me hablas dijo Arturo.
EL LIBRO QUE USTEDES NOS ARREBATARON ANTES DE MATARNOS. dijo la poseída LO QUIERO PARA REGRESAR A LA VIDA A MIS HERMANOS QUE MURIERON CONMIGO, CUANDO NOS DESCUBRIERON QUE NOSOSTROS PRACTICABAMOS MAGIA NEGRA. JURÉ REGRESAR DE L INFIERNO PARA RESUCITARLOS Y ASÍ VENGARNOS DE ESTE MALDITO PUEBLUCHO.
SÍ se escuchó dos voces más. Las mismas siluetas que vio Ismael surgieron de la oscuridad y se colocaron a un lado de la posesa SUS CUERPOS SERVIRÁN PARA REGRESAR A LA CARNE...USTEDES SERÁN QUIENES ARDAN EN LAS LLAMAS.
¡Déjenos salir de aquí! imploró Arturo.
HERMANA, VE POR ELLOS Ordenó una de las siluetas.
Ella se dirigió hacia el padre y su hijo.
¡Corre! dijo Arturo a Ismael.
Huyeron hacia el sótano para refugiarse. La puerta con seguro no impidió el acceso de la bruja quien la desbloqueó fácilmente. Les dirigió una sonrisa satisfactoria mientras avanzaba hacia ellos.
¡Aléjate de nosotros! imploró el esposo tomando una barreta quee staba sobre una desvencijada mesa.
¿VAS A GOLPEARME DESPUÉS DE TODO LO QUE HE HECHO POR USTEDES? Preguntó sarcástica.
Tú...tú... no eres Maritza exclamó Arturo con voz entrcortada por el terror.
¡Ayúdame Arturo, ayúdame por favor! sollosó con la voz de Maritza, después regresó la voz de la bruja, para burlarse del hombre.
¡Cállate maldita! él alzó la barreta, listo para atacarla.
Ella no se inmutó, aprisionó el cuelo de su esposo y lo levantó con facilidad. Sus pies descalzos pataleban el aire.
¡Deja a mi papá! suplicó el niño comenzando a llorar.
La poseída hizo caso omiso y lanzó bruscamente a Arturo hacia la pared. Sangrando por una herida en la cabeza vio que Maritza se acercaba con pasos vacilantes, después se arrastró como una serpiente. El cogió de nuevo la barreta, la iba a golpear cuando ella se lo arrebató con velocodad y le desgarró el cuello con el mismo objeto. El se tocaba la herida mortal que no paraba de fluir sangre hasta morir.
¡No papá, papá! lloraba inconsolable Ismael moviendo el cuerpo de su progenitor.
El niño volteó a ver a la asesina; sin piedad la mujer tomó por el cabello al niño y lo levantó.
¿DÓNDE ESTÁ EL LIBRO? volvió a preguntar la bruja.
La posesa miró por todos lados, tratando de encontrarlo. Detuvo la mirada en una grieta pequeña formada en una esquina del sótano. Soltó al niño.
TOMA LA BARRETA Y GOLPEA ESA ESQUINA DONDE ESTÁ EL AGUJERO ordenó al infante.
Ismael tomó el arma homicida, sin dejar de ver el cuerpo de su padre cubierto totalmente de sangre. El golpeó esa grieta hasta hacerla de su tamaño.
ENTRA Y SACA LO QUE HAY DENTRO
Sacó un objeto envuelto en una tela oscura y carcomida. Ismael retiró la tela descubriendo un libro grande de color negro, con páginas amarillentas por el paso del tiempo.
TRÁEME ESE LIBRO formó una sonrisa de victoria.
el estrujó el libro en su pecho.
No, tú matasté a mi papá acusó mirándola con reproche.
QUE ME TRAIGAS ESE LIBRO, MALDITO NIÑO
Se lo arrebató y con una bofetada aventó al menor a una esquina. Ella se paró a un lado del cadáver de Arturo, abrió una de las páginas del libro y recitó una de las lecturas escritas en arameo y latín. El cuerpo se convulsionó y arrojaba espuma por la boca. Sus ojos se tornaron rojos. El muero se levantó del suelo.
GRACIAS HERMAN agradeció la entidad que se posesionó del esposo TÚ ERES EL QUE SIGUE señaló al niño.
Mamí, no dejes que me lastimen, ¡yo te amo!, ¡regresa por favor! suplicó Ismael.
La bruja lanzó un quejido, Maritza había regresado a su cuerpo. Dejó caer el libro y corrió a los brazos de su hijo para abrazarlo.
¿Qué sucede? preguntó a su hijo.
El señaló a su padre.
NO ESCAPARAN CON VIDA amenazó el poseído.
La madre gritó al ver a su esposo en ese estado. Levantó al niño y esquivaron al muerto viviente, pero el se volteó y se abalanzó sobre Maritza. Ella gritaba mientrás Arturo se reía y la estrangulaba; sin pensarlo dos veces, la madre tomó la barreta y se la enterró en el ojo derecho de su marido.
NUNCA CREÍ QUE ME HICIERAS ESTO dijo con la voz de Arturo.
Ella se retiró de él, y no podía creerlo al ver que el cadáver se retiraba la barreta sin exclamar dolor.
¿Qué te sucede Arturo? preguntó horrorizada.
¡Mamá, vámonos de aquí! dijo Ismael tomando el libro de hechizos.
La madre logró reaccionar y junto con su hijo salieron del sótano. Intentaron abrir la puerta principal, era imposible, parecía que todo estaba premeditado. Ambos se abrazaron al ver una silueta oscura avanzar hacia ellos, acompañado de una mujer alta,delgada y vestida de negro, era la bruja que se había posesionado de Maritza.
¡Tú! señaló la madre al recordar quien era esa mujer.
El ser fantasmal los miraba con un profundo odio.
¡Tenemos que destruir el libro! dijo el niño.
La progenitora miró los escritos y desvió la mirada hacia la chimenea de la sala de estar.
¡A la chimenea, rápido! ordenó ella.
Del sótano surgió Arturo poseído por el mal.
NO PERMITAS QUE DESTRUYA EL LIBRO dijo la bruja a el cadáver.
El persiguió a los dos, mientras que madre e hijo corrieron a la chimenea. Ismael lanzó el libro al interior de este y abrió el gas; Maritza tomó los fósforos que estaban sobre la chimenea y amenazó con enceder los escritos.
QUERIDA, SOY YO, DEJA ESO Y LARGUEMONOS DE AQUÍ dijo el muerto cambiando a la apariencia de Arturo.
Ella comenzó a llorar, no sabía que hacer.
¡Mamá, él no es papá! dijo el niño haciéndole ver la realidad.
El poseído volvió a su aspecto.
¡DEJA ESE LIBRO!, gruñó el ser ¡TU MARIDO ESTÁ EN EL INFIERNO DONDE TÚ TAMBIÉN ESTARÁS!
Maritza encendió el fósforo y lo dejó caer sobre el libro, comenzando a arder. El poseído lanzó un aullido y cayó al suelo sin vida. Las figuras del más allá desaparecieron. La madre apartó al menor de las llamas, las cuales sin explicación invadieron la sala de estar. La puerta se abrió sola, aprovechando su oportunidad de huir hacia el auto.
Al intentar abrirlo la alarma de seguridad se activó impidiendo la entrada.
¡Las llaves! exclamó ella
Las tiene mi papá respondió el menor.
Maritza le pidió a su hijo permanecer afuera, se decidió regresar para encontrar las llaves. Se tapó la nariz para no respirar los humos que despedían las flamas, sacó las llaves del bolsillo de Arturo. Ismael regresó con su madre.
¡Mamá apresúrate! apuró él.
Al acercarse a la puerta una viga cayó del techo, bloqueando la única salida. El incendio había invandido por completo la casa. Ellos sólo se abrazaron mientras las llamas se acercaban levemente...
El amanecer llegó. El humo salía de los restos carbonizados de la casa. El silencio de ese bosque fue interrumpido por el ruido de las sirenas de las ambulancias. Los paramédicos sacaron con la bolsa de cadáveres dos cuerpos.
Esto es un desastre, ¿cómo fue que ocurrió todo esto? preguntó el agente federal a su colega, caminando alrededor de los restos tratando de encontrar una pista que explique el accidente.
Durante la madrugada hicieron el llamado, además los vecinos avisaron haber visto el incendio a lo lejos respondió el colega.
¿Hubo sobrevivientes?
Sólo uno, es un menor de edad, fue quien llamó la ambulancia. Está en estado de shock
Los agentes se acercaron al niño que estaba en una ambulancia, examinado por los paramédicos mientras se cubría su cuerpo con una manta.
Por Dios, lo que nos contó el niño fue verdaderamente aterrador. dijo el colega Al parecer su madre era muy celosa, dijo que ella descubrió a su padre engañándola con otra. Mató a su cónyuge y provocó el incendio. El chico fue muy afortunado en sobrevivir.
Los agentes se retiraron. Sin que nadie lo observara, Ismael se quitó la manta, tenía entre sus manos un libro negro con señas de haber sido quemado, no obstante aún se lograba a preciar los escritos. Los ojos del niño se iluminaron de un rojo intenso y formó una malévola sonrisa...

Distancia de dos. Miguel Arteche Salinas.

¿Desde dónde surgiste para encender la llama
Sobre la nieve sola? ¿Desde dónde los suaves
Besos se levantaron sobre tu piel perdida,
Enamorada sombra de unos días lejanos?

Cuando hacia ayer subimos, bajaba tu silencio
De la nieve y los ríos. No teníamos nada
Sino un pasado apenas dibujado en el cuerpo
Y un encuentro de estrellas dormidas en las manos.

Tiembla el viento en la noche, tiembla otra vez la noche
Bajo el ansia que vuelve. Temblabas de nostalgia.
Amor, hasta la muerte la noche se hizo tenue,
Se hizo larga caricia sobre tu pelo amargo.

Lo distante es aquello que apenas ha pasado.
Por eso nombro ahora la primavera lenta
Que subiste cantando, sin nada más, con viento
Sobre la enamorada distancia de los campos.

No sé, no sé hasta dónde quedaré repitiendo
Tu nombre, la mirada de tus ojos distantes,
Fugaz entre la dura cordillera de nieve,
Presente ausencia apenas derramada en mi brazo.

No sé, no sé hasta cuándo durará la distancia
Y ese espacio de adiós dormido en tu garganta.
No sé, no sé en qué tiempo se hará ceniza y humo,
Amor, bajo la noche, todo lo que juntamos.

De pronto en una playa interminable. Miguel Arteche Salinas.

Toco en la oscuridad las cerraduras.
¿Cómo llegué hasta aquí?
Es una extraña casa
Que rodean tinieblas, y me llaman.
¿Quién eres tú, la que me canta?
Recuerdo ahora el mar. ¡El mar! Si yo pudiera
Volver al mar a aquella playa
Donde llovía siempre. Allá arriba las verdes colinas
Y más allá la tierra escarlata, y la Gran Cordillera
Que vigila volcanes, el viento que sopla desde allí,
Y el cielo de cristal.
Nadie en las dunas.
La lluvia ahuyenta
Y me deja solo en esta playa de pronto interminable.

Como el mar es la casa, como la lluvia sus muros.
Siento mis pasos: ya están aquí, y abro la puerta.
¿Cómo cruzar el fuego que arde entre tus pasos y los míos?
¿Quién me trajo a estos muros que se encienden y se apagan?

Y entro en otros cuartos que se abren a otros cuartos,
Y el silencio es un cíngulo dormido en los dinteles.
La imperceptible niebla empapa las recámaras,
Pisa los zócalos, roza ventanas, hunde los lechos.

Mis pasos se adelantan al llegar a la sala, al llegar a la mesa,
Al llegar al libro abierto de polvo,
Al libro y a la mesa que nadie ha tocado en mil años,
Y nadie vendrá.
Pero ahora la niebla
Toca con su frente los umbrales.
Ya no hay nadie en la casa. (Si hubiera alguien,
¿A quién amar ahora?). Toco la mesa
Y la mesa se ilumina.
Toco las cerraduras
Y las cerraduras se abren.
Toco en la oscuridad los muros,
Y los muros se apartan,
Y escucho en el silencio de la sangre el río que me habla
Sobre esta oscuridad.

Dama. Miguel Arteche Salinas.


    Esta dama sin cara ni camisa,
    Alta de cuello, suave de cintura,
    Tiene todo el temblor de la hermosura
    Que el tiempo oculta y el amor desliza.

    Esta dama que viene de la brisa
    Y el rango lleva de su propia altura,
    Tiene ese no sé qué de la ternura
    De una dama sin fin, bella y precisa.

    Aunque esta dama nunca duerma en cama
    Parece dama sin que sea dama
    Y domina desnuda el mundo entero.
    Esta dama perdona y no perdona.
    Y para eso luce una corona
    Esta dama que reina en el tablero.

Cuando se fue Magdalena. Miguel Arteche Salinas.

    Cuando se fue Magdalena.
    Cuando tan lejos se fue.
    Nadie supo si llovía
    La noche de su partida
    Cuando se fue Magdalena,
    Cuando se fue.
    Nadie vio si se alejaba
    Por el mar y la montaña.
    Nunca se fue Magdalena,
    Nunca tan lejos se fue.
    Nadie dijo si algún día
    Magdalena volvería.
    Nadie sabe.
    ... Yo lo sé.
    Nunca volvió Magdalena.
    Yo, que estoy muerto, lo sé.

Comienzo. Miguel Arteche Salinas.

El jardín se ha posado en mi jardín.
Toda su galaxia resplandece a medianoche.
Los árboles destellan, las flores fulgen.
Tiene el césped una tersura de nimbo.
Bajan los transparentes
Y de sus cuerpos surgen peldaños de escala.
Los radiantes me llaman con sus cristales.
Mis años descienden en el cáliz de un instante.
Los centelleantes me han rodeado
Y me tienden sus ojos de oro.
El amor es una paloma de fuego que elevan.
Por fin llegaron.

Canto de partida. Miguel Arteche Salinas.

¡Recíbeme, recíbeme en la noche, oh viejo viento de junio,
Mientras regreso bajo las suaves estrellas silenciosas;
Viento amado del invierno, viento de lluvia y eco,
Recíbeme hasta el último suspiro de tu pecho,
Y, ahora que regreso, oh noche, espérame en tu puerta!

Y de improviso todo el viento se ha soltado,
Todo el viento se ha puesto a gemir por la tierra,
Pero a mi lado, mientras regreso,
Alguien resguarda mis pasos,
Y siento una suave sombra
Venir hasta mi encuentro.

¿Eres tú, fuiste tú, eres tú en esa noche,
Eras tú en esa triste, delgada espera sombría,
Eras aquel fantasma que surgía en mi cama
A medianoche? ¿O eras una mañana
Llena de fugitivos pájaros
Que pasaban amándose sobre el asfalto fresco?
¿Eras tú, fuiste tú esa pequeña
Llama que por mi espalda sentía silenciosa?
¿Eras tú, amor final, amor que nunca
Resbaló por tus ojos -¡oh luz ausente y querida!-,
Eras como ese encuentro que el amor abre a tajos
Para dejar ternura con soledad y frío?

No, no eras eso. Pero tal vez fuiste eso.
Tal vez abres los ojos para mirar la suave
Luz de otra primavera pasada por tus ojos;
Tal vez sientes de nuevo que el tiempo no ha pasado
Por tu cuerpo delgado (o que tal vez ha pasado),
Tal vez preguntas algo, y en tu boca se duerme
Como otras veces la trágica y oscura luz de la ausencia.

Amor olvido, amor lluvia, amor deseo, amor distancia:
He regresado a mi casa, atravesando
El parque silencioso, bajo las sombras
De junio -cansado y solitario-,
Mientras giraba todo en mi cabeza
Como las hojas que escapaban: cantando
Por adentro, pensando qué es lo que fluye,
Qué es lo que parte, qué es lo que vuelve;
Y aunque me he perdido sin nada, con algunos
Nobles amigos, sin poder retener
Lo que vivieron y amaron y compartieron conmigo,
Pido sólo el temblor del viento entre la tierra
Húmeda de este parque bañado por los pasos
Fugitivos: amor viento, amor agua, amor distancia.

Temblando fue la estrella recorrida, temblando.
Temblaba el cuerpo estrella ceñido entre mi labio.
Temblando mi distancia se acercó a tu distancia.
Temblando entró el recuerdo desde que nos encontramos.

No quiero volver, no quiero
Regresar a tu vida, pero tal vez quiero
Volver a tu distancia. ¿Recuerdas que me hablabas
Desde un lugar lejano, aunque estuvieras cerca?
¿Recuerdas que estudiabas con tormento
Cuando en el patio la lluvia
Empezaba a caer, menudamente, y los viejos compañeros
Corrían a refugiarse al corredor marmóreo
Y espectral, en la luz del invierno?
No, no recuerdas, pero yo recuerdo
El vidrio frío donde apoyaste tu mano
Para dejar apenas una ráfaga triste
Y encendida y lejana.

Y ahora ha llegado junio y en la noche callada
Miles de corazones duermen en la penumbra,
Y recuerdo la dorada leyenda de los años
De juventud furiosa en la ciudad, las tardes
De verano ardoroso, los pies sobre escaleras
De metal, los avisos eléctricos cansados
Con pupilas de rojos párpados, los libros
De poesía mordidos en la noche. ¡Y ahora, adiós,
Adiós calles, adiós conversaciones
Sobre el destino del hombre, adiós señuelo amargo
Que encandiló los ojos de nuestra adolescencia,
Adiós suave medusa, adiós puerta cerrada!

Es la hora, es la hora en que debemos morir;
Es la hora para rodar en la noche
Abrazados, besando de estrella a estrella,
De furia a furia, de hueso a hueso;
Es la hora para apretar la angustia
De pecho a pecho, para dejar la muerte
Derrotada, perdida, moribunda en el suelo;
Es la hora para morir cantando
De nuestras muertes; es la hora para que tú dejes
Tu muerte entre mi muerte, amor, amor mío.
Quiero el amor dejar escrito entre tu pelo,
Quiero dejar ardiendo tus ojos silenciosos,
Para que no haya olvido, porque es la hora
En que debemos morir, es la hora
De la partida, sí. ¡La hora, la hora, por favor!
¡La hora, por favor, dígame, dígame el tiempo
Para rodar cantando, apretados, mordiendo,
Para rodar los dos en una sola muerte!

Canción del río indiferente. Miguel Arteche Salinas.

    Cuando las soledades metálicas de las ruedas hicieron
    Vibrar tu cabeza rasgada por estrellas
    -Rápido, señorial, antiguo,
    Inmutable, prisionero por las islas de arena-,
    Reposaste fluyendo, en la noche, en la muerte.
    Cuando la punta yerta de la flecha se hundió en tierra,
    Y el cuerpo sigiloso del conquistador, vencido, cayó en tierra
    Haciéndose igualmente hueso: tú entrabas en el mar,
    Te detenías huyendo, en la noche, en la muerte.
    Cuando todo sea olvidado (porque todo será olvidado);
    Cuando no recordemos quiénes fuimos bajo ese árbol que ha de ser una mesa,
    Y cuando la mesa se transforme en el fuego,
    Y cuando todo se restituya en ti -¡oh madre tierra!-, en tu terrón amargo:
    Tú fluirás cantando, seguramente cantando
    En la noche, en la muerte.

Canción a una muchacha ajedrecista muerta. Miguel Arteche Salinas.

Llueve sobre el verano del tablero.
En blanco y negro llueve sobre ti.
Nadie controla tu reloj: te espero
Para jugar allí.

¿Tú mueves o yo muevo? Quién lo sabe.
Quién sabe si allá juega o juega aquí.
De pronto tu tablero es una nave
Que te lleva y nos lleva hacia un jardín.

Hacia un jardín remoto de caballos
Que inmóviles nos miran, y a un alfil
Que negro lanza rayos, rayos, rayos,
Y hace mil años que está de perfil.

Hacia un jardín remoto de tres torres
Donde una dama blanca va hacia ti,
Te llama a ti, y tú hacia ella corres
Y no hay en ella fin.

Donde un peón ha roto ya los sellos
Y te ciñe las sienes de marfil,
Y un rey recoge ahora tus cabellos
Para cubrir con ellos su país.

Hacia un jardín remoto al mediodía,
Donde el agua se tiende en su dormir,
Y ya no hay sed y nunca hay todavía
Y hay un árbol de sol en el jardín.

Sólo que tú no estás. Y está la luna
Cayendo interminable en el jardín
Sobre las soledades de una cuna.
Y hay olor de silencio y de partir.

Arpa rota en la lluvia. Miguel Arteche Salinas.

Cuando la lluvia tenue detiene los recuerdos
Sobre el mar solitario; cuando el tren ha pasado
Dejando en los durmientes sus metálicas furias;
Cuando tiembla el almendro tocado por los muertos;
Cuando la breve música te borra las distancias
Y silencioso escuchas que tu cuerpo ha partido,
Que sólo estás en otro cuerpo que te recuerda,
Vibra tu mano rota mordida por la lluvia.
Murmullos de la muerte, que ascienden lentamente
Por tu cuerpo deshecho, hace brotar la lluvia,
Cuando alguien pisotea tu cabello extendido
Y tu ramaje yerto poblado por el viento.

Amargo amor. Miguel Arteche Salinas.

Teje tu tela, teje de nuevo tu tela;
Deja que el mes de junio azote el invierno de mi patria;
Teje la tela de acero y de cemento;
Junta tus hilos uno a uno, oh hermoso tejedor;
Forma tu tela con fuertes lazos,
Con orgullosos rastros de sueño.

Toda la tierra está en las colas del amor;
En las ciénagas del amor podridas están las manzanas.
Cada día tiene un eco, un paso, un rastro, gemido;
Cada día la estancia recibe la visita del cuerpo en el lecho;
Cada día hay una mano que desnuda;
Cada día descansa la ropa en las sillas brillantes por el polvo.
Teje tu tela, oh hermoso tejedor;
Teje los restos de los cuerpos que se unieron.

Entre tus hondos pechos de relámpagos quietos,
Entre tu vientre oculto de cesto dividido,
En la cálida ráfaga que viene de tu abrazo,
Fui un día tu sombra, el "cuándo" entristecido,
El "adónde" que lleva hacia una muerte cierta.
Ya moriré algún día sin preguntar qué pasa,
Qué pasa entre tus hombros, en el temblor de espiga
De tu escorzo de nieve,
Qué viene por los ecos que acarician tu pelo,
Qué flechas encendidas acumulan tus manos,
Qué enamorado encuentro ha de tocar tu beso.

No es para volver, no es para cantar
Sino tu verde corazón transfigurado,
La melodiosa sombra que duerme en tus pupilas,
El afán escondido que tenía tu ausencia.

Recógeme, amor mío, con tus cálidas plumas;
Recógeme y húndeme tu ternura llagada;
Colócame en tu olvido, recógeme cantando.
No es para que preguntes, no es para que indagues
El sitio donde puse mi corazón hundido;
Recógeme, ahora, para estar en lo ausente,
Sin preguntar qué ocurre, qué pasa, por qué vuelves
Tu cabeza de ausente firmamento.

Cae ahora hacia mi lado; vuelve
A dividir tu cuerpo, a derramar tu furia,
Hasta que te estremezca el nombre del combate
Que a muerte libraremos, esa pasión a muerte
Entre tú y yo: un huracán de manos
Nos hallará apretados en los dones sin término
De una tierra total.

El ciego amor no sabe de distancias. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

El ciego amor no sabe de distancias
Y, sin embargo, el corazón desierto
Todo su espacio para mucho olvido
Le da lugar para perderse a solas
Entre cielos abismos y horizontes.
Cuando me quieres, al mirarme adentro,
Mientras la sangre nuestra se confunde,
Una redonda lejanía profunda
Hace posible nuevas ilusiones.
Ser tuyo es renacerme porque logras
Borrar, hundir, que se retiren todos
Los espejos, los muros de mi alma.
Blancura del amor. Con cuánto fuego
Se anunció tu presencia. Tengo ahora
La luz de aquel incendio y un vacío
Donde esperar, donde temer tu vida.

El alma es igual que el aire. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

El alma es igual que el aire.
Con la luz se hace invisible,
Perdiendo su honda negrura.

Sólo en las profundas noches
Son visibles alma y aire.
Sólo en las noches profundas.

Que se ennegrezca tu alma
Pues quieren verla mis ojos.
Oscurece tu alma pura.

Déjame que sea tu noche,
Que enturbie tu transparencia.
¡Déjame ver tu hermosura!

Desnudo. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

El cielo de tu tacto
Amarillo cubría
El oculto jardín
De pasión y de música.
Altas yedras de sangre
Abrazaban tus huesos.
La caricia del alma
-Brisa en temblor- movía
Todo lo que tú eras.
¡Qué crepúsculo bello
De rubor y cansancio
Era tu piel! Estabas
Como un astro sin brillo,
Recibiendo del sol
La luz de tu contorno.
Sólo bajo tus pies era de noche.
Eres cárcel de música
De la música presa,
Que intentaba escapar
En cada gesto tuyo,
Pero que no podía salir
Y se asomaba como un niño
A los cristales de tus ojos claros.

Contigo. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

No estás tan sola sin mí.
Mi soledad te acompaña.
Yo desterrado, tú ausente.
¿Quién de los dos tiene patria?

Nos une el cielo y el mar.
El pensamiento y las lágrimas.
Islas y nubes de olvido
A ti y a mí nos separan.

¿Mi luz aleja tu noche?
¿Tu noche apaga mis ansias?
¿Tu voz penetra en mi muerte?
¿Mi muerte se fue y te alcanza?

En mis labios los recuerdos.
En tus ojos la esperanza.
No estoy tan solo sin ti.
Tu soledad me acompaña.

Como un ala negra. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

Como un ala negra de aire
Desprendida de hombro alto,
Cuerpo de un muerto reflejo
En duras tierras ahogado,
La sombra quieta, tendida,
Flota sobre el liso campo.

La nube, sombra en el viento
De la sombra, flor sin tallo,
De la amplia campana azul
Adormecido badajo,
Techo azul y suelo verde
Tiene en la tarde de mayo.

Como una rama de almendro
El horizonte nublado.

La sombra quieta, tendida,
Flota sobre el liso campo,
Cuerpo de un muerto reflejo
En duras tierras ahogado.

Cerrando los ojos. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

    Huyo del mal que me enoja
    Buscando el bien que me falta.
    Más que las penas que tengo,
    Me duelen las esperanzas.
    Tempestades de deseos
    Contra los muros del alba
    Rompen sus olas. Me ciegan
    Los tumultos que levantan.
    Nido en el mar. Cuna a flote.
    La flor que lucha en el agua
    Me sostiene mar adentro
    Y mar afuera me lanza.
    Cierro los ojos y miro
    El tiempo interior que canta.

Beso. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

    Cuando me asomé a tus labios
    Un rojo túnel de sangre,
    Oscuro y triste, se hundía
    Hasta el final de tu alma.
    Cuando penetró mi beso,
    Su calor y su luz daban
    Temblores y sobresaltos
    A tu carne sorprendida.
    Desde entonces los caminos
    Que conducen a tu alma
    No quieres que estén desiertos.
    ¡Cuántas flechas, peces, pájaros,
    Cuántas caricias y besos!

Amor, sólo te muestras. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

Amor, sólo te muestras
Por lo que de mí arrancas,
Aire invisible eres
Que despojas mi alma
Manchando el limpio cielo
Con suspiros y lágrimas.
Al pasar me has dejado
Erizado de ramas,
Defendido del frío
Por espinas que arañan,
Cerradas mis raíces
El paso de las aguas,
Ciega y sin hojas la desnuda frente
Que atesoró verdores y esperanzas.

Amor oscuro. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

Si para ti fui sombra
Cuando cubrí tu cuerpo,
Si cuando te besaba
Mis ojos eran ciegos,
Sigamos siendo noche,
Como la noche inmensos,
Con nuestro amor oscuro,
Sin límites, eterno...
Porque a la luz del día
Nuestro amor es pequeño.

Abandono. Manuel Altolaguirre (1905-1959)

¡Qué dulce dolor de ancla
En el corazón sentías!
Tu corazón reteniendo,
Duro coral, mi partida.

Ahogada en amor, tu amor
Como un mar me sostenía.
Altos vientos me empujaron
Solitario a la deriva.

Si mi nave se fue lejos
Más profunda quedó hundida
Tu dura rama de sangre,
Rota el ancla de mi vida.

Solo, entre las grises nubes
Que mis sienes acarician,
Sin ti voy por entre nieblas
Recordando tu agonía.