jueves, 23 de enero de 2014

Suicidas.

Esta mañana la portada del diario mostraba un dibujo que representaba una terrible escena. Un joven que rondaba la mayoría de edad yacía sin vida en el suelo con un gran corte en el cuello que emanaba la sangre de la que estaba impregnada toda la habitación. En el retrato, el chico mostraba una cara de espanto escalofriante.

A pesar de todo, al mundo parecía darle igual. Nadie se preocupó de que fue lo que le sucedió a ese muchacho. Lo vieron como otro suicidio por problemas familiares o en el colegio. Su familia tuvo que pasar todo tipo de interrogatorios sobre cual podría haber sido la causa de la muerte. Nadie tenía ni idea, al parecer se trataba de un chico completamente normal. De sus compañeros, amigos y profesores consiguieron averiguar que era popular entre los de su clase y que no sacaba notas ni demasiado buenas ni malas.
El caso se archivó y en menos de una semana nadie se acordaba de él. A nadie le preocupó aquella familia destrozada, de aquellos chavales que no podrían ver jamás a su amigo. Nadie se preocupó de nuevo de los motivos del suicidio. Pues bien, yo se la realidad. Escuchad con atención: Existe gente en los manicomios a los que se les llama locos. Algunos salen en los programas de televisión para que nos mofemos de ellos. Siempre cuentan increíbles historias sobre apariciones de seres paranormales o presencias y todo el mundo se ríe incrédulo de la demencia provocada en ellos por esas visiones.
Estas personas han sido las mas fuertes o las que no han tenido métodos suficientes para
acabar con la agonía de ver a esos espectros . De cualquier manera, son los que han tenido que aguantar para después soportar las burlas de quien les han escuchado.
Una noche de Sábado Pablo Jesús, un chico de tendencias homosexuales, se encontraba en su habitación viendo la televisión, se estaba quedando dormido. De repente algo le despertó. La televisión se apagó de repente. Levantó el trasero para cerciorarse de que no había aplastado el mando bajo sí. Debajo de él no había nada. Miró hacia la lamparita de la derecha, y allí estaba junto a un viejo abrecartas recuerdo de Ibiza.
Apenas le dio importancia, pero cuando giró la cabeza hacia la puerta, algo le sobresaltó.
Allí, en frente suya, mirándole a los ojos, se encontraba una niña vestida de blanco inmóvil. Su cara era pálida, pero su pelo del mas oscuro negro. Pablo Jesús no pudo aguantar tanto terror. Su primer intento fue saltar por la ventana ya que la niña obstruía la puerta, pero la persiana estaba cerrada, así que optó por la solución mas cobarde. Decidió acabar con su vida cortándose el cuello con el abrecartas de la mesilla.
Os preguntareis como se esto y por qué he decidido contároslo. La razón es muy sencilla.
Realmente me hirió que a nadie le importase mi muerte.

Cementerio.

Una tarde de otoño, decidí ir al cementerio a visitar la tumba de mi abuela. Como de costumbre, fui sola porque mi marido trabajaba. Iba al lugar con frecuencia para desahogar, en cierto modo, la pena que sentía por su ausencia. Sin darme cuenta llegó la noche y me encontraba todavía, allí sentada.

Recorrí el lugar en busca de ayuda, pero nadie había ya, ni siquiera los vigilantes. En
estado desesperado, decidí correr hasta la puerta principal porque es la que tiene la visión más clara hacia la calle, no había nadie. Sentía pasos detrás mío. Tenía miedo, alguien pedía que me acercase. Temblaba. Me estaban vigilando.
Después de mucho pensar, parada en la puerta principal y siendo ya las veinticuatro horas, grité el nombre de mi abuela; dos segundos después se encontraba a mi lado sosteniendo el portón para abrirlo. La miré, sonrió y se fue. En el día de hoy todavía me siento sorprendida y con cierto temor por lo que me podía haber sucedido.

La dama de negro.


Me llamo Thomas Beresford, y quiero relatarles un suceso, del que fui, a mi pesar, parte y protagonista. Un suceso, que escapa a la razón humana. Corría el invierno de mil novecientos noventa y cinco, y yo, acababa de heredar una pequeña cabaña de montaña, propiedad de un viejo tío abuelo mío, por parte de padre, al que tan sólo había visto un par de veces cuando niño, y del cual, no guardaba el más mínimo recuerdo, ni bueno, ni malo.

La propiedad en cuestión, se hallaba en un pequeño pueblo, más bien una aldea, klamado: "Big Mount", ubicado en la ladera de una ridícula colina, en cuya cima, se encontraba la casita de mi antepasado.
A decir verdad, los problemas comenzaron nada más bajar de mi coche, y preguntar a uno de los lugareños por la vieja casa de mi tío abuelo.
-¿Se refiere a la cabaña del viejo Beresford? -El hombre, me dedicó una mirada larga, me observó, de arriba abajo, y meneó la cabeza-. Olvídese de ella, vuelva a la ciudad, éste no es un pueblo para la gente de la capital.
-¿Qué quiere decir? -Le pregunté, un tanto mosqueado, por el comentario del aldeano-.
- Mi tío abuelo me ha dejado la cabaña en herencia, y me gustaría saber en qué condiciones se encuentra.
-¡Vuelva a su casa! -De repente, para mi sorpresa, el tipo, se lanzó a correr,
mientras se santiguaba-.
-¡No se acerque a la cabaña del viejo Beresford, si aprecia su vida, amigo!.
Yo, como es lógico, me limité a sonreír, y entré en el que parecía ser el único bar del pueblucho.
-Buenas -me acerqué a la barra, e intenté mostrar mi mejor sonrisa.
-¿Qué desea? -El barman, me dedicó una extraña mirada.
-Una cerveza, por favor.
-No nos gustan los forasteros.
-¿Eh?
-Somos como una gran familia -el hombre, sacó una cerveza de la nevera y, tras abrirla con el abridor, añadió-.
-No nos gustan los extraños. Haga lo que tenga que hacer, y lárguese del pueblo.
Yo, sorprendido y dolido por el comportamiento del dueño del local, tomé le botella de cristal, y me senté en una de las mesas del lugar, la más cercana a la puerta, lejos del resto de los clientes, que me miraban, y murmuraban.
Estaba a punto de marcharme del bar, cuando, un hombre, elegantemente vestido, se acercó a mi mesa, y se sentó. Llevaba un maletín de piel en su mano izquierda.
-¿Es usted Thomas Beresford? -Me tendió su mano derecha.
-Así es -se la estreché, al tiempo que le miraba a los ojos-. ¿Puedo saber con quién hablo?.
El tipo, sin embargo, parecía no haberme escuchado, y se limitó a abrir el maletín encima de la mesa, y a sacar un puñado de papeles.
-Me llamo Robert Bakerson -me tendió uno de los papeles-. Era el Abogado de su tío abuelo.
-Ah -me limité a tomar el folio que me ofrecía, y a leerlo por encima, sin demasiado interés.
-Estoy aquí por deseo expreso de Mr. Beresford -el hombre, seguía hablando-; me pidió, antes de morir, que le acompañase a la vieja cabaña, para atestiguar el buen estado de la misma.
-Si mi tío lo creía conveniente -le devolví el documento-. No voy a ser yo quien le niegue su última voluntad.
Tras unos breves instantes de charla, Bakerson, se ofreció a pagar mi cerveza, y su "Gin Tonic", y salimos del local.
-Gente hostil -me susurró, mientras caminábamos, intentado evitar los charcos formados por las recientes lluvias, hacia mi viejo "Ford" del 65-. El viejo Beresford, no se llevaba muy bien con la gente del lugar.
-La gente de los pueblos, ya se sabe -para mi sorpresa, me vi intentando justificar la hostilidad de los lugareños, mientras daba la vuelta a la llave del contacto.
-En fin -Bakerson, suspiró hondo, y se acomodó en su asiento.
El coche, se puso en marcha, con un leve petardeo y, diez minutos más tarde, nos encontrábamos a la puerta de la cabaña del viejo Beresford.
-Bien -Robert Bakerson, maletín en mano, se apeó del vehículo, y caminó hacia la casita de ladrillo y madera-; hemos llegado.
-No parece estar en mal estado -comenté, más para mí que para mi compañero.
-No, su tío abuelo sabía bastante de albañilería y algo de carpintería. No le resultó difícil conservar la cabaña en buen estado.
De repente, me di cuenta de que, ni tan sólo sabía de qué había muerto mi antepasado, ni la edad qué tenía y, en un leve susurro, se lo pregunté al Abogado.
-Oh, no se preocupe. Murió de viejo -Bakerson me dedicó una sonrisa casi paternal-. No sufrió.
-Ah -me limité a asentir con la cabeza, mientras abría la puerta de la casita.
He de decir, en honor a la verdad, que la cabaña, por dentro, no tenía que envidiar a ninguno de los lujosos apartamentos del centro de Los Ángeles y que, el viejo Beresford, había sabido conservarla a la perfección, sin privarse de ningún lujo. Televisión, aire acondicionado, dos cuartos de baño, una pequeña, pero completa cocina, tres dormitorios, y una acogedora sala de estar, que hacía las veces de comedor, con una pequeña chimenea de ladrillo.
Tan ensimismado me hallaba examinando todas las estancias de la cabaña, que no me di cuenta de que Bakerson, había sacado una libreta, y se dedicaba a tomar notas.
-Son para el testimonio de que el lugar se encuentra en buen estado -me explicó.
-Haga lo que crea conveniente.
-Gracias.
Lo dejé tomando sus notas, y me senté a ver la tele.
-Debería hablar con la compañía eléctrica -me gritó mi compañero desde la cocina-. Mr. Beresford..., poco antes de su muerte, tuvo unas desavenencias con ellos, y le cortaron el suministro de luz.
-Vaya -dejé el mando sobre el brazo del sillón, y me alcé del mismo-, tanto lujo, para nada.
-Su tío abuelo, tenía fama de tacaño -Bakerson salió de la cocina, llevaba en las manos dos bocadillos. Me ofreció uno, al tiempo que me explicaba-. La nevera funciona con gas.
Mientras daba el primer bocado al bocadillo, me pregunté de qué más cosas tendría fama mi antepasado, por qué aquel lugar tenía tan mala fama entre los habitantes de la aldea.
La respuesta, no tardaría en llegar. Aquella misma noche.
Serían alrededor de las nueve y media de la noche, cuando mi acompañante, se alzó de la silla, y se dirigió a una de las tres alcobas de la cabaña.
-Me voy a dormir, estoy cansado -por suerte para los dos, el viejo, tenía gran cantidad de velas y un par de lámparas de petróleo, así como una docena de latas de combustible para la chimenea, y una buena provisión de troncos, y Bakerson, haciendo uso de una de las velas, pudo llegar a la cama, sin contratiempos-. Buenas noches, amigo Beresford.
Yo, por mi parte, preferí quedarme un rato más despierto, mirando, como hipnotizado, el baile de las llamas en la chimenea. Sin embargo, no habían pasado ni veinte minutos, cuando, mi compañero, se alzo, y salió del dormitorio.
-No sé qué me pasa -me dijo, mientras se rascaba la barbilla-; no logro conciliar el sueño.
-¿Le apetece una partida de póquer? -Le pregunte, recordando que, en el cajón de uno de los muebles de la casa, había visto una vieja baraja.
-Le advierto que sé jugar muy bien.
-¿A cincuenta centavos la apuesta? -Saqué los naipes, y los arrojé sobre la mesa de la sala.
Bakerson, me dedicó una sonrisa.
¡Debí de hacerle caso!
Media hora después, con cerca de ochenta dólares menos en la cartera, y con la moral por suelos, me alcé de la silla, y me disculpé por ser tan mal perdedor. Bakerson, me sonrió comprensivo, y empezó a recoger los naipes. De repente, una súbita bajada de temperatura, nos hizo tiritar y, me di cuenta que, el fuego de la chimenea, se había casi extinguido, y no quedaban troncos para avivarlo.
-Creo que deberíamos ir a por algo más de leña -me dirigí a la puerta de la cabaña, dispuesto a salir, cuando...
-Espere, amigo Beresford -Robert, se levantó de su asiento, y me puso una mano sobre el hombro.
-¿Pasa algo?
-¿Es usted supersticioso?
-¿Qué quiere decir? -Dediqué a mi compañero una intensa mirada.
-¿Cree usted en los fantasmas?
-¿De qué demonios está hablando?
Robert, se limitó a permanecer en silencio.
El frío, en el interior de la casa, se hizo más intenso. Demasiado intenso.
-¡Mire! -La voz de Bakerson, me hizo dar un respingo hacia a tras-. ¡La ventana, mire la ventana!
Lentamente, giré la cabeza, en dirección al lugar donde él me indicaba. Al instante, noté como una extraña sensación de bienestar me embargaba. Afuera, a pesar de que soplaba una fuerte y helada brisa, alguien, caminaba hacia la cabaña de mi tío abuelo Beresford. Era un joven bellísima.
-¿Quién puede ser a estas horas, y con este tiempo? -No podía apartar la mirada de tan encantadora figura. No aparentaba más de veinte años. Era alta y esbelta. De rostro angelical. Con unos ojos oscuros y tristes. Sus negrísimos y largos cabellos, caían, como una hermosa cascada de ébano, sobre sus pálidos y desnudos hombros. Vestía un sencillo traje negro, de terciopelo, y cubría sus manos con guantes de tela. De repente, su bella y triste mirada, se dirigió hacia la cabaña. Hacia la ventana donde me encontraba. Y, la sangre, se me volvió hielo en las venas.
-Es un fantasma -la voz de mi compañero me llegó lejana, como si, en vez de encontrarse a mi lado, estuviese a decenas de metros-. Sólo sé eso, y que ronda esta zona cada noche, desde hace años -tras estas palabras, Bakerson, enmudeció. Volví a mirar por la ventana, mas la misteriosa dama había desaparecido. Con gesto de clara decepción, me senté junto a Robert.
-¿Quiere explicarme todo eso del fantasma?
-Oh, no hay nada que explicar, amigo Beresford -el hombre, me dirigió una enigmática mirada, y una no menos misteriosa sonrisa y, sin añadir una sola palabra más, se levantó de su asiento. Yo, por mi parte, me encontraba demasiado agotado para seguir pidiendo
explicaciones, y decidí retirarme a dormir a mi dormitorio.
Al amanecer, los sucesos de la noche, seguían en mi mente, como grabados a fuego.
Me levanté de la cama, y me vestí.
Bakerson me esperaba en el saloncito, cerca de la chimenea de ladrillo, en la cual ardían un par de buenos troncos. En el rostro de mi compañero bailaba la misma extraña sonrisa de la madrugada anterior.
-Buenos días, ¿qué tal ha dormido?
-Bien -me di cuenta de que en la mesa de la sala habían dos tazones llenos de café con leche y, hambriento, sonreí.
-¿Sigue interesado en saber algo acerca de nuestra misteriosa visitante nocturna?
-Se sentó a la mesa, y tomó uno de las tazas.
Yo, le imité, mientras asentía con la cabeza.
-En primer lugar, debería saber que no es buena idea que usted sepa nada acerca de..., eso.
Di un sorbo al líquido caliente, y dediqué a Bakerson una mirada cargada de
impaciencia.
-¿Va a contarme algo, o no?
-De acuerdo -se encogió de hombros, y me la misma extraña y enigmática mirada de la noche anterior.
-Le escucho, hable.
Esto es lo que me contó mi extraño acompañante: "Hace cosa de cuatro años, llegó a la aldea un tipo joven, un buhonero, con la intención de quedarse a vivir en el pueblo.
Durante varias semanas, el joven, llevó una vida de lo más normal y pacífica, continuando con su labor de vendedor ambulante hasta que, por azares del Destino y, para desgracia de ambos, pues quedaba por completo fuera de sus posibilidades, se enamoró de esa joven que viéramos anoche rondando la cabaña. A pesar de todo, entre los dos jóvenes, triunfó el Amor y, cada noche, subían hasta aquí para hablar con el viejo Beresford, o para dar rienda suelta a sus impulsos amorosos.
El viejo, llevado por un extraño impulso romántico, mantuvo en secreto la relación de la pareja, pues sabía que la familia de la joven nunca permitiría la relación de los dos enamorados. Por desgracia, alguien, seguramente algún joven celoso, descubrió los escarceos amorosos de la pareja, y puso sobre aviso a los hermanos de la muchacha; dos
energúmenos con menos seso que un mosquito, aunque siempre dispuestos a propinar una buena paliza a todo aquel que les llevara la contraria.
Una noche, amparados en la oscuridad, estos dos individuos, tomaron al joven buhonero a traición y, tras propinarle una brutal paliza, que le costó la vida, lo quemaron en el interior de un viejo coche abandonado. No hubo testigos. Nadie dijo ni hizo nada por acusar a los asesinos. No se atrevían. Tal era el miedo que les tenían a estos dos hermanos. Sólo dos personas lloraron la muerte del joven: El viejo Beresford y su joven
amada, la cual, presa de la pena y la desesperación, huyó de su casa, subió hasta aquí, y se ahorcó de uno de los árboles que rodean la cabaña".
Llegado este punto, Bakerson, volvió a callar, se levantó de la mesa, y caminó hacia una de las ventanas.
-En aquel manzano de allí -me señaló con un leve movimiento de cabeza hacia uno de los cuatro manzanos que mi difunto pariente plantase años atrás, cuando yo era un crío-. Aquél fue el lugar escogido por la joven para cometer el suicidio.
-Pero... ¿Qué tiene que ver el fantasma de esa joven con la herencia del viejo?
-De momento, es todo lo que pienso contarle -me dedicó aquella sonrisa suya tan exasperante, y quedó mudo.
Me limité a encogerme de hombros, con gesto de resignación.
Después, tras recoger los cacharros del desayuno, decidimos bajar al pueblo, en busca de víveres.
A medio camino entre la cabaña y la aldea, y aprovechando que en ese momento cruzaba la carretera un rebaño de ovejas, decidí atacar de nuevo con otra pregunta:
-¿Qué ocurrió con los asesinos del chico?
Mi compañero, pillado por sorpresa, me miró fijamente y respondió:
-Bueno, la verdad no se sabe cierta. Algunos dicen que, arrepentidos por la muerte del joven y de su hermana, cometieron suicidio; otros que fueron asesinados. Lo único cierto es que fallecieron de forma harto misteriosa, pues desaparecieron una semana después de cometer el horrible crimen, y que un vecino del lugar los encontró muertos en el fondo de un barranco.
Una vez en la villa, y hechas las compras necesarias, entramos en la taberna, y pedimos un par de botellines de cerveza. No llevábamos ni cinco minutos, cuando noté como una mano se posaba sobre mi hombro derecho.
-Veo que no siguió mi consejo.
-¿Eh? -Giré la cabeza, encontrándome de cara con el mismo tipo que me advirtiese acerca de la cabaña el día anterior, a mi llegada al lugar, me limité a saludarle con un ligero cabeceo. Tras apurar las cervezas y sin más incidentes, pagamos y volvimos a la casa de la
montaña. al mediodía, mientras comíamos con la mesa arrimada a la chimenea, mi compañero me dijo algo:
-De acuerdo, Beresford, vamos a dejarnos de rodeos.
-¿Qué? -Le miré sorprendido-. ¿De qué está hablando?
-No soy tonto, amigo Thomas -Robert clavó en mí sus ojos oscuros-. Sé que está aquí por el asunto del "tesoro"... Que la cabaña le importa una mierda; al igual que ese viejo tacaño.
Yo, realmente sorprendido, me limité a boquear como un pez que, fuera del agua, busca el oxígeno para seguir viviendo.
-¿De qué diablos está hablando? -Me levanté de la silla-. ¿Un tesoro aquí, en la cabaña de mi tío abuelo? ¡No me haga reír, por favor!
Ahora le tocaba a mi compañero abrir y cerrar la boca.
-¡Habla en serio! -Se alzó de la silla, y caminó hacia donde yo me encontraba-. ¡No sabe nada acerca de la fortuna escondida del viejo!
De repente, de algún modo, comprendí...
-Usted no es el abogado de mi abuelo.
-No -Bakerson, sonrió-. Pero eso es algo de lo que no debe enterarse nadie.
-¿Quién es usted?
-Digamos que, alguien inteligente -Bakerson seguía sonriendo-. Usted elige, amigo Beresford. Unirse a mí o...
-¿Dónde está el abogado del anciano? -Aquella pregunta ya tenía respuesta en mi mente... Y en la sonrisa de Robert Bakerson.
-Digamos que, se negó a compartir -mi compañero, sacó un cigarro, y se lo llevó a la boca-; ¿qué va a hacer usted?
Apreté los puños.
-Son más de cien mil dólares, una bonita cantidad a repartir.
-¿Acaso sabe usted dónde están escondidos?
-¿A mí?
-Sí. Antes de morir, el albacea del viejo, me dijo que buscara al único heredero del anciano. Supongo que el ver a su esposa y a su hijo abiertos en canal le ayudó a recordar.
Me estremecí.
-No sé de qué está hablando -repliqué.
-Yo sí -entonces y para mi sorpresa, Bakerson, sacó de su bolsillo una hoja de papel, que reconocí como el testamento de mi tío abuelo.
-¿De dónde ha sacado eso?
-Esta mañana, antes de que se levantase, rebusqué sus bolsillos -Bakerson, se acercó a la mesa y extendió el papel sobre la misma.
-¿Tuvo usted algo que ver con la muerte de mi abuelo? -Tenía que hacerle aquella pregunta, no sé por qué, pero era mi deber.
-No, nunca tuve que ver nada con el viejo.
Y, como si aquello lo convirtiese en la persona más bondadosa de la Tierra, me incliné a su lado, sobre el folio extendido.
-¿Ve estos cuatro puntos?
-Sí -me fijé en las marcas a las que se refería Bakerson-. ¿Qué representan?
-Los cuatro manzanos -alzó la mirada del papel-. Esos de ahí fuera.
Me limité a mirar hacia la ventana.
-Su abuelo escondió su fortuna bajo uno de ellos. Sólo hay que buscar.
-¿De cuál de ellos?
-¡Sólo son cuatro! -Me replicó Bakerson-. ¡Sólo cuatro jodidos manzanos!
Suspiré.
Afuera, comenzaba a anochecer y, el recuerdo de la visita de la noche anterior, acudió a mi mente.
-¿Pasa algo?
-No, nada -mentí.
-¿El fantasma? -Pude notar cierto tono de burla en la voz de mi compañero. De nuevo sentí un escalofrío. Aquel tipo había matado a tres personas por conseguir un pedazo de papel-. ¿Qué puede hacernos?
-No va detenerse ante nada, ¿verdad?
-Veo que al fin comprende -me volvió a dedicar una sonrisa.
Y así, un par de horas más tarde, nos hallábamos fuera de la cabaña, llevando un pico yo, y una pala mi compañero. Los habíamos cogido del cobertizo de mi tío abuelo. No creo que le importase lo más mínimo. Ya no.
-De acuerdo, ¿por dónde empezamos?
-Usted por aquél, yo por aquél -Bakerson, dicho esto, comenzó a cavar con furia, como si le fuera la vida en ello.
Llevábamos una media hora de intensa faena, cuando, bajo mi pala, sonó algo metálico.
-¡Aquí hay algo! -Salté al interior de la fosa, y empecé a escarbar con las manos, hasta desenterrar una caja metálica de pequeño tamaño, aunque bastante pesada. En ese momento, mis ojos se alzaron hacia una de las ramas más altas del árbol. Y, el cofrecillo metálico, resbaló de entre mis manos.
-¿Ocurre algo?
-Fue en este manzano -logré articular en un débil hilo de voz.
-¿Qué pasa con el manzano? -Bakerson, tomó la caja del suelo, y miró el árbol.
-La chica, se ahorcó en aquella rama -señalé el trozo de soga, que aún se mecía movido por el viento, y añadí-: Quizás deberíamos dejar eso de nuevo donde estaba...
-De eso ni hablar -Robert Bakerson, apretó la caja contra su pecho, y entró en la cabaña.
De repente, y esto es algo que mantendré hasta el día de mi muerte, el aire a mi alrededor, comenzó a aullar, lo mismo que un animal salvaje herido y, sin pensarlo dos veces, corrí a refugiarme en la cabaña. Bakerson, me dedicó otra de sus odiosas sonrisas, y me pidió que me sentase. Había puesto la caja sobre la mesa, y se afanaba en abrirla con una pequeña palanca y un martillo.
-Al cincuenta por ciento, recuerde.
-Todo esto, me da muy mala espina -me quedé de pie, viendo como intentaba abrir la caja metálica-. Sigo pensando que deberíamos dejarla donde estaba. Finalmente, la palanca, hizo su trabajo, y la tapa del cofrecillo saltó con un sonoro chasquido, dejando a la vista su contenido. Varios fajos de billetes de diez dólares, y una carta, escrita a mano. Reconocí, al momento, la letra de mi tío abuelo y, raudo, la cogí.
-Quédese con la carta, si lo desea -Bakerson, comenzó a sacar el dinero, y a contarlo-, yo tengo lo que he venido a buscar.
-Espere, Bakerson -mientras leía la carta, alcé la mano, pidiendo calma a mi compañero-. Escuche esto-. Leí en voz: "Yo, Edward Beresford, en pleno uso de mis facultades, he llegado a un acuerdo con una criatura de ultratumba, para que vigile éstas mis pertenencias, que yo guardo bajo el segundo de los cuatro manzanos que rodea mi casa, a cambio, dicha criatura, podrá vagar, por toda la eternidad, en ésta mi propiedad, pudiendo castigar a todo aquel que se acerque a estos lugares con intención de sustraer el cofre del lugar donde éste se encontrase enterrado" -Suspiré, y dejé la misiva sobre la mesa, junto al dinero.
Bakerson, lanzó una carcajada.
-¡El viejo estaba como una verdadera cabra! ¿No irá a decirme que cree todas esas idioteces, amigo Beresford?
-¡No soy su amigo! -Con un rápido movimiento, lancé el cofre lejos de Bakerson y de la mesa-. ¡No es más que un maldito asesino, no tengo nada que ver con usted!
-¡De acuerdo, usted se lo ha buscado! -Para mi horror y sorpresa, Bakerson, sacó una automática, y me apuntó con ella-. Creía que era más inteligente.
Y, entonces, ocurrió. Por mucho tiempo que pase, no podré borrarlo de mi memoria.
La puerta y las ventanas de la cabaña, se abrieron de golpe, y una sombra comenzó a materializarse ante nuestros ojos. El espectro de la joven suicida, me sonrió dulcemente. La sangre se me heló en las venas mientras, el hermoso fantasma, alargaba sus blancas manos hacia Bakerson y, tras tomarlo por la barbilla, lo arrastraba hasta el manzano. Jamás volví a ver a mi compañero, pues muerto de miedo me desmayé.
Cuando desperté a la mañana siguiente, eran más de las nueve y media, y me encontraba solo en la cabaña. Ni rastro de Bakerson, del fantasma, ni del cofre con el dinero.
Y, poco tengo que añadir a lo dicho.
Regresé a la ciudad, con una extraña sensación en el cuerpo, y retomé mi vida tal y como la había dejado. O, al menos, lo intenté. Pero todavía despierto muchas noches, con la imagen del bello fantasma en mi cabeza. Jamás he vuelto a pisar ni la cabaña, ni el pueblo. Y no creo que lo haga. Mis abogados se desentendieron del asunto de la herencia.
Con el tiempo, todo aquello se ha convertido en un extraño recuerdo en mi mente. Un recuerdo terrible...
Sólo una cosa me queda por añadir.
Hace cosa de una semana, en un programa de televisión, entrevistaron a uno de esos tipos que dice investigar los fenómenos extraños. Y habló sobre la cabaña. Y sobre las extrañas apariciones que, desde tiempo atrás, venían sucediéndose. Di gracias al Cielo, era la confirmación de que no soy un demente...

María.

Se despidieron en el soportal donde él habitaba, mientras la aurora colgaba sobre la noche el primer rezo coránico emergente de la mezquita, abriendo el silencio de la ciudad durmiente, a la hora en que las estrellas mueren, llevándose su bóveda de sueños.

Él sintió que ya nunca más se reunirían, jamás se le había entregado como en aquellas horas, trepándole el corazón a la voz y entregándolo en cada golpe de beso, en cada explosión de sangre y sudor, como doliéndose del cuerpo y del amor.
Repetía una y otra vez: "No Tengo miedo", y abrigaba su temblor desnudo mirándole a los ojos, silente, errante, como una ola de océano atormentada.
Él se dejaba llevar; intuía, cuando se le colaba desde los labios, en el relámpago de su hálito, que ella le arañaba en los adentros, que hurgaba en lo más hondo, que le hurtaba un viento extraño, hasta cansarse los tuétanos. Pero la amaba, la amaba hasta dejarse morir por ella.
Después de tantos meses ausente, había tocado a su puerta, a las dos en punto de la madrugada, y regresado sin más, trémula y quimérica, diciéndole, sin añadir otras palabras: "No. Siento miedo", anudándose luego a su abrazo.
Se perdió por el horizonte al compás de la última lumbre de Luna, con el paso lento y sin mirar atrás, dejándole la sombra del adiós, y una canción de astros invisibles en el reloj. Él entonces subió las escaleras y entró en la casa. Las agujas del reloj antiguo de pared marcaban las seis, preparó café y encendió un cigarrillo, para que las volutas de alquitrán y nicotina revolvieran su soledad y desconsuelo. Entonces sonó el teléfono:
-"Diga". Era Álvaro, su compañero habitual de planta en el servicio de urgencias del hospital donde ambos trabajaban.
-"Hola Alfonso, ¿cómo estás? Ha ocurrido algo y... bueno, creo que aún no estás al corriente: quiero decir que..."
Se produjo una pausa. Él se sintió turbado, debía ser grave el asunto, de otra manera Álvaro nunca le hubiese telefoneado a esas horas y menos aún un día festivo. Entonces, él interpeló intrigado y temeroso:
-"Habla, por Dios Álvaro, dime qué ocurre".
-Se trata de María. La ingresaron, entró muy mal y pensé que debías saberlo, aunque ya sé que ahora estáis separados".
-¡María! No puede ser cierto. ¡Pero, si... !
Miró la habitación. Aún desprendía el aroma denso de sus cuerpos, el rastro de su unión. La cama seguía alborotada, con su voz cenicienta, su corazón, sus besos sus lágrimas.
-"Lo siento, se le fue el volante y no pudo, ya sabes, murió. Alrededor de las dos. Lo siento".
- "Las dos" -repitió él, resonándole en el pensamiento- Y colgó el aparato, pálido y atormentado, aterrorizado.
-"Entonces, pero si..." Cayó como un cero sobre el suelo, doblándose sobre su gélida tristeza. Y lloró, desde un lugar desconocido y arcano de sus ojos. Apareció el vacío, su peso, su grito, su dentellada. Dejó de ser hombre, para ser un animal herido.
Nuevamente sonó su teléfono. Él llegó a decir:
-"Dime Álvaro, dime que no puede ser cierto".
Al otro lado del auricular, una voz ahogada de mujer lo contestó:
"Te quiero. No, ya no siento miedo".
A veces, los fantasmas aparecen ante nosotros con una apariencia tan carnal, tan sólida, tan auténtica, que son imposibles de distinguir de los vivos...

Muerte vagabunda.

Eran cerca de las doce de la noche, mis amigas y yo estábamos aburriéndonos después de una sesión de espiritismo y decidimos ir a dar un paseo con nuestras linternas en mitad de la noche, queríamos ser testigos en directo del paso de la santa compaña.

Fuimos una a una pasando por el cruce de cuatro caminos que está junto a nuestras casas. Yo ya estaba a salvo, cuando vi una luz a la vez que pasaba la última de mis amigas, le dije que se escondiera pero ella creyó que era una simple broma.
De pronto aparecieron doce figuras de mujeres cubiertas con una tela blanca y cada una llevaba una larga vela, la primera de ellas para en frente de mi amiga, le habló de algo, le hizo entrega de su vela y se desvaneció.
Las once restantes pasaron de largo por mi lado, sin hacerme ni el más mínimo caso. Ese día no lo olvidaré era un 26 de agosto.
A partir de éste día mi amiga guardó la vela con sumo cuidado durante un mes entero, el 26 de septiembre vio que la caja donde tenía guardada la vela empezó a brillar. Eran las once y media, ella también vivía en un cruce de caminos y decidió bajar a la calle poco antes de las 12. Estaba preparada. Pronto se encontraron las once ánimas en pena de la santa compaña, le ofrecieron una tela blanca, se la puso por encima, encendió la vela y acto seguido pasó a formar parte de la santa compaña.
Antes de que todo esto pasara me envió un mensaje al móvil: 'Debí hacerte caso te acabarás uniendo'. Tuvo razón hoy voy a unirme. Otra más ha caído, tengo su vela..

Un cementerio.

Me gustan los cementerios, esa noche estaba completamente solo, tenia unas pocas horas para disfrutar de ese cementerio que no había visto antes. Desde que fui a vivir a esa ciudad no tuve demasiado tiempo para mí mismo, pero esa noche era mía y pude hacer lo que más me gustaba, pasear por el cementerio, ver las estatuas, leer las inscripciones de las lápidas, caminar entre tumbas, escuchar el frío silencio del cementerio, compartir la soledad de aquellos que yacían bajo tierra.

Recuerdo que alguien me dijo una vez que cuando muriese quería que le incinerasen,
es una buena opción pensé, el cuerpo convertido en cenizas, devorado por el fuego. Me dijo que quería que echasen sus cenizas al mar, alimento para peces se me vino a la cabeza.
Yo quería que me enterrasen, pero bajo tierra, no en un trozo de cemento. Formaría parte de un cementerio, mi lápida con mi nombre perduraría durante siglos. Alimento no de peces pero sí de gusanos, algo más retorcido aún. Es cierto que todo lo que sale de la tierra vuelve de un modo u otro a ella... pero esto ya no es posible para mí, o tal vez sí, en cualquier caso el tiempo lo dirá.
Iba caminando rodeado de lápidas, el cielo oscuro estaba despejado, la luna brillaba con todo su esplendor y me acompañaban los cantos de los grillos. Entonces noté un leve picor en mi mano izquierda, me miré la palma de la mano y allí estaba la cicatriz con forma extraña, no recuerdo como ni cuando me la hice, me dijeron que la tenía desde nacimiento
pero yo más bien creo que es la cicatriz de un niño revoltoso y rebelde, hacía tiempo que no me picaba, no le di más importancia y continué mi camino.
El cementerio estaba cercado con un muro alto e iluminado con farolas de luces tenues, contaba con un enorme panteón en el centro, criptas familiares repartidas por todo el recinto, cientos de lápidas sobre hierba verde y paredes de cemento con pequeños habitáculos para ataúdes, normalmente estos habitáculos son para los que no pueden costearse un sitio en la hierba, hasta la muerte cuesta dinero y precisamente no es barata, que mundo este en el que todo gira alrededor del dinero.
A lo lejos, en un recodo del muro que rodea el cementerio, observé una ligera neblina, me dirigí hacia allí y conforme me adentraba la visibilidad aumentaba, a veces pienso que si no me hubiera acercado a la neblina todo lo que ocurrió posteriormente no hubiera pasado.
En aquel recodo se encontraba la tumba que más impacto me causó hasta la fecha de hoy, había una estatua de un ángel femenino de cabellos largos que apoyándose sobre la lápida hundía su rostro entre sus brazos y lloraba la muerte del que se encontraba enterrado allí. Imaginé a la figura de alas caídas y túnica larga cambiando de posición, incorporándose y mirándome con ojos tristes y con sus lágrimas recorriendo su rostro algo agrietado ya a causa del paso del tiempo. Me quedé fascinado observando cada detalle del ángel, sin duda no he visto ninguna estatua mejor que esa, ninguna que exprese tanto
sentimiento, parecía que en cualquier momento fuese a moverse. Leí la esquela del que hacía entristecer y llorar al ángel.
Sumido en las Tinieblas viviré una Condena Eterna.
Dryden Sagoth
1804 – 1826.
–¿Dryden Sagoth? ¿Qué clase de nombre es ese? –Casi sin darme cuenta se me escaparon las palabras en voz alta. Con un rápido calculo averigüé que la tumba tenía, para ser exactos, ciento setenta y siete años. Estaba muy bien conservada, ¿Quién será el que vivió tan solo veintidós años y descansa bajo esta tierra húmeda? me pregunté.
Decidí que al día siguiente volvería aquí y fotografiaría a la lápida y al ángel, bajo la luz del sol podría ver mejor todos los detalles que se me escapaban con la luz amarilla de las farolas. De repente cesaron los ruidos de los grillos.
–¡Shhhhhh! –Alguien se encontraba detrás de mí.
–¿Qué...? ¡Dios! –Me volví y lo que vi me hizo dar un salto hacia atrás y caer en la hierba mojada junto al ángel.
Con los ojos abiertos al máximo y una evidente expresión de miedo en mi rostro vi a una niña de no más de seis años, pero no era real o así me lo pareció en un principio, era translúcida, podía ver a través de ella. En mi mente se formó la palabra fantasma, no podía creer lo que veía, tenía que ser una jugarreta de mi imaginación, cerré los ojos e intenté calmarme, podía escuchar los rápidos y fuertes latidos de mi corazón, conté hasta cinco y volví a abrir los ojos. La niña fantasma seguía allí mirándome fijamente, podía ver su silueta, los rasgos de su cara y las lápidas que se encontraban detrás de ella. Su cara era ovalada, tenía una boca menuda y unos grandes ojos negros, su pelo, me pareció que era castaño, le llegaba por la barbilla, llevaba un vestido largo hasta las rodillas y en una de sus manitas sostenía una muñeca de trapo de pelo naranja. La muñeca era sólida, palpable, pero la pequeña parecía estar echa de una sustancia transparente.
Permanecí inmóvil echado sobre la hierba sin poder quitar la mirada del fantasma, estaba asustado, nunca me había pasado algo así, había visto muchos cementerios y leído muchos artículos sobre apariciones de fantasmas y otros sucesos paranormales pero nunca pensé
que fuera a pasarme esto a mí. Mientras la observaba se me ocurrían cientos de preguntas, tenía delante el espíritu de una niña muerta y empecé a darme cuenta de lo que eso significaba. Llevó su dedito índice a sus labios y me susurró.
–¡Shhhh! No le despiertes.
–A... ¿A quién? –Logré decir con gran esfuerzo y entrecortadamente, casi no podía articular las palabras. Se le dibujó una sonrisa en sus labios y señaló a la lápida
del tal Dryden Sagoth.
–Él... es como... ¿Es como tu? ¿Un fantasma? –Me sorprendí de que mis palabras fuesen tomando su ritmo normal.
–No. –Dijo agachando su cabecita.
–¿Quién eres? –Se desvaneció la expresión de miedo de mi rostro, es solo una niña, un fantasma sí, pero no deja de ser una cría. Me incorporé sentándome sobre
la hierba. Ella se quedó un rato pensativa.
–Ven, quiero enseñarte algo. –Me tendió su pequeña manita, o mejor dicho, esas partículas diminutas que ocupaban ahora el lugar de su mano. Me sonrió y se le formaron unos mofletes regordetes en su carita. Sin pensarlo dos veces dirigí mi mano hacia la suya y vi como mis dedos la atravesaban como si sólo fuese aire, fue una sensación extraña, sentí un hormigueo en toda la mano, algo parecido al hormigueo que aparece cuando se te duerme alguna parte del cuerpo, no se explicarlo de otra forma.
–Jajajaja, ¡Así no! –Rió divertida la niña fantasma– Mira se hace así.
Se agachó y llevó lentamente su mano hacia la mía y cuando creí que pasaría lo mismo que antes noté como algo muy frío me tocaba, sentí un fuerte escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, como una descarga eléctrica de frío. Intenté apartar la mano pero ella me sujetaba con fuerza, tenía mucha fuerza para la edad que representaba, aunque no sé si llamarlo fuerza puesto que ella no tenía cuerpo ni músculos, ni lo que parecía cabello lo era. Estaba compuesta por miles de millones de diminutas partículas con voluntad propia y el conocimiento y la conciencia de una niña pequeña. Nos pusimos de pié y comenzamos a andar. Y allí estaba yo, paseando por un cementerio con el espíritu de una niña muerta que me cogía de la mano.
Me dejé llevar, creo que si lo hubiera pensado bien habría salido corriendo en cuanto la vi, pero el misterio me llamaba y era irresistible. No andamos mucho, soporté el frío que invadía mi cuerpo y sólo hubo silencio hasta que se paró en seco.
–Déjate ver. –Dijo ella casi impaciente. Entonces pude ver como una silueta borrosa empezaba a aparecer delante de mí, acabó de formarse por completo y vi a un hombre alto de mediana edad, vestía un traje elegante, en su cabeza descansaba un distinguido sombrero de copa y portaba un lujoso bastón con el que daba pequeños golpes al suelo.
Su cara era delgada y alargada, poseía una expresión seria. Al igual que la niña se podía ver a través de él.
–¡Nuria! ¡Te tengo dicho que no hables con extraños!. Joven, ¿Le ha molestado esta malcriada? –Me asusté de su voz grave y fuerte como el estruendo de una tormenta.
–No... yo... –Noté su presencia severa y amenazante. Mi razón me decía que me marchase de allí pero algo sobrenatural me invitaba a quedarme.
–¡No es un desconocido! Sé como se llama, le leí la mente. Interrumpió la niña con su vocecita.
–¡Oh! Bien entonces, debes practicar. –Dijo el fantasma con sombrero posando su mano sobre el hombro de la niña.
–¿Qué? Me voy. –No sé ni porqué contesté, sólo quería irme de allí, no estaría más
tiempo en compañía de presencias amenazantes que leen la mente, ¿Qué me iban a hacer? ¿Usarme de cobaya para sus fantasmales experimentos? Estaba muy asustado y sólo pensaba en escapar de ese lugar.
–No son experimentos, ella sólo tiene que aprender. ¿Te irás sin formular las preguntas? –Dijo el hombre y justo cuando me disponía a salir corriendo me agarró de mi chaqueta, de nuevo volví a sentir ese fuerte escalofrío.
–¿Qué preguntas? ¡Suéltame! –Me soltó lentamente.
–Las que se están formando en tu mente. –Entonces sentí un gran alivio, como si me quitara un peso de encima, esa sensación de presencia amenazante desapareció.
–¿Quiénes sois? ¿De dónde venís? ¿De qué estáis hechos? ¿Cómo...?
Mis preguntas salieron una detrás de otra como si estuviesen deseando ser dichas.
–Esas son demasiadas preguntas para una sola noche, joven. –Dijo negando con la cabeza, mientras tanto, la niña observaba la escena en silencio.
–¿Vivís aquí? –Pregunté ansioso, quería saberlo todo, las preguntas que todo el mundo se ha hecho sobre fantasmas, sobre el más allá, sobre si Dios existe o no, todo esto y más
estaba al alcance de mi mano, sólo tenía que formular las preguntas y ese fantasma me las respondería. Parecía que quería colaborar, estaba dispuesto a responder preguntas que nunca habían sido contestadas con total certeza y veracidad. Yo publicaría esto y todo el mundo sabría la verdad... pero ¿Y si me miente? ¿Por qué me lo contaba a mí y no a otro? No podía fiarme de un espíritu pero mintiese o no, sería un gran adelanto para la ciencia, el mundo tenía derecho a conocer lo que estaba pasando esa noche.
–No, nosotros no tenemos ese concepto, vivimos en todo el mundo, no tenemos un lugar al que acudimos regularmente o todos los días, no necesitamos eso. Aunque es cierto que algunos están atados a ciertos lugares.
–¿Lugares como donde vivieron? o ¿Sus propias tumbas?
–Eso es mi joven amigo, veo que sabes algo de nosotros. –Dijo el hombre complacido.
–¿Cuántos sois?
–Muchos. –Intervino la niña sonriéndome y jugueteando con sus deditos en su pelo. El hombre señaló a algo que había detrás de mí, me di la vuelta y a lo lejos pude ver a otros dos fantasmas que miraban hacia aquí intrigados.
–Vamos, sé que tienes preguntas mucho mejores. –Insistió él.
–Está bien... ¿Existe Dios? –Pregunté por fin.
–Jajajaja, nosotros todavía no le hemos visto. –Rió con una estruenda carcajada.
Entonces se oyó un fuerte grito de terror que sonó en todo el cementerio. Los dos fantasmas que tenía delante señalaron a la vez hacia el enorme panteón.
–¿Qué pasa? –Grité.
–¡Allí! ¡Allí! ¡Necesita ayuda! ¡Rápido!
–Gritaron ellos al unísono.
No pude hacer otra cosa que acudir corriendo en ayuda del que gritaba. Subí los tres escalones del panteón, después de lo que me había pasado me podía encontrar con cualquier cosa. Empujé lentamente las puertas del panteón que para mi sorpresa no estaban cerradas con llave. Temía lo que podría ver allí. Las puertas se abrieron de par en par y pude vislumbrar al fondo una silueta negra agachada sobre otra que estaba tumbada en el suelo. El panteón estaba a oscuras y no podía ver con claridad, me quedé al lado de las puertas, no me atreví a entrar más.
–¿Qué ocurre? ¿Necesita ayuda? –Mi voz retumbó en la estancia.
La silueta se puso en pie y comenzó a correr hacia mí velozmente. Retrocedí sobre mis pasos lo más rápido que pude quedándome a los pies de los escalones, la silueta salió del panteón dándole la luz de las farolas y se abalanzó sobre mí, cerré los ojos y puse las manos delante de mí a modo de defensa. Había llegado demasiado lejos, aquello fuese lo que fuese me atacaría y sería mi final. Se me hizo eterna la espera de lo que fuese que me iba a pasar.
–¡Tú! –Algo me cogió de la mano y tiró de mí– ¡Eres tú! –Abrí los ojos y vi un rostro de piel muy blanca y lisa, tenía la barbilla manchada de sangre y el pelo completamente negro le llegaba por los hombros.
–¿Cómo te has hecho esto? –Al hablar pude verle la dentadura manchada de sangre y unos colmillos afilados más largos de lo normal. Había visto muchas películas y leído muchos
libros como para no saber que era ese ser.
El vampiro me tenía cogido con fuerza por la muñeca, me hacía daño y observaba la palma de mi mano, me miró fijamente con sus ojos fríos de color vainilla, un ser siniestro sin duda.
¿Cómo te lo has hecho? –Insistió, hablaba casi sin mover los labios y no le aparecían arrugas al gesticular las palabras. Su rostro era como una máscara completamente blanca.
–Es... es solo una cicatriz... –Dije por fin, el vampiro representaba un peligro más real que los fantasmas y esta vez no tenía escapatoria, sabía que si echaba a correr me alcanzaría, sólo podía esperar y ver lo que ocurría. Le había descubierto y estaba dispuesto a acabar conmigo, lo que no sabía era por qué no lo había hecho ya.
–No es una simple cicatriz, es la señal. –Me soltó y se sentó pensativo sobre los escalones del panteón. Entonces pude verle bien, era alto, delgado pero no en extremo, vestía de negro y llevaba un abrigo de cuero que le llegaba por las rodillas.
No podía quitar la vista de la sangre que tenía en la barbilla, miré hacia el interior del panteón y la otra silueta seguía tendida en el suelo.
–Oh, no te preocupes por el guarda, ya no sufrirá más. –Me imaginaba que diría algo así, ese hombre estaba muerto y nada se podía hacer por él.
–¿Qué señal? –Me giré un segundo para ver si los fantasmas observaban la escena pero no estaban allí o tal vez no pude verlos.
–Está escrito que el que lleve la señal detendrá la guerra.
–¿Qué guerra?
–Eso ya se te explicará más adelante, cuando estés preparado. Eres el elegido y vendrás conmigo, te llevaré con los demás.
–No, no iré a ningún sitio, no soy el elegido para nada,
¡No soy nadie!, ¡Aléjate de mí!
–De acuerdo, lo haré a mi manera. –Dijo con resignación.
Quise gritar y pedir ayuda pero me quedé perplejo cuando de repente desapareció el vampiro, en un abrir y cerrar de ojos ya no estaba allí. Entonces noté un fuerte golpe en la cabeza y caí desmayado al suelo, poco a poco todo se volvió negro y la oscuridad me invadió. Esto es sólo el principio del fin de una guerra que se lidió en secreto, es el fiel reflejo de lo que me contó mi amigo cuyo nombre no revelaré por su seguridad. Una noche lluviosa, estando en su apartamento le pedí que me contara su experiencia, su vivencia con los fantasmas, a los que visita asiduamente, y aquí la tienen. Quizás algún
día salga a la luz toda la historia completa, lo que han leído es todo lo que necesitan saber de momento. Él me pidió que publicara lo que ocurrió en aquel cementerio y así lo he hecho. Algunas noches mi buen amigo y yo compartimos nuestra pasión por los cementerios y paseamos por ellos.
Tengan cuidado si van por la noche al cementerio de su ciudad, nunca se sabe que les puede pasar. Esto no es una amenaza sino un consejo, mi querido lector. ¿Quién soy yo? Eso ya es otra historia que me gustaría dar a conocer, pero todo debe ir a su momento, por ahora de mí sólo sabrán el nombre con el que firmo este relato. Nos veremos pronto...

Llamada.

La noche del día 27 de junio de 1926. -Aaaannaaa... (Una misteriosa voz, casi un murmuro, despertó a Ana a media noche y le hizo salir de su habitación.)
-Aaaaannnaaa...

Ana había despertado al escuchar una extraña voz que murmuraba lamentosamente su nombre... Salió de su habitación, con una lámpara de gasolina en la mano. Caminaba por los oscuros pasillos del internado, siguiendo esa misteriosa voz. Llegó hasta la cocina del lugar, abrió la puerta trasera y salió...
En medio de la oscuridad de la noche, esa voz tétrica y fantasmal se seguía escuchando. El viento soplaba con furia y golpeaba los enormes árboles y pinos, que provocaban un chillido escalofriante que hacía pensar que hasta el mismo viento estuviese asustado.
Ana siguió caminando en esa oscuridad, el viento no cesaba, siguió hasta llegar al pie de la torre prohibida. Esa torre es un lugar prohibido para las jovencitas del internado, nunca se dijo por que, pero eso no es necesario, son el tipo de cosas que siempre se comentan como una "leyenda urbana" entre alumnos de algún colegio. En esta ocasión, se decía que hacía 3 años, una alumna se había quitado la vida al colgarse en lo alto de la torre, con la soga de la campana atada a su cuello.
La puerta que se suponía estaba sellada, se abrió lentamente ante Ana, y muy temerosa se dispuso a entrar.
-Aaaaaaannnaaaaa...
-¿Q q quién eres? (con voz entrecortada por el miedo, preguntaba Ana)
-Aaaaannaaaa....
Ana, aún con su lámpara de gasolina en la mano, subía las escaleras, guiada por esa escalofriante voz que le llamaba. Llegó a la parte más alta de la torre, donde se encontraba la enorme campana esperada a ser tocada. Ana dirigió su vista por la ventana de la torre, solo podía ver los bruscos movimientos de los árboles, parecía como si quisieran moverse de su lugar y huir. Tocó la soga de la campana con su mano y una ráfaga de viento hizo que su lámpara se apagara. El miedo se apoderó de ella, nuevamente se asomó por la ventana, retrocedió dos pasos, pero los vellos de su piel se erizaron cuando Ana sintió que con su espalda había tocado "algo" !, dio un paso al frente y se giró lentamente hacia atrás subiendo la mirada. Lo que miró Ana era el cuerpo de una joven colgando de la soga de la campana con los ojos abiertos y mirándole fijamente... -Aaaarrgg!-Gritó Ana horrorizada, trató de correr pero una parte del barandal de la escalera se rompió haciendo que Ana cayera 50 metros al vacío. Ana murió.
Días antes... Se encuentra Ana hablando con sus compañeras de habitación en un internado para señoritas ricas, en el cual estudian.
Martha: Ana, sigues escuchando esa voz?
Ana: Así es, hace dos semanas que no dejo de escucharla.
Cristina: Tal vez si fuese cierta la historia de Samanta, la chica que se mató en la
torre.
Martha: No digas estupideces, es solo una leyenda. Además Ana es hija de Federico
Gutiérrez, el dueño del colegio, por lo tanto él lo hubiera dicho, no crees?
Ana: Martha tiene razón, mi padre nunca me ocultaría algo así.
Cristina: Pues yo no sé, según mi hermana Samanta se suicidó el 27 de Junio de hace 3 años. Nosotras aún no llevamos un año en este lugar, pero mi hermana fue compañera de cuarto de Samanta, y ella asegura que es verdad. Además, a mi me asusta, hoy es 24 de Junio, no vaya a ser que en su aniversario decida salir de la tumba y jalarnos los pies jajaja.
Las jóvenes se olvidaron de esa conversación, pero Ana no, ella seguía escuchando esa lamentosa voz que la llamaba, nunca quiso investigar acerca de ella. Una mañana se acercó al jardinero del internado, el cual siempre estaba acompañado de Lobo, su inseparable amigo canino. Mientras Ana acariciaba a Lobo, ya que le encantan los perros, le preguntó a Francisco, el conserje...
-Francisco, tu conociste a Samanta López? La chica que se suicidó en la torre?
-Ana, ese es un tema muy delicado y tú lo sabes – le respondió Francisco- sin embargo, lo único que te puedo decir es que era una buena muchacha, muy tímida, la recuerdo muy bien, sabes?, Lobo nunca la quiso, siempre que ella estaba cerca le ladraba sin parar queriéndola atacar.
Todo marchaba "bien", hasta la noche del día 27 de junio, la noche en que Ana siguió la voz de Samanta hasta lo más alto de la torre, y murió...
La mañana del día 28 de Junio de 1926...
Encontraron a Ana inconsciente en la torre, fue llevada rápidamente a la enfermería del internado, al parecer había muerto, pero al pasar tres horas, Ana se levantó se la cama donde se encontraba tendida. Su mirada era extraña, no hablaba, solo veía. Su mirada se dirigió hacia Bernarda, la autoritaria directora, era una mirada de odio.
Bernarda: Ana, querida, llamé a tu padre y vendrá hoy por la noche, está muy preocupado por ti. Ana sonrió...
Martha y Cristina sacaron a pasear a Ana, pero ella aún seguía sin hablar, se acercaron Francisco, el conserje. Lobo, el perro de Francisco, comenzó a ladrarle ferozmente a Ana, si no estuviera encadenado, tal vez se le hubiera echado encima.
-Que raro, Lobo nunca se había comportado así con usted señorita Ana. –Dijo Francisco-
-Ese perro nunca me ha querido... -Comentó Ana-.
Llegó la noche, Federico llegó al internado a ver a su hija, el y la directora Bernarda la buscaban por todo el internado sin encontrarla. Salieron al jardín, nuevamente la atmósfera del lugar era escalofriante, el viento soplaba fuertemente y sacudía los enormes árboles que lloraban de miedo. Vieron a Ana entrar a la torre, fueron tras ella, también se metieron a ella. La vieron en lo más alto, subieron las escaleras y llegaron frente a Ana. Ana se giró y los miró fijamente, a su mente vieron una serie de rápidos recuerdos.
-Una joven siendo abusada sexualmente por Federico Gutiérrez, Una malvada directora diciéndole mujerzuela, y negando que una persona de intachable reputación como Federico Gutiérrez, hubiera hecho la atrocidad que la joven le decía que había sido victima. Era Samanta, una joven de la cual Federico Gutiérrez abusó sexualmente. Bernarda, la malvada directora, negó todo a cambio de una gran cantidad de dinero.
Y ahora, utilizando el cuerpo de Ana, la única que podía reunir a las dos personas que la orillaron al suicidio y a vivir si descanso aún después de morir, cumpliría su venganza. De entre la oscuridad una parvada de palomas se arrojó sobre Federico, haciéndolo caer por la ventana de la torre, estrellándose contra el suelo, su cabeza recibió tal impacto que los sesos salieron de su cráneo. Bernarda miraba con horror el rostro de Ana que a la vez parecía ser el rostro de Samanta, ante tal asombro, Bernarda solo pudo gritar. La campana de la torre sonó más fuerte que nunca, despertando a profesores y alumnas. Todos salieron y fueron testigos del horripilante baño de sangre, Federico se encontraba muerto, con su craneo destrozado, rápidamente subieron a la torre para ver quien tocaba la campana, quien había cometido tal atrocidad!. Todos entraron y miraron el cuerpo de Ana sobre el suelo, y en lo más alto, colgando de la soga de la campana, el cuerpo sin vida de la directora Bernarda.

Daniela.

No podré olvidarlo nunca. Un día me encontraba en mi cuarto viendo una película, y al rato oigo que tocan la puerta y enseguida voy a ver quien es. Era una niña que me dijo si quería ir a jugar en el río.
Como no vi nada peligroso en ella, me fui a jugar. Jugamos como tres
horas en el río, y recordé que tenía padres y que ¡vendrían en media hora!, así que
tuve que decirle a la niña que jugaríamos mañana que me llamara un poco más temprano
a mi casa para ir a jugar.
Cuando llegaron mis padres le dije a mi mamá que si al día siguiente me dejaría
jugar con una niña que conocí y que me caía muy bien, ella me dijo que si, que esa
zona donde vivimos no es peligrosa que podría salir y jugar muchas horas si quería.
Al día siguiente la niña me volvió a llamar
y fuimos a jugar de nuevo. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba "Sarah
Linda". Estaba muy feliz al principio, pero en unos minutos empezó a llorar y
le pregunté que por qué lloraba y me contestó "Ojala pudiese conseguir amig@s
como tú porque no he tenido ninguno, ¿crees que soy fea o mala?" yo le respondí que
era muy bonita y que no era mala y en ese mismo instante la llamó su madre y le dijo
que regresase que no le había dado permiso para salir. La niña fue a su casa con los
ojos hinchados de tanto llorar y la piel erizada. Cuando regresaba a su casa la vi
por la espalda y tenía una herida profunda y notable en la cabeza me pregunté si se
había golpeado.
Al llegar a casa estaba mamá y le dije que esa niña era muy extraña y le pregunte si
antes la había visto (claro le dije que se llamaba Sarah linda). Ella me dijo que
esa niña no podía llamarse Sarah Linda porque esa niña falleció hace diez años. Le
dije que me contase la historia. Y me contó:
Qué su madre Tatiana se separo de su padre Jesús porque él llegaba muy borracho y la
golpeaba muy fuerte. En ese momento su hija Sarah Linda
tenía 2 añitos.
Pasados 8 años, Tatiana pensó que Jesús había desaparecido. Pero una noche, Jesús
venía a la casa de Tatiana (ebrio) y Sarah como conocía a todos los de allí le abrió
la puerta pensando que era un vecino. Jesús no sabía si era su hija, pensó que era su
hijastra y fue hacia la cocina y le clavó un cuchillo en la cabeza a Sarah, después
salió de la casa y no se supo más nada de él. Tatiana al ver a su hija muerta le dio
un ataque al corazón.
Nunca imaginé que esa niña... ¡fuese una muerta!. Cuando mamá me contó todo, ni se me pasaba por la cabeza volver a jugar con esa niña.
Al día siguiente me volvió a llamar a la puerta, estaba asustada pero estaba con mi madre, era sábado, le abrí y me dijo que se iría a un lugar oscuro y solitario, que
le diese un regalo para acordarse de mí, le di un anillo muy barato que
tenía en la mano. Ella se lo puso y se fue. Esa noche soñé con ella y me dijo que me
quería mucho pero que no me juntara más con ella, era un espíritu en pena que se
cobra volviendo loco a los padres que matan a sus hijas. También al día siguiente la
vi jugar en el río y su madre, de pronto, llegó y la abrazó y desaparecieron.
Hoy en día, es una niña normal, va a hacer amigos llamando a la puerta de las casas
invitándole a jugar al río.
"Si la ves, no la rechaces, necesita un amigo con quien compartir porque
todavía es una niña".

Julieta.


Toda la policía del pueblo estaba reunida en esa casa, nunca se había visto algo igual antes, era una escena horrible. "¿La media noche? No. ¿El infierno? Tampoco. ¿La muerte? Sería la mejor elección. El miedo no me deja pensar, estoy desesperada. Yo sé que no debí hacerlo.
Ahora no me
deja de atormentar.
Creí que era una broma... ¡Maldito sea el día que mencioné esas palabras por primera
vez! Pero la tentación me carcomía... ya no puedo más, lo siento pero no lo
soporto..."
Esto fue lo último que Amelie escribió, estaba escrito con una notable
desesperación, en una hoja de cuaderno que encontraron junto a su cuerpo sin vida.
La nota no fue todo lo que hallaron, en el espejo había una inscripción hecha con
sangre que suponen era la que salía de sus venas cortadas mientras agonizaba:
Julieta, repetida una y otra vez.
La historia comenzó un catorce de Febrero, día de San Valentín, como cada año, una
fiesta en casa de algún compañero de clase y todos estaban invitados. Todos, menos
una, Karen, ella era la típica chica que no le agradaba a nadie, ya saben, botas
militares, vestidos largos negros, maquillaje gótico y todas esas cosas. Todos viven
en un pueblo muy tranquilo, y personas como ella no son bien vistas. Aunque nadie la
invitaba, le gustaba ir a las fiestas a divertirse, aunque tenía una manera muy
peculiar de hacerlo.
Muchos en el pueblo decían que ella y su madre eran brujas, y que habían matado al
padre de Karen, nadie lo creía. Por lo menos, hasta el día de la tragedia.
Ella llegó como siempre a la fiesta, esta vez en casa de José, cuando ya todos
estaban allí y acompañada de una chica extraña que nadie conocía. Pero esta vez fue
diferente, no tomaron ni una sola cerveza, lo cual era muy extraño en ellas. Sólo
llegaron e invitaron a una chica llamada Kristina a unírseles en un "juego". Claro
que Kristina se negó, la reputación de Karen no era lo bastante confiable como para
"jugar" algo con ella. Entonces Esteban, uno de los chicos del equipo de football de
la escuela les pidió que jugaran con él, ellas se miraron, rieron y aceptaron.
Lo llevaron al baño y todos supusieron de que se trataba el juego, aunque la verdad
ninguno tenía idea de lo que se trataba. Aunque se trataba de ellas dos, esas cosas
pasaban en las fiestas así que no le dieron mayor importancia y casi todos habían
olvidado que estaban en el baño, cuando de pronto un grito, no, más bien un alarido,
salió del baño. Todos se alarmaron suponiendo que las dos "brujas" hubieran podido
hacer una locura. Esteban salió corriendo del baño y de la casa. Nadie sabía qué le
pasaba, pero varios fueron al baño y encontraron a Karen y a su amiga con una cara
de asombro viendo hacia el espejo. Había varias velas encendidas en el lugar, pero
nadie imaginaba ni se atrevía a preguntar qué había pasado allí, sin quitar la
expresión de sus rostros Karen y su amiga, de quien por cierto nunca se supo su
nombre, salieron de la casa y se fueron caminando hacia el bosque.
Esto ocurrió un Viernes, el Lunes siguiente todos estaban esperando que Steve les
dijera lo que había ocurrido en casa de José, y él trató de evitar el tema, pero era
imposible quitarse de encima a todas esas miradas inquisidoras de quienes lo habían
visto salir corriendo como si hubiera visto un fantasma. Y eso mismo le dijeron sus
amigos: – ¿Qué demonios ocurrió en ese baño Esteban? ¿Qué te hicieron esas brujas?
Le preguntaron con insistencia – ¿Acaso viste un fantasma?.
– Un fantasma hubiera sido menos que lo que vi - Contestó al fin – Lo que vi en ese
espejo no puede explicarse. – Todos lo miraron con extrañeza, pero sentían una
curiosidad enorme por saber que había hecho correr como niño a un tipo tan grande y
fuerte como Esteban.
– ¿Han oído hablar de Julieta Sangrienta? – Les preguntó a todos con una mirada
perdida en el infinito.
– Yo sé que es Julieta- Contestó uno de tantos que había allí y la atención se
centró en él. – Julieta es un juego del demonio, brujería para algunos. Es simple,
siete velas, un espejo, te miras en él, cierras los ojos, cuentas: Una Julieta, dos
Julietas Sangrientas, tres Julietas Sangrientas, cuatro Julietas Sangrientas, así
hasta llegar a catorce Julietas Sangrientas; luego abres los ojos y Julieta aparece
en el espejo... y trata de matarte, salir del espejo e intercambiar el lugar contigo.
Al menos eso dicen. - Todos rieron y dejaron de prestar atención , continuaron con
su día normal, todos menos una, Amelie, quien preguntó al chico:
- ¿Siete velas?- A lo que él contestó:
-No lo intentes nunca, podrías morir. Amelie sólo sonrió y se alejó.
Pasaron muchos días y el asunto no se volvió a mencionar. Pero no todos lo habían
olvidado...
Amelie no había olvidado las palabras de ese chico, Julieta, la idea revoloteaba en
su morbosa mente, una y otra vez, Julieta, era tentador, una fantasía, un cuento de
hadas. Pero ¿Quién ha dicho que las hadas no existan?. Julieta, Julieta, no había
otra cosa en su mente, así que por fin se decidió...
Esa tarde no fue con sus amigas al cine, como solía hacerlo las tardes de los
viernes, fue rápido a su casa. Por suerte para ella, sus padres no se encontraban en
casa, aunque después ella hubiera dado todo porque no hubiera sido así.
Se dispuso a hacerlo, encendió las velas, y al encender cada una, contenía la
respiración, cada vez era más lenta al encenderlas, como si un pequeño rasgo de
arrepentimiento se le saliera del corazón, pero justo cuando estaba a punto de
desertar del juego, escuchaba una voz en su cabeza. – Julieta! – Era una voz
extraña, un tono fuerte, casi como si fuera una orden, pero irresistible, la voz de
repente parecía seducirla y Amelie volvía en sí misma, continuando con la siguiente
vela. Cuando por fin encendió la séptima vela, esperó un poco, algo la detenía o la
intentaba detener, su sentido común tal vez, pero lo ignoró, esa voz extraña fue más
fuerte que la suya misma.
Se miró al espejo, fijamente a los ojos, no se reconocía, era otra mirada, en ese
momento dudó más que en ningún otro, pero la voz se hacía más fuerte:
- Julieta! Julieta! Julieta!
Sin saber por qué, cerró los ojos, los apretó, sus puños se apretaron, estaba en el
momento más tenso de toda su vida. De pronto le empezaron a salir las palabras de la
boca: Una Julieta!- Había roto el silencio. –Dos Julietas Sangrientas! Las manos le
comenzaban a sudar –Tres Julietas Sangrientas! Cuatro Julietas Sangrientas! Cinco
Julietas Sangrientas! Ya no podía dar marcha atrás –Seis Julietas Sangrientas! Siete
Julietas Sangrientas! Ocho Julietas Sangrientas! Estaba aterrorizada. –Nueve
Julietas Sangrientas! Diez Julietas Sangrientas! Once Julietas Sangrientas! Doce
Julietas Sangrientas! Trece Julietas Sangrientas! – Se detuvo, respiró y lentamente
y con toda la fuerza que le quedaba... – ¡¡¡Catorce Julietas Sangrientas!!! - Lo había
hecho, pero aún podía arrepentirse, aún podía mirar hacía otro lado en lugar del
espejo... Pero algo dentro de sí misma la obligó a abrir los ojos en ese instante... No
lo podía creer, miró al espejo, tenía la vista borrosa por haber cerrado tan fuerte
los ojos, pero estaba allí esa silueta definitivamente no era la última que había
visto antes de cerrar los ojos, cuando su vista se aclaró, trató de lanzar el más
poderoso de los gritos, pero no pudo. Ella estaba ahí, no lo podía creer, era
Julieta. Su corazón pareció detenerse, al igual que el tiempo, intentaba dejar de
mirar al espejo, pero no podía algo se resistía a que lo hiciera, ese rostro la
enloquecía, era horrible, lo más horrible que podía existir. En los ojos se veía el
mismo infierno en sus labios el sufrimiento, la única palabra que se le ocurría a
Amelie era Miedo, no podía pensar, no podía moverse, sólo mirar a esa mujer en el
espejo, hasta que desmayó, de miedo, de desesperación o por obra de Julieta, no lo
sé, sólo se desmayó...
Cuando despertó, estaba recostada en su cama, era sábado por la mañana, todo parecía
estar tranquilo, su padre entró en la habitación, la despertó con un beso en la
mejilla, como lo hacía todos los días, ella se sintió tranquila. Pero algo así no se
olvida, sin embargo lo vio como una pesadilla, un sueño malo. Así que salió de su
habitación, saludó a su madre con un fuerte abrazo, estaba feliz, fue de nuevo a su
cuarto, miró por la ventana, respiró el aire fresco de la mañana.
Después de contemplar la belleza del lugar donde vivía, fue hacia el baño, pero de
pronto todo se volvió negro, cuando miró al espejo, ella estaba ahí. El bello rostro
de Amelie se había convertido en esa horrenda imagen, era Julieta de nuevo. Amelie
se metió a la regadera y abrió la llave del agua fría, comenzó a llorar. No había
sido una pesadilla. Salió del baño hacia su cuarto, se puso lo primero que encontró,
tomó una liga para el cabello, trataba de actuar como si nada hubiera pasado, pero
estaba temblando.
Levantó la mirada para verse en el espejo, necesitaba verse de nuevo, pero cada vez
que intentaba ver su reflejo veía a Julieta, no lo podía evitar.
Salió de su casa, sus padres no sabían a dónde se dirigía, la notaban extraña, pero
confiaban en ella. Amelie no podía hacer otra cosa que ir con la única persona que
sabría qué hacer, Karen. Así que eso hizo, fue directo a donde vivían Karen y su
madre. El trayecto fue traumático, en cada lugar en que veía su reflejo, estaba
Julieta. Por fin llegó a casa de Karen, y la encontró.
Le pidió, le suplicó que la ayudara. A pesar de no interesarle, Karen le preguntó
que había pasado. Y escuchó lo que Amelie tenía que contarle. Cuando Amelie terminó
de hablar, Karen sólo comenzó a reír, y dijo a una casi desesperada Amelie:
- Jugaste con algo que no podías controlar, no puedo hacer nada por ti. -Karen entró
a su casa de nuevo, Amelie suplicaba, pero Karen no la ayudaría, no podía hacerlo,
nadie podía.
Amelie se apresuró a regresar a su casa y cuando llegó subió a su cuarto y no salió
hasta el día siguiente. De nuevo su padre la despertó, pero ésta vez ella sabía que
Julieta no estaba sólo en sus pesadillas.
Cuando bajó, sus padres notaron que no estaba maquillada, eso era extraño, pero no
le dieron importancia. Desayunó como siempre, muy ligero, y dejó la casa para
dirigirse a la escuela. Si hubiera sabido que esa sería la última vez que vería a
sus padres...
Llegó a la escuela, se cuidó de no mirar a los espejos, pero era imposible, siempre
había algo en que reflejarse. No quiso decirles nada a sus amigas, porque creerían
que había enloquecido, pero no estarían tan lejos de la realidad. Amelie cada vez se
sentía más y más atrapada, no podía controlarlo más.
Decidió enfrentarlo una vez más, reunió todo el valor que puede tener una joven de
su edad, y se dirigió al baño de la escuela. Allí cerró los ojos con fuerza, y
cuando estuvo frente al espejo los abrió. Esta vez la imagen había cambiado, aún era
Julieta, pero ya no estaba quieta como fotografía, extendía sus brazos hacia Amelie,
como si intentara tomarla de los hombros. La impresión casi desmaya a Amelie, pero
lo soportó y volvió a mirar al espejo, la imagen de Julieta se acercaba cada vez más
rápido.
- ¡Aléjate!
Después de ese grito, reinó un silencio sepulcral, unos segundos después en los
pasillos todos escucharon cómo se rompía el espejo. Varios corrieron a ver qué había
sucedido, pero Amelie salió del baño corriendo antes de que el primero llegara a ver
qué pasaba.
Amelie corrió hacia su casa, no había nadie, su padre trabajaba, su madre había
salido. Amelie subió corriendo, entró al baño y miró al espejo...
Julieta ya no estaba más ahí, respiró con tranquilidad como hace mucho que no la
hacía. No lo podía creer, la solución había sido muy fácil: Romper el espejo en que
Julieta estaba...
Pero ese era un error muy grave, cuando se volteó para caminar hacia su cuarto, vio
algo más impactante que el reflejo de Julieta, era Julieta, pero no un reflejo, era
ella en persona. Era aún más aterradora que en el espejo: Los ojos en blanco, se
veía como una anciana, Amelie quiso mirarle los pies, pero Julieta flotaba y no
parecía tener pies.
Amelie corrió hacía su cuarto y se encerró, miró el espejo, y no lo podía creer, era
ella reflejada, pero no como se conocía tenía los ojos en blanco y vestía de negro.
No entendía lo que pasaba...
Tomó un cuaderno, arrancó la primer hoja y comenzó a escribir:
"¿La media noche? No. ¿El infierno? Tampoco. ¿La muerte? Sería la mejor elección. El
miedo no me deja pensar, estoy desesperada. Yo sé que no debí hacerlo. Ahora no me
deja de atormentar.
Creí que era una broma... ¡Maldito sea el día que mencioné esas palabras por primera
vez! Pero la tentación me carcomía... ya no puedo más, lo siento pero no lo
soporto..."
Después de eso, tomó un abre-cartas que tenía en el tocador y tomó la que le pareció
era la única salida. Las cortadas que había hecho en sus muñecas sangraban mucho,
pronto se desmayó y murió...
Julieta seguía ahí, entró al cuarto de Amelie y no se resistió, no sabía si estaba
viva, la tocó y se aseguró de que su corazón no latiera más.
No pudo evitar mirarse al espejo, lo hizo y con la sangre de Amelie, comenzó a
escribir el nombre con el que la habían llamado siempre, Julieta una y otra vez...
Ahora podía caminar, no flotaba más...
Pasaron muchas horas antes de que la madre de Amelie descubriera el cuerpo de su
hija, pero cuando lo hizo no pudo creerlo, su hija estaba ahí fría y pálida, la
sangre estaba por todo el piso. Después de unos minutos, la policía comenzó a
llegar...
Unas semanas después de la muerte de Amelie, todos aún estaban de luto.
Despues de un tiempo de haber investigado de donde provenia julieta, la historia se
logró conseguir:
Hace un tiempo una mujer que vivía con su hija tenía un pacto con el diablo ya que
su esposo las abandonó y con tanta furia en su corazón se fue directamente al
demonio, su hija, julieta, pagó el precio por lo que su madre hizo, un día en su
habitación Julieta estaba peinándose en el baño y de repente un demonio se apareció
frente a ella y le dijo "soy un enviado del sufrimiento y tú serás la que pague por
lo que tu madre ha hecho\", Julieta muy desconcertada miró al espejo y se veía sana
pero cuando se vio a ella misma sin necesidad del espejo se dio cuenta que estaba
bañada en sangre con sus extremidades desfiguradas y completamente quemada por
alguna clase de incendio. La Julieta que estaba en el espejo empezó a moverse y
atravesando el espejo avento a julieta real adentro de ahi, y la julieta que estaba
afuera se estranguló el cuello y murió sin dejar rastro de la verdadera julieta,
ahora la julieta de la que se habla en esta historia permanece haciéndole lo mismo a
todas las personas que realizan su ritual, y aún tiene ese odio en el corazón hacia
su madre, ya que por ella a Julieta le pasó eso.

Suspiro definitivo.

Era domingo y me encontraba solo en mi casa, ya que mis padres se fueron a comer a Hoyo de Manzanares,un pueblo de la sierra, yo me quedé en casa para estudiar. Me dispuse a hacerme la comida, cuando de pronto, se encendió la televisión sola.
Me tranquilicé diciéndome que habría sido yo mismo sin querer, aunque sabía que me mentía. Me fui a la cocina y saqué la sartén. En ese momento vi por el rabillo del ojo que pasaba una silueta por la puerta y acto seguido se oyó un portazo que parecía provenir del cuarto de baño. Asustado, me dirigí a mi cuarto a buscar algún objeto de defensa para sentirme más seguro.
Llegué a mi cuarto y cogí una de mis navajas mariposa(tengo una colección de navajas de todo tipo, de la que me siento orgulloso)y me armé de valor para ir al cuarto de baño y ver qué pasaba. Abrí la puerta y vi algo que me aterrorizó de tal manera que salí al portal corriendo. Cuando llegué al portal, recordé que había visto.
Lo que vi fue una chica de unos 16 años, pelirroja, con el pelo mojado y unos ojos rejos brillantes como el fuego. El cuerpo lo tenía cubierto de suciedad y la piel blanca como si se hubiese podrido en un estanque.
Cuando pensé un rato en ello, se me ocurrió volver a casa a por el móvil y las llaves, así llamaría a mis padres, ellos sabrían qué hacer. Cuando subí a mi casa y entré (me dejé la puerta abierta)y busqué el móvil procurando no mirar hacia el baño. Por fin, lo encontré y me salí al pasillo a llamar a mis padres pero la puerta se había cerrado y en ella, había una nota escrita con sangre que decí a: SI NO LLEGAS A LA PUERTA DE LA CALLE, NO SABRAN MAS DE TI. Corrí hacia la puerta sin mirar a atrás...
La gente me sigue buscando, pensando que me he escapado pero donde me encontrarás es en la ducha. De hoy a 4 días apareceré y te contaré qué pasó conmigo. Cada día te contaré un poco de mi relato pero el último día te haré mi compañero durante toda la eternidad como me hicieron a mi. Hasta luego...

Niña sin rostro.

Era la tarde de Navidad y toda mi familia se reunía a pasar la navidad en mi casa. Me encanta la navidad, son los mejores momentos de mi vida, pues venían mis primos, tías tíos, etc. Mi madre me llamó desde el fondo de la casa y me dijo: por favor ármate el árbol, estoy muy cansada y yo con mucho gusto armé el árbol. Cuando estaba armando vi que el árbol parecía caerse sobre mi, no hice nada y me fui corriendo antes de que me cayera el árbol de tres metros de nuestro jardín, saqué la cabeza y vi a una pequeña niña muy simpática.

Al principio, pensaba que era una de mis primitas porque son muchas las que tengo. La cogí de la mano y estaba helada, muy helada, la chiquita me fijaba la mirada y no hablaba, así que la llevé a mi madre, cuando llegué, ya no estaba, como se podría haber escapado si yo la sentía y agarraba de mi mano???. Inexplicable me olvidé de ella cuando vinieron mis tíos, me di cuenta que la chiquita no era ninguna de las que había llegado a mi casa, pensé que era un alma perdida.
Pero, esperen qué es eso? Es la chiquilla que se me acercaba y me agarraba de la mano, di un gran salto y caí en el pavo, mi madre se molestó mucho conmigo así que me mandó a mi cuarto y allí la niña me esperaba. Estuvimos horas y horas hablando, pasamos la navidad juntos, la verdad es que es especial, muy pronto les contaré su tragedia...les aseguró que no les voy a defraudar, esto es lo más grande que me ha pasado nunca y doy por seguro que no tendré la oportunidad de vivir algo tan increíble en mi vida. Es impensable, interesante, emocionante e inexplicable cómo transcurre la vida de los fantasmas. En estos momentos me dice lo siguiente:
Me gusta conversar con los humanos aunque no tenga rostro" Roxana.

La casa 666. M.


La historia que empiezo a escribir es totalmente real. Todo empieza una navidad, mi amiga Patho nos invitó a todos los amigos a su nueva casa para la fiesta que suele hacer cada año.

Esta casa era muy antigua y según Patho su familia era consciente de que bajo ésta había antes un cementerio. Nosotros no tomamos importancia a ese comentario así que fuimos, sin más.
Pero al llegar si sentimos escalofríos, la casa evidentemente, era bastante antigua de un estilo gótico, tenía un gran jardín a la entrada cubierto por hojas secas que caían de un gran árbol.
Todo lo podía ver desde sus rejas oxidadas, sin timbre, intenté hacerme escuchar tocando en el portón. Al llamar tres veces mi amiga Lilo vio que alguien como una ama de llaves se asomó a una de las ventanas, en ese mismo instante salió Patho para abrirnos el gran portón. Una vez hicimos todo el rito del saludo desde el beso hasta el abrazo, patho nos invitó a pasar, en ese momento a todos nos dio cierto escalofrío, en su casa no había luz eléctrica, así que Patho nos dio un vela a cada uno. Patho nos llevo a una gran estancia. En uno de los rincones había un piano de cola antiguo pero muy bien conservado. La habitación tenía unas grandes ventanas que iluminaban mucho la habitación y que dejaban ver el atardecer.
Nos dijo:
- tomen asiento¡ ¿gustan algo de tomar?.
- No muchas gracias.
Entonces mi amiga Lilo le hizo el siguiente comentario:
- Hayyy Patho, quien te ha visto y quien te ve.
Extrañada, contestó.
- ¿Porqué?.
- No te hagas la tonta, hasta tienes ama de llaves. Dijo Lilo...
- Yo no tengo ama de llaves.
Con la cara de extrañeza que puso Phato, todos nos quedamos atónitos. No había tal ama de llaves...
Para romper el inquietante momento, Dario preguntó:
- Bueno, a que hora empezará la fiesta, en ese momento Patho se levantó y mientras se alejaba de nosotros, gira su rostro hacía la mesa y soltó una risa escalofriante:
- Cuando lleguen todos. Contestó Phaton mientras se alejaba más y más entre la oscuridad.
- Sonia???. Preguntó mi amiga Sonia, realmente espantada.
Todo ocurría mientras todos podíamos ver como el sol se ocultaba y sentíamos como la casa se llenaba de silencio y oscuridad. Era el momento ideal para prender las velas que nos dieron al entrar en la casa sino queríamos quedarnos totalmente a oscuras en ésta tétrica casa.
Inquietos y después de un rato, todos decidimos ir a buscar a Phato para ver donde estaba. Nos dirigimos a la entrada de la casa y ahí había una escalera. Decidimos subir, pero en ese preciso instante Dairen gritó muy asustado:
- Suéltame!!!.
Todos nos giramos para ver quien era el que le estaba agarrándolo, pero para nuestra sorpresa, ahí no había nadie.
Dairen juró y perjuró que una mano muy fría lo había agarrado por el hombro, eso fue bastante para hacernos retroceder de nuevo hasta la estancia apresuradamente. Al acomodarnos nuevamente, Phato llegó algo alterada y preguntó:
- ¿A que vienen esos gritos?, ¿No estarán asustados?.
Dijo Phaton algo cínica. Dairon se alteró un poco cuando le echó en cara el tipo de fiesta que estaba celebrando, pero el diálogo se interrumpió al sonar un gran reloj de pared, eran las doce...
- Es la hora. ¡¡Síganme!!.
Todos nos miramos extrañados.
- ¿Es hora de que?, ¿Qué tipo de fiesta es esta?, ¿Qué le pasa?.
En fin, seguimos a Phato hasta la parte trasera de la casa, allí nos enseñó varias tumbas.
- ¿Qué es esto?.
Le pregunté con mucho miedo.
- Hoy es el día.
Me contestó mientras escarbaba una de las tumbas. Su lápida estaba bastante borrosa pero al acercarme pude ver que decía:
Yace aquí el cuerpo de Patricia Guerrero Ayala, descanse en paz, (1989-2003).
Me quedé muy pálida y realmente muy asustada, mis amigos me hablaban pero los escuchaba a lo lejos, estaba como ausente, de pronto al reaccionar me vi en un hospital y la voz que estaba escuchando no era de mis amigos, era de un doctor que le decía a las enfermeras algo sobre seis jóvenes muertas en extrañas circunstancias. Pero una imagen hizo que dejara de escuchar esas voces, pronto pude reconocer mi cuerpo tendido sobre esa cama, era horrible tenía la cara demacrada, mi color de piel era azul, mi cabello estaba como quemado, mis ojos saltados y mis intestinos sacados de forma brutal.
Caminé rápidamente ( si se puede decir que caminaba, porque no tenía ni idea que pasaba conmigo) y busqué donde podrían estar los cuerpos de mis amigas, llegué a la morgue y vi cuatro cuerpos cubiertos por una sábana blanca, fui destapándolos uno por uno, el primer cuerpo era Sonia, fue hecha pedazos, el segundo fue de Dairen, su cuerpo tenia balazos, el tercer cuerpo pertenecía a Jacqueline, éste tenía perforaciones, parecían provocados por un cuchillo. El cuarto cuerpo era de Dario, su cuerpo; lo partieron en dos. Pero faltaba el de mi amiga Lilo, en ese momento entraron los enfermeros, transportaban un nuevo cuerpo e hicieron unos comentarios:
- Pobres chavos, mira como terminaron...
- Y ni siquiera sabemos que hacían en esa casa abandonada...
- Se supone que hay seis muertos pero sólo hay cinco cuerpos o lo que queda de ellos...
- ¿Sabes?, los encontramos en una antigua casa, estaba toda quemada y si te fijas todos ellos tienen grabado el número 666...
- Sí, antiguamente allí había un cementerio donde enterraban a los dementes y cosas así que morían en el psiquiátrico.
Asombrada por todo lo escuchado, aún tuve valor para descubrir el cuerpo, era el mío, lo observe y en mi frente pude ver el número 666, curiosamente el número de la casa de Phato.
No recordamos lo que pasó, digo recordamos porque ahora estamos en el cementerio juntos, y después de nuestra experiencia, deciros que no es tan malo ser un muerto, claro, si te acostumbras a la oscuridad, la soledad y el frio...

El páramo.

La oscuridad de la noche parecía engullirlo todo. La luna apenas se dejaba ver tapada por las negras nubes que cubrían el cielo. El viento ululaba entre las ramas desnudas de los escasos árboles de retorcidos troncos; éstos eran la única vegetación que subsistía en ese paraje. El paisaje era ciertamente desolador, ya que únicamente se veían bloques de rocas peladas, sin vestigio de vida animal.
Una
atmósfera opresiva llenaba los pulmones de David de un aire viciado que le hacía
difícil la respiración. De pronto, un aullido salido de los más recónditos rincones
del más allá, hizo que su corazón diera un vuelco y pensó qué diantre hacía él en
ese lugar en medio de ninguna parte, en vez de estar cómodamente sentado en el salón
de su casa.
La respuesta le vino a la mente como un relámpago: durante una noche de juerga con
los amigos, alguien propuso una apuesta, un desafío, que entonces parecía una
tontería. El juego consistía en ver cual de ellos era capaz de pasar tres noches en
este sitio inhóspito donde nadie se atrevía a permanecer una vez se iba el sol.
David fue el primer en aceptar el reto; aseguró a sus amigos que pasaría no tres,
sino cinco noches en el páramo.
Y ahí estaba, afrontando la primera de ellas. Cuando sonó un espeluznante bramido,
David dio un salto hacia atrás y empezó a maldecir su bravuconada con los amigos.
Aquel sitio empezaba a alterar sus nervios bien templados de montañero
experimentado. Había pasado mucho tiempo en lugares solitarios y extraños, pero
ninguno como aquél.
Del suelo emanaba un vapor maligno que envolvía todo el paisaje, dándole un aspecto
tenebroso y lleno de sombras oscilantes que llenaban la mente de David de miedos
infantiles. El aire se enrarecía, volviéndose insano, con una mezcla de gases y
azufre que oprimía sus pulmones y nublaba su razón. El viento no dejaba de silbar y
extrañas siluetas parecían correr de acá para allá, haciendo que el joven empezase a
temblar.
De golpe los gritos y aullidos se multiplicaron, como si jaurías de seres
endemoniados surgidos de la peor de las pesadillas quisieran acabar con el juicio de
David; el joven sentía que empezaba a perder el control de sus pensamientos y un
terror indescriptible se iba apoderando de todo su ser, mientras el páramo parecía
una orgía delirante de sonidos y sombras procedentes de otros mundos. Su cabeza
estaba a punto de estallar y sus ojos querían salirse de las órbitas.
Antes de que pudiera reaccionar, la locura se había apoderado de sus sentidos y una
mirada febril apareció en su rostro. El cabello, que antes era espeso y negro como
el azabache, se había vuelto blanco y muy ralo. Su cuerpo se estremecía con unos
espasmos tales que parecía que los huesos se iban a salir del cuerpo.
Así continuó toda la noche, envuelto en esa vorágine de terror y locura hasta que su
mente no pudo resistir tanta tensión y acabó rodando entre las desnudas rocas.
Cuando, al fin, la noche se desvaneció, dejando espacio a los rayos del sol, el
páramo apareció envuelto en una neblina extraña que parecía surgir de las peñas
donde había caído el joven. Ningún sonido se dejaba oír, con la única excepción de
un débil y lejano lamento de origen incierto.
Durante varios días sus amigos buscaron el rastro de David sin éxito. Desde
entonces, nunca se han vuelto a tener noticias de su paradero. Sin embargo, los
osados que se han atrevido a internarse por estos parajes comentan en voz baja, que
cuando se acerca la noche se deja entrever una figura con apariencia humana que
trepa por el roquedo, susurrando palabras en una extraña e ininteligible lengua, y
alguno ha creído identificarlo con el que un día fuera un joven apuesto y sano
llamado David.

Encerrada.

Sheila era una niña nueva en el colegio que desgraciadamente no conseguía hacer amigos. Una tarde Sheila tuvo una fuerte discusión con sus amigas, la pobre estaba desolada por aquello que había ocurrido y se fue al baño a llorar.
Pasó un rato y cuando se dio cuenta ya eran las seis de la tarde y el conserje ya
había cerrado todas las salidas posibles.
A Sheila no le asustaba estar sola en el colegio sino lo que allí le podía ocurrir,
y es que se acordó de la historia que le habían contado sus "amigas" en la
noche de las hogueras de San Juan.
En ese momento oyó unos pasos acompañados de un grito.
La niña decidió salir del baño rápidamente.
Encontró manchas de sangre por el pasillo y las taquillas abiertas.
Entonces, oyó una voz que le decía:
soy la última niña que se quedó encerrada en este colegio y tu destino será el mismo
que el mío, la muerte.
El móvil de Sheila sonó, al responder, calló muerta al suelo y un hilo de
sangre salió de su oído.
Esto pasó hace 3 años en el colegio Santa Magdalena Sofía, Zaragoza(Valdefierro).
Desde entonces, Nayara, Claudia, Sandra, Nerea y yo: Lucía, no podemos dormir con la luz
Apagada. Somos culpables de tu muerte. Lo sentimos.

El chico mentiroso.

Una tarde, sobre las seis y media, nos reuníamos como de costumbre en los bancos del barrio. Todas las tardes hablábamos de algún tema que nos hubiese ocurrido o alguna anécdota. Escrig se disponía a contar una de su sarta de mentiras, pero no se percató de que tocó un tema poco habitual.

Contaba historias que a él le habían ocurrido, poco creíbles, pero inciertas hasta ese
momento. Su historia trataba de visiones y ruidos que le habían ido sucediendo a lo largo de su vida. Como antes dije, inciertas pero cuando llegó ese momento de incertidumbre, en su casa comenzaron a oírse dichos ruidos y a visualizarse tales espejismos. No dormía, no hablaba pero nosotros seguíamos creyendo que era una simple mentira.
Una tarde se me apareció en mi casa, con toda la ropa mojada y rajada, no daba crédito a lo que estaba viendo y de inmediato avisé a mi madre. Cuando llegamos a la puerta, no había nadie. No le di importancia a este hecho, pensaba que era una simple broma pero resultó que al día siguiente había parecido en dicho río (Albacete).
Si un amigo os pide ayuda o cuentas cosas, creerles porque él se suicidó, si le hubiéramos creído, nada de esto hubiera pasado. Algunas noches oigo pasos por mi casa como si el que andara tuviese las zapatillas inundadas de agua.

In this moment Into the light


Sol de Enero.

Sol de Enero y un cielo transparente
en su cuerpo hay melancolía y tal vez un poco de deseo
su corazón se volvió duro y no resguarda su alma
cientos de lágrimas han manchado sus ojos azules…

La desdicha del tiempo y quizás la ternura
aún a veces, sus sueños suelen volverse amargos
sin embargo cuando despierta, se enamora de la luz del día
y espera que las nubes cambien y el cielo ya no sea el mismo…

En su pecho, un doliente corazón palpita
sus cabellos se mueven con el viento, bajo el sol del Enero
las lágrimas a veces, ponen todos los recuerdos juntos
por eso ya no cuida y cree no necesitar su alma
el frío de la ausencia ha hecho que su boca se vuelva la morada
de besos que solamente duran una sola primavera.




Sol de Enero.
Sueño sangriento.

Todos los derechos reservados.

©2008

Def Leppard Long, long way to go


Sangrienta flor nocturna.

El dolor dejó sus huellas, como un rastro de fuego
masacrando su débil cuerpo
en su boca roja encontré rastros del amor, escondiéndose
en la noche aguardaba las estrellas… somnolienta…

Yo escuché su nombre, un minuto de crepúsculos
por su agrio perfume, supe que ella era inmensamente triste
que en épocas lejanas, su corazón cantó alegremente
pero hoy lamentaba el adiós, un momento esquivo y fatal…

Ella huyó de la ciudad de la cual estaba enamorada
en el otro lado del mundo, sólo encontró sueño y silencio
el mar ya no es azul y se asemeja a la tristeza
la muerte cruza como el viento, por sus cabellos inmóviles…

El amor de sus labios está muriendo
su boca roja, besará ahora sombras y largas horas de olvido
y quizás sólo encuentre maldad en el agua…
Sus manos hoy parecen estar temblando
ella aún vuela, en medio de remotas estrellas fugaces…
Y es cierto, sólo hay sangre en su hermosa boca…
Y este mundo no conocerá más de alegrías
mira hacia la noche y sus ojos se tornarán rojos
herida por el dolor, aún así desborda ternura
su cuerpo de marfil se ha puesto mucho más frío
en medio del odio, el cielo desciende en ella… sangrienta flor nocturna.




Sangrienta flor nocturna.
Sueño sangriento.

Todos los derechos reservados.

©2008