sábado, 1 de febrero de 2014

Ruiseñores. Robert Bridges (1844-1930)

    Bellas deben ser las montañas de las que vienes
    Y luminosos los arroyos de esos fructíferos valles,
    Aprendo tu canción:
    ¿Dónde están esos bosques estrellados? Puede que yo vague por allí,
    Entre esas flores de aire celestial
    Que florecen todo el año.
    No, se han consumido esas montañas y se han secado los arroyos:
    Nuestra canción es sólo la voz de un deseo que frecuenta nuestros sueños,
    Un trozo del corazón,
    De quien afligiéndose las visiones, oscuras esperanzas prohíben sueños profundos,
    Ninguna cadencia agonizante, ningún suspiro largo puede permanecer
    Para todo nuestro ser.
    Solos, resonando los oídos de arrebatados hombres,
    Vertemos nuestro secreto nocturno y oscuro; y entonces,
    Cuando la noche se retira
    De estos dulces licores saltando y estallando ramas de mayo,
    Sueña, mientras el inabarcable coro del día
    Da la bienvenida al alba.

Qué dulce parecía el amor esa mañana de Abril. Robert Bridges (1844-1930)

    Qué dulce parecía el amor esa mañana de abril,
    Cuando por primera vez nos besamos junto al espino.
    Tan extrañamente dulce, que no fue extraño
    Pensar que el amor nunca cambiaría.
    Pero he de decir – la verdad sea dicha –
    Que el amor cambiará con el tiempo;
    Aunque día a día no pueda verse,
    Tan delicados son sus movimientos.
    Y al final vendrá a ocurrir
    Que olvidaremos casi lo que una vez fue;
    Ni siquiera en la fantasía recordaremos
    El placer que había en todo.
    Su pequeña primavera, que dulce encontramos,
    En las inundaciones de verano, profunda, se ahoga.
    Me pregunto, bañado en completo gozo,
    Cómo un amor tan joven pudo ser tan dulce.

Mi deleite, tu deleite. Robert Bridges (1844-1930)

    Mi deleite y tu deleite
    Caminando, como dos ángeles blancos,
    En los jardines de la noche.
    Mi deseo y tu deseo
    Danzando en una lengua de fuego,
    Brincando viven y riendo crecen,
    A través de la disputa eterna
    En el misterio de vida.
    El amor, desde el cual surgió el mundo,
    Guarda el secreto del Sol.
    El amor puede decir y amar exclusivamente
    Donde, entre millones de estrellas,
    Cada átomo se sabe a sí mismo;
    Cómo, a pesar de las penas y la muerte,
    La vida es alegre y dulce es la respiración.
    Esto que él nos enseñó, esto que nosotros supimos
    Cierto, en su ciencia verdadero,
    Mano sobre mano, como estábamos
    Entre las sombras del bosque,
    Corazón con corazón, como nosotros nos poníamos
    En el alba del día.

La tarde va oscureciendo. Robert Bridges (1844-1930)

    La tarde va oscureciendo
    Después de este día tan luminoso,
    Olas bravías descubren
    Que salvaje será la noche.
    Suena a lo lejos un profundo trueno.
    Las últimas gaviotas cubren el horizonte
    A lo largo de la pura altura del precipicio;
    Como vagos recuerdos en la memoria,
    Los últimos estremecimientos de deleite,
    Las alas blancas ya perdieron su blancura.
    No queda una sola nave a la vista;
    Y, cuando el sol se va ocultando,
    Las espesas nubes conspiran para cubrir
    A la Luna, que debe subir más allá.
    Únicamente vida, anhelada amante.

He amado flores que se marchitaron. Robert Bridges (1844-1930)

    He amado flores que se marchitaron,
    Dentro de cuyos mágicos pétalos
    Ricos colores se mezclan
    Con olores de dulces esencias:
    El deleite de la luna de miel,
    La alegría de un amor a primera vista,
    Sensaciones que envejecen en una hora
    ¡Mi poema es como esa flor!
    He amado aires que mueren
    Antes de que su encanto haya sido escrito
    A lo largo de un cielo líquido
    Que tiembla para recibirles.
    Notas que, con el pulso de fuego,
    Proclaman el deseo del espíritu,
    Y entonces mueren, y se van a ninguna parte
    ¡Mi poema es como ese aire!
    Muere, poema, muere como una exhalación,
    Y marchita como una flor;
    No temas una muerte florida,
    ¡No temas una tumba de aire!
    ¡Vuela con deleite, vuela!
    Es este el sentido de tu amor.
    Para festejarlo, ahora en tu féretro
    La Belleza verterá una lágrima.

Barómetro bajo. Robert Bridges (1844-1930)

    Vientos del Sur fortalecen el vendaval,
    Las nubes vuelan veloces atravesando la Luna,
    La casa es golpeada con violencia,
    Y la chimenea se estremece en la explosión.
    En esta noche, cuando el aire ha desatado
    Su abrazo guardián en sangre y mente,
    Viejos temores de Dios o de fantasmas
    Se arrastran de nuevo desde sus cuevas a la vida.
    Y la vaga razón que todavía queda
    Una casa frecuentada, arrendatarios desconocidos
    Afirman su escuálido arriendo de pecado
    Con un título más temprano que el propio.
    Presencias incorpóreas, condensadas,
    La polución y remordimiento del Tiempo
    Resbalaron entre olvidos
    Los horrores de crímenes pasados.
    Algunos sofocarían la angustia con una oración
    De quien los ciegos pasos forran el suelo,
    De quien las montañas traspasan ilegales barreras
    O estallan una prohibida puerta cerrada con llave.
    Algunos han visto los cadáveres anhelando descanso eterno,
    Escapando de un santificante control
    Forman un pálido conjunto, nunca escuchado
    Es el chillar de almas en pena.
    Así vagan hasta cruzar el alba
    Con dolorosa oscuridad o desde la profunda herida de la Tierra,
    Más cerca cada vez de la tormenta protectora, y empujando
    Esos fantasmas malsanos bajo tierra.

Amo las cosas bellas. Robert Bridges (1840-1930)

    Amo las cosas bellas,
    Las busco y las adoro;
    Son la mejor alabanza para Dios,
    Y para el hombre de estos apresurados días
    Son el mayor honor.
    También yo haré algo
    Y disfrutaré de ellas mientras tanto,
    Aunque mañana parezcan ser tan solo
    Como palabras de un sueño
    Débilmente recordado al despertar.

Vacilación. Alain Bosquet (1919-1998)

Preséntame a la desconocida
Que tú te vuelves al momento
En que el poema se insinúa
Como un insecto entre tus dedos,
Y, al repartirte con los lobos,
Vuelve golondrinas tus senos.
¿Eres mía, mujer rebelde,
Que transformada en piedra veo?
Mírame ahora, soy tu amo
Y el infinito aquí te enseño:
A cada paso que avanzamos
Hay que renacer ante el verbo
Que une obediencia y aventura.
Reconstruyo tu brazo nuevo
Y reconstruyo tu figura,
Mas nos lleva este movimiento
Hasta el fondo de nuestra sangre
-Niños que acosa un blanco vértigo
Y cuyo sueño vale apenas
La sílaba que está muriendo.

Retrato de un hombre inquieto. Alain Bosquet (1919-1998)

    Se retira hacia el fondo de sí mismo a pensar
    Lo poca cosa que es. Tal vez se vuelve al árbol
    Que le sugiere un gesto. Al cabo de una hora,
    Es la arena más bien quien le influye. Indolente
    Recuerda un viejo amor. Se cree bien conservado
    A pesar del olvido y la sangre agolpada
    Sobre su corazón. No estaría tan inerme
    Si tuviera un amigo: por ejemplo un guijarro,
    Un ave moribunda, una colina cálida.
    Cierra primero un ojo, luego el otro, escrutándose
    Con furor. No descubre nada fundamental
    En sus pulmones ni en sus almas, que se quita
    Una detrás de otra, igual que sus camisas.
    Toda serenidad le parece una ofensa.

Los dioses desconfiados. Alain Bosquet (1919-1998)

"No, no", decían los dioses,
"Si ha de haber un ojo,
Que pertenezca a la montaña".
"No, no", decían los dioses,
"Si ha de haber una risa,
Ofrezcámosela al océano para que se anime.
¡La palabra para el pavo,
Para el cactus, para el arroyo!
Y el pensamiento,
Que de él se adueñe la roca
Para reconocerse mejor".
"No, no", decían los dioses,
"Ahorrémonos
El error humano".

Interrogación. Alain Bosquet (1919-1998)

    ¿Y con quién os pensáis que conversa una rosa?
    ¿Hacia quién creéis que va un perro solitario?
    ¿Habéis visto que alguno dé consuelo a una piedra
    Que llora? El cielo azul, asentado en sus vértigos,
    ¿Os creéis que soporta un silencio tan frío?
    No seáis inocentes: la silla siempre es viuda,
    La ceniza se queja de ser sólo ceniza
    Ignorando de qué. Preguntad al cometa
    Si a pesar de su brillo halla más soportable
    La vida que la muerte. Nosotros compartimos
    Nuestros afectos con las cosas desvalidas,
    El polen trashumante, el lagarto espasmódico,
    El pedernal dormido; ¿pensáis que ellos aceptan
    Tantas burlas y tantos falsos remordimientos?

Futuro. Alain Bosquet (1919-1998)

Serás puro:
Tres vestidos,
Una escudilla para recoger la limosna.
Serás bueno:
La mejilla,
Luego la otra mejilla para que te abofeteen.
Serás fuerte:
Tu vida,
Luego la otra vida en la que te transformarás en Dios.
Serás humilde como un guijarro,
Como un pichón que sale del huevo.
Serás lo que debes ser
Para alguna verdad,
Para algún amor,
Para algún orden invisible.
Y serás recompensado,
Bestia de carga y de ensueños.
Y serás castigado,
Animal cargado de piedras
Y de nada.
Nunca serás tú mismo.

Fechorías del verbo. Alain Bosquet (1919-1998)

Tengo el recuerdo
De un recuerdo
Donde todo era rostro de rocío
Sol íntimo entre los dedos
Río puesto de rodillas
Para recibir una caricia.
Tengo el recuerdo
De un recuerdo
Donde eras precisa y pura
Y ahora es el poema
Quien te invita al suicidio
Porque según respiro
Te invento y te invento y te invento
Y nos pierdes a los dos
Por reinventarte.

Dice Dios. Alain Bosquet (1919-1998)

    Dice Dios:
    Era un asunto urgente; me pregunté
    Para qué servían mis criaturas
    Más extrañas:
    El dragón, el ángel, el unicornio.
    Convoqué a aquellos en los que creía,
    Reales, poderosos, incontestables;
    El baobab, el caballo de labor, la montaña acodada en el mar.
    Celebraron diez conferencias
    Sin ponerse de acuerdo.
    Así que he conservado
    Al dragón, al ángel y al unicornio;
    Pero para evitar algunos malentendidos
    He creído conveniente volverlos invisibles.

Como un deseo. Alain Bosquet (1919-1998)

Como un deseo,
Y nadie sabe si será de silencio
O de perfume.
Como un impulso,
Y nadie sabe si lo proporcionan las hormigas,
Las nubes de la noche, las yeguas locas.
Como un enigma,
Y nadie sabe si le corresponde a Dios,
Al hombre, al polvo,
Resolverlo.
Como un prólogo,
Y nadie sabe si le seguirán los frutos,
Las palabras, los reproches disimulados.
Como una ciencia
Y nadie sabe a quién corresponde,
Útil o caprichosa
O mil veces contradictoria.
Como un asombro,
Y nadie sabe si existe alguien
Para asombrarse, para ser feliz,
Para determinar las grandes desgracias.
Como una ley,
Y nadie sabe si hay que proferirla,
Callarla, escribirla de nuevo
O llevarle cada mañana máscaras nuevas.

Ave. Alain Bosquet (1919-1998)

No eres más que la coma
De una frase en el cielo.
¿No es en verdad ridículo
Este mundo fingido:
La palmera con alas,
El desierto elocuente,
La cascada que bala,
El tigre hecho volcán?
¡La riqueza es penuria!
Las lunas regordetas
Siempre están mal nutridas.
Tú vuelves a mis versos
Donde naciste, coma
Hecha águila demente
Que da vueltas y vueltas
Y cae sobre mi cuello.

Acuérdate de ti. Alain Bosquet (1919-1998)

¡Oh, acuérdate de ti!
En un jardín cogías algunas fábulas.
Unas personas muy justas
Hablaban del mundo y de su caída.
Tú te decías: "¿Tiene usted un sobrenombre?",
Y te contestabas: "Me llamo
Joya ahogada, fruta que se niega a abrirse,
Infanta sin castillo".
Te cogías de tu mano para no estar sola
Entre las flores de aprendizaje.
La época era núbil.
Si esta tarde pasaras
Ante la adolescente que fuiste,
¿Te atreverías a reconocerte
Y a invitarte a tomar el suspiro?
No tienes que acordarte de ti.

Yugo y estrella. José Martí (1853-1895)

Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
Flor de mi seno, Homagno generoso
De mí y del mundo copia suma,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Éste, es un yugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la cumbre nació de la montaña
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
¡Como que crea, crece!
Cuando al mundo
De su copa el licor vació ya el vivo:
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacó contento y grave
Su propio corazón: cuando a los vientos
De Norte y Sur virtió su voz sagrada,?
La estrella como un manto, en luz lo envuelve,
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
¡Se oye que un paso más sube en la sombra!

Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.

Y te busqué por pueblos. José Martí (1853-1895)

Y te busqué por pueblos,
Y te busqué en las nubes,
Y para hallar tu alma
Muchos lirios abrí, lirios azules.

Y los tristes llorando me dijeron:
?¡Oh, qué dolor tan vivo!
¡Que tu alma ha mucho tiempo que vivía
En un lirio amarillo!?

***

Mas dime ?¿cómo ha sido?
¿Yo mi alma en mi pecho no tenía?
Ayer te he conocido,
Y el alma que aquí tengo no es la mía.

Sueño despierto. José Martí (1853-1895)

Yo sueño con los ojos
Abiertos, y de día
Y noche siempre sueño.
Y sobre las espumas
Del ancho mar revuelto,
Y por entre las crespas
Arenas del desierto
Y del león pujante,
Monarca de mi pecho,
Montado alegremente
Sobre el sumiso cuello,?
Un niño que me llama
Flotando siempre veo!

Sobre mi hombro. José Martí (1853-1895)

Ved: sentado lo llevo
Sobre mi hombro:
Oculto va, y visible
Para mí solo!
Él me ciñe las sienes
Con su redondo
Brazo, cuando a las fieras
Penas me postro:?
Cuando el cabello hirsuto
Yérguese y hosco,
Cual de interna tormenta
Símbolo torvo,
Como un beso que vuela
Siento en el tosco
Cráneo: su mano amansa
El bridón loco!?
Cuando en medio del recio
Camino lóbrego,
Sonrío, y desmayado
Del raro gozo,
La mano tiendo en busca
De amigo apoyo,?
Es que un beso invisible
Me da el hermoso
Niño que va sentado
Sobre mi hombro.

Rosario. José Martí (1853-1895)

Rosario,
En ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.

Ando yo por la tierra con los ojos,
Alzados ?¡oh mi afán!? a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encendiólos la humana criatura.

Vivir: ?Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
¡Y buscando sin fe, de fe me muero!

Odio el mar. José Martí (1853-1895)

Odio el mar, sólo hermoso cuando gime
Del barco domador bajo la hendente
Quilla, y como fantástico demonio,
De un manto negro colosal tapado,
Encórvase a los vientos de la noche
Ante el sublime vencedor que pasa:?
Y a la luz de los astros, encerrada
En globos de cristales, sobre el puente
Vuelve un hombre impasible la hoja a un libro.?

Odio el mar: vasto y llano, igual y frío
No cual la selva hojosa echa sus ramas
Como sus brazos, a apretar al triste
Que herido viene de los hombres duros
Y del bien de la vida desconfía;
No cual honrado luchador, en suelo
Firme y pecho seguro, al hombre aguarda
Sino en traidora arena y movediza,
Cual serpiente letal. ?También los mares,
El sol también, también Naturaleza
Para mover al hombre a las virtudes,
Franca ha de ser, y ha de vivir honrada.
Sin palmeras, sin flores, me parece
Siempre una tenebrosa alma desierta.

Que yo voy muerto, es claro: a nadie importa
Y ni siquiera a mí: pero por bella,
Ígnea, varia, inmortal, amo la vida.

Lo que me duele no es vivir: me duele
Vivir sin hacer bien. Mis penas amo,
Mis penas, mis escudos de nobleza.
No a la próvida vida haré culpable
De mi propio infortunio, ni el ajeno
Goce envenenaré con mis dolores.
Buena es la tierra, la existencia es santa.
Y en el mismo dolor, razones nuevas
Se hallan para vivir, y goce sumo,
Claro como una aurora y penetrante.
Mueran de un tiempo y de una vez los necios
Que porque el llanto de sus ojos surge
Más grande y más hermoso que los mares.

Odio el mar, muerto enorme, triste muerto
De torpes y glotonas criaturas
Odiosas habitado: se parecen
A los ojos del pez que de harto expira
Los del gañán de amor que en brazos tiembla
De la horrible mujer libidinosa:?
Vilo, y lo dije: ?algunos son cobardes,
Y lo que ven y lo que sienten callan:
Yo no: si hallo un infame al paso mío,
Dígole en lengua clara: ahí va un infame,
Y no, como hace el mar, escondo el pecho.
Ni mi sagrado verso nimio guardo
Para tejer rosarios a las damas
Y máscaras de honor a los ladrones:
Odio el mar, que sin cólera soporta
Sobre su lomo complaciente, el buque
Que entre música y flor trae a un tirano.

Voces para una nota sin paz. Julia de Burgos (1914-1953)

Para Julia de Burgos por Julia de Burgos

Será presente en ti tu manantial.
Estarás en las ramas del universo entero.
Déjame que te cante como cuando eras mía
en la llovizna fresca del primer aguacero.

Tu mano en semi-luna, en semi-sol y en todo
se refugiaba núbil, sobre la mano mía.
Porque yo te cuidaba, hermanita silvestre
y sabes que lloraba en tus claras mejillas.

Será presente en ti tu manantial sin sombras.
Estarás en las ramas del universo entero.
Pero ¿dónde dejaste tu paz? « En cada herida»
me contestan tus ojos anegados por dentro.

Déjame que te cante como cuando eras mía,
hermanita silvestre, como cuando trepamos
el astro que salía a dormir soledades
entre nuestras pupilas destiladas de amor.

Déjame que te cante como cuando eras mía,
y era paz el silencio de mi profunda ola,
y era paz la distancia de tu nombre y mi nombre
y era paz el sollozo de la muerte que espera.

Será presente en ti tu manantial sin sombras...
Estarás en las ramas del universo mío
y todas las estrellas se bajarán cantando
la canción del espacio refugiada en un río.

Víctima de luz. Julia de Burgos (1914-1953)

Aquí estoy,
desenfrenada estrella, desatada,
buscando entre los hombres mi víctima de luz.

A ti he llegado.
Hay algo de universo en tu mirada,
algo de mar sin playa desembocando cauces infinitos,
algo de amanecida nostalgia entretenida en imitar palomas...

Mirarte es verme entera de luz
rodando en un azul sin barcos y sin puertos.

Es inútil la sombra en tus pupilas...
Algún soplo inocente debe haberse dormido en tus entrañas.

Eres, entre las frondas, mi víctima de luz.
Eso se llama amor, desde mis labios.

Tienes que olvidar sendas,
y disponerte a manejar el viento.

¡A mis brazos, iniciado de luz,
víctima mía!

Pareces una espiga debajo de mi alma,
y yo, pleamar tendida bajo tu corazón.

Transmutación. Julia de Burgos (1914-1953)

Estoy sencilla como la claridad...
Nada me dice tanto como tu nombre
repetido de montaña a montaña
por un eco sin tiempo que comienza en mi amor
y rueda hasta el infinito...

¡Tú...!
Casi paloma erguida
sobre un mundo de alas
que has creado en mi espíritu.

Tú lo dominas todo para mi claridad.
Y soy simple destello en albas fijas
amándote...

Ningún viento agitado seduce mi reposo
de ternuras naciendo y apretándose
entre tu mano
y mi sollozo.

Una afluencia de ríos por nacer, y golondrinas mudas,
se estrecha contra mí
allí donde tu alma me dice al corazón
la palabra más leve.

Mis pies van despegados de rastros amarillos
y escalan techos infatigados de mariposas
donde el sol, sin saberlo, se ha visto una mañana,
deslumbrante...

Para amarte
me he desgarrado el mundo de los hombros,
y he quedado desierta en mar y estrella,
sencilla
como la claridad.

Aquí no hay geografía para manos ni espíritu.
Estoy sobre el silencio y en el silencio mismo
de una transmutación
donde nada es orilla...

Silencio de angustia. Julia de Burgos (1914-1953)

Tengo el desesperante silencio de la angustia
y el trino verde herido...
¿Por qué persiste el aire en no darme el sepulcro?
¿Por qué todas las músicas no se rompen
a un tiempo a recibir mi nombre?
-¡Ah, sí, mi nombre, que me vistió de niña
y que sabe el sollozo
que me enamora el alma!

Si todo fuera mar. Julia de Burgos (1914-1953)

¡Si fuera todo mar,
para nunca salirme de tu senda!

¡Si Dios me hiciera viento,
para siempre encontrarme por tus velas!

¡Si el universo acelerara el paso,
para romper los ecos de esta ausencia!

Cuando regreses, rodará en mi rostro
la enternecida claridad que sueñas.
Para mirarte, amado,
en mis ojos hay público de estrellas.

Cuando me tomes, trémulo,
habrá lirios naciendo por mi tierra,
y algún niño dormido de caricia
en cada nido azul que te detenga.

Nuestras almas, como ávidas gaviotas,
se tenderán al viento de la entrega,
y yo, fuente de olas, te haré cósmico...
¡Hay tanto mar nadando en mis estrellas!

Recogeremos albas infinitas,
las que duermen al astro en la palmera,
las que prenden el trino en las alondras
y levantan el sueño de las selvas.

En cada alba desharemos juntos
este poema exaltado de la espera,
y detendremos de emoción al mundo
al regalo nupcial de auroras nuestras.