miércoles, 19 de febrero de 2014

Devaneo en los infiernos... Edith Checa.

Devaneo en los infiernos
sobre el acantilado de los suicidas,
mientras miro el mar excelso y laminado
de desdichas y poemas,
de despedidas y recuerdos.
Un mar que es calendario de una vida,
de muchas vidas,
y que pasa las hojas,
como pasan las horas,
como pasan los días,
como pasan las olas
ondulando el horizonte.
Y se ríe, ronco, como un demonio escarlata
que adivinara el salto del Último Adagio
en el hundimiento de cada Titanic.
Y se ríe, tierno, como un ángel azul
que se sabe acogedor de los que huyen
del país de las decepciones.

Es un mar que pierde esperanza por algún desagüe
que llega al infierno del miedo.

Contemplo tu rostro de escarpados gestos... Edith Checa.

Contemplo tu rostro de escarpados gestos
cuando paseas merodeando mis sienes.
Opaco es el ópalo de tus ojos,
que son lastre de un grisú
demoledor de sinfonías y cantinelas.
No
te
acerques.
Yo no soy la estrella Siro que ansía copular
con tu boca enfebrecida.
No quiero una desaforada catarsis que reúna
a mis pies la película exhumada
de mis cumpleaños.
No quiero tu nada y tu abismo,
el frío de tu lápida que escondería mi voz
en el pozo del cieno de la pena,
en el fango del venero cruel de los solitarios.
No
te
acerques.

Un lugar donde poner los pies. Damaris Calderón.

He llegado con mis maletas en desorden
-no me espera nadie.
Mis pies son dos extraños
los he arrastrado como perros.
Un paisaje sangriento
sostenido apenas por la escarcha.
Todo perdido.
Tengo 34 despiadados años
manos para amputar lo necesario.
Todavía soy fuerte.

Praga. Damaris Calderón.

Es inútil buscar la
Ursprachen
(no quedan lengua
ni madre).
Columnas de inmaterialidad
sólidas como un dios.
Estos huesos no hablan alemán.

Los otros. Damaris Calderón.

Sobre mí
crecerá
la yerba
que pisotearán
los caballos
de Atila.

Huesos fuertes. Damaris Calderón.

El viento entra
por los huesos
una flauta
una cañería de desagüe.
'Podrían tocar
toda la noche
y pedir
durante tres generaciones.
Si se le mira de cerca
no están hechos
para el trabajo
y ostentan su miseria
en carteles escritos
en lengua ajena'
Los rumanos
de los campos
de concentracíon
(y los otros)
escaparon.

Fiebre de caballos. Damaris Calderón.

Cuando te quedas,
Lidia,
más desnuda que estas paredes
yo siento miedo
de ser una mujer.
Tengo feroces dientes carniceros.
Comiérame tus ojos,
tus rodillas.
Cuando veo un sauce que se agita
no me acuerdo de Safo,
pienso en mí.

Exhumación colectiva (Cementerio de Colón, Vedado, La Habana) Damaris Calderón.

El combustible
(o la falta de combustible)
hace que los muertos
en la muerte
vuelvan a tener una vida gremial
cuyo correlato heroico será
que sin la carreta rural
(ni la alegórica)
serán sacados de sus fosas
y quemados en una pira común
que intentarán descifrar otros bárbaros.

En la casa sin sueño. Damaris Calderón.

(¡Hay que rezar por la casa sin sueño!
¡Y rezar por el fuego en la ventana!
Marina Tsvietáieva)

En la casa sin sueño
el jadeo de un pecho
puede simular
la respiración de una hoja
que se pudrirá contra la ventana
como una noticia venida de lejos
cuando ya no hay tiempo.

En la casa del miedo. Damaris Calderón.

En el hueco
de la mano
como un pájaro
el miedo hace
su pequeño nido.

Dos girasoles sobre el asfalto. Damaris Calderón.

En el terminal de ferrocarriles
sentada con mi madre
dos girasoles sobre el asfalto.
Su mano borra todo sucio paisaje.
Nunca he comido sino de esa mano
nunca
sino de ese fruto macerado.
Me enseñabas un sendero
para que no me extraviara.
Y siempre regreso, pequeño afluente,
buscando un poco de sosiego
como se le da al enfermo
una cucharada de sopa
Y la cuchara hace frías,
metálicas promesas
hasta que la cabeza se queda
recostada contra el velador.
Una oruga cantándole a un gusano
-la canción de la morfina-
la cabeza roída por dentro,
el tallo esplendente conectado al tubo de oxígeno.
El mar, como un patrullero
pisándome los talones.
Thalassa thalassa
he intentado vivir siete veces.

Cielo boca abajo. Damaris Calderón.

No,
el cielo no se tiende
como un paciente
anestesiado
sobre la mesa
El paciente
en su camilla
anestesiado de sí mismo
no mira al cielo
espera
el corte
el bisturí
que haga saltar al potro de su infancia
y las canciones natales que volverán
con las agujas hipodérmicas.

Césped inglés. Damaris Calderón.

Los segadores
tienen una rara vocación por la simetría
y recortan las palabras sicomoro,
serbal, abeto, roble.
Guardan las proporciones
como guardan sus partes pudendas.
Y ejercen sin condescendencia
el orden universal
porque el hombre
-como el pasto-
también debe ser cortado.