sábado, 22 de febrero de 2014

Poema del fuego N°4. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Llega hasta ti en su cálido brasero,
radiante en medio de la oscuridad.
Cuando su frente brilla en la negrura,
las tinieblas se visten
del delicado velo de la luz.
¡Oh qué hermosura! Sus costados lanzan
chispas como confeti de oro,
y son las brasas, en la túnica de la ceniza,
rosas cubiertas de alcanfor desmenuzado
en una noche que creeríamos
que tiene de antimonio las tinieblas
y que son sus estrellas
los ojos lánguidos de las huríes.

Poema del fuego N°5. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Tráenos ese brasero que en el bosque
tiene sus orígenes
y la frente del sol muestra en sus rayos.
Desde su seno saltan los carbúnculos
con susurros que curan la melancolía;
es para el solitario compañía,
amanecer para los ojos que lo miran,
vestido del que no lo tiene.
Las rojas orlas de su túnica
arrastra con orgullo
en la negrura de la noche:
herida abierta, se diría,
en el linaje de los abasíes.

Noche y aurora. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Cuando vi que Occidente
con las tinieblas se había ahogado
y que en Oriente se veían
señales de la luz de la mañana,
pensé que era Occidente un océano
que yo debía atravesar
y lo que aparecía del Oriente
era la playa.

Noche oscura. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

¡Qué negra noche! Se diría
que el Tiempo la ha alargado sumándole su vida
y, vuelve, al terminar, a su principio;
habla la gente de su longitud
cuando sólo el crepúsculo ha pasado.
La sombra de las nubes se hizo más densa,
no distinguían los ojos el cielo de la tierra
y, al brillar el relámpago a lo lejos,
parecía un negro etíope sonriendo entre lágrimas.
Entonces con la espada de la resolución
la cabeza corté de esas tinieblas
y con su sangre he teñido
la túnica de la aurora.
Para el hombre de miras elevadas
no hay nada que produzca más desdichas
que el viaje nocturno:
cuando muere el apoyo de la voluntad,
no es posible iniciarlo.
Saludo a quien encuentro según lo que en él veo,
no hay nada extraño en eso:
el agua adopta el color del recipiente.

La muerte de una hija. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Oh muerte, has sido compasiva con nosotros,
y has vuelto a visitarnos.
Benditos sean tus hechos, dignos de gratitud,
pues has traído abundancia y has cubierto
algo que había que ocultar;
hemos casado a nuestra hija con la tumba
sin pagarle la dote y sin ajuar.

Invitación II. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Oh tú, en quien concurren las virtudes,
incapaces aún de concebir tu esencia,
en el cuello de la nobleza
el collar de nuestra amistad
no tiene perla central:
ven a serlo tú.

Invitación I. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Oh diadema en la frente de la gloria,
perla central en el collar de las nobles acciones,
tú, cuyos beneficios se levantan
como estrellas brillantes en el cielo
de la prosperidad,
las constantes lluvias nos incitan
a buscar ese vino que se pasan
los contertulios diciento 'toma' 'trae'.
En casa tengo un vino,
una hija virgen de las cepas,
que ruborizan las miradas de los coperos,
y sirve en rueda las copas un nomble Ganimedes,
hermoso y de agradables prendas,
que vuelve a ti, una y otra vez, sus ojos lánguidos,
en los que se diría queda un rastro de sueño.

Hermosura fatal. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Oh, tú que me atormentas, cuando eres dueño mío,
¿qué quieres con dañarme y torturarme?
Causas admiración por tu hermosura,
mas en ti la muerte se une a la belleza
como al brillo en la espada y en el fuego a la luz.

Epigrama. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

La elocuencia reparte sus dones
entre los poetas y vosotros;
reparto injusto, favorable a unos
y contrario a los otros:
cuando recitan fluye de sus bocas
la miel de las abejas, mientras sus aguijones
en vuestros culos se clavan.

El infierno después del paraíso. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

El que fue paraíso de la casa
se fue, y en su lugar vino el infierno:
heme aquí desdichado después de venturoso.
Llegó el ocaso del sol
y le siguió una negra noche.

Desengaño. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Los hombres, ignorantes,glorifican al mundo,
a sus ojos magnífico, siendo despreciable,
y combaten por él unos con otros
como los perros se pelean por un hueso.

Boca deforme. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Hasta el fin de los tiempos
alabaré sus dientes.
Cuando los miras, ante tus ojos aparecen
como una de las muelas de pulir.
Dirías que los genios de Salomón
construyeron su boca, como Palmira,
con rocas y columnas.
Te guía a oír la melodía de sus palabras
algo como el silbido
de soplar en los nudos en la magia.
Tiene, en fin, una boca como vulva,
y de su misma forma, 'cuyas olas
cubren de espuma ambas orillas'

Aprensión. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Siempre miro tu rostro con aprensión:
eres el agua clara donde abundan
los cocodrilos.

Admonición. Ibn Sara As-Santarini (1043-1123)

Oh tú que escuchas a quien llama a los coperos,
cuando gritan las canas y la edad,
anunciando la muerte;
si no oyes la llamada al arrepentimiento,
¿para qué crees que en la cabeza tienes
esas dos guardas: el oído y la vista?
Sordo y ciego es el hombre al que no guían
los ojos y las huellas del pasado.
No durarán por siempre ni este siglo, ni el mundo,
ni el alto firmamento, ni la luna ni el sol;
apártate del mundo,
aunque sus moradores todos odian
tener que separarse de sus bienes.

Una ventana... Haroldo Shetemul.

Una ventana puesta al revés
llegará a ser la expresión
más nítida del universo

El tálamo donde se incuben
los centauros que alzarán
las columnas de fuego
para detener los cuatro vientos
en un esquizofrénico octubre

De cabeza
como el mar embravecido
irrumpe en la dermis bronceada
y descubre la catedral silvestre
para llevarla al fondo marino

A tientas las naufragadas naves
abrirán sus labios
para darle su verdadera razón
a la incomensurabilidad de lo estoico:
lo que no concuerda con nada.

Tengo... Haroldo Shetemul.

Tengo el tiempo luctuoso
petrificado en las venas
en anaqueles
y fantoches

La orfebrería de sus continentes
renace y se va
en cada paso de día
que languidece
entre los árboles del cielo

Tengo el hambre de luz
grabado en la arcilla
y levanto los adoquines
para encontrar aunque sea
una burbuja milenaria de sustento
entre las piedras del camino.

Regalame... Haroldo Shetemul.

Regalame tu vestido
bordado de apocalipsis
para vestirlo en mi entierro
en que iré cargando las prótesis
de mis buenos augurios
a donde morarán nunca
junto a las vírgenes silentes
custodiadas por ángeles andróginos

Embriadas las imágenes
emularán desde la raíz de su tiempo
los pasos del féretro
hacia la feria celestial

Quizá allí envidien tu vestimenta
que me colocaré con jaulas de pirañas
para abalanzarme
entre los mercaderes de caimanes
y tal vez así
reine
de una vez por todas
en la morada
donde el tríptico de la vida
no sea más que un brete sempiterno.

He nacido... Haroldo Shetemul.

He nacido sobre las astillas
de este tiempo nuestro
recogido en las mamparas
del llano oleaje
y aún me pregunto
¿cuánto hace que he muerto
y que mi hora ha llegado sin sentir
los pasos que se han vuelto sordos?

No conté ni un gusano de descanso
cuando ya estaba
de polizonte en la remota vida
y ahora ya sólo queda la nostalgia pasajera
de no ser nada
y entre esos que así son
haber retornado con los ojos desvelados
a contemplar los picotazos
del cuervo en la pared
ahí donde se recostaron los pies
y marcaron la huella
de los que parten luego de derrumbarse.