martes, 4 de marzo de 2014

Hay una languidez en la vida. Emily Dickinson (1830-1886)

    Hay una languidez de la vida
    Más inminente que la pena,
    Es sucesora de la pena
    Cuando el alma ha sufrido
    Todo lo que puede.
    Una somnolencia difusa,
    Un ofuscamiento como neblina
    Envuelve tu conciencia,
    Una neblina que conduce a un despeñadero.
    El cirujano no se inmuta ante el dolor,
    Su hábito es severo,
    Pero él sabe que ha cesado de sentir
    La criatura que yace ahí.
    Y te dirá que la técnica tardó,
    Que alguien más poderoso que él
    Ha oficiado antes
    Y ya no hay vitalidad.

El pasado es una figura tan extraña. Emily Dickinson (1830-1886)

    El pasado es una criatura tan extraña
    Que mirarla en la cara
    Arrobamiento puede producir
    O desgracia.
    Desarmado si cualquiera la encuentra
    Le aconsejo huir,
    Si sus desteñidos pertrechos
    Aún pueden responder.

El era débil y yo era fuerte. Emily Dickinson (1830-1886)

    Él era débil y yo era fuerte,
    Después él dejó que yo le hiciera pasar
    Y entonces yo era débil y él era fuerte,
    Y dejé que él me guiara a casa.
    No era lejos, la puerta estaba cerca,
    Tampoco estaba oscuro, él avanzaba a mi lado,
    No había ruido, él no dijo nada,
    Y eso era lo que yo más deseaba saber.
    El día irrumpió, tuvimos que separarnos,
    Ahora ninguno de los dos era más fuerte,
    Él luchó, yo también luché,
    ¡Pero no luchamos a pesar de todo!

El corazón pide placer primero. Emily Dickinson (1830-1886)

    El corazón pide placer primero,
    Luego excusa del dolor,
    Luego los pequeños detalles
    Que matan el dolor.
    Luego irse a dormir,
    Y luego, si tiene que ser
    El deseo de su inquisidor,
    El privilegio de morir.

Cuántas veces estos cansados pies han podido tropezar. Emily Dickinson (1830-1886)

    Cuántas veces estos cansados pies han podido tropezar,
    Sólo mi amordazada boca puede decirlo,
    Ensaya, trata de mover este horrible remache,
    Ensaya, levanta si puedes aldabas de acero.
    Acaricia la fría frente, antes ardiente,
    Levanta si quieres el deslucido cabello,
    Palpa los adamantinos dedos
    Que ya nunca usarán dedal.

Cuando cuento las semillas. Emily Dickinson (1830-1886)

    Cuando cuento las semillas
    Sembradas allá abajo
    Para florecer así, lado a lado;
    Cuando examino a la gente
    Que tan bajo yace
    Para llegar tan alto;
    Cuando creo que el jardín
    Que no verán los mortales
    Siega el azar sus capullos
    Y sortea a esta abeja
    Puedo prescindir del verano sin lamentos.

Cualquiera que desencante. Emily Dickinson (1830-1886)

    Cualquiera que desencante
    A un solo ser humano
    Por traición o por irreverencia
    Es culpable de todo.
    Inocente como un pájaro,
    Gráfico como una estrella
    Hasta una sugestión siniestra
    Que las cosas no son lo que son.

Como si yo pidiera limosna común. Emily Dickinson (1830-1886)

¡Como si yo pidiera limosna común
Y en mi suplicante mano
Un extraño pusiera un reino
Y yo perpleja quedara,
Como si hubiera pedido a Oriente
Que me mandara una mañana
Y que levantara su purpúrea barrera
Y destrozarme con el alba!

Como ojos que miran las basuras. Emily Dickinson (1830-1886)

    Como ojos que miran las basuras
    Incrédulos de todo
    Salvo del vacío y quieta soledad
    Diversificada por la noche.
    Sólo infinitos de la nada
    Tan lejos como podía ver
    Así era la cara que yo miré
    Así miró ella misma a la mía.
    No le ofrecí ninguna ayuda
    Porque la pena era mía
    La miseria densa y tan compacta
    Tan desesperanzada como divina.
    Ninguna se absolvería
    Ninguna sería una reina
    Sin la otra, de modo que
    Aunque reinemos, pereceremos.

Cayeron como copos, cayeron como estrellas. Emily Dickinson (1830-1886)

    Cayeron como copos,
    Cayeron como estrellas,
    Como pétalos de una rosa
    Cuando de pronto a través de junio
    Un viento con dedos avanza.
    Perecieron en el pasto desarraigado,
    Nadie pudo hallar el lugar exacto
    Pero Dios puede convocar cada faz
    En su lista de abolidos.

El arroyo. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)


    No descansas jamás... y alegre y puro,
    Murmurador y manso,
    Corriendo vas sobre tu cauce duro...
    ¡Yo también como tú corro y murmuro,
    Yo también como tú jamás descanso!
    ¡Yo camino al vaivén de mis dolores,
    Tú con ala de céfiro caminas,
    Tú feliz más que yo, por entre flores,
    Yo helado más que tú, por entre espinas!
    Tú pasas como sombra por el suelo,
    Siempre en eterno viaje;
    Vas a la mar con incesante anhelo,
    Vienes del cielo en volador celaje
    Y en un rayo de sol vuelves al cielo.
    ¡Yo voy... -¿dónde?-, no sé... voy arrastrando
    Mi fe perdida y mi esperanza trunca,
    Sombra de un alma entre la luz temblando
    Y sin poder iluminarse nunca!
    Tú cumples con pasar... Yo, si te imito,
    No cumplo con vivir... por eso lloro,
    Y en el infierno de mi afán me agito
    Cuando ilumina con visiones de oro
    Las sombras de mi lecho, el infinito.
    ¡En mi delirio ardiente
    Sueño a mis pies el pedestal: la gloria
    Me envuelve con su luz, y mi alma siente
    El fuego del aplauso en la memoria
    Y la frialdad del túmulo en la frente!
    ¡Y luego, al despertar de mi locura,
    Al volver de mi ardiente desvarío,
    Desesperado en realidad oscura
    Y agonizante de dolor, me río!

    Mas, ¿qué importa? Sigamos, arroyuelo;
    El aura guarda para ti su anhelo
    Si la borrasca en mi cerebro zumba.
    ¡Tú eres surco de cielo
    Y yo surco de tumba!
    ¡A veces me imagino que en tu arrullo
    La voz de un ángel invisible canta;
    A veces me imagino que en mi orgullo
    La eternidad del genio se levanta!
    Delirios, ilusión de mis querellas,
    El último eco morirá en mi lira.
    ¡Yo paso como tú, fingiendo estrellas,
    Átomo pensador que a todo aspira!
    Nacer, pensar, morir. ¡Oh suerte! ¡Oh suerte!
    ¡Para qué tanto afán, si en ese abismo
    De tinieblas polares, en la muerte,
    Se ha de abismar el pensamiento mismo!
    ¡Nacer, pensar, morir! ¡Y en la existencia
    Divinizada la impotente duda,
    Y en el labio entreabierto de la ciencia
    Una palabra muda!

    ¡Oh gentil arroyuelo cristalino!
    Quisiera, en tu camino,
    Ser una flor abandonada y sola;
    Rambla de arena en tu brillante cauce,
    Sombra de un cisne, atravesar en tu ola,
    O en tu orilla temblar, sombra de un sauce;
    Yo quisiera ser tu brisa lisonjera,
    Ser no más una gota de tu lodo,
    Un eco de tu voz... porque quisiera,
    Menos alma que piensa, serlo todo!

Despedida al piano. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

Tristes los ojos, pálido el semblante,
De opaca luz al resplandor incierto,
Una joven con paso vacilante
Su sombra traza en el salón incierto.

Se sienta al piano: su mirada grave
Fija en el lago de marfil que un día
Aguardó el beso de su mano suave
Para rizarse en olas de armonía.

Agitada, febril, con insistencia
Evoca al borde del teclado mismo,
A las hadas que en rítmica cadencia
Se alzaron otra vez desde el abismo.

Ya de Mozart divino ensaya el estro,
De Palestrina el numen religioso,
De Weber triste el suspirar siniestro
Y de Schubert el canto melodioso.

-¡Es vano! -exclamó la joven bella,
Y apagó en el teclado repentino
Su último son, porque sabía ella
Que era inútil luchar contra el destino.

-Adiós -le dice-, eterno confidente
De mis sueños de amor que el tiempo agota,
Tú que guardabas en mi edad riente
Para cada ilusión alguna nota;

Hoy mudo estás cuando tu amiga llega,
Y al ver mi triste corazón herido,
No puedes darme lo que Dios me niega:
¡La nota del amor o del olvido!

Deseos. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

Yo quisiera salvar esa distancia
Ese abismo fatal que nos divide,
Y embriagarme de amor con la fragancia
Mística y pura que tu ser despide.

Yo quisiera ser uno de los lazos
Con que decoras tus radiantes sienes;
Yo quisiera en el cielo de tus brazos
Beber la gloria que en los labios tienes.

Yo quisiera ser agua y que en mis olas,
Que en mis olas vinieras a bañarte,
Para poder, como lo sueño a solas,
¡A un mismo tiempo por doquier besarte!

Yo quisiera ser lino y en tu lecho,
Allá en la sombra, con ardor cubrirte,
Temblar con los temblores de tu pecho
¡Y morir de placer al comprimirte!

¡Oh, yo quisiera mucho más! ¡Quisiera
Llevarte en mí como la nube al fuego,
Mas no como la nube en su carrera
Para estallar y separarse luego!

Yo quisiera en mí mismo confundirte,
Confundirte en mí mismo y entrañarte;
Yo quisiera en perfume convertirte,
¡Convertirte en perfume y aspirarte!

¡Aspirarte en un soplo como esencia,
Y unir a mis latidos tus latidos,
Y unir a mi existencia tu existencia,
Y unir a mis sentidos tus sentidos!

¡Aspirarte en un soplo del ambiente,
Y así verte sobre mi vida en calma,
Toda la llama de tu pecho ardiente
Y todo el éter del azul de tu alma!

Aspirarte, mujer... De ti llamarme,
Y en ciego y sordo y mudo constituirme,
Y en ciego y sordo y mudo consagrarme
Al deleite supremo de sentirte
¡Y a la dicha suprema de adorarte!

Dentro de una esmeralda. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

Junto al plátano sueltas, en congoja
De doncella insegura, el broche al sayo.
La fuente ríe, y en el borde gayo
Atisbo el tumbo de la veste floja.

Y allá, por cima de tus crenchas, hoja
Que de vidrio parece al sol de mayo,
Toma verde la luz del vivo rayo,
Y en una gema colosal te aloja.

Recatos en la virgen son escudos;
Y echas en tus encantos, por desnudos,
Cauto y rico llover de resplandores.

Despeñas rizos desatando nudos;
Y melena sin par cubre primores
Y acaricia con puntas pies cual flores.

Dedicatoria. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

Cuanto en mí vierte luz y armonía
Ha nacido a tus besos de miel;
Yo soy bardo y tribuno, alma mía,
Porque tú eres aliento y laurel.

Si he lanzado una piedra a los cielos,
Si fui cruel, no me guardes rencor;
Confesando que ha sido por celos,
Harto digo que fue por amor.

No te aflijas si el nauta suspira
Tanto nombre en las noches del mar;
Si son muchos los astros que mira,
Uno solo es la Estrella Polar.

La esperanza, luchando y venciendo,
Me promete sin par galardón;
¡A ti vaya, sangrando y gimiendo,
Este libro, que es un corazón!

Cuanto en mí vierte luz y armonía
Ha nacido a tus besos de miel;
Yo soy bardo y tribuno, alma mía,
Porque tú eres aliento y laurel.

Copo de nieve. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

Para endulzar un poco tus desvíos
Fijas en mí tu angelical mirada
Y hundes tus dedos pálidos y fríos
En mi oscura melena alborotada.

¡Pero en vano, mujer! No me consuelas.
Estamos separados por un mundo.
¿Por qué, si eres la nieve, no me hielas?
¿Por qué, si soy el fuego, no te fundo?

Tu mano espiritual y transparente,
Cuando acaricia mi cabeza esclava,
Es el copo glacial sobre el ardiente
Volcán cubierto de ceniza y lava.

Consonancias. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

A Matilde Saulnier.

Tu traición justifica mi falsía
Aunque lo niegues con tu voz de arrullo;
Mi amor era muy grande, pero había
Algo más grande que mi amor, mi orgullo.

Calla, pues. Ocultemos nuestro duelo,
La queja es infecunda y nada alcanza;
Agonicemos contemplando el cielo
Ya que el cielo es nuestra única esperanza.

No creas que este mal decrezca y huya:
Cada vez menos parco y más despierto
Imperará en mi vida y en la tuya
"como reina el león en el desierto".

Los años rodarán en el abismo
Sin que recobres la perdida calma.
¡Tú siempre llevarás, como yo mismo,
Un cadáver en lo íntimo del alma!

El tiempo no es el médico discreto
Que, por medio del fórceps del olvido,
Saca del fondo de la entraña el feto
Muerto allí como el pájaro en su nido.

Confidencias. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

Una flor por el suelo,
Un cielo de hojas empapado en lloro
Y encima de ese cielo, el otro cielo
Lleno de luna y de brillantes y oro...
Un arroyo que el aura acariciaba;
Un banco... sobre el banco
Así, como quien flota, se sentaba;
Y vestida de blanco,
Bella como un arcángel, me esperaba.
Aún flotan en mis noches de desvelo
Con la luz de una luna como aquélla,
El verde y el azul de cielo y cielo,
Y aura y arroyo y flor y banco y ella.

¿No te acuerdas, mujer, cuántos delirios
Yo me forjaba, junto a ti de hinojos,
Al resplandor de los celestes cirios,
Al resplandor de tus celestes ojos?
¿Te acuerdas, alma mía?
¡Entonces inocente
Me jurabas amor y yo podía
Besar tu corazón sobre tu frente!

¡Ayer, unos tras otros,
Mil delirios así pude fingirme;
Hoy no puede haber nada entre nosotros,
Hoy tú vas a casarte... y yo a morirme!
¡Y tanto sol y porvenir dorado,
Tanto cielo soñado,
En una inmensa noche se derrumba!
¡Hoy me dijiste tú: no hay esperanza;
Hoy te digo: en paz goza; y, en mi tumba,
Mañana me dirás: en paz descansa!

Cintas de sol. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

I

La joven madre perdió a su hijo,
Se ha vuelto loca y está en su lecho.
Eleva un brazo, descubre un pecho,
Suma las líneas de un enredijo.

El dedo en alto y el ojo fijo,
Cuenta las curvas que ornan el techo
Y muestra un rubro pezón, derecho
Como en espasmo y ardor de rijo.

En la vidriera, cortina rala,
Tensa y purpúrea cierne curiosa
Lumbre, que tiñe su tenue gala.

¡Y roja lengua cae y se posa,
Y con delicia treme y resbala
En el erecto botón de rosa!

II

Cerca, el marido forma concierto:
¡Ofrece el torpe fulgor del día
Desesperada melancolía;
Y en la cintura prueba el desierto!

¡Ah! Los olivos del sacro huerto
Guardan congoja ligera y pía.
El hombre sufre doble agonía:
¡La esposa insana y el niño muerto!

Y no concibe suerte más dura,
Y con el puño crispado azota
La sien, y plañe su desventura.

¡Llora en un lampo la dicha rota;
Y el rayo juega con la tortura
Y enciende un iris en cada gota!

III

Así la lira. ¿Qué grave duelo
Rima el sollozo y enjoya el luto,
Y a la insolencia paga tributo
Y en la jactancia procura vuelo?

¿Qué mano digna recama el velo
Y la ponzoña del triste fruto,
Y al egoísmo del verso bruto
Inmola el alma que mira al cielo?

¡La poesía canta la historia;
Y pone fértil en pompa espuria;
A mal de infierno burla de gloria!

¡Es implacable como una furia,
Y pegadiza como una escoria,
E irreverente como una injuria!

Al separarnos. Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

Nuestras dos almas se han confundido
En la existencia de un ser común,
Como dos notas en un sonido,
Como dos llamas en una luz.

Fueron esencias que alzó un exceso,
Que alzó un exceso de juventud,
Y se mezclaron, al darse un beso,
En una estrella del cielo azul.

Y hoy que nos hiere la suerte impía,
Nos preguntamos con inquietud:
¿Cuál es la tuya?, ¿cuál es la mía?
Y yo no acierto ni aciertas tú.