domingo, 30 de marzo de 2014

En el entierro de un hombre común. Rafael Alcides Pérez.

A Raúl Luis



Cuando un entierro con dos máquinas solas
pasa y nadie se fija, yo tiemblo, me estremezco,
palpito; siento miedo de ser un hombre.
Pero me sobrepongo.
Algo muy importante acaba de suceder en el mundo
y empiezo a tararear el himno nacional.
A estas alturas mi corazón no puede más.
Había seguido con la vista el entierro.
De pronto echo a correr,
me reúno con los que están junto al hoyo,
tomo valor yo también para dejar caer el terrón.
Ese muerto es para mí el triunfo de la especie,
ese muerto anónimo que fue el alma del combate
sin embargo,
pero, ahora,
ese muerto solo:
sin más victoria que el silencio.
Y lloro militarmente en la tumba de mi único general.

El juego. Rafael Alcides Pérez.

A Daniel


El juego está marcado desde el comienzo.
El niño, con esa oscura intuición de niño,
lo sabe,
y entra en la vida
haciendo de policía o de bandido,
o de ambos alternativamente
si es un niño complicado.
El juego
ya no se detendrá más.
Tal vez el niño no sepa
que luego las balas serán de verdad
y amargos los días de la cárcel,
más amargo aún el engaño de los del resto de la banda,
y que el que cae muerto o asalta una diligencia
lo hace para toda la vida;
pero el niño entra en el juego,
como uno más,
disparando al corazón.

El agradecido. Rafael Alcides Pérez.

A Nati Revuelta



Toda mi vida ha sido un desastre
del que no me arrepiento.
La falta de niñez me hizo hombre
y el amor me sostiene.

La cárcel, el hambre, todo;
todo eso me ha estado muy bien:
las puñaladas en la noche,
y el padre desconocido.

Y así de lo que no tuve
nace esto que soy:
bien poca cosa, es verdad,
pero enorme, agradecido como un perro.


1963

Carta de Rubén. Rafael Alcides Pérez.

Hijo mío,
harina, ternura
de mis ternuras,
ángel más leve que los ángeles:
desde hoy en adelante
eres el exiliado,
el que bajo otros cielos
organiza su cama y su mesa
donde puede,
el que en la alta noche
despierta asustado y presuroso
corre por la mañana
a buscar debajo de la puerta
la posible carta
que por un instante
le devuelva el barrio,
la calle, la casa
por donde pasaba la dicha como un río,
el perro, el gato,
el olor de los almuerzos del domingo,
todo lo bueno y eterno,
lo único eterno,
cuanto quedó perdido
allá atrás, muy lejos
cuando el avión como un pájaro triste
se fue diciendo adiós.
El que deambula y sueña
lejos de la patria, el extraño,
el tolerado -y, a veces,
con suerte, el protegido
al que se le regalan abrigos
y los zapatos que se iban a botar.
Pero nosotros,
nosotros los solos,
los tristes,
los luctuosos,
los que medio muertos
hemos visto partir el avión
-sin saber si volverá
ni si estaríamos entonces-,
nosotros, esos desventurados
que fuman y envejecen
y consumen barbitúricos,
esperando al cartero,
nosotros, ¿dónde,
adónde,
en qué patria estamos ahora?
¿La patria, lejos de lo que se ama...?
¿La patria, donde falta un cubierto a la mesa,
donde siempre sobra una cama...?
Dios y yo y el sinsonte
que cantaba en la ventana
lo sabemos, niño mío, que fuiste a dar tan lejos:
donde se vive entre paredones y cerrojos
también es el exilio, y así,
con anillos de diamantes
o martillo en la mano,
todos los de acá
somos exiliados. Todos.
Los que se fueron
y los que se quedaron.
Y no hay, no hay
palabras en la lengua
ni películas en el mundo
para hacer la acusación:
millones de seres mutilados
intercambiando besos, recuerdos y suspiros
por encima de la mar.
Telefonea,
hijo. Escribe.
Mándame una foto.

Canción para los dos. Rafael Alcides Pérez.

Eres tan frágil
que me gustaría
darte la comida
yo mismo,
lavarte la cabeza
yo mismo,
con una mano muy limpia
peinarte
yo mismo
y de ser posible
(si se pudiera),
morirme en tu lugar.

Oh extraña
flor desvalida,
criatura que hasta el viento
de una tarde azul
pudiera arrastrar,
y sin la cual
ya voy siendo
bastante menos
que
nada.

Existencia proletaria. Pablo Cassi.

A Fidel no le agrada la actual situación de Cuba,
ser el adalid de una masa proletaria.

Es decir, mirar el destino directamente a los ojos.
Él sabe que el tiempo juega en su contra
que la revolución lo estafó con sus ofertas demagógicas.

Impaciente espera la posición en la que va a inmortalizarse,
elegir el ademán preferido
su última consigna anti - norteamericana.

Hace algunas semanas no duerme,
teme ahogarse en el océano de sus propias utopías.

Envejezco irremediablemente. Pablo Cassi.

He creído demasiado en la existencia de Dios,
ensimismado en una tristeza que me habita,
agonizo a horas de su nombre.

Tengo pensamientos afines con la soledad,
nadie conoce mi nombre
vivo al otro lado de la parafernalia permanente
cerca del sereno movimiento que habita en el silencio.

Una lágrima, esconde la escritura de este verso,
el viento derrota a las hojas del morero,
e irremediable el paisaje me envejece.

No basta saber que he perdido mi sombra,
que busco mi lenguaje en otros labios,
un gesto que detenga esta angustia.

Hoy valgo la mitad de nada.

El sonido azul de los abismos. Pablo Cassi.

Un extraño aliento se derrumba en medio de la respiración,
allí me distingo de un canto,
pisadas que me recorren de temores
huesos que se rompen en mis huellas.

Convalezco una ajena enfermedad.

¿Qué difícil es morirse frente a uno mismo?
vestido de lentísimo tiempo geográfico,
juntar las ausencias
los infinitos aires de cuarzo
el sonido azul de los abismos geométricos
ojos anónimos que emergen del pasado
meses que huelen a tragedias.

Ando y desando mi húmedo camino
tropiezo con los ayeres y los entonces
el silencio sin rostro de médulas putrefactas.

Esta extraña enfermedad
sin semana, sin rumbo y sin un sitio exacto
agrava la soledad que me ofrece la indiferencia.

El hombre repetido. Pablo Cassi.

Hay una abeja extraña en este colmenar

Alguien ha denunciado su presencia.
Habrá que buscar en todos los panales,
en cada jardín de la ciudad.

Todo indica que se recompensará a quien la encuentre.

Ahora sólo falta que atrapen al hombre repetido,
al que llevo en cada uno de mis gestos.

Sin participación alguna en los himnos inmortales
abdico en el silencio del pasado sombrío.

Olvido vivir mientras concurro a mis sueños.

Duele comprobar que las cosas hayan cambiado últimamente.

Ciudadano ocasional. Pablo Cassi.

Admito hace tiempo
que una ausencia viene anunciándose a sí misma,
gestos de mínimo romanticismo
en la unanimidad de las pupilas.

Me abandono a la emoción de sentirme solo,
ávido de distancias y nuevas ciudades.

Si pudiera sorprenderme
con la mirada de otros ojos
declararme neutral o simplemente un ciudadano ocasional,
no indagaría su nombre en los libros de Joaquín De Montezuma
en las flores que no han perdido sus pétalos después del otoño.

Esa noche estaba resuelto,
no habría para nosotros esa versión inteligente de los amantes.