lunes, 7 de abril de 2014

El verdadero amor no nace en una hora. Ibn Hazm (994-1064)

 El verdadero amor no nace en una hora,
ni da fuego a su pedernal siempre que quieres,
sino que nace y se propaga despacio,
tras larga compenetración, que lo afianza,
entonces no pueden acercarse a él abandonos ni menguas,
no pueden alejarse de él firmezas y aumentos.
Confirma esto el que vemos que todo
lo que se forma presto también perece en breve.

Misión del cuerpo. Carlos Drummond de Andrade (1902-1987)

 Claro que el cuerpo no está hecho sólo para sufrir,
sino para sufrir y gozar.
En la inocencia del sufrimiento
como en la inocencia del gozo,
el cuerpo se realiza, vulnerable
y solemne.

¡Salve, mi cuerpo, mi estructura de vivir
y de cumplir los ritos de la existencia!
Amo tus imperfecciones y maravillas,
las amo con gratitud, pena y rabia alternadas.
En ti me siento dividido, campo de batalla
sin victoria para ningún bando
y sufro y soy feliz
en la medida de lo que acaso me ofrezcas.

¿Será ese mismo acaso,
será la ley de dios o del dragón
que me parte y reparte en pedacitos?
Mi cuerpo, mi dolor,
Mi placer y trascendencia.
Es al final mi ser entero y único.

Roswell. Mónica Nepote.

 Donde mi dedo apunta
solíamos nombrarlo el cielo
sin sobresaltos, sin danzas.

Decíamos cielo y florecían las lilas
los racimos, los pastizales,
crecían los niños.

Mirábamos, nocturnos,
convencidos de añorar por añorar
una escena estática
repetida cada noche
en la contemplación celeste.

Donde mi dedo apunta
algo se fractura
traza una línea curva
sigue la caída.

Algo que mi ojo ve sin ver, no codifica
no es flor, no fruto, no respira,
no huele, no es suave, no es áspero,
no es.

Donde mi dedo apunta
me petrifica.

Cigarrillos, whisky y mujeres salvajes. Anne Sexton (1928-1974)

 (De una canción)

Tal vez nací de rodillas,
nací tosiendo en el largo invierno,
nací esperando el beso de la piedad,
nací con cierta pasión por la rapidez
y así, cuando las cosas progresaron,
aprendí sobre la empalizada
y lo que se saca fuera, el  gas de la enema.
Por dos  o tres aprendí a no arrodillarme,
a no esperar, a plantar mis fuegos bajo tierra
donde no hay nadie a quien susurrarle o acostar a morir
excepto las muñecas, perfectas y terribles.

Ahora que escribí muchas palabras,
y revelé tantos amores, y para tantos,
y he sido enteramente lo que siempre fui –
una mujer de exceso, de fervor y ambición,
encuentro que el esfuerzo fue inútil.
¿Acaso en estos días
no miro al espejo y veo
a una rata ebria esquivando mis ojos?
¿No siento tan intenso el hambre
que moriría antes que mirarla a la cara?

Me arrodillo una vez más,
por si acaso la piedad llegase
justo a tiempo.

Póntica. Jon Juaristi.

 Al otro pertenecen
Las escenas que guarda tu memoria:
Imágenes confusas
Que el óxido del tiempo deteriora.

Otro es el que las sueña
Desde un ayer de rabia silenciosa.

Muere con ellas una lengua exangüe
Y una causa llamada a la derrota.

Y tú envejeces lejos,
En el destierro de la tierra toda,
Entre voces ajenas
Y soledades próximas,
Perdiendo cada día y rescatando
Los colores, las líneas y las formas
De un mundo ajeno que creíste tuyo
Y alzando en torno de su ausencia torva
Gastados laberintos de palabras,
Una mansión decrépita y angosta,
Una torre, un brocal, quizá una vida.

Del otro son los sueños que custodias.

Una chica. Ezra Pound (1885-1972)

 El árbol ha entrado por mis manos,
la savia ha subido por mis brazos,
el árbol ha crecido en mi pecho –
hacia abajo,
las ramas salen de mí, como brazos.

Árbol eres,
musgo eres,
y las violetas en el viento.
Un niña -tan alta-  eres,
Y para el mundo todo esto es un delirio.

En la anarquía del silencio todo poema es militante. Vicente Quirarte.

 El reloj

que después de las cuatro me enloquece 

dice que te acercas
con la alegría de una noche en primavera:

sólo tu boca es tan roja

como las banderas que luchan contra el viento.

Sólo tu piel tiene la luz
para los ángeles ciegos de mis manos.

Oh, camarada mía,

cuando haga saltar uno a uno

los botones de tu blusa

comenzaré por hacerte confidencias:

yo milito en la Liga de tus Medias

y más que discursos mi praxis será incendio

que arranque la raíz de la costumbre.

No hay capitulación:
sólo ocupar tu dermis al milímetro,
chocar las molotov de nuestras bocas,

brindar en honor del viejo Hegel

y al tocarte los pechos confirmar

la irrevocable ley de los contrarios.

El guante que llevas. Yanis Ristos (1909-1990)

 El guante que llevas
no puedes examinarlo
por dentro.
Tienes que quitártelo
volverlo del revés
entrada la noche
en la estrecha habitación
ya que todo el día habrás saludado
a propios y extraños
con la mano desnuda.

Sonata. Álvaro Mutis (1923-2013)

 Por los árboles quemados después de la tormenta.
Por las lodosas aguas del delta.
Por lo que hay de persistente en cada día.
Por el alba de las oraciones.
Por lo que tienen ciertas hojas
en sus venas color de agua
profunda y en sombra.
Por el recuerdo de esa breve felicidad
ya olvidada
y que fuera alimento de tantos años sin nombre.
Por tu voz de ronca madreperla.
Por tus noches por las que pasa la vida
en un galope de sangre y sueño.
Por lo que eres ahora para mí.
Por lo que serás en el desorden de la muerte.
Por eso te guardo a mi lado
como la sombra de una ilusoria esperanza.

Estas palabras. Jorge Teiller (1935-1996)

 Estas palabras quieren ser
un puñado de cerezas,
un susurro -¿para quién?-
entre una y otra oscuridad.

Sí, un puñado de cerezas,
un susurro -¿para quién?-
entre una y otra oscuridad.

Henri Rousseau recuerda a Yadhiga. Víctor Manuel Mendiola.

Yo te vi
en una selva del futuro
rodeada de animales
y un helecho.

Había dos leonas
y el estrecho tronco de un árbol,
viejo pero puro.

Recostada en el rojo
satisfecho de tu diván,
soñabas en el muro de un día,
que era como el claroscuro
de una noche;

soñabas en tu lecho
la selva de oro
donde los leones
sueñan con las leonas
y las pavas reales
se divierten con su gallo;

Yo te vi en una selva
de espadones verdes,
bajo el olor
de las guayabas,
andar en sueños
huir en un caballo.

En los caminos del río Loira. Silvia Eugenia Castillero.

   1
La montaña amanecía
desperezándose la neblina,
en ascenso por los hombros de Eloísa.
Horas convenidas en su irrealidad
se tejían al sobresalto
de la fuga.
Verdores de hierba
deslizaron el amanecer en los ojos de Abelardo.
Eloísa los sintió revelarse en sus labios,
agrietar su piel joven,
como atisbos de tragedia
para quedarse, hondos,
demorándose en su tacto.

    2
La simetría perfecta de la montaña
envuelve al recuerdo de sombras tajantes:
allí otra vez la longitud
interminable de los besos,
y del otro lado, en la lejanía
—extendido sobre la montaña—
el tiempo cayendo rígido
en su propia acumulación.

De tu cabello. Lucian Blaga. (1895-1961)

La sabiduría de un mago me contó una vez
algo de un velo que no pueden traspasar las miradas,
telaraña que esconde al ser en todas sus partes
impidiéndonos ver lo que es real.

Ahora, cuando me oscureces las mejillas y los ojos
con tu cabello
desmayado por sus ricas olas negras,
estoy soñando que el velo, el que transforma en misterio
todo lo ancho del mundo, está tejido
de tu cabello,
y grito,
y grito,
y por primera vez siento
todo el hechizo que me dijo el mago.

El viaje. Eloy Sánchez Rosillo.

Saber que estás ahí, mientras trabajo
en el cuarto de al lado, mientras busco
a solas el poema, me estimula,
me da ilusión y fuerza y esperanza.

Yo me voy a mis sueños y me adentro
por inciertas regiones en las que nunca estuve.
No admite compañía esta aventura:
es preciso estar solo para hallar lo que importa.

Me pierdo en ocasiones, pero a veces encuentro
extrañas maravillas que nadie ha visto antes.
Por favor, no te vayas y espera mi regreso;
tu serás cuando vuelva, la primera en mirarlas.

Prólogo del presente. Eduardo Mitre.

Abre los ojos. Despierta.
El Paraíso está aquí,
de vuelta.
Con todos y todo
en la luz pasajera.

Es (no hay otro) esta tierra:
mesa de encuentros,
cuna de ausencias.

El Paraíso está aquí,
a la espera. Abre tus ojos
que abren sus puertas.

Despierta. Está aquí.
No es la dicha.
Es la presencia.

Naturalezas vivas. Jorge Valdés Díaz-Vélez.

 Duermes. La noche está contigo,
la noche hermosa igual a un cuerpo
abierto a su felicidad.
Tu calidez entre las sábanas
es una flor difusa. Fluyes
hacia un jardín desconocido.
Y, por un instante, pareces
luchar contra el ángel del sueño.
Te nombro en el abrazo y vuelves
la espalda. Tu cabello ignora
que la caricia del relámpago
muda su ondulación. Escucha,
está lloviendo en la tristeza
del mundo y sobre la amargura
del ruiseñor. No abras los ojos.
Hemos tocado el fin del día.

Falsa pimienta. Amalia Bautista.

 Hay unas flores de un color naranja
solar y líquido. Brillan, me llaman,
con qué mudo lenguaje o en qué idioma.
Pequeñas, satinadas, me parecen de rafia.
Caigo en la tentación de tocar esos pétalos
y mis dedos descubren el tacto de la seda
y el tacto de tus labios cuando besan mis hombros.

Oleajes. Gabriel Zaíd.

 El sol estalla:
                         se derrumba
a refrescarse en tu alegría.
Revientan olas de tu pecho.
Yo me baño en tu risa.
Olas altas y soles
de playas apartadas.
Tu risa es la Creación
feliz de ser amada.