sábado, 12 de abril de 2014

Oración por la belleza de una muchacha. Dámaso Alonso (1898-1990)

Tú le diste esa ardiente simetría
de los labios, con brasa de tu hondura,
y en dos enormes cauces de negrura,
simas de infinitud, luz de tu día;

esos bultos de nieve, que bullía
al soliviar del lino la tersura,
y, prodigios de exacta arquitectura,
dos columnas que cantan tu armonía.

Ay, tú, Señor, le diste esa ladera
que en un álabe dulce se derrama,
miel secreta en el humo entredorado.

¿A qué tu poderosa mano espera?
Mortal belleza eternidad reclama.
¡Dale la eternidad que le has negado!

Mujer con alcuza. Dámaso Alonso (1898-1990)

A Leopoldo Panero

¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro,
por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y sacudía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan extrañas flores encendidas.

Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
solo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que en los túneles les pellizcan las nalgas,
...aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con una ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

...No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iban cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un instante en las sombras,
algún cuchillo como un limón agrio que pone amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Solo la velocidad,
solo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
solo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

...Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?

Monstruos. Dámaso Alonso (1898-1990)

Todos los días rezo esta oración
al levantarme:

Oh Dios,
no me atormentes más.
Dime qué significan
estos espantos que me rodean.
Cercado estoy de monstruos
que mudamente me preguntan,
igual, igual, que yo les interrogo a ellos.
Que tal vez te preguntan,
lo mismo que yo en vano perturbo
el silencio de tu invariable noche
con mi desgarradora interrogación.
Bajo la penumbra de las estrellas
y bajo la terrible tiniebla de la luz solar,
me acechan ojos enemigos,
formas grotescas que me vigilan,
colores hirientes lazos me están tendiendo:
¡son monstruos,
estoy cercado de monstruos!

No me devoran.
Devoran mi reposo anhelado,
me hacen ser una angustia que se desarrolla a sí misma,
me hacen hombre,
monstruo entre monstruos.

No, ninguno tan horrible
como este Dámaso frenético,
como este amarillo ciempiés que hacia ti clama con todos sus tentáculos enloquecidos,
como esta bestia inmediata
transfundida en una angustia fluyente;
no, ninguno tan monstruoso
como esa alimaña que brama hacia ti,
como esa desgarrada incógnita
que ahora te increpa con gemidos articulados,
que ahora te dice:
«Oh Dios,
no me atormentes más,
dime qué significan
estos monstruos que me rodean
y este espanto íntimo que hacia ti gime en la noche.»

Insomnio. Dámaso Alonso (1898-1990)

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

¿Cómo era? Dámaso Alonso (1898-1990)

¿Cómo era Dios mío, cómo era?
JUAN R. JIMÉNEZ


La puerta, franca.
Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.

No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma, ni en la forma cabe.

Lengua, barro mortal, cincel inepto,
deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,

y canta mansamente, humildemente,
la sensación, la sombra, el accidente,
mientras ella me llena el alma toda.

Poeta en mecedora. César Ángeles L.

dos.
se nos puede
ir.
las piezas humanas
se
mueven
con pies milimétricos
en un día
negro.

la microscopía
es
riesgosa
porque
te puede trocar en
entomólogo
de puertas clausuradas y
los muchachos y muchachas
no
traspasarán tu opaco umbral
ni virarán sus
desnudas pantorrillas
hacia tu tímida cala-
vera
que mastica cultísimos
libros
en una mecedora amarilla
donde habi-
tas
cual beatle adocenado
mientras los claveles en cadenas
fueron reprimidos
al pie de las rojas / minas
y de los terrones acorazados.
un grito conchesumadre
debajo de los ferrocarriles del Poder que
con zanahorias y
preservativos
infla tu gélida cultura
esa misma Cultura
que yo
coleccioné en estantes para
compulsivamente cada día
bajármela como a patitos
en alocada kermesse
yo el analfabeto o
nosotros
los que te veíamos en tu ventana
paranoica
triturando manzanas en
nuestras manos
al intuirte
sabio, diplomático y
deslizando por las orinadas paredes
del guáter
la ideología que nunca te nutrió
pero que siempre
enarbolaste
como el calzón de tu mejor amante
aquélla que agonizó por
tu amor de a / uno
y tú que soñabas
solitario, culto y
cosmopo-
lita
que ella dexfallecía de love
for you entretusbra-
zos transparentes
entre tuslabios quedecían
p o e m a s
resquebrajados
cual espejo inú-
til ante el ramalazo
de (tu) trágico presente

a veces
cuando te he querido un poco
abracé tu cuerpo fantasmal
y aunque apretados
manteníanse
mis ojos
he visto sobre tu hombro ciudades
prósperas
en un país-vital
obreros a través de la plaza
ocupando palacio de gobierno
artistas y campesinos que arrancaban tubérculos a
la panza de la tierra
negros cholos y chinos curioseando en la
suite de
los hoteles de luxe

y poco
a poco
nuestra ciudad fue otra
ninguno de los hiperyos
que te acosaban
recorrían ya las calles

los viejos monumentos las
sonrisas
enganchadas a
la amargura y a la individualidad
cedieron territorio.

con los ojos / inmóviles
y
abrazado aún a tu mentira
vi un cielo contundente
una rápida / eclosión de
fogatas internas
como jamás la decrépita patria
a la que cada hora
ofrendabas estúpida pleitesía
imaginó. así
al final me quedé a b r a z a n d o e l a i r e
m a r
b o t e l l a s a b a n d o n a d a s

tranquilo y agresivo
descendí en mis contradicciones
desde tu cultísima ventana de
paño púrpura, cardenalicia, feudal
hacia un Perú en filo
un Perú magenta:

brillante, coral rojo
sobre los senos de Diana.

La guerra y la paz. (Incrustaciones en la pared) César Ángeles L.

y prohíbele juntar las piernas para siempre

la guerra y la paz
"o estás con dios o estás con el diablo":

te dije que era mentira
pero ya mejor no te digo esto

encorvas tu tronco y sumerges la cabeza
en un hoyo
húmedo, el mar
(Buñuel tiene una escena con avestruz)

y el Papa pontifica / dice:
la paz os dejo,

pero la paz es piedra solitaria
donde orinan los burros o camellos
del desierto
esta paz no es nuestra
no tiene olor / ni sonido / y es una
caja de cuero
muda con folios amarillos:

¿Atahualpa no entendió a Valverde
o al revés?

¿Y de quién fue la paz
y de quién la guerra?

—Who are you?
—Atahualpa, and you?
—Shit!

Sí, prohíbele (verano) juntar las piernas para siempre
que abra bien el ojo / y mire
el escenario en humo y sangre
decenas de individuos sucios y
tatuados
corriendo
huyendo
¿de Atahualpa o del otro?

el Cardenal en Lima
ansía la paz
pero la paz es hueso desabrido / que lamen multiplicados los perros

no juntes las piernas, amor
ábrelas / como el mar
hacia las certezas de hoy

porque el absoluto inexiste
aunque llores / por tocarlo o
pasarle tus perfectos labios temblorosos
mejor bésame y
estudia
la tensión dialéctica de
la piel
abriéndose / cerrándose
en palpitación cardial por ti
por tu belleza fuera de foco:
contornos entreverados como
el cotidiano
una ciudad nerviosa
como tu jadeo
un pito reventado como el tuyo
entre carros y
batallas como las nuestras nocturnas
y diurnahs
sangre derramada
en menstruación de trincheras expectantes

—"la neblina es una solapa super
ficie de orgasmo"
para nacer he nacido y
para nacer hay que morir

el viejo / orden pasa con sus cadáveres
sobre la proa
la neblina invade
Hitchcock menea la cabeza y dice:
—En el cine todo lo que quieras
pero nadie tiene derecho de quitar la vida a otro

Es la culpa / la paz
el Papa pontifica el
Cardenal reclama unión de los peruanos:
El Perú es un pueblo
que quiere paz

—"Ningún cilindro se llena
sin vaciarse"

¿y qué hay al centro de una rueda que gira?

sólo el centro
rubí en vértice
un alma magenta
nacido desnudo entre c a r r o c e r í a s i n c e n d i a d a s

la paz no existe sin la guerra ni el amor

amo la paz no la paz de la oveja

penetraré tus nalgas sólidas
/el mar erguido/
gritarás gritaré

El dominico Valverde solloza al infinito
sol sobre nuestro polvo

y la nave del viejo orden va
sin culpa con sus cadáveres arrastrados

dirás qué riiiiico!
sudaremos
el Imperio será nada
y los tarugos negarán
como aprendieron en el cole-
gio

sólo entonces el ajeno
rosedal
y húmedas espadas hibernando sobre rocas:

todo embarrado de belleza.

Tú. Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949)

Una historia. Dos letras
que bordaron tus manos en mi vida.
¡Abecedario de las cosas muertas
en el pañuelo blanco de los días!

Trompo. Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949)

El trompo que gira músicas menores
movido, sin tregua, por tenue cordón,
el trompo de siete colores
¿no es un corazón?

Tiempo. Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949)

Porque el tiempo se mide, no se cuenta,
su luz a la distancia sobrevive,
el aire pierde espacio en la tormenta
y en el suelo extraño se percibe.

Porque el tiempo, se goza, no se cuenta
la secreta aventura que se vive,
burlas del horror y sed nos alimenta
y en alta noche amor su mano escribe.

Cuando en los ojos de la infancia advierto
el color sin colores de la vida
que al agua de los años diluye,

busca mi sed el agua que no ha muerto,
que aquí en la soledad de su guarida
el alma se hace, el cuerpo se destruye.

Sueño de amor perfecto. Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949)

Amor de sueño amante que otro cielo
revive en su interior desdoblamiento,
unión la de los ojos y el aliento
que las manos aparta de su celo.

Amor de cuerpo y sombra ceniciento
de paisajes recónditos al hielo
de color y de aroma y de desvelo
puro como la muerte y como el viento.

amor que de la carne vuela al sueño
y en él imagen que desnuda anude
la ribera sin ámbito de cuerpo.

Amante que en su sombra se desnude
y en su sangre redima lo que fluye
y descubra en su sueño lo que sueño.

Paraíso del aire. Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949)

Paraíso del aire congelado,
muerte de cielo y tierra celadores.
¿De qué color los ojos? Los colores.
más por su vibración que por su grado.

Y más por la mirada miradores
que por la luz los ojos que he soñado
cuerpo que flota sin pesar, velado
en un clima de puros impudores.

¿Es la sonrisa, paladar de voces?
¿La mano que agoniza y que suspira?
¿La lentitud con que la mata el fuego?

Oigo lo que no dice si respira:
Es toda la memoria de mis goces
que sólo yo contemplo a solas ciego.

No la amante. Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949)

No la amante, el amor. La singladura
de la noche que arrastra fuego frío
por las venas del sueño, poderío
de la encendida palidez oscura.

El amor, no la amante. El goce mío,
la imagen que desbasto. La onda pura
que invade entre las ruinas mi locura
de tallar en diamante lo sombrío.

No la amante, el amor que le dio la vida.
Lo que mi mano roza y estos ojos
desojan, lo que nace de la herida

soledad en la noche de mi sueño;
¡encarnación que vive entre despojos,
de la que soy - oh dulce sangre - dueño!

Ese busto de yeso. Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949)

Ese busto de yeso que respira
lunas de noche antiguas y metales
rodillas mutiladas desiguales
que si la noche cubre el sueño mira.

Esa mano de flores que conspira
al abrir y cerrar dedos cristales,
sonrisa y caracol en espirales,
ajeno mar donde la voz expira.

Estos ojos de verdes vegetales
que el fuego muerto de los goces gozan
y a lo oscuro me miran inmortales.

Y esta sombra de luz donde se rozan
las llamas y los cuerpos reposan.
Vivos sueños, bellezas funerales.

Soneto de la muerte. Ana María Chouhy Aguirre (1918-1945)

Oh, no, espera un poco, hermosa muerte,
quiero vivir, tu cabellera oscura
roza mi piel intacta con dulzura
mi cuerpo casi tuyo, siempre inerte.

Cruel ansia de vivir, sostenme fuerte,
me llama quedamente la espesura
de un follaje sin luz. Oh todo apura,
oh demasiado amor, voy a perderte.

Giro en extraños círculos llorando,
abandono la tierra despertando
ardientes coros, nubes delicadas.

Entreabriendo portales luminosos,
olvidando las cosas adoradas
entre espacios azules, misteriosos.

Iron & Wine Flightless bird, american mouth



Las últimas palabras.





Ella conoció el dolor, al saber que ya no era amada
ella sólo deseó el enigma del dolor (no tomarlo entre sus manos)
entre la violencia de sus palabras, su alma buscó un tributo
mi vida fue su éxtasis, quizás verme llorando…

Ella buscó más allá, saber si el amor perduraba en un corazón muerto
recuerdo sus besos a escondidas, confiada en sus secretos
el amor a veces es eterno, en ella fue sincero y simple
pero aún así dejó que el odio se clavara en lo profundo de su alma…

Por eso, sus últimas palabras fueron por el odio hacia el amor
y su corazón persiste, aunque ya no esté esperanzado
como sabiendo que al final de todo, los sueños están perdidos
porque sabe que el pasado se ha convertido en ceniza
y recuerda que las estrellas , un día, en el cielo estuvieron
esperando que se fuera el crepúsculo… siempre esperando…




Las últimas palabras.
Rezo de los océanos.

Todos los derechos reservados.

©2006

In this moment World in flames


La respiración de las sirenas.





En los días tristes, he visto cómo si risa cae
algunas tardes busca en la ciudad, alguien que no la ame
pero su esencia atraviesa los muros más crueles de este mundo
un relámpago en la tormenta, recordó sus ojos profundos y celestes…

Al dormir, la noche ha cubierto su cuerpo de rocío
el agua del mar ha tocado sus pies, al llegar la primavera
aquí, donde ella respira, yo me oculto en el silencio
y admiro su pelo color del sol y cuando juega con las estrellas…

Enamorada del cielo, el amor, en la noche la ha vuelto sombría
en la luz de la luna, suenan las campanas, tras sus pasos leves
en un sueño, la vi corriendo junto con los caballos del desierto
y en la inmensidad del océano, he deseado que no conozca la muerte
al caer su risa, a la tristeza la tendrán otros
ella no volverá a cantar… las playas volverán a quedar desiertas…




La respiración de las sirenas.
Rezo de los océanos.

Todos los derechos reservados.

©2006

INXS Never tear us apart


Islas del Oriente.





Ella cantaba bajo la luz del sol, en el cielo se enamoraron de su canto
su voz una vez fue tan dulce, como el amanecer de un primer día
los bosques le contaron que en algún lugar existía la muerte
que huía con la primavera, pero arreciaba en el invierno…

El mar borró con su espuma, sus suaves pasos
las campanas en Lal, sufrieron su dolor y tañeron un gemido
sus ojos de metal se cerraron, su corazón buscó en los abismos
donde encontraría las lágrimas de amor, que habían desecho su alma…

Hoy en la complejidad del silencio, no queda nadie que la escuche
al Oriente están sus islas, y su perfume a madreselvas
quizás encuentre amparo en los fríos brazos de la lluvia
su voz se ha quebrado, como un cristal, que una vez desangró su alma
pero aún duerme, en una fría cama, donde crecen las violetas
y desde donde puede contemplar, el amor que le aguarda en el cielo…




Islas del Oriente.
Rezo de los océanos.

Todos los derechos reservados.

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Insania Angels in the sky


Hacia el interior del sol.





El amor le trajo esperanza y cientos de temores
sus besos lastimaban entonces, como si fuesen espinas
ella cerró sus amables ojos, esperando encontrar luz en su alma
el dolor no fue suficiente, quizás sólo la muerte nos separe…

En sus ojos vi culpa, lo supe por lo amargo de su llanto
su adiós dolió, como si su propia mano clavara una espada
espero que al final de todo, encuentre paz en su camino
que la tormenta cese, en su sonrisa hoy tan sombría…

El amor, tal vez por despecho, creó sombras
al tocar sus manos, sentí su piel como una piedra dura
y su cuerpo prevalece, pero ya no alberga vida
el dolor una vez, hizo que fuese más bello su rostro
el cielo tal vez la espere esta noche, con las puertas abiertas
sin saber que pasarán milenios y continuarán sangrando sus heridas…




Hacia el interior del sol.
Rezo de los océanos.

Todos los derechos reservados.

©2006