martes, 15 de abril de 2014

La niña de la lámpara azul. José María Erugen (1874-1942)

    En el pasadizo nebuloso
    Calcula mágico sueño de Estambul,
    Su perfil presenta destelloso
    La niña de la lámpara azul.
    Ágil y risueña se insinúa,
    Y su llama seductora brilla,
    Tiembla en su cabello la garúa
    De la playa de la maravilla.
    Con voz infantil y melodiosa
    El fresco aroma de abedul,
    Habla de una vida milagrosa
    La niña de la lámpara azul.
    Con cálidos ojos de dulzura
    Y besos de amor matutino,
    Me ofrece la bella criatura
    Un mágico y celeste camino.
    De encantación en un derroche,
    Hiende leda, vaporoso tul;
    Y me guía a través de la noche
    La niña de la lámpara azul.

La muerta de marfil. José María Erugen (1874-1942)

Contemplé, en la mañana,
La tumba de una niña;
En el sauce lloroso gemía tramontana,
Desolando la amena, brilladora campiña.
Desde el túmulo frío, de verdes oquedades,
Volaba el pensamiento
Hacia la núbil áurea, bella de otras edades,
Ceñida de contento.
Al ver oscuras flores,
Libélulas moradas, junto a la losa abierta,
Pensé en el jardín claro, en el jardín de amores,
De la beldad despierta.
Como sombría nube, al ver la tumba rara,
De un fluvión mortecino en la arena y el hielo,
Pensé en la rubia aurora de juventud que amara
La niña, flor de cielo.
Por el lloroso sauce, lilial música de ella,
Modula el aura sola en el panteón de olvido.
Murió canora y bella;
Y están sus restos blancos como el marfil pulido.

La luz de Varsovia. José María Erugen (1874-1942)

    Y en la racha que sube a los techos
    Se pierden, al punto, las mudas señales,
    Y al compás alegre de enanos deshechos
    Se elevan divinos los cantos nupciales.
    Y en la bruma de la pesadilla
    Se ahogan luceros azules y raros,
    Y, al punto, se extiende como nubecilla
    El mago misterio de los ojos claros.

El estanque. José María Erugen (1874-1942)

¡El verde estanque de la hacienda,
Rey del jardín amable,
Está en olvido
Miserable!
En las lejanas, bellas horas
Eran sus linfas cantadoras,
Eran granates y auroras,
A campánulas y jazmínes
Iban insectos mandarines
Con lamparillas purpuradas,
Insectos cantarines
Con las músicas coloreadas;
Mas, del jardín, en la belleza
Mora siempre arcana tristeza:
Como la noche impenetrable,
Como la ruina miserable.
Temblaba Vésper en los cielos,
Gemían búhos paralelos
Y, de tarde, la enramada
Tenía vieja luz dorada;
Era la hora entristecida
Como planta por nieve herida;
Como el insecto agonizante
Sobre hojas secas navegante.
Clara, la niña bullidora,
Corrió a bañarse en linfa mora,
Para ir luego a la fiesta
De la heredad vecina;
Ya a su oído llegaba orquesta
De violín, piano y ocarina.
Brilló un momento, anaranjada,
Entre la sombra perfumada,
Con las primeras sensaciones
Del sarao de orquestaciones.
¡Oh!, en la linfa funesta y honda
Fue a bañarse la virgen blonda;
De los amores encendida,
La mirada llena de vida...
¡El verde estanque de la hacienda,
Rey del jardín amable,
Hoy es derrumbe
Miserable!

El dominó. José María Erugen (1874-1942)

    Alumbraron en la mesa los candiles,
    Moviéronse solos los aguamaniles,
    Y un dominó vacío, pero animado,
    Mientras ríe por la calle la verbena,
    Se sienta iluminado,
    Y principia la cena.
    Su claro antifaz de un amarillo frío
    Da los espantos en derredor sombrío
    Esta noche de insondables maravillas,
    Y tiende vagas, lucífugas señales
    A los vasos, las sillas
    Los ausentes comensales.
    Y luego en horror que nacarado flota,
    Por la alta noche de voluntad ignota,
    En la luz olvida manjares dorados,
    Ronronea una oración culpable, llena
    De acentos desolados,
    Y abandona la cena.

El dolor de la noche. José María Erugen (1874-1942)

Cuando tiembla la noche tardía
En los arenales y los campos negros,
Se oyen voces dolientes, lejanas,
Detrás de los cerros.
¡Es el canto del bosque perdido,
Con la gama antigua de silvestres notas,
O el gemir del turbón ignorado,
Por vegas y sombras!
¡O el distante clamor de las fieras
Que en las pampas brunas
Y en las lomas y campos eriales
Envían al hombre sus iras nocturnas!
¡El coro que sube remoto a los cielos
Será de la muerte la roja palabra
O el clamor de ciudad brilladora
Que se hunde, se apaga!
¡El rondó que triste
Las pendientes dormidas circunda:
El grito del odio será de los montes,
Será de las tumbas!
Cuando se obscurecen las bromas erguidas
En los arenales y los campos negros,
Cómo suena el dolor de la noche
¡Detrás de los cerros!

El cuarto cerrado. José María Erugen (1874-1942)

Mis ojos han visto
El cuarto cerrado;
Cual inmóviles labios su puerta
Está silenciado,
Su oblonga ventana, como un ojo abierto,
Vidrioso me mira;
Como un ojo triste,
Con mirada que nunca retira
Como un ojo muerto.
Por la grieta salen
Las emanaciones
Frías y morbosas;
¡Ay, las humedades como pesarosas
Fluyen a la acera:
Como si de lágrimas,
El cuarto cerrado un pozo tuviera!
Los hechos fatales
Nos oculta en su frío reposo...
¡Cuarto enmudecido!
¡Cuarto tenebroso
Con sus penas habrá atardecido
Cuántas juventudes!
¡Oh, cuántas bellezas habrá despedido!
¡Cuántas agonías!
¡Cuántos ataúdes!
Su camino siguieron los años,
Los días;
Galantes engaños
Y placenterías;
En el cuarto fatal, aterido,
Todo ha terminado;
Hoy sus sombras el ánima oprimen:
¡Y está como un crimen
El cuarto cerrado!

El caballo. José María Erugen (1874-1942)

    Viene por las calles,
    A la luna parva,
    Un caballo muerto
    En antigua batalla.
    Sus cascos sombríos...
    Trépida, resbala;
    Da un hosco relincho,
    Con sus voces lejanas.
    En la plúmbea esquina
    De la barricada,
    Con ojos vacíos
    Y con horror, se para.
    Más tarde se escuchan
    Sus lentas pisadas,
    Por vías desiertas
    Y por ruinosas plazas.

El bote viejo. José Mará Erugen (1874-1942)

    Bajo brillante niebla,
    De saladas actinias cubierto,
    Amaneció en la playa,
    Un bote viejo.
    Con arena, se mira
    La banda de sus bateleros,
    Y en la quilla verdosos
    Calafateos.
    Bote triste, yacente,
    Por los moluscos horadado;
    Ha venido de ignotos
    Muelles amargos.
    Apareció en la bruma
    Y en la armonía de la aurora;
    Trajo de los rompientes
    Doradas conchas.
    A sus bancos remeros,
    A sus amarillentas sogas,
    Viene los cormoranes
    Y las gaviotas.
    Los pintorescos niños,
    Cuando dormita la marea
    Lo llenan de cordajes
    Y de banderas.
    Los novios, en la tarde,
    En su alta quilla se recuestan;
    Y a los vientos marinos,
    De amor se besan.
    Mas el bote ruinoso
    De las arenas del estuario,
    Ansía los distantes
    Muelles dorados.
    Y en la profunda noche,
    En fino tumbo abrillantado,
    Partió el bote muriente
    A los botes lejanos.

El andarín de noche. José María Erugen ( 1874-1942)

    El oscuro andarín de la noche
    Detiene el paso junto a la torre,
    Y al centinela
    Le anuncia roja, cercana la guerra.
    Le dice al viejo de la cabaña
    Que hay batidores en la sabana;
    Sordas linternas
    En los juncales y oscuras sendas.
    A las ciudades capitolinas
    Va el pregonero de la desdicha;
    Y en la tiniebla
    Del extramuro, tardo se aleja.
    En la batalla cayó la torre;
    Siguieron ruinas, desolaciones;
    Canes sombríos
    Buscan los muertos en los caminos.
    Suenan los bombos y las trompetas
    Y las picotas y las cadenas;
    Y nadie ha visto, por el confín;
    Nadie recuerda
    Al andarín.

El difunto. Keith Douglas (1920-1944)

Era un maldito, lo admito,
Y siempre ebrio hasta que se quedó sin plata.
Su pelo le colgaba por un lazo de
Una Corona Veneris. Sus ojos, mudos
Como prisioneros en sus cavernosas hendiduras, estaban
Fijos en actitudes de desesperación.
Ustedes que, Dios los bendiga, jamás han caído tanto,
Lo censuran y oran por él, que sí había caído;
Y con sus flaquezas lamentan los versos
Que el tipo hacía, acaso entre maldiciones,
Acaso en el colmo de la ruina moral,
Pero los escribía con sinceridad;
Y al parecer sentía un dolor acrisolado
Al cual la virtud de ustedes no puede llegar.
Respétenlo. Para ello
Poseía una virtud que ustedes no ven.

El sueño. John Donne (1572-1631)

Amor, debido a nada excepto tú
Habría roto este sueño feliz, una imagen
A la razón destinada, en exceso
Potente para ser sólo un fantasma,
Es sabio de tu parte despertarme,
Por tanto, mas mi sueño no interrumpes
Sino que sigues: eres tan verdad
Que el pensamiento de ti es suficiente
Para volver verdad sueños, ficciones, historias;
Entra a estos brazos, ya que decidiste
Que no soñara mi sueño completo, actuemos el resto.
Como un relámpago, o luz de una vela
Me despertaron tus ojos, no el ruido que hiciste;
Al principio creí
(Pues amas la verdad), que eras un ángel,
Hasta que vi que veías por dentro
Mi corazón y mi mente, mejor que los Ángeles pueden hacerlo,
Y que sabías qué estaba soñando, y sabías
En qué momento me despertaría el exceso
De gozo, y viniste, confieso que entonces
Habría sido herejía creer
Que tú fueras otra que tú.
Venir y quedarte conmigo te reveló tú,
Mas levantarnos me hace preguntarme
Si tú eres aún tú.
Es débil el amor si enfrenta al miedo,
Ya no es espíritu puro, valiente,
Si en él se mezclan miedo, vergüenza y honor.
Tal vez como antorcha que debe estar lista
Para apagar y encender si hace falta,
Así me tratas tú, pues viniste a encenderme,
Te vas para venir.
Entonces yo soñaré esa esperanza
Una vez más, o si no moriré.

El mensaje. John Donne (1572-1631)

Devuélveme mis ojos largamente descarriados,
Pues es ya mucho el tiempo que han estado sobre ti;
Mas ya que tales males allí han aprendido,
Tales conductas forzadas
Y apasionamiento falso,
Que por ti
Nada bueno
Pueden ver, quédatelos para siempre.
Devuélveme mi corazón inofensivo,
Que pensamiento indigno no podría mancillarlo,
Pero si el tuyo le enseñara
A burlarse
Del amor;
A quebrantar
Palabra y juramento,
Quédatelo, porque mío no será.
Pero devuélveme mi corazón, mis ojos,
Que pueda ver y conocer tu falsedad;
Que pueda reírme y gozar
Cuando te angusties,
Cuando languidezcas
Por aquel
Que no querrá,
O, como tú ahora, falso sea.

El jardín de Twicknam. John Donne (1572-1631)

Con vendavales de suspiros y anegado en lágrimas
Aquí vengo a buscar la primavera,
Y en mis ojos y oídos
Recibo esos bálsamos que lo restañan todo.
Mas, oh, traidor de mí mismo, traigo también
La araña del amor, que todo transubstancia,
Y el maná convierte en bilis,
Y para que este lugar pueda imaginarse
Un verdadero paraíso, he traído también a la serpiente.
Sería más sano para mí que el invierno
Oscureciera el esplendor de este lugar
Y que la grave escarcha prohibiese
Que estos árboles rían y se burlen en mi cara;
Pero, Amor, para que esa desgracia no soporte,
Ni deje todavía de amar, déjame ser de este lugar
Algún pedazo que no siente.
Hazme una mandrágora, así puedo crujir mi lamento aquí,
O una fuente de piedra, que llora todo el año.
Venid aquí amantes con frascos de cristal
Y tomad mis lágrimas, que son vino del amor,
Probad las de vuestras amantes en casa
Y veréis que son falsas aquellas que no saben como las mías.
¡Ay! Los corazones no brillan en los ojos
Ni mejor puedes juzgar los pensamientos femeninos por las lágrimas,
Que por su sombra o lo que lleva puesto.
Oh perversa condición de la mujer, donde nadie es sincero sino ella,
Que sincera siendo, con su verdad me mata.

El corazón roto. John Donne (1572-1631)

Loco de remate está quien dice
Haber estado una hora enamorado,
Mas no es que amor así de pronto mengüe, sino que
Puede a diez en menos plazo devorar.
¿Quién me creerá si juro
Haber sufrido un año de esta plaga?
¿Quién no se reiría de mí si yo dijera
Que vi arder todo un día la pólvora de un frasco?
¡Ay, qué insignificante el corazón,
Si llega a caer en manos del amor!
Cualquier otro pesar deja sitio
A otros pesares, y para sí reclama sólo parte.
Vienen hasta nosotros, pero a nosotros el Amor arrastra,
Y, sin masticar, engulle.
Por él, como por bala encadenada, tropas enteras mueren.
El es el esturión tirano; nuestros corazones, la morralla.
Si así no fue, ¿qué le pasó
A mi corazón cuando te vi?
Al aposento traje un corazón,
Pero de él salí yo sin ninguno.
Si contigo hubiera ido, sé
Que a tu corazón el mío habría enseñado a mostrar
Por mí más compasión. Pero, ¡ay!, Amor,
De un fuerte golpe lo quebró cual vidrio.
Mas nada en nada puede convertirse,
Ni lugar alguno puede del todo vaciarse,
Así, pues, pienso que aún posee mi pecho todos
Esos fragmentos, aunque no estén reunidos.
Y ahora, como los espejos rotos muestran
Cientos de rostros más menudos, así
Los añicos de mi corazón pueden sentir agrado,
Deseo, adoración,
Pero después de tal amor, de nuevo amar no pueden.

Constancia de mujer. John Donne (1572-1631)

Un día entero me has amado.
Mañana, al marchar, ¿qué me dirás?
¿Adelantarás la fecha de algún voto recién hecho?
¿O dirás que ya
No somos los mismos que antes éramos?
¿O que de promesas hechas por temor reverente
Del amor y su ira, cualquiera puede abjurar?
¿O que, como por la muerte se disuelven matrimonios verdaderos,
Así los contratos de amantes, a imagen de los primeros,
Atan sólo hasta que el sueño, imagen de la muerte, los desata?
¿O es que para justificar tus propios fines
Por haber procurado falsedad y mudanza, tú
No conoces sino falsedad para llegar a la verdad?
Lunática vana, contra estos subterfugios podría yo
Argumentar, ganando, si lo hiciera.
Pero me abstengo,
Porque mañana puede que yo así también piense.

Canción. John Donne (1572-1631)

Ve y atrapa una estrella errante,
Ve, ya fecundada, en busca de una raíz de mandrágora,
Dime, dónde están los años que se fueron,
O quién quebró las patas del diablo,
O enséñame a escuchar las canciones de las sirenas,
O evita que nos hiera la envidia,
Y encuentra
Qué viento
Ayuda a que prospere una mente honrada.
Si sabes tolerar las miradas extrañas,
Ver las cosas invisibles,
Cabalga diez mil días y sus noches,
Hasta que la edad convierta en blanca nieve tus cabellos,
Y, ya marchita, cuando vuelvas, me contarás
Todas las extrañas maravillas que te sucedieron,
Y jurarás
Que en parte alguna
Vive una mujer hermosa y fiel.
Si encontraras alguna, házmelo saber,
Dulce me sería ese peregrinar;
Pero no, yo no iría,
Aunque en la puerta contigua pudiéramos hallarla,
Aunque hasta el instante de hallarla ella haya permanecido fiel
Cuando estés escribiéndome tu carta,
No obstante ella,
Sería infiel, antes de que yo llegara, a dos, o tres.

Amor negativo. John Donne (1572-1631)

Nunca tanto me abatí como aquellos
Que en un ojo, mejilla, labio, hacen presa;
Rara vez hasta aquellos que más no se remontan
Que para admirar virtud o mente:
Pues sentido e inteligencia pueden
Conocer aquello que su fuego aviva.
Mi amor, aunque ignorante, es más audaz.
Fracase yo cuando suspire,
Si he de saber qué desearé.
Si es simplemente lo perfecto
Lo que expresarse no se puede
Sino con negativos, así es mi amor.
Al todo que todos aman digo no.
Si quien descifrar puede
Aquello que desconocemos, a nosotros, conocer puede,
Enséñeme él esa nada. Este, por ahora,
Mi alivio es y mi consuelo:
Aún cuando no progreso, fallar no puedo.

Alquimia de amor. John Donne (1572-1631)

Algunos que más hondo que yo en la mina del amor han excavado
Dicen dónde se halla su céntrica felicidad.
Yo he amado, y poseído, y relatado,
Mas, aunque hasta la ancianidad amara, poseyera y refiriera,
Ese misterio escondido no habría de encontrarlo.
Todo, ¡ay!, es impostura.
Y como ningún alquimista obtuvo aún el elixir,
Mas su marmita repleta glorifica
Si por casualidad
Algo odorífero o medicinal le sobreviene,
Así un deleite pleno y prolongado sueñan los enamorados,
Para obtener una noche de estío, de apariencia invernal.
Por esta vana sombra de burbuja ¿habremos de entregar
Nuestro bienestar, esfuerzo, honor y vida?
¿En esto amor termina? ¿puede cualquiera
Tan feliz ser como yo si soportar puede
La burla breve de una representación de novio?
Ese infeliz amante que asegura,
No es la médula del cuerpo; es de la mente,
Lo que él en ella angelical encuentra,
Igual jurar podría que escucha en el rudo,
Crudo, griterío de ese día, las esferas.
No esperes hallar inteligencia en la mujer: a lo sumo,
Dulzura e ingenio; momias, sólo, poseídas.

Al romper el día. John Donne (1572-1631)

Es cierto, es ya de día, ¿y a nosotros
Qué nos importa? ¿Piensas levantarte
De nuestra cama? ¿Por qué, porque hay luz?
¿Nos acostamos porque anochecía?
Amor, que aquí nos trajo a pesar de la noche,
Debiera mantenernos juntos pese al día.
La luz no tiene lengua, es toda ojo;
Si hablar pudiera como puede espiar,
Lo peor de que podría ser testigo
Es de que, estando bien, querría quedarme
Y de que tanto amé a mi corazón y honor
Que no acepté alejarme de su dueño.
¿Te debe alejar tu trabajo de mí?
Oh, ése es el más cruel mal del amor:
El pobre, el falso, el flojo aceptan
Amar con calma, no el hombre ocupado.
Quien tiene trabajo y seduce a una dama perjura
Igual que un hombre casado que corteja a otra.

Aire y ángeles. John Donne (1572-1631)

Dos o tres veces te habré amado
Antes de conocer tu rostro o tu nombre;
Así en una voz, así en una llama informe
A menudo nos afectan los ángeles, y los adoramos;
Y aún así, cuando adonde estabas me acerqué,
Vi una espléndida y gloriosa nada.
Mas, puesto que mi alma, cuyo niño es el amor,
Precisa miembros de carne y hueso
O nada haría si ellos,
Más sutil que el padre el amor no ha de ser,
Sino también ha de encarnar un cuerpo;
Por consiguiente, invoco quién y lo que eras,
Y al amor insto, y en este mismo instante,
A que se aloje en tu cuerpo, y consienta
Que en tu labio, ojo y ceja se instale.
(...)
En tal caso, como un ángel, con rostro y alas
De aire, no tan puro éste, pero que puramente lleva,
De este modo pueda tu amor ser mi angélica esfera.
Justamente igual desemejanza
Como impera entre la pureza de los ángeles y la del aire,
Como siempre existirá entre el amor
Del hombre y de la mujer.

Quién retiene al amor cuando se aleja. Jacinto Benavente (1886-1954)

¡Quién retiene al amor cuando se aleja!



Tanto es mi amor, por todos mis amores,
que en el jardín de la existencia mía
a verlas marchitarse día a día
preferí siempre deshojar sus flores.

Cuanto más encendidos sus colores
mueran en su triunfante lozanía,
más triste que la muerte es la agonía
de un amor entre dudas y temores.

Triste fin de un amor, cuando engañoso
quiere fingir que a su pesar nos deja,
y más ofende, cuanto más piadoso.

¿Y qué logrará la importuna queja
del ofendido corazón celoso?
¡Quién retiene al amor… cuando se aleja!

Historia de un día en tres esquelas. Jacinto Benavente (1886-1954)

                                                            I


Vergüenza me cuesta, pero has de perdonarme. Hoy no asistiré a la Junta. El motivo es pecaminoso. Justamente de cinco a siete tengo que ir a probarme unos vestidos a casa de Laura. Ya sabes lo que es ella; si pierdo mi turno, me deja desnuda este invierno. ¿Estoy perdonada? Bien lo merece mi franqueza. Pude inventar otro pretexto. Otra junta piadosa, la jaqueca, el dentista; pues no, me entrego en pleno delito de coquetería. Así puedes decírselo a las amigas, segura de que todas me absuelven. Me has dicho que la marquesa está expirando. ¡Pobre señora! Esta noche te veré en el Real. Hasta luego.


                                                            II


Mucho siento la mala obra, pero hoy me es imposible ir a probarme los vestidos. Precisamente de cinco a siete se reúne la Junta de Damas de la Honradez y el Trabajo, de la que soy secretaria, y no puedo faltar. Iré mañana a primera hora. No retrase, por Dios, los vestidos, el negro sobre todo, nuestra presidenta está expirando; y si se muere, no sé cómo voy a ir a los funerales.


                                                            III


De cinco a siete.


De Cartas de mujeres.

Parvo reino. Ida Vitale.

Al silbo de las sílabas subía
de siete en siete vuelos
hasta alcanzar un cielo

de sílaba serena,
que esconde lo que sabe que te espera,
la sílaba no sierpe
en donde el alma siempre
se concierne.

Cruza discreta por salteadas muertes,
vacila ante el adusto
mirar del desamor.

Susurra como el agua de corriente
dócil y sazonada,
cuando a su breve brazo brevemente
te aferras, si es que nada,
con otra forma del soñar te engaña.

Lectura. Ida Vitale.

Al silbo de las sílabas subía
de siete en siete vuelos
hasta alcanzar un cielo

de sílaba serena,
que esconde lo que sabe que te espera,
la sílaba no sierpe
en donde el alma siempre
se concierne.

Cruza discreta por salteadas muertes,
vacila ante el adusto
mirar del desamor.

Susurra como el agua de corriente
dócil y sazonada,
cuando a su breve brazo brevemente
te aferras, si es que nada,
con otra forma del soñar te engaña.

La mentira. Ida Vitale.

Vuelan fronteras de un país
cuyo falso centro está en nosotros
que quién sabe dónde estemos.
El norte está en el sur,
este y oeste se confunden,
el sur se pierde entre la bruma
y dentro lo más vivo es la mentira.

¿Quién no tiene un cachorro de mentira?
¿Quién no le da su fiesta acostumbrada,
lo impone en campo imaginario?
¿Quién no draga o airea
su mínima mentira, sea gris o grandiosa,
y la lleva
donde los pájaros, las mariposas vuelan,
verdaderos, cada uno a lo suyo?

Y cuántos
celan la mentira del otro
mientras sin malicia los mira
la honestísima muerte.

Exilios. Ida Vitale.

tras tanto acá y allá yendo y viniendo
                                                  Francisco Aldana







Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier grieta.
No hay brújula ni voces.

Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los vuelve reales,
que los haría casi de tierra y pasto.

La mirada se acuesta como un perro,
sin el tierno recurso de mover la cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire,
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.

Se disuelve, tan sólo.

Alianza. Ida Vitale.

Una historia narcótica empapa
a esta ciudad suspendida en la nada.
¿Qué sueño no se oxida en este invierno,
donde segregan voces los silencios
y la ceniza acalla en vez las voces?
A solas extendemos, para que se oiga lejos,
entre la retractación de los espejos,
la inútil lealtad de nuestro viaje.
Se llevará un naufragio su mensaje.
Todo es península, para quien sabe,
en su camino oculta, hiedra o mina.
Sea la niebla aliada y no enemiga.

Abuela. Ida Vitale.

En una luz verdosa, entre olores verdosos,
en un vestido negro como papel quemado,
la abuela se refleja desde la mecedora,
al fondo del espejo.
Allí sentada no se hamaca. Cruje.
Se le evaporan casamiento y casas,
ocasiones de cuita, los narrados,
secos jirones que de a poco dieron
gusto a sangre en la boca a la familia:
las guerras y los muertos pequeñitos,
y los que luego luto le vistieron.
Y también el amor, si acaso hubo,
la aridez de los años, la gota de molicie
que murió inútil en su piel reseca.
Todo tal la merienda sorbida tarde a tarde,
de inmediato olvidada.
Fue inmune a la viruela.
Ignoró la codicia.
No vio la conyugal Sicilia
ni muchas calles de Montevideo.
Durante décadas le bastó una amiga
y los recuerdos de un Rosario mínimo.
Sólo insistía en recordar el nombre
en italiano del durazno.
Como el sabor, se le olvidaba.
Sé que sobre sus faldas tibias,
tibia dormía otra Verdad secreta
que acunó su quietud.
La luz bajo cortinas de filé melancólico,
por años la enfrenté desde otra mecedora,
sin lograr alcanzarla.

La refalosa. Hilario Ascasubi (1807-1875)

Mira gaucho salvajón
que no pierdo la esperanza
y no es chanza
de hacerte probar que cosa
es «Tin Tin y Refalosa»
ahora te diré como es:
escuchá y no te asustés
que para ustedes es canto
más triste que viernes santo
Unitario que agarramos
lo estiramos o paradito nomás
lo agarran los compañeros
por supuesto, mazorqueros
y ligao con maniador doblado
ya queda coco con codo
y desnudito ante todo
¡Salvajón!
Aquí empieza su aflicción
luego después a los pieses
un sobeo en tres dobleces
se le atraca
y queda como una estaca
lindamente asigurao,
y parao lo tenemos
clamoriando y como medio chanceando
lo pinchamos y lo que grita
cantamos «la refalosa y tin tin»,
sin violín.

Pero seguimos al son
de la vaina del latón
que asentamos el cuchillo y le
tantiamos con las uñas el
cogote.
¡Brinca el salvaje vilote
que da risa!
...............
Finalmente:
cuando creemos conveniente,
después que nos divertimos
grandemente, decimos que al salvaje
el resuello se le ataje;
y a derecha
lo agarra uno de las mechas
mientras otro lo sujeta
como a potr de las patas
que si se mueve es a gatas
Entretanto nos clama por cuanto santo
tiene el cielo;
pero ahí nomás por consuelo
a su queja
abajito de la oreja
con un puñal bien templao
y afilao
que se llama quita penas
le atravesamos las venas
del pescuezo
¿Y que se le hace con eso?
larga sangre que es un gusto,
y del susto
entra revolver los ojos
...............
¡Que jarana!
Nos reímos de buena gana
y muy mucho
al ver que hasta les da chucho;
y entonces lo desatamos
y soltamos;
y lo sabemos
parar para verlo
refalar ¡en la sangre!
hasta que le da calambre
y se cai a patalear,
y a temblar
muy fiero, hasta que se estira
el salvaje; y lo que espira
le sacamos una lonja que apreciamos
el sobarla y de manea
gastarla De ahí se le cortan las orejas,
barba, patillas y cejas;
y pelao lo dejamos
arumbao,
para que engorde algún chanco,
o carancho.
...............
Con que ya ves, Salvajón
Nadita te ha de pasar
Después de hacerte gritar
¡Viva la Federación!

La encuhetada. Hilario Ascasubi (1807-1875)

Hoy hará una trasnochada
apretando el imprentero,
y allá al rayar el lucero
piensa acabar mi versada.

Siendo ansí, a la madrugada
le echaré en la población;
pero antes hago intención
(se lo alvierto por si acaso)
de ir a pegarle un albazo
llevándosela, patrón.

Por ahora voy a largar
solamente el primer trozo,
y hay otro más cosquilloso,
que después le he de atracar
hasta hacerlo corcoviar
a ese conde Palmetón;
y le asiguro, patrón,
que no desprecio a otro inglés,
más que a ese maula, y después
a otro de un zaíno rabón.

Conque, va sabe, temprano,
mañana al venir el día,
me cuelo en la imprentería
de Hernández el Valenciano,
y me agarro mano a mano
a cimarroniar con él:
y en cuanto acabe el papel
dándomelo, de ahi mesmito,
me guasquiaré, patroncito,
a su casa de tropel.

Verá, señor, con qué esmero
ha pintao la estampería,
que le ha hecho a mi versería
Musiú Lebas, el santero.

¡Ah, francés, lindo!, ansí quiero
pagarle muy rigular;
y ansí tienen que alumbrar
los que pretiendan libritos,
con diez y ocho vintencitos
al tiro y sin culanchear.
Su amigo, Luciano Callejas.

Isadora la federala y mazorquera (Fragmento) Hilario Ascasubi (1807-1875)

Sabrán que esta moza al fin,
no es porteña, es arroyera,
pitadora y guitarrera
y cantora del tin tin.

Que vino de la otra banda
junto con los invasores,
y que sabe hacer primores
por todas partes donde anda.

Y que hace mucho papel
como güena federala
pues se refriega en su sala
con la hija de Juan Manuel.

Isadora. Hilario Ascasubi (1807-1875)

PRIMERA PARTE

La Isidora regordeta
se va a embarcar al Buseo:
¡vieran con qué zarandeo
va arrastrando una chancleta!

Que lleva un pie desocao
de resultas de un fandango,
en que le rompió el changango
en la cabeza a un soldao;

Y en esa noche con Brun
bailando la refalosa,
anduvo poco mañosa
queriendo hacerle el betún.

Sabrán que esta moza al fin,
no es porteña, es arroyera,
pitadora y guitarrera
y cantora del Tin tin.

Que vino de la otra banda
junto con los invasores,
y que sabe hacer primores
por todas partes donde anda;

Y que hace mucho papel
como güeña federala,
pues se refriega en su sala
con la hija de Juan Manuel.

En fin, dicen que esta dama
del Miguelete se aleja,
y a mis paisanas les deja
los recuerdos de su fama.

También dicen de que al borde
ha estado de perecer,
y se quiere reponer
porque ha perdido el engorde

Pues no le asientan los pastos,
y luego con la escasez
que hay por ajuera, esta vez
se ha fundido en hacer gastos.

Así es que bien trasijada
se retira la infeliz,
echando por la nariz
como suero de cuajada.

Un ojo le lagrimea,
del aire, dice Garvizo;
que para él es un hechizo
otro que le centellea.

El Andaluz se hace almiba
por agradar a Isidora,
que es muchacha seguidora
y nunca se muestra esquiva.

Así es que a la despedida
la acompaña una patrulla,
marchando sir, hacer bulla
come gente dolorida.

Pero la Isidora marcha
sin demostrar sentimiento,
con un semblante contento
y más fresca que la escarcha.

Lleva el rebozo terciao,
airoso, a lo mazorquera,
y en la frente de testera
luce un moño colorao.

Marcha con aire gitano,
y una mano en la cadera,
que sacude sandunguera
con un garbo soberano.

Para lucir los encajes,
viste a media pantorilla
un vestido de lanilla
colorao y sin follajes.

Ella no gasta bolsita
como gasta una pueblera;
pero carga una jueguera
y también su barajita.

Todo el cortejo se empeña
en complacerla al partir,
pero ella se quiere dir
y a todo bicho desdeña.

Casi se cai de barriga
el cirujano, en mala hora
se le clavó a la Isidora
el cuchillo de la liga...

Que lo levanta el galán
trompezando, y cariñoso
se lo presenta gustoso
a la prenda de su afán.

La Isidora lo recibe,
y exclama: - ¡Cristo me valga!
antes perdiera una nalga
que no esta prenda de Oribe.

Con la cual he de volver
y a todas las unitarias,
de balde han de ser plegarias,
yo las he de componer.

¿Ha visto, dotor tuertero,
estas zonzas de orientalas,
que a todas las federalas
nos tratan como a carnero?

Esas mesmas que ahi están
faroliando en el Cerrito,
y haciéndole asco al moñito,
no sé lo que pensarán.

Pues mire, ¡a fe de Isidora,
me voy con sangre en el ojo!
y, he de volver por antojo
con mi comadre Melchora;

Y a toda la que se piensa
que me ha de andar con diretes,
le he de cruzar los cachetes
y le he de cortar la trenza.

¡Moño grande! que se vea,
se han de poner a la juerza:
y a la que medio se tuerza
se lo he de pegar con brea.

¡Caray! si me da una rabia
el ver que a mí ¡a la Isidora!
quieran ganarle a señora
porque tienen mejor labia.

¡Y porque gastan corsé,
y gorras a la francesa,
ni levantan la cabeza
a saludar! -Ya se ve...

Aun no están acostumbradas
a la mazorca y tin tin,
pero de todas, al fin,
me he de reír a carcajadas.

Deje nomás que entre Oribe
y tome a Montevideo,
que hemos de tener bureo
como Rosas me lo escribe.

Conque ansina, dotorcito,
a todas digamelés,
que he de volver otra vez,
¡que me anden con cuidadito!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En esta conversación
hasta la playa llegaron,
y en el momento mandaron
los rosines un lanchón.

Era preciso llevarla
cargada para embarcarse,
por no dejarla mojarse,
que eso podía resfriarla.

Entonces de la cadera
se la prendió el Andaluz,
y ella le gritó: ¡Jesús!
¡No me ruempa la pollera!

Con todo se la echó al hombro,
y hasta el lanchón la llevó;
y al dejarla suspiró
el tal Garvizo, ¡qué asombro!

Conque ansina desde ahora
es bueno que se prevengan,
y las orientalas tengan
¡cuidado con la Isidora!


SEGUNDA PARTE

Por un duende que ha venido
y que estuvo en lo de Rosas,
ésta y otras muchas cosas
diz que Anastasio ha sabido;

Porque me escribe el Chileno,
con respeuto a la Isidora,
de que tuvo la señora
un viaje pronto y muy güeno;

Pues la tarde del embarque
alzó moño la Palmar,
y a Güenos Aires fue a dar
con la Arroyera y su charque.

Y con viento rigular
amaneció la Boleta,
frente de la Recoleta
aonde empezó a sujetar.

Por supuesto, en la cruzada,
la muchacha se almareó,
y cuasi, cuasi largó
la panza y la riñonada.

Pero le dieron giniebra
que cura la indigestión;
y diz que sopló el porrón,
y se lo limpió de una hebra.

Luego le ofrecieron té;
pero ella dijo: -No quiero
ningún remedio extranjero,
como no sea el culé...
O mate de manzanilla
junto con flor de mosqueta,
que cuando estoy indigesta
¡me asienta a la maravilla!

Quién sabe al fin si tomó
a bordo esa medicina;
pero luego en la cocina
de golpe se amejoró:

Comiéndose allí una tripa
que le brindó el cocinero,
con más de medio carnero
y de galleta una tipa.

Últimamente llegaron
hasta dentro con el barco,
y en lo más hondo del charco
a soga larga lo ataron.

Y al echar un bote al río
le dijeron a Isidora:
Venga a embarcarse, señora,
con su petaca y su avío.

Mesmamente la embarcaron
en la culata del bote,
y más ligero que al trote
hasta la orilla llegaron.

De allí la montó a babucha
un marinero fornido,
que llegó a tierra rendido
y soltó a la camilucha:

Cuando llegó un adecán
flauchoncito y muy viejazo,
que al soltarle ella un abrazo,
le dijo: ¡Che, Corbalán!

¿Cómo estás? ¿Y Juan Manuel?
¿siempre con salú? contáme,
o más bien acompañáme,
voy a platicar con él.

¡Isidora de mi vida!
díjole el viejo moquiando;
¡pues no! vamos disparando
y que sea bien venida.

Y ya también la sacó
de bracete acollarada;
que salió medio trabada
desde el punto en que partió.

¡Qué de noticias traerás
-le dijo- de esos parajes!
Y ¿se aguantan los salvajes
Rivera y el manco Paz?

Nada te puedo contar
ahora, dijo la Arroyera,
pues se me anda la vedera
y ya me voy por echar.

Apuráte por favor:
vamos ligero, viejito,
y lleguemos, hermanito,
a lo del Restaurador.

Llegó la yunta, y adentro,
en la puerta de la sala
ya tuvo la federala
su primer feliz encuentro.

Pues salió la Manuelita,
y en cuanto la divisó;
luego vino y se abrazó
de firme con su amiguita,

Queriéndola comer
con los besos que le dio,
hasta que le preguntó:
-¿De dónde salís, mujer?

¡Mirá que sos una ingrata!
pues ni de mí te acordás
queriéndote mucho más
que lo que me quiere tata.

-Salí, porteña pintora,
federala zalamera;
que si yo no te quisiera,
velay, ¡dijo la Isidora!...

No te trujera esta lonja
que le he sacao a un francés,
para vos, ahi la tenés:
esto es querer, no lisonja.

Ansí es que me acuerdo yo,
tomá, y dejáte de quejas;
juntalá con las orejas
que Oribe te regaló.

-Ya no las tengo, hermanita,
le respondió la pichona
pues como eran cosa mona
se las regalé a tatita.

Ahora mesmo las verás
en su cuarto, adonde tiene
todo lo que lo entretiene:
vení, mujer, te reirás.

Entonces se despidió
Corbalán de Isidorita:
que a un tirón de Manuelita
para el cuarto cabrestió.

Se colaron, ¡Virgen Santa!
en ese cuarto que espanta
de pensar que vive en él
el tirano Juan Manuel,
restaurador de las leyes,
entre jeringas y fuelles,
puñales, vergas, limetas,
armas, serruchos, gacetas,
bolas, lazos maniadores
y otra porción de primores;
pues lo primero que vió
Isidora en cuanto entró,
fue un cartel,
con grandes letras sobre él,
y una manea colgada
de una lonja bien granada:
y el letrero
decía así: «¡Esta es del cuero
del traidor Berón de Astrada!
lonja que le fue sacada
por unitario salvaje,
en el paraje
del Pago Largo afamado,
donde fue descuartizado!»

-Con razón:
por malvao y salvajón,
dijo la recién venida.
Y en seguida,
miró encima de una mesa,
y entre un nicho, una cabeza
cortada,
y con la lengua apretada
mordida,
y la vista ennegrecida
y con rastros de llorosa.

Al pie tenía una losa
escrita, y decía así:
«Zelarrayán
Los salvajes temblarán
cuando se acuerden de ti».

¿Pues no?
la Arroyera dijo: y vio
ahi nomás, en seguidita,
colgada en una estaquita
una cola o cabellera:
y al preguntar de quién era
pudo ver sobre un papel
esta letra: «¡De Marciel!
Esta es la barba y bigote,
que con lonja del cogote
le manda al Restaurador:
Oribe, su servidor».

- ¡Qué bonito,
dijo Isidora, el versito!
Y agarró
un puñal, que reparó
en diez o doce que había,
que sobre el cabo tenía
en la chapa este letrero:

«Yo soy el verdadero
recuerdo en homenaje
del infame salvaje
Manuel Vicente Maza.

Si salgo de esta casa,
¡tiemble algún Presidente
que no sea obediente,
y, altanero se oponga,
cuando Rosas disponga!».

-¡Qué receta para Oribe,
dijo Isidora, que vive
sirviéndole a Juan Manuel,
y queriendo hacer papel
de Presidente legal,
cuando en la Banda Oriental
tan sólo el restaurador
debe ser amo y señor,
aunque el diablo se sacuda
las orejas!... ¡Ah, mujer!
hacéme al momento ver
las de Borda: ¿dónde están?
¿Qué sequitas no estarán?

Entonces la Manuelita
las sacó de una cajita,
y cuando se las mostró,
la gaucha las escupió,
y pensó hacer otras cosas:
pero en esto dentró Rosas
en camisa y calzoncillos
golpiándose los tobillos,
con la cabeza amarrada,
una cara endemoniada,
y en la cintura una verga.

Tendió en el suelo una jerga,
puso al lado una botella,
y se acostó cerca de ella
sin soltar una expresión...
y cuál fue la confusión
de Isidora y Manuelita
al sentir que su tatita
redepente dio un bramido
como tigre enfurecido,
y echando espuma se alzó,
y estas palabras soltó:
«¡En la Horqueta del Rosario!
¡Flores, salvaje unitario!
¡Núñez, salvaje traidor!...

Entonces le dio un temblor,
y rechinando los dientes,
y con gestos diferentes:
«¡Asesina!» le gritó
a Isidora; y la mandó
degollar con sus soldaos,
que acudieron asustaos.

Cayó entonces desmayada
la Arroyera, y arrastrada
fue por dos indios; y al rato
degollada como un pato.

Cuando la iban a matar,
Manuela se echó a llorar
a los pies de Juan Manuel,
suplicándole, pero él
dijo: «¡Muera la ovejona!
pues, si no, sale y pregona,
que ya tengo convulsiones,
de ver que los salvajones,
se lo limpian a Alderete;
y después, que lo sujete
el demonio al Pardejón,
que viene, y en un cañón
de taco me hace meter,
y ahí nomás lo hace prender;
cosa que en cuanto reviente
¡a los infiernos me avente
donde con vergas y fuelles
vaya a restaurar las leyes!...

Luego pidió una botella
de bebida, y se arrimó
a Isidora; la miró,
y de ahí se sentó sobre ella.

¡Fría estaba y desangrada!
Pero Rosas, con todo eso,
se agachó, le pegó un beso,
y largó una carcajada.

Luego acabó de beber
muy ufano, y se paró,
y a los indios les gritó:
«Saquen de aquí esta mujer;
llevenlá a la sepultura;
vamos, prontito, al instante,
y que venga y la levante
el carro de la basura».

Ansí la triste Arroyera
un fin funesto ha tenido,
sin valerle el haber sido
federala y mazorquera.

Dedicatoria. Hilario Ascasubi (1807-1875)

Señor conde Palmetón:
a usté por lo bien portao,
y el haberse acreditao
¡tan lindo en su Intervinción!

Callejas, de refilón,
a nombre de la gauchada,
le dedica esta enflautada
celebrando entre otras cosas,
¡que en ancas le largue Rosas
por el Harpy una ensilgada!

¿Sabe lo que es ensilgada?
Es una vaina, patrón,
sin grano, y ¡con su perdón
que jiede a bosta quemada:

medio aceitosa, y buscada
en los pagos del Tandil
y propia para el candil
de cualesquier baladrón;
conque, atráquele, patrón,
esa mecha a Mistre Pil.

Advertencia a los uropeos cosquillosos. Hilario Ascasubi (1807-1875)

Van tres gauchos liberales
a quejarse, con razón,
de una floja y ruin aición
de dos gobiernos desleales.

Siendo gauchos, como tales,
se explicarán sin rodeos,
sin que dentre en sus deseos
ni un remoto pensamiento
de hacer en el fundamento
agravio a los uropeos.