jueves, 17 de abril de 2014

El cóndor viejo. Julio Flórez Roa (1867-1923)

A Rafael Pombo.
    I

    En una roca de la sierra umbría
    Vive un cóndor ya viejo y desplumado,
    Que contempla la bóveda vacía
    Con tan honda y tenaz melancolía,
    Cual si estuviese allí petrificado.
    Ya no puede volar y cuando empieza
    La blanca nube a coronar la altura,
    Envidioso la mira y con tristeza
    Inclina taciturno la cabeza
    Sobre su roca inconmovible y dura.
    II

    Sirve de escarnio a los demás cóndores
    Que anidan en las cumbres de granito,
    Y que, del hondo espacio triunfadores,
    Bañan su cuello en mares de colores
    Al desgarrar la aurora el infinito.
    En la noche, en los hondos agujeros
    De su peñón, donde las brisas suaves
    Se refugian, él sueña cosas graves:
    Ya, que eleva en el aire los corderos,
    Ya, que agarra en las nubes a las aves.
    III

    Mas se mira las alas compungido
    Y no halla en ellas ni siquiera rastro
    De aquel tiempo en que hubiera hasta podido
    Colgar su enorme y silencioso nido
    De las rubias pestañas de los astros;
    Cuando, al lanzarse en inauditos vuelos
    Rozaba con el arco de sus plumas
    Los bruñidos cristales de los hielos,
    Al hundirse en el polvo de las brumas
    Bajo el zafiro inmenso de los cielos;
    IV

    Cuando, el rugir del rey de los titanes,
    El hondo mar que eterna rabia alienta,
    Llegaba a los ignívomos volcanes
    Por sentir estertores de tormenta
    Y escuchar aleteos de huracanes,
    Cuando, ávido de luz, a ambientes puros,
    Del Sol siguiendo el luminoso paso,
    Desde los altos peñascales duros
    Iba a alumbrar sus ojos verdioscuros
    En los rojos incendios del ocaso.
    V

    Yo conozco un poeta desplumado
    Como el cóndor aquel, cuya presencia
    Es un mísero escombro del pasado
    ¡Ya no puede volar! Hoy vive atado
    A la roca fatal de la impotencia.
    Eso pensé de ti; mas hoy que he visto
    Que tú, viejo cóndor, con rudo aliento,
    Subes aún rasgando el firmamento,
    Presa del más atroz remordimiento.
    VI

    El mismo eres de ayer. La artera bala
    Que cierto cazador disparó un día
    Contra ti, no logró romperte el ala;
    No eres momia ambulante todavía;
    ¡Tu espíritu inmortal vigor exhala!
    Perdóname poeta, si atrevido
    Quise herirte también; fúlgidos rastros
    Nos dejas al volar; ¡no estás vencido!
    ¡Puedes aún colgar tu enorme nido
    De las rubias pestañas de los astros!

Ego Sum. Julio Flórez Roa (1867-1923)

Es esta la imagen fría
De un poeta extravagante,
Que sin fuerzas de gigante
Soñó ser gigante un día;
Pero que tras lucha impía
Mustio y rendido cayó,
Pues apenas consiguió
Avivar más su deseo,
Y ser tan solo un pigmeo
Que aún sueña en lo que soñó.

Dulce veneno. Julio Flórez Roa (1867-1923)

Luego me dijo: "Aún cuando mi alma anhele
La virtud y odie la maldad y el vicio,
Ya ves, mi triste corazón se duele,
Al contemplar el hondo precipicio
A donde el Hado sin cesar me impele.
Con mi carga de amor y desconsuelo
Voy a un próximo fin, paso entre paso,
Rueda mi llanto hasta mojar el suelo
Y miro dulcemente hacia mi ocaso
Al ver la muda impavidez del cielo.
¡Ah, si acortar pudiera la jornada!
¡Es tan dura y tan grande mi fatiga,
Mi senda tan oscura y desolada,
Que quisiera morir! Hoy nada, nada
Fuera de ti, mi desazón mitiga.
Y yo te estoy matando. ¡Oh sí! Mis besos
Te envenenan en largo paroxismo
Quedas tras tus eróticos excesos;
Cuando en mi boca están tus labios presos,
Tu boca está en la boca de un abismo".
Yo exclamé: "¿Morir quieres? En el seno
Tú, mi cabeza, al expirar, coloca;
Y después, si es verdad que es un veneno
De tu boca la miel, yo también peno,
Mátame con la miel que hay en tu boca".
Colgóse entonces de mi cuello, hermosa,
Transfigurada y, llena de ternura,
Puso en mi labio el suyo, hecho de rosa
Y en una tregua larga y silenciosa
Lloramos de dolor y de ventura.

Dicen que entre las tumbas del camposanto. Julio Flórez Roa (1867-1923)

Dicen que entre las tumbas del camposanto
Suelen incorporarse los pobres muertos,
Y a través de las grietas del calicanto,
Ver con los ojos turbios, tristes y yertos,
Si alguien llega a sus tumbas vertiendo llanto.
¡Ay!, cuántos esqueletos sus cuencas frías
Pondrán tras de las grietas que hay en sus fosas,
Y esperarán en vano, días y días
Que alguien llegue y mitigue sus espantosas,
Sus eternas y amargas melancolías.

Cuando lejos, muy lejos. Julio Flórez Roa (1867-1923)

Cuando lejos, muy lejos, en hondos mares,
En lo mucho que sufro pienses a solas,
Si exhalas un suspiro por mis pesares,
Mándame ese suspiro sobre las olas.
Cuando el sol, con sus rayos, desde el oriente,
Rasgue las blondas gasas de las neblinas,
Si una oración murmuras por el ausente,
Deja que me la traigan las golondrinas.
Cuando pierda la tarde sus tristes galas,
Y en cenizas se tornen las nubes rojas,
Mándame un beso ardiente sobre las alas
De las brisas que juegan entre las hojas.
¡Que yo, cuando la noche tienda su manto,
Yo, que llevo en el alma sus mudas huellas,
Te enviaré, con mis quejas, un dulce canto
En la luz temblorosa de las estrellas!

Cruzó como un relámpago el vacío. Julio Flórez Roa (1867-1923)

Cruzó como un relámpago el vacío,
Bajo el trémulo palio de las frondas;
Y cayó, de cabeza, en pleno río,
Destrozando el espejo de las ondas.
Tres veces resurgió su cuerpo impuro
Su cuerpo encenegado en la molicie
Y otras tantas hundióse en el oscuro
Fondo, bajo la rota superficie.
Después flotó el cadáver en el agua,
En donde el sol, al expirar, ponía
El último reflejo de su fragua.
¡Y el cadáver se fue con las abiertas
Pupilas asombradas: lo seguía
Un callado cortejo de hojas muertas!
¡Agucé mis ternuras hasta vivir de hinojos
A sus plantas, en éxtasis: tal fue mi idolatría
Sin ver más luz que el lampo divino de sus ojos,
Ni ansiar más gloria que una: llamarla mía, mía.
Un pescador la extrajo del agua el otro día.
La vi Y entonces tuve frenéticos antojos
De ceñirme a su yerta carne por si podía
Animar el turgente mármol de sus despojos.
Me contuvo un amigo, el más amado: un hombre
Cuyo nombre me callo porque no importa el nombre.
No te enloquezcas, dijo, ya que no fuiste experto:
Esa mujer que serte constante y fiel juraba,
Te engañaba conmigo, y, oye: Nos engañaba
Con otro ¡y por ese otro, es por quien ella ha muerto!

Candor. Julio Flórez Roa (1867-1923)

Azul azul azul estaba el cielo.
El hálito quemaste del estío
Comenzaba a dorar el terciopelo
Del prado, en donde se remansa el río.
A lo lejos, el humo de un bohío,
Tal de una novia el intocado velo,
Se alza hasta perderse en el vacío
Con un ondulante y silencioso vuelo.
De pronto me dijiste: "el amor mío
Es puro y blando, así como ese río
Que rueda allá sobre el lejano suelo".
Y me miraste al terminar, tranquila,
Con el alma asomada a tu pupila.
Y estaba azul tu alma como el cielo.

Boda negra. Julio Flórez Roa (1867-1923)

Oye la historia que contóme un día
El viejo enterrador de la comarca:
Era un amante a quien por suerte impía
Su dulce bien le arrebató la parca.
Todas las noches iba al cementerio
A visitar la tumba de la hermosa;
La gente murmuraba con misterio:
Es un muerto escapado de la fosa.
En una horrenda noche hizo pedazos
El mármol de la tumba abandonada,
Cavó la tierra y se llevó en los brazos
El rígido esqueleto de la amada.
Y allá en la oscura habitación sombría,
De un cirio fúnebre a la llama incierta,
Dejó a su lado la osamenta fría
Y celebró sus bodas con la muerta.
Ató con cintas los desnudos huesos,
El yerto cráneo coronó de flores,
La horrible boca le cubrió de besos
Y le contó sonriendo sus amores.
Llevó a la novia al tálamo mullido,
Se acostó junto a ella enamorado,
Y para siempre se quedó dormido
Al esqueleto rígido abrazado.