lunes, 16 de junio de 2014

As de oro. Verónica Viola Fischer.

Soplo, tiro los cuadraditos sobre el paño de la mesa y soy
feliz. Generala. Mujer déspota y sumisa
de la arbitrariedad.
Observo los tres ases. Son míos. Poderosa canto
aplasto sombreros con mi pierna corta, sonrío a la nuca
de los demás concursantes. Apuesto al doce
pago por el rojo y colorado! ¡Colorado el doce! Cobro.
Sí, cobro, recibo, aguanto la mortaja del papel
comprador. Camino sola, seria.
Entro a un negocio y pregunto -¿podría darme
la hora?- El vendedor me la envuelve
llena de moños, la llevo.
Si bien en el juego, mal en el amor -dijo
un borracho sobre la vereda y yo pensé
que el amor solo era juego, justamente
el azar defendió sus tierras
y castigó a quienes intentaron
construir ciudades verdaderas.
Voy al casino. Necesito luz blanca,
ahogarme en brillos. Si no, caigo.
Casi no veo de noche. El día es negro. Y otra
otra vez casi no, casi
suculenta me rozo algún labio.

Arveja negra. Verónica Viola Fischer.

engo un problema:
arranqué los ojos de mi muñeca
y ya no ve. Desde el noveno piso
lancé con ímpetu al patio interno
de mi vecina un ojito, el izquierdo.
En una alcantarilla, único
ojo abierto que permite
entrar a la imagen hecha cuerpo;
es de saliva poderosa
seduce agresiva cualquier intento
de entrega externa, la convierte
en interna destrucción. Allí
abandoné el otro ojo que rodó
como una arveja negra.
Mi muñeca: muñón del alma mía
no está ciega, es simple
no tiene en la cara ojos
y su cabeza recuerda
pequeño el patio que se agiganta
a gran velocidad, un agujero.
Yo le muestro
determinada cantidad de dedos, ¿cuántos
hay? le saco la lengua, me burlo
lloro en silencio y no lo nota, la amenazo
y nunca tiembla: Ojos que no ven
corazón que no siente. Necesito
dos ojos, o un corazón
autosuficiente. Mi lágrima no sabe
parir otros, mi problema es
operar en el hueco
de la mirada. No,
caer en él.

Las horas oscuras. Teresa Domingo Catalá.

¿Cómo podrás volver a ser quién eres?

Si la noche te coge de la mano,
te lleva más allá de las estrellas,
junto al país donde los niños lloran.

¿Qué le explicarás a tu incierto amante?

Cuando la bruma envuelva tu sagrario
y tus pechos estén áridos de alas,
y hacia el norte no veas ningún trance:

¿Qué aprenderás de las horas oscuras?

Las horas. Teresa Domingo Catalá.

El fiero deslizar de la penumbra
acentúa los rasgos invernales
de los besos que nunca sucedieron.

¿Dónde van esos besos que son agua
marchita por el ulular del ángel?

¿Dónde rezan los árboles hundidos?

Si se apaga el poder de la memoria
a los pies del cordero devastado
¿dónde sollozarán las madreselvas?

Recuerdos de la soledad, la angustia,
en un último valle de tinieblas
escindidas del paso de las horas.

Catalejos insomnes las estudian
con una servilleta en el espejo.

Ansían conquistar la madrugada.

Las flores. Teresa Domingo Catalá.

Florecemos, aupados por la lumbre,
con la inocencia de agua que respira
el anónimo olor de los claveles.

Nos embrujan las plantas y los pájaros,
el desuello, las flores invernales,
como una cantinela abovedada
que resurge del polvo de los días.

La noche es una estrella sin raíces
que ampara el canto triste de las horas
en las que se suceden ansia y espejo.

Es la naturaleza de la noche
escuchar el silencio de los búhos,
atesorar el llanto del murciélago.

La oscuridad. Teresa Domingo Catalá.

La luz amortajada
surge con un soplo de árbol.

Vamos a bendecir la oscuridad
con ramos de sayales y murciélagos,
con velas sarmentosas y guitarras
que dobleguen al ángel de la furia.

Pero también vendrá a nuestras casas
con un alarido constante y seco,
y devorará los panes,
y beberá el vino que era agua
de nuestros propios labios.

La noche. Teresa Domingo Catalá.

Tus ojos son el luto incandescente
que se derrama al envolver las manos
con la cera caída de los cirios,
la mirada de estrellas expectantes.

Como un barco velero y silencioso
que rodea al vaivén del aire el istmo
yacente de la península inmóvil,
con sus crespones negros desplegados
al roce de las nieves y los vientos,
así transita la oscuridad tardía.

Como si fuera llama, un fuego oscuro,
que consumiera todos los reproches,
esas pequeñas guerras cotidianas
de pan y sal, lechugas y pimientos,
incinera su mismo vientre inmóvil
en cada amanecer, en cada casa
que acoge sus sueños lujuriosos.

Mas vienen la mañana y los relojes,
con la luz traicionera del deshielo,
para usurpar la absenta de las flores.

La madre. Teresa Domingo Catalá.

La hendidura polar se reencarna
en difusos remansos laterales.

Los ciervos comen cólera bendita,
venganza de una diosa inconsistente.

Porque es ella la voz de las tinieblas
que perfuma el cantar de sus quereres.

Es ella el cuerpo anclado en la ternura
de unas manos acariciando el pan.

Si todos somos hijos de la noche,
envueltos en martillos y brocales,
viviremos en días sucesivos
amamantando nuestra propia leche.

La lluvia de la noche. Teresa Domingo Catalá.

La voz oscura prende soledades,
aísla el sueño,
perturba a los insomnes.

La lluvia, la palabra de la noche,
también roza el día con su aliento
de fuerza estremecida por las nubes
que lavan el círculo polar
con las ablaciones de la nieve.

El agua, perdida, se confunde,
se alía con la niebla derrotada,
goza del estertor de los rosales
que no pueden soportar
el firme aullido de las sombras.

El agua se inmiscuye entre los setos
para averiguar la blasfemia de sus gotas,
y el rictus amargo de una espera
que pide ser oída en la catarsis
de esa misma agua derramada.

La noche dice, canta sus pesares,
alivia su dolor, su desconsuelo
con frascos de alquitrán, fosas comunes,
donde reposa la osamenta de un pasado
preso en los avatares del murmullo.

La noche se desprende de su piel,
minada por el paso de la lluvia
que desciende a la losa de la tierra.

La escalera. Teresa Domingo Catalá.

Me conmueven las horas de la noche,
el vibrante rotar de sus aletas,
el singular acento de sus párpados.

Como un niño, rescatan la inocencia
transgredida entre soledad y nieve,
la libertad del mundo de los sueños.

¿O esclavos son los sueños, la memoria
que nos dirige atrás sin pasaporte,
y nos revela a cámara encendida
la terrible verdad de la mañana?

De Jacob la escalera permanece
abierta a las ventanas de los ángeles,
que bajan al dosel de los infiernos
para entrever el mito del azogue.

Es. Teresa Domingo Catalá.

Amanece la noche con su piel,
en la orilla cercana del regreso,
donde crecen libélulas oscuras
con aromas de chocolate amargo.

La noche se desnuda con el día,
olvidado el gabán de las estrellas
tras el vil torbellino de murciélagos.

Es el beso cautivo de la sierva
que quebrantó con furia sus cordones
como un toro obligado a renacer.

Es el parto continuo de la sangre.

El glaciar. Teresa Domingo Catalá.

Crepita el glaciar del cielo,
se anuda al pecho liso de la luz
como una caracola incandescente.

El glaciar alisa los cráteres malditos
y se enfrenta al poder de la masacre
como un halcón de pico congelado
y unas pequeñas alas de amuleto.

Sortea las pavesas de la tarde
con una pulsación estéril, vaga
por los contornos de los cantos míseros
que dan la bienvenida a la tiniebla.

Se detiene con las anginas toscas
de ese cielo que al despuntar el día
desangra amaneceres como un lápiz.

Y sueña al derretirse con la nieve,
enraizada en el espacio cósmico,
por quien renacerá en la noche nueva.

El dolor. Teresa Domingo Catalá.

La cera viva de retales sabios
aviva, con el poso de las piedras,
las naves acerosas del ayer.

Insemina en la llama de la vela
el último perdón insobornable.

Acrecienta el único dolor
que verá su reverso circundado.

Atrapa cien mil huellas boreales
que insisten en vivir abigarradas.

Sentencia la venida del cordero
con la voz de una noche escandalosa.

Coagula el esplendor sombrío
de las hojas cautivas en las alas.

Apresa el litoral de la península
con la nieve que borda tempestades.

Aniquila el clamor que resucita,
de hinojos, las rodillas golpeadas.

Dormir en ti. Teresa Domingo Catalá.

Dormir en ti, desnuda de abalorios,
amada por la calma de tus horas,
en tus ciénagas, en tus ciegos páramos,
con los ojos de sístole y penumbra
que arrancan alaridos al invierno.

Dormir en ti; los pájaros nocturnos
se enamoran de besos y cuarteles
donde reposar del vuelo, del fin
del nido y del estrago, y el helecho
gotea agua, lluvia mensajera.

Dormir en ti, en el canchal del río
donde arrasas, en el enigma triste
de los lirios oscuros, en océano
enloquecido por tus manos dulces
que penetra la casa en donde moro.

Dormir en ti, tras los acordes blancos
de tu silencio, que adormila búhos
y lechuzas encarnados en piel,
con sueños habitados de un futuro
lleno de soledad y de catástrofe.

Dormir en ti, al ángel de los hielos,
en tus pechos de diosa primigenia,
con roces de la rosa ensangrentada
y el murmullo del águila triunfante,
dormir, dormir en ti, sí, para siempre.

Deshielo. Teresa Domingo Catalá.

Vendrá el deshielo y se llevará consigo
todo el agua del amanecer que sobra.
Con una jeringuilla de manzana,
inoculará paz a los cadáveres
que sollozan pan con manos de arcilla.

De noche. Teresa Domingo Catalá.

Bramaba la ola del cielo,
caía sobre los bordes de las losas
como una pequeña lluvia
que despertara con el rumor del agua.

La muerte sucedía de noche
como un piélago lleno de amor,
con las cucarachas escarbando
la madera de los ataúdes,
hinchados por la humedad del aire.

Golosos, los gusanos se apresuraban
a terminar con las flores mojadas.

De las rendijas
surgía un canto hiriente,
una caricia de huesos,
la esperanza muda de los cadáveres
que respiraban luz
con pulmones de arcilla.

Era de noche,
la llama de los amantes vibraba con los muertos.

Ciclo. Teresa Domingo Catalá.

La felicidad viene por la noche
y acurruca su llanto entre las sábanas,
su agonía perenne y verdadera.

Los garfios de las rosas se declaran.
La muchedumbre aspira a la tiniebla.
Los huesos de la fe son dispersados.

Clama el fuego del alba por su vida,
solloza su inocencia quebrantada,
el sino pluviforme de los ángeles.

Y son las nubes llantos de los días,
la ruptura de un cielo encadenado
a resurgir al alba y a la noche.

Cariátides. Teresa Domingo Catalá.

Las cariátides andan sobre piedras
como cisnes que anhelan otros cisnes
en los puertos surgidos de la luna.

Las cariátides y Pigmalión
conversan ateridos y distantes
sobre el cruel simulacro de la vida.

Mientras, transcurre la hora oscura
con el temblor añadido del invierno,
con la carne manchada por las flores.

Las cariátides quieren ser la noche,
esponjarse en sus húmedos lugares,
y brillar como grillos antropófagos.

Pigmalión se deslíe y sus palabras
constelan el aire, los madrigales,
y envenenan los besos terroríficos. .

¿Cómo no temer el tiempo impío
en que arden las crines ya salvajes
de las estatuas frías como un sol
apagado en la soledad del cosmos?

¿Cómo no amar el sortilegio
que cubre de sombras y de escamas
la tiniebla eterna que fluctúa
entre luces novas y saltamontes?

Las cariátides tocadas por el verbo
vuelven a ser mármol, a ser cisne
tallado en un litoral de isla.