miércoles, 18 de junio de 2014

Mito. Oliverio Girondo (1891-1967)

Mito
Mito mío
Acorde de luna sin piyamas
Aunque me hundas tus psíquicas espinas
Mujer pescada poco antes de la muerte
Aspiro, sorbo hasta el delirio tus magnolias calefaccionadas
Cuanto decoro tu lujosísimo esqueleto
Todos los accidentes de tu topografía
Mientras declino en cualquier tiempo
Tus titilaciones más secretas
Al precipitarte
Entre relámpagos
En los tubos de ensayo de mis venas.

Llorar a lágrima viva. Oliverio Girondo (1891-1967)

    Llorar a chorros.
    Llorar la digestión.
    Llorar el sueño.
    Llorar ante las puertas y los puertos.
    Llorar de amabilidad y de amarillo.
    Abrir las canillas,
    Las compuertas del llanto.
    Empaparnos el alma,
    La camiseta.
    Inundar las veredas y los paseos,
    Y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
    Asistir a los cursos de antropología,
    Llorando.
    Festejar los cumpleaños familiares,
    Llorando.
    Atravesar el África,
    Llorando.
    Llorar como un cacuy,
    Como un cocodrilo
    Si es verdad
    Que los cacuíes y los cocodrilos
    No dejan nunca de llorar.
    Llorarlo todo,
    Pero llorarlo bien.
    Llorarlo con la nariz,
    Con las rodillas.
    Llorarlo por el ombligo,
    Por la boca.
    Llorar de amor,
    De hastío,
    De alegría.
    Llorar de frac,
    De flato, de flacura.
    Llorar improvisando,
    De memoria.
    ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

La noche, navegando. Oliverio Girondo (1891-1967)

    La noche, navegando
    Como ayer,
    Como siempre,
    Por aguas de silencio,
    De calma,
    De misterio,
    Y el campo, las ciudades,
    Los árboles,
    Lo inmóvil,
    Rodando por el aire,
    Como ayer,
    Como siempre,
    A miles de kilómetros,
    Hacia el sol,
    Hacia el día,
    Para seguir de nuevo,
    Sin descanso,
    Sin tregua,
    El mismo derrotero
    De oscuridad,
    De estrellas.
    ¡Qué motivo de asombro!
    ¡Cuánta monotonía!

Escrúpulo. Oliverio Girondo (1891-1967)

Me parece que vivo
Que estoy entre los ruidos
Que miro las paredes,
Que estas manos son mías,
Pero quizás me engañe
Y paredes y manos
Sólo sean recuerdos
De una vida pasada.
He dicho "me parece"
Yo no aseguro nada.

¿Dónde? Oliverio Girondo (1891-1967)

    ¿Me extravié en la fiebre?
    ¿Detrás de las sonrisas?
    ¿Entre los alfileres?
    ¿En la duda?
    ¿En el rezo?
    ¿En medio de la herrumbre?
    ¿Asomado a la angustia,
    Al engaño,
    A lo verde?
    No estaba junto al llanto,
    Junto a lo despiadado,
    Por encima del asco,
    Adherido a la ausencia,
    Mezclado a la ceniza,
    Al horror,
    Al delirio.
    No estaba con mi sombra,
    No estaba con mis gestos,
    Más allá de las normas,
    Más allá del misterio,
    En el fondo del sueño,
    Del eco,
    Del olvido.
    No estaba.
    ¡Estoy seguro!
    No estaba.
    Me he perdido.

Dietética. Oliverio Girondo (1861-1967)

    Hay que ingerir distancia,
    Lanudos nubarrones,
    Secas parvas de siesta,
    Arena sin historia,
    Llanura,
    Vizcacheras,
    Caminos con tropillas
    De nubes,
    De ladridos,
    De briosa polvareda.
    Hay que rumiar la yerba
    Que sazonan las vacas
    Con su orín,
    Y sus colas;
    La tierra que se escapa
    Bajo los alambrados,
    Con su olor a chinita,
    A zorrino,
    A fogata,
    Con sus huesos de fósil,
    De potro,
    De tapera,
    Y sus largos mugidos
    Y sus guampas, al aire,
    De molino,
    De toro.
    Hay que agarrar la tierra,
    Calentita o helada,
    Y comerla
    ¡Comerla!

Dicotomía incruenta. Oliverio Girondo (1891-1967)

    Siempre llega mi mano
    Más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
    Y forman una mano.
    Cuando voy a sentarme
    Advierto que mi cuerpo
    Se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
    Donde yo me siento.
    Y en el preciso instante
    De entrar en una casa,
    Descubro que ya estaba
    Antes de haber llegado.
    Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
    Y que mientras me rieguen de lugares comunes,
    Ya me encuentre en la tumba,
    Vestido de esqueleto,
    Bostezando los tópicos y los llantos fingidos.

Comunión plenaria. Oliverio Girondo (1891-1967)

    Los nervios se me adhieren
    Al barro, a las paredes,
    Abrazan los ramajes,
    Penetran en la tierra,
    Se esparcen por el aire,
    Hasta alcanzar el cielo.
    El mármol, los caballos
    Tienen mis propias venas.
    Cualquier dolor lastima
    Mi carne, mi esqueleto.
    ¡Las veces que me he muerto
    Al ver matar un toro!
    Si diviso una nube
    Debo emprender el vuelo.
    Si una mujer se acuesta
    Yo me acuesto con ella.
    Cuántas veces me he dicho:
    ¿Seré yo esa piedra?
    Nunca sigo un cadáver
    Sin quedarme a su lado.
    Cuando ponen un huevo,
    Yo también cacareo.
    Basta que alguien me piense
    Para ser un recuerdo.

Cansancio. Oliverio Girondo (1891-1967)

    Cansado
    ¡Sí!
    Cansado
    De usar un solo bazo,
    Dos labios,
    Veinte dedos,
    No sé cuántas palabras,
    No sé cuántos recuerdos,
    Grisáceos,
    Fragmentarios.
    Cansado,
    Muy cansado
    De este frío esqueleto,
    Tan púdico,
    Tan casto,
    Que cuando se desnude
    No sabré si es el mismo
    Que usé mientras vivía.
    Cansado.
    ¡Sí!
    Cansado
    Por carecer de antenas,
    De un ojo en cada omóplato
    Y de una cola auténtica,
    Alegre,
    Desatada,
    Y no este rabo hipócrita,
    Degenerado,
    Enano.
    Cansado,
    Sobre todo,
    De estar siempre conmigo,
    De hallarme cada día,
    Cuando termina el sueño,
    Allí donde me encuentre,
    Con las mismas narices
    Y con las mismas piernas;
    Como si no deseara
    Esperar la rompiente con un cutis de playa,
    Ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
    Acariciar la tierra con un vientre de oruga,
    Y vivir, unos meses, adentro de una piedra.

Campo nuestro. Oliverio Girondo (1891-1967)

    En lo alto de esas cumbres agobiantes
    Hallaremos laderas y peñascos,
    Donde yacen metales, momias de alga,
    Peces cristalizados;
    Pero jamás la extensa certidumbre
    De que antes de humillarnos para siempre,
    Has preferido, campo, el ascetismo
    De negarte a ti mismo.
    Fuiste viva presencia o fiel memoria
    Desde mis más remota prehistoria.
    Mucho antes de intimar con los palotes
    Mi amistad te abrazaba en cada poste.
    Chapaleando en el cielo de tus charcos
    Me rocé con tus ranas y tus astros.
    Junto con tu recuerdo se aproxima
    El relente a distancia y pasto herido
    Con que impregnas las botas la fatiga.
    Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido?
    Hasta encontrarlo dentro de uno mismo.
    Siempre volvemos, campo, de tus tardes
    Con un lucero humeante
    Entre los labios.
    Una tarde, en el mar, tú me llamaste,
    Pero en vez de tu escueta reciedumbre
    Pasaba ante la borda un campo equívoco
    De andares voluptuosos y evasivos.
    Me llamaste, otra vez, con voz de madre
    Y en tu silencio sólo hallo una vaca
    Junto a un charco de luna arrodillada;
    Arrodillada, campo, ante tu nada.
    Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo,
    Te me vas, despacio, para adentro
    Al trote corto, campo, al trotecito.
    Aunque me ignores, campo, soy tu amigo.
    Entra y descansa, campo. Desensilla.
    Deja de ser eterna lejanía.
    Cuanto más te repito y te repito
    Quisiera repetirte al infinito.
    Nunca permitas, campo, que se agote
    Nuestra sed de horizonte y de galope.
    Templa mis nervios, campo ilimitado,
    Al recio diapasón del alambrado.
    Aquí mi soledad. Esta mi mano.
    Dondequiera que vayas te acompaño.
    Si no hubieras andado siempre solo
    ¿Todavía tendrías voz de toro?
    Tu soledad, tu soledad, ¡la mía!
    Un sorbo tras el otro, noche y día,
    Como si fuera, campo, mate amargo.
    A veces soledad, otras silencio,
    Pero ante todo, campo: padrenuestro.

Calle de las sierpes. Oliverio Girondo (1891-1967)

    A D. Ramón Gómez de la Serna.


    Una corriente de brazos y de espaldas
    Nos encauza
    Y nos hace desembocar
    Bajo los abanicos,
    Las pipas,
    Los anteojos enormes
    Colgados en medio de la calle;
    Únicos testimonios de una raza
    Desaparecida de gigantes.
    Sentados al borde de las sillas,
    Cual si fueran a dar un brinco
    Y ponerse a bailar,
    Los parroquianos de los cafés
    Aplauden la actividad del camarero,
    Mientras los limpiabotas les lustran los zapatos
    Hasta que pueda leerse
    El anuncio de la corrida del domingo.
    Con sus caras de mascarón de proa,
    El habano hace las veces de bauprés,
    Los hacendados penetran
    En los despachos de bebidas,
    A muletear los argumentos
    Como si entraran a matar;
    Y acodados en los mostradores,
    Que simulan barreras,
    Brindan a la concurrencia
    El miura disecado
    Que asoma la cabeza en la pared.
    Ceñidos en sus capas, como toreros,
    Los curas entran en las peluquerías
    A afeitarse en cuatrocientos espejos a la vez
    Y cuando salen a la calle
    Ya tienen una barba de tres días.
    En los invernáculos
    Edificados por los círculos,
    La pereza se da como en ninguna parte
    Y los socios la ingieren
    Con churros o con horchata,
    Para encallar en los sillones
    Sus abulias y sus laxitudes de fantoches.
    Cada doscientos cuarenta y siete hombres,
    Trescientos doce curas
    Y doscientos noventa y tres soldados,
    Pasa una mujer.
    A medida que nos aproximamos
    Las piedras se van dando mejor.

Azotadme. Oliverio Girondo (1891-1967)

    Aquí estoy,
    ¡Azotadme!
    Merezco que me azoten.
    No lamí la rompiente,
    La sombra de las vacas,
    Las espinas,
    La lluvia;
    Con fervor,
    Durante años;
    Descalzo,
    Estremecido,
    Absorto,
    Iluminado.
    No me postré ante el barro,
    Ante el misterio intacto
    Del polen,
    De la cama,
    Del gusano,
    Del pasto;
    Por timidez,
    Por miedo,
    Por pudor,
    Por cansancio.
    No adoré los pesebres,
    Las ventanas heridas,
    Los ojos de los burros,
    Los manzanos,
    El alba;
    Sin restricción,
    De hinojos,
    Entregado,
    Desnudo,
    Con los poros erectos,
    Con los brazos al viento,
    Delirante,
    Sombrío;
    En comunión de espanto,
    De humildad,
    De ignorancia,
    Como hubiera deseado.
    ¡Como hubiera deseado!

Aparición urbana. Oliverio Girondo (1891-1967)

¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
Herido,
Malherido,
Inmóvil,
En silencio,
Hincado ante la tarde,
Ante lo inevitable,
Las venas adheridas
Al espanto,
Al asfalto,
Con sus crenchas caídas,
Con sus ojos de santo,
Todo, todo desnudo,
Casi azul, de tan blanco.
Hablaban de un caballo.
Yo creo que era un ángel.

No te lleves tu recuerdo. Federico García Lorca (1898-1936)

    No te lleves tu recuerdo.
    Déjalo solo en mi pecho.
    Temblor de blanco cerezo
    En el martirio de enero.
    Me separa de los muertos
    Un muro de malos sueños.
    Doy pena de lirio fresco
    Para un corazón de yeso.
    Toda la noche en el huerto
    Mis ojos, como dos perros.
    Toda la noche, corriendo
    Los membrillos de veneno.
    Algunas veces el viento
    Es un tulipán de miedo.
    Es un tulipán enfermo,
    La madrugada de invierno.
    Un muro de malos sueños
    Me separa de los muertos.
    La niebla cubre en silencio
    El valle gris de tu cuerpo.
    Por el arco del encuentro
    La cicuta está creciendo.
    Pero deja tu recuerdo
    Déjalo solo en mi pecho.

Ni tú ni yo estamos en disposición. Federico García Lorca (1898-1936)

Ni tú ni yo estamos
En disposición
De encontrarnos.
Tú por lo que ya sabes.
¡Yo la he querido tanto!
Sigue esa veredita.
En las manos
Tengo los agujeros
De los clavos.
¿No ves cómo me estoy
Desangrando?
No mires nunca atrás,
Vete despacio
Y reza como yo
A San Cayetano,
Que ni tú ni yo estamos
En disposición
De encontrarnos.

Nadie comprendía el perfume. Federico García Lorca (1898-1936)

    Nadie comprendía el perfume
    De la oscura magnolia de tu vientre.
    Nadie sabía que martirizabas
    Un colibrí de amor entre los dientes.
    Mil caballitos persas se dormían
    En la plaza con luna de tu frente,
    Mientras que yo enlazaba cuatro noches
    Tu cintura, enemiga de la nieve.
    Entre yeso y jazmínes, tu mirada
    Era un pálido ramo de simientes.
    Yo busqué, para darte, por mi pecho
    Las letras de marfil que dicen siempre,
    Siempre, siempre: jardín de mi agonía,
    Tu cuerpo fugitivo para siempre,
    La sangre de tus venas en mi boca,
    Tu boca ya sin luz para mi muerte.

Muerto se quedó en la calle. Federico García Lorca (1898-1936)

Muerto se quedó en la calle
Con un puñal en el pecho.
No lo conocía nadie.
¡Cómo temblaba el farol,
Madre!
¡Cómo temblaba el farolito
De la calle!
Era madrugada. Nadie
Pudo asomarse a sus ojos
Abiertos al duro aire.
Qué muerto se quedó en la calle
Qué con un puñal en el pecho
Y que no lo conocía nadie.

Los caballos negros son. Federico García Lorca (1898-1936)

    Los caballos negros son.
    Las herraduras son negras.
    Sobre las capas relucen
    Manchas de tinta y de cera.
    Tienen, por eso no lloran,
    De plomo las calaveras.
    Con el alma de charol
    Vienen por la carretera.
    Jorobados y nocturnos,
    Por donde animan ordenan
    Silencios de goma oscura
    Y miedos de fina arena.
    Pasan, si quieren pasar,
    Y ocultan en la cabeza
    Una vaga astronomía
    De pistolas inconcretas.
    ¡Oh, ciudad de los gitanos!
    En las esquinas, banderas.
    La luna y la calabaza
    Con las guindas en conserva.
    ¡Oh, ciudad de los gitanos!
    Ciudad de dolor y almizcle,
    Con las torres de canela.
    Cuando llegaba la noche,
    Noche que noche nochera,
    Los gitanos en sus fraguas
    Forjaban soles y flechas.
    Un caballo mal herido
    Llamaba a todas las puertas.
    Gallos de vidrios cantaban
    Por Jerez de la Frontera.
    El viento vuelve desnudo
    La esquina de la sorpresa,
    En la noche platinoche,
    Noche que noche nochera.
    La Virgen y San José
    Perdieron sus castañuelas,
    Y buscan a los gitanos
    Para ver si las encuentran.
    La Virgen viene vestida
    Con un traje de alcaldesa,
    De papel de chocolate
    Con los collares de almendras.
    San José mueve los brazos
    Bajo una capa de seda.
    Detrás va Pedro Domecq
    Con tres sultanes de Persia.
    La media luna soñaba
    Un éxtasis de cigüeña.
    Estandartes y faroles
    Invaden las azoteas.
    Por los espejos sollozan
    Bailarinas sin caderas.
    Agua sombra, sombra y agua
    Por Jerez de la Frontera.
    ¡Oh, ciudad de los gitanos!
    En las esquinas, banderas.
    Apaga tus verdes luces
    Que viene la benemérita.
    ¡Oh, ciudad de los gitanos!
    ¿Quién te vio y no te recuerda?
    Dejadla lejos del mar,
    Sin peines para sus crenchas.
    Avanzan de dos en fondo
    A la ciudad de la fiesta.
    Un rumor de siemprevivas
    Invade las cartucheras.
    Avanzan de dos en fondo.
    Doble nocturno de tela.
    El cielo se les antoja
    Una vitrina de espuelas.
    La ciudad, libre de miedo,
    Multiplicaba sus puertas.
    Cuarenta guardias civiles
    Entraron a saco por ellas.
    Los relojes se pararon,
    Y el coñac de las botellas
    Se disfrazó de noviembre
    Para no infundir sospechas.
    Un vuelo de gritos largos
    Se levantó en las veletas.
    Los sables cortaron las brisas
    Que los cascos atropellan.
    Por las calles de penumbra
    Huyen las gitanas viejas
    Con caballos dormidos
    Y las orzas de moneda.
    Por las calles empinadas
    Suben las capas siniestras,
    Dejando detrás fugaces
    Remolinos de tijeras.
    En el portal de Belén
    Los gitanos se congregan.
    San José, lleno de heridas,
    Amortaja a una doncella.
    Tercos fusiles agudos
    Por toda la noche suenan.
    La Virgen cura a los niños
    Con salivilla de estrella.
    Pero la Guardia Civil
    Avanza sembrando hogueras,
    Donde joven y desnuda
    La imagen se quema.
    Rosa la de los Camborios
    Gime sentada en su puerta
    Con sus dos pechos cortados
    Puestos en una bandeja.
    Y otras muchachas corrían
    Perseguidas por sus trenzas,
    En un aire donde estallan
    Rosas de pólvora negra.
    Cuando todos los tejados
    Eran surcos en la tierra,
    El alba meció sus hombros
    En largo perfil de piedra.
    ¡Oh, ciudad de los gitanos!
    La Guardia Civil se aleja
    Por un túnel de silencio
    Mientras las llamas te cercan.
    ¡Oh, ciudad de los gitanos!
    ¿Quién te vio y no te recuerda?
    Que te busquen en mi frente.
    Juego de luna y arena.

La rosa no buscaba la aurora. Federico García Lorca (1898-1936)

    La rosa
    No buscaba la aurora:
    Casi eterna en su ramo,
    Buscaba otra cosa.
    La rosa
    No buscaba ni ciencia ni sombra:
    Confín de carne y sueño,
    Buscaba otra cosa.
    La rosa
    No buscaba la rosa.
    Inmóvil por el cielo
    Buscaba otra cosa.