viernes, 18 de julio de 2014

Luna nueva. Margaret Atwood.

La oscuridad espera aparte desde cualquier ocasión que surja;
como la pena, siempre está disponible.
Ésta es sólo un modelo,
el modelo en el que hay estrellas
sobre las hojas, brillantes como clavos de acero
e incontables y sin que se las haga caso.

Caminamos juntos
sobre hojas muertas
húmedas en la luna nueva
entre las rocas nocturnas amenazadoras
que serían de un gris rosado
a la luz del día, roídas y suavizadas
por el musgo y los helechos, que serían verdes
en el olor mohoso a levadura fresca
de árboles que enraízan, la tierra devuelve
lo mismo a lo mismo,

y cojo tu mano, que tiene el aspecto que tendría
una mano si de veras existieras.
Deseo mostrarte la oscuridad
que tanto temes.

Confía en mí. Esta oscuridad
es un lugar al que puedes entrar y sentirte
tan seguro como en cualquier otra parte;
puedes poner un pie delante del otro
y creer a los lados de tus ojos.
Memorízalo. Lo sabrás
de nuevo cuando te corresponda.
Cuando la apariencia de las cosas te haya abandonado,
todavía tendrás esta oscuridad.
Algo propio que puedes llevar contigo.

Hemos llegado al borde:
el lago entrega su silencio;
en la noche exterior hay un búho
cantando, como una polilla
en la oreja, desde la costa lejana
que es invisible.
El lago, vasto y sin dimensiones,
repite todo, las estrellas,
las piedras, a sí mismo, incluso la oscuridad
en la que puedes caminar
hasta que se convierta en luz

Sekhmet, cabeza de león, diosa de la guerra. Margaret Atwood.

Fue uno de esos hombres
incapaces de matar a una mosca...
Muchas moscas viven ahora
y él no.
No fue patrón mío, prefería
los graneros repletos; yo, la batalla.
Presagiaban matanza mis rugidos.
Y sin embargo ahora estamos juntos,
en el mismo museo.
Tampoco veo los grupos caprichosos
de niños admirados
que aprenden la lección del olvido
multicultural, sic transit
y etcétera.

Veo el templo donde nací
o me levantaron, donde fui poderosa,
y más allá el desierto, con sus tumbas
calientes en forma de cono, a decir verdad
y a la distancia, muy semejantes
a orejas de burro,
donde se ocultan mis bromas: piel y huesos
resecos, las barcas de madera
donde los muertos navegan
sin rumbo por toda la eternidad.

¿Qué esperábais oír de dioses
con cabeza de animal?
Y sin embargo, si bien se piensa,
los que inventaron luego, completamente humanos,
tampoco se lucieron.
"Ayúdame, hazme rico
destruye a mi enemigo"
parece ser la pauta en general.
Y también : "Sálvame de la muerte",
a cambio de vuestras ofrendas de sangre
y pan, oraciones y flores,
mucha palabrería.
Tal vez se me escape algo, pero si buscáis
amor altruista, os habéis equivocado de diosa...

Me quedo donde estoy,
hecha de piedra e ilusiones,
que la deidad que mata por placer,
también sane;
que en la última pesadilla aparezca
una leona buena con vendas en la boca
y cuerpo suave de mujer,
y que os limpie la fiebre a lametazos,
que os levante el alma con dulzura, por el cuello,
y os abrace hasta la oscuridad, el paraíso.

La soledad del historiador bélico. Margaret Atwood.

Confiese que a usted lo que le alarma
es mi profesión,
motivo por el que pocos me invitan a cenar,
-aunque Dios sabe que me esfuerzo por no dar miedo,
que el corte de mis trajes es sensato
huelo a lavanda, acudo al peluquero,
y no presumo de crines de profeta,
con serpientes y todo, por no alarmar a los más jóvenes.
Si hago girar las órbitas y farfullo a veces,
si me aferro a mi corazón y grito de pavor
como actriz de tercera en escena demente,
lo hago en la intimidad, sin más testigo
que el espejo del cuarto de baño.

Por regla general, estoy de acuerdo:
no deben las mujeres contemplar la guerra,
ni sopesar sus tácticas con ánimo imparcial,
ni evitar la palabra enemigo,
ni ver ambos bandos sin decantarse por uno.
Pero sí deberían marchar por la paz
o repartir blancas plumas como premio al valor; sí deberían
ensartarse en las bayonetas para proteger a los críos
-cuyos cráneos de todos modos serán destrozados-
y ahorcarse de sus propios cabellos
tras ser violadas una y otra vez:
son funciones ésas que inspiran paz y tranquilidad,
como también tranquiliza verlas tejiendo calcetines para los soldados,
subiéndoles la moral,
y llorando a los muertos
(hijos, amantes, etcétera,
todos los niños asesinados).

Sin embargo, ahora diré algo
franco y rotundo, nada amable
.que espero se tome en serio,
La verdad no suele ser bien recibida,
-sobre todo a la hora del almuerzo-
aunque provenga de un profesional tan experto como yo.

Me ocupo del coraje y de las atrocidades
y las contemplo sin condenarlas;
escribo las cosas tal como ocurrieron,
con máxima precisión en los recuerdos,
sin preguntar por qué, ya que casi da igual.
Las guerras ocurren porque sus iniciadores
creen en la victoria.

Dormido, sueño con cierta grandeza
con campos que los vikingos abandonan
para irse a saquear y matar unos meses
al año, como chiquillos que salen de caza
- cargados de esplendor regresan
los que en la vida real fueron labriegos-
y con musulmanes que luchan contra cruzados
y cimitarras que cortan
seda en el aire
haciendo que torres enteras de armadura se desplomen
y es la lucha del fuego contra el hierro
o de lo romántico contra lo banal, como diría algún poeta.

Pero al despertar, más lúcido,
sé bien que no hay monstruos
(a pesar de la propaganda,
ningún monstruo que al final pueda enterrarse;
que si se acaba con uno,
inventarán otro la radio y las circunstancias).
Créanme si les digo que ejércitos enteros rezaron con fervor toda la noche,
y los mataron igual.
Suele vencer la brutalidad
y hay hazañas
fruto de dispositivos y de mecanismos
como el radar.
A veces, como en las Termópilas,
cuenta el valor o tener la razón
aunque a fin de cuentas el victorioso,
por tradición, decide qué es virtud.
Hombres hay que se inmolan
por el bien de los otros, que explotan como granadas
de vísceras: loable, sin duda... Creánme
que también el cólera y las ratas
y las patatas (o su carestía)
ganaron muchas guerras.

De nada sirve (aunque impresione, claro) poner tanta medalla
al pecho de los muertos...
.Las grandes hazañas me deprimen.

Al servicio de la investigación
muchos campos de batalla recorrí
plagados de minas y de huesos,
aún húmedos por la pulpa de cadáveres,
campos que al llegar la primavera reverdecieron
sitios debidamente reseñados...

Tristes ángeles marmóreos guardan como gallinas
los nidos de hierba donde nada se incuba
(ángeles que, según el ángulo de la cámara
,podemos llamar vulgares o implacables)
y en sus portalones aparece mucho la palabra gloria.
De todos esos sitios, lógicamente
(porque soy tan humano como ustedes)
corto siempre una o dos florecillas,
para hacerme un souvenir, prensadas por la Biblia
del hotel que me hospeda.

...Les ruego que no me pidan una declaración,
mis artes son la táctica y la estadística;
sólo diré que por cada año "de paz"
hay cuatrocientos de guerra.

Poema nocturno. Margaret Atwood.

No hay nada que temer,
es sólo el viento
que ahora sopla hacia el este, es sólo
tu padre el trueno
tu madre la lluvia

En este país de agua
con su luna ocre y húmeda como un champiñón,
sus muñones ahogados y sus pájaros largos
que nadan, donde crece el musgo
por todo el tronco de los árboles
y tu sombra no es tu sombra
sino un reflejo,

tus padres verdaderos desaparecen
al bajar la cortina
y quedamos los otros,
los sumergidos del lago
con nuestras cabezas de oscuridad
de pie ahora y en silencio junto a tu cama...
Venimos a arroparte
con lana roja,
con nuestras lágrimas y susurros distantes.

Te meces en los brazos de la lluvia,
el arca fría de tu sueño,
mientras aguardamos, tu padre
y madre nocturnos,
con las manos heladas y una linterna muerta,
sabiendo que somos solamente
las sombras vacilantes que proyecta
una vela, en este eco
que oirás veinte años más tarde.

Eurídice. Margaret Atwood.

El ha venido a buscarte y está aquí,
canción que te llama y quiere que vuelvas,
canción de dicha y de pesar
a partes iguales, promesa
hecha canción, promesa
de que todo será, allá arriba, distinto
a la última vez...
Hubieras preferido seguir sintiendo nada,
vacío y silencio; la estancada paz
del mar más hondo,
al ruido y la carne de la superficie,
acostumbrada a estos pasillos pálidos y en sombras,
y al rey que pasa por tu lado
sin pronunciar palabra.
El otro es diferente
y casi lo recuerdas.
Dice que canta para ti
porque te ama,
no como eres ahora,
tan fría y diminuta: móvil
y a la vez quieta, como blanca cortina
o soplo en la corriente
de una ventana a medio abrir
junto a una silla donde nadie se sienta.
Te quiere "real",
un cuerpo opaco,
sentir cómo se espesa
(tronco de árbol o ancas)
y el golpe de la sangre tras los párpados
al cerrarlos
la llamarada solar...
sin tu presencia no podrá sentir
este amor suyo...
Mas la súbita revelación
de tu cuerpo enfriándose en la tierra
fue saber que le amas en cualquier lugar
hasta en este sitio sin memoria,
este reino del hambre.
Como una semilla roja en la mano
que olvidaste que aprietas,
llevas tu amor...
El necesita ver para creer
y está oscuro.
"Atrás, atrás...", le susurras,
pero quiere que vuelvas
a alimentarlo, Eurídice,
puñado de tul, pequeña venda,
soplo de aire frío,
no se llamará Orfeo
tu libertad...

Orfeo (1). Margaret Atwood.

Delante mío caminabas,
atrayéndome
hacia la verde luz que alguna vez
me asesinó con sus colmillos.
Insensible te seguí,
como un brazo dormido y obediente
pero no fui yo quien quiso
volver al tiempo
Había llegado a amar el silencio,
pero mi antiguo nombre era una cuerda
o un susurro tendido
entre nosotros.
Y estaba tu amor,
las viejas riendas de tu amor,
tu voz corpórea...
Ante tus ojos mantenías
la imagen de tu deseo, que era yo,
viva otra vez.
Y por esta esperanza tuya continué,
y así fui
tu alucinación, floral
y oyente
tú me creabas
al cantarme y una piel nueva me crecía
en mi otro cuerpo, envuelto en niebla,
y tenía ya sed, y manos sucias,
y veía ya,
perfilados contra la boca de la gruta,
el perfil de tu cabeza y de tus hombros
cuando te diste vuelta para llamarme
y me perdiste...
Así que no llegué a ver tu rostro,
sólo un ovalo oscuro,
y a pesar de sentir todo el dolor
de tu derrota, debí rendirme,
como se rinden las mariposas de la noche.
Tú creíste
que sólo fui el eco
de tu canto.

Orfeo (2). Margaret Atwood.

Sabiendo lo que sabe
del horror de este mundo,
¿seguirá cantando?
No se dedicó únicamente
a pasear los prados: bajó
con los que no tienen boca,
los que no tienen dedos,
los de nombres prohibidos,
los cuerpos devorados
en guijarros grises
de una costa desierta
que todos temen,
con los dueños del silencio
El, que quiso inútilmente
resucitar a la amada con su canto,
seguirá allí,
en el estadio lleno de los muertos
que elevarán sus rostros sin ojos
para escucharle, mientras crecen
las flores y revientan, rojas,
contra los muros.
Le habrán cortado las manos
y pronto desgajarán
su cabeza del cuerpo
en un estallido
de rechazo furioso: y aunque lo sabe
proseguirá su canto de alabanza
porque cantar es alabanza o desafío.
Y toda alabanza es desafío.

Metempsicosis. Margaret Atwood.

Tu abuela se desliza por los helechos,
vestida de luto, grácil
y aguda como siempre: ¡mira cómo le brillan los ojos!

¿Quién eras tú cuando fuiste serpiente?
Aquel fue un bailarín y ahora
una verde serpentina ondulada por su propia brisa
y he aquí a tu tío, persona brusca y a rayas,
que regresa a vigilarte
y relajarse bajo las mecedoras
del porche.
Cuando se despoja de su vieja piel
la serpiente proclama la resurrección
a todos los creyentes
aunque hay quienes se cansan pronto
de nacer y renacer... para ellos es el soplo
que tiembla en la hierba amarilla,
un dedo de papel, la mitad de un lazo,
la cita para acudir al río muerto.
¿Quién se refugia en la bodega fríac
on las manzanas y las ratas?
¿De quién es esa voz de pellejo
que se crispa al viento?
...Del hijo que perdiste y que susurra "Madre",
el que jamás pariste
y quiere volver a entrar.

La casa del dolor. Margaret Atwood.

Es posible que el dolor sea una casa
de techo altivo y puerta con cerrojo,
donde estás tan a gusto, a veces,
que no escuchas el filo del acero
rasgando los tapices,
suspenso por el aire perfumado:
es heliotropo mezclado con azufre,
busca posarse en los rincones;
la ventana se alza
entre el límite y tú.
Arduo paseo, en el silencio las escuchas,
voces de otros tiempos,
leña para el dolor
siempre hambriento de ti,
exigente como un recién nacido.
Ya lo amas.
La puerta se entreabre y tú la cierras:
No hay nada que temer.

Poema interrogante sobre el tiempo que se va, se va... Margaret Atwood.

Si el tiempo no era como el desbordarse de una copa
o la fuga de los instantes cuenta atrás
la fuga de todos los instantes insensatos como prófugos
huyendo de tu reloj pulsera
en un movimiento sutil en la quietud
de tu cuerpo viajero…
Si tampoco era el tiempo
como una amapola de cabeza cortada en tu regazo
ni una felina ausencia
o caer vertiginosamente desde la última ventana del último piso
de una gran torre
describiendo círculos cada vez más amplios
Si estaba hecha de tiempo o era tiempo
sin ser ninguna de esas cosas:
ni un ciempiés monstruoso
ni una caída hacia la muerte
ni un descenso ni una huida
ni una fuga cuenta atrás ni una ausencia
entonces… ¿cómo?

Sobre la conveniencia de aprender idiomas. Margaret Atwood.

Hoy me daba la gana ser feliz
ser yo sin más sospecha o raciocinio
que la verdad del cuerpo y lo que
tuviese que decir la lengua
,que lo dijera todo.

Que lo intentara, al menos, sin hacerse
ilusiones de heroísmo, aquella lengua
mía, melodramática,
de una castilla extraña, o castellana
del siglo veintiuno.

Hoy me daba la gana olvidar los vocablos,
su sonido y su espuma,
jugar con otras voces de estos tiempos
que laten por debajo,
para olvidármelo todo, hasta las medias
y, si fuera posible, la cabeza.