sábado, 4 de octubre de 2014

Debajo de mi piel. S.

Para cuando anocheció, yo ya estaba observándola. Estaba de nuevo sentada, bebiendo un bloody mary, y jugueteando con un dedo en el licor. Se veía como ella misma: atractiva, contradictoria y, sin duda, misteriosa. Volteé a la cara hacia otro punto de la oscuridad.
La gente caminaban por las calles protegiéndose del frío nocturno y de las alcantarillas salía vapor como si el fuego del infierno ardiese bajo nosotros. Sólo que yo no podía sentir ni frío, no calor, ni nada más. Sólo ese inexplicable fuego en el pecho cuando la veía.
Y, sin embargo, ella seguía tranquila, sentada ahí.
Sin quererlo, fui volteando hacia ella, otra vez. Era eso. No podía apartarla de mis ideas, de mis pensamientos, de mis actos. Ella, una mujer mortal. Cada noche pasaba por el mismo club, se sentaba sola ó se dejaba acompañar por quien anduviese con ánimos de hablar. Y fue precisamente buscando una víctima que la encontré. No sé si se llama destino ó azar, pero cuando me paseaba entre el rebaño mortal, fingiendo ser uno de ellos, caminando como si fuese invisible y casi deslizándome sin ser notado, la vi. Todo se detuvo durante ese momento y pude olvidarme de mi propia sed.
Ya eran tres semanas de eso.
Cada noche venía aquí, a las cercanías del club, para admirarla por una ventana. No es que no tuviese lo que hacía falta para acercármele. De hecho, cuando tienes seis siglos de vida, ya has seducido a una buena cantidad de personas. Pero esto era tan... diferente. Tal vez me encantaba porque no era un juego. Ella no era la clase de mujer a la que me le acercaría para entretenerme y luego nutrirme de ella. Ella era perfecta, aún más que las féminas de mi propia raza maldita. Y lo único que me impedía hablarle era su condición. Era mortal.
No sabía qué hacer con respecto a eso, pero sin duda era un problema. No podía acercármele y pretender una relación cuando sólo puedo verla cada noche. ¿Qué tal si deja de venir al club y no vuelvo a verla? También existía la posibilidad de que surgieran las dudas dentro de ella e inevitablemente me preguntara sobre mí. Una mujer como ella no se dejaría sorprender por cosas que las demás no entenderían: por seis siglos de cabalgar en medio de la noche, de conspiraciones nocturnas, seis siglos de matar para poder vivir, seis siglos de melancolía. Pero tampoco podría ignorar lo que soy. Tal vez pudiese explicarle que esto no lo escogí yo, es mi carga, mi condena, yo no pedí nada así. Entonces ella sentiría algo de miedo por mí. Nada le podía garantizar su seguridad cuando andaba junto a un ser como yo, que dejó de respirar mucho antes de que sus propios padres nacieran. E imaginemos que ella no sienta horror ó no desee alejarse de mí. ¿Entonces qué? Un par de años para estar con ella, verla envejecer y, un buen día, verla morir. Y, entretanto, yo seguiría igual, con esta apariencia de joven eterno, de inmortal. ¿Condenarla y hacerla como yo? La mera idea me hizo soltar un quejido en voz baja. Lo más doloroso era que la amaba. Por eso no podía convertirla en alguien como yo: esto no es un regalo, no es una bendición. Es soledad y vacío.

Cuando eres un ser como yo, sabes qué es en verdad hermoso y qué vale la pena en verdad, con sólo verlo una vez. Y yo lo estaba viendo ahora. Tenía miles de preguntas que hacerle, miles de cosas de qué hablarle y, sin embargo, cuando la veía todo se me olvidaba. Quedaba reducido a nada cuando ella estaba ahí. Si mi corazón pudiese latir, habría roto mi pecho. Pero nada de que yo pudiese hacer me podría salvar de mí mismo. Porque ahí estaba yo, caminando hacia el club, ignorando las gotas de lluvia que empezaban a caer sobre mi gabardina. Abrí la puerta del club y entré. Un ser inmortal como yo, que perdía el habla ante una mortal. Si me lo hubiese pedido, habría muerto por ella esa noche.

De cerca, era brillante, como si estuviese rodeada de aura. Era una mujer fuerte y no se impresionó por mi palidez cuando llegué a su mesa. Ella levantó sus ojos oscuros hacia mí, arregló su cabello negro con una mano hacia un lado. Por un momento creí que iba a decir algo, pero no lo hizo. Miré sus pequeños labios y no hubo ningún movimiento, ninguna alteración. ¿Alguna vez has mantenido una conversación sólo con miradas? Pues esto era eso, mucho más poderoso que las palabras, extraordinario y sublime. No sé si se dio cuenta de que la estaba mirando completamente, grabando en mi memoria cada detalle de su piel blanca, cada gesto, cada facción. En ese momento, que pudo ser segundos, ó pudo durar una eternidad, me sentí otra vez vivo. Noté que su ritmo respiratorio empezaba a aumentar y que se estaba asustando por mi presencia, que no dejaba de ser sobrenatural, pero cuando iba a decir algo ó a moverse, puse, suavemente, mi dedo índice en su boca. Al segundo siguiente, mi mano acariciaba su rostro. Ella cerró los ojos con delicadeza, tal vez dejándose llevar por el momento... o quien sabe por qué. Quise decirle lo mucho que me conmovía estar a su lado, lo mucho que me enloquecía la idea de perderla y que se fuese, que ya no pudiese verla más y que se olvidara de alguien que, en realidad, es un hombre muerto. Pero no quería jugar con el momento. La conversación visual, espiritual, basada únicamente en sentimientos, pareció hacerse más intensa. Si los ángeles existen, debían sentirse así... tan cercanos a Dios.

Me levanté de la mesa y salí del club sin dejar de mirarla, con la certeza de que me seguiría. Y así lo hizo. Me siguió hasta la oscuridad, bajo la lluvia. Su cabello mojado realzaba su belleza. Caminó hacia mí y nos vimos frente a frente. Estaba tan llena de dudas, de preguntas, pero no hizo ninguna. Volví a acariciar su rostro y, casi sin pensarlo, la abracé. Su cuerpo respirante accedió a estar entre mis brazos. Si ella no sintiese algo ¿Estaría actuando como actuaba conmigo en ese momento? La lluvia pareció detenerse durante ese abrazo. Las gotas se paralizaron en el cielo, se callaron las voces y los ruidos de la calle. Éramos sólo ella y yo. Era perfecto. Diez razones para estar vivo, que se resumían todas a una, que estaba entre mis brazos, protegida de las gotas suspendidas. Nos separamos del abrazo y, teniéndola así, con su rostro tan cerca del mío di gracias en silencio por ese momento, un momento que no habría cambiado por ninguno de los anteriores en 720 años. Sin darme cuenta, una gota roja se deslizó por mi pálido rostro de mármol. Una lágrima, salida de mi ojo izquierdo, manchada con el líquido que necesito para despertar, como todos los demás fluidos de mi cuerpo. Ella tomó la lagrima en uno de sus dedos y sus ojos se bloquearon en los míos. Supe (no sospeché ni presentí, lo supe) que se sentía asustada y, a la vez, confiada. Como impulsado por una mano invisible acerqué mi rostro al suyo y terminamos fundidos en un beso, inmortal, infinito. Habría congelado todo el mundo, toda la historia, sólo para permanecer junto a ella en ese instante, por toda la eternidad. Cuando mis labios se separaron de sus suaves labios, deslicé mi boca hasta su oído.

- Te amo..., susurré
Toda mi vida se había reducido a ese momento. Corrí lentamente mis labios hasta su cuello e, impulsado por la bestia que llevan por dentro los de mi especie, la mordí.

Dio un corto quejido, pero apretó mis brazos con sus manos. Su sangre era como ella misma, intoxicante, estaba dentro de mí, debajo de mi piel, detrás de mis ojos... en mi garganta, en mis dedos, en mis labios, adentro de mi pecho. Es trágico tratar de explicar un sentimiento que no puede ser explicado con palabras. Mi corazón volvió a latir, por la sangre cálida y dulce de mi amada y nuestros corazones empezaron a latir tras el mismo ritmo. Hasta que llegó el momento en que el latido de su corazón empezó a debilitarse. Separé mi boca de su cuello y caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Me maldije por un momento, con la cara hacia un lado, pero ella me sujetó entre sus manos y me hizo mirarla a sus ojos hipnotizantes.

- Yo... lo siento much..., empecé a decir
- Shhh? dijo ella

El mundo seguía congelado y no era importante. Era como esas veces en las que sólo existes tú y esa otra persona. Nada de lo que hubiese pasado más allá de nuestra cúpula de cristal tenía significado.

- Eres un ángel, susurró
- No lo sé. ¿Son los ángeles incapaces de amar?
Ella pensó la respuesta por un momento.

¿Cuál es la diferencia entre el amor mortal y este amor que sentía yo? Ninguna. No necesitas ser inmortal para sentir lo que yo estaba sintiendo, una poderosa emoción en la que la voluntad y el sentimiento son la misma cosa.

- ¿Qué... quien eres?, preguntó
- Sé que temes a que te haga daño... pero al mismo tiempo estás aquí, impulsada por quién sabe qué. Y quiero que sepas que moriría antes de hacerte daño.
Y miré la herida en su delicado cuello.

Nuestras manos estaban agarradas, pero las solté, con un dolor que era casi físico. La había mordido y, por un momento, me había alimentado de ella. No podía arriesgarme a hacerlo de nuevo. Para ella estar conmigo era peligroso, para mí estar sin ella era mortal. Pero no podía permanecer ahí, siendo una amenaza, mientras ella estaba débil. Empecé a marcharme, en la oscuridad.

- Volverás a verme, le dije, moviendo los labios, pero sin emitir un solo sonido, con su sabor corriendo por todo mi cuerpo y sus manos tatuadas en mi piel...

El beso. N.

La lluvia caia monotona y espesa, mi ropa estaba empapada, desde la acera podia divisar toda la avenida, una chica rubia muy delgada con una notable prisa cruzo por el paso de cebra y paso por delante de mi, su dulce aroma me desperto la sed que hacia ya algunas horas habia calmado con una muchacha "gothica" que habia conocido en el cementerio, mis colmillos en su cuello, su sangre caliente bajando como un torrente de miel por mi garganta, ese ultimo suspiro acompañado de un casi inapreciable gemido y la expresion de su cara con los ojos tan abiertos que en ellos se podia ver el miedo.
El "fin" que tantas veces habia escuchado en las letras de las canciones que solia escuchar y al que ahora ella pertenecia, ese mundo de muerte y putrefacion en la que se sumiria atrapada en esa carcasa mortal que es el cuerpo.
Me dispuse a seguirla su paso era ligero y los tacones parecian "tintinear" en los charcos, cuando llegue a su altura me acerque y le dije:

-Disculpe pero podria decirme que calle es esta?

ella me miro y me regalo una sonrisa entre nerviosa y confundida

-Vera... es que... no soy de aqui... lo siento...

Ella se giro dandome la espalda y cometio un error que le iba a ser fatal,
como una bestia furiosa me avalance sobre ella la coji fuertemente por la cintura y por el cuello y le clave mis colmillos en su suave y terso cuello, ella por supesto al notar que mis afilados dientes atravesaban su piel se resistio (siempre lo hacen) pero poco despues le inundo el extasis pre-mortem y se dejo caer en mis brazos, mientras yo terminaba de darle mi beso mortal, su piel tan bronceada antes ahora era palida, sus labios rojos carmesi habian dejado paso a un morado grisaceo y sus ojos color mar enbrabecido se habian apagado, ahora solo parecian la luz de una vela cuando se esta consumiendo, una lagrima resbalo por su palia mejilla, yo la recoji con la yema de mi dedo indice y la lami, tenia el sabor de la muerte acida pero a la vez dulce, deje el cuerpo en una esquina del callejon parecia que estaba dormida y me despedi de ella con un beso en sus frios labios.

Bestia. N.

Sentado en una roca me encuentro, a la orilla del río tras haber cometido mi primer crimen… tras haber manchado no sólo mis manos de sangre. Aún no se como ha ocurrido, aún me encuentro perturbado y mis manos tiemblan mientras escribo esta carta de confesión sin saber qué soy.
No se si me gustaría descubrirlo, porque tal vez al averiguarlo me asustaría de mi mismo… no se si he de saber quien soy realmente o dejarlo. Pero algo en mi dice que he de seguir matando, que he de seguir bebiendo y alimentando aquello que llevo dentro, aquello a lo que yo llamo la bestia.

Con la llegada de la noche mi rostro cambia, se hace más abrupto y con él mis colmillos se alargan. En mis manos crecen las uñas como por arte de magia y una leve capa de cabello en forma de pico aparece en mi frente. Mi corazón deja de palpitar, o al menos yo así lo siento, pero entonces ella comienza a dominar mi alma… si aún la tengo…

Esta noche, en la que la luna llena me acompañaba como único testigo presencial de mi banquete, he acabado con la vida de una inocente.

Después de sufrir la metamorfosis de hombre a bestia me he escondido en la oscuridad, asustado por mi propio rostro al verme reflejado en un charco. Pero tras breves instantes de rechazo hacia mi mismo he visto como una joven dama vagaba sola en busca de algo, tal vez en busca de una muerte segura, de una muerte en mis manos.
Sin pensármelo dos veces y tras la llamada del salvajismo que hay en mi interior me lancé sobre ella. Sus gritos y lamentos no hacían mella en aquel seco corazón que había muerto en mi interior. No es que no los escuchase, simplemente los evadía pensando en que cuanto más gritase más sangre chuparía.

Se resistió mucho, para que mentir, pero no pudo con mi fuerza y hundí mi boca en su cuello, saboreando hasta la última gota. Cuando acabé, lamí su herida igual que un animal. Entonces cogí su cuerpo para tirarlo a este río.

La tengo al lado, muerta, desangrada. Y la miro a los ojos. He de rematar mi trabajo, pero antes quiero comprender lo que soy y busco mi respuesta en sus pupilas ya sin vida.

He oído leyendas sobre otros como yo, les llaman vampiros. Pero yo no creo ser uno de ellos y prefiero seguir siendo la bestia…

Noche oscura. G.

Si alguna vez has temido a la oscuridad y ahora ya no, entonces deberías temerle . Esto le pasó a unos amigos míos, fueron a una discoteca por la noche y cuando se iban a ir, encontraban murciélagos por todas partes, por lo que decidieron seguirlos.
Encontraron una casa abandonada, Eduard, uno de ellos, dijo que ya era tarde, pero
José le dijo que él podría irse, pero él se iba a quedar.
Eduard se fue y José entró en la casa y encontró el cadáver de una persona, quiso salir pero la puerta se cerró , no tenía salida y aquellos murciélagos que siguieron le mordieron hasta dejarlo moribundo.

Al día siguiente Eduard le preguntó que había pasado, ¿por qué tienes esa mordedura
en el cuello?, le preguntó. Él le dijo que no se había percatado de eso, cuando llegó a su casa sus padres le preguntaron lo mismo y él les respondió de igual modo.

En la noche comenzó a dolerle esa morderuda, luego comenzó a tener sed, iba a la cocina por un poco de agua pero como no veía bien se calló de la ventana y cuando iba a impactarse en el suelo le salieron alas y comenzó a volar.

Voló hasta el parque y encontró a un hombre, le golpeó en la cara, se la desgarró y le mordió en el cuello y comenzó a tomar su sangre.

Pero también tenía sus debilidades, la luz. Así que todos los días evitaba mirar la luz, se ponía una gorra y demás complementos que le protegieran de la luz , seguían las misteriosas matanzas con las mordeduras en el cuello y los policías no encontraban explicación racional para tales crueles matanzas.

Pero José no se percató que aparte de la luz tenía otra debilidad, los crucifijos. Los policías salieron de noche a las calles con un crucifijo, objetos que les facilitarían la cazería. El vampiro dió un grito horrible que seguro las fuerzas de seguridad no olvidarán el resto de sus días, el vampiro empezaba a quemarse, la figura de José salió
del vampiro, suerte para él que no le sucedió nada.

Siervos de la oscuridad. F.

Sueño; acto de representarse en la fantasía de uno, mientras duerme, sucesos y escenas. El viento azota con fuerza los grandes ventanales de aquella habitación, cuyos aliados, el helado pedrisco y la tormenta, arrancan un fuerte estruendo de lo que antes era un silencio inquietante.
Pocos segundos separan aquel manto de luz celestial de un estrepitoso rugido, el cual se asemeja a una fiera en su estado más agresivo. Sin duda la tormenta consternaba a todo ser viviente, con esperanza alguna de sortear el aguacero que por momentos se hacía cada vez más intenso.

Las doce solemnes campanadas del viejo reloj acaban de anunciar la media noche. Entre aquellos ventanales filtraba una tenue luz, la cual se hacía mucho más intensa cuando los relámpagos renacían sin cesar entre la oscuridad de la noche. Uno de esos ventanales, se componía de paneles que enmarcaban a su vez extrañas figuras pintadas en vivos colores, y que proporcionaban al aposento singulares imágenes cuando los impactos de luz hacían mella entre ellas. Situada a un extremo de la habitación, estaba la cama, tallada en madera de roble. De la parte superior colgaban sedas y damascos. Penachos de plumas, no faltos de polvo, podían apreciarse en cada rincón del aposento, emanando de él una melodía sorda, de marcha fúnebre…

Un silbido inquietante, arrancado del silencio, procedía de alguna grieta que por defecto dejaba entrar un hilo de aire. Este no cesaba, y cuanto más fuerte silbaba, el viento descargaba más violentamente su furia sobre el vidrio pulido.

En aquella vieja cama, yace un hermoso joven medio dormido, a la espera de conciliar el sueño. Un brazo le cuelga de un lado de la cama y el otro está posado encima de su cabeza. Mueve los labios ligeramente, adormecido, como quien recita sus plegarias a ‘Aquel’ que vino al mundo a sufrir por nosotros. Aun permanece en estado de vigilia, inquieto a la vez… Un sentimiento de angustia invade su ser, siente miedo, pánico, terror… Es una mezcla de sensaciones indecibles, él solo desea evadirse de sus sentidos para no formar parte del rol que asume la penumbra, un papel aterrador.

Aún sigue diluviando. La furia de los elementos parece hallarse en su punto álgido. La fuerte granizada golpea contra los cristales, sin piedad. La tormenta no cesa. Rayos y centellas cabalgan en lo más alto del firmamento y el estruendo se hace cada vez más amenazador. Es como si diesen la más calurosa bienvenida a Los Siete Jinetes del Apocalipsis, quienes se desafían en duelo entre sí.

El muchacho que descansa en la antigua cama recobra la conciencia, abre sus ojos y un estridente grito escapa de su garganta. Su alarido queda ahogado entre el ruido de la tormenta, la trompeta celestial se sirve de una melodía desafinada, la cual retumba en cada rincón del albergue.

El joven mantiene la mirada fija en el ventanal, quieto, paralizado por el miedo que recorre lo más profundo de su ser. Consigue divisar un rayo que ha caído próximo al lugar donde él habita, le vislumbra y cuando el trueno estalla él grita al unísono. Desesperante voz manaba de él y un repetido y estrepitoso chillido volvió a emerger
del muchacho. Cada rincón de su aposento acogía el eco de sus gritos, alaridos que bastaban para aterrar al corazón más valiente. No daba crédito a lo que sus ojos apreciaban. Desde el despertar de aquel impacto de luz, una siniestra imagen quedó impregnada en el ventanal, tras aquellas figuras talladas que no dejan ver con claridad que se oculta tras ellas. El, vacilante, no arrancaba la mirada de aquella figura, aquella sombra que destacaba entra la multitud, aquel ser que parecía haber nacido entre la tormenta.

Estaba tiritando, intentaba gritar pero la angustia se ceñía en su garganta. Sus labios solo le permitían susurrar palabras de auxilio y tormento, y sus ojos, petrificados en aquel ventanal, se clavaron directamente en figura tan singular.

Un fuerte viento surgió repentinamente, el cual golpeaba de forma violenta los cristales de aquella habitación. Su forcejeo no quedó en vano, pues la tempestad había conseguido agrietar los cristales, y tras un par de bocanadas estos se hicieron añicos. Un vívido flash acompañaba a la tempestad, aleatoriamente y el rugido celestial permanecía constante en los oídos del acongojado muchacho. Este, cegado por los impactos de luz, no podía retener por mucho más tiempo la mirada en aquella ventana, y envuelto en un abismo de terror, apartó la mirada de aquél siniestro espectáculo. En su mente aun perduraba el recuerdo de aquella imagen aterradora, quien sin rostro ni forma definidos había logrado posarse ante el. Fuertemente cerró los ojos, giró su cabeza y arrancó en llanto. El poder de sus articulaciones desaparece, atenazado por el terror, aunque puede deslizarse por sí
mismo hacia el lado de la cama, retorciéndose. Abre los ojos y alza la mirada. Ahora los relámpagos dejan caer su luz entre los restos de cristales que han quedado en el marco del ventanal. Penetran en la habitación y reflejan en el rostro del atemorizado “ciervo”, inofensivo ante tal situación. Gira la cabeza, entre los repetidos estallidos observa un manantial de niebla negra, espesa sombra que destaca entre la penumbra de la habitación. Esta avanza a medida de que los intensos golpes de luz y el cantar del Apocalipsis cubren sin vacilar la noche, entremezclados con el poderoso vendaval que azota en aquel lugar.

El muchacho contemplaba la aparición, encogido, estrechándose él mismo con sus propios brazos. Su respiración era entrecortada y densa, su pecho se elevaba palpitante y sus labios temblaban mientras su mente no reaccionaba a una señal de socorro. El ente fantasmagórico avanzaba, cuyos movimientos parecían entrecortarse la causa de los destellos de luz que le cubrían a intervalos. El muchacho pone en el suelo uno de sus pequeños pies e inconscientemente arrastra la ropa con él. La puerta del aposento se halla en aquella dirección.

La figura se detiene, apreciándose su rostro. Quien se asemeja a un noble cervatillo lo mira fijamente, sin mediar palabra y falto de fuerzas para gritar. Sus ojos quedaron petrificados en aquella mirada fría, desafiante, que procedía de aquel ser sobrenatural. Sus ojos. Sólo podía contemplar su mirada. Ella bastaba para transmitir un sentimiento de agonía, de vacío… Un silbante sonido sale del pecho de aquel ser, y avanza.

La figura se detiene de nuevo y, mitad en la cama, mitad fuera de ella, el muchacho sigue temblando. Esta pausa debió de durar unos segundos, segundos que bastaron para que la locura consumara su trabajo.

Con una súbita rapidez que no hubiera podido ser ni prevista y junto a un extraño alarido, asió los largos cabellos del muchacho y los ató con ellos. Entonces él chilló, la agonía le había concedido la facultad de gritar de nuevo. A un grito le sucedió otro, y otro. Las ropas de la cama cayeron y él fue arrastrado. Aquel angélico cuerpo con demoníaca satisfacción, arrastró la cabeza del joven hasta el borde de la cama y hundiendo sus afilados dientes en el esbelto cuello del muchacho, le chupó su sangre. El muchacho quedó desfallecido en la cama. Un hilo de sangre manaba de las llagas provocadas por el mordisco. Aquel ente no solo se adueñó de su sangre, sino también se su
alma.

Las seis solemnes campanadas del viejo reloj acababan de anunciar el amanecer. La terrible tormenta que acechaba aquella misma madrugada, apaciguó.

El cielo estaba cubierto de espesas nubes, las cuales no permitían filtrar un rayo de sol. El hedor a humedad imponía el ambiente. El muchacho abrió los ojos. – Sólo ha sido un mal sueño, pensó. Estiro sus brazos, sus piernas y al mismo tiempo su boca se abrió esbozando un bostezo. Se levantó perturbado aun por aquel “mal sueño” y tras incorporarse, se dirigió hacia la puerta, titubeando, con la intención de llegar hasta el lavabo. Giró la cabeza y con la mirada perdida, rememoró aquella espeluznante escena.

Al fin llegó a su destino. Abrió el grifo y dispersó por su cara el agua que manaba
de él. Con los ojos empapados, cogió un paño y se lo restregó por la cara. Tras secarse,
suspiró. Estaba libre de aquella condena, de aquel sufrimiento… Abrió los ojos, miró al espejo pero su imagen se había perdido entre la nada.

-No... no es posible, pensó.

Temblaba... Cierto instinto asesino se apoderó de él, ansiaba algo... tenia sed. Cerró sus puños y golpeo fuertemente el cristal hasta quebrarlo. La locura le consumaba poco a poco... Gritaba desesperado. Cogió un pedazo y lo estranguló en su mano. Brotaba sangre, mucha, pero no era suficiente para calmar su instinto. Su actitud era fría, ese olor... era su panacea.

Alzó su brazo, no podía pensar... Su pecho... de ahí manaba su fuente de vida. Cerró los ojos y con una leve sonrisa se clavó el cristal, como si de un puñal se tratase. No sentía dolor, ni angustia... Ni siquiera miedo ni rencor. Su apetito estaba por encima de cualquier sufrimiento. Sus manos, en forma de cuenco, recogían la sangre que manaba abundante, la maldijo y ansiosamente se la bebió. Un siervo de la oscuridad había nacido.

- He de regocijarme entre alguna sombra, pensó, pues la luz del dia será fatídica para mi existencia...

El despertar. A.M.

Antes que nada, permítanme contarles la leyenda que ha inspirado este relato. Una leyenda urbana, real y muy popular en el estado de California del sur, México. Una leyenda que posiblemente se convierta en realidad en muy poco tiempo.
Hace 99 años, un vampiro murió, y fue enterrado como un cristiano cualquiera, pero cuenta la leyenda, que al anochecer del día 12 de enero del año 2006, cuando este ser cumpla 100 años de haber fallecido, resucitará; saldrá de la tumba e iniciara un nuevo reino de terror, y no prevalecerá otra cosa más que la maldad.
Enero-11-2006
Encontramos a Marlene, una joven de 23 años, buscando arduamente en Internet, alguna historia paranormal que pueda investigar y publicar en la revista “Histerias Paranormales”, para la cual trabaja, en la editorial “SudCalifornia” en La Paz B.C.S.
¡Por fin! –Exclamó Marlene, con un gesto de alivio en su cara-. Al parecer había encontrado algo muy interesante; su mirada se colocó completamente al frente de su monitor, y leyó detenidamente el siguiente texto:
El despertar de Loret Blackmen está cerca; Enero-12-2006 es la fecha en que este
diabólico ser volverá a la vida.
Seguido de la leyenda anteriormente mencionada, e imágenes de “La Purísima”, pueblo
donde se encuentra la tumba del supuesto vampiro.
Esto es lo que necesito. –Dijo Marlene- Y además el lugar de los hechos, se encuentra a menos de 3 horas de aquí (La Paz B.C.S) –Decía en su interior mientras una sonrisa se dibuja en su rostro.
Enero-12-2006
Son las 5:15 a.m., vemos claramente un coche blanco, Royal Park para ser más exactos, moviéndose rápidamente sobre una carretera, un tanto descuidada y llena de imperfecciones, claras señales de un mal gobierno desinteresado por la imagen, comodidad y seguridad de su gente. Dentro de este auto, podemos observar a dos personas, el piloto y un acompañante al asiento delantero; un hombre y una mujer respectivamente. La mujer no es nadie más que Marlene, y el piloto es nada más y nada menos que el novio de ésta, Javier; quien no permitió que su amada viajara sola a un lugar desconocido, así que decidió acompañarla.
Mientras el auto sigue avanzando, a escasos tres metros de distancia se observa un letrero que dice ‘Km100’, justamente ahí el auto disminuye su velocidad para finalmente salir de la carretera y adentrarse en un estrecho camino. Este camino tiene una apariencia bastante peculiar, se nota muy descuidado, pareciera que nadie ha pasado por él en 50 años. Rocas, piedras, polvo y arbustos, son algunos de los inconvenientes por lo que atraviesa este automóvil que no fue necesariamente diseñado para este tipo de caminos.
6:32 a.m., el auto se detiene, frente a este podemos observar un enorme arco rodeado de plantas secas, sin vida, y sobre él, un letrero hecho sobre una base de madera en el cual apenas se pueden distinguir las siguientes palabras: -Bienvenido a “La Purísima”- . Marlene y Javier, siguen avanzando, atravesando este inexpresivo arco y prácticamente entrando al pueblo.
¿Qué se supone que es esto? –Preguntó Javier, muy desconcertado-
Un Pueblo –Le contestó Marlene, con una expresión de seriedad-
Lo que observaban Marlene y Javier, no era un pueblo cualquiera, a simple vista era un Pueblo Fantasma. No hay gente en sus calles, la fachada de las casas las hace lucir antiguas y abandonadas. El suelo se encuentra tapizado de hojas muertas que dan un toque melancólico y frío al paisaje.
Paran el auto, bajan de él, e inician un recorrido por el lugar, empiezan por la plaza, la cual aún conserva como símbolo característico, una enorme fuente de la cual brotaba el delicioso líquido de un “Ojo de Agua”, adornada por una gran variedad de pedernales, y piedritas de colores.
El apacible silencio del instante, fue abruptamente cortado por el estruendoso sonido de una Campana. Su sonido era de tal magnitud, que Marlene no aguantó mucho tiempo, y decidió cubrirse los oídos con sus manos. Cuando el silencio volvió, Marlene y Javier se dirigieron a una pequeña iglesia que se veía a lo lejos, y de la cual venía el fuerte sonido de aquella campana.
Entraron lentamente a la pequeña iglesia y lo que observaron a simple vista fue lo siguiente: Primeramente al pie del púlpito se encontraba un sacerdote pidiendo orar por el alma de todos, ante el terrible suceso que posiblemente ocurriera en unas cuantas horas. En la banca de la primera fila, tenemos a una mujer de edad avanzada, rezando y con un rosario en sus manos, apenas podemos ver su rostro ya que lo tiene cubierto por un velo negro. Tras ella, vemos lo que parece ser una familia, el padre, la madre, y dos pequeños niños. Un poco más atrás, un hombre y una mujer, de edad madura, y muy atentos a las palabras del sacerdote. Y al final, se encuentra un hombre, de avanzada edad, a primera vista puede resultar un tanto desagradable, ya que su aspecto deja mucho que desear, viste ropa muy sucia.
Pasaron aproximadamente 15 minutos. Todos los presentes se dirigieron al cementerio del pueblo, excepto Marlene, Javier y el sacerdote quienes se quedaron en el lugar.
Pasaron las horas. 6:00 p.m., todos se encontraban ya en el cementerio.
El sol se ha ocultado, nubes negras cubrieron rápidamente el cielo, y feroces ráfagas de viento azotaron el lugar, la histeria se ha apoderado de todos, se escuchan gritos, se escuchan llantos, pero entre todo eso, se escucha fuertemente una voz que implora a Dios, no permita esta atrocidad.
El viento ha cesado, la calma inunda el sitio.¡Gracias dios mío! – Todos dicen-, pero de entre los majestuosos árboles que rodean el cementerio, se deja venir una parvada de cuervos que atacan a todos los presentes y no se apiadan ni siquiera de los más pequeños. Marlene se encuentra ahí! Petrificada ante tal atrocidad, parece que nadie ha quedado vivo, ella está inmóvil, a dos metros de la tumba de Loret Blackmen. Pero peor que la masacre de la cual acaba de ser testigo, es lo que está a punto de vivir…
De entre la tierra de la tumba, empieza a salir un mano con enormes garras, pronto podemos ver el brazo entero, inmediatamente vemos el cráneo de este ser, para finalmente salir a flote completamente el putrefacto cuerpo del vampiro. Aún conserva esos enormes ojos, rojos como la sangre, de su mandíbula sobresalen dos enormes colmillos, despide un fétido olor. Y ahí esta Marlene observando a este monstruo, sin poder hacer nada más… Blackmen la observa fijamente, se acerca a ella, la toma entre sus manos y le perfora el cuello con sus enormes colmillos, mientras se alimenta de ella, su cuerpo se regenera de pies a cabeza, Marlene está a punto de desfallecer.
De entre los cadáveres, Javier se levanta, coge una roca y golpea a Blackmen… Loret inmediatamente lo toma por el cuello con su mano izquierda mientras introduce su mano derecha dentro de su abdomen.. para después sacarla bruscamente y esparcir las entrañas por doquier…
Ahí encontramos a Marlene, recostada sobre el suelo, blanca, totalmente pálida, con una expresión de horror en su rostro, muerta…
Javier, entre un enorme charco de sangre, con las vísceras fuera de su cuerpo, y hirviendo de alimento a estos infernales cuervos…
Enero-13-2006
Podemos ver a Loret Blackmen, caminar entre la oscuridad de la noche, entre los árboles que parecen abrirle paso, podemos verle caminar, acompañado de ella, la que ha elegido como compañera para toda la eternidad, con aquella que compartirá su gloria y sangre, Marlene.

Ángel caído. A.

Estaba allí sentada en la oscuridad de aquel local, con toda la gente alrededor, pensando que no me veían. Buscando entre la penumbra de aquel sitio, encontré un hombre que me llamó la atención porque tenía algo misterioso.
Era blanco como la nieve que cae en invierno sobre los árboles y la hierba, sus manos parecían frágiles, pero a la vez fuertes, su pelo era negro como las noches que tapan las ciudades, sus ojos eran como dos estrellas que han bajado del cielo, los luceros que me alumbraban según se movía, su boca era de color rojizo y suave.

Era como un ángel caído del cielo. Pero aún así algo malévolo había en su ser. Me di la vuelta un momento, solo un simple segundo y había desaparecido. Quise gritar y pensé: " quizá está fuera" me levanté, sin decir nada y salí a la calle.

En la calle, la lluvia tocaba toda mi pálida piel, miré para todas partes pero fue inútil, no había nadie, ni un alma en aquel callejón. Me arrodillé en el suelo y reclamé al ángel negro que lo trajera aquí de nuevo. Me levanté porque mis plegarias no habían tenido respuesta, de repente en la oscuridad de la noche, vi unos ojos verdes que salían de ella, avanzó hacia a mi, me miró a los ojos, agaché la mirada, él me la levantó y me puso la chaqueta por encima, se acercó a mi oído y me dijo: "no te asustes, no quiero hacerte nada", yo le respondí: “yo no tengo por qué asustarme de ti, era algo bello y maravilloso como me sonrió y volvió a decir:"te amo, eres como un ángel que se ha escapado del cielo, desde hace mucho tiempo nadie me aclamaba o me buscaba no me dio tiempo a decir nada más, él se deslizó hacia mi cuello y me mordió suavemente para que no sufriera mucho, una gota de sangre fue deslizándose hasta mi pecho, sentía que mi corazón separaba poco a poco, me cogió en brazos y dijo: “yo te cuidaré para que siempre te quedes a mi lado amor mío, yo en un agonía le contesté: “yo siempre me quedaré contigo viva o no, siempre estaré contigo - NO, TU VIVIRAS!!! eres fuerte y mi corazón no aguantaría perderte, serás la princesa de las tinieblas, yo le abracé fuertemente,
los dos nos metimos en la oscuridad para no salir nunca.

Lamentos. N.

Luna, ven esta noche, abrígame, oh mi amada, pues tu nunca me olvidas y más antigua eres que cualquier otro amor mío, tan mortales... tan finitos... tan palpables... Solo tu, oh, mi diosa, eres digna de amar.
Y cuando te veo lloro, lloro solo aquí abajo, atrapado en tierra, rogando ser correspondido por tu luz, lágrimas que caen a las mםas pese al levitar de su fuente. Te amo, ven a mí, abandona tu astral vacío y alivia tus penas conmigo, pues compartimos el mismo deseo y el mismo dolor. Pero es el nuestro, quizá, un amor prohibido entre diosa y súbdito, sólo limitado a la lejanía: mi Tierra y tu Cielo, nuestras lágrimas, tu belleza y mis versos. Inunda mi seca existencia con tu cauce inmortal, pues anhelo la eternidad que me tienta el mar, la sed tal salino manantial, hijo de mi Dama, heredero de su irradiar. Mi amor, derrite el horizonte que oculta tu sublimidad te veo, magistral ante mí, tan fría, tan irrisórea... que belleza... No vueles tan deprisa amor mío, no vueles tanto, que se hace una eternidad el tiempo que no te veo. Susתrrame tus besos, perfila mi mirada con tu plata. Eres mi eternidad, mi sola existencia, mi ser, el nתcleo vivo de mi alma y mi perecer. Helada, gélidamente toscada en las capas altas de un ayer, ayer inmortal de frío fuego, blanco, intáctil, indoloro, sedante. Acógeme en tu manto, oh mi amada, pues te lo imploro en tu alza. Quiébrese otra vez mi alma por ti como tantas veces lo hizo ya mi corazón, pues ahora imploro un adiós de la Tierra, la bienvenida de tu seno, imploro el recreo que es tu rostro. Oh, arrástrame a lo largo de todas las tierras toscas y grises de este baldío cementerio terrenal, sףlo para luego elevarme hasta tu descanso inmortal. Amor mםo, te deseo; amor mםo, vuelva tu cauce a mis ojos en lבgrimas titilantes, blancas bajo mi pבlida manta corporal, similar quizás a tu escudo de Aya, fortaleza abismal; perecerי quizás allá en tus cañones, donde caer a la paz. Amor mío, cuanto te amo, sףlo tu eres mi vida, pues verte a ti es ver el ojo de mi destino, la meta lejana de mi seguir, vuelva a mם יsa tu mirada. Lloro, lloro, y es que lloro tu belleza, lloro, oh, mi diosa, colosal Venus, por ti lloro. No despidas llanto por mם, no despidas la noche sףlo porque no te vיa, no despidas la paz que evocas, no, no... no, esta serenidad no rompas. Levitas sobre una cornisa de piedras fundidas, secas, tan veloz... ¿Tanto cuesta tu mirar? ¿Tan nimio precio he pagado? No me abandones, que sףlo contigo me siento enamorado, no me abandones, acógeme en tu regazo, que mis ojos se hacen sangre al despego de tus brazos. No caigas, mi amor, no caigas tan veloz, que sólo la mitad tulla veo. No caigas sobre esta vasta soledad, no, gira hacia el horizonte, cumple la eternidad, recorre esta infinidad que sólo tu conoces y regresa a mí, regresa a mí. Sólo eres un rallo ahora, blanco calor que espina mi mיdula; y las haladas celestes viajan sobre ti cual estela de un cometa, avanzando a su destino, el Sol, y que es el tullo. Os amo, mi señora, mi virgen luz astral. No perezcas aún, no, no... que arrastras mi corazón a los abismos; no, no me ancles en el inframundo, no, pues la noche es lejana y lejano tu observar desde cerrado abismo infernal. No perezcas, pues perezco yo, estoy ligado a tu destino, pues tu abrazo pálido y frío es mi soledad compañía; soledad, si, y vacío, por seguir vivo y ser eterno tu adiós. Adiós, ahora débil estrella, adiós, soñar a tu vera.

¿A qué temes? No a la vida, creo; perdido la as. Mas entonces... ¿Cual es tu sino en Tierra, inerte espectro? ¿Qué buscas en tu vedada prisión? No a mí, que me distancia el vacío. No al destino, pues encontrado te ha. Sólo al pasado, quizás. Sףlo a la vida; lejos, lejos ahora y por siempre estará. ¿A qué temes? A verte muerto, será.

Un ángel encadena sus alas al mar, anclándose en la profundidad. En su undir extendió la llave de su condena mas no rogó libertad. Vertió lágrimas en ella y se disolvió a mi observar. El océano lloró al cielo y descubrió al no-muerto, mortal.

Paraíso oscuro. E.

El atardecer es mi creencia, la ausencia de luz mi existencia. Mi vida siempre había sido un continuo esperpento, un horrible sinfín de frustraciones. No tenía fe ni esperanza.
Perdida en el largo camino de la vida, esperaba un milagro que me hiciera vivir. Entonces él llegó. Una noche cálida, perezosa, deliciosamente banal. Una brisa , un susurro, una visión. Él es la noche. Su cara es pureza iluminada, sus ojos arden, sus dedos esbeltos y delicadamente adornados con uñas nacaradas. Quieto es como el mármol, cuando se mueve es ágil como una pantera. Se funde en la noche y me llama. Al momento voy a su lado o quizás él viene a mí, no lo sé. No necesito preguntarle su nombre. Lo sé, lo siento. Es pura sensación.

Cuando me abraza siento el miedo irracional de la oscuridad, su caricia es fría como la
luna, su beso es un negro recuerdo de pasión. Me estremezco, lo deseo, lo anhelo. Toda mi maldita vida no vale nada. Mi existencia es nula. Él es un ser magnífico, es la reencarnación de la noche. Me pierdo en sus brazos. Busco su cuello, su pecho, su intimidad.

Pero él es demasiado magnífico para esto. Demasiado terrible. Noto su boca en mi cuello y veo. Veo miles de años de triste y despiadada historia. Veo al hijo matar al padre por unas míseras monedas aprovechando la oscuridad. En la penumbra de una solitaria calle una joven inocente es violada por unos hombres unas bestias. Noto su dolor, oigo sus gritos. Siento su vergüenza, su humillación. Es la fría mordedura de un cuchillo la que la libera. La gente es ejecutada, asesinada. Brutalidad.

Se cometen traiciones, deshonras. Odio. Todo esto es la noche. Esa es su realidad. Y la realidad es él por que él es la noche. Ahora le comprendo. Es un depredador que vive de los seres humanos. No tiene moral ni sentimientos por que él es la noche. Frío. Veo sus asesinatos, sus abominaciones. Desapasionado. Y ahora yo soy parte de él ya que me ha hecho suya. Pero no me resisto. Lo ansío, lo deseo. Lo acepto.

Quiero huir de la falsa luz que no me da esperanza ni vida. Quiero la brutal, sangrienta y salvaje noche. Un oscuro milagro, una vieja esperanza latente en todos nosotros. Bienvenidos, esto es la noche.

El último error. R.

Las 12 de la noche. Autopista oscura. Regreso a casa después de un duro día de trabajo. la profesión de policía secreta parece sencilla, ir por la calle vigilando con un arma bajo la cazadora, pero eso es en las películas, en la realidad es agotador. Habíamos acorralado a un grupo de mafiosos rusos y matado a su jefe. En fin, más papeleo para mañana.
Un momento ¿qué es eso? parece un hombre herido.

Bajo del coche y le pregunto al señor que si se encuentra bien.
parece…


Eso fue la grabación de Alex, uno de los mejores policías que conocí. Me entregaron la
grabación en su funeral y le prometí a su hermano que encontraría al responsable del
asesinato. Noche tras noche puedo oír en mi cabeza los gritos de mi amigo, esos gritos
de terror que me estremecían cada vez que oía la grabación.

Día tras día buscaba al responsable hasta que ayer por fin lo encontré.
Iba por la calle de camino a casa cuando me encontré a un hombre pálido con ojos
negros como su corazón y su melena. Me dijo que mi amigo pagó por entrometerse donde
no debía, como estaba haciendo yo. le pregunté a que se refería y me contestó que él
era el antepasado del capo de la mafia al que Alex disparó, y que se había tenido
que ocupar de que pagase por ello. Fui a sacar mi pistola cuando me agarró, me
descubrió el cuello y me hincó sus colmillos en él. Empezó a sorber mi sangre y...
uff, debe haber sido una pesadilla pero me tocaré el cuello por si acaso. Nada.

Tengo mucha sed, bebo agua y no se me calma. Llaman al timbre y abro. Mi
novia. Está guapísima y me empiezo a excitar, pero no me fijo en sus pechos sino en su
cuello, no puedo resistirlo...

Tengo a Ana entre mis brazos sangrando y yo bebiendo su sangre. No, no puedo seguir sin
ella. Maldita la hora en la que no me cogí el coche para venir a casa y así evitar el
encuentro con el vampiro. No puedo más. Hace un día soleado, perfecto para cumplir mi
objetivo. Salgo a la calle y empiezo a arder y a disfrutar de mi último amanecer y a
pagar por mis pecados.

El amor de un vampiro. C.F.

Porque me enamore
De ti o de tu persona
Yo ya había muerto
Cuando sentí tu presencia, ese día en el panteón
Me dio tanto miedo
Que mi amor hacia ti
Se convirtiera
En una obsesión
Y busque la vida eterna
Con el solo fin
De que pudiera conocer tu corazón
Abriste la ventana
Y mi alma escapo
Lentamente
Tome tu cuello
Y solo
Tu bella
Sangre, me calmo
Porque me enamore de ti
Ahora es tanto mi amor
Que decidí
Ya no hacerte daño
Y espere el amanecer
Para partir junto con el…

Sangre, sangre. G.

Un terrible escalofrío recorre mi espalda, en la garganta siento como si un torrente de lava hubiese pasado por el, no puedo más, cada noche es lo mismo, me recuesto e intento dormir, pero amanezco en el bosque, tirado, con un inmenso dolor de cuerpo.
Desde hace días me siento extraño. Como si no fuera yo, la luz del sol, no la
soporto, siento que me quema, solo la oscuridad me place, tengo un terrible miedo
de entrar a la iglesia, la ultima vez que lo intente, sentí que en mis hombros
llevaba todo el peso de aquel templo y un dolor atravesó mi pecho, y tuve que salir
inmediatamente.

La otra noche, salí a caminar, porque un dolor me estremecía, tenía hambre, mucha
hambre, y una sed insoportable.

Tome de toda clase de bebidas pero no me aplacaron esa sed, abrí el refrigerador, y
encontré en un recipiente un montón de carne cruda, sin pensarlo, tome entre mis
manos aquello y empecé a exprimir la sangre que salía de la carne, tembloroso y
sudando, me la bebí, casi de inmediato aquella sed desapareció.

¿En que me estoy convirtiendo?, no lo se, pero hago cosas extrañas, puedo moverme
más rápido que antes y saltar muy alto, cuando me siento acosado mi rostro cambia,
se vuelve pálido, mis manos se crispan, y lo mas desesperante, es que me crecen los
colmillos, no se que puedo hacer...

Yo no creía en los vampiros, esas para mi eran tonterías, pero creo que terminé
convirtiéndome en lo que yo no creía.

He buscado la muerte, en una de mis largas caminatas nocturnas, he cruzado un
puente, me pare en el barandal y me deje caer al vacío, pero he caído de pie, es
como si pudiera levitar, salí sin un rasguño, no lo entiendo.

Solo me queda aceptar mi realidad, mi corazón ya no late, me siento vacío, como si
estuviera hueco, ya no siento miedo, solo esa terrible sed que aparece cada noche,
me atrapa, me enloquece y estoy dispuesto a hacer lo que sea por un poco de
¡SANGRE!.....

Terror. J.F.

Es de noche. Una noche oscura y tormentosa. La lluvia arrecia fuertemente. Una chica camina de forma apresurada, sin paraguas, protegida con un largo abrigo rojo. El agua ha empapado su melena pelirroja. Está asustada. No hay nadie por la calle, sólo ella y su miedo.
Recuerda lo que ha oído sobre las otras chicas, jóvenes como ella, aparecieron muertas, con dos perforaciones en el cuello, mutiladas, y con una expresión en sus caras de profundo terror. Los forenses dictaminaron que fueron torturadas y mutiladas en vida.
Posteriormente se les causó la muerte con un objeto punzante en el cuello.

Pero la gente sabe la verdad, aunque nadie se atreve a decirlo por el pánico que les produce el sólo hecho de oírse a si mismos. Ha sido el Vampiro, el Señor de la noche, ella es su aliada, a él sirve. Es un ser inmortal, existe sin vida a través de los tiempos, alimentándose de la sangre de los humanos, jugando con ellos, disfrutando con su sufrimiento. Gobierna el mundo en las sombras.

La joven tiene la sensación de que alguien la observa. Su corazón palpita con fuerza, su respiración se vuelve agitada, se muerde el labio haciéndolo sangrar, todo su cuerpo se agita tembloroso. La sensación de sentirse observada se vuelve certeza para ella. Corre, su corazón se ha desbocado por el pánico, parece querer salir a través de su pecho. Apenas puede ya respirar, no por el esfuerzo físico, el miedo la ha hecho respirar tan apresuradamente que le duelen los pulmones. Siente un sabor ácido en su boca, no sabe su
origen, no sabe fue es el sabor del terror. Sus pupilas se dilatan, su cara se vuelve blanca como la nieve. Corre, llora aterrada. En su carrera tropieza y cae. Su mandíbula golpea brutalmente el suelo. Llorando levanta lentamente la cabeza.

Un rayo cae entonces iluminando en la oscuridad. Entonces lo ve, de pie a unos metros por delante de ella, mirándola con una mezcla de majestuosidad y profundo desprecio. Su larga capa negra ondea al viento huracanado. Sonríe con placer mirando a su futura víctima. Lentamente se acerca a ella. Ésta chilla aterrada, clavando sus llorosos ojos en los del monstruo. Agarra un crucifijo que porta al cuello en una cadena, lo dirige hacia delante. Entonces se da cuenta de que no puede moverse, todos los músculos de su cuerpo están rígidos como una sólida piedra. Es el poder del maligno, piensa. Ha oído que éste paraliza a sus víctimas con su poder sobrenatural. Pero entonces se da cuenta, no es el Vampiro quien la ha paralizado, es su propio miedo. Ese es el poder del monstruo, infundir el terror en sus víctimas paralizándolas. El Señor de la noche esboza una sonrisa sádica mientras se acerca a su víctima. La proximidad del crucifijo parece quemarle la cara, pero disfruta en una especie de actitud masoquista.

La joven grita con todas sus fuerzas hasta perder la voz. Pero no es lo único que pierde. También desaparece su conciencia de la realidad. Ya no ve al Vampiro, ni siquiera sabe que está ahí. El terror inunda cada rincón de su mente. Esa es ahora toda su realidad, el terror. El monstruo lo sabe, lo ha visto muchas veces. Contempla a su víctima paralizada y enloquecida por el terror. El Vampiro ríe complacido. Su risa resuena ensordecedora en las profundidades de la noche. La torturará largo rato, la mutilará, y después la matará bebiéndose su sangre. Y gozará plenamente haciéndolo.

Yo, otra vez... A.

Llevo dos días sin salir de casa.
No me gusta salir a la calle. 
Pero las pocas reservas del último robo que hice al banco de sangre se me han agotado.
La luna hoy brilla con fuerza.
La noche es clara, demasiado clara.
Debo salir a buscar alimento.
Me subo el cuello de mi chupa tejana para que nadie me vea el cuello, para que nadie
se fije en el, para poder pasar inadvertido.
Cuando salgo a la calle me golpea una brisa fresca. La agradezco.
Camino entre las sombras, en silencio y lo más aprisa que puedo.
Oigo unas risa a lo lejos. Me paro en seco y corro hasta la próxima esquina. Me
quedo quieto. En silencio, medio oculto por la luz mortecina de una farola.
Las risas van menguando poco a poco.
Esta noche, ni siquiera un gato se me ha cruzado en mi camino.
No encuentro nada para calmar la sed que por un momento me nubla la mente.
Vuelvo a oír las risas, pero esta vez no están cerca, el hambre las trae hacia mi
mente, que dice que vaya en su busca, que me alimente.
Con las manos aferradas a las sienes y encogido por el dolor sigo mi camino hasta un
banco de sangre, allí esta lo que necesito.
Necesito sangre.
¿Te pasa algo?.- siento que me preguntan a mi espalda.
Me giro, veo a una chica, guapa. De ojos marrones y enormes que con cara de
preocupación pone su mano sobre mi hombro.
Estoy bien. Vete por favor.
¿Qué es eso del cuello?, ¿un tatuaje?.
La sangre me hierve. Los ojos se me enrojecen. Mi cabeza estalla y sin saber como
me incrusto con fuerza en su cuello.
Su sangre es calida. Dulce. Fluye por mi garganta refrescándola.
Cierro los ojos y me dejo transportar. Bebo y bebo.
Hasta la última gota.
Después la dejo caer.
¡¡NOOOO!!.
Me doy cuenta de lo que he echo.
Pero porque. ¿Por qué?.
Os dije que no preguntarais.
Si me ves, HUYE, HUYE, HUYE.

Vampiro abandonado. D.F.

El niño solitario, con ojos humedecidos y párpados empapados estaba en cuclillas, meciéndose en el suelo. ¿Dónde estaba? No lo sabía. ¿Por qué se encontraba solo? Tampoco lo sabía. No recordaba nada.
entía una sensación de temor al hallarse solo ante la oscuridad. Solo percibía el
aleteo de sus orejas que se movían por el incesante viento. No oía nada, solo su
propia respiración, rápida y entrecortada. No conocía su identidad, no sabía que
hacía allí solo en mitad de la noche. Lo único que podía ver era el alumbrar de la
redonda brillante: La luna llena, que alumbraba su rostro desdichado mientras los
árboles proyectaban sus monstruosas sombras encima de él. Se mecía y se mecía, el
aire era gélido y se le arropaba en su piel pálida y frágil; más pálida que nunca.
Se mecía y se mecía. Palpó con la mano el suelo, mientras mantenía la vista a lo
lejos de la penumbra sus ojos sólo lograban distinguir extrañas figuras. ¿Estaba
ciego? No lo sabía. Palpó con la mano el frió suelo.

Bajo lentamente la mirada, mientras el aire helado le entumecía la cara. Tenía las
manos muy frías, los dedos casi congelados dificultándole enormemente la movilidad.
Miró el suelo, distinguió un color. Un color blanco en forma de ralla se extendía a
lo largo. No entendía que era y volvió a mecerse. Tenía la nariz helada, rojiza y
llena de mocos. Las gotas le comenzaron a resbalar por las mejillas, la luna las
alumbró y se secaron, se secaron heladas como si estuvieran en un congelador.
Se notaba el cabello mojado. Se lo palpó. Dejó de mecerse. Se lo tocó lentamente,
pelo por pelo. Movió la mano y la sangre se alumbró en ella, seca y coagulada; tan
fría como un día de invierno, tan fría como el monte más helado de los mundos. La
sangre se le extendió hasta cubrirle las manos al completo.
Sintió temor, mucho temor. Estaba sangrando, helándose de frío y todavía seguía sin
entender nada. No pudo evitarlo, de verdad que no pudo, sus ojos se humedecieron y…
Otra lágrima se derramó alumbrándose sobre sus mejillas. Se le secó en un sonido
cristalino.
Sangre. Notaba sangre en la garganta. Un gusto áspero y a la vez dulce. Sacó la
lengua y la mantuvo en el aire; se la acarició como si fuera una mascota. Estaba
gélida, completamente congelada.
Un hilillo de sangre se le escapó de la lengua, Se deslizó hasta rozar el suelo,
antes de tocarlo se congeló.
Una estalactita de sangre le colgaba de la lengua. Le dolía. Se cogió con las dos
manos la estalactita. El dolor se le extendía hacia el estómago y sintió un enorme
impulso de vomitar pero se controló. Intentó doblar la estalactita, pero la lengua
se resintió. El dolor se le subió a las sienes.
Asustado y con frenesí se rodeó con las manos la estalactita y las hizo voltear.
Volteaba las manos por la estalactita, cada vez con más rapidez. La lengua se
resentía, pero por la fricción la estalactita comenzó a derretirse. Las gotas
derretidas se incrustaban en las manos del chico, seguidamente se proyectaban contra
el suelo en pequeñas gotitas de cristal.
La puntiaguda forma gélida se derritió y el chico se quedó con un intenso sabor a
sangre fresca en la lengua. Se tocó la punta de la lengua suavemente con el dedo
índice. Tenía una pequeña herida, de no mucha importancia. Una pequeña herida, roja
como la cereza, roja como el corazón y roja como la sangre.
La herida empezó a sanarse sola. El niño sonrió y en la anchura de los labios se
creó una plaquita de hielo. Parecía que con cada movimiento expulsara frío de sus
entrañas. Ahora no podía mover los labios, se había quedado con una sonrisa compacta
e inmóvil. Se lamió los labios y se los volteó con rapidez con su lengua helada y
frágil. Al poco rato la fricción hizo su efecto y el hielo desapareció impactando en
el asfalto en pequeñas gotas de cristal.
Se notó aliviado y contento sin saber el porqué. Ya no se sentía tan frágil y
temeroso. La helada que le agarraba con fuerza el cuerpo desaparecía poco a poco.
Se sintió muy húmedo y mojado, el sudor comenzó a emanar con fuerza de él. Un charco
llegó pronto al suelo, el sudor era cálido como el desierto durante el día, Cálido
como una calurosa noche de verano; y ese sudor cálido le calentó los labios, le
revivió la lengua y lo acaloró por dentro. El hielo desapareció dejando paso a la
movilidad absoluta.
Solo y desnudo el chico podía moverse. Recuperaba las fuerzas en todo su cuerpo.
El sudor paró. El frió también lo hizo.
Una calida noche de verano se notó en el ambiente. El aire, seco y compacto impactó
en la cara del chiquillo.
Sonrió con fuerza, pues el helor de los labios le había desaparecido por fin. Ya se
sentía vivo y libre. Sonrió más ampliamente que nunca dando a mostrar unos enormes
dientes, cuya blancura era comparable con el blanco celestial, sólo que el no tenía
nada de celestial; de demonio… tal vez.
De entre el amasijo de dientes, dos prominentes colmillos le sobresalían de la
dentadura de arriba. En su dentadura de abajo ocurría lo mismo. Se palpó el mentón.
Lo tenía duro y fuerte.
Cerró con potencia la mandíbula, haciendo chocar los colmillos entre si. Un potente
chasquido resonó en la noche oscura y cálida.
Volvió a emitir un chasquido con los colmillos.

Una sensación de poder lo invadió por dentro. Pues el sabía que era un vampiro, sólo
eso, de lo demás no recordaba nada. La sensación de sangre lo entornó. Necesitaba
beber ese dulce líquido rojo.
De repente y sin previo aviso, una luz se divisó en el horizonte. Una luz tenue con
forma de foco energético alumbró a lo lejos al niño.
La luz se acercó y acercó, hasta que se volvió tan fuerte que el chico tuvo que
esconderse de la luminaria protegiéndose la cara con los codos.
La luz se paró seguida de una frenada de neumáticos.
Pasó de alumbrar de forma intensa a tenue. El niño pudo volver a mirar sin temor
alguno.
Un hombre, cuya estatura era superior a la media, se le acercó. El hombre era medio
calvo, y el poco pelo que tenía era canoso. Sus potentes bíceps contrastaban con sus
muslos vulgares. Llevaba camiseta sin mangas de color negro abismo, sus pantalones
eran vaqueros y de un color azul intenso. La mirada del hombre era fría y
reconfortante a la vez, pues sus ojos verdes relucían en contraste con la luz que la
luna llena disparaba sobre ellos.
— ¿Qué te ocurre chico? —preguntó el hombre.
El niño no respondió porque la luz lo hirió, le derretía poco a poco la piel, se le
formaban ampollas y la piel se le quemaba, el humo le salió de su piel seca y
cálida. Dio un salto hacia atrás con gran agilidad, ocultándose de la luz quemadora.
— Nos feratu —balbuceó el niño.
— ¿Qué? —preguntó el hombre canoso
— Nos feratu —un foco se rompió y el hombre dio un alarido asustado— Vampirum —el
otro foco explosionó lanzando grandes cantidades de cristal al cielo que pronto se
perdieron en la lúgubre noche. El hombre arrojó un chillido ahogado.
— Nos feratu —El chico mostró los dientes— Vampirum.
El hombre reculó.
— Sangre Nostrum.
El hombre dio otro paso hacia atrás con la boca abierta en forma de o y los ojos
abiertos como platos dilatándose y contrayéndose alternativamente. La expresión de
pánico se sobrepuso ante la oscuridad de la noche.
El niño alzó su mano derecha, contemplándose las uñas, que no eran uñas, sino
garras; Garras largas y afiladas, sucias y bellas, vivas y muertas.
El hombre, más inquieto asustado y petrificado que nunca, dejó de recular. Dejó de
moverse. Se quedó quieto en el asfalto. Las garras del niño lo habían dejado inmóvil
y sin aliento. Estaba experimentando una sensación de temor incapaz de describirse.
El niño avanzó unos pasos y el canoso no se movió. Avanzó otros pasos y olió su
aliento. El aliento del hombre estaba alcoholizado, su perfume era el hedor.
El chiquillo saltó con rapidez y le clavó los colmillos superiores en su delgada
camiseta. La camiseta se rasgo y los colmillos crujieron hundiéndose en la carne.
Dos agujeros se formaron, y entre el colmillo y la carne la sangre emanó viva y
fuerte como un rió, extendiéndose en su camiseta y volviéndola de un color negro
rojizo. El canoso emitió un gemido ahogado.
El terror intentaba salir por su campanilla que tintineaba de miedo. No podía
moverse, los colmillos lo habían envenenado dejándolo paralítico por momentos. Con
la boca tan abierta que parecía desencajársele de la mandíbula, se quedo quieto
mientras los ojos empezaban a inyectársele en sangre.
El niño estaba contento, saboreando el dulce manjar. Ya no tenía miedo, el miedo se
había transformado en valentía y fuerza, fuerza potente y energética.
El chico clavo más hondo los colmillos con un potente mordico que hizo saltar un
chorro de sangre. El canoso volvió a gemir, pero el gemido volvió a ahogarse
quedando atrapado en su campanilla.
El niño comenzó con su festín. Succionó con los colmillos, lentamente, y a medida
que la sangre le pasaba entre los colmillos y se deslizaba con suavidad por su
garganta, aumento la velocidad aferrando más los colmillos en la carne.
.El canoso ya no intento ni siquiera gemir. El ceño se le frunció lentamente, los
párpados se le bajaron silenciosamente hasta que chocaron entre si y sus ojos
quedaron ciegos para siempre.
La piel pasó de un color carne vivo a un color carne pálido, de la piel rosada a la
piel blanca inerte.
El chiquillo succionó con más fuerza y la piel del canoso se volvió pálida del todo
mientras se mecía intentando caer en el asfalto. El niño no hizo nada, dejó que el
hombre cayera deslizándose lentamente hacia el suelo. El chiquillo lo siguió con sus
colmillos, sin apartarlos de dentro de su carne.
El canoso por fin cayó al suelo y el chiquillo saboreó la sangre con intensidad.
Bebió y bebió hasta saciar su sed.
Terminó y se limpió los colmillos con la camiseta del canoso.
Desnudo y sin vergüenza se plantó delante del cadáver. Observó su figura paralítica,
con esa expresión de temor en el rostro que reflejaba pena y ternura, maldad y
bondad.
La figura yació en el suelo.
El niño escrutó los focos rotos. Tras ellos un coche se erguía en medio del asfalto.
Se acercó lentamente. La puerta estaba abierta.
Con sumo cuidado entro y con delicadeza giró su cabeza hasta el asiento del
acompañante. Un chico pequeño, que debía rozar su misma edad, tiritaba de miedo bajo
el asiento.
— No puedo ir desnudo —pensó en voz alta.
Miró al chico, éste, tiritaba de miedo, agachado y con la cabeza entre las piernas
susurraba palabras de pánico a sus zapatos.
— Dame tu ropa, et vive. Per favore dame tua ropa.
El chico temeroso no entendía lo que ocurría, el miedo se apoderó de él y se desmayó.
— Io no se como mi chiamo, et sospito che sono un Vampiros —habló inútilmente al
chico desmayado.
El vampiro no obtuvo respuesta. Espero impasible junto al cuerpo desmayado. Pasó un
minuto, luego dos, luego tres. Se cansó de esperar, enfurecido y frustrado se alejó
del coche.
Se concentró y cerró los ojos con fuerza. Los abrió y notó un dolor en la espalda.
Se la palpó con las manos. Dos alas bellas y esbeltas se elevaban rígidamente detrás
de él.
— ¡Parla ahora o more para sempre! —las palabras del vampiro se extendieron hasta el
infinito, resonando en el paisaje con un fuerte eco.
El niño, aún desmayado y arrodillado en el asiento del acompañante no contestó.
El vampiro se enfureció. Sus pies se alejaron del suelo tan rápidamente como su
furia se extendía.
— ¡Parla ot muere! —su último aviso estalló contra el parachoques del coche
haciéndolo estallar.
El chico desmayado comenzó a recobrar el conocimiento. Pero ya era demasiado tarde
para él.
El vampiro se irguió. Observó el coche con locura y rabia. Extendió el brazo,
levantándolo con los rayos de la luna reflejándose en su mano. Ésta, también se
extendió. Apuntó con la mano al coche, elevó el dedo índice y señalo el carruaje.
— Fueco, Aire, et viento, more por sempre .
Las palabras del vampiro se transformaron en una bola de fuego cálida y extraña a la
vez. El dedo índice fue el encargado de proyectar la bola cálida hacía el coche. La
bola se lanzó volteando y danzando en espiral hasta llegar al coche, no tuvo
compasión e impactó contra el capó.
El vampiro voló más alto para que la explosión no lo atrapara.
El coche estalló en mil pedazos arrancando la vida del muchacho y siendo portada del
diario comarcal. La onda expansiva derritió al completo al hombre canosa de mirada
reluciente. El coche se elevó por los aires y volvió a caer en el asfalto emitiendo
un potente estruendo que se oyó a varios kilómetros. El humo subió lentamente de
entre los restos del coche, el vampiro lo traspasó y se elevó hacia la oscuridad
hasta que su forma se dibujó en la luna. Había saciado sus ansias de comer, se
sintió poderoso y decidió que la próxima vez no se conformaría con tan pequeño
manjar.