lunes, 27 de octubre de 2014

Cesión de beneficios. Henry Kuttner (1915-1958) C.L. Moore (1911-1987)

Cuando Denny Holt llamó desde la cabina telefónica, había un viaje pendiente para él. A Denny no le entusiasmaba. En una noche lluviosa como ésa era fácil levantar pasajeros, y ahora tendría que cruzar la ciudad hasta Columbus Circle.

—Demonios —le dijo al auricular—. ¿Por qué yo? Envía a cualquiera de los muchachos... Para el cliente será igual. Estoy en el Village.
—Te quiere a ti, Holt. Dio tu nombre y tu teléfono. Tal vez sea un amigo tuyo. Estará frente al monumento; abrigo negro y bastón...
—¿Quién es?
—¿Qué sé yo? No me lo dijo. Andando.

Holt colgó desconsoladamente y regresó al taxi. El agua le goteaba en la visera de la gorra; la lluvia estriaba el parabrisas. En medio del oscurecimiento veía portales tenuemente iluminados y oía música de los tocadiscos automáticos. Era una buena noche para estar dentro. Holt consideró la posibilidad de meterse en el Cellar a beber un whisky. Oh, bien. Puso el coche en marcha y enfiló por la avenida Greenwich, deprimido. Era difícil esquivar a los peatones en días así; los neoyorquinos jamás prestaban atención a los semáforos, de todos modos, y el oscurecimiento transformaba las calles en cañadas oscuras y sombrías, Holt se dirigió al otro extremo de la ciudad ignorando los gritos de 'taxi'. La calle estaba húmeda y resbaladiza. Los neumáticos, para colmo, no estaban en buenas condiciones. El frío húmedo le calaba los huesos. El traqueteo del motor no era reconfortante. Alguna vez ese carricoche reventaría del todo. Después de eso...bueno, no era difícil conseguir empleo. Pero Holt sentía aversión por el trabajo duro. Las fábricas de material de guerra... Hm-m-m.

Rodeó caviloso la plaza Columbus, tratando de ver al cliente. Allí estaba, la única figura inmóvil en la lluvia. Otros peatones cruzaban la calle deprisa esquivando tranvías y automóviles. Holt se le acercó y abrió la portezuela. El hombre se adelantó. Tenía bastón pero no paraguas, y el agua relucía en el abrigo oscuro. Un maltrecho sombrero de alas anchas le cubría la cabeza, y los ojos oscuros y penetrantes estaban clavados en Holt. El hombre era viejo, casi asombrosamente viejo. Arrugas y pliegues de piel floja y grasosa le desdibujaban los rasgos.

—¿Dennis Holt? —preguntó con tono áspero.
—Ese soy yo, amigo. Métase adentro.
El viejo obedeció.
—¿Adonde?—dijo Holt.
—¿Eh? Atraviese el parque.
—¿Hasta Harlem?
—Eh...sí, sí.

Después de encogerse de hombros Holt entró en el Central Park. Un excéntrico. Y nunca le había visto antes. Echó una ojeada al pasajero por el espejo retrovisor. El hombre examinaba atentamente la foto y el número de Holt en la matrícula. Satisfecho, al parecer, se recostó y sacó del bolsillo un ejemplar del New York Times.

—¿Quiere la luz? —preguntó Holt.
—¿La luz? Sí, gracias —pero no la usó mucho tiempo; un vistazo al diario lo satisfizo.
Después se reclinó, apagó la lámpara y estudió su reloj-pulsera.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Alrededor de las siete.
—Las siete. Y hoy es 10 de enero de 1943...

Holt no contestó. El pasajero se volvió y atisbo por la ventanilla trasera. Se mantuvo en esa posición. Al rato se volvió e inclinó hacia adelante, y le habló de nuevo a Holt.

—¿Le gustaría ganar mil dólares?
—¿Está bromeando?
—No es broma —dijo el hombre, y de pronto Holt se dio cuenta de que el acento era extraño. Un ligero arrullo de consonantes, como en castellano—. Tengo el dinero...en la moneda de ustedes. Hay ciertos riesgos, así que no le estoy regalando nada.

Holt mantuvo la vista fija adelante.
—¿Ah, sí?
—Necesito un guardaespaldas, eso es todo. Hay unos hombres que intentan secuestrarme, o aun asesinarme.
—No cuente conmigo —dijo Holt—. Lo llevaré a la policía... Eso es lo que necesita, amigo.

Algo cayó blandamente en el asiento delantero. Holt miró y sintió que la espalda se le ponía tensa. Conduciendo con una mano, recogió el fajo de billetes y los contó. Mil dólares... Ni uno menos. Olían a moho.

—Créame, Denny —dijo el viejo—, necesito su ayuda. No puedo contarle la historia porque me tomaría por loco, pero le pagaré esa suma por los servicios de esta noche.
—¿Incluyen el asesinato? —aventuró Holt—. ¿Por qué diablos me llama Denny? No le he visto en mi vida.
—Lo he investigado... Sé mucho sobre usted. Por eso le elegí para esta tarea. Y no hay nada ilegal. Si tiene razones para pensar lo contrario será libre de retirarse en cualquier momento, conservando el dinero.

Holt reflexionó. Sonaba turbio pero incitante. En todo caso, podía echarse atrás. Y mil dólares...
—Bien, diga. ¿Qué tengo que hacer?
—Estoy tratando de sortear a ciertos enemigos míos —dijo el viejo—. Para eso necesito la ayuda de usted. Usted es joven y fuerte.
—¿Alguien trata de liquidarlo?
—¿Liqui...? Oh, no. No creo que se llegue a eso. El asesinato no es bien contemplado, salvo como último recurso. Pero me han seguido hasta aquí; los he visto. Creo que logré despistarlos. Ningún taxi nos está siguiendo...
—Se equivoca —dijo Holt.
Hubo un silencio. El viejo miró de nuevo por la ventanilla trasera. Holt sonrió taimadamente.
—Si trata de despistar a alguien Central Park no es lo más indicado. Me será más fácil perder a sus amigos en medio del tráfico. Bien, acepto el trabajo. Pero me reservo el derecho de retirarme si algo huele mal.
—Muy bien, Denny.

Holt dobló a la izquierda a la altura de la Setenta y Dos.
—Usted me conoce a mí, pero en cambio, yo a usted, no. ¿A qué viene que me haya investigado? ¿Es detective?
—No, me llamo Smith.
—Naturalmente.
—Y usted, Denny, tiene veinte años y no puede prestar servicio militar en esta guerra porque tiene problemas cardíacos.
—¿Y qué? —gruñó Holt.
—No quiero que se muera.
—No me moriré. Mi corazón está bien en general. Sólo que el examinador médico no pensó lo mismo... Smith asintió.
—Ya lo sé. Ahora, Denny...
—¿Sí?......
—Tenemos que asegurarnos de que no nos sigan.
—Suponga que paro en los cuarteles del FBI —dijo lentamente Holt—. No simpatizan con los espías.
—Como prefiera. Puedo probarle que no soy agente enemigo. No tengo nada que ver con esta guerra, Denny. Simplemente deseo evitar un crimen. A menos que pueda impedirlo, esta noche se incendiará una casa y se destruirá una fórmula valiosa.
—Eso es trabajo para los bomberos.
—Usted y yo somos los únicos que podemos hacerlo. No puedo decirle porqué. Mil dólares, téngalo presente.

Holt lo tenía presente. Mil dólares significaban mucho para él en ese momento. Nunca en la vida había visto tanto dinero. Le abría posibilidades, tendría capital para iniciarse. No había recibido buena educación. Hasta ahora había pensado que seguiría siempre sometido a un trabajo aburrido y monótono. Pero con un capital... Bien, no le faltaban ideas. Estos eran tiempos propicios. Podría meterse en algún negocio. Así se hacía plata. Mil dólares. Podía significar todo un futuro, claro que sí. Salió del parque en la calle Setenta y Dos y en Central Park West dobló al sur. Por el rabillo del ojo vio otro taxi que se le echaba encima. Estaba tratando de encerrarlo. Holt oyó que el viejo jadeaba y gritaba algo. Apretó los frenos, vio que el otro taxi seguía de largo e hizo girar bruscamente el volante mientras hundía el acelerador a fondo.

—Tómelo con calma —le dijo a Smith, dio inedia vuelta y se dirigió al norte.
En el otro taxi había visto cuatro hombres; apenas les había echado una ojeada. Iban pulcramente afeitados y vestían ropas oscuras. Tal vez portaban armas, pero no podía asegurarlo. Ahora también habían virado. El tráfico les creaba dificultades, pero seguían persiguiéndoles. En la primera calle conveniente Holt dobló a la izquierda, cruzó Broadway, tomó el cruce de autopistas del Henry Hudson Parkway y después, en vez de seguir hacía el sur, viró en redondo y siguió derecho hasta la avenida West End. Continuó hacia el sur por West End, y enseguida tomó hacia la Octava Avenida. Ahora había más tráfico. El taxi que los seguía no estaba a la vista.

—¿Y ahora? —le preguntó a Smith.
—No... No sé. Debemos asegurarnos de que no nos siguen.
Bien —dijo Holt—. Estarán dando vueltas para encontrarnos. Mejor dejemos la calle. Le mostraré —entró en un garaje, sacó un ticket y urgió a Smith a apearse del taxi—. Ahora mataremos el tiempo, hasta que convenga empezar de nuevo.
—¿Dónde?
—¿Qué le parece un bar tranquilo? Un trago no me vendría mal. Es una noche de perros.

Smith parecía haberse puesto totalmente en manos de Holt. Doblaron por la calle Cuarenta y Dos, con sus clubes baratos y penumbrosos, sus vodeviles, sus marquesinas sombrías y sus casas de entretenimientos. Holt se abrió paso a empellones entre la muchedumbre, llevando a Smith a la rastra. Atravesaron las puertas vaivén de un bar, pero el lugar no era especialmente tranquilo. Un tocadiscos automático sonaba estrepitoso en un rincón. Un lugar desocupado cerca del fondo atrajo a Holt. Cuando se sentaron, llamó y pidió un whisky. Smith pidió lo mismo después de titubear.

—Conozco este lugar —dijo Holt—. Hay una puerta trasera. Si nos pescan, nos escabulliremos enseguida. Smith tiritó.
—Tranquilo le animó Holt. Le mostró una manivela de bronce—. Traigo esto conmigo, por si acaso. Así que relájese. Ahí vienen los tragos —bajó el whisky de un sorbo y pidió otro. Viendo que Smith no se llevaba la mano al bolsillo para pagar, lo hizo él. Podía darse ese lujo, ahora. Con mil dólares encima.

Entonces, tapando los billetes con el cuerpo, los sacó para examinarlos más de cerca. Todo estaba en orden. No eran falsos; los números de serie estaban bien, y tenían el mismo olor mohoso que Holt había notado antes.

—Parece que estuvieron...bien guardados —aventuró.
—Estuvieron en exhibición durante sesenta años —dijo distraídamente Smith. De golpe se contuvo y bebió whisky.

Holt arrugó el entrecejo. Estos no eran de esos billetes viejos y enormes. ¡Sesenta años, caray! Claro que Smith representaba esa edad y más. Esa cara rugosa y asexuada podría ser la de un nonagenario. Holt se preguntó cómo sería el hombre en su juventud. ¿Cuándo habrá sido eso? Durante la Guerra Civil, probablemente. Guardó el dinero, consciente de un. aura de placer que no se debía solamente al licor. Este era el comienzo para Denny Holt. Con mil dólares compraría alguna propiedad y se mudaría al centro. Basta de taxi, eso era seguro. En el suelo pegajoso se hamacaban y zarandeaban unos bailarines. El bullicio era constante, y el ruido de las voces se confundía con el de la música. Holt limpió ociosamente una mancha de cerveza de la mesa con una servilleta de papel.

—No me contará de qué se trata, ¿verdad? —dijo. La cara increíblemente vieja de Smith tal vez gesticuló. Pero era difícil asegurarlo.
—No puedo, Denny. No me creería. ¿Qué hora es?
—Casi las ocho.
—Hora standard del este, según la medición antigua... Y diez de enero. Tenemos que llegar a destino antes de las once.
—¿Dónde queda?
Smith sacó un mapa, lo desplegó y le dio una dirección de Brooklyn. Holt la localizó.
—Cerca de la playa... Es un lugar bastante solitario, ¿verdad?
—No sé. No he estado nunca.
—¿Qué pasará a las once?
Smith meneó la cabeza pero no respondió directamente. Desplegó una servilleta de papel.
—¿Tiene una estilográfica?
Holt titubeó, luego le alcanzó un paquete de cigarrillos.
—No, un...lápiz. Gracias. Quiero que estudie este plano, Denny. Es la planta baja de la casa de Brooklyn a la que iremos. El laboratorio de Keaton está en el sótano.
—¿Keaton?
—Sí —dijo Smith tras una pausa—. Es un físico. Está trabajando en un invento bastante importante. Se supone que es secreto.
—Bien. ¿Y después?
Smith garabateó rápidamente.
—Debería haber un terreno amplio alrededor de la casa, que tiene tres pisos. Aquí está la biblioteca. Se puede entrar por estas ventanas, y la caja fuerte tendría que estar bajo una cortina...aquí —señaló con la punta del lápiz.
Holt arrugó el entrecejo.
—Empiezo a oler raro.
—¿Eh? —Smith cerró crispadamente la mano—. Espere a que haya terminado. Esa caja fuerte estará abierta. Adentro encontrará una libreta parda. Quiero que saque esa libreta y...
—...y se la mande a Hitler, vía aérea —terminó Holt, torciendo burlonamente la boca.
—Y la entregue al Departamento de Guerra —dijo imperturbable Smith—. ¿Satisfecho?
—Bien... Así me gusta más. ¿Pero por qué no lo hace usted mismo?
—No puedo —dijo Smith—. No me pregunte por qué. Simplemente no puedo. Tengo las manos atadas —los ojos penetrantes relucían—. Esa libreta, Denny, contiene un secreto tremendamente importante.
—¿Militar?
—No está escrito en código, es fácil de leer. Y aplicar. Ese es el problema. Cualquiera podría...
—Usted ha dicho que un fulano llamado Keaton era el propietario de la casa. ¿Qué ha pasado con él?
—Nada —dijo Smith—, todavía —se apresuró a cambiar de tema—. La fórmula no debe perderse, por eso tenemos que llegar allí antes de las once.
—Si es tan importante, ¿por qué no vamos ahora y retiramos la libreta?
—La fórmula no será completada hasta pocos minutos antes de las once. Ahora Keaton está terminando las etapas finales.
—Es una locura —se quejó Holt, y pidió otro whisky—. Ese Keaton..., ¿es nazi?
—No.
—Bien, ¿no será él quien necesita el guardaespaldas, en vez de usted?

Smith meneó la cabeza.
—Las cosas no son así, Denny. Créame, sé lo que estoy haciendo. Es vital, absolutamente importante que usted consiga esa fórmula.
—Hm-m-m.
—Hay peligro. Mis...enemigos...podrían estar esperándonos allí. Pero los distraeré para darle a usted la oportunidad de entrar en la casa.
—Usted ha dicho que podrían matarle...
—Sí, pero lo dudo. El asesinato es el último recurso, aunque podría apelarse a la eutanasia. Pero no soy candidato para eso.

Holt no trató de entender el comentario de Smith sobre la eutanasia. Dedujo que sería el nombre de un lugar y que implicaba tomar un polvo.

—Por mil dólares —dijo—, arriesgo el pellejo.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a Brooklyn?
—Digamos una hora, con el oscurecimiento —Holt se levantó de golpe—. Venga. Sus amigos están aquí.
El pánico destelló en los ojos oscuros de Smith. Pareció encogerse dentro del enorme abrigo.
—¿Qué hacemos?
—La salida trasera. No nos han visto, todavía. Si llegamos a separarnos, vaya al garaje donde dejé el coche.
—S-sí. De acuerdo.

Se abrieron paso entre los bailarines, entraron en la cocina y luego en un corredor desnudo. Al abrir la puerta, Smith salió a un callejón. Una figura alta se le interpuso, brumosa en la oscuridad. Smith soltó un chillido estridente y temeroso.

—No se detenga —ordenó Holt, empujó al viejo a un lado; la figura oscura se movió y Holt trató de golpearle la mandíbula borrosa. No le acertó. El oponente se había escurrido con rapidez. Smith ya corría entre las sombras. El sonido de sus pasos acelerados se apagó. Holt avanzó un paso. El corazón le palpitaba desbocado.
—Quítese de en medio —dijo con una voz tan ahogada que las palabras sonaron como un ronroneo.
—Lo siento. No debe ir a Brooklyn esta noche —dijo su antagonista.
—¿Por qué no? —Holt prestaba atención por si oía llegar más enemigos. Pero todavía no oía nada, sólo bocinazos lejanos de los coches y el tumulto sordo y confuso de Times Square, a cincuenta metros.
—Supongo que no me creerá si se lo digo.

Tenía el mismo acento, el mismo arrullo de consonantes que Holt le había notado a Smith. Trató de distinguir la cara del otro, pero estaba demasiado oscuro. Subrepticiamente, Holt se deslizó la mano en el bolsillo y palpó la reconfortante frialdad de la manivela de bronce.

—Si me amenaza con un arma... —dijo.
—No usamos armas. Escuche, Dennis Holt. La fórmula de Keaton debe ser destruida con él.
—Toma esto...

Holt atacó sin previo aviso. Esta vez no erró. Sintió que la manivela de bronce chocaba con algo sólido y luego resbalaba en la carne desgarrada y sanguinolenta. La figura borrosa cayó al suelo con un grito sofocado. Holt miró a ambos lados, no vio a nadie y echó a correr por el callejón. Todo perfecto, hasta entonces. Cinco minutos después estaba en el garaje. Smith le esperaba, un cuervo mustio en un abrigo enorme. Los dedos del viejo tamborileaban nerviosamente en el bastón.

—Vamos —dijo Holt—. Mejor nos damos prisa.
—¿Le...?
—Le di un buen golpe. No tenía armas... O bien no quiso usarlas. Mejor para mí.

Smith torció la boca. Holt recuperó el taxi y bajó por la rampa. Conducía con cautela, manteniéndose alerta. Un taxi era muy fácil de distinguir. El oscurecimiento ayudaba. Siguió hacia el sur y el este, pero en la calle Essex, junto a la estación del metro, los perseguidores les dieron alcance. Holt se desvió por una calle lateral. El codo izquierdo, que descansaba en el marco de la ventanilla, se le entumeció y congeló. Condujo con la mano derecha hasta que se le pasó esa sensación. El puente de Williamsburg lo llevó a Kings, y allí dio vueltas y aceleró y retrocedió hasta perderse de nuevo en las sombras. Eso llevaba tiempo. Y todavía les quedaba un buen trecho, por esta ruta sinuosa. Holt viró a la derecha y siguió hacia el sur hasta Prospect Park. Allí dobló al este, hacia las playas solitarias entre Brighton Beach y Canarsie. Smith, acurrucado atrás, guardaba un silencio absoluto.

—Hasta ahora, muy bien —dijo Holt por encima del hombro—. Al menos vuelvo a tener el brazo en forma.
—¿Qué le pasó?
—Tal vez un golpe en el hueso.
—No, un paralizador dijo Smith, y agregó mostrándole el bastón—. Como éste.

Holt no le entendió. Siguió conduciendo hasta que estuvieron muy cerca de su destino. Frenó en una esquina, frente a una licorería.

—Compraré una botella —dijo—. No soporto la lluvia y el frío sin un trago para reanimarme.
—No tenemos tiempo.
—Claro que sí.

Smith se mordió el labio pero no puso más objeciones. Holt compró un whisky y cuando entró en el coche bebió un sorbo y convidó a su pasajero, que se negó con un movimiento de cabeza. El whisky ayudaba, sin duda. La noche era muy fría y lúgubre, Los ramalazos de la lluvia barrían la calle y azotaban el parabrisas. Los limpiaparabrisas gastados no servían de mucho. ES viento chillaba como un alma en pena.

—Ya estamos cerca. Mejor pare aquí —sugirió Smith—. Busque un lugar donde ocultar el taxi.
—¿Dónde? Todo esto es propiedad privada.
—Una calzada... tal vez.
—De acuerdo —dijo Holt, y encontró un refugio junto a unos árboles tupidos y unos arbustos raquíticos. Apagó las luces y el motor, y se apeó. Se subió el cuello del impermeable y hundió la barbilla. La lluvia lo empapó inmediatamente. El agua caía a torrentes, repiqueteaba ruidosa en los charcos. Un barro arenoso resbalaba bajo los pies.
—Un segundo —dijo Holt, y regresó al coche en busca de la linterna—. Muy bien, ahora ¿qué?
—A casa de Keaton. Habrá que espejar, aún no son las once —dijo Smith, que tiritaba convulsivamente, nervioso y entumecido.

Esperaron, escondidos en los arbustos de la propiedad de Keaton. La casa era una sombra acechante contra el telón cimbreante de la oscuridad lluviosa. Una ventana iluminada de la planta baja mostraba parte de!o que parecía una biblioteca. A la izquierda se oía el palpitar jadeante del oleaje. El agua goteaba por el cuello del impermeable de Holt, que maldecía en silencio. Se estaba ganando los mil dólares, sin duda. Pero Smith sufría las mismas incomodidades sin una sola queja.

—¿No es...
—¡Shh! —advirtió Smith—. Los otros...pueden estar aquí.
Holt bajó la voz, obediente.
—Entonces, también estarán empapados. ¿Les interesa la libreta? ¿Por qué no entran y se apoderan de ella? Smith se mordió las uñas.
—Quieren destruirla.
—Eso es lo que dijo el hombre del callejón, ahora que recuerdo —Holt se interrumpió, sobresaltado—. Pero..., ¿quiénes son ellos?
—No importa. No son de aquí. ¿Recuerda lo que le dije, Denny?
—¿Sobre la libreta? ¿Qué hago si la caja fuerte no está abierta?
—Estará abierta —aseguró Smith—, Pronto, ahora. Keaton está en su laboratorio del sótano, terminando su experimento.

A través de la ventana iluminada parpadeó una sombra. Holt se inclinó hacia adelante. Sintió que Smith se ponía tenso como un cable. Un jadeo ahogado brotaba de la garganta del viejo. Un hombre entró en la biblioteca. Fue hasta la pared, corrió una cortina y se quedó allí, la espalda hacia Holt. Enseguida retrocedió y abrió la puerta de una caja fuerte.

—¡Prepárese! —dijo Smith—. ¡Allí está! Está escribiendo el último paso de la fórmula.
La explosión será de un momento a otro. Cuando la oiga, Denny, deme un minuto para alejarme y provocar algún disturbio si los oíros están aquí.
—No creo que estén. Smith meneó la cabeza.
—Haga como le digo. Corra hasta la casa y consiga la libreta.
—¿Luego, qué...
—Luego salga de aquí lo más rápido que pueda. No se deje alcanzar, cueste lo que cueste.
—¿Y usted?

Los ojos de Smith, intensos y violentos, relampaguearon autoritarios, brillantes en la oscuridad ventosa.
—¡Olvídese de mí, Denny! Yo estaré a salvo.
—Me contrató como guardaespaldas...
—Su contrato ha terminado. Esto es de vital importancia, más que mi vida. Esa libreta debe estar en sus manos...
—¿Para el Departamento de Guerra?
—Para.. Oh, sí. ¿Lo hará, Denny? Holt titubeó.
—Si es tan importante.
—Lo es. ¡Lo es!
—De acuerdo, entonces.

El hombre de la casa estaba ante un escritorio, escribiendo. De pronto la ventana voló. El ruido de la explosión era sofocado, como si el estallido fuera bajo tierra, pero Holt sintió que el suelo le temblaba bajo los pies. Vio que Keaton se incorporaba, se alejaba un paso y regresaba para recoger la libreta. El físico corrió a la caja fuerte, arrojó la libreta adentro, cerró la portezuela y se demoró un instante, de espaldas a Holt. Luego se escabulló apresuradamente y desapareció.

—No tuvo tiempo de cerrarla —dijo Smith, con voz entrecortada y espasmódica—.Espere a oír mi voz, Denny, y luego consiga esa libreta.
—De acuerdo —dijo Holt, pero Smith ya se había ido y correteaba entre los arbustos.

Un alarido en la casa preanunció unas llamas rojas que barrieron una ventana distante de la planta baja. Algo cayó pesadamente. Revoque, pensó Holt. Oyó la voz de Smith. No podía ver al hombre en la lluvia, pero había ruidos de pelea. Holt titubeó un instante. Haces de luz azul hendieron la lluvia, pálidos y borrosos en la distancia. Tendría que ayudar a Smith... Pero había hecho una promesa, y tenía que conseguir ía libreta. Los perseguidores querían destruirla. Y ahora, obviamente, la casa sería devorada por las llamas. De Keaton no había rastros. Corrió hacia la ventana iluminada. Había tiempo de sobra para sacar la libreta antes que el fuego le pusiera en apuros. Por el rabillo del ojo vio una figura oscura que corría hacia él. Holt se calzó la manivela de bronce. Si el hombre estaba armado él se las vería mal; de lo contrario, se las arreglaría.

El hombre —el mismo que Holt había encontrado en el callejón de la Cuarenta y Dos —alzó un bastón y apuntó. El pálido haz de luz azul brotó. Holt sintió que las piernas se le aflojaban, y cayó pesadamente. El otro siguió corriendo. Holt, forcejeando para levantarse, se arrojó hacia adelante con desesperación. Fue inútil. Las llamas ahora iluminaban la noche. La figura alta y oscura se perfiló un instante contra la ventana de la biblioteca; después el hombre se encaramó al antepecho. Holt, las piernas tiesas, consiguió mantener el equilibrio y avanzar. Era espantoso, como un hormigueo intensificado mil veces. Logró alcanzar la ventana, y aferrándose al antepecho miró dentro de la sala. Su oponente estaba de pie ante la caja fuerte. Holt se introdujo por la ventana y se lanzó hacia el hombre. Tenía la manivela de bronce preparada. El desconocido se apartó de un brinco, agitando el bastón. Un coágulo de sangre le ennegrecía la barbilla.

—He cerrado la caja —dijo—. Mejor lárguese de aquí antes que lo alcance el fuego, Denny.
Holt soltó una maldición. Quiso alcanzar al hombre, pero no pudo. Antes que él hubiera dado dos pasos vacilantes la figura alta se había marchado, saltando ágilmente por la ventana y alejándose en la lluvia. Holt se volvió hacia la caja fuerte. Oía el crepitar de las llamas. El humo se filtraba por un pasadizo a la izquierda. Tironeó de la portezuela. Estaba cerrada. No conocía la combinación..., así que no podría abriría. Pero Holt no se rindió. Revisó el escritorio con la esperanza de que Keaton hubiera garabateado la clave en algún papel. Bajó penosamente los escalones del laboratorio y se quedó observando el infierno del sótano, donde yacía el cuerpo abrasado e inerte de Keaton. Holt no se rindió, pero fracasó. Finalmente el calor le obligó a huir. En las cercanías se oía el ulular de las autobombas. No había rastros de Smith ni de nadie. Holt se puso a buscar entre la muchedumbre, pero Smith y sus perseguidores habían desaparecido corno por arte de magia.

—Lo hemos capturado, administrador —dijo el hombre alto con la barbilla ensangrentada—. Inmediatamente después de regresar vine para informarle a usted.
El administrador soltó un suspiro de alivio.
—¿Algún contratiempo, Jorus?
—Nada digno de mención.
—Bien, tráigalo —dijo el administrador—. Supongo que lo mejor es terminar con esto.

Smith entró en la oficina. Su pesado abrigo lucía incongruente con las indumentarias de celoflex de los otros. Mantenía la cabeza gacha. El administrador recogió un memorándum y leyó:

—Proceso 21, en el año del Señor de 2016. Tema: interferencia con factores de probabilidad. El acusado ha sido sorprendido en el intento de distorsión del actual presente-probable mediante la alteración del pasado, con lo cual crearía un presente alternativo variable. La utilización de máquinas del tiempo está prohibida, salvo a funcionarios autorizados. El acusado responderá.
—Yo no trataba de cambiar nada, administrador —musitó Smith.
Jorus levantó los ojos y dijo:
—Me opongo. Ciertos períodos clave espacio temporales están prohibidos. Brooklyn, especialmente la zona de la casa de Keaton, alrededor de las once de la noche del 10 de enero de 1943, está absolutamente vedado a los viajeros del tiempo. El prisionero sabe porqué.
—No sabía nada al respecto, ser Jorus. Debe creerme.
—Administrador —prosiguió implacablemente Jorus—, aquí están los hechos. El acusado, tras robar una máquina del tiempo, la dirigió manualmente hacia un sector prohibido del espacio-tiempo. Esos sectores son restringidos, como sabe usted, porque son claves del futuro; cualquier interferencia en esos sitios-clave alteraría el futuro al producirse una línea probabilística diferente. Keaton, en 1943, logró deducir en su laboratorio la fórmula de lo que hoy conocemos como Fuerza M. Corrió a la planta baja, abrió la caja fuerte y apuntó la fórmula en su libreta, de tal modo que habría podido ser fácilmente descifrada y aún aplicada incluso por un lego. En ese momento hubo una explosión en el laboratorio de Keaton y él regresó la libreta a la caja fuerte para bajar al laboratorio, olvidándose de cerrar la caja. Keaton murió; ignoraba la necesidad de aislar la Fuerza M del radio, y la síntesis atómica provocó la explosión. El incendio subsiguiente destruyó la libreta de Keaton, que estaba dentro de la caja fuerte. Se chamuscó hasta volverse ilegible, y ni siquiera se sospechó de su valor. La Fuerza M sólo fue redescubierta el año primero del siglo veintiuno.
—Yo no sabía todo eso, ser Jorus.
—Miente. Nuestra organización no comete errores. Usted descubrió un lugar clave del pasado y decidió alterarlo para cambiar el presente. Si hubiese tenido éxito, Dennis Holt de 1943 habría sacado la libreta de Keaton de la casa en llamas y la habría leído. Su curiosidad le habría hecho leer la libreta. Habría descubierto la clave de la Fuerza M. Y dada la naturaleza de la Fuerza M, Dennis Holt se habría transformado en el hombre más poderoso de su tiempo-mundo. De acuerdo con la variante probabilística que usted se proponía lograr, Dennis Holt, si hubiera conseguido la libreta, sería ahora dictador del mundo. Este mundo tal como lo conocemos no existiría, aunque sí su equivalente: una civilización brutal e implacable gobernada por el autócrata Dennis Holt, único poseedor de la Fuerza M. Al procurar ese fin el acusado ha incurrido en un delito gravísimo.

Smith irguió la cabeza.
—Solicito la eutanasia —dijo—. Si queréis culparme por querer romper con esta maldita rutina, muy bien. Nunca tuve una oportunidad, eso es todo.
El administrador arqueó las cejas.
—El historial suyo muestra que ha tenido muchas oportunidades. Usted es incapaz de explotar sus propias capacidades; está ejerciendo la única tarea que puede hacer bien. Pero su delito es, como dice Jorus, gravísimo. Ha intentado crear un nuevo presente destruyendo el actual mediante la alteración de un lugar clave del pasado. Y si hubiese tenido éxito, Dennis Holt sería hoy el dictador de una raza de esclavos. Ya no cuenta con el privilegio de la eutanasia; su delito es demasiado serio. Tendrá que seguir viviendo y ejerciendo la tarea asignada hasta el día de su muerte natural.
—Fue culpa de él —gimió Smith—. Si hubiese conseguido esa libreta a tiempo... Jorus pareció confundido.
—¿De él? Dennis Holt, a los veinte años, en 1943... ¿Culpa de él? No, es de usted, creo... Por intentar cambiar el pasado y el presente.
—La sentencia ha sido pronunciada —dijo el administrador—. No hay más que decir.

Y Dennis Holt, a la edad de noventa y tres años, en el año del Señor de 2016, se volvió dócilmente y regresó con lentitud a su tarea, la misma que seguiría ejerciendo hasta morir. Y Dennis Holt, a la edad de veinte años, en el año del Señor de 1943, regresó a Brooklyn en el taxi. Se preguntaba qué había ocurrido. Los velos de la lluvia barrían oblicuamente el parabrisas. Dennis bebió otro sorbo de la botella y sintió que el alcohol se le filtraba con tibieza en el cuerpo.

¿Qué habría ocurrido?

Los billetes le acariciaban el bolsillo con un susurro. Denny sonrió. ¡Mil dólares! Un principio. Un capital. Con eso haría muchas cosas, claro que sí. Todo lo que uno necesitaba era un poco de dinero. Ya nada le detendría.

—¡Por supuesto que sí! —dijo Dennis Holt enfáticamente—. No voy a seguir condenado al mismo trabajo rutinario toda la vida. No, con mil dólares... ¡Yo no!

Chickamauga. Ambrose Bierce (1842-1914)

En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en un tercero donde recibió como herencia la guerra y el poder.

Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Éste, durante su primera juventud, había sido soldado, había luchado contra salvajes desnudos, había seguido la bandera de su país hasta la capital de una raza civilizada en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida, nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía, como conviene al hijo de una raza heroica, y se paraba de tiempo en tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el error táctico, bastante frecuente, de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que acaba de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.

Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exigía que se replegara sobre la base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos otros conquistadores más grandes que él, como el más grande de todos, no podía ni refrenar su sed de guerra, ni comprender que el más afortunado no puede tentar al Destino. De pronto, mientras avanzaba desde la orilla, se encontró frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba sentado un conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y escapó sin saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas, perdido en el bosque. Después, durante más de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a través de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acostó en un estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del río. Allí, sin dejar de apretar su sable de madera, que no era ya para él un arma sino un compañero, se durmió a fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los pájaros del bosque cantaban alegremente; las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y corrían de árbol en árbol, ignorando al niño lastimero; y en alguna parte, muy lejos, gruñía un trueno, extraño y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales, la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde hombres blancos y negros llenos de alarma buscaban febrilmente en los campos y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.

Pasaron las horas, y el pequeño durmiente se levantó. La frescura de la tarde transía sus miembros; el temor a las tinieblas, su corazón. Pero había descansado y no lloraba más. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un terreno más abierto: a su derecha, el arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las sombras cada vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo del agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque sombrío que lo cercaba. Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sabía; quizá fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no conociendo nada en su descrédito, había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refrenó la curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a medida que la extraña criatura avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque advirtió que no tenía, al menos, las orejas largas, amenazadoras, del conejo. Quizá su espíritu impresionable era consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida por otra y otra y otra. Y había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.

Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos sólo usaban las manos, arrastrando las piernas; otros sólo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles, de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo, el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera, salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido. De uno en uno, de dos en dos, en pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquéllos, entonces, reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se detenían y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo, se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.

El niño no reparó en todos estos detalles que sólo hubiera podido advertir un espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo, se arrastraban como niñitos. Eran hombres; nada tenían pues de terrible, aunque algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó libremente en medio de ellos, mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente pálidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes grotescas, le recordó al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano anterior, y se puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático contraste entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, «haciendo creer» que los tomaba por caballos. Y entonces, se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franqueado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. El saliente monstruoso de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto.

En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse. Más allá del arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba una extraña luz roja sobre la cual se destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada; caía en sus rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los botones y las partes metálicas de sus ropas. Por instinto, el niño se volvió hacia aquel resplandor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en pocos instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su manifiesta superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera siempre en la mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volviéndose de vez en cuando para verificar si sus fuerzas no quedaban atrás. A buen seguro, nunca un jefe tuvo semejante séquito.

Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de la multitud hacia el agua, había algunos objetos que no provocaban ninguna asociación de ideas significativas en el espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada mochila de soldado; allá, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han huido de sus perseguidores. En todos lados, junto al arroyo, bordeado en aquel sitio por tierras bajas, el suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de los hombres y los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin esperanza habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus camaradas más felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en enjambres y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por poco lo habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo habían despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba acostado, habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los fusiles, el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores». Había dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de madera, quizá por inconsciente simpatía hacia el conjunto marcial que lo rodeaba, pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como los caídos que allí habían muerto para hacerla gloriosa.

Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla. Sobre el agua brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre: los heridos menos graves las habían maculado al pasar. Gracias a ellas, también, el niño cruzó el arroyo a paso rápido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los más vigorosos se habían arrastrado hasta el borde y habían hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro, que yacían inmóviles, parecían no tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del niño se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar un fenómeno que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed, aquellos hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas por encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para animarlas y, sonriendo, señaló con el sable de madera en dirección a la claridad que lo guiaba, columna de fuego de aquel extraño éxodo.

Confiando en la fidelidad de sus compañeros, penetró en la cintura de árboles, la franqueó fácilmente a la luz roja, escaló una empalizada, atravesó corriendo un campo, volviéndose de riempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y de tal modo se aproximó a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la desolación. A la luz del inmenso brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó por ello. El espectáculo le gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las llamas vacilantes. Corrió aquí y allá para recoger combustible, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la distancia que le imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.

Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de haber soñado con ellas. Se puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantación entera, con el bosque que la rodeaba, pareció girar sobre su eje. Vaciló su pequeño universo, se trastocó el orden de los puntos cardinales. ¡En los edificios en llamas reconoció su propia casa! Durante un instante quedó estupefacto por la brutal revelación. Después se puso a correr en torno a las ruinas. Allí, plenamente visible a la luz del incendio, yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas, agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro, enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y espumosa coronada de racimos escarlata –la obra de un obús.

El niño hizo ademanes salvajes e inciertos. Lanzó gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma –maldito lenguaje del demonio–. El niño era sordomudo. Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.

Cenizas. H.P. Lovecraft (1890-1937) C.M. Eddy Jr. (1896-1967)

-Hola, Bruce. Hace siglos que no te veo. Entra.

Dejé la puerta abierta y me siguió al interior de la habitación. Su flaca y desgarbada figura se acomodó con torpeza en la silla que le ofrecía mientras comenzaba a jugar con su sombrero entre los dedos. Sus profundos ojos tenían un mirar asustado, distraído, y atisbaban furtivos por entre los rincones de la habitación, como si buscasen algo escondido dispuesto a echarse sobre él en cualquier momento. Su rostro estaba ojeroso y sin color. Las comisuras de sus labios tenían un rictus espasmódico.

-¿Qué te ocurre, viejo? Parece que has visto un fantasma. ¡Levanta el ánimo!

Me acerqué al mueble bar y llené un pequeño vaso con el vino de una botella.

-¡Bébete esto!

Vació el vaso de un sorbo y continuó jugando con su sombrero.

-Gracias, Prague; no me siento demasiado bien esta noche.
-¡No hace falta que lo digas! ¿Qué es lo que va mal?

Malcolm Bruce se agitó inquieto en su silla. Lo miré en silencio, preguntándome qué podía haberle afectado de aquella manera. Conocía a Bruce y lo tenía catalogado como un hombre tranquilo y con voluntad de acero. Verlo en aquel estado de nervios no era normal. Le ofrecí un cigarro, y él lo tomó, mecánicamente. Pero, hasta que Bruce no encendió el segundo cigarrillo, el silencio entre los dos continuó. Su nerviosismo parecía desaparecer poco a poco. Una vez más fue el hombre dominante, seguro de sí mismo, que yo conocía.

-Prague –empezó-, me acaba de suceder la experiencia más diabólica y terrible que puede acontecerle a un hombre. No estoy muy seguro de si debo contártelo o no, pues tengo miedo de que pienses que estoy loco; ¡cosa que no te reprocharía! Pero es cierto, ¡hasta la última palabra!

Hizo una dramática pausa y lanzó al aire unos tenues anillos de humo. Sonreí. Ya había escuchado más de una historia de miedo en aquella misma mesa. Debía haber alguna especie de peculiaridad en mi forma de ser que inspiraba confianza a los demás; me han contado historias tan extrañas que algunos hombres darían años de su vida por escucharlas. Pero, a pesar de mi gusto por lo sobrenatural y peligroso, de mi atracción por el conocimiento de lejanas e inexploradas regiones, me he visto condenado a una vida prosaica y aburrida, con un trabajo anodino.

-¿Has oído hablar alguna vez del profesor Van Allister? -preguntó Bruce.
-¿Quieres decir de Arthur Van Allister?
-¡El mismo! ¿O sea que le conoces?
-¡Desde luego! Hace años que le conozco. Desde el momento en que renunció a su profesorado de química en la escuela para dedicarse a sus experimentos. Yo le ayudé a diseñar el laboratorio insonorizado en el ático de su casa. Después comenzó a estar tan embebido en su trabajo que no tenía tiempo de ser amable con nadie.
-Recordarás, Prague, que cuando ambos estábamos en la escuela, yo era muy aficionado a la química.

Asentí, y Bruce siguió hablando.

-Hace unos cuatro meses yo estaba buscando trabajo. Van Allister publicó un anuncio en el que requería un ayudante, y yo le contesté. Se acordaba de cuando yo estaba, en el colegio, y pude convencerle de que sabía lo suficiente de química como para serle útil. Tenía una joven de secretaria, la señorita Marjorie Purdy. Era la típica mujer que se dedicaba por completo a su trabajo, tan eficiente como bonita. Había ayudado algunas veces a Van Allister en el laboratorio, y pronto descubrí que mostraba mucho interés en este trabajo y que hacia sus propios experimentos. Pasaba casi todo su tiempo libre en el laboratorio con nosotros. Sólo era cuestión de tiempo que tanta camaradería se convirtiese en una profunda amistad, de tal forma que llegó un momento en el que yo dependía de su ayuda en mis experimentos más difíciles, cuando el profesor estaba ocupado. Jamás vi que titubease ante mis requerimientos. ¡Aquella chica se desenvolvía con la química como el pato en el agua! Hace aproximadamente dos meses el profesor Van Allister dividió el laboratorio en dos estancias, quedando una de ellas para su uso personal. Nos dijo que iba a realizar una serie de experimentos que, si tenían éxito, le darían una fama universal. Se negó firmemente a darnos cualquier tipo de información sobre sus características.

«Por entonces, la señorita Purdy y yo estábamos solos cada vez más tiempo. El profesor permanecía encerrado en su habitación durante días y no aparecía ni tan siquiera para comer. Esto también nos permitía tener más tiempo libre. Nuestra amistad se hizo más fuerte.

Sentía una creciente admiración por la delicada joven que parecía moverse con genuina seguridad entre olorosos frascos y densas mezclas químicas, embutida en ropas blancas desde la cabeza a los pies, incluyendo los guantes de goma que llevaba en las manos.

«Anteayer, Van Allister nos invitó a su cuarto de trabajo. “Por fin lo he conseguido”, dijo, mostrándonos un pequeño recipiente que contenía un líquido incoloro. “Aquí tengo lo que va a ser el mayor descubrimiento químico jamás conocido. Voy a probar delante de vosotros su eficacia. Bruce, ¿podrías traerme uno de los conejos, por favor?” Fui a la otra habitación y cogí uno de los conejos que guardamos, junto con las cobayas, para nuestros experimentos. Puso al pequeño animalillo en una caja de cristal lo suficientemente grande para que cupiese y cerró la tapa. Después colocó un embudo de cristal en un pequeño agujero que había sobre la tapa. Nos acercamos para ver mejor. Destapó el recipiente y echó su contenido sobre la caja donde estaba el conejillo. "¡Ahora vamos a descubrir si mis semanas de esfuerzos continuados han tenido éxito o han fracasado!” Lenta, metódicamente, yació el contenido del frasco en el embudo, mientras veíamos cómo el líquido se esparcía por el recipiente donde estaba el aterrado animalillo. La señorita Purdy emitió un grito de asombro, mientras que yo parpadeaba para asegurarme de que lo que veía era cierto. ¡Pues en el sitio donde hacía sólo unos momentos había habido un conejo vivo y aterrado, ahora no habla más que un montoncito de livianas, blancas cenizas!

«El profesor Van Allister se volvió hacia nosotros con un aire de triunfal satisfacción.

De su rostro emanaba un júbilo malsano y sus ojos brillaban con una expresión salvaje y cruel. Su voz adoptó un tono de superioridad cuando nos dijo:

«Bruce —y usted también, señorita Purdy— habéis tenido el privilegio de contemplar el éxito de los resultados de una fórmula que revolucionará el mundo.

¡Este preparado reduce instantáneamente a cenizas a cualquier objeto que toque, excepto al cristal!

Pensad en lo que puede significar. ¡Un ejército equipado con bombas de cristal llenas con mi fórmula podría ser capaz de aniquilar el mundo! Madera, metal, piedra, ladrillo —cualquier cosa— desaparecerían ante su paso, sin dejar más restos que lo mismo que ha quedado del conejillo con el que he experimentado, ¡un montoncito de tenues, blancas cenizas!”

«Miré a la señorita Purdy. Su rostro estaba tan blanco corno la bata que vestía. Esperarnos a que Van Allister recogiera en un pequeño frasco todo lo que había quedado del conejillo. Debo admitir que mi mente estaba helada cuando me dijo que podíamos irnos. Le dejarnos solo tras las pesadas puertas que separaban su cuarto de trabajo. Una vez a salvo y solos, la señorita Purdy no pudo contener sus nervios. Sufrió un desmayo y habría caído al suelo si yo no la hubiese sujetado en mis brazos. La sensación de su cuerpo delicado y tembloroso sobre el mío era insoportable. La acerqué suavemente hacia mí pegando mi boca a la suya. La besé varias veces presionando con mis labios los suyos, rojos y delicados, hasta que abrió los ojos y vi el amor reflejado en ellos. Después de una deliciosa eternidad volvimos de nuevo a la tierra, con el suficiente conocimiento como para darnos cuenta de que aquel laboratorio no era el lugar más idóneo para aquellas ardientes demostraciones. En cualquier momento, el profesor podía salir de su retiro y, dado su estado actual de ánimo, no sabíamos qué podía ocurrir si nos descubría en aquella amorosa aptitud. Pasé el resto de la jornada como en un sueño. Me asombraba de que fuese capaz de seguir con mi trabajo en tal estado. Actuaba como un autómata, una máquina bien engrasada, ocupándose mecánicamente de sus tareas, mientras que mi mente vagaba por lejanas y deliciosas regiones de ensueño. Marjorie estuvo ocupada con sus tareas de secretaria durante el resto del día, y procuré no mirada ni una sola vez hasta que mis ocupaciones en el laboratorio estuvieron terminadas. Aquella noche nos dedicamos a disfrutar de nuestra nueva felicidad. ¡Prague, recordaré esa noche mientras viva! El momento más feliz de mi vida fue cuando Marjorie Purdy me dijo que se casaría conmigo. Ayer fue otro día de éxtasis y arrobamiento. Transcurrió la jornada con dulces sentimientos mientras trabajaba. Luego siguió otra noche de amor. ¡Si nunca has amado a una mujer en la vida, Prague, a la única mujer del mundo, no podrás entender el delirio que te produce pensar en ella! Y Marjorie hacía que pensase continuamente en ella. Se dio sin reservas a mí. Hacia el mediodía de hoy tuve que salir a la farmacia a comprar unos productos que necesitaba para completar uno de mis experimentos. Cuando volví eché de menos la presencia de Marjorie.

Miré si todavía estaban su sombrero y su abrigo, pero no fue así. No había visto al profesor desde el experimento con el conejillo, ya que estaba encerrado en su cuarto de trabajo.

-Pregunté a la servidumbre, pero ninguno la había visto salir de la casa, ni les había dejado ningún mensaje dirigido a mí. Según iba atardeciendo, la sensación de angustia se agrandaba. Pronto se hizo de noche y seguía sin rastro de mi querida niña. Ya no tenía ganas de trabajar. Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación como un tigre enjaulado. En cuanto sonaba el teléfono o el timbre de la puerta renacían en mí las esperanzas de volver a escuchar su voz, pero todas las veces fue en vano. Cada minuto se alargaba una hora; ¡cada hora una eternidad! ¡Buen Dios, Prague! ¡No puedes imaginarte cuánto he sufrido! Desde las cumbres del amor sublime me he visto sumido en las más oscuras simas de la desesperación. Ante mis ojos aparecían las más horribles visiones, los peores hechos que pudieran acontecer.

Y seguía sin volver a escuchar su voz.

-Parecía que había pasado una vida entera, aunque al mirar el reloj me di cuenta de que sólo eran las siete y media, cuando el mayordomo me dijo que Van Allister requería mi presencia en el laboratorio. No tenía ningunas ganas de hacer experimentos, pero mientras estuviese bajo su techo él era mi maestro, y me veía obligado a obedecerle. El profesor estaba en su cuarto de trabajo, con la puerta ligeramente abierta. Me dijo que me acercase y que cerrara la puerta del laboratorio. Debido a mi estado de ánimo en aquellos momentos, mi mente actuó como una cámara fotográfica, registrando todos los hechos que sucedieron a continuación. En el centro de la habitación, sobre una alta mesa de mármol, habla un recipiente de cristal del tamaño y forma aproximados de un ataúd. Rebosaba del mismo líquido incoloro que había estado dentro de la pequeña botella, dos días antes. A la izquierda, sobre un taburete de cristal, había otro frasco de cristal. No pude reprimir un escalofrío involuntario cuando vi que estaba lleno de ligeras, blancas cenizas. ¡De repente, vi algo más que hizo que mi corazón dejase de latir! Sobre una silla, en un rincón de la habitación, reposaban el sombrero y el abrigo de la mujer que había decidido unir su vida a la mía; ¡la mujer a la que yo había jurado lealtad y protección mientras durasen nuestras vidas! Mis sentidos se nublaron, mi alma se colmó de pánico, cuando me di cuenta de lo que había sucedido. No podía haber otra explicación. ¡Las cenizas del frasco era todo lo que había quedado de Marjorie Purdy!

«El mundo quedó suspendido durante unos largos, terribles instantes; ¡después me volví un loco, un loco ceñudo con un solo objetivo! Lo siguiente que soy capaz de recordar es la imagen del profesor y la mía forcejeando desesperadamente. Aunque ya era viejo, aún conservaba una fuerza similar a la mía, y además tenía la ventaja añadida de su estado de tranquilidad y autocontrol. Poco a poco fue empujándome hacia el recipiente de cristal. En breves instantes, mis cenizas se mezclarían con las de la mujer que había amado. Choqué contra el taburete y mis dedos se cerraron sobre el frasco que contenía las cenizas. ¡Con un último y supremo esfuerzo, lo levanté por encima de mi cabeza y golpeé el cráneo de mi oponente con todas las fuerzas que me quedaban! Sus brazos se relajaron de inmediato y su desvaída figura cayó al suelo inconsciente. Aún bajo los efectos del acaloramiento, levanté el silencioso cuerpo del profesor y con mucho cuidado, bastante más del que había mostrado al golpearle, ¡introduje el cuerpo en el cajón de la muerte!

«Desapareció en un instante. Tanto el líquido como el profesor se habían esfumado, ¡y en su lugar sólo quedaba un pequeño montoncito de livianas, blancas cenizas! Pero, mientras contemplaba el resultado de mi acción y fueron pasando los efectos de mi locura, tuve que enfrentarme ante la dura y fría verdad: había asesinado a una persona. Una calma antinatural se apoderó de mí. Sabía que no quedaba ni un solo rastro que pudiera delatarme, exceptuando el hecho de que yo había sido la última persona que había sido vista con el profesor. Por otra parte, ¡no había más que cenizas! Me puse el sombrero y el abrigo, y le dije al mayordomo que el profesor me había dado estrictas órdenes de que no se le molestase, indicándome también que podía tomarme el resto de la tarde. Una vez en el exterior, todo mi autocontrol se vino abajo. No había forma de contener mis nervios. No sabía dónde dirigirme; sólo recuerdo que vagué de aquí para allá hasta darme cuenta de que me hallaba en tu apartamento, hace unos minutos. Necesitaba hablar con alguien, Prague; sólo quiero aliviar mi torturado cerebro. Se que puedo confiar en ti, viejo amigo, así que te he contado toda la verdad. Aquí estoy; puedes hacer lo que prefieras. ¡Ahora que Marjorie no está, la vida ya no significa nada para mí!

La voz de Bruce se estremeció por la emoción cuando pronunció el nombre de la mujer a la que amaba. Me incliné sobre la mesa y observé con atención la mirada del hombre desesperado que se acurrucaba alicaído en el sillón. Me levanté, me puse el sombrero y el abrigo y me acerqué a Bruce, que sacudía la cabeza, oculta entre las manos, y profería débiles lamentos.

-¡Bruce!

Malcolm Bruce levantó la vista.

-Bruce, escúchame. ¿Estás seguro de que Marjorie Purdy ha muerto?
-Estoy seguro… -Sus ojos se dilataron ante tal sugerencia y su cuerpo se puso rígido.

Insistí:

-¿Estás total y absolutamente seguro que las cenizas que contenía el frasco eran las de Marjorie Purdy?
-¡Pues… yo… las vi, Prague! ¿Adónde quieres ir a parar?
-Entonces no estás totalmente seguro. Viste el sombrero y el abrigo de la mujer sobre la silla y, en tu estado de ánimo, tomaste una conclusión precipitada.
-Las cenizas tienen que ser las de la mujer desaparecida… El profesor ha experimentado con ella… y cosas por el estilo. Vamos, seguramente Van Allister te dijo algo.
-No sé qué pudo decir. ¡Ya te he dicho que me convertí en un loco salvaje!
-Entonces tienes que venir conmigo. Si no ha muerto, tiene que hallarse en algún rincón de la casa, y si está allí, ¡tenemos que encontrarla!

Ya en la calle, paramos un taxi y en breves instantes el mayordomo nos permitió entrar en la casa de Van Allister. Bruce abrió el laboratorio con su llave. La puerta del cuarto de trabajo del profesor aún estaba entornada. Mis ojos barrieron la habitación reconociendo todos sus rincones. A la izquierda, cerca de la ventana, había una puerta cerrada. Atravesé la habitación y tiré del manillar, pero ni tan siquiera se movió.

-¿Adónde da?
-Es sólo una antesala donde el profesor acostumbra a guardar sus aparatos.
-Es igual, hay que abrir esta puerta, insistí, ceñudo. Retrocedí unos pasos y di una fuerte patada sobre la madera. Después de varios intentos, la cerradura saltó, dejándonos el paso libre.

Bruce, con un grito inarticulado, atravesó la habitación hasta situarse ante un arca de caoba. Escogió una de las llaves de su llavero, la metió en la cerradura y abrió la tapa con manos temblorosas.

-Aquí está, Prague; ¡rápido! ¡Tiene que darle el aire!

Entre los dos llevamos el desmayado cuerpo de la mujer hasta el laboratorio. Bruce preparó una infusión que hizo resbalar por entre sus labios. Después de unos momentos, sus ojos comenzaron a abrirse. Miró asombrada el cuarto donde se hallaba, hasta que reparó en Bruce y sus ojos se iluminaron de repente con la felicidad de encontrarle allí. Más tarde, después de los primeros intercambios de palabras, la mujer nos contó todo lo que habla sucedido:

-Cuando Malcolm se fue, al atardecer, el profesor me hizo llamar a su cuarto de trabajo.

Como me mandaba frecuentemente a hacer algún que otro recado, pensé que éste era el motivo y cogí el abrigo y el sombrero para ganar tiempo. Cerró la puerta del pequeño cuarto y, sin previo aviso, me atacó por detrás. Pronto me dominó y me ató las manos y los pies. Era imposible que nadie me oyese. Como ya sabes, el laboratorio está totalmente insonorizado. Entonces sacó un mastín que debía haber atrapado de algún sitio y lo redujo a cenizas delante de mis ojos. Luego puso las cenizas en un frasco de cristal sobre el taburete que hay en el laboratorio. Se dirigió a la pequeña antesala y sacó esa especie de ataúd de cristal del arca que habéis visto. ¡Por lo menos eso parecía a mis aterrados sentidos! Vertió la suficiente cantidad de ese horrible líquido como para rebosar el recipiente. Entonces me dijo algo que es lo único que recuerdo. ¡Tenía la intención de experimentar su compuesto con una persona humana!

Se estremeció ante el recuerdo.

Empezó a ponderar sobre el privilegio que era ser la primera persona en dar su vida por una causa tan digna. Después, con toda la calma del mundo, me comunicó que te había elegido a ti como conejillo de indias, ¡y que yo sería la testigo de su éxito! Me desmayé. El profesor debía tener miedo de que alguien se enterase, pues lo siguiente que recuerdo es que me desperté dentro del arcón en donde me habéis encontrado. ¡Era sofocante! Cada vez me costaba más respirar. Pensaba en ti, Malcolm, en las horas maravillosas y felices que habíamos pasado juntos los últimos días. ¡No sabía qué haría cuando tú no estuvieses! ¡Rogué, incluso, que me matara a mí también! Tenía la garganta dolorida y seca; todo comenzó a oscurecerse. Por fin, desperté para encontrarme a tu lado, Malcolm. Su voz era un susurro nervioso y ronco.

-¿Dónde está el profesor?

Bruce la llevó en silencio hasta el laboratorio. Ella se estremeció ante la visión del ataúd de cristal. Todavía en silencio, Bruce se dirigió directamente al recipiente, ¡y, cogiendo en su mano un puñado de livianas, blancas cenizas, dejó que resbalasen suavemente entre sus dedos!

Chitterton house. August Derleth (1909-1971)

Ninguna persona acomodada de Winterton puso jamás una casa sin llamar a Philander Potts para que lo "hiciera" por ella. Philander Potts: decorador de interiores, era la cumbre de la perfección; era el más capacitado para juzgar en cuanto a combinación de colores, diseños de papel tapiz, acabados en madera, y todas esas pequeñeces que cautivan a las mujeres; suya era la última y definitiva palabra en lo relativo a cortinajes y toda clase de decorados, desde el sencillo y efectivo hasta el más recargado y ostentoso, adecuado para aquellos felices mentecatos que imaginan que la presencia de algo deslumbrante es prueba positiva de su progreso en el mundo material e intelectual.

Philander Potts, en una palabra, era poseedor de un gusto impecable y ninguna falsa modestia le impedía admitirlo como un hecho. El suyo era un éxito trabajosamente conquistado. Se había iniciado con una pequeña tienda, pero, habiendo sido dotado de un descaro inacabable y careciendo de escrúpulos de especie alguna, había hecho que sus competidores quebraran, uno a uno, hasta que, finalmente, quedó como único decorador de interiores con cierta categoría en la ciudad. Llegó a ser un implacable dictador en los negocios y en el hogar; sus ayudantes, su esposa e hijos bailaban al son que les tocara, y, si él era feliz, ellos no lo eran, aunque la felicidad de los demás no era su problema.

Ya hemos comentado que la gente se sentía francamente orgullosa de tener una casa "puesta" por Potts, y, de entre todos, Potts era el más orgulloso; ciertamente, en sus momentos más caprichosos, imaginaba que toda la ciudad de Winterton, tarde o temprano, sería una creación y una recreación de Potts; soñaba en el lejano día en que la gente hablaría de una "ciudad de Potts". ¡ Ah vanidad humana! Potts creyó entrever el principio de la realización de su grandísimo sueño cuando las jóvenes y huérfanas hermanas Laver compraron la tanto tiempo abandonada Chitterton House, otrora, en los nada lamentados años setenta, casa grande de Winterton. Al punto, las damitas fueron a ver a Philander Potts, y éste, pese a su tendencia a la obesidad, las recibió acicalado, perfumado y elegante como siempre. Las Laver eran agraciadas, rubia y de ojos cafés la una, trigueña y de ojos azules la otra.

-Queridas señoras -ronroneó Philander Potts-, han venido para hablarme de su nueva casa. O, tal vez debiera yo decir, de la vieja casa que quedará como nueva cuando yo termine mi trabajo.
-Es cierto que necesitamos sus consejos -admitió Janna, la rubia, con loable precaución-.
-Verá usted señor Potts -terció Edna-, tenemos un problema bastante especial. Y, a decir verdad, no sabemos si usted está o no capacitado para resolvérnoslo.
Philander Potts se irguió hasta donde su barriga se lo podía permitir y arrugó el ceño de manera impresionante.
-Todavía no he encontrado problema que no haya podido solucionar -sentenció-.
-Al parecer, en la casa tenemos una habitación embrujada -prosiguió Edna, mientras que una leve arruga aparecía en la parte superior de su frente.
-¿Ah, si? -dijo Potts, alzando las cejas irónicamente-.
-Se trata de un recibidor que hay en el segundo piso -continuó Edna-.
Potts tomó asiento, puso las manos sobre su escritorio y se inclinó hacia el frente, interesado.
-Cuénteme, cuénteme -instó-.

Entre las dos, las hermanas Laver resumieron sus peripecias con el recibidor del segundo piso. Se trataba de una vasta habitación, amueblada segun los gustos de 1.870, con una amplia vista de la ciudad, ya que la casa se levantaba en la cima de una loma que dominaba casi por entero la ciudad. Como la habitación estaba junto a un dormitorio y a un baño, era ideal para el uso de una de las hermanas o de los huéspedes. Había sido la pieza favorita de los últimos Chitterton, las señoritas Lavinia y Hester, mujeres extrañas e introvertidas que vivieron en reclusión, completamente alejadas de cualquier actividad social. En vida, no habían permitido que se hiciera ningún cambio en la habitación, y era del todo evidente que no estaban dispuestas a permitirlo después de su muerte.

Las almas de las Chitterton obviamente se habían adueñado del recibidor. Cada vez que alguna silla era movida siquiera un centímetro, volvía a su antigua posición poco después, sin que mano humana alguna hubiera intervenido. Cierto día, las hermanas Laver y la servidumbre habían arreglado el mobiliario antiguo, en espera de la llegada del nuevo; la laboriosa tarea les había llevado toda una tarde. Sin embargo, a la mañana siguiente, tras el acompañamiento nocturno de estrenduosos golpeteos y martilleos, todos los muebles se hallaban de vuelta en el lugar en que las Chitterton los habían dejado, y en el que pacientemente querían que siguieran. Las hermanas Laver querían dejar claramente asentado que, por su parte, no temían ni a fantasmas ni a cualquier otra especie de manifestaciones de lo sobrenatural, pero que estaban decididas a que el recibidor visitado por los espectros fuera redecorado.

-Haré de él una obra maestra -les aseguró Potts- mandaréa mis operarios mañana por la mañana.
-El precio no será obstáculo -dijo Edna, poniéndose en pie-.

Philander Potts respaldaba y respetaba de corazón aquella actitud; por ella se hizo casi untuoso y duplicó su natural venero de solicitud, tanto que él, en persona, llevó a las hermanas Laver hasta la salida. Muy de mañana se presentaron los ayudantes de Potts en la casa. Su llegada coincidió con la de los nuevos muebles comprados para el recibidor del segundo piso. Todo fue fortuito. Los ayudantes no perdieron tiempo en sacar todos los muebles dejados por los Chitterton, para desecharlos y sustituirlos con las nuevas piezas adquiridas por las Laver en Cleveland. Después del almuerzo, el propio Potts apareció en escena. Encontró a sus ayudantes desolados.

-¿Que han estado haciendo? -les preguntó bruscamente-.
-Moviendo los muebles solamente -le respondió Jennings, el ayudante de más edad.-
-Pero, si han tenido toda la mañana -gruñó Potts con la más desagradable de sus voces-.
-Necesitamos muchas mañanas más -dijo Martin, el otro operario-.

Ambos hicieron intentos de explicar lo sucedido antes de que Potts designara a Jennings para hacerlo. Entonces, éste hizo una detallada relación de sus actividades de aquella mañana: el cambio de muebles, la selección del color de la alfombra, la plática con las hermanas Laver acerca del papel tapiz -ya que aquel horribe importado de Francia, descolorido y viejo como estaba, debía desaparecer- y, finalmente, de la ida a almorzar, hora durante la cual todos los muebles habían sido colocados en su actual posición.

De paso, aquella era la misma disposición que tenían los muebles desechados; quienquiera que hubiese llevado adelante aquel molesto juego era, por lo menos, consistente; los nuevos muebles simplemente habían sido puestos en el lugar de los antiguos; si algún agente no humano era responsable de las perturbaciones ocurridas en el recibidor del segundo piso, ese agente se había resignado a la pérdida de los muebles antiguos. Que duda de que se resignaría de la misma manera a otros cambios, a despecho de las hermanas Laver.

-Muy bien adelante -dijo Potts-. No se preocupen por los muebles. Déjenlos en donde están. ¿Ya han escogido las señoritas Laver la alfombra?.
-Si, señor. Es una excelente alfombra color vino.
-¿Y el papel de la pared?
-Todavía hay dudas al respecto.
-Me llevaré el muestrario para hablar con ellas.

Potts fue en busca de las hermanas Laver y se sentó en medio de ellas con el muestrario de papel tapiz. Como habían escogido una alfombra color vino, seguramente para las paredes desearían algo en color vino con ocre, cobre, bronce, o tal vez pardo oscuro. Potts creía tenerlo todo arreglado. Con ademanes estudiados abrió el muestrario en la página justa, dejando ver un nuevo diseño de figuras multicolores sobre un fondo siena, un diseño que representaba las calles de una ciudad, con diminutos seres humanos que caminaban en todas las direcciones. Era un papel lleno de colorido, mas no llamativo.

-¡Magnífico! -exclamó Janna-.
-Es algo realmente nuevo -apuntó Potts, con aire de quien confía un inapreciable secreto-. Yo diría que no hay otro igual en Winterton. Y, naturalmente, si usted se deciden a ponerlo, les aseguro que no habrá nunca otro así.
-¿Lo tienen en existencia? -inquirió Edna, con sentido práctico-.
-En grandes cantidades, créame.
-Muy bien. Me gusta
-A mi también -dijo Janna-.
-Permítame felicitarlas por su exquisito gusto, estimadas señoras -murmuró Potts-.

El decorador volvió al segundo piso y ordenó a sus ayudantes que pintaran el techo de amarillo claro, mientras del almacén llegaba el papel de la pared. Salió de la casa eminentemente complacido por el hecho de que las hermanas hubieran escogido uno de los materiales más caros que podía ofrecerles. Una vez en su establecimiento, ordenó que se enviara a Chitterton House papel en cantidad suficiente para cubrir las paredes del recibidor visitado por los espíritus. Cuando sus ayudantes volvieron, a las seis de la tarde, le informaron que el techo estaba ya pintado y que había sido cubierta una de las paredes. A las ocho, las hermanas Laver llamaban por teléfono para informar que todo el papel que había sido colocado se habái desprendido. Al día Potts se presentó en Chitterton House con sus ayudantes. Iba lleno de justa indignación y de su acostumbrada egolatría, que era inmensa. ¡Nunca se había desprendido ningún papel de Potts!. Observó, con ira, la devastación de que había sido objeto el recibidor. Únicamente el techo quedaba intacto.

-Lo primero es desprender todo el papel tapiz antiguo -decidió-
Dicho lo anterior, pusieron manos a la obra. Jennings y Martin observaban a su patrón con disimulado interés morboso. Philander Potts no pudo entender aquello en un principio, pero pronto acabó por comprender. Mientras desprendía el papel antiguo de la pared, tuvo conciencia de una molesta especie de intromisión, como si ráfagas de viento surgieran de la nada para azotar el papel contra su rostro, o como si manos fantasmas trataran de impedirle la realización de su trabajo. No dudaba de que sus ayudantes hubieran sufrido intromisiones semejantes, mas, por su parte, de ninguna manera estaba dispuesto a mostrar que las había notado. Sin embargo, resultaban extremadamente molestas y no menos descorcentantes. En la habitación no había corrientes de aire manifiestas; las ventanas estaban cerradas, lo mismo que la puerta. No se veía claramente de dónde podía provenir el aire. En realidad, Potts tampoco lo sentía; todas sus observaciones tenían como base la agitación del papel tapiz desprendido, tal como si él mismo estuviera animado, moviéndose por voluntad propia, siguiendo un singular plan predeterminado, como queriendo desalentarlo en sus esfuerzos por desprenderlo de la pared.

Mas Potts no iba a darse por vencido. Abordaba la tarea sonbría, firmemente, negándose a ser demorado o distraído por aquel papel curiosamente animado que sacudía su moho alrededor del sitio en que Potts trabajaba, de manera que, al poco, éste se hallaba por una delgada capa de polvo. A eso del mediodía, las paredes estuvieron limpias y listas para que se les pusiera el nuevo papel tapiz, así que el decorador, atendiendo a una invitación de las hermanas Laver, bajó a tomar el almuerzo con ellas.

-Esta vez -dijo a las hermanas, en tono confidencial- el papel se quedará en su sitio, o dejo de llamarme Philander Potts.
-Claro, claro -respondió Janna-.
-¿Quiere usted té o café, señor Potts? -inquirió Edna, quien, inmediatamente, pasó a una segunda pregunta-. Usted debe haber conocido a las hermanas Chitterton. ¿Que clase de personas eran?
-Típicas solteronas -respondió Potts-.
-¿Que es una solterona típica, señor Potts? -preguntó Janna cándidamente.
El decorador de interiores se encogió de hombros, con afectación.
-Bueno, pues..., una vieja dama chiflada, obstinada, retirada de los demás. Las Chitterton, como ustedes sabrán, vivían apartadas del resto del mundo. Sorpréndanse. No les gustaba la gente. Supongo que si uno se basta a si mismo por mucho tiempo, no desea que nadie lo moleste. Después de todo, queridas señoras, la gente es un problema.

Potts dijo lo anterior como si se tratara de una gran verdad, aunque, en realidad, lo que había querido decir era que el problema lo eran las personas que le causaban dificultades; mientras hablaba, el hombre se preguntó si los fantasmas serían personas. No, no lo creía.

-¿Era difícil llevarse bien con ellas? -quiso saber Edna.
-Mucho. Naturalmente, mi madre las conoció mejor que yo. Hace ya casi veinte años que murieron.
-¿Cree usted que los fantasmas envejecen? -preguntó Janna inocentemente-.
-Nunca he pensado en ello -respondió Potts con franqueza-. No creo en fantasmas.
-Comprendo. Parece que no tenemos otra alternativa -apuntó Edna, con naturalidad-.

Potts estaba ligeramente desconcertado, aunque no mucho. En lo particular, pensaba que las hermanas Laver tenían cierta tendencia hacia la estupidez, pero como representaban para él una fuente de ingresos, se guardaba muy bien de manifestarlo. Platicó cortésmente con ellas durante el almuerzo, y luego volvió al recibidor del segundo piso para colocar el nuevo papel tapiz. Todo estaba tal y como lo había dejado. Se sorprendió admitiendo para sí mismo que había esperado que ocurrieran cambios. Pero, aun un fantasma dificilmente hubiera podido volver a colocar el antiguo papel tapiz, ya que éste había sido llevado afuera y quemado, antes de que Jennings y Martin se fueran a almorzar. Sin esperar el regreso de sus ayudantes y considerando que el tapizado de las paredes debía estar concluido al anochecer, Potts se entregó al punto a su labor. Al poco tiempo se dio cuenta de que en la atmósfera del recibidor había algo que no estaba antes allí. Si durante toda la mañana había tenido una corriente de aire que le dificultaba su trabajo, ahora había una inquietante nota de maldad, cuya aura estaba presente en la pieza, de manera tan tangible que casi se la podía tocar. Aquella aura lo oprimía en todos los sentidos, acalerándole el pulso y atravesándolo de lado a lado con cierta vaga alarma que lo contrariaba y que le causaba ira.

¿Lo notarían Jennings y Martin? Se preguntaba.
Lo notaron. Volvieron al poco y se pusieron a trabajar. Media hora después, Jennings musitaba algo para sí.
-¿Que pasa? -preguntó Potts, con aspereza-.
-Que esto no me gusta, es todo -le respondió Jennings.
-¿Que es lo que no te gusta?
-Esta habitación. Hay algo en ella.
-Claro que lo hay -concedió Potts- Nosotros tres.
-Es algo más -completó Martin con inhabitual seguridad-.
-Entiendo -dijo el patrón-. Bien muchachos, quiero que lo soporten hasta donde les sea posible. Si pueden resistir hasta las cuatro de la tarde, podrán irse, que yo mismo terminaré el trabajo.

La atmósfera de peligro fue haciéndose más densa. Una especie de amenza consciente la nublaba. Sin embargo, extrañamente, no había interferencias. Colocaron el papel en una pared, luego en la otra; habían realizado la mitad del trabajo. A eso de las cuatro, cuando Jennings y Martin se retiraron, tratando de disculparse, quedaba aproximadamente la mitad de una pared sin cubrir, y Potts aseguró a sus hombres que él mismo podía hacerlo y que terminaría antes de las seis. Trabajó entonces diligentemente. Se sentía oprimido por la densa aura de iracunda amenaza que lo rodeaba. En una o en dos ocasiones imaginó que la habitación se oscurecía. Mientras trabajaba, tratando de olvidar sus impresiones, tenía la inquietante certidumbre de que alguien lo observaba y, en más de una oportunidad, se sintió capaz de jurar que alguien se hallaba ahí, justo fuera del alcance de su mirada, apreciable con el rabillo del ojo y gracias a un esfuerzo, pero apreciable con seguridad. La ilusión persistía; casi inconscientemente, Potts aceleró el ritmo de su trabajo. Mas la habitación se oscurecía decididamente, con una oscuridad tangible que emanaba de las paredes como una nube. Philander Potts daba gracias de que el trabajo estaba casi concluido, pues la amenaza que llenaba la pieza resultaba profundamente molesta. Quedaban dos tiras por colocar, al poco tiempo una solamente; se volvió para tomarla y vio la nube de oscuridad que se levantaba en espiral. Por un momento se quedó sorprendido, mirando. Luego cerró los ojos y sacudió la cabeza. Abriendo los ojos, tuvo tiempo de ver a dos ancianas de rostros ceñudos que salían de aquella sobrenatural nube de tinieblas y que avanzaban hacia él con propósitos vengativos.

En un abrir y cerra de ojos se apoderaron de él
Gritó con voz ronca, una sola vez.
- ¿Oiste algo, Edna? -preguntó Janna, dando la espalda al fonógrafo-.
- Nada especial, ¿por que?.
- Creí oír un grito.
- No, creo que no se oyó nada. Vuelve a poner el disco ¿quieres?.
- ¿Le invitaste a cenar?
- ¡Por Dios, no! ¡Que aburrimiento!.
Media hora después, ambas subían al recibidor del segundo piso. Potts se había ido, dejando las herramientas para ser recogidas a la mañana siguiente.
- ¡Que bonito papel! -exclamó Janna.
- Cuando se hayan colocado los muebles y la alfombra quedará estupendo. Demasiado buenos para nuestros huéspedes, verdaderamente -observó Edna-.
esta noche volverán a desprenderlo -dijo Janna, tristemente.
- Será mejor que no lo hagan. El señor Potts tendría que comenzar de nuevo. No le gustará nada, pero lo prometió. Nosotras le obligaremos a cumplir
Janna guardó silencio. Con la cabeza ligeramente ladeada, permaneció escuchando. Al cabo de un rato, preguntó:
- ¿Oyes algo, Edna?
- Esta casa no te sienta bien, querida -le dijo Edna, complaciente-. ¿Que habría de oír?
- Creí oír..., sólo creí oír.... una voz. Pero. claro, no es posible
- Espero que esta noche no desprendan el papel.

Pero el papel no fue desprendido. Por el contrario, los ayudantes de Philander Potts, decorador de interiores, pudieron, al día siguiente, dejar arreglada la habitación, con su alfombra nueva, sus muebles, sus cortinajes, y, como prudentamente decidieron dejar la antigua disposición del mobiliario, no hubo posteriores contratiempos. Sin embargo, la desaparición de Philander Potts fue motivo de sorpresa por espacio de nueve días, hasta que se aseguró que una agraciada joven viuda había abandonado la ciudad aproximadamente en la misma fecha, y que, se supuso, aunque erróneamente, que Potts repentinamente había decidido irse con la viuda. La esposa y los hijos de Potts se sintieron aliviados, más que otra cosa. Los señores Jennings y Martin llevaron el negocio adelante sin la intervención de Potts, y la familia de éste, tanto como sus empleados, comenzaron a vivir una existencia más placentera sin disminución en sus ingresos y, si acaso, con una sustancial aumento en ellos.

De haberse hallado en posición de hacerlo, Philander lo hubiera agradecido, ya que, como resultado de la nueva decoración del recibidor visitado por los espíritus, el nombre de Potts adquirió nuevo lustre. Cándidamente, las hermanas Laver llamaron al recibidor "el triunfo de Potts". Con una especie de admiración acostumbraban mostrar el recibidor a los visitantes. "Su secreto se ha ido con él", solían decir, "nos prometió una obra maestra y no hay duda de que ésta lo es. Un papel tapiz de efectos sonoros, ni más ni menos. Párese aquí, y si escucha con atención, podrá oir como si alguien, desde muy lejos, dijera ¡ Déjenme salir ! ¡ Déjenme salir !.

Celephaïs. H.P. Lovecraft (1890-1937)

En un sueño, Kuranes vio la ciudad del valle, y la costa que se extendía más allá, y el nevado pico que dominaba el mar, y las galeras de alegres colores que salían del puerto rumbo a lejanas regiones donde el mar se junta con el cielo. Fue en un sueño también, donde recibió el nombre de Kuranes, ya que despierto se llamaba de otra manera. Quizá le resultó natural soñar un nuevo nombre, pues era el último miembro de su familia, y estaba solo entre los indiferentes millones de londinenses, de modo que no eran muchos los que hablaban con él y recordaban quién había sido. Había perdido sus tierras y riquezas; y le tenía sin cuidado la vida de las gentes de su alrededor; porque él prefería soñar y escribir sobre sus sueños.

Sus escritos hacían reír a quienes los enseñaba, por lo que algún tiempo después se los guardó para sí, y finalmente dejó de escribir. Cuanto más se retraía del mundo que le rodeaba, más maravillosos se volvían sus sueños; y habría sido completamente inútil intentar transcribirlos al papel. Kuranes no era moderno, y no pensaba como los demás escritores. Mientras ellos se esforzaban en despojar la vida de sus bordados ropajes del mito y mostrar con desnuda fealdad lo repugnante que es la realidad, Kuranes buscaba tan sólo la belleza. Y cuando no conseguía revelar la verdad y la experiencia, la buscaba en la fantasía y la ilusión, en cuyo mismo umbral la descubría entre los brumosos recuerdos de los cuentos y los sueños de niñez.

No son muchas las personas que saben las maravillas que guardan para ellas los relatos y visiones de su propia juventud; pues cuando somos niños escuchamos y soñamos y pensamos pensamientos a medias sugeridos; y cuando llegamos a la madurez y tratamos de recordar, la ponzoña de la vida nos ha vuelto torpes y prosaicos. Pero algunos de nosotros despiertan por la noche con extraños fantasmas de montes y jardines encantados, de fuentes que cantan al sol, de dorados acantilados que se asoman a unos mares rumorosos, de llanuras que se extienden en torno a soñolientas ciudades de bronce y de piedra, y de oscuras compañías de héroes que cabalgan sobre enjaezados caballos blancos por los linderos de bosques espesos; entonces sabemos que hemos vuelto la mirada, a través de la puerta de marfil, hacia ese mundo de maravilla que fue nuestro, antes de alcanzar la sabiduría y la infelicidad.

Kuranes regresó súbitamente a su viejo mundo de la niñez. Había estado soñando con la casa donde había nacido: el gran edificio de piedra cubierto de hiedra, donde habían vivido tres generaciones de antepasados suyos, y donde él había esperado morir. Brillaba la luna, y Kuranes había salido sigilosamente a la fragante noche de verano; atravesó los jardines, descendió por las terrazas, dejó atrás los grandes robles del parque, y recorrió el largo camino que conducía al pueblo. El pueblo parecía muy viejo; tenía su borde mordido como la luna que ha empezado a menguar, y Kuranes se preguntó si los tejados puntiagudos de las casas ocultaban el sueño o la muerte.

En las calles había tallos de larga hierba, y los cristales de las ventanas de uno y otro lado estaban rotos o miraban ciegamente. Kuranes no se detuvo, sino que siguió caminando trabajosamente, como llamado hacia algún objetivo. No se atrevió a desobedecer ese impulso por temor a que resultase una ilusión como las solicitudes y aspiraciones de la vida despierta, que no conducen a objetivo ninguno. Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía de la calle del pueblo en dirección a los acantilados del canal, y llegó al final de todo... al precipicio y abismo donde el pueblo y el mundo caían súbitamente en un vacío infinito, y donde incluso el cielo, allá delante, estaba vacío y no lo iluminaban siquiera la luna roída o las curiosas estrellas.

La fe le había instado a seguir avanzando hacia el precipicio, arrojándose al abismo, por el que descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuros, informes sueños no soñados, esferas de apagado resplandor que podían ser sueños apenas soñados, y seres alados y rientes que parecían burlarse de los soñadores de todos los mundos. Luego pareció abrirse una grieta de claridad en las tinieblas que tenía ante sí, y vio la ciudad del valle brillando espléndidamente allá, allá abajo, sobre un fondo de mar y de cielo, y una montaña coronada de nieve cerca de la costa.

Kuranes despertó en el instante en que vio la ciudad; sin embargo, supo con esa mirada fugaz que no era otra que Celefais, la ciudad del Valle de Ooth-Nargai, situada más allá de los Montes Tanarios, donde su espíritu había morado durante la eternidad de una hora, en una tarde de verano, hacía mucho tiempo, cuando había huido de su niñera y había dejado que la cálida brisa del mar lo aquietara y lo durmiera mientras observaba las nubes desde el acantilado próximo al pueblo. Había protestado cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron a casa; porque precisamente en el momento en que lo hicieron volver en sí, estaba a punto de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el cielo se junta con el mar. Ahora se sintió igualmente irritado al despertar, ya que al cabo de cuarenta monótonos años había encontrado su ciudad fabulosa.

Pero tres noches después, Kuranes volvió a Celefais. Como antes, soñó primero con el pueblo que parecía dormido o muerto, y con el abismo al que debía descender flotando en silencio; luego apareció la grieta de claridad una vez más, contempló los relucientes alminares de la ciudad, las graciosas galeras fondeadas en el puerto azul, y los árboles gingco del Monte Arán mecidos por la brisa marina. Pero esta vez no lo sacaron del sueño; y descendió suavemente hacia la herbosa ladera como un ser alado, hasta que al fin sus pies descansaron blandamente en el césped. En efecto, había regresado al valle de Ooth-Nargai, y a la espléndida ciudad de Celefais.

Kuranes paseó en medio de yerbas fragantes y flores espléndidas, cruzó el burbujeante Naraxa por el minúsculo puente de madera donde había tallado su nombre hacía muchísimos años, atravesó la rumorosa arboleda, y se dirigió hacia el gran puente de piedra que hay a la entrada de la ciudad. Todo era antiguo; aunque los mármoles de sus muros no habían perdido su frescor, ni se habían empañado las pulidas estatuas de bronce que sostenían. Y Kuranes vio que no tenía por qué temer que hubiesen desaparecido las cosas que él conocía; porque hasta los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como él los recordaba. Cuando entró en la ciudad, y cruzó las puertas de bronce, y pisó el pavimento de ónice, los mercaderes y camelleros lo saludaron como si jamás se hubiese ausentado; y lo mismo ocurrió en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes, adornados con guirnaldas de orquídeas le dijeron que no existe el tiempo en Ooth-Nargai, sino sólo la perpetua juventud.

A continuación, Kuranes bajó por la Calle de los Pilares hasta la muralla del mar, y se mezcló con los mercaderes y marineros y los hombres extraños de esas regiones en las que el cielo se junta con el mar. Allí permaneció mucho tiempo, mirando por encima del puerto resplandeciente donde las ondulaciones del agua centelleaban bajo un sol desconocido, y donde se mecían fondeadas las galeras de lejanos lugares. Y contempló también el Monte Arán, que se alzaba majestuoso desde la orilla, con sus verdes laderas cubiertas de árboles cimbreantes y con su blanca cima rozando el cielo.

Más que nunca deseó Kuranes zarpar en una galera hacia lejanos lugares, de los que tantas historias extrañas había oído; así que buscó nuevamente al capitán que en otro tiempo había accedido a llevarlo. Encontró al hombre, Athib, sentado en el mismo cofre de especias en que lo viera en el pasado; y Athib no pareció tener conciencia del tiempo transcurrido. Luego fueron los dos en bote a una galera del puerto, dio órdenes a los remeros, y salieron al Mar Cerenerio que llega hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron por las aguas ondulantes, hasta que al fin llegaron al horizonte, donde el mar se junta con el cielo. No se detuvo aquí la galera, sino que siguió navegando ágilmente por el cielo azul entre vellones de nube teñidos de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes divisó extrañas tierras y ríos y ciudades de insuperable belleza, tendidas indolentemente a un sol que no parecía disminuir ni desaparecer jamás. Por último, Athib le dijo que su viaje no terminaba nunca, y que pronto entraría en el puerto de Sarannian, la ciudad de mármol rosa de las nubes, construida sobre la etérea costa donde el viento de poniente sopla hacia el cielo; pero cuando las más elevadas de las torres esculpidas de la ciudad surgieron a la vista, se produjo un ruido en alguna parte del espacio, y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.

Después, Kuranes buscó en vano durante meses la maravillosa ciudad de Celefais y sus galeras que hacían la ruta del cielo; y aunque sus sueños lo llevaron a numerosos y espléndidos lugares, nadie pudo decirle cómo encontrar el Valle de Ooth-Nargai, situado más allá de los Montes Tanarios. Una noche voló por encima de oscuras montañas donde brillaban débiles y solitarias fogatas de campamento, muy diseminadas, y había extrañas y velludas manadas de reses cuyos cabestros portaban tintineantes cencerros; y en la parte más inculta de esta región montañosa, tan remota que pocos hombres podían haberla visto, descubrió una especie de muralla o calzada empedrada, espantosamente antigua, que zigzagueaba a lo largo de cordilleras y valles, y demasiado gigantesca para haber sido construida por manos humanas.

Más allá de esa muralla, en la claridad gris del alba, llegó a un país de exóticos jardines y cerezos; y cuando el sol se elevó, contempló tanta belleza de flores blancas, verdes follajes y campos de césped, pálidos senderos, cristalinos manantiales, pequeños lagos azules, puentes esculpidos y pagodas de roja techumbre, que, embargado de felicidad, olvidó Celefais por un instante. Pero nuevamente la recordó al descender por un blanco camino hacia una pagoda de roja techumbre; y si hubiese querido preguntar por ella a la gente de esta tierra, habría descubierto que no había allí gente alguna, sino pájaros y abejas y mariposas.

Otra noche, Kuranes subió por una interminable y húmeda escalera de caracol, hecha de piedra, y llegó a la ventana de una torre que dominaba una inmensa llanura y un río iluminado por la luna llena; y en la silenciosa ciudad que se extendía a partir de la orilla del río, creyó ver algún rasgo o disposición que había conocido anteriormente. Habría bajado a preguntar el camino de Ooth-Nargai, si no hubiese surgido la temible aurora de algún remoto lugar del otro lado del horizonte, mostrando las ruinas y antigüedades de la ciudad, y el estancamiento del río cubierto de cañas, y la tierra sembrada de muertos, tal como había permanecido desde que el rey Kynaratholis regresara de sus conquistas para encontrarse con la venganza de los dioses.

Y así, Kuranes buscó inútilmente la maravillosa ciudad de Celefais y las galeras que navegaban por el cielo rumbo a Seranninan, contemplando entretanto numerosas maravillas y escapando en una ocasión milagrosamente del indescriptible gran sacerdote que se oculta tras una máscara de seda amarilla y vive solitario en un monasterio prehistórico de piedra, en la fría y desierta meseta de Leng. Al cabo del tiempo, le resultaron tan insoportables los desolados intervalos del día, que empezó a procurarse drogas a fin de aumentar sus periodos de sueño. El hachís lo ayudó enormemente, y en una ocasión lo trasladó a una región del espacio donde no existen las formas, pero los gases incandescentes estudian los secretos de la existencia. Y un gas violeta le dijo que esta parte del espacio estaba al exterior de lo que él llamaba el infinito. El gas no había oído hablar de planetas ni de organismos, sino que identificaba a Kuranes como una infinitud de materia, energía y gravitación. Kuranes se sintió ahora muy deseoso de regresar a la Celefais salpicada de alminares, y aumentó su dosis de droga.

Después, un día de verano, lo echaron de su buhardilla, y vagó sin rumbo por las calles, cruzó un puente, y se dirigió a una zona donde las casas eran cada vez más escuálidas. Y allí fue donde culminó su realización, y encontró el cortejo de caballeros que venían de Celefais para llevarlo allí para siempre.

Hermosos eran los caballeros, montados sobre caballos ruanos y ataviados con relucientes armaduras, y cuyos tabardos tenían bordados extraños blasones con hilo de oro. Eran tantos, que Kuranes casi los tomó por un ejército, aunque habían sido enviados en su honor; porque era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, motivo por el cual iba a ser nombrado ahora su dios supremo. A continuación, dieron a Kuranes un caballo y lo colocaron a la cabeza de la comitiva, y emprendieron la marcha majestuosa por las campiñas de Surrey, hacia la región donde Kuranes y sus antepasados habían nacido. Era muy extraño, pero mientras cabalgaban parecía que retrocedían en el tiempo; pues cada vez que cruzaban un pueblo en el crepúsculo, veían a sus vecinos y sus casas como Chaucer y sus predecesores les vieron; y hasta se cruzaban a veces con algún caballero con un pequeño grupo de seguidores. Al avecinarse la noche marcharon más deprisa, y no tardaron en galopar tan prodigiosamente como si volaran en el aire.

Cuando empezaba a alborear, llegaron a un pueblo que Kuranes había visto agitarse de animación en su niñez, y dormido o muerto durante sus sueños. Ahora estaba vivo, y los madrugadores aldeanos hicieron una reverencia al paso de los jinetes calle abajo, entre el resonar de los cascos, que luego desaparecieron por el callejón que termina en el abismo de los sueños.

Kuranes se había precipitado en ese abismo de noche solamente, y se preguntaba cómo sería de día; así que miró con ansiedad cuando la columna empezó a acercarse al borde. Y mientras galopaba cuesta arriba hacia el precipicio, una luz radiante y dorada surgió de occidente y vistió el paisaje con refulgentes ropajes. El abismo era un caos hirviente de rosáceo y cerúleo esplendor; unas voces invisibles cantaban gozosas mientras el séquito de caballeros saltaba al vacío y descendía flotando graciosamente a través de las nubes luminosas y los plateados centelleos. Seguían flotando interminablemente los jinetes, y sus corceles pateaban el éter como si galopasen sobre doradas arenas; luego, los encendidos vapores se abrieron para revelar un resplandor aún más grande: el resplandor de la ciudad de Celefais, y la costa, más allá; y el pico que dominaba el mar, y las galeras de vivos colores que zarpan del puerto rumbo a lejanas regiones donde el cielo se junta con el mar.

Y Kuranes reinó en Ooth-Nargai y todas las regiones vecinas de los sueños, y tuvo su corte alternativamente en Celefais y en la Serannian formada de nubes. Y aún reina allí, y reinará feliz para siempre; aunque al pie de los acantilados de Innsmouth, las corrientes del canal jugaban con el cuerpo de un vagabundo que había cruzado el pueblo semidesierto al amanecer; jugaban burlonamente, y lo arrojaban contra las rocas, junto a las Torres de Trevor cubiertas de hiedra, donde un millonario obeso y cervecero disfruta de un ambiente comprado de nobleza extinguida.