miércoles, 29 de octubre de 2014

Pureza. Billy Collins.

Mi momento favorito para escribir es en la tarde,
los días de semana, particularmente los miércoles.
Así es como lo hago:
Llevo un vaso de té frío a mi estudio y cierro la puerta.
Entonces me saco la ropa y la dejo apilada
como si me hubiera derretido hasta morir y mi legado
consistiera en sólo
una camisa blanca, unos pantalones y un vaso de té frío.

Entonces me saco la carne y la cuelgo sobre una silla.
La despego de mis huesos como una prenda de seda.
Hago esto para que de ese modo lo que escriba sea puro,
despojado completamente de lo carnal,
incontaminado por las preocupaciones del cuerpo.

Finalmente me saco cada uno de los órganos y lo acomodo
en una pequeña mesa junto a la ventana.
No quiero oír sus antiguos ritmos
cuando estoy tratando de escuchar mi propio tambor.

Ahora me siento en el escritorio, listo para comenzar.
Estoy enteramente puro: nada más que un esqueleto en una máquina de escribir.

Debo mencionar que a veces me dejo el pene puesto.
Hallo difícil ignorar la tentación.
Entonces soy un esqueleto con pene en una máquina de escribir.
En estas condiciones escribo extraordinarios poemas de amor,
la mayoría de los cuales exploran la conexión entre sexo y muerte.

Soy la concentración misma: existo en un universo
en el que no hay nada salvo sexo, muerte y escritura a máquina.

Después de un rato en este plan también me saco el pene.
Entonces soy todo calavera y huesos escribiendo a través de la tarde.
Nada más que los absolutos esenciales, sin grecas.
Ahora sólo escribo acerca de la muerte, el más clásico de los temas,
en un lenguaje ligero como el aire entre mis costillas.

Acabado todo, me recompenso con un paseo en auto a la puesta de sol.
Me vuelvo a poner los órganos y me meto adentro de la carne
y la ropa. Entonces saco el auto del garaje
y acelero a través de bosques en carreteras campestres,
pasando paredes de piedra, granjas, estanques congelados,
todo perfectamente acomodado como las palabras en un soneto famoso.

Preguntas sobre los ángeles. Billy Collins.

De todas las preguntas que uno podría querer consultar
acerca de los ángeles, la única que se escucha siempre
es cuántos pueden bailar en la cabeza de un alfiler.

Ninguna curiosidad acerca de las cosas que hacen para pasar el tiempo eterno
además de dar vueltas alrededor del Trono salmodiando en Latín
o de llevar una corteza de pan a un ermitaño en la tierra
o de guiar a un niño y a una niña por un destartalado puente de madera.

¿Vuelan a través del cuerpo de Dios y salen cantando?
¿Se columpian como chicos de las bisagras
del mundo del espíritu diciendo sus nombres al revés y al derecho?
¿Se sientan solos en pequeños jardines y alteran los colores?

¿Qué hay acerca de sus hábitos de sueño, la tela de sus trajes,
su dieta de luz divina sin filtrar?
¿Qué sucede al interior de sus luminosas cabezas? ¿Existe un muro
por sobre el cual estas altas presencias pueden asomarse y mirar el infierno?

¿Si un ángel se cae de una nube dejará un hueco
en un río y, si es así, ese hueco flotará hacia delante inacabablemente
colmado con las letras silenciosas de cada palabra angélica?

¿Si un ángel trae el correo llegará
en un cegador torrente de alas o sólo asumirá
la apariencia del cartero habitual y
silbará por la vereda mientras lee las postales?

No, los teólogos medievales controlan el tribunal.
La única pregunta que escuchas siempre es acerca
del pequeño piso de baile en la cabeza de un alfiler,
ese lugar en el que las aureolas están destinadas a converger y
flotar invisiblemente.

La pregunta está diseñada para hacernos pensar en millones,
billones, hacernos quedar sin números y colapsar
en la infinidad. Pero quizá la respuesta es simplemente una:
un ángel femenino bailando a solas y en medias–
una pequeña banda de jazz trabajando al fondo.

Ella se mece como una rama en el viento, sus hermosos
ojos cerrados, y el alto y delgado bajista se inclina
para echarle un vistazo a su reloj porque ella ha estado bailando
por siempre, y ya se ha hecho muy tarde, incluso para los músicos.

Otra razón por la cual no tengo una pistola en casa. Billy Collins.

El perro del vecino no deja de ladrar.
Ladra al mismo tono y el mismo ritmo
con que lo hace cada vez que dejan la casa.
Tal vez lo conectan cuando salen.

El perro del vecino no deja de ladrar.
Cierro todas las ventanas de la casa
y pongo una sinfonía de Beethoven a todo volumen
pero aun así lo escucho, amortiguado con la música,
ladrando, ladrando, ladrando,

y ahora lo puedo ver sentado en la orquesta,
con su cabeza levantada como si Beethoven
hubiese incluido un solo para un perro que ladra.
Cuando el record finalmente acaba él sigue ladrando,

sentado allí en la sección del oboe, ladrando
con sus ojos fijos en el conductor
quien lo guía con su batuta
mientras los otros músicos escuchan con respetuoso

silencio en el famoso solo de ladridos
esa coda interminable que estableció
a Beethoven como un genio innovador.

Introducción a la poesía. Billy Collins.

Les pido que agarren un poema
y lo pongan a trasluz
como una diapositiva de colores

o acerquen una oreja a su colmena

Les digo suelten un ratón en un poema
y obsérvenlo buscar la salida,

o caminen en la habitación del poema
y al tanteo busquen un interruptor.

Quiero que hagan esquí acuático
sobre la superficie del poema
saludando al nombre del autor en la orilla.

Pero ellos sólo quieren
atar con soga el poema a una silla
y torturarlo hasta que confiese.

Empiezan pegándole con una manguera
para averiguar qué dice en realidad.

Thesaurus. Billy Collins.

Podría ser el nombre de una bestia prehistórica
que pisó la tierra Paleozoica, irguiéndose
en sus patas traseras para mostrar sus enorme vocabulario,
o algún amante dentro de un mito que se ha metamorfoseado en libro.

Significa tesoro, pero es sólo un lugar
donde las palabras se congregan con sus familiares,
un gran parque en que cientos de reuniones familiares
se dan y se dan
casa, hogar, domicilio, vivienda, alojamiento, y hueco,
todas compartiendo el mismo termo y canasta de picnic;
velludo, hirsuto, lanudo, peludo, lanoso, y greñudo,
todas corriendo una carrera de sacos o tirando herraduras,
inerte, estático, inactivo, fijo e inmóvil
paradas y arrodilladas en filas para una foto de grupo.

Aquí padre está junto a progenitor y hermano cerca
a fraterno, separados a penas por finos tonos de significado.
Y cada grupo tiene su primo lejano, aquél
que dio el viaje más largo para estar presente:
astereognosis, polidipsia, o algún impronunciable
substituto de once sílabas para la palabra herramienta.
Hasta sus parientes se sienten sin lentes frente a sus gafetes.

Puedo ver mi propio ejemplar allá en lo alto del librero.
Rara vez lo abro, porque sé que no hay
tal cosa como un sinónimo y porque me pongo nervioso
entre gente que se reúne siempre con los suyos,
formando clubes y clavando letreros en sus puertas cerradas
mientras los demás se ovillan solos en las calles obscuras.

Prefiero ver las palabras afuera por su cuenta, lejos
de sus familias y del depósito de Roget,
vagando por el mundo en el que a veces caen
enamoradas de una palabra completamente extraña.
Seguro has visto parejas paradas por siempre
juntas en la misma línea en un poema,
una capillita donde matrimonios como éstos,
entre perfectos extraños, pueden suceder.

Rebaño. Billy Collins.

Se calcula que cada copia de la Biblia de Gutenberg
necesitó las pieles de 300 corderos.

Puedo verlos
apiñados en el corral de contención
detrás del edifico de piedra
donde se ubica la imprenta.

Todos retorciéndose
por un poco de espacio
y viéndose tan semejantes
sería casi imposible contarlos.

Y no se podría decir cuál de ellos
llevará las noticias
que el Señor es un Pastor,
una de las pocas cosas,
que ya saben muy bien.

Invención. Billy Collins.

Esta noche la luna es una galleta,
con una mordedura a su alrededor
flotando en la noche,

y en una semana más o menos
según el calendario
probablemente se parecerá

a un balón de fútbol plateado,
y hace nueve días, tal vez diez
me recordó a una delgada uña brillante.

Pero tarde o temprano --
hacia el final del mes,
calculo –

se consumirá
hasta ser nada,
nada más que estrellas en el cielo,

y tendré unas pocas noches
para mí sólo,
un poco de tiempo para que descanse mi pluma nerviosa.

Vuelvo a casa por un libro. Billy Collins.

Giro sobre la grava
y vuelvo a casa a por un libro,
algo para leer en la consulta del doctor,
y mientras estoy dentro, recorriendo
con un dedo inquisidor la estantería,

otro yo, que no se molestó
en volver a casa a por un libro
se marcha por su cuenta,
baja por el camino de entrada,
y gira a la izquierda hacia la ciudad,

un fantasma en su coche fantasma,
otro nudo en la cuerda del tiempo,
tres minutos por delante de mí—
un espacio que ahora se mantendrá
por el resto de mi vida.

Algunas veces pienso que le veo
unas pocas personas por delante de mí en una cola
o levantándose de una mesa
para salir del restaurante justo antes que yo,
poniéndose el abrigo camino de la puerta.

Pero no se le puede alcanzar,
no hay manera de hacer que espere
para volver a sincronizarnos,
a menos que un día decida volver
a casa a por algo,

aunque no puedo imaginar
por mi vida qué podría ser.
Sale siempre antes que yo,
abriéndome camino, explorador invisible,
perro que tira de mi,

sombra a la que estoy condenado a seguir,
mi doble perfecto,
adelantado sólo una pulgada al futuro,
y ni de lejos tan versado como yo
en la poesía amorosa de Ovidio—

yo que volví a casa
aquella fatídica mañana de invierno y cogí el libro.

Jazz y naturaleza. Billy Collins.

Era otra mañana clara y soleada,
una brisa seca agitaba los árboles en torno a la casa
y yo no tenía nada que hacer -
mi escena habitual a finales de agosto.

Estaba leyendo la autobiografía
de Art Pepper, así que puse un disco de Art Pepper
y encendí los altavoces de fuera
para sentarme bajo el sol caliente

y leer más acerca de su vida de sordidez y prisión
mientras escuchaba su alto veloz, suave
saliendo de entre dos grandes arces
como se el jazz de la Costa Oeste fuese la música de la propia naturaleza.

Así, dibujé una especie de caja
alrededor de la mañana,
en tres dimensiones y a lápiz,
conmigo dentro sujetando una regla en mi mano.

Leía y escuchaba y leía,
y a veces echaba un vistazo a las fotografías
para comprobar la cara del hombre
que me dijo que una vez había conducido un Cadillac verde dorado

en el que podías perderte para siempre, como cuando
miras a las aguas de un lago;
el hombre que dijo que había compuesto
una balada llamada “Diane” para su segunda mujer
sólo para darse cuenta más tarde

de que la melodía era demasiado hermosa para ella.
El tipo que confesó haber vendido
a su perro, un caniche colo champán llamado Bijou,
por un chute de veinte dólares

y el que comentó que los hombres que en la cárcel
intentaban desintoxicarse introducían
los bajos de los pantalones en los calcetines
para que ni la más ligera brisa tocara su piel.

Detrás de donde yo estaba sentado al sol
había un brote de flox silvestres rosadas,
y algunas de las abejas que revoloteaban por allí
comenzaron a zumbar alrededor de mi cabeza.

Una en particular parecía tan interesada
en mí que la di un manotazo,
me levanté rápidamente y dije “no me vaciles
o te parto la cara, fantasma,”

una reacción sin duda inspirada
en mis lecturas sobre los bajos fondos californianos
en el cincuenta y siete,
mi año favorito de todos los tiempos para el jazz.

Pero persistió, esta abeja, y al final
me obligó a retirarme dentro, al estudio oscuro y fresco
donde un gato dormía sobre una silla,
un buen lugar para escribir todo esto

y preguntarme en qué ocuparía el resto del día -
tal vez en colgar un cuadro en la pared
o en recibir una llamada sorpresa
de alguien a quien solía amar.

¿Qué tal algo de Dexter Gordon
a la hora del aperitivo
y quién sabe?
quizás un encuentro con una hormiga cruel -

todo ello, probablamente, es parte de mi propia autobiografía,
un relato más cauto, contado en tiempo presente,
con unas pocas ilustraciones toscas
y un diagrama de mi pequeño árbol genealógico,

un trabajo cuyas páginas pasan
cada día como el agua que hace girar la noria,
la única cosa que no puedo dejar de escribir,
el único libro que nunca podré abandonar.