viernes, 31 de octubre de 2014

Travesía. Hart Crane (1899-1952)

Donde las hojas del cedro dividen el cielo,
oí el mar.
En las lizas de zafiro de las colinas
me prometieron una infancia mejorada.

Ceñuda, sancionando al sol,
dejé mi memoria en una hondonada-
fortuito piojo, que teje el alforjón,
rocas delantales, congregas peras
en fanegas iluminadas por la luna
y despierta callejuelas con una escondida tos.

Peligrosamente ardió el verano
(me había unido a los recreos del viento).
Las sombras de las peñas alargaron mi espalda:
a los gongs de bronce de mis mejillas
La lluvia se secó sin aroma.

"No es largo, no es largo;
Mira donde la enredadera roja y negra
apuntaló valles": pero el viento
murió hablando a través de los tiempos que tú conoces.
Y abrazas, ¡corazón de hollín del hombre!
Así fui volteado de una lado a otro, como tu humo
compila una demasiado bien conocida biografía.

La noche era una lanza en la quebrada
Que medra a través de auténticos robles. ¿Y había yo andado
los doce decimales particulares del viento?
Tocando un abierto laurel, hallé
A un ladrón debajo, con mi robado libro en la mano.

"¿Por qué estás de nuevo ahí –sonriendo a un ataúd de hierro?",
"Para discutir con el laurel" repliqué
justificado en lo efímero, fugaz
bajo la constante maravilla de tus ojos-."

Cerro el libro. Y desde los Ptolomeos
la arena nos sumió en un resplandeciente abismo.
Una serpiente trazó un vértice para el sol
-en no holladas playas sacó su lengua y tamborileó.
¿Qué fuente escuche? ¿Qué helados discursos?
La memoria, confiada a la página, se había muerto.

Emblemas de conducta. Hart Crane (1899-1952)

Cerca de una península el vagabundo se sentó y dibujó
las desiguales tumbas del valle. Mientras el apóstol daba
limosna a los pobres, el volcán estalló
con azufre y doradas rocas...
Porque el gozo cabalga en espléndidos ropajes
Atrayendo a los vivientes a las puertas principales.

Los oradores, siguen el universo,
y la radio, las completas leyes del pueblo.
El apóstol condice el pensamiento a través de la disciplina.
Tazones y copas llenas de adoraciones a los historiadores-
torpes labios conmemorando puertas espirituales.

El vagabundo escogió más tarde este lugar de reposo
donde nubes de mármol sostiene el mar
y donde finalmente nació el héroe escogido.
A la sazón, el verano y el humo habían pasado.
Los delfines aún jugaban, arqueando el horizonte,
pero sólo para levantar recuerdos de puertas espirituales.

En la tumba de Melville. Hart Crane (1899-1952)

Lejos de este arrecife, a veces, bajo la ola
Los dados de los huesos de los muertos
Vio legar un mensaje, al contemplarlos
Batir la orilla, en polvo oscurecidos.

Sin campanas cruzaban barcos náufragos.
El cáliz de la muerte generosa
Devolvía un disperso, lívido jeroglífico,
Envuelto en espiral de caracolas.

Luego en la calma de una vasta espira,
amarras hechizadas, y en paz ya la malicia,
Había escarchados ojos que elevaron altares;
Por los astros reptaban las calladas respuestas.

Ni cuadrante ni brújula imaginan
Más distantes mareas... Y por la azul altura
El canto no despierta al marinero.
Que su mítica sombra sólo el mar la conserva.

El río. Hart Crane (1899-1952)

Pega tu nombre público a u letrero
hermano –en todas partes- hacia el oeste-joven
ciertos anuncios de tintes –Japalac- Ciertos Zahones
por amor de la tierra! Bajo el nuevo cartel rasgado
en la esquina garantizada –véase Bert Williams qué?
(...)

El túnel. Hart Crane (1899-1952)

Funciones, surtidos, resúmenes –
Entre Times Square y Columbus Circle, las luces
Canalizan congresos, sesiones nocturnas
Reflejos de mil teatros, rostros –
Misteriosas cocinas....Lo buscarás todo.
(...)

La circunstancia. Hart Crane (1899-1952)

(...)Si tú
pudieras beberte el sol como lo hizo y hace
Xochipilli,—como los que se han
ido lo han hecho, como ellos
que lo han hecho (...)

Si puedes morir, y después ayunar, quien vive
a partir de entonces, más fuerte que la muerte sonríe en piedra florecida;—
Tú podrías detener el tiempo, dar al floresciente
Tiempo una respuesta más larga (rasurar la luz,
Poseer en un halo completo los vientos del tiempo)
Una respuesta de fuerza más larga, respuesta más duradera
Como ellos lo hicieron—y lo han hecho...
(...)

Al puente de Brooklyn. Hart Crane (1899-1952)

Cuántos amaneceres, fría tras su descanso sinuoso,
Habrá de zambullirse la gaviota
Soltando aniljos blancos de tumulto, elevando
La Libertad encima del agua encadenada.

Luego, con limpia curva, nuestros ojos se apartan,
Como la aparición de unas velas que cruzan,
De alguna hoja de cálculo que ha de ser archivada;
Hasta que el ascensor nos suelta del trabajo...

Pienso en los cines, prestidigitaciones panorámicas
o masas atraídas a una brillante escena
jaca mostrada, pero a la que de nuevo se apresuran,
Anunciada a otros ojos en la misma pantalla;

Y Tú, cruzando el puerto, entre rachas de plata
Como si te alcanzase el sol, pero dejando
Siempre en tu andar algún movimiento pendiente,
Tu misma libertad te sigue sosteniendo.

Desde algún agujero de metro, celda o altillo,
Un loco se apresura hacia tus torres,
Se inclina un poco, hinchándose chillona la camisa,
Una broma se arroja desde la muda caravana.

La luz del mediodía gotea por las vigas Wall abajo,
Colmillo de celeste acetileno;
Toda la tarde giran las grúas entre nubes...
Tus cables aún respiran el Atlántico Norte.

Y oscuro como el cielo del judío,
Tu galardóft... La gracia que confieres
De anomalía que el tiempo no puede producir:
Vibrante absolución y perdón que nos muestras.

Arpa y altar, fundidos por la furia
(¡Qué fuerza afinaría tu cordaje cantante!),
Umbral terrible de la promesa del profeta,
La súplica del paria y el grito del amante.

Y las luces del tráfico que rozan tu lenguaje
Veloz y sin cesuras, suspiro inmaculado de los astros,
Que salpican tu ruta, cifran la eternidad.
Y hemos visto la noche alzada por tus brazos.

Yo, a tu sombra, esperaba en los pilares;
Sólo en la oscuridad tu sombra es clara.
Los encendidos bloques urbanos se han borrado,
Ya la nieve sumerge todo un año de hierro...

Oh insomne como el río por debajo de ti,
Abovedando el mar, hierba que sueña en las praderas,
Ven a nosotros, los humildes, baja,
Y con tu curvatura ofrece un mito a Dios.

Viajes III. Hart Crane (1899-1952)

Una infinita consanguinidad:
La imagen sugerida sobre ti la luz la recupera
De los llanos del mar en donde el cielo
Renuncia al pecho que alza cada ola;
Mientras el adornado camino que recorro
No lo bañan ni esparcen las brazadas
Amplias de tu costado al que en este momento
El mar también levanta manos de relicario.

Y traspasando así negras puertas hinchadas
Que deben, además, detener las distancias,
¡Más allá del pilar giratorio y del ágil frontón,
Luz incesante, allí, luchando con la luz
Estrellas que se besan de ola en ola
Hasta tu cuerpo que se mece!
Y allí donde la muerte, si se muda,
No supone matanza sino sólo este cambio
Que en el abrupto suelo se arroja de alba en alba,
Trasmembramiento hábil y sedoso del canto;

Déjame, amor, viajar, hacia tus manos...

Viajes II. Hart Crane (1899-1952)

Pero este vasto guiño de lo eterno,
De riadas sin límite, sotaventos sin trabas,
Procesión de brocadas sábanas en las que
Su gran vientre de ondina se abre hacia la luna,
Expresando con risas los absortos tonos de nuestro amor;

Toma este Mar: su diapasón repica
Niveas sentencias sobre pergaminos de plata,
Terror del cetro en vistas que todo lo destruyen
Según su ánimo sea bueno o malo,
Excepto las piadosas manos de los amantes.

Cuando en San Salvador las campanas saludan
Las estrellas de lustre azafranado,
En los prados de flores de pascua de sus aguas,
Adagios de islas, oh Pródigo, terminan
Confesiones oscuras que sus venas escriben.

Mira cómo sus hombros hacen girar las horas.
Apresúrate mientras sus ricas manos pobres
Certifican con olas y con curvas espumas;
Mientras son ciertos, apresúrate: sueño, muerte y deseo
Encierran un momento en una flor flotante.

Amarradnos al tiempo, oh claras estaciones.
Oh galeón juglar del fuego caribeño,
No vayas a dejarnos en orilla terrestre hasta que
Se responda en el vórtice de nuestra sepultura
La mirada de espuma que la foca dirige al paraíso.

Viajes I. Hart Crane (1899-1952)

Sobre el fresco fruncido de las olas,
Chicos de rayas vivas se azotan con arena.
Después de urdir batallas por las conchas,
Sus dedos desmigajan fragmentos de algas secas
Excavando joviales.

Y en respuesta al bullicio,
En las olas el sol relampaguea,
En la arena las olas lanzan truenos.
Y si me oyeran les diría:

Jugad, niños radiantes, con el perro,
Acariciad las conchas y los palos
Que el tiempo y la intemperie han deslucido;
Pero existe una línea que no debéis cruzar
Ni confiar el vivo cordaje de los cuerpos
A los besos tan fieles a las algas de un pecho tan extenso.

Cruel es el fondo del mar.