martes, 11 de noviembre de 2014

Cuaderno hallado en una casa deshabitada. Robert Bloch (1917-1994)

Ante todo, quiero afirmar que yo no he hecho nunca nada malo. A nadie. No tienen ningún derecho a encerrarme aquí, sean quienes fueren. Y no tienen ningún motivo para hacer lo que presiento que van a hacer. Creo que no tardarán en entrar, porque hace ya mucho tiempo que se han marchado. Supongo que estarán excavando en el pozo viejo. He oído que buscan una entrada. No una entrada normal, por supuesto, sino algo distinto.

Tengo una idea concreta de lo que pretenden, y estoy asustado. Esos sueños sobre el ser negro que era como un árbol, que andaba por los bosques y echaba raíces en un determinado lugar para ponerse a rezar con todas aquellas bocas... a rezar a ese viejo dios de debajo del suelo. No sé de dónde saqué la idea de cómo rezaba: pegando sus bocas al suelo. Tal vez porque vi el limo verde. ¿O es que lo presencié en realidad? Nunca volví a aquel lugar a mirar. Tal vez no eran más que figuraciones mías, la historia de los druidas y ellos y la voz que decía «shoggoth» y todo lo demás. Pero entonces, ¿dónde estaban Primo Osborne y Tío Fred? ¿Y qué asustó al caballo para venir de esa manera y morirse al día siguiente?

Los pensamientos me seguían dando vueltas y más vueltas en la cabeza, cada uno expulsando al otro, pero todo lo que sabía era que no estaríamos aquí la noche del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Porque la noche del 31 de octubre caía en jueves, y Cap Pritchett vendría y podríamos irnos al pueblo con él. La noche antes hice que Tía Lucy recogiera unas cuantas cosas y lo dejamos todo preparado, y entonces me eché a dormir. No hubo ruidos, y por primera vez me sentí un poco mejor. Sólo que volvieron los sueños. Soñé que un puñado de hombres venían en la noche y entraban por la ventana de la habitación donde dormía Tía Lucy y la cogían. La ataban y se la llevaban en silencio, a oscuras, porque tenían ojos de gato y no necesitaban luz para ver. El sueño me asustó tanto que me desperté cuando ya despuntaba el día. Bajé corriendo a buscar a Tía Lucy.

Había desaparecido. La ventana estaba abierta de par en par, como en mi sueño, y había algunas mantas desgarradas. El suelo estaba duro, fuera de la ventana, y no vi huellas de pies ni nada. Pero había desaparecido. Creo que grité entonces. Es difícil recordar lo que hice a continuación. No quise desayunar. Salí gritando «Tía Lucy» sin esperar ninguna respuesta. Fui al granero y encontré la puerta abierta, y que las vacas habían desaparecido. Vi una huella o dos que se dirigían al camino, pero no me pareció prudente seguirlas.

Poco después fui al pozo y entonces grité otra vez, porque el agua estaba verdosa de limo en el nuevo, igual que el agua del viejo. Cuando vi aquello supe que estaba en lo cierto. Debieron de venir ellos por la noche y ya no trataron de ocultar sus fechorías. Porque estaban seguros de las cosas. Esta era la noche del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Tenía que marcharme de aquí. Si ellos vigilaban y esperaban, y no podía confiar en que Cap Pritchett apareciese esta tarde. Tenía que intentar bajar al camino, así que era mejor que me fuera ahora, por la mañana, mientras había luz para llegar al pueblo. Con que me puse a revolver y encontré un poco de dinero en el cajón de la mesa de Tío Fred y la carta de Primo Osborne, con el remite de Kingsport, desde donde escribió. Ahí es adonde yo habría ido después de contar a la gente lo sucedido. Debo tener familia allí. Me preguntaba si me creerían en el pueblo cuando les contara la forma en que Tío Fred había desaparecido, y Tía Lucy, y el robo del ganado para un sacrificio y lo del limo verde en el pozo donde algún animal se había parado a beber. Me preguntaba si se enterarían de los tambores, y las fogatas que habría en los montes esta noche y si formarían una partida y vendrían esta noche para tratar de cogerlos a todos ellos y a lo que se proponían hacer salir de la tierra. Me preguntaba si sabrían qué era un «shoggoth».

Bueno, tanto si iban a venir como si no, yo no iba a quedarme a averiguarlo Así que hice mi pequeña maleta y me dispuse a marcharme. Debía ser alrededor de mediodía y todo estaba tranquilo. Fui a la puerta y salí sin molestarme en cerrarla con llave después. ¿Para qué, si no había nadie en muchos kilómetros a la redonda? Entonces oí el ruido abajo en el camino. Era ruido de pasos. Alguien benía por el camino, exactamente por la curva. Me quedé quieto un minuto, esperando a ber, esperando para echar a correr. Entonces apareció.

Era alto y delgado, y se parecía un poco a Tío Fred, sólo que mucho más joven y sin barba, y vestía una especie de traje elegante como de ciudad y un sombrero de copa. Sonrió al verme y vino hacia mí como si me conociera.

-Hola, Willie -dijo.
Yo no dije nada, estaba muy confundido.
-¿No me conoces ? -dijo-. Soy Primo Osborne. Tu primo Frank -me tendió la mano para estrecharme-. Pero supongo que no te acuerdas de mí, ¿verdad? La última vez que te vi eras sólo un bebé.
-Pero yo creía que tenías que venir la semana pasada -dije-. Te esperábamos el 25.
-¿No recibisteis mi telegrama? -preguntó-. Tuve que hacer.
Negué con la cabeza.
-Nosotros no recibimos nada, aparte del correo que nos traen los jueves. A lo mejor está en la estación.
Primo Osborne hizo una mueca.
-Estáis bastante lejos del bullicio, desde luego. Este mediodía no había nadie en la estación. He esperado a Fred para que me recogiera en su calesa, así no me habría dado la caminata, pero no he tenido suerte.
-¿Has venido a pie todo el trayecto? -pregunté.
-Desde luego.
-¿Y has venido en tren?
Primo Osborne asintió.
-Entonces, ¿dónde está tu maleta?
-La he dejado en el apeadero -me dijo-. Está demasiado lejos para traerla en la mano. Pensé que Fred me puede llevar en su calesa para recogerla -notó mi equipaje por primera vez-. Pero, un momento, ¿adónde vas con esa maletita, hijo?

Bueno, no me quedaba otro remedio que contarle todo lo que había sucedido. Así que le dije que fuéramos a la casa a sentarnos, y se lo explicaría. Volvimos y él preparó un poco de café y yo hice un par de bocadillos y comimos, y entonces le conté que Tío Fred había ido al apeadero y no había vuelto, y lo del caballo, y lo que le ocurrió luego a Tía Lucy. Me callé lo que me pasó a mí en el bosque, naturalmente, y ni siquiera le insinué lo de ellos. Pero le dije que estaba asustado y que me disponía a irme hoy mismo antes de que oscureciese. Primo Osborne me escuchaba, asentía y no decía nada ni me interrumpía.

-Así que por eso, tenemos que irnos de aquí.
Primo Osborne se levantó.
-Puede que tengas razón, Willie -dijo-. Pero no dejes correr demasiado la imaginación, hijo. Trata de separar los hechos de las fantasías. Tus tíos han desaparecido. Eso es un hecho. Pero esa otra tontería sobre unos seres de los bosques que vienen por ti... eso es fantasía. Me recuerda todas aquellas estupideces que contaban en casa, en Arkham. Y por alguna razón, me lo recuerdan más en este tiempo, ya que es 31 de octubre. Porque, cuando me marché...
-Perdona, Primo Osborne -dije-. Pero ¿no vives en Kingsport?
-Pues claro -me contestó-. Pero antes vivía en Arkham, y conozco a la gente de por aquí. No me extraña que te asusten los bosques y que imagines cosas. De hecho, admiro tu valentía. Para tus doce años, te has portado con mucha sensatez.
-Entonces pongámonos en camino -dije-. Son casi las dos, y lo más prudente es que nos vayamos si queremos llegar al pueblo antes de la puesta del sol.
-Aún no, hijo -dijo Primo Osborne-. No me iré tranquilo sin echar antes una ojeada y ver qué podemos averiguar sobre este misterio. Al fin y al cabo, debes comprender que no podemos marcharnos al pueblo y contarle al sheriff cualquier disparate sobre extrañas criaturas de los bosques que vinieron y se llevaron a tus tíos. La gente sensata no cree en esas cosas. Podrían pensar que estoy mintiendo y se reirían de mí. Podrían creer que has tenido algo que ver con... bueno, con la desaparición de tus tíos.
-Por favor -dije-. Vámonos ahora mismo.

Negó con la cabeza. No dije nada más. Podía haberle dicho un montón de cosas, lo que había soñado y oído y visto y lo que sabía... pero pensé que no serviría de nada. Además, había cosas que yo no quería decirle ahora que había hablado con él. Me sentía asustado otra vez. Primero dijo que era de Arkham y luego, cuando le pregunté me dijo que era de Kingsport pero a mí me sonaba a mentira. Luego dijo algo sobre que yo tenía miedo en los bosques, pero ¿cómo podía saber eso él? Yo no le había contado ese detalle. Si queréis saber qué es lo que yo pensaba de verdad, pensaba que tal bez no era Primo Osborne. Y si no era él, entonces ¿quién era?

Me puse de pie y me dirigí al vestíbulo.
-¿Adónde vas, hijo ? -preguntó.
-Afuera.
-Iré contigo.

Con toda seguridad, me vigilaba. No iba a perderme de vista. Vino a mí y me cogió del brazo amistosamente... pero yo no podía soltarme. No, se pegó a mi lado. Sabía que yo me proponía echar a correr. ¿Qué podía hacer? Estaba a solas en la casa del bosque con este hombre, y de cara a la noche, víspera de Todos los Santos, y ellos aguardando fuera. Salimos, y noté que ya empezaba a oscurecer, aun en plena tarde. Las nubes habían ocultado el sol, y el viento agitaba los árboles de forma que alargaban las ramas como si trataran de retenerme. Hacían un ruido susurrante, como si cuchichearan cosas sobre mí, y él levantó la vista como para mirarlos y escucharlos. A lo mejor comprendía lo que decían. A lo mejor le estaban dando órdenes. Luego casi me eché a reír, porque se puso a escuchar algo, y yo lo oí también. Era un golpear en el camino.

-Cap Pritchett -dije-. Es el cartero. Ahora podremos irnos al pueblo en su calesa.
-Deja que hable con él -dijo-. Y sobre tus tíos, no hay por qué alarmarle y no vamos a armar escándalo, ¿no te parece? Corre adentro.
-Pero, Primo Osborne -dije-. Tenemos que decir la verdad.
-Pues claro que sí, hijo. Pero eso es cosa de mayores. Ahora corre. Ya te llamaré.

Hablaba con mucha amabilidad y hasta sonrió, pero de todos modos me llevó a la fuerza hasta el porche y me metió en la casa y cerró con un portazo. Me quedé en el vestíbulo a oscuras y pude oír a Cap Pritchett y llamarle, y que él subía a la calesa y hablaba, y luego oí un murmullo muy bajo. Miré por una raja de la puerta y los vi. Cap Pritchett le hablaba amistosamente, con humor, y no pasaba nada. Después, al cabo de un minuto o dos, Cap Pritchett hizo un gesto de despedida y cogió las riendas, ¡y la calesa se puso en marcha otra vez! Entonces me di cuenta de lo que tenía que hacer, pasara lo que pasase. Abrí la puerta y eché a correr, con la maletita y todo, sendero abajo, y luego por el camino, detrás de la calesa. Primo Osborne trató de cogerme cuando pasé por su lado, pero lo esquivé y grité:

-¡Espéreme, Cap, quiero irme, lléveme al pueblo!
Cap se detuvo y miró hacia atrás, realmente desconcertado.
-¡Willie! -dijo-. Creía que te habías ido. El me ha dicho que te habías marchado con Fred y con Lucy.
-No le haga caso -dije-. No quería que me fuera. Lléveme al pueblo. Tengo que contarle lo que ha pasado. Por favor, Cap, tiene que llevarme.
-Claro que sí, Willie. Sube.
Salté arriba. Primo Osborne vino en seguida a la calesa.
-Baja ahora mismo -dijo con astucia-. No puedes marcharte así como así. Te lo prohibo. Estás bajo mi custodia.
-No le escuche -supliqué-. Lléveme, Cap. ¡Por favor!
-Muy bien -dijo Primo Osborne-. Si insistes en no ser razonable, iremos todos. No puedo consentir que te vayas solo.
Sonrió a Cap.
-Como ve, el chico está trastornado -dijo-. Espero que no le molesten sus desvaríos. El vivir aquí como él... bueno, usted me comprende, no es el mismo. Se lo explicaré todo camino del pueblo.

Se encogió de hombros e hizo un gesto como de golpearse la cabeza con los dedos. Luego sonrió otra vez, y se dispuso a subir y tomar asiento junto a nosotros. Pero Cap no le correspondió.

-No, usted, no -dijo-. Este chico, Willie, es un buen chico. Yo lo conozco. A usted no le conozco. Parece que ya me ha explicado bastante, señor, al decirme que Willie se había ido.
-Pero sólo quería evitar que hablase; escuche, me han llamado como médico para que atienda al muchacho... está mentalmente desequilibrado.
-¡Maldita sea! -Cap disparó un escupitajo de jugo de tabaco a los pies de Primo Osborne-. Nos vamos.
Primo Osborne dejó de sonreír.
-Entonces insisto en que me lleve con usted -dijo y trató de subir a la calesa.
Cap se metió la mano en la chaqueta y cuando la sacó otra vez, tenía una enorme pistola en ella.
-¡Baje! -gritó-. Señor, está hablando con el Correo de los Estados Unidos, y usted no manda en el Gobierno, ¿entiende? Ahora baje, si no quiere que le esparza los sesos en el camino.
Primo Osborne arrugó el ceño, pero se apartó en seguida de la calesa. Me miró a mí y encogió los hombros.
-Cometes una gran equivocación, Willie -dijo.

Yo no le miré siquiera. Cap dijo: «Vamos», y salimos al camino. Las ruedas de la calesa rodaron más y más de prisa, y no tardamos en perder de vista la casa y Cap se guardó la pistola y me palmeó en el hombro.

-Deja de temblar, Willie -dijo-. Ahora estás a salvo. Nadie te molestará. Dentro de una hora o así estaremos en el pueblo. Ahora sosiégate y cuéntale al viejo Cap todo lo que ha pasado.

Se lo conté. Tardé mucho tiempo. Corríamos a través de los bosques, y antes de que me diera cuenta, casi había oscurecido. El sol se deslizó furtivamente detrás de los montes. La oscuridad empezaba a invadir los bosques a ambos lados del camino, y los árboles empezaban a susurrar, diciéndoles a las sombras que nos siguiesen. El caballo corría y brincaba y muy pronto oímos otros ruidos a lo lejos. Podían ser truenos o podían ser otra cosa. Pero lo que era seguro es que se avecinaba la noche y que era víspera de Todos los Santos. La carretera cruzaba entre los montes ahora, y no beías adónde te iba a llevar la siguiente curva. Además, oscurecía muy de prisa.

-Sospecho que nos va a caer un chaparrón -dijo Cap, mirando hacia el cielo-. Eso son truenos, creo.
-Tambores -dije yo.
-¿Tambores?
-Por la noche pueden oírse en los montes -dije-. Los he oído todo este mes. Son ellos, se están preparando para el sabbath.
-¿El sabbath? -Cap me miró-. ¿Dónde has oído hablar del sabbath?

Entonces le conté algo más sobre lo que había ocurrido. Le conté todo lo demás. No dijo nada, y al poco tiempo no pudo haber contestado tampoco porque los truenos sonaban alrededor nuestro, y la lluvia azotaba la calesa, la carretera, todo. Ahora había oscurecido completamente, y sólo podíamos ver cuando surgía algún relámpago. Tenía que gritar para hacerme oír, contarle a voces los seres que se habían apoderado de Tío Fred y habían venido por Tía Lucy, los que se habían llevado nuestro ganado y luego enviaron a Primo Osborne por mí. Le conté a gritos también lo que había oído en el bosque. A la luz de los relámpagos pude ber la cara de Cap. Sonreía o arrugaba el ceño... parecía que me creía. Y noté que había sacado otra vez la pistola y que sostenía las riendas con una mano a pesar de que corríamos muy de prisa. El caballo estaba tan asustado que no necesitaba que lo fustigaran para mantenerse al galope. La vieja calesa saltaba y daba bandazos y la lluvia silbaba en el viento y era todo como un sueño espantoso, pero real. Era real cuando le conté a gritos a Cap Pritchett lo que oí aquella vez en el bosque.

-Shoggoth -grité-. ¿Qué es un shoggoth?

Cap me cogió el brazo, y luego surgió un relámpago y pude ver su cara con la boca abierta. Pero no me miraba a mí. Miraba el camino y lo que teníamos delante. Los árboles se habían como juntado cubriendo la siguiente curva, y en la oscuridad parecía como si estuviesen vivos... se movían y se inclinaban y se retorcían para cerrarnos el paso. Surgió un relámpago y pude verlos con claridad, y también algo más. Era algo negro que estaba en el camino, algo que no era árbol. Algo negro y enorme, agachado, esperando con unos brazos como cuerdas extendiéndose y contorsionándose.

-¡Shoggoth! -gritó Cap. Pero yo apenas le oí porque los truenos retumbaban ahora y el caballo soltó un relincho y sentí un tirón de la calesa hacia un lado y el caballo se encabritó y casi caímos sobre aquello negro. Pude notar un olor espantoso, y Cap apuntó con la pistola y soltó un disparo casi tan fuerte como el trueno y casi tan ruidoso como el estampido que se produjo cuando herimos a aquella negra monstruosidad.

Entonces sucedió todo en un momento. El trueno, la caída del caballo, el tiro, y nuestro choque al pasar la calesa por encima. Cap debía llevar las riendas atadas alrededor de su brazo, porque cuando cayó el caballo y se volcó la calesa salió de cabeza por encima del guardafango y fue a parar sobre la agitada confusión que era el caballo... y la monstruosidad negra que lo había atrapado. Yo sentía que salía despedido hacia la oscuridad, y luego que aterrizaba en el barro y la grava del camino. Hubo truenos y gritos y otro ruido que yo había oído antes una vez, en los bosques... un zumbido como de una voz. Por eso no miré hacia atrás. Por eso ni se me ocurrió pensar en el daño que me había hecho al caer... me puse de pie y eché a correr por la carretera lo más de prisa que podía, en medio de la tormenta y la oscuridad, mientras los árboles se contorsionaban y retorcían y agitaban sus cabezas y me apuntaban con sus ramas y se reían. Por encima de los truenos oí el relincho del caballo y oí el alarido de Cap, también, pero no me volví a mirar. Los relámpagos se sucedían a intervalos, y yo corría entre los árboles ahora porque el camino no era más que un cenagal que me sujetaba y me sorbía las piernas. Al cabo de un rato comencé a gritar yo también, pero no podía ni oírme yo mismo debido a los truenos. Y más que truenos. Oía tambores.

De repente, salí del bosque y llegué a los montes. Corrí hacia arriba y el rumor de los tambores se hizo más fuerte, y no tardé en ver un poco medianamente, aunque no ya por los relámpagos. Porque había fogatas encendidas en el monte; y el percutir de los tambores venía de allí. Me extravié en el ruido; el viento gemía y los árboles se reían y los tambores palpitaban. Pero me detuve a tiempo. Me detuve cuando vi con claridad las fogatas; eran unos fuegos rojos y verdes que ardían aun con toda la lluvia. Vi una gran piedra blanca en el centro de un claro que había en lo alto de una colina. Había fuegos rojos y verdes detrás y a su alrededor, de modo que todo se recortaba contra las llamas. Había hombres junto al altar, hombres de largas barbas grises y rostros arrugados, hombres que echaban al fuego unos polvos que olían espantosamente mal y hacían las llamas rojas y verdes. Y tenían cuchillos en las manos, y podía oírles aullar por encima de la tormenta. De espaldas, acuclillados en el suelo, había más hombres que hacían sonar los tambores. Poco después llegó algo más a la loma: dos hombres conduciendo ganado. Podría asegurar que eran nuestras vacas lo que conducían y las llevaron derecho al altar y luego los hombres de los cuchillos las degollaron como sacrificio.

Todo esto lo pude ver por los relámpagos y las llamas de las hogueras, y yo me agazapé en el suelo de modo que no me pudieran descubrir. Pero en seguida dejé de ver bien, debido a la forma de echar polvos en el fuego. Se levantó un humo muy espeso. Cuando este humo se lebantó los hombres empezaron a cantar y a rezar más alto. Yo no podía oír las palabras, pero sonaba como lo que escuché en los bosques la otra vez. No podía ver muy bien, pero sabía lo que iba a pasar. Dos hombres que habían conducido el ganado bajaron por el otro lado de la loma y cuando volvieron a subir traían nuevas víctimas para el sacrificio. El humo no me dejaba ver bien, pero las víctimas tenían dos piernas, no cuatro patas. Tal vez hubiera podido ver mejor en ese momento, pero me tapé la cara cuando las arrastraron ante el altar blanco y lebantaron los cuchillos y el fuego y el humo se avivaron de pronto y los tambores resonaron y cantaron todos y llamaron en voz muy alta a alguien que aguardaba en el otro lado de la loma. El suelo empezó a estremecerse. Creció la tormenta y redoblaron los relámpagos y los truenos y el fuego y el humo y los cánticos y yo estaba medio muerto de miedo, pero una cosa podría jurar: que el suelo empezó a estremecerse. Se sacudió y tembló, y ellos llamaron a alguien y ese alguien acudió como al cabo de un minuto.

Acudió arrastrándose cuesta arriba hasta el altar y el sacrificio, y era negro como aquella monstruosidad de mis sueños, como aquella cosa negra con cuerdas y en forma de árbol y con una gelatina verdosa de los bosques. Y subió con sus pezuñas y bocas y brazos serpeantes. Y los hombres se inclinaron y retrocedieron y entonces aquello se acercó al altar donde había algo que se retorcía encima, que se retorcía y chillaba. La monstruosidad negra se inclinó sobre el altar y entonces oí un zumbido por encima de los gritos al agacharse. Sólo miré un minuto, pero en este tiempo la negra monstruosidad empezó a inflarse y a crecer. Eso pudo conmigo. Perdí todo sentido de la prudencia. Tenía que correr. Me lebanté y corrí y corrí y corrí, gritando a voz en cuello sin importarme que me oyeran.

Seguí corriendo y gritando en medio de los bosques y la tormenta y huyendo de aquella loma y aquel altar y entonces de repente supe dónde estaba y que había vuelto aquí a la casa de mis tíos. Sí, eso es lo que había hecho: correr en círculo y regresar. Pero ya no podía continuar, no podía seguir soportando la noche y la tormenta. Así que corrí adentro. Al principio, después de cerrar la puerta me dejé caer en el suelo, cansado de tanto correr y gritar. Pero al cabo de un rato me levanté y busqué clavos y un martillo y unas tablas de Tío Fred que no estuvieran hechas astillas. Primero clavé la puerta y luego todas las ventanas. Hasta la última. Creo que estuve trabajando varias horas. Al terminar, la tormenta se había disipado y todo quedó tranquilo. Lo bastante tranquilo como para poderme echar en la cama y quedarme dormido. Me he despertado hace un par de horas. Era de día. He podido ver la luz a través de las rajas. Por la forma de entrar el sol, he comprendido que ya es por la tarde. He dormido toda la mañana y no ha venido nadie.

Calculaba que tal vez podía abrir y marcharme a pie al pueblo como había planeado ayer. Pero calculaba mal. Antes de ponerme a quitar los clavos, le he oído. Era Primo Osborne, naturalmente. El hombre que dijo que era Primo Osborne quiero decir. Ha entrado en el cercado gritando. «¡Willie!» Pero yo no he contestado. Luego ha intentado abrir la puerta y después las ventanas. Le he oído golpear y maldecir. Eso ha estado mal. Pero entonces se ha puesto a murmurar, y eso ha sido peor. Porque significaba que no estaba solo. He echado una ojeada por una raja, pero se habían ido a la parte de atrás de la casa, así que no he visto quiénes estaban con él. Creo que da lo mismo, porque si estoy en lo cierto, es mejor no berlos.

Ya es bastante desagradable oírlos. Oír ese ronco croar, y luego oírle a él hablar y después croar otra vez. El olor es un olor espantoso, como el limo verde de los bosques y del pozo. El pozo... han ido al pozo de atrás. Y he oído a Primo Osborne decir algo así como: «Esperad hasta que oscurezca. Podemos utilizar el pozo si encontráis la entrada. Buscad la entrada.»

Ahora ya sé lo que significa. El pozo debe de ser una especie de entrada al lugar que tienen bajo tierra, que es donde esos druidas viven. Y esa monstruosidad negra. He estado escribiendo de un tirón y ya la tarde se va yendo. Miro por las rajas y veo que está oscureciendo otra vez. Ahora es cuando vendrán por mí; cuando oscurezca.

Romperán la puertas y las ventanas y entrarán y me cogerán. Me bajarán al pozo, me llevarán a los negros lugares donde están los shoggoths. Debe de haber todo un mundo debajo de los montes, un mundo donde se ocultan y esperan para salir por más víctimas, por más sacrificios. No quieren que haya seres humanos por aquí, salvo los que necesitan para los sacrificios.

Yo vi lo que esa monstruosidad negra hizo en el altar. Sé lo que me va a pasar. Tal vez echen de menos a Primo Osborne en su casa y envíen a alguien a averiguar qué le ha pasado. Puede que las gentes del pueblo echen de menos a Cap Pritchett y vengan a buscarle. Puede que vengan y me encuentren. Pero si no vienen pronto, será demasiado tarde.

Por eso he escrito esto. Es verdad lo que digo, con la mano sobre el corazón, cada palabra. Y si alguien encuentra este cuaderno donde yo lo escondo, que vaya y se asome al pozo. Al pozo viejo, que está detrás. Que recuerde lo que he dicho de ellos. Que ciegue el pozo y seque las charcas. No tiene sentido que me busquen... si no estoy aquí. Quisiera no estar tan asustado. No lo estoy tanto por mí como por otras gentes; los que pueden venir a vivir por aquí, y les pase lo mismo... o peor. Tenéis que creerme. Id a los bosques, si no. Id a la loma. A la loma donde ellos hicieron los sacrificios. Puede que ya no estén las manchas y la lluvia haya borrado las huellas. Puede que no encontréis ningún rastro de fuego. Pero la piedra del altar tiene que estar allí. Y si está, sabréis la verdad. Debe haber unas manchas redondas y grandes en esa piedra. Manchas de medio metro de anchas.

No he hablado de ellas. Al final, miré hacia atrás. Vi a la monstruosidad negra aquella que era un shoggoth. La vi cómo se hinchaba y crecía. Creo que he dicho ya que podía cambiar de forma, y que se hacía enorme. Pero no podéis ni imaginar el tamaño ni la forma y yo no lo quiero decir. Lo único que digo es que miréis. Que miréis y veréis lo que se esconde debajo de la tierra en estos montes, esperando salir para celebrar su festín y matar a alguien más. Esperad. Ya vienen. Se está haciendo de noche y puedo oír sus pasos. Y otros ruidos. Voces. Y otros ruidos. Están aporreando la puerta. Y estoy seguro de que deben tener un tronco o tablón para derribarla. Toda la casa se estremece. Oigo hablar a voces a Primo Osborne, y también ese zumbido. El olor es espantoso. Me estoy poniendo enfermo, y dentro de un minuto...

Mirad el altar. Luego comprenderéis qué estoy tratando de decir. Mirad las grandes manchas redondas, de medio metro de anchas, a cada lado. Es donde la enorme monstruosidad negra se agarró. Mirad las marcas, y sabréis lo que vi, lo que me da miedo, lo que espera para atraparos, a menos que lo sepultéis para siempre bajo tierra. Marcas negras de medio metro de anchas. Pero no son manchas. En realidad, son ¡huellas de dedos!

Han derribado la puerta d...

Cuando la muerte se enamora. Alibel Lambert.

De espaldas a la puerta, espero su regreso. Impávido mi rostro. Ni un solo músculo de mi cuerpo demuestra inquietud. Con la mirada perdida en la lejanía a través del cristal del Living, que como un inmenso cuadro me deja ver la quietud del campo en el ocaso, bebo la copa de Ron, sorbo a sorbo. El tiempo hace mucho que ha dejado de preocuparme. El paso de los años me ha enseñado a no temerle. La paciencia y la calma son ahora mi mayor virtud. Bebo otro sorbo de Ron, y comienzo a recordar…

“La había conocido veinte años atrás. Una noche me crucé en su camino. Desde aquel día, me sentí dispuesto a echarme en sus brazos. Resuelto estaba a entregarme a ella sin ninguna resistencia, totalmente convencido de que era lo mejor que podía pasarme. Pero entonces, decidió dejarme. Sin importarle cual era mi deseo, sin tener en cuenta mi desesperante necesidad de aferrarme a ella. Sólo contaban su egoísmo y sus caprichos, sus necesidades. Y se fue, dejándome allí parado; destrozando mi espíritu y mi corazón. Inmerso en la más profunda de las desesperaciones”…

Han pasado muchas cosas desde entonces. Ahora, luego de tanto tiempo volveremos a encontrarnos.

De pronto, atravesó el umbral…

Hermosa como entonces, se aproxima a mí. Bajo la cálida luz del cuarto, sus felinos ojos se fijan en los míos, y una delicada sonrisa se dibuja en sus labios. Aún la recordaba así. Cínica y un tanto frívola la expresión de su rostro, pero tan bella, que otra vez comencé a sentir el influjo de sus encantos…

Al son de uno de sus temas preferidos, comienza a arrimar su cuerpo perfecto y delicado junto al mío. Flota su perfume en la atmósfera del cuarto. Ella, danza en derredor mío suavemente, subiendo y bajando, rozando mi cuerpo. El tema musical se esta reflejando en mi sentir. Su cuerpo gira lentamente, se arquea y me envuelve, sensual y atrevido se trasluce bajo la sutil gasa negra del vestido. Siento, en ciertos momentos de esos giros, sus senos tibios pasando por mi pecho y mi espalda. Sus manos ávidas, me acarician deslizándose desde mi nuca, hombros y pecho, hasta aferrarse eróticamente a mis muslos. Estoy cayendo lentamente bajo su influjo. Su mirada colmada de deseo me embriaga. Pero, esta vez, soy yo quien esperaba terminar con nuestro encuentro. La noche recién comienza y el alba, el alba se halla muy lejana todavía.

Sus labios anhelantes, se posan en mi boca. Sonrío casi maliciosamente. Sigue siendo tan mía; que, aún sin proponérmelo, un deseo muy fuerte de vengarme se apodera de mí. Pero domino ese impulso, la aparto de mi cuerpo y dejándola extrañada ante mi reacción, levanto la copa y brindo por ella. Al hacerlo, sus ojos toman nuevo brillo. Me arrebata la copa y brinda por los años pasados y el amor. Me siento en el sofá para contemplarla. Con la copa en la mano, se tiende a mi lado cuán larga es, apoya su cabeza sobre mis piernas y fija sus ojos de gata enamorada en los míos. Le quito la copa y beso sus labios con toda la pasión que he albergado en mis adentros desde su partida; desde antes de haberme dado cuenta que ya no la deseo. La beso largamente, hasta sentir que su postura de triunfo se desvanece, tiembla de amor entre mis brazos. Entonces, al sentir su cuerpo estremecerse me levanto alejándome lo suficiente para observarla, para gozar del placer que me causa verla así, rendida ante mí. Puede adivinar mis sentimientos y se levanta de un salto. Su mirada gatuna se transforma en fuego. Espero el zarpazo de su ira, sin embargo, controla su arrebato y calmadamente dice…

-Te he amado, más que a todo, te he amado. Aquella noche, cuando te ví por primera vez, experimenté como jamás lo había hecho, la necesidad de sentirme mujer, y cambié por ti. Te cruzaste en mi camino suplicando que te ayude. No pude hacerlo. Al verte, algo extraño me ocurrió por primera vez. Y no pude responder a tu súplica, aún cuando era el momento que siempre aguardo para lograr mi victoria. Contigo, había descubierto al amor. ¿Cómo podría hundirte en las profundas noches en las que vivo, si te ví sol, si te imaginé mil mañanas amándome en la frescura de tu lecho? ¿Dime, cómo podría, amándote como te amo?

Sus ojos cargados de llanto hasta las lágrimas, me contemplan, mientras su voz suena con un tono de tristeza tal, que me hace sentir un miserable, y me arrodillo ante ella. Todo el resentimiento que había acumulado por más de veinte años se esfumó en ese segundo…

De súbito, cuando me hallo en acongojado abrazo aferrado a su cuerpo, profundamente apesadumbrado y rendido ante su angustia, una horrorosa carcajada de ultratumba hiela mi sangre. Su manos, que tan calidamente sentí entre las mías, se han transformado. Entonces miro su rostro. La larga cabellera ya no existe, un frío y oscuro manto la cubre al igual que a su cuerpo. Su perfecto cuerpo es sólo un esqueleto bajo la mórbida mortaja. Puedo sentir sus huesos contra mi pecho. Me aparto de un salto. Su risa retumbaba por doquier. Quiero correr. Creo que voy a enloquecer…

Pero entonces, veo en el fondo de la cuenca vacía de sus ojos, una luz de tristeza que duele.
Y comprendo…el final de la noche ha llegado y con él, también el de mi vida.

Cuando había claro de luna. Manly Wade Wellman (1903-1986)

-Que mi corazón se calme un momento y explore este misterio-. El Cuervo (Edgar Allan Poe)

Su mano, flaca como una garra blanca, mojó la pluma de ganso en el tintero y escribió en una esquina de la hoja la fecha: 3 de marzo de 1842. Y a continuación: Enterrado vivo. Detestaba su primer apellido, que era el de su mísero y despreciable padrastro. Por un momento estuvo tentado de tachar incluso la inicial; luego se dijo que con aquello no hacía más que distraerse, que dar largas a la tediosa tarea de escribir. Pero tenía que escoger entre escribir o morirse de hambre... el Dollar Newspaper de Filadelfia le reclamaba con insistencia el cuento que les había prometido. Pues bien, hoy había oído un chisme de vecindad —una vecina se lo había contado a su suegra—, que resucitó en su mente un tema que siempre le había fascinado. Se puso a escribir rápidamente con una fina letra inglesa:

Hay hechos cuyo relato despierta vivísimo interés, y que son demasiado horribles para servir de asunto a una novela...

Esto tendría que ser en realidad un ensayo y no un cuento; sólo así podría hacerle justicia al tema. Con frecuencia se representaba al mundo como un inmenso cementerio, atestado de tumbas cuyos ocupantes no todos descansaban... eran muchos los que se debatían impotentes para librarse de sus sudarios o para levantar las tapas de sus ataúdes. ¿Y qué otra cosa eran sus labores literarias, musitó, sino una lucha, un debatirse para evitar verse encerrado y asfixiado por una sociedad tan pesada, implacable e insensible como los terrones que amontonaba la pala del sepulturero? Se interrumpió para levantarse e ir en busca de una vela a la repisa de pizarra de la chimenea. Tenía el quinqué empeñado desde hacía tiempo, y aunque ya estaban en marzo, a media tarde aún era bastante oscuro. En otro lugar de la casa su suegra trajinaba ruidosamente y en la estancia continua oía la suave respiración de su esposa inválida. En brazos del sueño, la pobre Virginia olvidaba momentáneamente sus sufrimientos. De regreso con la bujía, mojó de nuevo la pluma en el tintero y continuó escribiendo:

Ser enterrado vivo es, indudablemente, el sufrimiento más horrible que puede acaecer a un ser humano, y es a bien seguro que habrá pocas personas entre las que se llaman discretas que nieguen la frecuencia con que se repiten casos nuevos de sufrimiento semejante...

De nuevo su tétrica imaginación saboreó la historia que le habían contado aquel día. Ocurrió en Filadelfia, y en aquel mismo barrio, hacía menos de un mes. Después de llevar luto durante varias semanas, un viudo fue a llevar flores a la sepultura de su idolatrada esposa. Cuando se inclinó para depositarlas sobre la lápida de mármol, oyó unos golpes bajo ella. Jubiloso y aterrorizado a un tiempo, fue en busca de unos operarios que, con palancas levantaron la losa, extrayendo el cuerpo de la difunta, que apareció incorrupto. Es más: aquella misma noche, en su casa, la mujer volvió a la vida. Esto decían las habladurías populares, tal vez exageradas o tal vez no. Pero la casa sólo estaba a seis manzanas de Spring Garden Street, donde él vivía. Poe reunió sus libretas de notas, donde encontró material para completar su narración... una fúnebre historia de resurrección en Baltimore, otra procedente de Francia, una cita verdaderamente espeluznante del Diario Quirúrgico de Leipzig, un caso de resurrección por impulsos eléctricos de un hombre dado por muerto en Londres, del que existía declaración jurada. A esto se añadió un caso vivido por él, que embelleció románticamente, una aventura soñada en su adolescencia, cuando vivía en Virginia.

Cuando se disponía a poner punto final al relato, acudió a él una nueva inspiración. ¿Por qué no averiguar más cosas sobre aquel famoso caso de Filadelfia, y de la mujer que volvió de muerte a vida? Aquello redondearía su trabajo, le daría un adecuado sabor local, y aseguraría su aceptación... pues no podía arriesgarse a que lo rechazasen. Y por si no fuese poco, satisfaría su propia curiosidad. Poe soltó la pluma y se levantó. Descolgó de una percha su sombrero negro de anchas alas y su vieja capa militar, que había llevado desde sus malhadados días de cadete en West Point. Envolviendo con ella su cuerpecillo enclenque, abrió la puerta de la casa y salió a la calle. Marzo había entrado como un león, y, como era propio del rey de la selva, rugía y daba zarpazos sobre Filadelfia. Un polvillo frío y seco se metió en los grandes ojos grises de Poe, que apretó los labios bajo su negro y marcial bigote. En las piernas se le puso carne de gallina; sus pantalones a rayas eran demasiado finos para aquella estación y sus zapatos necesitaban que les echasen medias suelas. ¿Hacia dónde tenía que dirigirse?

Recordaba el nombre de la calle, y también le habían hablado de un jardín desolado. Por último llegó al lugar, o supuso que aquél debía de serlo... el jardín era ciertamente desolado, cubierto de hierbas y matorrales secos que acusaban los rigores del invierno pasado. Poe abrió con un esfuerzo la chirriante verja y siguió el descuidado sendero hasta el portal. Vio en él una placa dorada en la que leyó la palabra «Gauber». Sí, ese era el nombre que le habían dado. Golpeó fuertemente con el picaporte, y le pareció oír un leve susurro en el interior. Pero la puerta no se abrió.

—Aquí no vive nadie, Mr. Poe —le dijeron desde la calle. Era el mozo del colmado, con un pesado cesto al brazo. Poe se apartó del umbral. Conocía al mozo; es más, debía once dólares a su amo.
—¿Estás seguro? —le preguntó.
—Verá usted —dijo el muchacho, cambiándose el peso de brazo—, si aquí viviese alguien, vendrían a comprar a nuestra tienda, ¿no le parece? Y yo les traería los encargos. Pero tengo este empleo desde hace seis meses, y no he puesto los pies en esta casa ni una sola vez.

Poe le dio las gracias y se alejó calle abajo, pero en vez de doblar por la esquina y regresar a su casa, se fue al taller de su amigo Pemberton, impresor, para matar el tiempo y pedirle un préstamo. Pemberton no pudo prestarle ni siquiera un dólar —los tiempos eran difíciles para todos— pero le ofreció whisky de Monongahela, que Poe rechazó haciendo un esfuerzo, y después le invitó a compartir con él una cena frugal compuesta de galletas, queso y salchicha de ajo, invitación que Poe aceptó agradecido, pues en su casa, a menos que su suegra hubiese pedido por caridad algo a los vecinos, hubiera tenido que conformarse con pan y melaza. Había anochecido ya cuando el escritor se despidió de Pemberton con un afectuoso apretón de manos, agradeciéndole de todo corazón su hospitalidad. Acto seguido salió a las oscuras calles.

Gracias a Dios, no llovía. Las tempestades ponían a Poe melancólico. El viento había amainado y el cielo de marzo estaba claro, exceptuando únicamente unas nubecillas rezagadas y una línea oscura en el horizonte. Pero en lo alto brillaba una luna llena que parecía de hielo. Poe entornó los párpados para contemplar bajo el ala de su sombrero las oscuras sombras del disco lunar. ¿Por qué no escribía otro viaje a la luna... como el de Hane Pfaal, pero esta vez totalmente en serio? Con estas cavilaciones, siguió caminando por la calle en sombras hasta que pasó de nuevo frente al jardín desolado, la rechinante verja y la casa de la placa en la que se leía el nombre de «Gauber». Vaya, pues el mozo del colmado se había equivocado. Por una de las ventanas de la fachada se veía luz, una luz azul como el agua... ¿o era verdaderamente luz? Pero se veía también movimiento... sí, una figura se detuvo ante la ventana, como si quisiera atisbarle.

Poe volvió a transponer la verja y llamó de nuevo. Por unos instantes reinó silencio; después oyó rechinar una llave en la vieja cerradura. La puerta se abrió hacia dentro, con lentitud y en medio de fuertes crujidos. Poe supuso que se había equivocado respecto a la luz azul, puesto que sólo vio tinieblas en el interior. Una voz le preguntó:

—¿Qué desea, señor?

Estas tres palabras llegaron a sus oídos de manera apenas perceptible, como si quien las había pronunciado las hubiese dicho en un soplo. Poe se descubrió e hizo una graciosa inclinación.

—Si usted me permite... —Hizo una pausa, pues desconocía el sexo de su interlocutor —. ¿Es ésta la residencia Gauber?
—Esta misma —le contestaron en la misma voz queda, ligeramente ronca y asexuada —. ¿Puedo saber qué desea?

Poe dio un perentorio tono oficial a su respuesta; había sido sargento mayor de artillería antes de cumplir veintiún años, y sabía emplear el tono adecuado para estas ocasiones.

—Me trae una misión oficial —declaró—. Soy periodista y estoy investigando una extraña información.
—¿Periodista? —repitió su interlocutor—. ¿Una extraña información? Pase usted, señor.

Poe obedeció, y la puerta se cerró bruscamente tras él. La llave rechinó al girar en la mohosa cerradura. Se acordó del día en que lo encarcelaron: la llave de su celda había rechinado del mismo modo. El recuerdo no tenía nada de agradable. Pero al hallarse en el interior y cuando sus ojos se acostumbraron a la débil claridad lunar que se filtraba por la ventana, vio más claramente. Estaba en un oscuro vestíbulo, con las paredes cubiertas de paneles de madera y sin ningún mobiliario, cortinas ni cuadros. A su lado estaba una mujer, de falda larga hasta los pies y cofia de encajes, una mujer tan alta como él y que le miraba intensamente con unos ojos que parecían tener un fuego interior. Sin moverse ni hablar, esperó a que él le concretase los motivos de su visita. Poe así lo hizo, dándole su nombre y, exagerando un poco, asegurando ser subdirector del Dollar Newspaper, a quien el periódico había asignado aquella entrevista.

—Y ahora, señora, con respecto a esa historia que circula acerca de un entierro prematuro...

Ella se había acercado mucho a él, pero cuando Poe la miró, retrocedió. Le hizo el efecto al escritor de que su aliento bastó para alejarla como si fuese una pluma, pero al acordarse de la salchicha de ajo que le había dado Pemberton, experimentó una gran contrariedad. Como en confirmación de esta idea, la señora le ofreció vino... como si quisiera atenuar con él su mal aliento.

—¿Le gustaría una copita de vino de Canarias, Mr. Poe? —le dijo, abriendo una puerta lateral. El la siguió a una habitación empapelada de azul pálido. Estaba bañada en la claridad lunar que, al reflejarse en el papel, producía el efecto de una luz artificial. Aquel era el resplandor que él había visto desde fuera. Su anfitriona tomó una botella de una mesa sin mantel, escanció vino en un vasito de metal y se lo ofreció.

Poe lo hubiera bebido con mucho gusto, pero acababa de prometer solemne y sinceramente a su esposa enferma que no probaría ni un sorbo de la bebida que tan fácilmente lo afectaba. Sus labios sedientos se movieron para decir:

—Se lo agradezco mucho, pero soy abstemio.
—Ah —dijo ella, sonriendo y mostrando una blanca dentadura. Y luego dijo—: Soy Elva Gauber... la esposa de John Gauber. Lo que usted me pregunta no puedo explicárselo claramente, pero es cierto. Mi marido fue enterrado en el cementerio luterano de Eastman...
—Oí decir, Mrs. Gauber, que la persona enterrada pertenecía al sexo femenino.
—No, fue mi marido. Estaba enfermo, y de repente se quedó frío e inmóvil. Un médico, el doctor Mechem, certificó su muerte, y lo enterramos bajo una lápida de mármol en el panteón familiar. —Hablaba con voz cansada pero tranquila—. Esto ocurrió poco después de Año Nuevo. El día de San Valentín le llevé flores, y oí golpes y movimientos bajo la lápida. Hice que la levantasen y él sigue viviendo... en cierto modo... hasta hoy.
—¿Hasta hoy? —repitió Poe—. ¿En esta casa?
—¿Le gustaría verle y hablar con él?

El corazón de Poe se puso a palpitar tumultuosamente y un escalofrío recorrió su espinazo. Era propio de él que estas sensaciones le produjesen placer.

—No desearía nada mejor —aseguró a la señora, y ella se dirigió entonces hacia otra puerta, que daba al interior de la casa.

Después de abrirla, se detuvo en el umbral, como si hiciera acopio de valor para zambullirse en unas aguas turbulentas. Luego empezó a bajar por una escalera. Poe la siguió, cerrando sin darse cuenta la puerta a sus espaldas. La oscuridad de la medianoche, de la prisión —o de la tumba— cayó inmediatamente sobre la escalera. Elva Gauber le dijo en un susurro:

—No... deje entrar... la luz de la luna...

Y se desplomó fláccidamente, para caer rodando por la escalera. Aterrorizado, Poe avanzó a tientas en su seguimiento. La encontró acurrucada junto a una puerta, al pie de la escalera, medio apoyada en el quicio. La tocó, notándola fría y rígida, sin movimiento ni la elasticidad propia de la vida. La flaca mano del escritor buscó y encontró el pestillo de la puerta, y la abrió. Entró un débil rayo de luz lunar, y arrastró a la mujer hasta él. Casi inmediatamente ella exhaló un profundo suspiro, levantó la cabeza y se incorporó.

—Qué estúpida he sido —dijo con voz ronca, como si quisiera disculparse.
—Fue mía la culpa —contestó Poe—. Es natural que lo sucedido haya afectado a sus nervios y su salud. La súbita oscuridad... este lugar cerrado... la impresionaron—. Buscó en su bolsillo la cajita de yesca—. Permítame que encienda una luz.

Pero ella le detuvo alzando una mano.

—No, no. Con la luna basta.

Se acercó entonces a un pequeño ventano oblongo empotrado en la pared. Sus manos, delgadas como las de Poe, de uñas largas y descuidadas, se aferraron al alféizar. Su rostro, bañado por la luz de la luna, pareció recuperar su energía y su calma. Respiró profundamente, casi con voluptuosidad.

—Ya estoy repuesta —dijo—. No se preocupe por mí. No se acerque, por favor.

El había olvidado que su aliento olía a ajo, y se apartó confuso. Aquella mujer debía de ser tan sensible a aquel olor como... como... ¿qué era lo que no podía soportar el olor de ajo? Poe no podía recordarlo, pero esto le dio tiempo para observar que se encontraban en un sótano de paredes de piedra y piso de tierra. En un rincón se oía gotear el agua, y vio un oscuro charco fangoso. Junto a éste, en un hueco de la pared, vislumbró lo que parecía una ventana cegada por gruesas y anchas tablas, clavadas transversalmente. Pero una ventana no hubiera estado tan baja. En la atmósfera flotaba un olor de tierra y de lugar cerrado, como si allí no hubiese entrado el aire fresco desde hacía varias décadas.

—¿Su marido está aquí? —inquirió.
—Sí —contestó ella, dirigiéndose a la trampilla, descorriendo el pasador que la sujetaba y abriéndola.

La trampa comunicaba con un lugar negro como la tinta, del que surgió un débil murmullo. Poe siguió a Elva Gauber, esforzando la vista. En un rincón con piso de piedra vio una yacija, en la que se hallaba tendido un hombre semidesnudo. Su palidez era la propia de un muerto y únicamente sus ojos, que entonces se abrieron, tenían vida. Miró a Elva Gauber y después a Poe.

—Vete —murmuró.
—Señor —dijo Poe, muy serio—, he venido para que usted me cuente cómo volvió a la vida en la tumba...
—Es una mentira —articuló el hombre de la yacija. Se debatió hasta incorporarse a medias, como si luchase contra un enorme peso que lo aplastara. La luz de la luna mostró su cuerpo demacrado y frágil. Su rostro huesudo y desdentado mostraba un horrible rictus como el de una calavera—. ¡Es mentira, le digo! —exclamó, con una súbita energía que podía muy bien ser la última—. Una mentira propalada por este monstruo que no es... mi esposa...

La trampa se cerró de golpe, ahogando los gritos del infeliz. Elva Gauber se volvió hacia Poe, dando un paso atrás para evitar que la alcanzase su aliento.

—Ya ha visto usted a mi marido —dijo—. Bonito espectáculo, ¿verdad, señor?

Poe no contestó y ella cruzó el piso de piedra en dirección a la puerta de la escalera.

—¿Quiere usted pasar primero? —le rogó—. Cuando llegue arriba, mantenga la puerta abierta, para que yo pueda tener...

Poe no entendió si decía «life» (vida) o «light» (luz). Era evidente que aquella mujer, que al principio incluso pareció acogerle con agrado, ahora trataba de ahuyentarlo. Sus ojos estaban fijos en él con expresión imperativa. Poe se inclinó ante su poder. Obedientemente ascendió por la escalera y mantuvo la puerta completamente abierta. Elva Gauber subió en su seguimiento. Al llegar al final de la escalera sus miradas volvieron a cruzarse. De pronto Poe tuvo una clara revelación de lo que eran aquellos impulsos mesméricos de los que él se ocupaba tantas veces con agrado en sus obras.

—Espero que su visita haya sido provechosa —dijo ella con voz tranquila—. Yo vivo sola aquí... sin ver a nadie, cuidando de esta pobre ruina que fue antaño mi marido, John Gauber. No tengo la cabeza muy clara y mis modales quizás no sean muy correctos. Le ruego que me disculpe. Buenas noches.

Poe se encontró fuera de la casa. De nuevo se había levantado viento. La puerta se cerró tras él y la llave rechinó en la cerradura. El aire fresco, el viento que azotaba su rostro y la ausencia de la mirada dominadora de Elva Gauber despejaron súbitamente su cerebro, y, como si despertara de un sueño, comprendió todo el alcance de lo que había ocurrido..., o mejor dicho, de lo que no había ocurrido. El había salido de su casa, en aquel desapacible anochecer de marzo, para investigar un caso de entierro prematuro. Le condujeron ante un ser moribundo y demacrado, que tachó de mentira la noticia. Después le apartaron bruscamente de su lado y lo devolvieron a la calle... impidiéndole investigar lo que tal vez hubiera sido una de las más extrañas aventuras ofrecidas por la suerte a un escritor. Pero, ¿podía dejar las cosas así? Decidió que de ningún modo podía dejarlas así. Aquello hubiera sido peor que desentenderse por completo del asunto.

Después de llegar a esta decisión, su mente formó con rapidez un plan. Se alejó de la puerta, y, en vez de salir por la verja, dio rápidamente la vuelta a la casa. Al llegar junto al pequeño ventano oblongo que estaba a nivel del suelo, se arrodilló junto a él. Agachando la cabeza, vio que el interior se distinguía claramente, gracias a la claridad lunar... fenómeno verdaderamente curioso, se dijo, puesto que generalmente el interior de una habitación sólo podía verse cuando en ésta había una luz. Pero consiguió discernir la puerta abierta que comunicaba con la escalera, el charco fangoso del rincón y la trampa levantada. Y en el nicho así revelado algo se hallaba agazapado sobre el frágil cuerpo de John Gauber. Algo que llevaba una falda larga y una cofia blanca... era Elva Gauber, que estaba inclinada, con el rostro muy próximo a la cara o el hombro de su marido. El corazón de Poe, que nunca había sido un órgano muy fuerte, empezó a latir desordenadamente. Se acercó más al ventanuco, para distinguir mejor lo que ocurría en el sótano. Su cuerpo se interpuso al paso de la claridad lunar. Elva Gauber alzó la cabeza y le miró. Tenía la cara tan pálida como la misma Selene. Y, como ésta, se veían en ella manchas irregulares. Se dirigió con rapidez, casi corriendo, hacia el ventano desde el cual atisbaba Poe. El pudo verla claramente y muy cerca. Su boca y mejillas estaban cubiertas de oscuras manchas, húmedas y pegajosas, que ella lamía con su lengua... ¡Sangre!

Poe se levantó de un salto y corrió a la parte delantera de la casa. Obligó a sus dedos delgados y temblorosos a asir el llamador golpeándolo pesadamente una y otra vez. Cuando vio que la llamada no surtía efecto, empujó la puerta con todas sus fuerzas... Pero ésta no cedió. Acercóse luego a una ventana, golpeó el vidrio con los nudillos, trató de introducir los dedos para levantarla, y, cuando se disponía a romper el vidrio con el puño, una silueta se movió al otro lado y lo levantó. Algo que parecía una serpiente pálida se disparó hacia él... y antes de que pudiera retroceder, unos dedos le sujetaron fuertemente por las solapas. Los ojos de Elva Gauber, arrojando llamas, se clavaron en los suyos. Se le había caído la cofia y sus negros cabellos surgían en desorden. La sangre aún goteaba de su boca y mejillas.

—Ha querido saber demasiado —le dijo con una voz tan mesurada y fría como las gotas que caen de un carámbano—. No le hubiera hecho nada, a causa del olor que usted exhala y que tanto me repele... el olor de ajo. Le hice ver un poco, lo suficiente para advertir a una persona prudente y obligarla a irse. Pero ahora... Poe trató de desasirse, pero la garra de la mujer parecía una trampa de acero. Una horrible mueca de triunfo contrajo su rostro, pero no podía acercarse a él... su aliento todavía olía a ajo.
—Míreme a los ojos —le ordenó—. Míreme... no puede negarse, no puede escapar. Morirá con John... y después de morir, ambos se convertirán en lo que yo soy. Mientras ustedes subsistan tendré dos fuentes de vida... y dos compañeros cuando mueran.
—Usted está loca, señora —dijo Poe, luchando contra el influjo avasallador de su mirada.

Ella soltó una risa voraz.

—Estoy tan cuerda como usted. Ambos sabemos que digo la verdad y que es inútil que trate de luchar. —Su voz se elevó un tanto—. Cuando yacía muerta en la tumba, por una rendija entró un rayo de luna que besó mis ojos. Entonces me desperté, oyeron mis golpes y me liberaron. Ahora, de noche, cuando luce la luna... ¡Uf! ¡Aparte su fétido aliento!

Con estas palabras volvió la cabeza. En aquel instante le pareció a Poe que caía un telón de profunda oscuridad. Con él se desplomó el cuerpo de Elva Gauber. Poe esforzó la vista en las súbitas tinieblas. La mujer había caído sobre el alféizar de la ventana, como un títere abandonado en su teatrillo. Sus garras seguían clavadas en las solapas de su traje, y él se fue desasiendo, levantando uno a uno los dedos fríos y acerados. Entonces se volvió y se dispuso a huir de aquel lugar de sombrío peligro para el cuerpo y el alma. Al volverse, vio lo que había causado las súbitas tinieblas. Una nube se había alzado desde el horizonte, desde el grueso y fuliginoso banco de nubes que advirtió allí al anochecer, y había cubierto la faz de la luna. Cuando se disponía a huir, Poe se detuvo, asaltado por un súbito pensamiento.

Con mirada pensativa calculó la velocidad y el tamaño de la nube. Esta velaba la luna y continuaría ocultándola durante unos diez minutos. Y durante aquel tiempo, Elva Gauber permanecería tendida en el suelo, sin vida. Le había dicho la verdad al revelarle que la luna la reanimaba. ¿No cayó como fulminada en la escalera cuando ésta se quedó a oscuras? Poco a poco, Poe fue atando los cabos de aquella horrible historia. Fue Elva Gauber y no su marido quien murió y fue enterrada en el panteón familiar. La luz de la luna la devolvió a la vida, o a una parodia de vida. La luz de la luna tiene una fuerza desconocida... hacía aullar a los perros, ponía furiosos a los locos, infundía temor, la negra melancolía o el éxtasis. Decían las antiguas leyendas que hacía nacer a las hadas, provocaba la metamorfosis de los hombres lobos y permitía a las brujas que cabalgasen en sus escobas. Seguramente era también la fuente de la energía y el mal que animaban lo que había sido el cadáver de Elva Gauber... y él, Poe, no debía detenerse allí en inútiles cavilaciones.

Apeló a todo su valor y se izó al alféizar, pasando junto al cuerpo inerte de la mujer. Avanzó a tientas por la habitación en busca de la puerta del sótano, la abrió, bajó por la escalera, atravesó la puerta inferior y penetró en el recinto de paredes de piedra. Estaba todo oscuro al no haber luna. Poe se detuvo un momento para sacar su caja de yesca, encender luz y arrimarla al extremo de un trapo fuertemente retorcido. Así consiguió una luz débil pero sostenida, que le permitió hallar su camino hasta la trampa. La abrió y tocó el hombro huesudo de John Gauber.

—Levántese —dijo—. Vengo a salvarle.

Aquel rostro de calavera se movió débilmente para mirarle. El infeliz consiguió articular entrecortadamente:

—Es inútil... No puedo moverme... Sólo si ella lo permite. Me mantiene aquí con sus ojos... sin dejarme morir. Hubiera muerto ya hace tiempo, pero ella...

Poe pensó en una perversa araña que hubiese paralizado a un desgraciado insecto en su red, donde lo tenía prisionero para cebarse en él. Se inclinó y acercó la luz al cuello de Gauber. Este mostraba innumerables heriditas redondas, de algunas de las cuales todavía brotaban gotas de sangre. Dio un respingo, pero se mantuvo firme en su propósito.

—Déjeme adivinar la verdad —dijo rápidamente—. Cuando sacaron a su esposa de la tumba, y la trajeron a su casa, parecía estar viva. Lo tiene a usted hechizado, o sometido a su voluntad... ha hecho de usted su desvalido prisionero. Esto no tiene nada de imposible. He estudiado mesmerismo, y no es el primer caso.
—Así es —murmuró John Gauber.
—Y todas las noches viene a chuparle la sangre.
Gauber hizo un débil gesto de asentimiento.
—Sí. Ahora mismo había empezado a hacerlo, cuando de pronto echó a correr escaleras arriba. No tardará en volver.
—Muy bien —dijo Poe, ceñudo—. Quizás se encontrará algo que no espera. ¿Ha oído usted hablar de vampiros? Probablemente no, pero yo también los he estudiado. Empecé a entrar en sospechas cuando observé que el olor del ajo la repelía. Los vampiros yacen inmóviles de día y de noche salen en busca de sangre. Son hijos de la luna... y su alimento es la sangre. Venga.

Poe se interrumpió, apagó la luz y levantó al desgraciado en sus brazos. Gauber era más liviano que un niño. El escritor lo llevó al refugio que ofrecía la arcada de la escalera, y una vez allí lo sentó apoyado en la pared. Luego lo cubrió con su amplia capa. En la semioscuridad reinante, el color gris de la capa se confundía con las piedras grises del muro. Gauber pasaría totalmente desapercibido. Acto seguido Poe se despojó de su levita, el chaleco y la camisa. Hizo un lío con sus ropas y las ocultó en las profundas sombras que había debajo de la escalera. Luego se incorporó, desnudo de medio cuerpo para arriba. Su piel era casi tan pálida y exangüe como la de Gauber. Su pecho y sus brazos casi tan flacos y descarnados como los de éste. Se atrevió a pensar que de momento ella lo confundiría con su infeliz marido. En el sótano volvió a entrar a raudales la claridad lunar. La nube había terminado de pasar sobre la faz de la luna. Poe aguzó el oído. Oyó arrastrarse a alguien en el piso superior, y después ruido de pasos.

Elva Gauber, la chupadora de sangre, había revivido. Había llegado el momento. Poe corrió al nicho, se metió en él y cerró la trampa. Sonrió, compartiendo una horrible paradoja con las tinieblas que le rodeaban. Conocía todos los métodos clásicos para aniquilar a los vampiros... clavarles una estaca en el corazón, rociarlos con agua bendita, someterlos al efecto de las oraciones o del fuego. Pero él, Edgar Allan Poe, había inventado un nuevo método. Eran incontables las historias que hablaban de horribles demonios agazapados en espera de un hombre normal, pero... ¿quién oyó hablar jamás de un hombre normal agazapado en espera de un demonio? Aunque la verdad era que él nunca se había considerado normal, ni por su espíritu, su cerebro o sus gustos. Se extendió con los pies juntos y las manos cruzadas sobre su estómago desnudo. Esta era la posición que tendría en la tumba, pensó. Acudió a su mente unos versos de un poeta llamado bryant, publicados hacía tiempo en una revista de Nueva Inglaterra... Tinieblas agobiantes en la angosta mansión. La atmósfera de aquel negro agujero también era agobiante, y tan angosto, que apenas podía moverse. Casi con histerismo, rechazó la idea de que se hallaba enterrado en vida. Para romper aquel espantoso hechizo, que le obsesionaba cuando dejaba de pensar en Elva Gauber, se volvió de costado, de cara a la pared, cubriéndose la mejilla y la sien con su brazo desnudo.

Cuando su oreja se apoyó en el mohoso camastro, el suelo le transmitió de nuevo el eco de pisadas, unas pisadas que descendían por la escalera. Eran rítmicas y confiadas, presurosas, como dominadas por el ansia. Elva Gauber venía a proseguir su festín interrumpido. La oyó cruzar el sótano sin detenerse ni volverse... sin advertir a su marido, tapado con la capa en el hueco de la escalera. Las pisadas se acercaron a la trampa y Poe oyó cómo sus manos buscaban el cierre. Una clara luz azul inundó la estrecha mazmorra. Una sombra cayó sobre él. Su imaginación, yendo más allá de la realidad, le susurró al oído que aquella sombra pesaba como el plomo... era opresiva y siniestra.

—John —le susurró al oído la voz de Elva Gauber—, ya he vuelto. Sabes por qué... Y para qué—. Hablaba con voz ansiosa, que parecía brotar a través de unos labios entreabiertos y temblorosos—. Vuelves a ser mi única fuente de poder. Esta noche creía que un extraño... pero se fue. Además, exhalaba un olor pestilente.

Su mano le acarició la piel del cuello, como el matarife que pasa la mano por el cuerpo de la bestia condenada.

—No te apartes de mí, John —ordenó con una voz de áspera burla—. Ya sabes que de nada te servirá. Esta noche hay luna llena, y mi poder es ilimitado. —Trató de apartarle el brazo que le cubría el rostro—. Nada ganarás con...

Se interrumpió, horrorizada. Y después profirió un grito espeluznante:

—¡Tú no eres John!

Poe se volvió con presteza y sus manos que parecían las garras de un pájaro la sujetaron fuertemente... una por sus desordenados cabellos, mientras los dedos de la otra se hundían en la gélida carne de su brazo. El grito se convirtió en un horrible estertor. Poe arrastró a su cautiva con violencia hacia el interior de la celda, apelando a todas sus fuerzas. Los pies de la mujer se levantaron del suelo y cayó al interior del angosto recinto, pasando por encima del cuerpo tendido de Poe. Chocó contra las piedras del fondo con una fuerza capaz de romperle todos los huesos del cuerpo, y su cuerpo hubiera caído sobre Poe si éste, en el mismo momento, no la hubiese soltado para escurrirse velozmente por el suelo del sótano. Con prisa frenética agarró el borde de la trampa levantada, mientras Elva Gauber se incorporaba sobre manos y rodillas, entre las ropas en desorden de la yacija, pero al instante siguiente Poe cerró la trampa de golpe. Ella se arrojó contra las tablas desde el interior, aporreándolas y gimiendo como un animal caído en la trampa. Era casi tan fuerte como él, y por un instante creyó que lograría salir del nicho. Pero, sudoroso y jadeante, empujó las tablas con el hombro, clavando sus pies en el suelo. Sus dedos encontraron el pasador, lo levantaron y lo empujaron hasta cerrarlo.

—Es oscuro —gemía Elva Gauber en el interior—. Es oscuro... sin luna...

Su voz se apagó. Poe se dirigió a la fangosa charca del rincón y metió en ella sus manos. El fango no era muy espeso pero podía modelarse. Recubrió con él las tablas de la trampa, tapando grietas y rendijas. Empleando las manos como paletas, cubrió la trampa de una gruesa capa de fango, sin olvidar sus bordes.

—Gauber —musitó, casi sin aliento—. ¿Cómo está usted?
—Muy bien... creo.

La voz era extrañamente fuerte y clara. Mirando sobre el hombro Poe vio que Gauber se había levantado por sí mismo, aún pálido pero aparentemente firme.

—¿Qué hace usted? —le preguntó.
—La estoy emparedando —contestó Poe, recogiendo más barro—. Emparedándola para siempre, con su maldad.

Tuvo un momentáneo destello de inspiración, el simbólico germen de una historia: en ella, un hombre emparedaba a una mujer en un hueco de un muro, encerrando con ella a la encarnación del mal... tal vez bajo la forma de un gato negro. Deteniéndose por fin para tomar aliento, sonrió, satisfecho de su obra. Y pensó que incluso bajo el más grave peligro, en los momentos de más riesgo y temor, tenía que imaginar nuevos argumentos para sus historias.

—Nunca podré agradecérselo lo bastante —le dijo Gauber—. Creo que ahora todo irá bien... si conseguimos que ella no salga de aquí.

Poe aplicó el oído a la trampa.

—No se oye ni un susurro. Ahora ya no recibe la luz de la luna... que era la fuente de su vida y su poder. ¿Puede usted ayudarme a vestirme? Estoy helado.

Su suegra le esperaba a la puerta cuando regresó a la casa de Spring Garden Street. Bajo su blanca cofia de viuda, el enérgico rostro de la mujer mostraba una gran preocupación.

—¿Eddie, te encuentras mal?—. En realidad, con esto ella quería preguntarle si había estado bebiendo. Una simple mirada bastó para tranquilizarla—. Ya veo que estás bien —se contestó a sí misma—. Pero como llevabas tanto tiempo fuera de casa... Y además vienes muy sucio, Eddie... tienes las ropas hechas una lástima. Pasa a lavarte.

El entró en su seguimiento y vio cómo llenaba de agua caliente una palangana. Mientras se lavaba buscó una excusa... una mentira cualquiera... que había ido a dar un largo paseo en busca de inspiración, que sufrió un momentáneo desvanecimiento y se cayó en un charco fangoso.

—Voy a prepararte un buen café calentito, Eddie —le dijo la buena mujer.
—Gracias —repuso el escritor, dirigiéndose de nuevo a la habitación de la chimenea de pizarra.

Volvió a encender la vela, se sentó y tomó la pluma. Su mente se dedicaba a embellecer la repentina inspiración que tuvo en aquel tétrico momento, en el sótano de la mansión Gauber. Al día siguiente empezaría a darle forma. Confiaba que el United States Saturday Post se la aceptaría. ¿Qué título le podía poner? Podía titularla sencillamente «El Gato Negro». ¡Pero lo primero era lo primero! Mojó la pluma en el tintero. ¿Cómo empezar? ¿Qué final podía darle? ¿Cómo podría defenderse contra las crecientes acusaciones de locura, después de escribir y publicar semejante relato? Decidió no pensar en ello, si podía... buscar una sana compañía, comodidades y tranquilidad... escribir incluso algunos versos festivos, algún artículo o relato humorístico. Por primera vez en su vida, se sentía saciado de asuntos macabros. Rápidamente escribió el párrafo final.

Hay ocasiones en que, hasta examinándolo con el frío escalpelo de la razón, puede parecer un infierno el mundo de nuestra triste humanidad; porque la imaginación del hombre no es un mago que pueda impunemente explorar todas las cavernas. La tenebrosa legión de horrores que he descrito no es fantástica, pero es muy peligroso evocarla; porque asemejándose mucho a la de los demonios que acompañaron a Arasiab cuando bajó al Oxus, devoran al que los despierta.

Para el público, esto sería más que suficiente, decidió Edgar Allan Poe. En cualquier caso, le bastaría al Dollar Newspaper de Filadelfia. Su suegra entró entonces con el café.

Cuando anochece en el parque. M.R. James (1862-1936)

Era la hora tardía y la noche clara. Me había detenido no lejos del Sheep's Bridge, meditando sobre la quietud que tan sólo rompía el murmullo de la presa, cuando sonó encima de mí un aullido trémulo y prolongado que me produjo un sobresalto. Siempre resulta molesto recibir un susto, pero yo siento una gran simpatía por los búhos. Y éste, evidentemente, estaba muy cerca; miré a mi alrededor. Allí estaba, gordo como una pelota, posado sobre una rama, a unos doce pies de altura. Le apunté con mi bastón y le dije:

—Conque has sido tú.
—Baje eso —dijo el búho—. Ya sé que no es más que un bastón, pero no me gusta. Sí, por supuesto, he sido yo. ¿Quién iba a ser, si no?

Figuraos mis exclamaciones de asombro. Bajé el bastón.

—Bueno —dijo el búho—, ¿qué pasa? Si se le ocurre a usted venir aquí en una noche veraniega como ésta, ¿qué espera?
—Pues perdona —dije—, debí haberlo tenido en cuenta. Y permíteme decirte que considero una suerte haberme encontrado contigo esta noche. ¿Te importaría que charláramos un poco?
—Bueno —dijo el búho con desdén—; no tengo nada especial que hacer esta noche. Ya he cenado, y si no prolonga usted demasiado la conversación..., ¡aahhh!

De pronto soltó un sonoro chillido, batió furiosamente las alas, se inclinó hacia delante, y se agarró con fuerza en la rama donde estaba encaramado sin parar de chillar. Evidentemente, algo tiraba brutalmente de él desde atrás. Pero la fuerza que le atenazaba le soltó de improviso, y estuvo a punto de caerse; luego empezó a aletear, agitando el follaje a su alrededor, y asestó un torpe picotazo a algo que yo no alcanzaba a ver.

—¡Oh!, cuánto lo siento —dijo una leve vocecita en tono solícito—. Estaba convencido de que la tenía suelta. Espero no haberle hecho daño.
—¿Que no me has hecho daño? —dijo el búho con acritud—. ¡Pues claro que me lo has hecho! De sobra sabías, jovencito desaprensivo, que no tenía suelta ésa pluma.
-¡Verás como te coja! No me extraña que me hayas hecho perder el equilibrio. ¿Es que no puedes dejar en paz a una persona dos minutos seguidos sin venirte a ella solapadamente y...? ¡Bueno, de ésta no pasa! Voy a ir a la comisaría y les voy a decir — se dio cuenta de que estaba hablando al vacío—... ¿Cómo, dónde te has metido ahora? ¡Ah, lástima!
—¡Válgame Dios! —dije—. Parece que no es la primera vez que se meten contigo de ese modo. ¿Puedo preguntarte qué ha pasado exactamente?
—Claro que puede —dijo el búho, escrutando aún mientras hablaba—, pero tendría que estarle contando hasta finales de la semana que viene: ¡Figúrese, venir a arrancarle a uno las plumas de la cola! Me ha hecho ver las estrellas. ¿Y por qué, quisiera saber? ¡Contésteme! ¿Por qué razón?

Todo lo que se me ocurrió fue murmurar:

—«El búho alborotador aúlla nocturno y se asombra de nuestros espíritus curiosos» —no creí que captara el sentido, pero me contestó con aspereza:
—¡Cómo! Claro, no necesita repetirlo. Ya lo he oído. Y le diré qué es lo que hay en el fondo, y tenga usted en cuenta mis palabras —se inclinó hacia mí y me susurró, haciendo muchos movimientos afirmativos con su cabeza redonda—: ¡Orgullo! ¡Reserva obstinada! ¡Eso es lo que hay! No te acerques a nuestra hermosa reina (esto lo dijo en tono de amargo desprecio). ¡Ah, no, amigo mío!, nosotros no somos lo bastante buenos para el gusto de ellos. Nosotros, que durante tanto tiempo hemos sido los mejores cantores del campo, ¿es cierto o no?
—Bueno —dije yo dubitativamente—, a mí particularmente me encanta escucharte; pero ya sabes, mucha gente prefiere a los tordos y a los ruiseñores y demás; lo has debido de oír por ahí, ¿no? Además, quizá (por supuesto, yo no lo sé), pero como decía, quizá tu estilo de cantar no sea exactamente el más adecuado para acompañar sus danzas, ¿no?
—Confío en que así sea —dijo el búho irguiéndose—. Nuestra familia nunca ha sido muy dada al baile, ni creo que lo llegue a ser jamás, ¡pues qué se ha creído! —prosiguió con creciente mal humor—. Bonita cosa, ponerme yo a canturrear para ellos —calló y miró precavidamente en torno suyo; luego, elevando la voz, prosiguió—: para esas señoritingas y esos señoritingos. Si a ellos no les resulta agradable, le aseguro que a mí tampoco. Y —añadió, de mal humor otra vez— si esperan que yo me quede sin chistar sólo porque bailan y hacen tonterías, se equivocan completamente, y así se lo he dicho.

A juzgar por lo que había pasado antes, me temía que fuera ésta una determinación imprudente, y tenía razón. No había acabado de hacer su último movimiento enfático de cabeza, cuando le cayeron de las ramas de arriba cuatro formas delgadas y menudas, y en un abrir y cerrar de ojos, una especie de soga aprisionó el cuerpo del desdichado pájaro, y fue llevado en dirección al estanque entre ruidosas protestas por su parte. Mientras corría, oí los chapoteos, gorgoteos y chillidos de risas despiadadas. Algo me pasó por encima de la cabeza, y al detenerme a escrutar, junto al borde del estanque, vi que llegaba a la orilla, trabajoso y fuera de sí, un búho desgreñado, el cual, después de detenerse a mis pies, se sacudió y batió las alas y resolló durante varios minutos sin decir nada que yo pueda repetir aquí.

Se me quedó mirando a continuación, y dijo con voz tan cargada de rabia reprimida que me apresuré a retroceder uno o dos pasos:

—¿Ha oído eso? Dicen que lo sienten muchísimo, pero que me habían confundido con un pato. ¡Ah, si no es para hacerle perder a uno la cabeza, y coger y despedazarlo todo en varias millas a la redonda!

Y era tal su apasionamiento en lo que decía que empezó arrancando de un descomunal picotazo un puñado de hierba que, ¡ay!, se le metió en el gaznate, formándole un tapón capaz de reventar una vasija. Pero, tras dominar su paroxismo, se incorporó parpadeando sin aliento, aunque indemne.

Me pareció que debía manifestarle lo mucho que lo lamentaba; sin embargo, no me decidí a ello, pues en su actual estado de ánimo el pájaro es capaz de tomar mis palabras mejor intencionadas por un nuevo insulto. Así que nos estuvimos mirando el uno al otro en silencio durante un espantoso minuto, hasta que surgió algo que nos distrajo. Primero fue la vocecita del reloj del pabellón, luego la voz más profunda de la torre de Lupton, que ahogó la de la torre de Curfew por su proximidad.

—¿Qué es eso? —preguntó el búho de repente con acritud.
—Son las doce de la noche, me parece —dije yo, y consulté mi reloj.
—¿Las doce? —exclamó el búho evidentemente sobresaltado—; ¡y yo aquí, empapado y sin poder volar una yarda! Venga, cójame y póngame en aquel árbol; no, yo treparé por su pierna, será más fácil. ¡Vamos, de prisa!
Obedecí.
—¿En qué árbol?
—¡Hombre, en mi árbol, naturalmente! ¡En aquél! —movió la cabeza en dirección a la tapia.
—De acuerdo, ¿se refiere a ese gris? —dije, echando a correr en aquella dirección.
—¿Y yo qué sé cómo demonios le llaman ustedes? Ese que tiene como una puerta. ¡Corra más! ¡Dentro de un minuto estarán aquí!
—¿Quiénes? ¿Qué ocurre? —pregunté mientras corría, con la mojada criatura entre las manos, y temiendo tropezar a cada momento y caer cuan largo era en la hierba.
—Ya lo verá —dijo el pajarraco egoísta—. Usted sólo tiene que dejarme en el árbol. Eso es lo único que me interesa.

Supongo que así debía ser, porque trepó arañando a toda prisa por el tronco, con las alas extendidas, y desapareció por un agujero sin una palabra de agradecimiento. Miré en torno mío con inquietud. La torre de Curfew aún tocaba la tonada de San David por su tercero y último repiqueteo; pero las demás campanas habían terminado ya de pregonar lo que tenían que decir, y ahora reinaba el silencio, y nuevamente era el «murmullo armonioso de la presa» lo que lo turbaba..., no, lo que lo subrayaba.

¿Por qué había tenido tanta prisa el búho por meterse en su escondrijo? Naturalmente, eso era lo que me preocupaba ahora. Fuera quien fuese quien iba a venir, estaba seguro de que no me daba tiempo ya a cruzar el campo despejado; sería mejor disimular mi presencia ocultándome en el lado oscuro del árbol. Así que eso es lo que hice.

Todo esto sucedió hace algunos años, antes de los días más calurosos del verano. A veces, cuando la noche es serena, salgo al parque, pero me recojo antes de que den las doce. La verdad es que no me gusta la multitud que pulula cuando se hace de noche..., como en los fuegos artificiales del cuatro de junio, por ejemplo. Empiezas a ver caras extrañas —bueno, vosotros no; yo—, y los individuos a los que pertenecen esas caras dan vueltas extrañamente a tu alrededor y te rozan el codo cuando menos te lo esperas y se te echan encima para mirarte a los ojos como si anduvieran buscando a alguien..., y ya puede dar gracias a ese alguien de que no den con él. «¿De dónde salen?» Bueno, unos del agua y otros de la tierra. Al menos, eso es lo que parece. Pero es mejor hacer como que no los veo, y no tocarlos.

Sí; efectivamente, me gustan más los que pueblan el parque de día que los que acuden a él cuando anochece.

Cuando se abrió la puerta. Sarah Grand (1854-1943)

Qué curiosos cuadros de la vida alcanzamos a veces a vislumbrar de improviso, escenas que destacan como un resplandor fugaz en la tupida masa de movimiento, en la aglomeración de detalles, en la inextricable confusión de asuntos humanos que se le ofrecen al observador de la gran ciudad. En medio del maremágnum, desde un cabriolé, desde el techo de un ómnibus, desde el andén de una estación del metropolitano en el interior de un vagón que se detiene un minuto, desde la acera en el interior de un coche atascado en el tráfico, de día y de noche, salidos de la rutina, de las actividades habituales que la gente desempeña con el humor y las frases normales y corrientes que se entretejen en el curso de una vida sana, saltan a la vista estos interludios de intensidad, inicios de episodios -trágicos, heroicos, idílicos, abyectos- o sus conclusiones, que hacen del viraje el punto crítico de una vida. Si es el principio, ¡cómo ansiamos conocer el desenlace! Si es el final, ¡qué no daríamos por saber cómo empezó todo!

Valga un ejemplo: volvía yo a casa, solo, bien entrada la noche, en un tren que había partido de las afueras, y casualmente me acomodé en un vagón ocupado por otros tres viajeros. Uno de ellos era un hombre de unos cuarenta años, de pelo moreno que ya encanecía y rostro agradable, de rasgos limpios, correctos. Los otros dos eran un matrimonio; el marido, de bastante más edad que la mujer. Tuve la impresión de que había surgido alguna desavenencia entre ambos antes de que yo entrase en el vagón, pues la dama parecía estar de mal humor y contrariada, y el caballero, por su parte, bastante alterado. Intercambió éste un par de palabras con el tercer pasajero, no obstante, revelando por el modo de hablar que eran conocidos y también, o así se me antojó a mí, con objeto de guardar las apariencias. La señora, por el contrario, no hizo intento alguno de disimular su ánimo, sino que viajó envarada y en silencio, con la mirada clavada en la oscuridad, hasta que el tren se detuvo y el marido le dio la mano para ayudarla a salir.

Los dos observamos cómo el matrimonio se alejaba; fue evidente que se reanudaba la disputa al cabo de unos cuantos pasos. Mi solitario compañero de viaje iba sentado enfrente de mí y, cuando la pareja dejó de verse, se encontraron nuestros ojos con una involuntaria mirada de comprensión, y él se encogió levemente de hombros.

-No me desagradaría darles a esos dos algún que otro consejo -se me escapó sin darme cuenta.
-¡Ah! -dijo él-. Tampoco a mí, pero en estos casos resulta de todo punto imposible.
-Estará usted pensando, supongo, que ellos conocen mejor que nadie sus propios asuntos -repliqué.
-En absoluto -respondió él-. Los espectadores son quienes mejor aprecian el lance, ¿sabe usted? Lo cual no obsta, sin embargo, para que ofrecer consejo a un matrimonio sea inútil en el mejor de los casos, más todavía cuando los dos se obcecan en un desatino -añadió-. Pero incluso las personas sensatas y movidas por las mejores intenciones cometen errores terribles, también en asuntos que les conciernen a ellos mismos y en los que sería de esperar que supiesen lo que hacen. Ese hombre que acaba de salir hace un momento vigila a su mujer, le impide hablar, sólo le permite salir a la calle si va acompañada, como si estuviese convencido de que, sin duda, se descarriaría en cuanto tuviese ocasión. La consecuencia es que ella comienza a verlo con desagrado y desprecio, y que tal vez él acabe induciéndola a hacer precisamente aquello contra lo cual tanto la guarda. No comprendo cómo un hombre puede desear tener una esclava, siempre a sus órdenes, por consorte. En lo que a mí respecta, prefiero a una mujer libre y me resisto a creer que libertad signifique libertinaje salvo en casos excepcionales.
-Pero en ese punto surge un problema, creo entender -observé yo-. ¿Cómo puede un hombre identificar qué caso resultará ser excepcional?
-Ah, en ese sentido no veo dificultad alguna -respondió-. Las muchachas dan en seguida indicación de su carácter; en cualquier caso, si no son personas formales, tenerlas bajo vigilancia permanente no las hará más dignas de confianza. No estoy diciendo, con todo, que debamos dejar que una muchacha joven e irreflexiva se las componga sola; lo que digo es que necesita un compañero, no un guardián. Aun así, como acabo de decir, la ordenación atinada de la vida matrimonial es un asunto en el que hasta los mejor intencionados pueden equivocarse. Yo me casé con una muchacha algo más joven que yo; le llevaba unos diez años. No creo que esas diferencias tengan demasiada importancia si los dos comparten gustos. Resultó, sin embargo, que no los compartíamos. A mí me llama la vida tranquila, dedicar todo el tiempo del mundo al arte y a la literatura, y no hay nada que me disguste más que matar el tiempo sosteniendo chácharas banales en entretenimientos que no entretienen a nadie. Mi mujer, por el contrario, tal y como descubrí al poco de casarnos, se aburre soberanamente con los libros y los cuadros, y está en la gloria cuando se encuentra en plena vorágine social. Pues bien, tras meditar sobre la cuestión llegué a la conclusión de que, en justicia, se imponía que ella no me exigiese a mí que alternase en sociedad y que yo no le exigiese a ella que se quedase en casa. Entre ambos existía afecto, pero a mi entender tal cosa no significaba que ninguno de los dos tuviese que pasarlo mal al verse obligado a amoldarse a los gustos y a los hábitos del otro, tan discrepantes de los suyos. El matrimonio debe ser una institución perfecta cuando se da una identidad total de intereses, pero, cuando no existe, no veo por qué los cónyuges han de llevar una vida desdichada. De manera que permití que mi mujer siguiese sus inclinaciones y yo seguí las mías; el arreglo pareció surtir un efecto bárbaro. Unas veces ella se habría llevado una alegría si yo la hubiera acompañado en sus salidas, otras veces a mí me habría gustado que ella se hubiese quedado conmigo en casa; de cuando en cuando nos adaptábamos a los deseos tácitos del otro y así lo hacíamos, pero la verdad es que esos sacrificios no servían de mucho. Se celebraba un baile de disfraces en una sala de fiestas pública y a ella le hacía especial ilusión asistir; me pareció que insinuaba que quizá podría ir con ella; si así fue, lo cierto es que no me di por aludido, pues me constaba que iba a aburrirme sobremanera.

»Fue al baile con un disfraz tan llamativo como logrado, un dominó gris plata con forro de seda rosa y ribete de encaje blanco. El abanico era de plumas blancas de avestruz y el antifaz llevaba un aplique de encaje que le cubría la boca. Aunque había estado muy emocionada con la idea del baile, cuando llegó la hora de la verdad parecía que no eran tantas las ganas de ir. Había acordado que se vería allí con unas amistades; yo le dije que la esperaría levantado y ella prometió volver temprano.

»Cuando se hubo ido, me sentí abatido sin que pudiese explicarme el porqué. Me acomodé con un libro y un puro, pero no conseguí concentrarme en ninguno de los dos. Trataba de leer, pero me distraía; al final tuve que darme por vencido y me limité a fumar y a meditar.

»Empecé a preguntarme qué estaría haciendo mi mujer en el baile y si habría encontrado a sus amigos sin novedad. Entonces se me ocurrió que, si por algún malentendido no lograsen encontrarse, la situación sería harto comprometida. A ese tipo de bailes públicos asiste gente de toda índole, a lo que se suma que las formas tienden a relajarse cuando hay máscaras de por medio. Mi mujer, aun oculta en su dominó, proyectaba una imagen de juventud y belleza. Tal vez fuesen a importunarla los granujas que infestan ese tipo de locales. En ese mismo momento quizá estaría bailando con alguna pareja de dudosísima reputación. ¿Había hecho bien al dejarla ir sola? Lancé el puro al hogar y me incorporé, aunque no tenía formada intención alguna; en honor a la verdad, me quedé inmóvil unos instantes, como a veces ocurre cuando nos enfrentamos a una dificultad, con el juicio del todo suspendido. Recordé entonces un disfraz que me había hecho para un baile de máscaras al que había asistido antes de conocer a mi mujer. Era de terciopelo negro, el atuendo de un caballero español del reinado de Felipe IV, la época de Velázquez, un traje bien bonito que había copiado de una pintura, confeccionado con maña. Fui a mi gabinete y allí lo encontré, en un baúl viejo, junto con la máscara que había llevado con él.

»Todavía era temprano. ¿Y si me disfrazaba y acudía yo también al baile? Mi mujer se había llevado el coche, pero cerca de allí había unas caballerizas en las cuales podría alquilar una berlina sin dificultad. Llamé al criado y lo envié a buscar una.

»El baile estaba animadísimo cuando llegué, pero, por enorme fortuna, prácticamente la primera persona a quien vi resultó ser mi mujer. El gris plata, el rosa claro, el encaje blanco y el abanico de avestruz formaban un disfraz muy distintivo; la reconocí al instante y me abrí paso entre el gentío para encontrarme con ella. Mas al acercarme reparé en que ella no podría reconocerme a mí. Jamás me había visto con aquella indumentaria; es más, cabía dar por hecho que ni siquiera sabía que la tenía; con todo y con eso, a pesar de que yo avanzaba directamente hacia ella y de que se había dado cuenta, no expresó objeción alguna. ¿Sería posible que permitiese a un desconocido dirigirse a ella, que llegase incluso a espolearlo al hacer gala de aquella actitud? Me traspasó el corazón tal punzada de espantosa duda que tomé la determinación de despejarla de una vez por todas con un experimento. Sin pararme a preguntarme si la maniobra era o no justa, me dirigí a ella con familiaridad, afectando la voz.

»-Se me hace que me estás esperando a mí -dije-. Haz el favor de decirme que así es.

»-Bueno, estoy esperando a que ocurra alguna cosa emocionante -respondió ella, disimulando también la voz; hablaba con el aplomo de quien está acostumbrado a ese tipo de entrevistas-, porque estar aquí sola no es nada divertido.

»Por un momento se esfumó el vulgar esplendor de la escena. Dejé de ver, de oír. Recobré los sentidos, no obstante, justo cuando la banda de música comenzaba a tocar, y así le pregunté, mecánicamente, si me concedía aquel baile.

»-Será un placer -respondió ella; en seguida me cogió del brazo y procedió a llevarme (en lugar de esperar a ser llevada), a través de la muchedumbre abigarrada que nos envolvía, hasta el salón de baile, con un desembarazo que me llenó de consternación. En su sano juicio siempre se había mostrado reservada con los desconocidos y yo jamás habría sospechado que una careta podría mudar las cosas de tal manera.

»Danzó con la ligereza de una bailarina y, cuando cesó la música, me pidió un vaso de hielo regado con licor y me indicó en qué dirección hallaría los refrigerios. Tras dar cuenta de todo lo que deseaba, que no fue poco, volvió a tomarme del brazo y empezamos a pasear. Parecía conocer el edificio como la palma de la mano, extremo este que me sorprendió, puesto que no imaginaba que hubiese estado allí con anterioridad. Se lo pregunté, no obstante.

»-¿Que si ya había estado aquí? -preguntó-. ¡Vaya si no! Vengo siempre que puedo.
»-¿Lo sabe tu marido? -me atreví a preguntar.
»-¡Ah, mi marido! -exclamó-. Pero ¿quién te ha dicho a ti que tengo marido, si puede saberse?
»-No me cabe duda de que una dama con unos encantos y unos modales tan cautivantes como los tuyos ha de tener marido -contesté yo.
»-¡Oh, vaya cortejador! -dijo-. ¡En fin! Qué distintos son los maridos y los amantes. ¿Verdad que las mujeres son tontas al casarse, cuando podrían ganarse la vida haciendo el amor?

»Mientras hablaba, me sujetó el brazo con ambas manos y levantó la vista para mirarme a los ojos con expresión seductora. ¿Era aquélla la verdadera, me preguntaba, mientras que la otra, la que yo conocía bien, no pasaba de ser una actriz que se ganaba el sustento con una comedia? No, me negaba a creerlo. Razoné conmigo mismo: aquel comportamiento y aquellos pareceres eran tan postizos como el traje, un aspecto más de la mascarada; pero ella no habría podido desenvolverse tan bien como lo hacía si careciese de gran experiencia, y acababa de confesar que frecuentaba aquel local, lo cual sugería la existencia de un engaño, que a mí me cogía de nuevas. De hecho, había querido salir aquella noche porque sería, o así me lo había dicho, el primer baile de máscaras al que asistía. ¡Qué necio, qué necio de solemnidad había sido yo al permitirle salir sola! Mas quizá fuera para bien. Yo ya sabía que era frívola, pero jamás había sospechado que fuese una libertina. Más aún, habría puesto la mano en el fuego por que era digna de toda confianza en cualquier situación, lo que significaba que me había tenido en el mayor de los engaños. A todas luces mis amistades lo sabían desde el principio y me compadecían como el necio ciego y pusilánime que era. Pero yo estaba conmocionado, se lo aseguro, y me debatía constantemente entre dos reacciones. Por un lado la censuraba sin paliativos; por el otro trataba de excusarla. Las apariencias en pleno hablaban contra ella, sin lugar a dudas, pero el hábito del amor y el respeto se resiste a cambiar en un segundo. A fin de cuentas, ¿acaso había hecho algo imperdonable? Sí, ciertamente se había expresado con vulgaridad, pero yo no me había aventurado en aquella dirección. Si me hubiese tomado la más mínima libertad en tal sentido, a buen seguro que ella se habría ofendido al instante. ¿O no?

»Me había puesto la mano sobre el brazo. Dudé un momento; a continuación se la cogí y estreché. Para horror mío, ella se rió y me devolvió la efusión.

»-Por fin despiertas, don Sombrío -dijo-. Ya estaba empezando a temer que fueses uno de esos seres que lo ven todo negro; te notaba tan frío y tan soso... Pero conmigo no hay pesimismos que valgan. En un periquete voy a espabilarte y levantarte el ánimo.

»Al oír tales palabras sentí una terrible conmoción, y tardé unos momentos en dar con el dominio de la voz. Era un hombre derrotado; no quería sino sentarme y echarme a llorar como un niño. Me embargaba la tristeza, no la ira. Cuando no queda esperanza, un hombre no se enfurece: se desmorona. Y aun así, pese a saber que no había esperanza alguna, me sentí como un jugador que se ve impelido a seguir apostando. Me propuse ir un poco más lejos, únicamente para concederle una última oportunidad.

»-Has conseguido animarme con tanta maestría que no deseo despedirme de ti -dije-, pero este gentío me impide concentrarme. Salgamos de aquí. Tengo un coche esperando: ¿vendrás a casa conmigo?
»-¡Vaya, el señor está nervioso! -dijo ella con una carcajada-. Estoy encantada, porque yo juraría, don Sombrío, que no estás acostumbrado a que una dama te dé un no por respuesta.
»-¿Por qué encantada? -quise saber.
»-Pues porque al verte nervioso se sabe que no te da igual, ¿entiendes? -dijo con malicia-. No soporto esos tipos de sangre fría a quienes les importa un bledo que vaya o deje de ir con ellos.
»-En ese caso seré de tu agrado -respondí con tristeza-, puesto que, como bien has advertido, a mí me importa sobremanera. ¿Vendrás?

»Volvió a reírse. ¡Santo cielo! ¿Significaba aquella risa que consentía? La conduje a la puerta principal con el ímpetu de un joven amante y ella no adujo la menor objeción. Comentó que me veía impaciente, y era verdad. Cada instante había pasado a ser una hora de tormento previo a la conclusión de aquella farsa atroz. Pero no podía ponerle fin allí mismo, en aquel mismo instante. Aquello era demasiado grave. Tenía que llevarla a casa. Yo mismo fui en persona al extremo de la calle a buscar la berlina alquilada, evitando así que se dijese mi nombre en voz alta, y di al cochero orden de que diese la vuelta mientas yo volvía para ayudarla a subir. Temía que se armase una escena en aquel local público si de improviso ella descubría mi identidad, y se me hizo eterno el tiempo que esperamos hasta que partimos. Con todo, llegó el momento de salir de allí y alejarnos de la muchedumbre; por espacio de unos minutos, sin embargo, me limité a ir sentado a su lado, incapaz de pronunciar palabra, y ella empezó a hacer nuevas bromas a propósito de mi melancolía. Entonces se dejó caer contra mí, sin que yo acertase a distinguir si se debía a una sacudida del coche o a la pura lascivia. Yo la rodeé con el brazo, de todos modos, y ella no protestó.

»-¿Dónde vives? -preguntó cuando nos acercábamos ya a la casa-. Estas calles son todas iguales y no distingo dónde estamos.
-Bien, lo cierto es que hemos llegado -respondí cuando el coche se detuvo. La ayudé a bajar y yo mismo abrí la puerta de la casa con mi propia llave. La luz del vestíbulo era tan tenue que tuve que llevarla de la mano escaleras araba hasta el estudio. Estaba completamente a oscuras, pero yo llevaba cerillas en el bolsillo y con ellas encendí el gas.

Me volví entonces hacia ella. Se reía con bobería por alguna cosa, pero parecía que no reconocía el lugar.

»-Y ahora, señora mía -dije con severidad-, fuera máscaras.

»Al momento procedió a quitarse la suya y se despojó del dominó.

»Yo la miré en hito, di un respingo, ¡me desplomé en una butaca! La mujer que tenía delante de mí era una completa desconocida, una criatura de cabello teñido, ojos sombreados y mejillas pintadas, en absoluto la clase de persona con la que uno se dejaría ver en público si en algo valorase su buen nombre, y, sin embargo, poco faltó para que me hincase de rodillas y besase la bastilla de su falda, tan grande fue mi alivio. ¡No lo olvidaré jamás! Durante unos minutos no pude pensar, no pude reaccionar, sólo puede seguir allí sentado con los ojos clavados en ella, sonriendo como un idiota. Ella se sintió halagada por aquella actitud mía, que malinterpretó como muda admiración, y adoptó, inmóvil, una pose teatral que afectaba timidez y coquetería, hasta que recobré el sentido.

»Mi primer pensamiento claro fue que debía deshacerme de ella cuanto antes. ¿Cómo proceder, sin embargo, para no someterla a una humillación? Traté de discurrir una excusa verosímil, pero, antes de dar con ninguna, un coche de caballos se paró delante de la puerta del piso de abajo, oí que una llave giraba en la cerradura, un susurro de seda, un paso liviano que subía la escalera. Mi mujer volvía temprano, tal como había prometido, y subía directamente al estudio.

»Tenía ya la mano en el picaporte y...

Calló en ese punto y miró por la ventanilla. El tren se había detenido, pero ninguno de los dos habíamos reparado en ello en su momento.

-¡Vaya! -exclamó-. ¡Pero si es mi estación! -dijo, y bajó de un salto justo en el instante en que el tren reanudaba la marcha.

No lo he vuelto a ver; no cuento con volver a encontrármelo nunca. Por eso doy por hecho que pasaré lo que me queda de vida atormentado por la conjetura de lo que ocurrió cuando se abrió aquella puerta.

Crepúsculo en las torres. Clive Barker.

Las fotografías de Mironenko que le habían enseñado a Ballard dis taban mucho de ser instructivas. Sólo en una o dos de ellas aparecía el rostro del hombre de la KGB, plenamente; las restantes eran en su ma yoría confusas y poco claras: delataban sus orígenes furtivos. Eso no preocupó demasiado a Ballard. Una larga experiencia, en ocasiones amarga, le había enseñado que el ojo estaba siempre demasiado dis puesto al engaño, pero existían otras facultades..., los restos de unos sentidos que la vida moderna había vuelto obsoletos... y que él había aprendido a poner en juego, para oler los síntomas más leves de trai ción. De esta capacidad se valdría cuando se encontrara con Mironen ko. Con ellos le arrancaría la verdad a aquel hombre.

¿La verdad? Ahí residía la cuestión más intrincada, porque, en este contexto, ¿acaso no era la sinceridad una fiesta móvil? Sergei Zakharovich Mironenko había sido Jefe de Sección de la Directiva S de la KGB durante once años, y había tenido acceso a la información más confiden cial sobre la dispersión de ilegales soviéticos en Occidente. Sin embar go, en las últimas semanas se había desencantado de sus amos actuales y había manifestado su consiguiente deseo de desertar al Servicio de Se guridad Británico. A cambio de los complicados esfuerzos que se ten drían que realizar por su culpa, se había ofrecido a actuar como agente dentro de la KGB durante un período de tres meses, concluido el cual lo conducirían al seno de la democracia y lo ocultarían donde sus vengati vos jefes supremos no lograran encontrarlo jamás. Le había tocado a Ballard encontrarse cara a cara con el ruso, en la esperanza de estable cer si la deslealtad de Mironenko para con su ideología era real o fingi da. La respuesta no vendría de labios de Mironenko, y Ballard lo sabía. sino de algún matiz de su comportamiento que sólo el instinto lograría comprender.

En otra época, Ballard habría encontrado fascinante el acertijo, cada uno de sus pensamientos vigilantes habrían dado vueltas al problema por descifrar. Pero tal compromiso había pertenecido a un hombre convencido de que sus actos ejercían un efecto significativo sobre el mundo. Ahora había ganado en experiencia. Los agentes del Este y del Oeste se dedicaban a sus trabajos secretos sin interrupción. Conspiraban, confabulaban, de vez en cuando (aunque raramente) derramaban sangre. Se producían derrotas, pactos especiales y victorias tácticas me nores. Pero al final las cosas seguían más o menos como siempre.

Esta ciudad, por ejemplo. Ballard había ido por primera vez a Berlín en abril de 1969. Entonces tenía veintinueve años; acababa de terminar el adiestramiento intensivo y estaba listo para vivir un poco. Aunque allí no se había sentido cómodo. La ciudad le resultó carente de encanto, a menudo desierta. Odell, su colega durante los dos primeros años, había tenido que probarle que Berlín era merecedora de sus afectos, y cuando Ballard cayó, quedó perdido para el resto de su vida. Se sentía más en casa en esta ciudad dividida que en Londres. Su desasosiego, su idealis mo fallido y —quizá lo más agudo de todo— su terrible aislamiento, se parecían mucho a él. La ciudad y él mantenían una presencia en un erial de ambiciones muertas.

Encontró a Mironenko en la Germalde Galerie, y sí, las fotografías habían mentido. El ruso parecía tener más de cuarenta y seis años, y se le veía más enfermo que en aquellos retratos robados. Ninguno de los dos hombres dio muestras de reconocerse. Recorrieron la colección de la galería durante una buena media hora; Mironenko demostró un inte rés marcado, aparentemente genuino, hacia las obras expuestas. Sólo cuando ambos estuvieron seguros de que no los observaban, el ruso abandonó el edificio y condujo a Ballard hasta el amable suburbio de Dahlem, a una casa segura, mutuamente acordada. Allí, en la cocina pequeña y sin calefacción se sentaron y hablaron.

El dominio del inglés de Mironenko era inseguro, o al menos eso pa recía, aunque Ballard tuvo la impresión de que sus esfuerzos por encon trar el sentido eran tanto tácticos como gramaticales. De haber estado él en la situación del ruso, muy bien podría haber presentado la misma fa chada; rara vez resultaba dañino parecer menos competente de lo que uno era. A pesar de las dificultades que tenía para expresarse, las decla raciones de Mironenko eran inequívocas.

—Ya no soy comunista —dijo humildemente — . No he sido miem bro del partido, al menos no aquí. —Se llevó el puño al pecho y agre gó— : Desde hace muchos años.

Sacó del bolsillo de la chaqueta un pañuelo blancuzco, se quitó un guante, y de entre los pliegues del pañuelo extrajo un frasco de tabletas. —Perdóneme —dijo, y con unos golpecitos sacó las tabletas de la bo tella—. Tengo dolores. En la cabeza y en las manos.

Ballard esperó hasta que se hubo tragado la medicación antes de preguntarle:
—¿Por qué empezó a dudar?
El ruso se guardó el frasco y el pañuelo en el bolsillo; su rostro esta ba falto de toda expresión.
— ¿Cómo llega un hombre a perder la... la fe? —preguntó a su vez—. ¿Acaso será porque he visto demasiado, o tal vez demasiado poco?

Observó el rostro de Ballard para comprobar si sus palabras titubeantes tenían algún sentido. Al no encontrar allí comprensión alguna, volvió a intentarlo.

—Creo que el hombre que no cree que está perdido, lo está.

La paradoja fue expresada de forma elegante; la sospecha de Ballard en cuanto al verdadero dominio de Mironenko del inglés se confirmó.

—¿Está usted perdido en estos momentos? —inquirió Ballard.

Mironenko no respondió. Se quitó el otro guante y se miró las ma nos. Las píldoras que se había tragado no parecían ejercer ningún efecto sobre el dolor del que se había quejado. Abrió y cerró los puños, como un artrítico que comprobara el avance de su enfermedad. Sin levantar la vista, dijo:

—Me enseñaron que el Partido tenía soluciones para todo. Eso me liberó del temor.
—¿Y ahora?
—¿Ahora? —repitió—. Ahora tengo unos extraños pensamientos. Me llegan de ninguna parte...
—Siga —lo animó Ballard.
—Tiene que conocerme por dentro y por fuera, ¿verdad? —Miro nenko ensayó una sonrisa forzada—. ¿Hasta lo que sueño?
—Sí —respondió Ballard.
—Nosotros haríamos lo mismo —replicó, asintiendo con la cabeza. Después de una pausa, agregó—: A veces he pensado que me partiría. ¿Entiende lo que digo? Que me rompería, porque dentro de mí llevo una rabia tan grande... Y eso hace que tenga miedo, Ballard. Creo que verán cuánto los odio. —Miró a su interrogador—. Tienen que darse prisa, o me descubrirán. Procuro no pensar en lo que harían. —Volvió a hacer una pausa. Se le había borrado del rostro todo vestigio de sonrisa, por más carente de humor que fuera—. La Directiva cuenta con Depar tamentos de los que ni siquiera yo estoy enterado. Hospitales especiales donde nadie puede entrar. Saben cómo despedazarle el alma a un hom bre.

Ballard, el pragmático de siempre, se preguntó si el vocabulario de Mironenko no era un tanto ampuloso. De haber estado él en manos de la KGB dudaba mucho que estuviera pensando en la satisfacción de su propia alma. Al fin y al cabo, era en el cuerpo donde se alojaban las ter minaciones nerviosas. Hablaron durante una hora o más; la conversación giró en torno de la política y los recuerdos personales, las trivialidades y la confesión—Acabada la entrevista, a Ballard no le cabía ninguna duda sobre la anti patía que Mironenko profesaba a sus amos. Era, como él mismo lo ha bía dicho, un hombre sin fe. Al día siguiente, Ballard se encontró con Cripps en el restaurante del Hotel Schweizerhof, y le presentó un informe oral sobre Miro nenko.

—Está dispuesto y espera. Pero insiste en que nos demos prisa en decidirnos.
— Era de suponer —comentó Cripps.

Ese día, el ojo de vidrio le molestaba; el aire frío, explicó, lo volvía lerdo. Se movía a una velocidad levemente inferior que su ojo verdade ro, y en ocasiones se veía obligado a darle un ligero toque con el dedo para ponerlo en movimiento.

—No permitiremos que nos metan prisas para tomar una decisión —dijo Cripps.
—¿Dónde está el problema? No tengo ninguna duda sobre su com promiso, ni sobre su desesperación.
—Ya te he oído —repuso Cripps—. ¿Quieres algo de postre?
—¿Es que dudas de mis evaluaciones? ¿Es eso?
—Toma algo dulce para terminar, así no me sentiré un perfecto réprobo.
—Crees que me equivoco con respecto a él, ¿verdad? —insistió Ba llard. Al ver que Cripps no contestaba, se inclinó sobre la mesa y volvió a insistir—: Es así, ¿verdad?
—Simplemente digo que tenemos motivos para ir con cuidado —re puso Cripps — . Si finalmente decidimos aceptarlo a bordo, los rusos se sentirán muy disgustados. Hemos de estar seguros de que el trato vale la pena como para soportar el mal tiempo que se nos avecina. En estos momentos, las cosas se presentan muy arriesgadas.
—¿Y cuándo no? —replicó Ballard—. Dime una sola ocasión en que no haya habido una crisis en perspectiva.

Se reclinó en la silla e intentó leer en el rostro de Cripps. El ojo de vi drio era, si acaso, más cándido que el verdadero.

—Estoy harto de este maldito juego —murmuró Ballard. —¿Por el ruso? —inquirió Cripps; su ojo de vidrio dio vueltas.
—Puede ser.
—Créeme —le dijo Cripps—, tengo buenos motivos para ir con cui dado con este hombre. —Dime uno.
—No hay nada comprobado.
—¿Qué tienes contra él? —insistió Ballard.
—Ya te lo he dicho, son rumores —repuso Cripps.
—¿Por qué no se me informó?
Cripps sacudió ligeramente la cabeza y repuso:
—En este momento es algo puramente académico. Me has propor cionado un buen informe. Sólo quiero que entiendas que si las cosas no salen como crees que deberían, no es porque no hayamos confiado en tus evaluaciones.
—Ya veo.
—No, no ves nada —dijo Cripps—. Te sientes torturado, y no te culpo del todo.
—¿Y ahora, qué? ¿Se supone que tengo que olvidar que conocí a ese hombre?
—No vendría nada mal —repuso Cripps—. Ojos que no ven, cora zón que no siente.

Estaba claro que Cripps no se fiaba de Ballard como para aceptar sus consejos. Aunque en la semana siguiente Ballard realizó discretamente diversas averiguaciones sobre el caso Mironenko, estaba cantado que alguien había advertido a su círculo habitual de contactos para que man tuvieran la boca cerrada. Tal como estaban las cosas, las siguientes noticias sobre el caso le lle garon a Ballard a través de las páginas de los diarios de la mañana, en un artículo sobre un cadáver hallado en una casa, cerca de la estación, en Kaiser Damm. En el momento de leer la noticia, no tenía forma de sa ber cómo podía estar ligada con Mironenko, pero la nota contenía deta lles suficientes como para despertar su interés. Por una parte, sospecha ba que la casa indicada en el artículo había sido utilizada en algunas oca siones por el Servicio; por otra, el artículo explicaba que dos hombres no identificados habían estado a punto de ser sorprendidos en el acto de sacar el cadáver de allí, con lo que se veía que aquél no era un crimen pasional.

Alrededor del mediodía fue a ver a Cripps a sus oficinas, con la espe ranza de obligarlo a darle alguna explicación, pero Cripps no estaba dis ponible, ni lo estaría, según le explicó la secretaria, hasta nuevo aviso; habían surgido ciertos asuntos en Munich que lo habían obligado a re gresar allí. Ballard le dejó dicho que quería hablar con él en cuanto re gresara. Cuando volvió a salir al aire frío, notó que se había ganado un admi rador: un individuo de cara delgada, cuyos cabellos se le habían retirado de la frente, dejándole una ridícula melena en la parte más alta de la ca beza. Ballard lo reconoció; lo había visto en el entorno de Cripps, pero no lograba ponerle nombre a la cara. Se lo proporcionaron rápidamente.

—Suckling —dijo el hombre.
—Ah, claro, hola —dijo Ballard.
—Creo que será mejor que hablemos, si tiene un momento —le ex plicó el hombre.

Su voz estaba tan contraída como sus facciones; Ballard no quería saber nada de sus chismorreos. Estaba apunto de rechazar la oferta, cuando Suckling le dijo:

—Supongo que se habrá enterado de lo que le pasó a Cripps.
Ballard negó con la cabeza. Encantado de poseer aquella piedra preciosa, Suckling agregó:
—Tenemos que hablar.

Caminaron por la Kantstrasse hacia el zoológico. La calle bullía de peatones que iban a comer, pero Ballard apenas reparó en ellos. La his toria que Suckling le desveló mientras caminaban exigía su absoluta atención. Se la refirió con sencillez. Al parecer, Cripps había arreglado un en cuentro con Mironenko para realizar su propia evaluación de la integri dad del ruso. La casa de Schöneberg, escogida para la reunión, había sido utilizada en varias ocasiones anteriores, y durante mucho tiempo se la había considerado como uno de los lugares más seguros de la ciudad. Sin embargo, la noche anterior quedó probado que no era así. Los hom bres de la KGB habían seguido a Mironenko hasta la casa y luego inten taron aguarles la fiesta. No había testigos que pudieran decir lo que ocu rrió después: los dos hombres que habían acompañado a Cripps, uno de los cuales era Odell, el antiguo colega de Ballard, habían muerto, y Cripps estaba en coma.

— ¿Y Mironenko? —inquirió Ballard.
—Se lo llevaron a la madre patria, al menos eso se presume —repuso Suckling encogiéndose de hombros.
Ballard olfateó un soplo de engaño en el hombre.
—Me conmueve que me mantenga usted al día —le comentó a Suc kling— . Pero ¿por qué?
—Odell y usted eran amigos, ¿no? —fue la respuesta—. Ahora que Cripps está fuera de circulación, ya no le quedan muchos.
—¿De veras?
—No es mi intención ofenderlo —se apresuró a aclarar Suckling—. Pero tiene usted reputación de disidente.
—Vaya al grano —le ordenó Ballard.
—No hay ningún grano —protestó Suckling—. Simplemente creí que tenía que enterarse de lo ocurrido. Con esto me estoy jugando el pescuezo.
—Buen intento el suyo —dijo Ballard.
Se detuvo. Suckling dio un paso o dos antes de volverse para encon trarse con un Ballard sonriente.
—¿Quién le ha enviado?
—Nadie —repuso Suckling.
—Muy astuto esto de ponerme al tanto sobre el chismorreo de la corte. Estuve a punto de creérmelo. Es usted muy verosímil.
El rostro de Suckling no era lo suficientemente rechoncho como para ocultar un tic en la mejilla.
—¿Por qué motivo sospechan de mí? ¿Creen que conspiro con Miro nenko? ¿Es eso? No, no creo que sean tan estúpidos.
Suckling sacudió la cabeza, como un médico en presencia de una en fermedad incurable, y dijo:
—Le gusta hacerse enemigos, ¿eh?
—Es un riesgo del oficio. No se me ocurriría dejar de dormir por eso. En realidad no lo hago.
—Hay cambios en el aire —dijo Suckling—. En su lugar, me asegu raría de tener las respuestas preparadas.
—A la mierda las respuestas —repuso Ballard cortésmente —. Creo que ya es hora de que prepare las preguntas adecuadas.

El que enviaran a Suckling para sondearlo olía a desesperación Querían información desde dentro, pero, ¿sobre qué? ¿Acaso creían de verdad que estaba relacionado con Mironenko o, lo que era peor, con la KGB misma? Dejó que se aplacara su resentimiento, porque levantaba demasiado barro y necesitaba aguas claras si quería encontrar el modo de salir de aquella confusión. De alguna manera, Suckling estaba per fectamente en lo cierto: tenía enemigos, y con Cripps de baja, era vulne rable. En tales circunstancias existían dos tipos de medidas. Podía re gresar a Londres y ocultarse, o quedarse en Berlín a esperar la siguiente maniobra por parte de ellos. Se decidió por esto último. El encanto del juego del escondite se fue difuminando rápidamente.

Al desviarse hacia el norte, en dirección a Leibnizstrasse, por el rabi llo del ojo vio el reflejo de un hombre de chaqueta gris en un escaparate. Fue un leve atisbo, pero tuvo la sensación de que conocía la cara de ese hombre. Se preguntó si le habrían asignado un perro guardián. Se dio la vuelta y sus ojos se encontraron con los de aquel hombre; sostuvo su mi rada. El sospechoso pareció incómodo y apartó la vista. Una actuación, quizá; aunque quizá no. Poco importaba, pensó Ballard. Que lo vigila ran todo lo que quisieran. Estaba libre de culpa. Siempre y cuando más acá de la locura existiera tal estado. Una extraña felicidad embargó a Sergei Mironenko; felicidad que había llegado sin ton ni son y que llenaba su corazón a rebosar. Hasta el día anterior, las circunstancias le habían parecido insopor tables. El dolor en las manos, la cabeza y la columna había empeorado lentamente, y ahora lo acompañaba una comezón tan conminatoria que había tenido que cortarse las uñas al ras para no producirse serios da ños. Había llegado a la conclusión de que su cuerpo se rebelaba en con tra de él. Ése era el pensamiento que había intentado explicarle a Ba llard: que se encontraba dividido, y que temía que pronto iba a quedar partido en dos. Pero hoy había desaparecido el temor.

Pero no los dolores. Eran peores que el día anterior. Los músculos y los ligamentos le dolían como si los hubieran trabajado más allá de los lí mites de su propio diseño; en todas las articulaciones tenía moretones donde la sangre había roto sus cauces, debajo de la piel. Pero la sensa ción de rebelión inminente había desaparecido para ser reemplazada por una lánguida tranquilidad. Y en su centro, una felicidad total. Cuando intentó reflexionar acerca de los últimos acontecimientos, descifrar qué había desatado esta transformación, su memoria le jugó sucio. Lo habían citado para encontrarse con el superior de Ballard, de eso se acordaba. Pero ya no recordaba si había acudido a la cita. La no che había quedado en blanco. Ballard sabría cómo estaban las cosas, reflexionó. Desde el principio le había caído bien y había confiado en el inglés; presintió que, a pesar de las muchas diferencias existentes entre ambos, se parecían más de lo esperado. Y se dejó guiar por ese instinto; encontraría a Ballard, de eso estaba seguro. El inglés se sorprendería de verlo, al principio se enfada ría incluso. Pero cuando le contara a Ballard la felicidad que acababa de encontrar, ¿acaso no le perdonaría sus pecados?

Ballard cenó tarde, y bebió hasta más tarde aún en El Cuadrilátero, un pequeño bar de travestidos al que había ido por primera vez con Odell, hacía ya casi veinte años. Sin duda, su guía había tenido la inten ción de probar su sofisticación mostrándole al colega bisoño la decaden cia de Berlín, pero Ballard, aunque nunca había experimentado ningún frisson sexual en compañía de la clientela del Cuadrilátero, se había sen tido inmediatemente como en casa. Respetaban su neutralidad; nadie intentaba abordarlo. Dejaban simplemente que bebiera y observara el desfile de géneros. Al ir allí, aquella noche, había despertado el fantasma de Odell, cuyo nombre sería borrado de las conversaciones por su relación con el asunto Mironenko. Ballard había asistido a ese proceso en otras ocasio nes. La historia no perdonaba los errores, a menos que fueran tan pro fundos que alcanzaran una especie de grandeza. Para los Odells del mundo, hombres ambiciosos que se habían encontrado, muy a pesar de ellos, en un callejón sin salida que no daba lugar a retirada alguna; para tales hombres no se pronunciarían bonitas palabras, ni se les concede rían medallas. Sólo existiría para ellos el olvido.

Aquellas reflexiones le produjeron melancolía, y bebió mucho para mantener sus ebrios pensamientos, pero cuando a eso de las dos de la madrugada salió a la calle, su depresión se encontraba obnubilada sólo a medias. Los buenos burgueses de Berlín hacía rato que estaban en la cama; al día siguiente había que ir a trabajar. El sonido del tráfico de la Kurfürstendamm era la única señal cercana de vida. Se dirigió hacia allí; sus pensamientos eran muy ligeros. Detrás de él, risas. Un muchacho, encantadoramente vestido de es trella de cine, pasó tambaleante por la acera, del brazo de su serio acompañante. Ballard reconoció al travestido, que era parroquiano del bar; el cliente, a juzgar por su traje sobrio, provenía de fuera de la ciu dad y deseaba saciar su sed de muchachos vestidos de chicas a espaldas de su esposa. Ballard siguió caminando. La risa del muchacho, de una musicalidad abiertamente forzada, le produjo dentera. Oyó a alguien correr cerca de allí; por el rabillo del ojo vio moverse una sombra. Seguramente sería su perro guardián. Aunque el alcohol le había obnubilado los instintos, sintió que despuntaba una cierta ansie dad, cuyas raíces no logró precisar. Siguió caminando. Unos temblores ligeros como plumas le recorrieron el cráneo.

Un poco más adelante, notó que la risa proveniente de la calle que había dejado atrás había cesado. Miró por encima del hombro, como es perando ver abrazados al muchacho y a su cliente. Pero habían desaparecido; se habían escabullido por uno de los callejones, sin duda, a con cluir su trato en la oscuridad. Cerca de allí, en alguna parte, un perro se había puesto a ladrar furiosamente. Ballard se dio la vuelta para obser var el camino por el que había venido, retando a la calle desierta a que le mostrara sus secretos. Fuera lo que fuese lo que le producía el zumbido en la cabeza y la comezón en las palmas de las manos, no era una ansie dad cualquiera. En la calle había algo extraño; a pesar de su aspecto ino cente, ocultaba ciertos terrores. Las luces brillantes de Kurfürstendamm se encontraban a unos mi nutos de distancia, pero no quería volverle la espalda a este misterio para refugiarse en ellas. Siguió caminando por donde había venido, len tamente. El perro ya no experimentaba alarma alguna, y había callado; por toda compañía tenía el sonido de sus pasos.

Llegó a la esquina del primer callejón y escudriñó en su interior. No había luces en las ventanas ni en los portales. No presintió ninguna pre sencia humana en la oscuridad. Cruzó el callejón y caminó hasta el si guiente. Un olor sensual flotó de repente en el aire, y se hizo más profu so cuando se acercó a la esquina. Mientras lo aspiraba, el zumbido de la cabeza se hizo más agudo, hasta alcanzar la amenaza del trueno. En la garganta del callejón titiló una luz solitaria, un magro relumbre proveniente de una ventana superior. Gracias a ella, vio el cuerpo del cliente del travestido, despatarrado en el suelo. Lo habían mutilado de una forma tan traumática que daba la impresión de que habían intenta do volverlo del revés. De las vísceras desparramadas, manaba un olor pleno en toda su complejidad. Ballard había visto muertes violentas en otras ocasiones, y se creyó indiferente al espectáculo. Pero algo en aquel callejón le había desaliña do la calma. Empezaron a temblarle las piernas. Entonces, más allá del haz luminoso, el muchacho habló. —En nombre de Dios... —dijo.

Su voz había perdido toda pretensión de femineidad, era un murmu llo de genuino terror. Ballard avanzó un paso por el callejón. Ni el muchacho ni el motivo de su susurrante plegaria fueron visibles hasta que hubo avanzado unos diez metros. El muchacho se encontraba medio sepultado entre las ba suras, junto a una pared. Le habían arrancado las lentejuelas y los tafe tanes; su cuerpo era pálido y asexuado. No pareció notar la presencia de Ballard: sus ojos estaban fijos en las más profundas sombras. A Ballard le temblaron aún más las piernas cuando siguió la mirada del muchacho; era lo máximo que podía hacer para impedir que los dientes le castañetearan. No obstante, continuó avanzando, no por el bien del muchacho (le habían enseñado que el heroísmo tenía poco mé rito), sino porque sentía curiosidad; más que curiosidad, estaba ansioso por ver qué clase de hombre era capaz de semejante violación fortuita. Ver cara a cara semejante ferocidad le pareció en ese momento lo más importante del mundo. El muchacho lo vio y murmuró una penosa súplica, pero Ballard apenas la oyó. Presintió que otros ojos lo miraban, y al posarse sobre él, fue como si lo hubieran golpeado. El ruido de la cabeza adquirió un rit mo enloquecedor, como el sonido de los rotores de un helicóptero. En segundos, se convirtió en un rugido enceguecedor.

Ballard se tapó los ojos con las manos y se tambaleó hacia atrás, con tra la pared, apenas consciente de que el asesino salía de su escondite (alguien removió la basura) y se aprestaba a huir. Sintió que algo lo ro zaba y abrió los ojos justo a tiempo para ver al hombre alejarse por el pasadizo. Parecía deformado; tenía como una joroba y la cabeza dema siado grande. Ballard le gritó, pero el enloquecido siguió corriendo; sólo se detuvo un momento para mirar el cadáver antes de continuar a toda velocidad hacia la calle. Ballard se apartó de la pared y se irguió. El ruido de la cabeza dismi nuyó un poco, el mareo se le pasaba. Detrás de él, el muchacho había comenzado a gemir.

— ¿Lo ha visto? ¿Lo ha visto?
— ¿Quién era? ¿Alguien a quien conocía usted?
El muchacho se quedó mirando a Ballard con sus enormes ojos pin tados, como un ciervo asustado.
— ¿Alguien...? —dijo.

Ballard se disponía a repetir la pregunta cuando oyó el chirrido de unos frenos, seguido del sonido de un impacto. El muchacho se cubrió con el roto trousseau, y Ballard volvió a la calle. Cerca de allí se oían vo ces; se dirigió hacia ellas a toda prisa. Atravesado en la calzada se en contraba un coche grande, con las luces encendidas. Alguien ayudaba al conductor a salir de su asiento, mientras sus pasajeros —venían de una fiesta a juzgar por los trajes y los rostros enrojecidos por la bebida— dis cutían furiosamente cómo había ocurrido el accidente. Una de las muje res hablaba de un animal que había visto en el camino, pero otro de los pasajeros la corrigió. El cuerpo que yacía en la cuneta, donde había sido arrojado por el impacto, no era el de un animal.

Ballard apenas había logrado ver al asesino en el callejón, pero supo instintivamente que era éste. No había rastro de las deformaciones que había creído distinguir; era sólo un hombre vestido con un traje que ha bía visto mejores épocas. Yacía boca abajo, en un charco de sangre. La policía había llegado ya, y un oficial le gritó que se apartara del cuerpo; Ballard pasó por alto la orden y se acercó para ver el rostro del muerto. En él no había muestras de la ferocidad que tanto había ansiado ver. Sin embargo, reconocía en él muchas cosas. Era Odell. Dijo a los oficiales que no había visto el accidente, lo que en esencia era cierto, y huyó de allí antes de que se descubrieran los hechos acaeci dos en el callejón adyacente. Al regresar a sus habitaciones, cada rincón le formulaba una nueva pregunta. La principal de todas: ¿por qué le habían mentido sobre la muerte de Odell? ¿Qué psicosis había hecho presa de él para que ma tara de la forma que Ballard había visto? Sabía que no obtendría la res puesta a estas pregunta de quienes en otras épocas fueran sus colegas. La única persona a la que hubiera podido arrancarle alguna respuesta era Cripps. Recordó la discusión que tuvieron sobre Mironenko. y «los motivos para tener cuidado» mencionados por Cripps en relación con el ruso. El ojo de vidrio había sabido entonces que había algo en el aire, aunque ni siquiera él mismo había logrado imaginar el grado del verdadero desastre. Dos agentes muy valiosos habían sido asesinados; Mironenko había desaparecido, supuestamente estaría muerto: él mis mo — si había de creer a Suckling— estaba al borde de la muerte. Todo aquello había comenzado con Sergei Zakharovick Mironenko. el hom bre perdido de Berlín. Al parecer su tragedia era contagiosa.

Ballard decidió que al día siguiente encontraría a Suckling y lo obli garía a darle alguna respuesta. Mientras tanto, le dolían la cabeza y las manos, y quería dormir. La fatiga le impedía razonar adecuadamente, y si en algún momento necesitó de esa facultad, era ahora. A pesar del agotamiento, el sueño tardó una hora o más en llegar, y cuando por fin lo hizo, no le sirvió de alivio. Soñó con unos susurros y, por encima de ellos, elevándose como para ahogarlos, el rugido de los helicópteros. En dos ocasiones despertó del sueño con la cabeza a punto de estallarle: y en las dos ocasiones, un ansia por comprender lo que decían los susurros lo devolvieron a la almohada. Cuando despertó por tercera vez. el ruido de las sienes se había vuelto acuciante: era como un asalto que arrasaba con todo pensamiento, y le hizo temer por su cordura. Casi incapaz de ver la habitación de tanto dolor, salió de la cama a rastras.

—Por favor... —murmuró, como si hubiera alguien que pudiera ayudarlo a superar su miseria.
De la oscuridad surgió una voz tranquila que le contestó:
— ¿Qué quieres?
No interrogó al interrogador, se limitó a decir:
— Que me quiten el dolor.
— Puedes hacerlo tú mismo —le informó la voz.
Se apoyó contra la pared, sosteniéndose la cabeza con las manos y llorando agónicas lágrimas. —No sé cómo.
— Los sueños son los que te causan dolor —repuso la voz—, has de olvidarlos. ¿Entiendes? Olvídalos, y el dolor cesará.

Entendió las instrucciones, pero no sabía cómo llevarlas a cabo. En el sueño no tenía ningún poder. Era él el objeto de esos murmullos, y no al revés. Pero la voz insistió.

— El sueño te hace daño, Ballard. Has de sepultarlo. Sepúltalo bien hondo.
—¿Sepultarlo?
—Haz con él una imagen, Ballard. Imagínatelo detalladamente.

Hizo lo que le ordenaban. Se imaginó un cortejo fúnebre, y un ataúd; dentro del ataúd, el sueño. Hizo que los enterradores cavaran bien hondo, tal como la voz le sugiriera, para que no pudiera nadie de senterrar jamás aquella dolorosa cosa. Pero cuando imaginó que baja ban el ataúd a la fosa, oyó que la tapa crujía. El sueño no se estaba quieto. Rechazaba el confinamiento. La tapa del ataúd comenzó a romperse.

—¡De prisa! —le urgió la voz.
El ruido de los rotores era ensordecedor. Empezó a manarle sangre de la nariz; sintió un sabor salado en la garganta.
—¡Acaba con él! —aulló la voz por encima del tumulto—. ¡Tápalo!
Ballard miró dentro de la fosa. El ataúd se sacudía.
—¡Tápalo, maldita sea!

Intentó obligar al cortejo fúnebre a que obedeciera; les exigió que empuñaran las palas y sepultaran aquella ofensiva cosa viviente, pero no le hicieron caso. En cambio, miraron fijamente hacia el interior de la tumba, igual que él. y observaron cómo el contenido del ataúd luchaba por alcanzar la luz.

—¡No! —exigió la voz, con creciente cólera—. ¡No debes mirar!
El ataúd bailó en la fosa. La tapa se astilló. Brevemente, Ballard lo gró ver algo brillante entre las maderas.
—¡Te matará! —gritó la voz.

Como para probar su aserción, el volumen del sonido se elevó hasta volverse insoportable, llevándose al cortejo fúnebre, el ataúd y todo lo demás en una llamarada de dolor. De repente, dio la impresión de que lo que la voz había dicho era verdad, que estaba al borde de la muerte. Pero no era el sueño el que conspiraba para matarlo, sino el centinela que habían apostado entre él y el sueño: aquella cacofonía que le destro zaba los sesos. Hasta ese momento no había notado que había caído al suelo, pos trado bajo aquel asalto. Tendió las manos ciegamente y encontró la pa red, se arrastró hasta ella; las máquinas seguían rugiendo detrás de sus ojos, la sangre se le agolpó en la cara. Se incorporó como pudo y comenzó a avanzar hacia el lavabo. A su espalda, la voz había logrado controlar su rabieta e iniciaba la exhorta ción desde el principio. Su sonido era tan íntimo que se volvió del todo con la esperanza de ver a su interlocutor; no se sintió defraudado. Por unos fugaces instantes le dio la impresión de encontrarse en una peque ña habitación sin ventanas, de blancas paredes. La luz era brillante y en el centro del cuarto estaba la cara de la que provenía la voz. Sonreía.

— Los sueños te dan dolor —dijo. Otra vez el primer mandamien to— . Entiérralos, Ballard, y el dolor habrá cesado.
Ballard lloraba como un niño; aquella mirada escrutadora le pro vocaba vergüenza. Apartó la mirada de su tutor, para ocultar las lá grimas.
— Confía en nosotros —le dijo otra voz, muy cercana—. Somos tus amigos.
No se fiaba de sus bonitas palabras. El dolor del que decían querer salvarlo era obra de ellos; era como una vara con la que le pegaban si los sueños volvían a surgir.
—Queremos ayudarte —dijo otra voz, o quizá la misma.
—No... —murmuró Ballard—. No, maldita sea... No..., no os... creo...

La habitación desapareció y volvió a encontrarse en el dormitorio, aferrado a la pared como un alpinista a la cara de un risco. Antes de que regresaran con más palabras, y más dolor, a tientas, llegó a la puerta del lavabo y ciegamente se abalanzó hacia la ducha. Por un momento, el pá nico se apoderó de él mientras buscaba los grifos; después, el agua salió a borbotones. Estaba terriblemente fría, pero puso la cabeza debajo del chorro, mientras la violencia embestida de los rotores intentaba destro zarle el cráneo. El agua helada le cayó por la espalda; dejó que la lluvia lo mojara como un torrente y, poco a poco, los helicópteros se fueron alejando. Aunque temblaba de frío, no se movió hasta que el último se hubo marchado; entonces, se sentó en el borde de la bañera, secándose el agua que le caía por el cuello, la cara y el cuerpo, y poco después, cuando sintió que sus piernas recuperaban las fuerzas, volvió al dormi torio. Se acostó sobre las mismas sábanas arrugadas, en la misma posición en que había yacido antes; sin embargo, nada era igual. No sabía qué había cambiado en él, ni cómo, pero así permaneció, sin que el sueño molestara su serenidad durante el resto de la noche. Intentó descifrar aquel enigma; poco antes del amanecer recordó las palabras que había balbuceado al encontrarse cara a cara con el engaño. Palabras simples, pero ¡cuánto poder encerraban!

—No os creo... —dijo; y los mandamientos temblaron.

Faltaba media hora para el mediodía cuando llegó a la pequeña em presa exportadora de libros que servía de tapadera a Suckling. Se sentía ingenioso, a pesar de la mala noche que había pasado; rápidamente lo gró engatusar a la recepcionista para que lo dejase pasar, y entró en el despacho de Suckling sin hacerse anunciar. Cuando Suckling vio al visi tante, saltó de su asiento como si le hubieran disparado.

—Buenos días —le dijo Ballard — . Creo que ya es hora de que ha blemos.
Los ojos de Suckling se posaron velozmente en la puerta del despa cho, que Ballard había dejado entreabierta.
—Lo siento, ¿hay corriente? —inquirió Ballard cerrando la puerta con suavidad—. Quiero vera Cripps.
Suckling paseó la vista por el mar de libros y manuscritos que ame nazaban con tragarse su escritorio y le preguntó:
—¿Cómo se le ocurre venir aquí? ¿Se ha vuelto loco? —Dígales que soy amigo, de la familia —sugirió Ballard. —No puedo creer que sea usted tan estúpido.
— Dígame cómo llegar hasta Cripps y me iré.
Suckling no le prestó atención y prosiguió con su andanada: —He tardado dos años en crearme esta tapadera. Ballard se echó a reír.
— ¡Informaré de esto, maldita sea!
—Debería hacerlo —repuso Ballard, levantando la voz—. Mientras tanto, ¿dónde está Cripps?
Aparentemente convencido de que estaba ante un loco, Suckling controló su ataque de ira y le dijo:
—Está bien, haré que alguien vaya a visitarlo y lo conduzca hasta él.
—No me parece bien —repuso Ballard.

En dos zancadas se acercó a Suckling y lo sujetó por la solapa. En diez años había pasado a lo sumo unas tres horas en compañía de Suckling, pero en su presencia no había habido un solo instante en el que no hubiera sentido unas ganas tremendas de hacer lo que se disponía a hacer en ese momento. Le apartó las manos de golpe y lo empujó contra la pared ta pizada de libros. Una pila de libros cayó al tocarla Suckling con el pie.

—Se lo repito, quiero ver al viejo.
—Quíteme sus sucias manos de encima —le ordenó Suckling, con redoblada furia porque lo habían tocado.
—Insisto, quiero ver a Cripps.
—Haré que le llamen la atención por esto. ¡Haré que lo echen!
Ballard se inclinó hacia la cara enrojecida y sonrió.
—De todas maneras yo estoy fuera. Han muerto varios, ¿lo recuer da? Londres necesita un chivo expiatorio, y creo que seré yo. —Suc kling se quedó de una pieza—. De modo que no tengo nada que perder, ¿verdad? —No hubo respuesta. Ballard se acercó más a Suckling y lo aferró con mayor fuerza—. ¿Verdad?
—Cripps ha muerto —le informó Suckling, perdiendo el valor.
—Lo mismo dijo de Odell —repuso Ballard sin soltarlo. Al oír aquel nombre, los ojos de Suckling se abrieron desmesuradamente — . Y lo vi anoche, en la ciudad.
—¿Vio a Odell?
—Claro que sí.

Al mencionar al hombre muerto, Ballard recordó la escena del calle jón. El olor del cuerpo, los sollozos del muchacho. Existían otras creen cias, pensó Ballard, más allá de la que una vez había compartido con la criatura que tenía debajo de él. Creencias cuyas devociones se cons truían con sangre y sudor, cuyos dogmas eran sueños. ¿Acaso no era la oración perfecta para bautizarse en esa nueva creencia con la sangre del enemigo? En algún rincón de su mente logró oír los helicópteros, pero no los dejó levantar vuelo. Se sentía fuerte; las manos, la cabeza, tenían fuerza. Cuando acercó las uñas hacia los ojos de Suckling, la sangre manó fácilmente. Debajo de la carne tuvo una visión momentánea de la cara, de los rasgos de Suckling desnudos hasta la esencia misma.

— ¿Señor?
Ballard miró por encima del hombro. La recepcionista estaba de pie. en el umbral de la puerta.
— Lo siento —se disculpó la muchacha, dispuesta a retirarse.
A juzgar por el sonrojo de la chica, era como si hubiese interrumpido una cita de amantes.
—Quédese —le ordenó Suckling—. El señor Ballard... ya se iba.
Ballard soltó a su presa. Surgirían otras oportunidades de cobrarse la vida de Suckling.
— Ya volveremos a vernos —le dijo.
Suckling sacó un pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta y se lo apretó contra la cara.
—Cuente con ello —repuso.

Ahora irían por él, no le cabía ninguna duda. Era un elemento mo lesto, y lucharían por acallarlo lo antes posible. La idea no le disgustaba. Lo que habían intentado hacerle olvidar con el lavado de cerebro era más ambicioso de lo que había previsto; aunque le habían enseñado a enterrarlo muy hondo, estaba cavando para surgir a la superficie. Toda vía no lograba verlo, pero sabía que estaba cerca. En más de una oca sión, cuando iba camino de regreso a sus habitaciones, imaginó que. de trás de él, alguien lo observaba. Quizá lo seguían todavía, pero su instin to le indicaba lo contrario. La presencia que sentía cerca —tan cerca que a veces se encontraba justo a sus espaldas— era quizá otra parte de él. Se sintió protegido por aquella presencia, como si fuera un dios menor. En cierto modo había esperado encontrarse con un comité de recep ción en sus habitaciones, pero no había nadie. Estaba claro que Suck ling había tenido que demorar su llamada de alarma, o bien que la jerar quía superior continuaba discutiendo las tácticas. Se metió en los bolsi llos las escasas pertenencias que deseaba ocultar de los ojos calculadores del enemigo y abandonó otra vez el edificio sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

Era una gran sensación estar vivo, a pesar del frío, que hacía que las calles mortecinas fueran más mortecinas aún. Sin motivo aparente, de cidió ir al zoológico; aunque durante veinte años había visitado la ciu dad en muchas ocasiones jamás había visto el zoológico. Mientras cami naba, se le ocurrió que nunca había sido tan libre como en ese momento en que se había despojado del poder como de una chaqueta vieja. Con razón le tenían miedo. Tenían motivos. La Kantstrasse estaba atestada, pero se abrió paso entre los tran seúntes con facilidad, como si presintieran una extraña certeza en él que los obligaba a apartarse. Al acercarse a la entrada del zoo, sin embargo, alguien tropezó con él. Se volvió para recriminar al muchacho, pero sólo alcanzó a verle la nuca cuando se confundía con la multitud que iba hacia Herdenbergstrasse. Sospechó que habían intentado robarle, y se registró los bolsillos. Encontró un trozo de papel en uno de ellos. No fue tan tonto como para examinarlo en el acto, sino que echó un vistazo a su alrededor para comprobar si reconocía al correo. El hombre ya había desaparecido.

Demoró la visita al zoo y se dirigió al Tiergarten; allí —en la espesu ra del gran parque— buscó un lugar donde leer el mensaje. Era de Mironenko, y le pedía una cita para hablar de un asunto de considerable ur gencia; le indicaba una casa en Marienfelde como lugar de encuentro. Ballard memorizó los detalles y destruyó la nota. Era perfectamente posible que la nota fuera una trampa, tendida por los de su bando o por los del opuesto. Quizá era una forma de poner a prueba su lealtad, o de manipularlo para hacerlo caer en una situación en la que pudieran despacharlo fácilmente. Sin embargo, a pesar de sus dudas, no le quedaba más remedio que acudir, en la esperanza de que quien lo citaba fuera en realidad Mironenko. Fueran cuales fuesen los peligros de aquel encuentro, no le resultaban del todo nuevos. En reali dad, y teniendo en cuenta las dudas que había abrigado durante tanto tiempo acerca de la eficacia de la visita, ¿no habían sido todas las citas concertadas por él unas citas a ciegas? Hacia el anochecer, el aire húmedo se espesó hasta formar una nie bla; cuando bajó del autobús en Hildburghauserstrasse ya se había apo derado de la ciudad, otorgándole al frío nuevos poderes para producir incomodidades.

Ballard avanzó rápidamente por las calles silenciosas. Apenas cono cía el barrio, pero su proximidad al Muro le había arrancado el escaso encanto que alguna vez pudo haber tenido. Muchas de las casas estaban deshabitadas, y las pocas que no lo estaban se encontraban cerradas a cal y canto para impedir el paso de la noche, el frío y las luces que brilla ban desde las torres de vigilancia. Sólo con la ayuda del mapa logró en contrar la callecita que indicaba la nota de Mironenko. En la casa no había luces. Ballard llamó con fuerza, pero en el ves tíbulo no oyó la respuesta de unos pasos. Había pensado ya en varias posibilidades, pero el que en la casa no le contestaran no había sido una de ellas. Volvió a llamar una y otra vez. Sólo entonces oyó ruidos en el interior; finalmente, le abrieron la puerta. El pasillo estaba pin tado de gris y marrón, e iluminado por una bombilla desnuda. El hombre cuya silueta quedó recortada contra el monótono interior no era Mironenko.

—¿Sí? ¿Qué quiere? —le preguntó.
Hablaba alemán con un claro acento moscovita.
—Busco a un amigo mío —respondió Ballard.
El hombre, que era casi tan ancho como el umbral de la puerta, negó con la cabeza.
—Aquí no hay nadie. Sólo estoy yo.
— Me dijeron...
—Se habrá equivocado de casa.

En cuanto el portero hubo hecho el comentario, desde el fondo del triste pasillo le llegaron unos ruidos. Alguien derribaba unos muebles y empezaba a gritar. El ruso miró por encima del hombro y se disponía a cerrarle la puer ta en la cara a Ballard, pero éste puso el pie entre la puerta y el marco y se lo impidió. Aprovechando la distracción del hombre, Ballard apoyó el hombro contra la puerta y empujó. Se encontró en el pasillo —en rea lidad ya lo había recorrido hasta la mitad— antes de que el ruso fuera en su persecución. Los ruidos habían aumentado, ahogados ahora por los chillidos de un hombre. Ballard siguió aquellos sonidos hasta dejar atrás los dominios de la solitaria bombilla y adentrarse en la oscuridad del fondo de la casa. En aquel punto habría muy bien podido perderse, pero justo en ese instante una puerta se abrió violentamente delante de él. La habitación tenía el suelo de madera roja; brillaba como si lo aca baran de pintar. Y apareció el decorador en persona. Le habían abierto el torso desde el cuello hasta el ombligo. Se apretaba con las manos el canal abierto, pero poco pudo hacer para detener el torrente; la sangre le brotaba a chorros, y junto con ella saltaron las vísceras. La mirada del hombre encontró la de Ballard; sus ojos estaban llenos de muerte a re bosar, pero su cuerpo aún no había recibido la instrucción de echarse y morir; avanzó a tientas, en un deplorable intento de huir de la escena de la ejecución.

Ballard se quedó petrificado ante el espectáculo que contemplaba, y el ruso logró darle alcance; lo sujetó y lo arrastró de vuelta al pasillo. gritándole a la cara. Ballard no entendió palabra de la asustada perorata en ruso, pero no hizo falta que le tradujeran lo que le decían aquellas manos que se cerraron alrededor de su garganta. El ruso no era tan há bil como él, y aunque en las manos tenía la fuerza de un experto estrangulador, Ballard no hubo de hacer ningún esfuerzo para sentirse supe rior a su contrincante. Apartó las manos que le apretaban el cuello y lo golpeó en la cara. Fue un golpe fortuito. El ruso cayó contra la escalera y dejó de gritar. Ballard se volvió a mirar la habitación roja. El muerto había desapa recido, aunque en el umbral de la puerta quedaban trozos de su carne. Desde el interior le llegó una carcajada. Ballard se volvió hacia el ruso y preguntó:

—En nombre de Dios, ¿qué es lo que ocurre?
El otro se limitó a mirar fijamente hacia la puerta abierta. Al hablar Ballard, las risas cesaron. Una sombra se movió sobre la pared manchada de sangre del interior, y una voz dijo:
—¿Ballard?
La voz era ronca, como si el hablante hubiera gritado un día y una noche enteros, pero era la voz de Mironenko.
—No se quede ahí fuera, hace frío —le dijo—; entre. Y traiga a Solomonov.
El ruso hizo un esfuerzo por llegar hasta la puerta principal, pero Ballard logró asirlo antes de que hubiera logrado dar un par de pasos.
—No hay nada que temer, camarada —le dijo Mironenko—, el pe rro se ha marchado.

A pesar de la frase tranquilizadora, Solomonov comenzó a sollozar cuando Ballard lo empujó hacia la puerta abierta. Mironenko tenía razón; adentro hacía más calor. Y no había señales del perro. Sin embargo, había sangre en abundancia. El hombre que Ballard había visto tambalearse en el umbral de la puerta había sido arrastrado de vuelta a aquel matadero mientras el inglés luchaba con Solomonov. El cuerpo había sido tratado con una atrocidad sorpren dente. Le habían abierto la cabeza a golpes; y por el suelo estaban des parramadas sus vísceras. Acuclillado en un oscuro rincón de aquel horrible cuarto se encon traba Mironenko. A juzgar por la hinchazón de la cara y del torso, lo ha bían golpeado sin piedad, pero en la cara sin afeitar se dibujó una sonri sa para su salvador.

—Sabía que vendría —le dijo. Posó la mirada en Solomonov—. Me siguieron. Supongo que tenían intención de matarme. ¿Era eso lo que pretendíais, camarada?

Solomonov negó con la cabeza, lleno de miedo. Sus ojos pasaron rá pidamente de la magullada cara redonda de Mironenko a los trozos de vísceras desperdigados por todas partes, sin encontrar refugio alguno.

— ¿Qué los detuvo? —inquirió Ballard.
Mironenko se puso de pie. Incluso aquel lento movimiento hizo es tremecerse a Solomonov.
—Díselo al señor Ballard —le ordenó Mironenko—. Dile lo que ocurrió. —Solomonov estaba demasiado aterrado para contestar—. Es de la KGB —le explicó Mironenko—. Los dos son de confianza. Pero se ve que no les tenían tanta confianza como para avisarles. Pobres idiotas. Los enviaron a asesinarme armados de un revólver y una plegaria. —Se echó a reír ante aquel pensamiento—. En estas circunstancias, ninguna de las dos cosas les sirvió de mucho.
—Déjame ir... —murmuró Solomonov — , te lo suplico. No diré nada.
—Dirás lo que ellos quieran que digas, camarada, tal como hacemos todos —repuso Mironenko—. ¿No es así, Ballard? ¿No somos esclavos de nuestra fe?
Ballard observó atentamente la cara de Mironenko; reflejaba una plenitud no del todo atribuible a las magulladuras. Un hormigueo pare cía recorrerle la piel.
—Nos han vuelto desmemoriados —dijo Mironenko.
—¿De qué nos olvidamos? —preguntó Ballard. —De nosotros mismos —fue la respuesta.

Al contestar, Mironenko salió de su mugriento rincón y se plantó en la luz. ¿Qué le habían hecho Solomonov y su compañero muerto? La carne de Mironenko era una masa de pequeñas contusiones, y en el cuello y las sienes tenía unos bultos ensangrentados que Ballard habría confun dido con moretones, de no haberlos visto palpitar, como si algo anidara debajo de la piel. Sin embargo, Mironenko no dio señales de incomodi dad cuando tendió la mano hacia Solomonov. Al tocar al frustrado ase sino, éste perdió el control de la vejiga, pero las intenciones de Miro nenko no eran asesinas. Con una pavorosa ternura le quitó una lágrima que se deslizaba por la mejilla de Solomonov.

—Vuelve con ellos —aconsejó al tembloroso hombre —. Cuéntales lo que has visto.
Solomonov apenas podía creer lo que oía, o bien sospechó —igual que Ballard— que aquel perdón era una trampa, y que cualquier intento por alejarse de allí provocaría unas consecuencias fatales. Pero Mironenko insistió.
—Vete. Déjanos, por favor. ¿O preferirías quedarte y comer?
Solomonov dio un solo paso vacilante hacia la puerta. Al comprobar que no le había caído ningún golpe, dio otro paso, y un tercero, y luego salió por la puerta y se marchó.
— ¡Cuéntales! —les gritó Mironenko. Se oyó un portazo.
—¿Contarles qué? —preguntó Ballard.
—Que he recordado —repuso Mironenko—. Que he encontrado la piel que me habían robado.
Por primera vez desde que entrara en la casa, Ballard comenzó a sentir náuseas. No eran ni por la sangre ni por los huesos que yacían a sus pies, sino por la mirada de Mironenko. En una ocasión había visto unos ojos igual de brillantes. Pero ¿dónde?
—Usted... —dijo en voz baja—, usted lo ha hecho.
— Por supuesto —repuso Mironenko.
—¿Cómo? —preguntó Ballard. En la cabeza comenzó a retumbarle un estruendo familiar. Intentó no prestarle atención y quiso obligar al ruso a darle una explicación —. ¿Cómo, maldita sea?
—Somos iguales —repuso Mironenko—. Lo huelo en usted.
—No —negó Ballard.
El clamor aumentaba.
— Las doctrinas no son más que palabras. Lo que importa no es lo que nos enseñan, sino lo que sabemos, en lo más hondo, en el alma.

En otra ocasión había hablado del alma, de los lugares que sus amos habían construido para destrozar a los hombres. Entonces, Ballard lo había tomado como una extravagancia, pero ya no estaba tan seguro. ¿Qué otra finalidad tenía el cortejo fúnebre sino la de subyugar una par te secreta de él? La parte más honda, el alma. Antes de que Ballard lograra encontrar las palabras para expre sarse, Mironenko quedó inmóvil; sus ojos relucían con mayor brillo que nunca.

—Están afuera —le dijo.
— ¿Quiénes?
—¿De veras importa? —inquirió el ruso encogiéndose de hom bros—. Los suyos, los míos. Da igual, cualquiera de los dos bandos nos acallará, si puede.
Era verdad.
—Hemos de darnos prisa —dijo, y se dirigió al pasillo.

La puerta principal estaba entreabierta. Mironenko se plantó ante ella en unos segundos. Ballard lo siguió. Juntos se escabulleron hacia la calle. La niebla había espesado. Remoloneaba alrededor de las farolas, ensuciando su luz, convirtiendo cada portal en un escondite. Ballard no esperó para tentar a los perseguidores a que salieran, sino que siguió a Mironenko, que ya le llevaba bastante ventaja; se movía con rapidez, a pesar de su corpulencia. Ballard tuvo que acelerar el paso para no per der de vista al hombre. Lo distinguía un momento, y al momento si guiente se perdía, envuelto en la niebla. La zona residencial que atravesaron dio paso a unos edificios anóni mos, depósitos tal vez, cuyas paredes sin ventanas se elevaban en la den sa oscuridad. Ballard le gritó para que aminorara su baldada marcha. El ruso se detuvo y se volvió hacia Ballard; su perfil osciló en la luz asedia da. ¿Sería una jugarreta de la niebla, o acaso el estado de Mironenko se había deteriorado desde que abandonaran la casa? Daba la impresión de que su cara se caía a pedazos; los bultos del cuello se habían hinchado todavía más.

—No tenemos que correr —le dijo Ballard—. No nos siguen.
—Siempre nos siguen —respondió Mironenko.
Para confirmar la observación, Ballard oyó en una calle cercana unos pasos amortiguados por la niebla.
—No hay tiempo para discutir —murmuró Mironenko, se volvió en redondo y echó a correr.

En unos segundos, la niebla volvió a encerrarlo en su secreto. Ballard titubeó un momento más. Aunque sabía que era una impru dencia, quiso ver a sus perseguidores para reconocerlos en un futuro. Pero mientras las suaves pisadas de Mironenko se fueron acallando con la distancia, notó que los otros pasos también habían cesado. ¿Sabrían que los estaba esperando? Contuvo el aliento, pero no recibió señales de ellos. La niebla criminal siguió remoloneando. Al parecer, se encon traba solo, envuelto en ella. A regañadientes, desistió de su propósito y fue tras el ruso a toda carrera. Unos metros más adelante, el camino se bifurcaba. En ninguna de las dos direcciones vio señales de Mironenko. Maldiciendo la estupidez que lo obligó a demorarse, Ballard se internó por el camino en el que la mortaja de la niebla era más densa. La calle era breve y terminaba en un muro tapizado de púas; detrás del muro había una especie de parque. La niebla se aferraba a este espacio de tierra húmeda con más tenacidad que en la calle, y Ballard no lograba ver más que un par de metros de la parte del jardín en el que se hallaba. Su intuición le decía que había es cogido el camino correcto, que Mironenko había escalado el muro y que lo esperaba en alguna parte, muy cerca. A sus espaldas, la niebla guar daba silencio. Sus perseguidores habían perdido su pista o bien habían equivocado el camino o las dos cosas. Subió al muro evitando a duras penas las púas, y se dejó caer del lado opuesto.

La calle le había parecido tan silenciosa que hubiera podido oír el ruido de un alfiler al caer, pero en realidad no era así, porque en el inte rior del parque había un silencio aún mayor. Allí, la niebla era más fría, y se cernía sobre él con más insistencia a medida que avanzaba por el césped humedecido. El muro que había dejado atrás —su único punto de referencia en aquel erial— se convirtió en un fantasma y acabó por desaparecer. Condenado ya, avanzó unos cuantos pasos, sin tener la certeza de seguir un camino recto. De repente, la cortina de niebla se abrió y vio una figura que lo esperaba a unos metros de distancia. Las magulladuras le desfiguraban de tal manera la cara que Ballard no ha bría reconocido a Mironenko a no ser por los ojos que seguían ardiendo, brillantes. El hombre no esperó a Ballard, sino que se volvió y salió a medio galope hacia la insolidez, dejando al inglés detrás, que lo siguió maldicien do la persecución y la presa. En ese momento sintió un movimiento muy cerca. Sus sentidos de nada le sirvieron en el cerrado abrazo de la niebla y la noche, pero vio con esos otros ojos, oyó con esos otros oídos y supo que no estaba solo. ¿Acaso Mironenko había abandonado la carrera y había vuelto para escoltarlo? Pronunció su nombre, consciente de que al hacerlo revelaría su situación a cualquiera y a todos, pero igualmente seguro de que quienquiera que lo acechase ya sabía exactamente dónde estaba.

—Hable —le dijo.

De la niebla no surgió respuesta alguna. Entonces, otro movimiento. La niebla se enroscó sobre sí misma y Ballard divisó entre sus divididos velos una silueta. ¡Mironenko! Volvió a gritar su nombre, y dio unos cuantos pasos en la lobreguez; de repente, alguien avanzó hacia él. Vio al fantasma sólo por un mo mento, el suficiente como para ver unos ojos incandescentes y unos dientes tan enormes que deformaban la boca, convertida en una mueca permanente. De esos dos hechos —dientes y ojos— tuvo una certeza plena. De las demás rarezas —el vello erizado, los monstruo sos miembros— no estuvo tan seguro. Tal vez su mente, exhausta por el ruido y el dolor, había terminado por perder todo asidero con el mundo real, e inventaba terrores para asustarlo y hacerlo volver a la ig norancia.

—¡Maldición! —exclamó, desafiando al trueno que volvía para en ceguecerlo otra vez y a los fantasmas que no lograría ver.

Como para poner a prueba su desafío, la niebla rieló y se abrió, y algo que hubiera podido ser humano, pero que yacía con el vientre en el suelo, se mostró furtivamente y desapareció. A su derecha oyó unos gruñidos; a su izquierda apareció otra silueta indeterminada y se desva neció. Al parecer, estaba rodeado de locos y perros salvajes. ¿Y Mironenko, dónde estaría? ¿Formaría parte de aquel grupo, o sería presa de él? Al oír a su espalda una palabra pronunciada a medias, se volvió en redondo y vio una figura que, claramente, era la del ruso, pero volvió a ocultarse en la niebla. Esta vez la persiguió a la carrera, y su velocidad se vio recompensada. La figura reapareció ante él; Ballard tendió la mano para aferrar la chaqueta del hombre. Sus dedos encon traron un asidero y, de golpe, Mironenko se olvidó; un gruñido escapó de su garganta, y Ballard se quedó mirando fijamente una cara que casi le arrancó un grito. Su boca era una herida fresca, los dientes enormes, los ojos unas rajas de oro fundido; los bultos del cuello se habían hincha do y extendido, y la cabeza del ruso ya no surgía del cuerpo sino que for maba parte de una energía indivisa, se convertía en torso sin que entre ambos hubiera interrupción alguna.

—Ballard — dijo la bestia con una sonrisa.
La voz se aferraba a la coherencia con gran dificultad, pero Ballard logró captar en ella algún vestigio de la de Mironenko. Cuanto más ex ploraba la carne ardiente, más crecía su asombro.
—No tenga miedo —le dijo Mironenko.
—¿Qué enfermedad es ésta?
—La única enfermedad que padecía era la del olvido, y ya estoy cu rado. ..

Al hablar hizo unas muecas, como si cada palabra se formara contra riando los instintos de su garganta. Ballard se llevó la mano a la cabeza. A pesar de la aversión que le producía el dolor, el ruido aumentaba cada vez más. —También usted lo recuerda, ¿verdad? Es igual que yo.
—No —balbució Ballard.
Mironenko tendió hacia él una mano erizada de pelos para tocarlo y le dijo:
—No tema, no está solo. Somos muchos. Hermanos todos.
—No soy su hermano —protestó Ballard.
El ruido era tremendo, pero era peor la cara de Mironenko. Asquea do, le volvió la espalda, pero el ruso se limitó a seguirlo.
—¿Acaso no saborea la libertad, Ballard? Y la vida. Está al alcance de la mano.
Ballard continuó caminando; comenzó a sangrarle la nariz. No hizo nada por impedirlo.
—Sólo duele durante unos momentos —le explicó Mironenko— Después, el dolor desaparece...
Ballard mantuvo la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo. Al ver que sus palabras no surtían efecto. Mironenko se quedó atrás.
— ¡No permitirán que vuelva! —le gritó—. Ha visto usted dema siado.
El rugido de los helicópteros no logró acallar aquellas palabras. Ba llard sabía que encerraban la verdad. Vaciló, y a través del ruido oyó que Mironenko murmuraba:
—Mire...
La niebla se había vuelto menos densa, y a través de los jirones de bruma logró ver la pared del parque. Detrás de él, la voz de Mironenko se había convertido en un gruñido.
—Mire lo que es.

Los rotores rugían; Ballard sintió como si las piernas fueran a do blársele. Pero siguió avanzando hacia el muro. Cuando estuvo a unos metros de él, Mironenko volvió a llamarlo, pero ya no con palabras. Sólo oyó un rugido muy quedo. Ballard no logró resistir la tentación de mirar, aunque sólo fuera una vez. Y miró por encima del hombro. La niebla volvió a confundirlo, pero no del todo. Durante unos mo mentos que fueron a la vez eternos y excesivamente breves, Ballard vio en toda su gloria la cosa que había sido Mironenko; al verlo, el sonido de los rotores aumentó a un nivel ensordecedor. Se tapó la cara con las manos. En ese momento sonó un disparo, luego otro, y luego una ráfa ga. Cayó al suelo abatido por la debilidad, así como para defenderse; se descubrió la cara y en la niebla vio moverse a varias siluetas humanas. Aunque se había olvidado de sus perseguidores, ellos no se habían olvi dado de él. Lo habían seguido hasta el parque, se habían internado en el corazón de aquella locura, y ahora se encontraban perdidos en la niebla los hombres, los medio hombres y unas cosas que ya no lo eran, y por to das partes reinaba la confusión. Vio a un tirador disparando a una som bra, y acto seguido apareció ante él un aliado con un tiro en el estóma go; vio aparecer una cosa a cuatro patas y la vio desaparecer erguida en dos; vio a otra correr riendo a través del hocico y llevando una cabeza humana agarrada por el pelo. Él también quedó envuelto en la confu sión. Temiendo por su vida, se incorporó y, tambaleándose, regresó al muro. Prosiguió la sucesión de gritos, disparos y gruñidos; a cada paso esperaba toparse con una bala o una bestia. Logró llegar al muro con vida e intentó escalarlo, pero le fallaba la coordinación. No le quedo más remedio que seguir el muro en toda su extensión hasta llegar al portal.

Detrás de él proseguían las escenas de desenmascaramiento, trans formación e identidad errada. Sus debilitados pensamientos volvieron brevemente a Mironenko. ¿Acaso él, o cualquiera de su tribu, sobrevi virían a esta masacre?

—Ballard —dijo una voz en la niebla.

Al principio no logró recordar su nombre. Su mente vagaba como un niño extraviado, aunque su interrogador le exigía una y otra vez que prestara atención, habiéndole como si fueran viejos amigos. Y en ver dad su ojo errante tenía un no sé qué de familiar, pues seguía su camino con más lentitud que su compañero. Por fin se acordó del nombre.

—Tú eres Cripps —le dijo.
—Claro que soy Cripps —repuso el hombre—. ¿Es que la memoria te está jugando una mala pasada? No te preocupes. Te he administrado unos supresores, para impedir que perdieras el equilibrio. Aunque no lo creo probable. Has luchado con el bando correcto, Ballard, a pesar de las considerables provocaciones. Cuando pienso en la forma en que mu rió Odell... — Suspiró—. ¿ Recuerdas algo de lo de anoche?
Al principio, su mente estaba en blanco. Pero luego, los recuerdos comenzaron a llegar. Unas formas vagas moviéndose en la niebla.
—El parque —dijo, por fin.
—Llegué a tiempo para sacarte. Sólo Dios sabe cuántos han muerto.
— ¿El otro..., el ruso...?
—¿Mironenko? —sugirió Cripps—. No lo sé. Ya no estoy al cargo, simplemente intervine para salvar lo que pude. Tarde o temprano, Lon dres volverá a necesitarnos. En especial ahora que saben que los rusos cuentan con un cuerpo especial como el nuestro. Ya nos habían llegado rumores, y cuando te entrevistaste con él, comenzamos a sospechar de Mironenko. Por eso organicé la cita. Y cuando lo vi cara a cara, lo supe. Tenía algo en los ojos, algo hambriento.
—Lo vi cambiar...
—Sí, todo un espectáculo, ¿no? Hay que ver la fuerza que desata. Por eso desarrollamos el programa, para aprovechar esa fuerza y usarla a nuestro favor. Pero es difícil de controlar. Llevó años de terapia supresiva, hubo que enterrar lentamente el deseo de transformación, para quedarnos con un hombre con las facultades de la bestia. Un lobo con piel de cordero. Creímos que habíamos resuelto el problema: si los sis temas de creencias no mantenían dominado al sujeto, lo haría la respuesta dolorosa. Pero nos equivocamos. —Se puso de pie y se dirigió a la ventana—. Ahora tenemos que empezar de nuevo.
—Suckling dijo que te habían herido.
—No. Simplemente me degradaron. Me ordenaron que volviera a Londres.
—Pero no volverás.

No logró ver a su interlocutor, aunque reconoció su voz. La había o en sus delirios, y le había mentido. Sintió un pinchazo en el cuello. El hombre se le había acercado por detrás y le había metido la aguja. —Duerma —le dijo la voz. Y con aquella palabra llegó el olvido.

—No, ahora que te he encontrado, no. —Miró a Ballard de arriba a abajo—. Eres mi vindicación, Ballard. Eres una prueba viviente de que mis técnicas son viables. Tienes pleno conocimiento de tu estado, pero la terapia te mantiene dominado.

Se volvió hacia la ventana. La lluvia golpeaba el cristal. Ballard la sentía casi en la cabeza, en la espalda. Lluvia dulce, fresca. Por un di choso momento, le pareció correr bajo la lluvia, cerca del suelo, y el aire se llenaba de los aromas que el chubasco arrancaba al asfalto.

—Mironenkodijo...
—Olvídate de Mironenko —le aconsejó Cripps—. Está muerto. Tú eres el último del antiguo orden, Ballard. Y el primero del nuevo.
Abajo sonó el timbre. Cripps se asomó a la ventana y miró hacia la calle.
—Vaya, vaya —dijo—. Una delegación que viene a rogarnos que volvamos. Espero que te sientas halagado. —Se dirigió a la puerta—. Quédate aquí. No hace falta que te exhibamos esta noche. Estás cansa do. Que esperen, ¿no? Que suden.

Abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Ballard oyó sus pasos en la escalera. Llamaron otra vez al timbre. Se levantó y fue hasta la ventana. La lasitud de la luz del atardecer concordaba con su propia lasitud; la ciudad y él compartían la misma armonía, a pesar de la maldición que pesaba sobre él. Abajo, un hombre salió del asiento tra sero de un coche y se acercó a la puerta principal. Incluso desde ese án gulo agudo, Ballard reconoció a Suckling. Se oyeron voces en el pasillo; al aparecer Suckling, la discusión se tornó más acalorada. Ballard fue hasta la puerta y escuchó, pero no lo gró entender demasiado, porque las drogas le obnubilaban la mente. Rogaba porque Cripps mantuviera su palabra y no les permitiera verlo. No quería ser una bestia como Mironenko. Aquello no era la libertad. Ser tan horrible no era la libertad: simplemente era una clase distinta de tiranía. Tampoco quería convertirse en el primero de la nueva y heroica orden de Cripps. Comprendió que no pertenecía a nadie, ni siquiera a sí mismo. Se encontraba irremediablemente perdido. Sin embargo, ¿acaso no había dicho Mironenko, durante aquella primera cita, que el hombre que no se creía perdido, estaba perdido? Quizá mejor así —mejor existir en el crepúsculo, entre un estado y el otro, prosperar lo mejor que podía con la duda y la ambigüedad— que sufrir las certezas de la torre.

La discusión cobró mayor impulso. Ballard abrió la puerta para oír mejor. Le llegó la voz de Suckling. Su tono era colérico, pero no por eso menos amenazante.

—Se acabó —le decía a Cripps—. ¿Es que no entiende el inglés? —Cripps intentó protestar, pero Suckling lo interrumpió—. O nos acompaña de un modo pacífico, o Gideon y Sheppard lo sacarán a la fuerza. ¿Qué elige?
—¿Qué es esto? —inquirió Cripps—. Usted no es quién, Suckling— Es usted un segundón cualquiera.
—Eso era ayer —repuso el hombre—. Se han producido ciertos cam bios. A todos nos llega el turno, ¿no es así? Usted debería saberlo mejor que nadie. En su lugar, me llevaría un impermeable. Está lloviendo.
Se produjo un breve silencio, luego Cripps dijo:
—Está bien, les acompañaré.
—Así se hace —dijo Suckling con suavidad—. Gideon, sube a echar un vistazo.
—Estoy solo —dijo Cripps.
—Le creo —comentó Suckling. Y dirigiéndose a Gideon, agregó—: De todos modos, sube.

Ballard oyó a alguien cruzar el pasillo, y luego una serie repentina de movimientos. Cripps intentaba huir o atacar a Suckling, o ambas cosas. Suckling gritó; se produjo un forcejeo. En medio de la confusión, sonó un solo disparo. Cripps lanzó un grito, y luego se oyó el ruido que hizo al caer. Acto seguido, la voz de Suckling gritó enfurecida:

—Estúpido, estúpido.
Cripps masculló algo que Ballard no logró captar. ¿Acaso le habría pedido que lo remataran? Suckling le contestó:
—No, volverá a Londres. Sheppard, córtale la hemorragia. Gideon, sube.

Ballard se apartó del descansillo de la escalera cuando Gideon inició el ascenso. Se sentía lento e inepto. No había forma de salir de aquella trampa. Lo arrinconarían y acabarían con él. Era una bestia; un perro enfurecido y ofuscado. Ojalá hubiera matado a Suckling cuando tenía fuerzas para hacerlo. Pero ¿de qué habría servido? El mundo estaba lle no de hombres como Suckling, hombres que esperaban que les llegara la hora para mostrar su verdadera naturaleza; hombres viles, blandos, secretos. De repente, la bestia comenzó a moverse dentro de Ballard, y pensó en el parque y la niebla, y en la sonrisa que había visto en la cara de Mironenko; sintió que lo embargaba la pena por algo que nunca ha bía tenido: la vida de un monstruo. Gideon se encontraba casi en lo alto de la escalera. Aunque eso sólo demoraría lo inevitable por unos momentos, Ballard se deslizó por el re llano y abrió la primera puerta que encontró. Era el cuarto de baño. En la puerta había un pestillo y lo corrió.

El cuarto se llenó del sonido del agua corriente. Se había roto un tro zo del tubo de desagüe y por él caía un torrente de agua de lluvia sobre el alféizar de la ventana. Aquel sonido y el frío del cuarto de baño le re cordaron la noche de los delirios. Recordó el dolor y la sangre, recordó la ducha —el agua golpeándole el cráneo, aliviándole el dolor amansa dor—. Al pensarlo, cuatro palabras surgieron de sus labios, incontro ladas.

—No me lo creo.
Gideon le oyó.
—Hay alguien aquí arriba —gritó Gideon.
El hombre se acercó a la puerta y la aporreó.
—¡Abra!
Ballard lo oyó con toda claridad, pero no contestó. Le quemaba la garganta, y el rugido de los rotores volvía a aumentar. Desesperado, se recostó contra la puerta. Suckling tardó unos segundos en subir la escalera y plantarse delante de la puerta.

—¿Quién está ahí dentro? —exigió saber— ¡Conteste! ¿Quién es?
Al no obtener respuesta, ordenó que subieran a Cripps. Se produjo un mayor alboroto cuando la orden fue obedecida.
—Por última vez... —amenazó Suckling.

En la cabeza de Ballard, la presión fue en aumento. Esta vez daba la impresión de que el ruido tenía intenciones letales; le dolían los ojos, como si estuvieran a punto de saltárseles de las órbitas. En el es pejo que había encima del lavabo logró vislumbrar algo, una cosa con ojos relucientes, y otra vez surgieron las palabras, «No me lo creo», pero esta vez su garganta, ocupada en otros menesteres, apenas logró pronunciarlas.

—Ballard —dijo Suckling. El nombre sonó a triunfo—. Dios mío, también tenemos a Ballard. Es nuestro día de suerte.

No, pensó el hombre reflejado en el espejo. Ahí dentro no había na die con ese nombre. En realidad, carecía de nombre, porque ¿no eran acaso los nombres el primer acto de fe, la primera tabla del ataúd en el que se enterraba la libertad? La cosa en la que se estaba convirtiendo era innombrable, no podía ser encerrada en un ataúd, ni sepultada. Nunca jamás. Por un momento dejó de ver el cuarto de baño, y se encontró revolo teando sobre la tumba que le habían obligado a cavar, y en las profundi dades bailaba el ataúd mientras su contenido pugnaba por impedir su prematuro enterramiento. Logró oír cómo se astillaba la madera, ¿o se ría el ruido producido por la puerta al ser derribada? La tapa del féretro se hizo pedazos. Una lluvia de clavos cayó sobre las cabezas de los miembros del cortejo fúnebre. El ruido, como si su piera que sus tormentos habían sido infructuosos, desapareció de repen te, y con él los delirios. Se encontró otra vez en el cuarto de baño, frente a la puerta abierta. Los hombres que lo miraban tenían cara de tontos. Estupefactos por la sorpresa de contemplar el cambio producido. De contemplar el hocico, los pelos, los ojos dorados y los dientes amarillos. Sintió alborozo al ver el horror de aquellos hombres.

— ¡Mátalo! —dijo Suckling, y empujó a Gideon hacia el umbral.

El hombre ya había sacado el revólver del bolsillo y se disponía a apuntar, pero fue demasiado lento. La bestia le aferró la mano y le des hizo la carne contra el acero. Gideon aulló y bajó la escalera tambalean te, sin prestar atención a los gritos de Suckling. Cuando la bestia levantó la mano para oler la sangre que bañaba su palma, se produjo un fogonazo y sintió un golpe en el hombro. Sheppard no tuvo ocasión de disparar por segunda vez antes de que su presa salie ra por la puerta y se abalanzara sobre él. Dejó caer el arma e intentó fú tilmente correr hacia la escalera, pero la mano de la bestia le abrió la nuca de un solo golpe. El asesino cayó de bruces y el estrecho rellano se llenó de su olor. Olvidándose de sus otros enemigos, la bestia se abalan zó sobre las vísceras y comió. Alguien dijo:

—Ballard.
La bestia se tragó los ojos del muerto de un solo bocado, como si fue ran ostras de calidad.
Y otra vez, aquella palabra:
—Ballard.

Habría continuado con el festín, pero el ruido de unos sollozos le hizo aguzar los oídos. Estaba muerto para sí mismo, pero no para la pena. Dejó caer la carne y se volvió a mirar hacia el rellano. El hombre que lloraba lo hacía con un solo ojo; el otro miraba fija mente y, por raro que pareciera, seguía intacto. Pero el dolor del ojo vivo era verdaderamente profundo. Era desesperación, la bestia lo sa bía; aquel sufrimiento se encontraba demasiado cercano a él como para que la dulzura de la transformación lo hubiera borrado por completo. Otro hombre sujetaba al que sollozaba, y había colocado el revólver en la sien del prisionero.

—Si da un paso más —dijo el capturador—, le volaré la cabeza. ¿Me entiende?
La bestia se limpió la boca.
— ¡Dígaselo, Cripps! Es obra suya. Haga que lo entienda.
El hombre de un solo ojo intentó hablar, pero le fallaron las pa labras. Por entre sus dedos, manaba sangre de la herida del abdo men.
—Ninguno de los dos tiene por qué morir —dijo el capturador. A la bestia no le gustó la música de su voz; era aguda y engañosa—. Londres preferiría conservarlo con vida. ¿Por qué no se lo dice, Cripps? Dígale que no quiero hacerle daño.
El hombre sollozante asintió.
—Ballard... —murmuró.
Su voz era más suave que la del otro. La bestia escuchó.
—Dígame, Ballard... ¿qué se siente?
La bestia no logró entender bien la pregunta.
—Por favor, dígamelo. Sólo por curiosidad se lo pregunto...
—Maldita sea... —dijo Suckling, presionando el arma contra la car ne de Cripps—. Esto no es una tertulia.
—¿Bien? —preguntó Cripps, sin prestar atención al hombre ni al re vólver.
—¡Cállese!
—Contésteme, Ballard. ¿Qué se siente?
Mientras miraba fijamente en los desesperados ojos de Cripps, el significado de los sonidos proferidos adquirió sentido, las palabras fue ron ocupando su sitio, como las piezas de un mosaico.
—¿Es bueno? —preguntó el hombre.
Ballard oyó que su garganta lanzaba una carcajada y allí encontró las silabas para contestar.
—Sí —le contestó al hombre sollozante — . Sí, es bueno.

No había concluido la respuesta y la mano de Cripps aferró la de Suckling. Nunca se sabría si intentó suicidarse o escapar. Salió el dispa ro; una bala atravesó la cabeza de Cripps y desparramó su desespera ción por el techo. Suckling se desembarazó del cuerpo y se dispuso a apuntar de nuevo, pero la bestia ya se le había echado encima. Si hubiera tenido más de hombre, a Ballard se le habría ocurrido ha cer sufrir a Suckling, pero no abrigaba tan perversa ambición. Sólo pen saba en eliminar al enemigo lo más eficazmente posible. Dos zarpazos letales lo hicieron. Una vez despachado el hombre, Ballard fue hasta donde yacía Cripps. Su ojo de vidrio había escapado de la destrucción. Continuaba mirando fijamente; el holocausto que los rodeaba no había hecho mella en él. Lo sacó de la cabeza mutilada y se lo metió en el bolsillo; luego salió a la calle, bajo la lluvia.

Oscurecía. No sabía a qué distrito de Berlín lo habían conducido, pero sus impulsos, libres ya de la razón, lo condujeron por las callejuelas más ocultas y entre las sombras, hasta un erial de las afueras de la ciu dad, en medio del cual se elevaba una ruina solitaria. Cualquiera sabía qué había sido aquel edificio (¿un matadero? ¿un teatro de ópera?), pero por algún capricho del destino había escapado a la demolición, por más que todos los demás edificios, en varias manzanas a la redonda, hu bieran sido derribados. Mientras avanzaba por las ruinas cubiertas de hierbajos, el viento cambió de dirección y le trajo el olor de su tribu. Eran muchos, y se refugiaban en las ruinas. Algunos se recostaban con tra las paredes y compartían un cigarrillo; otros, completamente conver tidos en lobos, vagaban en la oscuridad como fantasmas de ojos dora dos; otros habrían pasado por humanos, salvo por sus huellas.

Aunque temía que los nombres estuvieran prohibidos en aquel clan, le preguntó a un macho que cubría a una hembra al abrigo de la pared si conocía a un hombre llamado Mironenko. La hembra tenía el lomo sua ve y sin pelos y del vientre le colgaba una docena de tetas henchidas.

—Escucha —le dijo.

Ballard escuchó y oyó a alguien hablar en un rincón de las ruinas. La voz iba y venía. Siguió el sonido por el interior sin techo, hasta donde se encontraba un lobo, con un libro abierto entre las patas delanteras, ro deado de una atenta audiencia. Al aproximarse Ballard, uno o dos del grupo volvieron sus ojos luminosos hacia él. El lector se detuvo.

— ¡ Chist! — le chistó uno—, el camarada nos está leyendo.
Era Mironenko quien había hablado. Ballard entró a formar parte del corro y se colocó junto a él, y el lector comenzó la historia desde el principio.
—«Y Dios los bendijo y les dijo: "Creced y multiplicaos, y llenad la tierra..."»
Ballard había oído ya aquellas palabras, pero esa noche le parecie ron nuevas.
—«... y conquistadla: y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo...»
Echó un vistazo a su alrededor, a medida que las palabras describían
su curso familiar.
—«...y a todas las cosas vivientes que se mueven sobre la tierra.» En alguna parte, muy cerca, lloraba una bestia.