lunes, 17 de noviembre de 2014

El diablo persigue a un niño. F.A.

Tengo una amiga que estudió trabajo social. Durante su ultimo año de carrera "profesion", a todos los estudiantes les asignan una institucion donde realizar practica profesional antes de graduarse. Mi amiga hizo su practica en la clinica mental Nuestra Senora de la Paz, en Bogota, Colombia.
Cuando entro allí encontro todo lo que se supone que hay en un manicomio, gente demente!! pero hay una persona entre todas, que llama la atencion de mi amiga, la cual ve debajo de una mesa en el AREA 1( la gente que no es agresiva y estan voluntarios o por voluntad de parientes), es un niño!!! de tan solo 5 años el cual está ingresado porque su mama lo llevó para que le ayuden por su grave problema.
Mi amiga se agacha y le pregunta "hola como estas, que pasa porque te escondes??".
El niño mirandola con un terror que no me pudo describir le dice que el ve al diablo, que éste se burla de él y lo asusta todo el tiempo, en cualquier momento cuando él esta solo aprece para asustarlo y burlarse de él. Lo que mas aterra es como me contaba mi amiga cundo le pregunto " pero lo ves y que te hace?? él dice: >> Se rie de mi mami y me da miedo"<< y sigue llorando. Obviamente al niño no se le puede dejar solo porque puede sufrir ataques nerviosos donde se le va la respiracion.
Sea lo que sea independiente que sea el diablo o no el niño ve una figura demoniaca. Puede que sea esquizofrenia, pero me parece terrorifico sea lo que sea.

Epidemia. T.B.G.

Un rayo cruzó por delante de la ventana, iluminando la habitación en penumbra. Las sombras se alargaban eternamente dentro de la pequeña habitación, formando caras monstruosas que miraban con ojos atentos. La lluvia, que repiqueteaba contra los cristales, marcaba el acelerado ritmo del corazón de la chica que, moribunda, yacía postrada en una cama desde hacía semanas.
Sus párpados se movían agitados por las pesadillas. Todo era siniestro en aquella habitación: desde los montones de medicamentos de la mesita de noche, a la bata y los guantes blancos posados encima de la silla, pasando por la sangre que goteaba lentamente del colchón de la vieja cama. Ahora la pobre joven se movía y temblaba, atrapada entre las sábanas. Su cara reflejaba todo el dolor sufrido, y su boca deseaba gritar con todas sus fuerzas. Se oía su agitada respiración, y casi podía oírse cómo los latidos de su corazón se iban apagando poco a poco. Alguien entró en el cuarto justo en el momento en que su corazón dejó de latir. Antes de que sus ojos se tornaran blancos, y antes de que un hilillo de sangre resbalara por la comisura de sus labios, se pudieron oír dos simples palabras, pero dos palabras cargadas de todos los horrores vividos en las últimas semanas: "tengo miedo....."
Todo empezó en 2001, una noche de tormenta: un oficial del ejército corría por las calles, resguardándose de la lluvia bajo un maletín de metal. Un maletín que contenía la destrucción y eliminación de millones de personas. Se frenó delante de un alto edificio de piedra, y rogando a Dios que le perdonara por lo que iba a hacer, picó al telefonillo de la verja. Una voz grave le ordenó pasar..... La noche del oficial acabó mal, muy mal: fue asesinado. Había visto y oído demasiado, e y era preferible no correr riesgos. El secreto que en aquel aparentemente inocente maletín se guardaba podía costarle la reputación, la fortuna y el poder a más de uno, y "ese uno" no estaba dispuesto a permitirlo. Pocos días después, en una operación de traslado, el maletín fue robado. Y fue entonces cuando comenzó la lucha de los pocos que sabían el contenido del maletín: por un lado, era de suma importancia que apareciera, para lo que había que hacer un comunicado de alerta a todo el mundo; por otro lado, si la gente llegaba a enterarse de lo que contenía, sus partidos y todo lo que habían construido hasta entonces se derrumbaría, provocando el caos y la revolución por parte del pueblo. Se llevaron a cabo cientos de investigaciones, pero el maletín jamás apareció.
Pasó mucho tiempo antes de que se produjeran las primeras muertes. Pero no fueron las únicas. El país se convirtió en una verdadera masacre humana: por un lado, las cientos de personas que morían cada día entre dolores insoportables, para acabar muriendo cuando la sangre, al viajar a una velocidad escalofriante por las venas, hacía que éstas estallaran, y la sangre saliera por todos y cada uno de los poros de la piel, entre dolores inimaginables; por otro lado, todas aquellas personas que morían en cuarentena, en terrenos encarcelados..... Más de la mitad de la población desapareció. Nunca supieron quién fue el culpable....
Así, mientras la vida se me consumía por dentro, mientras notaba cómo las venas me estallaban con un dolor insoportable, pude ver a la hermana del oficial, a aquella dulce niña de cabellos negros como el azabache. Me miró, y me susurró unas palabras que hicieron que todo mi cuerpo se estremeciera: "decidle a mi hermanito que le quiero......."

Alarma a las ocho. A.

Esta es la historia de Ángel, un chico de catorce años, que llevaba unos días en el hospital porque vomitaba todo lo que comía y tenía mucha fiebre. En el hospital le hicieron muchísimas pruebas buscando una causa. La madre sospechaba de un envenamiento, pero ningún médico supo decir qué tenía. ¡Sólo tenía catorce años y no había comido nada en días!. Su cuerpo no lo toleraba.

El ocho de abril de aquel año, su tía, nerviosa e impaciente porque los médicos llenaban a su sobrino de pastillas y no le curaban ni conseguían averiguar qué le ocurría, decidió irse del hospital y visitar al que fue su pediatra durante años.
La madre salió a dar una vuelta por los pasillos del hospital mientras Ángel hablaba con su hermano y la novia de éste.
Me voy a morir.
No digas eso, le dijo la futura cuñada, aún tienes que venir a nuestra boda.
Cuando la madre llegó, no quisieron decirle nada y les dejaron a solas. Angel tomó su reloj, puso la alarma y le dijo a su madre que dejara el reloj sobre la mesilla. La madre se giró, y la alarma sonó.
En ese mismo instante a su tía se le bloqueó el volante en la misma puerta del hospital. Un hombre que apareció de la nada le dijo unas palabras muy misteriosas, y acto seguido ella alzó la mirada y el tipo ya no estaba. El hombre y el bloqueo del volante le hicieron reaccionar y salió rauda del coche para entrar de nuevo en el hospital.
Cuando llegó a la habitación, todos lloraban.
Al sonar la alarma que Angel había puesto a las ocho el día ocho de abril, su alma abandonó su cuerpo, y su madre lo supo desde el mismo instante en que oyó el primer pitido.

Otra oportunidad. T.

A pesar de su temprana edad, había llegado a la conclusión de que no merecía la pena seguir viviendo. Se había llegado a convencer plenamente, de que sólo poniendo fin a su existencia, sería capaz de conseguir su felicidad eterna.

Desde lo más profundo de su interior, cayendo en la tentación del desahogo y envuelto por el silencio de la noche, sentía la necesidad de reflejar sus palabras en una carta. Palabras con las que intentaba transmitir sus sentimientos más profundos. Sentimientos incapaces de manifestar a sus seres más queridos y capaces de expresar en la soledad más infinita.
Había llegado a convencerse que no resultaba fácil enfrentarse a los numerosos obstáculos que se interponen en la vida. Obstáculos que frenaban sus alegrías, sus ilusiones, sus aspiraciones, en definitiva; "SU FELICIDAD". Momentos de tristezas inexplicables, a los que se iba aferrando lentamente sin encontrar una salida y que lo sumergían en la soledad más absoluta.
En sus profundos pensamientos, recordó la dulce niñez por la que atravesó junto a sus padres. Esa niñez, donde su única obligación era intentar divertirse e ir a la escuela. Fue la etapa más feliz de su vida.
Pero ahora la vida parecía haberle dado la espalda. Se sentía desgraciado. Hacía apenas una semana que María había decidido poner fin a la relación, y le habían dado la desagradable noticia de que en dos días iban a prescindir de sus servicios laborales.
Y además, la grave enfermedad de su padre, el cual inconsciente y como un vegetal, estaba condenado a pasar los últimos días de su vida tendido en la cama de un hospital. Echaba de menos aquellas largas conversaciones de padre e hijo de las que siempre sacaba un buen consejo, pero lamentablemente, su cerebro había dejado de funcionar desde hacía tiempo.
A esas horas de la noche ya debería estar celebrándolo, pero estaba totalmente decidido. Hoy no sería ese día tan especial en el que apagaría sus velas.
Estuvo unos minutos meditando cuál de ellas le harían mayor efecto, pero la indecisión que le producían los nervios, le hizo ingerir las primeras que estuvieron al alcance de sus manos.
No esperaba nada de la otra vida. Sabía que una vez dormido ya no volvería a despertar jamás, pero de alguna manera, él ya se sentía muerto en vida.
Cumplido su objetivo, sus ojos se fueron cerrando lentamente, llegando a verse envuelto en la oscuridad más absoluta.
No fue consciente en ningún momento de su largo viaje, hasta que comenzó a sentirse atraído por una luminosidad que le transmitía una dulzura desmedida, y lo transportaba a un hermoso lugar lleno de paz y tranquilidad. Un lugar capaz de hacerle olvidar sus angustias, sus preocupaciones, sus temores y esa desilusión por la que en ocasiones se sentía invadido.
Conmovido por esa dulzura infinita, se sentía rodeado por unos brazos que le transmitían calidez, amor, ternura, seguridad. Unos brazos que un día dejaron de abrazarle para siempre y que tanto añoraba.
Sobrecogido por aquella fuerza sobrenatural que lo envolvía, fue testigo en pocos segundos del transcurso de su vida, de la inmensa felicidad que había recibido de sus seres queridos y a los que iba a dejar un gran vacío del que solo él sería el culpable. No sería justo.
Era completamente consciente del lugar donde se encontraba, pero a pesar de ello, parecía no sentir miedo. Se sentía protegido por ese ser que le acompañaba en todo momento, y que le transmitía paz y seguridad, mostrando ante sus ojos el verdadero significado de la vida.
Sintió la gran necesidad de volver. Comprendió con aquella dulce experiencia que a pesar de las adversidades, la vida ofrece momentos hermosos, momentos inolvidables por los que debía luchar y a los que no debía dar la espalda.
Cegado por la luminosidad que le provocaban los focos de aquel quirófano, abrió sus ojos lentamente y sorprendido del lugar donde se encontraba, fue consciente del error que había cometido con aquella decisión. Su momento aún no había llegado.
Habiendo transcurrido varios días y después de varias horas meditando y reflexionando sobre aquello que le había hecho cambiar de opinión, se arrodilló al borde de la cama, junto su padre.
Entre sollozos, entendió que aquel ser luminoso le había dado la respuesta. Le había demostrado que debía creer. Creer en sí mismo. Aquel ser, lo había devuelto a la vida.
Y tras darle un dulce beso en la mejilla, le susurró al oído:
"Gracias papá, por volver a darme la vida, con otra oportunidad".

Mi noche de Halloween. L.

Hacia ya 3 años que conocía a mi amigo Héctor, lo conocí en 4º de la ESO y nos hicimos casi inseparables. Pasando buenos y malos momentos juntos, decidimos tras 3 años de relación ir a su pueblo a pasar Halloween. El siempre me contaba que en su pueblo (que no sale ni en el mapa) vivían muchos extranjeros, la mayoría eran americanos e ingleses.
Tenía 100 habitantes o así (El pueblo nada mas tenia unas 60 casitas) la mayoría eran ancianos de países del este o del norte.
Empezamos a hablar del tema y decidí aceptar su oferta, pasar Halloween con el en su pueblo, si en el trabajo me daban días libres, pero al final no me puso pegas.
Día 30 de octubre llegada al pueblo:
Fue increíble, en todas las casas recibían familiares, familias enteras, llegaban en coches a casa de abuelas tíos etc. Se juntaron unas 300 personas por eso algunos se hospedaban en el hostal del pueblo que tenia cerca de 20 habitaciones.
Los adornos de calabazas eran increíblemente perfectos, parecía un pueblo del terror.
Entramos a casa de Héctor y los dos nos miramos diciendo por dentro "Esto va a molar".El día 30 de octubre la mayoría salían a la calle a emborracharse, a contar historias de terror. Normalmente eran invenciones de viejos borrachos pero a nosotros dos nos llamo la atención la de un hombre de mediana edad (unos 40 años o así) que al parecer no estaba borracho y nos contó este suceso:
"Hace 15 años que celebramos por primera vez esta fiesta aquí, yo vine con mi mejor amigo, Diego, la noche era muy lluviosa y la gente salía a la calle solo a tirar la basura. A las 00:00 sonó la sirena de incendios del pueblo pero nada estaba incendiado, todos salieron de sus casas y de repente me di cuenta de que Diego no estaba conmigo, empecé a llamarle pero no aparecía, (entre lagrimas dijo) a los os días apareció muerto con una calabaza en la cabeza..."
Héctor y yo nos quedamos algo sorprendidos, pensamos que seria mentira como todo el mundo pensaría pero la cara del hombre lo decía todo.
Llego el día 31 y Héctor ya se le había olvidado la historia pero yo seguía pensando el suceso de aquel pobre hombre una y otra vez.
Salimos al parque de al lado de su casa con dos amigas suyas del pueblo y otro amigo mas a fumar un rato antes de que empezara la fiesta. En el momento que yo estaba dándole caladas al cigarro, observé que en el bosque había un hombre cabezudo de espaldas. Le di poca importancia, pensé que seria efectos de la marihuana.
Cuando digamos que ya voy recuperándome a los efectos de la gran fumada mire al bosque de nuevo y el hombre estaba lleno de sangre. Le dije a Héctor que mirara y a la vez miramos todos, pero solo lo veía yo. Entonces pensé que estaba todavía bajo los efectos de aquella grandiosa hierba.
Dos horas después ya en la fiesta cuando estábamos bailando todos disfrazaditos, Héctor me paro y me dijo "Oye tío me duele el estomago, voy a mi casa y vengo ¿vale?"...
No he vuelto a ver a Héctor, no se si desapareció pero se que a las 2:35 de la mañana fui con Marta (su hermana) a buscarlo porque tardaba y su madre nos dijo que no llego a su casa, buscamos por todo el pueblo, la iglesia, en la fiesta, en el polideportivo (donde suelen ir todos a emborracharse fuera de la plaza), no lo vimos en ningún lado, pero a mi se me ocurrió ir al bosque y ver si estaba aun aquel hombre. No había nadie salvo sangre en un árbol y un papel que tenia unos símbolos extraños...
Ya han pasado 2 años de lo ocurrido, lo he superado pero en el fondo me culpo por no haber ido con el, no debí darle marihuana ya que nunca había fumado un porro pero le di a probar.
Héctor no se si leerás esto si lo lees te extraño mucho tío, en 4 años te hiciste como mi hermano pequeño, lo siento mucho

A través del cristal. P.P.

Eran las nueve de la tarde. Estábamos a mitad del verano, el escaparate de aquel Telepizza en el que nos encontrábamos dejaba ver un trozo de calle urbanizada bañada por los últimos rayos de luz solar. No sé si mi acompañante se fijó en ese detalle, pero lo cierto es que poco después, el anochecer se hizo infinítamente largo.
Discutíamos que ingrediente sería mas adecuado para afrontar después la película que íbamos a ver y comparábamos los precios y ofertas existentes en un descolorido e insulso tríptico.
Lo lamento, pero recientemente hemos eliminado los champiñones de nuestro menú. Le puedo sugerir que pruebe el nuevo ingrediente, las setas.
Acepté de buena gana. Los champiñones eran mi ingrediente favorito para las pizzas, pero a decir verdad no había probado muchas especies micológicas mas allá de los mízcalos y los boletos. Mientras no fuese Amanita Faloides...
En ese momento entraron en el establecimiento varios mocosos que a buen seguro venían a celebrar un cumpleaños. Nunca me gustaron los niños, y menos los que llevan capirotes de indio y berrean como si fuesen hotentotes a la carga. Para colmo de males, iban sin compañía adulta. Pronto me di cuenta que la madre del cumpleañero estaba sacando del maletero de su BMW una bolsa con regalos y un bolso negro.
Tardará unos 15 minutos
"Sin duda, serán largos", pensé. No sólo tenía mas hambre que el tamagotchi de un sordo, sino que iba a tragarme los prolegómenos de una entrañable y sonora fiesta infantil.
Y sinceramente, preferiría que así hubiese transcurrido todo.
Nos dirigimos hacia una de las pocas mesas libres de los saltos que los niños completaban sin sentido entre el mobiliario de chillones colores.
El escaparate estaba a pocos centímetros de nuestra mesa. Con la algarabía de fondo, centré mi atención en la madre que trataba de cerrar el coche. Era una mujer bella, no sabría decir que edad tendría, pero sería mentir si no digo que estaba de buen ver.
Era alta y de cabellos rubios, con unas grandes gafas de sol cubriendo unos ojos que a la postre descubriría azules.
La mujer cruzó la estrecha calzada. Ningún coche la impedía cruzar los pocos metros de asfalto que había desde la otra acera.
Cuando iba por mitad del recorrido, ocurrió algo extraño.
Mi sorpresa era similar a la que ella mostraba. Había tirado el bolso como si éste le hubiese mordido y ahora miraba cariacontecida el brazo que tenía elevado. Creo que yo era el único que estaba viendo aquello.
La jauría de niños seguía sacando de quicio a una camarera que trataba de tomar nota, pero yo los había dejado de oír.
De repente, sus dedos empezaron a moverse espasmódicamente ante la sorprendida mirada de la dueña. Entonces, soltó la bolsa repleta de regalos y chilló.
Me levanté de la silla y pegué mis manos al cristal. La mujer se retorcía sobre su brazo. Por la forma de moverse, lo asocié a la picadura de alguna abeja, comunes en zonas ajardinadas en esa época del verano.
Los alaridos eran de tal potencia que los niños dejaron inmediatamente su juerga al percatarse de que algo no iba bien.
¡¡¡Mamá!!!
El niño que llevaba una corona de plástico en la cabeza intentaba abrir la pesada puerta entre sollozos y los gritos de los demas niños, asustados por la escena.
El que debía ser gerente del local, calvo como una cebolla y con una ridícula corbata ilustrada con porciones de pizza; empujó y abrió definitivamente la puerta, con la intención de socorrer a aquella mujer que gritaba fuera de sí.
En ese momento, también me dispuse a salir y ayudar en lo que pudiese.
No te muevas
Tenía a Sergio a mi espalda. Intenté darme la vuelta para decirle que si no era consciente de lo que le pasaba a aquella mujer, pero cuando vi lo que el estaba observando; las palabras definitivamente no sólo no salieron, sino que además se me olvidaron por completo.
Sergio estaba a cinco centímetros de cristal, observando por encima de sus gafas. Tenía la mirada clavada en algo que había pegado al vidrio por la parte exterior.
Sin duda era una avispa. Las avispas no me asustan, salvo que sean tan grandes como el dedo índice, claro.
¡¡¡Dios!!!¿¿¿Que cojones es eso??? pregunté sin esperar tener respuesta. El aguijón era terrible, era similar al punzón de un dardo, pero con un color blanquecino que parecía palpitar.
Es un avispón japonés dijo Sergio con voz calmada, aunque en su rostro se advertía cierto temor.
¿¿¿Como que un avispón japonés??? pregunté aterrorizado sin quitar el ojo de aquellas patas peludas
Este insecto vive en Japón y es el causante de más de 40 muertos al año en la isla del sol naciente.
¿Y si es de allí?¿¿¿Que demonios hace en Colmenar Viejo???¿¿¿Es venenoso??? pregunté totalmente alterado
No se que diablos hace este insecto aquí. Sólo viven allí y no hay constancia de que se ubiquen en otra zona del planeta
¡Quiero saber si son venenosos!
Por desgracia, son bastante mas que venenosos en ese momento se quitó las gafas. Nunca le vi sudar de esa forma Recuerdo haber estudiado esta familia en entomología de cuarto. Su glándula segrega siete toxinas muy potentes. Una de ellas facilita una rápida necrosis del tejido afectado.
¿Necrosis?
La mujer seguía retorciendose mientras su hijo lloraba a su lado y varias personas trataban de ayudarla. El brazo desnudo comenzaba a coger una tonalidad negra muy desagradable.
La necrosis consiste en la muerte del tejido afectado. Esa mujer de ahí a perdido el brazo, y si no se la inoculan los antídotos adecuados, morirá en pocos minutos.
¡¡¡Rápido, vayamos a ayudar!!! me levanté y fui corriendo hasta la puerta.
Al mirar atras,me sorprendí de ver a Sergio aun sentado
No hagas locuras. Cierra esa puerta y vuelve aquí
Hice caso omiso y salí al exterior.
Me acerqué mirando con cuidado hacia el corrillo. Varios vehículos estaban parados delante y sus conductores habían bajado a ver que sucedía.
Entonces pude ver los bonitos ojos que tenía aquella mujer, pues las gafas descansaban en el asfalto.
Eran de un azul intenso, pero solo reflejaban un dolor infernal.
La mujer expectoró sangre a borbotones, manchando a su propio hijo que lloraba histérico. Entonces dejó de moverse y los ojos quedaron enternamente abiertos, ya vacíos de todo sufrimiento.
Fue entonces cuando se empezaron a oir aullidos de dolor en todas las direcciones. Me asomé a la esquina de la calle y decenas de personas huían aullando de un parque instalado en una gran rotonda. Otras personas caían al suelo gritando. Era como una locura generalizada.
Muerto de terror, escuché un zumbido similar al que provocaría un mosquito gigantesco batiendo sus alas. Mi adrenalina se disparó y corrí a la velocidad del sonido los diez metros que me separaban de la pizzería. Sólo Sergio continuaba allí dentro, mirando desesperado por el cristal, temiendo por mi futuro.
Llegué sano y salvo al interior, e instintivamente cerré la puerta. Por desgracia no había nadie mas que pudiera entrar. Decenas de niños estaban desperdigados por la calle, moviéndose como peces a los que se saca del agua. Todos gritaban, al igual que los adultos. Algunos se tocaban la pierna, otros se tapaban el pecho, y otros parecían catatónicos tras haber recibido un picotazo en la cabeza.
¡¡¡El numero 33, dos pizzas medianas!!!
La dependienta del mostrador tachaba con un boli un ticket. No parecía haberse percatado de nada. Cuando bordeó el mostrador y nos obsequió con su sonrisa, el gesto cambió lentamente mientras las pizzas caían al suelo.
Tranquila, se nos a quitado el hambre
Tras entrar en histeria después de ver tan dantesca situación, se arrodilló llorando delante de la puerta
Sergio y yo seguimos observando en silencio a través del cristal. Cientos de insectos tapizaban el gran escaparate. Contemplamos una gran nube de avispones avanzando calle arriba.
Casi todos los que estaban fuera ya habían muerto. Pocos minutos después, apenas entraba la luz. Todo la superficie acristalada estaba poblada por enormes abdómenes negros con líneas amarillas.
La noche al fín llegó. Sergio puso la radio de su Nokia. Estaban dando un aviso de evacuación total en el centro y sur de España. Estábamos siendo invadidos por una plaga de avispones japoneses que se había desplazado desde el este de Madrid. Había teorías de que era un atentado terrorista, el primero desde ese estilo. Se habían llevado hasta unas colmenas de abejas abandonadas cientos de insectos de forma clandestina y deliberada, y tras un breve periodo de reproducción, se habían liberado en el medio ambiente, con las consecuencias acaecidas.
Los datos de las víctimas eran aún inestimables, pero había miles y miles de muertos y afectados. Incluso hablaban de personas que habían ido al hospital con hasta 30 picaduras.
La batería del teléfono se acabó.
Fueron dos días hasta que vimos llegar un camión del ejercito y varios soldados con lanzallamas.
Nos sacaron a los tres. Lo último que vi antes de entrar al autobús climatizado con insecticida fue como le pegaban fuego a todos los cadáveres con los que se iban encontrando.
El cabello rubio de la mujer ardió con viveza. Su hijo hacía lo mismo pocos segundos después. La corona de plástico aun descansaba sobre la hinchada y negruzca cabeza.
La puerta del autobús se cerró, al igual que mis ojos.
Dormí durante horas y cuando desperté me levanté aquí.
Estoy en una camareta militar, en un segundo piso. Debe de ser un edificio muy viejo, hay muchas telarañas. Incluso se ven en el exterior.
No se donde está Sergio. Pero al salir en su búsqueda, he visto algo que me ha hecho cambiar de opinión. Hay un soldado muerto a un metro de la puerta.
Parecía sonreir. Cuando he visto salir de sus fosas nasales una viuda negra, he pensado que lo mas inteligente es quedarme aquí. Y como estoy demasiado acojonado para seguir escribiendo, me voy a sentar en la cama a mirar a través del cristal de la ventana.
Pero para ser sincero,no tengo esperanza.
No creo que esta vez venga algún autobús a buscarme.

El hipnotizador. L.

El agua cae dejando un rastro de vapor caliente en las baldosas de la ducha. Resbala sobre el cuerpo de Roberto, quien toma su baño diario con cierta apatía causada por el tedio de la rutina; está agotado debido a la furia y la frustración que tiene acumulada en su atlético cuerpo.
Sandra, su novia, aún dormita en la cama de dos plazas que satura la alcoba con espacio innecesario.
Él no puede creer lo que la noche anterior se mencionó en un programa televisivo de alta audiencia: "El hipnotismo es una farsa; quienes aseguren poder hipnotizar a alguien, serán recompensados en efectivo". En esos momentos había deseado romper la televisión pero un rayo de lucidez le dijo que evite entrar en más gastos de los que ya tenía.
La mueca sardónica de los presentadores del programa era lo que le irritaba más, incluso más que los comentarios hirientes a su profesión de hipnotizador.
Pero muy en el fondo, él les dio la razón.
El hipnotismo ya no es lo que era en tiempos de su padre, gran psíquico, ahora todo el mundo desconfiaba del arte negro, ya sea por incredulidad o por auténtico temor impuesto por la opresión religiosa de nuestra era. Le resultaba imposible conseguir un trabajo decente en el medio social donde se desenvolvía, por lo que tuvo que decirle que sí a un imbécil que confundió el término psíquico con el de mago para fiestas.
Ahora sus presentaciones se reducían a insulsos numerillos en cumpleaños de niños ridículos que se burlaban de su traje y trucos sencillos. Cuánto hubiese dado por demostrar el verdadero y deslumbrante poderío del oscuro arte ante los ojos de esos mocosos malcriados, hubiese podido dominar sus mentes hasta el extremo de que se vuelvan contra sus tacaños padres y los golpeen con sus pequeñas sillas de madera, o podía haber hecho que se ahoguen en gaseosa... en fin, tantas dulces posibilidades de conseguir la gloria. Pero su maldito sentido común siempre se lo impedía y le obligaba a terminar el acto para luego recibir un mísero salario acompañado de duras críticas de familiares y amigos metiches de los padres del homenajeado.
Sandra también le reclamaba ya desde un buen tiempo la falta de ingresos por su trabajo, pues los pequeños lujos que se permitían ambos, generalmente estaban costeados en su totalidad por ella, quien siendo ingeniera en sistemas o algo así, podía pagar un buen departamento, la comida, los servicios básicos y a veces, cuando le iba desastrosamente mal a Roberto, los materiales y la ropa para sus escasas presentaciones.
Talvez ya se acabó el efecto de su efectivo encantamiento de seducción que usó cuando la vio por tercera vez.
Hace ya más de cinco años, una de sus amigas le presentó a Sandra en un bar, era la mujer más hermosa que había visto en esa semana. Y decidido quiso conquistarla. Al comienzo ella se negó y lo rechazó de una forma absolutamente grosera, Roberto no insistió más y decidió olvidarla. Luego de una semana la amiga de Roberto lo invitó a un desayuno de negocios pero la sorpresa de Roberto fue grande al ver a Sandra en la mesa. Y fue mucho más grande su asombro al ver la insinuante actitud de ella al mirarlo y coquetearle, tiempo después Roberto supo que su idiota amiga había apostado con Sandra para que enamore a Roberto. Todo gracias a la psicolectura que aprendió con su padre. Entonces tuvo que desquitarse de ambas usando un grandioso poder cautivador que desarrolló en su adolescencia, y así la ingenua Sandra perdió toda su autonomía en la tercera cita arreglada por la amiga de Roberto, literalmente cayó a los pies de él quien complacido aceptó ser su novio si ella mantenía sus gastos primordiales.
La amiga de Roberto tuvo que pagarle a Sandra una cantidad considerablemente grande, lo suficiente como para que ella le compre a Roberto una renovación total de vestuario y los primeros siete meses de alquiler en el departamento donde actualmente residían.
Lo malo es que el hipnotismo y el control mental en general, pierden potencia si no se los practican con frecuencia, y en estos momentos, Roberto está arrepentido del juramento que le hizo a su padre antes de morir, él le había dicho que jamás vuelva a usar la manipulación mental ante ningún ser humano corriente, pues había visto a Sandra bajo el influjo cautivador de Roberto y enseguida lo había expulsado del hogar.
Ahora mientras lo piensa, cree que tiene que volver a usar su don hereditario, al fin y al cabo fue su propio padre quien le echó de la casa dejándolo en la calle por hacer lo que él tantas veces había hecho, le parece injusto cómo resultaron las cosas y decide terminantemente volver a ejercer su poder ante la humanidad que tanto lo ha ofendido.
Pero una vez más su fastidioso sentido común irrumpe sus pensamientos y le hacen dar una última oportunidad al mundo en general.
Suena el teléfono, cosa poco frecuente en ese departamento, sale desnudo a contestar y del otro lado del auricular se oye una voz chillona que le propone, sin siquiera saludar, una entrevista en reacción al programa transmitido anteriormente por la popular cadena televisiva. Roberto opta por insultar la prepotencia de la señora con voz chillona que no tiene el menor dejo de urbanidad pero su pensamiento vuela y analiza la posibilidad de conseguir decentemente el respeto del público que lo vea, la televisión capta millones. En especial si es un canal de consumo rápido como el que dijo ser representante la mujer de la ruidosa voz.
Acepta, cuadra horarios y deciden verse esa misma noche a las siete en los estudios del canal.
Él se viste sin poner mucha atención y luego despierta a Sandra, quien molesta y adormecida aún le propina un golpe en la espalda que le hacen desear estrangularla ahí mismo, pero se domina una vez más.
Las horas transcurren a gotas mientras él, impaciente, cuenta los pasos del segundero en la esfera del tiempo. Al fin decide la hora esperada llegar y da un ligero repaso de lo que va a decir en vivo para callar de una buena vez a los medios dañinos.
Sale del edificio y toma inmediatamente un taxi, cosa rara en esa parte de la ciudad, este augurio le vaticina una noche productiva, y con buena predisposición de dirige a los suntuosos estudios del canal.
Roberto maldice al mundo completo. A esa hora los automóviles en la ciudad son esculturas metálicas que no mueven un ápice de su carrocería, ni siquiera por el estridente ruido de los millares de pitos que contaminan la lluviosa y fría noche.
Tuvo que salir más temprano, pero estaba tan obnubilado en sus pensamientos que no calculó el tiempo y el riesgo de llegada. Una hora más tarde y el taxi ha recorrido una cuadra. Tardíamente se da cuenta de la estupidez que está cometiendo al quedarse sentado viendo las gotas de lluvia resbalar por la ventana, si pudo adelantar gran parte del trayecto a pie y decide salir. El taxista lo ve con cara de pocos amigos y le exige el pago de sus servicios. Roberto casi lo golpea, pero el taxista adivina sus intenciones y sonriente señala el exorbitante número de su taxímetro y con sus ojos, mira a su vez a un policía que pierde el tiempo en la esquina.
Roberto se resigna y vacía su billetera. Le grita un insulto al taxista y empieza a correr entre la lluvia que es cada vez más fuerte y le golpea el rostro, le despeina y mancha su inmaculado traje marrón claro con el que iba dispuesto a demoler al programita sabatino.
Luego de otros treinta minutos llega exhausto ante las puertas del canal, donde un guardia obeso lo recibe con obvia repulsión ante su desaliñado aspecto y lo peor, le inquiere sobre su falta de mesura al no tomar un taxi para llegar a tiempo. Roberto traga su amarga bilis e ignora al imbécil del guardia. Lo que le importa ahora es llegar lo más pronto posible al estudio, disculparse y empezar a defender su honor ultrajado.
Tiene que subir seis pisos por las escaleras pues el ascensor está en reparación, insulta a la incompetente recepcionista que le avisa esto luego de estar diez minutos ante la puerta del inservible elevador.
Al fin llega y es recibido por una serie de reclamos airados por parte de los productores del canal que entre otras cosas, mencionan la cantidad que le debe al canal por el tiempo perdido y ocupado en transmitir anunciantes. De nada sirven las disculpas. Y para colmo la mediocre asistente de maquillaje se pasa otros minutos más criticando su desastroso aspecto y quejándose de que no podrá hacer nada por él. El director decide que pase como esté pues en tres segundos estaban al aire. Lo empujan hacia el incómodo sillón de plástico que "armoniza" con el "sobrio" decorado del set y los presentadores lo acribillan con preguntas, críticas a su aspecto y sarcasmos poco simulados sobre las respuestas poco coherentes que él emite, en toda esa confusión, Roberto ha olvidado todo lo que pensó decir y tartamudea ante las cámaras.
La tortura se hace interminable. Él ya no soporta la humillación a la que los presentadores le someten y tampoco soporta las ofensivas llamadas del público ignorante y cruel que a cada momento timbra y es contestado por los sonrientes presentadores quienes lejos de censurar las groserías que se gritan desde la línea, las aplauden divertidos. Pero todo llega a su punto más álgido cuando una señorita llama, su voz es dolorosamente familiar ante los oídos de Roberto. Es Sandra. Pide hablar directamente con él, los presentadores la complacen, y ella ni corta ni perezosa revela su identidad a la audiencia y en vivo le reclama a Roberto sobre el ridículo que está haciendo ante cámaras y le exige que inmediatamente vaya a la casa. Los presentadores se desternillan de la risa y luego de ésta fatal llamada sólo llegan unas tres más que cuestionan la sexualidad de Roberto y sugieren su condición de mantenido y parásito social.
Roberto ya no oye absolutamente nada, la llamada de Sandra terminó por derrumbar los últimos cimientos de su dignidad, entonces el sentido común de Roberto es apuñalado por la sed de venganza que despierta furiosa y reclama dominio en su mente. Su expresión se torna sonriente.
Los presentadores luego de haberse reído, se dan cuenta de la insólita sonrisa de su víctima y le preguntan irónicamente el motivo de su buen humor. Él tiene la mirada en el vacío absoluto y simplemente se limita a invitar cordialmente al público televidente, y al público en general, a una demostración de hipnotismo al aire libre y de convocatoria masiva, sin costo, programada para el día siguiente en el parque más amplio de la ciudad.
No hay donde poner un pie, la gente está abarrotada en todos los rincones posibles del amplio parque, hombres y mujeres de todas las edades, niños y niñas, jóvenes de todo tipo. Todos están en ese espacio que ahora resulta corto para tan grande espectáculo. Los niveles de rating del día anterior batieron récords. El pobre hombrecillo humillado por su novia ante cámaras es un espectáculo mucho mejor que el deporte televisado y ahora en busca de redención, el insignificante hipnotizador intentará montar un espectáculo para salvar algo de dignidad. La multitud es despiadada y tiene enormes carteles con crueles frases y salvajes insultos al hombre.
Hay de todo, incluso caricaturas a color y en tamaño gigante para que él las vea desde la tarima con parlantes que el canal ha costeado sólo para esta presentación. Previo el espectáculo del hipnotizador, se han presentado varios artistas del gusto popular y en todo el parque hay lugares de expendio de comidas ligeras y de souvenirs con caricaturas insultantes del hipnotizador. También hay un lugar donde venden la grabación completa del bochornoso programa de ayer, es el lugar más concurrido.
Al fin llega la hora tan esperada, la multitud está delirante y ansiosa. Reina el silencio cuando pasa una lujosa limosina entre los concurrentes. Ahí llega sin duda el hombrecillo que hipnotiza.
Roberto sale del auto que le fue a retirar de su casa en la mañana, no puso objeción, es la primera vez que viaja en limosina. Adentro de la misma estaban los productores y el director del programa de ayer donde su vida cambió y lo recibieron afectuosamente, le entregaron un maletín repleto de dinero, es su comisión por hacer millonario al canal en una noche, le explicaron. Él no había oído, solo tomó el dinero y ahora lo aferra a sus amplios pectorales. Antes de que lleguen al parque, ellos le habían dado un traje de mago para que lo use en su demostración, él se lo puso como un autómata. Es un traje de lentejuelas azules sumamente llamativo, y además tiene un sombrero y un conejo de peluche que asoma su carita por la copa. A él no le importa.
Se sube parsimoniosamente a la tarima donde es recibido por los aplausos y chiflidos de los artistas que se habían presentado previamente y de la enorme masa humana que puebla el gran parque.
Él toma su posición ante el público que lo aclama y lo insulta, levanta los brazos, la multitud hace un silencio burlón y estalla en risas al ver por las pantallas gigantes colocadas a los lados de los parlantes, que Roberto cierra los ojos adquiriendo una expresión de total concentración. Los presentadores del programa de ayer, que ahora son animadores del espectáculo, le hacen preguntas estúpidas y le entregan dramáticamente un reloj de cadena, para que pueda "llegar a las mentes de todos".
Roberto abre los ojos, súbitamente la multitud calla, no es un silencio burlón ni respetuoso, es un silencio sepulcral. Ni siquiera un pájaro se escucha en esa vastedad.
Roberto ha saboteado la mente de todos y cada uno de los concurrentes, ellos pierden el brillo de sus pupilas y adquieren un rictus de absoluta perplejidad. Roberto les habla en su pensamiento, en la primera fila está Sandra, con una expresión de idiota como los demás, cómo ahora él disfruta de ese glorioso momento. Les habla despacio, da órdenes precisas y concretas a cada cerebro presente. Ellos se empiezan a mover a la vez, pausada y ordenadamente, desalojando el parque segundo tras segundo. Y dejando tras si la huella de basura propia de la "civilización".
La masa humana se dirige por la avenida más grande en perfecta alineación hacia un destino por ahora incierto, son las once de la mañana.
Las pocas personas de la ciudad que no asistieron a la masiva convocatoria ignoran lo que pasa en las calles, pues están todas coincidencialmente dormidas en sus hogares. Muchas de ellas están dormidas mientras el gas fluye por una llave abierta.
Mientras tanto, la enorme masa sigue y sigue infatigable su camino por horas hasta salir de la cuidad hacia las montañas circundantes. La fila se alarga más debido a la estrechez de la calle que surca la montaña.
Han llegado hasta el puente que une ambos extremos del gran precipicio limitante entre dos regiones fronterizas.
Encabezada por Roberto, la multitud sin voluntad empieza a cruzar el largo puente. Roberto llega al otro extremo y se da la vuelta, la fila se detiene, él los mira con satisfacción y odio y, los que están por el momento en el puente, se arrojan de lado hacia las afiladas piedras de la sima, donde el ojo no alcanza a ver el fondo. Y así lentamente avanza la multitud que espera del otro extremo del puente hacia su muerte inconciente en las piedras donde nadie los buscará.
Ya cae la noche cuando los últimos se arrojan al vacío.
Pero al otro extremo está una persona solamente. Sandra, quien con expresión ausente solo espera la siguiente orden de Roberto. Él se ha reservado este placer para el final. Cruza el puente hacia donde está ella. Pero el desgastado puente, luego de recibir los millones de pasos durante todo el día, no soporta un peso más y se desploma llevándose consigo el grito furibundo del hipnotizador al fondo del abismo mientras los billetes caen como opacas mariposas hacia indistintos lugares transitados por el viento de las montañas.
Sandra se queda en trance, días y días, su piel se agrieta y sus ojos se secan debido a la falta del esencial parpadeo. Su cuerpo apenas se mueve por los embates del céfiro y de las tormentas, pero mantiene la última posición en la que le dejó Roberto al caer.
Ahora solo es un vulgar alimento para los escuálidos buitres que la visitan.

Sala de espera. L.B.

Miguel cogió al azar una de las revistas esparcidas por la mesita de mármol. Le gustaba ojearlas, desde niño: fotos de gente desconocida, información breve y superficial, chicas guapas, las playas del paraíso...lo ideal para alejar la mente de los libros de derecho mercantil y aliviar la tensión de la espera hasta que llegase su turno.
El hilo musical –neutro e insípido también ayudaba a mantener las emociones en una suerte de purgatorio ártico que solamente la presencia de la señorita enfermera podría deshacer. Y mientras llegaba ese momento Miguel se parapetaba tras su revista, rogando para que entre los presentes no se hallase uno de esos sujetos o sujetas que parecen sentirse obligados a iniciar conversaciones para dejar clara la diferencia entre personas y objetos de mobiliario. A su lado, una adolescente delgada y pecosa, aislada en el submundo sonoro que le brindaba su walkman, hacia ruido al pasar las páginas de una revista de moda. Bajo la ventana, una anciana de aspecto plácido y concentrado bordaba un jersey de lana azul que alguno de sus nietos no llegaría a ponerse nunca. Dos señoras de mediana edad cuchicheaban monólogos inaudibles frente a él, sin intercambiar sus miradas. Otro señor, embutido en un traje que le quedaba pequeño por muchos esfuerzos de la imaginación que hiciese, se abanicaba sin fuerzas con periódico arrugado contra un calor subjetivo, junto a la puerta que abriría la enfermera.
¡Rafael, hijo, dejo eso ya! –recriminaba, con toda la fuerza de mando que su educada voz baja le permitía, una madre a su retoño, que analizaba la resistencia y elasticidad de las hojas de una discreta planta artificial que se había visto acorralada en un rincón por el pequeño explorador.
Pasaron los minutos. La anciana bordaba. El hombre grueso del traje se abanicaba en vano. La chica maltrataba la revista. La madre tomó a su hijo de la mano, salvando a la planta de una defoliación completa. Las mujeres murmuraban...
Pasaron los cuartos de hora. La chica acabó con todas las revistas de la mesa. El hombre dejó de menear su periódico, recostado con la cabeza en la pared y los ojos cerrados; dormido en apariencia. La manga derecha del jersey quedó lista. Las mujeres examinaban las baldosas; ya no tenían nada de que hablar. El niño se esforzaba en alcanzar un cuadro de motivos abstractos ante la impasibilidad de su madre, que vengaba así el tiempo perdido. La paciencia de Miguel comenzó a resquebrajarse, fenómeno bastante insólito en su experiencia y del que apenas guardaba precedentes en su memoria. Hormigueo en los pies, ligero temblor de manos, desasosiego, una gota de sudor resbalando por la frente, sensación de opresión claustrofóbica...ansiedad despertando como serpiente en el nido de su estómago. ¿Por qué no nos atienden de una vez? –masculló en silencio. ¿Se habrán olvidado de nosotros?
Al fin la puerta se abrió, y todas las miradas se alzaron instintivamente. Sin mediar por palabra más que una forzada sonrisa, la enfermera vestida de blanco se dirigió hacia la anciana – que dejó sus labores inacabadas sobre el sillón y la ayudó a incorporase. Miguel palideció de terror al verla; sintió su corazón retorcerse y comprimirse como si fuese a estallar, latiendo en una cuenta atrás acelerada. La revista cayó al suelo entre revuelo de palomas. La anciana se dejó acompañar por la enfermera, cuya cabeza era una perfecta calavera gris ceniza en su caminar doblegado por la artrosis. Ambas entraron, y la puerta se cerró a sus espaldas.
Miguel no daba crédito a lo que acababa de ver. Debía tratarse de una broma de pésimo gusto o una terrible ilusión de los sentidos, pero aquello no podía ser lo que él había percibido. Nadie se inmutó ante el rostro de la enfermera, y los comportamientos siguieron su inercia lógica como si la puerta no se hubiese abierto. "No, no puede ser –se dijo en un intento de tranquilizarse. Mi cerebro ha interpretado mal sus rasgos, por efecto de la tensión acumulada y el cansancio durante la prolongada espera. Debe ser algo relacionado con la ansiedad; de otra forma, toda esta gente se habría levantado espantada como yo. ¡Qué estúpido soy! Y se hubiese reído con ganas de lo absurdo de la situación si no fuese porque aún temblaba como un flan.
La puerta volvió a abrirse. Miguel dejó escapar un grito, sobresaltado, aferrándose el pecho con una mano, como si su corazón quisiera escapar de esta pesadilla dentro de otra pesadilla. La enfermera cadavérica –no había posibilidad de equivocación ahora, contrastando esa lívida tez con la oscuridad enmarcada por la puerta hizo un gesto con la mano a la chica para que se acercara, dándole a entender que ella era la siguiente. Pasó delante de él con evidente alivió y premura, sin desprenderse de los auriculares, y las dos desaparecieron.
Todos lo miraban de arriba abajo, extrañados, como esperando una explicación por su parte de aquella histérica salida de tono inmotivada. Notó una tenue pincelada de reproche en las miradas por romper así la normalidad y su carencia de autocontrol sobre esos nervios cargados de ruidosa espontaneidad.
¿Es que no lo han visto ustedes? –les exhortó, mostrando las inocentes palmas de sus manos. ¡¡El rostro de esa mujer es una calavera, por amor de Dios!!
Todas las miradas se comunicaron instantáneamente entre sí, intercambiando un tácito "Bueno, nos ha tocado un pobre enajenado. Habrá que seguirle la corriente, no vaya a ponerse violento y montemos aquí una escena".
Haciendo gala de gran naturalidad y un fino sentido del humor con claras intenciones desdramatizantes, una de las señoras que tenía enfrente se dirigió a él con suaves palabras:
Hombre, la chica está delgadita, para qué lo vamos a negar, pero tampoco hasta ese extremo.
Hubo sentidas risas de apoyo a la señora, que sirvieron para restaurar el orden de lo cotidiano y, de paso, dejarlo en evidencia, ahí de pie, en mitad de la sala.
Pero...barbotó a modo de excusa.
Vamos hombre, siéntese –siguió ayudando la comprensiva señora, con cálida sonrisa en los labios; seguro que ya pronto le toca a usted.
Y Miguel se sentó, despacio, abrumado, comprobando antes que el sofá no se había transmutado en cocodrilo o que estaba a punto de ser absorbido por un agujero negro. Entretanto, el chirrido de la puerta al abrirse volvió a impactarle en los oídos. Y allí estaba de nuevo, la grotesca calavera, que reclamó a la buena señora que había intentado salvaguardar su reputación. Ésta se incorporó con otra sonrisa y le dedicó un guiño de complicidad a Miguel, mientras el brazo extendido de la enfermera la invitaba a pasar.
Miguel sintió náuseas, la serpiente recorriendo sus intestinos. Su cuerpo era una cárcel de locos petrificada por acción del horror. Clavó la vista en el suelo, se sujetó la cabeza entre las manos, tal vez para impedir que la esfera paranoide explotase en mil pedazos bajo tal presión, e invocó a la serenidad en mitad de la tormenta que amenazaba con arrastrarlo hasta el fondo de la insania; única forma de recobrar el control sobre sí mismo. "Venga Miguel, debes calmarte. Lo cierto es que no ha pasado nada. Seguro que sufres uno de esos insólitos trastornos neurológicos que afectan a una de cada ochocientas mil personas, como el caso del hombre aquel que un buen día dejó de reconocer el color amarillo o la chiquilla que recobró la vista tras una década de ceguera por el simple hecho de estornudar con fuerza. A diario suceden en el mundo cosas como ésta, sin explicación aparente. Tendrás que visitar a un nutrido puñado de especialistas y someterte a sus pruebas infames, pero al final darán con la causa de tu anomalía y se lo contarás a tus nietos entre risas. La ciencia es algo maravilloso".
Al mirar a su alrededor, con algo más de calma, reparó en el sofá vacío frente a sus incrédulos ojos. La amiga de la señora ya no estaba allí. "¿Dónde se ha metido? ¿Ha salido o es que se ha esfumado?". En la sala sólo quedaban el hombre trajeado y la mujer con su hijo.
Y entonces cayó en la cuenta de que ninguno de los anteriores pacientes había vuelto a salir por aquella puerta por la que habían entrado.
"Tendrán otra puerta de salida para no molestar a los que esperan –razonó ante su extrañeza. Tampoco conozco las dependencias de este edificio, así que son ganas de sospechar y fabular despierto".
La enfermera entró en la sala sin que nadie la prestase atención. Cogió al niño por una manita y le acarició su hermoso pelo castaño. Su madre le dio un suave empujoncito en la espalda y la enfermera, con delicada determinación, arrastró al pequeño hacia la puerta.
¡Mamá, mamá! –gritó el niño intentando agarrarse a ella, con la angustia reflejada en los inocentes ojos del que no entiende el porqué de lo que pasa.
Es sólo un momentito, Rafi. Ahora al salir te compro unos gusanitos y unas chuches.
Miguel no lo soportó más. La imagen del niño aterrado le hizo reaccionar como flecha de ballesta y se puso en pie con los puños apretados, fuera de sí.
¡Haga el favor de soltar al niño inmediatamente! –escuchó vociferar a su garganta. Se enteró al mismo tiempo que los demás de lo que acababa de decir.
La enfermera se detuvo, y se giró hacia él. Entonces fue cuando Miguel experimentó cómo el horror puro le abría el cerebro en canal, cuando aquellas cuencas negras donde se leía el infinito se fijaron en las suyas, meros continentes de una carne enferma de locura y mortalidad. La sonrisa cincelada en hueso se burló de la crisis nerviosa que castigaba su organismo, tan débil, tan vulnerable, incluso a su propia condición. Miguel retrocedió derrotado, tropezando con la mesita de las revistas para caer sobre el sofá, donde quedó paralizado, casi sin aliento. La enfermera prosiguió sus pasos llevándose consigo al pequeño, cuya cara enrojecía ya por el sofocón irreprimible. La puerta se cerró con un rápido golpe seco, y los gritos del niño cesaron de inmediato.
Convendría que empezara usted a relajarse –instó con insospechada autoridad el hombre grueso del periódico sino quiere que llamemos a la policía. La madre asintió, arrugando el entrecejo.
Miguel cerró los ojos y se concentró en regular el ritmo de su respiración. Ni tan siquiera los abrió cuando volvió a escuchar a la enfermera entrar de nuevo, en esta ocasión buscando al acalorado señor del traje, que resopló con satisfacción al incorporarse de su sillón. En la sala ya sólo quedaban él y la madre del chico. Pronto, muy pronto a juzgar por la progresiva reducción del intervalo de tiempo entre las visitas de la enfermera, le llegaría su turno. Y de esta certera intuición arrancó fuerzas de flaqueza.
Per...perdone lo de...lo de antes, señora –se disculpó, tambaleante al ponerse en pie. Me...me encuentro muy mal; será mejor que salga a tomar un poco el aire.
Pero Miguel no llegó a moverse, porque la única puerta de la sala era aquella por la que había entrado el horror.
¿Do...donde está la salida? –farfulló, desesperado, pasándose la mano por toda la cara, como queriendo borrar el sin sentido que alteraba su percepción de la realidad.
La mujer le ignoró con evidente fastidio, yéndose a sentar más cercana a la puerta, dándole a entender que deseaba que todo acabase cuanto antes para no volverlo a ver jamás.
Sus sienes pulsaban. Intentó, sintiendo su mente al límite, recordar por dónde había entrado, cuánto tiempo llevaba aquí encerrado, para qué había venido; pero, por más que se esforzó en retrotraerse hacia un lejano pasado, no consiguió recordar el momento en el que entró para tomar asiento, ni nada anterior a esta sala, ni el tiempo transcurrido en medida mensurable, ni mucho menos la intención que le había traído a esperar aquí junto a los demás, que sí lo sabían perfectamente. Ahora era un ignorante ratón en una jaula; y la puerta de la jaula volvió a chirriar.
La madre cogió su bolso y se dirigió hacia la enfermera, que la aguardaba en el umbral. Un instante justo antes de desaparecer, Miguel recibió un fugaz y apenas perceptible brillo de atención en aquella sonrisa y cuencas vacías. "Puedes irte preparando, porque ya sabes lo que sigue" –pensó, sin conocer la autoría de esas palabras.
Le hubiera gustado destrozarlo todo a golpes, tirar la pared abajo y gritar al cielo, reventar la puerta y aquel cráneo a patadas y despertar entre los cimientos humeantes de un mal sueño. Pero sabía con angustiosa rotundidad que esto no era más que un pensamiento reconfortante, una inyección mental de morfina para poder soportar la realidad de esta vigilia incuestionable. Las opciones, todas las opciones se reducían a esperar.
La puerta se abrió.
Y allí, la enfermera también esperaba.
Miguel quiso andar hacia atrás, pero su cuerpo lo hizo hacia delante. Ella salió a su encuentro y le paso un brazo por la espalda, a la altura de los riñones.
No, por favor...déjeme...déjeme marchar –suplicó, llorando.
La puerta se cerró con un susurro.
Y la sala quedó vacía.

La respiración del hotel. D.A.

Estaba yo de viaje por cuestiones de estudio. Recuerdo que junto al hotel habia una casa grande pero vieja, con un moño de luto ya viejo en la puerta. Los compañeros con quienes iba (incluyendo mi compañera de habitación) fueron al cine y yo regrese a eso de las 8 p.m al hotel porque debía preparar un ensayo para el dia siguiente.

Estaba sola en la habitación buscando algo bueno en la TV (pues no había radio), cuando de pronto los canales se iban retrocendiendo, yo le cambiaba a un canal y después se retrocedía dos canales; empecé a oír una respiración detrás de mi, los cabellos de mi nuca se crisparon y sentí una sensación fría acompañada de un sudor frío en mi espalda. El sonido se escuchó primero muy tenue y después inundó todo sonido; miré al espejo que estaba frente a mi pero ni vi nada.
Me armé de valor, con los ojos cerrados en voz baja pero clara dije "por favor vete; debo estudiar, necesito estudiar", mi corazón latía rápido. Entonces se dejó de oír la respiracíon y la TV volvió a funcionar con normalidad.
Hasta ahora no puedo entender que sucedió pero les puedo asegurar que por primera vez sentí algo desconocido pero no fue miedo en sí. Para los que vayan a Teziutlan (al norte de Puebla) y gusten quedarse en aquel hotel junto a la terminal de autobuses puede que si están solos escuhen esa respiración que cala los huesos.

Diálogo. L.V.

¿Qué miras?, ¿No te gusta lo que ves?. Esto que estas viendo es TODO, es el terror, la vida, la MUERTE. Soy todo lo que te rodea, incluso soy tu alma,tus sentimientos, ese temor que sientes ahora al verme.
¿Qué mierda quieres de mi?, ¿que te he hecho yo para que me hagas lo que me estas asiendo?
¡¿Qué me hiciste?! JAJA, no me hagas reir, ¿¡qué me hiciste!? naciste, eso me hiciste, eres un maldito idiota y lo único que logras es cagarme la vida, me destruyes.
¡Pero no digas eso! yo te cree, yo hice que tu estuvieras aquí, en mi casa, con mi familia, mis amigos, mi gente!
Tú lo único que hiciste es cagarme, crearme en tu enferma mente y arruinarme, hacerme quedar como un idiota.
¿yo?, yo siempre te defendí, puse mi cara para recibir YO esos golpes recibidos por papá, los chicos de la escuela, por todo los que te rodean, mejor dicho NOS rodean.
¡Eres un maldito! el que siempre recibe los golpes soy yo, las burlas, las quejas, y sobre todo soportarte a tí, que es mi peor castigo. Pero eso terminara... pronto terminará. Date la vuelta, ¿me ves? ¿ves en ese espejo? ese somos tú y yo, la misma persona pero con diferente mente, yo soy inteligente y tu no. Por eso voy a acabar contigo, mejor dicho con nosotros.
¿De qué estás hablando?, acabas de decir que tú y yo somos una persona, si me matas a mi tambien vas a morir tu.
No me importa morir. Prefiero la muerte antes que sufrir lo que estoy sufriendo en este instante. ¿ves esa hoja de afeitar en tu mano?, es el objeto de nuestro "suicidio".
No lo harás.
¿Quieres probar? mira. (Se corta una vena).
¡AAAHHHHH!
¿Te duele?, ami tambien pero soy capaz de dejarte morir desangrado y reirme, disfrutarlo.
Matame ahora y listo. No soporto más.
Esta bien, como tu quieras...

La noche del lobo. C.

Charlotte, una joven niñera de 20 años habia recibido una llamada de casa de unos vecinos para que se quedara cuidando de sus dos hijos de 5 y 7 años de edad, ya que los padres tenían una cena.
Charlotte llegó puntual y los padres se fueron a cenar. Los niños no eran muy traviesos por lo que Charlotte los acostó pronto.
La noche iba pasando tranquilamente cuando de repente sonó el teléfono. Charlotte lo cogió y lo que se oia al otro lado del telefono era el aullido de un lobo, lo que asustó mucho a Charlotte. Subió a ver a los niños para tranquilizarse, y estaban alli dormidos, no pasaba nada extraño.
Pasó un buen rato y Charlotte se estaba quedando dormida cuando volvió a sonar el teléfono. Charlotte lo cogió asustadisima, pero solo era una llamada de los padres para saber que tal estaban sus hijos.
Nada mas colgar el telefono volvió a sonar, pero esta vez no eran los padres sino otra vez el aullido del lobo. Charlotte llamó a la policia y estos le dijeron que esperara a ver si la llamaban otra vez y pincharian el teléfono para saber de donde provenía la llamada.
Al cabo de una media hora el telefono volvió a sonar. Era el aullido del lobo otra vez.Al poco de colgar llamó la policia y la dijeron:
"No se asuste, pero coja a los niños y llévelos a algún sitio donde se pueda encerrar con ellos, la llamda viene desde su misma casa".
A Charlotte se le paró el corazon no podia moverse, era tal el miedo que sentía que no podia ni hablar. Al final sacó la valentia de lo mas profundo de su corazón se dirigió escaleras arriba y...
Cuando los padres llegaron de la cena encontraron toda la zona acordonada por la policía. Entraron corriendo a casa y lo que vieron no se les va a olvidar nunca:
En las escaleras estaba Charlotte con la mirada en blanco, intentaron hablar con ella pero un policía les dijo que no lo intentaran, que no podia hablar del shock que tenía.
Cuando los padres subieron encontraron en el baño los cuerpos de sus dos hijos desmembrados y descuartizados. Nadie sabrá lo que allí pasó solo la pobre loca de Charlotte...

La dulce serpiente pitón. C.

Los protagonistas, Carmen y Juan, eran una pareja que ya había entrado en la vejez, ambos tenían 73 años y empezaban a notar el peso de la soledad con lo que se decidieron ir a comprar una mascota. Pero no un animal de compañía cualquiera, como un perro o un gato...ellos querían algo menos convencional.
Y esa mascota especial resultó ser una hermosa serpiente pitón,a la que no les reultó nada difícil criarla. De hecho, llevaban una convivencia tan buena que la pareja le permitía recorrerse la casa a sus anchas sin necesidad de estar en un terrario, o también dormir junto a ellos, al lado de su cama y completamente estirada, algo que ellos interpretaban como una señal de cariño por parte de la serpiente a sus cuidadores.
Pero un día, la mujer notó algo en el comportamiento de su mascota y decidió llevarla al veterinario.
Verá, el problema es que lleva mucho tiempo sin comer, 15 días aproximadamente explicaba la mujer muy preocupada y no lo entendemos porque nosotros le proporcionamos la comida suficiente para un animal como él.
Entiendo, ¿y han notado algún otro tipo de comportamiento anómalo?, preguntaba el doctor.
Bueno sí, últimamente le da por subirse a nuestra cama y nosotros no podemos permitirlo porque nos aplasta. Antes lo que hacía era quedarse muy pegada a nosotros, al lado de la cama, y completamente estirada. No sé, nosotros lo interpretamos como una señal de cariño.
Desháganse de este animal lo antes posible les dijo el doctor muy alarmado si ya lleva dos semanas sin comer nada es que está preparando su cuerpo para tragar algo más grande de lo que le están dando por comida y el hecho de que duerma junto a ústedes y estando estirada...no es que sienta cariño, es que les está midiendo para que cuando llegue el momento pueda engullirlos a los dos.

Mi madre nunca mató... D.

Esta historia es muy corta. Cuando mi madre era adolescente trabajaba en algo (no recuerdo en que). Un día llego tarde y la regañaron. Al charlar con su padre de eso dijo –Ah! Que se rompa un hueso! Al siguiente día, el hombre, que era anciano, se cayó y se partió un hueso de la cadera.
El padre le replicó que no dijera esas cosas y mi mamá dijo –Ah! Ma si! Que le dé un ataque! Al siguiente día, a el hombre le dio un ataque al corazón y murió. Mi mamá no se apartó de las posibilidades de que ella lo haya hecho al pedirlo, pero.. Ella es normal..
Ahora ya no dice esas cosas..

La soledad. M.R.

Nunca había sentido curiosidad por averiguar a quien pertenecía aquella tumba. los detalles morbosos no la inquietaban y no creía que pudiese haber nada más allá de la muerte. un día te morías y ya estaba. se acababa todo. ¡punto y final! hasta el momento, nadie había regresado de aquel lugar.

lo único que de veras le importaba era la casa que samuel y ella habían adquirido juntos. era blanca de un único piso, con numerosas habitaciones y un largo pasillo. las tejas eran rojas, de un esmalte vivo, era la típica casa que dibujan los niños con un pequeño sendero y una chimenea llena de humo. tenía bastante claridad, a primeras horas del día, aunque a la tarde se ensombrecía un poco por el ala oeste. a mano derecha, había una pequeña cocina con una gran nevera y también una despensa aunque el detalle de los víveres no era ningún obstáculo para ella ya que el supermercado del pueblo se hallaba bajando la carretera a sólo media hora de coche.
por el momento, se hallaba vacía de muebles, excepto en la primera habitación en la que había colocado un camastro ocasional por si ella y samuel decidían pasar algún fin de semana hasta que terminasen de poner todo el mobiliario.
la casa, rodeada por eucaliptos pendía vertiginosamente sobre un acantilado. el paisaje que se veía desde allí era verdaderamente impresionante. mirar hacia abajo producía vértigo.
a adamaris le gustaba el olor de los eucaliptos y sentir el murmullo de sus ramas cuando el viento las agitaba. le gustaba la paz que se sentía allá arriba. era como una anestesia para el dolor.
era la casa de sus sueños.
la casa que samuel y ella habían soñado juntos.
sólo tenía un defecto.
estaba sola, vacía como ella.
samuel la había abandonado hacia cosa de un mes sin darle ningún motivo convincente. llevaban diez años juntos toda una vida y de pronto él se iba y la dejaba diciéndole únicamente que algo en él había cambiado, que no sabía lo que quería y que deseaba emprender una nueva vida lejos de aquel ambiente que tanto le oprimía.
se había marchado de la ciudad y la había dejado sola. más tarde, se había enterado por unos amigos que tenía otra mujer y que viviría con ella la vida que le había arrebatado.
a consecuencia de esto, se hallaba en tratamiento psicológico porque no podía dormir, porque no concebía la idea de vivir sin él, envejecer y morir sin nadie que la quisiera, abandonada como un perro. sola.
el psicólogo había desaconsejado su idea de ir a la nueva casa. a su temor patológico a la soledad, no le venía bien un lugar tan apartado como aquel. adamaris necesitaba estar en compañía de mucha gente.
había hecho caso omiso a la opinión médica y de todos sus amigos. el único sitio donde podía encontrarse feliz y menos sola era precisamente aquel, la casa en la que había planeado vivir hasta hacerse muy vieja en compañía de samuel, su amor.
entró en la casa y admiró el brillo del parquet y el olor de la madera. los obreros la habían dejado acabada aquella misma mañana. quitó la cinta aislante que cubría una de las ventanas y observó la infinitud del mar a lo lejos.
de pronto tuvo un sobresalto al sentir su móvil. ¿quién la llamaría? adamaris suspiró al ver el nombre de sandra en la pantalla. sandra era su mejor amiga. siempre se preocupaba por ella. era algo bruja y también muy sincera. decía las cosas tal y como le venían sin pensar en el efecto que podían producir en las personas.
¿estás loca? casi gritó ¿pero a quien se le ocurre ir a esa casa tu sola? ¿y si te da un ramalazo y te da por tirarte por ese acantilado? ¡ahora mismo cojo el coche y me planto contigo! ¿por qué no haces caso a la gente que te quiere?
durante algunos minutos mantuvo una discusión acalorada con ella. finalmente rompió a llorar desconsolada.
le confesó que estaba mal, francamente mal que continuamente sentía ganas de llorar y que la idea del suicido le rondaba cada segundo.
pero le dijo, que únicamente en aquella casa encontraba paz y que le pedía por favor que no se inmiscuyera en sus asuntos.
podía llamarla cada minuto, cada segundo si tenía miedo aunque ella no tenía intención de atentar contra su vida. lo único que quería ahora es que la gente que la quería respetase su voluntad de estar sola.
entristecida por el estado de su amiga, sandra dejó de insistir. ya iba a colgar cuando adamaris en tono de broma y para restarle importancia a su discusión se le ocurrió preguntar:
¿oye, y no tendrás ningún ritual para encontrar al hombre perfecto?
pensé que tu hombre perfecto era samuel respondió sandra.
tal vez me convenga cambiar de aires replicó quiero a un chico guapo, mucho más guapo que samuel, inteligente, sensual, simpático, y que me quiera mucho.
sorprendida sandra estalló a reír:
ese hombre no existe adamaris.
¿ves entonces porque quiero estar sola?
cuidado con tus deseos adamaris por que pueden hacerse realidad
siguiendo la broma le dijo que tomara nota. se inventó un ritual de atracción para su amiga diciéndole que necesitaba un pequeño gorrión muerto sobre el que debía verter unos granos de lavanda, envolver el pequeño cadáver en una hoja de un árbol y enterrarlo en una noche de luna llena al lado de una tumba.
todo esto, lo dijo sandra, ignorando que cerca de la casa que adamaris había comprado, existía verdaderamente una tumba, de una persona desconocida, tal vez un suicida aunque era poco improbable por la pequeña cruz de mármol blanco o incluso, un marinero sin nombre o un antiguo morador de aquella colina.
con los ingredientes, adamaris bajó al pueblo y compró unos saquitos de lavanda en grano pues no la tenía en casa. encontró efectivamente el cadáver de un pequeño gorrión, probablemente muerto de una enfermedad el poder adivinatorio de sandra era increíble y tal y como ella dijo, envolvió el pequeño cadáver en unas cuantas hojas de eucalipto atadas con una cuerda.
interpretándolo como un juego simpático que le permitiría encontrar al hombre ideal ya que ella no creía en esas cosas esperó a que hubiese luna llena y enterró el cadáver del pequeño pajarito en un montoncito de tierra al lado de la tumba sin nombre.
aquello no iba a resultar. ¿pero que perdía por intentarlo? si la magia no existía como ella creía no pasaría nada. nunca había creído en la magia. ¿por qué no empezar a hacerlo ahora?
sucedió que aquel verano, no pasó absolutamente nada. bueno, sí pasó. pero no fue la aparición del hombre apuesto y encantador de sus sueños.
lo que ocurrió fue algo más bien terrorífico.
después de eso, comenzó a sentir como todas las noches una niña desconocida recorría su casa a la carrera. nunca la veía. cuando encendía la luz, los ruidos cesaban pero ella sabía que tenía que tratarse de una niña, una niña de corta edad.
incluso, una noche cerró con llave la puerta, por temor a que realmente una niña del pueblo hubiese subido hasta allí arriba cosa improbable ya que era la única inquilina de aquella colina a gastarle una broma pesada.
los ruidos de la niña volvieron a oírse también aquella misma noche dentro de la casa y justo al lado de su cama. pero al encender la luz, todo se desvaneció.
pensando que la soledad le estaba haciendo volverse loca, tomó la determinación de abandonar la casa aquel verano. a su llegada a ribadesella, le contó a su amiga sandra lo que había acontecido y esta le habló de la posibilidad de que hubiese un espíritu en su casa a consecuencia del ritual practicado.
sandra tenía la culpa. había jugado a inventarse un ritual y con la magia no se juega. aquel mismo año tuvo un accidente de tráfico en el que perdió la vida.
pero adamaris no lo atribuyó en ningún momento a un castigo por jugar con la magia.
pasaron los años y regresó a la casa. la casa blanca que se parecía a un dibujo infantil con su camino, y sus eucaliptos.
la casa donde samuel y ella habían planeado agotar los últimos días de su vida.
el espíritu de la extraña niña dejó de atormentarla desde el primer día en que había puesto un pie sobre la casa.
adamaris estaba feliz. había encontrado al hombre de sus sueños. era un caminante, guapo, alto y rubio de habla extranjera. se dedicaba al senderismo cuando por casualidades de la vida fue a parar cerca de su casa. se hallaba alojado en el hotel del pueblo.
le preguntó si era feliz allí y le dijo que debía serlo pues si él viviese en un lugar tan hermoso como aquel no pensaría en abandonarlo nunca.
mantuvo una hermosa relación con él durante un mes. aquel adonis, llegaba a su casa cada anochecer y le colmaba de todos los besos y caricias que nunca había soñado tener.
la felicidad se reflejaba en su rostro.
era enormemente feliz.
pero un día, al igual que samuel, desapareció y la dejó nuevamente sola.
intrigada por la extraña desaparición de su amado, volvió al pueblo y preguntó en el hotel por él.
nadie le conocía. no había ningún muchacho alemán registrado con ese nombre durante aquel año.
sin saber como ni porque, entró en la iglesia para hablar con el párroco. ella no creía en aquellas cosas.
pero necesitaba consuelo a su dolor. necesitaba hablarle a alguien de su temor a quedarse sola.
cuando el párroco oyó el nombre y los apellidos de aquel muchacho, palideció.
adamaris le preguntó que le sucedía.
este únicamente le dijo que no podía ser posible que hubiese conocido a aquel hombre ya que había muerto.
los cimientos de la nueva casa de adamaris estaban sobre la antigua casa. por lo visto, fue un hombre cuya hija murió de una enfermedad pulmonar. incapaz de soportar la tristeza, su mujer, la persona a quien él más quería en el mundo, le dejó solo. incapaz de soportar la muerte de su hija y el abandono de su esposa se precipitó al mar.
había anochecido cuando adamaris abrió sigilosamente la puerta de su casa con intención de coger las pocas pertenencias que tenía y poner los pies en polvorosa lejos de aquella casa maldita gracias al ritual de una amiga aprendiz de bruja y a ella misma que lo había llevado a cabo.
al poner un pie dentro un aire gélido le golpeó la cara y una fuerza sobrenatural la empujó hacia dentro.
quiso encender la luz pero una mano gélida se lo impidió empujándola contra una viga que le hizo perder durante un instante la conciencia.
cuando la recuperó, vio que la luz de la luna iluminaba a una niña con un hermoso vestido blanco, mesándole los cabellos. a su lado había un pañuelo manchado de sangre.
adamaris recordó la enfermedad pulmonar de la que el párroco le había hablado con respecto a la niña.
a su espalda, surgió una voz de ultratumba que le decía:
ya nunca más estarás sola.