domingo, 28 de diciembre de 2014

La mujer del pasillo. S.

Una noche de Halloween, por hacer algo de miedo, jugamos a la Ouija, cosa de la que siempre me arrepentiré. La noche era fría, en el ambiente se notaba un aroma extraño, no sé definirlo con palabras; unos amigos y yo buscamos una vieja Ouija que mi familia siempre ha tenido guardada...
Era de mi bisabuela, la cual había muerto cuando yo aún no había nacido, y siempre había querido conocerla. Mis amigos hacían eso por diversión, yo por un fin, puesto que quería hablar con mi bisabuela.
La sesión comenzó, entre risas mis amigos bromeaban, yo estaba muy serio, concentrado, pero ellos no lo notaron, hasta que cayó un rayo que iluminó toda la habitación oscura, seguido de un trueno, que estremeció hasta el último de mis huesos. Asustados por el rayo, mis amigos, se quedaron en silencio, como yo, concentrándose, de repente, el puntero de la Ouija comenzó a moverse. Preguntamos alunísono, quién era, pero no respondió.
El puntero se movía sin cesar de un lado para otro, sin formar palabras. Al final paró, y lentamente, formó las siguientes palabras: "stoy yendo a por vosotros".
Era una mujer, que estaba en el pasillo y gritaba por entrar a mi habitación. El cerrojo estaba echado, no podía entrar, pero parecía que iba a tirar la puerta abajo.
La mujer gritaba desesperada, la puerta iba a caer, así que empujamos la cama para atrancarla. La mujer cada vez más desesperada, gritaba mi nombre. Yo tuve el impulso de abrir la puerta, pero me contuve, esos gritos eran desesperados.
Entonces me di cuenta: Era mi bisabuela; algo me lo decía, aunque no podía explicar cómo lo sabía.
Me lancé a abrir la puerta, quería verla, tenía que verla, pero mis amigos me agarraron. Los gritos cesaron, una de mis amigas, tuvo un ataque de nervios. Nos acercamos a consolarla, pero una voz grave y fuerte salió de ella diciendo que no nos acercáramos. Nos quedamos de piedra.
La mujer del pasillo comenzó a gritar de nuevo: "¡Os lo advertí, y no me hicisteis
caso, ahora moriréis!". Mi amiga comenzó a moverse de un lado a otro, diciendo que nos mataría. Intentamos abrir la puerta pero no pudimos. Los gritos volvieron a cesar, conseguimos abrir la puerta, yo salí primero, pero se cerró detrás de mí. Oí los gritos aterrorizados de mis amigos, histéricos, pidiendo socorro, dando patadas a la puerta para abrirla.
Escribo mi historia, cuarenta y cinco años después de que ocurriera, pues acabo de salir de la cárcel, culpado por el asesinato de mis amigos, los cuales encontré muertos cuando conseguí abrir la puerta de mi habitación.

Acampada. J.

Voy a contar una historia que no se me olvidará jamás. Era la víspera de halloween y estábamos haciendo todos los preparativos para pasar una noche de miedo. Mi amigo y yo preparamos una acampada en mitad del bosque. Lo hicimos.

A medianoche aproximadamente mi amigo me despertó diciendo que no paraba de soñar con su abuela y con el momento horrible de su muerte,(murió de cáncer, sufrió mucho, según me contó). Bueno, yo le dije que sería el ambiente, el bosque, el hecho por el que estábamos pasando allí la noche y le dije que se le pasaría.
Cuando me quise volver a dormir, ya no pude. Oía extraños ruidos y agonizantes voces.
De repente tanto mi amigo como yo escuchamos un montón de susurros.
Empezábamos a estar verdaderamente asustados, esto iba en serio.
Lo que sigue a esto, es conveniente que lo lean los echaos pa'lante.
Oímos una voz susurrante y con buena intención que le decía a mi amigo: Tranquilo Ramón, la Abuela esta aquí.
Ramón, con la tez pálida afirmaba rotundamente que la voz pertenacía a su abuela fallecida y de eso sólo habían pasado dos semanas.
Salimos corriendo y nos fuimos a casa.
Desde entonces creo en fantasmas y nadie me va a quitar de la cabeza que existen, pues yo les he oído.

La fiesta. M.

No es fácil empezar, después de leer mi historia lo entenderán. Vivía en una pequeña casa, aislada de la ciudad, ya que por la enfermedad de mi madre nos tuvimos que mudar aquí, mi mamá tenía pánico a la gente y se alteraba demasiado.

En mi casa somos tres, mi madre, mi medio hermano y yo, mi papá murió cuando yo tenía sólo siete años.
Como decía, la casa es pequeña, pero tenebrosa, y mis compañeros de curso lo sabían, por eso insistieron celebrar aquí la fiesta de halloween, a lo cual accedí.
Llegó el día, todos mis amigos y yo estábamos en mi casa, pero en mitad de la fiesta a alguien se le ocurrió proponer:
- Juguemos a la ouija. Todos aceptaron.
Lo preparamos todo minuciosamente, hasta el último de los detalles, ocupamos nuestros puestos y comenzamos la invocación. Increíblemente el testigo respondió inmediatamente a nuestra llamada, se habían cumplido nuestras expectativas. Pero de repente una extraña sensación llegó a mi ser, se escuchaban gritos en la segunda planta, un frío penetró de golpe las almas de todos los presentes y una ráfaga de viento abrió bruscamente las ventanas, todos quedamos impasibles. ¿Qué estaba pasando?, al fin reaccionamos y algunos empezaron a gritar, otros reaccionaron riéndose, como si quisieran creer que todo era una broma. Pero no, en mi casa nunca habían pasado cosas así.
Pasados unos segundos, el silencio volvió y los ánimos se iban calmando, pero de pronto uno de nuestros compañeros rompió el silencio, estaba pronunciando palabras que ninguno de nosotros podía entender, parecía que hablaba en latín. Algunos empezaron a reír y otros no lo soportaban más, querían que se callase, pero el no paraba, los ánimos se caldearon de nuevo y una amiga empezó a pelearse brutalmente con un compañero.
El panorama era dantesco, unos reían como endemoniados otros gritaban, se peleaban y varios cayeron desmallados, era horroroso e insoportable.
Por fin llegó un momento de calma, pero no duro mucho, una nueva oleada de cólera descontrolada invadió a los allí presentes, los gritos aumentaron, ya no se podía más, era horrible, la sangre salpicaba las paredes, el testigo de la ouija se movía solo, pero de forma controlada, pude leer:
- Fue un gran error...
A pesar de todo lo que estaba ocurriendo en aquella sala, yo intentaba mantenerme tranquila y razonable, pero no aguante mucho, el tablero empezó a temblar bruscamente y de el salió un resplandor, allí pude ver a mi padre, él estaba provocando todo esto, ahora sabía lo que estaba ocurriendo, habíamos abierto la puerta, y él no se iba a peder tan esperada cita por nada del mundo, buscaba venganza...Pero...¿Por qué?.
Reaccioné inmediatamente y subí las escaleras de tres en tres, tenía que encontrar a mi madre, pero al llegar al segundo piso la encontré muerta, y mi hermano yacía muerto a su lado. ¿Por qué los mató?...
Poco después encontré el diario de mi madre, allí encontré todas las respuestas. Mi madre lo había asesinado, junto con el papá de mi medio hermano, mi padre había cumplido su amenaza...
Ahora entiendo los gritos, eran ellos, de un día a otro mi familia y mis amigos habían desparecido para siempre. Nunca olvidaré aquel halloween...

Jugando con un fantasma. J.G.

Esto que les voy a narrar me sucedió hace ya varios años. Acá en México no tenemos Halloween, la tradición es ir al panteón por la noche y llevar comida, bebida, luces y hasta música a los muertos. La noche del 1 de Noviembre de 1995 yo tenía la edad de 13 años, acompañé a mi madre a llevar una ofrenda a mi abuelo y a quedarnos en el cementerio un rato.
La noche era tranquila, las tumbas estaban llenas de veladoras y brillaban con la luna. Mi mamá se quedó dormida, sobre la tumba del Abuelo. A mi, al contrario, el sueño no me llegaba, me daba miedo pensar en dormir en una tumba. Me quedé sentado enfrente de mi mamá, pero al cabo de unos momentos empecé a sentir sueño, me sentía cansado, cuando de pronto alguien me puso la mano en el hombro, me asusté y al dar la vuelta vi que frente a mi había un niño, un poco más chico, tendría unos nueve años. Nos miramos fijamente y me preguntó por mi nombre, seguidamente se presentó él:
- Me llamo Alejandrito Chávez.
El niño era tierno y amigable y traía consigo una bolsa de canicas y me invitó a jugar con ellas. Nos dirigimos hacia una lámpara, cerca de donde estaba mi mamá.
Mientras jugábamos a las canicas me dijo:
- Tu mamá te ama mucho, tienes suerte, yo en cambio extraño a la mía.
- ¿Con quién has venido al panteón?, le pregunté yo.
- He venido con mis abuelos.
Todo siguió normal y seguimos jugando, yo en ese momento no di ninguna importancia al asunto.
Pasaron unas horas quizás, cuando uno es pequeño pierde la noción del tiempo, pero el caso es que finalmente el sueño empezó a ganar su batalla, le dije que estaba muy cansado y que tenía que dormir, así lo hice me fui junto a mi mamá quedándome dormido casi al instante.
Al día siguiente el sol nos despertó, mi mamá y yo nos levantamos:
- Vamos, recoge los platos y las demás cosas. Dijo mi mamá.
Mi sorpresa llegó cuando puse los platos en la tumba de enfrente, en la lápida envejecida había una inscripción:
"Aquí yace mi querido hijo Alejandro Chávez". También indicaba el día de nacimiento y el de su muerte, tenía nueve años exactamente, la verdad no sabía si era una rebuscada coincidencia, así que le pregunté a mi mamá, aunque ella no supo que decirme. De pronto llegó una Sra. Joven, se dirigió a la tumba de Alejandro, al verla no pude resistirme y la curiosidad me ganó, le pregunté:
- ¿Cómo era el niño?.
La descripción que me dio coincidía exactamente con el niño con el que jugué, pero aún hay más, me comentó que la tumba de al lado pertenecía a la de sus abuelos.
Esto nunca se me olvidará, y en lugar de sentir miedo, creo firmemente que existen fantasmas buenos.

El monte del retorno. E.P.

En un pueblo del norte de América vivía un chico de 14 años llamado Izan, con su madre y su reciente padrastro, al que el tanto odiaba porque muchas veces llegaba borracho y le pegaba. No era un pueblo muy extenso, tenía poco más de 3000 habitantes con su plaza, con su iglesia, su cementerio y un cementerio de animales.

Izan tenia un perro de raza pastor alemán. Un día su perro se comió una gallina del corral de su padrastro, intentó remediarlo pero en ese momento su padrastro salio al patio que daba al bosque, (ya que el pueblo estaba rodeado por montes y bosques) y al darse cuenta de lo sucedido fue en busca de su rifle. Izan en ese momento le grito a su perro que saliera corriendo y huyo al bosque pero su padrastro disparo y le dio.
Izan fue corriendo a donde estaba su perro, su perro estaba tendido en el suelo y gimiendo de dolor, más tarde murió entre los brazos de Izan. Dejo el cadáver y fue a buscar a su amigo Johann para que lo ayudara, volvieron, recogieron el cadáver, y fueron a enterrarlo al cementerio de animales, pero no lo enterraron en donde entierran a los demás animales, sino en un monte que estaba cerca del cementerio, donde una tribu de indios hacia antiguamente rituales a los muertos.
Al día siguiente era la noche de Halloween y, como de costumbre, su padrastro no le dejaba salir, pero su madre le dejo ir con sus amigos, que habían quedado cerca del cementerio junto al bosque para contar historias de miedo. Cuando llego su padrastro a casa borracho y se dio cuenta de que Izan no estaba, le pego a su mujer hasta que le confeso donde lo había dejado marchar, y fue en su busca. Izan y sus amigos al ver llegar a su padrastro borracho se asustaron ya que le iba a pegar, y justo al llegar a el se escucho un ruido.... su perro salio del bosque y mato a su padrastro!
Izan y Johann se quedaron paralizados al ver otra vez al perro, llorando lo llamo pero ya no era el mismo de antes, aunque estaba lleno de tierra, y sin responder a la llamada de Izan, volvió al bosque.
Todos los amigos huyeron del susto excepto Johann, que ayudo a Izan a llevar el cadáver de su padrastro al cementerio junto al monte donde enterraron al perro.
Al regresar a su casa, Izan contó a su madre todo lo ocurrido y decidieron callar, ya que su madre cansada de que su nuevo esposo la golpeara le quería pedir el divorcio, pero no lo hacia por miedo a que la matara, entonces hicieron las maletas y se fueron a vivir a otra ciudad.
Cuenta la leyenda que en las noches cuando alguien pasa junto al monte del cementerio se distingue la figura de un perro, pero al parpadear desaparece.

Atrapado. E.

Roberto era un chico bastante gamberro, pegaba a los débiles, y se creía el mejor. Pero un grupo de chicos estaba harto de que hicieran esas fechorías y decidieron darle un golpe de venganza. Una noche de Halloween atrajeron al chico al cementerio.
Sabían que Roberto creía en los fantasmas, así que decidieron dejarlo encerrado allí. Roberto acepto encantado de ir al cementerio sin saber que cometería el peor error de su vida. Primero contaron historias de terror., luego Roberto dijo que ya era muy tarde y decidió volver a su casa.

Pero los chicos no se lo permitieron y lo agarraron, este intento pegarles pero uno de ellos, sacó un cuchillo y le hizo una fuerte herida en el brazo. Este solo podía retorcerse y gritar de dolor así que una chica le tapo la boca. Los demás le agarraron por las piernas y lo ataron donde habían varias lapidas.
Arrepiéntete de todas las humillaciones que nos has hecho.

¡Una mierda!
Como respuesta otro chico le dio un puñetazo y otra chica, le clavo una navaja en los hombros, este suplicaba por su vida pero esos niños estaban ciegos de venganza. Lo agarraron mientras cavaban una tumba.
¡NOOOOOOOOOOOOOOOO!Suplico desesperado¡SIENTO TODO LO QUE OS HE HECHO!!!!
Demasiado tarde.

Y metieron a Roberto, dentro de la tumba. Junto a un horripilante cadáver. Lo metieron en la caja y empezaron a echar tierra. Roberto estaba desesperado, golpeaba la caja pero había demasiada tierra,y cada vez quedaba poco aire. Y los demás se habían marchado. Ahora cuando llegara la noche de Halloween se oirían los gritos de Roberto en el cementerio........

Trauma. C.M.N.

Mi nombre es Clifford, ahora solamente me llaman Cliff. Para calmar mi alma contaré lo que sucedió que me pudo, por mi culpa murió un inocente... si no me hubiera ido seguro seguiría vivo.

Tengo 50 años, el pelo canoso como la mayoría de gente de mi edad, no estoy gordo ni flaco. Cursé estudios de medicina en la Universidad de Nueva York, cuando hice las prácticas en el hospital me cogieron enseguida porque según ellos tenia muchas ganas de aprender, esa es una de mis virtudes.
Yo trabajaba en el hospital Sound Shore, todos los días eran normales hasta que un día, un caluroso día de verano escuchamos un golpe contra la puerta, una de mis compañeras llamaba Rosa por su precioso pelo del mismo color, y acto seguido corrió hacia allá.
Yo no me enteré solo escuché que pedía una camilla, después pasaron por mi lado. Un precioso y pálido joven yacía inconsciente, su rostro estaba cubierto de sangre.
Lo han lanzado desde un coche. –Gritó una señora.
Todos vieron horrorizados como la angustiada señora sufría un ataque al corazón, se la llevaron a una sala. Yo tonto de mí entré a la sala de urgencias donde estaba el joven agonizando.
Mis compañeras y algún médico con experiencia le hacían pruebas. Yo fuí hacía su muñeca y le tomé el pulso, casi no se escuchaba. Le miré a los ojos, sus preciosos ojos parecían que me suplicaban ayuda.
Le hicimos las pruebas, fue desolador. Un pulmón bastante deteriorado por el golpe al caer al suelo desde el coche en marcha. Los brazos, uno de ellos fracturado, llenos de cortes producidos con algo afilado. Uno de los ojos ya casi no existía, explosión del globo ocular. El riñón derecho no funcionaba y el otro estaba muy herido por decirlo de alguna forma.
Pero lo más extraño es que le faltaba casi dos litros de sangre, estaba en coma. Lo llevaron a una habitación, todos nos imaginamos que no iba a salir de aquella noche pero no sucedió.
Vivió gracias a dios pero perdió toda la movilidad y seguro nunca volvería a ver. Casi siempre su hermano le contaba cosas y lo paseaba por el hospital.
Sus amigos lo visitaban siempre, algunos de quedaban a dormir incluso. Todos los médicos y enfermeros le cuidábamos muy bien.
La noche de Halloween de 2006 por la mañana estuvieron sus amigos y su hermano como siempre. A la noche nadie se pudo quedar, por eso le prometimos a Jon (su hermano) que se quedaba en buenas manos.
Maldita la hora en la que dije eso, a las cuatro de la mañana salí hacia recepción donde estaba la preciosa Estrella, una mujer de cuarenta años, estaba muy enamorado de ella.
Al bajar, sentí una sensación de inseguridad que me invadió al ver todo oscuro, lúgubre, y terriblemente solitario. Mi corazón se aceleró al ver que no había nadie donde recepción.
Empecé a correr hacia allí, no estaba no se por que me dio la impresión de que estaba en el suelo así que miré y allí estaba ella con sus preciosos ojos marrones cerrados. Cogiendola la acomodé en una silla reclinable, mis oídos se agudizaron. Escuché como alguien pisaba la hierba fresca del patio trasero.
Le di aire con una revista que había allí, a ella le encantaban las revistas del corazón como a prácticamente a todas.
Pronto una alarma despertó a todos los pacientes, venia de la sala de enfermeras. Entré corriendo y vi que la máquina de la habitación ochenta y ocho estaba recta.
Corrí escaleras arriba y vi a Rosa corriendo, Violeta llevaba una maquina de reanimación.
Dios que ha pasado, ¿cómo ha sucedido esto?
Escuché decir a la joven de pelo negro. Corrí hacia allá, al ver el panorama tan desolador me entró una arcada pero me contuve para no vomitar. La joven Violeta intentaba tapar la hemorragia del cuello. La raya de la pantalla era totalmente recta.
Carga a 190. –Dije tartamudeando.
Le di una descarga pero no reaccionaba.
Déjalo ya.
No me doy por vencido.
Me remangué y empecé a hacerle el masaje cardiaco. Nada.
Carga a 200. –Grité a la enfermera.
Los nervios me estaban matando y mi estomago se revolvía más. La joven de pelo violeta no podía parar la hemorragia. Cuando el aparato se cargó le di una descarga tan fuerte que dio un salto y cayó.
Tampoco respondió, todo estaba sin control. La sangre salía como una sádica cascada bajo su cuello. Una de ella llorando empezó a hacerle el boca boca aún manchándose de sangre que salía constantemente por su boca.
Siguió tres minutos hasta que la sangre dejó de salir, la agarré por los hombros y se deshizo en lágrimas. La cara del joven se puso pálida, sin vida.
Hora de la muerte... 4:30.
Después no se que pasó, cuando desperté estaba atado a una cama y me medicaban constantemente. Es el trauma de dejar morir a alguien que prometí que cuidaría.
Según me dijeron cuando me fui, entró un loco y le cortó el cuello, parece que lo violó o algo así no me enteré de mucho ya que estaba muy mal, me daban ataques de nervios y estaba constantemente medicado.
Mi alma no estará en paz hasta que muera.

Mi noche de Halloween. L.

Hacia ya 3 años que conocía a mi amigo Héctor, lo conocí en 4º de la ESO y nos hicimos casi inseparables. Pasando buenos y malos momentos juntos, decidimos tras 3 años de relación ir a su pueblo a pasar Halloween. El siempre me contaba que en su pueblo (que no sale ni en el mapa) vivían muchos extranjeros, la mayoría eran americanos e ingleses.
Tenía 100 habitantes o así (El pueblo nada mas tenia unas 60 casitas) la mayoría eran ancianos de países del este o del norte.
Empezamos a hablar del tema y decidí aceptar su oferta, pasar Halloween con el en su pueblo, si en el trabajo me daban días libres, pero al final no me puso pegas.
Día 30 de octubre llegada al pueblo:
Fue increíble, en todas las casas recibían familiares, familias enteras, llegaban en coches a casa de abuelas tíos etc. Se juntaron unas 300 personas por eso algunos se hospedaban en el hostal del pueblo que tenia cerca de 20 habitaciones.
Los adornos de calabazas eran increíblemente perfectos, parecía un pueblo del terror.
Entramos a casa de Héctor y los dos nos miramos diciendo por dentro "Esto va a molar".El día 30 de octubre la mayoría salían a la calle a emborracharse, a contar historias de terror. Normalmente eran invenciones de viejos borrachos pero a nosotros dos nos llamo la atención la de un hombre de mediana edad (unos 40 años o así) que al parecer no estaba borracho y nos contó este suceso:
"Hace 15 años que celebramos por primera vez esta fiesta aquí, yo vine con mi mejor amigo, Diego, la noche era muy lluviosa y la gente salía a la calle solo a tirar la basura. A las 00:00 sonó la sirena de incendios del pueblo pero nada estaba incendiado, todos salieron de sus casas y de repente me di cuenta de que Diego no estaba conmigo, empecé a llamarle pero no aparecía, (entre lagrimas dijo) a los os días apareció muerto con una calabaza en la cabeza..."
Héctor y yo nos quedamos algo sorprendidos, pensamos que seria mentira como todo el mundo pensaría pero la cara del hombre lo decía todo.
Llego el día 31 y Héctor ya se le había olvidado la historia pero yo seguía pensando el suceso de aquel pobre hombre una y otra vez.
Salimos al parque de al lado de su casa con dos amigas suyas del pueblo y otro amigo mas a fumar un rato antes de que empezara la fiesta. En el momento que yo estaba dándole caladas al cigarro, observé que en el bosque había un hombre cabezudo de espaldas. Le di poca importancia, pensé que seria efectos de la marihuana.
Cuando digamos que ya voy recuperándome a los efectos de la gran fumada mire al bosque de nuevo y el hombre estaba lleno de sangre. Le dije a Héctor que mirara y a la vez miramos todos, pero solo lo veía yo. Entonces pensé que estaba todavía bajo los efectos de aquella grandiosa hierba.
Dos horas después ya en la fiesta cuando estábamos bailando todos disfrazaditos, Héctor me paro y me dijo "Oye tío me duele el estomago, voy a mi casa y vengo ¿vale?"...
No he vuelto a ver a Héctor, no se si desapareció pero se que a las 2:35 de la mañana fui con Marta (su hermana) a buscarlo porque tardaba y su madre nos dijo que no llego a su casa, buscamos por todo el pueblo, la iglesia, en la fiesta, en el polideportivo (donde suelen ir todos a emborracharse fuera de la plaza), no lo vimos en ningún lado, pero a mi se me ocurrió ir al bosque y ver si estaba aun aquel hombre. No había nadie salvo sangre en un árbol y un papel que tenia unos símbolos extraños...
Ya han pasado 2 años de lo ocurrido, lo he superado pero en el fondo me culpo por no haber ido con el, no debí darle marihuana ya que nunca había fumado un porro pero le di a probar.
Héctor no se si leerás esto si lo lees te extraño mucho tío, en 4 años te hiciste como mi hermano pequeño, lo siento mucho...

La bruja. M.

Rodrigo paseaba por la calle despreocupadamente. Era un hombre afortunado. Solo tenía 27 años y no había trabajado nunca, pero gracias a una herencia familiar tenia suficiente dinero como para vivir 7 vidas de derroche y despilfarro.
Tenia una mansión, criados y se pasaba la vida de fiesta en fiesta.
Era 31 de Octubre y mientras se subía el cuello de la gabardina para protegerse el rostro de la brisa helada, recordó que esa misma noche estaba invitado a una fiesta de Halloween.

Mientras caminaba algo llamo su atención. En su ciudad y con motivo de Halloween habían montado una especie de mercadillo y ahora el se encontraba frente a la caseta de Mandrágora que con un gran cartel anunciaba que era bruja.

Rodrigo nunca había creído en brujas, pero de pronto se le encendió la luz de la maldad y decidió entrar a reírse un poco de aquella tal Mandrágora.
Aparto el cortinón que tapaba la entrada y penetro en la caseta.

Dentro se encontró con una estancia oscura que solo estaba iluminada con algunas velaza había animales disecados que con la luz de las velas proyectaban en el techo sombras fantasmagoricas. El aire estaba cargado y olía a sudor y azufre.

Al fondo se encontraba la bruja. Era una anciana que llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo de colores. Su cara denotaba que nunca había sido agraciada.

No es que sea fea, pensó Rodrigo, es que es repugnante.
Aquel ambiente podría haberle impuesto respeto a cualquiera, pero a el le producía risa.

La bruja que se hallaba sentada frente a una pequeña mesa redonda, le hizo una señal para que se sentara en una silla libre que había frente a la mesa. Rodrigo tomo asiento muy seguro de si mismo y la bruja encendió una varita de incienso, una pequeña vela y tras decir unas palabras ininteligibles le pregunto con una voz que parecía surgir directamente de los pulmones, ¿que quieres saber?

Rodrigo con una sonrisa en la cara le contesto nada. Solo vengo a ver como te equivocas.

La bruja tomo aire con dificultad y sus bronquios emitieron un pequeño silbido.

Con la cabeza agachada le contestó: eres un hombre afortunado, tienes buena salud, no has trabajado nunca pero tienes dinero suficiente para vivir sin problemas. Aun así haces mal creyendo que estas por encima de todo y de todos.

A Rodrigo un escalofrió le recorrió la espalda y la sonrisa de su cara paso a ser una mueca grotesca. Comenzo a notar que su cuerpo temblaba y se dispuso a levantarse para irse. En ese momento noto que la mano helada de la bruja le sujetaba del brazo.

Alzo la cabeza y se encontró frente a frente con la cara de la bruja.
Rodrigo vio aquellos ojos grises como el acero clavados en el y sintió como si le desnudaran el alma.

La bruja apretó su mano clavando sus uñas en su brazo. Le miro directamente a los ojos y le dijo: Se a que has venido aquí pero nadie se ríe de Mandragora. Mañana vivirás el día de difuntos en primera persona. Esta noche tendrás un accidente y enviare a la muerte a buscarte. Disfruta de tu último día.

Rodrigo salto de la silla y logro liberarse de la mano de la bruja. Dio dos pasos hacia atras. La bruja le miro y le pregunto ¿no vas a pagarme? Rodrigo se dio media vuelta y salio apresuradamente. La bruja agacho la cabeza. Da igual, me pagaras con tu alma murmuro entre dientes.
Rodrigo salio a la calle y aunque el frío había arreciado estaba empapado en sudor. En esos momentos era presa del panico. Se encontraba totalmente asustado y por su cabeza pasaban una y mil veces las palabras de la bruja.
Se encontraba enfrascado en sus pensamientos cuando de pronto la sonrisa volvió a su rostro. Claro, se dijo a si mismo. Todo tiene solucion. Si iba a sufrir un accidente solo debía evitar cualquier situación peligrosa. Mañana volveré y entonces si que me reiré en la cara de la vieja, pensó.

Llego a su casa y paso la tarde planeando como iba a hacer las cosas. Quito del techo de la habitación la lámpara y todo aquello que fuera susceptible de caerse. Dio la noche libre al servicio porque pensó que estaría mas seguro solo, y únicamente le pidió al mayordomo que se quedara con lechero la llave de paso del agua y del gas y ni tan siquiera ceno para no atragantarse. A las ocho le dijo a su mayordomo que le acompañara a su habitacion. Las paredes estaban desnudas y solas en una de ellas, la que se encontraba mas lejos de la cama, había un reloj, porque quería ver la hora.

Todo el suelo estaba cubierto de gruesas alfombras, para minimizar el golpe en caso de caída, pero aun así le ordeno a su mayordomo que lo atara a la cama y lo rodeara de cojines. Luego le dijo que cuando se marchara no volviera hasta el día siguiente.

Las horas iban pasando y aunque no se sentía demasiado cómodo al estar atado, se sentía seguro. No podía caerse de la cama ni tampoco podía golpearle ningún objeto pues los había quitado todos. Un desastre natural como un terremoto o algo así no era posible pues la bruja le había dicho que el accidente lo tendría solo el.

Oyó como el mayordomo cerraba la puerta y abandonaba la casa.
Ahora solo quedaban el y sus pensamientos.

De pronto se sobresalto y abrió los ojos, se había dormido. En la penumbra logro vislumbrar el reloj. Solo faltaba un minuto para las doce. La noche del 31 se estaba acabando y no había sucedido nada.

Maldita bruja, penso. Habia conseguido asustarle pero mañana se reiría en la cara de la vieja.

Estaba a punto de soltar una carcajada cuando un leve sonido llamo su atención. Levanto la cabeza y lo que vio le helo la sangre. El pánico se apodero de el. Habia olvidado cortar la luz y del enchufe de la pared salían chispas azules y verdes que prendieron en los gruesos cortinajes.
Grito pero nadie podía oírle ni ayudarle.

Cerró los ojos y mientras notaba el calor cada vez mas cerca de su cuerpo, solo oía la risa burlona de la vieja bruja, que parecía venir del mismísimo infierno.

Noche de Octubre. B.R.

Finalmente habían llegado las vacaciones. Las clases se habían terminado en la escuela secundaria West Eagles y eso solo podía significar algo. Los aplicados y dedicados alumnos iban a pasar las vacaciones en algún campamento en familia, repasando en casa los temas que vendrían después y durmiendo a la medianoche.
Esta bien, no engañamos a nadie, la verdad.
Lo único que las vacaciones significaban era que los alumnos iban a aprovechar para salir de parranda todos los días, regresar a casa en la madrugada o quizás al día siguiente, tomar hasta perder el conocimiento y fumar todo lo que pudiesen soportar.
Perfecto, iban a ser unas vacaciones espléndidas.
El último día de clases, durante la salida, todos salieron corriendo por los pasadizos, gritando y aullando de felicidad. April Williams arreglaba su casillero, metiendo todos sus libros en la mochila que estaba por explotar, escuchando a los profesores perseguir a los alumnos y sonriéndose a sí misma.
¿Emocionada por las vacaciones? preguntó una voz cerca de ella.
April giró y vio a Claire, una amiga desde la infancia mirándola, apoyada en las taquillas verdes.
Un poco respondió April, cerrando la puerta. ¿Y tu que harás?
Yo me muero porque llegue el jueves respondió.
Ah... el jueves.
No me digas que te has olvidado, April. ¡El jueves es ÈL día!
¿Quién más irá? preguntó ella, un poco tímida.
Ah bueno... de eso quería hablarte Claire carraspeó y luego miró a su amiga con miedo a su reacción. –Hemos considerado que Anouk Waters se nos una.
April abrió los ojos como si le hubieran atravesado con una estaca. ¿Anouk Waters? ¿Acaso estaban dementes? En West Eagles, no había persona más siniestra, extraña y demente que Anouk. O quizás solo era una idea que todos tenían cuando la veían venir, con sus chaquetas negras, su maquillaje oscuro y sus brazos llenos de pulseras de púas, combinado con la estruendosa música que escuchaba. Claire frunció el ceño y suspiró.
¿Tú también con esas ideas? Curtis dice que puede ser divertido, que la conoce y blablabla. Nadie va a morirse porque Anouk viene ¿Esta bien? Así que cambia esa cara, hasta te parecerá divertido.
Y así pasaron los días. El jueves iba a ser Halloween, una de las noches más especiales del año. Sobretodo porque era la noche de las fiestas de disfraces, de licor por toda la casa y el olor de la hierba en el ambiente. Sin contar a los de último curso que se encargaban de hacer sus propias orgías en algún club underground.
El resto de la semana pasó lento. Iba a ser la primera vez que April iba a una fiesta de Halloween solo de un pequeño grupo de conocidos. Siempre había sido la adolescente tímida que regresaba temprano a casa, este año iba a soltarse. Se lo había propuesto.
. El jueves 31 de octubre, los padres de Curtis habían salido, así que la casa sería solo para ellos. Curtis era un chico delgado, con el cabello amarrado en una coleta de caballo y que siempre aprovechaba de la confianza que sus padres le daban. Estaba demasiado emocionado, en especial por el hecho que Anouk Waters iba a venir.
. April entró en la casa acompañada de Claire. Afuera ya iba a comenzar a llover. Cuando se acercaron, Curtis les abrió la puerta. Sintieron que la radio expulsaba tonada que April reconoció como Marylin Manson.
Buenas noches dijo Curtis sonriendo –Pasen, ya he arreglado todo.
Claire pasó sonriendo junto con April.
Adentro les esperaba una elegante sala, arreglada especialmente para una noche de Halloween. En la mesa había uno que otro tazón de dulces y cajetillas de cigarros.
Las botellas de cerveza estaban debajo de la mesa, junto con un botellón de Brandy de su padre, que iba a ser compartido por todos más tarde.
En una mesilla al lado del televisor, había dos pilas de películas de terror, conocidas y desconocidas. Curtis era conocido en la escuela, como el amante de las cintas Gore.
. Sentada en un sillón, luciendo unas botas militares un poco viejas y un gabán negro hasta los tobillos, Anouk Waters movía la oscura cabellera al ritmo de la música, tarareando de vez en cuando.
April la vio y se quedó paralizada. Dio un respingo cuando Curtis cerró la puerta violentamente.
Anouk levantó la mirada y sonrió con sus labios negros.
Vaya, pero si es April Connors dijo en tono burlón –Tú eres la que ganó el concurso de matemática la otra vez, escuché tu nombre por ahí... ¡Quién diría que te unirías a nuestra fiesta!
April tragó saliva y forzó una sonrisa.
Veo que ya se conocieron exclamó Curtis sentándose en uno de los sillones, no muy lejos de Anouk Que bien, solo tiene que llegar Dominic y estaremos completos. Ojala que el cabrón no demore mucho, no tiene fama de ser puntual.
Por lo visto has tenido todo planeado, Curtis comentó Claire mirando las botellas de cerveza debajo de la mesa.Me sorprendes
Es porque sus padres le dan toda la plata repuso Anouk sonriendo.Curtis es aún un niño de mamá y papá ¿O no, niñato?
Cuidado, Anouk respondió el chico con un brillo extraño en la mirada.Puede que te demuestre que tan hombre soy esta noche.
Joder, eso fue una broma ¿Verdad? Anouk se carcajeó, mostrando sus blancos dientes y en ese momento sonó el timbre.
Dominic había llegado.
. Cuando el tiempo iba pasando, las películas se volvían cada vez más violentas. Comenzaron con algo tan sencillo como el Proyecto De La Bruja de Blair o Halloween y a las once de la noche, estaban observando como un psicópata torturaba a su víctima con instrumentos de metal.
April miraba horrorizada como el loco extirpaba lentamente los órganos del infortunado, mientras éste gritaba hasta no poder más, amarrado a una mesa metálica en un sótano. Había comenzado a sentir náuseas de ver tanta sangre, vísceras y cerebros aplastados, se había devorado medio tazón de palomitas de maíz y su mareo incrementaba con el olor de los cigarros que Anouk fumaba sin pausar, junto con Curtis.
La película terminó y Curtis sacó las botellas de cerveza. Anouk se abalanzó y cogió una como una fiera, Claire le imitó.
Maldición, April. Por favor anímate le dijo para subirle los ánimos.Es tu primera noche de Halloween de verdad Y le tendió una botella.
April asintió y dio un sorbo largo. Sintió un extraño ardor en la boca del estómago y luego tosió, mientras reía para ocultar lo mal que sabía.
. Dominic era parte del equipo de baloncesto, fornido, atractivo pero siempre con gustos muy extraños, Anouk había comentado en forma de broma que podría ser un asesino en serie. Al chico le hizo gracia y todo continuó normalmente.
Afuera llovía violentamente y de vez en cuando, un trueno hacía que alguien diera un respingo.
Pasaron unos minutos y entonces Curtis desapareció para luego volver con una caja.
Ahora sí vamos a divertirnos dijo sonriendo y sentándose en el piso.
¿Qué es eso? preguntó Dominic mientras prendía un cigarro.
Ya verán respondió Curtis y sacó un tablero muy extraño.
Anouk abrió los ojos como si estuviera viendo a un muerto resucitando y Claire se puso de pie, maldiciendo en voz alta. April no se movía.
¡Mierda! ¡Estás demente! le gritó Claire apoyándose en la pared.
¿Qué? ¿Ahora es que todos tienen miedo? preguntó Curtis, enfadado.
No es miedo, imbécil dijo Anouk, duramente.Es la impresión de ver a un idiota como tu querer jugar con lo que no se debe.
¡Oh vamos Anouk! ¿Me estas diciendo esto de verdad?
He jugado antes estas cosas, no te metas con lo que no debes
¡Vamos! ¡Una! ¡Solo una! pidió Curtis, bajando la voz.
Anouk sacudió la cabeza, como pensando lo idiota que era aquel chico y luego dijo que estaba bien, pero que no se responsabilizaba de lo que ocurriera después.
No me jodas escupió Claire. Si algo nos ocurre toda la puta culpa será tuya aclaró duramente.
Como sea dijo Dominic encogiéndose los hombros.Comencemos de una vez que esto es solo un juego.
Sí... como sea murmuró April sentándose en el piso, insegura de lo que hacía.
Curtis se sentó al lado de Anouk y así todos formaron un círculo. Comenzaron con el juego, siguiendo las instrucciones que la siniestra joven daba, ya que ella tenía más experiencia, pero ni siquiera a la misma Anouk le agradaba la idea.
"Si no le agrada esto..." pensó April mientras observaba las letras del tablero "Es porque algo malo debió de pasar la última vez..."
Necesitamos un médium dijo Anouk suspirando.Alguien que sea sensible, de lo contrario no vamos a lograr nada.
En ese momento, todos miraron a April que palideció por la sorpresa.
¿QQuien? ¿Yo? Pero,.. comenzó a balbucear, la espantada joven.
No te pasará nada, April dijo Dominic con su simpática sonrisa.Todo es un juego y no durará mucho. ¿Tranquila, si?
La joven miró a todos y luego asintió, poniéndose frente al tablero y colocando la mano en el puntero.
Muy bien, Connors dijo Anouk riendo.Comencemos.
Y así el juego comenzó.
Todos le susurraban qué decir y April preguntaba.
Dominic, Claire, Anouk y Curtis observaban a la joven deslizar la mano por el tablero, comenzando a formar palabras.
El nombre del espíritu, Ruth.
Cómo murió, asesinada.
De donde era, de la misma ciudad que ellos.
Su edad, era solo una chiquilla. Dieciséis años.
Poco a poco las preguntas se volvían más intensas y los jóvenes crecían en curiosidad, Dominic se estaba divirtiendo demasiado y Curtis estaba demasiado excitado como para darse cuenta de lo que estaba diciendo. Claire solo observaba todo y Anouk comenzaba a tranquilizarse.
Ruth les había dicho que era un espíritu benigno, que el mundo donde ella estaba era algo que ellos no entenderían y después de poco tiempo, la chica desapareció.
Cuando la sesión terminó, April abrió los ojos normalmente y la verdad, era que lucía muy tranquila. Todos sonrieron aliviados y Curtis se levantó para sacar el Brandy. Todos dieron un trago y las botellas de cerveza comenzaron a aparecer mágicamente en todo el suelo, vacías.
Anouk se había sentado en las piernas de Curtis que le sonreía, prácticamente ebrio.
La joven lo enredó en sus brazos y comenzó a besarle el cuello como si fuera a devorarlo en poco tiempo, Curtis estaba disfrutando del placer que la joven le hacía sentir. Le puso las manos alrededor del trasero y en poco tiempo ambos cayeron rendidos en el sofá, donde comenzaron a besarse, dominados por la música de Manson y el alcohol.
April había tomado lo suficiente como para sentirse mareada también y perdió la noción de donde estaba y con quién. Mientras estaba ebria, dejó que Dominic la tocara y besara, mientras Claire ya se había besuqueado con Anouk por pura diversión.
Así pasaron la noche, sumidos en una locura tremenda hasta las dos de la madrugada.
Para ese momento, habían tomado lo suficiente como para tener unas potentes ganas de descansar y de tomar una pastilla contra el dolor de cabeza.
Estuvieron balbuceando durante varios minutos hasta que la somnolienta April que estaba sentada en el piso, al lado de Dominic que dormitaba silenciosamente, vio que Anouk se levantaba del sillón que se había volcado.
Solo lucía su corpiño negro y estaba despeinada. Se había divertido con Curtis, por lo visto.
Miró a April y resopló.
Qué bien, sigues con vida dijo para después bostezar. Comenzó a buscar su camiseta.Hace demasiado frío, creo que la ventana ha estado abierta todo el tiempo. Si subes, ciérrala dijo Anouk y luego se acostó nuevamente.
April asintió y luego sintió ganas de ir al baño.
Se puso se pie, retirando el musculoso brazo de Dominic de su cuello y subió las escaleras tambaleándose.
Las luces blancas le hicieron daño en los ojos y cuando se vio en el espejo casi grita. Tenía el cabello completamente desordenado, el lápiz labial embarrado en toda la boca y una pesadez muy extraña invadía su cara. Debía de ser debido a la bebida.
Entonces le vinieron arcadas y se arrodilló frente al retrete para vomitar.
Se sintió levemente mejor después de aquel desagradable episodio, pero seguía mareada.
Salió del baño y cuando iba a bajar las escaleras, se acordó de la ventana y la cerró fuertemente, corriendo el cerrojo.
Abajo, todo seguía igual que antes.
A April no le gustó ser la única despierta. Comenzaba a sentir miedo y llamó a Anouk, pero la joven no respondió, se había quedado dormida también.
Escuchó unos crujidos cerca de ella y se sobresaltó, sintiendo que se le erizaba el cuerpo.
Entonces, unas manos se abalanzaron sobre ella por detrás y April soltó un estridente grito que hizo que Dominic se levantara automáticamente al mismo tiempo que Anouk.
Sonó una carcajada.
¡Curtis eres un imbécil! gritó April cogiéndose el pecho, sintiendo su corazón dar vuelcos.
Anda, te falta sentido del humor respondió Curtis sin dejar de reírse.
Jódete, idiota dijo la joven llena de desprecio.
Entonces, abrió los ojos como platos cuando vio a una sombra deslizarse por detrás de Curtis
¡Mierda! gritó, retrocediendo con ayuda de sus manos, pues estaba sentada en el piso.
Curtis la miró extrañada.
April vio que la sombra se deslizaba hasta llegar al joven. Lanzó un alarido espantoso cuando vio al joven caer al suelo, con un cuchillo clavado en el cuello.
Un chisguete de sangre le salpicó la cara y pudo sentir el metálico sabor, accidentalmente.
Todos salieron corriendo de la sala, menos ella que se había quedado paralizada de miedo, con la sangre de Curtis en la cara, observando como su amigo yacía inerte en el suelo, sangrando por el cuello como si fuera un canal abierto.
. Comenzó a gritar al nombre de sus amigos, pero nadie le contestaba. Entonces subió las escaleras, con miedo de la sombra que había visto. No podía creer lo que pasaba, estaba agitada, mareada, con arcadas por la sangre y llorando del miedo.
Entró a una habitación que debía de ser la de los padres de Curtis y en cuando lo hizo, vio que Claire estaba sentada en una silla, dándole la espalda.
April giró la silla para verla y soltó otro alarido cuando vio que una de las botellas de cerveza, estaba rota y clavada en la mejilla de Claire, removida tanto que había formado un agujero enorme de donde la botella colgaba. Tenía los ojos desorbitados, uno abierto y el otro cerrado y la boca abierta, formando una expresión grotesca.
April salió corriendo, queriendo escapar de aquella pesadilla. Preguntándose donde estaban Dominic y los demás. Bajó al primer piso, sollozando y viendo detrás de ella si estaba lo que sea que fuese que estaba matando a todos sus amigos.
Solo quedaban Dominic y Anouk. ¿Dónde estaban? ¿Qué mierda estaba pasando?
Mientras atravesaba la sala donde el cuerpo de Curtis estaba, se dio cuenta que sus manos estaban llenas de sangre. Pero no recordaba haber tocado ni las heridas de Claire ni que la sangre de Curtis le haya salpicado ahí.
No le dio importancia, no tenía tiempo para pensar en aquello.
Cuando estaba en la amplia y silenciosa cocina, preguntó por Dominic y vio a su amigo salir de entre las sombras, con los ojos abiertos como platos y temblando violentamente.
¿Dominic? ¿Dominic que tienes? preguntó April cogiéndole de la camisa.
Pero Dominic lanzó un grito y se fue corriendo, haciendo que la joven se quedaba con un pedazo de su prenda, que se había roto en dos.
¡Espera! ¡Dominic! ¡Vuelve! gritaba April, desesperada mientras corría detrás del joven.
Bajó unas escaleras que los llevaban fuera de la casa y se mojaron por la lluvia que caía sin pausar. Dominic seguía corriendo hasta que resbaló y cayó encima de unas herramientas que se le clavaron en la espalda.
¡NO! ¡NO, NO! ¡DIOS MÍO! ¡DOMINIC! ¡NO! Gritó April cubriéndose la boca con las manos.
El joven la miro desde donde estaba y comenzó a escupir sangre por la boca y cuando quiso hablar, un sonido burbujeante fue lo único que pudo producir.
April miraba con los ojos bañados en lágrimas cómo el estómago de Dominic se había salido de su cuerpo, incrustado en una de las herramientas como una macabra brocheta. Goteaba lentamente y entonces, Dominic dejó de moverse.
Ahora solo quedaban ella y Anouk.
April entró en la casa y comenzó a escuchar crujidos a su alrededor, la habitación comenzó a dar vueltas y la joven se tiró en el suelo, devastada por el olor a sangre y el hecho de haber presenciado a todos sus amigos morir de una forma tan siniestra.
No sabía donde estaba Anouk, pero se sentía sola.
Cuando pensaba que solo tendría que esperar a morir, alguien rompió la puerta principal y entró junto con una linterna que le quemó la vista.
April levantó la vista y vio a un oficial de policía en frente de ella apuntándole con un arma.
El oficial se sintió afectado cuando vio a la asustada jovencita en el suelo, bañada en sangre.
Poco Después...
Al escuchar tantos gritos y destrozos, los vecinos habían llamado a la policía,
Esa noche de Halloween habían encontrado 3 muertos en la casa de los McCarthy. Buscaron bien y encontraron a la joven Anouk Waters de dieciséis años de edad ocultada en el baño, completamente alterada e incapaz de hablar correctamente.
Las muertes habían sido obviamente causadas por un homicida, pero no sabían quién era.
Habían entrevistado a April Connors y la joven solo había dicho que había visto una sombra deslizarse y matar a Curtis, pero no podía decir nada más, ya que la muerte de Dominic había sido un accidente y Claire ya estaba muerta.
La ciudad estaba conmocionada por la muerte de los jóvenes.
Cuando la familia McCarthy volvió, estaban destrozados por la muerte de su hijo.
Anouk estaba en terapia psicológica por todo lo que había ocurrido y la pareja Connors estaba preocupada por la situación. April tenía pesadillas desde el acontecimiento y también necesitaba tratamiento psicológico.
La familia McCarthy le dijo al oficial Cooper que tenían cámaras de seguridad y el oficial se encargó de ver las cintas meticulosamente.
En cuando lo hizo, se le erizó el cuerpo y el té que estaba tomando se le derramó por la mesa.
Cuando terminó de ver las cintas, llamó a su secretaria y le dijo que April Connors debía de ser transportada hasta la comisaría lo más rápido posible.
En las cintas, el oficial había sido testigo que April desaparecía por un momento y cuando regresaba se sentaba en el suelo. En el momento en que el joven Curtis aparecía, April se levantaba violentamente con un cuchillo y se lo clavaba en el cuello.
Claramente se veía un chisguete de sangre salpicándole y el rostro y luego como todos los presentes corrían menos ella, que se quedó inmóvil.
Cogió una botella rota que estaba en el suelo y subió las escaleras.
En la cinta de la habitación de los señores McCarthy, se veía que Claire fue empujada encima de la silla por su propia amiga y ella misma hundió la botella en su mejilla, removiéndola de tal manera que las manos se le embarraron de sangre.
Lo que siguió, fue la imagen de April empujando a Dominic hacia las herramientas.
Anouk era la única que se había salvado.
Entonces... ¿April era la homicida?
Cuando las cintas se mostraron frente a la joven, ella estalló en llanto y dijo que no sabía qué rayos era eso, que ella no había matado a nadie y era inocente.
Estaba en un colapso nervioso y no sabía que estaba ocurriendo, creía que era una broma de mal gusto, una alucinación espantosa pero la verdad era que efectivamente, ella era la homicida.
April fue dejada sola en la sala de interrogación y cuando vio su reflejo en el espejo, vio a la misma sombra negra que había visto esa noche a su costado.
Lo que había ocurrido era que Ruth no se había ido cuando la sesión terminó. Como médium, April fue la marioneta del demoníaco espíritu que se encargó de asesinar a todos los jóvenes por sed de sangre y su natural maldad. Mientras esto ocurría, la mente de April estaba en otro lado, viviendo imágenes falsas y al mismo tiempo siendo testigo de cosas que sucedían.
April fue clasificada como homicida de todos aquellos jóvenes y que estaba desquilibrada.
Las autoridades no sabían si mandarla a un hospital psiquiátrico o de frente a una cárcel de máxima seguridad.
Pero cuando todos se enteraron de la verdadera historia fueron advertidos y tomaron conciencia de algo que creían que era inofensivo no lo era.
Ya nadie volvería a jugar con cosas delicadas.
Uno nunca sabe que puede pasar cuando juegas con lo desconocido. Nunca sabrás lo que terminarás haciendo, ni tampoco si después de aquella experiencia puedes continuar tu vida normalmente...
Si es que puedes conservarla.

La noche de los Santos. M.

Me cuesta mucho hablar sobre esta historia porque se me ponen los pelos de punta. Es una historia real como la vida misma y desde entonces yo no rechazo ningún suceso paranormal. Esta experiencia me hizo ver que realmente existe algo sobrenatural en nuestro mundo.

Mientras que en EEUU se celebra halloween, aquí en España se celebra la noche de los Santos. En esta noche tan especial es tradición para muchos acercarse al cementerio para poner flores a los seres difuntos.
Yo me encontraba con mi hermana y nuestros amigos y decidimos acercarnos hasta el cementerio para ver el panorama. Resultó que en el cementerio no habia nadie ya que las personas solían ir a las 8 de la noche y ya eran pasadas las 10.
Nos adentramos y entre tanto gato merodeando y el simple hecho de que estaba en un cementerio, me empezó a entrar el pánico y le pedí a mi hermana que salieramos fuera, y eso fue lo que hicimos. Una vez fuera mis amigos se sentaron en el muro salvo una amiga y yo que nos quedamos de frente mirando hacia dentro del cementerio. Mientras mis amigos hablaban, yo con el pánico todavía en el cuerpo, no dejaba de mirar para adentro aterrorizada (cuando esto ocurrió tenía yo 13 años).
De repente, en un segundo nada más, ví algo espeluznante y a la vez ilógico. La silueta de una mujer anciana de cintura para arriba flotando, detrás le seguía unas piernas también flotando, luego un brazo con un carro de la compra y por último, el segundo brazo llevando a un perro con una correa. Todo esto como una especie de masa de humo blanco. Me puse a gritar no se si del susto o del terror y mi amiga chilló también. Yo pensé que ella había visto lo mismo que yo, pero no, ella solo chilló del susto.
Les conté a mis amigos lo que había visto y me calmaron diciéndome que habría sido una alucinación simplemente porque tenia miedo. Fuera lo que fuera pedi que nos fueramos de allí.
Según nos estabamos marchando nos encontramos allí mismo sentados en una ermita a dos chicos que iban con mi hermana a clase. Me vieron que estaba inquieta y nerviosa y me preguntaron que a ver que me pasaba. Nada más de cirles : es que he visto... me interrumpieron para decirme: ¿has visto esto y esto? y me dijeron exactamente lo mismo que yo había visto. Todos nosotros nos quedamos boquiabiertos sin saber que decir. Nos contaron que en otra ocasión ellos también lo vieron y que no habíamos sido los únicos.
Esto ya no se si sera cierto o no, pero nos dijeron que había una leyenda que decia que una mujer en su casa se fue a hacer una tortilla y cuando tenía la sartén en el fuego se dió cuenta de que no tenia huevos, asi que cogió el carro para aprovechar a comprar más cosas y salió de casa con su perro sin acordarse de quitar la sartén del fuego. Cuando volvía para su casa vio por la ventana que todo estaba ardiendo y corrió con la mala suerte de que la cogió un camión y la separara por la mitad en dos partes. Nos fuimos de alli pitando. Escalofriante.
Cada vez que paso por al lado del cementerio me acuerdo y procuro no mirar hacia el interior.
Desde entonces mis amigos y yo no hemos vuelto a hablar del tema ya que era evidente que lo que yo había visto era tan real como cierto.

Muñeca de papel. M.C.H.

No alquiles este piso, aquí habitan fantasmas. Te meterás en problemas.
Susan aún tenía aquellas palabras rebotando por su cabeza. Tenía claro que no creía en fantasmas, pero aquello le había dado mala impresión: no esperaba llevarse bien con una vecina, la única que había en la séptima planta del edificio, que le había recibido con tal chorrada.
Nada de "bienvenida al edificio" o algo parecido. Se coló en el piso mientras Susan apenas había visto el salón y le soltó aquello. La casera ni se inmutó, ni siquiera la miró. Debía estar acostumbrada a que la vecina de al lado intentase ahuyentar a sus inquilinos. Susan estimó que debían ser viejas rivales, así que no pensaba quedarse en mitad de ambas y sus conflictos. Porque por fin encontró lo que llevaba tres semanas buscando: un piso con dos habitaciones, una de ellas para convertirla en su estudio donde continuar con su próxima novela, con grandes ventanales desde las cuales adquirir una amplia visión de toda la ciudad, a tan sólo diez minutos de su nuevo trabajo, y, sobre todo, a un precio increíble.
Susan había colaborado los últimos dos años en un periódico de tirada regional. Solía escribir una columna de crítica social y en ocasiones algún articulo sin demasiada trascendencia, los cuales enviaba por email los miércoles y los viernes al redactor jefe del periódico. No era gran cosa, lo suyo era el arte de manejar palabras, enredarlas y hacerlas bailar entre tapa y tapa de sus cada vez más afamados libros. Pero le ofrecía una coma muy gratificante en el, a veces, cargante oficio de escritor, y sobre todo le permitía adquirir, poco a poco, más fama entre los amantes de las letras. Y gracias a esto último Susan había acabado en aquel, según la vecina de pelo encrespado y camisa a cuadros hortera, piso con fantasmas. Porque gracias a su buen hacer y a su emergente fama el redactor jefe del periódico le había ofrecido un puesto fijo en la redacción, a media jornada, pero muy interesante. Requería de su presencia en la redacción casi a diario, le robaría buena parte del tiempo dedicado a la síntesis de sus libros, pero Susan estaba muy entusiasmada y emocionada con su nuevo papel en el mundo. Además, las afueras ya no le aportaban nada. Necesitaba un cambio, sentir el calor de la gente cerca de ella, aunque ese calor solo le llegase a través del ruido banal de los coches y las muchedumbres embutidas en los autobuses de línea. Le parecía bien de todas formas. Estaba cansada de la banda sonora de las afueras: pájaros, la bocina del camión del lechero y más pájaros.
Así que después de tres semanas buscando piso, después de tres semanas acudiendo a la redacción desde su antiguo hogar en las afueras, tras haber cogido dos trenes y un autobús, por fin encontró un piso en su querida ciudad, a tan solo un paseo de su nuevo trabajo. No estaba dispuesta a consentir que una vecina con ganas de asustar a los nuevos inquilinos arruinase sus esfuerzos.
Aún estaba todo por montar. El piso estaba amueblado, pero Susan tenía todas sus cosas en una gran montaña de cajas que había construido con sumo cuidado en el estudio. Solo llevaba tres semanas en la redacción, pero ya había hecho grandes amistades. Así que había decidido invitar a gran parte de ellos a tomar unas cervezas, a modo de pequeña inauguración de su nuevo hogar, y por que no, de su nuevo trabajo.
La noche trascurrió tranquila. Unas cervezas, unos pitillos, risas, pequeños tentempiés, largas e interesantes conversaciones, más cervezas, más risas...Era viernes por la noche, la cuidad, a los pies de Susan y sus compañeros, emanaba vida y luz, mucha luz. Así que todo era perfecto.
A la mañana siguiente se levantó con mucha vitalidad y energía, algo cansada debido a una pequeña resaca, pero dispuesta a poner toda la casa en orden, recoger los restos de la fiesta de la noche anterior y sobre todo la montaña de cajas del estudio. Envolvió su delicada piel blanquecina como la leche con una bata de seda dorada y se dispuso a salir del dormitorio para tomar el desayuno. Al abrir la puerta del dormitorio se llevó una grata sorpresa: todas las botellas de cerveza, paquetes de tabaco vacíos, platos con restos de comida y ceniceros repletos de colillas se habían esfumado. Todo estaba en perfecto orden. Una gran sonrisa le cruzó toda la cara, de oreja a oreja. Lo más seguro era que Shally y Thomas, los últimos invitados en marcharse y con los que más confianza tenía, habían decidido recogerlo todo. No le extrañaba, eran grandes personas, siempre dispuestas a todo.
Llegó a la cocina con paso vivo y alegre, con la sonrisa decreciendo pero aún presente. Recogió su pelo dorado en una cola alta y sacó la cafetera y el tostador de uno de los armarios superiores de la cocina. Pero antes de encenderlos decidió volver al dormitorio. Iba descalza y nunca enchufaba cosas descalzada desde que escuchó, en aquel programa de sucesos de las siete, que alguien murió electrocutado al enchufar la televisión descalzo. Así que regresó al dormitorio a por sus zapatillas moradas de piel de peluche.
Cuando abrió la puerta del dormitorio volvió a recibir una sorpresa, no tan grata como la anterior. De hecho, bastante desagradable a su parecer. La cama estaba perfectamente echa. Se acercó a la cama, incrédula, con la boca abierta y los ojos entrecerrados como el que intenta divisar algo en la lejanía. Tocó la colcha con la palma abierta. La cama estaba perfectamente hecha: la sabana debajo de la colcha perfectamente doblada, la almohada cubierta por la colcha y tres bonitos cojines color melocotón repartidos a lo largo de toda esta.
Aquello era muy extraño, y por un breve instante de tiempo, creyó a la vecina, aquella que le aconsejó no alquilar aquel piso, que si lo hacía se metería en problemas. Sintió una pequeña angustia, un pequeño mosquito que se agarró a su nuez y le hizo saborear un intenso y desagradable sabor. Pero se repitió a si misma que ella no creía en fantasmas. Debía haberse emborrachado más de la cuenta la noche anterior, y tener una resaca tremenda, tanto que acababa de hacer la cama y no lo recordaba.
Hizo un café y se lo tomó en un intento de despejar su mente y recuperar el aliento y la cordura. Se sentó en el bonito sofá azul marino del salón, adjunto a un gran ventanal que mostraba una amplia imagen de toda la ciudad, hoy turbada por las nubes grises y opacas que reinaban en el cielo, pero bonita al fin y al cabo. Llevaba un libro en la mano, "Los atardeceres de Laura". Trataba sobre una chica lesbiana que se enamoraba perdidamente de un chico gay. Un amor imposible por el que sufría demasiado, tanto que ella esta al borde del suicidio.
Pero no podía concentrarse, no podía seguir la lectura, las líneas se turbaban, se retorcían y dejaban un gran hueco en la página, hueco por el que aparecía el rostro de la vecina, con aquellas palabras desconcertantes. Cerró el libro y lo apartó a un lado del sofá. Se levantó para coger el mando del televisor, que estaba en una pequeña mesa de cristal frente al sofá, y volvió a su sitio privilegiado en lo alto de la ciudad nublada pero hermosa.
Realmente no había nada que mereciese la pena en la televisión, pero Susan ni siquiera se percataba de ello. Ya podrían estar emitiendo un concierto de los Rolling Stones, o un documental sobre leones marinos, ambas grandes pasiones suyas. No hubiese importado, hubiese seguido sin percatarse. Porque simplemente se dedicaba a golpear el botón verde con la flechita que indicaba pasa al siguiente canal, sin ninguna coherencia, con sus ojos fijados en la pantalla de plasma, pero su pensamiento perdido en un bosque verde oscuro.
De repente el mando dejó de funcionar, ya no había canal siguiente, aquel programa basura sobre la vida de los famosos tres canales más allá no volvería a aparecer. A menos que cambiase las pilas del mando, pensó Susan un minuto después, cuando por fin se dio cuenta de que por mucho que pulsaba aquel botón, tanto y con tanta saña que le sudaba el dedo pulgar, el canal no avanzaba.
Se levantó y se dirigió a la cocina. Creía haber dejado un paquete de pilas para su cámara de fotos digital en uno de los cajones pequeños que se encontraban junto al fregadero. Efectivamente, las pilas eran las reinas del cajón. Eso le hizo recordar que debía de ponerse manos a la obra, con la inmensidad de cajas llenas de trastos de la mudanza, alojadas en el estudio. Y eso le hizo aumentar el dolor de cabeza.
Volvió al salón con paso cansado, casi arrastrando los pies, y dejó caer su trasero en el sofá con tanta violencia que el respaldo emitió un pequeño crujido al verse forzado contra la pared. Abrió la tapa del mando y sacó las pilas. Pero algo la detuvo en seco. Miró a la televisión, no sin cierta incertidumbre, y descubrió que el programa basura profamosos volvía a estar puesto, cuando Susan tenía la absoluta certeza de que al ir a buscar las pilas se había quedado puesto el canal de la tele tienda. De pronto la pequeña incertidumbre se hizo grande, enorme, y un pequeño grito sordo que no llegó a salir por su boca retumbó en su estomago. Pero no solo por el hecho de que no estaba puesto el mismo canal que cuando ella se fue, sino también porque se dio cuenta de que el receptor de infrarrojos en la televisión, un pequeño circulito justo debajo de la imagen, estaba tapado con un trocito de cinta aislante verde, un verde tan vivo que contrastaba de manera exagerada con el negro satinado de la televisión de plasma. Recordaba haber dejado aquella cinta aislante en una repisa que había a unos centímetros por encima de la tele, de hecho la cinta seguía ahí, pero lo que no recordaba era haberse levantado a coger un trozo y ponerlo en el receptor de infrarrojos, sin ningún motivo, y todo mientras estaba sentada en el sofá, maltratando el mando a distancia. Y no lo recordaba porque volvía a tener una certeza, la de que había permanecido todo el tiempo sentada. Se levantó del sofá de forma lenta y cuidadosa, como el que espera un golpe por la espalda, y se acercó un poco al televisor. Se arrodilló y miró con suma curiosidad y estupefacción la cinta aislante, un simple trozo de cinta aislante. Aquello parecía irreal. Se incorporó histérica, enfurecida con ella misma por creer haber pasado una noche tranquila, con solo dos cervezas y una charla amena con los amigos, cuando todo parecía indicar que no solo había llenado el estomago de alcohol, sino que lo había desbordado. Pensó en ir al estudio para empezar a poner algo de orden, creyendo que eso disolvería los nubarrones que cruzaban por su cabeza.
Pero algo la detuvo cuando sus piernas estaban alcanzando la verticalidad. El canal volvió a cambiar. Sólo. La cinta aislante verde seguía pegada en el receptor, y aunque no lo hubiese estado, el mando estaba con las pilas quitadas, tiradas en el sofá, como comprobó al volver la cabeza levemente hacia atrás. Al recuperar su posición normal, descubrió que la tele estaba cambiando de canal sin parar, con más velocidad incluso de la que ella lo había estado haciendo mientras tenía la mente en el bosque verde oscuro. Volvió a mirar el trocito de cinta verde intenso y se dio cuenta de que un botón que había junto al receptor, bajo el cual habían unas letras pequeñas que rezaban "channel up", se estaba iluminando una y otra vez. Confusa, nerviosa y enfurecida se dirigió hacia la tele y con más rabia que la que sentía cuando no encontraba ningún piso decente al que le llegasen sus ahorros, empezó a golpear el botón adjunto al que se iluminaba, el que rezaba "channel down". Estuvo así unos segundos, sin obtener resultado, hasta que sintió un tremendo escalofrío, que le recorrió desde los pequeños y delicados pelillos de los dedos de los pies hasta la última punta de su cuero cabelludo.
De repente dejó de pulsar el botón y empezó a notar cómo el aire le faltaba. Abría la boca más de lo que ella misma creía poder abrirla, intentado coger una bocanada de aire, un pequeño trocito de aire, pero no lo conseguía. Cayó de rodillas en la moqueta y se echó la mano al estomago, al tiempo que el pequeño escalofrió parecía convertirse en un cuchillo de acero inoxidable japonés que le desgarraba hasta los riñones. Incapaz de resistir semejante dolor perdió el conocimiento y cayó de espaldas, golpeándose en la cabeza contra la pequeña mesa de cristal que acompañaba al sofá.
Cuando despertó era ya de noche, aunque bien era cierto que el sol se había negado a salir aquel día, sometido por la inquebrantable fuerza de las nubes grises opacas. Echó una mirada en derredor sin levantarse del suelo. Todo estaba en orden. Miró al televisor. Estaba apagado, sin cinta verde intensa. Pero el mando a distancia estaba en la mesa de cristal, en lugar de en el sofá, donde ella recordaba haberlo dejado.
Se incorporó, con gran dificultad, se llevó una mano a la cabeza, y descubrió un protuberante y considerable bulto junto a la coronilla. "Debo haberme desmayado" pensó. Alargó el brazo y cogió el mando. Abrió la tapa de las pilas y descubrió que estaban puestas las de color dorado con una línea plateada, las mismas que parecían haberse gastado hacía unas horas. Se quedó un momento pensativa, mirando al suelo. Cuando reaccionó apuntó con el mando hacia el televisor y pulsó el botón de "on". La tele se iluminó al instante, y cambiaba de canal sin ninguna dificultad.
Se dirigió a la cocina, aún con el mando en la mano, y volvió a abrir el pequeño cajón de madera clara lacada. Las pilas que había cogido para cambiar las que pensaba se habían gastado estaban ahí. Pero a pesar de ello, o quizás debido a ello, Susan tuvo la sensación, más fuerte y real que nunca, de que algo no iba bien. Y es que, había algo extraño. El pequeño envoltorio de plástico fino y delicado que cubría las cuatro pilas formando con ellas un bloque había desaparecido. En su lugar, había un trozo de cinta aislante verde rodeándolas y manteniéndolas unidas. Acercó la mano a las pilas con miedo, como esperando un nuevo escalofrío, y las cogió. Estaban pegajosas, como si se hubiesen hecho varios intentos con la cinta verde hasta alcanzar al fin la longitud exacta que cubría a las cuatro pilas, a la mitad de estas, como un cinturón. Las apretó con todas sus fuerzas, cerrando la mano, y un pensamiento le vino a la cabeza. Un mensaje. Su propia voz golpeando con insistencia en su mente, rebotando en el interior de su cráneo: estas pilas son reales, y algo no anda bien hoy.
Miró el reloj que había colgado en la pared opuesta al fregadero. Eran las ocho y veinte minutos de la tarde. De repente tuvo la idea de llamar a su vecina e invitarla a cenar. No tenía intención de iniciar una sarta de preguntas sobre fantasmas, seguía sin creer en ellos, estaba casi segura; pero no quería estar sola. Sentía que algo extraño y negativo pasaría si se quedaba sola durante las próximas horas. No le echaba la culpa a ningún fantasma, se las echaba a ella misma. No quería estar sola., y su vecina era la única persona, aparte de ella misma, en la última planta del edificio, y al fin y al cabo, era con la única persona de todo el edificio con la que había tenido un pequeño acercamiento.
Se puso una fina chaqueta deportiva color gris que había colgada junto a la puerta principal y salió con paso decidido y eficaz hacia la puerta de su vecina, que se encontraba justo enfrente de la suya, tan cerca que ni siquiera cerró su puerta.
Llamó un par de veces seguidas. Parecía que no estaba, o quizás tenía cosas más interesantes que hacer, "tendrá asuntos más importantes que ir a cenar a la casa en la que piensa que hay fantasmas y sólo pasan desgracias", pensó Susan, tras lo cual dio media vuelta y si dirigió de nuevo a su piso. "Me iré al restaurante de las esquina a cenar y luego daré un largo paseo."
Cuando cruzaba el arco de su puerta la vecina abrió la suya. Iba vestida con una blusa azul claro y unos vaqueros desteñidos, horteras y pasados de moda. Su oscuro y alborotado pelo era todavía más rizado de lo que Susan recordaba.
¿Querías algo, chica? ¿Como era tu nombre?
Susan... Susan. Y tú eras...
Mary. Me llamo Mary
Encantada de conocerte – dejó escapar una leve sonrisa y cruzó los brazos como notando frió, como abrazándose a si misma, con un gesto que la hizo parecer más débil y delicada de lo que siempre había indicado su fino pelo dorado como los maizales cercanos a su antigua casa.
¿Algún problema, Susan? Te veo mala cara. Preocupada. Creo que te advertí, y lo hice de buena fe, porque creo que eres una buena chica con algo de sensatez, de que en ese piso...
Sólo quería invitarte a cenar – la interrumpió bruscamente, dejando escapar las palabras con una velocidad que casi las hizo incomprensibles – Sólo quería invitarte a cenar. Nuestra primera conversación no fue muy agradable, al menos a mi parecer, a si que he pensado que podría preparar algo para las dos, relajarnos y conversar de nuestras vidas – añadió de forma más pausada.
¿Sabes qué? Me caes bien. Pero no tanto como para que yo entre en ese piso.
Vamos, ¿cuál es el problema? Esta todo en orden, no hay nada raro, nada sobrenatural – Susan dejo escapar de nuevo una pequeña sonrisa al tiempo que dejaba de abrazarse, una sonrisa que esta vez denotaba que estaba mintiendo, que sus palabras ni siquiera ella misma las creía.
No te preocupes, te invitare yo a cenar a mi piso. Así no habrá problemas y nos conoceremos igualmente, ¿no crees?
De acuerdo, como quieras.
Vamos, pasa – Mary la invitó a pasar al interior con un movimiento simultaneo de cabeza y mano.
Susan cerró la puerta del piso ínter dimensional de un portazo y siguió los pasos de Mary hacia el interior del de esta.
Me encanta ese cuadro – dijo Susan nada más entrar, con la puerta abierta tras de sí.
Lo compré en un rastrillo. Tirado de precio.
El piso de Mary parecía más grande que el de Susan. Nada más entrar había un gran salón, con tres enormes sofás color granate y las paredes color salmón, abarrotadas de cuadros, entre los cuales se encontraba el predilecto de Susan. Torcieron a mano derecha, donde se encontraba la cocina.
¿Que quieres que prepare para cenar?
Me da lo mismo, Mary. Podría comerme un ciervo entero – volvió a soltar aquella misteriosa sonrisita, la que hacia que ni ella misma creyese lo que decía, porque lo cierto era que tenía el estomago más cerrado que una caja fuerte alemana.
Yo había pensado prepararme unos espaguetis con tomate, ¿te gustan?
Si, me parece bien. Me gustan. Oye, ¿Dónde tienes el aseo? Necesito ir urgentemente.
Al fondo de salón, la puerta de la izquierda. La de la derecha es donde guardo los cadáveres – su voz sonó ronca y misteriosa, lo que hizo que Susan empezase a tornarse blanca tan rápido como un rayo cae del cielo y parte un árbol en dos mitades. No estaba para sustos – Vamos mujer, solo era una broma. Solo quería romper un poco el hielo. Te veo preocupada, y en esta casa no hay espacio para las preocupaciones. Mis cuadros se pondrían tristes – se dio media vuelta y sacó un enorme paquete de espaguetis de un pequeño cajón abarrotado de otros cuantos enormes paquetes de espaguetis. Parecía ser la comida favorita de la anfitriona.
Susan giró sobre sí misma sin decir nada, con el rostro aún un poco pálido, pero con gesto aliviado. No se explicaba como podía haber creído, aunque solo fuese por un pequeño espacio de tiempo, las palabras de Mary. "La de la derecha es donde guardo los cadáveres". "Es ridículo" pensó Susan. Y tras volver a leer en su mente las palabras, pensó que cierto halo de locura rodeaba a Mary, tras pensar también en aquello de "en este piso habitan fantasmas". Nada de eso, los fantasmas no existían, pero si era cierto que Mary estaba algo loca, quizás por la soledad o el aburrimiento. Susan estaba segura de ello.
A la vuelta del aseo los espaguetis estaban prácticamente preparados.
Vaya, ¿Dónde compras esa pasta? Apenas han pasado tres minutos y esto ya parece estar hecho, huele a deliciosa pasta italiana – Susan volvió a soltar una sonrisa, pero esta vez fue una sonrisa de conciliación, intentando olvidar el halo de locura para darle una nueva oportunidad a la anfitriona.
Pues en el supermercado de la calle Riverside. De hecho son los más baratos. Y de hecho han pasado veinte minutos. ¿Qué hacías tanto tiempo en el aseo? ¿No estarías robándome algo, verdad? Te advierto que no tengo nada de valor, absolutamente nada.
Susan se quedó pensativa, ¿era otra de sus bromas para romper el hielo? Fuese lo que fuera, aquello no le hizo gracia.
Yo pondré la mesa – dijo Susan de forma brusca.
Que menos, querida. ¡Que menos! – Mary soltó una pequeña carcajada.
La cena transcurrió de forma tranquila. Nada de bromas que hiciesen poner pálida a Susan o largas escapadas al aseo que mosqueasen a Mary.
Dime, ¿en que trabajas? – preguntó Mary tras haber devorado por completo el plato en menos de cinco minutos.
Soy escritora. Estoy escribiendo mi sexta novela. Trata sobre la vida solitaria de una mujer, que decide rehacer su vida tras largos años de aguantar palizas de su marido. También trabajo para un periódico, el Morning View. Llevaba 2 años como colaboradora y me han dado un puesto fijo hace tres semanas – fue la frase que Susan pronunció con más entusiasmo en todo el día.
Escritora, ya. Yo no trabajo. Tuve graves problemas de salud que me imposibilitaron ir a trabajar durante bastante tiempo, así que pedí la jubilación anticipada.
¿Jubilación? Pareces joven. ¿Y en que trabajabas?
Para la administración pública, ya sabes. Y no hace falta que intentes halagarme, al menos no por el lado de la edad. Se la edad que tengo, ¿sabes? Y el tiempo no pasa en balde para nadie. Así que simplemente dime que los espaguetis están deliciosos – Mary mostró una agradable sonrisa y se limpió con una servilleta de papel las grandes manchas de tomate de la comisura de sus labios.
Susan le devolvió la sonrisa, y por un momento parecieron estar unidas, como un par de amigas, fundidas en una sola persona. De hecho, cuando pasaron los minutos y la confianza, pequeña pero creciente, se iba afincando, Mary le preguntó a Susan cuantas veces hacia el amor a la semana y le dijo que su trabajo era una estupidez, una pérdida de tiempo. "Escritora, ¿A dónde quieres llegar con eso? Todos los escritores acaban por volverse locos''. Susan le siguió la corriente, pero aquello fue un golpe muy bajo para ella que deshizo en gran parte la unión.
Bueno, espero que esto haya servido para conocernos mejor. Me gustaría invitarte a un café o charlar un rato en el salón, pero es mi hora de las pastillas, y me dejan tan atontada que si no me acuesto en los próximos tres minutos me quedaré dormida de pie – Mary se levantó y cogió un bote de pastillas que había en un armario sobre el fregadero.
Susan volvió a notar ese halo de locura en las palabras de su vecina, sin saber exactamente porqué. Pero lo cierto era, que con pastillas o sin ellas, era hora de marcharse. Era suficiente por hoy.
Te comprendo. No te preocupes, yo también estoy algo cansada. Ha sido un placer poder conocerte un poco mejor. Hasta la próxima, Mary.
Susan se levantó y salió de la cocina, sin siquiera recoger su plato. No es que fuese una persona maleducada, todo lo contrario, pero andaba con la mente en otro lugar. A Mary tampoco pareció importarle mucho. Ella también parecía estar en otro lugar, ya que ni siquiera respondió al mensaje de despedida de Susan.
Abrió la puerta de su casa con cierta inseguridad. Por un momento, un breve momento, volvió a tener la necesidad de abrazarse a si misma. Tenía frió. Entró en el piso, cerró la puerta tras de sí y se dirigió al sofá. Todo parecía estar en orden. Se sentó con suavidad y echó una lánguida mirada por el precioso ventanal. La ciudad estaba iluminada al completo. Miró un pequeño reloj que había en la repisa de encima del televisor y vio que no era demasiado tarde, así que decidió salir a dar un paseo y contemplar aquellas luces nocturnas de forma más cercana, con la intención de fundirse con ellas y ser un artífice más de la noche.
Cuando se puso de pie, descubrió que la cinta aislante verde ya no estaba sobre la repisa. Otro motivo más para salir a dar un paseo, incluso más fuerte que el de fundirse con las luces nocturnas.
La ciudad era preciosa. Muchas de sus calles aún estaban echas de piedra. El asfalto no era bienvenido aquí, y Susan lo agradecía. Porque aquellas calles tenían el encanto de una vieja ciudad europea, donde se respira el pasado. Los edificios también conservaban ese toque clásico, ese matiz que los hace distintos, ese matiz que a pesar de la decadencia de algunos, los transformaba en bellos colosos que parecían cobrar vida por momentos. La zona de la ciudad de Susan era de las más antiguas. Los edificios estaban prácticamente vacíos, con las ventanas de madera polvorientas y los balcones repletos de plantas muertas después de varios años sin recibir una gota de agua salvo la que caía del cielo. Pero todo poseía aquel matiz. Y puede que los edificios estuviesen prácticamente vacíos, pero las calles estaban repletas de gente. Era ya de noche, si bien las calles estaban pobladas, como en una noche de verano en una playa de México. Susan se preguntaba de donde podía salir tanta gente. Aquello le gustaba, le encantaba. Le encantaba mirar a su alrededor y ver gente, puntos insignificantes en el universo, pero con enormes e interesantes historias a sus espaldas que contar.
Cuando llegó a la calle de Riverside, la del supermercado, la que daba a un enorme río, decidió que era hora de regresar a casa y descansar un poco. Había sido un día difícil, extraño como pocos en su vida, y eso lo notaba. Tenía uno de los mayores cansancios mentales de toda su existencia, más incluso que cuando anduvo inmersa en su segunda novela, aquella que por más que lo intentase, se resistía a ser conclusa de forma coherente y salvaguardando lo que había querido trasmitir desde el principio.
Abrió el portón metálico con energía y tomó el ascensor que había al final del largo pasillo. Era un ascensor muy antiguo, que incluso solía fallar. Pero la comunidad se negaba a poner uno de esos nuevos cacharros tecnológicos con hilo musical y botones retro iluminados. Antes morir dentro del ascensor tras precipitarse este violentamente hacia el primer piso que instalar una de esas blasfemias tecnológicas.
El hueco del ascensor estaba a unos cinco metros de las dos únicas puertas de la última planta. Susan salió de él buscando en su bolso una nota que había escrito hacía unos días mientras viajaba en el autobús, una clave para descifrar un gran conflicto de su nueva novela. Llegó hasta la puerta de su casa a pasos ciegos, con la vista fijada en el bolso, removiendo con la mano derecha una y otra vez todas las pertenencias que llevaba en él, de un lado para otro, como el que prepara con ahínco una sopa de pescado. No la encontraba, y eso la hizo ponerse de muy mal humor.
Mal humor que se apagó de repente, con un cubo de agua fría, casi congelada, cuando se percató de que en el suelo del pasillo había una gran mancha de sangre que comunicaba su puerta con la de la vecina. Susan se echó las manos a la cabeza y en su estomago volvió a tener lugar aquel grito sordo, más angustioso que nunca, acompañado de un mosquito más grande que nunca dejando un sabor más desagradable que nunca. Porque aquello ya no podía tratarse de sugestiones o creencias en fantasmas. Aquello era real, era sangre, como ella misma comprobó al agacharse, tocar el suelo con la palma de la mano y manchársela. Estuvo de pie, congelada, varios minutos. Cuando por fin reaccionó abrió la puerta casi a empujones, intentando alcanzar lo antes posible el teléfono para llamar a la policía. Pero cuando pensaba que ya nada podía ir peor aquel martes 13 de Noviembre volvió a llevarse una desagradable sorpresa.
Al abrir la puerta creyó morir durante unos segundos. Todo estaba tirado por el suelo. Sillas, mesas, el televisor, las cajas del estudio, las velas decorativas de la repisa del comedor, la cafetera, los cojines del sofá, todo. Los armarios de la cocina abiertos y la mesita de cristal rota en mil pedazos. Una estampida de rinocerontes parecía haber pasado por allí mientras ella disfrutaba de unos espaguetis con tomate y el aroma nocturno de la ciudad.
Pero lo peor no fue aquello. Aquello tenía arreglo. Lo que parecía no tener arreglo era la enorme mancha de sangre que conectaba la puerta de su vecina a sus espaldas con la puerta que había justo enfrente tras cruzar el comedor, la de su dormitorio. Fue siguiendo la mancha, a pasos cortos y lentos, débiles y tímidos, con la boca abierta y una mano en el pecho, por si su corazón decidía abrir un hueco entre las costillas y escapar corriendo. Cuando por fin llego a la puerta del dormitorio, la abrió apenas cinco centímetros, con sumo cuidado, como si esta fuera de papel y fuese a romperse. Intentó descubrir algo por aquellos escasos cinco centímetros, y logró ver su armario, abierto y sin ropa. Tras unos segundos de titubeos logró dar un empujón a la puerta. Retrocedió unos centímetros, en un acto reflejo de precaución, y cuando la puerta se hubo abierto por completo descubrió que las cosas siempre pueden ir peor.
Las sábanas de la cama estaban tiradas en el suelo, junto a toda la ropa que había en el armario. Y en la cama, en la fina funda verde pistacho que cubría el colchón, había una inmensa mancha de sangre. De hecho todo estaba manchado de sangre: la ropa del suelo, el propio suelo, las paredes, todo. Logró distinguir en la pared de enfrente, justo encima de la cama, unas manchas de lo que parecían ser unos dedos, unos dedos que se arrastraban desde mitad de pared hasta el colchón.
Susan sudaba más de lo que lo había hecho en toda su vida. Sentía como todos sus órganos se encogían hasta ser del tamaño de un garbanzo, un puñado de garbanzos atrapados en una olla a presión. Sentía cómo se quedaba sin corazón y sin pulmones, porque le era casi imposible respirar con todo aquello ante sus ojos. De repente, por un momento, le pareció que la idea de llamar a la policía no era tan buena.
Dio media vuelta y fue siguiendo el rastro de sangre hasta que llegó a la puerta de Mary. Pulsó una vez el timbre, un único y tímido toque de timbre.
Los segundos pasaban y la puerta no se abría. Susan se temía lo peor. Miró a sus pies y descubrió cómo la mancha de sangre se introducía de forma firme e ininterrumpida bajo la puerta de su vecina.
El silencio era sepulcral en todo el pasillo. Susan pensó en volver a pulsar el timbre, otro tímido toque con su dedo rezumante de sudor, y fue en este momento, justo antes de volver a pulsar por segunda vez, cuando la puerta se abrió y apareció Mary. Su blusa azul claro y sus vaqueros horteras estaban ahora empapados de sangre, su pelo estaba más revuelto que de costumbre y éste había adquirido cierto matiz grisáceo, como si una pequeña lluvia de cenizas hubiese caído sobre ella. Ante aquella imagen cualquiera hubiera jurado que Mary se había disfrazado para asistir a una fiesta de Halloween.
Mary...¿¡Que demonios ha pasado aquí!? – dijo Susan, en un tono furioso pero no demasiado elevado.
Mary se quedó unos instantes callada, haciendo honor al silencio sepulcral que inundaba toda la séptima planta. Su mirada era inquietante, clavada ésta en los ojos de Susan, sosteniendo ambas una tensión indescriptible. Si en ese momento alguien hubiera puesto un vaso del mejor vidrio entre la mirada de ambas, sin duda se hubiese roto en mil pedazos. Susan apartó la mirada, incapaz de soportar tal presión, y la desvió hacia el interior de la casa de Mary. Logró ver como el rastro de sangre cruzaba todo el salón y se introducía en la puerta del fondo, la de la derecha, la de "donde guardo los cadáveres", recordó Susan, y se puso mucho más pálida que cuando escuchó aquellas palabras, tanto que daba la impresión de no llegarle ni una gota de sangre a la cabeza.
Lo he matado – le respondió Mary por fin, al ver que Susan había dejado de mirarla y había descubierto lo que parecía ser un oscuro secreto.
A... ¿a quién has matado Mary? – su voz sonó tan débil que la frase casi se quiebra en mil trocitos antes de llegar a los oídos de Mary.
A él. Lo he matado a él.
¿¡Quién demonios es él!? – replicó Susan, con un chillido agudo.
Él. Él iba a matarte. así que te he salvado la vida. Hoy ha estado jugando contigo, pero iba a matarte antes de lo que suele hacerlo. Iba a hacerlo esta noche mientras dormías, estoy segura. Y todo porque no le caías bien. Aunque en el fondo el a ti tampoco te caía bien.
Susan no podía creer lo que estaba escuchando. Mary tenía la mirada totalmente perdida, tanto que daba la impresión de haberse quedado invidente de repente, como si sus ojos se hubieran desconectado de su cerebro.
Estás jodídamente loca – escupió Susan sin previo aviso, y su voz sonó más convincente y fuerte que en todo el día.
Así me lo agradeces. Bueno, no te culpo. Imagino que todo esto es un poco chocante para ti.
¿Un poco chocante? ¡No tienes idea de cuanto! – Susan se abalanzó furiosa sobre Mary, hasta estar a escasos diez centímetros de su nariz.
Límpialo todo y descansa. Ya me lo agradecerás mañana, o la semana que viene. Puedo esperar. Yo me encargo del pasillo. Pero no se te ocurra llamar a la policía. No cometas esa estupidez.
Mary cerró de un portazo y el silencio volvió a imperar. "Rematadamente loca" pensó Susan.
Si crees que no voy a llamar a la policía es que no me conoces bien. Hace falta algo más que unos espaguetis con tomate para que yo encubra un crimen – dijo Susan a la puerta de su vecina, en un tono suave, sin importarle realmente si Mary la escuchaba o no.
Entró en su piso y se dirigió hacia el teléfono, en una mesita pequeña de madera junto al sofá, dejando la puerta abierta tras de sí. Se sentó y contempló una vez más el rastro de sangre que pasaba a su izquierda. Recorría todo el salón, cruzando el pasillo, y continuaba bajo la puerta de Mary. Cogió el teléfono con firmeza y marcó el número de la policía.
Creo que mi vecina ha matado a alguien. Todo esta manchado de sangre.
Susan se quedo allí, impasible, con la mirada fija en el pasillo manchado de sangre y la puerta de Mary. Los minutos pasaban y su mente se congelaba más a cada instante, hasta llegar al punto de ser incapaz de hilvanar cualquier mínimo pensamiento. Ella solo quería un piso decente que estuviese a su alcance económicamente, con dos habitaciones, para transformar una de ellas en su rincón de escritura. No quería este tipo de cosas, no estaba preparada para ello.
De repente oyó como el ascensor paraba acompañado de su característico ruido metálico. Oyó pasos de varios pies, que se hacían cada vez más fuertes conforme se acercaban al reguero de sangre. A los pocos segundos aparecieron ante su puerta dos hombres, uno alto con pantalones negros y chaqueta marrón oscuro, y otro algo más bajo, con la piel morena, vestido de uniforme. Susan se quedó observándolos sin levantarse del sofá.
Señorita... dijo el más alto de los dos sin acabar la frase.
Susan. Susan Koeman – respondió Susan al tiempo que se levantaba del sofá, apoyando las manos en este para ayudarse, como si su cuerpo fuese cuatro veces más pesado de lo habitual.
Inspector Frederick. Y aquí el oficial González. ¿Qué es lo que ha pasado exactamente?
Susan comenzó a caminar a través del salón, mirando al suelo, bordeando con habilidad la mancha de sangre para no pisarla, hasta que llegó a la puerta.
Hace cosa de una hora y media salir a dar un paseo. Cuando me fui todo estaba en orden. Y al volver, tras media hora o cuarenta minutos, me encontré con esto – Susan hizo una pausa para tragar saliva, pero sobre todo para tranquilizarse, ya que sus palabras comenzaban a sonar temblorosas – Todo estaba patas arriba, como podéis comprobar. Al ver que la mancha de sangre conectaba también con la puerta de la vecina la llamé asustada. Tardó unos minutos en abrirme, y cuando lo hizo y le pregunté que es lo que había pasado, me respondió que lo había matado. Que lo había matado. A él – logró continuar Susan, con más eficacia.
¿A quién había matado? – pregunto González.
No tengo ni idea – sus palabras volvieron a sonar temblorosas, tanto que estallaron en un sollozo.
Tranquilícese señorita, nosotros estamos aquí para resolverlo todo. Tranquilícese, necesitaré que me responda a unas preguntas – dijo Frederick en tono protector, al tiempo que apretaba una y otra vez el timbre de Mary ¡Policía! ¡Abra la puerta señora, o la tiraremos abajo! – gritó al ver que no obtenía respuesta desde el otro lado de la puerta.
¿Sabes si ha salido? – preguntó González a Susan.
No, no ha salido. Estoy segura. He estado todo el tiempo con mi puerta abierta, sentada en el sofá, con la mirada fijada en la suya – respondió Susan haciendo indicaciones con el dedo pulgar.
González, ayúdeme – replicó Frederick en tono agrio y severo.
González se puso frente a la puerta de Mary, retrocedió un metro, tomó impulso y asestó una tremenda patada a la puerta que no solo la abrió de golpe, si no que casi la parte en dos pedazos.
¡Policía! ¡Salga de donde este! – volvió a gritar Frederick mientras cruzaba el umbral de la puerta y se introducía en el interior del piso, con González tras sus pasos.
Susan se acercó un poco, echó un rápido vistazo y vio como la mancha de sangre seguía en su lugar, impoluta, cruzando todo el salón y llegando a la puerta de la derecha, que seguía cerrada.
Frederick y González recorrieron todo el piso, pero no había rastro de Mary. Susan pudo ver como González habría la puerta a la que llevaba la mancha de sangre. Era una habitación pequeña, y vacía. Estaba completamente vacía. Ni un mueble, ni un cuadro, nada. Sólo una gran mancha de sangre en el centro y, apoyada en una esquina oculta en la oscuridad, una fregona. Volvió la mirada hacia otro lado, y, extrañada, vio cómo Frederick abría todos los cajones y puertas de armario que veía a su alrededor. También descubrió unas pequeñas gotas de sangre que parecían salir del aseo y llegaban hasta la habitación vacía. González también parecía haberse percatado de aquello, ya que se dirigía hacia el aseo, mirando al suelo.
Aquí no hay nadie. Ni nada. Solo he encontrado esto – González se paró junto a la puerta del aseo y señaló al suelo. Junto al inodoro había una botella vacía de un fuerte desinfectante.
¿Esta usted segura de que su vecina no ha salido después de hablar con usted? Es imposible que haya escapado por la ventana, no hay repisas ni cañerías – observó Frederick al tiempo que se dirigía hacia la puerta de entrada, hacia Susan.
Totalmente segura. No he dejado de mirar esta puerta ni un segundo, y estoy totalmente segura de que no se ha abierto – Susan se mordió levemente el labio inferior y se llevó una mano a la cara, nerviosa.
¿Cómo se explica que no haya ninguna pertenencia en todo el piso? – preguntó González enarcando las cejas y poniendo especial énfasis en la palabra todo.
No lo sé. Quizás solo estuviese de paso, pero es muy extraño – contestó mientras continuaba andando.
Frederick llegó a donde se encontraba Susan. En su cara se dibujaba un gesto de preocupación, de incertidumbre. Mientras, sus ojos no dejaban de moverse, de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, intentando descubrir que es lo que se le estaba escapando. De repente, se quedó con la mirada fija en la puerta, en la placa metálica que había bajo el ojo de buey, esa típica placa con el nombre del propietario del inmueble.
Mary Campbell – dijo Frederick, con la mirada aún clavada en la placa – No es posible – desvió la mirada de la placa y se quedó unos instantes mirando al suelo, pensativo.
¿Qué ocurre, inspector? – pregunto Susan, nerviosa.
He de hacer una llamada – respondió Frederick en tono serio pero suave.
Susan vio como Frederick salía del piso, pasaba delante de ella y se dirigía hacia el final del pasillo, en dirección al hueco del ascensor, con el teléfono móvil en la mano. Cuando llegó al final del pasillo, donde la luz de las lámparas del techo apenas alcanzaba y se dibujaban sombras en los rincones, se colocó el móvil en la oreja y comenzó a hablar, en un tono tan bajo que a Susan le era imposible distinguir una palabra.
González dejó de abrir cajones al ver que su compañero ya no estaba con él y caminó hacia Susan.
¿Qué ocurre señorita? – preguntó González.
Está llamando – respondió Susan, señalando con el dedo a Frederick, y fue en este instante cuando éste se llevó el teléfono de la oreja al bolsillo de su chaqueta marrón y deshizo sus pasos hacia el piso de Mary, hasta llegar junto a Susan y González.
¿Algún problema Fred? ¿Llamabas a comisaría? – preguntó su compañero.
No, todavía no. Llamaba a mi madre. ¿Recuerdas que mientras subíamos por el ascensor te he dicho que este edificio me era muy familiar? Pues bien, ya se porqué – torno su mirada hacia Susan, y la expresión de su cara se volvió seria y amarga – Mary Campbell, una gran amiga de mi madre. Amigas del alma. Recuerdo haber cenado aquí una vez, hace unos quince años, con mi madre y con Mary. Como olvidarme de ella. Mi madre estuvo sumida en una tremenda depresión, cuando Mary tuvo aquel accidente de coche y murió.
¿¡Cómo!? – Susan volvió a estallar en sollozos ¡No es posible! ¡He cenado con ella esta noche! ¿¡Me oye!? ¡He cenado con ella esta noche! – gritó mientras agitaba los brazos en el aire, como intentando ahuyentar a una jauría de avispas africanas.
González la sujetó del brazo, evitando que cayese en redondo al suelo. Toda su fuerza se estaba escapando por la boca y los ojos. Esos ojos verdes que por un momento parecían tornarse grises.
Mary Campbell murió en un accidente de coche. Hace diez años. Yo mismo estuve en su entierro – sentenció Frederick levantando la voz, intentando sonar por encima de los sollozos de Susan.
Susan intentó soltarse de González, el cual la tenía sujeta con fuerza. Los sollozos de repente se congelaron, sus lágrimas se congelaron, sus ojos se cerraron lentamente y su boca se abrió más de lo que ya estaba mientras todo su cuerpo quedaba atrapado en el tiempo durante un instante, como la melodía melancólica del mar, que se diluye y muere después de juguetear con nuestro oído, pero parece querer quedarse para toda la eternidad. Cayó de rodillas al suelo, a pesar de que González la sujetaba con fuerza. Abrió de nuevo los ojos, cubiertos estos por un telo de densas lágrimas, y clavó su mirada en los oscuros y grandes ojos de Frederick, al tiempo que intentaba digerir tal cuantía de sombrías palabras.
Me temo que va ha tener que explicarnos muchas cosas, señorita Susan.