domingo, 1 de febrero de 2015

La cabeza clásica. John Forbes (1950-1998)

La Naturaleza con su sabiduría ha formado la cabeza humana
de modo que esté en la sima del cuerpo.

La cabeza -o digamos la cara- se divide en 3,
el asiento de la sabiduría, belleza y bondad respectivamente.
(...)

La Edad del Plástico. John Forbes (1950-1998)

Imitación a Ovidio.

La definición del diccionario de cambio
significa que tu rostro se ve diferente en el agua
& incluso aunque te sientas cómodo allí abajo
a un paso de cada momento pasado, en cualquier parte
entre el mamífero & la esponja,
tú sabes que echarás de menos un cassette en particular
lágrimas ociosas o un vaso de ginebra
& estarás molesto por las serias opciones
que presenta una vida sin cambios por ej. "Poeta
menor, conspicuamente deshonesto" se vería divertido
sobre una placa atornillada en un árbol
mientras que la triste huella de tu vida anterior
sugiere una excepción
que generaciones terminarán cantando; para ellos
las partes de la oración necesitarán explicación
no lagos o sueño o sexo,
o los poetas tontos del pasado
quienes, siendo líricos se perdieron esto.

Velocidad, Églola. John Forbes (1950-1998)

es divertido adquirir velocidad
y quedarse levantado toda la noche
sin escribir aquellas resmas de poesía
sólo pensando si acaso es malo para ti
-en vez de tus sentimientos
sigue tu carrera por el desagüe
& descubre que les gusta estar allí
entre una antología de buenas ideas, amalgamadas
por una substancia química en tu sangre
que te permite mirar la TV con su cara vacía
& regocijante, consumiéndote como una hipoteca
& cuando Keats viene a cenar, o Flaubert,
puedes responder sus purezas
con las tuyas menos negativas -por ejemplo
¿conoces el verso de Dransfield, que una vez que te conviertes en un drogadicto
nunca querrás ser algo diferente?
bueno, pienso que murió muy pronto,
como si pensara que las drogas eran un maestro anticuado
& él era la mascota del maestro, que sólo puso su mano
& dijo serenamente: "Señor, señor"
& la heroína lo dejó salir de la sala.

Muerte, Oda. John Forbes (1950-1998)

Muerte, eres más exitosa que USA,
incluso si optamos por no unirnos a ti, lo hacemos.
Recién me he dado cuenta de esta conscripción
donde el mármol de ninguno resalta;
de nada sirve tallar tu nombre en un árbol, intercambiar votos
o no pisar las grietas por la suerte
donde no hay anomalías estadísticas
& tú no sabes el día ni la hora, o incluso si lo sabes
timor mortis conturbat me. Sin duda
pensaríamos esto en un jet que se eleva & la caja negra
registraría cada grito individual infructuoso
pero lo que me exaspera es cuán obligatoria es ...
"nunca fue un miembro" escribieron en su tumba.
Al menos irse de juerga llega a ser heroico & puedo ver
por qué a los victorianos
les gustaba tanto dibujar escenas de lechos de muerte:
amontonados ante nuestro hermoso siglo, ellos sabían
de qué se trataban los nervios de la primera noche.

A un poeta dentro de mil años. James Elroy Flecker (1884-1915)

Yo, que morí hace mil años,
Y escribí esta dulce arcaica canción,
Mis palabras te envío como mensajeras
Por el camino que ya no he de cruzar.

No me importa si has tendido un puente sobre los mares
O si atraviesas a salvo el firmamento cruel,
Ni si construyes consumados palacios
De piedra o metal.

Pero, ¿aún tienes música y vino,
Y estatuas, y un amor de mirada alegre,
Y pensamientos necios sobre el bien y el mal,
Y plegarias para los que residen en las alturas?

¿Cómo hemos de vencer? Igual que un viento
Que a la tarde cae, soplan nuestras fantasías,
Y ya el viejo ciego Meónides*
Lo dijo hace tres mil años.

Oh, amigo no visto, aún no nacido, desconocido,
Estudiante de nuestra dulce lengua inglesa,
Lee mis palabras por la noche, a solas:
Yo fui un poeta, yo fui joven.

Y ya que no puedo ver tu cara
Ni estrecharte la mano,
Te envío mi alma a través del tiempo y el espacio
Para saludarte. Tú comprenderás.



 * Meónides es un nombre que se aplica a Homero, bien porque Meonia era un antiguo nombre de Lidia, donde, según algunos, había nacido; o bien porque se decía que era hijo de un tal Meón.

Tenebris Interlucentem. James Elroy Flecker (1884-1915)

Un jilguero que andaba perdido
Cantaba en una rama ennegrecida en el infierno,
Hasta que todos los espectros recordaron bien
Los árboles, el viento, el día dorado.

Por fin supieron que habían muerto
Cuando escucharon música en esa tierra
Y alguien allí adelantó furtivamente una mano
Para atraer un hermano a su lado.