lunes, 9 de marzo de 2015

El diablo y el relojero. Daniel Defoe (1659-1731)

Viva en la parroquia de San Bennet Funk, cerca del Mercado Real, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.

Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado. En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que llevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.

Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:

-¡Sube y ayuda al hombre!

Suponía que algo impedía su acción.

Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente». Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le gritó:

-¿Que pasa? ¿Por qué no bajas al pobre hombre?

Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:

-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré -y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.

Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara. El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.

Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convencerlos de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el Diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la naturaleza del Demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al Diablo con tal acción.

Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el Diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.

El diablo y el mar profundo. Rudyard Kipling (1865-1936)

Su nacionalidad era británica, pero no encontrará su bandera de armador en la lista de nuestra Marina Mercante. Era un barco de carga movido a hélice y aparejado como una goleta de hierro y novecientas toneladas que exteriormente no se diferenciaba en nada de cualquier otro vapor volandero que recorriera los mares. Pero con los vapores sucede lo mismo que con los hombres. Hay quienes a cambio de una retri bución navegan extremadamente cerca de los malos vientos; y en el actual estado de decadencia del mundo esas personas y esos vapores tienen su utilidad. Desde el momento en que el Aglaia fue botado en el Clyde -nuevo, brillante e inocente, con un litro de champán barato goteando por la tajamar-, el destino y su pro pietario, que también era el capitán, decretaron que tuviera tratos con cabezas coronadas en situación apu rada, presidentes fugitivos, financieros de una capaci dad que traspasaba los límites establecidos, mujeres para las que resultaba imperativo un cambio de aires y potencias menores en el campo del incumplimiento de la ley. Su carrera le condujo a veces a los Tribunales del Almirantazgo, donde las declaraciones juradas de su patrón llenaron de envidia a sus hermanos. El mari no no puede decir ni cometer mentiras frente al mar, ni enfrentarse equivocadamente a una tempestad; pero tal como han descubierto los abogados, compen sa las oportunidades perdidas cuando regresa a tierra firme con una declaración jurada en cada mano.

El Aglaia figuró con distinción en el importante caso de salvamento del Mackinaw. Fue la primera vez que se apartó de la virtud y aprendió a cambiar de nombre, aunque no de corazón, y a atravesar corriendo los mares. Con el nombre de Guiding Light fue muy buscado en un puerto de Sudamérica por la pequeñez de haber entrado en él a toda máquina colisionando con un pontón de carbón y con el único buque de gue rra del Estado. Regresó al mar sin más explicaciones a pesar de que desde tres fuertes le estuvieron disparando durante media hora. Como el Julia M’Gregor estuvo implicado en el acto de haber recogido de una balsa a determinados caballeros que deberían haber permane cido en Numea, pero que prefirieron desagradar a las autoridades de otra esquina del mundo. Y como el Shah-in-Shah había sido pillado infraganti en mar abierta, indecentemente repleto de munición bélica, por el guardacostas de una inquieta potencia en proble mas con su vecino. Esa vez casi se hunde, y su casco acribillado permitió obtener grandes beneficios a abo gados eminentes de los dos países. Una estación más tarde reapareció como el Martin Hunt, pintado de un color pizarra apagado, con la chimenea de azafrán puro y los botes de azul de huevo de golondrina, dedicado al comercio en Odessa hasta que le invitaron (y no se po día rechazar la invitación) a mantenerse alejado total mente de los puertos del Mar Negro.

Había navegado sobre muchas olas de depresión. Las cargas podían desaparecer de la vista, los sindicatos de marinos arrojar llaves y tuercas contra los capitanes, y los estibadores unir sus fuerzas a los anteriores hasta que la carga perecía en el muelle; pero el barco de los múlti ples nombres iba y venía atareado, alerta, pero siempre disimuladamente. Su patrón no se quejaba de los tiem pos difíciles, y los oficiales portuarios observaban que su tripulación firmaba una y otra vez con la regularidad de los contramaestres de los vapores trasatlánticos. Cam biaba de nombre según lo exigiera la ocasión; pero su tripulación, bien pagada, no cambiaba nunca; y un am plio porcentaje de los beneficios de sus viajes se gastaba con mano generosa en la sala de máquinas. Nunca mo lestaba a los aseguradores marítimos, y raras veces se de tenía para hablar con un puesto de avisos sobre carga mentos, pues su negocio era urgente y privado. Pero su comercio llegó a su fin y fue así como pere ció. Una paz duradera se extendió sobre Europa, Asia, África, América, Australasia y Polinesia. Las potencias trataban unas con otras más o menos honestamente; los bancos pagaban a sus depositarios; los diamantes de precio llegaban con seguridad a las manos de sus propietarios; las repúblicas estaban contentas con sus dictadores; los diplomáticos no pensaban que hubiera nadie cuya presencia les incomodara lo más mínimo; los monarcas vivían abiertamente con las esposas con las que se habían casado. Era como si la tierra entera se hubiera puesto la mejor camisa y pechera de los do mingos; y los negocios iban muy mal para el Martin Hunt. La duradera y virtuosa calma se tragó entero al Martin Hunt con sus costados de color pizarra y la chi menea amarilla, pero vomitó en otro hemisferio al va por ballenero llamado Haliotis, negro y oxidado, con una chimenea del color del estiércol, una desordenada serie de sucias barcas blancas y un enorme horno o estufa para hervir grasa de ballena en el hueco de la cu bierta de proa. No podía caber duda de que su viaje había sido un éxito, pues pasó por varios puertos no demasiado bien conocidos y el humo del quemador de grasa de ballena ensuciaba las playas.

Enseguida se marchaba, a la velocidad media de un vehículo londinense de doble eje, y penetraba en un mar semiinterior, cálido, quieto y azulado, de los que proba blemente tienen el agua mejor conservada del mundo. Se quedaba allí algún tiempo, y las grandes estrellas de aquellos suaves cielos le veían jugar a las cuatro esquinas entre islas donde nunca han existido las ballenas. Todo aquel tiempo olía abominablemente, y aunque apestaba a pescado, no se trataba de ballenas. Una noche la cala midad descendió sobre el barco desde la isla de Pygang Watai, y huyó con la tripulación burlándose de una gruesa cañonera pintada de negro y marrón que resopla ba muy por detrás. Conocían hasta la última revolución la capacidad de cada barco que cruzaba aquellos mares y ellos deseaban evitar. Como norma, un barco británico con buena conciencia no escapaba nunca del barco de guerra de una potencia extranjera, y también se conside raba una ruptura de la etiqueta detener y registrar barcos británicos en el mar. El patrón del Haliotis no se detuvo a comprobar estas cosas, sino que siguió hasta la caída de la noche a la vigorosa velocidad de once nudos. Pero ha bía pasado por alto una cosa solamente.

La potencia que mantenía una carísima patrulla de vapores moviéndose arriba y abajo por aquellas aguas (ellos ya habían esquivado a los dos barcos regulares de la patrulla con una facilidad que les producía despre cio) había comprado recientemente un tercer barco que hacía catorce nudos y tenía fondo limpio que le ayudaba en ese trabajo; y es por eso que el Haliotis, que navegaba velozmente de este a oeste, con la luz del día se encontró en una posición desde la que no pudo evi tar ver cuatro banderas que, casi tres kilómetros más atrás, transmitían el mensaje siguiente: «¡Pónganse al pairo o afronten las consecuencias!»

El Haliotis ya había hecho su elección y la mantuvo, y el final llegó cuando suponiendo que su calado era más ligero trató de escapar hacia el norte por encima de un amigable bajío. El obús que llegó traspasando el ca marote del primer maquinista tenía unos ciento veinti cinco milímetros de diámetro e iba cargado de arena, no de explosivo. Había tenido la intención de cruzar su proa, y por eso derribó el retrato enmarcado de la espo sa del primer maquinista, y era una joven muy hermo sa, sobre el suelo, astilló la tarima del lavabo, cruzó el pasillo que conducía a la sala de máquinas, chocó con el enjaretado, cayó directamente delante del cilindro delantero y se partió fracturando casi los dos pernos que unía la biela con la manivela delantera. Lo que pasó después es digno de consideración. El cilindro delantero ya no tenía nada que hacer. Enton ces el vástago del pistón, liberado, sin nada que lo con tuviera, ascendió mucho y partió la mayor parte de las tuercas de la cubierta del cilindro. Volvió a bajar lle vando detrás todo el peso del vapor y el pie de la biela desconectada, tan inútil como la pierna de un hombre con el tobillo torcido, salió hacia la derecha y golpeó a estribor la columna de apoyo de hierro forjado del ci lindro delantero, rompiéndola limpiamente a unas seis pulgadas por encima de la base, y doblando la par te superior hacia fuera, unas tres pulgadas, hacia el costado del barco. Y la biela quedó rota. Al mismo tiempo, el cilindro posterior, que no había sido afecta do, siguió realizando su trabajo e hizo girar en su si guiente revolución la manivela del cilindro delantero, que golpeó la biela ya estropeada, doblándola a ella y también la cruceta del vástago del pistón, esa pieza grande que se desliza suavemente arriba y abajo.

La cruceta del vástago se salió lateralmente de las guías y además de añadir más presión a la columna de apoyo de estribor ya rota, rajó por dos o tres sitios la columna de apoyo de la izquierda. Como no había ya nada que pudieran mover, los motores se levantaron con un hipo que pareció elevar el Haliotis casi medio metro por encima del agua; y los tripulantes de la sala de máquinas, abriendo todas las salidas del vapor que pudieron encontrar en la confusión, llegaron a cubier ta algo escaldados pero tranquilos. Por debajo de las cosas que estaban sucediendo había un sonido: un tra queteo, gruñido, ronroneo, ajetreo y golpeteo seco que no duró más que un minuto. Era la maquinaria que se estaba ajustando, con la excitación del momen to, a cien condiciones alteradas. El señor Wardrop, con un pie sobre el enjaretado superior, inclinó el oído lateralmente y gruñó. No se puede parar en tres segun dos, sin desorganizarlos, unos motores que están tra bajando a doce nudos. El Haliotis se deslizó hacia de lante rodeado por una nube de vapor, chillando como un caballo herido. No había ya nada que hacer. El pro yectil de ciento veinticinco milímetros y carga reduci da había arreglado la situación. Y cuando tienes las tres bodegas repletas de perlas perfectamente conser vadas; cuando has limpiado el Tanna Bank, el Sea Horse Bank y otros cuatro bancos de un extremo a otro del Mar de Amanala -cuando has cosechado el corazón mismo de un rico monopolio gubernamental hasta el punto de que cinco años no bastarán para re parar tus malos actos-, debes sonreír y aceptar lo que suceda. Pero mientras una lancha partía del buque de guerra el patrón reflexionó que había sido bombardea do en alta mar con una bandera británica, en realidad varias de ellas pintorescamente dispuestas por encima, y trató de encontrar consuelo en ese pensamiento.

-¿Dónde están esas condenadas perlas? -preguntó imperturbable el teniente de navío al tiempo que su bía a bordo.

Estaban allí y era imposible ocultarlas. Ninguna de claración jurada podría deshacer el terrible olor de las ostras podridas, o los trajes de buceo, ni las escotillas desde las que se veían los lechos de concha. Estaban allí por un valor aproximado de setenta mil libras; y hasta la última de las libras había sido cazada furtivamente. El buque de guerra estaba molesto, pues había uti lizado muchas toneladas de carbón, había sometido a presión sus tubos de calderas, y lo peor de todo, había dado prisa a sus oficiales y tripulantes. Cada miembro de la tripulación del Haliotis fue arrestado y vuelto a arrestar varias veces, según iba subiendo a bordo cada nuevo oficial; después, lo que consideraron equivalen te a un guardia marina les dijo que se consideraran pri sioneros, y finalmente fueron sometidos a arresto.

-Eso no está nada bien -dijo con amabilidad el pa trón-. Sería mucho mejor que nos lanzara una sirga...
-¡Silencio: está usted detenido! -fue la respuesta.
-¿Y adónde diablos espera que escapemos? Esta mos indefensos. Tendrá que remolcarnos a algún lugar y explicar por qué nos dispararon. Señor Wardrop, es tamos indefensos, ¿no es así?
-Arruinados de un extremo a otro -dijo el respon sable de la maquinaria-. Si nos pusiéramos en marcha, el cilindro delantero caería y traspasaría el fondo. Las dos columnas están limpiamente cortadas. No hay nada que sujete nada.

Metiendo ruido, el consejo de guerra decidió ir a ver si las palabras del señor Wardrop eran ciertas. Éste les advirtió que la vida de un hombre corría peligro si entraba en la sala de máquinas, por lo que se contenta ron con hacer una inspección distante a través de la del gada nube de vapor que aún quedaba. El Haliotis se ele vaba a lo largo, y la columna de apoyo de estribor estaba ligeramente triturada, como un hombre que rechina sus dientes ante un cuchillo. El cilindro delan tero dependía de esa fuerza desconocida a la que los hombres llaman la obstinación de los materiales, que de vez en cuando sirve para equilibrar ese otro poder des consolador, la perversidad de los objetos inanimados.

-¿Y ven? -exclamó el señor Wardrop metiéndoles prisa-. Los motores no valen ni su precio en chatarra.
-Les remolcaremos -respondieron-. Después lo confiscaremos.

El buque de guerra iba escaso de personal y no veía la necesidad de subir al Haliotis a sus apreciados tripu lantes. Por ello se limitó a enviar a un subteniente, a quien el patrón mantuvo borracho, pues no deseaba que la operación de remolque fuera demasiado senci lla, y porque además tenía una escasamente visible cuerdecilla colgando de la popa de su barco. Empezaron a remolcarlos a una velocidad media de cuatro nudos. Era muy difícil mover el Haliotis, y el teniente de artillería que había disparado el proyec til de ciento veinticinco milímetros se sintió compla cido al pensar en las consecuencias. Quien estaba ata reado era el señor Wardrop. Utilizó a todos los tripulantes para apuntalar los cilindros, sirviéndose de palos y bloques, desde el fondo y los costados del barco. Resultaba un trabajo arriesgado, pero todo era mejor que ahogarse al final de una cuerda de remol que; y si el cilindro delantero hubiera caído, se habría abierto camino hasta el lecho marino, llevándose de trás el Haliotis.

-¿Adónde vamos, y cuánto tiempo nos remolca rán? -preguntó al patrón.
-¡Dios lo sabe! Y este teniente está borracho. ¿Qué cree que puede hacer?
-Existe una mínima posibilidad -susurró el señor Wardrop, aunque nadie podía escucharles-; existe una mínima posibilidad de repararlo, si alguien supiera hacerlo. Con aquella sacudida le han retorcido las mis mas tripas; pero afirmo que con tiempo y paciencia existe la posibilidad de que vuelva a echar vapor. Po dríamos hacerlo.
-¿Quiere decir que está mínimamente bien? -pre guntó el patrón cobrando nuevo ánimo en su mirada.
-Oh, no -contestó el señor Wardrop-. Si va a salir al mar de nuevo necesitará tres mil libras en reparacio nes como poco, y aparte cualquier desperfecto que tenga en la estructura. Es como un hombre que se haya caído cinco tramos de escaleras. Durante meses no podremos saber lo que ha sucedido; pero sabemos que nunca volverá a ponerse bien sin cambiarle el inte rior. Debería ver los tubos del condensador y las cone xiones del vapor con el motor auxiliar, por hablar sólo de dos cosas. No me asusta que ellos vayan a repararlo. Lo que temo es que roben piezas.
-Nos han disparado. Tendrán que explicar eso.
-Nuestra reputación no es lo bastante buena como para pedir explicaciones. Aprovechemos lo que tene mos y demos las gracias. En esta alarmante crisis no querrá que los cónsules se acuerden del Guidin'Light, ni del Shah-in-Shah, ni tampoco del Aglaia. Durante estos diez años no hemos sido otra cosa que piratas. Para la Providencia no somos ahora sino ladrones. De beríamos estar muy agradecidos... si regresamos.
-Bueno, si existe la menor posibilidad... haga lo suyo... -dijo el patrón.
-No dejaré nada que ellos puedan atreverse a coger -contestó el señor Wardrop-. Hágales difícil el remol que, pues necesitamos tiempo.

El patrón no interfería nunca en los asuntos de la sala de máquinas, y el señor Wardrop, que era un artis ta en su profesión, se dedicó a su terrible e ingrato tra bajo. Su telón de fondo eran los costados oscuros de la sala de máquinas; su material los metales de poder y fuerza, ayudándose de vigas, tablones y cuerdas. Hos co y torpe, el buque de guerra les remolcaba. Detrás de él, el Haliotis zumbaba como una colmena poco antes de enjambrar. Con tablones adicionales que no eran necesarios la tripulación fue cerrando el espacio alre dedor del motor delantero hasta que se asemejó a una estatua recubierta por el andamiaje, y los extremos de los puntales interferían toda visión que deseara tener un ojo desapasionado. Y para que la mente desapasio nada pudiera perder rápidamente su calma, los pernos bien hundidos de los puntales habían sido envueltos desordenadamente con cabos sueltos de cuerdas, pro duciendo un estudiado efecto de la más peligrosa inse guridad. Después el señor Wardrop se dedicó al cilin dro posterior, que como recordará no se había visto afectado por la ruina general. Con un martillo de fun didor suprimió la válvula de escape del cilindro. En los puertos alejados es difícil encontrar esas válvulas, a menos que, como el señor Wardrop, se tengan dupli cados. Al mismo tiempo, sus hombres quitaron las tuercas de dos de los grandes pernos de sujeción que sirven para mantener fijos los motores sobre su lecho sólido. Un motor que se detenga violentamente en mitad de su funcionamiento puede hacer saltar fácil mente la tuerca de un perno de anclaje, por lo que ese accidente parecería algo natural.

Pasando junto al tubo de la chimenea, quitó varias tuercas y pernos de acoplamiento, tirando al suelo éstas y otras piezas de hierro. Quitó hasta seis pernos del ci lindro posterior para que pudiera ajustar con su vecino, y rellenó con algodón de desecho las bombas de sentina y alimentación. Hizo después un paquete ordenado con las diversas piezas que había recogido de los moto res -cosas pequeñas como tuercas y vástagos de válvu las, todo cuidadosamente engrasado- y se metió con él bajo el suelo de la sala de máquinas, donde suspiró, pues estaba grueso, mientras pasaba de una boca de en trada a otra del doble fondo, escondiéndolo en un compartimento submarino bastante seco. Cualquier jefe de máquinas, sobre todo en un puerto poco amiga ble, tiene derecho a guardar sus piezas de repuesto don de prefiera; y el pie de uno de los puntales del cilindro bloqueaba toda entrada a la sala donde habitualmente se guardan las piezas de repuesto, incluso aunque la puerta no haya sido cerrada ya con cuñas de acero. En conclusión, desconectó el motor posterior, puso el pis tón y la barra de conexión, cuidadosamente engrasa dos, donde resultarían más inconvenientes para un vi sitante casual, quitó tres de los ocho manguitos de la chumacera de empuje, ocultándolos donde sólo él pu diera volver a encontrarlos, rellenó a mano las calderas, cerró con cuñas las puertas deslizantes de las carbone ras y descansó de sus trabajos. La sala de máquinas era un cementerio y no hacía falta la alegría de las cenizas elevándose por la claraboya para empeorarla.

Invitó al patrón a que contemplara su obra termi nada.
-¿Ha visto alguna vez una ruina como ésta? -pre guntó con orgullo-. Casi me asusta a mí meterme bajo esos puntales. ¿Qué cree que nos harán?
-Será mejor esperar a que lo veamos -contestó el patrón-. Ya será bastante malo cuando llegue.

No se equivocó. Los días agradables en los que fue ron remolcados terminaron demasiado pronto, aun que el Haliotis era arrastrado detrás como un foque muy pesado en forma de bolsa; y el señor Wardrop dejó de ser un artista de la imaginación para convertir se en uno más de los veintisiete prisioneros metidos en una cárcel llena de insectos. El buque de guerra les ha bía remolcado hasta el puerto más próximo, no hasta el cuartel general de la colonia, y cuando el señor War drop vio el triste puertecillo, con su desordenada línea de juncos chinos, un remolcador que era de locos, y el cobertizo para la reparación de buques, que bajo la responsabilidad de un filosófico malayo pretendía ser unos astilleros, suspiró y sacudió la cabeza.

-Hice muy bien -comentó-. Ésta es la morada de los ladrones y los provocadores de naufragios. Esta mos en el otro extremo de la tierra. ¿Piensas que lo sa brán alguna vez en Inglaterra?
-No lo parece -contestó el patrón.

Fueron conducidos por tierra firme, con lo que lle vaban puesto, con una escolta generosa y los juzgaron de acuerdo con las costumbres del país, que aunque exce lentes, estaban un poco desfasadas. Allí estaban las per las; allí estaban los que las habían cogido furtivamente; y allí se sentaba un pequeño pero ardoroso gobernador. Consultó un momento y después las cosas empezaron a moverse velozmente, pues no deseaba mantener mucho tiempo en la playa a una tripulación hambrienta, y el buque de guerra ya se había marchado. Con un movi miento de la mano, escribirlo no era necesario, los envió al blakgang-tana, el país de atrás, y así la mano de la ley los apartó de la vista y el conocimiento de los hombres. Caminaron hacia las palmeras y el país de atrás se los tra gó, a todos los tripulantes del Haliotis. La paz profunda seguía asentada en Europa, Asia, África, América, Australasia y Polinesia. El disparo fue el causante. Deberían haber seguido su consejo; pero cuando unos miles de extranjeros sal tan de alegría por el hecho de que en alta mar se haya disparado a un barco bajo bandera británica, las noticias viajan rápidamente; y cuando resulta que a la tri pulación de ladrones de perlas no se le ha permitido el acceso a su cónsul (no había ningún cónsul a varios cientos de millas de ese puerto solitario), hasta la más amigable de las potencias tiene derecho a hacer pre guntas. El gran corazón del público británico latía fu riosamente por los acontecimientos de una famosa ca rrera de caballos, y no desperdició un solo pálpito por causa de accidentes distantes; pero en algún lugar de las profundidades del casco de la nave del Estado hay una maquinaria que con mayor o menor precisión se hace cargo de los asuntos exteriores. Esa maquinaria empezó a girar, ¿y quién se sintió sorprendida sino la potencia que había capturado el Haliotis? Ésta explicó que los gobernadores coloniales y los buques de guerra lejanos son difíciles de controlar, y prometió que con seguridad castigaría ejemplarmente al Gobernador y al barco. En cuanto a la tripulación, que se decía había sido obligada a servir militarmente en climas tropica les, la presentaría en cuanto fuera posible y se excusa ría si era necesario. Pero no hacían falta excusas. Cuan do una nación se excusa con otra, millones de aficionados que no tienen la menor preocupación te rrenal por la dificultad se lanzan a la refriega y ponen en dificultades al especialista más preparado. Se pidió que buscaran a los tripulantes, si todavía estaban vivos -hacía ocho meses que no se sabía nada de ellos- y se prometió que todo quedaría olvidado.

El pequeño Gobernador del pequeño puerto estaba contento consigo mismo. Veintisiete hombres blancos formaban una fuerza muy compacta para lanzar a una guerra que no tenía principio ni fin: una lucha de selva y empalizadas que titilaba y ardía sin fuego a lo largo de años húmedos y calurosos en unas colinas situadas a cien millas de distancia, y era la herencia de todo ofi cial fatigado. Pensaba que había ganado méritos ante su país; y si alguien hubiera comprado el desventurado Haliotis, amarrado en el puerto bajo su galería, la copa de su felicidad estaría llena. Contempló las hermosas lámparas plateadas que se había llevado de sus cama rotes, y pensó en lo mucho que se podría haber sacado. Pero sus compatriotas de aquel húmedo clima no te nían espíritu. Contemplaban la silenciosa sala de má quinas y agitaban la cabeza. Ni siquiera el buque de guerra quiso remolcarlo costa arriba, donde el Gober nador creía que podría repararse. Resultaba una mala ganga; aunque las alfombras de los camarotes eran in negablemente hermosas, y a su esposa le habían gusta do los espejos.

Tres horas más tarde los cablegramas le rodeaban como proyectiles, pues aunque él no lo sabía estaba sien do ofrecido como sacrificio por sus inferiores ante la piedra de molino de arriba, y sus superiores no tenían la menor consideración hacia sus sentimientos. Decían los cablegramas que se había excedido mucho en su poder, y no había informado sobre los acontecimientos. Por tanto debía presentar a los tripulantes del Haliotis -y al enterarse de eso se cayó hacia atrás en su hamaca-. Enviaría a buscarlos, y si fracasaba subiría su dignidad sobre un caballo y él mismo iría a buscarlos. No tenía el menor derecho a obligar a servir en una guerra a los la drones de perlas. Por tanto él era el responsable. A la mañana siguiente los cablegramas deseaban saber si había encontrado a los tripulantes del Haliotis. Tenían que ser encontrados, liberados y alimentados -él era el que tenía que alimentarlos- hasta que pudie ran ser enviados al puerto inglés más cercano en un buque de guerra. Si se ataca demasiado tiempo a un hombre con grandes palabras lanzadas por encima de los mares, suceden cosas. El Gobernador envió rápida mente a buscar a sus prisioneros que estaban tierra adentro, y también eran soldados; y nunca hubo un regimiento militar más ansioso de reducir su fuerza. Ningún poder salvo la muerte sería capaz de conseguir que aquellos locos llevaran puesto el uniforme. Ellos no lucharían, salvo con sus semejantes, y por esa razón el regimiento no había ido a la guerra, sino que se ha bía quedado tras la empalizada, razonando con los nuevos soldados. La campaña de otoño había sido un fracaso, pero allí estaban los ingleses. Todo el regi miento marchaba detrás para defenderlos, y los vellu dos enemigos, armados con cerbatanas, se regocijaban desde el bosque. Habían muerto cinco de los tripulan tes, pero allí en la galería del Gobernador estaban veintidós hombres marcados en las piernas con las ci catrices de las mordeduras de sanguijuelas. Algunos llevaban harapos de lo que en otro tiempo habían sido pantalones; los otros utilizaban taparrabos de alegres dibujos; y allí estaban de una manera hermosa pero simple en la galería del Gobernador; y cuando éste sa lió ellos le cantaron. Cuando has perdido setenta mil libras de perlas, tu paga, el barco y todas tus ropas, y has vivido en esclavitud durante ocho meses más allá de las más ligeras pretensiones de civilización, sabes lo que significa la verdadera independencia, pues te has convertido en el más feliz de los seres creados: en un hombre natural.

El Gobernador les dijo a los tripulantes que eran malvados y ellos le pidieron comida. Cuando vio cómo comían, y recordó que hasta dentro de dos me ses no se esperaba que llegara ninguna patrullera perlí fera, suspiró. Pero los tripulantes del Haliotis se tum baron en la galería y dijeron que eran pensionistas de la bondad del Gobierno. Un hombre de barba gris, gordo y calvo, cuya única prenda era un taparrabos verde y amarillo, vio el Haliotis en el puerto y bramó de alegría. Los hombres se amontonaron en la baran dilla de la galería echando a un lado a patadas las largas sillas de caña. Señalaban, gesticulaban y discutían li bremente, sin vergüenza. El regimiento militar se sen tó en el jardín del Gobernador. El Gobernador se reti ró a su hamaca -era tan sencillo morir asesinado encontrándose acostado como en pie- y sus mujeres chillaron desde las habitaciones cerradas.

-¿Ha sido vendido? -dijo el hombre de la barba gris señalando al Haliotis. Era el señor Wardrop.
-Imposible -contestó el Gobernador sacudiendo la cabeza-. Nadie vino a comprarlo.
-Sin embargo ha cogido mis lámparas -intervino el patrón. Sólo le quedaba una pernera de los pantalo nes, y recorrió con la vista la galería. El Gobernador gimió. Podían verse claramente los catres del barco y la mesa de escribir del patrón.
-Lo han limpiado, claro está -dijo el señor War drop-. Tenían que hacerlo. Iremos a bordo y realizare mos un inventario. ¡Mire! -exclamó levantando las manos por encima del puerto-. Vivimos... allí... aho ra. ¿Apenado?
El Gobernador exhibió una sonrisa de alivio.
-Se alegra de eso -dijo reflexivamente uno de los tripulantes-. No me extraña.

Bajaron atropelladamente hasta el puerto, con el regimiento militar resonando detrás, y se embarcaron en lo que encontraron, que resultó ser el barco del Go bernador. Después desaparecieron sobre las amuradas del Haliotis y el Gobernador rezó para que encontra ran alguna ocupación en su interior. El señor Wardrop llegó del primer salto a la sala de máquinas; y mientras los demás acariciaban las añora das cubiertas, le oyeron dar gracias a Dios porque las cosas estuvieran tal como él las había dejado. Los mo tores estropeados se encontraban sobre su cabeza y sin tocar; ninguna mano inexperta había enredado con los puntales; las cuñas de acero de la sala de materiales se habían oxidado; y lo mejor de todo era que las ciento sesenta toneladas de buen carbón australiano de las carboneras no habían disminuido.

-No lo entiendo -decía el señor Wardrop-. Cual quier malayo conoce el uso del cobre. Podrían haber quitado las tuberías. Y también los juncos chinos po drían haber llegado hasta aquí. Es una intervención especial de la Providencia.
-¿Eso es lo que piensa? -preguntó desde arriba el patrón-. Aquí sólo ha habido un ladrón, que dicho sea de paso se ha llevado todas mis cosas.

En esto el patrón no decía toda la verdad, pues bajo las maderas de su camarote, adonde sólo se podía llegar con un cincel, había un poco de dinero del que nunca sacó ningún interés: su ancla de respeto para barloven to. Estaba todo en soberanos limpios que valían en el mundo entero, y podían ser más de cien libras.

-Pues de lo mío no ha tocado nada. Demos gracias a Dios -repetía el señor Wardrop.
-Se ha llevado todo lo demás: ¡mire!

Salvo en la sala de máquinas, el Haliotis había sido sistemática y científicamente destripado de un extre mo al otro, y había poderosas evidencias de que una guardia poco limpia había acampado en el camarote del patrón para regular el saqueo. Faltaba la cristalería, los platos, la loza, la cubertería, los colchones, las al fombras y las sillas, todas las barcas y los ventiladores de cobre. Estas cosas habían sido robadas junto con las velas y todos los aparejos metálicos que no pusieran en peligro la seguridad de los mástiles.

-Todo eso lo habrá vendido -dijo el patrón-. Las otras cosas supongo que estarán en su casa.
Habían desaparecido todas las guarniciones que podían desatornillarse o arrancarse con una palanca. Las luces de babor, estribor y del tope; los enjaretados de cubierta; las vidrieras deslizantes de la cabina de cu bierta; el arca de cajones del capitán, con las cartas ma rinas y la mesa de dibujo; fotografías, apliques y espe jos; las puertas de los camarotes; los colchones de goma; las barras que cierran las escotillas; la mitad de los cables que sujetan la chimenea; las defensas de cor cho; la piedra de afilar y la caja de herramientas del car pintero; piedras de arenisca para limpiar la cubierta, es cobillones y barrederas de caucho; todas las lámparas de camarotes y despensa; los aparatos de cocina en bloc; banderas y el armario de banderas; relojes y cronóme tros; la brújula delantera, la campana y el campanario del barco estaban también entre los objetos perdidos. Había muchas marcas en las tablas de cubierta, donde habían colocado las grúas de carga. Y una de ellas debió de caerse, pues la barandilla de la amurada estaba aplastada y doblada, y las planchas laterales es tropeadas.

-Es el Gobernador -dijo el patrón-. Lo ha estado vendiendo a plazos.
-Vamos allí con llaves y palas y los matamos a to dos -gritaba la tripulación-. ¡A él lo ahogamos y nos llevamos a la mujer!
-Entonces nos dispararía ese regimiento de negros y mestizos... nuestro regimiento. ¿Qué pasa en la ori lla? Nuestro regimiento ha acampado en la playa.
-Estamos aislados, eso es todo. Vaya a ver lo que quieren -añadió el señor Wardrop-. Usted lleva pan talones.

A su manera simple, el Gobernador era un estrate ga. No deseaba que los tripulantes del Haliotis volvie ran a pisar tierra firme, ni de uno en uno ni en grupos, y proponía convertir el vapor en un barco de convictos. Desde el muelle le explicó al patrón, que se había acer cado con la barcaza, que aguardarían y seguirían aguar dando exactamente donde estaban hasta que llegara el buque de guerra. Si uno de ellos ponía pie en tierra fir me el regimiento entero abriría fuego, y no tendría es crúpulos para utilizar los dos cañones de la ciudad. En tretanto les enviarían comida diariamente en un barco con una escolta armada. El patrón, desnudo hasta la cintura y remando, sólo pudo apretar los dientes; y el Gobernador aprovechó la ocasión y se vengó de las pa labras más amargas de los cablegramas diciendo lo que pensaba de la moral y la costumbre de los tripulantes. La barcaza regresó al Haliotis en silencio y el patrón su bió a bordo con los pómulos blancos y la nariz azulada.

-Lo sabía, y ni siquiera nos darán buena comida -dijo el señor Wardrop-. Tendremos plátanos por la mañana, al mediodía y por la noche, y un hombre no puede trabajar sólo con fruta. Eso lo sabemos.

En ese momento el patrón maldijo al señor War drop por introducir en la conversación cuestiones secundarias y frívolas; y los tripulantes se maldijeron uno a otro, y al Haliotis, al viaje y a todo lo que cono cían o eran capaces de recordar. Se sentaron en silencio sobre las cubiertas vacías y los ojos les ardían en la ca beza. A ambos lados, el agua verde del puerto parecía reírse de ellos. Miraron tierra adentro, hacia las colinas en las que se recortaban las palmeras, las casas blancas por encima de la carretera del puerto, a la fila de em barcaciones nativas que había junto al muelle, a los soldados sentados e imperturbables alrededor de los dos cañones, y finalmente, hacia la barra azul del hori zonte. El señor Wardrop estaba sumido en sus pensa mientos y trazaba líneas imaginarias con las largas uñas de sus dedos sobre las planchas.

-No puedo prometer nada -dijo por fin-. Pues no sé lo que puede o no haberle sucedido. Pero aquí está el barco, y aquí estamos nosotros.
Esa frase fue recibida con algunas risas de burla, que hicieron fruncir las cejas al señor Wardrop. Se acordaba de la época en que llevaba pantalones y era el primer maquinista del Haliotis.
-Harland, Mackesi, Noble, Hay, Naughton, Fink, O'Hara, Trumbull.
-¡Sí, señor! -el instinto de la obediencia despertó como respuesta a la llamada de la sala de máquinas. -¡Abajo!
Se levantaron y acudieron.
-Capitán, tendré que pedirle a los demás hombres cuando los necesite. Sacaremos mis repuestos y quita remos los puntales que no necesitemos, y luego lo arreglaremos. Mis hombres recordarán que están en el Haliotis... bajo mis órdenes.

Fue a la sala de máquinas y los demás se quedaron mirando. Estaban habituados a los accidentes del mar, pero esto iba más allá de su experiencia. Ninguno que hubiera visto la sala de máquinas creía que todo aque llo que no fueran nuevos motores de cabo a rabo pu diera mover el Haliotis desde donde estaba amarrado. Sacaron los repuestos de la sala de máquinas y el rostro del señor Wardrop, rojo por la suciedad de las bodegas y por el esfuerzo de arrastrarse sobre el estóma go, estaba iluminado por la alegría. Los materiales de repuesto del Haliotis habían sido inusualmente com pletos, y veintidós hombres armados con gatos de husi llo, poleas, jarcias, tornillos de banco y una forja po dían mirar directamente a los ojos a Kismet# sin pestañear. Los tripulantes recibieron la orden de susti tuir los pernos de anclaje y de la chumacera del eje, y de volver a colocar los manguitos de la chumacera de em puje. Cuando terminaron el trabajo, el señor Wardrop les dio una conferencia sobre la manera de reparar má quinas de pluriexpansión sin la ayuda de repuestos y los hombres se sentaron junto a la fría maquinaria. La cru ceta del timón agarrotada en las guías les atraía terrible mente, pero no les servía de ayuda. Pasaban los dedos desesperados por las grietas de la columna de apoyo de estribor, y recogían los cabos de las cuerdas que rodea ban los puntales mientras la voz del señor Wardrop se elevaba y caía, hasta que la rápida noche tropical se ce rró sobre la claraboya de la sala de máquinas. A la mañana siguiente empezó el trabajo de recons trucción.

Se había explicado que el pie de la barra de cone xión se había salido cayendo sobre el pie de la columna de apoyo de estribor, que había agrietado a ésta y diri gido hacia el lateral del barco. El trabajo parecía más que inútil, pues barra y columna daban la impresión de haberse fundido en una sola cosa. Pero ahí la Provi dencia les sonrió por un momento sirviéndoles de es tímulo para las fatigosas semanas que les esperaban. El segundo maquinista, más inquieto que lleno de recur sos, golpeó al azar con un cortafríos el hierro forjado de la columna, y una laminilla metálica gris y grasienta salió volando desde abajo del pie aprisionado de la ba rra de conexión, mientras esta última se apartaba len tamente, ascendía y con un fuerte ruido caía en algún lugar del oscuro foso del cigüeñal. Las placas directri ces de arriba seguían incrustadas en las guías, pero ha bían dado el primer golpe. Pasaron el resto del día lim piando la manivela de carga, situada inmediatamente delante de la escotilla de la sala de máquinas. Lógica mente habían robado la lona alquitranada, y ocho me ses calurosos no habían mejorado el funcionamiento de las piezas. Además, el último ataque de hipo del Haliotis parecía -o se lo habría parecido al malayo del cobertizo de reparación de barcos- haberlo levantado todo de sus pernos dejándolo caer sin precisión por lo que respecta a las conexiones del vapor.

-¡Si tuviéramos una grúa de carga! -exclamó el señor Wardrop lanzando un suspiro-. Sudando podemos qui tar a mano la cubierta del cilindro; pero sacar la barra del pistón no es posible sin utilizar vapor. Bueno, si no suce de nada más mañana habrá vapor. ¡Burbujeará!

A la mañana siguiente los hombres que estaban en tierra contemplaron el Haliotis a través de una nube, pues era como si las cubiertas estuvieran humeando. Hacían pasar el vapor por las tuberías resquebrajadas y vibrantes para que funcionara el motor auxiliar delan tero; y cuando no conseguían tapar una grieta con es topa, se quitaban los taparrabos para colocarlos enci ma, y medio quemados y desnudos como su madre les trajo al mundo, lanzaban juramentos. El motor auxi liar funcionó, pero a qué precio, al de una atención constante y un servicio furioso; funcionó lo suficiente como para que una cuerda metálica (hecha con un es tay de la chimenea y otro del trinquete) fuera introdu cida en la sala de máquinas y atada a la cubierta del ci lindro del motor delantero. Éste se elevó con bastante facilidad y a través de la claraboya se sacó a la cubierta; fueron necesarias muchas manos para ayudar al dudo so vapor. Entonces se pusieron a tirar dos grupos cada uno de un extremo de la cuerda, como en una prueba deportiva, pues era necesario llegar al pistón y al vásta go del pistón agarrotado. Quitaron dos de los salientes de los anillos de empaquetadura del pistón, por medio de unas asas los atornillaron en dos fuertes pernos de anilla de hierro, doblaron la cuerda metálica y pusie ron media docena de hombres a golpear con un ariete improvisado el extremo del vástago del pistón, donde éste asomaba por el pistón, mientras que el motor au xiliar tiraba hacia arriba del propio pistón. Tras cuatro horas de trabajo matador, se deslizó de pronto el vásta go del pistón y este último se levantó con una sacudi da, golpeando a uno o dos hombres y haciéndoles caer en la sala de máquinas. Pero cuando el señor Wardrop afirmó que el pistón no se había partido, gritaron de alegría y no pensaron en sus heridas; y detuvieron in mediatamente el motor auxiliar pues no era cosa de jugar con su caldera.
Día a día les llegaban los suministros por barca. El patrón volvió a humillarse ante el Gobernador y obtu vo la concesión de obtener agua potable de los astille ros malayos del muelle. Esa agua potable no era bue na, pero el malayo se avenía muy bien a suministrar cualquier cosa que él tuviera si le pagaban por ello.

Ahora que las mandíbulas del motor delantero es taban, por así decirlo, desnudas y vacías, comenzaron a descalzar los puntales del propio cilindro. Sólo en ese trabajo emplearon la mayor parte de tres días: unos días calurosos y pegajosos en los que las manos resbalaban y el sudor corría por encima de los ojos. Cuando la última cuña fue martilleada en su sitio ya no había un gramo de peso sobre las columnas de apoyo; entonces el señor Wardrop revolvió el barco entero buscando chapa para calderas de diecinueve milímetros de espesor. No había mucho donde elegir, pero lo que encontró significó para él más que el oro. En una mañana de desesperación todos los tripulan tes, desnudos y delgados, jálaron hasta poner más o menos en su sitio la columna de apoyo de estribor, que como se recordará se había roto limpiamente. El señor Wardrop los encontró a todos dormidos allí donde habían terminado el trabajo, y les concedió un día de descanso sonriéndoles como un padre mien tras él trazaba señales de tiza encima de las grietas. Al despertar les esperaba un trabajo nuevo y más fatigo so: pues encima de cada una de esas grietas había que poner, trabajando en caliente, una plancha de dieci nueve milímetros de chapa de calderas, taladrando a mano los agujeros para los remaches. Durante todo ese tiempo se alimentaron de frutas, principalmente plátanos, con un poco de sagú.

En aquellos días los hombres caían desmayados so bre el taladro de carraca y la forja de mano, y allí don de caían se les dejaba a menos que su cuerpo estuviera en el camino de los pies de sus compañeros. Y así, un parche sobre otro, y otro parche más grande sobre to dos los demás, se remendó la columna de apoyo de es tribor; pero cuando ellos pensaron que todo estaba ya seguro, el señor Wardrop afirmó que aquel noble tra bajo de parcheo no serviría nunca de apoyo a los mo tores cuando estuvieran funcionando: todo lo más sólo podía mantener aproximadamente las varillas de guía. El peso muerto de los cilindros debía sostenerse sobre postes verticales; por tanto un grupo haría la re paración en dirección a la proa, sacando con limas los enormes pescantes del arca de proa, cada uno de los cuales tenía unos setenta y cinco milímetros de diáme tro. Arrojaron carbones calientes sobre Wardrop y amenazaron con asesinarle; eso aquellos que no se echaron a llorar, pues estaban dispuestos a llorar a la menor provocación. Pero él les amenazó con barras de hierro con el extremo candente y los miembros del grupo se marcharon y al regresar traían con ellos los pescantes del ancla. Durmieron dieciséis horas por la fatiga, y a los tres días había dos postes en su sitio, atornillados desde el pie de la columna de apoyo de es tribor a la parte inferior del costado del cilindro. Aho ra faltaba la columna del condensador, o de babor, que aunque no estaba tan agrietada como su compañera también había sido fortalecida en cuatro sitios con parches de plancha de caldera, y necesitaba postes. Para ese trabajo quitaron los candeleros principales del puente, y enloquecidos por la faena no se dieron cuen ta, hasta que todo estuvo en su sitio, de que las redon deadas barras de hierro tenían que ser aplanadas de arriba abajo para permitir que las limpiaran los balan cines de la bomba de aire. Ése fue el olvido de Wardrop, y lloró amargamente delante de los hombres cuando dio la orden de desatornillar los postes para aplastarlas con el martillo y la llama. Ahora el motor roto estaba firmemente apuntalado, por lo que quitaron los pun tales de madera de debajo de los cilindros y los subie ron al puente, de donde los habían sacado, agrade ciendo a Dios ese mediodía de trabajo con la madera suave y amable, en lugar de con el hierro que había pe netrado en sus almas. Ocho meses en el país de atrás, entre las sanguijuelas, a una temperatura de treinta grados centígrados y en una situación de humedad re sultan muy malos para los nervios.

Se habían dejado para el final el trabajo más duro, lo mismo que los muchachos se dejan la prosa latina, y aunque estaban agotados el señor Wardrop no se atre vió a darles descanso. Había que enderezar la varilla del pistón y la varilla conectora, y eso era un trabajo para un astillero oficial con todas las herramientas. Se entregaron a ello animados por un pequeño gráfico del trabajo hecho y el tiempo utilizado que escribió el señor Wardrop con tiza sobre el mamparo de la sala de máquinas. Habían transcurrido quince días -quince días de trabajo matador-, y la esperanza se abría ante ellos. Es curioso que ningún hombre sabe cómo se ende rezaron las varillas. La tripulación del Haliotis recuer da esa semana muy oscuramente, como un paciente de malaria recuerda el delirio de una larga noche. Di cen que había fuegos por todas partes; el barco entero era un horno que se consumía, y los martillos nunca estaban quietos. Pero no podía haber más de un fuego, pues el señor Wardrop recuerda claramente que no se llevó a cabo ningún enderezamiento si no se hacía ante sus propios ojos. Los tripulantes también recuerdan que durante muchos años unas voces daban órdenes que ellos obedecían con su cuerpo, mientras que la mente la tenían fuera, en todos los mares del mundo. Les parece que estuvieron en pie días y noches desli zando lentamente una barra hacia atrás y hacia delante por encima de un brillo blanco que formaba parte del barco. Recuerdan un ruido intolerable en sus cabezas ardientes procedente de las paredes de la trampilla de calderas, y se acuerdan de haber sido salvajemente gol peados por hombres cuyos ojos parecían dormidos. Cuando su turno había terminado, trazaban líneas rectas en el aire de manera ansiosa y repetida, y en sus sueños, llorando, se preguntaban unos a otros:

-¿Está recta?
Por fin, aunque no se acuerdan de si eso sucedió durante el día o durante la noche, el señor Wardrop empezó a bailar torpemente, al tiempo que lloraba; y también ellos bailaron y lloraron, y se fueron a dormir totalmente crispados; y al despertar dijeron los hom bres que las varillas estaban enderezadas, y nadie reali zó trabajo alguno durante dos días, salvo el de tumbar se en la cubierta y comer fruta. El señor Wardrop descendía de vez en cuando, acariciaba las dos varillas y, según le oyeron, cantaba himnos. Después ese problema mental desapareció de él, y al final del tercer día de ociosidad hizo en la cubierta un dibujo con tiza, con las letras del alfabeto en los án gulos. Señaló que aunque la varilla del pistón era más o menos recta, la cruceta de la varilla -lo que se había incrustado lateralmente en las guías- se había visto so metida a una gran presión y había rajado el extremo inferior de la varilla. Iba a forjar e introducir un man guito de hierro forjado sobre el cuello de la varilla del pistón donde ésta se unía con la cruceta, y desde el manguito uniría una pieza de hierro en forma de Y cu yos brazos inferiores estarían atornillados a la cruceta. Si necesitaban algo más, podría utilizar la última cha pa de caldera.

Así pues, volvieron a encender las forjas y los hom bres a quemarse el cuerpo, aunque apenas sentían el dolor. La conexión, una vez terminada, no era hermo sa, pero parecía lo bastante fuerte: al menos tan fuerte como el resto de la maquinaria; y con esa tarea los tra bajos llegaron a su fin. Lo único que faltaba era conec tar los motores y conseguir comida y agua. El patrón y cuatro hombres trataron con el constructor de barcos malayo, sobre todo por la noche; no era el momento de regatear acerca del precio del sagú y el pescado seco. Los demás se quedaron a bordo y reemplazaron el pis tón, la varilla del pistón, la cubierta del cilindro, la cruceta y las tuercas con la ayuda del fiel motor auxi liar. La cubierta del cilindro apenas estaba hecha a prueba de vapor, y el ojo de la ciencia podría haber visto en la varilla de conexión una curvatura algo se mejante a la de una vela de árbol de Navidad que se hubiera fundido y después hubiera sido enderezada a mano sobre una estufa, pero tal como decía el señor Wardrop:

-No chocó con poca cosa.
En cuanto la última tuerca estuvo en su lugar, los hombres tropezaban unos con otros en su ansiedad por llegar al virador de mano, la rueda y el tornillo sin fin con el que se pueden mover algunos motores cuando no hay vapor a bordo. Casi arrancaron la rue da, pero era evidente hasta para el ojo más ciego que los motores se movían. No giraban en sus órbitas con el entusiasmo que debería hacerlo una buena máqui na; la verdad es que gemían no poco; pero se movían y se detenían de una forma que demostraba que se guían reconociendo la mano del hombre. Entonces el señor Wardrop envió a sus esclavos a las tripas más os curas de la sala de máquinas y las carboneras, y les si guió con una lámpara encendida. Las calderas esta ban bien, pero no les haría daño un poco de rascado y limpieza. Pero el señor Wardrop no quería que nadie realizara su trabajo con excesivo celo, pues tenía mie do de lo que podía dejar al descubierto el siguiente roce de una herramienta. Cuanto menos sepamos ahora, creo que mejor para todos. Me entenderéis cuando digo que esto no es en ningún sentido un trabajo oficial de ingeniería. Como su único vestido al decir esto eran su barba gris y sus cabellos sin cortar, le creyeron. No pregunta ron demasiado acerca de lo que encontraban, pero pu lieron, engrasaron y rascaron hasta obtener un falso brillo.

-Un lametazo de pintura tranquilizaría mi mente -dijo quejosamente el señor Wardrop-. Sé que la mitad de los tubos del condensador están descoyun tados; y que el eje de la hélice Dios sabe hasta qué punto estará alejado de su sitio, y que necesitamos una nueva bomba de aire, y que el vapor principal filtra como si fuera un colador, y que hay algo peor cada vez que miro; pero... la pintura es como la ropa para un hombre, y la nuestra casi ha desaparecido to talmente.

El patrón desenterró un poco de pintura rancia y de calidad inferior de ese verde horrible que se utiliza ba para las cocinas de los barcos de vela, y el señor Wardrop lo extendió pródigamente para darles a los motores estimación propia. La suya estaba regresando día a día, pues llevaba continuamente el taparrabos; pero los tripulantes, que habían trabajado bajo sus órdenes, no se sentían como él. La finalización del trabajo satisfizo al señor Wardrop. Acabaría por hallar la manera de huir a Singapur y desde allí regresar a casa, sin tomar ven ganza, para enseñarles sus motores a los hermanos de profesión; pero los demás y el capitán se lo impe dían. Todavía no habían recuperado el respeto de sí mismos.

-Sería más seguro hacer lo que usted llamaría un viaje de prueba, pero los mendigos no pueden elegir; y si los motores responden al mecanismo de movimien to manual, lo probable... y sólo digo que es una proba bilidad... lo probable es que se sostengan cuando me tamos el vapor.
-¿Cuánto tiempo necesitará para meter el vapor? -preguntó el patrón.
-¡Dios lo sabe! Cuatro horas... un día... media se mana. Si puedo elevar la presión a sesenta libras no me quejaré.
-Pero primero asegúrese; no podemos permitirnos navegar media milla para luego detenernos.
-¡Por mi cuerpo y mi alma que estamos continua mente a punto de derrumbarnos, antes y después! Sin embargo, podríamos alcanzar Singapur.
-Pararemos en Pygang-Watai, donde podremos hacer algo bueno -fue la respuesta en una voz que no permitía discusión alguna-. Es mi barco, y... he tenido ocho meses para pensar en ello.

Nadie vio partir al Haliotis, aunque pudieron escu charlo. Salió a las dos de la mañana, tras cortar las amarras, y ninguno de los tripulantes sintió placer cuando los motores entonaron un canto atronador que se escuchó en la mitad de los mares y resonó entre las colinas. Al escuchar la nueva canción, el señor War drop se limpió una lágrima.

-Está farfullando... simplemente farfullando -su surró-. Es la voz de un maníaco.
Y si los motores tienen alma, tal como creen sus dueños, tenía toda la razón. Había gritos y clamores, sollozos y ataques de risa, silencios en los que el oído entrenado ansiaba una nota clara, y torturantes dupli caciones donde sólo debería haber existido una voz profunda. Por el eje de la hélice descendían murmu llos y advertencias, y un corazón enfermizo vibraba sin llegar a decir claramente que la hélice necesitaba una recolocación.

-¿Cómo lo hace? -preguntó el patrón.
-Se mueve, pero... pero me está rompiendo el cora zón. Cuanto antes lleguemos a Pygang-Watai, mejor. Está enloquecido, y estamos despertando a la ciudad.
-¿Es casi seguro?
-¡Qué me importa lo seguro que sea! Está loco. ¡Escuche eso, ahora! Con certeza que no hay nada que choque con nada, y los cojinetes están bastante fríos, pero... ¿no lo oye?
-Si funciona, no me importa una maldición -dijo el patrón-. Y también es mi barco.

Avanzaba dejando atrás una brazada de hierbas. Desde un movimiento lento de dos nudos se arrastró hasta conseguir una triunfal velocidad de cuatro. Todo lo que pasara de ahí hacía que los puntales se estreme cieran peligrosamente, y llenaba de vapor la sala de má quinas. La mañana apareció cuando ya no se veía la tie rra, pero sí resultaba visible un rizo bajo la proa. Se quejaba amargamente en su interior, y como si la hu biera atraído el ruido, apareció sobre el mar morado una proa#, curiosa y parecida a un halcón, que se colocó al costado deseando saber si el Haliotis iba a la deriva. Es sabido que incluso los vapores del hombre blanco se averían en estas aguas, y los honestos comerciantes ma layos y javaneses a veces les ayudan a su peculiar mane ra. Pero ese barco no estaba lleno de damas pasajeras y oficiales bien vestidos. Por la amurada aparecieron hombres blancos desnudos y salvajes -algunos llevaban barras de hierro con el extremo al rojo vivo y otros enormes martillos-, se lanzaron sobre aquellos inocen tes e inquisitivos desconocidos y antes de que nadie pu diera decir lo que había sucedido se habían apropiado de la proa, mientras los propietarios legales nadaban en el mar. Media hora más tarde, la carga de sagú y de tre pang# de la proa, así como una brújula dudosamente inclinada, estaban en el Haliotis. Más tarde las dos enormes velas triangulares de rejilla, con sus vergas de setenta pies, siguieron el camino de la carga y se coloca ron en los mástiles desnudos del vapor.

Se levantaron, se hincharon, se llenaron, y el vapor vacío mejoró visiblemente cuando el viento las empu jó. Daban una velocidad de casi tres nudos, ¿y qué otra cosa podían desear aquellos hombres? Pero si antes ha bía parecido abandonado, con esta nueva adquisición parecía horrible. Imagine a una respetable criada vesti da con las mallas de una bailarina dando tumbos bo rracha por las calles y así tendrá una débil idea del as pecto de ese barco de carga de novecientas toneladas, buenas cubiertas, aparejado como una goleta, tamba leándose con su nueva ayuda, vociferando y desvarian do sobre el profundo mar. El maravilloso viaje prosi guió con vapor y vela; y los tripulantes, con la mirada brillante, miraban por encima del pasamanos y pare cían desolados, desgreñados, con el pelo sin cortar y desvergonzadamente vestidos hasta un punto que traspasaba el límite de la decencia. Al final de la tercera semana avistaron la isla de Pygang-Watai, cuyo puerto es el punto en el que da la vuelta una patrulla perlífera. Allí se quedan las caño neras durante una semana antes de regresar siguiendo el mismo rumbo. En Pygang-Watai no hay pueblo, sólo una corriente de agua, algunas palmeras y un puerto seguro para descansar hasta que haya termina do el primer ataque violento del monzón del sudeste. Los tripulantes contemplaron la playa baja de coral, con su montón de carbón encalado dispuesto para el suministro, las abandonadas chozas de los marineros y el asta sin bandera.

Al día siguiente no existía el Haliotis tan sólo una pequeña proa balanceándose bajo la lluvia cálida en la desembocadura del puerto, mientras los tripulantes observaban con ojos deseosos el humo de una cañone ra en el horizonte. Meses más tarde, en un periódico inglés aparecie ron unas líneas informando de que una cañonera de una potencia extranjera se había deshecho en la de sembocadura de un lejano puerto al chocar yendo a toda velocidad contra un barco sumergido.

El diablo y Tom Walker. Washington Irving (1783-1859)

En Massachusetts, a unos pocos kilómetros de Boston, el mar penetra a gran distancia tierra adentro, partiendo de la Bahía de Charles, hasta terminar en un pantano, muy poblado de árboles. A un lado de esta ría se encuentra un hermoso bosquecillo, mientras que del otro la costa se levanta abruptamente, formando una alta colina, sobre la cual crecían algunos árboles de gran edad y no menor tamaño. De acuerdo con viejas leyendas, debajo de uno de estos gigantescos árboles se encontraba enterrada una parte de los tesoros del Capitán Kidd, el pirata. La ría permitía llevar secretamente el tesoro en un bote, durante la noche, hasta el mismo pie de la colina; la altura del lugar dejaba, además, realizar la labor, observando al mismo tiempo que no andaba nadie por las cercanías, y los corpulentos árboles reconocer fácilmente el lugar. Además, según viejas leyendas, el mismísimo diablo presidió el enterramiento del tesoro y lo tomó bajo su custodia; se sabe que siempre hace esto con el dinero enterrado, particularmente cuando ha sido mal habido. Sea como quiera, Kidd nunca volvió a buscarlo, pues fue detenido poco después en Boston, enviado a Inglaterra y ahorcado allí por piratería.

Por el año 1727, cuando los terremotos se producían con cierta frecuencia en la Nueva Inglaterra, y hacían caer de rodillas a muchos orgullosos pecadores, vivía cerca de este lugar un hombre flaco y miserable, que se llamaba Tomás Walker. Estaba casado con una mujer tan miserable como él: ambos lo eran tanto, que trataban de estafarse mutuamente. La mujer trataba de ocultar cualquier cosa sobre la que ponía las manos; en cuanto cacareaba una gallina, ya estaba ella al quién vive, para asegurarse el huevo recién puesto. El marido rondaba continuamente, buscando los escondrijos secretos de su mujer; abundaban los conflictos ruidosos acerca de cosas que debían ser propiedad común. Vivían en una casa, dejada de la mano de Dios, que tenía un aspecto como si se estuviera muriendo de hambre. De su chimenea no salía humo; ningún viajero se detenía a su puerta; llamaban suyo un miserable caballejo, cuyas costillas eran tan visibles como los hierros de una reja. El pobre animal se deslizaba por el campo, cubierto de un pasto corto, del cual sobresalían rugosas piedras, que si bien excitaba el hambre del animal no llegaba a calmarla; muchas veces sacaba la cabeza fuera de la empalizada, echando una mirada triste sobre cualquiera que pasase por allí, como si pidiera que le sacase de aquella tierra de hambre. Tanto la casa como sus moradores tenían mala fama. La mujer de Tomás era alta, de malísima intención, de un temperamento fiero, de larga lengua y fuertes brazos. Se oía a menudo su voz en una continua guerra de palabras con su marido: su cara demostraba que esas disputas no se limitaban a simples dimes y diretes. Sin embargo, nadie se atrevía a interponerse entre ellos. El solitario viajero se encerraba en sí mismo al oír aquel escándalo y rechinar de dientes, observaba a una cierta distancia aquel refugio de malas bestias y se apresuraba a seguir su camino, alegrándose, si era soltero, de no estar casado.

Un día, Tomás Walker, que había tenido que dirigirse a un lugar distante, cortó camino, creyendo ahorrarlo, a través del pantano. Como todos los atajos, estaba mal elegido. Los árboles crecían muy cerca los unos de los otros, alcanzando algunos los treinta metros de altura, debido a lo cual, en pleno día, debajo de ellos parecía de noche, y todas las lechuzas de la vecindad se refugiaban allí. Todo el terreno estaba lleno de baches, en parte cubiertos de bejucos y musgo, por lo que a menudo el viajero caía en un pozo de barro negro y pegadizo; se encontraban también charcos de aguas obscuras y estancadas, donde se refugiaban las ranas, los sapos y las serpientes acuáticas, y donde se pudrían los troncos de los árboles semisumergidos, que parecían caimanes tomando el sol.

Tomás seguía eligiendo cuidadosamente su camino a través de aquel bosque traicionero; saltando de un montón de troncos y raíces a otro, apoyando los pies en cualquier precario pero firme montón de tierra; otras veces se movía sigilosamente como un gato, a lo largo de troncos de árboles que yacían por tierra; de cuando en cuando le asustaban los gritos de los patos silvestres, que volaban sobre algún charco solitario.

Finalmente llegó a tierra firme, a un pedazo de tierra que tenía la forma de una península, que se internaba profundamente en el pantano. Allí se habían hecho fuertes los indios durante las guerras con los primeros colonos. Allí habían construido una especie de fuerte, que ellos consideraron inexpugnable y que utilizaron como refugio para sus mujeres e hijos. Nada quedaba de él, sino una parte de la empalizada, que gradualmente se hundía en el suelo, hasta quedar a su mismo nivel, en parte cubierto ya por los árboles del bosque, cuyo follaje claro se distinguía nítidamente del otro más oscuro de los del pantano.

Ya estaba bastante avanzada la tarde, cuando Tomás Walker llegó al viejo fuerte, donde se detuvo para descansar un rato. Cualquier otra persona hubiera sentido una cierta aversión a descansar allí, pues el común de las gentes tenía muy mala opinión del lugar, la que provenía de historias de los tiempos de las guerras con los indios; se aseguraba que los salvajes aparecían por allí y hacían sacrificios al Espíritu Malo. Sin embargo, Tomás Walker no era hombre que se preocupara de relatos de esa clase. Durante algún tiempo se acostó en el tronco de un árbol caído, escuchó los cantos de los pájaros y con su bastón se dedicó a formar montones de barro. Mientras inconscientemente revolvía la tierra, su bastón tropezó con algo duro. Lo sacó de entre la tierra vegetal y observó con sorpresa que era un cráneo, en el cual estaba firmemente clavada un hacha india. El estado de arma demostraba que había pasado mucho tiempo desde que había recibido aquel golpe mortal. Era un triste recuerdo de las luchas feroces de que había sido testigo aquel último refugio de los aborígenes.

-Vaya -dijo Tomás Walker, mientras de un puntapié trataba de desprender del cráneo los últimos restos de tierra.
-Deje ese cráneo -oyó que le decía una voz gruesa. Tomás levantó la mirada y vio a un hombre negro, de gran estatura, sentado en frente de él, en el tronco de otro árbol. Se sorprendió muchísimo, pues no había oído ni escuchado acercarse a nadie; pero más se asombró al observar atentamente a su interlocutor, tanto como lo permitía la poca luz, y comprender que no era negro ni indio. Es cierto que su vestido recordaba el de los aborígenes y que tenía alrededor del cuerpo un cinturón rojo, pero el color de su rostro no era ni negro ni cobrizo, sino sucio obscuro, y manchado de hollín, como si estuviera acostumbrado a andar entro el fuego y las fraguas. Un mechón de pelo hirsuto se agitaba sobre su cabeza en todas direcciones; llevaba un hacha sobre los hombros.

Durante un momento observó a Tomás con sus grandes ojos rojos.

-¿Qué hace usted en mis terrenos? -preguntó el hombre tiznado, con una voz ronca y cavernosa.
-¡Sus terrenos! - exclamó burlonamente Tomás.
Son tan suyos como míos; pertenecen al diácono Peabody.
-Maldito sea el diácono Peabody -dijo el extraño individuo-; ya me he prometido que así será, si no se fija un poco más en sus propios pecados y menos en los del vecino. Mire hacia allí y verá cómo le va al diácono Peabody.

Tomás miró en la dirección que indicaba aquel extraño individuo y observó uno de los grandes árboles, bien cubierto de hojas, por su parte exterior, pero cuyo tronco estaba enteramente carcomido, tanto que debía estar enteramente hueco, por lo que lo derribaría el primer viento fuerte. Sobre la corteza del árbol estaba grabado el nombre del diácono Peabody, un personaje eminente, que se había enriquecido mediante ventajosos negocios con los indios. Tomás echó una mirada alrededor y notó que la mayoría de los altos árboles estaban marcados con el nombre de algún encumbrado personaje de la colonia y que todos ellos estaban próximos a caer. El tronco sobre el cual estaba sentado parecía haber sido derribado hacía muy poco tiempo; llevaba el nombre de Growninshield; Tomás recordó que era un poderoso colono, que hacía gran ostentación de sus riquezas, de las cuales se decía que habían sido adquiridas mediante actos de piratería.

-Está pronto para el fuego -dijo el hombre negro, con aire de triunfo-. Como usted ve, estoy bien provisto de leña para el invierno.
-¿Pero qué derecho tiene usted a cortar árboles en las tierras del diácono Peabody? -preguntó Tomás asombrado.
-El derecho que proviene de haber ocupado anteriormente estas tierras -respondió el otro-. Me pertenecían antes de que ningún hombre blanco pusiera el pie en esta región.
-¿Quién es usted, si se puede saber? -preguntó Tomás.
-Me conocen por diferentes nombres. En algunos países soy el cazador furtivo; en otros, el minero negro. En esta región me llaman el leñador negro. Soy aquel a quien los hombres de bronce consagraron este lugar, y en honor del cual alguna que otra vez asaron un hombre blanco, puesto que gusto del olor de los sacrificios. Desde que los indios han sido exterminados por vosotros, los salvajes blancos, me divierto presidiendo las persecuciones de cuáqueros y anabaptistas. Soy el protector de los negreros y Gran Maestre de las brujas de Salem.
-En pocas palabras, si no estoy equivocado -dijo Tomás audazmente-, usted es el mismísimo demonio, como se le llama corrientemente.
-El mismo, a sus órdenes -respondió el hombre negro, con una inclinación de cabeza que quería ser cortés.

Así empezó esta conversación de acuerdo con la antigua leyenda, aunque parece demasiado pacífica para que podamos creerla. Uno se siente tentado a pensar que un encuentro con tal personaje, en un lugar tan desolado y lejos de toda habitación humana, era para hacer saltar los nervios de cualquier hombre, pero Tomás era de temple férreo, no se asustaba fácilmente, y había vivido tanto tiempo con una harpía, que ya no temía ni al mismo diablo.

Se cuenta que después de estas palabras iniciales, mientras Tomás seguía su camino hacia su casa, ambos personajes mantuvieron una larga y seria conferencia. El hombre negro le habló de grandes sumas de dinero, enterradas por Kidd el pirata bajo los árboles de la colina, no lejos del pantano. Todos estos tesoros estaban a disposición del hombre negro, quien los había puesto bajo su custodia. Ofreció dárselos a Tomás, por sentir una cierta inclinación hacia él, pero sólo en determinadas condiciones.

Es fácil imaginarse qué condiciones eran éstas, aunque Tomás nunca se las confesó a nadie. Deben haber sido muy duras, pues pidió tiempo para pensarlas, aunque no era hombre que se detuviera en niñerías tratándose de dinero. Cuando llegaron al límite del pantano, el extraño individuo se detuvo.

-¿Qué prueba tengo yo de que usted me ha dicho la verdad? -dijo Tomás.
-Aquí está mi firma -repuso el hombre negro, poniendo uno de sus dedos sobre la frente de Tomás. Dicho esto dio vuelta, dirigiose a la parte más espesa del bosque y pareció, por lo menos así lo contaba Tomás, como si se hundiera en la tierra, hasta que no se vio más que los hombros y la cabeza, desapareciendo finalmente. Cuando llegó a su casa, encontró que el dedo del extraño hombre parecía haberle quemado la frente, de manera que nada podía borrar su señal.

La primera noticia que le dio su mujer fue acerca de la repentina muerte de Absalón Crowninshield, el rico bucanero. Los periódicos lo anunciaban con los acostumbrados elogios. Tomás se acordó del árbol que su negro amigo acababa de derribar y que estaba pronto para arder. «Que ese filibustero se tueste bien -dijo Tomás-. ¿A quién puede preocuparle eso?»
Estaba ahora convencido de que no era ninguna ilusión todo lo que había oído y visto.

No era hombre inclinado a confiar en su mujer, pero, como éste era un secreto malvado, estaba pronto a compartirlo con ella. Toda la avaricia de su mujer se despertó al oír hablar del oro enterrado; urgió a su marido a cumplir las condiciones del hombre negro y asegurarse un tesoro que los haría ricos para toda la vida. Por muy dispuesto que hubiera estado Tomás a vender su alma al diablo, estaba determinado a no hacerlo para complacer a su mujer, por lo que se negó rotundamente por simple espíritu de contradicción. Fueron numerosas y graves las discusiones violentas entre ambos esposos acerca de esta materia, pero cuanto más hablaba ella, tanto más se decidía Tomás a no condenarse por hacerle el gusto a su mujer.

Finalmente ella se decidió a hacer el negocio por su cuenta, y si lograba éxito, a guardarse todo el dinero. Como tenía tan pocos escrúpulos como su marido, una tarde de verano se dirigió al viejo fortín indio. Estuvo ausente muchas horas. Cuando volvió no gastó muchas palabras. Contó algunas cosas acerca de un hombre negro, a quien había encontrado, a media luz, dedicado a derribar árboles a hachazos. Sin embargo se mantuvo bastante reservada, sin acceder a contar más; debía volver otra vez con una oferta propiciatoria, pero se negó a decir lo que era.

Al otro día, a la misma hora, se dirigió al pantano, llevando fuertemente cargado el delantal. Tomás la esperó muchas horas en vano; llegó la medianoche, pero no apareció; llegó la mañana, el mediodía, y nuevamente la noche, pero ella no volvía. Tomás empezó a tranquilizarse, especialmente cuando observó que se había llevado consigo un juego de té de plata y todo artículo portátil de valor. Pasó otra noche y otro día, y su mujer seguía sin aparecer. En una palabra, nunca más volvió a oírse hablar de ella.

Son tantos los que aseguran saber lo que le ocurrió que, en resumidas cuentas, nadie sabe nada. Es uno de los tantos hechos que aparecen confusos por la enorme variedad de opiniones de los historiadores que se han ocupado de ello. Algunos aseguran que se perdió en el pantano, y que dando vueltas vino a caer en un pozo; otros, menos caritativos, suponen que huyó con el botín y se dirigió a alguna provincia; según otros, el enemigo malo la atrajo a una trampa, en la cual se la encontró después. Esta última hipótesis se confirma por la observación de algunos pobladores del lugar, según los cuales aquella misma tarde se vio a un hombre negro, con un hacha, que salía del pantano, llevando un atadillo formado por un delantal, y con el aspecto de un altivo triunfador.

La versión más corriente afirma, sin embargo, que Tomás se puso tan nervioso por el destino de su mujer, que finalmente se decidió a buscarla en las cercanías del fortín indio. Permaneció toda una larga tarde de verano en aquel tétrico lugar, sin poder encontrarla. Muchas veces la llamó por su nombre, sin obtener ninguna respuesta. Sólo los pájaros y las ranas respondían a sus gritos. Finalmente, en la hora del crepúsculo, cuando empezaban a salir las lechuzas y los murciélagos, el vuelo de los caranchos le llamó la atención. Miró hacia arriba y observó un objeto, en parte envuelto en un delantal y que colgaba de las ramas de un árbol. Un carancho revoloteaba cerca, como si vigilara su presa. Tomás se alegró, por reconocer el delantal de su mujer y suponer que contuviera todos los objetos valiosos que se había llevado.

«Recupere yo lo mío -dijo, tratando de consolarse-, y ya veré cómo me las arreglo sin mi mujer».
Al subir por el árbol, el carancho extendió las alas y huyó a refugiarse en lo más sombrío del bosque. Tomás se apoderó del delantal, pero, con gran desesperación suya, sólo encontró dentro de él un hígado y un corazón. Según las más auténticas historias, eso es todo lo que se encontró de la mujer de Tomás. Probablemente intentó proceder con el diablo como estaba acostumbrada a hacerlo con su marido; pero, aunque una harpía se considera generalmente como un buen enemigo del diablo, en este caso parece que la mujer de Tomás llevó la peor parte. Debió haber muerto con las botas puestas, pues Tomás notó numerosas huellas de pies desnudos, alrededor del árbol, como si alguien hubiera tenido que afirmarse bien; encontró además un montón de negros e hirsutos cabellos, que indudablemente procedían del leñador. Tomás conocía por experiencia la habilidad de su mujer para el combate. Se encogió de hombros al observar señales de garras. «Por Dios -se dijo-, hasta él ha debido pasar trabajos por ella».

Como era un hombre estoico, Tomás se consoló de la pérdida de sus objetos de plata, con la de su mujer. Hasta sintió un poco de gratitud por el leñador negro, considerando que le había favorecido. En consecuencia, trató de seguir cultivando su amistad, aunque durante algún tiempo sin éxito; el hombre negro parecía sufrir ahora de timidez, pues, aunque la gente piense lo contrario, no aparece en cuanto se le llama: sabe cómo jugar sus cartas cuando está seguro de tener los triunfos. Finalmente, se cuenta que cuando la inútil búsqueda había cansado a Tomás, hasta el punto de estar dispuesto a acceder a cualquier cosa antes que renunciar al tesoro, una tarde encontró al hombre negro, vestido como siempre de leñador, con el hacha al hombro, recorriendo el pantano y silbando una melodía. Pareció recibir los saludos de Tomás con gran indiferencia, dando cortas respuestas y prosiguiendo con su música.

Poco a poco, sin embargo, Tomás llevó la conversación adonde le interesaba, empezando en seguida a discutir las condiciones dentro de las cuales Tomás obtendría el tesoro del pirata. Había una condición, que no es necesario mencionar, pues se sobreentiende generalmente en todos los casos en los que el diablo hace un favor; a ella se agregaban otras, en las que el hombre negro insistía tercamente, aunque fueran de menor importancia. Pretendía que el dinero encontrado con su auxilio se emplease en su servicio. En consecuencia, propuso a Tomás que lo dedicara al tráfico de esclavos, es decir, que fletara un barco dedicado a ese negocio. Sin embargo, Tomás se negó resueltamente a ello: su conciencia era bastante elástica, pero ni el mismo diablo podía inducirle a dedicarse al tráfico del ébano humano. El hombre negro, al ver que Tomás estaba tan decidido en este punto, no insistió, proponiendo en su lugar que se dedicara a prestar dinero, pues el diablo tiene gran interés en que aumente el número de usureros, considerándolos muy particularmente como hijos suyos.

Tomás no hizo a esto ninguna objeción, ya que, por el contrario, era una proposición muy de su gusto.

-El mes próximo usted abrirá sus oficinas en Boston -dijo el hombre negro.
-Lo haré mañana mismo, si usted lo desea -repuso Tomás.
-Usted prestará dinero al dos por ciento mensual.
-Como que hay Dios, que cobraré cuatro -replicó Tomás.
-Usted se hará extender pagarés, liquidará hipotecas y llevará los comerciantes a la quiebra.
-Los mandaré... al d... o -gritó Tomás, entusiasmado.
-Usted será usurero con mi dinero -añadió el hombre negro, agradablemente sorprendido-. ¿Cuándo quiere usted el dinero?
-Esta misma noche.
-Trato hecho -dijo el diablo.
-Trato hecho -asintió Tomás.
Se estrecharon las manos y quedó finiquitado el negocio.

Pocos días después, Tomás se encontraba sentado detrás de su escritorio, en una casa de banca, en Boston. Pronto se esparció su reputación de prestamista, que entregaba dinero por pura consideración. Todos se acuerdan de los tiempos del gobernador Belcher, cuando el dinero era particularmente escaso. Eran los tiempos de los asignados. Todo el país estaba sumergido bajo un diluvio de papel moneda: se había fundado el Banco Hipotecario y producido una loca fiebre de especulación; la gente desvariaba con planes de colonización y con la construcción de ciudades en la selva. Los especuladores recorrían las casas con mapas de concesiones, de ciudades que iban a ser fundadas y de algún El Dorado, situado nadie sabía dónde, pero que todos querían comprar. En una palabra, la fiebre de la especulación, que aparece de vez en cuando en nuestra patria, había creado una situación alarmante; todos soñaban con hacer su fortuna de la nada. Como ocurre siempre, la epidemia había cedido; el sueño se había disipado, y con él las fortunas imaginarias; los pacientes se encontraban en un peligroso estado de convalecencia y por todo el país se oía a la gente quejarse de los «malos tiempos».

En estos propicios momentos de calamidad pública se estableció Tomás como usurero en Boston. Pronto a su puerta se agolparon los solicitantes. El necesitado y el aventurero, el especulador, que consideraba los negocios como un juego de baraja; el comerciante sin fondos, o aquel cuyo crédito había desaparecido, en una palabra, todo el que debía buscar por medios desesperados y por sacrificios terribles, acudía a Tomás. Este era el amigo universal de los necesitados, sin perjuicio de exigir siempre buen pago y buenas seguridades. Su dureza estaba en relación directa con el grado de dificultad de su cliente. Acumulaba pagarés e hipotecas, esquilmaba gradualmente a sus clientes, hasta dejarlos a su puerta corno una fruta seca.

De esta manera hizo dinero como la espuma y se convirtió en un hombre rico y poderoso. Como es costumbre en esta clase de gentes, comenzó a edificar una vasta casa, pero de puro miserable no acabó ni de construirla ni de amueblarla. En el colmo de su vanidad rompió coche, aunque dejaba morir de hambre a los caballos que tiraban de él; los ejes de aquel vehículo no llegaron nunca a saber lo que era el sebo y chirriaban de tal modo que cualquiera estaría tentado a tomar ese ruido por los lamentos de la pobre clientela de Tomás.

A medida que pasaban los años empezó a reflexionar. Después de haberse asegurado todas las buenas cosas de este mundo comenzó a preocuparse del otro. Lamentaba el trato que había hecho con su amigo negro y se dedicó a buscar el modo y la manera de engañarle. En consecuencia, de repente se convirtió en asiduo visitante de la iglesia. Rezaba en voz muy alta y poniendo toda su fuerza en ello, como si se pudiera ganar el cielo a fuerza de pulmones. Del elevado tono de sus oraciones dominicales, podía deducirse la gravedad de sus pecados durante la semana. Los otros fieles, que modesta y continuamente habían dirigido sus pasos por los senderos de la rectitud, se llenaban a sí mismos de reproches al ver la rapidez con que este recién convertido los sobrepasaba a todos. Tomás mostrábase tan rígido en cuestiones de religión como de dinero; era un estricto vigilante y censor de sus vecinos y parecía creer que todo pecado que ellos cometieran era una partida a su favor. Llegó a hablar de la necesidad de reiniciar la persecución de los cuáqueros y los anabaptistas. En una palabra, el celo religioso de Tomás era tan notorio como sus riquezas.

A pesar de todos sus ahincados esfuerzos en pro de lo contrario, Tomás temía que al fin el diablo se saliera con la suya. Se dice que para que no lo agarrara desprevenido, llevaba siempre una pequeña biblia en uno de los bolsillos de su levitón. Además, tenía otra de gran formato encima de su escritorio; los que le visitaban le encontraban a menudo leyéndola. En esas ocasiones, ponía sus lentes entre las páginas del libro, para marcar el lugar y se dirigía después a su visitante para llevar a cabo alguna operación usuraria. Cuentan algunos que a medida que envejecía, Tomás empezó a ponerse chocho y que suponiendo que su fin estaba cercano, hizo enterrar uno de sus caballos, con herraduras nuevas y completamente ensillado, pero con las patas para arriba, puesto que suponía que el día del Juicio Final todo iba a estar al revés, con lo cual tendría una cabalgadura lista para montar, pues estaba decidido, si ocurría lo peor, a que su amigo corriera un poco si quería llevarse su alma. Sin embargo, esto es probablemente sólo un cuento de viejas. Si realmente tomó esa precaución, fue completamente inútil, por lo menos así lo afirma la leyenda auténtica, que termina esta historia de la siguiente manera: Una tarde calurosa, en la canícula, cuando se anunciaba una terrible tormenta, Tomás se encontraba en su escritorio, vestido con una bata mañanera. Estaba a punto de desahuciar una hipoteca, con lo que acabaría de arruinar a un desgraciado especulador en tierras, por el que había sentido gran amistad. El pobre hombre pedía un par de meses de respiro. Tomás se impacientó y se negó a concederle ni un día más.

-Eso significa la ruina de mi familia, que quedará en la miseria -decía el especulador.
-La caridad bien entendida empieza por casa -objetó Tomás-. Debo preocuparme por mí mismo, en estos tiempos duros.
-Usted ha ganado mucho dinero conmigo -dijo el especulador.
Tomás perdió su paciencia y su piedad.
-Que el d....o me lleve si he ganado un ochavo. En aquel momento se oyeron tres golpes dados en la puerta. Tomás salió a ver quién era. En la puerta, un hombre negro mantenía por la brida a un caballo del mismo color, que bufaba y golpeaba el suelo con impaciencia.
-Tomás, ven conmigo -dijo el hombre negro secamente. Tomás retrocedió, pero era demasiado tarde. Su Biblia pequeña estaba en el levitón y la grande debajo de la hipoteca, que estaba a punto de liquidar; ningún pecador fue tomado más desprevenido. El hombre le puso en la silla, como si fuera un niño, fustigó al caballo y se alejó a galope tendido con Tomás detrás de él en medio de la tormenta que acababa de desencadenarse.

Sus empleados se pusieron la pluma detrás de la oreja y a través de las ventanas le vieron alejarse. Así desapareció Tomás Walker a través de las calles, flotando al aire su traje mañanero, mientras su caballo a cada salto hacía brotar chispas del suelo. Cuando los empleados volvieron la cabeza para observar al hombre negro, éste había desaparecido. Tomás nunca volvió a liquidar la hipoteca. Una persona que vivía en el límite del pantano contó que en el momento de desencadenarse la tormenta oyó ruido de herraduras y aullidos, y cuando se asomó a la ventana vio una figura como la descripta, montada en un caballo que galopaba como desbocado, a través de campos y colinas, hacia el oscuro pantano, en dirección al derruido fuerte indio; poco después de pasar por delante de su casa cayó en aquel sitio un rayo que pareció incendiar todo el bosque.

Las buenas gentes sacudieron la cabeza y se encogieron de hombros, pero estaban tan acostumbradas a las brujas, los encantamientos y toda clase de triquiñuelas del diablo, que no se horrorizaron tanto como hubiera debido esperarse. Se encargó a un grupo de personas que administraran las propiedades de Tomás. Nada había que administrar, sin embargo. Al revisar sus cofres, se encontró que todos sus pagarés e hipotecas estaban reducidos a cenizas. En lugar de oro y plata, su caja de hierro sólo contenía piedras; en vez de dos caballos, medio muertos de hambre en sus caballerizas, se encontraron sólo dos esqueletos. Al día siguiente su casa ardió hasta los cimientos.

Este fue el fin de Tomás Walker y de sus mal habidas riquezas. Que todas las personas excesivamente amantes del dinero se miren en este espejo. Es imposible dudar de la veracidad de esta historia. Todavía puede verse el pozo, bajo los árboles de donde Tomás desenterró el oro del capitán Kidd; en las noches tormentosas alrededor del pantano y del viejo fortín indio, aparece una figura a caballo vestida con un traje mañanero, que sin duda es el alma del usurero. De hecho, la historia ha dado origen a un proverbio, a ese dicho tan popular en la Nueva Inglaterra, acerca de «El Diablo y Tomás Walker».

En cuanto puedo acordarme, esta es la esencia del relato del ballenero del Cabo Cod. Estaba adornado de diversos detalles triviales que he omitido, pero los cuales nos sirvieron de alegre esparcimiento toda la mañana, hasta dejar pasar la hora más favorable para la pesca, por lo que se propuso que volviéramos a tierra y permaneciéramos bajo los árboles, hasta que cediera el calor del mediodía.

Conformes con esto, tomamos tierra en una agradable parte de la costa de la isla de Manhattoes, llena de árboles y que antiguamente perteneció a los dominios de la familia Hardenbroocks. Era un lugar que conocía bien por las excursiones de mi mocedad. Cerca del sitio de nuestro desembarco se encontraba un antiguo sepulcro holandés, que inspiró gran terror y dio pábulo a numerosas fábulas entre mis compañeros de colegio. Durante uno de nuestros viajes costeros habíamos entrado a verlo, encontrando féretros recargados de adornos y muchos huesos; pero lo que lo hacía más interesante a nuestros ojos es que existía una cierta relación con el casco del barco pirata, que se pudría entre las rocas de Hell-Gate. También se decía que tenía mucho que ver con los contrabandistas, lo que debía ser cierto cuando este apartado lugar pertenecía a uno de los notables burgers, un tal Provost, al que se le conocía por el sobrenombre de «el aventurero del dinero pronto» y del que se murmuraba que tenía numerosos y misteriosos negocios de ultramar. Sin embargo, todas estas cosas habían formado un buen revoltillo en nuestras juveniles cabezas, de esa misma vaga manera como tales temas se entrelazan en los cuentos de la mocedad.

Mientras yo reflexionaba sobre estas cosas, mis compañeros habían extendido un almuerzo sobre el suelo, sacándolo de una canasta muy bien provista, y colocando todo bajo los árboles, cerca del agua. Allí pasamos las horas calurosas del mediodía. Mientras me encontraba tirado sobre la hierba, entregado a esa ensoñación que tanto me gusta, pasé revista a los débiles recuerdos de mi mocedad, y se los relaté a mis compañeros como me venían a la memoria: incompletos recuerdos de un sueño, que divirtió a mis acompañantes. Cuando terminé, uno de los burgers, hombre de edad avanzada, llamado Juan José Vandermoere, rompió el silencio y nos observó que él también recordaba una historia acerca de un tesoro, suceso que había ocurrido en su vecindario y que podía explicar algunas de las cosas que había oído en mi mocedad. Como sabíamos que era uno de los más veraces hombres de la provincia, le rogamos que nos contara esa historia, lo que hizo de muy buena gana, mientras fumábamos nuestras pipas.

El diablo que conocemos. Henry Kuttner (1915-1958) C.L. Moore (1911-1987)

Las finas e imperativas convocatorias habían estado susurrando durante días en lo profundo del cerebro de Carnevan. Eran mudas y apremiantes, y su mente parecía la aguja de una brújula que giraba, inevitablemente, hacia el punto más próximo de atracción magnética. Le era bastante fácil enfocar la atención en aquello, pero descubrió que le resultaba bastante peligroso relajarse. En esos momentos la aguja oscilaba y giraba, mientras el grito insonoro se hacía más fuerte, sacudiendo los muros de su conciencia. El significado del mensaje, sin embargo, seguía desconocido para él. No existía ni la más remota posibilidad de que estuviera loco. Gerald Carnevan era neurótico como la mayoría, y lo sabía.

Poseía varios títulos y era socio menor de una floreciente empresa de publicidad de Nueva York, en la que contribuía con la mayoría de las ideas. Jugaba al golf, nadaba y era buen compañero en el bridge. Tenía 37 años, el rostro fino y duro de un puritano, cosa que ni por asomo era, y estaba siendo chantajeado con delicadeza por su amante. Eso no le caía tan mal, más que nada porque su mente lógica había evaluado las posibilidades y había llegado a la conclusión de que valía la pena olvidarse del asunto de inmediato. Y sin embargo no se había olvidado. El pensamiento había permanecido en lo más profundo de su inconsciente y ahora surgía ante Carnevan. Eso, claro, podía ser la explicación de la... la... de la "voz". Un deseo reprimido de resolver el problema. Parecía encajar muy bien, si tenía en consideración su reciente compromiso con Phyllis Mardrake. Phyllis, de estirpe bostoniana, no pasaría por alto los amoríos de su prometido... si es que llegaban a descubrirse. Diana, que no conocía el recato pero era adorable, no dudaría en descubrirle si eso llegaba a pasar por su cabeza. La brújula volvió a estremecerse, giró y se detuvo en un punto tenso. Carnevan, que estaba trabajando horas extras en su despacho, gruñó furioso. Siguiendo un impulso, se arrellanó en su silla, tiró el cigarrillo por la ventana abierta, y aguardó. Los deseos reprimidos, según las enseñanzas de psicología, deberían aparecer al descubierto, en donde se los pudiera convertir en inofensivos. Con esto en la cabeza, Carnevan borró toda expresión de su fina y dura cara y aguardó. Cerró los ojos. A través de la ventana llegaba el murmullo rugiente de la calle neoyorquina, que disminuía de a poco, casi imperceptiblemente. Carnevan trató de analizar sus sensaciones. Su inconsciente parecía cerrado en una caja hermética y tensa. Mientras sus retinas se ajustaban a la obscuridad voluntaria, tras sus párpados cerrados se fueron esfumando unos dibujos luminosos.

Mudo, el mensaje llegó a su cerebro. No podía entenderlo. Era demasiado extraño... incomprensible. Pero al fin se formaron las palabras. Un nombre. Un nombre que oscilaba en el borde de la oscuridad, incordinado. Nefert. Nefert. Ahora lo reconocía. Recordaba la semana pasada, cuando asistió, a pedido de Phyllis, a la sesión. Había sido una reunión tosca y ordinaria, trompetas y luces, y voces susurrando. La médium hacía sesiones tres veces por semana en un viejo caserón de piedra cerca de Columbus Circle. Se llamaba Madame Nefert... o así pretendía llamarse, aunque parecía más irlandesa que egipcia. Ahora Carnevan sabía que la orden muda era Ver a Madame Nefert.

Carnevan abrió los ojos. Esperaba ver algo diferente, pero la habitación no había cambiado en absoluto. Lo que le pasaba era lo que había pensado. Una teoría había tomado forma en su mente, y ahora germinaba en una explosión de enojo causada por el pensamiento de que alguien había estado manoseando su posesión más exclusiva... su yo. Era, pensó, hipnotismo. Madame Nefert, de alguna manera, logró hipnotizarlo durante la reunión, y sus curiosas sensaciones de las semanas pasadas eran a causa de la sugestión post-hipnótica. Resultaba un tanto tomado de los pelos, pero no era imposible. Carnevan, como era publicitario, seguía inevitablemente ciertas líneas de pensamiento. Madame Nefert hipnotizaba a un visitante y ese visitante volvía a ella preocupado y sin comprender lo que había pasado. En ese momento la médium le anunciaría, con toda probabilidad, que haría que los espíritus le dieran una mano. Cuando el cliente estuviera adecuadamente convencido -lo cual es el primer paso en una campaña de publicidad-, Madame Nefert mostraría sus cartas, haciéndole saber el precio de lo que tenía para vender.

Era la primera etapa del juego. Hacer que el cliente necesite algo; luego, vendérselo. Estaba muy bien. Carnevan se levantó, encendió un cigarrillo y se puso la chaqueta. Ajustándose la corbata ante el espejo, examinó su cara de cerca. Parecía gozar de perfecta salud. Sus reacciones eran normales. Sus ojos se veían muy controlados. Bruscamente, sonó el teléfono. Carnevan lo tomó.

-¿Hola? ¿Diana? ¿Cómo estás, querida? -a pesar de las actividades chantajistas de Diana, Carnevan prefería mantener sus relaciones sin roces ni mal entendidos para que por lo menos no se complicasen más, así que sustituyó el epíteto que le vino a la cabeza por "querida"-. No puedo -dijo por fin-. Esta noche tengo que hacer una visita importante. Ahora, espera... ¡No te estoy dejando plantada! Te enviaré un cheque por correo.

Eso pareció satisfacerle. Carnevan colgó. Diana todavía ignoraba su próximo matrimonio con Phyllis. Se sentía algo preocupado por la reacción que tendría su amante ante la noticia. Diana, con todo su cuerpo glorioso, era muy estúpida; al principio, Carnevan encontró que ese era un atributo relajante, ya que le daba una sensación ilusoria de poder en los momentos que estaban juntos. Ahora, sin embargo, la estupidez de Diana podía convertirse en un inconveniente. Ya enfrentaría eso más tarde. Primero que todo estaba Nefert. Madame Nefert. Una sonrisa maliciosa asomó a sus labios. Pasase lo que pasase, el título. Siempre había que buscar la marca comercial, impresionar al consumidor. Sacó su coche del garaje del edificio de oficinas y condujo por la ciudad siguiendo la avenida, girando hacia Columbus Circle. Madame Nefert tenía una sala de estar en la parte delantera y atrás unos cuantos cuartuchos atiborrados de cosas que nadie jamás visitaba puesto que, probablemente, contenían su equipo. Una placa en la ventana proclamaba su profesión. Carnevan subió los escalones y llamó. Entró al oír el sonido del zumbador del portero eléctrico, giró a la derecha y empujó una puerta entreabierta que se cerró a su espalda. Las cortinas habían sido echadas sobre las ventanas. La estancia estaba iluminada por el resplandor rojizo y escaso de las lámparas de las esquinas.

El cuarto estaba desnudo. La alfombra había sido corrida a un lado. Habían trazado detalles en el suelo con tiza luminosa. En el centro de un pentágono había un cacharro ennegrecido. Eso era todo, y Carnevan sacudió la cabeza disgustado. Tal escenario sólo impresionaría a los más crédulos. Sin embargo, decidió seguir la corriente hasta que llegase al fondo de aquel asunto publicitario tan peculiar. Una cortina se apartó, revelando una alcoba en la que estaba Madame Nefert, sentada sobre una silla dura y plana. La mujer ni siquiera se había molestado en montar su mascarada de siempre. Carnevan lo notó de inmediato. Con ese rostro goyuno y colorado y su pelo lacio parecía una empleada de limpieza salida de una comedia. Llevaba un batín floreado, que se abría para revelar una ropa interior blanca y sucia, especialmente en la parte correspondiente a su generoso escote. La luz roja destellaba en su cara. Miró a Carnevan con ojos vidriosos e inexpresivos.

-Los espíritus están... -comenzó, y de pronto guardó silencio. Brotó un gemido profundo y sofocado en su garganta.
Todo su cuerpo se retorció, convulsivo.
Reprimiendo una sonrisa, Carnevan dijo:
-Madame Nefert, me gustaría hacerle unas cuantas preguntas.

Ella no contestó. Hubo un largo y pesado silencio. Al cabo, Carnevan inició un movimiento hacia la puerta, pero la mujer siguió sin moverse. Estaba llevando el juego hasta el máximo. Carnevan miró a su alrededor. Vio algo blanco dentro del cacharro ennegrecido y se acercó para mirar dentro. Luego sintió una náusea violenta. Sacó un pañuelo y, apretándoselo sobre la boca, giró para enfrentarse a Madame Nefert. Pero no pudo hallar palabras. La cordura volvió a él. Aspiró profundamente, comprendiendo que una imagen hecha con cartón-piedra casi había destruido su balance emocional. Madame Nefert no se había movido. Estaba inclinada hacia adelante, respirando en estertores roncos. Un hedor débil e insidioso penetró por las narices de Carnevan. Alguien dijo con viveza.

-¡Ahora!
La mano de la mujer se movió en un gesto inseguro de tanteo. Al mismo tiempo, Carnevan se dio cuenta de la presencia de un recién llegado a la habitación. Giró para ver, en medio del pentágono, una figura pequeña, acurrucada, que lo miraba con firmeza. La luz roja era débil. Todo lo que pudo ver Carnevan fue una cabeza y un cuerpo informe oculto por una capa obscura. El hombre o niño o muchacho estaba en cuclillas. La visión de esa cabeza, sin embargo, fue suficiente para que su corazón saltara de excitación... porque no era enteramente humana. Al principio pensó que era una calavera. El rostro era delgado y tenía una piel pálida y traslúcida, del más puro marfil, estirada sobre el hueso. La cabeza estaba completamente calva. La forma de esa cabeza era triangular, delicadamente aguda en los bordes, sin esos feos salientes en los pómulos que hacen que los cráneos humanos sean tan repugnantes. Los ojos resultaban inhumanos. Llegaban casi hasta donde debiera haber estado la línea del cabello, si aquel ser lo hubiera tenido. Eran de un color gris verdoso, nublados, como de piedra, y salpicados con danzarinas lucecitas opalescentes. Era un rostro singularmente hermoso, con la clara y desapasionada perfección del hueso pulimentado. Carnevan no pudo ver el cuerpo, que estaba oculto por la capa.

¿Sería esa extraña cara una máscara? Carnevan supo que no. La sutil e inconfundible sacudida de su ser físico entero le dijo que estaba mirando algo horrible. Automáticamente, sacó un cigarrillo y lo encendió. El ser no se había movido mientras lo observaba. Carnevan, abruptamente, se dio cuenta de que la aguja de la brújula de su cerebro había desaparecido. El humo ascendió en volutas desde su cigarrillo. Él, Gerald Carnevan, estaba plantado en aquella habitación iluminada con escasa luz rojiza, con una falsa médium, presumiblemente en falso trance y... "algo" agazapado a pocos pasos de distancia. Fuera, a una manzana más allá, se encontraba Columbus Circle, con sus carteles eléctricos y el intenso tráfico. Una clave chasqueó en el cerebro de Carnevan: Luces eléctricas significan publicidad. Haz que el cliente se maraville. Y en este caso el cliente parecía ser él. La aproximación solía ser destructiva para las estudiadas tácticas de los vendedores. Carnevan comenzó a caminar directamente hacia el ser. Los suaves labios rojos infantiles se separaron.

-Aguarda -ordenó una voz singularmente gentil-. No cruces el pentágono, Carnevan. Puedes hacerlo, si quieres, pero iniciarías un incendio.
-Eso lo estropea todo -observó el hombre, casi riendo-.
Los espíritus no hablan inglés vulgar. ¿Cuál es el plan?
-Bueno -dijo el otro sin moverse-. Para empezar, puedes llamarme Azazel. No soy un espíritu. Soy bastante más que un demonio. En cuanto al inglés vulgar, cuando entro en tu mundo, naturalmente, me ajusto a él... o me ajustan. Mi propia lengua no se puede oír aquí. La hablo, pero tú oyes su equivalente en inglés. Mi idioma queda automáticamente ajustado a tus capacidades.
-Está bien -contestó Carnevan-. ¿Y ahora qué? -expelió el humo por la nariz.
-Eres un escéptico -dijo Azazel, aún inmóvil-. Si abandono el pentágono podría convencerte en un momento, pero no puedo hacerlo sin tu ayuda. De momento, el espacio que ocupo coexiste en el espacio de mi mundo y el tuyo. Soy un demonio, Carnevan, y quiero hacer un trato contigo.
-Espero que empiecen a resplandecer los flashes en cualquier momento. Pero puedes falsificar cuantas fotos quieras, si ese es el juego. No pagaré nada por ellas -contestó Carnevan, pensando en Diana, aunque con ciertas dudas.
-Lo harás -observó Azazel.
Y contó una breve y malintencionada historia acerca de las relaciones de Carnevan con Diana Bellamy.
Carnevan notó que se ruborizaba.
-Basta -dijo secamente-.
Es chantaje, ¿verdad?
-Por favor, déjame que te explique... desde el principio. Entré en contacto contigo en la sesión de la semana pasada. Para los habitantes de mi dimensión es increíblemente difícil establecer contacto con seres humanos, pero en esta ocasión lo logré. Implanté ciertos pensamientos en tu subconsciente y te retuve por medio de ellos.
-¿Qué clase de pensamientos?
-Gratificaciones -dijo Azazel-. La muerte de tu socio mayor. El traslado de Diana Bellamy. Riqueza. Poder. Triunfo. Te he cebado los pensamientos secretamente, y así se estableció un lazo entre nosotros. No lo suficiente, sin embargo, porque en realidad no pude comunicarme contigo hasta que trabajé sobre Madame Nefert.
-Sigue -dijo tranquilo Carnevan-. Es una charlatana, claro.
-Claro que sí -sonrió Azazel-. Pero es celta. Un violín no sirve sin violinista. Yo logré controlarla y le conduje a hacer los preparativos necesarios para poder materializarme.
Luego te traje hasta aquí.
-¿Y esperas que te crea?
Los hombros del otro se agitaron intranquilos.
-Ahí está la dificultad. Si me aceptas, te serviré bien, muy bien, en verdad. Pero no lo harás hasta que creas.
-Yo no soy Fausto -contestó Carnevan-. Aun cuando creyese en ti. ¿Por qué te imaginas que iba a...?

Se detuvo. Durante un segundo reinó el silencio. Carnevan, furioso, dejó caer el cigarrillo y lo aplastó.
-Todas las leyendas de la historia -murmuró-. Folklore... todo folklore. Tratos con demonios. Y siempre a un precio. Pero soy ateo, o agnóstico. No estoy seguro de lo que soy. No puedo creer que tenga un... alma. Cuando muera, se acabó todo.
Azazel le estudió pensativo.
-Naturalmente que tiene que haber un precio -una expresión curiosa cruzó el rostro del ser.
Había burla en ella, y miedo también. Cuando volvió a hablar, lo hizo presuroso-: Puedo servirte, Carnevan. Puedo complacer tus deseos... creo que todos.
-¿Por qué me elegiste a mí?
-La sesión me atrajo. Eras el único presente allí con quien podía establecer contacto.
Apenas halagado, Carnevan frunció el ceño. Le resultaba imposible creerlo. Por último dijo:
-Me interesaría... si pensase que esto no es sólo una simple añagaza, un truco. Cuéntame más. Lo que podrías hacer por mí.
Azazel habló con mayor detenimiento. Al terminar, los ojos de Carnevan brillaban.
-Incluso un poco de eso...
-Resulta bastante fácil -apremió Azazel-. Todo está preparado. La ceremonia no cuesta mucho y yo te guiaré paso a paso.
Carnevan chasqueó la boca sonriendo.
-Ahí está. No puedo creerlo. Me digo a mí mismo que no es real. En lo más profundo de mi cerebro trato de encontrar la explicación lógica. Y todo es demasiado fácil. Si estuviese convencido de que tú eres lo que dices y que puedes... -Azazel le interrumpió.
-¿Sabes algo acerca de teratología?
-¿Eh? Oh... lo que cualquier hombre vulgar.
El ser se levantó despacio.
Llevaba, según vio Carnevan, una voluminosa capa de algún material obscuro, opaco, tornasolado.
-Si no hay otro modo de convencerte -dijo el ser-, y puesto que no puedo dejar el pentágono... debo emplear este medio.

Una premonición enfermante cruzó por la mente de Carnevan mientras veía las delicadas y esbeltas manos operando en los cierres de la capa. Azazel la apartó a un lado. Cerró la prenda casi en un instante. Carnevan no se había movido. Pero un hilo de sangre le caía por la barbilla. Luego silencio hasta que el hombre intentó hablar. Un ruido áspero y crujiente sonó en la habitación. Carnevan, por fin, pudo encontrar su voz. Las palabras le salieron en un semichillido. Gritó con brusquedad y se fue a un rincón, en donde se quedó plantado, con la frente apretada contra la pared. Cuando regresó, tenía el rostro más compuesto, aunque el sudor relucía en él.

-Sí -dijo-. Sí.
-Muy bien... -aprobó Azazel.
A la mañana siguiente, Carnevan estaba sentado en su escritorio y hablaba tranquilo con un demonio que estaba instalado cómodamente en un sillón, invisible e inaudible para todos excepto para él. La luz del sol entraba de soslayo por la ventana y una fría brisa llevaba entre sus alas el apagado clamor del tránsito. Azazel parecía increíblemente real allí sentado, su cuerpo oculto por la capa, su hermosa cabeza como la de una calavera creada por la luz solar.
-Habla en voz baja -le avisó el demonio-. Nadie puede oírme, pero pueden oírte. Susurra... o simplemente piensa.
Para mí será suficiente.
-Está bien -Carnevan se frotó la mejilla recién afeitada-. Será mejor que tracemos un plan. Ya sabes que has de ganarte mi alma.
-¿Eh? -el demonio pareció perplejo durante un segundo; luego rió por lo bajo-. Estoy a tu servicio.
-En primer lugar, no debemos despertar sospechas. Nadie creería la verdad. Pero no quiero hacerles pensar que estoy loco... aunque quizá lo esté -agregó Carnevan con lógica-. Pero ahora no consideraremos ese punto. ¿Qué hay de Madame Nefert? ¿Cuánto sabe ella?
-Nada en absoluto -contestó Azazel-. Se encontraba en trance y yo la controlaba. No recordó nada cuando despertó. Sin embargo, si prefieres, la puedo eliminar.
Carnevan levantó la mano.
-¡Calma! Ahí es donde las personas como Fausto cometieron sus errores. Se volvieron déspotas, borrachos por el poder a más no poder. Cualquier asesinato que cometamos tendrá que ser necesario. ¡Vaya! ¿Cuánto control tengo sobre ti? -Una buena cantidad -admitió Azazel.
-¿Si te pidiese que te matases tú mismo... lo harías?
Por toda respuesta, el demonio tomó un cortapapeles del escritorio y lo hundió profundamente en su capa. Recordando lo que había debajo de aquella prenda, Carnevan apartó la vista apresuradamente.
Sonriendo, Azazel volvió a colocar el cuchillo en su sitio, diciendo:
-El suicidio es imposible en un demonio.
-¿Es que no se te puede matar?
Hubo un corto silencio. Luego Azazel aclaró:
-Por lo menos tú no puedes hacerlo.
Carnevan se encogió de hombros.
-Estoy estudiando todas las posibilidades. Quiero saber qué terreno piso. Pero, sin embargo, debes obedecerme. ¿Es eso cierto?
Azazel asintió.
-Bueno. No me interesa que hagas caer sobre mi regazo un millón de dólares en oro, como solías hacer. En esa forma el oro es ilegal, y la gente haría preguntas. Cualquier ventaja que consiga debe venir de manera natural; sin despertar la más ligera sospecha. Si Eli Dale muriese, la firma se quedaría sin socio mayor. Yo conseguiría su lugar. Eso entraña bastante dinero para mis propósitos.
-Puedo convertirte en dueño de la mayor fortuna del mundo -sugirió el demonio.
Carnevan rió un poco.
-¿Y qué? Todo sería demasiado fácil para mí. Yo quiero experimentar las cosas por mí mismo... con alguna ayuda tuya. Si uno hace trampas mientras se divierte jugando al solitario es distinto a falsear todo el juego. Tengo mucha fe en mí mismo. Y quiero justificarla, construir mi ego. La gente como Fausto se equivocó. El rey Salomón debió haberse muerto de aburrimiento. Nunca utilizó su cerebro y apuesto a que se le quedó atrofiado. ¡Fíjate en Merlín! -Carnevan sonreía-. Estaba tan acostumbrado a convocar a los diablos para que hiciesen lo que deseaba que un joven zoquete le sacó cuanto quiso sin ninguna dificultad. No Azazel... quiero que muera Eli Dale, pero de manera natural.
El demonio miró sus esbeltas y pálidas manos.
Carnevan se encogió de hombros.
-¿Puedes cambiar de forma?
-Claro.
-¿Convirtiéndote en cualquier cosa?
Por toda respuesta Azazel se transformó, en rápida sucesión, en un gran perro negro, en un lagarto, en una serpiente de cascabel y en el propio Carnevan. Finalmente adoptó su forma y volvió a relajarse en la silla.
-Ninguno de esos disfraces te ayudaría a matar a Dale -gruñó Carnevan-. Tenemos que pensar en algo de lo que no sospeche. ¿Conoces lo que son los gérmenes de la enfermedad, Azazel?
El otro asintió.
-Lo conozco gracias a tu mente.
-¿Podrías transformarte en microbios?
-Si me dices los que deseas, podría localizar una muestra, duplicar su estructura atómica y entrar en ella con mi propia fuerza vital.
-Meningitis vertebral -dijo pensativo Carnevan-. Es bastante fatal. Mandaría a un hombre a la tumba. Pero te averiguaré si es un microbio o un virus.
-Eso no importa -dijo Azazel-. Localizaré algún portaobjetos que tenga muestras del género... En cualquier hospital habrá. Y luego me materializaré dentro del cuerpo de Dale como la misma enfermedad.
-¿Será lo mismo?
-Sí.
-Perfecto. La enfermedad se propagará, supongo, y eso será el fin de Dale. Si no resulta, probaremos otra cosa.

Volvió a su trabajo y Azazel desapareció. La mañana transcurrió muy despacio. Carnevan comió en un restaurante cercano, preguntándose qué estaría haciendo su demonio, y se sintió bastante sorprendido al descubrir que tenía mucho apetito. Durante la tarde telefoneó a Diana. Ella había descubierto su compromiso con Phyllis y había telefoneado a Phyllis. Carnevan colgó reprimiendo su rabia violenta. Después de un breve instante, marcó el número de Phyllis. Le dijeron que no estaba en casa.

-Dígale que iré a verla esta noche -gruñó, y colgó con fuerza el receptor. Fue casi un alivio ver, de repente, la forma desmadejada de Azazel en el sillón.
-Ya está -dijo el demonio-. Dale tiene meningitis vertebral. Todavía no lo sabe, pero la enfermedad se propaga muy rápidamente. Fue un experimento curioso, pero resultó.

Carnevan trató de tranquilizar su mente. Estaba pensando en Phyllis. Se había enamorado de ella, claro, pero la chica era tan condenadamente rígida, tan increíblemente puritana... Él había dado un resbalón en el pasado; a ojos de ella, eso podía ser suficiente para terminar con todo. ¿Rompería el compromiso? Seguramente no. En esta época los pecadillos amorosos se daban más o menos como sentados, incluso ante una chica que se ha criado en Boston. Carnevan se estudió las uñas. Al cabo de un momento buscó una excusa para ver a Eli Dale y solicitarle consejo sobre algún problema poco importante del negocio, y escrutó con atención el rostro del viejo. Dale estaba colorado y con los ojos brillantes, pero por otra parte parecía normal. Sin embargo, sobre él estaba impresa la marca de la muerte. Carnevan lo sabía. Aquel hombre moriría, el cargo de socio ejecutivo de la firma recaería sobre otra persona... y se habría dado el primer paso en el plan de Carnevan. En cuanto a Phyllis y Diana... ¡Oh, después de todo, poseía un demonio particular! Teniendo el control de sus poderes podría resolver también ese problema. Claro que Carnevan no sabía aún como hacerlo; en cada caso deberían utilizarse primero, pensó, los métodos ordinarios. No debía depender demasiado de la magia. Despidió a Azazel y condujo su coche hasta la casa de Phyllis. Pero antes se detuvo en el apartamento de Diana. La escena fue breve y tormentosa.

Morena, esbelta, furiosa y adorable, Diana dijo que no le permitiría que se casase.
-¿Por qué no? -quiso saber Carnevan-. Después de todo, querida, si es cuestión de dinero te lo puedo solucionar.
Diana dijo cosas desagradables acerca de Phyllis. Tiró un cenicero al suelo y lo pisoteó.
-¿Así es que no soy bastante buena para que te cases conmigo? ¡Pero ella sí, ¿no?!
-Siéntate y cállate -sugirió Carnevan-. Trata de analizar tus sentimientos...
-¡Tú, pez inmundo de sangre fría!
-... y fíjate qué terreno pisas. No estás enamorada de mí. El manejarme como una marioneta te hace experimentar una sensación de poder y posesión. No quieres que otra mujer me tenga.
-¡Compadezco a la mujer que te tenga! -gritó Diana, eligiendo otro cenicero. Era bastante bonita, pero Carnevan no estaba de humor para apreciar la belleza.
-Está bien -dijo-. Escúchame; si no armas escándalo no te faltará dinero... ni nada... Pero si tratas de crearme problemas, lo lamentarás.
-No se me asustas fácilmente -repuso Diana-. ¿A dónde vas? Supongo que a ver a ese espantapájaros rubio ¿no?

Carnevan le regaló una sonrisa imperturbable. Se puso el abrigo y desapareció. Condujo hasta la casa de la espantapájaros rubia, donde encontró dificultades, aunque no imprevistas. Por último convenció a la doncella y fue conducido a enfrentarse con un bloque de hielo sentado en silencio en el diván. Ese bloque de hielo era la señora Mardrake. -Phyllis no desea verte, Gerald -dijo ella. Su boca puritana parecía morder las palabras. Carnevan se ajustó los pantalones, metafóricamente hablando, y comenzó su discurso. Habló bien. Tan convincente fue la historia de que Diana era un mito, de que todo el asunto había sido preparado por un enemigo personal, que la señora Mardrake, después de una lucha interna de cierta consideración, al fin capituló.

-No debe haber escándalo -dijo por último-. Si creyese que había una palabra de verdad en lo que esa mujer dijo a Phyllis...
-Todo hombre de mi posición tiene enemigos -continuó Carnevan, recordando de ese modo a su anfitriona que, maritalmente hablando, era un pez digno de ser pescado. Ella suspiró.
-Muy bien, Gerald. Pediré a Phyllis que te vea. Espera aquí.

Salió de la estancia y Carnevan reprimió una sonrisa. Sin embargo, sabía que no sería tan fácil convencer a Phyllis. Su prometida no apareció inmediatamente. Carnevan imaginó que la señora Mardrake encontraba dificultades en convencer a su hija de la buena fe del novio. Recorrió la habitación, sacando el atado de cigarrillos y luego guardándolo otra vez. ¡Qué casa más victoriana! Una gruesa Biblia familiar que descansaba en un atril le llamó la atención. Como no tenía otra cosa que hacer se acercó y la abrió al azar. Un pasaje pareció destacar. "Si cualquier hombre adora a la bestia y a su imagen y recibe su marca en la frente o en su mano, beberá el vino de la ira de Dios." Fue quizás una reacción instintiva lo que hizo que Carnevan alzase la mano para tocarse la frente. Sonrió con desdén. ¡Superstición! Sí... pero había demonios. En aquel momento Phyllis entró con el aspecto de Evangelina en Acadia, con la mismísima expresión que debió adoptar la heroína de Longfellow. Reprimiendo el poco galante impulso de darle una patada, Carnevan trató de tomarle las manos, fracasó, y la siguió hasta el diván. El puritanismo y la educación tienen sus desventajas, pensó. Eso se hizo más evidente cuando, pasados diez minutos, Phyllis seguía sin convencerse de la inocencia de Carnevan.

-No se lo dije todo a mi madre -afirmó ella con tranquilidad-. Esa mujer dijo cosas... Bueno, me di cuenta de que decía la verdad.
-Te amo -afirmó Carnevan de manera inconsecuente.
-No. O jamás te habrías enredado con esa mujer.
-¿Incluso aunque ocurriese antes de conocerte?
-Podría perdonar muchas cosas, Gerald, pero no eso -continuó tozuda la muchacha -. Tú no quieres un marido -observó Carnevan-. Tú quieres la imagen de un santo.

Era imposible romper la calma rígida de la muchacha. Carnevan perdió el dominio de sí mismo. Discutió y suplicó, despreciándose por hacerlo de ese modo. De todas las mujeres del mundo tenía que enamorarse de la más estricta y puritana de todas. El silencio de ella tenía la cualidad de enfurecerle casi hasta el punto de la histeria. Sintió ganas de gritar obscenidades en aquella habitación tranquila, en aquella atmósfera casi religiosa. Sabía que Phyllis le estaba humillando terriblemente, y en lo más hondo de su ser algo se agitó de manera cruda bajo los latigazos que no podía impedir.

-Te amo, Gerald -fue todo lo dijo ella-. Pero tú no me quieres. No puedo perdonarte eso. Por favor, vete antes que se pongan peores las cosas.

Salió de la casa, temblando de furia, acalorado y enfermo al darse cuenta de que había fracasado al mantener su pose. ¡Phyllis, Phyllis, Phyllis! Un iceberg imperturbable. Ella no conocía nada de humanidad. Las emociones jamás existieron en su pecho, a menos que estuviesen también educadas, envueltas en una red de encajes. Una muñeca de porcelana esperando que el resto del mundo también lo fuese. Carnevan se quedó plantado junto a su coche, temblando de rabia, deseando más que nada en el mundo herir a Phyllis como él había sido herido. Algo se agitó dentro del coche. Era Azazel, la capa envolviendo su obscuro cuerpo, el rostro blanco, huesudo, sin expresión. Carnevan extendió un brazo señalando a la casa.

-¡La chica! -dijo con aspereza-. Ella... ella.
-No es necesario que hables -murmuró Azazel-. Leo tus pensamientos. Haré lo que deseas.
Se fue. Carnevan saltó al coche, colocó la llave en el encendido y puso el motor en marcha con furia. Mientras el vehículo empezó a moverse oyó un grito agudo y cortante saliendo de la casa que acababa de abandonar. Detuvo el coche y volvió corriendo, mordiéndose el labio.

El dictamen del médico que llamaron de inmediato fue que Phyllis Mardrake había sufrido una fuerte impresión nerviosa. El motivo era desconocido, pero era fácil presumir que tenía algo que ver con su entrevista con Carnevan, quien nada dijo para desmentir tal suposición. Phyllis, simplemente, yacía y se retorcía, con los ojos vidriosos. En algunas ocasiones sus labios formaban palabras.
-La capa... bajo la capa...

Y luego reía y gritaba alternativamente, hasta que el cansancio se apoderaba de ella. Se recuperaría, pero después de algún tiempo. Entretanto fue enviada a una clínica particular, en donde se ponía histérica cada vez que veía al doctor Joss, que resultó ser un hombrecito calvo. Sus murmullos sobre capas se hicieron menos frecuentes y ocasionalmente se le permitió a Carnevan visitarla... porque ella preguntó por él. La pelea había sido olvidada y Phyllis reconoció que se había equivocado en sus opiniones. Cuando estuviese del todo bien se casaría con Carnevan. Y no habría más conflictos. El horror que había visto quedaba profundamente encerrado en su cerebro, emergiendo sólo durante el delirio y en sus frecuentes pesadillas. Carnevan se sentía agradecido de que no se acordase de Azazel. Él, sin embargo, veía mucho al demonio aquellos días... porque estaba preparando un cruel y maligno plan. Comenzó poco después del colapso de Phyllis, cuando Diana siguió telefoneándole al despacho. Al principio Carnevan hablaba un poco con ella. Luego se dio cuenta de que la mujer era, en realidad, la responsable de la casi enajenación mental de Phyllis. Resultaba claro que tenía que sufrir ella. No la muerte; cualquiera podía morir. Eli Dale, por ejemplo, ya estaba fatalmente enfermo de meningitis vertebral. Pero era necesaria una forma más sutil de castigo... una tortura tal como la que estaba sufriendo Phyllis. Mientras convocaba al demonio y le daba instrucciones, el rostro de Carnevan adoptó una expresión que no era agradable de ver.

-Lenta, gradualmente, ella ha de volverse loca -dijo-. Debe tener tiempo de darse cuenta de lo que ocurre. Proporciónale... retazos, por hablar así. Una serie acumulativa de acontecimientos inexplicables; te daré los detalles completos cuando los elabore. Ella me dijo que no se asusta fácilmente -terminó Carnevan y se levantó para servirse una bebida. Ofreció otra al demonio, pero él se la rechazó. Azazel estaba sentado en un rincón obscuro del apartamento, mirando de tanto en tanto por la ventana, desde donde veía, muy abajo, Central Park.
A Carnevan le asaltó un súbito pensamiento:
-¿Cómo reaccionas ante esto? Se supone que los demonios son malos. ¿Te causa placer... lastimar a la gente?
El hermoso rostro del cráneo se volvió hacia él.
-¿Sabes lo que es el mal, Carnevan?
El hombre añadió un poco de soda en el vaso.
-Comprendo. Cuestión de semántica. Claro, es un término arbitrario. La humanidad ha creado sus propios niveles de...
Los ojos oblicuos y opalescentes de Azazel brillaron.
-Eso es un antropomorfismo moral, un egotismo. No habéis considerado el medio ambiente. Las propiedades físicas de vuestro mundo causan el bien y el mal, como ya sabéis.
Era la sexta bebida de Carnevan y sintió ganas de discutir.
-Es algo que no entiendo del todo; la moralidad viene de la mente y de las emociones.
-Todo río tiene su fuente -repuso Azazel-. Pero hay una gran diferencia entre el Mississippi y el Colorado. Si los seres humanos hubiesen evolucionado, en... bueno, en mi mundo, por ejemplo... el molde completo del bien y del mal habría sido distinto. Las hormigas tienen estructura social. Pero no es como la vuestra. El medio ambiente es distinto.
-Hay diferencia también entre hombres e insectos.
El demonio se encogió de hombros.
-No somos parecidos. Menos parecidos que tú y una hormiga. Ambos tenéis básicamente dos instintos comunes: el de autoconservación y el de la propagación de la especie. Los demonios no se pueden propagar.
-La mayor parte de las autoridades en el tema están de acuerdo con eso -admitió Carnevan-. Posiblemente ello da una razón a las variantes. ¿Cómo es que hay tantísimas clases de demonios?
Azazel le interrogó con los ojos.
-Oh... ya sabes. Gnomos y duendecillos, hombres lobos, vampiros...
-Hay más clases de demonios que las que conoce la humanidad -dijo Azazel-. La razón resulta muy evidente, vuestro mundo tiende hacia un molde fijo, un estado de éxtasis. Ya sabes lo que es la entropía. La última mira de vuestro universo es la unidad. Inmutable y eterna. Vuestras ramificaciones de la evolución se encontrarán finalmente y permanecerán en un único tipo fijo. Las desviaciones, como el dinormis y el alca, morirán como murieron los dinosaurios y mamuts. Al final vendrá el éxtasis. Mi universo tiende hacia la anarquía física. En el principio había sólo un tipo. En el fin habrá el caos más profundo.
-Vuestro universo es como una copia en negativo del mío -meditó Carnevan-. ¡Pero... espera! ¡Dices que los demonios no pueden morir! Y tampoco pueden propagarse. ¿Entonces cómo evolucionan?
-Dije que los demonios no se pueden suicidar -apuntó Azazel-. La muerte nos puede llegar, pero desde una fuente exterior. Esto también se aplica a la procreación.
Era todo demasiado confuso para Carnevan.
-Debéis tener emociones. La autoconservación implica miedo a la muerte.
-Nuestras emociones no son la vuestras. Clínicamente, puedo analizar y comprender las reacciones de Phyllis. Ella se creyó muy rígida, y ha luchado inconscientemente contra esa opresión. Nunca reconoció, ni siquiera para sí, su deseo de liberarse.
Pero tú eres un símbolo para ella; secretamente te admira y te envidia, porque eres un hombre y, como se imaginaba, capaz de hacer lo que quieres. El amor es un falso sinónimo para la propagación, como el alma es un deseo de recubrir de pureza lo que surge a partir de la autoconservación. Nada existe. El cerebro de Phyllis es una masa de inhibiciones, miedos y esperanzas. El puritanismo, para ella, representa la seguridad. Por eso no pudo perdonarte tu asunto con Diana. Fue una excusa para retirarse a la seguridad de su antiguo sistema de vida.
Carnevan escuchaba interesado.
-Sigue.
-Cuando aparecí ante ella, la sorpresa física fue violenta. El subconsciente la gobernó durante un momento. Por eso se reconcilió contigo. Es una escapista; su antigua seguridad le pareció un fracaso, así que ahora cumple con su deseo de escapar y su necesidad de protección accediendo a casarse contigo.
Carnevan se preparó otra bebida. Recordó algo.
-Acabas de decir que el alma no existe... ¿verdad? -el cuerpo de Azazel se agitó bajo la ancha capa-.
-Me entendiste mal.
-No lo creo -repuso Carnevan, sintiendo un frío e inmortal horror bajo el cálido torpor del licor-. Nuestro trato fue que te serviría a cambio de mi alma. Ahora implicas que no tengo alma. ¿Cuál fue tu verdadero motivo?
-Tratas de asustarte a ti mismo -murmuró el demonio, sus extraños ojos alerta-. A través de la historia se ha fundado la hipótesis de que existe el alma.
-¿De veras?
-¿Y por qué no?
-¿Cómo es un alma? -preguntó Carnevan.
-No podrías imaginarlo -repuso Azazel-. No hay punto de comparación. A propósito, Eli Dale murió hace dos minutos.
Eres ahora el socio mayor de la firma. ¿Puedo felicitarte?
-Gracias -asintió Carnevan-. Cambiaremos de conversación si gustas. Pero intentaré descubrir la verdad tarde o temprano... Si no tengo alma, tú preparas alguna otra cosa. Sin embargo... volvamos a lo de Diana.
-Tú deseas que se vuelva loca.
-Yo deseo que tú la vuelvas loca. Ella es del tipo esquizofrénico, esbelta y de largos huesos. Tiene una estúpida confianza en sí misma. Ha construido su vida sobre el cimiento de las cosas reconocidamente reales. Hay que destruir esas cosas.
-¿Y bien?
-Teme a la obscuridad -dijo Carnevan, y su sonrisa era muy desagradable-. Sé sutil, Azazel. Ella oirá voces. Uno a uno sus sentidos comenzarán a fallar. O mejor, a engañar. Olerá cosas que nadie percibe. Oirá voces. Tendrá sabor de veneno en su comida, comenzará a sentir sensaciones... desagradables. Si es necesario, puede por fin... tener visiones.
-Esto es el mal, supongo -observó Azazel levantándose de la silla-. Mi interés es puramente clínico. Puedo discernir que tales asuntos son importantes para ti, pero no iré más lejos.

Sonó el teléfono. Carnevan se enteró de que Eli Dale había muerto... Meningitis vertebral. Para celebrarlo se sirvió otra copa y brindó en dirección a Azazel, que había desaparecido para visitar a Diana. El rostro delgado y duro de Carnevan estaba ligeramente enrojecido por el licor que había consumido. Se plantó en el centro del apartamento y giró despacio, mirando los muebles, los libros, el diván. Tendría que encontrar otra vivienda pronto, más grande y mejor. Una casa adecuada a una pareja recién casada. Se preguntó cuánto tiempo tardaría Phyllis en recuperarse por completo. Azazel... ¿Qué es lo que buscaba aquel demonio?, se preguntó. Ciertamente su alma no. ¿Y entonces qué buscaba?

Una noche, dos semanas después, llamó al timbre de la puerta del apartamento de Diana. Ella preguntó quién era y abrió una rendijita antes de dejar pasar a Carnevan. Se quedó sorprendido al ver los cambios sufridos por la mujer. La alteración de su cara era poco tangible. Diana se mantenía bajo un control de hierro, pero su maquillaje era demasiado espeso. Eso en sí ya era revelador. Constituía un símbolo del esfuerzo mental que le costaba oponerse contra la invasión psíquica. Carnevan preguntó solícito:

-Gran Dios, Diana ¿qué te pasa? Por teléfono parecías histérica. Ya te dije anoche que vieses a un médico.
Ella buscó un cigarrillo.
Cuando Carnevan lo encendió, le temblaban ligeramente las manos.
-Lo hice. No... no me fue de mucha ayuda, Gerald. Me alegro de que no estés furioso conmigo.
-¿Furioso? Vamos, siéntate. Te prepararé algo de beber. Ya sobrepasé mi enfado; nos llevamos bien juntos y Phyllis... bueno, no pudimos cortar nuestro pastel y comérnoslo. Está en un asilo, ya sabes, y pasará mucho antes de que se recupere. Incluso quizá puede ser una demente toda la vida... -dudó Carnevan.
Diana se echó hacia atrás el pelo negro y se volvió para mirarle en el diván.
-Gerald, ¿crees que me estoy volviendo loca?
-No. No -contestó él-.
Creo que necesitas descanso, o un cambio.
Ella no lo escuchaba. Tenía la cabeza inclinada a un lado como si escuchase una inaudible voz. Mirando de reojo, Carnevan vio a Azazel plantado a la otra parte de la estancia, invisible para la chica pero aparentemente no silencioso.
-¡Diana! -gritó con viveza.
Ella abrió los labios. Su voz era insegura mientras lo miraba con consternación.
-Lo siento. ¿Qué decías?
-¿Qué dijo el médico?
-Casi nada -no deseaba seguir discutiendo aquello. En su lugar tomó la bebida que Carnevan le había preparado, la miró y tomó un sorbo. Luego dejó el vaso.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó el hombre.
-No. ¿Qué gusto tiene para ti?
-Bueno.

Carnevan se preguntó que es lo que había gustado Diana en su bebida. Quizás almendras amargas. U otra de las ilusiones maestras de Azazel. Pasó los dedos por el pelo de la chica, sintiendo un escalofrío de poder mientras lo hacía. Una odiosa especie de venganza, pensó. Era raro que la aflicción de Diana no le conmoviese en lo más mínimo. Sin embargo, no era básicamente malo, lo sabía muy bien. El viejo, antiquísimo problema de las normas arbitrarias... El bien y el mal. Azazel habló y sus palabras las oyó únicamente Carnevan.

-Su control no puede durar mucho más. Creo que mañana se derrumbará. Una maniática depresiva puede suicidarse, así que trataré de evitarlo. Cada arma peligrosa que toque parecerá quemarla.

Abiertamente, sin previo aviso, el demonio desapareció. Carnevan lanzó un gruñido y acabó su bebida. Por el rabillo del ojo vio algo que se movía. Lentamente volvió la cabeza, pero aquello ya no estaba. ¿Qué había sido? Algo así como una sombra negra, informe, imprecisa. Las manos de Carnevan temblaron. Profundamente sorprendido, dejó el vaso y contempló el apartamento. La presencia de Azazel jamás le había afectado de ese modo antes. Probablemente era una reacción inconsciente; sin duda había estado manteniendo un rígido control sobre sus nervios, sin advertirlo. Después de todo, los demonios son sobrenaturales. Por el rabillo del ojo vio de nuevo la brumosa oscuridad. Esta vez no se movió mientras trataba de analizarla. La cosa oscilaba al borde del alcance de su visión. Sus ojos se movieron un poco y entonces aquello también desapareció. Una nube negra, informe. ¿Informe? ¡No! Era, pensó, en forma de huso inmóvil y rígida sobre su eje. Las manos le temblaban más que nunca. Diana le miraba.

-¿Qué te pasa, Gerald? ¿Te estás poniendo nervioso?
-Demasiado trabajo en la oficina -explicó-. Ya sabes que ahora soy el nuevo socio principal. Me marcharé. Será mejor que vuelvas al médico mañana.

Ella no contestó, limitándose a mirarle mientras salía del apartamento. Conduciendo hacia su casa, Carnevan captó de nuevo, levemente, la forma negra y brumosa. Ni una sola vez pudo verla con claridad. Oscilaba justo al borde de su visión. Notó, aunque no pudo ver, ciertos rasgos imprecisos sobre ella. No pudo ni definir ni deducir cómo eran. Pero le temblaban las manos. Fría, furiosamente, su inteligencia luchó contra el terror irracional de su parte física. Se enfrentó a la cosa extraña. O... no... no se enfrentó; siempre se escapaba y desaparecía. ¿Azazel? Invocó e nombre del demonio, pero no tuvo respuesta. Marchando hacia su apartamento, Carnevan se mordió el labio inferior y pensó con ahínco. Cómo... por qué... ¿Qué era lo que hacía tan horripilante... tan irracional a esta... aparición? No lo sabía, a menos que fuese, quizás, el vago atisbo de rasgos en la negrura, esa situación que nunca le permitía definir una imagen. Notó que esos rasgos eran indescriptibles, y sin embargo sentía la perversa curiosidad de contemplarlos directamente. Una vez a salvo en su apartamento, volvió a ver el huso negro al borde de su visión, próximo a la ventana. Giró rápidamente para enfrentarse con él, pero se desvaneció. En ese momento se apoderó de Carnevan una oleada de horror. El sentimiento mortal, enfermizo, de que podía ver aquello, hizo que todo su ser físico se revolviese.

-Azazel -llamó en voz baja.
Nada.
-¡Azazel!
Carnevan se sirvió una bebida, encendió un cigarrillo y buscó una revista. No tuvo más molestias hasta que se acostó. Pasó la noche con tranquilidad. Pero por la mañana, en cuanto abrió los ojos, algo negro y en forma de huso se alejó mientras miraba en su dirección. Telefoneó a Diana; parecía mucho mejor, según dijo ella. Al parecer Azazel no estaba trabajando. A menos que la cosa negra fuese... Azazel. Carnevan marchó apresurado a su despacho, hizo que le subiesen café y luego sólo bebió la leche. Sus nervios necesitaban tranquilidad, no un estimulante.

La cosa negra apareció en el despacho dos veces durante aquella mañana. En cada ocasión se produjo en Carnevan la terrible sensación de que si lo miraba directamente los rasgos se le aparecerían con claridad. Y a su pesar intentó mirarlo. Vanamente, claro. Su trabajo se resintió. Al poco salió y fue hasta el sanatorio a ver a Phyllis. Ella estaba mucho mejor y habló del próximo matrimonio. Mientras el huso negro se retiraba apresuradamente a través de la soleada y agradable habitación, las palmas de las manos de Carnevan estaban húmedas. Lo peor de todo, quizás, era darse cuenta de que si lograba mirar fijamente al fantasma se volvería loco. Pero quería hacerlo. Eso lo sabía perfectamente bien. Su reacción física e instintiva así se lo decía. Nada que perteneciese a este Universo o a cualquier otro remotamente emparentado podría producir un vacío tan profundo en su cuerpo, la sensación sorprendente de que su estructura celular trataba de encogerse intentando alejarse del huso. Volvió con el coche a Manhattan y evitó por poco sufrir un accidente en el puente George Washington a causa de su estupidez de cerrar los ojos para no ver algo que seguía estando allí cuando los volvió a abrir. El sol ya se había puesto. Las iluminadas torres de Nueva York se alzaban contra el cielo púrpura.

Su limpieza geométrica parecía carente de calor, inhóspita y poco hospitalaria. Carnevan se detuvo en un bar, se tomó dos whiskys y se fue cuando una madeja negra pasó corriendo por el espejo, cruzándolo de lado a lado. De regreso a su apartamento, se sentó con la cabeza entre las manos durante casi cinco minutos. Cuando levantó la cara tenía una expresión dura y maligna. Sus ojos destellaban ligeramente; luego se deprimió.

-Azazel -dijo... y luego con voz más alta-: ¡Azazel! ¡Soy tu amo! ¡Aparece!
Su pensamiento decidido, duro como el hierro, analizó la situación. Detrás yacía un terror informe. ¿Era Azazel la madeja negra? ¿Se le aparecería por completo?
-¡Azazel! ¡Soy tu amo! ¡Obedece! ¡Yo te convoco!

El demonio se plantó ante Carnevan, materializándose de la nada. El rostro hermoso, de color hueso pálido, estaba inexpresivo; las pupilas enormes de aquellos ojos oblicuos y opalescentes parecían impasibles. Bajo la capa negra, el cuerpo de Azazel se estremeció una vez y se quedó inmóvil. Con un suspiro, Carnevan se hundió en su silla.

-De acuerdo -dijo-. ¿Qué te propones ahora? ¿Cuál es tu plan?
Azazel contestó tranquilo.
-Volví a mi mundo. Me hubiese quedado allí de no haberme llamado tú.
-¿Qué es esa... qué es esa cosa en forma de huso?
-No es de tu mundo -dijo el demonio-. Tampoco del mío. Me persigue.
-¿Por qué?
-Vosotros tenéis historias de hombres que han sido hechizados. A veces por demonios. En mi mundo... yo fui hechizado.
Carnevan chasqueó los labios.
-¿Por esa cosa?
-Sí.
-¿Y por qué?
Los hombros de Azazel parecieron unirse.
-No lo sé. Excepto que es muy horrible y me persigue.
Carnevan alzó las manos y se apretó con fuerza los ojos.
-No, no. Es demasiada locura. Algo hechizando a un demonio. ¿De dónde vino?
-Conozco mi universo y el tuyo. Eso es todo. Esa cosa, creo, vino de afuera de nuestros sectores temporales.
En un súbito fogonazo de comprensión, Carnevan dijo:
-Por eso ofreciste servirme.
El rostro de Azazel no cambió.
-Sí. La cosa se me acercaba más y más. Pensé que si entraba en tu universo podría escapar.
Pero me siguió.
-Y no podías entrar en mi mundo sin mi ayuda. Todo esa charla sobre mi alma fue un cuento.
-Sí. Esa cosa me seguía. Luego huí, regresando a mi universo, y no me persiguió. Quizá no puede hacerlo. Puede ser que sólo pueda moverse en una dirección... desde su mundo al mío, y luego al tuyo, pero no en el otro sentido. Se quedó aquí, lo sé.
-Se ha quedado -dijo Carnevan muy pálido-, para hechizarme.
-¿Siente usted el mismo horror que yo hacia eso? -interrogó Azazel-. Me lo he preguntado. Somos tan diferentes físicamente...
-Nunca he podido verla de lleno. ¿Tiene rasgos?
Azazel no contestó. El silencio pendía en la habitación.
Por fin Carnevan se inclinó hacia adelante en su sillón.
-La cosa te hechiza... salvo que vuelvas a tu propio mundo. Entonces me hechiza a mí. ¿Por qué?
-No lo sé. Es algo extraño para mí, Carnevan.
-¡Pero eres un demonio! Tienes poderes sobrenaturales...
-Sobrenaturales para ti. Hay poderes sobrenaturales para los demonios.
Carnevan se sirvió una bebida. Tenía los ojos contraídos.
-Muy bien. Tengo bastante poder sobre ti para mantenerte en este mundo, o no habrías regresado cuando te convoqué. Así que estamos en un punto muerto. Mientras permaneces aquí, esa cosa te perseguirá. No dejaré que vuelvas a tu mundo, porque entonces volverá a perseguirme a mí... como lo ha estado haciendo. Aunque parece haberse ido ahora.
-No se ha ido -dijo Azazel sin la menor expresión. El cuerpo de Carnevan se estremeció incontroladamente.
-Mentalmente me puedo proponer no tener miedo. Físicamente la cosa es... es...
-Es horrible incluso para mí -concluyó Azazel-. Yo sí la he visto directamente. Si me mantienes en ese mundo tuyo, eventualmente me destruirá.
-Los humanos hemos exorcisado a los demonios -destacó Carnevan-. ¿No hay algún modo que puedas exorcizar a esa cosa?
-No.
-¿Un sacrificio sangriento? -sugirió Carnevan nervioso-. ¿Agua bendita? ¿Campanas, libros y velas? -notó lo estúpido de sus proposiciones al mismo tiempo que las hacía.
Pero Azazel se quedó pensativo.
-Nada de eso. Pero quizá la fuerza vital... -la capa obscura se estremeció.
Carnevan dijo:
-Según el folklore, los seres elementales han sido exorcizados. Pero primero es necesario hacerlos visibles y tangibles. Darles ectoplasma, sangre... no sé.
El demonio asintió despacio.
-En otras palabras, trasladando la ecuación a su mínimo común denominador. Los humanos no pueden luchar contra un espíritu sin cuerpo, pero cuando ese espíritu queda confinado en un recipiente de carne, resulta sujeto a las leyes físicas terrestres. Creo que ese es el camino, Carnevan.
-¿Quieres decir...?
-La cosa que me persigue es del todo extraña. Pero si puedo reducirla a su esencia, la podré destruir. Como podría destruirte a ti si no hubiera prometido servirte. Bueno, claro, si tu destrucción me ayudase. Pongamos que ofrezco un sacrificio a esa cosa. Debe, por cierto tiempo, participar de la naturaleza de la cosa que asimile. La fuerza humana vital lo haría...
Carnevan escuchaba ansioso.
-¿Resultaría?
-Creo que sí. Daré a esa cosa un sacrificio humano y un demonio puede destruir con facilidad a un ser humano.
-Un sacrificio...
-Diana. Será más fácil, puesto que realmente ya he debilitado la fortaleza de su conciencia. Debo derribar todas las barreras de su cerebro... un substituto psíquico del cuchillo de sacrificio de las religiones paganas. Carnevan apuró de un trago el contenido de su vaso.
-¿Entonces puedes destruir la cosa?
Azazel asintió.
-Eso creo. Pero lo que quedará de Diana no será humano de ninguna manera. Las autoridades te harán preguntas. Sin embargo, trataré de protegerte.

Y se desvaneció antes de que Carnevan pudiese objetar algo. El apartamento estaba mortalmente tranquilo. Carnevan miró a su alrededor, esperando ver alejarse aquella madeja para evitar su mira directa. Pero no había rastros de nada sobrenatural. Aún seguía sentado en la silla media hora más tarde, cuando sonó el teléfono. Carnevan respondió:

-Sí... ¿quién? ¿Qué? ¿Asesinato?... No, iré en seguida.
Colgó el aparato y se incorporó, los ojos brillantes. Diana estaba muerta... muerta. Asesinada horriblemente, y había ciertos factores que confundían a la policía. Bueno, se encontraba a salvo. Quizá habría algunas sospechas, pero jamás se podría probar nada. No había estado cerca de Diana en todo el día.
-Te felicito, Azazel -dijo en voz baja Carnevan. Aplastó el cigarrillo y se volvió para buscar su abrigo en el armario.
La madeja negra había estado esperando tras él. Esta vez no se alejó cuando la miró. No huyó. Y entonces Carnevan pudo verla de otra manera. Advirtió cada rasgo de lo que erróneamente había imaginado como un huso de niebla negra. Lo peor de todo es que Carnevan no se volvió loco.