miércoles, 25 de marzo de 2015

El escultor de gárgolas. Clark Ashton Smith (1893-1961)

Entre las gárgolas lascivas que asoman por el tejado de la nueva catedral de Vyones, dos se destacan por su exquisita factura como por su extrema deformidad. Las había esculpido Blaise Reynard, un tallador nacido en Vyones que, no hace mucho, regresó tras una larga estancia en varias ciudades de Provenza y que consiguió trabajo en la catedral tres años después de finalizar su construcción. Cuando el arzobispo Ambrosius contempló el maravilloso talento de Reynard, lamentó no haber podido encargarle la ejecución de todas las gárgolas; pero otras personas, menos liberales que el clérigo, disentían.

Tal opinión se debía a lo que la gente pensaba de Reynard, ya desde su infancia, y que a su retorno se había reavivado. Justa o injustamente, su aspecto siempre le había granjeado el rechazo: era oscuro, de cabellos y barba de un negro azulado casi sobrenatural; sus ojos almendrados y brillantes le conferían un aire siniestro, perverso. Los supersticiosos atribuían sus ademanes melancólicos y taciturnos a prácticas nigrománticas. Incluso se lo acusaba de alianzas con Satán. Si bien eran vagas conjeturas, los rumores, aunque carentes de pruebas, terminan convirtiéndose en hechos. Quienes sospechaban de los diabólicos tratos de Reynard decían que aquellas dos gárgolas eran la prueba evidente. A menos que lo inspirara el Maligno, nadie podría ser capaz de plasmar semejante obra, que reflejase en la piedra el mal con tal perfección y detalle.

Ambas gárgolas estaban colgadas en los extremos opuestos de una torre de la catedral. Una era un monstruo de cabeza felina, gruñendo, con labios que mostraban formidables colmillos; bajo las cejas, sus ojos despedían un abismal odio. Tenía las garras y las alas de un grifo, y daba la impresión de estar a punto de saltar sobre Vyones como una arpía sobre su presa. Su compañera era un sátiro con el aspecto de un enorme murciélago como los que yerran por las cavernas subterráneas, con fuertes y afilados talones, y una mirada rebosante de satánica lujuria, como si se regodeara ante las indefensas víctimas de su deseo. Ambas piezas estaban completas, incluso sus cuartos traseros; parecían no estar unidas al tejado a la manera habitual. Podría esperarse a que, en cualquier momento, se liberaran de la piedra que inmovilizaba sus formas.

Ambrosius, amante del arte, las contemplaba con placer; las consideraba obras maestras. Pero otros, entre los que había dignatarios eclesiásticos, se escandalizaron. Aseveraron que el tallador había reflejado todos sus vicios a mayor gloria de Belial y no de Dios, y que de este modo había perpetrado una blasfemia. Por supuesto, reconocieron, las gárgolas siempre precisan de cierto carácter deforme y siniestro; sin embargo, afirmaron que en aquel caso se habían sobrepasado los límites de lo tolerable.

Con todo, al finalizarse la catedral, y pese la oposición, la gente fue asumiendo las gárgolas como parte del conjunto. El escándalo se fue atenuando y el autor, sin perder la mala fama, recibió otros encargos. Se quedó en Vyones; reparó en la hija de un tabernero, Nicolette Villom, de quien se decía que llevaba mucho tiempo enamorado a su manera hosca y retraída. Sin embargo, para nada se había olvidado de sus gárgolas. A menudo, al pasar ante la soberbia catedral, alzaba la mirada para observarlas con una secreta delectación. Parecían atraer su atención de un modo extraño y místico.

Si le hubieran preguntado, habría dicho que el motivo de su satisfacción era enorgullecerse de la obra que había producido. No habría revelado, quizá él mismo lo ignorase, que en una de ellas había vertido todo su rencor, su amargura, su odio por los habitantes de Vyones, que siempre lo habían aborrecido; y había plasmado la imagen de su resentimiento para que contemplase toda la ciudad para siempre desde un lugar elevado. Y acaso jamás hubiera imaginado que en la segunda gárgola había expresado su pasión adusta y de sátiro por Nicolette, una pasión que lo había hecho retornar a la infame ciudad de su juventud tras años de vagabundeo; una pasión singularmente obsesionada por un motivo y en ese sentido diferente de la lujuria habitual de una naturaleza tan atroz como la de Reynard.

Para el tallador de piedra, incluso más que para sus detractores, las gárgolas eran criaturas vivas. Y semejaron más vívidas que nunca al término del estío, cuando las lluvias otoñales comenzaron a precipitarse sobre Vyones. Así, cuando los canalones de la catedral vertían el agua sobre las calles, cualquiera podría haber creído que las babas de una presencia maléfica, el auténtico siervo de la lujuria, se mezclaban con el agua que vomitaban las bocas de las gárgolas.

En aquella época, en el año de Nuestro Señor de 1138, Vyones constituía el núcleo principal de la provincia de Averoigne. El enorme bosque, lugar de leyendas, fantasmas y hombres lobo, llegaba hasta los muros de la ciudad por dos puntos. Los otros puntos estaban circundados por huertas y campos cultivados, tranquilas corrientes que descendían por los meandros, entre álamos y sauces, y carreteras que cruzaban una llanura despejada hasta llegar al elevado castillo de los nobles señores y conducir a regiones allende Averoigne.

La ciudad vivía en la prosperidad, preservada de la mala fama de los bosques. Había sido santificada por la presencia de dos conventos y un monasterio. Y ahora, al concluir las obras de la catedral, se creía que gozaba de una protección más augusta, que mantendría apartados a demonios, brujas e íncubos. Por supuesto, como era corriente en cualquier población medieval, se podrían dar casos de brujería o posesión. Más de una vez, las peligrosas tentaciones de los súcubos habían intentado socavar la virtud de Vyones: no era nada sorprendente en un mundo siempre expuesto al demonio. Pero nadie habría vaticinado los horrores infernales que llegaron en los últimos meses de otoño. Para que el asunto sea comprensible, y más blasfemo de lo que ya era, el primero de tales horrores sucedió en las proximidades de la catedral, bajo su sombra protectora.

Dos hombres, un respetable sastre llamado Guillaume Maspier y un tonelero de idéntica reputación llamado Gerome Mazzal, regresaban a sus casas a última hora de una noche de noviembre, tras haber degustado vinos blancos y tintos que ofrece la región. Según Maspier, el único que vivió para contarlo, pasaban por una calle que circunda la catedral; la inmensa mole del edificio se recortaba entre las estrellas, cuando un monstruo alado, negro como el hollín de Abaddón, picó hacia ellos y agredió a Gerome Mazzal, a quien abatió con sus pesadas alas y apresó con sus enormes dientes y afiladas garras. Maspier fue incapaz de describir a la criatura con detalle, apenas la vio en la oscuridad; asimismo, el final de su compadre, que yacía sobre el empedrado con el demonio negro desgarrándole el cuello, le aconsejó huir. Corrió hasta detenerse frente a la casa de un sacerdote, a muchas calles, a quien relató aquel episodio entre estremecimientos.

Armado con agua bendita, secundado por multitud de ciudadanos que portaban antorchas, barras y alabardas, Maspier condujo al sacerdote hasta el lugar del crimen. Allí encontraron el exánime cuerpo Mazzal con el rostro desfigurado, el cuello y el pecho hendidos. No se halló rastro del atacante, y aquella noche nada más se vio; ahora bien, cuantos pudieron contemplar su obra regresaron a sus hogares atemorizados, pensando que una criatura de los infiernos había venido a Vyones y, lo peor de todo, iba a permanecer en ella. A la mañana siguiente, cuando la noticia se extendió, imperó la consternación. Los clérigos practicaron exorcismos contra el demonio invasor en todos los espacios públicos y frente a los umbrales de las puertas. Sin embargo, la aspersión de agua bendita y los formulismos resultaron infructuosos. El espíritu del mal seguía imperando, su malignidad quedó manifiesta una vez más la noche siguiente a la hórrida muerte de Gerome Mazzal.

En aquella ocasión dos fueron las víctimas, probos y destacados ciudadanos que bajaban por un estrecho callejón. Picó sobre uno de ellos y lo mató al instante. Inmediatamente se ocupó del otro, que en vano intentó huir. Los gritos de las víctimas y los guturales gruñidos del demonio fueron percibidos por la gente que vivía en el callejón. Y varios de ellos presenciaron la marcha del infame agresor, ocultando las estrellas con sus alas terribles. Salvo en casos de extrema urgencia, muy pocos se atrevieron a salir de noche. Y quienes se arriesgaban lo hacían en grupos armados con antorchas, como si de este modo pudieran atemorizar al demonio, a quien juzgaron criatura de la oscuridad y temerosa de la luz. Pero la osadía del monstruo trascendía lo concebible, ya que atacó a más de un grupo de valerosos ciudadanos sin importarle las antorchas que le dirigían al rostro y que apagaba con sus poderosos aleteos.

Sin ninguna duda, se trataba de un espíritu imbuido de odio homicida, puesto que sus víctimas terminaban horriblemente deformadas. Quienes lo vieron y escaparon apenas si podían describirlo vagamente. Todos coincidieron en que tenía la cabeza de una bestia feroz y las alas de un ave monstruosa. Algunos, los más versados en demonología, aventuraron que se podría tratar de Modo, encarnación del asesinato; otros afirmaron que era uno de los lugartenientes principales de Satán, quizá Amaimon o Alastor, enloquecidos hasta el infinito por la incontestable supremacía de Jesucristo en la ciudad santa de Vyones. El terror devino en oscuro manto de obsesión supersticiosa. Aun a la luz del día, las góticas alas de una pesadilla parecían extenderse en constante opresión. El miedo latía como una plaga epidémica. Los habitantes, llenos de miedo, caminaban rezando. Tanto el arzobispo como sus subordinados se confesaron incapaces de combatir el horror. Enviaron un emisario a Roma, en busca de agua bendecida personalmente por el Papa. Creyeron que bastaría para ahuyentar a tan terrible huésped.

Mientras, el horror crecía. Una noche de noviembre, el abad del monasterio, que había ido a dar la extremaunción a un moribundo, fue emboscado por el engendro antes de cruzar el umbral de su morada; fue muerto con la misma atrocidad. A tal hazaña infame no tardó en añadirse una increíble blasfemia. A la noche siguiente, mientras el cuerpo del abad yacía en un rico catafalco en la catedral, cuando se decían misas y ardían las velas, el demonio invadió la nave, apagó todas las velas con un solo movimiento de sus alas y arrastró al menos a tres sacerdotes oficiantes a una impía muerte entre tinieblas. Todo el mundo pensaba que los poderes del mal estaban emprendiendo un formidable asalto para poner a prueba la fe cristiana de Vyones. En medio de aquel horror abyecto, el desorden extremo, el desaliento, tuvo lugar un deplorable estallido de homicidios, asesinatos, rapiñas y latrocinio, junto con clandestinas manifestaciones de satanismo y celebraciones de misas negras.

Y entonces, en medio de aquella frenética confusión, comenzó a circular el rumor de que otro demonio deambulaba por Vyones; que al monstruo asesino lo acompañaba un espíritu más deforme y tenebroso, con intenciones lascivas y que sólo hostigaba a mujeres. El ser había atemorizado a varias damas y doncellas hasta sumirlas en auténtica histeria al aparecer su rostro en las ventanas de los dormitorios. Asimismo, se había acercado con sigilo, lascivamente, con inequívocos sonidos, muecas y aleteos grotescos, a otros que osaron salir de sus casas y transitar por la noche. Sin embargo, pasaba algo extraño, ya que el honor de ninguna mujer fue realmente agraviado por aquel íncubo. Se acercó a mucha gente, aterrada ante su comportamiento repulsivo, pero sin tocar a nadie. A pesar de aquellos tiempos de terror, hubo quien se burló procazmente del singular celibato que guardaba el demonio y se decía que en realidad buscaba en Vyones a alguien al cual aún no había encontrado.

Un oscuro y sinuoso callejón separaba el alojamiento de Blaise Reynard de la taberna que regentaba Jean Villom, el padre de Nicolette. Reynard tenía por costumbre ir de noche, aunque su presencia era mal vista por el dueño, que había desaprobado la petición de mano de su hija. Toleraban su presencia porque siempre traía la bolsa llena y manifestaba una ilimitada capacidad para aguantar el vino. Siempre acudía temprano, y permanecía en silencio, hora tras hora, contemplando con ardor a Nicolette. Pese al deseo de no perderlo como cliente, le temían a causa de su reputación de hechicero. Como todo el mundo en Vyones, Reynard había acusado la sofocante carga de terror supersticioso durante aquellas noches, cuando el terrorífico rondador acechaba en la ciudad. Sólo la urgencia de su deseo salvaje por Nicolette lo habrían hecho atravesar el callejón, en medio de las tinieblas, para entrar en la taberna y contemplar a la muchacha.

Las noches otoñales habían ocultado la luna. La noche posterior a la profanación de la catedral, un nuevo cuarto creciente iluminaba los tejados cuando Reynard se dirigía a la taberna. Los rayos no llegaban hasta la parte baja de la estrechacallejuela; no pudo evitar estremecerse mientras aceleraba el paso entre sombras. Le daba la sensación de que en cada recodo, en cada esquina, unas alas cuajaban la oscuridad con su influjo, que en cualquier momento podrían aparecer unos ojos brillantes, encendidos. Ya al final del callejón, se percató con pánico de que una nube con la apariencia de alas cubría el cuarto creciente. Por fin llegó a la taberna, había comenzado a intuir que algo, invisible, lo había seguido. Entró; cerró la puerta, como si lo hubiera hecho ante las mismas narices de su terrible perseguidor.

Aquella noche la taberna contaba con pocos parroquianos. Nicolette servía vino al ayudante de un mercero, un tal Raoul Coupain, joven agradable; tabernera y cliente se reían con una alegría que Reynard juzgó de un regocijo indecoroso. Jean Villom hablaba en susurros sobre los últimos acontecimientos y bebía tanto o más que sus clientes. Sintiendo unos celos crecientes a causa de la presencia de Raoul Coupain, Reynard se sentó en silencio y observó con malignidad los flirteos de la pareja. Pareció como si nadie hubiese reparado en su llegada: Villom seguía hablando con sus compadres, y Nicolette y su cliente seguían enfrascados en juegos. A la furia de sus celos Reynard pronto añadió el resquemor de quien cree estar siendo ignorado deliberadamente. Para llamar la atención comenzó a aporrear la mesa con sus poderosos puños. Villom, que había permanecido de espaldas, llamó a Nicolette y le indicó que atendiera a Reynard. Dedicando una última sonrisa a Coupain, la muchacha se acercó a la mesa del tallador. Menuda, de pecho generoso, con unos cabellos pelirrojos que descendían en abundantes bucles, iba ataviada con un vestido verde que resaltaba las sensuales formas de caderas. Con Reynard se mostraba desdeñosa y fría, pues le disgustaba, evidencia que escondía más bien poco. Precisamente aquella noche Reynard la encontró más hermosa y deseable que nunca, y le asaltó un salvaje impulso de tomarla en sus brazos, de llevársela ante las narices de Raoul Coupain y de su padre.

-Tráeme una jarra de La Frenaie -ordenó bruscamente en un tono que revelaba la mezcla de su resentimiento y deseo.

Moviendo la cabeza a modo de burla, mirando de nuevo a Coupain, obedeció. Sin musitar palabra, depositó ante Reynard el fuerte tinto y regresó junto al ayudante de mercero para reanudar sus devaneos amorosos.

Reynard comenzó a beber. Lo único que hizo el vino fue inflamar su ofuscado deseo. La mirada se le tornó ponzoñosa; los labios se le torcieron, como los que había tallado en las gárgolas. Su interior se consumía en una furia siniestra, como la de un fauno taciturno. Procuró reprimir aquel fuego; permaneció inmóvil, salvo las frecuentes ocasiones en que se servía de la jarra. Raoul Coupain también había ingerido una buena cantidad de vino. Por eso, su cortejo devino más atrevido e intentaba besar la mano de Nicolette, que ya se había sentado a su lado en el banco. Le sostenía la mano; su propietaria, tras propinarle un enérgico pero suave bofetón, le dio permiso para proceder de un modo que Reynard consideró, cuando menos, libertino. Gruñendo, poseído por un ciego impulso de abalanzarse sobre su rival, se levantó y fue hacia la pareja. Uno de los contertulios, sentado en una esquina, adivinó sus intenciones y avisó al instante al tabernero. Este se alzó, tambaleándose un poco por el vino, cruzó la estancia con cautela, listo para intervenir. Reynard se detuvo, presa de una momentánea vacilación, y prosiguió, obnubilado por un enorme odio hacia todos. Deseaba con toda su alma matar a Villom y a Coupain, terminar de una vez con los estúpidos parroquianos que lo observaban desde los rincones y por último, por encima de sus cuerpos estrangulados, asaltar a besos y ahogar a caricias los carnosos labios y el cuerpo de Nicolette.

Al ver cómo el escultor de gárgolas se acercaba, conociendo su mal carácter y sus celos, Coupain también se alzó y tentó, debajo de la capa, la empuñadura de su pequeña daga. Mientras, Jean Villom había interpuesto su corpachón entre los dos antagonistas. Deseaba evitar a toda costa cualquier disputa y preservar así la reputación de su local.

-Vuelve a tu mesa, tallador -instó a Reynard con vehemencia.

Desarmado y en inferioridad, Reynard se detuvo, pese a notar que la cólera bullía. Clavó sus ojos en los tres con intensidad asesina. Más allá del trío observó, más por instinto que por deseo consciente, los paneles superiores de los ventanales; en sus cristales se reflejaba la trémula llama de las velas, las fulgentes copas, las cabezas de Coupain, Villom, Nicolette, así como su cara sombría entre ellos. Sin saber por qué, diríase que con incoherencia, en aquel instante se acordó de la nube oscura e indefinida que había atravesado el cuarto creciente de la luna, la pertinaz sensación de intuir una siniestra persecución mientras cruzaba la calle. Así, todavía absorto en la imagen de los cuatro reflejada en el cristal, retumbó un atronador estruendo. Los paneles de la ventana y la visión del grupo estallaron hacia dentro en incontables fragmentos. Antes de que uno solo de los cristales rotos hubiese rozado el suelo, penetró en la estancia una forma oscura y monstruosa cuyo aleteo apagó las velas e hizo bailar las sombras como en un aquelarre. Cuando repararon en ella, permaneció inmóvil suspendida en el aire, y les pareció que era más alta que la oscuridad que reinaba sobre las cabezas de los presentes. Se fijaron en la infernal intensidad de sus ojos, y la curvatura de sus labios repulsivos, que mostraban unas fauces con dientes más grandes que los de una serpiente.

Detrás de él irrumpió un segundo monstruo. Todos sus ademanes rezumaban lascivia, del mismo modo que en el otro exudaba un odio homicida y una ilimitada maldad. Sus facciones de sátiro estaban contraídas en una inalterable mueca. Suspendido en el aire, como el primer intruso, observó fijamente a Nicolette. La sorpresa y la consternación, extremas hasta el punto de convertirse en un pánico, petrificaron a los parroquianos, incluido Reynard. Inmóviles, mudos, contemplaron la invasión. La congoja de Reynard era el fruto de una inefable sorpresa, la angustiada certeza de comprender lo que sucedía. Por su parte, Nicolette, inundada de horror, gritó desesperadamente, y empezó a correr por la sala. Como si aquel grito hubiese sido la provocación, los dos demonios se lanzaron sobre las víctimas. Con un furibundo zarpazo de sus garras totalmente extendidas, rasgó el cuello de Jean Villom, que cayó emitiendo un sordo gemido. Inmediatamente después, Raoul Coupain sufrió idéntica suerte. Por su parte, el otro engendro había volado en pos de la chica; sus bestiales brazos la retenían en contra de su voluntad, sus alas la envolvieron.

La taberna devino un torbellino de gritos y convulsiones, de sombras que forcejeaban en la oscuridad. Reynard percibió el gruñido del monstruo asesino amortiguado por Coupain, cuyo cuerpo estaba desgarrando con los colmillos. Y le llegó nítidamente la lúbrica risa del íncubo por encima de los histéricos gritos de Nicolette. Algo le propinó un violento golpe a Reynard, el mazazo de un objeto que se movía con rapidez, acaso un ala, duro y pesado como la piedra. Cayó al suelo inconsciente. Confusamente, con enormes esfuerzos, procuró volver en sí. Tardó un poco en recordar qué había pasado. Cuando abrió los ojos, le inquietó el punzante palpitar de las sienes, el revoloteo de voces exaltadas a su alrededor, el brillo de muchas luces, la acumulación masiva de rostros; y, sobre todo, aquella sensación indefinida pero dolorosa, atenazada por el terror, que lo oprimió nada más recuperar la consciencia. La memoria retornó a él, con renuencia y retardo y, con ella, el pleno conocimiento de lo que había pasado.

Yacía sobre el suelo; su propia sangre le manaba de una dolorosa herida en la cabeza y resbalaba por la cara. La sala estaba llena de gente que portaba antorchas, cuchillos y alabardas. Contemplaban los cuerpos sin vida, inundados de vino y sangre. Nicolette, con el vestido verde hecho girones, como si todavía siguiera atrapada por los brazos del demonio, murmuraba quedamente, mientras las mujeres la interpelaban con gritos inútiles y preguntas que ni oía ni comprendía. Los dos compadres de Villom, traspasados y desgarrados, estaban muertos junto a la mesa donde se habían sentado, ahora patas arriba. Estupefacto de horror, todavía aturdido por el golpe, Reynard se puso en pie, al instante rodeado de caras y voces inquisitivas. Algunos recelaban de él, único superviviente de la matanza y con sospechosa reputación; sin embargo, sus respuestas convencieron a la gente de que aquel nuevo crimen sólo podía ser obra de los engendros demoniacos. No obstante, omitió parte de lo que había visto ni reveló los motivos que últimamente alimentaban su miedo. Guardaba aquello en lo más recóndito de su alma, atormentada.

Consiguió salir; se abrió paso entre la multitud, y se quedó transitando por las calles, a medianoche. Menoscabando el peligro, sin saber adónde se dirigía, erró por la ciudad durante horas. En algún momento, su deambular lo condujo hasta el taller donde trabajaba. Sin una razón lógica, entró y salió de nuevo, armado con un pesado martillo que siempre había llevado con él en los años de peregrinación por las distintas capitales para trabajar. A continuación, hechizado por su horrorosa y constante tortura, siguió errando hasta que el pálido amanecer lamió agujas y tejados con luz espectral.

Movido por una compulsión apenas voluntaria, sus pasos lo llevaron frente a la catedral. Sin prestar la más mínima atención al sacristán, penetró en la catedral y buscó las escaleras que llevaban hasta sus gárgolas. En medio de una mañana pálida, el sol oculto, salió al tejado y, asomándose al borde, observó las figuras. No se sorprendió en absoluto, sino que confirmó un terror demasiado brutal para ser nombrado, al reparar en que los dientes y las garras del grifo con cabeza felina y expresión diabólica estaban maculados de sangre ennegrecida; que de los talones del sátiro alado y lujurioso pendían, enganchados, jirones del vestido de Nicolette. Bajo la enfermiza luz matinal, le dio la sensación de que el sátiro llevaba estampado en el rostro un rictus de perversa ironía. Lo contempló con miedo y fascinación, con una rabia impotente, una repulsa y un arrepentimiento más profundos que los del infierno. Apenas fue consciente de alzar el martillo para golpear frenéticamente al sátiro, hasta que percibió el desagradable y furioso sonido del impacto y se dio cuenta de que se hallaba sobre el borde del tejado, luchando por mantener el equilibrio.

Los golpes apenas vulneraron las facciones del sátiro, sin conseguir borrarle la expresión de inalterable triunfo. Alzó de nuevo la herramienta, pero esta vez sólo hirió el aire. Reynard notó que él mismo era alzado y rechazado por algo que, afilado y puntiagudo como varios cuchillos a la vez, hendió su carne. Intentó ponerse en pie infructuosamente; resbaló, quedó tumbado sobre el borde de granito del tejado, cabeza y hombros pendiendo sobre el abismo de la calle desierta y oscura. A punto de desvanecerse, entrevió que encima de él estaba la otra gárgola con las garras incrustadas en su hombro. Aumentó la saña con que le aprisionaba el hombro, las garras penetraron todavía más, aumentando el sadismo. Daba la impresión de que el monstruo era todavía más grande, una bestia fantástica sobre su presa; sintió que resbalaba, que la gárgola se retorcía y giraba como si desease recuperar su postura normal sobre el abismo. El vértigo semejaba conferirle una impresión de caída lenta e inexorable. La torre de la catedral se inclinó y giró debajo de él de un modo enfermizo, como en una pesadilla. Aturdido por el miedo y la agonía, Reynard vio la despiadada cara felina que se dirigía hacia él mostrándole los espantosos dientes. Sin explicarse cómo, aún empuñaba el martillo; una instintiva necesidad de supervivencia hizo que golpease con él a la gárgola, cuyas repulsivas facciones parecían aproximarse a su propia cara como una imagen en el clímax de una tormenta delirante y enajenada.

Pese a su resistencia, siguieron los movimientos compulsivos y las contorsiones; los talones lo arrastraron hacia fuera. En aquella postura inverosímil, la eficacia de los golpes disminuyó. La cabeza de la herramienta caía con irrisoria fuerza sobre el antebrazo cuyos curvos talones se le clavaban en el hombro cual ganchos de carnicería. El martilleo cesó con un agudo sonido quebrado; a medida que se precipitaba hacia el vacío, la gárgola se desvaneció de sus ojos. No vio nada más, salvo la oscura masa de la torre, que parecía alejarse de él por los aires, elevarse con inaudita rapidez hacia un cielo sin estrellas en el que la luz del sol tardío apenas si se notaba.

Fue el arzobispo Ambrosius quien, de camino hacia la catedral para oficiar la primera misa del día, se topó con el destrozado cuerpo de Reynard, boca abajo sobre la calzada. Sorprendido por tan terrible visión, se persignó nada más descubrir el objeto que seguía aferrado al hombro del desdichado y repitió el gesto más fervorosamente si cabía. Se acercó para examinarlo. Su infalible memoria de auténtico amante del arte lo reconoció enseguida. Y acto seguido, con idéntica claridad, comprendió que la pétrea extremidad, tan profundamente hendida en la carne del tallador, había cambiado inexplicablemente. Creía recordar que la zarpa siempre había estado distendida, ligeramente flexionada; ahora estaba rígidamente extendida, alargada como la de un predador que hubiese cazado alguna cosa o arrastrado una pesada carga con sus brutales talones.

Eleonora. Edgar Allan Poe (1809-1849)

Su conservaciones forme especificare salva anima.
(Raimundo Lulio)

Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la luz inefable, y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi.

Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que Edipo ante el enigma.

La amada de mí juventud, de quien recibo ahora, con calma, claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que había muerto hacía largo tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus promontorios, impidiendo que entrara la luz en sus más bellos escondrijos. No había sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi prima y su madre.

Desde las confusas regiones más allá de las montañas, en el extremo más alto de nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde saliera. Lo llamábamos el Río de Silencio, porque parecía haber una influencia enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando gloriosamente para siempre.

Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos sinuosos hasta su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes descendiendo a las profundidades de las corrientes hasta tocar el lecho de guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su excesiva belleza hablaba a nuestros corazones, con altas voces, del amor y la gloria de Dios.

Y aquí y allá, en bosquecillos entre la hierba, como selvas de sueño, brotaban fantásticos árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, mas se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave, salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes hojas que se derramaban desde sus cimas en largas líneas trémulas, retozando con los céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su soberano, el Sol.

Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde,. al terminar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel dulce día, y aun al siguiente nuestras palabras fueron temblorosas, escasas. Habíamos arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras una por una desaparecían las blancas margaritas, brotaban, en su lugar, de a diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgía en nuestros senderos, pues altos flamencos hasta entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa que habíamos observado largo tiempo en las regiones del Véspero flotaba en su magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más, día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión de grandeza y de gloria.

La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente como la breve vida que había llevado entre las flores. Ningún artificio disimulaba el fervoroso amor que animaba su corazón, y examinaba conmigo los escondrijos más recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos.

Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe sufrir el hombre, en adelante se demoró Eleonora en este único tema doloroso, vinculándolo con todas nuestras conversaciones, así como en los cantos del bardo de Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de la frase.

Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, anee ella y ante el cielo, que nunca me uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi juramento. Y la maldición de El o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, peto aceptó el juramento (pues, ¿qué era sino una niña?), y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía.

Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato. Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía, más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo poco a poco, en murmullos cada vez más sordos hasta que la corriente tornó, al fin, a toda la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y, abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba Irisada.

Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez —¡ah, pero sólo una vez!— me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos.

Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mí corazón. Ansiaba el amor que antes lo colmara hasta derramarse. Al fin el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo. Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana, lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella.

Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:

-¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora.

El espectro. Emilia de Pardo Bazán (1851-1921)

Mi amigo Lucio Trelles es un excelente sujeto, sin graves problemas en la vida y que parece normal y equilibrado. Como nadie ignora, esto de ser equilibrado y normal tiene actualmente tanta importancia como la tuvo antaño el ser limpio de sangre y cristiano viejo. Hoy, para desacreditar a un hombre, se dice de él que es un desequilibrado o, por lo menos, un neurótico. En el siglo diecisiete se diría que se mudaba la camisa en sábado, lo cual ya era una superioridad respecto a los infinitos que no se la mudarían en ningún día de la semana.

Ahora bien: Lucio Trelles sostiene la teoría de que desequilibrado es todo el mundo; que a nadie le falta esa «legua de mal camino» psicológica; que no hay quien no padezca manías, supersticiones, chifladuras, extravagancias, sin más diferencia que la de decirlo o callarlo, llevar el desequilibrio a la vista o bien oculto. De donde venimos a sacar en limpio que el equilibrio perfecto, en que todos nuestros actos responden a los citados de la razón, no existe; es un estado ideal en que ningún hijo de Adán se ha encontrado nunca, en toda su vida. Lucio apoyaba esta opinión con razonamientos que, a decir verdad, no me convencían. Me parecía que Lucio confundía el desequilibrio con los estados pasionales, que pueden desequilibrar momentáneamente, pero no son desequilibrios, pues son tan inevitables en la vida psíquica como otros procesos en la fisiología.

Ello es que a Lucio no le conocía nunca ni enamorado, ni encolerizado, ni apasionado, ni vicioso. Hasta me sorprendía la normalidad de su tranquila existencia, sazonada con distracciones de buen gusto y aun de arte, y dedicada a regir bien una fortuna pingüe y a acompañar y proteger a su hermana, con la cual se portaba lo mismo que un padre. Y solía yo decirle, cuando nos encontrábamos en una agradable tertulia adonde los dos concurríamos:

—Todos seremos desequilibrados, pero el desequilibrio de usted no se ve por ninguna parte.

Él meneaba la cabeza, y la confidencia parecía asomarse un segundo, como se asoma un insecto horrible a una grieta de la pared, retirándose apenas entrevé la claridad... Ya en el camino de las curiosidades, di en notar que algunas veces las pupilas de Lucio revelaban extravío. No era que bizcase; la expresión respondía a un espanto íntimo sin relación con los objetos exteriores.

Lucio solía ir a la tertulia donde más nos veíamos, con su hermana y en carruaje. Como le viese una noche salir a pie, me dijo que su hermana estaba un poco indispuesta, y él no había querido hacer enganchar. Entonces caminamos juntos. No hacía la luna, y las calles del barrio estaban oscuras y solitarias.

Íbamos hablando animadamente, cuando de pronto sentí que el cuerpo de mi amigo gravitaba sobre mi hombro, desplomado. Apenas tuve tiempo para sostenerle e impedir que cayese al suelo. Al hacerlo oí que murmuraba frases confusas, entre gemidos. Yo no sabía qué hacer. No veía nada que justificase el terror de Lucio. Sin duda sufría una alucinación.

No recobró el sentido hasta momentos después, y soltó una carcajada forzada y seca, para tranquilizarme. Anduvo unos instantes vacilando, y de súbito, volviéndose hacia mí, susurró con terror indescriptible, un terror frío:

—¿Y el gato? ¿Y el gato?

—¿Qué gato es ése? —pregunté asombrado.

—El gato blanco. ¡El que pasó cuando yo caí...!

Recordé que había visto, en efecto, una forma blanca, deslizarse rozando la pared. Pero ¿qué importancia tenía?...

—¡Ninguna para usted! -murmuró sordamente mi amigo.

Yo sentía el temblor de su cuerpo, el rechinar de sus dientes, y su mano crispada me asió, incrustándome los dedos en la muñeca. De su garganta, contraída, las palabras brotaron como un torrente, en la inconsciencia con que el semiahorcado se arranca el dogal.

—Claro, no puede usted entender... para usted un gato blanco no es más que un gato blanco... Para mí... Es que yo... No, aquello no fue crimen, porque el crimen lo hace la intención; pero fue una desventura tan grande, tan tremenda... No he vuelto a disfrutar de un día de paz, un día en que no me despierte con el pelo rizado... Mi disculpa es que yo tenía entonces veinte años... —añadió con un sollozo—. Desde la niñez, la vista o el contacto de un gato me producían repulsión nerviosa; pero no en grado tal que no pudiese dominarla si me lo propusiese. Lo malo es que en ese período de la juventud no quiere uno dominarse, no quiere sino hacer su capricho... Cree uno que puede dirigir la vida a su arbitrio, solazándose con ella, como con los juguetes. Esto ocurría hallándome yo en el campo, en compañía de mi madre y de mi tía Lucy, la que me ha dejado mi capital, pues mis padres no eran ricos.

—Cálmese usted. —dije, viéndole tan agitado y observando la poca ilación de lo que me refería.

—Sí, ya me voy calmando... Verá usted cómo es natural mi impresión.

¿Qué decíamos?

Sí; yo estaba en el campo con mi madre y con mi tía Lucy, solterona, que adoraba en su gato blanco, el favorito de la buena señora, siempre dormido en su regazo o acurrucado al borde de su falda. ¡Puf! ¡Qué gustos más raros! Yo -cosa de los veinte años, afán de dominar la vida y arreglarla a nuestro antojo- se la tenía jurada al bicho. Resolví que, si alguna vez lo atrapaba solo, su merecido le daría. Al efecto, llevaba siempre conmigo un diminuto bull-dog, y ya no veía el momento de meter una bala en la panza gorda del monstruo, del odiado animalejo. Después, me proponía hacer desaparecer sus restos..., y negocio concluido.

Fue una noche... Una noche como ésta; sin luna, de una oscuridad tibia, en que todo convidaba a vivir y a amar... Salí de mi cuarto con ánimo de espaciarme en el jardín. Había en él un cenador de madreselva... ¡lo estoy viendo! Era todo tupido, y de costado tenía una especie de ventanita cuadrada, practicada recortando las enredaderas. Distraído miré... En el marco del follaje se encuadraba un objeto blanco. Ni por un momento dudé que fuese el gato aborrecido.

Saqué el bull-dog, apunté... Hice fuego... Un grito me heló la sangre... Me arrojé al cenador... Mi madre estaba allí... Envolvía su cabeza una toquilla blanca...

—¿Muerta? -interrogué con ansia, empezando a comprender la historia.

—No... Herida levemente; rozadura; el pelo chamuscado...

Entonces... Mi madre me cobró horror... Nunca volvió a quererme... Nunca creyó mis protestas de que no intentaba asesinarla... Y murió poco después, de una enfermedad cardíaca, originada probablemente por la emoción... ¡Quedé bajo el peso del odio, de la eterna sospecha de mi madre!

—¿No la pudo usted convencer?

—Jamás...

Medité un segundo.

—¿Había algún motivo para que ella recelase que usted..., en fin, que usted... podía ser capaz... de... eso?

Sin duda herí una fibra sensible, porque Lucio se demudó y vaciló tambaleándose, próximo a caer de nuevo. Sus ojos, alocados, me miraron un instante. No contestó. Y al llegar a su casa, me dijo secamente, bruscamente:

—Buenas noches...

Nunca más, en ocasión alguna, volvió a hablarme del caso, por el cual un gato blanco es para él un espectro.

El entorno conveniente. Ambrose Bierce (1842-1914)

La noche:
Una noche de mediados de verano, el hijo de un granjero que vivía a unos veinte kilómetros de la ciudad de Cincinnati, cruzaba un bosque denso y oscuro siguiendo un camino de herradura. Se había desorientado mientras buscaba unas vacas perdidas, y cerca ya de la medianoche se encontraba muy lejos de su casa, en una zona con la que no estaba familiarizado. Pero era un joven valiente y, como conocía la dirección aproximada en la que se hallaba su casa, se metió en el bosque sin vacilar, guiado por las estrellas. Al encontrarse, el camino de herradura y observar que iba en la dirección correcta, lo siguió.

La noche era clara, pero en el bosque estaba todo muy oscuro. El muchacho se mantenía en el camino más por el sentido del tacto que por el de la vista. La verdad es que no era fácil perderse, pues los matorrales de ambos lados eran tan espesos que resultaban casi impenetrables. Se había introducido ya en el bosque unos dos kilómetros cuando se sorprendió al ver un débil rayo de luz que brillaba a través del follaje que bordeaba el camino por el lado izquierdo. Ver aquello le sorprendió e hizo que su corazón empezara a latir poderosamente.

—La casa del viejo Breede debe estar por aquí —dijo para sí mismo—. Éste debe ser el otro lado del camino por el que llegamos a ella desde nuestra casa. ¿Pero qué será esa luz encendida?

Sin embargo, siguió adelante. Al cabo de un momento había salido del bosque y había entrado en un pequeño claro en el que crecían sobre todo zarzales. Había restos de una valla podrida. A unos metros del sendero, en mitad del «claro», estaba la casa de la que procedía la luz a través de una ventana sin cristal. Lo había tenido en otro tiempo, pero hacía ya mucho que tanto éste como el marco que lo sujetaba había cedido a las piedras lanzadas por manos de muchachos aventureros que gustaban de poner a prueba tanto su valor como su hostilidad hacia lo sobrenatural; pues la casa Breede tenía fama de estar hechizada. Posiblemente no fuera así, pero hasta el más escéptico no podría negar que estaba desierta; lo que en las zonas rurales viene a ser lo mismo.

Al contemplar la misteriosa y débil luz que salía de la ventana en ruinas, el muchacho recordó con aprensión que su propia mano había ayudado a su destrucción. Lo patético de su arrepentimiento estaba en proporción con su tardanza e ineficacia. Casi esperaba que se lanzaran contra él todas las malevolencias ultraterrenas e incorpóreas a las que había ultrajado ayudando a romper sus ventanas y su paz. Pero este tenaz muchacho, sacudiendo todos sus miembros, no se retiró. La sangre de sus venas era fuerte y estaba enriquecida con el hiedo de los hombres de la frontera. Pertenecía a aquella raza que, dos generaciones atrás, había sometido al indio. Se dispuso a pasar junto a la casa.

Cuando estaba haciéndolo, miró por el espacio vacío de la ventana y contempló algo extraño y aterrador: la figura de un hombre sentado en el centro de la habitación, en una mesa sobre la que había unas hojas sueltas de papel. Tenía apoyados los codos en la mesa, sujetándose con las manos la cabeza, que llevaba descubierta. A cada lado, los dedos se introducían en los cabellos. A la luz de la única vela, que estaba un poco lejos, su rostro parecía de un amarillo mortal. La llama iluminaba ese lado del rostro, y el otro estaba en una sombra profunda. Los ojos del hombre estaban fijos en el espacio vacío de la ventana, con una mirada en la que un observador de más edad y más brío habría discernido algo de aprensión, pero que al muchacho le pareció que carecía totalmente de alma. Creyó que aquel hombre estaba muerto. La situación era horrible, pero no carecía de fascinación. El muchacho se detuvo para fijarse en todo. Se sentía débil y tembloroso; podía sentir que la sangre se le retiraba del rostro. Sin embargo, apretó los dientes y avanzó con resolución hacia la casa. No tenía ninguna intención consciente: era el simple valor que da el terror. Metió su blanco rostro por la abertura iluminada y, en ese instante, un lamento extraño y agudo, un grito, rompió el silencio de la noche: el canto de una lechuza. El hombre se puso en pie de un salto, derribó la mesa y apagó la vela. El muchacho escapó.

El día anterior:
—Buenos días, Colston. Parece que estoy de suerte. Siempre ha dicho usted que mis alabanzas de su obra literaria eran mera cortesía, pero aquí me encuentra absorbido, diría que sumergido, en su última historia aparecida en el Messenger. Si no llega a tocarme en el hombro, ni me habría dado cuenta de su presencia.
—La prueba es más poderosa de lo que usted parece entender —contestó el otro—. Es tan fuerte su deseo de leer mi historia que voluntariamente está renunciando a consideraciones egoístas y perdiendo todo el placer que podría obtener de ella.
—No le entiendo —contestó el primero plegando el periódico que sostenía y metiéndolo en el bolsillo—. De todas maneras ustedes, los escritores, son bastante raros. A ver, dígame lo que he hecho o dejado de hacer en este asunto. ¿En qué medida depende de mí el placer que obtengo, o podría obtener, de su obra?
—De muchas maneras. Permítame preguntarle si disfrutaría mucho de su desayuno si lo tomara en este coche público en la calle. Supongamos que el fonógrafo se ha perfeccionado tanto que puede darle una ópera entera: canto, orquestación y todo lo demás; ¿cree usted que le proporcionaría mucho placer si lo pusiera en marcha en el despacho mientras trabaja? ¿Importa realmente una serenata de Schubert cuando la escucha interpretada por un italiano inoportuno en un transbordador matinal? ¿Está siempre preparado y dispuesto para el placer? ¿Mantiene todos los estados de ánimo a su disposición, listos para cualquier demanda? ¡Permítame, señor, que le recuerde que la historia que me ha hecho el honor de empezar, como una manera de olvidarse de la incomodidad de este coche, es una historia de fantasmas!
—¿Y bien?
—¿Cómo que y bien? ¿Es que el lector no tiene deberes que se corresponden con sus privilegios? Usted ha pagado cinco centavos por ese periódico. Es suyo. Tiene el derecho a leerlo donde y cuando quiera. Gran parte de lo que contiene no se ve afectada, ni para bien ni para mal, por el momento, el lugar o el estado de ánimo; una parte exige en realidad que se lea enseguida: mientras se encuentra en efervescencia. Pero mi historia no tiene ese carácter. No es «lo último» de Fantasmalandia. No se espera de usted que esté au courant de lo que está sucediendo en la esfera de los espectros. La historia se conservará hasta que tenga usted tiempo para introducirse en el marco mental apropiado para el sentimiento de lo escrito; y respetuosamente opino que no podrá conseguirlo en un coche público, aunque sea el único pasajero. Ese tipo de soledad no es la adecuada. Un autor tiene sus derechos, que el lector está obligado a respetar.
—¿Puede darme un ejemplo concreto?
—El derecho a la atención continuada del lector. Negárselo es inmoral.

Compartir su atención con el traqueteo de un coche, con el móvil panorama de las multitudes por las aceras y de los edificios al otro lado —con cualquiera de las miles de distracciones de nuestro entorno habitual— es tratar al autor con grave injusticia. ¡Dios mío, es algo infame!

El que así hablaba se había puesto en pie y se sujetaba gracias a una de las cintas de cuero que colgaban del techo del coche. El otro hombre levantó la mirada y le contempló con repentino asombro, preguntándose si un agravio tan trivial podía justificar un lenguaje tan fuerte. Vio que el rostro de su amigo estaba inhabitualmente pálido y que sus ojos brillaban como carbones encendidos.

—Sabe a qué me refiero —siguió diciendo el autor, amontonando impetuosamente sus palabras—. Sabe perfectamente lo que quiero decir, señor Marsh. Mi historia aparecida en el Messenger de esta mañana está claramente subtitulada como «Una historia de fantasmas»; lo bastante grande como para que todos lo vean. Todo lector honorable entenderá con ello las condiciones en las que ha de leerse la obra.

El hombre al que se habían dirigido con el nombre de Marsh parpadeó un poco antes de preguntar con una sonrisa:

—¿Qué condiciones? Sabe usted que sólo soy un sencillo hombre de negocios y no se supone que deba entender de tales cosas. ¿Cómo, cuándo y dónde debería leer su historia de fantasmas?
—En soledad, por la noche, a la luz de una vela. Hay ciertas emociones que un escritor puede provocar con bastante facilidad: como la compasión o la alegría. Puedo conmoverle hasta las lágrimas o la risa casi bajo cualquier circunstancia. Pero para que mi historia de fantasmas sea efectiva debe disponerse a sentir miedo, por lo menos una poderosa sensación de lo sobrenatural, y eso ya es más difícil. Tengo derecho a esperar de usted que si quiere leerme me dé una posibilidad; que usted mismo se predisponga y se vuelva accesible a la emoción que trato de inspirar.

El coche había llegado ya a su destino y se detuvo. Acababa de completar el primer viaje del día y la conversación de los dos primeros pasajeros no había sido interrumpida. Las calles se encontraban todavía silenciosas y desoladas; las azoteas de las casas empezaban a ser rozadas por el sol naciente. Cuando se bajaron del coche y se marcharon caminando juntos, Marsh contempló atentamente a su compañero, del que se decía que era adicto, como casi todos los hombres de capacidad literaria poco frecuente, a diversos vicios destructivos. Ésa es la venganza que las mentes oscuras suelen cobrarse contra las más brillantes, por el resentimiento que les causa la superioridad de estas últimas. Se reconocía que el señor Colston era un hombre genial. Hay almas honestas que creen que la genialidad es un tipo de exceso. Se sabía que Colston no bebía alcohol, pero muchos decían que tomaba opio. Había algo en su aspecto de aquella mañana —un cierto salvajismo en la mirada, una palidez inusual, una manera de hablar rápida e impulsiva— que al señor Marsh le confirmó ese informe. Sin embargo, no era dado a abandonar un tema que le resultaba interesante, por mucho que excitara a su amigo.

—¿Quiere decir entonces que si me tomo la molestia de observar sus directrices —situarme en las condiciones que usted exige: soledad, nocturnidad y una vela de sebo— puede darme con su oro fantasmal un sentimiento incómodo de lo sobrenatural, tal como lo expresó? ¿Puede acelerar mis pulsaciones, que me sobresalte por los ruidos repentinos, transmitir una corriente fría y nerviosa por mi columna y hacer que se me erice el cabello?
Colston se volvió repentinamente hacia él y, sin dejar de caminar, le miró fijamente a los ojos.
—No se atrevería... no tendría usted el valor suficiente —dijo enfatizando las palabras con un gesto de desprecio—. Es lo bastante valiente para leerme en un coche público, pero en una casa desierta... ¡solo... en el bosque... por la noche! ¡Bah! Tengo en mi bolsillo un manuscrito que le mataría.

Marsh se sintió colérico. Se consideraba un valiente y aquellas palabras le molestaron.

—Si conoce usted algún lugar semejante, lléveme allí esta noche y déjeme su historia y una vela. Vuelva a por mí cuando haya tenido tiempo suficiente para leerla, le contaré la trama entera y... le echaré de allí a patadas.

Así es como ocurrió que el hijo del granjero, al mirar por la ventana sin cristales de la casa Breede, vio a un hombre sentado a la luz de una vela.

El día siguiente:
A última hora de la tarde del siguiente día, tres hombres y un muchacho se acercaron a la casa Breede por el mismo lugar por el que el joven había escapado la noche anterior. Los hombres estaban animados, reían y hablaban con voz potente. Hacían sobre la aventura del muchacho irónicos comentarios chistosos y humorísticos, pues era evidente que no le creían. El muchacho aceptaba sus bromas con seriedad y sin responderles. Tenía un sentido de lo apropiado de las cosas y sabía que el que afirma haber visto a un muerto levantarse de su silla y apagar una vela de un soplido no es un testigo creíble.

Como al llegar a la casa encontraron la puerta abierta, el grupo de investigadores entró sin ceremonial. Desde el pasillo principal se abría una puerta a la derecha y otra a la izquierda. Entraron en la habitación de la izquierda: la que tenía la ventana vacía. Había allí el cadáver de un hombre. Yacía sobre un costado, con el brazo debajo y la mejilla sobre el suelo. Sus ojos estaban muy abiertos y su mirada no resultaba agradable. Tenía abiertas las mandíbulas y un charquito de saliva se había formado bajo la boca. La habitación sólo contenía, aparte del cadáver, una mesa derribada, una vela parcialmente utilizada, una silla y un papel escrito. Todos contemplaron el cadáver y le tocaron el rostro por turnos. El muchacho se quedó en pie, en actitud grave, junto a la cabeza, asumiendo una actitud de propietario. Fue el momento de mayor orgullo de su vida. Uno de los hombres comentó que el chico había tenido razón, observación que fue recibida por los otros dos con asentimientos de aquiescencia. Era el escepticismo excusándose ante la verdad. Entonces, uno de los hombres cogió del suelo la hoja manuscrita y se dirigió hacia la ventana, pues ya las sombras de la tarde estaban oscureciendo el bosque. Se escuchó en la distancia el canto de un chotacabras, mientras un abejorro monstruoso salió velozmente por la ventana batiendo estruendosamente las alas hasta que se perdió a lo lejos. El hombre que había cogido el papel lo leyó:

El manuscrito:
Antes de cometer el acto que, correcta o equivocadamente, he decidido, y presentándome ante mi Hacedor para ser juzgado, yo, James R. Colston, considero mi deber como periodista hacer una declaración pública. Creo que mi nombre es tolerablemente bien conocido por la gente como escritor de relatos trágicos, pero ni la más sombría imaginación concibió nunca nada tan trágico como mi propia vida e historia. No en los incidentes: mi vida ha estado desprovista de aventura y acción. Pero mi historia mental ha estado repleta de experiencias como el asesinato y la condenación. No las volveré a contar aquí: algunas de ellas están escritas y dispuestas a ser publicadas en diversos lugares.

El objetivo de estas líneas es explicar a quien pueda estar interesado que mi muerte es voluntaria: es un acto que yo mismo he decidido. Moriré a las doce de la noche del quince de julio: un aniversario significativo para mí, pues en ese día y a esa hora mi amigo en el tiempo y la eternidad, Charles Breede, juró ante mí con el mismo acto que por su fidelidad a nuestra promesa ahora me obliga a mí.

Se quitó la vida en su pequeña casa de los bosques de Copeton. Dieron el habitual veredicto de "locura temporal'. Si hubiera testificado yo en la investigación, y hubiera dicho todo lo que sabía, ¡me habrían considerado loco!»

Venía después un pasaje más largo que el hombre leyó sólo para sí mismo.

El resto, volvió a leerlo en voz alta.
Me queda todavía una semana de vida para disponer mis asuntos mundanos y prepararme para el gran cambio. Es suficiente, pues mis asuntos son escasos y hace ya cuatro años que la muerte se convirtió para mí en una obligación imperativa. El escrito estará junto a mi cuerpo; ruego el favor, al que lo encuentre, de que lo entregue al juez.

JAMES R. COLSTON

Posdata: Willard Marsh, en este fatal día quince de julio, le he entregado este manuscrito para que sea abierto y leído en las condiciones acordadas y en el lugar que yo designé. Renuncio a mi intención de mantenerlo junto a mi cuerpo para explicar la forma de mi muerte, que no es importante. Servirá para explicar la forma de la suya. Tengo que ir a buscarle durante la noche para asegurarme de que ha leído el manuscrito. Me conoce lo suficiente para saber que acudiré. Pero amigo mío, eso será después de las doce de la noche. ¡Que Dios tenga piedad de nuestras almas!

J. R. C.

Antes de que el hombre que estaba leyendo el manuscrito lo hubiera terminado, habían recogido y encendido la vela. Cuando el lector terminó, acercó tranquilamente el papel a la llama y, a pesar de las protestas de los demás, lo sostuvo allí hasta que se convirtió en cenizas. El hombre que lo hizo, y que después aguantó plácidamente una severa reprimenda del juez, era un yerno del fallecido Charles Breede. En la investigación nadie pudo sacarle un relato inteligente de lo que contenía aquel papel.

De The Times:
Ayer, los comisionados del manicomio enviaron al asilo al señor James R. Colston, autor de cierta fama local relacionado con el Messenger. Se recordará que en la noche del día quince el señor Colston fue puesto bajo custodia por uno de sus compañeros de alojamiento de Baine House, quien había observado que actuaba muy sospechosamente, descubriéndose la garganta y afilando una cuchilla cuyo borde comprobaba de vez en cuando produciéndose cortes en la piel del brazo, etc. Al ser entregado a la policía, el infortunado presentó una desesperada resistencia, y desde entonces se ha mostrado tan violento que ha sido necesario ponerle una camisa de fuerza. Casi todos los demás estimados escritores contemporáneos de nuestro autor siguen en libertad.

El espectro. Horacio Quiroga (1878-1937)

Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un interés tales, que podrían llamar sobre nosotros la atención, de ser otras las circunstancias en que actuamos.

Desde uno u otro palco, he dicho; pues su ubicación nos es indiferente. Y aunque la misma localidad llegue a faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en pleno, nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representación, en un palco cualquiera ya ocupado. No estorbamos, creo; o, por lo menos, de un modo sensible. Desde el fondo del palco, o entre la chica del antepecho y el novio adherido a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos todo ojos hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con escalofríos de inquietud cuyo origen no alcanza a comprender, vuelve a veces la cabeza para ver lo que no puede, o siente un soplo helado que no se explica en la cálida atmósfera, nuestra presencia de intrusos no es nunca notada; pues preciso es advertir ahora que Enid y yo estamos muertos.

De todas las mujeres que conocí en el mundo vivo, ninguna produjo en mí el efecto que Enid. La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas las mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche, donde se alzó un solo astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a mirarme sin indiferencia, deteníame bruscamente el corazón . Y ante la idea de que alguna vez podía ser mía, la mandíbula me temblaba. ¡Enid!

Tenía ella entonces, cuando vivíamos en el mundo, la más divina belleza que la epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija de los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron únicos; y jamás terciopelo de mirada tuvo un marco de pestañas como los ojos de Enid; terciopelo azul, húmedo y reposado, como la felicidad que sollozaba en ella.
La desdicha me puso ante ella cuando ya estaba casada.

No es ahora del caso ocultar nombres. Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el extraordinario actor que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como éste y a la par de éste, las mismas hondas virtudes de interpretación viril. Hart ha dado al cine todo lo que podíamos esperar de él, y es un astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo que podíamos haber visto, cuando apenas en el comienzo de su breve y fantástica carrera creó —como contraste con el empalagoso héroe actual— el tipo de varón rudo, áspero, feo, negligente y cuanto se quiera, pero hombre de la cabeza a los pies, por la sobriedad, el empuje y el carácter distintivos del sexo.

Hart prosiguió actuando y ya lo hemos visto.

Wyoming nos fue arrebatado en la flor de la edad, en instantes en que daba fin a dos cintas extraordinarias, según informes de la empresa: El Páramo y Más allá de lo que se ve. Pero el encanto —la absorción de todos los sentimientos de un hombre— que ejerció sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura: Wyoming, que era su marido, era también mi mejor amigo.

Habíamos pasado dos años sin vernos con Duncan; él, ocupado en sus trabajos de cine, y yo en los míos de literatura. Cuando volví a hallarlo en Hollywood, ya estaba casado.

—Aquí tienes a mi mujer. —me dijo echándomela en los brazos.

Y a ella:

—Apriétalo bien, porque no tendrás un amigo como Grant. Y bésalo, si quieres.

No me besó, pero al contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de todos mis nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer.

Vivimos dos meses juntos en el Canadá, y no es difícil comprender mi estado de alma respecto de Enid. Pero ni en una palabra, ni en un movimiento, ni en un gesto me vendí ante Wyoming. Sólo ella leía en mi mirada, por tranquila que fuera, cuán profundamente la deseaba.

Amor, deseo... Una y otra cosa eran en mí gemelas, agudas y mezcladas; porque si la deseaba con todas las fuerzas de mi alma incorpórea, la adoraba con todo el torrente de mi sangre substancial.

Duncan no lo veía. ¿Cómo podía verlo?

A la entrada del invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming cayó entonces con el ataque de gripe que debía costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin hijos. Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba su mujer.

—No es la situación económica —me decía—, sino el desamparo moral. Y en este infierno del cine...

En el momento de morir, bajándonos a su mujer y a mí hasta la almohada, y con voz ya difícil:

—Confíate a Grant, Enid... Mientras lo tengas a él, no temas nada. Y tú, viejo amigo, vela por ella. Sé su hermano...No, no prometas. Ahora puedo ya pasar al otro lado...

Nada de nuevo en el dolor de Enid y el mío. A los siete días regresábamos al Canadá, a la misma choza estival que un mes antes nos había visto a los tres cenar ante la carpa. Como entonces, Enid miraba ahora el fuego, achuchada por el sereno glacial, mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba más.

Debo decirlo: en la muerte de Wyoming yo no vi sino la liberación de la terrible águila enjaulada en nuestro corazón, que es el deseo de una mujer a nuestro lado que no se puede tocar. Yo había sido el mejor amigo de Wyoming, y mientras él vivió, el águila no deseó su sangre; se alimentó —la alimenté— con la mía propia. Pero entre él y yo se había levantado algo más consistente que una sombra. Su mujer fue, mientras él vivió —y lo hubiera sido eternamente—, intangible para mí. Pero él había muerto. No podía Wyoming exigirme el sacrificio de la Vida en que él acababa de fracasar. Y Enid era mi vida, mi porvenir, mi aliento y mi ansia de vivir, que nadie, ni Duncan —mi amigo íntimo, pero muerto—, podía negarme.

Vela por ella... ¡Sí, mas dándole lo que él le había restado al perder su turno: la adoración de una vida entera consagrada a ella!

Durante dos meses, a su lado de día y de noche, velé por ella como un hermano. Pero al tercero caí a sus pies.

Enid me miró inmóvil, y seguramente subieron a su memoria los últimos instantes de Wyoming, porque me rechazó violentamente. Pero yo no quité la cabeza de su falda.

—Te amo, Enid —le dije—. Sin ti me muero.

—¡Tú, Guillermo! —murmuró ella—. ¡Es horrible oírte decir esto!

—Todo lo que quieras —repliqué—. Pero te amo inmensamente.

—¡Cállate, cállate!

—Y te he amado siempre... Ya lo sabes...

—¡No, no sé!

—Sí, lo sabes.

Enid me apartaba siempre, y yo resistía con la cabeza entre sus rodillas.

—Dime que lo sabías...

—¡No, cállate! Estamos profanando...

—Dime que lo sabías...

—¡Guillermo!

—Dime solamente que sabías que siempre te he querido...

Sus brazos se rindieron cansados, y yo levanté la cabeza. Encontré sus ojos al instante, un solo instante, antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus propias rodillas.

La dejé sola; y cuando una hora después volví a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los días, que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros corazones.

Porque en la alianza de Enid y Wyoming no había habido nunca amor. Faltóle siempre una llamarada de insensatez, extravío, injusticia -la llama de pasión que quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos de fuego-. Enid había querido a su esposo, nada más; y lo había querido, nada más que querido ante mí, que era la cálida sombra de su corazón, donde ardía lo que no le llegaba de Wyoming, y donde ella sabía iba a refugiarse todo lo que de ella no alcanzaba hasta él.

La muerte, luego, dejando hueco que yo debía llenar con el afecto de un hermano... ¡De hermano, a ella, Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmenso mundo!

A los tres días de la escena que acabo de relatar regresamos a Hollywood. Y un mes más tarde se repetía exactamente la situación: yo de nuevo a los pies de Enid con la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo evitarlo.

—Te amo cada día más, Enid...

—¡Guillermo!

—Dime que algún día me querrás.

—¡No!

—Dime solamente que estás convencida de cuánto te amo.

—¡No!

—Dímelo.

—¡Déjame! ¿No ves que me estás haciendo sufrir de un modo horrible?

Y al sentirme temblar mudo sobre el altar de sus rodillas, bruscamente me levantó la cara entre las manos:

—¡Pero déjame, te digo! ¡Déjame! ¿No ves que también te quiero con toda el alma y que estamos cometiendo un crimen?

Cuatro meses justos, ciento veinte días transcurridos apenas desde la muerte del hombre que ella amó, del amigo que me había interpuesto como un velo protector entre su mujer y un nuevo amor...
Abrevio. Tan hondo y compenetrado fue el nuestro, que aun hoy me pregunto con asombro qué finalidad absurda pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos encontrado por bajo de los brazos de Wyoming.

Una noche —estábamos en Nueva York— me enteré que se pasaba por fin El páramo, una de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba con ansiedad. Yo también tenía el más vivo interés de verla, y se lo propuse a Enid. ¿Por qué no?

Un largo rato nos miramos; una eternidad de silencio, durante el cual el recuerdo galopó hacia atrás entre derrumbamiento de nieve y caras agónicas. Pero la mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo húmedo de sus ojos y los míos no medió sino la dicha convulsiva de adorarnos. ¡Y nada más!

Fuimos al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con el rostro más blanco que la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sentí temblar bajo mi mano el brazo de Enid.
¡Duncan!

Sus mismos gestos eran aquéllos. Su misma sonrisa confiada era la de sus labios. Era su misma enérgica figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a veinte metros de él, era su misma mujer la que estaba bajo los dedos del amigo íntimo...

Mientras la sala estuvo a obscuras, ni Enid ni yo pronunciamos una palabra ni dejamos un instante de mirar. Largas lágrimas rodaban por sus mejillas, y me sonreía. Me sonreía sin tratar de ocultarme sus lágrimas.

—Sí, comprendo, amor mío... —murmuré, con los labios sobre el extremo de sus pieles, que, siendo un obscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona idolatrada—. Comprendo, pero no nos rindamos... ¿Sí?... Así olvidaremos...

Por toda respuesta, Enid, sonriéndome siempre, se recogió muda a mi cuello.

A la noche siguiente volvimos. ¿Qué debíamos olvidar? La presencia del otro, vibrante en el haz de luz que lo transportaba a la pantalla palpitante de la vida; su inconsciencia de la situación; su confianza en la mujer y el amigo; esto era precisamente a lo que debíamos acostumbrarnos.

Una y otra noche, siempre atentos a los personajes, asistimos al éxito creciente de El páramo.

La actuación de Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba en un drama de brutal energía: una pequeña parte de los bosques del Canadá y el resto en la misma Nueva York. La situación central constituíala una escena en que Wyoming, herido en la lucha con un hombre, tiene bruscamente la revelación del amor de su mujer por ese hombre, a quien él acaba de matar por motivos aparte de este amor. Wyoming acababa de atarse un pañuelo a la frente. Y tendido en el diván, jadeando aún de fatiga, asistía a la desesperación de su mujer sobre el cadáver del amante.

Pocas veces la revelación del derrumbe, la desolación y el odio han subido al rostro humano con más violenta claridad que en esa circunstancia a los ojos de Wyoming. La dirección del film había exprimido hasta la tortura aquel prodigio de expresión, y la escena se sostenía un infinito número de segundos, cuando uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis de un corazón en aquel estado.

Enid y yo, juntos e inmóviles en la obscuridad, admirábamos como nadie al muerto amigo, cuyas pestañas nos tocaban casi cuando Wyoming venía desde el fondo a llenar él solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la escena del conjunto, la sala entera parecía estirarse en perspectiva. Y Enid y yo, con un ligero vértigo por este juego, sentíamos aún el roce de los cabellos de Duncan que habían llegado a rozarnos.

¿Por qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado? ¿Qué presagio nos arrastraba como a sonámbulos ante una acusación alucinante que no se dirigía a nosotros, puesto que los ojos de Wyoming estaban vueltos al otro lado?

¿A dónde miraban? No sé a dónde, a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros. Enid debió de notarlo también, porque sentí bajo mi mano la honda sacudida de sus hombros.

Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de los espectros fotográficos danzando en la pantalla, remedando hasta en los más íntimos detalles una vida que se perdió. Esa alucinación en blanco y negro es sólo la persistencia helada de un instante, el relieve inmutable de un segundo vital. Más fácil nos sería ver a nuestro lado a un muerto que deja la tumba para acompañarnos, que percibir el más leve cambio en el rostro lívido de un film. Perfectamente. Pero a despecho de las leyes y los principios, Wyoming nos estaba viendo. Si para la sala, El páramo era una ficción novelesca, y Wyoming vivía sólo por una ironía de la luz; si no era más que un frente eléctrico de lámina sin costados ni fondo, para nosotros -Wyoming, Enid y yo- la escena filmada vivía flagrante, pero no en la pantalla, sino en un palco, donde nuestro amor sin culpa se transformaba en monstruosa infidelidad ante el marido vivo...

¿Farsa del actor? ¿Odio fingido por Duncan ante aquel cuadro de El páramo?

¡No! Allí estaba la brutal revelación; la tierna esposa y el amigo íntimo en la sala de espectáculos, riéndose, con las cabezas juntas, de la confianza depositada en ellos...

Pero no nos reíamos, porque noche a noche, palco tras palco, la mirada se iba volviendo cada vez más a nosotros.

—¡Falta un poco aún!... —me decía yo.

—Mañana será... -pensaba Enid.

Mientras el Metropole ardía de luz, el mundo real de las leyes físicas se apoderaba de nosotros y respirábamos profundamente.

Pero en la brusca cesación de luz, que como un golpe sentíamos dolorosamente en los nervios, el drama espectral nos cogía otra vez.

A mil leguas de Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba tendido sin ojos Duncan Wyoming. Mas su sorpresa ante el frenético olvido de Enid, su ira y su venganza estaban vivas allí, encendiendo el rastro químico de Wyoming, moviéndose en sus ojos vivos, que acababan, por fin, de fijarse en los nuestros.

Enid ahogó un grito y se abrazó desesperadamente a mí.

—¡Guillermo!

—Cállate, por favor...

—¡Es que ahora acaba de bajar una pierna del diván!

Sentí que la piel de la espalda se me erizaba, y miré: Con lentitud de fiera y los ojos clavados sobre nosotros, Wyoming se incorporaba del diván. Enid y yo lo vimos levantarse, avanzar hacia nosotros desde el fondo de la escena, llegar al monstruoso primer plano... Un fulgor deslumbrante nos cegó, a tiempo que Enid lanzaba un grito. La cinta acababa de quemarse.

Mas, en la sala iluminada las cabezas todas estaban vueltas hacia nosotros. Algunos se incorporaron en el asiento a ver lo que pasaba.

—La señora está enferma; parece una muerta. —dijo alguno en la platea.

—Más muerto parece él. —agregó otro.

¿Qué más? Nada, sino que en todo el día siguiente Enid y yo no nos vimos. Únicamente al mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al Metropole, Enid tenía ya en sus pupilas profundas la tiniebla del más allá, y yo tenía un revólver en el bolsillo.

No sé si alguno en la sala reconoció en nosotros a los enfermos de la noche anterior. La luz se apagó, se encendió y tornó a apagarse, sin que lograra reposarse una sola idea normal en el cerebro de Guillermo Grant, y sin que los dedos crispados de este hombre abandonaran un instante el gatillo.

Yo fui toda la vida dueño de mí. Lo fui hasta la noche anterior, cuando contra toda justicia un frío espectro que desempeñaba su función fotográfica de todos los días crió dedos estranguladores para dirigirse a un palco a terminar el film.

Como en la noche anterior, nadie notaba en la pantalla algo anormal, y es evidente que Wyoming continuaba jadeante adherido al diván. Pero Enid —¡Enid entre mis brazos!— tenía la cara vuelta a la luz, pronta para gritar... ¡Cuando Wyoming se incorporó por fin!

Yo lo vi adelantarse, crecer, llegar al borde mismo de la pantalla, sin apartar la mirada de la mía. Lo vi desprenderse, venir hacia nosotros en el haz de luz; venir en el aire por sobre las cabezas de la platea, alzándose, llegar hasta nosotros con la cabeza vendada. Lo vi extender las zarpas de sus dedos... a tiempo que Enid lanzaba un horrible alarido, de esos en que con una cuerda vocal se ha rasgado la razón entera, e hice fuego.

No puedo decir qué pasó en el primer instante. Pero en pos de los primeros momentos de confusión y de humo, me vi con el cuerpo colgado fuera del antepecho, muerto.

Desde el instante en que Wyoming se había incorporado en el diván, dirigí el cañón del revólver a su cabeza. Lo recuerdo con toda nitidez. Y era yo quien había recibido la bala en la sien.

Estoy completamente seguro de que quise dirigir el arma contra Duncan. Solamente que, creyendo apuntar al asesino, en realidad apuntaba contra mí mismo. Fue un error, una simple equivocación, nada más; pero que me costó la vida.

Tres días después Enid quedaba a su vez desalojada de este mundo. Y aquí concluye nuestro idilio.

Pero no ha concluido aún. No son suficientes un tiro y un espectro para desvanecer un amor como el nuestro. Más allá de la muerte, de la vida y de sus rencores, Enid y yo nos hemos encontrado. Invisibles dentro del mundo vivo, Enid y yo estamos siempre juntos, esperando el anuncio de otro estreno cinematográfico.

Hemos recorrido el mundo. Todo es posible esperar menos que el más leve incidente de un film pase inadvertido a nuestros ojos. No hemos vuelto a ver más El páramo. La actuación de Wyoming en él no puede ya depararnos sorpresas, fuera de las que tan dolorosamente pagamos.

Ahora nuestra esperanza está puesta en Más allá de lo que se ve. Desde hace siete años la empresa filmadora anuncia su estreno y hace siete años que Enid y yo esperamos. Duncan es su protagonista; pero no estaremos más en el palco, por lo menos en las condiciones en que fuimos vencidos. En las presentes circunstancias, Duncan puede cometer un error que nos permita entrar de nuevo en el mundo visible, del mismo modo que nuestras personas vivas, hace siete años, le permitieron animar la helada lámina de su film.

Enid y yo ocupamos ahora, en la niebla invisible de lo incorpóreo, el sitio privilegiado de acecho que fue toda la fuerza de Wyoming en el drama anterior. Si sus celos persisten todavía, si se equivoca al vernos y hace en la tumba el menor movimiento hacia afuera, nosotros nos aprovecharemos. La cortina que separa la vida de la muerte no se ha descorrido únicamente en su favor, y el camino está entreabierto. Entre la Nada que ha disuelto lo que fue Wyoming, y su eléctrica resurrección, queda un espacio vacío. Al más leve movimiento que efectúe el actor, apenas se desprenda de la pantalla, Enid y yo nos deslizaremos como por una fisura en el tenebroso corredor. Pero no seguiremos el camino hacia el sepulcro de Wyoming; iremos hacia la Vida, entraremos en ella de nuevo. Y es el mundo cálido del que estamos expulsados, el amor tangible y vibrante de cada sentido humano, lo que nos espera entonces a Enid y a mí.

Dentro de un mes o de un año, ella llegará. Sólo nos inquieta la posibilidad de que Más allá de lo que se ve se estrene bajo otro nombre, como es costumbre en esta ciudad. Para evitarlo, no perdemos un estreno. Noche a noche entramos a las diez en punto en el Gran Splendid, donde nos instalamos en un palco vacío o ya ocupado, indiferentemente.

El entierro prematuro. Edgar Allan Poe (1809-1849)

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso "dolor agradable" ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé, o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables.

He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!

Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos...

¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma?

Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión, a priori, de que tales causas deben producir tales efectos, de que los conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros.

Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro del Congreso- fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer horriblemente murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición.

La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta.

Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.

En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era señorita Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre literato o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre.

Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a golpearla. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.

Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América.

Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.

La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características.

Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.

Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre.

Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba.Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación.Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.

La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación.

El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen post-mortem, pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado.

Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.

Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.

Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro.

El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.

Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas.

La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede.

No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal...

Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.

Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.

Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento.

Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.

Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión.

En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de "gusanos, de tumbas, de epitafios" Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre.

Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea.

De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De. repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: "¡Levántate!"

Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:

-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito- replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?... ¡Mira!

Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:

-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso? Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: "¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?"

Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente.

Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación.

Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme.

Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre?. ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!

Llegó una época- como me había ocurrido antes a menudo- en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón.

Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertado de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido.

Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro.

La desesperación- tal como ninguna otra clase de desdicha produce-, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre.

Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.

El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd.

Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.

La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima.

Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea.

-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz, como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo..
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés?- dijo un cuarto.

Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria.

Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.

Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste.

En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde, aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos.