jueves, 16 de abril de 2015

El cigarro. S.

Hace ya varios años atrás, cuando realizaba mi servicio militar, me tocó realizar la guardia en un lugar que cariñosamente llamábamos "el campo de los lamentos", muchos cabos y militares antiguos nos contaban historias sobre los lugares donde debíamos realizar las guardias, historias como el soldado que se volvió loco y mató a sus compañeros de patrulla (soldado que algunos conocimos ya que estaba en un calabozo del regimiento), o de como muchos soldados con depresión que se suicidaban.

Bueno, la noche que debía realizar la primera guardia en ese lugar, que estaba alrededor de 5 Km. de distancia del regimiento, en medio del bosque de la XI región, cuando íbamos caminando con el cabo de guardia quien debía dejarme y retirar al soldado que estuvo durante el día, me empezó a hacer comentarios, que en ese momento tomé como bromas, sobre que nunca mirara el sendero cuando la luna llena se ponía encima de el, o que siempre tuviera un cigarrillo sin fumar en el tronco frente a la garita, me decía: después sabrás porque mientras se reía.
Cuando llegamos a sacar al soldado de la guardia anterior, este me toca la espalda y en un tono serio me dice:
-Supongo que trajiste cigarros -a lo que respondí: yo no fumo
Me miró y me entregó 3 cigarrillos, mientras me decía en un tono sarcástico que era mi salvador, cuando ya eran las 12 de la noche o 1 de la madrugada, y el frio y el sueño empezaban a ganarme, sentí unos pasos cerca de la garita, pensé que podía ser algún animal y no le di importancia, pero seguían y seguían y eran pisadas de botas, así que salí con mi fusil y empecé a preguntar quien estaba allí, no contestó nadie así que empecé a mirar y no, no había nadie, así que volví a la garita.
Cuando de pronto algo la golpea muy fuerte, y cuando salgo a mirar, frente a mi había una pequeña luz roja, como de un cigarrillo, que subía y bajaba y se prendía como cuando alguien aspira un cigarro, de miedo no pude reaccionar y así estuvo el cigarrillo, yo lo miraba pero en ningún momento se apagó. Estuvo alrededor de 3 a 4 horas haciendo lo mismo, siempre el mismo cigarro, nunca se apagaba, cuando llegó el otro día y el relevo nuevo me di cuenta que los cigarrillos que me había pasado el otro compañero y que yo había dejado dentro de la garita, no estaban.

El dueño de mi casa. H.

Donde yo vivo, un pequeño apartamento en una zona tranquila y más o menosnprivilegiada, vivía un hombre de mediana edad, no recuerdo el nombre, creo que eranun tal Pedro, que por cierto, ya está muerto. Cuando nos mudamos(vivo con mi mamá y papá), mi madre se enteró de lo que sucedió aquí.

El caso es que el Sr. Pedro, cuando vivía aquí, los vecinos lo conocían y el era muy
amigo de estos, ya que según me dice mi madre era una persona bastante agradable y
bonachona, hasta que se enteró de que tenía cáncer en el cerebro, algunos vecinos
decían que era por el tumor, que le habia cambiado bastante la actitud, incluso hubo
una serie de encuentros desagradables, conflictos, disputas. Había sido tan horrible,
que cuando lo operaron éste se había mudado, no se exactamente a donde, unos años
después mi abuelo materno compró el apartamento y se lo dejó de herencia a mi madre.
Actualmente seguimos viviendo aquí, mi madre había conocido al Sr. Pedro antes de
que éste muriera.
Debo decirles que esta no es la verdadera historia, es sólo la introducción de lo
que posiblemente explique lo que nos pasa a mi familia y a mi en este pequeño
apartamento. Constantemente, en el pasillo que da hacia el baño, se escuchan, o
mejor dicho, se sienten pasos si uno no esta caminando, cuando me siento en la sala
a ver televisión por la noche, si me quedo hasta las altas horas siento que los
mismos pasos van hacia la cocina. Todo esto no puedo estar imaginándolo, ya que mi
padre tambien escucha los mismos pasos, ademas de que se siente una presencia en el
baño donde generalmente se sienten, como si alguien estuviera atrás tuyo,
observándote, vigilándote.
Mi padre dice que eso no es un fantasma, que cuando en un lugar han habido una
serie de conflictos, esa energia negativa se queda ahí, y se manifiesta a través de
sonidos e imágenes extrañas e inexplicables, pero estoy empezando a no creerle, ya
que siento que a veces alguien me sigue, y cuando me acuesto a leer en un sofa en la
sala silenciosa, siento que susurran mi nombre en mi oreja, haciéndome dar un
respingo. Hasta mi madre, que no cree en esas cosas le ha parecido que yo le paso al
lado en la cocina, cuando en realidad estoy en la sala o incluso, cuando no estoy en
casa.
Pero eso no es lo peor, ya me acostumbré a los pasos y susurros, que no son nada
comparados con lo que me ha pasado hace dos años. Mis padres se estan separando, mi
papa no se a ido de la casa todavia asi que duerme donde antes lo hacia yo, ahora
duermo en el cuarto de mi madre, pero cuando seguia durmiendo hay me pasó la cosa
mas extraña.
Eran las 5:10, cuando despierto y aun acostada veo hacia la puerta , que esta
al lado del baño en la que generalmente se escuchan los pasos y mas despues el
cuarto de mis padres, me parece ver a mi papá apoyado en el marco, o eso crei, yo
tendria como 12 años, estaba todavia con un poco de sueño y le pido a este si me
podria dar un vaso de agua, pero no me responde, en eso lo miro detalladamente y me
doy cuenta de que ¡¡¡no era mi papa!!!. Al darme cuenta y dispuesta a pararme,
cuando le iba a preguntar quien era, este desaparese como si fuera humo, con una
sonrisa en los labios.
No se que habia sucedido, no se si era mi imaginación o era el Sr. Pedro, que al
parecer sigue viviendo aqui entre nosotros, quizas extraña su antigua casa o quizas
es solo su recuerdo, que sigue hay como una energia tal y como dice mi papa, pero de
lo que si estoy segura es que cuando estoy sola en casa, en realidad, no estoy sola,
pero para nada estoy sola...

El sepulcro. R.H.G.

No grites, no intentes huir, estarás atrapado en el Sepulcro...
Relato narrado por José Alfredo. Abril de 1988


Aún recuerdo el día en el que tuve un altercado con mi esposa. El motivo era por una situación económica.
Para no prolongar la discusión, mi cónyuge decidió pasar las vacaciones de primavera con su madre. La última vez que la vi fue salir por la estrecha puerta cargando con su maleta y dirigirse hacia al taxi.
Mi cabeza descansó un poco. Aburrido, tomé una libreta, en una de las hojas blancas dibujé un sepulcro, incluso escribí el epitafio. Fúnebre pensamiento atravesaba por mi mente mientras dibujaba, sentía deseos de morir.
Me acerqué al estante, tomé un libro al azar, se trataba de un libro del autor Edgard Allan Poe. Leí una narración que hablaba sobre los enterrados vivos. Imaginé como sería ser enterrado vivo. Eso fue lo último que recordé, un sopor me fue invadiendo lentamente hasta caer en un letargo.
Sólo veía oscuridad perpetúa.

Al abrir los ojos me percaté que no me encontraba en casa ¡estaba en un cementerio!, me incorporé , sacudí la tierra de mi ropa. Comencé a recorrer el lugar, no conocía ese lúgubre cementerio. El cielo estaba encapotado de enormes nubes; en un viejo árbol se hallaba sobre sus ramas un enorme cuervo quien comenzó a graznar haciendo ese lugar más tétrico.
No sabía si era de día o de tarde. Al seguir caminando, me quedé atónito. Mi boca que do abierta al contemplar un sepulcro...¡era la misma lápida que había dibujado en el cuaderno!, no puede ser cierto, ¿acaso estaba yo muerto?, me acerqué a leer el epitafio; en el registro de mi nacimiento y muerte no concordaban con el mio. Decía: 18231860. MALDECIDO EN LA HOGUERA POR PRACTICAR LA MAGIA NEGRA.

Me levanté sorprendido; tenía que salir de esa locura de una vez por todas. De repente, escuché unos pasos a mis espaldas; la figura de dos mojes caminaban en el cementerio. Al verme se quedaron estupefactos, por unos instantes quedaron inmóviles para después gritar como lunáticos.
¡El anticristo ha vuelto, el anticristo ha vuelto! gritaban al unísono.
Ambos monjes tomaron dos antorchas encendidas ¡y corrían hacía mi!...No dude más y corrí, a mis espaldas escuchaba sus reproches, como que me iba condenar en el infierno. Sin fijarme, tropecé al parecer con una de las raíces de ese árbol donde se hallaba el cuervo. Pude ver una enorme piedra en el suelo, con la cual caí sobre ella, la filosa punta de esa piedra perforó mi vientre. En seguida, comencé a perder el sentido en cuestión de segundos. Esa eterna oscuridad regresó a mis ojos.
Abrí los ojos nuevamente, seguía viendo esa oscuridad. ¿Qué esta pasando?, ¡no puedo moverme, si quiera para extenderme unos cuantos centímetros!, mi cuerpo chocaba con algo que hacía un sonido hueco. No puedo creerlo...¡ESTABA ENTERRADO VIVO!

Comencé a jadear al no recibir oxígeno. Intempestivamente una luz me dejó ciego y absorto por un momento. Tarde unos segundos para darme cuenta de la situación; esos hombres eran dos profanadores de tumba ¡y sin darse cuenta , me habían liberado de mi sepulcro!, en cuanto me incorporé, ambos sujetos corrieron despavoridos.
Débil, me encaminé hacia mi casa.
Al verme mi mujer, corrió con lágrimas en los ojos hacía mi. Quería que me explicaran que fue lo que ocurrió.
Al llegar a casa, te encontré sobre la cama, dijo mi esposa aun con la emoción y miedo en sus palabras no tenías pulso, ¡estabas muerto!
Ella me contó que me habían enterrado hace una semana, me miré en el espejo, estaba pálido y muy delgado. Mi esposa y yo nos fundimos en un abrazo.
Esa es mi historia, ese día que me había dejado marcado de por vida. Nunca olvidare que estuve en mi sepulcro, y quién sabe cuando volvere hacía el.

El beso del muerto. S.

Este relato, asiduo lector, guarda una verdad que ha roto varios corazones, y robado romances. Depende de ti encontrarla... Estaba cerrando la puerta de la cripta, cuando recordó que había olvidado la pala y sus guantes adentro. Suspirando con exasperación, movió el pestillo y jaló la manija, dejando que la luz de la media tarde bañara los ataúdes.

Divisó los malgastados guantes en el suelo de paja, debajo de una pequeña inscripción en uno de los féretros, la cual rezaba: "Francisca V. del Valle. Su cuerpo descansa, su alma camina junto a la paz del Señor." A un costado estaba incrustada una brillante crucecilla.
Daniel se volvió, antes de irse, para dedicar una última mirada:
El ataúd de la señora Valle, izquierda, bien...
Señorita Catalina I. del Valle, abajo a la derecha, sí...
El joven José allí estaba, y, apoyada sobre el colchón de hierbas, Francisca.

Piel blanca y labios rojos, hirientes. Daniel no podía evitar pasarse una mano por la boca.
Inconsciente, se sentó sobre la paja, apoyando la cabeza en la vieja madera de una de las paredes del cuarto.
Se había ofrecido por un par de monedas a encargarse de ese santuario en particular, y a ser quien, personalmente, lo cerrase por última vez, al fallecer su miembro final.
La noche anterior había caído Francisca.
Una vez a la semana, ella se acercaba al cementerio para "visitar" a los que alguna vez habían sido su familia, pero nunca, ni Daniel ni ella, hubieran imaginado que se encontraba pronta una visita más larga de lo normal. Mucho más larga.
Los dos habían hilado una relación que no se podía definir bien si de compañerismo o reciprocidad, ya que era Daniel quien siempre se acercaba para conversar.
Empero, esas conversaciones duraban horas... Horas que hacían olvidar a Francisca (con un brazo apoyado sobre una lápida, sonriendo jubilosamente) a qué había ido a ese lugar. Un cementerio no era un espacio muy común para citarse; de todas formas, ellos lo hacían.
Pero había sido esa polvorosa tarde de Agosto, cuando ese "hilo" finalmente se rompió.
Fue cuando Daniel la miró de esa forma, cuando sus dedos acariciaron sus hombros con esa suavidad, cuando él, triunfante, se acercaba a su rostro y cerraba los ojos...

¿Daniel? ¡Daniel, qué haces! ¡Aléjate de mí!
¡Daniel!
Y ahora, encerrada en un cajón de roble, con el sudario blanco en lugar del vestido rosa gracioso, con los párpados muertos y los rizos desteñidos, ella seguía susurrando.
¡Daniel, Daniel aléjate! No voy a besarte... No voy a...
Todo lo que habían construido se desmoronaba, se rompía, sólo porque...

Quizá Daniel había sido un idiota.
Quizá no había tenido suerte, porque él... él no había podido... aunque lo había tratado con toda su alma...

...no había podido besarla.
Daniel flaqueaba en un pie mientras la puerta de la muerte se cerraba rotunda y chirriante; entonces él miraba hacia abajo, y una lágrima marcaba el maldito final.
...No había podido besarla.
Su cuerpo se estremeció al escuchar las campanas de la iglesia cercana, y se dio cuenta de que aún se encontraba en la cripta, con la mirada perdida hacia los ataúdes.
Se levantó, y se dirigió hacia la salida. La desesperación lo asaltó levemente al comprobar la prematura existencia de la oscuridad: la ventana al fondo de la habitación revelaba una fluctuante y borrosa luna. Pero cuando intentó girar la manija para abrir la puerta, notó que ésta no cedía. Apoyado sobre el umbral, empujó la astillosa madera con un hombro, pero le era imposible aplicar más fuerza, y la puerta continuaba intacta.
Comenzó a gritar, al tiempo que daba sordos puñetazos alrededor del marco. Sus gritos se convirtieron en susurros, y éstos, en un gemido pausado y doloroso.
Las sombras nocturnas ya habían empezado a envolver el cuarto, y su miedo aumentó aún más.
Se sentó sobre la hierba, y con actitud infantil se abrazó las rodillas. Ahora la oscuridad casi lo cegaba, y pensó que quizá debía pasar la noche allí...
La idea no era del todo agradable (sólo muerto dormiré entre los muertos, se dijo con acritud), así que planteó que si realmente quería salir de ese lugar, era mejor pensar con claridad.
Resolvió que, quizá, el sereno había llaveado la puerta de la cripta, convencido de que Daniel no se encontraba dentro. Y, como él estaba tan absorto reviviendo su ingrato pasado, mirando hacia los ataúdes, no había sentido el característico ruido metálico.
¡Eso era! ¡Los ataúdes! Tal vez, si los apilaba correctamente, uno arriba de otro, podría obtener cierta altura y así llegar hasta la ventana al final de la cámara. Una vez allí, saltaría, y no habría nada más que hacer. Parecía algo... atroz, aterrador, pero fue en lo único que pudo pensar. El miedo había colonizado cada fibra de su ser.
Esto fue lo que hizo: movió el ataúd de José Valle, de manera que quedara sobre el de Francisca, y, el ataúd de la señora Valle y Catalina, encabezando la "escalera".
Se colocó los guantes con dificultad (las manos le temblaban), para no resbalarse cuando se sostuviera de ellos, y subió, cuidadosamente, escalón por escalón, sosteniéndose del borde de los cajones.


Con un suspiro de alivio, alcanzó con la palma el alféizar de la ventana. Alzó la otra mano, y pudo asomarse hacia fuera. Era un tanto extraño estar parado sobre un cajón antropomorfo, en el que, siniestramente, la luna tocaba con su estela de luz unas letritas plateadas, Ana M. del Valle.
Reforzó sus brazos en un amague de impulsarse hacia arriba, pero algo le hizo permanecer en esa posición.
Había creído sentir un ligero movimiento.
No le dio importancia, e intentó llegar arriba una vez más. Levantó los ojos hacia la Luna, que lo miraba soberbia, en medio de un paisaje azul marino salpicado de blanco. Tal belleza le recordaba a Francisca, y la última vez que la había visto. Todo era puro, pulcro, blanco... Todo se volvía oscuro, sucio, tétrico... Luego más, y más, volviéndose de un añil impío que no aceptaba vueltas atrás... "No voy a besarte"...
Ella se había negado ante Daniel. Se negaba a hacerlo feliz. Se acomodaba antes de partirle el alma.
Decidió que era mejor levantar un pie primero, para subir con mayor facilidad.
Ahora la oscuridad era total, y Daniel se disponía a alzar una pierna cuando...

Sin darse cuenta, al levantar la pierna derecha, había proporcionado cierto peso al pie opuesto, lo que le había impedido resistirse a resbalar sobre la tapa del ataúd, dejándolo desnivelado.
Segundos después, éste cayó.
Entonces Daniel perdió el equilibrio, y sus manos abrazaron el aire. El ataúd de la señora Valle partió el de Catalina, dejándolo entreabierto, y éste se desacomodó al tiempo que se destruía sobre el de José. El féretro entonces, a causa del impacto, se bamboleó hacia un lado y despedazó el de Francisca, despojándolo de su tapa.
Todo ocurrió con sonidos espantosos.
Daniel cayó, dándose fuertemente contra la madera del ataúd de Francisca Valle.
Antes de intentar levantarse, sintió en una región del rostro una superficie suave y fría. Temblando, trató de mover la cabeza, y sus labios alcanzaron un área húmeda, sinuosa, que se abría de par en par, descubriendo una pieza mojada, dulce...

Terror de la muerte. A.

En un pueblo de aquí de mi zona una mujer muy querida por todo el pueblo se desplomó en medio de la calle. tuvo una muerte inesperada, nadie se esperaba que esa señora que aunque estuviese mayor gozaba de excelente salud muriera así, tan de repente. el caso es que todo el mundo fue a su funeral.
Esa misma noche unos chicos se aventuraron en el cementerio en busca de fantasmas y pasar un poco de miedo pero cuando llegó la hora de marcharse uno de ellos no aparecía por ningún lado. sus amigos asustados lo empezaron a llamar desesperados. por fin lo encontraron en un rincón, debajo de una preciosa cruz de piedra. sus amigos le preguntaron si le daba miedo estar allí y porque estaba tan asustado. El niño no respondió tenía la mirada perdida y sus ojos en lágrimas; la expresión de terror que mostraba aquel chico era tan impactante que si en el diccionario hubiese que poner caras la suya expresaría perfectamente la palabra pánico.
el no supo decirles que le pasaba, parecía que se había quedado mudo de repente. estaba realmente muerto de terror.
Los amigos insistían una y otra vez que dijese lo que le ocurría pero el chico no contestó, lo más que pudo fue mirar hacia una tumba que había cerca de él, entonces uno de ellos dijo - silencio escuchad-
Cuando todos callaron escucharon unos fuertes golpes, ruidos y unos terribles gritos de desesperación que venían precisamente de la tumba de la señora enterrada ese mismo día, la mujer a la que todos querían tanto.
Los niños sin pensarlo dos veces huyeron de allí a toda prisa sin mirar atrás, uno de ellos hasta se orinó encima. cuando salieron avisaron al guarda que vigilaba el cementerio, ya que desde hacía algún tiempo se habían encontrado tumbas profanadas, serían perturbados como yo digo. al llegar todos a la tumba el incrédulo guarda también pudo escuchar aquellos gritos de desesperación, inmediatamente corrió y avisó al alcalde. a la mañana siguiente y con el permiso de la familia que trabajo les costó abrieron la tumba y allí estaba....la señora muerta. no vieron nada extraño en ella. Pero uno de ellos se fijó, entonces todos pasaron verdadero pánico. en el interior de la tapa del ataúd se podían apreciar unas marcas, eran los arañazos de la señora que al despertarse encerrada en ese claustrofóbico lugar, a oscuras, sola y presa del pánico destrozó sus uñas y dedos con la esperanza de que alguien la oyera y poder salir de allí.
Los presentes vieron como sus uñas estaba desgastadas y sus dedos en carne viva. la señora no había muerto del todo pero por alguna extraña circunstancia la dieron por muerta y acabó su vida despertándose en un ataúd y verse así en ese sitio tan frío y a oscuras y sin saber donde estaba......aterrador.
el niño que estaba en el cementerio que no podía ni hablar por el terror que estaba pasando era mi abuelo. y hoy en día cuando cuenta la historia todos pasamos verdadero terror y angustia.

Enfermedad progresiva. D.

Betty fue una prima mia. Hermosa, alegre, soltera, de tan solo 21 años, ojos verdes y un cabello rizado con unas exquisitos reflejos dorados. Todos le adorabamos y nos encantaba visitarla, ella era tan libre y bondadosa.

Un día que fuimos a darle compañía, abrió la puerta y nos saludó con su alegre mirada: Pasen, pasen bienvenidas. Nos sentamos en los muebles aseados y olorosos a flores maravillosas: ya les traigo un juguito esperense agradecimos y esperamos a que llegara con el jugo tan rico que preparaba con esas manos energicas.
Había regresado con los jugos, pero extraña, puso el jugo en la mesa y nos dijó: hola como estan? acaban de llegar verdad, no escuche la puerta pero menos mal que entraron, debo ser mas cuidadosa, ya les traigo un jugo. Quedamos sorprendidas porque ella nos abrió la puerta, y no se acordó de eso, ¿tal vez se le olvido? eso creímos. Nos trajo las segunda ronda de jugos, y mi mamá le preguntó con curiosidad: Betty, porque dices que no escuchaste la puerta, si tu nos abriste ¿que pasa se te olvidó? a lo que ella respondió: no yo no les abrí ustedes entraron por su cuenta yo me quede sorprendida ¿quién nos pudo abrir? ¿Su gemela? logicamente era ella pero algo le pasaba.
Llegó la noche y nos despedimos, pero no la pasamos como de costumbre con cosas locas como las que ella hacía, solo nos trataba como extrañas.
En otro amanecer, otro día, estabamos aburridas mi mamá y yo entonces decidimos pasear algún rato por la calle. Vimos a Betty a lo lejos extraña muy rara, estaba cojeando, no podía caminar bien y estaba descalza. Pero la alcanzamos y pudimos observarla, su rostro estaba pálido y veía con un ojo ya que estaba virola: Betty que pasa contigo vale cada vez te veo peor ¿tienes alguna enfermedad? dijó mamá. Buenas señorita ¿quién es usted la conozco? nos respondió muy naturalmente, ya no nos recordaba ya no sabía nada Betty ¿bromeas? mamá insistió Señora no la conozco debo irme dejeme tranquila. Y comenzó a correr lo más que podía pues cojeaba sin razón alguna, ya que tenía sus piernas en buen estado.
Mamá y yo no la fuimos a visitar como en un mes, y el día que se nos ocurrió pasar por aquella casa en que ya no eramos bienvenidas, Betty nos abrió la puerta con mucha cordialidad: Hola como estan? estas muy grande Danielita, hace meses que no vienen que ha pasado?, en fin no importa pasen, bienvenidas. La alegría volvió en mí ya nos había recordado, aunque sus deficiencias físicas continuaban estropeando su cuerpo: Virola y coja. Nos trajó un jugo como de costumbre empezamos a tomarlo, pero ella empezó a tener unas convulsiones, como ataques de pilexia, y era díficil de controlar ya que temblaba demasiado fuerte. Al terminar las convulsiones, mi mamá y yo decidimos llevarla al hospital, ya que ella no estaba en condiciones de salud. Le hicimos un exámen y el resultado nos apretó el córazon como una puñalada: Betty tenía un tumor cerebral.
Lloramos mucho y Betty no nos comprendía solo nos trataba de calmarnos como si de ella no se tratara. Su tumor no tenía cura ya que se encontraba una parte muy delicada del cerebro.
La enfermedad progresaba cada vez más, Betty no recordaba a nadie ni a su madre, ni a mi ni a nadie en absoluto. Sus ojos miraban su nariz fijamente, y el tanto cojear le dobló la cadera; por lo que ahora si cojeaba, tenía convulsiones, y vomitaba sin que ella lo supiera; por lo menos estaba comiendo y vomitaba, ya su cuerpo no le avisaba, sus uñas estaba partidas ya que la chocaba contra la pared, y algunas veces reconocía a mi mamá pero solo por instantes. No iba al baño y hablaba con uno pero no sabia quien eras, en realidad fue una experiencia dolorosa ya que ese ser tan maravilloso tenía la muerte firmada.
Un día, el ultimo de Betty, comenzaron la convulsiones pero esta vez duraron muchisimo demasiado, y cuando terminaron Betty estaba desintegrada por completo, no puedo ni explicarlo recordarlo me duele mucho. La pusimos en el patio donde fue su lugar favorito, y ella nos miraba a todos, (claro no sabía quienes eramos) sin dolor solo eran miradas vacías, llenas de un alma sin vida. Sujeto la mano de su madre y la mía muy suave como todo lo de ella, y cerró los ojos, toque el pulso en su mano y sentí el ultimo latido, y dije con lagrimas en la cara y la garganta atorada y adolorida: ¡¡Ya!!. Fue algo espontaneo no pude evitarlo, cuando lo dije todos lamentaron su muerte. Pero en mi mano pude sentir que la mano de Betty volvio a apretar la mía muy fuerte y su dedo hizo una caricia en mi muñeca, me llene de esperanza y deje de llorar, pero Betty paralizó su dedo y dejó su mano caer en la tierra humeda del patio.
Ese fue su ultimo movimiento y mis manos siempre lo recordaran.