domingo, 19 de abril de 2015

El fresno. M.R. James (1862-1936)

El que ha viajado por el este de Inglaterra conoce las casa residenciales que la salpican: pequeños edificios húmedos, de estilo italiano, en general, rodeados de parques extensos. Siempre me han atraído particularmente: con su empalizada gris de roble, árboles nobles, lagos, y la línea distante del bosque. Adoro esos pórticos con columnas, también sus bibliotecas, donde uno puede encontrar desde un salterio del siglo XIII a una edición antigua de Shakespeare. Por supuesto, me gustan los cuadros; pero sobre todo me gusta imaginar la vida en una casa así, en los tiempos de sus dueños. Ojalá tuviera yo una casa así.

Pero esto es una digresión. Lo que tengo que contaros es una extraña serie de sucesos que ocurrieron en una de estas casas que he intentado describir. Se trata de Castringham Hall, en Suffolk. Creo que le han hecho bastantes reformas desde la época de mi historia, pero aún conserva la esencia que acabo de esbozar. El único rasgo que la distinguía de otras ha desaparecido: vista desde el parque tenía a su derecha, a pocas yardas del muro, un fresno añoso y corpulento, que casi rozaba el edificio con sus ramas. Supongo que estaba allí desde que Castringham dejó de ser una plaza fuerte, cegaron el foso y construyeron el edificio isabelino; en todo caso, en el año 1690 casi había alcanzado sus proporciones definitivas.

Durante ese año, la residencia fue escenario de varios Procesos por brujería. Creo que tardaremos mucho en evaluar la consistencia de las razones -si es que las había- en que se fundaba el miedo a las brujas. En mi opinión, aún no han recibido respuesta cuestiones tales como si los acusadas de brujería se imaginaban dotadas de poderes excepcionales; o si tenían la voluntad de causar daño, o si sus confesiones les fueron arrancadas por los cazadores de brujas a fuerza de crueldad.

El presente relato me hace vacilar. Yo no me decido a clasificarlo como mera invención: el lector deberá juzgar por sí mismo.

Castringham aportó una víctima a la fe: se llamaba señora Mothersole, y se diferenciaba de las típicas brujas de pueblo sólo en que era persona acomodada e influyente. Varios agricultores conocidos trataron de salvarla. Prestaron el mejor testimonio que pudieron sobre su reputación, y mostraron gran pena cuando el jurado pronunció su veredicto. Pero lo que resultó fatal para la mujer fue la declaración del entonces dueño de Castraingham Hall, sir Matthew Fell: afirmó que en tres ocasiones la había visto desde la ventana tomando ramos del fresno junto a la casa durante la luna llena. Se había trepado al árbol, en camisa, y cortaba ramas con un raro cuchillo curvo mientras hablaba sola. Las tres veces había intentado sir Matthew apresar a la mujer, pero las tres la había alertado algún ruido fortuito, y lo único que vio cuando bajó al jardín fue una liebre que cruzaba veloz el parque en dirección al pueblo. La tercera noche había procurado seguirla y fue directamente a casa de la señora Mothersole; pero estuvo un cuarto de hora golpeando la puerta hasta que ella salió muy enfadada y aparentemente soñolienta, como recién salida de la cama; y sir Matthew no pudo dar una explicación plausible de su visita.

A causa de esta declaración, aunque hubo otras no tan insólitas, la señora Mothersole fue hallada culpable y condenada a muerte. La ahorcaron una semana después del juicio, junto con cinco o seis desventurados más, en Bury St. Edmunds.

Sir Matthew Fell, vicepresidente del tribunal de justicia del condado, estuvo presente en la ejecución: una mañana húmeda de marzo subió la carreta, bajo la llovizna, el cerro herboso y áspero de las afueras de Northgate donde se alzaba el cadalso. Las otras víctimas iban sumidas en la apatía o la aflicción; pero la señora Mothersole se mostró de un temperamento muy distinto. Su furia venenosa -según cuenta un cronista de la época- produjo tal efecto en los curiosos (y hasta en el verdugo) que fue unánime la afirmación de los que presenciaron su ejecución de que era la viva imagen de un Demonio. Sin embargo, no se resistió a los oficiales; sólo lanzó a los que le pusieron las manos encima una mirada tan terrible que (como uno de ellos me aseguró) seis meses después aún les llenaba de inquietud. Lo único que consta de sus palabras fue lo siguiente: Habrá huéspedes en la residencia. Palabras que repitió más de una vez en voz baja.

No dejó indiferente a sir Matthew Fell la actitud de la mujer. Habló del asunto con el vicario de la parroquia, cuando regresaban de la ejecución: no había prestado declaración de muy buen grado; no estaba especialmente infectado de la manía de perseguir brujas, pero tanto entonces como después sostuvo que no podía dar otra versión del asunto que la que había dado ya, y que no había posibilidad de que se hubiera equivocado en cuanto a lo que vio. El proceso le había resultado desagradable porque era hombre al que le gustaba estar en buenos términos con todos; pero había un deber que cumplir, y lo había cumplido. Esos parecían ser sus sentimientos, y el vicario los aplaudió como habría hecho cualquier hombre razonable.

Unas semanas más tarde, cuando la luna de mayo alcanzó su plenitud, volvieron a encontrarse el vicario y el señor en el parque y se dirigieron juntos a la residencia. Lady Fell se había ido a pasar unos días con su madre, que se encontraba gravemente enferma, y sir Matthew estaba solo en la casa; de modo que no le costó convencer al vicario, el señor Crome, de que se quedase a cenar. Sir Matthew no fue un buen interlocutor esa noche. La conversación recayó sobre asuntos familiares y de la parroquia; pero quiso la suerte que a sir Matthew se le ocurriera tomar notas de determinados deseos o proyectos respecto a sus posesiones, que más tarde se revelaron sumamente útiles. Cuando el señor Crome se retiró -eran alrededor de las nueve y media-, dieron una vuelta por el paseo detrás de la casa. Y hubo un detalle que sorprendió al señor Crome: tenían a la vista el fresno que, como he dicho, crecía junto a las ventanas del edificio, cuando se detuvo sir Matthew y dijo:

-¿Qué es eso que sube y baja corriendo por el tronco del fresno? No puede ser una ardilla. A estas horas deben de estar todas en sus madrigueras.

Miró el vicario y vio a la bestia; pero no consiguió distinguir su color a la luz de la luna. Se le quedó grabada su silueta, aunque la vio un instante; y habría asegurado, dijo -aunque comprendía que era una insensatez-, que ardilla o no, tenía más de cuatro patas.

No dieron mayor importancia a esta visión y se despidieron. Quizá volvieron a verse, pero aún habría de pasar una veintena de años. Al día siguiente sir Matthew Fell no bajó a las seis de la mañana como era su costumbre, ni a las siete, tampoco a las ocho. Los criados subieron. No hace falta que describa la ansiedad de que fueron presa mientras escuchaban y renovaban los golpes en la puerta. Finalmente abrieron, y descubrieron al señor ennegrecido y muerto, como habréis adivinado. A primera vista no se veía señales de violencia; pero la ventana estaba abierta.

Uno de los criados fue a buscar al sacerdote y a continuación, por encargo de éste, a dar parte a la autoridad. El señor Crome acudió en cuanto pudo a la residencia, y al llegar le condujeron al aposento donde estaba el muerto. Había dejado algunas notas entre sus documentos que revelan el sincero respeto que había sentido por sir Matthew, y su pesar. En ellas hay un pasaje que transcribo por la luz que arroja sobre estos sucesos, y también sobre las creencias corrientes de la época:

-No había indicios de que la puerta haya sido forzada; pero la ventana estaba abierta. Antes de acostarse solía tomar cerveza en un vaso de plata, y esa noche no se la había terminado. Así, pues, fue analizada la bebida por el médico de Bury, un tal señor Hodgkins, quien, como declaró después bajo juramento, no descubrió ninguna sustancia venenosa. Porque naturalmente, dado lo hinchado y negro que estaba el cadáver, corría el rumor entre los vecinos de que había sido envenenado. Lo habían encontrado en la cama, en una postura contorsionada, al extremo de hacer más que probable la hipótesis de que mi estimado amigo y protector había expirado con gran agonía y sufrimiento. Y a lo que hasta ahora no se ha encontrado explicación, y demuestra para mí una maquinación tenebrosa por parte de los autores de este bárbaro asesinato, es lo siguiente: que las mujeres a las que se encomendó lavar y amortajar el cadáver, personas dolientes y muy respetadas en su fúnebre profesión, vinieron con gran congoja y tribulación de alma y cuerpo a decirme (cosa que se confirmaba a primera vista) que no bien tocaron el pecho del cadáver sintieron dolor en las palmas, y un escozor intenso y anormal en las manos, las cuales, igual que los antebrazos, se les hincharon en poco tiempo, persistiendo el dolor, que, como quedó claro más tarde, se vieron obligadas a suspender su trabajo durante varias semanas; aunque sin señal alguna visible en la piel.

-Al oír esto, mandé llamar al médico, que aún no había abandonado la casa, y examinamos lo más atentamente que pudimos, con ayuda de una pequeña lente de aumento, el estado de la piel; pero no logramos descubrir nada de importancia, salvo dos pequeñas picaduras o punturas, que concluimos entonces serían los sitios por donde pudo ser inoculado el veneno, recordando esa sortija del papa Borgia, con otros conocidos ejemplos del horrendo arte de los envenenadores italianos de la pasada época. Es todo lo que se puede decir de los síntomas observados en el cadáver. Lo que ahora voy a añadir es mera experiencia personal, y corresponde a la posteridad juzgar si tiene algún valor. Había encima de la mesa de noche una biblia pequeña, de la que mi amigo solía leer al acostarse, y al levantarse por la mañana, un trozo escogido. Y al tomarla me vino la idea, como en esos momentos de impotencia en que tratamos de atrapar el más pequeño destello que promete ser luz, de probar esa antigua y para muchos supersticiosa práctica llamada las sortes, cuyo principal ejemplo, en el caso de su difunta majestad el santo mártir rey Carlos y milord Falkland es hoy muy comentado. Debo confesar que mi prueba no me procuró mucha ayuda; no obstante, dado que es posible que alguien pueda proponerse en el futuro averiguar la causa y origen de estos horribles sucesos, consigno los resultados por si señalan la verdadera dirección a una inteligencia más penetrante que la mía. Hice pues, tres intentos, abriendo el libro y poniendo el dedo en determinadas palabras. La primera vez obtuve la frase de Lucas 13, 7: Córtalo. La segunda, la de Isaías 13,20: No será jamás habitada; y la tercera, la de Job 39, 30: Sus polluelos lamerán sangre.

No hace falta citar nada más de los papeles del señor Crome. Colocaron a sir Matthew Fell en su ataúd y le dieron debida sepultura. El sermón fúnebre se publicó con el título: -El camino inescrutable, o el peligro de Inglaterra y las malvadas intrigas del Anticristo-, siendo la opinión del vicario, y la más sostenida por la vecindad, que el terrateniente había sido víctima de un recrudecimiento de las maquinaciones papistas.

Su hijo, sir Matthew segundo, heredó el título y las propiedades. De este modo concluye el primer acto de la tragedia de Castringham. Hay que decir -aunque el hecho no tiene nada de extraño- que el nuevo barón no ocupó el aposento en el que había muerto su padre, ni durmió prácticamente nadie en él, quitando alguna visita ocasional, mientras él vivió. Murió en1735, y no encuentro nada digno de reseñar en la etapa de su vida, salvo una extraña y persistente mortandad de su ganado en general, con una ligera tendencia a aumentar con el paso del tiempo. Los interesados en este fenómeno encontrarán información en una carta publicada por la Gentleman's Magazine en 1772, la cual saca los datos de los papeles del propio barón. Éste acabó definitivamente con dichas pérdidas gracias a la sencilla medida de guardar el ganado en el establo por las noches, y no dejar una sola oveja en los pastos. Porque había observado que nunca les ocurría nada a las que pasaban la noche encerradas. A partir de entonces el problema afectó a las aves salvajes y a la caza. Pero dado que no disponemos de una buena descripción de los síntomas, y la vigilancia nocturna era inútil, no voy a extenderme en lo que los campesinos de Suffolk dieron en llamar El mal de Castringham.

El segundo sir Matthew murió en 1735, como he dicho, y le sucedió puntualmente su hijo, sir Richard. Fue en tiempos de éste cuando se construyó en la iglesia parroquial, en el lado norte, el gran banco familiar. El proyecto de este barón era tan grandioso que hubo que quitar varias sepulturas de ese lado del edificio. Entre ellas estaba la de la señora Mothersole, cuyo lugar exacto se conocía bien gracias a una anotación en un plano de la iglesia y el cementerio anexo, ambas cosas debidas a la mano del señor Crome. Hubo cierto revuelo cuando se supo que iban exhumar a la famosa bruja, y no fue pequeño el estupor, incluso la inquietud, cuando se descubrió que, aunque el ataúd salió entero y sin daño, no encontraron en él vestigio alguno de cuerpo, huesos o polvo. Era un fenómeno de lo más singular; porque en los tiempos en que fue enterrada no existían ladrones de cadáveres, y es difícil imaginar un motivo para robar un cadáver que no sea el de abastecer las salas de disección.

El incidente resucitó temporalmente las historias sobre brujas y procesos por brujería. Sir Richard ordenó quemar el ataúd; y aunque a muchos les parecía una temeridad, la cumplieron sin ninguna objeción. Verdaderamente, sir Richard era un innovador. Antes de él, la residencia había sido un hermoso edificio de ladrillo de un suave color rojo. Pero en sus viajes por Italia se había contagiado del gusto italiano; y dado que tenía más dinero que sus predecesores, decidió dejar un palacio italiano donde había encontrado una casa inglesa. Así que taparon el ladrillo, instalaron mármoles en el vestíbulo y en el jardín, erigieron una reproducción del templo de la sibila de Tívoli en la orilla opuesta del lago, y Castringham adquirió un aspecto totalmente nuevo y, hay que decirlo también, menos atractivo. Pero causó gran admiración, y sirvió de modelo en años posteriores a muchos miembros de la pequeña aristocracia de la vecindad.

Una mañana de 1754, sir Richard se despertó tras una noche de molestias. Por culpa del viento, la chimenea no había parado de humear; pero hacía tanto frío que no había tenido más remedio que mantenerla encendida. Algo había estado golpeando la ventana, también, al extremo de que nadie había tenido un momento de paz. Además, esperaba la llegada de varios invitados importantes en el transcurso del día, sin duda dispuestos a participar en algún tipo de cacería, si bien los estragos (que seguían produciéndose en la fauna de su parque) habían sido últimamente tan graves que temía por la reputación de su reserva de caza. Pero lo que más alterado le tenía era la noche que había pasado. Desde luego, no volvería a dormir en esa habitación.

Desayunó inquieto; y al terminar emprendió una inspección de las habitaciones para ver cuál le convenía más. Tardó en encontrarla: ésta tenía la ventana hacia oriente y aquélla hacia el norte; en ésta los criados estaban pasando constantemente por delante de la puerta, y en aquélla no le gustaba la cama. No; necesitaba una habitación que diera a poniente, de manera que el sol no le despertase temprano, y que estuviese alejada del ajetreo de la casa. Al ama de llaves se le agotaron las sugerencias.

-Bueno, sir Richard -dijo-, sólo hay una habitación así en la casa.
-¿Cuál?
-La de sir Matthew; la cámara de poniente.
-Bien, pues instáleme en ella; esta noche voy a dormir allí -dijo su señor.
-¡Pero, sir Richard, hace cuarenta años que no duerme nadie allí! Apenas se ha renovado el aire desde que murió sir Matthew -iba diciendo mientras corría tras él.
-Vamos, abra la puerta, señora Chiddock. Quiero verla al menos.

La señora Chiddock abrió la puerta y, efectivamente, notaron en ella un hedor terroso y a encierro. Sir Richard fue a la ventana, y con su acostumbrada impaciencia retiró los postigos y la abrió. Este extremo de la casa apenas había sufrido alteraciones, y estaba como cubierto por el gran fresno, que lo ocultaba de la vista.

-Deje que se airee todo el día, señora Chiddock, y mande que trasladen aquí mi cama y mis muebles esta tarde. Y acomode al obispo de Kilmore en mi habitación.
-Disculpe, sir Richard -dijo una voz, interrumpiendo este diálogo-, ¿podría concederme un momento?

Sir Richard se dio la vuelta y vio a un hombre de negro en el umbral que inclinó la cabeza.

-Le ruego que perdone esta intromisión. Seguramente no me conoce. Me llamo William Crome, y mi abuelo fue vicario aquí en tiempos de su abuelo.
-Por supuesto, señor -dijo sir Richard-; el nombre de Crome es siempre alabado en Castringham. Me alegra renovar una amistad que viene de antaño. ¿En qué puedo ayudarle? Porque esta hora de venir... Y si no me equivoco, su aspecto revela que ha hecho el camino con cierta premura.
-Es muy cierto, señor. Vengo de Norwick y me dirijo a Bury St Edmunds todo lo deprisa que puedo. Me he detenido para entregarle unos papeles que han aparecido al revisar los que dejó mi abuelo a su muerte. He pensado que puede haber en ellos cuestiones familiares de interés para usted,
-Es usted muy amable, señor Crome, si tiene la bondad de acompañarme al salón, a tomar una copa de vino, les podemos echar una ojeada juntos, Entretanto, señora Chiddock, ocúpese de airear esta cámara como le he dicho. Sí, aquí es donde murió mi abuelo. Sí, puede que el árbol la haga un poco húmeda. Bueno, no quiero oír nada más. No ponga más dificultades, se lo ruego. Ya tiene mis instrucciones, así que adelante. ¿Quiere acompañarme, señor?

Se dirigieron al salón. El sobre que traía el señor Crome contenía las notas que el viejo vicario había tomado con motivo de la muerte de sir Matthew Fell. Y por primera vez, sir Richard se enfrentó con las enigmáticas sortes Biblicae a que me he referido. Las encontró divertidas.

-Bueno -dijo-; al menos la biblia le dio un buen consejo a mi abuelo: Córtalo. Si se refiere al fresno puede descansar tranquilo, porque me voy a ocupar de ello. En mi vida he visto una sementera igual de fiebres y resfriados.

Los libros de la casa, que no eran demasiados, estaban en el salón. Sir Richard alzó los ojos del documento y miró hacia la estantería.

-Me pregunto -dijo- si estará ahí aún el viejo profeta. Creo que lo he visto.

Cruzó la habitación, sacó una biblia gruesa que, efectivamente, llevaba en la guarda la siguiente inscripción: -Para Matthew Fell, de su madrina que le quiere, Anne Aldous. 2 de septiembre de 1659-.

-No estaría mal que lo pusiéramos a prueba otra vez. ¿Qué opina, señor Crome? Apuesto a que las Crónicas nos darán un par de nombres. Vamos a ver. ¿Qué tenemos aquí?: Me buscarás por la mañana, y no estaré. ¡Vaya, vaya! Su abuelo habría visto aquí una buena profecía, ¿a que sí? Bueno, dejémonos de profetas. Son puro cuento. Señor Crome, le agradezco infinitamente que me haya traído el sobre éste. Me temo que estará impaciente por seguir su viaje. Permítame ofrecerle otra copa.

Se despidieron, con sinceros ofrecimientos de hospitalidad por parte de sir Richard (porque el talante y los modales del joven le habían causado buena impresión). Por la tarde llegaron los invitados: el obispo de Kilmore, lady Mary Hervey, sir William Kentifield, etc. La comida fue a las cinco; después hubo vino, una partida de cartas, la cena y se retiraron a dormir. A la mañana siguiente, sir Richard no se sintió con ánimo para tomar la escopeta. Habla con el obispo de Kilmore. Este prelado, a diferencia de la mayoría de los obispos irlandeses de aquel entonces, había visitado su sede; incluso había residido en ella bastante tiempo. Esta mañana, mientras paseaban los dos por la terraza comentando los cambios y mejoras de la casa, dijo el obispo, señalando la ventana de la habitación de poniente:

-Jamás conseguiría que uno de mis feligreses irlandeses ocupara esa habitación, sir Richard.
-¿Y eso por qué, señor? La verdad es que es la mía.
-Bueno, se ha dicho siempre entre nuestros campesinos que da mala suerte dormir junto a un fresno, y ése tan hermoso que tiene ahí está muy cerca de su aposento. Puede que le haya hecho sentir ya su influjo -prosiguió el obispo con una sonrisa-; porque, si me permite decirlo, no parece todo lo fresco que sus amigos quisieran verle, pese a que acaba de levantarse.
-Es verdad; ese árbol, o lo que sea, me ha tenido desvelado desde las doce hasta las cuatro. Pero lo van a cortar mañana, de manera que no dará más batalla.
-Aplaudo su decisión. No puede ser sano respirar el aire filtrado por todo ese follaje.
-Creo que tiene razón su ilustrísima. Pero anoche no dejé la ventana abierta; era más bien un ruido constante, como un restregar de ramas en los cristales, lo que no me dejaba dormir.
-Eso me parece poco probable, sir Richard. Mire, puede comprobarlo desde aquí: ninguna de las ramas alcanza a rozar siquiera la ventana, a menos que se levante un vendaval; y anoche no hubo viento.
-Entonces no sé qué era lo que arañaba y se agitaba de esa manera... y ha llenado de rayas y señales el polvo del alféizar.

Finalmente coincidieron en que debió de subir alguna rata por la hiedra. Fue la explicación que se le ocurrió al obispo, y sir Richard la aceptó sin más.

El día transcurrió, llegó la noche, y cada cual se retiró a su aposento, deseando a sir Richard una noche más descansada. Ahora nos encontramos en su dormitorio, con la luz apagada y él metido en la cama. La habitación está encima de la cocina. La noche, fuera, es cálida y apacible, así que ha dejado abierta la ventana. Llega poca claridad a la cama, pero hay en ella un extraño movimiento; como si sir Richard agitase la cabeza a uno y otro lado con levísimo ruido. Podría creerse incluso -tan engañosa es la penumbra- que tiene varias cabezas, cabezas redondas y marrones que mueve adelante y atrás, bajándolas incluso hasta el pecho. Es una ilusión horrible. ¿No hay nada más? ¡Mirad! Algo cae de la cama con blando ruido, del tamaño de un gatito, y sale como una centella por la ventana; otro... cuatro... Después todo vuelve a quedar inmóvil.

Me buscarás por la mañana, y no estaré.

Como a sir Matthew, sir Richard fue encontrado ennegrecido y muerto en la cama.

Un grupo pálido y silencioso de huéspedes y criados se congregó al pie de la ventana al saberse la noticia. Envenenadores italianos, sicarios del papa, el aire inficionado... estas y otras muchas conjeturas se barajaron. El obispo de Kilmore alzó los ojos hacia el árbol y vio en la horquilla de sus ramas más bajas un gato blanco que miraba encogido hacia una oquedad que los años habían excavado en el tronco.

Observaba con gran atención algo que había en el interior del árbol. De repente, se levantó y alargó una garra hacia el agujero. En ese instante cedió el trozo de corteza en el que se apoyaba y cayó dentro. Todos alzaron los ojos ante el ruido que hizo.

Es sabido que los gatos tienen buena voz; pero pocos hemos oído un alarido como el que brotó del tronco del gran fresno. Sonaron dos o tres maullidos -los testigos no están seguros-, y a continuación se oyó un ruido ahogado de forcejeo o agitación. Lady Mary Hervey se desmayó de la impresión, el ama de llaves se tapó los oídos, echó a correr y tropezó y se cayó en la terraza. El obispo de Kilmore y sir William Kenfield no hicieron un solo movimiento. Estaban asustados también, aunque sólo era el maullido de un gato. Sir William tragó saliva un par de veces antes de decir:

-En ese árbol hay algo, ilustrísima. Opino que debemos inspeccionarlo ahora mismo.

El prelado se mostró de acuerdo. Trajeron una escala y subió uno de los jardineros. Se asomó al hueco, pero sólo pudo notar que se movía algo. Trajeron un farol para bajarlo al interior con una cuerda.

-Hay que llegar al fondo de esto. A fe, ilustrísima, que se esconde ahí el misterio de esas muertes terribles.

Subió el jardinero otra vez con el farol, y lo fue bajando cautelosamente por el agujero. Todos veían desde abajo su rostro inclinado, iluminado por la luz amarilla. Y vieron su expresión de incrédulo terror antes de proferir un espantoso alarido y precipitarse al suelo -donde por fortuna lo recibieron dos hombres-, dejando caer el farol dentro del árbol. Estaba mortalmente asustado, y tardó un rato en recobrar la palabra. Cuando lo hizo, otra cosa atraía la atención de los demás: debió de romperse el farol en el fondo y prender la llama en las hojas secas y broza del interior, porque unos minutos después empezó a salir un humo espeso, a continuación llamas y finalmente ardió el árbol entero.

Los presentes se apartaron en círculo; y sir William y el obispo mandaron a los criados que trajesen las armas y herramientas que pudiesen. Porque, evidentemente, el fuego obligaría a salir a la alimaña que estaba utilizando el árbol como madriguera. Así fue. Primero vieron aparecer en la horquilla, envuelto en llamas, un bulto redondo como del tamaño de una cabeza humana; acto seguido se tambaleó y cayó en el agujero. La escena se repitió cinco o seis veces; luego, saltó al aire un bulto parecido y cayó en la hierba, donde un momento después quedó inmóvil. El obispo se atrevió a acercarse unos pasos, y vio... ¡los restos de una araña enorme, nervuda, y abrasada! Y cuando el fuego llegó abajo, empezaron a brotar del tronco cuerpos más horribles aún, completamente cubiertos de pelo gris.

Todo el día estuvo ardiendo el fresno. Los hombres siguieron allí hasta que cayó a trozos, matando de cuando en cuando los bichos que salían. Finalmente, transcurrido un buen rato sin que saliesen más, se acercaron precavidamente y examinaron las raíces.

-Debajo en la tierra -dice el obispo de Kilmore-, descubrieron una cavidad redonda con dos o tres bichos de esos muertos, evidentemente asfixiados por el humo. Y lo que es más extraño para mí: al lado de esta cueva, junto a la pared, encontraron acuclillada la anatomía o esqueleto de un ser humano, con la piel seca sobre los huesos, con restos de cabello negro, y que correspondía sin ninguna duda, según declararon los que lo examinaron, a una mujer, evidentemente muerta hacía unos cincuenta años.

El foco. Virginia Woolf (1882-1941)

La mansión del vizconde del siglo XVIII había sido transformada en un club del siglo xx. Y era agradable, después de cenar en la gran estancia con columnas y candelabros, bajo el esplendor de la luz, salir a la terraza que daba al parque. Los árboles eran frondosos, y si hubiera habido luna se hubiesen podido ver las banderolas de color rosa y crema puestas en los castaños. Pero era una noche sin luna; muy cálida, tras un hermoso día de verano.

Los invitados del señor y la señora Ivimey tomaban café y fumaban en la terraza. Como si quisieran aliviarles de la necesidad de hablar, como si quisieran entretenerles sin que tuvieran que hacer esfuerzo alguno por su parte, haces de luz recorrían el cielo. Corrían tiempos de paz entonces; las fuerzas aéreas hacían prácticas; buscaban aviones enemigos en el cielo. Después de detenerse para examinar un punto sospechoso, la luz giró, como las aspas de un molino, o bien como las antenas de un prodigioso insecto, y reveló aquí un cadavérico muro de piedra; allá un castaño en flor; y de repente la luz incidió directamente en la terraza, y, durante un segundo, brilló un disco blanco, que quizá fuera el espejo dentro del bolso de una señora.

«¡Mirad!», exclamó la señora Ivimey.

La luz se fue. Volvieron a quedar en la oscuridad. La señora Ivimey añadió: «¡Nunca adivinaréis lo que esto me ha hecho ver!» Como es natural, intentaron adivinarlo.

«No, no, no», protestaba la señora Ivimey. Nadie pudo adivinarlo. Sólo ella lo sabía; y sólo ella podía saberlo, debido a que era la biznieta del hombre en cuestión. Y este hombre le había contado la historia. ¿Qué historia? Si ellos querían, intentaría contársela. Quedaba aún tiempo, antes de que el teatro comenzara.

«Pero, realmente, no sé cómo empezar», dijo la señora Ivimey. «¿Fue en 1820...? Este año debía correr, más o menos, cuando mi bisabuelo era un muchacho. Ya no soy joven» —no, pero era muy hermosa y de buen porte—, «y mi bisabuelo era un hombre muy viejo, cuando yo me encontraba en la niñez, que fue cuando me contó la historia. Era un viejo muy apuesto, con su mata de cabello blanco y sus ojos azules. De muchacho tuvo que ser muy guapo. Pero extraño. Lo cual no deja de ser lógico», explicó la señora Ivimey, «teniendo en cuenta la manera en que vivían. Se apellidaban Comber. Habían venido a menos. Habían sido hidalgos; habían tenido tierras en Yorkshire. Pero, cuando mi bisabuelo era joven, casi un muchacho, sólo quedaba la torre. La casa había desaparecido, y sólo quedaba una casucha de campesinos, en medio de los campos. La vimos hace diez años, sí, la visitamos. Tuvimos que dejar el automóvil y cruzar los campos a pie. No hay camino hasta la casa. Está aislada, y la hierba crece hasta la misma puerta... Había gallinas picoteando, entrando y saliendo de los cuartos. Todo estaba ruinoso. Recuerdo que, de repente, de la torre cayó una piedra.» Hizo una pausa. «Allí vivían», prosiguió, «el viejo, la mujer y el muchacho. La mujer no era la esposa del viejo, ni la madre del muchacho. Era, simplemente, una doméstica, una muchacha que el viejo se llevó a vivir con él cuando enviudó. Esto quizá fuera una razón más para que nadie los visitara, una razón más que explica que todo fuera quedando en estado ruinoso. Pero recuerdo el escudo de armas sobre la puerta; y los libros, libros viejos, cubiertos de moho. En los libros aprendió cuanto sabía. Leía y leía, me dijo, libros viejos, con mapas plegados entre las páginas. Los subió a lo alto de la torre; todavía se conserva la cuerda, y los peldaños rotos. Todavía hay una silla desfondada, junto a la ventana, y la ventana abierta, batiendo, con los vidrios rotos, y un panorama de millas y millas de páramo.»

Hizo una pausa, como si se encontrara en lo alto de la torre, mirando por la ventana que batía.

«Pero no pudimos», dijo, «encontrar el telescopio.» En el comedor, a sus espaldas, el sonido de platos entrechocando aumentó. Pero la señora Ivimey, en la terraza, parecía intrigada por no haber podido encontrar el telescopio en la vieja casa.
«¿Y por qué buscabas un telescopio?», le preguntó alguien.

Riendo, la señora Ivimey repuso: «¿Por qué? Pues porque si no hubiera habido un telescopio, yo no estaría ahora sentada aquí.»

Y ciertamente ahora estaba sentada allí, mujer de media edad y buen porte, con algo azul sobre los hombros.

Volvió a hablar. «Tuvo que ser allí, porque me contó que todas las noches, cuando los viejos ya se habían acostado, se sentaba ante la ventana, para mirar las estrellas con el telescopio. Júpiter, Aldebarán, Casiopeya.» Agitó la mano hacia las estrellas que comenzaban a aparecer sobre las copas de los árboles. La noche se estaba oscureciendo. Y el foco parecía más luminoso, barriendo el cielo, deteniéndose aquí y allá para contemplar las estrellas.

«Y allí estaban», prosiguió, «las estrellas. Y se preguntó, mi bisabuelo, aquel muchacho: ¿Qué son? ¿Para qué están? ¿Quién soy yo? Como
solemos hacer cuando estamos solos, sin nadie con quien hablar, mirando las estrellas.»

Guardó silencio. Todos miraron las estrellas que estaban surgiendo de la oscuridad, encima de los árboles. Las estrellas parecían muy permanentes, muy inmutables. El rugido de Londres se alejó. Cien años parecían nada. Tenían la impresión de que el muchacho contemplaba las estrellas con ellos. Tenían la impresión de estar con él, en la torre, mirando las estrellas, encima de los páramos.

Entonces una voz a sus espaldas dijo:

«Efectivamente. Viernes.»
Todos se volvieron, rebulleron, se sintieron situados de nuevo en la terraza. La señora Ivimey murmuró: «Sí, pero no había nadie que pudiera decírselo a él.» La pareja se levantó y se fue.

«Estaba solo», prosiguió la señora Ivimey. «Era un hermoso día de verano. Un día de junio. Uno de esos días de verano perfectos, en que todo, en el calor, parece estarse quieto. Estaban las gallinas picoteando en el patio de la casa de campo; el viejo caballo pateando en el establo; el viejo dormitando junto al vaso. La mujer fregando platos en la cocina. Quizá de la torre cayó una piedra. Parecía que el día nunca fuera a terminar. Y el muchacho no tenía a nadie con quien hablar, y nada, absolutamente nada que hacer. El mundo entero se extendía ante él. El páramo subía y bajaba; el cielo se unía al páramo; verde y azul, verde y azul, para siempre, eternamente.»

En la penumbra, podían ver que la señora Ivimey se apoyaba en la baranda, con la barbilla en las manos, como si contemplara el páramo desde lo alto de una torre.

«Nada, salvo páramo y cielo, páramo y cielo, siempre, siempre», murmuró.

Entonces la señora Ivimey efectuó un movimiento como si colocara algo en la debida posición.

«Pero, ¿qué aspecto tenía la tierra, vista a través del telescopio?», preguntó.
Efectuó otro rápido y leve movimiento con los dedos, como si diera la vuelta a algo.
«Lo enfocó», dijo. «Lo enfocó hacia la tierra. Lo enfocó en la oscura masa de un bosque, en el horizonte. Lo enfocó de manera que pudiera ver... cada árbol... cada árbol aisladamente... y los pájaros... alzándose y descendiendo... y la columna de humo... allá... entre los árboles... Y después... más bajo... más bajo... (la señora Ivimey bajó la vista)... allí había una casa... una casa entre los árboles... una casa de campo... se veían los ladrillos por separado, cada uno de ellos... y los toneles a uno y otro lado de la puerta... con flores azules, rosadas, hortensias quizá...» Hizo una pausa... «Y entonces de la casa salió una muchacha... que llevaba algo azul en la cabeza... y se quedó allí... dando de comer a los pájaros... palomas... que acudían revoloteando a su alrededor... Y entonces... mira... Un hombre... ¡Un hombre! Apareció por la esquina de la casa. ¡Cogió a la muchacha en sus brazos! Se besaron... se besaron.»

La señora Ivimey abrió los brazos y los cerró como si estuviera besando a alguien.

«Era la primera vez que el muchacho veía a un hombre besar a una mujer —a través del telescopio—, a millas y millas de distancia, en el páramo.»
Alejó de sí algo —probablemente el telescopio. Y quedó sentada, con la espalda muy erguida.
«Y el muchacho bajó corriendo la escalera. Corrió a través de los campos. Corrió por senderos, por la carretera, a través del bosque. Corriendo recorrió millas y millas, y en el preciso instante en que las estrellas comenzaban a aparecer sobre los árboles, llegó a la casa... cubierto de polvo, chorreando sudor...»

Se calló como si estuviera viendo al muchacho.
«Y entonces, y entonces... ¿qué hizo? ¿Qué dijo? ¿Y la chica...?», así apremiaron los presentes a la señora Ivimey.

Un haz de luz quedó proyectado sobre la señora Ivimey, como si alguien hubiera enfocado sobre ella la lente de un telescopio (eran las fuerzas aéreas, buscando aviones enemigos). Se había puesto en pie. Llevaba algo azul en la cabeza. Había alzado una mano como si estuviera ante una puerta, pasmada.

«Bueno, la muchacha... Era...», dudó, como si se dispusiera a decir «era yo». Pero recordó; y se corrigió. «Era mi bisabuela», dijo.

Se volvió en busca de su echarpe. Se encontraba en una silla, detrás de ella.

«Pero, ¿y el otro hombre? ¿El hombre que salió de la esquina?», le preguntaron.
«¿Aquel hombre? Oh, aquel hombre», murmuró la señora Ivimey, interrumpiéndose un instante para modificar la posición del echarpe (el foco había abandonado la terraza), «supongo que desapareció.»
«La luz», añadió mientras cogía sus cosas, «sólo incide aquí y allá.»

El foco acababa de pasar. Ahora daba en el llano terreno de Buckingham Palace. Y había llegado el momento de ir al teatro.

El fruto de la tumba. Clark Ashton Smith (1893-1961)

La noche había venido a Faraad desde el desierto trayendo consigo a los últimos rezagados de las caravanas. En una taberna, cerca de la puerta septentrional, un buen número de mercaderes procedentes de tierras lejanas, sucios y cansados, estaban refrescándose con los famosos vinos de Yoros. Entre el tintineo de las copas de vino, se oía la voz de un narrador de cuentos que les distraía de su fatiga.

—"Grande era Ossaru, siendo al mismo tiempo rey y mago. Gobernaba sobre la mitad del continente de Zothique. Sus ejércitos eran como torbellinos de arena empujados por el simún. Era el señor de los genios de las tormentas y la noche, llamaba a los espíritus del sol. Los hombres conocían su magia, de la misma forma que los verdes cedros conocen la descarga del relámpago. Era semiinmortal y pasaba de un siglo a otro, acrecentando su poder y sabiduría hasta el final. Thasaidón, el negro dios de la maldad, hacía prosperar todos sus conjuros y empresas. Y durante sus últimos años fue acompañado por el monstruo Nioth Korghai, que bajó a la tierra desde un mundo extraño, montado en un cometa impulsado por el fuego. Gracias a su conocimiento de la astrología, Ossaru había adivinado la llegada de Nioth Korghai. Salió él solo al desierto a esperar al monstruo. La gente de muchos países vio la caída del cometa, como un sol que descendiese por la noche sobre el desierto, pero sólo el rey Ossaru contempló la llegada de Nioth Korghai. Volvió en las negras horas sin luna antes del amanecer, cuando todos dormían, llevando al extraño monstruo a su palacio y alojándole en una cámara, bajo el salón del trono, que había preparado para que sirviese de morada a Nioth Korghai.

A partir de aquel momento habitó siempre en la cámara y, por tanto, el monstruo permaneció desconocido e invisible. Se decía que aconsejaba a Ossaru y le instruía en la sabiduría de los planetas exteriores. En algunos períodos de las estrellas, mujeres y jóvenes guerreros eran enviados como sacrificio a Nioth Korghai, y éstos nunca volvían para contar lo que habían visto. Nadie podía adivinar su aspecto, pero todos los que entraron en el palacio oyeron alguna vez un ruido sordo, como de lentos tambores, y una regurgitación como la que produciría una fuente subterránea, escuchándose a veces un siniestro cloqueo, como el de un basilisco enloquecido. Durante muchos años, el rey Ossaru fue servido por Nioth Korghai y sirvió a su vez al monstruo. Después Nioth Korghai enfermó con una extraña enfermedad y nadie volvió a escuchar aquel cloqueo en la sepultada cámara, y los ruidos que recordaban fuentes y tambores cesaron. Los conjuros del rey mago fueron impotentes para impedir su muerte, pero cuando el monstruo murió, Ossaru rodeó su cuerpo con una doble zona de encantamiento en dos círculos, y cerró la cámara. Más tarde, cuando Ossaru murió, la cámara fue abierta desde arriba y la momia del rey fue descendida por sus esclavos para que reposase eternamente al lado de lo que quedaba de Nioth Korghai. Desde entonces los ciclos se han sucedido y Ossaru es solamente un nombre en los labios de los narradores de historias. El palacio donde vivió y la ciudad que lo rodeaba están perdidos; algunos dicen que estaba en Yoros y otros en el imperio de Cincor, donde Yethlyreom fue construida más tarde por la dinastía de Nimboth. Y sólo esto es cierto: que en algún punto todavía, en la tumba sellada, el monstruo alienígena permanece en la muerte al lado del rey Ossaru. Y a su alrededor está el círculo interior del encantamiento de Ossaru, conservando sus cuerpos incorruptibles entre la decadencia de ciudades y reinos y, alrededor de esto, hay otro círculo, resguardándolos de todas las intrusiones, puesto que cualquiera que entre allí por la entrada de la tumba morirá instantáneamente y se pudrirá en el momento de la muerte, cayendo convertido en polvo antes de llegar al suelo.

Esta es la leyenda de Ossaru y Nioth Korghai. Ningún hombre ha encontrado su tumba, pero el mago Namirrha, en una oscura profecía, predijo hace muchos siglos que ciertos viajeros, pasando por el desierto, la encontrarían sin darse cuenta algún día. Y dijo que estos viajeros, descendiendo al interior de la tumba por un sitio distinto de la entrada, contemplarían un extraño prodigio. Y no habló sobre la naturaleza de este prodigio, sino que solamente dijo que Nioth Korghai, al ser una criatura extraña procedente de algún mundo lejano, estaba sujeto a leyes extrañas tanto en la vida como en la muerte. Y nadie ha adivinado todavía el secreto de lo que Namirrha quiso decir.

Los hermanos Milab y Marabac, que eran mercaderes de joyas procedentes de Ustaim, habían escuchado absortos al narrador.

—En verdad, es una extraña historia—dijo Milab—. Sin embargo, como todo el mundo sabe, en los viejos tiempos hubo grandes magos, fabricantes de profundos conjuros y maravillas, también hubo verdaderos profetas. Y las arenas de Zothique están llenas de tumbas y ciudades perdidas.
—Es una buena historia—dijo Marabac—, pero le falta el final. Te lo suplico, oh tú que conoces la historia, ¿no puedes decirnos más que esto? ¿Con el monstruo y el rey no había ningún tesoro de metales y joyas preciosas? Yo he visto sepulcros donde los muertos estaban encerrados entre lingotes de oro y sarcófagos que escupían rubíes como gotas de sangre de vampiros.
—Yo cuento la leyenda como mis padres me la contaron—afirmó el narrador—. Aquellos que estén destinados a encontrar la tumba dirán el resto... Si, por casualidad, vuelven de allí.

Milab y Marabac habían vendido en Faraad, consiguiendo un buen provecho, todas sus piedras en bruto, sus talismanes esculpidos y los idolillos de jaspe y cornalina. Ahora viajaban hacia el norte, en dirección a Tasuun, cargados con perlas rosadas y negro-purpúreas de los golfos meridionales y con los negros zafiros y vinosos granates de Yoros, acompañados por otros mercaderes en el largo y sinuoso viaje hasta Ustaim, junto al mar Oriental. Su ruta les conducía por una región moribunda. Ahora, mientras la caravana se acercaba a las fronteras de Yoros, el desierto comenzó a adquirir una desolación más profunda. Las colinas eran oscuras y desnudas, como recostadas momias de gigantes. Cursos de agua secos corrían hasta los lechos de unos lagos leprosos por la sal. Ondulaciones de arena grisácea se amontonaban a gran altura contra los desmoronados acantilados donde, en un tiempo, se habían arrugado las tranquilas aguas. Se levantaban y agitaban columnas de polvo como fantasmas fugitivos. Por encima de todo, el sol era una monstruosa brasa en un cielo calcinado. En este desierto, que parecía completamente deshabitado y vacío de vida, entró cautelosamente la caravana. Los mercaderes prepararon sus lanzas-espadas y escudriñaron con ojos ansiosos las estériles montañas, mientras urgían a los camellos a un rápido trote por los estrechos y profundos desfiladeros. Porque allí, en cavernas escondidas, se agazapaba un pueblo salvaje y semibestial, conocido como los Ghorii. Semejantes a vampiros y chacales, eran devoradores de carroña y también antropófagos, subsistiendo preferentemente de los cuerpos de los viajeros y bebiendo su sangre en lugar de agua o vino. Eran temidos por todos aquellos que tenían ocasión de viajar entre Yoros y Tasuun.

El sol subió hasta el meridiano, buscando con despiadados rayos hasta la más profunda sombra de los estrechos y profundos barrancos. La arena, tan fina como la ceniza, no era agitada ya por ningún ramalazo de viento. Ahora el camino descendía, siguiendo el curso de algún antiguo torrente, entre empinadas laderas. Aquí, en lugar de las antiguas pozas, había fosos llenos de arena y limitados por elevaciones o rocas, donde los camellos se hundieron hasta la rodilla. Y aquí, sin el menor aviso, en un recodo del sinuoso curso, el canal hirvió con un enjambre de los odiosos cuerpos, del color pardo de la tierra, de los Ghorii, que aparecieron instantáneamente por todos lados, saltando como lobos desde las pendientes rocosas y lanzándose como panteras desde las altas laderas. Aquellas apariciones semejantes a vampiros eran indescriptiblemente feroces y ágiles. Sin proferir otro sonido que una especie de toses y silbidos groseros, y armados únicamente por sus- dos hileras de puntiagudos dientes y sus uñas en forma de guadaña, cayeron Zothique sobre la caravana en una ola creciente. Parecía haber veintenas de ellos por cada hombre y por cada camello. Varios de los dromedarios fueron derribados en un momento, con los Ghorii royendo sus patas, jorobas y espinazos, o colgándose como perros de sus gargantas. Ellos y sus conductores desaparecieron de la vista, enterrados bajo los hambrientos monstruos, que comenzaron a devorarlos inmediatamente. Estuches de joyas y fardos de ricos tejidos se desgarraron abiertos en la confusión; ídolos de jaspe y ónice fueron desparramados ignominiosamente por el polvo; perlas y rubíes se encenagaban inadvertidos en la sangre estancada, porque estas cosas no tenían valor para los Ghorii.

Milab y Marabac, casualmente, cabalgaban a la retaguardia. Se habían ido retrasando, bastante en contra de su voluntad, debido a que el camello que montaba Milab estaba cojo a causa de un golpe con una piedra, y de esta forma tuvieron la buena fortuna de escapar del asalto de los vampiros. Deteniéndose horrorizados, contemplaron el destino de sus compañeros, cuya resistencia fue vencida con horrible rapidez. Sin embargo, los Ghorii no vieron a Milab y Marabac, pues se hallaban completamente absortos en devorar a los camellos y a los mercaderes que habían derribado, así como a los miembros de su propio grupo heridos por las espadas y lanzas de los viajeros. Los dos hermanos, lanza en ristre, se hubiesen lanzado a perecer brava e innecesariamente con sus camaradas. Pero aterrorizados por el odioso tumulto, por el color de la sangre y por el olor a hiena de los Ghorii, sus dromedarios se asustaron y dieron media vuelta, llevándolos de vuelta por el camino de Yoros. Durante esta impremeditada huida, pronto vieron otra banda de Ghorii que había aparecido lejos sobre las colinas al sur y corría para cortarles el paso. Para evitar este nuevo peligro, Milab y Marabac internaron sus camellos en un desfiladero lateral. Viajando lentamente a causa de la cojera del dromedario de Milab y creyendo encontrar a los veloces Ghorii en sus talones a cada minuto, caminaron muchas millas hacia el este, con el sol ocultándose a sus espaldas, y llegaron a la mitad de la tarde a la baja y seca división de aguas de aquella inmemorial región. Aquí contemplaron una depresión plana, agrietada y erosionada, donde resplandecían las murallas y cúpulas blancas de alguna ciudad sin nombre. A Milab y Marabac les pareció que la ciudad estaba solo a unas cuantas leguas de distancia. Creyendo haber visto alguna escondida ciudad de los límites de las arenas y esperanzados ahora de escapar de sus perseguidores, comenzaron a descender hacia la llanura, por la larga pendiente. Durante dos días viajaron hacia las siempre lejanas cúpulas que habían parecido estar tan cerca. Su situación se hizo desesperada, porque entre los dos poseían únicamente un puñado de albaricoques secos y un recipiente de agua, vacío en sus tres cuartas partes. Sus provisiones, junto con sus mercancías de joyas y esculturas, se habían perdido junto a los dromedarios de carga de la caravana. Aparentemente, los Ghorii no les perseguían, pero estaban rodeados por la reunión de los rojos demonios de la sed y los negros demonios del hambre. En la segunda mañana, el camello de Milab se negó a levantarse y no respondió ni a las maldiciones de su dueño ni al aguijón de la lanza. Por tanto, y de allí en adelante, los dos compartieron el camello que quedaba, montando juntos o por turnos.

A menudo perdían de vista la resplandeciente ciudad, que aparecía y desaparecía como un milagro. Pero una hora antes del atardecer, en el segundo día, siguieron las alargadas sombras de los obeliscos rotos y las ruinosas torres de vigía por las antiguas calles. El lugar había sido una metrópoli en un tiempo, pero ahora muchas de sus señoriales mansiones eran guijarros esparcidos por todas partes o montones de bloques derrumbados. Grandes dunas arenosas habían penetrado por los orgullosos arcos de triunfo, llenando los pavimentos y patios. Tambaleándose a causa del cansancio y con el corazón enfermo por el fallo de sus esperanzas, Milab y Marabac continuaron adelante, buscando por todas partes algún pozo o cisterna que los largos años del desierto hubiesen perdonado por casualidad. En el centro de la ciudad, donde las paredes de los templos y edificios oficiales todavía servían de barrera a la devoradora arena, encontraron las ruinas de un viejo acueducto que conducía a las cisternas, secas como hornos. En las plazas del mercado había fuentes obstruidas por el polvo, pero en ningún lugar se veía algo que señalase la presencia de agua. Vagando desesperadamente, llegaron a las ruinas de un gigantesco edificio que parecía haber sido el palacio de algún monarca olvidado. Las poderosas paredes todavía se erguían, desafiando la erosión de los siglos. Las puertas, guardadas por verdosas imágenes broncíneas de héroes míticos a cada lado, todavía fruncían sus arcos intactos. Subiendo por las escaleras de mármol, los joyeros entraron en un salón amplio y sin tejado donde se elevaban unas columnas ciclópeas como sosteniendo el desierto cielo.

Las anchas losas del pavimento estaban cubiertas por los restos de arcos, arquitrabes y pilastras. En el extremo opuesto del salón había un estrado de mármol veteado de negro sobre el que, presumiblemente, se irguió un trono, en algún tiempo. Acercándose al estrado, Milab y Marabac oyeron un gorgoteo bajo y difuso como el de alguna fuente o corriente escondida que parecía elevarse de las profundidades subterráneas bajo el pavimento del palacio. Intentando ansiosamente localizar la fuente del sonido, subieron al estrado. Un bloque gigantesco se había caído de la pared, quizá recientemente, y el mármol se agrietó bajo su peso; una porción del estrado se había roto y caído en alguna cámara subterránea dejando una abertura oscura y astillada. De esta abertura salía un borboteo parecido al del agua, incesante y regular, como los latidos del pulso. Los joyeros se inclinaron sobre el foso y escudriñaron la oscuridad llena de telarañas iluminada por un débil resplandor que venía de alguna fuente indiscernible. No podían ver nada. Sus olfatos descubrieron un olor húmedo y mohoso, como la atmósfera de una cisterna largo tiempo cerrada. Les pareció que aquel continuo ruido, que parecía el de una fuente, se encontraba sólo a unos cuantos pies entre la sombra, ligeramente a un lado de la abertura. Ninguno de ellos pudo determinar la profundidad de la cámara. Después de una breve consulta, volvieron junto al camello, que esperaba estólidamente a la entrada del palacio, y cogiendo los arreos del animal ataron las largas riendas y las cinchas de cuero para formar una sola correa que les sirviese a manera de cuerda. Volvieron al estrado, aseguraron un extremo de la correa al bloque caído y bajaron el otro al oscuro foso.

Milab se descolgó unos diez o doce pies en las profundidades antes de que sus pies encontrasen una superficie sólida. Todavía agarrado cautelosamente a la cuerda, se encontró sobre un suelo liso de piedra. El día se desvanecía rápidamente detrás de las murallas del palacio, pero, arriba, el agujero en el pavimento proporcionaba una débil claridad y la silueta de una puerta medio abierta, inclinada en ángulo por la ruina, fue revelada a un lado por la vaga penumbra que entraba en la cámara desde alguna cripta o escalera desconocida. Mientras Marabac bajaba vivamente a reunirse con él, Milab miró a su alrededor en busca del origen del ruido del agua. Ante él, e inmerso en sombras indefinidas, divisó los contornos vagos y confusos de un objeto que sólo se podía comparar con alguna enorme clepsidra o fuente rodeada de grotescas esculturas. La luz pareció faltar momentáneamente. Incapaz de decidir la naturaleza del objeto, y sin tener ni una antorcha ni una vela, desgarró una tira del borde de su albornoz de cáñamo y encendió el tejido, que se quemó lentamente sosteniéndolo en alto con un brazo por delante. Gracias a la mortecina y humeante iluminación así obtenida, los joyeros contemplaron con más claridad la cosa que, prodigiosa y enorme, se erguía sobre ellos, desde el suelo cubierto de escombros, hasta el techo en sombras. Era como el blasfemo sueño de un demonio loco. Su porción principal, o cuerpo, tenía forma de urna, y como pedestal, un bloque de piedra en el centro de la cámara, extrañamente inclinado. Era pálido, con innumerables y pequeñas aberturas. De su pecho y de la chata base salían numerosas proyecciones semejantes a brazos y pies que se arrastraban por el suelo en segmentos de pesadilla, y otros dos miembros, inclinados y rígidos, llegaban como si fueran raíces hasta un sarcófago de metal dorado, aparentemente vacío, que estaba al lado del bloque y mostraba unos extraños signos arcaicos grabados.

El torso en forma de urna estaba provisto de dos cabezas. Una de éstas tenía el pico de un calamar y largas hendiduras oblicuas en el lugar donde debieran haber estado los ojos. La otra cabeza, yuxtapuesta muy cerca sobre los estrechos hombros, era la de un hombre anciano, oscuro, regio y terrible, cuyos ojos ardientes eran como rubíes y cuya barba grisácea había crecido hasta la longitud del musgo de la selva sobre el repugnante tronco cubierto de poros. Este tronco, en la parte baja de la cabeza humana, desplegaba la vaga silueta de unas costillas, y algunas de sus extremidades terminaban en manos y pies humanos, o poseían articulaciones antropomórficas. Las cabezas, las extremidades y el cuerpo eran recorridas constantemente por aquel ruido gorgoteante y misterioso que había impulsado a Milab y Marabac a entrar en la cámara. Con cada repetición del sonido, un líquido cenagoso exudaba de los monstruosos poros y corría en riachuelos que goteaban incesante y perezosamente. Los joyeros estaban enmudecidos e inmovilizados por un pegajoso terror. Incapaces de apartar su mirada, vieron los siniestros ojos de la cabeza humana contemplándolos desde su eminencia ultraterrena. Después, mientras la tira de cañamazo se consumía lentamente en los dedos de Milab, convirtiéndose en un ascua roja, y la oscuridad se adueñaba de nuevo de la cámara, vieron cómo las ciegas hendiduras de la otra cabeza se abrían gradualmente, emitiendo una luz ardiente, amarilla e intolerablemente brillante, mientras se expandían hasta convertirse en inmensas órbitas redondas. Al mismo tiempo, oyeron una singular vibración que parecía un tambor, como si el corazón del monstruo se hubiese hecho audible.

Sólo sabían que un extraño horror, no de la tierra, o sólo parcialmente, estaba ante ellos. La visión les privó de ideas y de memoria. Lo que menos hicieron fue acordarse del narrador de historias de Faraad y de la leyenda que les había contado sobre la escondida tumba de Ossaru y Nioth Korghai, y la profecía del hallazgo de la tumba por aquellos que entrarían en ella sin darse cuenta. Velozmente, extendiéndose y enderezándose de forma aterradora, el monstruo levantó sus extremidades anteriores, que terminaban en las pardas y arrugadas manos de un hombre anciano, y las tendió hacia los joyeros. Del pico de calamar salió un estridente y demoniaco cloqueo, y por la boca de la regia cabeza de la barba gris una voz sonora comenzó a proferir palabras de solemne cadencia, como la salmodia de un encantador, en una lengua desconocida para Milab y Marabac. Retrocedieron ante las aborrecibles manos extendidas. En un frenesí de terror y pánico, y bajo el chorro de luz de las incandescentes órbitas, vieron que aquel ente anómalo se levantaba de su asiento de piedra y avanzaba caminando torpe e inseguramente a causa de la disparidad de sus extremidades. Había unas pisadas de casco de elefante y los trompicones de unos pies humanos incapaces de soportar su parte de aquella masa blasfema. Los dos rígidos tentáculos fueron retirados del interior del sarcófago de oro y sus extremos estaban ocultos por unas telas bordadas con piedras preciosas y de un magnífico color púrpura, tales como las que podrían utilizarse en el enfajamiento de una momia real. El horror de doble cabeza se inclinó hacia Milab y Marabac con un incesante y loco cloqueo y un maligno estruendo, como de maldiciones, que se rompía en agudos sonidos, propios de la senectud.

Dando media vuelta, corrieron alocadamente por la sala. Ante ellos, e iluminada ahora por los rayos que salían de los globos oculares del monstruo. vieron una puerta semiabierta de un metal oscuro, cuyos cerrojos y goznes se habían enmohecido, permitiéndola abrirse hacia dentro. La puerta tenía una anchura y altura ciclópeas, como si estuviese diseñada para seres mayores que los hombres. Detrás se veían los vagos contornos de un pasillo en penumbra. A cinco pasos de la puerta había una ligera línea roja que seguía la forma de la cámara sobre el polvoriento suelo. Marabac, un poco por delante de su hermano, cruzó la línea. Como si hubiese sido detenido en el aire por una muralla invisible, titubeó y se detuvo. Sus extremidades y su cuerpo parecieron derretirse bajo el albornoz..., que también adquirió un aspecto como si estuviese desgastado por siglos incalculables. El polvo flotó en el aire, formando una nube tenue, y donde habían estado sus manos extendidas hubo un momentáneo resplandor de huesos blancos. Después también los huesos desaparecieron... y un vacío montón de harapos quedó en el suelo, pudriéndose.

Un vago olor a descomposición llegó hasta la nariz de Milab. Sin comprender, había detenido su huida por un instante. Entonces sintió sobre sus hombros el apretón de unas manos pegajosas y huesudas. El cloqueo y el murmullo de las cabezas formaba un coro demoniaco a sus espaldas. El redoble de los tambores, el ruido de fuentes saltarinas, resonaban con fuerza en sus oídos. Con un rápido grito de muerte, siguió a Mirabac sobre la línea roja. La enormidad que era al mismo tiempo humana y monstruo nacido en otra estrella, la innombrable amalgama de aquella resurrección sobrenatural, se inclinaba hacia él y no se detuvo. Con las manos de aquel Ossaru que había olvidado su propio hechizo, intentó alcanzar los dos montones de harapos vacíos. Estirándose, entró en la zona de muerte y disolución que el propio Ossaru había forjado para guardar eternamente la cámara. Durante un instante, hubo en el aire algo parecido a la disolución de una nube deforme, a la caída de finas cenizas. Después de eso, la oscuridad volvió, y con la oscuridad, el silencio.

La noche se posó sobre aquella tierra sin nombre, sobre aquella ciudad olvidada, y con ella llegaron los Ghorii, que habían seguido a Milab y Marabac por la llanura del desierto. Velozmente, mataron y se comieron al camello que esperaba pacientemente a la entrada del palacio. Después, en el viejo salón de columnas, encontraron el agujero en el estrado por el que habían descendido los viajeros. Lo rodearon hambrientos, olfateando la tumba que se hallaba debajo. Después se alejaron chasqueados, pues su agudo olfato les decía que el rastro se había perdido y la tumba estaba tan vacía de vida como de muerte.

El fingimiento feliz (o la ficción afortunada). Donatien Alphonse François de Sade (1740-1814)

Hay muchísimas mujeres que piensan que con tal de no llegar hasta el fin con un amante, pueden permitirse, sin ofensa para su esposo, un cierto comercio de galantería, y a menudo esta forma de ver las cosas tiene consecuencias más peligrosas que si la caída hubiese sido completa. Lo que le ocurrió a la Marquesa de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes, en el Languedoc, es una prueba evidente de lo que aquí proponemos como máxima.

Alocada, aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac creyó que ciertas cartas de amor, escritas y recibidas por ella y por el barón de Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas; y que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar su inocencia a su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó... El señor de Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una doncella, se apodera de una carta, al principio no encuentra en ella nada que justifique sus temores, pero sí mucho más de lo que necesita para alimentar sus sospechas, toma una pistola y un vaso de limonada e irrumpe como un poseso en la habitación de su mujer...

-Señora, he sido traicionado -ruge enfurecido-; leed: él me lo aclara, ya no hay tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.

La Marquesa se defiende, jura a su marido que está equivocado, que puede ser, es verdad, culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de crimen alguno.

-¡Ya no me convenceréis, pérfida! -responde el marido furioso-, ¡ya no me convenceréis! Elegid rápidamente o al instante este arma os privará de la luz del día.

La desdichada señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la copa y lo bebe.

-¡Deteneos! -le dice su esposo cuando ya ha bebido parte-, no pereceréis sola; odiado por vos, traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo? -y tras decir esto bebe lo que queda en el cáliz.
-¡Oh, señor! -exclama la señora de Guissac-. En terrible trance en que nos habéis colocado a ambos, no me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por última vez a mi padre y a mi madre.

Envían a buscar en seguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se arroja a los brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es culpable de nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica? Sólo queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual. Mientras tanto llega el confesor...

-En este atroz instante de mi vida -dice la Marquesa- deseo, para consuelo de mis padres y para el honor de mi memoria, hacer una confesión pública -y empieza a acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que nació.

El marido, que está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido de que en semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante de alegría.

-¡Oh, mis queridos padres! -exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su suegra-, consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que le he hecho pasar, tantas preocupaciones me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No hubo nunca ningún veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila; calmémonos todos y que por lo menos aprenda que una mujer verdaderamente honrada no sólo no debe cometer el mal, sino que tampoco debe levantar sospechas de que lo comete.

La Marquesa tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su estado; se había sentido envenenada hasta tal punto que el vuelo de su imaginación le había ya hecho padecer todas las angustias de muerte semejante. Se pone en pie temblorosa, abraza a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la joven esposa, bien escarmentada por esta terrible escena, promete que en el futuro sabrá evitar hasta la más pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y vivió más de treinta años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle el más mínimo reproche.

El fuego de Asurbanipal. Robert E. Howard (1906-1936)

Yar Alí deslizó cuidadosamente su mirada a lo largo del cañón azul de su Lee Enfield, se encomendó a Alá y atravesó con una bala el cerebro de uno de aquellos jinetes.

—¡Allaho akbar! —El gran afgano gritó de alegría, al tiempo que agitaba su arma por encima de la cabeza—. ¡Dios es grande! Por Alá, sahib, acabo de enviar al infierno a otro de esos perros.

Su compañero miró a lo lejos asomándose cautelosamente por encima del borde del agujero que, con sus propias manos, habían excavado en la arena. Era un americano delgado y fuerte llamado Steve Clarney.

—Buen trabajo, viejo colega —dijo—. Quedan cuatro. Mira: se retiran.

Los jinetes, ataviados de blanco, cabalgaban curiosamente los cuatro juntos, como si estuviesen en un conciliábulo, manteniéndose fuera del alcance de las balas. Eran siete cuando se encontraron por primera vez con los dos camaradas, pero las balas de los dos rifles que asomaban por el agujero de arena resultaron mortales.

—Mire, sahib: abandonan la lucha.

Yar Alí se levantó y gritó insultándolos y burlándose de ellos. Uno de los jinetes se dio la vuelta y disparó. La bala levantó la arena a unos treinta pies del agujero.

—Disparan como traidores —dijo Yar Alí con complaciente autoestima—. Por Alá, ¿vio cómo ese cerdo se revolvió en la silla en cuanto asomé la cabeza? ¡Vamos, sahib, corramos tras ellos y acabemos con ellos!

Sin prestar atención a esta insensata y violenta propuesta —sabía que era una de las reacciones propias de la naturaleza afgana— Steve se levantó, se sacudió el polvo de sus ropas, miró hacia los jinetes, que ahora no eran más que pequeñas manchas blancas en el horizonte, y dijo pensativo:

—Esos tipos cabalgan como si tramasen algo, no como gente que huye del combate.
—Ya —corroboró Yar Alí sin pensárselo, y sin ver ninguna inconsistencia entre esta actitud de ahora y su anterior sugerencia sedienta de sangre—, seguramente buscan reencontrarse con algunos camaradas más, son bandidos que no dejan su presa fácilmente. Haríamos bien yéndonos de aquí rápidamente, sahib Steve. Volverán, puede que en unas horas, o tal vez en unos días, todo depende de lo lejos que esté el oasis de su tribu, pero volverán. Quieren nuestras armas y nuestras vidas.

El afgano sacó el casquillo vacío e introdujo un único cartucho en el cargador del rifle.

—Mire, es mi última bala, sahib.

Steve levantó la cabeza y asintió.

—A mí me quedan tres.

Los asaltantes que habían abatido fueron despojados de las armas y de cualquier cosa de valor por sus propios compañeros. No tenía ningún sentido registrar los cuerpos en busca de más munición. Steve cogió su cantimplora y la sacudió. No quedaba demasiada agua. Sabía perfectamente que Yar Alí tenía sólo un poco más que él, a pesar de que el gran afridi, criado en una tierra árida y estéril, estaba acostumbrado a este clima y necesitaba menos agua que el americano. Y eso que Steve era, desde el punto de vista del hombre blanco, fuerte y resistente como un lobo. Mientras inclinaba la cantimplora y bebía un poco, Steve repasó mentalmente la sucesión de circunstancias que los habían conducido hasta esta situación. Viajeros sin rumbo fijo, soldados de fortuna unidos por la casualidad y por una admiración mutua, él y Yar Alí habían vagado desde la India hasta el Turquestán y Persia. Formaban una curiosa y sorprendente pareja, pero con unas grandes posibilidades. Guiados por su incansable e innata necesidad de viajar, el único objetivo para el cual se habían conjurado, y en ocasiones hasta llegaron a creérselo, era hacerse con algún tesoro tan desconocido como impreciso, una especie de olla llena de oro al final de un arco iris que todavía no se había formado.

Fue entonces, en la antigua Shiraz, cuando oyeron hablar del Fuego de Asurbanipal. La historia les vino por boca de un viejo mercader persa que apenas creía la mitad de lo que les estaba contando. Oían la historia que él a su vez había oído, de joven, entre las vacilaciones propias del delirio. Cincuenta años antes, había estado en una caravana que viajaba por la costa sur del Golfo Pérsico, la ruta del comercio de perlas, y que persiguió la leyenda de una extraña perla que estaba lejos, en medio del desierto. La perla, que se rumoreaba que fue hallada por un buceador y robada por un sheik del interior, no la encontraron, pero se tropezaron con un turco que agonizaba a causa del hambre, la sed y una herida de bala en el muslo. Antes de morir habló, de manera poco inteligible, acerca de la historia de una lejana ciudad muerta, construida con piedra negra entre las perdidas arenas del desierto en dirección al oeste, y de una resplandeciente gema guardada entre los dedos de un esqueleto sentado en un viejo trono. No se había atrevido a traerla consigo a causa del todopoderoso horror que dominaba aquel sitio, y la sed le llevó de nuevo hacia el desierto, donde los beduinos le persiguieron e hirieron. Aún así, consiguió escapar, cabalgando hasta que su caballo desfalleció. El turco murió sin llegar a decir cómo había conseguido llegar a la mítica ciudad, pero el viejo mercader pensaba que debía venir del noroeste; seguramente se trataría de un desertor del ejército turco que intentaba desesperadamente alcanzar el Golfo.

Los hombres de la caravana ni siquiera intentaron adentrarse más en el desierto en busca de la ciudad. Según las palabras del viejo mercader, todos pensaban que esa ciudad no era otra que la antigua, muy antigua Ciudad del Mal de que hablaba el Necronomicón del árabe loco Alhazred; la ciudad de los muertos sobre la cual pesaba una vieja maldición. Había varias leyendas que se referían a esta ciudad con nombres diferentes: los árabes la llamaban Beled-el Djinn, la Ciudad de los Demonios, y los turcos la conocían como Kara-Shehr, la Ciudad Negra. Asimismo, la fabulosa gema no era otra que una piedra preciosa que perteneció a un rey hace ya mucho tiempo, un rey que para los griegos era Sardanápalo y para los pueblos semíticos Asurbanipal. La historia fascinó inmediatamente a Steve. A pesar de que él mismo reconocía que sería, sin duda, uno de los miles de mitos falsos creados en Oriente, aún debía haber alguna posibilidad de que él y Yar Alí diesen con una pista que los condujese hasta esa olla llena de oro que habían estado buscando toda su vida. Además, Yar Alí ya había oído antes algunos rumores acerca de una ciudad escondida entre las arenas. Eran historias que habían seguido a las caravanas que se dirigían al este, a través de las tierras altas del norte de Persia y de las arenas del Turquestán, y que se habían adentrado en el país de las montañas e incluso más allá. Pero siempre eran historias muy vagas, leves rumores sobre una ciudad negra de los djinn oculta entre las neblinas de un desierto poblado de fantasmas.

Entonces, siguiendo el camino de la leyenda, los dos compañeros llegaron desde Shiraz hasta un pueblo de la costa árabe del Golfo Pérsico. Allí tuvieron conocimiento de más detalles gracias a un viejo que de joven había sido pescador de perlas. La vejez le hacía ser extremadamente locuaz y explicó historias que le habían llegado por boca de viajeros de otras tribus, que, a su vez, las habían sacado de los temibles nómadas de las profundas tierras del interior. Y de nuevo Steve y Yar Alí oyeron hablar de la ciudad negra con bestias gigantes esculpidas en la piedra, y con el esqueleto de un sultán que agarraba la fabulosa gema. Y así, sin dejar de tenerse un poco a sí mismo por un pobre tonto engañado, Steve se involucró de pies a cabeza en la increíble historia. Y Yar Alí, convencido de que el conocimiento de todas las cosas está en el regazo de Alá, se fue con él. El poco dinero que tenían apenas les bastó para conseguir un par de camellos y provisiones para una audaz y rápida incursión en lo desconocido. Su único mapa se limitaba a los vagos rumores acerca de la supuesta situación de Kara-Shehr.

Fueron varios días de viaje muy duro, espoleando a los animales y racionando el agua y la comida. Cuando penetraron profundamente en el desierto, se encontraron con una cegadora tormenta de arena durante la cual perdieron los camellos. Después de esto vinieron larguísimas millas de andar dando tumbos a través de las arenas, expuestos a un sol que quemaba todo lo que tocaba y subsistiendo gracias a la cada vez más exigua agua que les quedaba en las cantimploras y a la comida que Yar Alí guardaba en una pequeña bolsa. Ya ni se les pasaba por la cabeza encontrar la mítica ciudad. Continuaron a ciegas, con la esperanza de dar con un manantial por casualidad; sabían que detrás de ellos no había ningún oasis que pudiesen alcanzar a pie. Era una opción desesperada, pero era la única que tenían. Fue entonces cuando se les echó encima un grupo de guerreros ataviados de blanco. Confundiéndose con el horizonte del desierto y desde una trinchera poco profunda y excavada con prisas, los dos aventureros intercambiaron disparos con aquellos jinetes salvajes que consiguieron rodearlos en muy pocos minutos. Las balas de los beduinos saltaban a través de su improvisada fortificación, echándoles arena en los ojos y rozando partes de sus ropas, pero por suerte ninguna les dio. Ése fue el único poco de suerte que tuvieron, pensó Clarney mientras se veía a sí mismo como un loco estúpido. ¡Era todo tan descabellado! ¡Pensar que dos hombres podían desafiar al desierto y sobrevivir, y encima arrancarle de su profundísimo seno los secretos del tiempo! ¡Y esa loca historia del esqueleto que agarra con la mano una fabulosa joya en medio de una ciudad muerta, basura! ¡Vaya mierda! Debía de estar completamente loco para darle crédito a una cosa así, decidió el americano con la lucidez que da el sufrimiento y el peligro.

—Bueno, viejo, —dijo Steve levantando su rifle— vámonos. Es puro azar ver si moriremos de sed o bien decapitados por los hermanos del desierto. En cualquier caso, aquí no hacemos nada.
—Dios proveerá —confirmó Yar Alí alegremente—. El sol se está ocultando. Pronto tendremos encima el frío de la noche. Tal vez aún encontremos agua, sahib. Mire, el terreno cambia hacia el sur.

Clarney miró protegiéndose los ojos de los últimos rayos del sol. Más allá de una llanura, una explanada inerte de varias millas de ancho, la tierra aparecía más escarpada y se evidenciaban unas colinas desiguales y rotas. El americano se echó el rifle al hombro y suspiró.

—Vamos hacia allá; de todas maneras no somos más que comida para los buitres.

El sol desapareció y salió la luna, inundando el desierto de esa extraña luz plateada, una luz que cae desigual y débilmente formando largas ondulaciones, como si un mar se hubiese congelado de repente y apareciese completamente inmóvil. Steve, angustiado salvajemente por una sed que él mismo no había osado aplacar del todo, murmuraba por debajo de su propio aliento. El desierto era maravilloso bajo la luna, tenía la belleza de una Lorelei de mármol que atraía los hombres hacia su propia destrucción. ¡Qué locura! su cerebro lo repetía una y otra vez; el Fuego de Asurbanipal desaparecía entre los laberintos de lo irreal a cada paso que se hundía en la arena. El desierto no era ya simplemente una inmensidad material de tierra, sino las grises brumas de los eones pasados, en cuyas profundidades dormían obsesiones, historias y objetos perdidos. Clarney tropezó y maldijo su suerte; ¿estaba desfalleciendo por fin? Yar Alí se balanceaba rítmicamente con el aparentemente fácil e incansable paso del hombre criado en la montaña, mientras Steve apretaba los dientes animándose a sí mismo para esforzarse más y más. Estaban llegando a la zona escarpada y el camino era cada vez más duro. Barrancos no muy profundos y estrechos desfiladeros cortaban caprichosamente la tierra. La mayoría estaban casi llenos de arena y no había ni el más mínimo rastro de agua.

—Hubo un tiempo en que esta tierra fue un oasis —comentó Yar Alí—. Sólo Alá sabe cuántos siglos hace que la arena se apoderó de ella, de la misma manera que se ha apoderado de muchas ciudades del Turquestán.

Se movían de un lado para otro como cuerpos sin vida en un oscuro paisaje de muerte. La luna se había tornado roja y siniestra mientras se ocultaba en el horizonte, y las sombras de la oscuridad se asentaron en el desierto antes de que llegasen a algún lugar desde donde pudiesen ver qué había más allá de aquella zona tan accidentada. Ahora incluso los pies del afgano empezaban arrastrarse por el camino, y Steve se mantenía en pie sólo gracias a una indomable fuerza de voluntad. Finalmente, consiguieron llegar hasta una especie de cresta desde donde la tierra empezaba a descender en dirección sur.

—Descansemos —dijo Steve—. No hay agua, en esta tierra infernal. Es inútil estar andando todo el rato. Tengo las piernas tiesas como el cañón de un rifle. Soy incapaz de dar otro paso para salvar el cuello. Aquí hay una roca pelada, más o menos igual de alta que el hombro de una persona, orientada hacia al sur. Dormiremos aquí, a refugio del viento.
—¿Y no haremos guardia, sahib Steve?
—No —respondió Steve—. Si los árabes nos cortan el cuello mientras dormimos, eso que ganamos. No somos más que un par de moribundos.

Con esta optimista observación, Clarney se dejó caer redondo en la arena. Sin embargo, Yar Alí se quedó de pie, inclinándose hacia adelante, escrutando con los ojos la oscuridad que sustituía el horizonte en que brillaban las estrellas por impenetrables agujeros de sombras.

—Hay algo en el horizonte, allá, hacia el sur —murmuró con dificultad—. ¿Una colina? No sabría decirlo, pero estoy seguro de que hay algo.
—Ya estás viendo espejismos —dijo Steve irritado—. Acuéstate y duerme.

Y, diciendo esto, Steve cayó en poder del sueño. Le despertó el sol que le daba en los ojos. Se incorporó bostezando, y su primera sensación fue la de sed. Cogió la cantimplora y se humedeció los labios; sólo le quedaba un trago. Yar Alí todavía dormía. Los ojos de Steve inspeccionaron el horizonte en dirección al sur y, de repente, se levantó de un brinco. Empezó a golpear al afgano, que aún estaba reclinado.

—Eh, despierta Alí. Es cierto, no veías visiones. Ahí está tu colina y también otra que parece muy extraña.

El afridi se despertó de una manera salvaje: instantánea y con todos sus sentidos, con la mano saltando hacia su largo cuchillo como si estuviese ante el enemigo. Dirigió la mirada hacia lo que señalaban los dedos de Steve y se le agrandaron los ojos.

—¡Por Alá y por Alá! —exclamó—. ¡Hemos llegado a la tierra de los espíritus! ¡No es ninguna montaña, es la ciudad de piedra rodeada por las arenas del desierto!

Steve saltó locamente a sus pies. Al tiempo que miraba fijamente y con respiración violenta, un grito salvaje se escapó de sus labios. A sus pies, la pendiente desde la cresta donde estaban descendía hasta una amplia llanura de arena que se extendía hacia el sur, y, lejos, a través de las arenas, hacia donde llegaba la vista, la «colina» tomaba forma lentamente, como un espejismo que crecía de las arenas ondulantes. Vio grandes muros desiguales, murallas imponentes; parecía que todo junto se arrastrase por la arena como una criatura con vida, ondulante por la parte superior de los muros, vacilante en la estructura global. Desde luego, no era sorprendente que a primera vista pareciese una colina.

—¡Kara-Shehr! —exclamó Clarney con fuerza—. ¡Beled-el Djinn! ¡La ciudad de los muertos! ¡Después de todo no era una alucinación! ¡La hemos encontrado! ¡Cielos, la hemos encontrado! ¡Venga, vamos!

Yar Alí movió la cabeza vacilando y musitó algo acerca de espíritus malignos, pero siguió adelante. La visión de los restos de la ciudad se había llevado de la cabeza de Steve la sed y el hambre, e incluso la fatiga, que unas pocas horas de sueño no habían podido reparar del todo. Andaba con dificultad pero ansiosamente, sin preocuparse por el calor que iba en aumento, los ojos le brillaban con la lujuria del explorador. En estos momentos se daba cuenta de que no era sólo la codicia por la fabulosa gema lo que había inducido a Steve Clarney a arriesgar su vida en esa naturaleza salvaje y cruel, sino que en el fondo de su alma acechaba ese viejo e innato sentimiento del hombre blanco: la necesidad de buscar y explorar los rincones más escondidos del mundo, y esa necesidad había sido despertada de un profundo sueño por todas aquellas viejas historias. A medida que cruzaban la vasta llanura que separaba aquel terreno escarpado de la ciudad, veían cómo las murallas rotas iban adoptando una forma más clara, como si estuviesen creciendo en el cielo de la mañana. La ciudad parecía construida a base de enormes bloques de piedra negra, pero era imposible saber cuál había sido la altura inicial de los muros, ya que la arena se había amontonado desde la base hasta una altura considerable. En algunas partes los muros se habían derribado y la arena los cubría completamente.

El sol alcanzó su cénit y la sed irrumpió con fuerza a pesar del entusiasmo, pero Steve controló intensamente su sufrimiento. Tenía los labios resecos e hinchados, pero no tomaría el último trago hasta que no hubiesen alcanzado la ciudad en ruinas. Yar Alí se mojó los labios con el contenido de su cantimplora y quiso compartir lo poco que le quedaba con su amigo. Steve negó con la cabeza y siguió andando. Fue durante el terrible calor del mediodía en el desierto cuando alcanzaron las ruinas, y, atravesando el derruido muro por un agujero bastante grande, pudieron fijar su vista en la ciudad muerta. La arena había bloqueado las viejas calles y había dado una forma fantástica a aquellas enormes columnas, que quedaban tumbadas y medio ocultas. Estaba todo tan destrozado y tan cubierto de arena que los dos exploradores apenas pudieron identificar un poco del plano original de la ciudad. La ciudad ahora no era más que una inmensidad de montones de arena y de piedras que se caían a trozos sobre las que flotaba, como una nube invisible, un aura de inexpresable antigüedad. Justo delante de ellos discurría una avenida ancha cuya configuración no había conseguido borrar la destructiva fuerza ni de la arena ni del viento. A cada uno de los lados del amplio camino había alineadas unas columnas enormes, no especialmente altas, incluso teniendo en cuenta la arena que no dejaba ver la base, pero increíblemente anchas. Encima de cada columna había una figura esculpida en la fuerte piedra; eran imágenes sombrías y enormes, mitad humana y mitad bestia, que contribuían así a la irracionalidad que flotaba en toda la ciudad. Steve profirió un grito de sorpresa.

—¡Los toros alados de Nínive! ¡Los toros con cabeza de hombre! ¡Por todos los santos, Alí, aquellas viejas historias eran ciertas! ¡La leyenda entera es cierta! Debieron de venir aquí cuando los babilonios destruyeron Asiria, ya que todo esto es idéntico a las imágenes que he visto, reconstruye escenas de la vieja Nínive ¡Mira allí!

Señaló el inmenso edificio que estaba al otro extremo de la calle ancha. Era un edifico colosal, muy sólido, cuyas columnas y paredes, hechas con resistentes bloques de piedra negra, habían resistido contra la arena y el viento, contra el paso del tiempo. Aquel ondulante y destructivo mar de arena que se había adueñado de la ciudad se extendía por sus bases, penetrando por puertas y pasillos, pero hubiesen sido necesarios miles de años para inundar toda la estructura.

—La morada de los demonios —musitó Yar Alí con desagrado—.
—¡El templo de Baal! —exclamó Steve—. ¡Vamos! Temía que hubiésemos tenido que dar con todos los templos escondidos por la arena y cavar para encontrar la preciosa gema.
—Poco bien nos hará —murmuró Yar Alí—. Moriremos en este sitio.
—Podemos contar con eso, seguro. —Steve desenroscó el tapón de su cantimplora—. Tomemos nuestro último trago. En cualquier caso, aquí estamos a salvo de los árabes. Nunca se atreverán a venir hasta aquí a causa de sus supersticiones. Beberemos y después moriremos, eso está claro, pero primero encontraremos la joya. Quiero tenerla en mi mano en el momento en que desfallezca. Tal vez dentro de unos pocos siglos algún aventurero afortunado encuentre nuestros esqueletos y la gema. ¡Aquí está, para él, sea quien sea!

Con esta mueca irónica Clarney agotó su cantimplora al tiempo que Yar Alí hizo lo propio. Se habían jugado su último as, el resto quedaba a la merced de Alá. Mientras caminaban por aquella avenida, Yar Alí, que jamás había temblado ante un enemigo humano, miraba a derecha e izquierda nerviosamente, como si esperase descubrir un rostro fantástico y con cuernos espiándole desde detrás de una columna. El mismo Steve sentía la inquietante antigüedad de aquel sitio y temía encontrarse con un inminente ataque a cargo de cuádrigas de bronce que corrían por las calles desiertas, u oír de repente el amenazante son de trompetas de guerra. Se dio cuenta de que el silencio de las ciudades muertas era mucho más intenso que el silencio del desierto. Finalmente, llegaron a las puertas del gran templo. Hileras de columnas inmensas flanqueaban la amplia entrada, llena de arena que llegaba hasta los tobillos, desde donde pendían grandes marcos de bronce que en algún tiempo albergaron fuertes puertas cuya cuidada madera se había podrido hacía siglos. Entraron en un gran salón en penumbra que tenía un sombrío techo de piedra sostenido por columnas que parecían los troncos de un bosque. El efecto de toda la construcción era de un esplendor enmudecedor y de tal magnitud que parecía un templo construido por gigantes para albergar a los dioses más sombríos y enigmáticos.

Yar Alí caminaba temeroso, como si fuese a despertar a los dioses que estaban dormidos, y Steve, a pesar de estar libre de las supersticiones del afridi, sentía como si la impenetrable majestuosidad de aquel sitio le abrazase el alma con sus oscuras manos. No había resto de ninguna huella en el polvo que reposaba en el suelo; había pasado más de medio siglo desde que aquel turco huyese de aquellos salones despavorido, como si se lo llevasen los demonios. Respecto a los beduinos, era fácil ver por qué esos supersticiosos hijos del desierto evitaban esta ciudad encantada, y realmente estaba encantada, pero no por fantasmas, sino, probablemente, por las sombras del esplendor perdido. A medida que avanzaban a través de la arena del salón, que parecía no tener fin, Steve se planteó muchas preguntas. ¿Como pudieron aquellos fugitivos de la ira de unos rebeldes violentísimos construir esta ciudad? ¿Cómo cruzaron el país de sus propios enemigos (ya que Babilonia está entre Asiria y el desierto arábigo)? De hecho, no tenían otro sitio donde ir: al oeste está Siria y el mar, y el norte y el este estaba ocupado por los «peligrosos medas», aquellos terribles arios cuya ayuda fortaleció el brazo de Babilonia en el momento de pulverizar a su enemigo. Posiblemente, pensó Steve, Kara-Shehr —o como se llamase en aquellos tiempos remotos— se construyó como una ciudad fronteriza antes de la caída del imperio asirio. ¿Con qué propósito huirían los supervivientes de aquella destrucción? En cualquier caso, era posible que Kara-Shehr hubiese sobrevivido a Nínive unos cuantos siglos. Era una ciudad extraña, sin duda, como un ermitaño, apartada del resto del mundo.

Seguramente, como dijo Yar Alí, hubo un tiempo en que esta tierra era un país fértil, regado por oasis y manantiales; y en la zona accidentada que habían cruzado la noche anterior habría habido canteras que proporcionaron la piedra necesaria para construir la ciudad. ¿Qué causó entonces la decadencia de la ciudad? ¿Fue el avance de la arena del desierto y el agotamiento de los manantiales lo que indujo a la gente abandonarla? ¿O ya era Kara-Shehr una ciudad silenciosa antes de que la arena superara las murallas? La ruina de la ciudad, ¿fue provocada por el exterior o se debió a causas internas? ¿Fue una guerra civil lo que diezmó a sus habitantes o, por el contrario, fueron exterminados por un poderoso enemigo procedente del desierto? Clarney movió la cabeza en un gesto lleno de perplejidad y preocupación. Las respuestas a todas estas preguntas se perdían en el laberinto de tiempos inmemoriales.

—¡Allaho akbar!

Habían cruzado aquel enorme y sombrío salón y al final de todo se encontraron con un terrorífico altar de piedra negra detrás del cual se asomaba amenazante la figura de una antigua divinidad, una imagen salvaje y horrible. Steve se encogió de hombros cuando identificó aquella imagen monstruosa; se trataba de Baal, en cuyo altar negro se le ofrecía, en otros tiempos, el alma inocente de una víctima indefensa retorciéndose y gritando de desesperación. Este ídolo encarnaba por completo en su profundísima y hostil bestialidad el alma de esta ciudad endemoniada. Seguramente, pensó Steve, los creadores de Nínive y de Kara-Shehr estaban hechos de una pasta muy diferente a la de la gente de hoy. Su arte y su cultura eran demasiado siniestros, demasiado secos respecto a los aspectos más ligeros de la humanidad, como para ser enteramente humanos; por lo menos, en el sentido en que el hombre moderno concibe la humanidad. La arquitectura intimidaba; mostraba un alto nivel técnico, pero resultaba demasiado hosca, grande y basta para alcanzar la comprensión por parte del mundo moderno.

Los dos aventureros cruzaron una puerta estrecha que se abría al final del salón, justo al lado del ídolo, y que conducía hacia una serie de habitaciones amplias, sombrías y llenas de polvo, y conectadas entre sí por pasillos flanqueados de columnas. Avanzaron por ellos envueltos en una luz gris, fantasmagórica, y llegaron a una escalera ancha cuyos enormes escalones de piedra ascendían y se perdían en la oscuridad. En este momento, Yar Alí se detuvo.

—Nos hemos atrevido demasiado, sahib —murmuró—. ¿Es sensato arriesgarnos más?

Steve, que ardía de impaciencia, captó la intención del afgano.

—¿Quieres decir que no deberíamos subir estas escaleras?
—Tienen un aspecto terrible. ¿Hacia qué cámaras de silencio y horror deben de llevar? Cuando un fantasma habita una casa desierta, siempre acecha en las habitaciones de arriba. Un demonio puede arrancarnos la cabeza en cualquier momento.
—Sea como sea, ya somos hombres muertos —gruñó Steve—. Si quieres, puedes volver atrás y vigilar si vienen los árabes mientras yo voy a la parte de arriba.
—Eso es como tratar de ver el aire en el horizonte —respondió el afgano con desgana, al tiempo que cogía el rifle y desenfundaba su largo cuchillo—. Ningún beduino llega hasta aquí. Vamos, sahib. Estás loco igual que todos los occidentales, pero no dejaré que te enfrentes a los fantasmas tú solo.

Los dos compañeros empezaron a subir las escaleras. A cada paso, los pies se les hundían en el polvo acumulado a lo largo de los siglos. Fueron subiendo y subiendo hasta una altura tal que el suelo se perdía en una oscuridad incierta.

—Nos dirigimos a ciegas hacia nuestro destino fatal, sahib —musitó Yar Alí—. ¡Allah il Allah, y Mahoma es su profeta! Siento la presencia de un mal dormido durante mucho tiempo y presiento que nunca volveré a oír cómo silba el viento en el Khyber Pass.

Steve no respondió. No le gustaba el silencio mortal que se extendía por todo el templo ni tampoco la inquietante luz gris que se filtraba desde algún sitio escondido. Ahora, por encima de sus cabezas, la penumbra se aclaró un poco y vieron que estaban en una habitación circular enorme, iluminada tristemente por la luz que se filtraba a través de un techo alto y agujereado. De repente, otro haz de luz contribuyó a la iluminación de la sala. Un fuerte gritó se escapó de los labios de Steve y de Yar Alí. De pie en el último peldaño de la escalera de piedra, los dos miraban a través de aquella gran habitación, con las baldosas cubiertas de polvo y las paredes de piedra negra completamente desnudas. Desde el centro de la habitación, unos enormes escalones llevaban hacia un podio de piedra, y sobre este podio se erigía un trono de mármol. Alrededor del trono brillaba y relucía una luz extraña. Los dos aventureros se maravillaron cuando vieron su origen. En el trono yacía un esqueleto humano, un conjunto casi deforme de huesos que se desmenuzaban. Una mano sin carne se apoyaba sobre el amplio brazo del trono de mármol, y en esta horrible garra latía, como si estuviese viva una enorme piedra de un rojo muy intenso.

¡El Fuego de Asurbanipal! Incluso después de haber encontrado la ciudad perdida Steve no pensó que realmente fuesen a dar con la gema, incluso dudaba acerca de su existencia. Pero ahora no podía dudar, tenía la evidencia ante sus ojos, deslumbrándole con ese increíble, maligno, brillo. Con un fuerte grito de emoción saltó rápidamente por la habitación y por los escalones que conducían al trono. Yar Alí estaba a sus pies, pero cuando Steve estaba a punto de coger la gema, el afgano le cogió del brazo.

—¡Espere! —exclamó—. ¡No la toque todavía, sahib! Sobre las cosas antiguas siempre recae una maldición, y seguro que ésta es tres veces maldita. ¿Por qué si no ha permanecido intacta durante siglos, aquí, en una tierra de ladrones? No es bueno tocar las posesiones de los muertos.
—¡Bah! —bufó el americano—, ¡Supersticiones! Los beduinos estaban asustados a causa de las historias que les contaban sus antepasados. Teniendo como tienen el desierto por morada, sistemáticamente recelan de las ciudades, aunque no hay duda de que ésta tenía una mala reputación ya en sus mejores tiempos. Ademas, nadie excepto los beduinos habían visto antes este sitio, aparte de aquel turco, que probablemente estaba medio loco como consecuencia del sufrimiento.
—Estos huesos pueden ser los del rey del que hablaba la leyenda, el aire seco del desierto conserva este tipo de cosas indefinidamente, pero lo dudo. Pueden ser de un asirio o, más probablemente, de un árabe, algún pobre diablo que se hizo con la gema y después murió en el trono por alguna u otra razón.

El afgano apenas le oía. Estaba mirando a la enorme piedra con ojos de fascinación y de terror, de la misma manera que un pájaro mira hipnotizado los ojos de una serpiente.

—¡Mírelo, sahib! —susurró—. ¿Qué es? Una gema como ésta no puede haber sido tallada por manos mortales. Mire cómo palpita ... ¡como el corazón de una cobra!

Steve la estaba mirando y sintió una sensación extraña, indefinida, como de ansiedad y desasosiego. Perfecto conocedor de las piedras preciosas, nunca había visto una que fuese como ésta. A primera vista, se suponía que era un rubí enorme, como decían las leyendas. Pero ahora ya no estaba tan seguro, y tenía la inquietante sensación de que Yar Alí estaba en lo cierto y que no era una gema normal. No podía clasificarla en un estilo de tallado concreto, y la intensidad de su brillo era tal que no podía mirarla con detalle durante mucho rato. Por otro lado, el decorado global no era el más adecuado para atemperar los nervios: la gran cantidad de polvo en el suelo sugería una antigüedad decadente; la luz gris evocaba una cierta irrealidad; las grandes paredes negras se alzaban siniestras y amenazadoras, sugiriendo la existencia de algo escondido.

—¡Cojamos la piedra y vayámonos! —murmuró Steve, que sentía un inusitado terror en el interior del pecho.
—¡Espere! —Los ojos de Yar Alí brillaban y fijó la mirada, pero no en la gema, sino en las sombrías paredes de piedra—. ¡Somos moscas que han caído en la tela de araña! Sahib, tan cierto como que Alá existe que es algo más que los fantasmas de viejos temores lo que acecha en esta ciudad de horror. Siento el peligro como lo he sentido otras veces, como lo sentí en una cueva en la jungla donde una pitón acechaba en la oscuridad sin ser vista, como lo sentí en el templo de Thuggee donde los estranguladores de Shiva se nos abalanzaron encima desde sus escondites, como lo siento ahora mismo, sólo que diez veces más intenso.

A Steve se le erizó el pelo. Sabía que Yar Alí era un auténtico veterano en estas cosas, y que no era presa de un temor estúpido o un pánico absurdo. Recordaba muy bien los incidentes a los que había aludido el afgano, igual que recordaba otras ocasiones en las que el instinto telepático de Yar Alí le había advertido del peligro antes de poderlo ver u oír.

—¿Qué es, Yar Alí? —dijo en voz baja.

El afgano movió la cabeza, tenía los ojos llenos de una luz misteriosa y extraña mientras escuchaba en la oscuridad las sugerencias ocultas de su subconsciente.

—No lo sé, sé que está cerca y que es muy viejo y muy peligroso, creo —De repente se detuvo y se giró, el brilló de sus ojos desapareció y fue sustituido por una mirada intensa de temor y de recelo, como la de un lobo—. ¡Escuche, escuche, sahib! —dijo atropelladamente— ¡Los espíritus están subiendo por la escalera!

Steve se quedó inmóvil cuando oyó que unas pisadas sigilosas sobre la piedra se acercaban.

—¡Por Judas, Alí! —exclamó—. ¡Hay algo ahí fuera!

Las viejas paredes resonaron con un coro de gritos salvajes al tiempo que una horda de siluetas feroces se extendía por toda la sala. Durante unos segundos de asombro y de locura Steve creyó realmente que estaban siendo atacados por guerreros reencarnados procedentes de un tiempo olvidado. Pero el alevoso zumbido de una bala que le pasó rozando y el desagradable olor de la pólvora le indicaron que sus enemigos eran suficientemente materiales. Steve maldijo su suerte; amparados en una seguridad imaginaria, habían caído como ratas en la trampa en que ahora les tenían los árabes. Incluso después de que el americano tirase de rabia su rifle, Yar Alí, apoyando el suyo en las caderas, disparó rápidamente y con un efecto letal a aquellas dianas, arrojó con fuerza su rifle vacío sobre la horda que le acosaba y bajó las escaleras como un huracán, con su cuchillo del Khyber de tres pies brillando en su fuerte mano. En su gusto por la batalla se percibía un cierto alivio al darse cuenta de que sus enemigos eran humanos. Una bala le quitó el turbante de la cabeza, pero un árabe cayó partido en dos ante el primer y demoledor golpe de ese hombre de las montañas.

Un beduino alto llegó a apoyar el cañón de su pistola en el costado del afgano, pero antes de que pudiese apretar el gatillo una certera bala disparada por Clarney le atravesó el cerebro. El alto número de agresores dificultaba el ataque al gran afridi, cuya rapidez de movimientos, similar a la de un tigre, hacía que dispararle fuese tan peligroso para él como para ellos mismos. La mayoría fue a rodearle, golpeando con cimitarras y rifles, mientras que otros cargaron escaleras arriba contra Steve. Aquí no había pérdida; el americano simplemente sostenía su rifle y lo disparaba hacia una ruina fantasmagórica. Los otros llegaron rugiendo como panteras. Ahora que estaba dispuesto a gastar su último cartucho, Clarney vio dos cosas en un brevísimo instante, un guerrero salvaje, con la barba llena de saliva y con la cimitarra alzada, que estaba prácticamente encima suyo, y otro que, con las rodillas en el suelo apuntaba su rifle hacia Yar Alí. En un segundo, Steve eligió disparar por encima del hombro del de la cimitarra, matando al del rifle y ofreciendo voluntariamente su vida a cambio de la del amigo, ya que aquel largo cuchillo se dirigía a su propio cuello. Pero justo cuando el árabe se acercaba más, gruñendo con todas sus fuerzas, su sandalia resbaló sobre el escalón de mármol y la afilada hoja se desvío de su arco y golpeó el cañón del rifle de Steve. Rápidamente, el americano se apoyó en el rifle y tan pronto como el beduino recobró el equilibrio y alzaba de nuevo su cimitarra le golpeó con todas sus fuerzas, le agarró y cayeron los dos juntos.

Entonces una bala le golpeó fuertemente el hombro dejándolo medio aturdido. Mientras se tambaleaba, un beduino le rodeaba los pies con la tela de un turbante y se reía cruelmente. Clarney se dejó caer por las escaleras para contraatacar con más fuerza. Una pistola le apuntó dispuesta a volarle el cerebro, pero una orden determinante la detuvo.

—No lo matéis, pero atadle de pies y manos.

Al revolverse entre el montón de manos que lo zarandeaban, a Steve le pareció que ya había oído esa voz en algún sitio. En realidad, la cuestión de reducir al americano fue tarea de pocos segundos para los árabes. Incluso después del segundo disparo de Steve, Yar Alí le había cortado un brazo a uno de los asaltantes, y había recibido un terrible golpe de rifle en su hombro izquierdo. La chaqueta de piel de carnero, que llevaba a pesar de la calor del desierto, le había salvado de media docena de cuchillos afiladísimos. Un rifle disparó tan cerca de su cara que la pólvora le quemó y le hizo enfurecerse aún más y lanzar un fuerte grito sediento de sangre. Al tiempo que Yar Alí movía su cuchillo envuelto en sangre, el del rifle levantó su arma por encima de la cabeza, sosteniéndola con las dos manos y dispuesto a golpearle definitivamente; pero el afridi, con un feroz aullido, se movió rápido como un gato de la jungla y le hundió su largo cuchillo en la barriga. Sin embargo, en ese momento la culata de un rifle, empuñada por toda la fuerza y toda la maldad de su portador, golpeó violentamente la cabeza del gigante, ensangrentándolo y haciéndole caer de rodillas.

De acuerdo con la tenacidad y ferocidad de su raza, Yar Alí se levantó de nuevo, tambaleándose como un ciego, y empezó a golpear a adversarios que apenas podía ver, pero una lluvia de golpes lo derribó de nuevo, y a pesar de que yacía en el suelo los atacantes no cesaban de golpearle. Hubiesen acabado con él en poco rato de no haber sido por otra orden perentoria de su jefe. Una vez lo ataron, a pesar de estar inconsciente, lo arrastraron hasta donde se encontraba Steve, que había recobrado completamente el sentido y se había dado cuenta de que tenía una herida de bala en el hombro. Steve miró con rabia al árabe alto que estaba enfrente de él y que, a su vez lo miraba con suficiencia.

—Bien, sahib —dijo, y Steve se dio cuenta entonces de que no era un beduino,¾ ¿no te acuerdas de mí?

Steve frunció el ceño; una herida de bala no contribuye precisamente a la concentración.

—Me resultas familiar, ¡por Judas! ¡Tú eres Nureddin El Mekru!
—¡Cuánto honor¡ ¡El sahib me recuerda! —Nureddin saludó burlescamente al estilo árabe—. Y también recordarás, sin duda, la ocasión en que me hiciste este regalo, ¿no?
Sus oscuros ojos se ensombrecieron envolviendo una amenaza y el sheik se señaló una cicatriz fina y blanca en la mandíbula.
—Lo recuerdo —gruñó Steve, a quien el dolor y la ira no le hacían precisamente muy dócil—. Fue en tierras de Somalia, hace ya varios años. Tú te dedicabas al tráfico de esclavos entonces. Un pobre negro se te escapó y acudió a mí a pedir refugio. Viniste a mi campamento y con tu estilo belicoso empezaste una pelea; durante la refriega te encontraste con un cuchillo de carnicero que te cruzó la cara. ¡Ojalá te hubiese cortado tu asqueroso cuello entonces!
—Tuviste tu oportunidad —respondió el árabe—. Ahora se han cambiado las tornas.
—Pensaba que tu radio de acción estaba más hacia el oeste —continuó Steve—, El Yemen y Somalia.
—Dejé el tráfico de esclavos hace tiempo —respondió el sheik—. Es un juego que desgasta demasiado. Encabecé una banda de ladrones en El Yemen durante algún tiempo, pero de nuevo me vi forzado a cambiar de sitio. Vine para acá con un puñado de seguidores fieles y, por Alá, esos salvajes casi me cortan el cuello la primera vez que nos encontramos, pero vencí sus recelos y ahora lidero muchos más hombres de los que me han seguido durante años. Los hombres contra los que luchasteis ayer estaban a mis órdenes, eran exploradores que yo había mandado por delante. Mi oasis se encuentra bastante lejos, hacia el oeste. Hemos cabalgado durante varios días, ya que iba de camino hacia esta ciudad. Cuando mis exploradores volvieron y me dijeron que se habían topado con dos aventureros, no cambié mi rumbo, pues antes tenía que ir a Beled-el Djinn por cuestión de negocios. Nos hemos acercado a la ciudad desde el oeste y hemos visto vuestras pisadas en la arena. Las hemos seguido y nos hemos encontrado con que erais como búfalos ciegos que no se daban cuenta de que nos acercábamos.

Steve amenazó:

—No nos hubieseis cogido tan fácilmente si no fuese porque pensábamos que ningún beduino se atrevería a penetrar en Kara-Shehr.
Nureddin se mostró de acuerdo:
—Pero yo no soy un beduino. He viajado lejos y he visto muchas tierras y muchas razas diferentes, y también he leído muchos libros. Sé perfectamente que el temor es humo, que los muertos son muertos, y que los djinn, los fantasmas y las maldiciones son brumas que se van con el viento. Es precisamente a causa de las historias acerca de la piedra colorada por lo que he venido hasta este desierto perdido. Pero me ha llevado meses pesuadir a mis hombres para que me acompañasen hasta aquí.
—¡Pero finalmente estoy aquí! Y tu presencia es una sorpresa deliciosa. Sin duda, ya habrás adivinado por qué te he atrapado con vida; tengo planeado un entretenimiento bastante elaborado para ti y para ese pathan salvaje. Ahora cogeré el Fuego de Asurbanipal y nos iremos.

Se giró y se dirigió hacia el trono, pero uno de sus hombres, un gigante con barba y con un solo ojo, exclamó:

—¡Detente, señor! ¡Un mal muy antiguo reinó en este lugar antes de los días de Mahoma! El djinn aúlla por estas salas cuando el viento sopla, y muchos hombras han visto fantasmas bailando en las murallas bajo la luz de la luna. Ningún mortal ha desafiado a esta ciudad durante miles de años excepto uno, hace unos cincuenta años, que huyó desesperado. Has venido desde El Yemen y no conoces la vieja maldición que pesa sobre esta ciudad depravada y sobre esa piedra maléfica, que late como el corazón rojo de Satán. Te hemos seguido hasta aquí en contra de nuestros principios porque has demostrado ser un hombre fuerte y porque dices que tienes un conjuro contra todos los seres malignos. Dijiste que sólo querías echarle un vistazo a esta piedra preciosa, pero ahora nos hemos dado cuenta de que tu intención no es otra que la de quedártela. ¡No ofendas al djinn!
—¡No, Nureddin, no ofendas al djinn! —repitieron a coro el resto de beduinos. Los rufianes que siempre habían sido fieles al sheik se mantenían en un grupo compacto, aparte del de los beduinos, y no dijeron nada; envilecidos por los crímenes y otras acciones nada piadosas, eran menos sensibles a las supersticiones que los hombres del desierto, que habían escuchado durante siglos la temible historia de la ciudad maldita. Steve, a pesar de que odiaba a Nureddin con todo el veneno que podía destilar su alma, se dio cuenta del magnetismo de ese hombre, una capacidad de liderazgo innata que le había permitido imponerse a los temores y tradiciones de muchos años.
—La maldición recae sobre los infieles que irrumpen en la ciudad —respondió Nureddin—, no en los creyentes. Fijaos, en esta habitación hemos vencido a nuestros enemigos Kafar!

Uno de aquellos halcones del desierto que lucía una barba blanca negó con la cabeza.

—La maldición es más antigua que Mahoma, y no distingue entre razas o creencias. Unos hombres terribles se agruparon en esta ciudad negra en el amanecer de los tiempos. Oprimieron a nuestros antepasados de tiendas negras y lucharon entre ellos; las murallas negras de esta ciudad se tiñeron de sangre y vibraron con los gritos de fiestas profanas y los susurros de oscuras intrigas. Os voy a contar cómo vino hasta aquí esta piedra: a la corte de Asurbanipal llegó un mago al que la oscura sabiduría de los tiempos no le estaba negada. Con el fin de ganar honor y poder para sí mismo, desafió los horrores de una enorme cueva sin nombre que se encuentra en una tierra oscura y desconocida, y de aquellas malignas profundidades extrajo esa gema brillante, tallada por las propias llamas del infierno. Gracias a su temible dominio de la magia negra, hechizó al demonio que custodiaba la antigua gema y la robó, dejándolo dormido en aquella caverna desconocida. Una vez que este mago —llamado Xuthltan— se hubo instalado en la corte del sultán Asurbanipal empezó a hacer magia y predecir sucesos escrutando el interior de la piedra, que sólo sus ojos podían contemplar sin quedar completamente cegados. Entonces la gente llamó a esta piedra el Fuego de Asurbanipal, en honor del rey.

»Pero la desgracia se cernió sobre todo el reino y la gente empezó a decir que era a causa de la maldición del djinn. Entonces el sultán, asustado, le ordenó a Xuthltan que cogiese la gema y la devolviese a la caverna de donde la había robado, antes de que se produjesen males todavía peores. Pero no era intención del mago deshacerse de la gema en la que había podido leer los extraordinarios secretos de la época pre-Adamita, por lo que huyó a la ciudad rebelde de Kara-Shehr, donde pronto estalló una guerra civil y los hombres lucharon los unos contra los otros para hacerse con la gema. En ese momento el rey de la ciudad, anhelando apoderarse de la piedra, atrapó al mago y lo torturó hasta la muerte. Y fue en esta misma habitación donde vio cómo moría, el rey se sentó en el trono con la gema en su mano, como se había sentado antes, como se ha sentado a lo largo de los siglos, ¡como está sentado precisamente ahora!»

El árabe señaló con el dedo la masa de huesos que ocupaba el trono de mármol y los bravos hombres del desierto retrocedieron atemorizados; incluso a algunos de los secuaces más fieles a Nureddin se les heló el aliento, pero el sheik se mantuvo imperturbable.

—En el momento de morir —continuó el viejo beduino—, Xuthltan maldijo la piedra cuya magia no le había salvado y gritó unas palabras terribles que rompieron el hechizo que pesaba sobre el demonio de la caverna y lo liberó. E invocando a los dioses olvidados, Cthulhu, Koth y Yog-Sothoth, y a los moradores pre-adamitas de todas las ciudades oscuras ocultas bajo el mar y en las profundidades de la tierra, les impelió a recuperar lo que era suyo, y en su último aliento condenó al falso rey. Y esta condena consistió en que el rey permanecería sentado en su trono, con el Fuego de Asurbanipal en la mano, hasta el día del Juicio Final. Entonces la gran piedra gritó como si estuviese viva, e inmediatamente, ante los ojos del rey y de sus soldados, una bruma negra que se movía en círculos se alzó desde el suelo y liberó un viento fétido. Y de este viento surgió un espantoso espectro que alargó sus terribles zarpas y las dejó caer sobre el rey, que desfalleció y murió al contacto con ellas. Los soldados huyeron despavoridos y, con el resto de habitantes de la ciudad, se lanzaron al desierto, donde perecieron o consiguieron llegar completamente destrozados hasta las lejanas poblaciones de los oasis. Kara-Shehr quedó desierta y silenciosa, y se convirtió en madriguera para reptiles y chacales. Las pocas veces que las gentes del desierto se han aventurado en la ciudad, se han encontrado con el rey muerto en su trono, asiendo la resplandeciente gema, pero nunca se han atrevido a tocarla, ya que saben que el demonio que la vigila está cerca, acechando, de la misma manera que nos está acechando ahora, mientras permanecemos aquí».

Los guerreros se estremecieron y empezaron a mirar a su alrededor. En ese momento Nureddin tomó la palabra:

—Entonces, ¿por qué no apareció cuando los extranjeros entraron en la sala? ¿Acaso está tan sordo que el ruido del combate no lo ha despertado?
—Todavía no hemos tocado la gema —respondió el viejo beduino—, y tampoco lo han hecho los extranjeros. Los hombres pueden verla y continuar vivos, pero ningún mortal que la haya tocado ha sobrevivido.

Nureddin siguió hablando, pero en cuanto vio aquellos rostros tan obstinados se dio cuenta de la inutilidad de todos sus razonamientos. Entonces cambió su actitud radicalmente.

—Yo soy quien manda aquí —dijo con voz firme mientras dejaba caer la mano sobre la funda de su pistola—. ¡No me he esforzado tanto ni he asesinado por esta gema como para ahora echarme atrás por culpa de unos temores sin ningún fundamento! ¡Quedaos todos ahí! ¡Si alguno intenta detenerme, su cabeza peligrará!

Los miró fijamente, con un brillo amenazador en los ojos, y todos recularon, impresionados por el poder de su carácter despiadado. Se acercó con paso firme a los escalones de mármol. Los árabes mantuvieron el aliento, acercándose poco a poco hacia la puerta; Yar Alí, que por fin había recuperado el conocimiento, emitió un gemido de impotencia; «¡Dios!», pensó Steve, «¡Qué escena más extraña!». Dos prisioneros atados sobre el suelo lleno de polvo, unos guerreros salvajes agrupados entre sí y sosteniendo sus armas, el olor agrio de la sangre y de la pólvora quemada todavía flotando en el aire, cuerpos que yacen envueltos en sangre, con el cerebro y las entrañas esparcidos por el suelo; y, sobre el pedestal, el terrible sheik ajeno a todo excepto al maligno brillo carmesí que surgía de entre los dedos del esqueleto que descansaba en el trono de mármol.

Un silencio tenso se apoderó de todos cuando Nureddin alargó lentamente la mano, como si estuviese hipnotizado por la vibrante luz carmesí. En el subconsciente de Steve se despertó un estremiciento débil, como de algo inmenso y desagradable que se despertaba de repente después de un largo letargo. Los ojos del americano se dirigieron instintivamente hacia aquellas paredes siniestras y enormes que le rodeaban. El brillo de la joya había cambiado de una manera sorprendente; ahora era de un rojo más intenso, más profundo, que aparecía hostil y amenazador.

—Corazón de todos los males —murmuró el sheik—, ¿cuántos príncipes han muerto por ti desde los inicios del mundo? Probablemente es la sangre de los reyes lo que palpita en tu interior. Los sultanes, princesas y generales que te han lucido como suyo ahora no son más que polvo y han caído en el olvido, pero tú aún brillas con una intensidad majestuosa, fuego del mundo.

Nureddin cogió la piedra y un gemido estremecedor surgió de las gargantas de los árabes. Un gemido que cortó rápidamente un grito inhumano. A Steve le pareció que era la magnífica joya quien había gritado como si estuviese viva. La piedra se escurrió de la mano del sheik. Es posible que se le cayese a Nureddin, pero a Steve le pareció que la piedra se movió convulsivamente, igual que se podría mover una cosa viva. Cayó desde el pedestal y fue saltando de escalón en escalón, con Nureddin saltando detrás suyo, maldiciendo el momento en que se le escapó de la mano. La piedra llegó hasta el suelo, cambiando de dirección de repente y, a pesar de la cantidad de polvo y de arena, fue rodando como una bola de fuego hasta la pared de detrás. Nureddin ya la tenía prácticamente en su poder —la piedra golpeó la pared y se detuvo— y alargó el brazo para hacerse de nuevo con ella.

Un alarido de terror rompió aquel tenso silencio. Sin previo aviso, la sólida pared se abrió y de su interior surgió un tentáculo que golpeó y envolvió el cuerpo del sheik, igual que una pitón aprisiona a sus víctimas, y lo sacudió y arrastró hasta la oscuridad. Entonces, la pared se tornó lisa y sólida de nuevo; lo único que se oyó fue un grito agudo que se iba apagando y heló la sangre de todos los que lo percibieron. Aullando sonidos ininteligibles, los árabes salieron en estampida, formando una masa alborozada que luchaba contra la puerta de salida, rompiéndola y bajando después alocadamente por las enormes escaleras. Steve y Yar Alí permanecieron allí sin ninguna ayuda, oyendo en la lejanía el frenético clamor de los que huían y mirando horrorizados a aquella siniestra pared. El griterío dejó paso en poco rato a un silencio aún más terrorífico. Manteniendo el aliento, oyeron de repente un sonido que les heló la sangre en las venas: el ruido de algo metálico o de una piedra que se deslizaba suavemente por una ranura. En ese instante la puerta oculta empezó a abrirse y Steve vio un brillo entre la oscuridad que podría haber sido el brillo de unos ojos monstruosos. Steve cerró sus propios ojos; no se atrevía a mirar cualquiera que fuese el horror que surgiese de esa repulsiva negrura. Sabía que hay tensiones que el cerebro humano no puede resistir, y todos los instintos primitivos del alma le imploraban que todo esto fuese una pesadilla y una locura. Sintió cómo Yar Alí también cerraba los ojos y cómo los dos yacían en el suelo como dos hombres muertos.

Clarney no percibió ningún sonido, pero sintió la presencia de un mal terrible, demasiado espantoso como para ser comprendido por una mente humana; un ser de mares de otros mundos, de los oscuros confines cósmicos. Un frío mortal se esparció por toda la sala. Steve sintió el brillo de unos ojos inhumanos que le abrasaban con la mirada y le inutilizaban todos los sentidos. Sabía que si miraba, si abría los ojos aunque sólo fuese un instante, la locura más absoluta se apoderaría de él inmediatamente. Sintió en la cara un aliento asqueroso que le estremeció el alma y supo que el monstruo se había inclinado encima suyo, pero permaneció inmóvil, como un hombre congelado por una pesadilla. Se aferraba con fuerza a un único pensamiento: ni él ni Yar Alí habían tocado la joya que este demonio custodiaba. Después dejó de percibir aquel olor nauseabundo, sintió que el frío que flotaba en el aire iba decreciendo y oyó como la puerta secreta se deslizaba de nuevo sobre sus goznes. Aquella criatura maligna regresaba a su escondite. Ni siquiera todas las legiones del infierno hubiesen sido capaces de evitar que los ojos de Steve se entreabriesen mínimamente. Sólo pudo vislumbrar durante un segundo cómo se acababa de cerrar la puerta secreta, y éste único segundo le bastó para perder la consciencia totalmente. Steve Clarney, aventurero de nervios de acero, había desfallecido por primera y única vez en su azarosa vida.

Cuánto tiempo permaneció ahí inconsciente, Steve nunca lo sabrá, pero no pudo ser demasiado, ya que un susurro de Yar Alí le hizo volver en sí:

—Túmbese de lado, sahib, moviéndome un poco alcanzaré sus ataduras con mis dientes.

Steve sintió cómo los fuertes dientes del afgano roían sus ligaduras, y mientras permanecía con la cara contra el polvo del suelo notó que el hombro herido se le despertaba con unas punzadas inaguantables —se había olvidado de él por completo hasta entonces— y empezó a reunir todos los componentes de su consciencia, que hasta entonces vagaban desordenados por su mente. ¿Hasta dónde, se preguntaba asombrado, habían llegado las pesadillas del delirio, originadas en el sufrimiento y en la sed que quemaban la garganta? El combate con los árabes había sido real —las ataduras y las heridas lo demostraban— pero la terrible muerte del sheik —aquella cosa que surgió del agujero negro de la pared— probablemente había sido fruto del delirio. Nureddin debía de haber caído por un pozo u otro tipo de agujero.

Steve notó que ya tenía las manos libres y se alzó, sentándose en el suelo. Revolvió sus ropas en busca de una navaja que había pasado inadvertida a los árabes. No miró hacia arriba ni al resto de la habitación mientras cortaba las cuerdas que le inmovilizaban las piernas, y después liberó a Yar Alí moviéndose con gran dificultad, ya que su hombro izquierdo estaba rígido y era totalmente inútil.

—¿Dónde están los beduinos? —preguntó mientras el afgano estaba a sus pies levantándose—.
—Alá, sahib —susurró Yar Alí—, ¿está usted loco? ¿Acaso lo ha olvidado? ¡Vayámonos rápido, antes de que el djinn regrese!
—Fue una pesadilla —murmuró Steve—. ¡Mira! ¡La joya está de nuevo en el trono!

Su voz se apagó de repente. Allí estaba otra vez aquel palpitante resplandor en el viejo trono, reflejándose en el mismo polvoriento esqueleto, cuyos dedos de hueso sostenían de nuevo el Fuego de Asurbanipal. Pero a los pies del trono yacía un objeto que nunca antes había estado allí: era la cabeza de Nureddin El Mekru, que había sido cortada de su cuerpo y vanamente alzaba los ojos hacia la luz gris que se filtraba a través del techo de piedra. Los labios descoloridos se contraían dejando ver los dientes en una mueca horrible, y los ojos reflejaban un horror insoportable. En la gruesa capa de polvo y arena que cubría el suelo, había tres huellas diferentes: las del propio sheik hasta el sitio donde rodó la joya y topó con la pared, y, encima de ellas, dos grupos más de pisadas, unas yendo hacia el trono y otras regresando hacia la pared, grandes, sin una forma definida, como anchas y lisas, con dedos o garras enormes; no eran ni de hombre ni de animal.

—¡Por Dios! —exclamó Steve, quedándose sin respirar unos instantes—. Ha sido real, y también lo es la Cosa, la Cosa que vi.

Steve recordó la huida de aquella sala como una pesadilla impetuosa, durante la cual él y su compañero bajaron disparados por una escalera sin fin que parecía un agujero gris de temor, corrieron a ciegas a través de polvorientas y silenciosas habitaciones, pasaron por delante del ídolo que reinaba amenazador en el salón más grande y fueron a dar de lleno con la resplandeciente luz del sol del desierto, donde cayeron extenuados intentando recuperar el aliento.

Y de nuevo a Steve le hizo reaccionar la voz del afridi:

—¡Sahib, sahib, Alá se ha compadecido de nosotros, nuestra suerte ha cambiado!

Steve miró a su compañero con la mirada de alguien que está en trance. Las ropas del afgano estaban hechas jirones y llenas de sangre. Estaba rebozado de arena y cubierto de sangre, y su voz era una especie de graznido, pero sus ojos estaban radiantes y alzaba la mano señalando trémulamente con el dedo.

—¡A la sombra de aquel muro en ruinas! —graznó, esforzándose por humedecerse los labios ennegrecidos—. ¡Allah il Allah! ¡Los caballos de los hombres que hemos matado! ¡Con cantimploras y bolsas de comida junto a las sillas! ¡Esos perros han huido sin detenerse a coger los caballos de sus camaradas!

Un nuevo soplo de vida surgió del pecho de Steve, que se levantó tambaleándose.

—¡Vámonos de aquí! —dijo sin abrir casi la boca—. ¡Vámonos de aquí rápido!

Como muertos vivientes fueron dando tumbos hasta los caballos, los soltaron y subieron a las sillas como pudieron.

—Nos dirigiremos hacia las montañas —dijo Steve, y Yar Alí asintió vivamente—. Es posible que los necesitemos antes de alcanzar la costa.

A pesar de que sus desquiciados nervios pedían a gritos el agua que sonaba en las cantimploras sujetas a las sillas, espolearon las monturas y, balanceándose en la silla, cabalgaron raudos a lo largo de las calles llenas de arena de Kara-Shehr, entre los palacios en ruinas y las columnas que se caían a trozos, cruzaron las destrozadas murallas y se adentraron en el desierto. Ni una sola vez echaron la vista atrás hacia aquella masa oscura que albergaba viejos horrores, y ni siquiera hablaron una palabra hasta que las ruinas se desvanecieron en la distancia. Fue entonces, y sólo entonces, cuando aminoraron y satisficieron su sed.

—¡Allah il Allah! —imploró devotamente Yar Alí—. Esos perros me han golpeado y golpeado hasta no dejarme ni un hueso sano. Desmonte, se lo pido, sahib, y déjeme examinarle el hombro en busca de esa maldita bala. Luego se lo vendaré lo mejor que pueda.

Mientras le curaba, Yar Alí preguntó, evitando la mirada de su amigo:

—¿Usted dijo, sahib, dijo algo acerca, acerca de ver una cosa? ¿Qué es lo que vio, en nombre de Alá?

Un temblor fuerte y violento sacudió el vigoroso cuerpo del americano.

—¿No estabas mirando cuando..., cuando la Cosa devolvió la joya a la mano del esqueleto y dejó la cabeza de Nureddin en el pedestal?
—¡No, por Alá! —juró Yar Alí—. ¡Tenía los ojos tan cerrados como si me los hubiesen soldado con hierro fundido por Satán!

Steve no respondió hasta que los dos camaradas hubieron saltado de nuevo a las sillas de los caballos y reanudado su largo viaje hacia la costa, que tenían grandes posibilidades de alcanzar, dado que ahora disponían de caballos, comida, agua y armas.

—Yo sí que miré —dijo el americano con voz triste—. Y ojalá no lo hubiese hecho; sé que soñaré con ello durante toda mi vida. Sólo eché una breve ojeada; y no podría describírtelo de la manera que un hombre describiría una cosa de este mundo. Espero que Dios me ayude; no era una cosa terrenal, ni tampoco imaginable. Hay que saber que el hombre no es el primer habitante de la tierra; hay seres que ya estaban aquí antes de su llegada, y ahora aparecen como supervivientes de épocas antiguas y desconocidas. Es posible que mundos de dimensiones que nos son extrañas permanezcan aún hoy imperceptibles en este universo material. En el pasado, los brujos invocaban a demonios que estaban dormidos y los controlaban con ayuda de la magia. No es descabellado suponer que un mago asirio invocase a uno de estos demonios primitivos y lo atrajese hasta la tierra para vengarle y para custodiar algo que, sin duda, procede del mismo infierno. Intentaré explicarte lo que pude entrever, y después no volveré a hablar de ello jamás. Era gigantesco, negro y siniestro; era una monstruosidad deforme y desgarbada que caminaba erguida como un hombre, pero que parecía más bien un sapo, y que además tenía alas y tentáculos. Sólo lo vi de espaldas; si lo hubiese visto de frente, si le hubiese visto la cara, no me cabe ninguna duda de que hubiese enloquecido por completo. El viejo árabe tenía razón; ¡que Dios nos proteja, era el monstruo que Xuthltan trajo de las remotas y oscuras cavernas de la tierra para custodiar el Fuego de Asurbanipal!