domingo, 31 de mayo de 2015

La chicharra. V.

Prometí a los que me dejaron salir que lo que me había sucedido había sido producto de mi imaginación, una mera broma para mis amigos. Estaba de guardia el día 23 de Mayo del año pasado, ese día cumplía 19 años. Era un día algo especial para mí y me había llevado algunos dulces al trabajo para mis compañeros.
Por entonces yo llevaba casi medio año trabajando en el parque de bomberos de mi pueblo y había conocido allí a quienes más tarde se convertirían en grandes amigos. Después de mi breve periodo de instrucción global, ellos se habían ocupado en enseñarme todo lo que sabían.
Mi máxima ilusión era que para el día de mi cumpleaños sonara la chicharra, hubiera una emergencia real. Llevaba casi un mes sin ver un fuego. Las horas pasaban rápidamente, todos pedimos comida china para almorzar y después nos pusimos a jugar a la videoconsola, estábamos haciendo un torneo en un famoso juego de lucha. Como el juego era suyo, Juan no dejaba de ganarnos uno a uno, pero en mi no se apagaba la ilusión de derrotarle.
Llegó de nuevo mi turno. Seleccioné a uno de los mas grandes luchadores y nos dispusimos a pelear. Le estaba dando una paliza enorme, quedaban segundos para que le ganase y le ataqué con mi poderoso combo. Veía como rápidamente su barra de vida se agotaba hasta casi desaparecer cuando de repente una molesta alarma nos hizo tirar los mandos al suelo y levantarnos a todos.
Era la alarma de incendio avisándonos que alguien necesitaba nuestra ayuda. Salimos todos corriendo en dirección a los camiones de bomberos. Para aquel entonces yo aún no era conductor así que mientras Santiago daba acelerones para descargar adrenalina, me puse los pantalones del traje plateado de penetración en el fuego, corrí y me subí al camión junto a Ángel. Una vez que estábamos los tres subidos, el camión salió a toda velocidad mientras Santi encendía la emisora. A través de ella, pudimos escuchar como Ricardo, el jefe de pelotón y conductor de otro camión, pedía a la torre de control el lugar del fuego.
La torre nos confirmó que se trataba de un fuego estructural en la calle Madrid. Uno de los pisos del edificio más alto estaba en llamas, debíamos darnos prisa antes de que el fuego se extendiera a los demás. Cuando llegamos, la policía estaba allí y un agente vino rápidamente a informarnos. Nos dijo que había gente atrapada y que no sabía cuantos podían
encontrase sin conocimiento por el humo.
Ese día yo estaba en el equipo de rescate, así que me puse un Equipo de Respiración Autónomo y corrí subiendo las escaleras del portal. La puerta del piso en concreto estaba cerrada, y por el calor que desprendía la manilla pude imaginar que un fuego estaba justo detrás de ella. Indicando a mi compañero que se apartase a un lado, destrocé con una maza la manilla, y golpeé la puerta. Sucedió lo que me imaginaba, se produjo un flash over y una gran bola de fuego se abalanzó saliendo por la puerta.
Mi compañero y yo entramos corriendo escrutando con la vista cada rincón de la casa. Ángel pudo ver entre el humo la figura de una mujer que yacía en el suelo y fuimos a por ella. La cogió en sus brazos y en ese momento una de las vigas del techo se derrumbó sobre la salida.
Un potente chorro de agua rompió el cristal de una de las ventanas, haciendo que el humo producido por la combustión incompleta de los muebles y cortinas de la casa escapase por allí. Mis compañeros estaban manejando la línea desde el exterior.
No sabíamos por donde salir, ya que el fuego y el humo nos impedía ver absolutamente nada. De repente, una pequeña niña rubia apareció frente a mi. Estaba tranquila, como
si no pasase nada. Antes de que me diera tiempo a reaccionar abrió la boca y señalo con su brazo derecho completamente extendido. A pesar del ruido pude entenderla perfectamente.
- Hay una puerta en la parte de atrás, da al patio interior, salva a mi mamá.
Miré hacia donde me indicaba y pude ver como la niña corría hacia allí desapareciendo entre el humo. Corrimos tras ella y escapamos. La puerta estaba exactamente hacia donde ella señalaba. Mis compañeros consiguieron dominar el fuego y mas tarde apagarlo.
Días mas tarde, la mujer a la que rescatamos vino al parque de bomberos a darnos las gracias por salvarlas.
- ¿Qué tal está su hija?- pregunté a la mujer-.
- ¿Mi hija?.
- Sí, ella me dijo como salir de allí y que la salvara a usted.
- Lo siento, mi hija murió a los nueve años de nacer en un accidente de tráfico.
Nada mas he vuelto a saber de esa mujer, ni jamás volví a ver a la niña. Necesité ayuda profesional y más tarde optaron por ingresarme en un psiquiátrico.

Tormento nocturno. M.

Prácticamente todas las noches, cuando entro en cama un sueño abrumador me hace despertar mojado en un sudor frío, pero antes me hace sufrir, me acosa psicológicamente hasta casi provocarme la demencia. Siempre hago lo mismo después de cenar.
Me quedo un rato viendo la televisión desde la cama hasta que la acumulación de tele ventas de madrugada provocan en mi el sueño. Mis párpados van cayendo poco a poco. Yo lucho para no quedarme dormido, pero es inútil tarde o temprano me vence. Así que opto por permanecer tumbado en la cama
hasta el momento en el que el sueño es tan intenso que según mis cálculos me de para apagar la tele y quedarme dormido profundamente. Pero nunca es así. El movimiento de coger el mando para apagarla me resta sueño y me paso un buen rato escrutando mi habitación en la oscuridad y al final termino encendiendo de nuevo la televisión.
Otra opción sería dejarla encendida pero pienso que a media noche podría despertarme de nuevo. Volviendo al tema principal de mi historia. Cuando el sueño gana la batalla y mis pesados párpados se cierran empieza un bonito sueño. Cada día el principio es distinto, pero siempre tiene algo en común: su bonito principio y su agobiante final.
Suele empezar en un sitio de mi infancia como el barrio en el que me crié o el parque al que me llevaba mi abuelo de pequeño. Cuando llevaba un rato allí, recordando mi infancia, de lejos aparecía algún amigo de cuando era pequeño. Yo me acercaba a él, y él se acercaba a mi. Cada vez estábamos mas cerca el uno del otro y cuando quedaban unos pocos metros para llegar el uno al otro, su cara empezaba a deformarse y su estatura mermaba hasta convertirse en un pequeño niño, pero no era un niño normal. Le faltaban trozos de pelo en la cabeza y su cara mostraba rasgos de putrefacción y alguna que otra herida infectada. Uno de sus ojos era completamente gris y el otro me miraba fijamente mientras me señalaba con su dedo. Su ropa era andrajosa y nunca hablaba solo me señalaba y se acercaba a mi culpándome de algo que no había hecho.
Pues bien, lo normal sería que me callara y culpara de esto a mi cerebro, pero el otro día me pasó algo que no era normal. Conducía mi coche deportivo de vuelta a mi casa cuando entre en una zona escolar. Frené cuando en un semáforo se encendió la luz roja. La luz verde volvió a activarse cuando puse de nuevo mi coche en movimiento, en ese justo momento, un niño salió de entre los coches aparcados y se paró por el miedo delante de mi vehículo. Murió al instante, pero el tiempo pareció detenerse para mi cuando vi la cara del muchacho delante del coche mirándome. Era el niño de mis pesadillas. Desde entonces ni siquiera el acolchado de mi habitación es capaz de detenerlo. Todas las noches me visita. Pero nadie me cree. Se limitan a mirar como sufro a través del cristal de mi puerta.

Los niños del puente. E.

Esto ha ocurrido en un famoso puente en Denver Colorado. Cuenta la gente que ahí ocurrió algo terrible, una desgracia sin precedentes hasta entonces. Pasaba un autobús escolar cargado con un grupo de niños y el puente se desplomó, cayeron todos al vacío y ningún niño sobrevivió.
Fue un golpe muy fuerte para la zona y que todavía hoy no se ha podido olvidar.
Nosotros, no hace mucho pasábamos por ahí con nuestro coche y de pronto notamos como las llantas se atascaron en las vigas del puente. Pensábamos que íbamos a caer, que no lo contaríamos, pues el puente ya estaba muy envejecido y el coche cada vez se hundía más y más. No había salida.
Pero transcurridos unos eternos segundos empezamos a notar una fuerza invisible, extraña, alguien nos estaba impulsando inexplicablemente, estábamos saliendo mágicamente. Al llegar al otro lado, bajamos para ver que había pasado, esto les juro que es verdad, aunque sólo yo lo pude ver. Unas sombras en forma de niños se proyectaban en el suelo y se iban haciendo más y más extensas hasta que fueron desapareciendo muy poco a poco. Seguidamente giré la mirada hacia la parte trasera del vehículo y mi impacto fue fatal, al darme cuenta que en la ventana trasera habían pequeñas huellas de manos que quedaron impresas en la defensa del carro.
Como si los niños muertos en aquel fatídico accidente hubieran sido los que empujaron el coche y nos salvaron la vida...