miércoles, 3 de junio de 2015

El investigador de la casa apartada. William Hope Hodgson (1877-1918)

Recuerdo que acababa de hacerse de noche, cuando los cuatro, Jessop, Arkright, Taylor y yo, miramos defraudados a Carnacki, quien estaba sentado, silencioso, en su gran sillón. Habíamos acudido en respuesta a la usual tarjeta de invitación que —como es bien sabido— comenzamos a considerar como el preludio seguro de una buena historia. Y, después de habernos narrado el breve incidente ocurrido en «El Caso de los Tres Platos de Paja», cayó en un silencio autocomplaciente, aunque la noche no hubiera hecho más que comenzar, como antes apuntó. Sin embargo, como suele suceder, algún hado compasivo zarandeó a Carnacki, o a su memoria, y volvió a hablar con ose tono peculiar suyo tan extraño:

El Caso de los Tres Platos de Paja» me recuerda el de «El Investigador de la Casa Apartada», y a veces he pensado que podría interesaros. Ocurrió hace bastante..., de hecho, hace una barbaridad de tiempo, cuando mi experiencia de lo que podríamos llamar «fenómenos curiosos» era muy escasa. Por aquel entonces vivía con mi madre, en una casita de las afueras de Appledorn, en la costa sur. Era el último de una serie de chalets, si puedo llamarlos así, separados unos de otros, con su propio jardín, y realmente encantadores, aunque muy antiguos, impregnados del aroma a rosas, con ventanas, ya sabéis, emplomadas y muy adornadas, y puertas de genuino roble. Intentad haceros una idea para entender lo bien que se vivía allí. Antes que nada, debo deciros que mi madre y yo llevábamos viviendo en aquella casita durante dos años y que, en todo aquel tiempo, no había sucedido nada fuera de lo corriente que pudiese molestarnos. Y entonces, lo que son las cosas, ocurrió algo.

Una noche, a eso de las dos de la madrugada, estaba acabando de escribir unas cartas, cuando oí que mi madre abría la puerta de su dormitorio, bajaba hasta el piso inferior y tocaba los barrotes de la barandilla de la escalera.

—Ya voy, madre —dije en voz alta, suponiendo que venía simplemente a recordarme que me acostara; y, como oí que volvía a su habitación, me apresuré a terminar mi trabajo, por miedo a que no se durmiese hasta que no me fuera a la cama.

Así que cuando acabé, encendí la vela, apagué la lámpara de la mesa y subí por la escalera. Cuando llegaba a la altura de la puerta de su habitación, vi que estaba abierta; le di las buenas noches en voz baja y, de paso, le pregunté si podía cerrar la puerta. Como no respondió, supuse que se habría vuelto a dormir; cerré la puerta con suavidad y me dirigí a mi habitación, justo al otro lado del pasillo. Mientras lo hacía, apenas si percibí que allí había un tenue olor peculiar, un tanto desagradable... pero hasta la noche siguiente no comprendí que en aquel olor había algo que me ofendía. ¿Me seguís? Me refiero a eso que nos ocurre con tanta frecuencia..., que de repente uno se da cuenta de algo que había registrado en el inconsciente, quizá un año antes. A la mañana siguiente, mientras almorzaba con mi madre, mencioné de pasada que la noche anterior se había «quedado frita» y que le había cerrado la puerta. Pero, para mi sorpresa, me aseguró que no había salido de su habitación. Le recordé los dos golpecitos que había dado en los barrotes de la barandilla de la escalera, pero ella estaba segura de que yo debía de estar confundido; al final le dije en broma que, como ya estaba tan acostumbrada a mi fea costumbre de quedarme levantado hasta tarde, había debido de bajar en sueños. Por supuesto que lo negó, y yo acabé dejando de lado aquella cuestión; pero la verdad es que estaba bastante perplejo, y no sabía a que atenerme: si a mi propia explicación de lo sucedido, o a la de mi madre, que achacaba los ruidos a los ratones, y el que la puerta estuviese abierta, al hecho de que no la había dejado bien cerrada al irse a la cama. Supongo que en alguna parte inconsciente de mi mente debían de agitarse pensamientos menos racionales que aquellos, pero, por entonces, aún no sabía lo que era sentirse realmente mal.

Aquella noche, cerca de las dos de la madrugada, la situación cambió. Oí que la puerta de la habitación de mi madre se abría, exactamente igual que la noche anterior, e inmediatamente después sonaron los golpecitos en los barrotes, o así me lo pareció. Por un instante dejé lo que estaba haciendo para decirle en voz alta que acabaría en seguida; pero ella no me contestó y yo no la oí volver a la cama, por lo que me pregunté al momento si no estaría caminando en sueños, como yo había sugerido. Con aquel pensamiento me levanté y, cogiendo la lámpara de la mesa, salí de mi habitación. Entonces, atended, me recorrió el cuerpo una especie de escalofrío tremendo, pues de pronto caí en la cuenta de que mi madre jamás daba golpecitos en la barandilla cuando estaba levantado hasta tarde, sino que me llamaba. Quiero que comprendáis que yo no tenía miedo, sino que me sentía vagamente incómodo, porque estaba condenadamente seguro de que era ella, que andaba en sueños.

Subí rápidamente las escaleras pero, cuando llegué arriba, mi madre no estaba en el pasillo, aunque su puerta sí que estaba abierta. Me sentí un tanto desconcertado. Al fin y al cabo, debía de haberse acostado sin que la oyera; pero, aunque así hubiera sido, tendría que haberse dado mucha prisa en regresar a su habitación. No obstante, al ver que dormía profunda y tranquilamente, el vago presentimiento que tenía de que algo no iba bien me hizo acercarme a ella y mirarla de cerca para estar bien seguro. No me quedó duda alguna de que estaba perfectamente bien, pero seguí un tanto preocupado, aunque me sintiera más inclinado a creer que mi sospecha era correcta y que ella había regresado en silencio a su habitación sin despertarse ni saber lo que había hecho. Y aquel pensamiento resultó el más acertado, como veréis. Bruscamente me asaltó un olor extraño, incierto, a humedad, y comprendí que se trataba del mismo que, la noche anterior, había sentido en el pasillo, pues era igual de raro e incierto que él. Me sentí decididamente mal, por lo que comencé a escudriñar la habitación, sin idea ni fin precisos, excepto para estar seguro de que no había nada extraño en ella. Y durante todo el tiempo, lo que son las cosas, no esperé encontrar nada, ya que lo único que buscaba era quedarme tranquilo.

Mi madre se despertó mientras realizaba la investigación, por lo que no tuve más remedio que explicarle lo sucedido. Le conté lo de la puerta abierta y los golpecitos en la barandilla, y que había subido y la había encontrado dormida. Nada le dije del olor, ya que prácticamente no se distinguía, pero sí le comenté que, como aquello ya se había producido dos veces, había acabado por ponerme nervioso y comenzar a imaginar cosas; por eso había ido a echar un vistazo a su habitación, simplemente para quedarme tranquilo. Desde entonces, siempre he pensado que el motivo de que no mencionara el olor no se debió sólo al hecho de que no quisiera asustar a mi madre —pues entonces no tenía el aplomo suficiente para pensar así—, sino de que era vagamente consciente de que asociaba aquel aroma con sueños que resultaban demasiado indefinidos y peculiares para atreverme a mencionarlos. Quizá comprendáis que ahora pueda analizar lo sucedido y convertirlo en palabras, y que entonces ignorase incluso la razón principal para guardar silencio, y que no supiese apreciar siquiera lo que ello significaba. ¿Me seguís? Fue mi madre quien expresó con palabras parte de la vaga sensación que yo sentía:

—¡Qué olor tan desagradable! —exclamó, y se quedó en silencio durante unos instantes mirándome—. Me parece que estás seguro de que aquí hay algo que no marcha bien —añadió, sin dejar de mirarme, pero con un leve toque de interrogación, que esperaba una respuesta.
—No lo sé —dije—. No consigo comprenderlo, a no ser que realmente te hayas levantado durante el sueño.
—Pero, ¿y el olor?
—En efecto —respondí—, eso es lo que me resulta más chocante. Voy a dar una vuelta por la casa, aunque supongo que no voy a encontrar nada.

Encendí la vela de su palmatoria y me la llevé a los otros dos dormitorios, y después al resto de la casa, incluidas las tres dependencias de la bodega, que pusieron a prueba mis nervios. Regresé al dormitorio de mi madre y le dije que no había nada de qué preocuparse; como veis, al final acabamos creyendo que todo iba bien. Mi madre no quiso reconocer que había podido ser ella, caminando dormida, y en lo referente a la cuestión de la puerta abierta echó la culpa al picaporte, que realmente cerraba bastante mal. Los golpecitos eran sin duda obra de los crujidos de la vieja carpintería de la casa, que aún se quejaba, o de algún ratón, que había tirado algún trozo de mampostería suelta. El olor resultaba un poco más difícil de explicar; pero al fin estuvimos de acuerdo en que podría tratarse del olor de la tierra húmeda filtrándose de noche por la ventana de la habitación de mi madre, procedente del jardín de detrás, o bien —con toda seguridad— del pequeño cementerio que estaba al otro lado del gran muro, en el extremo del jardín.

Así conseguimos tranquilizarnos, y yo acabé yéndome a la cama y descabezando un sueño. Pienso que aquella fue una buena lección sobre el modo de engañarnos a nosotros mismos que tenemos los humanos, pues mi razón no habría debido aceptar ninguna de aquellas explicaciones. Si os ponéis en mi caso, veréis lo absurdos que eran todos los intentos con que intentábamos explicar lo sucedido. A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, volvimos a hablar de lo que había pasado y, si estuvimos de acuerdo en que era extraño, también convinimos en que habíamos comenzado a pensar cosas raras en el fondo de nosotros, que, tal como estaban las cosas, nos daba un poco de vergüenza admitir. Creo que resulta muy divertido si se piensa, y también absurdamente humano. Pero, después de esa charla, aquella misma noche, la puerta del dormitorio de mi madre se iba a cerrar y a abrir violentamente, justo después de la medianoche. Cogí la lámpara, pero cuando llegué a su puerta la encontré cerrada. La abrí rápidamente y vi que mi madre estaba acostada, aunque con los ojos abiertos y muy nerviosa, ya que el golpetazo de la puerta la había despertado. Lo que más me desconcertó fue el hecho de que en el pasillo y en su habitación se notase un olor sencillamente nauseabundo.

Mientras le preguntaba si se encontraba bien, por dos veces una puerta se cerró violentamente en el piso inferior, así que podéis imaginaros lo que sentí en aquel momento. Mi madre y yo nos miramos en silencio. Entonces encendí la vela de su mesilla, cogí el atizador de la chimenea, y bajé por la escalera, tremendamente nervioso. El efecto acumulativo de tantas cosas inexplicables comenzaba a sacarme de quicio, y todas las explicaciones que habíamos buscado, aparentemente lógicas, me parecían abyectamente fútiles. El repugnante olor parecía tremendamente intenso en el vestíbulo, lo mismo que en la habitación que daba a la fachada principal y en las bodegas. No obstante, procedí a una minuciosa búsqueda en el interior de la casa y, cuando hube acabado, constaté que todas las ventanas y puertas que estaban al nivel de la calle se encontraban bien cerradas y que, aparte de nosotros dos, no había ningún ser vivo en la casa. Volví a subir por las escaleras hasta la habitación de mi madre, donde estuvimos hablando de lo sucedido durante una hora o más, para llegar a la conclusión de que, después de todo, estábamos dando demasiada importancia a un cúmulo de detalles insignificantes; aunque, en nuestro fuero interno, como bien sabéis, no nos creyéramos lo que decíamos. ¿No os parece? Más tarde, cuando la charla había conseguido apaciguar nuestros ánimos, le di las buenas noches y me fui a la cama, conciliando el sueño al poco tiempo. Bastante después, en las primeras horas de la mañana, cuando aún estaba oscuro, me despertó un fuerte ruido. Podéis imaginaros que aquello me asustó bastante, después de tantas cosas inexplicables como nos habían sucedido. De nuevo volvió a oírse en el piso de abajo: ¡Bang, bang, bang!..., una puerta tras otra cerrándose violentamente, o al menos esa fue la impresión de aquel sonido.

Salté fuera de la cama, con la carne de gallina, totalmente escalofriado, y sin pérdida de tiempo encendí la vela. Entonces la puerta de mi habitación comenzó a abrirse lentamente: no había echado la llave para que ningún obstáculo pudiese separarme de mi madre.

—¿Quién anda ahí? —exclamé con voz doble de fuerte de lo usual y con esa especie de singular sofoco que siempre da un miedo súbito—. ¿Quién anda ahí?
—Soy yo, Thomas. ¿Qué pasa abajo?

Por eso había entrado en mi habitación, con el atizador en una mano y una lámpara en la otra. Al verla de aquella manera, habría podido reírme, de no haber sido por los extraordinarios sonidos que habíamos oído escaleras abajo, pues, como recordaréis, era bastante menuda, aunque muy valientes. Así que me calcé las zapatillas y descolgué de la pared una vieja bayoneta. Cogí mi lámpara y rogué a mi madre que se quedase, aunque sabía que era inútil si ella había decidido lo contrario. El resultado fue que, durante nuestro reconocimiento, actuó como una especie de retaguardia mía. Reconozco que en algunas cosas soy bastante egoísta, pero aquella vez estaba muy contento de tenerla a mi lado. Para entonces, el batir de las puertas había cesado y, probablemente debido al extraño contraste que ello suponía, parecía que en la casa reinaba un silencio abominable. No obstante, seguí adelante, con la vela en alto y la bayoneta en la otra mano.

Cuando llegamos al final de la escalera, vi que todas las puertas de las habitaciones del piso de abajo estaban abiertas de par en par. Al hacer la ronda, encontramos que las puertas exteriores, así como las ventanas, seguían cerradas, y me pregunté si los ruidos no habrían sido originados por las propias puertas. Sólo estábamos seguros de una cosa, y es que, como antes, en la casa no había ningún ser vivo aparte de nosotros dos. Pero en ella, todo parecía hallarse infectado por aquel olor absolutamente infame. Era absurdo seguir «disimulando». En la casa había algo extraño, así que en cuanto se hizo de día, rogué a mi madre que hiciese las maletas. Después del desayuno, la conduje hasta el tren, para que fuese a visitar a una de mis tías, a la que había enviado de antemano un telegrama avisándole de su llegada. Comencé a trabajar para desentrañar aquel misterio. Lo primero que hice fue ir a ver al casero y contarle lo sucedido. Por él supe que hacía doce o quince años la casa había tenido una curiosa reputación, y que tres o cuatro de los sucesivos inquilinos se habían quejado, por lo que había estado desocupada durante bastante tiempo, hasta que había sido alquilada, por una renta muy baja, a un tal capitán Tobías, a condición de que mantuviese cerrada la lengua siempre que viese cualquier cosa fuera de lo corriente. La idea del casero —tal como me confesó con franqueza— era acabar con los cuentos de «cosas extrañas» que se decían acerca de la casa, manteniéndola ocupada durante cierto tiempo, para después venderla al mejor precio posible. Cuando el capitán Tobías se fue, después de haber vivido en ella diez años, no hubo más «cuentos» acerca de la casa; y así, cuando nosotros llegamos y le ofrecimos alquilarla por cinco años, aprovechó la ocasión. Y aquello era todo, o al menos, todo lo que me contó. Le pregunté por los detalles de las cosas supuestamente peculiares que habían ocurrido en la casa durante los últimos años, y me dijo que los inquilinos habían hablado de una mujer que, al caer la noche, iba y venía por la casa. Algunos no llegaron a verla, y otros no pudieron vivir en ella más de un mes.

El casero fue categórico en un punto: ningún inquilino se quejó nunca de ruidos o del batir de puertas. En cuanto al olor, parecía realmente indignado, sin que yo llegara a conocer los motivos. Quizá tampoco él los conocía, aunque tal vez presintiera alguna leve acusación por mi parte respecto a que no se hubiera preocupado del mantenimiento de los desagües. Al final le sugerí que podía venir a pasar la noche en la casa. Aceptó al momento, sobre todo al oír que yo tenía la intención de no airear aquel curioso asunto e ir directamente al fondo del mismo, ya que no deseaba en absoluto que se extendiera nuevamente el rumor de que la casa estaba embrujada. Llegó aquella misma tarde a eso de las tres, y ambos registramos la casa, sin encontrar nada fuera de lo corriente. A continuación, el casero hizo varias pruebas que demostraron que los desagües se encontraban en perfecto estado. Después, nos preparamos para pasar la noche en vela. Lo primero que hicimos fue pedir prestadas dos linternas sordas de la Jefatura de Policía más cercana, cuyo Superintendente era muy amigo mío; en cuanto se hizo de noche, el casero fue a su casa a buscar una escopeta. Yo tenía la bayoneta de la que antes hablé y, cuando volvió el casero, nos fuimos a mi estudio, donde estuvimos charlando hasta poco antes de la medianoche. Entonces encendimos las linternas y subimos al piso de arriba, justo hasta el descansillo, donde yo había instalado una pequeña mesa y un par de sillas de uno de los dormitorios. Dejamos las linternas, la escopeta y la bayoneta encima de la mesa, al alcance de la mano, y cerramos y precintamos las puertas de los dormitorios; luego volvimos a nuestros asientos y oscurecimos las linternas. Hasta las dos de la madrugada no sucedió nada, pero, poco después de las dos, como comprobé al consultar mi reloj al débil resplandor de las oscurecidas linternas, me sentí extraordinariamente nervioso. Por último me incliné hacia el casero y le susurré que tenía el extraño presentimiento de que algo iba a ocurrir, instándole a que tuviese su linterna a punto. Cuando yo quise coger la mía, la noche que llenaba el pasillo pareció tomar súbitamente un tono violeta oscuro; no vayáis a pensar que una luz brotó en su interior, sino que la natural negrura de la noche mudó su color, desde dentro por así decirlo. ¿Comprendéis lo que quiero decir? Y entonces, surgiendo de aquella noche violeta, a través de la lobreguez violeta, llegó corriendo un niño desnudo. Cosa extraña, el niño no parecía de naturaleza diferente a la de la oscuridad que le rodeaba, sino que venía a ser como una concentración de tan extraordinaria atmósfera. Podría decirse —¿me expreso con claridad?— que el niño procedía de aquel lóbrego color que había alterado la noche. No puedo decirlo de manera más sencilla, así que intentad captar lo que quiero expresar.

El niño pasó a mi lado, corriendo con absoluta naturalidad, como habría hecho cualquier pequeñajo, sólo que en un silencio absoluto e inconcebible. Recuerdo que era un niño muy pequeño, porque pasó por debajo de la mesa, pero yo lo veía claramente a través de ella, como si ésta sólo fuese una sombra, ligeramente más oscura que la tiniebla reinante. En el mismo instante, vi que un fluctuante resplandor violeta resaltaba el metal de los cañones de la escopeta y de la hoja de mi bayoneta, convirtiéndolos en leves formas luminosas que flotaban en el aire, donde la superficie de la mesa hubiera debido aparecer como algo compacto. Curiosamente, mientras observaba lo que ocurría, no caí en la cuenta de que la respiración del propietario, que sonaba muy cerca de mí mientras esperaba nerviosamente con las manos sobre la linterna, parecía llena de angustia. Y, fijaos, en ese momento comprendí que no veía nada, sino que esperaba en medio de las tinieblas que mi advertencia se hiciese realidad. Mientras tomaba nota de aquellos particulares, vi que el niño saltaba hacia un lado y se escondía detrás de algún objeto que apenas se veía y que antes no estaba en el pasillo. Me quedé mirando fijamente hacia aquel lugar, con un escalofrío de maravilla expectante y de miedo de los más extraordinarios, que me puso la espalda de carne de gallina. Entonces resolví por mí mismo el problema menos acuciante, que se refería a la naturaleza de las dos nubes negras que estaban suspendidas sobre uno de los lados de la mesa. Creo que aquella manera de trabajar de la mente, de dos formas distintas, resulta muy interesante y se manifiesta sobre todo en los momentos de tensión. Las dos nubes negras procedían de dos formas ligeramente brillantes que yo sabía que no eran otra cosa que el metal de las linternas; las cosas que parecían negras, no podían ser de naturaleza distinta a la luminosa, ya que eran captadas por mi vista. Jamás olvidaría aquel fenómeno. más tarde, en dos ocasiones, llegué a ver algo similar, primero en «El Caso de la Luz Negra» y después en ese asunto tan peliagudo de Maatheson, que ya conocéis. Mientras reflexionaba sobre la naturaleza de aquella luz, no dejaba de mirar a mi izquierda, para ver si podía comprender por qué se ocultaba el niño. De repente, oí que el casero gritaba:

—¡La mujer!

Pero no vi nada. Tuve la vaga y desagradable sensación de que algo repugnante estaba cerca de mí, y en aquel momento fui consciente de que el casero me cogía del brazo y lo apretaba fuertemente, lleno de pavor. Miré nuevamente hacia el lugar donde se había escondido el niño y vi que espiaba desde detrás de su escondrijo, al parecer hacia el pasillo. Pero, si estaba o no asustado, es algo que no habría podido decir. Después salió de su escondrijo y echó a correr a través del espacio en donde debiera estar la pared del dormitorio de mi madre, que para mí —en el estado de ánimo en que me hallaba— sólo era una sombra imprecisa y vertical, inmaterial. Inmediatamente, en aquella lobreguez violeta oscuro, el niño desapareció de mi vista. Al mismo tiempo, sentí que el casero me apretaba nuevamente el brazo, como si algo pasase muy cerca de él. De nuevo repitió su pequeño grito gutural:

—¡La mujer! ¡La mujer!

Y levantó con mano inexperta la tapa de su linterna, que pareció dejar escapar instantáneamente un gran abanico de tinieblas en medio de la oscuridad teñida de violeta. Pero yo no había visto ninguna mujer. De repente la coloración violeta desapareció de la noche, y el haz de tinieblas en forma de abanico se convirtió en el haz de luz que salía de la linterna del casero. Y mientras lanzaba la luz de su linterna con movimientos bruscos a uno y otro lado, sobre todo en dirección a la puerta de la habitación de mi madre, vi que el pasillo estaba vacío. Todavía no se había soltado de mi brazo, aunque se hubiese levantado de un salto. Entonces, mecánicamente y lo más despacio que pude, tomé mi propia linterna y le quité la tapa, alumbrando con ella, un tanto pasmado, los precintos de las puertas, pero no vi ninguno roto; moví la luz arriba y abajo, y hacia uno y otro lado del pasillo, pero allí no había nada. Entonces miré al casero, que movía los labios diciendo no se qué, de manera incoherente. Cuando la luz de mi linterna le dio en la cara, vi, un tanto estupefacto, que estaba bañada en sudor.

En aquel momento comencé a recobrar el ánimo y pude comprender el sentido de sus palabras:

—¿La ha visto? ¿La ha visto? —repetía una y otra vez.

Me descubrí a mí mismo diciéndole con voz tremendamente tranquila que no había visto a ninguna mujer. Entonces fue recobrando poco a poco la coherencia y me confesó que había visto salir a una mujer del fondo del pasillo y dirigirse hacia nosotros, pero fue incapaz de describirla, excepto por el detalle de que se detenía frecuentemente para mirar a su alrededor, y que incluso había mirado fijamente hacia la pared que había cerca de ella, como si estuviese buscando a alguien. Pero lo que más parecía incomodarle era el hecho de que no hubiese reparado en él. Y repitió aquello tantas veces, que al final le dije, de manera un tanto estúpida, que debería sentirse muy contento de que no lo hubiera hecho. Supongo que os imaginaréis lo nervioso que me sentía. ¿Qué quería decir todo aquello? Esa era la única pregunta que me hacía en aquel momento, pues, aunque no estuviera muy asustado, me sentía terriblemente desconcertado. Por entonces había visto muy pocas cosas de aquel estilo y estaba mucho menos al corriente de los peligros posibles y reales. El principal efecto de lo que había visto hizo zarandear todos los anclajes de mi razón.

¿Qué significaba aquello? Él había visto a una mujer buscando a alguien. Pero yo no. Yo había visto a un niño, huyendo mientras corría, y ocultándose de Algo o de Alguien. El no lo había visto, ni tampoco lo demás... Sólo había visto a la mujer. Pero yo no la había visto. ¿Qué quería decir eso? Todavía no le había hablado al casero del niño. Había estado tan aturdido al principio y después, que no tardé en comprender que sería inútil intentar explicárselo. Ya estaba demasiado espantado y pasmado por lo que había visto; además, no era el tipo de hombre que podría comprenderlo. Me di cuenta de todo ello con bastante rapidez, mientras dirigíamos los haces de luz de nuestras linternas a uno y otro lado, y por eso no le dije nada de lo que había visto. Durante todo aquel tiempo me hacía aquel razonamiento práctico, sin dejar de preguntarme qué estaría buscando la mujer y de quién huiría el niño. Podréis imaginaros el cúmulo de preguntas menores, levemente esbozadas, que se escondían detrás de todo aquello. De repente, mientras aún seguía allí, desconcertado y nervioso, respondiendo al albur a las preguntas del casero, una puerta se cerró violentamente en el piso de abajo. Al momento, sentí el horrible hedor del que antes he hablado.

—¡Allá abajo! —dije al casero, cogiéndole a mi vez del brazo—. ¡El olor! ¿No lo huele usted?

Me miró como atontado, de modo que no tuve más remedio que zarandearle, presa de cólera nerviosa.

—Sí —dijo al fin con voz extraña, mientras intentaba dirigir la luz de su temblequeante linterna hacia la escalera.
—¡Vamos! —ordené, y cogí mi bayonetas.

Él me siguió, con su escopeta lista apuntando a todas partes. Creo que si me acompañó fue más por miedo a quedarse sólo que por exceso de valor... ¡Pobre diablo! Jamás me he reído de ese tipo de miedos, o sólo en contadas ocasiones. Pues cuando le cogen a uno, hacen trizas su coraje..., como bien sabéis. Comencé a bajar por las escaleras, dirigiendo la luz por encima de la barandilla hacia el pasillo de más abajo y después hacia las puertas, para ver si estaban bien cerradas, pues las había dejado cerradas con llave, pillando en cada una de ellas una esterilla por una de sus esquinas, para saber cuál era la que se había abierto, en la eventualidad de que tal cosa se produjera. Así que, de un vistazo, comprobé que no se había abierto ninguna puerta; hice una pausa y dirigí el haz luminoso de mi lámpara a lo largo de la escalera, para poder ver la esterilla que había apoyado contra la puerta que conducía a otra escalera, precisamente aquella por la que se bajaba a la bodega. Instantáneamente sentí un tremendo escalofrío, porque la esterilla estaba en el suelo. Esperé un par de segundos, alumbrando el pasillo de un lado para otro. Y acto seguido, haciendo acopio de valor, descendí los peldaños que me quedaban. Al llegar al último escalón, vi que había manchas de humedad en todo el vestíbulo. Acerqué la linterna a una de ellas. Era la huella que había dejado un pie húmedo sobre el parqué de madera de roble; pero no la huella de un pie ordinario, sino de algo extraño, blando, viscoso, que me llenó de tremendo terror.

Alumbré desde todos los lados y ángulos aquellas pisadas imposibles, y pude contemplarlas por todas partes. Súbitamente comprobé que se dirigían a las puertas que estaban cerradas. Sentí que algo me rozaba la espalda y me volví en seguida, para descubrir que se trataba del casero, quien se me había acercado tanto, que poco le faltó para chocarse conmigo.

—Todo va bien —dije más bien en un susurro apagado, intentando animarle un poco, pues podía sentir que estaba temblando de pies a cabeza.

Mientras intentaba tranquilizarle para que pudiese serme de alguna utilidad, se le disparó el arma con una tremenda detonación y fue a dar limpiamente en el asiento de una silla del vestíbulo. Se sobresaltó y lanzó un aullido de terror, mientras yo no hacía más que echar juramentos a voz en cuello por el susto.

—¡Por amor de Dios, déme esa arma! —dije, arrancándosela de la mano. En el mismo instante se oyó ruido de pasos precipitados procedentes del jardín, e inmediatamente el haz luminoso de una linterna sorda iluminó la claraboya de encima de la puerta principal. Acto seguido intentaron abrir la puerta, y poco después, me llegó el sonido de los violentos golpes que alguien asestaba a la puerta. Supuse que se trataba del policía de servicio, que, al oír el disparo, había llegado corriendo para ver si había ocurrido algún percance.

Fui rápidamente a la puerta y la abrí. Afortunadamente el agente me conocía, y, una vez dentro, pude explicarle el asunto en poco tiempo. Mientras tanto, el inspector Johnstone, que también se hallaba efectuando una ronda por los alrededores, había pasado por la avenida al no encontrar ni rastro del agente, y además porque le había extrañado ver las luces encendidas y la puerta abierta. Le conté, lo más brevemente que pude, lo sucedido, pero nada respecto al niño o a la mujer, que le habría parecido demasiado fantástico para tomarlo en serio. Le enseñé las extrañas pisadas húmedas y cómo se dirigían hacia las puertas cerradas. Le expliqué brevemente lo de las esterillas y cómo la que estaba pillada contra la puerta de la bodega se había caído al suelo, claro indicio de que había sido abierta. El inspector asintió y advirtió al agente que estuviese alerta y guardase la puerta. Me sugirió que encendiese la lámpara del vestíbulo, como así hice, y él, tomando la linterna del policía, se dirigió hacia la habitación que daba a la fachada principal. Se detuvo ante el umbral de la puerta, abierta de par en par, y la iluminó con su linterna, agitándola de un lado para otro, tras lo cual penetró de un salto en su interior y miró detrás de la puerta; allí no había nadie, ni yo esperaba que lo hubiese. Pero, a lo largo y ancho del parqué de madera de roble, y entre las alfombras que yacían dispersas, iban y venían las marcas dejadas por aquellas horribles pisadas, y toda la habitación se hallaba impregnada de aquel olor nauseabundo.

El inspector realizó una meticulosa, aunque rápida, inspección, y salió de la habitación, yéndose a la que se encontraba en la zona del medio, repitiendo las mismas precauciones que en la anterior. Podéis imaginaros el espanto que daba entrar en aquellas habitaciones. Por supuesto, tampoco había nada, ni en aquella habitación, ni en la cocina, ni en la despensa; pero resultó evidente que las pisadas húmedas estaban por todas partes, viéndose claramente donde había maderas claras o telas enceradas; además, a cualquier lugar donde nos dirigiéramos nos acompañaba el olor. El inspector interrumpió su investigación y dedicó un minuto a comprobar si las esterillas se caían al suelo al abrir las respectivas puertas o simplemente giraban, de modo que pareciese que nadie las había tocado. Pero todas las veces cayeron.

—¡Es algo extraordinario! —oí que comentaba para su capote el inspector Johnstone.

Se dirigió hacia la puerta de la bodega. Antes me preguntó si había ventanas que diesen a la bodega y, cuando supo que la única manera de acceder a ella era por la puerta, dejó la investigación de aquella parte de la casa para el final. Cuando el inspector llegó a la puerta, el policía de uniforme hizo ademán de saludarle y comentó algo en voz baja que me hizo iluminarle con la luz de mi linterna. Comprobé que estaba muy pálido y que parecía asustado y perplejo.

—¿Cómo? —inquirió Johnstone, impaciente—. ¡Hable más alto!
—Se acercó una mujer, señor, y pasó a través de la puerta —dijo el policía, con voz muy clara, pero con esa entonación curiosamente monótona que a veces uno encuentra en un ser humano, y por tanto inteligente, cuando está muerto de miedo.
—¿Qué? —dijo casi gritando el inspector.
—Que se acercó una mujer, señor, y pasó a través de la puerta —repitió el agente, de manera monótona.
El inspector cogió al policía de los hombros y, deliberadamente, olió su aliento.
—¡No me diga! —exclamó. Y añadió, con sarcasmo—: Espero que se comportase con educación y le abriese la puerta.
—La puerta estaba cerrada, señor —se limitó a decir el otro.
—Se ha vuelto loco... —comenzó a decir Johnstone.
—No —era la voz del casero, que llegaba de detrás, segura y tranquila; era evidente que había recobrado el control—. Yo vi a la mujer en el piso superior.
—Me temo, inspector Johnstone —dije yo, entonces—, que este asunto sea más complicado de lo que parece a simple vista. Yo también he visto algo realmente extraordinario en el piso de arriba.

El inspector pareció a punto de decir algo, pero cambió de opinión y volvió a la puerta para mover la luz de su lámpara a uno y otro lado, mientras alumbraba la esterilla. Entonces vi que las pisadas, extrañamente terribles, iban derechas hacia la puerta de la bodega, y que la última era visible debajo de la puerta. Sin embargo, el policía había dicho que no había sido abierta. Entonces, sin pensar en lo que decía, pregunté al casero:

—¿Cómo eran sus pies?

No obtuve respuesta alguna, pues en aquel momento el inspector ordenaba al agente que abriera la puerta de la bodega, a lo que su subordinado no había obedecido. Johnstone repitió la orden, y al fin, de un modo curiosamente automático, el hombre obedeció y dio un empujón a la puerta, que ya había sido abierta. El repugnante olor nos asaltó, abrumándonos con una gran oleada de horror, que obligó al inspector a retroceder un escalón.

—¡Dios mío! —exclamó y avanzó nuevamente, iluminando con su linterna los peldaños de la parte baja de la escalera; pero no se veía nada, excepto aquellas huellas sobrenaturales en cada uno de ellos.

El inspector dirigió el haz de vívida luz de su linterna hacia el último peldaño, en donde, visible bajo aquella luz, había algo pequeño, moviéndose. El inspector se bajó para mirar, lo mismo que el policía y yo. No quiero que sintáis asco, pero era un gusano. El policía retrocedió apresuradamente hacia la entrada de las escaleras.

—El cementerio... —dijo—. está al otro lado de la casa.
—¡Si... lencio! —ordenó Johnstone con voz quebrada, lo que me dio a entender que había acabado por asustarse.

Alumbró con su linterna la escalera, observando los escalones y siguiendo paso a paso las pisadas, hasta que se perdían en la oscuridad; volvió a subir por la escalera hasta llegar a la puerta, y los demás seguimos su ejemplo. Miró a su alrededor y tuve la sensación de que buscaba un arma, del tipo que fuesen.

—Su escopeta —dije al casero, y fue a buscarla al vestíbulo, entregándosela al inspector, quien la cogió para extraer el cartucho vacío del cañón de la derecha. Tendió la mano en busca de un cartucho nuevo, que el casero sacó de uno de sus bolsillos. La cargó, cerrándola con un chasquido, y se dirigió al agente.
—Venga aquí —dijo, avanzando hacia la puerta de la bodega.
—No iré, señor —contestó el agente, tremendamente pálido.

Con un violento arranque de ira, el inspector cogió al hombre por la manga y le empujó hacia las tinieblas, haciéndole rodar escaleras abajo dando gritos. Armado de linterna y escopeta, el inspector le siguió al punto, y yo fui tras él con la bayoneta dispuesta. Detrás de mí iba al casero, tropezando de nerviosismo. Al final de la escalera, el inspector estaba ayudando al policía a levantarse; éste se quedó un instante como balanceándose, con la mirada perdida. Luego el inspector se dirigió hacia la bodega que se veía de frente, y su subordinado le siguió silenciosa y borreguilmente, pero seguro que sin intención de salir corriendo de cualquier cosa que nos saliese al paso, por peligrosa u horrible que fuesen. Nos reagrupamos en la primera bodega, moviendo nuestras luces de un lado para otro, sin movernos. El inspector Johnstone comenzó a examinar el suelo y vi que las pisadas recorrían toda la bodega, yendo a cada uno de sus rincones, y cruzando el suelo de un lado para otro. Entonces me acordé del niño que había visto huyendo de alguien. ¿Comprendéis la idea que estaba comenzando a formarme?

Salimos de la bodega en formación cerrada, pues allí no había más que ver. En la siguiente, había pisadas por todas partes de la misma forma errática, como si algo o alguien estuviese buscando no sé qué o siguiendo a ciegas una pista. En la tercera bodega, las pisadas terminaban ante el pozo que había servido para aprovisionar de agua la casa en época inmemorial. El agua llegaba hasta el borde y era tan clara que podíamos ver su fondo pedregoso a la luz de las linternas. La investigación había tenido un final un tanto abrupto, y nos quedamos de pie al lado del pozo, mirándonos unos a otros, en un absoluto y horrible silencio. Johnstone examinó otra vez las pisadas y volvió a alumbrar con su linterna el agua clara y poco profunda del pozo, observando cada pulgada del fondo claramente visible, pero sin encontrar nada. El aire de la bodega estaba cargado de aquel terrorífico olor; nosotros seguíamos en silencio, moviendo constantemente nuestras lámparas para iluminar con ellas la estancia. El inspector terminó su examen del pozo y asintió lentamente con la cabeza, mientras miraba hacia mí; y al reconocer, de manera muda y grave, que nuestra manera de pensar era también la suya, el olor de la bodega pareció hacerse aún más insoportable, como si se convirtiera en una amenaza..., la evidencia material de que allí había alguna cosa monstruosa, junto a nosotros, invisibles.

—Creo... —comenzó a decir el inspector, mientras se interrumpía y alumbraba hacia las escaleras. Y como respuesta a aquella sugerencia, el agente perdió el control y salió corriendo hacia arriba, haciendo sonidos guturales con la garganta.

El casero le siguió con paso rápido, y tras él el inspector y yo. Sólo tuvo que esperarme un instante; subimos al unísono pisando en los mismos escalones, mientras alumbrábamos lo que iba quedando a nuestra espalda. Al llegar arriba del todo, cerré de golpe la puerta que conducía a las escaleras, eché la llave y me enjugué el sudor de la frente. ¡Por Júpiter! ¡Me temblaban las manos! El inspector me pidió que diese un vaso de whisky a su subordinado, tras lo cual le hizo salir y volver a su ronda. Se quedó un rato con el casero y conmigo para convenir que se reuniría con nosotros a la noche siguiente, con intención de vigilar entre los tres el pozo hasta que se hiciese de día. Cuando nos abandonó, comenzaban a distinguirse las primeras luces de la aurora. El casero y yo salimos de la casa, echamos la llave y nos fuimos a dormir a la suya. Por la tarde regresamos a la casa para comenzar los preparativos de la noche. Estaba muy tranquilo y supe que podríamos fiarnos de él, una vez superada la «prueba de fuego» de la noche precedente. Abrimos todas las puertas y ventanas para airear la casa; mientras tanto, encendimos todas las lámparas que pudimos encontrar y las bajamos a las bodegas, disponiéndolas de manera que no quedase ninguna parte a oscuras. Bajamos tres sillas y una mesa hasta la bodega donde estaba el pozo. Luego tendimos una fina cuerda de piano a través del suelo de la bodega, a la altura suficiente para hacer tropezar a cualquiera que se desplazase en la oscuridad. Cuando acabamos de realizar aquellos preparativos, el casero y yo hicimos una ronda por toda la casa, sellando ventanas y puertas, excepto la principal y la otra por la que se entraba a las escaleras que conducían a las bodegas.

Mientras tanto, un herrero del lugar se hallaba cumpliendo un encargo mío; cuando el casero y yo acabamos de tomar el té en su casa, fuimos a ver cómo iba lo que estaba haciendo. El encargo ya había sido realizado. Se parecía bastante a una inmensa jaula para loros, pero sin base, construida en tela metálica muy resistente, de unos siete pies de altura por tres de diámetro. Recuerdo que afortunadamente la había hecho construir en dos mitades, para que pudiese entrar por las puertas y bajarla por las escaleras de las bodegas. Le dije al herrero que llevase la jaula a la casa sin pérdida de tiempo, para que pudiese soldar sus dos mitades in situ, y cuando regresamos a ella fui a visitar a un ferretero: quería comprar una buena soga y una polea de hierro, de las utilizadas en Lancashire para colgar las perchas de la ropa del techo de las habitaciones, como puede verse en cualquier casa de la ciudad o del campo. También compré un par de bieldos.

—No tendremos ni que tocarlo —dije al casero, quien asintió con la cabeza, palideciendo repentinamente, pero sin hacer comentario alguno.

Nada más llegar, la jaula fue bajada a la bodega y soldada allí mismo, tras lo cual despedí al herrero. Ayudado por el casero, la colgué encima del pozo, en el que ajustaba perfectamente. Por último, y tras no pocas dificultades, conseguimos suspenderla del extremo de la soga que pasaba por la polea de hierro, de suerte que, si soltábamos el extremo de ésta dejándola caer bruscamente, se encajaba perfectamente en el pozo, como un apagavelas. Cuando vimos que estaba correctamente situada, la izamos, poniéndola en posición, y até la soga a una pesada columna de madera que había en mitad de la bodega, cerca de la mesa. A eso de las diez ya estaba preparado todo, incluidos los dos bieldos y las dos linternas de policía, además de una botella de whisky y unos sandwiches que descansaban sobre la mesa, ya que debajo de ella había dispuesto varios cubos llenos de desinfectantes.

Poco antes de las once llamaron a la puerta principal. Era el inspector Johnstone, acompañado de uno de sus hombres de paisano. Podéis imaginaros lo contento que me sentí al recibir aquel refuerzo, pues el policía parecía un individuo fuerte, tranquilo, inteligente y de sangre fría; justo el hombre que necesitábamos para que nos ayudase en el terrible trabajo que, estaba seguro, habría que realizar aquella noches. Cuando el inspector y el detective entraron, cerré con llave la puerta principal; mientras el inspector me tenía la linterna, la precinté cuidadosamente con cintas y cera. Volví a repetir la operación en la puerta que conducía a las escaleras de las bodegas, pero en aquella ocasión desde el interior. Al entrar en la bodega, advertí a Johnstone y a su subordinado que no tropezaran con las cuerdas de hierro y, ante la cara de sorpresa que pusieron por los preparativos que había realizado, comencé a explicarles mis ideas e intenciones, a lo que el inspector asintió, aprobando incondicionalmente todas mis precauciones. Me agradó comprobar que el detective también asentía con la cabeza, demostrando así que apreciaba todas las medidas que había tomado. Johnstone y el agente se habían traído cada uno una linterna como las nuestras, que pusieron en la mesa, junto a las que ya estaban. Mientras la dejaba, el inspector tomó uno de los bieldos y lo sopesó en una mano; me miró, asintiendo.

—¡Espléndido! —comentó—. Sólo que debiera haber traído otros dos.

Poco después nos instalamos en nuestros asientos, mientras el detective cogía un taburete de un rincón de la bodega, pues sólo habíamos bajado tres sillas. Estuvimos charlando tranquilamente hasta las doce menos cuarto, al tiempo que nos tomábamos un ligero refrigerio a base de whisky y sandwiches. Luego quitamos todas las cosas de encima de la mesa, excepto las linternas y los bieldos; entregué uno al inspector, reservándome el otro para mí. Y después de colocar mi silla de forma que pudiese soltar fácilmente la cuerda que dejaba caer la jaula encima del pozo, recorrí toda la bodega y apagué una a una todas las lámparas.

A tientas, regresé a mi silla y dejé el bieldo y la linterna sorda al alcance de la mano. Sugerí a los presentes que mantuviesen un silencio absoluto durante la espera. También les rogué que nadie destapara su linterna hasta que yo no lo dijese. Puse el reloj encima de la mesa, donde el débil resplandor de mi linterna me permitía ver la hora. En la hora siguiente no sucedió nada fuera de lo corriente y todo se mantuvo en absoluto silencio, excepto por algún ligero movimiento debido al nerviosismo. Sin embargo, a la una y media, volví a sentir la misma agitación nerviosa, tan extraordinaria y peculiar, que había sentido la noche anterior. Extendí el brazo rápidamente, aflojando, pero sin soltarla, la soga que estaba enrollada en la columna. El inspector pareció darse cuenta de aquel movimiento, pues vi moverse ligeramente la débil luz de su linterna, como si la hubiese cogido apresuradamente.

Aproximadamente un minuto más tarde, observé que tenía lugar un cambio en la coloración de la noche que llenaba la bodega, que fue tomando lentamente una coloración violeta. rápidamente miré a uno y otro lado en aquella nueva penumbra y, mientras lo hacía, fui consciente de que el color violeta de la noche se iba haciendo más espeso. En la dirección del pozo, pero como si se encontrase a mayor distancia de la que realmente estaba, apareció un cúmulo de oscuridad que fue acercándose rápidamente hacia nosotros, como si llegase de pronto, en un instante. Se aproximó más y, como en la ocasión anterior, vi que se trataba de un niño desnudo, corriendo, que parecía formar parte de la noche violeta dentro de la que corría. El niño llegó corriendo normalmente, como os he contado; pero en un silencio tan peculiarmente intenso que era como si lo hubiese traído consigo. quizá no comprendáis lo que quiero deciros, pero no puedo ser más claro. A mitad de camino entre el pozo y la mesa el niño se volvió bruscamente y miró hacia atrás, viendo algo que me resultaba invisible. De repente, se dejó caer al suelo, haciéndose un ovillo, como si se escondiese detrás de algo envuelto en sombras que sólo se percibía de vez en cuando; pero la verdad era que allí no había nada, excepto el desnudo suelo de la bodega; quiero decir, nada que perteneciese a nuestro mundo.

Recuerdo haber pensado, con una tremenda sangre fría, que podía oír la respiración de los otros tres hombres que estaban conmigo, con una claridad notable, y también que el tictac de mi reloj, encima de la mesa, parecía sonar tan alto y tan lento como uno de esos grandes relojes de nuestros abuelos. Y, fijaos, supe que nadie más veía lo que yo. De repente, el casero, que estaba a mi lado, se quedó sin aliento; se le escapó una especie de silbido, y supe que acababa de ver algo. Entonces la mesa dio un crujido y tuve la impresión de que el inspector se inclinaba hacia delante para contemplar algo que yo no podía ver. El casero estiró la mano en la oscuridad y buscó a tientas mi brazo, antes de decirme en un susurro, casi al oído:

—¡La mujer! ¡En el pozo!

Miré rápidamente en aquella dirección, sin conseguir ver luda, excepto, tal vez, que en aquel sitio el color violeta de la noche parecía un poco más pronunciado. Volví a mirar hacia atrás, a la sombra que ocultaba al niño. Vi que éste espiaba furtivamente desde detrás de su escondrijo. De repente, se levantó y corrió derecho hacia la parte central de la mesa, que yo veía como una sombra imprecisa situada entre mis ojos y el suelo que no podía ver. Mientras el niño pasaba corriendo bajo la mesa, observé que las aceradas púas de mi bieldo resplandecían con una fluctuante luz violeta. Un poco más lejos, el contorno vagamente luminoso del otro bieldo aparecía bañado verticalmente en la penumbra: deduje que el inspector lo había cogido y estaba alerta. No ponía en duda que había visto algo. Encima de la mesa, las partes metálicas de las linternas resplandecían con el mismo fulgor extraño, y alrededor de cada una, filtrándose por sus rendijas, se apreciaba una pequeña nube de absoluta negrura, en el lugar donde a simple vista habría estado la luz que desprendían; a través de cada negrura, las partes metálicas podían apreciarse tan claramente como un «ojo de gato» sobre terciopelo negro. El niño se detuvo justamente en uno de los extremos de la mesa, inmóvil, aunque pareciese oscilar ligeramente mientras estaba de pie, lo que me dio la impresión, un tanto chocante, de que era más ligero e impreciso que una nube, aunque otra parte de mi mente pareciese conocer que era algo que podría encontrarse al otro lado de un cristal espeso e invisible, sujeto a condiciones y fuerzas que jamás conseguiría comprender. En cierto modo podría decirse que la impresión que me ha quedado es la que habría tenido si hubiese estado mirando, por una ventana de gruesos vidrios planos, a alguien que estuviese fuera expuesto a un fuerte viento, sin poder oírlo ni conocer su intensidad, a no ser que me guiase por la fuerza que ejercía sobre la persona. ¿He conseguido explicarme?

El niño seguía mirando hacia atrás, y mi mirada fue en la misma dirección. A través de la bodega vi claramente la jaula, que seguía suspendida, bañada por la luz violeta, de manera que podía distinguir cada hilo de su tela metálica, que refulgía extrañamente en aquella luz; por encima de la jaula había una pequeña zona de tinieblas y, a continuación, el resplandor opaco de la polea de hierro que colgaba del techo. Recorrí la bodega con la mirada, estupefacto y un tanto desazonado; unos delgados regueros de imprecisos fuegos cruzaban el suelo en todas direcciones. Recordé que no eran más que las cuerdas de piano que el casero y yo habíamos tendido en él. Pero no pudimos ver más, excepto que cerca de la mesa había unos vagos resplandores luminosos y, en su extremo, la brillante silueta de un revólver, que debía de hallarse en un bolsillo del detective. Recuerdo haber experimentado una satisfacción inconsciente, mientras mi cerebro, de manera automática, intentaba explicar lo sucedido. En la mesa que se hallaba cerca de mí veía un amasijo informe de luz, que, tras un instante de reflexión, colegí que debía tratarse de las partes metálicas de la maquinaria de mi reloj.

Había recorrido ya varias veces con la mirada los contornos, por entonces perdidos, de la bodega para acabar posándolos en el niño, y siempre le había sorprendido en la actitud de estar mirando algo. De repente echó a correr hacia mi derecha, hasta que fue sólo un punto de color más intenso perdido en la lejanía de aquella extraña noche violeta. El casero dejó escapar un débil grito, por lo demás singular, y se abalanzó sobre mí, como si quisiera huir de algo. Al otro lado, el inspector resopló sonoramente, como si acabara de recibir encima un jarro de agua helada. Bruscamente, el color violeta desapareció, lo mismo que las sensaciones de distancia y de amplitud que se asociaban a él, al tiempo que yo era consciente de la proximidad de algo monstruoso y repugnante que me causaba un sudor frío. Entonces se hizo un tenso silencio y las tinieblas de la bodega parecieron absolutas, a excepción del débil resplandor que rodeaba a cada una de las linternas puestas sobre la mesa. En aquel momento, rodeados por la negrura y el silencio, se oyó un tenue borboteo de agua procedente del pozo, como si algo saliese sigilosamente de él, de manera que sólo pudiese oírse el sonido del agua resbalando por su cuerpo. A la vez, llegaron hasta mí los efluvios del nauseabundo olor.

Lancé un grito en sordina al inspector para prevenirle y solté la soga. Al instante oímos el violento ruido de la jaula al caer al agua. Entonces, con un gesto rápido y un tanto impreciso por el susto, abrí mi linterna y dirigí su luz hacia la jaula, diciendo a gritos a los demás que hicieran lo mismo. Cuando la luz de mi linterna incidió en la jaula, vi que esta sobresalía del pozo unos dos pies aproximadamente, y que dentro de ella, pero fuera del agua, había algo. Me quedé mirando fijamente, pues me parecía reconocer de qué se trataba. A la luz de las demás linternas, vi que era una pata de cordero, empuñada por la mano que remataba un robusto brazo que sobresalía del agua. Me sentí como petrificado, tremendamente envarado y desconcertado, viendo lo que estaba a punto de aparecer. En un momento surgió ante nuestra vista un gran rostro barbado que, en aquel instante álgido, habría podido tomar por el de un ahogado, muerto desde hacía mucho. El rostro comenzó a abrirse por el sitio donde debía estar la boca, escupiendo y tosiendo. Otra manaza apareció a la vista y se enjugó el agua de los ojos, que parpadearon rápidamente y se quedaron mirando fijamente las luces.

El detective exclamó súbitamente:

—¡Capitán Tobías!

El inspector repitió lo mismo, y ambos estallaron en tremendas carcajadas, echando a correr hacia la jaula. Los seguí, perplejo. El hombre de la jaula seguía manteniendo la pata de cordero tan lejos de sí como podía, mientras se tapaba con la otra mano la nariz.

—¡Abrí esta mal...dita trampa, deprisa! —gritó, medio ahogándose, mientras el inspector y el detective estaban agachados encima de él, tapándose la nariz, aunque sin dejar de reír, de suerte que la luz de sus linternas bailoteaba a todo lo largo y ancho del lugar.
—¡Deprisa, deprisa! —dijo el hombre enjaulado, sin dejar de taparse la nariz y haciendo esfuerzos por hablar de manera que se le entendiera.

Entonces Johnstone y el detective dejaron de reír e izaron la jaula. El hombre del pozo lanzó la pata hacia el interior de la bodega y volvió a sumergirse rápidamente, pero los policías eran demasiado rápidos para él; le agarraron y le hicieron salir del pozo en un santiamén; mientras le tenían cogido, chorreando agua, el inspector apuntó con el dedo hacia la apestosa pata de cordero, y el casero, cogiendo las llaves que llevaba en uno de mis bolsillos, la arponeó con uno de los bieldos, subiendo con ella a la carrera escaleras arriba para tirarla fuera. Entre tanto, yo había servido al hombre del pozo un buen trago de whisky, que me agradeció con un complacido movimiento de cabeza, tras lo cual, habiendo vaciado el vaso de un golpe, se apropió de la botella y la dejó vacía con la misma facilidad que si hubiese estado llena de agua.

Aclararé, por si aún lo dudáis, que el tal capitán Tobías que había salido del pozo era el mismo inquilino que había ocupado la casa antes que yo. En el curso de la conversación que mantuvimos, me enteré de la razón por la que se había visto obligado a abandonar la casa. La policía lo buscaba por un asunto de contrabando, y fue encarcelado. Dos años más tarde fue puesto en libertad. Al regresar a su hogar se encontró con que éste ya tenía nuevos inquilinos. Entró en la casa por el pozo, cuyas paredes no llegaban hasta el fondo (como comprobé más tarde), subiendo al nivel de la calle por una pequeña escalera oculta excavada en la pared de la bodega, que conducía a un panel en el artesonado situado cerca del dormitorio de mi madre. El panel se abría al girar el montante izquierdo de la puerta del dormitorio, con el resultado de que el picaporte de ésta siempre quedaba levantado durante el proceso. El capitán se lamentó, sin ningún tipo de amargura, de que el panel estaba torcido, y cada vez que lo abría emitía un fuerte crujido. Evidentemente era eso lo que yo había tomado por golpecitos. Él no quiso aducir las razones que había tenido para volver a la casa, pero era obvio que debía de haber escondido algo y había regresado a buscarlo. Pero, al ver que era imposible entrar en la casa sin riesgo de ser capturado, decidió intentar echarnos a los que vivíamos en ella, sirviéndose de la mala reputación del lugar y de sus esfuerzos, realmente artísticos, para ser un fantasma, en los que, debo decirlo, tuvo pleno éxito.

De haber conseguido sus propósitos, habría alquilado de nuevo la casa, disponiendo así del tiempo necesario para encontrar lo que había escondido. Además, no había duda alguna de que la casa le venía de perilla, ya que había un pasadizo —como me mostraría a continuación—, que conectaba el pozo «trucado» con la cripta de la iglesia, que estaba al otro lado del muro del jardín, la cual se hallaba conectada con ciertas cavernas de los acantilados que llegaban a la playa, al otro lado de la iglesia. En el transcurso de la conversación, ofreció quedarse con la casa. Como aquello me convenía, ya que estaba más que harto de ella, y también al casero, acordamos no proceder contra él y olvidar el asunto. Pregunté al capitán si en la casa había algo realmente extraño que él hubiera visto en alguna ocasión. Me respondió que sí, pues en dos ocasiones, y por la noche, había visto a una mujer caminando por la casa. Podéis imaginaros cómo nos miramos unos a otros al oírle decir aquello. El capitán nos dijo que jamás le había molestado y que sólo la había visto dos veces, justo las dos veces que había conseguido escapar por los pelos de los aduaneros, cuando aún le duraba el miedo; en la medida, debiera añadir yo, en que un hombre como él fuese capaz de sentir miedo.

El capitán Tobías era un individuo astuto, pues había notado mi forma de pillar las esterillas contra las puertas. Así pues, entró en las habitaciones y se paseó por ellas, lo suficiente para dejar por todas partes pisadas hechas con un par de viejas zapatillas de tela, empapadas de agua. Después salió de las habitaciones, volviendo a dejar las esterillas como se las había encontrado. El gusano que se había caído de la putrefacta pata de cordero era un accidente, que no formaba parte de su plan para asustarnos, pero que le hizo sentirse encantado al saber hasta qué punto nos había afectado. El ligero olor a rancio que había notado, antes de la pestilencia de la pata de cordero, procedía probablemente de la pequeña escalera oculta que el capitán había utilizado al mover el panel secreto; al menos, esa fue la conclusión a la que llegué cuando me condujo hasta ella para que la viera. Los golpetazos de las puertas también eran obra suya.

Estoy llegando al final de la representación que se había montado el capitán para hacernos creer en fantasmas y a la dificultad que supone el intentar explicar a los demás sucesos tan peculiares. En primer lugar, supongo que os parecerá indudable que en aquella casa sucedía algo genuinamente extraño, que se había manifestado bajo la apariencia de una mujer. La había visto tanta gente, y en circunstancias tan diferentes, que resultaba imposible achacarla a la imaginación; al mismo tiempo, me parecía extraordinario que personas que habían vivido durante años en aquella casa no hubieran visto nada, mientras que el policía había visto a la mujer cuando apenas llevaba veinte minutos en la casa, lo mismo que el casero, el detective y el inspector. He reflexionado mucho respecto a este asunto y he llegado a la conclusión de que, en todos los casos, el miedo era la clave, como si dijéramos, que permitía a los sentidos descubrir la presencia de la mujer. El policía era un hombre nervioso, que se encontraba demasiado tenso, lo que le hizo sentir miedo. Sólo entonces pudo observar a la mujer. El mismo razonamiento se aplica a los demás. Yo no vi nada hasta que no estuve realmente asustado; y entonces no vi a la mujer, sino al niño, que huía de algo o de alguien. más tarde volveré a este punto. En resumen, hasta que no consigue sentir un determinado grado de miedo, la persona no es capaz de sentir el efecto de la Fuerza que se aparece bajo la figura de una mujer. No creo que pueda pronunciarme de manera más clara. Mi teoría explica por qué algunos inquilinos no consiguieron observar nada extraño en la casa, mientras que otros se fueron inmediatamente. Cuanto más impresionables eran, menos elevado debía ser el grado de terror necesario para hacerles tomar conciencia de la Fuerza presente en la casa. Este punto resulta peculiar e interesante.

El curioso resplandor de todos los objetos metálicos de la bodega sólo había resultado visible para mí. Es evidente que ignoro su causa, lo mismo que tampoco puedo explicarme por qué fui el único que lo observó.

—¿Y el niño? —dije—. Carnacki, ¿puedes explicarnos qué pinta él en esta historia?... ¿Por qué no viste tú a la mujer, y por qué no vieron ellos al niño? ¿Se trataba de la misma Fuerza que se manifestaba de manera diferente a diferentes personas?
—No —dijo Carnacki—. No puedo explicarlo. Pero en mi fuero interno estoy totalmente seguro de que la mujer y el niño no sólo eran dos entidades completamente distintas, sino que no se encontraban realmente en los mismos planos de existencia. Es imposible expresar estas ideas con palabras, porque el lenguaje aún no está lo suficientemente desarrollado para que yo pueda utilizar las palabras con los suficientes matices que me permitan contaros con exactitud todo lo que sé. Por el tiempo en que ocurrió aquel suceso, era completamente incapaz de comprenderlo, ni siquiera de forma parcial. Pero, más tarde, he conseguido enterarme por mis propios ojos de algunas de las implicaciones de lo que vi. Para que os deis una idea básica de mi razonamiento, os recordaré que en el Manuscrito Sigsand se dice que «a un niño nacido muerto las Furias lo vendrán a reclamar». La idea está expresada de una manera un tanto pedestre, pero contiene una verdad elemental. No obstante, antes de intentar especificar cuál pueda ser, permitidme que os haga partícipes de una idea que siempre he considerado mía. Puede que el nacimiento físico sea un proceso secundario y que, antes de él, el Espíritu Madre busque, hasta que consigue encontrarlo, el elemento más pequeño..., el Yo primigenio, o sea, el alma del niño. Podría ocurrir que, por un capricho cualquiera, ese Yo intentase huir del Espíritu Madre. Tal vez eso podría ser lo que yo vi. Siempre he intentado pensar así, pero jamás pude ignorar el sentido de repulsión que sentí cuando la mujer, invisible para mí, pasó a mi lado. Quizá esta repulsión venga a reforzar la idea sugerida por el Manuscrito Sigsand de que un niño que ha nacido muerto debe tal condición (eliminando las causas físicas que resultan obvias) sobre todo al hecho de que su yo o espíritu ha sido capturado por las Furias. En otras palabras, las Monstruosidades de la Esfera Exterior. Este pensamiento resulta atrozmente terrible, y probablemente lo sea por el hecho de ser tan fragmentario. Así nos deja con la concepción de que el alma de un niño va a la deriva entre dos mundos, huyendo, a través de los caminos vecinales de la Eternidad, de Algo increíble e inconcebible (porque es desconocido) para nuestros sentidos. Este asunto escapa a cualquier discusión posterior, pues resultaría fútil intentar discutir una cosa de la que tenemos una concepción tan fragmentaria. Después de lo sucedido, me ha asaltado con frecuencia el pensamiento de que quizá exista un Espíritu Madre... pero no, no tiene sentido intentar explicarlo con palabras.
—¿Y el pozo? —preguntó Arkwright—. ¿Cómo conseguía el capitán entrar en él desde el exterior?
—Como ya os conté antes —dijo Carnacki—. Las paredes laterales del pozo no llegaban hasta el fondo, de manera que sólo había que sumergirse en el agua para salir al otro lado de la pared, bajo el suelo de la bodega, y subir por el pasaje secreto: Por supuesto que el agua alcanzaba la misma altura a ambos lados de la pared. No me preguntéis quién construyó aquella entrada o la pequeña escalera, pues no podría decíroslo. La casa era muy antigua y, como ya os he dicho, aquel tipo de cosas resultaban antaño muy útiles.
—¿Y el niño? —pregunté, volviendo a la cuestión que más me interesaba— ¿Te atreverías a decir que su nacimiento ocurrió en aquella casa y que por eso se encontraba «en relación», si se me permite la palabra, con las Fuerzas que provocaron la tragedia?
—Sí —contestó Carnacki—. Es decir, suponiendo que tengamos en cuenta lo que sugiere el Manuscrito Sigsand para explicar este fenómeno.
—Debe haber otras casas... —comencé a decir.
—Las hay —me interrumpió Carnacki.

Y se levantó.

—¡Fuera todo el mundo! —dijo en broma, usando su fórmula familiar.

Y cinco minutos después estábamos en el Embankment, dirigiéndonos pensativamente hacia nuestras respectivas casas.

El insólito libro de oraciones. M.R. James (1862-1936)

El señor Davidson estaba pasando la primera semana de enero solo en un pueblo rural. Una serie de circunstancias le habían llevado a tomar esta drástica decisión: sus parientes más cercanos se habían ido al extranjero a practicar deportes de invierno, y los amigos que se habían brindado calurosamente a sustituirles tenían en casa una enfermedad contagiosa. Evidentemente, podía haber buscado a algún otro que se apiadara de él. «Pero la mayoría tiene hechos ya sus planes —reflexionó—; y al fin y al cabo, se trata de resistir tres o cuatro días a lo más; y no me vendrá mal adelantar un poco en la introducción a los Papeles de Leventhorp. Puedo dedicar ese tiempo a acercarme a Gaulsford a hablar con los vecinos. Tendría que ver los restos de Leventhorp House y las tumbas de la iglesia».
El primer día de estancia en el hotel «El Cisne» de Longbridge hubo tal tormenta que sólo pudo ir a la tienda a comprar tabaco. El siguiente, relativamente despejado, lo dedicó a visitar Gaulsford, que le interesaba bastante, aunque no tuvo consecuencias ulteriores. El tercero, un día realmente espléndido para tratarse de principios de enero, hacía demasiado bueno para quedarse encerrado. Se enteró por el hotelero de que un ejercicio predilecto de los visitantes en verano era coger el tren de la mañana hasta un par de estaciones al oeste y regresar andando por el valle del Tent, pasando por Stanford St. Thomas y Stanford Magdalene, dos pueblecitos pintorescos. Adoptó dicho plan, y helo aquí, a las nueve cuarenta y cinco de la mañana, sentado en un vagón de tercera, en dirección a Kingsbourne Junction, estudiando el mapa de la comarca. Sólo tenía de compañero de viaje a un anciano, un viejo de voz atiplada que parecía demasiado inclinado a conversar. Así que el señor Davidson, tras entonar los versículos y responsorios de rigor acerca del tiempo, le preguntó si iba muy lejos.
—No, señor; no muy lejos; esta mañana no —dijo el viejo—. Sólo hasta lo que llaman Kingsbourne Junction. No hay más que dos estaciones intermedias. Así lo llaman: Kingsbourne Junction.
—Yo también voy allí —dijo el señor Davidson.
—¡Ah!, ¿de veras? ¿Conoce esa parte?
—No; sólo voy con idea de volver andando a Longbridge, y ver un poco de campo.
—¡Ah, muy bien, señor! Hace un día ideal para que lo disfrute un caballero con un buen paseo.
—Sí, desde luego. ¿Tiene que andar mucho una vez en Kingsbourne?
—No señor; no tengo que andar mucho una vez en Kingsbourne Junction. Voy a visitar a mi hija que vive en Brockstone; a unas dos millas a campo traviesa de lo que llaman Kingsbourne Junction. Seguramente vendrá señalado en su mapa, ¿verdad, señor?
—Supongo que sí. Vamos a ver: ¿Brockstone, dice usted? Aquí tenemos Kingsbourne; ¿en qué dirección está Brockstone... hacia Stanford? Ah, ya lo veo: Palacio de Brockstone, en un parque. Pero no veo el pueblo.
—Desde luego que no, señor; no verá ningún pueblo de Brockstone. De Brockstone sólo están el palacio y la capilla.
—¿La capilla? Ah, sí, aquí viene señalada también; cerca del palacio, parece. ¿Pertenece al palacio?
—Sí, señor; cerca del palacio está, a un paso. Sí, pertenece al palacio. Mi hija, señor, es la mujer del guarda; vive en el palacio, y está al cuidado de todo, ahora que no están los señores.
—Entonces, ¿no vive nadie allí ahora?
—No, señor; hace años que no. Allí vivía el viejo señor cuando yo era joven; y después vivió la señora casi hasta los noventa años. Después murió; y los dueños de ahora han comprado esa otra casa, creo que en Warwickshire, y no hacen nada por alquilar el palacio; pero el coronel Wildman conserva el coto, y el joven señor Clark, el apoderado, viene a echar una mirada cada muchas semanas. Y el marido de mi hija es el guarda.
—¿Y quien utiliza la capilla? La gente de los alrededores, supongo, ¿no?
—Ah, no; no la utiliza nadie. Nadie va allí. La gente de por allí va a la iglesia de Stanford St. Thomas; aunque mi yerno va a la iglesia de Kingsbourne porque el señor de Stanford manda que se cante el gregoriano ese, y a mi yerno no le gusta; dice que bastante oye rebuznar al asno durante la semana y que prefiere algo más animado los domingos —el viejo se llevó una mano a la boca y rió—. Eso dice mi yerno; que bastante oye rebuznar al asno... etc., da capo.
El señor Davidson rió también lo más sinceramente que pudo, pensando entretanto que quizá merecía la pena incluir en su recorrido el palacio de Brockstone y la capilla; porque el mapa indicaba que de Brockstone podía llegar al valle del Tent lo mismo que siguiendo el camino real de Kinsbourne a Longbridge. De modo que cuando se hubo calmado la risa provocada por el recuerdo del bon mot del yerno volvió a la carga, y se cercioró de que tanto el palacio como la capilla eran del tipo conocido como «sitios antiguos», que el viejo se brindaría gustosamente a llevarle hasta allí, y que la hija estaría encantada de enseñarle cuantas cosas pudiese.
—Pero no es como si viviera allí una familia, señor, con todos los espejos cubiertos, y las pinturas y cortinas y alfombras recogidas y guardadas. Aunque eso no quiere decir que mi hija no le pueda enseñar un par; porque tiene que echarles una mirada y ver que no las ataque la polilla.
—Eso me da igual, muchas gracias. En cambio me gustaría mucho ver la capilla, si pudiera enseñármela.
—¡Ah, ya lo creo que puede, señor! Tiene la llave de la puerta y casi todas las semanas entra a limpiar el polvo. Es una preciosidad de capilla. Mi yerno dice que apuesta a que no dejarían cantar allí el gregoriano ese. ¡Bendito sea Dios! No puedo evitar la risa cada vez que me acuerdo de lo que dice sobre el asno: bastante lo oye rebuznar durante la semana, dice. Y desde luego que es así, señor; es la pura verdad.
El recorrido a campo traviesa de Kingsbourne a Brockstone fue realmente agradable. Lo hicieron casi todo por la parte elevada del terreno, dominando extensas panorámicas desde lo alto de una sucesión de lomas aradas o cubiertas de pasto o de bosque azul oscuro... que terminaban más o menos repentinamente, a la derecha, en unos promontorios que avanzaban sobre el ancho valle de un gran río, al oeste. El último campo que cruzaron lo bordeaba un espeso bosquecillo; y no bien llegaron a él, el camino torció hacia abajo súbitamente, apareciendo Brockstone elegantemente emplazado en un valle estrecho y repentino. No tardaron en divisar grupos de chimeneas de piedra y tejados de pizarra, justo a sus pies, y unos minutos más tarde se estaban limpiando los zapatos en la puerta trasera del palacio de Brockstone, mientras los perros del guarda ladraban ruidosamente en un lugar que no se veía, y la señora Potter, en rápida sucesión, les gritaba que se callasen, saludaba a su padre y rogaba a los dos visitantes que pasaran adentro.
II
No era de esperar que el señor Davidson escapase de que le enseñaran las principales habitaciones del palacio, a pesar de que la casa estaba totalmente recogida y fuera de servicio. Cuadros, alfombras, cortinas, muebles, estaban cubiertos o guardados como el viejo señor Avery había dicho; y la admiración que nuestro amigo estaba dispuesto a tributar tuvo que prodigarla a las dimensiones de las estancias y a un techo pintado donde el artista, que había huido de Londres el año de la peste, había plasmado el «Triunfo de la Lealtad y la Derrota de la Sedición». Aquí el señor Davidson tuvo ocasión de mostrar un interés sincero. Los retratos de Cromwell, Ireton, Bradshaw, Peters y todos los demás, retorciéndose en tormentos cuidadosamente ideados, eran evidentemente la parte de la composición a la que el artista había dedicado más esfuerzos.
—Esa pintura la encargó la antigua lady Sadleir, igual que la que hay en la capilla. Dicen que fue la primera en ir a Londres a bailar sobre la tumba de Oliver Cromwell —dijo el señor Avery; y prosiguió pensativo—: Bueno, supongo que se quedaría a gusto; yo no sé si me pagaría un viaje de ida y vuelta a Londres nada más que para eso. Y mi yerno dice lo mismo: dice que no sabe si se habría gastado ningún dinero para una cosa así. Le he contado al señor cuando veníamos en el tren, Mary, lo que dice tu marido sobre el gregoriano ese que cantan aquí en Stanford. Nos ha hecho reír de lo lindo, ¿verdad, señor?
—¡Desde luego que sí! ¡Ja, ja! —una vez más el señor Davidson se esforzó en hacer justicia a la gracia del guarda—. Pero si la señora Porter puede enseñarme la capilla —dijo—, creo que es el momento; porque los días no son largos, y quiero volver a Longbridge antes de que oscurezca del todo.
Aunque no hayan incluido una ilustración del palacio de Brockstone en la Rural Life (como creo que no la han incluido), no es mi intención señalar aquí sus excelencias.
Sin embargo, quiero decir unas palabras sobre la capilla: se encuentra a unas cien yardas de la casa, y tiene un pequeño cementerio con árboles alrededor. Es un edificio de piedra de unos setenta pies de largo, de estilo gótico, según se entendía ese estilo a mediados del siglo XVII. En conjunto se parece a algunas capillas de los colegios universitarios de Oxford, salvo que tiene claramente presbiterio, como las iglesias parroquiales, y un caprichoso campanario rematado en cúpula en la esquina sudoeste.
El señor Davidson no pudo reprimir una exclamación de complacida sorpresa, cuando le abrieron de par en par la puerta oeste, ante lo rico y completo de su interior: tejería, púlpito, asientos y vidrieras: todo era del mismo periodo. Y al adentrarse en la nave y descubrir el órgano con sus tubos repujados en oro en la galería oeste sintió llena su copa de complacencia. Las vidrieras de la nave eran en su mayor parte heráldicas, y en el presbiterio había estatuas como las que pueden verse en Abbey Dore, obra de Lord Sucdamore.
Pero esto no es una reseña arqueológica.
Mientras el señor Davidson se hallaba ocupado en examinar los restos del órgano (atribuido a uno de los Dallan., creo), el viejo señor Avery había subido renqueante al presbiterio y estaba quitando las fundas que cubrían los cojines de terciopelo azul de los sitiales. Evidentemente, aquí era donde se sentaba la familia.
El señor Davidson le oyó decir en tono un poco bajo de sorpresa:
—¡Mira, Mary; otra vez están abiertos!
La respuesta fue con una voz que sonó más malhumorada que sorprendida:
—¡Pché, vaya, no me diga!
La señora Porter acudió a donde estaba su padre, y siguieron hablando en voz más baja. El señor Davidson comprendió en seguida que discutían de algo no del todo normal, así que bajó los peldaños de la galería y se unió a ellos. No había el menor signo de desorden en el presbiterio, como tampoco en el resto de la capilla, que se veía hermosamente limpia; pero los ocho libros de oraciones en folio que descansaban sobre los cojines de los reclinatorios estaban evidentemente abiertos. La señora Porter estaba protestando precisamente de eso.
—¿Quién será el que lo hace? —dijo—; porque no hay más llave que la mía, ni más puerta que la que acabo de abrir, y los ventanales tienen todos reja. Esto no me hace ninguna gracia, padre; ninguna gracia.
—¿Qué pasa, señora Porter? ¿Ocurre algo? —dijo el señor Davidson.
—No, señor; en realidad no es nada grave; son estos libros nada más. Cada vez que entro a limpiar aquí, casi, los cierro y los cubro con las fundas para que no cojan polvo. Lo vengo haciendo desde que me lo encargó el señor Clark, al principio de entrar a trabajar. Y ahí están otra vez, siempre abiertos por la misma página; y como yo digo: quienquiera que sea, lo hace con la puerta y las ventanas cerradas. Y como digo yo: cuando pasan cosas así a una le da no sé qué entrar sola, como tengo que hacer yo; y no es que sea de ésas... de las que se asustan fácilmente quiero decir. Y el caso es que aquí no hay ratas; aunque las ratas no se entretienen en hacer esa clase de cosas; ¿no cree usted, señor?
—Difícilmente, diría yo. Pero es muy raro. ¿Y dice que siempre los encuentra abiertos por la misma página?
—Siempre por la misma, señor: por uno de los salmos. La primera vez o dos no me di cuenta; hasta que vi una rayita roja marcada; desde entonces he reparado siempre en ella.
El señor Davidson se acercó a los sitiales y echó una mirada a los libros. Efectivamente, estaban abiertos por la misma página: Salmo CIX; y arriba, entre el número y el Deus laudum, había una rúbrica: «Para el día 25 de abril». Sin presumir de conocer con detalle la historia del Libro Común de Oraciones dé la Iglesia Anglicana, sabía lo suficiente como para estar seguro de que ésta era un añadido extraño y totalmente espúreo; y aunque recordaba que el 25 de abril era el día de san Marcos, no se le ocurría qué relación podía haber entre este salmo feroz y dicha festividad. No sin cierta aprensión, se atrevió a pasar hojas para ver la portada; y consciente de que había que ser especialmente meticuloso en estas cuestiones, dedicó unos minutos a copiarla: la fecha de publicación era 1653; el impresor se llamaba Anthony Cadman. Fue a la lista de salmos para determinados días. Sí: añadida a cada uno encontró la misma; inexplicable indicación: Para el día 25 de abril, el Salmo 109. A un experto se le habría ocurrido indagar otros muchos detalles; pero como digo, este anticuario no lo era.
Examinó la encuadernación: una hermosa encuadernación en piel azul estampada con el escudo que figuraba en varios ventanales de la nave en diversas combinaciones.
—¿Cuántas veces —preguntó finalmente a la señora Porter— ha encontrado estos libros abiertos así?
—No sabría decirle, señor; pero muchísimas. ¿Recuerda, padre, cuándo se lo dije la primera vez que me di cuenta?
—Ya lo creo, cariño; estabas boquiabierta, y no me extraña; fue hace cinco años, cuando vine a pasar el día de san Miguel con vosotros; y a la hora de comer entras tú diciendo: «Padre, los libros cubiertos con la funda están abiertos otra vez». Aunque yo, señor, no sabía de qué me estaba hablando, y digo: «¿Los libros?»,y no digo nada más. Y va Harry y dice (Harry es mi yerno): «¿Quién puede haberlo hecho? —dice—; porque no hay más que una puerta, y la llave la tenemos nosotros —dice—. Y las ventanas están todas enrejadas. Bueno —dice—; como pille al que sea no le van a quedar ganas de volverlo a repetir».Y seguro estoy de que no le habrían quedado muchas, señor.
Bueno, pues eso fue hace cinco años; y desde entonces ha venido ocurriendo de continuo, cariño. El joven señor Clark no parece darle mucha importancia. Claro que él no vive aquí y no tiene que entrar a limpiar por las tardes, ¿no le parece?
—Y aparte de eso, señora Porter, ¿ha notado algo más fuera de lo normal cuando está haciendo su trabajo aquí? —dijo el señor Davidson.
—No, señor —dijo la señora Porter—. Y me parece bastante raro, porque siempre tengo la sensación de que hay alguien sentado ahí: no, al otro lado, justo detrás del cancel, y mirándome mientras barro la galería y limpio los bancos. Pero hasta ahora no he visto nada anormal aparte de mí misma, puede decirse, y espero de verdad no verlo nunca.
III
En la conversación que siguió —que no fue muy larga— no hubo nada más que pueda añadirse a la relación del caso. Tras despedirse en términos cordiales del señor Avery y de su hija, el señor Davidson emprendió su excursión de ocho millas. El pequeño valle de Brockstone le llevó en poco tiempo al más ancho del Tent y a Stanford St. Thomas, donde tomó un refrigerio.
No hace falta que le acompañemos todo el trayecto hasta Longbridge. Pero cuando se estaba cambiando de calcetines, antes de cenar, de repente se quedó en suspenso y exclamó medio en voz alta: «¡Diablos, eso es muy raro!» No se le había ocurrido antes lo extraño que era que existiese una edición del Libro común de Oraciones de 1653, o sea siete años antes de la Restauración, cinco años antes de la muerte de Cromwell, y cuando estaba castigado el uso de este libro, y no digamos su impresión. Debió de ser un hombre osado el impresor cuando puso su nombre y la fecha en la portada. Aunque puede que no fuera su nombre —reflexionó el señor Davidson—, si se tenían en cuenta los complicados subterfugios a que recurrían los impresores en tiempos difíciles.
Esa noche, estaba en el vestíbulo de «El Cisne» estudiando horarios e itinerarios de trenes, cuando paró ante la puerta un pequeño automóvil y se apeó un hombre bajo enfundado en un abrigo de piel, se detuvo en la escalinata, y dio instrucciones a su chófer con un acento chillón y extranjero. Al entrar se vio que tenía el cabello negro, el rostro pálido, barbita puntiaguda, y llevaba lentes de oro: muy atildado todo él.
Se dirigió a su habitación, y el señor Davidson no volvió a verle hasta la hora de la cena. Como eran los dos únicos huéspedes que cenaban esa noche, al recién llegado no le fue difícil encontrar una excusa para trabar conversación. Evidentemente, quería averiguar qué había traído al señor Davidson a este pueblo en esta época del año.
—¿Sabría decirme a qué distancia está Arlingworth de aquí? —fue una de sus primeras preguntas, y también una de las que arrojó cierta luz sobre sus propios planes; porque el señor Davidson se acordó de que había visto en la estación el anuncio de una subasta que iba a celebrarse en Arlingworth Hall, consistente en muebles antiguos, cuadros y libros. Así que el sujeto era un marchante de Londres.
—Lo siento —dijo—; no he estado nunca ahí. Creo que está cerca de Kingsbourne... no puede estar a menos de doce millas. Tengo entendido que se va a celebrar allí una subasta dentro de poco.
El otro le miró inquisitivamente, y se echó a reír.
—No —dijo como contestando a una pregunta—. No tiene por qué temer mi competencia. Me marcho mañana.
Esta aclaración despejó el ambiente; y el marchante, que se llamaba Homberger, confesó que lo que le interesaba eran los libros, y que creía que en las bibliotecas de las viejas mansiones campestres del contorno podía descubrir algo que mereciese el viaje. —Porque nosotros los ingleses —dijo— tenemos desde siempre un talento especial para acumular rarezas en los lugares más inesperados, ¿no le parece?
Y en el transcurso de la velada estuvo de lo más interesante hablando de hallazgos realizados por él y otros.
—Después de la subasta aprovecharé la ocasión para darme una vuelta por los alrededores. ¿Sabe usted de algún lugar donde habría posibilidad de encontrar algo, señor Davidson?
Pero el señor Davidson, aunque había visto estanterías muy tentadoras en el palacio de Brockstone, se lo calló. No le caía bien el señor Homberger. Al día siguiente, yendo en el tren, un rayito de luz vino a iluminarle uno de los enigmas del día anterior: había sacado casualmente un almanaque que había comprado para el nuevo año, y se le ocurrió mirar las efemérides del 25 de abril. Ponía lo siguiente: «San Marcos. Nacimiento de Oliver Cromwell, 1599».
Esto, unido a la pintura del techo, le pareció que explicaba muchas cosas. La figura de lady Sadlair cobró entidad a los ojos de su imaginación, apareciendo como la de alguien cuyo amor a la Iglesia y al rey había ido dando paso a un odio profundo al poder que había amordazado a la una y matado brutalmente al otro. ¿Qué extraño y maligno oficio religioso era el que ella y unos pocos como ella habían estado celebrando año tras año en ese valle remoto? ¿Y cómo diablos se las había arreglado para burlar al poder? Y además, ¿no estaba esa persistencia de los libros en aparecer abiertos en extraña consonancia con otros rasgos de su retrato, que él había tenido ocasión de contemplar? Sería interesante para cualquiera que visitase Brockstone el 25 de abril asomarse a la capilla a comprobar si ocurría algo fuera de lo normal. Y ahora que lo pensaba, no veía ninguna razón para no ser él esa persona. Él y, si era factible, algún amigo con sus mismas aficiones. Y decidió hacerlo así.
Dado que no sabía prácticamente nada sobre ediciones del Libro común de Oraciones, comprendió que debía asesorarse sobre esta cuestión sin dar a conocer sus motivos. Puedo añadir a continuación que sus indagaciones no le condujeron a nada. Un escritor de la primera mitad del siglo XIX, autor de una ampulosa y entusiasta disertación sobre libros aseguraba haber oído hablar de una edición anti-cromweliana del Libro común de Oraciones en pleno periodo de la república. Pero no decía que hubiese visto ningún ejemplar, y nadie le creyó. Estudiando el asunto, el señor Davidson descubrió que tal afirmación se basaba en ciertas cartas de un corresponsal que había vivido en las proximidades de Longbridge; así que pensó que en el fondo de esto se encontraban los Libros de Oraciones de Brockstone; con lo que se le despertó un momentáneo interés.
Pasaron meses, y se acercó el día de san Marcos. No había nada que impidiese al señor Davidson llevar a cabo su plan de visitar Brockstone, ni acompañarle al amigo al que había convencido, el único al que había confiado el enigma. Cogieron el mismo tren de las 9,45 que en enero le había llevado a él a Kingsbourne; y el mismo sendero que atravesaba los campos les llevó hasta Brockstone. Pero hoy se detuvieron más de una vez a coger una prímula; el bosque lejano y las lomas aradas eran ahora de otro color y en la arboleda del valle había, como dijo la señora Porter, «un delirio de pájaros; como que a veces no te dejan ni pensar».
Reconoció al señor Davidson en seguida, y se mostró dispuestísima a abrirles la capilla. El nuevo visitante, el señor Witham, se quedó tan impresionado como el señor Davidson la primera vez al ver lo completa que estaba en todos los respectos.
—Seguro que no hay otra igual en toda Inglaterra —dijo.
—¿Ha encontrado abiertos los libros otra vez, señora Porter? —dijo Davidson mientras se dirigían al presbiterio.
—Mucho me temo que sí, señor —dijo la señora Porter, al tiempo que retiraba las fundas—. ¡Vaya, mire! —exclamó a continuación—: ¡si están cerrados! Es la primera vez que los encuentro así. Aunque no sería por falta de cuidado por mi parte si no lo estuvieran, se lo aseguro; porque, bien que palpé las fundas antes de cerrar, cuando terminó de fotografiar los ventanales el caballero de la semana pasada, y até todas las cintas. Ahora que lo pienso, no recuerdo haberlas atado nunca; a lo mejor, quienquiera que sea, los ha dejado estar por eso. Bueno, eso sólo viene a demostrar que si al principio no se consigue una cosa, hay que insistir, insistir e insistir.
Entretanto, los dos hombres habían estado examinando los libros. Y ahora dijo el señor Davidson:
—Lo siento, señora Porter, pero me temo que aquí ha pasado algo. Éstos no son los mismos libros.
Sería demasiado largo detallar las voces que dio la señora Porter, y el interrogatorio que siguió. Lo sucedido fue esto: a primeros de enero había ido el caballero a ver la capilla, la alabó muchísimo, y dijo que volvería en primavera para tomar unas fotografías. Y hacía sólo una semana había llegado en su automóvil, con una pesada máquina de fotografiar en forma de caja con las placas, y la señora Porter le dejó encerrado porque dijo algo sobre una larga explosión, y ella temía que ocurriese algún daño; pero él dijo que no, que explosión no, sino que por lo visto la linterna que tomaba las fotografías trabajaba muy despacio; así que estuvo encerrado casi una hora, y después le abrió ella, y él se marchó con su caja y demás, dejándole una tarjeta, y ¡ay!, ¡por Dios, por Dios! ¡No quiero ni pensarlo!, debió de cambiar los libros y llevarse los antiguos en la caja.
—¿Cómo era ese hombre?
—¡Dios mío! Era un caballero bajo, si se le puede llamar caballero después de lo que ha hecho, con el cabello negro, o sea si era cabello, y lentes de oro, si es que eran de oro; la verdad es que una ya no sabe qué creer. Ya ni sé si era realmente inglés, aunque parecía conocer la lengua, y el nombre que ponía en su tarjeta era de lo más corriente.
—Era de esperar; ¿podríamos ver la tarjeta? Sí: T W Henderson, y una dirección cerca de Bristol. Bueno, señora Porter, está completamente claro que este señor Henderson, como dice llamarse, se ha llevado sus ocho libros y en su lugar ha dejado otros aproximadamente del mismo tamaño. Ahora escúcheme bien: creo que debe contárselo a su marido; pero ni usted ni él deben decir una sola palabra a nadie más. Si me da la dirección del administrador... el señor Clark, ¿no?, le escribiré informándole exactamente de lo ocurrido y le explicaré que en realidad no ha sido culpa suya. Pero comprenda que debemos guardar silencio. ¿Por qué?, pues porque ese hombre que ha robado los libros intentará venderlos de uno en uno (porque puedo asegurarle que valen bastante dinero), y el único medio de llegar a él es permanecer vigilantes y no decir nada.
A fuerza de repetir el mismo consejo de diversas maneras consiguió grabarle en la cabeza a la señora Porter la absoluta necesidad de guardar silencio, aunque se vio obligado a hacer una concesión en el caso del señor Avery, cuya visita esperaban en breve.
—Pero puede confiar en mi padre, señor —dijo la señora Porter—. Mi padre no es ningún charlatán.
No era ésa exactamente la experiencia del señor Davidson; no obstante, no había vecinos en Brockstone; además, incluso el señor Avery debía comprender que si se iba de la lengua en este asunto lo más probable sería que los Porter acabaran teniendo que buscarse otra colocación. Por último le preguntó si el supuesto señor Henderson había llevado a alguien con él.
—No, señor; vino conduciendo él mismo su automóvil, y en cuanto a su equipaje, deje que recuerde: llevaba la linterna y la caja de las placas, que yo misma le ayudé a entrar en la capilla y a sacar después... ¡si lo llego a saber! Y al irse, cuando pasaba bajo el gran tejo que hay junto al monumento, vi en lo alto del automóvil un bulto blanco que no había notado cuando llegó. Pero iba él solo delante, señor, con las cajas detrás.
¿Y de veras cree usted, señor, que no se llamaba Henderson en realidad? ¡Ay, Dios mío, qué cosa más horrible! ¡Figúrese el lío que podía haberle acarreado a una persona inocente si llega a entrar sola, haciendo que recayera sobre ella la culpa!
Dejaron a la señora Porter hecha un mar de lágrimas. Durante el viaje de regreso deliberaron largamente sobre la mejor manera de vigilar las posibles subastas. Lo que había hecho Henderson-Homberger (porque no cabía duda de que se trataba del mismo individuo) era traer el número necesario de ejemplares del Libro común de Oraciones —ejemplares en desuso de capillas universitarias o lugares por el estilo, comprados evidentemente por la encuadernación, que era bastante parecida a la de los antiguos—y sustituir tranquilamente a los auténticos. Había transcurrido una semana sin que apareciera ninguna noticia sobre el robo. Seguramente tardaría algún tiempo en descubrir la rareza de los libros, y finalmente los «colocaría» discretamente. Davidson y Witham gozaban de una posición que les permitía estar al tanto de lo que ocurría en el mundo de los libros, y pudieron trazar un plan bastante eficaz. Un punto débil, de momento, era que ninguno de los dos sabía con qué otro nombre o nombres llevaba su negocio el tal Henderson-Homberger. Pero hay medios de resolver ese tipo de dificultades. Sin embargo, todos estos planes se revelaron innecesarios.
IV
Nos trasladamos ahora, este mismo día 25 de abril, a una oficina londinense. Aquí encontramos, tarde ya y a puerta cerrada, a dos inspectores de la policía, un conserje y un joven oficinista. Estos dos, pálidos, visiblemente agitados y sentados en dos sillas, están siendo interrogados.
—¿Cuánto dice que llevaba trabajando para el señor Poschwitz? Seis meses ¿A qué se dedicaba? Asistía a las subastas en diferentes pueblos y regresaba con cajas de libros.
¿Tenía abierto algún establecimiento? No; los vendía aquí y allá, a veces a coleccionistas particulares. De acuerdo. Ahora veamos, ¿cuándo hizo el señor Poschwitz su último viaje? Hace algo más de una semana. ¿Le dijo adónde iba? No: dijo que saldría a la mañana siguiente de su domicilio privado y que no pasaría por la oficina (o sea por aquí) antes de dos días; usted debía venir como de costumbre. ¿Dónde tiene su domicilio particular? Ah, aquí está la dirección: en Norwood. ¿Tenía familia? ¿No en el país? Ahora veamos, ¿puede explicarnos lo ocurrido desde que regresó? Volvió el martes, y hoy es sábado. ¿Traía libros? Un paquete. ¿Dónde está? En la caja fuerte. ¿Tiene la llave? ¡Ah, es verdad!, está abierta. ¿Qué impresión le produjo cuando volvió? Estaba contento. Bien, pero ¿qué quiere decir con eso de raro? Dijo que quizá estaba incubando una enfermedad, ¿eh?, y que notaba un olor extraño del que no conseguía librarse. ¿Le dijo que si alguien solicitaba verle se lo anunciara antes de hacerle pasar? ¿No era normal eso en él? Y lo mismo se repitió el miércoles, el jueves y el viernes.
Pasaba bastante tiempo fuera; decía que iba al Museo Británico. Iba allí a menudo a hacer indagaciones relacionadas con su negocio. Cuando estaba en la oficina se paseaba arriba y abajo sin parar. ¿Vino gente en esos días? Casi siempre cuando él no estaba. ¿Recibió a alguien? Al señor Collinson. ¿Quién es el señor Collinson? Un antiguo cliente. ¿Sabe su dirección? Muy bien, después nos la dará. Bueno, ahora veamos, ¿qué ha pasado esta mañana? A las doce ha dejado usted aquí al señor Poschwitz y se ha ido a casa. ¿Le ha visto alguien? El conserje. Ha estado en casa hasta que le hemos avisado que viniera. Bien, eso es todo.
»Ahora usted. Tenemos su nombre: Watkins, ¿no es así? Bien, puede empezar; no vaya demasiado deprisa para que podamos tomar nota.
—Pues yo me había quedado aquí de servicio más tiempo del normal porque el señor Potwitch me había pedido que no me fuera: conque mandó que le trajesen el almuerzo, y se lo trajeron. Yo estaba en el vestíbulo desde las once y media, así que he visto marcharse al señor Plight [el oficinista] alrededor de las doce. Después no ha venido nadie quitando el que ha traído el almuerzo del señor Potwich a la una, que se fue a los cinco minutos. Ya por la tarde, cansado de esperar, he subido aquí. La puerta de fuera estaba abierta, y he entrado hasta esta puerta de cristal. El señor Potwich estaba de pie detrás de la mesa fumando un cigarro; de repente lo ha dejado en la repisa de la chimenea, se ha metido la mano en el bolsillo, ha sacado una llave y ha ido a la caja fuerte. He llamado al cristal por si quería que le retirase la bandeja; pero por lo visto no me oía, ocupado como estaba en la caja fuerte. A continuación la abre, se inclina, y saca un paquete del fondo. Y entonces, señor, veo caer del interior de la caja hacia afuera lo que parecía un gran rollo de franela blanca andrajosa, como de cuatro o cinco pies de alto, y que se derrumba sobre el hombro del señor Potwich mientras está agachado; entonces el señor Potwich se endereza por así decir, apoyando las manos en el paquete, y suelta una exclamación. Y supongo que no lo va a creer, señor, pero tan cierto como que estoy aquí, que el rollo ese tenía en la parte de arriba una especie de cara. No puede sorprenderse más de lo que me he sorprendido yo, se lo aseguro; y eso que he visto cosas en mi vida. Sí, se la puedo describir si quiere: tenía un color parecido al de esa pared [la pared, pintada al temple, era de color terroso], con una venda enrollada debajo. Y los ojos... bueno, parecían secos, y era talmente como si tuviese dos arañas enormes en las cuencas. ¿Pelo?, no; no recuerdo que se le viera pelo. El lienzo le cubría la cabeza. Pero le aseguro que era algo absolutamente anormal. No; lo he visto sólo unos segundos, pero se me ha quedado grabado como una fotografía... ¡Ojalá no hubiera sido así! Sí, señor; ha caído sobre el hombro del señor Potwich, y ha hundido la cara en su cuello; sí señor, en el lado donde tiene la herida... era como un hurón lanzándose sobre un conejo. Y el señor Potwich ha caído rodando. Naturalmente he intentado forzar la puerta; pero como sabe, señor, estaba cerrada por dentro, y lo único que he podido hacer es llamar a todo el mundo. Ha venido el médico, la policía, y ustedes... y ya saben lo mismo que yo. Así que, si no me necesitan más por hoy, quisiera irme a casa: me siento peor de lo que creía al principio.
—Bueno —dijo uno de los inspectores al quedarse solos.
—¿Y bien? —dijo el otro inspector; y tras una pausa—: ¿qué dice el informe del forense? Lo tienes ahí. Sí. El efecto en la sangre ha sido como el de la mordedura de la peor clase de serpiente: una muerte casi instantánea. Me alegro por él; el aspecto que presenta es horrible. En todo caso, no hay motivo para detener a este Watkins; lo sabemos todo sobre él. ¿Y la caja fuerte? Será mejor que la inspeccionemos otra vez. Y a propósito, no hemos abierto el paquete que iba a desenvolver en el instante en que le ha sobrevenido la muerte.
—Bueno, ve con cuidado —dijo el otro—; podría estar dentro la serpiente.
Alumbra los rincones también. Desde luego, hay espacio para que quepa de pie una persona baja; pero, ¿y la ventilación?
—Tal vez —dijo el otro despacio, mientras inspeccionaba la caja fuerte con una linterna eléctrica—, tal vez no necesitaba mucha. ¡Válgame Dios, qué calor se nota al salir de ahí! Es como salir de una cripta. Oye, ¿qué es esa especie de sedimento de polvo que cubre la habitación? Debe de haber salido de ahí al abrirse la puerta; lo arrastras al moverte... ¿lo ves? Bueno, ¿qué piensas de esto?
—¿Que qué pienso? Pues lo mismo que del resto del caso. A lo que veo, se va a convertir en uno de los misterios de Londres. Y no creo que una caja fotográfica llena de Libros de Oraciones de tamaño grande nos conduzca a ninguna parte. Porque eso es lo que contiene este paquete.
Fue un comentario natural, aunque hecho a la ligera. El relato que antecede muestra que en realidad había elementos suficientes para construir un caso; y una vez que los señores Davidson y Witham llevaron a Scotland Yard las piezas que poseían, fue fácil ensamblarlas y completar el círculo.
Para alivio de la señora Porter, los dueños de Brockstone decidieron no restituir los libros a la capilla: se guardan, creo, en una caja de seguridad de un banco de la capital. La policía tiene sus propios métodos para evitar que ciertos asuntos salten a la prensa; de lo contrario, es difícil entender cómo el testimonio de Watkins sobre la muerte del señor Poschwitz no ha proporcionado multitud de titulares en grandes caracteres.

El invitado ambicioso. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Este suceso se inició al caer la tarde de un día de septiembre. En aquel momento se hallaba la familia congregada alrededor de la lumbre del hogar, mantenido con piñas secas, maderos robados por las torrenteras de las montañas y troncos de los árboles tronchados por el viento. Los padres de aquella familia reflejaban en sus rostros una alegría serena; los niños reían; la hija mayor, a los diecisiete años, era una imagen viva de la felicidad, y la abuela, acomodada en el mejor lugar, y aplicada a su calceta, era, como la hija mayor, una imagen repetida de la felicidad, sólo que en el invierno de la vida. Todos los allí reunidos habían llegado a puerto de reposo en el lugar más horrible de Nueva Inglaterra. La familia vivía en el Tajo de las Montañas Blancas, donde el viento corría con violencia los 365 días del año y llevaban en su entraña, en el invierno, un frío de acero que descargaba despiadado sobre la casa de madera en su paso al valle del Saco. El lugar donde la familia había construido su hogar era frío, y, además de frío, amenazado por un constante peligro. Por encima de sus cabezas se alzaba, en efecto, una enorme montaña tan escarpada y agreste, que las piedras se desprendían con frecuencia, y rodando con estrépito desde lo alto, los sobresaltaban en la noche.

La muchacha acababa de decir algo chistoso, que había provocado la risa de toda la familia, cuando el viento que corría a través del Tajo pareció detenerse ante la casa, sacudiendo la puerta con un lamento infinito antes de continuar hacia el valle. Aunque nada extraordinario representaba aquella violencia, la familia se sintió un momento sobrecogida. Ya volvía a resurgir la alegría en sus rostros, cuando pudieron oír que el picaporte de la puerta de entrada era alzado desde fuera, tal vez por algún transeúnte, cuyos pasos hubieran sido ahogados por el bramido del viento coincidente con su llegada. Aunque vivían en aquella soledad, los miembros de la familia tenían ocasión de relacionarse a diario con el mundo exterior. El romántico paso del Tajo es una gran arteria a través de la cual discurre constantemente la sangre y la vida del comercio interior entre Maine, por un lado, y las Montañas Verdes y las orillas del San Lorenzo por el otro. La diligencia pasaba habitualmente por la puerta de la casa, y los caminantes, sin más compañía que su bastón, se detenían aquí para cambiar algunas palabras, a fin de que el sentimiento de la soledad no les acobardase antes de atravesar el desfiladero o alcanzar la primera casa del valle. También el tratante en camino hacia el mercado de Portland hacía un alto allí para pernoctar, y se sentaba al calor de la lumbre algún rato más de lo corriente, si era soltero, con la esperanza de robar un beso a la hija de la casa al partir. La morada de la familia era, en efecto, una de aquellas posadas primitivas en las que el viajero pagaba sólo por la comida y la cama, recibiendo, a cambio, una acogida imposible de pagar con todo el oro del mundo. Por eso, cuando se oyeron los pasos del desconocido entre la puerta de fuera y la de la habitación, toda la familia se puso en pie, la abuela, los niños y todos los demás, como si se dispusieran a dar la bienvenida a alguien de la familia, a cuyo destino se hallara vinculado el suyo propio.

La puerta se abrió y dio paso a un hombre joven. Al principio, su rostro se hallaba cubierto por la expresión de melancolía y casi desesperación del que camina solo y al oscurecer por un lugar abrupto y siniestro, pero pronto sus rasgos cobraron brillo y serenidad al comprobar la cordial acogida con que se le recibía. Su corazón parecía querer saltarle del pecho hacia todos los allí reunidos, desde la anciana que secaba una silla con su delantal, hasta el niño que le tendía los brazos. Una mirada y una sonrisa colocaron en seguida al desconocido en un pie de inocente familiaridad con la mayor de las hijas.

-¡No hay nada mejor que un fuego así! -exclamó-. ¡Sobre todo cuando se forma a su alrededor un círculo tan amable! Estoy completamente aterido. El Tajo es algo así como un tubo por el que soplan dos fuelles gigantescos; desde Barlett me viene azotando la cara un viento huracanado.
-¿Se dirige usted a Vermont? -preguntó el dueño de la casa, mientras ayudaba al joven a descargarse del morral que llevaba a las espaldas.
-Sí, voy a Burlington, y aún más allá -replicó éste-. Mi intención hubiese sido haber llegado esta noche a la casa de Ethan Crawford, pero en una ruta como ésta un hombre a pie tarda siempre más de lo calculado. Pero mi decisión está ya tomada, porque cuando veo arder esta lumbre y contemplo los rostros alegres de todos ustedes, me parece que lo han encendido precisamente para mí, y que la familia entera estaba esperando mi llegada. Así, pues, me sentaré, si me lo permiten, entre ustedes y me instalaré aquí por esta noche.

El recién llegado acababa de aproximar su silla al fuego, cuando se oyó afuera algo así como un pisar de gigante que se repetía por la escarpadura de la montaña acercándose con estrépito y pasando a grandes zancadas al lado de la casa. La familia entera detuvo el aliento mientras duró el ruido, conociendo como conocían lo que significaba, y el forastero hizo lo mismo instintivamente.

-La vieja montaña nos ha lanzado una piedra, para recordarnos que la tenemos aquí, sobre nuestras cabezas -dijo el padre serenándose en seguida-. Algunas veces mueve la cabeza y nos amenaza con desplomarse sobre nosotros, pero somos antiguos vecinos y, en el fondo, mantenemos buenas relaciones. Además, disponemos de un refugio seguro aquí, al lado de la casa, para el caso de que decidiera llevar a efecto sus amenazas.

Y ahora observemos que el viajero ha terminado su cena de carne de oso, y que sus maneras francas y abiertas lo han llevado a un plano de amistad con la familia, de suerte que la conversación entre todos se ha hecho tan sincera como si el recién llegado perteneciera a aquel hogar agreste. El joven a quien el azar había traído aquella noche a la casa era de carácter altivo aunque dúctil y amable; altanero y reservado entre los ricos y poderosos, pero siempre dispuesto a bajar su cabeza en la puerta de una choza y a sentarse al fuego con los desposeídos como un hermano o un hijo. En el hogar del Tajo encontró cordialidad y sencillez de ánimo, la penetrante y aguda inteligencia de Nueva Inglaterra y una poesía originaria y auténtica que los habitantes de la casa habían aprendido de los picachos y las quebradas y del mismo umbral de su pobre morada. El forastero había viajado mucho y siempre solo; su vida entera había sido, podía asegurarse, un sendero solitario, pues la altiva reserva de su naturaleza la había hecho apartarse siempre de aquellos que, de otra suerte, hubieran sido sus camaradas. También la familia, tan amable y hospitalaria como era, llevaba en sí esa conciencia de unidad entre todos sus miembros y de separación del resto del mundo, que convierte el hogar en un recinto sagrado en el que no tiene cabida ningún extraño. Aquella noche, no obstante, una simpatía profética llevó al joven instruido y de hábitos refinados a descubrir su corazón a aquellos rudos habitantes de las montañas, y su franqueza hizo que éstos se confiaran a él con la misma espontaneidad. ¿No es más fuerte, en efecto, el lazo de un destino común, que los que crea el mismo nacimiento?

El secreto del carácter del joven era una ambición altísima y abstracta. Era posible que hubiera nacido para vivir una vida oscura, pero no para ser olvidado en la tumba. Su ardiente anhelo se había transformado en esperanza, y esta esperanza, largo tiempo mantenida, se había convertido en la certeza de que, por insignificante que fuese su vida en el presente, el brillo de la gloria iluminaría su camino para la posteridad, aunque tal vez no mientras él lo recorriera. Cuando las generaciones venideras dirigiesen la mirada hacia la oscuridad que era entonces su presente, echarían de ver claramente el resplandor de sus pisadas, y se confesarían que un hombre de altas dotes había ido de la cuna a la tumba, sin que nadie hubiera sabido comprenderlo.

-Y, sin embargo -exclamó el forastero, con las mejillas ardientes y los ojos radiantes de luz-, todavía no he realizado nada. Si mañana desapareciera de la tierra, nadie sabría más de mí que ustedes: que un joven desconocido llegó un día al anochecer, procedente del Valle del Saco, que les abrió el corazón por la noche y que se marchó al amanecer del día siguiente por el Tajo, sin que volvieran a verlo. Ni una sola persona les preguntaría quién era este joven ni de dónde venía... ¡Pero no! ¡Yo no puedo morir hasta que haya cumplido mi destino! Después, sí; después, puede ya venir la muerte. ¡Yo mismo me habré edificado mi monumento para la posteridad!

Había un impulso tal de emoción espontánea bullendo constante en medio de fantasías abstractas, que la familia llegó a comprender los sentimientos del joven forastero, aun siendo como eran tan lejanos a los suyos propios. Dándose rápidamente cuenta de lo ridículo de su actitud, el joven enrojeció de la vehemencia hacia la que había sido arrastrado por sus mismas palabras.

-Ustedes se reirán de mí sin duda -dijo, cogiendo la mano de la hija mayor y riéndose él mismo-. Seguramente piensan que mi ambición es tan absurda como si subiera al Monte Washington y me dejara convertir allí en un trozo de hielo, sólo para que la gente de la comarca pudiera admirarme desde el llano... Y, sin embargo, doy fe de que querría un noble pedestal para la estatua de un hombre...
-A mí me parece -respondió la hija mayor, enrojeciendo- que es mejor estar sentados aquí al calor de la lumbre, contentos y serenos, aunque nadie piense en nosotros.
-Yo creo, sin embargo -dijo su padre, tras unos momentos de meditación-, que hay algo natural en lo que el joven ha dicho: y es posible que, si mi cerebro hubiera seguido este camino, yo también habría pensado lo mismo. Es raro, hasta qué punto sus palabras han despertado en mi pobre cabeza cosas que es bien seguro que no han de ocurrir nunca.
-¿Cómo sabes tú que no han de suceder? -respondió el ama de la casa-. ¿Puede el hombre saber lo que hará si llega a enviudar?
-¡No, no! -exclamó el padre, rechazando la idea con un tono de cariñosa protesta-. Cuando pienso en tu muerte, Ester, pienso siempre a la vez en la mía. Lo que estaba imaginando era otra cosa. Pensaba que teníamos una bonita granja en Barlett, en Betlehem, en Littleton o en cualquier otra ciudad en las vertientes de las Montañas Blancas, pero no donde éstas estuvieran constantemente amenazando derrumbarse sobre nuestras cabezas. Me hallaría en buenas relaciones con mis convecinos, y sería nombrado juez municipal del lugar y enviado a la Asamblea General por una o dos legislaturas, pues aquí hay mucho que hacer para un hombre sencillo y honrado. Y cuando llegara a viejo, y tú también, podría morir tranquilo dejándolos a todos llorando en torno a mí. Una sencilla lápida de pizarra me bastaría tanto como una de mármol, sobre la cual se grabaría simplemente mi nombre, mi edad y un versículo de los salmos, y quizá algunas palabras que dijeran a la gente que había vivido como un hombre honrado y había muerto como un cristiano.
-¿Lo ven ustedes? -dijo el forastero-. Es consustancial a la naturaleza humana ambicionar un monumento, ya sea de pizarra, o de mármol, o un pilar de granito o sólo un recuerdo glorioso en el corazón de las gentes.
-¡Qué cosas más especiales nos vienen esta noche a la imaginación! -dijo la esposa, con lágrimas en los ojos-. Suele creerse que es señal de que va a ocurrir algo cuando los hombres empiezan a pensar y a hablar así. ¡Escuchen a los niños!

Todos los reunidos prestaron, en silencio, atención. Los niños más pequeños se hallaban acostados en otro cuarto, pero la puerta medianera permanecía entreabierta, de suerte que se les podía oír hablar afanosamente entre sí. También ellos parecían afectados por las fantasmagorías que habían hecho presa en el círculo de personas mayores sentadas al fuego, y disputaban acaloradamente sobrepujándose los unos a los otros en deseos y ambiciones infantiles para cuando fueran hombres. Por fin, uno de los pequeños, en lugar de dirigirse a sus hermanos, llamó a su madre.

-Voy a decirte, mamá -dijo- lo que yo deseo. Quiero que tú y papá, y la abuela, y todos nosotros, sin prescindir del forastero, nos levantemos y nos dirijamos a beber un trago de agua en el Flume.

Ninguno de los presentes pudo reprimir una sonrisa al oír que el mayor deseo del niño era abandonar su cama bien caliente y arrancar a los demás del calor del fuego para visitar el Flume, una torrentera que se precipitaba desde lo alto de la montaña a las profundidades del Tajo. Apenas había acabado el niño de pronunciar sus últimas palabras, cuando se oyó el ruido intermitente de un carruaje que se acercaba y que, al fin, se detuvo de pronto delante de la puerta de la casa. En él parecían ir dos o tres hombres, que alegraban el camino con una canción cantada a coro, el eco de cuyas notas rebotaba entre las peñas, mientras que los viajeros dudaban de si proseguir su viaje o detenerse en la casa para pasar la noche.

-Padre -dijo la muchacha-, lo están llamando por su nombre.
Pero el dueño de la casa no estaba seguro de que efectivamente lo hubieran llamado, y no quería mostrarse demasiado ansioso por la ganancia invitando a los viajeros a pernoctar bajo su techo. Por eso, no se apresuró a acudir a la puerta, y, mientras tanto, se oyó restallar el látigo y los viajeros siguieron camino por el Tajo, siempre cantando y riendo, aunque su música y su alegría parecía provenir del corazón de la montaña.

-¡Mira, mira, mamá! -insistió el niño que había hablado antes-; también ellos se van hacia el Flume.
De nuevo los reunidos rompieron a reír ante la manía del niño de hacer una excursión en plena noche. De repente. sin embargo una nube pasó sobre el espíritu de la hija mayor; durante unos instantes sus ojos se fijaron persistentemente en el fuego, y respiró con tal intensidad que su aliento se convirtió casi en un suspiro. Sobresaltada y con rubor en el rostro, la joven miró rápidamente en derredor suyo, como si temiera que todos los que allí se hallaban hubieran penetrado con la mirada en el interior de su pecho. El forastero le preguntó qué era lo que había estado pensando.

-Nada -respondió-; solamente que precisamente en estos momentos me he sentido infinitamente sola.
-Yo siempre he tenido un don especial para percibir lo que otras personas llevan en el corazón -dijo el desconocido, medio en broma y medio en serio-. ¿Quiere usted que le adivine también los secretos del suyo? Sé perfectamente, sobre todo, lo que hay que pensar cuando una muchacha tirita, sentada al lado de la lumbre, y se queja de soledad estando presente su madre. ¿He de expresar todo ello en palabras?
-No serían ya sentimientos de una muchacha, si, efectivamente. pudieran ser expresados en palabras -dijo la ninfa de los montes riéndose, pero apartando los ojos.

Todas estas frases habían sido cruzadas en un aparte de los dos jóvenes. Acaso comenzaba a brotar en sus corazones un germen de amor, tan puro, como más acorde para florecer en el paraíso que en el polvo de este mundo. Las mujeres, en efecto, amaban la noble dignidad que distinguía al forastero, y el alma arrogante y contemplativa se siente siempre atraída por una simplicidad de espíritu pareja a la suya propia. Mientras ambos hablaban quedamente, y mientras el desconocido observaba la dulce melancolía, las sombras luminosas y los tímidos anhelos de una naturaleza de mujer, el viento que soplaba encajonado en el Tajo aumentaba por momentos su tono profundo y fragoroso. Como decía el imaginativo forastero, parecía una melodía cantada a coro por los espíritus del viento, los cuales, según el mito de los indios, habitaban en aquellas montañas, haciendo de sus cimas y de sus precipicios una región sagrada. También a lo largo del camino resonaba un lamento agudo, como si pasara por él un cortejo fúnebre. Para espantar la melancolía que se había apoderado de todos, la familia arrojó al fuego un montón de ramas de pino, hasta que las hojas secas comenzaron a crepitar y pronto surgieron vivas llamas iluminando de nuevo una escena de paz y de dicha humilde. La luz extendía su claridad sobre las cabezas de todos los allí reunidos, acariciándolos suavemente. Podían verse los rostros menudos de los niños husmeando desde el cuarto vecino, y, al lado del hogar, la silueta enérgica del padre, la fisonomía dulce y fatigada de la madre, el perfil altivo de los jóvenes, y la figura encorvada de la abuela, que seguía haciendo calceta en el lugar más recogido de toda la habitación. La anciana levantó un momento los ojos de su labor, y, mientras sus dedos continuaban moviéndose sin descanso, comenzó a hablar lentamente.

-Los viejos tienen sus ideas, de igual manera que también los jóvenes tienen las suyas. Han estado trazando deseos y proyectos, y haciendo correr la fantasía de una cosa a la otra, hasta que han logrado empujar mi pobre cabeza lanzándola por los mismos derroteros. ¿Qué puede, sin embargo, desear una vieja, que se halla a escasos pasos de la tumba? No obstante, voy a decirlo, porque me temo que si no lo hago así la idea me va a perseguir día y noche sin descanso.
-Sí, sí, dínoslo- exclamaron a la vez el marido y la mujer.

La anciana adoptó un aire de misterio, que hizo que el círculo de personas se estrechara más en torno al fuego, y comenzó a hablar, diciendo que, desde hacía años, venía preocupándose por las vestiduras con las que deseaba ser enterrada: una mortaja muy simple de hilo y una cofia de muselina. Esta noche, sin embargo, una extraña superstición la apresaba. En su juventud había oído contar que si, al enterrar a una persona, algo de su atavío quedaba desordenado, aunque fuera una simple arruga en el cuello de la mortaja o una mala colocación de la cofia, el cadáver se revolvía en el ataúd bajo tierra tratando de disponer de sus frías manos, para arreglar con ellas lo que no lo estuviera. La simple suposición de que pudiera acontecerle algo semejante a ella, la ponía nerviosa.

-¡Por Dios, abuela! -exclamó la nieta estremeciéndose-. ¡No creas esas cosas!
-Pues bien -prosiguió la abuela sin hacer caso, y con gran seriedad, aunque iluminado el rostro por una sonrisa-. Lo que deseo de ustedes, hijos míos, es que cuando me encuentre en el ataúd, me coloquen ante el rostro un espejo. ¿Quién sabe? Quizá me sea posible echar una mirada y ver si no está desarreglado nada de lo que llevo puesto.
-Todos, lo mismo jóvenes que viejos, no acertamos a hablar más que de tumbas y monumentos -observó el forastero-. Me gustaría saber qué es lo que sienten los marineros cuando el barco se hunde y todos se hallan en trance de ser sepultados a una en la inmensa y anónima sepultura del mar.

La fúnebre ocurrencia de la anciana había impresionado de tal forma durante unos momentos el cerebro de los allí reunidos, que nadie se había percatado de que afuera, en las tinieblas de la noche, un ruido semejante al bramar de cien gigantes había ido creciendo hasta alcanzar tonos profundos y terribles. La casa y todo lo que en ella había se estremeció; los mismos cimientos de la tierra parecían hallarse sacudidos como si el estruendo cada vez más próximo fuera el aviso de las trompetas del juicio final. Jóvenes y viejos cruzaron entre sí una mirada instintiva de pavor, y permanecieron inmóviles, lívidos, aterrorizados, sin fuerza para pronunciar una palabra ni para hacer un movimiento. Después un solo grito sonó en todas las gargantas.

-¡El alud!, ¡el alud!
Las palabras más elocuentes pueden sugerir, pero no describir el horror inexpresable de la catástrofe. Las víctimas se precipitaron fuera de la casa, buscando amparo en lo que ellas tenían por un lugar seguro, allí donde, pensando en aquella posibilidad, se había construido un muro de contención o barrera. ¡Ay! Los desgraciados habían renunciado a su salvación al hacerlo así, lanzándose inconscientemente en el seno del más fatal de todos los destinos. Toda una ladera de la montaña se vino abajo en una verdadera catarata de piedras y ruinas. Y precisamente pocos metros antes de llegar a la casa, aquella avalancha de muerte y destrucción se abrió en dos brazos, dejando en medio, casi intacta, la casa y arrasando en sus alrededores cuanto se oponía a su paso. Mucho antes de que se hubiera extinguido entre las montañas el estruendo del alud, había terminado ya la agonía de las víctimas y todas ellas gozaban de la paz. Sus cuerpos no fueron hallados jamás.

Al día siguiente una tenue columna de humo se elevaba todavía de la chimenea de la casa. Dentro el fuego ardía, a medio apagar, en el hogar, y las sillas se hallaban colocadas a su alrededor, como si los allí reunidos hubieran salido un momento a examinar los destrozos causados por el alud, y fueran a volver de un momento a otro para dar gracias a Dios por su milagrosa salvación. La historia recorrió todos los rincones de la comarca, y perdura eternizada en estas montañas como una leyenda. También los poetas han cantado el triste fin de la familia del Tajo. Ciertos detalles parecían delatar que en la noche fatal un forastero se había acogido a la casa y había resultado víctima de la catástrofe con toda la familia. Otros negaban, en cambio, que hubiera indicios concluyentes para llegar a tal afirmación. ¡Triste fin para aquella juventud exaltada, con sus sueños de inmortalidad terrena! Su nombre y su persona han quedado absolutamente desconocidos; su historia, su camino en la vida y sus planes y proyectos permanecerán siempre perdidos en el misterio. Su misma muerte y su previa existencia son hechos que han quedado en duda...