viernes, 5 de junio de 2015

XVI. La botella está vacía. Philip Larkin (1922-1985)

A la una la botella está vacía,
a las dos el libro al fin cerrado,
a las tres los amantes ya duermen
dándose la espalda
terminados el amor y su comercio,
y ahora las luminosas manecillas
indican que son más de las cuatro,
esa hora de la noche en la que los vientos errantes
agitan la oscuridad.

Y estoy harto de este insomnio,
tanto que casi puedo creerme
que el silencioso río que sale a chorros de la cueva,
no es poderoso ni profundo,
tan solo una imagen, una metáfora forzada.
Me acuesto y espero a que llegue la mañana, y con ella los pájaros,
y los primeros pasos que bajan por la calle sin barrer,
y las voces de muchachas protegidas con bufandas.

Que este sea el verso. Philip Larkin (1922-1985)

Te joden tu mamá con tu papá.
Tal vez ellos no quieran, pero lo hacen.
Te llenan con defectos que tenían
y agregan otros, sólo para ti.

Pero en su turno a ellos los jodieron
giles de abrigo con sombrero antiguo,
que a medio tiempo fueron tontos graves,
la otra mitad, del cuello se agarraban.

Transmite el hombre la desgracia al hombre
Se profundiza cual fondo marino.
Escapa lo más rápido posible
y que no se te ocurra tener hijos.

Ventanas altas. Philip Larkin (1922-1985)

Cuando veo a una pareja de jóvenes
y supongo que él se la tira y que ella
toma pastillas o usa un diafragma,
sé que esto es el paraíso.

Todos los viejos lo han soñado en vida:
dejar los nudos y gestos de lado
como a una vieja trilladora y todos
los jóvenes en largos resbalines

a la felicidad, sin fin. Pregúntome
si alguien al verme hace cuarenta años
luego pensó, Así será la vida;
no más Dios ni sudar cuando esté oscuro

sobre el infierno y lo demás, debiendo
guardar tu opinión sobre el cura. Él
y su pandilla irán al resbalín
como malditos pájaros libres. Y de inmediato
más que en palabras, pienso en ventanas altas:
el vidrio que contiene al sol
y más allá de él, el profundo azul del aire, que muestra
nada, que está en ninguna parte y no tiene fin.

Al mar. Philip Larkin (1922-1985)

Pisar el muro bajo que divide
la calle de la acera de concreto en la costa,
recuerda bruscamente algo ya conocido
la alegre miniatura ribereña.
Todo va y se amontona bajo el leve horizonte:
playa empinada, agua azul, toallas, gorros de baño rojos,
el quiebre fresco y repetido de las pequeñas y calladas olas
sobre la arena cálida, amarilla
y a lo lejos un barco a vapor blanco, estancado en la tarde

¡Sigue pasando todo esto, sigue pasando!
el echarse y comer, dormirse oyendo espuma
(la oreja es un parlante y suena bastante manso
bajo el cielo), o llevar a niños inseguros
de arriba abajo suavemente, de punta en blanco
y asiendo el aire enorme, o girar a los viejos
tiesos para que aprecien un último verano,
sigue ocurriendo simplemente
a medias goce anual, a medias rito,

como cuando, contento de estar solo,
busqué en la arena a los Famosos Jugadores de Críquet,
o antes, cuando mis padres, oyentes
de ese mismo graznido de la costa, se conocieron.
Como un extraño ahora, veo la escena despejada:
la misma agua clara sobre las piedras ya pulidas,
el débil tiple de protesta en los lejanos bañistas
a sus afueras, y después los cigarros baratos,
papel de chocolate, hojas de té, y al medio

las rocas, latas de sopa oxidándose, hasta que las primeras
pocas familias vuelven a sus autos.
El barco a vapor blanco se ha marchado. Como respiración dentro
de un vidrio
la luz del sol se ha vuelto lechosa. Si quedarnos
cortos es lo peor de los climas perfectos,
puede que por costumbre éstos la hagan mejor,
viniendo al agua cada año tan torpemente desvestidos;
como payasos enseñando a niños;
ayudando a los viejos también, como se debe.

Al fracaso. Philip Larkin (1922-1985)

No viniste al modo dramático, con dragones
de esos que se llevarían mi vida entre sus garras
y me arrojarían ya desecho tras las caravanas
con los caballos empanicados, ni como una frase
que se enuncia claramente para apaciguar lo que pudo perderse,
lo que sale del bolsillo y debe aguantar
lo gastos, ni como una fantasma al que se ve
ciertas mañanas correr por el pasto.

Son estas tardes sin sol en las que descubro
que te has instalado en mi hombro como el aburrimiento.
Los avellanos están cargados de silencio.
Soy consciente de que los días pasan más rápido que antes,
que huelen diferente. Y que una vez que quedan atrás
parecen arruinados. Ahí has estado por cierto tiempo.

Pésame en blanco mayor. Philip Larkin (1922-1985)

Cuando pongo en un vaso cuatro cubos
tintineantes de hielo, tres porciones
de gin y una tajada de limón;
dejo a un cuarto de litro de agua tónica
que se vacía en sorbos espumosos
suavizar todo el resto desde el borde,
y en una íntima plegaria brindo:
Él consagró su vida a los demás.

Mientras otros usaban como ropas
a los seres humanos en sus días
yo me planteé traer muestras perdidas
a quienes me entregaron su confianza;
no anduvo para mí ni para ellos,
pero el asunto fue cuánto más cerca
(nos parecía) que quedó la fiesta
a habérnosla perdido separados.

De buena cepa el tipo, muy decente,
tan recto como un roble, uno de los mejores,
ganador, un ladrillo, un deportista eximio,
cabeza y hombros sobre los demás;
¿cuántas vidas serían más opacas
si él no hubiera estado aquí en lo bajo?
Brindemos por el hombre más blanco que conozco -
aunque el blanco no sea mi color favorito.

Los árboles. Philip Larkin (1922-1985)

Los árboles se están volviendo hoja
como algo que está a punto de decirse;
brotes recientes ceden, se propagan,
su verdor es un tipo de congoja.

¿Es acaso que nacen otra vez
mientras envejecemos? No, ellos también mueren.
Su truco anual de verse nuevos
se anota en los anillos de la veta.

Pero aún los castillos insatisfechos trillan
en la espesa crecida cada mayo.
Murió el año pasado, parece que dijeran,
parte de nuevo, de nuevo, de nuevo.

Olvidar lo pasado. Philip Larkin (1922-1985)

Detener lo cotidiano
era aturdir la memoria,
partir desde la nada.

Algo ya no cicatrizado
por tales palabras, por tales acciones
como un desolado despertar.

Deseaba terminarlos,
apuré el entierro
y volví la vista

como guerras e inviernos
extraviados tras las ventanas
de una opaca niñez.

¿Y las páginas vacías?
Debería llenarlas
con observaciones

de celestes repeticiones,
el día que brotan las flores
el día que los pájaros se van.

Los viejos tontos. Philip Larkin (1922-1985)

¿Qué creerán que ha pasado, los viejos tontos,
que los ha dejado así? ¿Acaso supondrán
que se es más maduro cuando la boca cuelga abierta y babea
,y se anda uno meando solo y no se puede recordar
quién llamó esta mañana? ¿O que, si lo quisieran,
podrían alterar las cosas y volver a la época cuando bailaban la noche entera,o iban a sus bodas, o tiraban las manos algún septiembre?
¿o se imaginarán que realmente no ha habido cambio alguno,
y que siempre se habrían manejado como si fueran tiesos y tullidos,
o sentados a través de días de fina y continua ensoñación
mirando el movimiento de la luz? Y si no es así (y no pueden), es extraño:
¿Por qué no lloran?

Cuando mueres, te rompes: los pedazos que eras
comienzan a separarse velozmente los unos de los otros para siempre
y nadie lo ve. Es sólo el olvido, es cierto:
antes ya lo conocimos, pero entonces se estaba terminando,
y se hallaba todo el tiempo unido a la empresa
de hacer brotar la flor de mil pétalos de estar aquí.
La próxima vez no puede fingir
que habrá algo. Y estos son los primeros signos:
No saber cómo, no escuchar quién, el poder
de elegir terminado. Su aspecto muestra que están para eso:
pelo ceniciento, manos de batracio, caras de pasa...
¿Cómo pueden ignorarlo?

Quizás ser viejo consiste en tener habitaciones iluminadas
dentro de tu cabeza, y gente en ellas, actuando.
Gente que conoces, sin poder nombrarla; apareciendo cada una
desde puertas entornadas como una honda pérdida restaurada,

depositando una lámpara, sonriendo desde una escalera,
extrayendo un libro conocido desde el estante; o a veces
sólo las habitaciones, las sillas y el fuego encendido,
el aplastado arbusto en la ventana, o la tenue amistad del sol
en el muro cierta solitaria tarde de mediados de verano
después de la lluvia. Allí es donde viven:
No aquí ni ahora, sino donde todo ocurrió alguna vez.
Por eso es que tienen

un aire de confusa ausencia, intentando estar allí
aunque permaneciendo aquí. Extendiéndose por las habitaciones,
dejando una incompetente frialdad, el constante esfuerzo de respirar
y ellos inclinándose ante el monte de la extinción, los viejos tontos, no percibiendo nunca
cuán cerca está. Esto debe ser lo que los mantiene quietos:
Aquel monte que nunca perdemos de vista dondequiera que vayamos
ya es para ellos un elevada cuesta. Pueden acaso decir qué los está retrasando
y cómo terminará. ¿No por la noche?

¿Ni cuando llegan extraños?
¿Jamás, a lo largo de toda esta espantosa inversión de la infancia?
Pues bien, ya lo averiguaremos.

Un sepulcro en Arundel. Philip Larkin (1922-1985)

Lado a lado, los rostros borroneados,
yacen en piedra el conde y la condesa.
En propios hábitos muestran vagamente
armadura ensamblada, arruga tiesa,
e indicio del absurdo evanescente,
los dos perritos a sus pies echados.

Semejante llaneza prebarroca
difícilmente el ojo compromete
hasta que al fin descubre un guantele
tevacío en la otra mano asido
y con súbito asombro tierno enfoca
la mano que la de ella ha retenido.

No pensarían yacer tiempo tan largo.
La efigie de lealtad como testigo
era un detalle para los amigos,
y para el escultor un dulce encargo
llamado a prolongarles el enlace
de los nombres latinos en la base.

No se imaginarían cuán ligero
en su supino estacionario viaje
el aire haría un insondable ultraje
quitándoles las viejas propiedades;
cuán rápido los ojos venideros
sólo miran, no leen. En las edades

ellos siguieron rígidos y unidos
por la anchura del tiempo. Cayó nieve
intemporal. La luz, cada verano
rebasó del cristal. Brillante y leve,
un bullicio de pájaros rociaba
el pavimento de huesos retenidos.
Incontable, alterado, un río humano
por todos los senderos se allegaba

desdibujando sus identidades.
Ahora, inermes en el hueco de una
época sin heráldica ninguna,
una artesa de humo que se mece
como madejas, lentamente, invade
por encima los fragmentos de su historia,
y para su memoria
una actitud tan sólo permanece:

El tiempo los ha transfigurado
en no verdad. Y la lealtad que inscribe
la piedra, y que acaso no han deseado,
blasón final se ha vuelto; y un aserto
que nuestro casi instinto es casi cierto:
es el amor lo que nos sobrevive.

El mundo literario. Philip Larkin (1922-1985)

I
“Finalmente, después de cinco meses de mi vida —tiempo durante el cual yo no podía escribir nada que me satisfaciera, y por el cual ningún po­der me compensará...”

Mi estimado Kafka,
cuando hayas tenido cinco años, no cinco meses, sin escribir
cuando hayas tenido cinco años con una fuerza irresistible
encontrándose con un objeto inerte exactamente en tu ombligo,
entonces sabrás lo que es depresión.

El hombre tiene dolor. Philip Lamantia (1927-2005)

El hombre tiene dolor
diez brillantes globos hienden el aire
cayendo a través de la ventana
sobre la cual su doble tiende una red de aire
para apresar los diez brillantes globos.

El hombre en un cuarto
donde la mano maléfica hace girar el picaporte
de la puerta del desconocido doble invisible.

El hombre tiene dolor
con el gancho de su ombligo prendido
en una cantera de piedra
donde diez brillantes globos se posaron
y donde la mano maléfica talla
en el aire gelatinoso la ventana
que se cerrará sobre la sombra de su cola.

Diez brillantes globos rebotan en la invisible
red del doble desconocido.
El hombre es una falsa ventana
a través de la cual su doble camina hacia la verdad
que cae como diez globos brillantes
lanzados al aire por la mano maléfica.

¡El hombre tiene dolor
diez clavos brillantes enclavados en la puerta!

El retrato de mi padre. Stanley Kunitz (1905-2006)

Mi madre jamás lo perdonó
por quitarse la vida,
sobre todo en un tiempo tan inoportuno
y en un parque
durante esa primavera
en que yo estaba a punto de nacer.
Ella guardó su nombre
en el armario más hondo
y no lo liberó
pese a que lo escuchaba
golpeando la madera.
Una noche salí de aquel desván
con el retrato desgastado en mis manos:
era un desconocido de labios alargados,
de bigote frondoso
y profundos ojos marrones.
Sin dirigirme la palabra,
mi madre lo hizo añicos
y me dio una bofetada.
Hoy, a mis sesenta y cuatro años,
aún puedo sentir
su fuego en mi mejilla.

Querida, ¿será tarde para la paz, tarde... Stanley Kunitz (1905-2006)

Querida, ¿será tarde para la paz, tarde
para que los señores se acompañen al pozo a tomar
el agua fresca; tarde para la amistad
y la risa en la forja; tarde
para decir, "tratémonos bien"?
Una por una se apagan las lámparas; el valle duerme;
cuido la última luz que ilumina los calmiles
y te guardo el recuerdo del amor vivo,
como la gente de letras cuidaba las brasas del fuego de Troya,
aprisionada en una época ignorante.
Aunque sitian ciudades y hasta las toman,
no toman al hombre. El corazón profundo,
su mensaje de la manota regordeta e infantil,
el asombro, el grito sencillo y solitario,
el sobre ensangrentado que lleva tu nombre,
es la historia, esa punzada amplia y mortal.