viernes, 19 de junio de 2015

Cuan animal es el burgués. David Herbert Lawrence (1885-1930)

Cuan animal es el burgués
especialmente el macho de la especie.

Presentable, eminentemente presentable-
¿Te lo puedo dar a conocer?

¿No es buen mozo? ¿No es un espécimen delicado?
Desde fuera ¿no parece el fresco y limpio ingles?
¿No es la propia imagen de Dios corriendo sus treinta millas diarias
tras perdices o pelotitas de goma?
¿No te gustaría ser así, una cosa completamente acomodada?

¡Oh, pero esperá!
Dejálo encontrar una nueva emoción, déjalo enfrentarse con las
necesidades de otro hombre
dejálo llegar a casa con una pizca de dificultad moral, dejálo
enfrentarse con una nueva demanda en su entendimiento,
entonces lo veras irse empapado, como un merengue húmedo.
Observálo volverse un desastre, o un tónto o un fanfarrón

Cuan animal es el burgués
especialmente el macho de la especie.

Como un hongo bonitamente cuidado
Permaneciendo ahí tan alisado y erecto y ojeable
viviendo como una fungosidad al hacer presente su vida pasada
que chupa su existencia fuera de las hojas muertas de su propio gran ser.

Lleno de hirvientes y agusanados sentimientos huecos
mejor dicho asquerosos-
Cuán animal es el burgués

Estancado en sus miles de apariencias en la húmeda Inglaterra
es una lástima que todos ellos no puedan ser pateados a otro lado
como repugnantes hongos venenosos para dejarlos volver a derretirse velozmente
en el interior del abono de Inglaterra .

Piano. David Herbert Lawrence (1885-1930)

En el crepúsculo, una mujer canta suavemente para mí;
Llevándome de regreso a recorrer años hasta que vi
Un chico sentado bajo el piano, en el estampido de las hormigueantes cuerdas,
Presionando el pequeño, reposado pie de una madre que sonríe cuando canta.

A despecho de mí mismo, la insidiosa maestría de la canción
Vuelve a traicionarme, hasta que mi corazón llora por pertenecer
A la vieja tarde de domingo en casa, con el invierno afuera
Y los himnos que en la sumamente agradable meditacion del piano son nuestra guía.

Pero ahora para el cantante es en vano romperse dentro del clamor
Con el apassionato del gran piano negro. El encanto
De los días de la niñez están en mí, mi adultez
Cae en el diluvio del recuerdo y lloro como un chico por el pasado.

La serpiente emplumada. David Herbert Lawrence (1885-1930)

Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.
Azul es el aliento de Quetzacoatl.
Roja es la sangre de Huitzilopochtli.
Pero el perro gris pertenece a la ceniza del mundo.
Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.
Muertos están los perros grises.
Vivos están los Señores de la Vida.
Azul es el cielo profundo y el agua profunda.
Rojos son el fuego y la sangre.
Amarilla es la llama.
El hueso es blanco y vivo.
El pelo de la noche es oscuro sobre nuestros rostros.
Pero los perros grises están entre las cenizas.
Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.

Reptiles - Grito de tortuga. David Herbert Lawrence (1885-1930)

Creí que el macho era mudo,
pensaba que era mudo,
pero le he oído gritar.

Un débil quejido inicial
nacido del insondable amanecer de la vida,
lejano, tan lejano, como una locura, bajo el filo naciente del horizonte.
Un grito lejano, muy lejano.

Tortuga in extremis.

¿Por qué fuimos crucificados en el sexo?
¿Por qué no se nos dejó acabados, terminados en nosotros mismos
tal como empezamos,
como ella seguramente empezó, tan perfectamente sola?

Un grito distante, ¿llegó a oírse?
¿O se oyó directamente en el plasma?

Peor que el llanto del recién nacido,
que un grito,
que una llamada en alta voz
que un alarido,
que un pean,
que una agonía de muerte,
que un grito al nacer,
que una sumisión,
peor es un reptil diminuto y distante, bajo la luz del alba primigenia.

Grito de guerra, triunfo, aguda delicia, grito de muerte de reptil,
¿por qué fue desgarrado el velo,
el sedoso alarido de la rota membrana del alma?
La membrana del alma del macho
desgarrada con un aullido, mitad música, mitad horror.

Crucifixión.
La tortuga macho, encaramada y tensa
como un águila de alas desplegadas, penetra el muro de cloaca de la compacta hembra,
como queriéndose salir del caparazón,
en una desnudez de tortuga,
con su cuello largo y esbelto y sus vulnerables miembros
extendidos, como un águila que abriera sus alas
sobre un tejado,
mientras que el profundo y oculto rabo que todo lo penetra
se curva bajo los muros de la hembra,
y él la abarca tensamente, agarrándose, con la más envolvente
de las angustias y la más inimaginable de las tensiones,
hasta que, inesperadamente, en el espasmo de la unión,
se aparean con un brinco repentino y,¡oh!,
saca su constreñida cara de su tenso cuello
y emite ese frágil aullido, ese tan perceptible grito,
salido de su rosada y hundida boca de viejo,
liberando así su espíritu.
O gritando en un Pentecostés, que recibiera su espíritu.

Tras el grito y su eco momentáneo,
sobrevino un instante de un silencio eterno,
y sin embargo aún no liberado y, tras esto, el inesperado,
estremecedor espasmo de unión, y, repentinamente,
el inexpresivo aullido que acabó por desvanecerse-
y así hasta que el último plasma de mi cuerpo se derritió
en los primigenios rudimentos de la vida y del secreto.


De esta forma, se aparea y emite
una y otra vez ese frágil aullido desgarrado
que sigue a cada convulsión, largo intervalo,
eternidad de la tortuga,
reptiliana persistencia, vieja como el tiempo,
corazón latiente, lento latido, persistente, y así hasta un nuevo espasmo.

Recuerdo, cuando niño,
que oí el grito de una rana, apresada por el anca por una culebra repentinamente erguida;
recuerdo cuando por primera vez oí a los sapos prorrumpir en cantos por la primavera;
recuerdo oír a un ganso salvaje en medio de la garganta de la noche,
gritando estridentemente al otro lado de las aguas;
recuerdo la primera vez que entre arbustos, en la oscuridad, los gritos
punzantes y los gorjeos de la alondra sacudieron las profundidades de mi alma;
recuerdo el grito de un conejo mientras yo cruzaba el bosque a media noche;
recuerdo a la novilla en celo, mugiendo y mugiendo, hora tras hora, persistente e irreprensible;
recuerdo el primer terror al oír el maullido de ladinos amorosos gatos;
recuerdo el grito de un aterrorizado caballo herido, su desgarrador relámpago,
y recuerdo que huí al oír la brega de una parturienta: algo parecido al canto de una lechuza;
y el sonido penetrante del primer balido de un cordero,
o el primer llanto de un niño
y mi madre cantando sola,
y el primer canto tenor de la apasionada garganta de un joven minero muerto, hace ya mucho tiempo, de tanto beber,
y la primera percepción de un habla extraña
en labios oscuros y salvajes.

Y más aún que todo eso,
y menos aún que todo eso,
este último,
extraño, débil lamento de unión
de la tortuga macho, puesta al límite de sí,
diminuta debajo del mismísimo filo del más lejano horizonte de vida.

La Cruz,
la rueda sobre la que nuestro silencio por primera vez se rompe,
el sexo que hace estallar nuestra integridad, nuestra aislada inviolabilidad, nuestro profundo silencio,
Haciéndonos gritar desgarradamente.
El sexo, que nos hace romper en un alarido, que nos hace invocar, a través de lo más profundo, invocar,
llamar al otro, cantar invocando y cantar de nuevo, y ser respondidos, y habemos encontrado.
Desgarrados, para volver a ser uno de nuevo, después de haber buscado largamente lo perdido.
Un mismo grito: el de la tortuga y el de Cristo, el grito de desolación de Osiris,
aquello que es uno y que está desgarrado en pedazos,
dividido, y encuentra su totalidad por todo el universo nuevamente.

Tortuguita. David Herbert Lawrence (1885-1930)

Bajo su tenue párpado, pequeña tortuguita
Tan indomable.
¡Tú sabes lo que es haber nacido sola, pequeña tortuga!

El primer día, sacar las patas poco a poco
Del caparazón,

Y sin despertarte todavía,
Quedarte sobre la tierra, como si no estuvieras viva.
Un delgado, frágil, y apenas animado poroto.

Abrir, como una puerta de hierro, tu afilada boca
en pico, que pareciera no abrirse nunca;
Alzar la parte superior del pico

Y extender el delgado y diminuto cuello
Y tomar tu primer bocado de hierba oscura,
Solitario, pequeño insecto,
Menudo ojo brillante,
Suave.

Comer tu primer, solitario bocado
Y moverte sigilosamente, en busca de la presa.
Tu brillante, oscuro ojo.
Tu ojo de profunda y turbia noche,

Nadie ha escuchado tus quejas.

Sacas suavemente la cabeza hacia delante,
desde el pequeño tocado que la cubre,
Y la tiendes hacia arriba, arrastrándote sobre las cuatro uñas de tus patas,
remando suavemente hacia delante.
¿Vas muy lejos, pequeño pájaro?
Como un bebé quizás, moviendo sus miembros,
Con la diferencia de que tu lo haces progresando, sin prisa,
Y un bebé no adelanta.

El hálito del sol te excita,
Y las largas edades, y la prolongación del frío
Te desvían,
Abriendo tu boca impermeable,
Súbitamente afilada y profunda, como algún par de cortantes tenazas;
Suave lengua roja, y estrechas y fuertes encías,
Y luego cierras la cuña de tu frente montañosa,
De tu rostro, tortuguita.
¿Inquietas al mundo, mientras mueves tu cabeza en el interior de la carcaza,
Y miras con lacónicos ojos negros?

¿O es el sueño, la no-vida, volviendo otra vez sobre ti?
Eres tan dura de despertar.

¿Acaso eres capaz de sorprenderte?
¿O es tu orgullo, indomable voluntad de vida reciente
Mirando alrededor
E inclinándose suavemente contra esa inercia
Que parecía invencible?

Lo desafiante, vasto,
Inanimado, y lo delicado del brillo de tu pequeño ojo.

No, diminuto pájaro concha,
Qué enrome e inanimado es, aquello
Contra lo cual debes remar,
Qué incalculable inercia.
Desafiante,
Pequeño Ulises a la vanguardia,
No más grande que la uña de mi dedo pulgar,
Buen Viaggio.

Toda la inanimada creación sobre tu hombro,
Persevera, pequeño titán, bajo tu escudo de batalla.

El inmenso, preponderante
E inanimado universo;
Y tú lo mueves suavemente, exploradora, tú, solitaria.

Qué vívido parece ahora tu paseo, bajo la ondulación de la luz del sol,
Estoico, ulisíaco átomo;
Precipitado súbitamente, temerario sobre las altas patas.

Pequeño pájaro sin voz,
Tu cabeza descansando, medio asomada a través
Del caparazón
En la suave dignidad de tu eterna paz.
Solitaria, sin sentirte sola,
Y por ello seis veces más solitaria;
Colmada de la suave pasión con la que atraviesas
Edades inmemoriales
Tu pequeña, redonda casa en el fragor del caos.

Sobre el jardín terrestre
Pequeño pájaro,
Sobre el borde de todas las cosas.

Viajero,
Con tu cola un poco doblada sobre un costado
Como un caballero con su abrigo largo.
Toda la vida cargada sobre tu hombro,
Invencible, a la vanguardia.

Puma. David Herbert Lawrence (1885-1930)

Trepando entre la nieve de enero, en el Cañón del Lobo
Crecen sombríos los pinabetos, azul es el bálsamo,
Discurre el agua sin helarse aún y todavía el sendero se evidencia.
¡Hombres!
¡Dos hombres!
¡Hombres! ¡El único animal temible en el mundo!

Ellos dudan.
Dudamos nosotros.
Tienen un arma de fuego.
Nosotros, ninguna.

Luego avanzamos todos, hasta encontrarnos.

Dos mexicanos, desconocidos, que salen del oscuro y nevado
Interior del Valle del Lobo.
¿Qué hacen aquí, en esta senda que se pierde?

¿Qué carga aquél?
Algo amarillo.
¿Un ciervo?

-¿Qué tiene, amigo?
-León…

Sonríe a lo tonto, cual si le hubiera sorprendido en algo malo.
Y nosotros sonreímos, neciamente como si nada.
Es muy cortés, de rostro oscuro.

Se trata de un puma.
Una alargada y flaca felina, tan amarilla como una leona.
Muerta.
La atrapé esta mañana, dice él, con su boba sonrisa.

Le alza la cara.
Esa redonda, reluciente cara que brilla como escarcha.
Su redonda cabeza, finamente modelada, de sordas orejas,
Que en la reluciente escarcha del rostro muestra
las oscuras rayas, precisas y finas.
Finas rayas oscuras, sutiles en la brillante escarcha de su cara.

¡Hermosa es!

Salen hacia el campo abierto;
Entramos en las tinieblas del Lobo.

Y por encima de los árboles descubrí su cubil:
Una oquedad en las erguidas y relucientes rocas de sangriento
matiz anaranjado, una cuevita
Y huesoso y ramitas y una subida peligrosa.

¡Nunca volverá ella a trepar por esta senda, con el dorado
destello del puma que pega un gran salto!
¡Ni su luminosa cara de rayada escarcha vigilará nunca más
desde la umbría cueva de la rojiza roca anaranjada,
Por encima de los árboles en el abra fosca del valle lobuno!

En su lugar, soy quien vigila.
Y más allá, la opacidad del desierto, cual ensueño que jamás se volverá realidad;
Y las nieves de los Montes Sangre de Cristo, el hielo de las
Montañas de Pícoris,
Y casi de medio a medio, en la opuesta eminencia helada, los
frondosos árboles inmóviles entre la nieve, cual juguetes navideños.

Y pienso que en este vacío mundo había espacio suficiente
para mí y aquella puma.
Y pienso que en la tierra que más allá se extiende podríamos
Con entera facilidad desprendernos de uno o dos millones de seres humanos
sin extrañarlos jamás.
Empero, ¡qué vacío deja en el mundo la desaparecida cara
blanca escarchada de la flaca puma amarilla!

La muerte del deseo. David Herbert Lawrence (1885-1930)

Puede morir el deseo
y aún así un hombre puede ser
lugar de reunión de la lluvia y el sol,
prodigio que desbanca al dolor
como un árbol en invierno.

¿Qué es él? David Herbert Lawrence (1885-1930)

-¿Qué es él?

-Un hombre, por supuesto.
-Sí, pero ¿qué hace?
-Vive y es un hombre.

-¡Oh, por supuesto! Pero debe trabajar. Tiene que tener una ocupación de alguna especie.
-¿Por qué?-
Porque obviamente no pertenece a las clases acomodadas.
-No lo sé. Pero tiene mucho tiempo. Y hace unas sillas muy bonitas.

-¡Ahí está entonces! Es ebanista.
-¡No, no!
-En todo caso, carpintero y ensamblador.
-No, en absoluto.-

Pero si tú lo dijiste.
-¿Qué dije yo?
-Que hacía sillas y que era carpintero y ebanista.
-Yo dije que hacía sillas pero no dije que fuera carpintero.

-Muy bien, entonces es un aficionado.
-¡Quizá! ¿Dirías tú que un tordo es un flautista profesional o un aficionado?

-Yo diría que es un pájaro simplemente.
-Y yo digo que es sólo un hombre.
-¡Está bien! Siempre te ha gustado hacer juegos de palabras.

Los elefantes se aparean lentamente. David Herbert Lawrence (1885-1930)

El elefante, la enorme bestia antigua,
se aparea lentamente
encuentra una hembra, sin premura
esperan

la simpatía en sus vastos corazones tímidos
lenta, lentamente aparecer
mientras haraganean en las riveras
y beben y pacen

y rompen en pánico en el zarzal
boscoso con la manada
y duermen en silencio masivo, y despiertan
juntos, sin palabras.

Tan lentamente el gran corazón caliente del elefante
se llena de deseo,
y la gran bestia se aparea al fin en secreto,
escondiendo su fuego.

Son las bestias mas viejas y sabias
así que saben al fin
esperar el festín más solitario
para el banquete completo

No arrebatan, no arrancan;
su sangre masiva
se mueve como la marea, cerca, más cerca
hasta tocarse anegados.

A las mujeres en lo que a mí respecta. David Herbert Lawrence (1885-1930)

Los sentimientos que no tengo no los tengo,
los sentimientos que no tengo no diré que los tengo,
los sentimientos qué tú dices tener no los tienes,
los sentimientos que a ambos nos gustaría tener
ninguno de los dos los tenemos,
lo sentimientos que la gente tendría que tener nunca los tiene,
si la gente dice que tiene sentimientos, puedes estar segura
que no tienen nada, de modo que si quieres que sintamos algo,
olvídate de cualquier idea de sentimientos.

Íntimos. David Herbert Lawrence (1885-1930)

¿No te interesa mi amor? -me preguntó con amargura.

Le pasé el espejo y le dije:
¡Tenga a bien dirigirle esas preguntas a quien corresponda!
¡Tenga a bien formular todos sus pedidos a la central!
¡En todos los asuntos de importancia emotiva,
tenga a bien entenderse directamente con la autoridad suprema!
De modo que le pasé el espejo.

Y ella me lo hubiera partido en la cabeza
pero se fijó en su reflejo
y esto la mantuvo fascinada durante dos segundos
mientras yo huía.

Hombres y máquinas. David Herbert Lawrence (1885-1930)

El hombre inventó la máquina
y ahora la máquina ha inventado al hombre.

Dios Padre es una dínamo
y Dios Hijo una radio parlante
y Dios Espíritu Santo es nafta que hace que todo siga andando.

Y los hombres por fuerza tienen que ser pequeñas dínamos
y pequeñas radios parlantes
y el espíritu humano es otro tanto de nafta para que todo siga andando.

El hombre inventó la máquina
y así ahora la máquina ha inventado al hombre.