martes, 7 de julio de 2015

En el dormitorio de mi padre. Robert Lowell (1917-1977)

En el dormitorio de mi padre:
la fibra azul es delgada
como la escritura de una lapicera en el cubrecama;
azules descoloridos en las cortinas,
un kimono azul
sandalias chinas con azules correas de felpa.
La ancha tabla del piso
tiene una pulcra lijada.
La claridad de la lámpara de vidrio
con una pequeña y blanca tulipa que fuera levantada algunas
pulgadas para que descansen en el volumen
dos los oídos de Lafcadio.
Reflejo de un Japón no familiar.
Como el escondite de los rinocerontes,
sus combados olivos cubren
lo que fue castigado.
En el marcador del libro:
‘De Mamá para Robbie’.
Años mas tarde en el mismo lugar:
‘Este libro ha tenido un duro trato,
en el río Yangtsé, China.
En la tormenta él fue dejado bajo
una tronera abierta’.

Relinquunt Omnia Servare Rem Publicam. Robert Lowell (1917-1977)

El viejo Aquarium de Boston permanece
en un Sahara de nieve ahora. Sus quebradas ventanas están enmaderadas.
El pescado de la veleta de bronce perdió la mitad de sus escamas.
El tanque aéreo esta seco.

Una vez mi nariz se arrastró como un caracol en el vidrio;
mis manos rascaron
hasta reventar las burbujas
errantes de las narices de los intimidados, sumisos peces.

Mis manos retrocedieron. Muchas veces continué
dando un vistazo por las oscuras inclinaciones del vegetante reino
de peces y reptiles. Una mañana del último marzo,
me apreté contra la cerca de púas nuevas y galvanizadas

en el Boston Common. Detrás de su celda,
las palas mecanicas gruñían como dinosaurios amarillos
cuando recogían toneladas de musgo y hierbas
al vaciar el bajo mundo de su garage.

Estacionamientos de espacios lujuriosos como cívica
almohada de arena en el corazón de Boston.
Un cinturón naranja, calabaza Puritana coloreando las trabas
de las vigas en la hormigueante Casa de Gobierno;

sacudiéndose sobre la excavación, como si las caras del Coronel Shaw
y su infantería de Negros con cachetes como campana
sacudieran la calle Gauden con el consuelo de la Guerra civil;
extensa tabla apropiada para servir de astilla contra el terremoto del garage.

Dos meses después de marchar a través de Boston,
medio regimiento fue muerto;
en la conmemoración
William James casi pudo escuchar la respiración de bronce de los negros.

Las varas del monumento como espina de pescado
en el cuello de la ciudad y
su Coronel como una delgada
aguja de brújula.

Tiene la encolerizada vigilancia de un pájaro,
de un galgo dulcemente tieso;
que al parecer retrocede ante el placer
y se sofoca por privacidad.

Está fuera de ataduras ahora. Se regocija en el hombre cariñoso;
peculiar poder para escoger vida y muerte;
cuando lideraba sus negros soldados hacia la muerte,
no podía doblar la espalda.

En miles de pequeños pueblos de la verde New England
las viejas iglesias sostuvieron el pelo
de la desparramada, sincera rebelión; raídas banderas
acolchando el cementerio de la Gran Armada de la República.

Las estatuas de piedra de la abstracta Unión de Soldados
crecen delgadas y jóvenes cada año-
cinturas de avispas, dormitan sobre mosquetes
y meditan a través de las patillas de ellos...


El padre de Shaw no quería un monumento
excepto la zanja
donde el cuerpo de su hijo fue arrojado
y extraviado con sus “negros.”

La zanja está cerca.
No hay estatuas de la última guerra aquí;
en la calle Boylon, un fotógrafo comercial
muestra una derretida Hiroshima

sobre Mosler Safe, la “Roca de las Edades”
que sobrevivió a la explosión. El lugar esta cercano.
Cuando me acuclille hacia mi equipo televisivo
las secas caras de los niños de la Escuela de Negros surgieron como balón.

El coronel Shaw
cabalga en su ilusión.
Espera
la bendición del descanso.

El Aquarium se ha ido. Por todos lados
automóviles gigantes con aletas y hocico como pez;
un bárbaro servilismo
resbala entre la grasa.

Entierro. Robert Lowell (1917-1977)

Seis o siete golondrinas
se dejan arrastrar por la brisa del aire
aprovechando el juego de su vuelo veloz
como si alguna vez las reclamara...
Disminuyen las moscas alrededor de mi cabeza.

Una insaciable avispa me encuentra en su camino,
atacando, saqueando, a punto de picarme...
Acariciando, oliéndome, obligada
por la armonía carnívora de la naturaleza.

La muchachita ha puesto con cuidado
un trozo irregular de piedra pómez
sobre la tumba de un cuervo;
en blanca letra gótica, con tiza,
como en carta de amor ha escrito ella:
"Para Charlie que ha muerto esta pasada noche."

En este último mes murió tu padre,
él está ya enterrado...,
mas no lo suficientemente hondo
como para que no pueda flotar vivo,
igual que hace una pluma,
sobre la superficie del recuerdo.

Otoño 1961. Robert Lowell (1917-1977)

Adelante y atrás, adelante y atrás
va el tock, tock, tock
de la anaranjada, suficiente, diplomática
faz de la luna
que hay en el reloj del abuelo.

Durante todo el otoño
el roce y la agitación
de la guerra nuclear;
hemos matado a golpe de palabras nuestra extinción.
Yo nado como un pececillo
Tras la ventana de mi estudio.

Nuestro fin se va aproximando.
la luna se levanta,
radiante de terror.
El estado
es un buceador bajo una campana de cristal.

Un padre no es un escudo suficiente
para su hijo
Somos como un montón de salvajes
arañas que lloran juntas,
pero sin lágrimas.


La naturaleza alza un espejo
Una golondrina hace un verano.
Es fácil ir marcando
los minutos
pero las manecillas del reloj se atascan.

¡Adelante y atrás!
Adelante y atrás, adelante y atrás
¡mi único lugar de descanso
es el balanceante nido del oriol naranja y negro!

Agua. Robert Lowell (1917-1977)

Era una ciudad de langostas de Maine
cada mañana botes llenos de manos
partían hacia las canteras
de granito de las islas,

y dejaban atrás docenas de desnudas
casas blancas de madera adheridas
como conchas de ostra
a una colina de roca,

Y debajo de nosotros, el mar lamía
los desnudos y pequeños laberintos
de palos de cerilla de una esclusa,
donde se atrapaban los peces para cebo.

¿Recuerdas? nos sentábamos en una laja de roca.
Desde esta distancia en el tiempo,
parece del color
del iris, pudriéndose y volviéndose más púrpura,

pero no era más que la habitual roca gris
que se volvía del habitual color verde
cuando el mar la empapaba.

El mar empapaba la roca
a nuestros pies todo el día
y continuaba arrancándole
trozo tras trozo.

Una noche tú soñaste
que eras una sirena aferrada a un pilón de un muelle,
y que intentabas arrancar
los percebes con las manos,

Deseábamos que nuestras dos almas
pudieran regresar como gaviotas
A la roca. Al final,
el agua resultó demasiado fría para nosotros.

Días finales en Beverly Farms. Robert Lowell (1917-1977)

En Beverly Farms, una majestuosa, incómoda piedra
se destacaba en el centro del jardín:
un irregular toque japonés.
Después de su cóctel de Bourbon, mi padre,
bronceado, animado, rubicundo,
se tambaleaba como si estuviera de guardia en cubierta
debajo de su farol estrellado de seis puntas,
regalo de cumpleaños de julio pasado.
Sonreía con su oval sonrisa Lowell,
vestía su smoking de gabardina crema,
y faja azul.
Su cabeza era eficiente y pelada,
su figura, otra vez a dieta, estaba en buenas
condiciones vitales.

Mi padre y mi madre se trasladaron a Beverly Farms
para estar a dos minutos de camino de la estación
y a media hora de tren de los doctores de Boston.
No tenían vista al mar,
pero los rieles azul celeste del ferrocarril brillaban
como una escopeta de dos caños
a través del aliento escarlata de fines de agosto,
multiplicándose como cáncer
en los bordes del jardín.

Mi padre había tenido dos ataques a las coronarias.
Todavía atesoraba economías secretas,
pero su mejor amigo era su pequeño Chevie negro,
guardado en el garaje como un novillo sacrificial
con cascos dorados,
y sin embargo sensacionalmente sobrio,
y con menos flecos que una zapatilla de baile.
El vendedor local, un "bucanero".
había sido sobornado mediante una buena suma
para entregar inmediatamente un auto sin cromar.

Cada mañana a las ocho y media,
distraído y alegre,
cargado con sus libros de cálculos y trigonometría,
sus recortes con estadísticas de buques,
y su regla de calcular de marfil,
mi padre se escabullía con su Chevie
a holgazanear en el Museo Marítimo de Salem.
Llamaba al encargado
"el comandante de la Marina Suiza".

La muerte de mi padre fue repentina y sin protestas.
Su visión todavía era veinte-veinte.
Luego de una mañana de ansioso, repetido sonreír,
sus últimas palabras a mi madre fueron:
"Me siento muy mal".

Para hablar del infortunio que hay en el matrimonio. Robert Lowell (1917-1977)

La noche calurosa nos hace mantener abiertas las ventanas del dormitorio.
Nuestra magnolia florece. La vida comienza a acontecer,
mi excitado marido interrumpe sus discusiones hogareñas,
y recorre las calles de un lado a otro, en busca de prostitutas,
lanzándose por el filo de una navaja.
Ese insensato podría matar a su mujer, y luego jurar no beber más.
Oh la monótona bajeza de su lujuria. ..
Es la injusticia... él es tan injusto...
ciego de whisky, volviendo a casa a las cinco, fanfarroneando .
¿Qué lo mueve? Cada noche ato a mi muslo
diez dólares y la llave del auto...
Aguijoneado por la urgencia de su deseo
se desploma sobre mi como un elefante.

Navegando hacia casa desde Rapallo. Robert Lowell (1917-1977)

Tu enfermera sólo sabía hablar italiano,
pero luego de veinte minutos pude imaginarme tu semana final,
y las lágrimas corrieron por mis mejillas...

Cuando me embarqué en Italia con el cuerpo de mi madre
toda la costa del Golfo di Genova
estallaba en una vehemente flor.
Los locos amarillos y azulados trineos acuáticos
barrenando como martinetes
en la estela de burbujeante spumante de nuestro barco,
recordaban los estrepitosos colores de mi Ford.
Mi madre viajaba en primera clase en la bodega;
su ataúd Risorgimento, negro y oro,
era como el de Napoleón en los Inválidos...

Mientras los pasajeros se tostaban
en el Mediterráneo, en las sillas de cubierta,
nuestro cementerio familiar en Dunbarton.
se extendía debajo de las Montañas Blancas
con un tiempo bajo cero.
El suelo del cementerio se estaba convirtiendo en piedra,
tantas de sus muertes habían ocurrido en pleno invierno.
Sombríos y hoscos entre las cegadoras ventiscas,
su negro arroyo y los troncos de sus abetos estaban lisos como mástiles.
Una cerca de medias lanzas de hierro
bordeaba de negro sus lápidas de pizarra, casi todas coloniales.

La única alma "antihistórica" que vino a parar allí
era mi padre, ahora enterrado debajo de su reciente
lonja de mármol de vetas negras sin desgastar.
Aun el latín de su divisa de Lowell:
Occasionem cognosce,
parecía demasiado práctico y agresivo allí,
donde el quemante frío iluminaba
las inscripciones labradas de los parientes de mi madre;
veinte o treinta Winslows y Starks.
La escarcha les había otorgado a sus nombres un borde de diamante...
En el grandilocuente rótulo sobre el féretro de mi madre,
Lowell había sido erróneamente escrito LOVEL.
El cadáver
estaba envuelto como un panetone en papel de estaño italiano.

Visitantes. Robert Lowell (1917-1977)

Sin ningún buen propósito
cruzan corriendo por mi dormitorio
dos líneas negras, largas, verticales,
que muy rápidamente se convierten en cuatro:
se trata de los chóferes
de la ambulancia, con su uniforme azul,
o quizá policías haciendo doble turno.
Registran nuestro cuarto, desordenado e íntimo,
escrutan mis cuadernos de trabajo,
a los que mis continuas correcciones
han tornado ilegibles,
y los desechan en ese recorrido
por nuestra habitación, como si fuesen
dueños de nuestro dormitorio.
Eso es lo que ellos hacen.
Me atosigan primero y después se dispersan...
¿Inspeccionan, quizá, buscando pruebas,
mi esparcida ropa por el suelo?
Están ellos más gordos
de lo que sus deberes les exige...
Con cortesía burlona ellos se ríen
de todo cuanto digo:
" Ayer tenía yo treinta y dos años,
una amenaza para la autoridad
al ser todavía joven." La aburrida sargenta
se entretiene mirando al samurai risueño
de colmillos de tigre,
que muestra la pintura japonesa colgada
de la pared del cuarto... "¿Cuánto costará esto?
¿Dónde podría yo conseguir otra?"

Si la luna ilumina la oscuridad, yo puedo
ver a través de ella...,
ver una hermosa plaza londinense en donde
uniformadas vacas negras mugen,
rumian con la rutina de las motosierras...
Mis visitantes son una buena carne
de res para banquetes,
hacen que falsamente uno perciba
que está la tierra bien fundamentada,
mientras secretamente se dan prisa
a telefonear desde sus ambulancias.
Click, click, click, hacen las luces
azules, blancas, rojas, mientras brillan
con una negligencia aristocrática...
¡Cuantísimo trabajo!
Cuando a mi habitación vuelven todos juntos,
estoy seguro de que su mirada
no se ha apartado ni por un segundo
de sus propios relojes.
"Con cuidado, señor, más despacio, señor."
"Señor, el doctor Brown
estará aquí dentro de diez minutos."
Mas en lugar de eso
una silla metálica se despliega en camilla.
Estoy tumbado en ella y bien atado,
pero no así mi mente que va de idea a idea.
Ellos siguen moviéndose.
"En el sitio al que vamos, Profesor, a llevarle
no va a necesitar ninguna obra de Dante."
¿Qué necesitaré entonces en tal sitio?
¿Son quizá las esposas ese ruido
que escucho en sus bolsillos?

Sigo con atención el modo del traslado,
rígido, incluso agradecido, pero sin sentimientos.
¿Por qué ha enmudecido mi charlatana lengua,
tan amiga de bromas?
Alguien debe pagar por alienarme
y mañana será peor que ahora,
el cielo y el infierno me parecen lo mismo...
Debo esperar premonitoriamente,
sin sacar beneficios de este drama...,
suponiendo, lo mismo antes que ahora,
que esto no me ha ocurrido...
Es mi porción de eternidad pequeña.