lunes, 13 de julio de 2015

El péndulo. O. Henry (1862-1910)

-Calle Ochenta y Uno... Dejen bajar, por favor - gritó el pastor de azul.

Un rebaño de ciudadanos salió forcejeando y otro subió forcejeando a su vez. ¡Ding, ding! Los vagones de ganado del Tren Aéreo de Manhattan se alejaron traqueteando, y John Perkins bajó a la deriva por la escalera de la estación, con el resto de las ovejas. John se encaminó lentamente hacia su departamento. Lentamente, porque en el vocabulario de su vida cotidiana no existía la palabra “quizás”. A un hombre que está casado desde hace dos años y vive en un departamento no lo esperan sorpresas. Al caminar, John Perkins se profetizaba con lúgubre y abatido cinismo las previstas conclusiones de la monótona jornada.

Katy lo recibiría en la puerta con un beso que tendría sabor a cold cream y a dulce con manteca. Se quitaría el saco, se sentaría sobre un viejo sofá y leería en el vespertino crónicas sobre los rusos y los japoneses asesinados por la mortífera linotipo. La cena comprendería un asado, una ensalada condimentada con un aderezo que se garantizaba no agrietaba ni dañaba el cuero, guiso de ruibarbo y el frasco con mermelada de fresas que se sonrojaba ante el certificado de pureza química que ostentaba su rótulo. Después de la cena, Katy le mostraría el nuevo añadido al cobertor de retazos multicolores que le había regalado el repartidor de hielo, arrancándolo de la manta de su coche. A las siete y media ambos extenderían periódicos sobre los muebles para recoger los fragmentos de yeso que caían cuando el gordo del departamento de arriba iniciaba sus ejercicios de cultura física. A las ocho en punto, Hickey y Mooney, los integrantes de la pareja de varietés (sin contrato) que vivían del otro lado del pasillo, se rendirían a la dulce influencia del delírium trémens y empezarían a derribar sillas, con el espejismo de que Hammerstein los perseguía con un contrato le quinientos dólares semanales. Luego, el caballero que se sentaba junto a la ventana, del otro lado de la escalera, sacaría a relucir su flauta; el escape de gas nocturno huiría para hacer sus travesuras en los caminos; el ascensor se saldría de su cable; el conserje volvería a llevar a los cinco hijos de la señora Janowitski a través del Yalu; la dama de los zapatos color champaña y del terrier Skye bajaría a tropezones la escalera y pegaría su nombre del jueves sobre su timbre y su buzón ... y la rutina nocturna de los departamentos Frogmore se pondría en marcha nuevamente.

John Perkins sabía que esas cosas sucederían. Y también sabía que a las ocho y cuarto apelaría a su coraje y tendería la mano hacia su sombrero, y su esposa le diría, con tono quejumbroso:

-Bueno... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse?
-Creo que le haré una visita al café de MacCloskey -contestaría él-. Y que jugaré un par de partiditas de billar con los muchachos.

En los últimos tiempos, ésa era la costumbre de John Perkins. Volvía a las diez o a las once. A veces, Katy dormía; a veces, lo esperaba, pronta a seguir fundiendo en el crisol de su ira el baño de oro de las labradas cadenas de acero del matrimonio. Por esas cosas, Cupido habrá de responder cuando comparezca ante el sitial de la justicia con sus víctimas de los departamentos Frogmore.

Esa noche, al llegar a su puerta, John Perkins se encontró con un tremendo cambio en la rutina diaria. Ninguna Katy lo esperaba allí con su afectuoso beso de repostería. En las tres habitaciones, parecía reinar un prodigioso desorden. Por todas partes, veíanse dispersas las cosas de Katy. Zapatos en el centro de la alcoba, tenacillas de rizar, cintas para el cabello, kimonos, una polvera, todo tirado en franco caos sobre el tocador y las sillas... Aquello no era propio de Katy. Con el corazón oprimido, John vio el peine, con una enroscada nube de cabellos castaños de Katy entre los dientes. Una insólita prisa y nerviosidad debía haber hostigado a su mujer, porque Katy depositaba siempre cuidadosamente aquellos rastros de su peinado en el pequeño jarrón azul de la repisa de la chimenea, para formar algún día el codiciado “postizo” femenino.

Del pico de gas pendía en forma visible un papel doblado. John lo desprendió. Era una carta de su esposa, con estas palabras:

Querido John:
Acabo de recibir un telegrama en que me dicen que mamá está enferma de cuidado. Voy a tomar el tren de las 4.30. Mi hermano Sam me esperará en la estación de destino. En la heladera hay carnero frío. Confío en que no será nuevamente su angina. Págale cincuenta centavos al lechero. Mamá tuvo una seria angina en la primavera última. No te olvides de escribirle a la compañía sobre el medidor del gas y tus medias buenas están en la gaveta de arriba. Te escribiré mañana.
Presurosamente, Katy.

Durante sus dos años de matrimonio, Katy y él no se habían separado una sola noche. John releyó varias veces la carta, estupefacto. Aquello destruía una rutina invariable y lo dejaba aturdido. Allí, sobre el respaldo de la silla, colgaba, patéticamente vacía e informe, la bata roja de lunares negros que ella usaba siempre al preparar la comida. En su prisa, Katy había tirado su ropa por aquí y por allá. Una bolsita de papel de su azúcar can mantequilla favorito yacía con su bramante aun sin desatar. En el suelo estaba desplegado un periódico, bostezando rectangularmente desde el agujero donde recortaran un horario de trenes. Todo lo existente en la habitación hablaba de una pérdida, de una esencia desaparecida, de un alma y vida que se habían esfumado. John Perkins estaba parado entre esos restos sin vida y sentía una extraña desolación.

John comenzó a poner el mayor orden posible en las habitaciones. Cuando tocó los vestidos de Katy, experimentó algo así como un escalofrío de terror. Nunca había pensado en lo que sería la vida sin Katy. Su mujer se había adherido tan indisolublemente a su existencia que era como el aire que respiraba: necesaria pero casi inadvertida. Ahora, sin aviso previo, se había marchado, desaparecido; estaba tan ausente como si nunca hubiese existido. Desde luego, esto sólo duraría unos días, a lo sumo una semana o dos, pero a John le pareció que la mano misma de la muerte había apuntado un dedo hacia su seguro y apacible hogar.

John extrajo el trozo de carnero frío de la heladera, preparó el café y se sentó a cenar solo, frente al desvergonzado certificado de pureza de la mermelada de fresas. Entre las provisiones que sacara, aparecieron los fantasmas de unas carnes asadas y la ensalada con mostaza. Su hogar estaba desmantelado. Una suegra con angina había hecho saltar por los aires sus lares y penates. Después de su solitaria cena, John Perkins se sentó junto a una ventana. No tenía ganas de fumar. Fuera, la ciudad bramaba invitándolo a plegarse a su danza de locura y placer. La noche estaba a su disposición. Podía andar por ahí sin que le hicieran preguntas y pulsar las cuerdas de la parranda con tanta libertad como cualquier soltero. Podía divertirse y vagabundear y corretear por ahí hasta el alba si se le antojaba: y no lo esperaría ninguna airada Katy, con el cáliz que contenía las heces de su alegría. Si quería, podía jugar al billar en el café de McCloskey con sus jactanciosos amigos hasta que la aurora empacara las luces eléctricas. El yugo del himeneo, que lo doblegara siempre en los departamentos Frogmore, se haría relajado. Katy no estaba.

John Perkins no estaba habituado a analizar sus sentimientos. Pero ahora, sentado en su sala de recibo de 3 X 4, privada de la presencia de Katy, acertó inequívocamente con la clave de su desconsuelo. Ahora sabía que Katy era necesaria para su felicidad. Los sentimientos que le inspiraba su mujer, adormecidos hasta la inconsciencia por el monótono carrusel de la vida doméstica, habían sido conmovidos violentamente por la pérdida de su presencia. ¿Acaso no nos han inculcado el proverbio, el sermón y la fábula la idea de que nunca apreciamos la música hasta que el pájaro de la dulce voz ha volado.. . u otras manifestaciones no menos floridas y auténticas?

-Me porto con Katy de una manera pérfida -meditó Perkins-. Todas las noches me voy a jugar al billar y a perder el tiempo con los muchachos, en vez de quedarme en casa con ella. ¡La pobre está aquí sola y aburrida, y yo obro así! John Perkins, eres un cochino. Tengo que compensarle a Katy todo el mal que le he hecho. La llevaré de paseo para que se divierta un poco. Y doy por terminadas mis relaciones con la pandilla del McCloskey desde este mismo momento.

Sí; fuera, la ciudad bramaba, llamándolo a bailar en el séquito de Momo. Y en el café de McCloskey, los muchachos hacían caer las bolas de billar en las troneras, matando el tiempo hasta la partida de casino de la noche. Pero ninguna carambola elegante y ningún chasquido de taco podían regocijar el alma henchida de remordimientos de Perkins, el abandonado. Aquello que era suyo, aquello que asía con mano poco firme y desdeñaba a medias, le había sido arrebatado y él lo quería. Perkins, el de los remordimientos, podía rastrear su genealogía remontándose hasta un hombre llamado Adán, a quien el querubín desalojara del jardín.

Al alcance de la mano derecha de John Perkins, había una silla. Sobre su respaldo pendía una blusa de Katy, que conservaba todavía algo de su contorno. En el centro de sus mangas, veíanse las finas arrugas causadas por los movimientos de sus brazos al trabajar por la comodidad y el placer de su marido. Brotaba de la blusa una delicada pero dominadora fragancia a camándulas. John la tomó y miró larga y seriamente la silenciosa tela. Katy nunca había dejado de responderle. Las lágrimas, sí, las lágrimas asomaron a los ojos de John Perkins. Cuando Katy volviera, las cosas cambiarían. Él la compensaría por todo su abandono. ¿Qué era la vida sin ella?
La puerta se abrió. Katy entró, con una pequeña maleta. John la miró, estúpidamente.

-¡Caramba! -dijo Katy-. Me alegro de haber vuelto. La enfermedad de mamá carecía de importancia. Sam me esperaba en la estación y dijo que aquello sólo había sido un leve acceso y que mamá se había repuesto a poco de telegrafiarme él. De modo que tomé el primer tren de regreso. Me estoy muriendo por una taza de café.

Nadie oyó el rechinar de los engranajes cuando el número 3 de los departamentos Frogmore volvió al debido Orden de Cosas. Se deslizó una polea, tocaron un resorte, regularon una palanca y los engranajes recomenzaron a girar en su vieja órbita. John Perkins miró a su reloj. Eran las 8:15. Tendió la mano hacia su sombrero y se encaminó hacia la puerta.

-Vamos... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse? -preguntó Katy, con tono quejumbroso.
-Creo que haré una escapada al café de McCloskey a jugar unas partiditas con los muchachos -dijo John.

El patrón de hierro. Henry Kuttner (1915-1958) C.L. Moore (1911-1987)

Las razas de otros mundos no tenían que ser amigables u hostiles. Bastaba que fueran obstinadamente diferentes para que las consecuencias fueran serias.

—Así que no tendremos provisiones por un año, tiempo venusino —dijo Thirkell,
sirviéndose guisantes fríos con aire disconforme.

Rufus Munn, el capitán, interrumpió un instante la tarea de descucarachizar la sopa.

—No sé por qué tuvimos que importar estos bichos. Un año, más cuatro semanas, Steve. Pasaremos un mes en el espacio antes de llegar a la Tierra.

La cara abultada y redonda de Thirkell se puso solemne.
—¿Qué haremos, mientras tanto? ¿Nos alimentaremos sólo de guisantes fríos?

Munn suspiró, mirando a través de la tronera abierta del navío espacial Buena voluntad las figuras borrosas que se movían en la niebla de afuera. Pero no respondió. Barton Underhill, supervisor de carga y hombre-orquesta que había conseguido el puesto gracias a la fortuna del padre, sonrió crispadamente y dijo:

—¿Qué quieres hacer? No podemos gastar el combustible. Tenemos la cantidad justa para volver a casa. Así que guisantes fríos o nada.
—Pronto será nada —dijo solemnemente Thirkell—. Hemos sido derrochones. Hemos despilfarrado con toda irresponsabilidad.
—¡Irresponsabilidad...! —vociferó Munn—. Casi todos los alimentos se los hemos cedido a los venusinos.
—Bien —murmuró Underhill—, ellos nos alimentaron durante...un mes.
—Ahora no. Está prohibido. ¿Pero qué tienen contra nosotros?
Munn echó el taburete hacia atrás con brusquedad.
—Eso es lo que tenemos que averiguar. Las cosas no pueden seguir así. La comida no nos durará un año. Y no podemos explotar la tierra... —se interrumpió cuando alguien abrió la válvula transparente y entró, un hombre bajo y robusto, de pómulos salientes y nariz ganchuda en una cara broncínea.
—¿Encontraste algo, piel roja? —preguntó Underhill Mike Águila Rauda arrojó una bolsa de plástico en la mesa.
—Seis hongos. Con razón los venusinos recurren a la hidropónica. No les queda más remedio. En este mundo esponjoso sólo crecen hongos, y casi todos venenosos. Es inútil, capitán.

Munn frunció los labios.
—Bien, ¿dónde está Bronson?
—Mendigando. Pero no conseguirá un mísero fal —el navajo señaló la tronera—. Allí viene.
Un momento después los otros oyeron los pasos lentos de Bronson. El ingeniero entró, la cara roja como el pelo.
—No me preguntéis —murmuró—. Que nadie diga una palabra. Yo, un hijo de irlandeses, mendigando un mugriento fal a un hijo de perra con piel de lija y un aro de hierro en la nariz como las salvajes de Ubangui. ¡Es bochornoso! Me avergonzaré mientras viva.
—De acuerdo —dijo Thirkell—. ¿Pero conseguiste alguno, entonces?
—Bronson le clavó los ojos.
—¿Crees que le habría aceptado esas sucias monedas si me las hubiese ofrecido? —aulló el ingeniero, los ojos inyectados en sangre—. Se las habría arrojado a esa cara inmunda, podéis creerlo. ¿Yo, tocar ese dinero asqueroso? Dadme unos guisantes —tomó un plato y se puso a comer con morosidad.
Thirkell intercambió una mirada con Underhill.
—No ha conseguido ningún dinero —dijo el último.
—¡Me preguntó si pertenecía a la Liga de Mendigos! —rugió Bronson, levantando la cara con un bufido—. ¡Hasta los vagabundos tienen que adherirse a un sindicato en este planeta!
El capitán Munn frunció el ceño con aire pensativo.
—No, no es un sindicato, Bronson. Ni siquiera algo parecido a los gremios medievales. Los tarkomars son mucho más poderosos y mucho menos organizados. Los sindicatos surgieron de un medio social y económico definido, y cumplen una función. Un sistema de contención y equilibrio que crece cada vez más. Pero olvidemos los sindicatos; en la Tierra algunos son buenos, como el de Transporte Aéreo, y otros fraudulentos como el de Dragado Submarino. Los tarkomars son diferentes. No cumplen ninguna función productiva. Simplemente preservan las condiciones retrógradas del sistema venusino.
—Sí —dijo Thirkell—, y a menos que seamos miembros, no nos permitirán trabajar...en nada. Y no podemos ser miembros hasta que paguemos la cuota de ingreso. Mil so fais.
—Atención con esos guisantes —advirtió Underhill—. Nos quedan sólo diez latas.

Callaron. Munn convidó cigarrillos.
—Tenemos que hacer algo, eso es indudable —dijo—. Sólo podemos obtener alimentos de los venusinos, y ellos se niegan a dárnoslos. Tenemos algo a favor: las leyes son tan arbitrarias que no pueden rehusar vendernos comida... Es ilegal rechazar una venta legal.
Mike Águila Rauda examinó amargamente los seis hongos.
—Sí. Siempre que podamos exigir una venta legal. Estamos arruinados en Venus, y pronto nos moriremos de hambre. Si alguien tiene idea de cómo salir de este atolladero. Esto pasaba en 1964, tres años después del primer vuelo exitoso a Marte, y cinco después que Dooley y Hastling habían descendido en el Mare Imbrium. La Luna, desde luego, estaba deshabitada. Sólo había unas algas activas pero sin inteligencia. Los sagaces y corpulentos marcianos, con su elevado metabolismo y sus mentes brillantes y erráticas, habían sido amigables, y era seguro que las culturas de Marte y la Tierra no sufrirían choques. En cuanto a Venus, hasta entonces nadie había desembarcado allí. El Buena voluntad fue la primera nave. Era un experimento, como el primer viaje a Marte, pues nadie sabía si había vida inteligente en Venus. A bordo se almacenaron provisiones para más de un año, alimentos deshidratados, plastibulbos, alimentos concentrados y vitaminizados, pero cada hombre de la tripulación presentía que habría abundancia de comida en Venus.

En efecto, había comida. Los venusinos cultivaban los alimentos en tanques hidropónicos, bajo las ciudades. Pero en la superficie del planeta no crecía ningún comestible. La fauna era escasa, de modo que cazar era imposible aunque a los terráqueos les hubiesen permitido conservar las armas. Y al principio había parecido una fiesta de gala después del arduo viaje espacial. Una fiesta de un año en una civilización extraña y fascinante.

Era extraña, por cierto. Los venusinos eran conservadores. Respetaban escrupulosamente las tradiciones de sus ancestros remotos. No querían cambios, al parecer. La organización actual había funcionado durante siglos. ¿Para qué alterarla? La presencia de los terráqueos implicaba cambios para ellos, eso era obvio. Resultado: un boicot a los terráqueos. Todo fue muy pasivo. El primer mes no hubo problemas. Al capitán Munn le entregaron las llaves de la ciudad capital, Vyring, en cuyos alrededores descansaba ahora el Buena voluntad, y los venusinos trajeron comida en abundancia, platos exóticos pero sabrosos de los jardines hidropónicos. En retribución, los terráqueos fueron generosos con sus propias provisiones, aun hasta el despilfarro. Y los alimentos venusinos eran muy perecederos. No había necesidad de preservarlos, pues los tanques hidropónicos proporcionaban una provisión constante e infalible. Al final los terráqueos se quedaron con alimentos para pocas semanas, además de una gran pila de basura que pocos días antes había sido tentadora y apetitosa.

Luego los venusinos dejaron de traerles los frutos, verduras y setas-de-carne, y empezaron las restricciones. La fiesta terminó. No tenían intenciones de dañar a los terráqueos, eran cautelosamente amigables. Pero de allí en adelante sería: Paga y Serás Servido, y no aceptaban cheques. Una seta-de-carne grande, suficiente para cuatro hombres hambrientos, costaba diez fals. Como los terráqueos no tenían fals, no conseguían setas-de-carne ni nada. Al principio no les pareció importante. No, hasta que abrieron los ojos y empezaron a preguntarse cómo se las arreglarían para conseguir alimentos. No había modo. Así que se quedaban sentados en el Buena voluntad, comiendo guisantes fríos como cinco de los Siete Enanitos; un quinteto de hombres robustos, bajos, resistentes, huesudos y musculosos, especialmente elegidos por tener el físico apropiado para los rigores del vuelo espacial. Y sus cerebros, también elegidos especialmente, ahora no les ayudaban en nada. Era un problema simple. Simple y primitivo. Ellos, los representantes de la cultura más poderosa de la Tierra, tenían hambre. Pronto tendrían más hambre. Y no tenían un fal. Sólo oro, plata y billetes inservibles. Había metal en la nave, pero no el metal puro que necesitaban, salvo en aleaciones que no podían reducirse. Venus se regía por el patrón hierro.

—...tiene que haber una salida —dijo tozudamente Munn, una expresión taciturna en la cara recia y curtida; apartó el plato con un ademán de furia—. Iré a ver de nuevo al Consejo.
—¿Pe qué servirá? —preguntó Thirkell—. Estamos en un brete, es inútil. El dinero habla.
—No importa. Hablaré con Jorust —gruñó el capitán—. Ella no es tonta.
—Claro que no —rezongó Thirkell.

Munn le miró fijamente, llamó a Mike Águila Rauda y se volvió hacia la válvula transparente. Underhill se agregó con entusiasmo.

—¿Puedo ir?
Bronson jugueteó sombríamente con sus guisantes.
—¿Para qué quieres ir? Ni siquiera podrías pagarte una máquina tragamonedas en los tugurios de Vyring...si las tuvieran. ¿Crees que si les dices que tu viejo es un magnate de Filones Amalgamados te darán crédito por la comida, eh?
Pero el tono era amigable, y Underhill no se mosqueó.
—Ven, si quieres —dijo el capitán Munn—, pero date prisa.

Los tres hombres salieron a las nieblas humeantes, chapoteando en el barro pegajoso. El calor no era excesivo; los intensos vientos de Venus facilitaban la evaporación rápida, un aire naturalmente acondicionado que salvaba a los hombres de sentir las molestias de la humedad. Munn consultó la brújula. Los suburbios de Vyring estaban a más de medio kilómetro, pero la niebla, como de costumbre, parecía sopa de guisantes. El clima de Venus es siempre brumoso. El trío siguió avanzando en silencio.

—Creí que los indios sabían cómo aprovechar los recursos de la tierra —le comentó Underhill al navajo; y Mike Águila Rauda le miró, divertido.
—Bueno, no soy un indio venusino —explicó—. Quizá podría fabricar un arco y una flecha y derribar un venusino, pero...no serviría de gran cosa, a menos que la víctima llevara muchos sofals en la billetera.
—Podríamos comerlo, también —murmuró Underhill—. ¿Qué sabor tendrá un venusino asado?
—Descúbrelo y podrás escribir un best-seller al volver a casa —dijo Munn—. Siempre que vuelvas. Vyring tiene policía, compañero.
—En fin —dijo Underhill, y dejó el tema—. Aquí está la Puerta de Agua. Dios... ¡Huelo a comida!
—Yo también —refunfuñó el navajo—. Pero esperaba que nadie lo mencionara. Cállate y sigue caminando.

La muralla que rodeaba a Vyring parecía más una represa que una fortificación. Venus era un planeta civilizado y unificado; parecía no haber guerras ni impuestos aduaneros, algo natural en un estado mundial. Los transportes aéreos siseaban en la niebla antes de perderse de vista. La bruma cubría las calles, desgarrada ocasionalmente en jirones por ventiladores enormes. Vyring, resguardada de los vientos, era tórrida hasta lo incómodo, salvo dentro de las casas, donde había aire acondicionado. A Underhill le recordaba Venecia; las calles eran canales, había embarcaciones de varias formas y tamaños que se deslizaban plácidamente a gran velocidad. Hasta los mendigos navegaban... Había senderos accidentados y lodosos junto a los canales, pero nadie con un fal caminaba un paso. Los terráqueos sí que caminaban...y maldecían airadamente mientras chapoteaban en el cieno. Casi todo el mundo los ignoraba. Un taxi acuático se acercó a la orilla. El piloto, que lucía la insignia azul de su tarkomar, les saludó.

—¿Puedo acompañaros? —preguntó. Underhill le mostró un dólar de plata.
—Si aceptas esto..., claro.
Todos los terráqueos habían aprendido venusino rápidamente; eran buenos lingüistas, pues ésta era una de las tantas virtudes transplanetarias por las cuales los habían escogido. La lengua fonética venusina no era difícil. No les costó nada entender al piloto del taxi cuando dijo que no.

—Hagamos una apuesta —dijo Underhill con alguna esperanza—. Doble o nada.
Pero los venusinos no eran jugadores.
—¿Doble qué? —preguntó el piloto—. Esa moneda...es de plata —señaló la filigrana plateada y rococó de la proa de la embarcación—. ¡Basura!
—Para Benjamín Franklin este habría sido un lugar espléndido, pues —observó Mike Águila Rauda—. Tenía dientes postizos de hierro, ¿verdad?
—En tal caso, tenía una verdadera fortuna venusina en la boca —dijo Underhill.
—Oh, no es para tanto.
—Si alcanza para una cena completa, es una fortuna —insistió Underhill.

El piloto, mirando con desprecio a los terráqueos, se alejó en busca de viajes más provechosos. Munn, avanzando con obstinación, se secó el sudor de la frente. Un lugar espléndido, Vyring —pensó—. Un lugar espléndido...para morase de hambre. Media hora de caminata dificultosa despertó en Munn una rabia lenta y oscura. Si Jorust se negaba a verle, habría problemas —pensaba—, aunque les hubieran quitado las armas. Se sentía capaz de destrozar Vyring a dentelladas. Y de engullir las porciones más comestibles. Afortunadamente, Jorust les recibió. Los terráqueos fueron conducidos al despacho de la mujer, una sala grande y lujosa en lo alto de la ciudad,—con ventanas abiertas a la brisa fresca. Jorust se deslizaba por la sala en una silla alta equipada con ruedas y una especie de motor. A lo largo de las paredes había un anaquel inclinado, semejante a un escritorio y quizá con la misma función. Quedaba a la altura del hombro, pero la silla de Jorust la elevaba hasta ese nivel. Es posible que empiece por la mañana en un rincón, y durante el día dé toda la vuelta a la sala, pensaba Munn. Jorust era una venusina esbelta, de cabello gris, con una tez semejante a la piel de zapa fina y ojos negros y atentos que de momento eran cautelosos. Bajó de la silla, invitó a los hombres a sentarse y ella también se sentó. Encendió una pipa que parecía una boquilla desmesurada, rellena con un cilindro de hierbas amarillas apretadas. Un humo aromático impregnó el ambiente. Underhill olfateó con avidez.

—Que seáis dignos de vuestros padres —saludó amablemente Jorust, extendiéndoles la mano de seis dedos—. ¿Qué os trae por aquí?
—El hambre —dijo Munn sin rodeos—. Creo que ya es hora de hablar claro.
Jorust le escrutó con aire enigmático.
—Adelante.
—No nos gustan los atropellos.
—¿Os hemos dañado? —preguntó la jefe del Consejo. Munn la miró fijo.
—Pongamos las cartas sobre la mesa. Nos han tomado por imbéciles. Tú eres una de los que mandan; si no eres responsable de esto, al menos sabrás la razón. Me dirás...
—No —dijo Jorust al cabo de una pausa—. No, no soy tan poderosa como, según parece, crees. Soy una de las administradoras. Yo no elaboro las leyes. Simplemente veo que se cumplan. No somos enemigos.
—Podríamos llegar a serlo —dijo sombríamente Munn—. Si viniera otra expedición de la Tierra y nos encontrara muertos.
—Nunca os mataríamos. Atentaría contra nuestras tradiciones.
—Pero estáis dejándonos morir de hambre... Jorust entornó los ojos.
—Comprad comida. Cualquier hombre puede hacerlo, sea de la raza que fuere.
—¿Con qué dinero? —preguntó Munn—. No aceptáis nuestra moneda. No disponemos de la vuestra. Danos alguna fórmula.
—Vuestra moneda carece de valor —explicó Jorust—. Tenemos oro y plata en abundancia. Es común aquí. Un difal, o sea doce fals, os alcanza para mucha comida. Y un sofal os servirá para comprar aún mucho más.
Tenía razón, por supuesto, y Munn lo sabía. Un sofal equivalía a mil setecientos veintiocho fals. ¡Qué bien!
—Dinos cómo esperas que consigamos tu moneda de hierro —espetó.
—Trabajad, como hace nuestra gente. El hecho de que vengáis de otro mundo no os dispensa de la obligación de crear mediante el trabajo.
—De acuerdo —insistió Munn—, estamos dispuestos. Danos un trabajo.
—¿Cuál?
—¡Dragado de canales... ¡Cualquier cosa!
—Deberás hacerte miembro del tarkomar de los que dragan canales.
—He olvidado inscribirme. Jorust ignoró el sarcasmo.
—Debes hacerlo. Aquí cada oficio tiene su tarkomar.
—Préstame mil sofals y me inscribiré en uno.
—Eso ya lo has intentado —le dijo Jorust—. Nuestros prestamistas han informado que no puedes ofrecer nada en garantía.
—¡Nada... ¿Quieres decir que no hay nada en nuestra nave que valga mil sofals para tu raza? Esto es un juego sucio, y tú lo sabes. Sólo nuestro purificador de agua vale para vosotros seis veces esa cantidad.
Jorust pareció ofenderse.
—Durante mil años hemos purificado las aguas con carbón de leña. Si cambiáramos ahora, tildaríamos de necios a nuestros ancestros. No eran necios, sino grandes sabios.
—¿Y el progreso, qué...
—Me parece innecesario —dijo Jorust—. Nuestra civilización conforma una unidad perfecta tal como es. Hasta los mendigos están bien alimentados. En Venus no nos falta la felicidad. Los métodos de nuestros antepasados han pasado sus pruebas y han resultado eficaces. Nada hay que cambiar, entonces..
—Pero...
—Si alteráramos el equilibrio, simplemente trastornaríamos el statu quo —dijo Jorust muy resuelta, levantándose—. Que seáis dignos de los nombres de vuestros padres.
—Escucha... —empezó Munn.

Pero Jorust estaba de nuevo en la silla, ya no le oía. Los tres terráqueos se miraron, se encogieron de hombros y salieron. La respuesta era definitivamente «no».

—Y eso es todo —dijo Munn mientras bajaban en el ascensor—. Jorust planea matarnos de hambre. Ya está todo dicho.
Underhill no estaba de acuerdo.
—Ella tiene razón. Como ha dicho, es sólo administradora. Los que mandan aquí son los tarkomars. Son una facción poderosa.
—Ya sé que ellos llevan la voz cantante —masculló Munn—. Es difícil entender la psicología de esta gente. Parece que fueran absolutamente reacios a cambiar. Nosotros representamos cambios. Así que han decidido ignorarnos, y basta.
—No servirá de nada —dijo Underhill—. Aunque muramos de hambre, vendrán más naves de la Tierra.
—Podrían hacerles el mismo juego.
—¿El hambre? Pero...
—La resistencia pasiva. Ninguna ley obliga a los venusinos a tratar con los terráqueos. Simplemente pueden adoptar una política cerrada, y no hay manera de remediarlo. En Venus no hay alfombra de bienvenida.
Mike Águila Rauda rompió un largo silencio cuando llegaron a la orilla del canal.
—La psicología de ellos es una variante del culto de los antepasados. Egotismo transferido, tal vez... Un complejo de inferioridad racial.
Munn meneó la cabeza.
—Vas demasiado lejos.
—De acuerdo, quizá. Pero lo del culto del pasado es innegable. Y el miedo. La cultura social presente ha funcionado durante siglos. No quieren intrusiones... Es lógico. Si tuvieras una máquina que cumple perfectamente la tarea para la que fue diseñada, ¿querrías introducir mejoras?
—¿Por qué no? —dijo Munn—. Claro que sí.
—¿Porqué?
—Bien... Para ahorrar tiempo. Si un nuevo accesorio hace que la máquina duplique la producción, lo aceptaría.
—Supón que produjera refrigeradores, por ejemplo. Habría repercusiones. Necesitarías menos mano de obra, lo cual alteraría la estructura económica.
—Microscópicamente.
—Hasta allí. Pero también habría un cambio en los consumidores. Más gente querría tener refrigeradores. Más gente fabricaría helados caseros. Las ventas de helados decaerían... Las ventas minoristas; los mayoristas comprarían menos leche, los granjeros...
—Entiendo —dijo Munn—. Por falta de un clavo se perdió el reino. Estás hablando del microcosmos. Aunque así no fuera, hay alteraciones automáticas. Siempre las hay.
—Una civilización experimental, en desarrollo, está dispuesta a afrontar esas alteraciones —señaló Mike Águila Rauda—. Los venusinos son ultraconservadores. Creen que no necesitan más desarrollos ni cambios. El sistema ha funcionado durante siglos. Está perfectamente integrado, y cualquier intrusión podría echarlo todo a perder. Los tarkomars tienen el poder, y se proponen conservarlo.
—Así que nos moriremos de hambre —intervino Underhill.
El indio torció la boca.
—Así parece. A menos que encontremos algún modo de hacer dinero...
—Tendríamos que encontrarlo —dijo Munn—. Entre otras cosas, hemos sido seleccionados por nuestro CJ.
—Nuestros talentos no son los más adecuados —observó Mike Águila Rauda, echando una piedra al canal de un puntapié—. Tú eres físico, yo soy naturalista, Bronson es ingeniero y Steve Thirkell es matasanos. Tú, mi joven e inservible amigo, eres hijo de millonario.
Underhill sonrió embarazosamente.
—Bueno, papá empezó desde abajo. Sabía cómo hacer dinero. Eso es lo que necesitamos ahora, ¿verdad?
—¿Cómo amasó su fortuna?
—El mercado de valores.
—Esa es una gran ayuda —dijo Munn—. Creo que el mejor plan sería que elaboráramos algún proceso que los venusinos realmente necesiten, y luego se lo venderíamos...
—Si pudiéramos telegrafiar a la Tierra —empezó a decir Underhill— para pedirles ayuda.
—No tendríamos nada de qué preocuparnos —terminó el navajo—. Lamentablemente Venus tiene ionosfera, así que no podemos telegrafiar. Mejor que te des maña para inventar algo, capitán. Pero si los venusinos después se interesen o no..., yo no lo sé.
Munn reflexionó.
—El statu quo no puede conservarse inalterado permanentemente. En qué cabeza cabe, como decía mi abuelo casi siempre. Nunca faltan inventores. Nuevos procesos... La organización social tiene que asimilarlos. Yo podría elaborar algún artefacto. Hasta un buen preservado! de alimentos podría sernos útil.
—No con la producción que tienen los jardines hidropónicos...
—Humm. Algún señuelo más eficaz... Que sea inútil, pero llamativo. Una máquina tragamonedas, tal vez...
—Decretarían una ley en contra.
—Bien, sugiere algo tú.
—Parece que los venusinos no tienen mucho dominio de la genética. Si yo pudiera producir algunos alimentos exóticos combinando especias. ¿Eh?
—Tal vez —dijo Munn—. Tal vez.

La cara rechoncha de Steve Thirkell asomó por la tronera. El resto del grupo estaba sentado alrededor de la mesa, garabateando en libretas y bebiendo café flojo.

—Tengo una idea —dijo Thirkell.
—Ya conozco tus ideas —gruñó Munn—. ¿Cuál es la nueva?
—Muy sencillo. Una epidemia ataca a los venusinos y yo descubro el antídoto que los salva. Se sentirán agradecidos, ¿no?
—...y te casarás con Jorust y gobernarás el planeta —completó Munn—. ¡Ja!
—No exactamente —siguió Thirkell, imperturbable—. Si no se sienten agradecidos, nos limitaremos a retener la antitoxina hasta que nos paguen.
—El único inconveniente de esa ocurrencia genial es que los venusinos parecen ser inmunes a todo tipo de epidemias —señaló Mike Águila Rauda—. Por lo demás, es perfecta...
—Temí que lo mencionaras —suspiró Thirkell—. Lo único que veo es que, desencadenando una epidemia, tifus o algo por el estilo, caeríamos en una falta de ética...sólo un poco, ¿verdad?
—¡Qué hombre! —dijo admirativamente el navajo—. Serías un magnífico asesino, Steve.
—Lo he pensado a menudo. Pero mi propósito no era llegar al asesinato. Una enfermedad dolorosa, restrictiva.
—¿Por ejemplo? —preguntó Munn.
—¿La difteria? —sugirió esperanzado el cirujano.
—Una perspectiva auspiciosa —murmuró Mike Águila Rauda—. Hablas como un apache.
—Difteria, beriberi, lepra, peste bubónica —dijo violentamente Pat Bronson—. Voto por todas ellas juntas. Hacedles probar a esos batracios su propia medicina. Despachadlos a gusto.
—Supongamos que te dejamos desencadenar una epidemia moderada —dijo Munn—.Que no acarreara consecuencias fatales... ¿Cómo lo harías?
—Contaminando la provisión de agua, o algo así...
—¿Con qué?
Thirkell se descorazonó de pronto.
—¡Oh! ¡Oh! Munn cabeceó.
—El Buena voluntad no está pertrechado para eso. No tenemos gérmenes, antiséptico por fuera y por dentro. ¿Has olvidado el tratamiento que recibimos antes de partir?
Bronson soltó un juramento.
—Jamás lo olvidaré... ¡Una hipodérmica por hora! Antitoxinas, inyecciones, rayos X ultravioletas, hasta que los huesos se me pusieron verdes.
—Exacto —dijo Munn—. Prácticamente no tenemos gérmenes. Era una precaución inevitable, para impedir que produjéramos una epidemia en Venus.
—Pero queremos producirla —dijo quejumbrosamente Thirkell.
—No podrías contagiarles siquiera un constipado —dijo Munn—. De modo que eso no va. ¿Qué sabes de los anestésicos venusinos? ¿Son tan buenos como los nuestros?
—Mejores —admitió el médico—. En realidad, no los necesitan, salvo para los niños. Sus sinapsis son extrañas. Han dominado la autohipnosis de tal modo que pueden bloquear el dolor, si es necesario.
—¿Sulfamidas?
—Ya lo pensé. También tienen.
—Mi idea se relaciona con la energía hidráulica —terció Bronson—. O las represas. Cada vez que llueve hay inundaciones.
—Pero también tienen un buen sistema de desagüe. Los canales se encargan de eso —dijo Munn.
—¡Déjame terminar! Esos hijos de perra con piel de pescado tienen energía hidráulica, pero no es eficiente. Hay tanta agua corriente en todo el planeta que construyen plantas donde mejor se les antoja, miles de ellas, y la mitad del tiempo no funcionan, cuando las Lluvias se concentran en otro distrito. La mitad de las plantas está siempre fuera de servicio. Eso cuesta dinero. Si construyeran represas, tendrían una fuente energética permanente sin tantos gastos adicionales.
—No es mala idea —admitió Munn.
—Yo me atendré a mis hibridajes en los jardines hidropónicos —dijo Mike Águila Rauda—. Puedo elaborar setas-bistec con gusto a salsa Worcestershire o algo por el estilo. Una tentación para el paladar, ya lo sabéis.
—Perfecto. ¿Steve? Thirkell se revolvió el pelo.
—Ya pensaré en algo. No me apresuréis. Munn se volvió a Underhill.
—¿Alguna idea brillante, compañero? El joven sonrió embarazosamente.
—No hasta el momento. Lo único que se me ocurre es manipular el mercado de valores.
—¿Sin dinero?
—Ese es el problema. Munn cabeceó.
—Bien, mi propia idea es la propaganda. Soy físico y entra en mi especialidad.
—¿Qué dices? —quiso saber Bronson—. ¿Destrucción de átomos con un acelerador de partículas? ¿Una demostración de fuerza?
—Cálmate. La publicidad es desconocida en Venus, aunque no el comercio. Curioso. Creo que los minoristas aprovecharán la oportunidad.
—Tienen anuncios radiales...
—Rituales y estilizados. Sus televisores sirven para ofrecer anuncios más coloridos. Ditirambos visuales, eso es... Podría ingeniármelas para exhibir mejor los productos. ¿Por qué no?
—Creo que yo construiré una máquina de rayos X, si me ayudas, capitán —dijo Thirkell.
—Claro —dijo Munn—. Tenemos el equipo... Y los planos. Empezaremos mañana, ya debe ser bastante tarde.

Lo era, aunque en Venus no había atardecer. El grupo se acostó para soñar con cenas completas, todos menos Thirkell, que soñó que comía un pollo asado que de pronto se transformaba en un venusino y lo devoraba a él, empezando por los pies. Despertó sudando y maldiciendo, tomó nembutal y se volvió a dormir. A la mañana siguiente se dispersaron. Mike Águila Rauda llevó un microscopio y otros instrumentos al centro hidropónico más cercano y se puso a trabajar. No le permitían llevar esporas a la nave, pero no se le impedía experimentar en la misma Vyring. Hizo cultivos y utilizó complejos vitamínicos para acelerar el crecimiento, y esperó lo mejor. Pat Bronson fue a ver a Skottery, jefe de Energía Hidráulica. Skottery era un venusino alto y taciturno que sabía mucho de ingeniería, e insistió en mostrar a Bronson las maquetas de la oficina antes de ponerse a conversar.

—¿Cuántas plantas energéticas tenéis? —preguntó Bronson.
—Dos veces cuatro docenas a la tercera potencia. Cuarenta y dos docenas en este distrito.
Prácticamente un millón, calculó Bronson.
—¿Cuantas funcionan efectivamente en la actualidad? —prosiguió.
—Unas diecisiete docenas.
—Eso significa trescientas fuera de servicio... Es decir, veinticinco docenas. ¿No es demasiado costoso el mantenimientos?
—Muchísimo —admitió Skottery—. Aparte de que muchas de ellas están ahora permanentemente fuera de servicio. El terreno cambia con mucha frecuencia. Tú sabes, la erosión... Un año construimos una estación en una cañada, y al siguiente el agua cambia de curso. Construimos una docena por día. Pero rescatamos algún material de las anteriores, naturalmente.

Bronson tuvo una idea.
—¿No tenéis irrigación?
—¿Eh?
El terráqueo explicó. Skottery alzó los hombros en señal de negación.
—Aquí tenemos una vegetación diferente. Hay tanta agua que las plantas no necesitan raíces profundas.
—¿Pero necesitan del suelo?
—No. Los elementos que utilizan están suspendidos en el agua.
Bronson describió cómo funcionaban los canales de riego.
—Supón que importas plantas y árboles de la Tierra y forestas las montañas. Y construyes represas para retener el agua. Tendrías energía permanente, y sólo necesitarías unas pocas centrales energéticas grandes, que siempre estarían funcionando.
Skottery reflexionó.
—Tenemos toda la energía que necesitamos.
—¡Pero mira los gastos!
—Nuestros ingresos los cubren.
—Podrías hacer más dinero... Difals y safals...
—Hemos obtenido exactamente las mismas ganancias durante trescientos años —explicó Skottery—. Nuestros ingresos netos son constantes. Todo funciona a la perfección. No logras entender nuestro sistema económico, según veo... Como tenemos todo lo que necesitamos, no hace falta más dinero... Ni siquiera un fal más.
—Tus competidores...
—Sólo tenemos tres, que están satisfechos con sus ganancias.
—¿Y si yo los interesara en mi plan?
—Sería imposible —explicó Skottery pacientemente—. No se interesarían más que yo. Me alegra haberte recibido. ¡Que seas digno del nombre de tu padre!
—¡Peces sin alma! —aulló Bronson, perdiendo los estribos—. ¿No tenéis sangre roja bajo esa piel verde? ¿Nadie en este mundo sabe lo que significa pelear? —se dio un puñetazo en la palma—. Sería indigno del nombre del viejo Seumas Bronson si no te golpeara ya mismo ese cuerpo inmundo.
Skottery apretó un botón. Aparecieron dos venusinos corpulentos. El jefe de Energía Hidráulica señaló a Bronson.
—Sacad eso de aquí —dijo.

El capitán Rufus Munn estaba en uno de los estudios de televisión con Bart Underhill. Estaban sentados al lado de Hakkapuy, propietario de Veetsy, que podría significar algo así como Cosquillas Húmedas. Miraban el comercial del producto de Hakkapuy, proyectado sobre la pared. Apareció un venusino, las piernas abiertas, los brazos sobre las caderas. Alzó una mano, los seis dedos bien separados, y dijo:

—Todos bebemos agua. El agua es buena. La vida necesita agua... Veetsy también es bueno. Con cuatro fals se compra una esfera de Veetsy. Eso es todo.
Desapareció. Colores ondulantes cruzaron la pantalla y sonó una música de extraño ritmo. Munn se volvió a Hakkapuy.
—Eso no es publicidad. Así no se consiguen clientes.
—Bien, es tradicional —dijo débilmente Hakkapuy.

Munn abrió un envoltorio, extrajo un vaso de boca ancha y pidió una esfera de Veetsy. Se lo dieron y volcó el fluido verde en el vaso. Después introdujo media docena de bolas de color y añadió un trozo de hielo seco, que se hundió hasta el fondo. Las bolas subían y bajaban con rapidez.

—¿Ves? —dijo Munn—. Efecto visual. Las bolas son apenas más pesadas que Veetsy. Es el equivalente visual de Cosquillas Húmedas. Exhibe eso en tu comercial, con un buen parlamento. Verás como suben tus ventas.
—No estoy seguro —dijo Hakkapuy con cierto interés. Munn extrajo un fajo de papeles y golpeó el nicho de la pared. Al rato entró un venusino gordo y dijo:
—Que seáis dignos de los nombres de vuestros ancestros —Hakkapuy lo presentó como Lorish.
—He pensado que Lorish debe conocer todo esto. ¿Te importaría repetirlo?
—En absoluto —dijo Munn—. Ahora, el principio de la exhibición en escaparates... —cuando terminó, Hakkapuy se volvió hacia Lorish, que se encogió de hombros lentamente.
—No —dijo.
Hakkapuy frunció los labios.
—Vendería más Veetsy.
—Y alterarías nuestros esquemas económicos —dijo Lorish—. No.
Munn le clavó los ojos.
—¿Por qué no? El dueño de Veetsy es Hakkapuy, ¿no es cierto? ¿Quién eres tú... ¿Un censor?
—Represento al tarkomar de los publicistas —explicó Lorish—. Verás; la publicidad en Venus es muy ritual. Jamás cambia. ¿Por qué tendría que cambiar? Si dejamos que Hakkapuy utilice tus ideas, somos injustos con los otros fabricantes de refrescos.
—Podrían hacer lo mismo —señaló Munn.
—Una carrera competitiva que desembocaría en un colapso total. Hakkapuy gana bastante dinero, ¿no es verdad, Hakkapuy?
—Supongo que sí.
—¿Acaso cuestionas los principios de los tarkomars? Hakkapuy tragó saliva.
—No —se apresuró a decir—. ¡No, no. no! Tienes toda la razón.
Lorish le miró.
—Muy bien. En cuanto a ti, terráqueo, te aconsejo no perder más tiempo en este proyecto. Munn enrojeció.
—¿Me estás amenazando?
—Claro que no. Simplemente me refiero a que ningún publicista podría utilizar tu idea sin consultar a mi tarkomar, y nosotros la vetaríamos.
—Seguro —dijo Munn—. Bien. Vamos, Bart. Salgamos de aquí.
Se fueron y conversaron mientras caminaban a lo largo de un canal. Underhill pensaba.
—Los tarkomars han conservado el equilibrio del poder durante mucho tiempo, según parece. Quieren que las cosas sigan como están. Eso es obvio.
Munn gruñó.
—Tendríamos que alterar todo el sistema para llegar a algo —continuó Underhill—.Pero sin embargo...
—¿Qué...
—Creo que tenemos un elemento a favor.
—¿Cuál?
—Las leyes.
—¿Cómo se te ocurre? —preguntó Munn—. Están todas en contra de nosotros.
—Hasta ahora, sí. Pero son tradicionalmente rígidas e inflexibles. Una decisión tomada hace trescientos años sólo puede ser cambiada mediante un proceso judicial. Si encontráramos una omisión en esas leyes, no podrían tocarnos.
—Bien, encuéntrala —dijo Munn, enfadado—. Yo volveré a la nave para ayudar a Steve con esa máquina de rayos X.
—Creo que iré a la Bolsa para husmear un poco —dijo Underhill—. Quizás...

Una semana después la máquina de rayos X estaba terminada. Munn y Thirkell investigaron las normas legales de Vyring y descubrieron que se les permitía vender un aparato de invención propia sin pertenecer a un tarkomar, siempre que respetaran ciertas restricciones triviales. Imprimieron panfletos y los distribuyeron por la ciudad, y los venusinos fueron a observar cómo Munn y Thirkell demostraban los méritos de los rayos Roentgen. Ese día Mike Águila Rauda se tomó un descanso. Fumó un cigarrillo tras otro de su escasa provisión. Ardía de furia e impotencia. Los cultivos hidropónicos le habían presentado problemas.

—¡Un disparate! —le dijo a Bronson—. Luther Burbank se habría vuelto loco de furia. Igual que yo. ¿Cómo diablos puedo combinar estos especimenes ambiguos de la flora venusina?
—Bien, no parece muy justo —le consoló Bronson—. Dieciocho sexos, ¿eh?
—Dieciocho hasta ahora. Y cuatro variantes que al parecer no son sexuadas. ¿Cómo puedes combinar esos hongos degenerados? Habría que exhibir el producto en una feria.
—¿No llegas a ningún resultado?
—Oh, sí —dijo amargamente Mike Águila Rauda—. A toda clase de resultados. El problema es que ninguno es constante. Un día crío un hongo con gusto a ron, y no crece como corresponde... Las esporas se transforman en algo con gusto a trementina. Ya ves... Bronson parecía comprenderle.
—No podrías birlarles algunos hongos cuando no te miran? Así el trabajo no sería del todo inútil.
—Me revisan por completo —dijo el navajo.
—Canallas mugrientos —aulló Bronson—. ¿Qué creerán que somos? ¿Delincuentes?
—Hm. Algo sucede afuera. Echemos un vistazo.
Salieron del Buena voluntad, y encontraron a Munn discutiendo apasionadamente con Jorust, que había venido a examinar personalmente la máquina de rayos X. Una multitud de venusinos observaba con avidez. Munn tenía la cara carmesí.
—Me he asesorado —decía—. Esta vez no podrás detenerme, Jorust. Es totalmente legal construir una máquina y venderla fuera de los límites de la ciudad.
—Por cierto —dijo Jorust—. No me quejo por eso.
—¿Entonces? No estamos infringiendo ninguna ley. La mujer hizo una seña y un venusino gordo se adelantó pesadamente.
—Patente tres gruesas catorce al cuadrado dos docenas, concedida a MetziStarg del año Mylosh, doce a la cuarta potencia, placas sensibilizadas.
—¿Qué es eso? —preguntó Munn.
—Es una patente —le dijo Jorust—. Fue concedida hace un tiempo a un inventor venusino llamado MetziStarg. Un tarkomar compró y suprimió el proceso, pero todavía es ilegal utilizarlo.
—¿Quieres decir que alguien ya inventó una máquina de rayos X en Venus?
—No. Sólo película sensibilizada. Pero eso es parte de tu aparato, así que no puedes venderlo... Thirkell no se dio por vencido.
—No necesito película...
—Patente vibratoria tres gruesas dos docenas y siete... —dijo el venusino gordo.
—¿Y ahora, qué... —interrumpió Munn. Jorust sonrió.
—Las máquinas que emplean vibración violan esa patente, capitán.
—Esto es una máquina de rayos X —exclamó Thirkell.
—La luz es una vibración —le dijo Jorust—. No podéis venderla sin comprar la licencia del tarkomar que ahora posee la patente. Costaría...a ver, unos cinco mil sofals.

Thirkell se volvió abruptamente y entró en la nave, donde se preparó un whisky con soda y evocó con nostalgia los gérmenes de difteria. Los otros aparecieron después, con aire consternado.

—¿Puede hacemos eso? —preguntó Thirkell.
—Claro que puede, compañero —dijo Munn—. Ya ves que lo ha hecho...
—No estamos violando sus patentes.
—Esto no es la Tierra. Aquí las leyes de patente son tan amplias que si alguien inventa un rifle, nadie más puede fabricar miras telescópicas. Estamos igual que antes.
—De nuevo los tarkomars —dijo Underhill—, Cuando te detectan un proceso de invención que podría implicar cambios, lo compran y lo anulan. No se me ocurre ningún invento que pudiéramos hacer sin violar una u otra patente venusina.
—Se atienen a la ley —observó Munn—. A la ley de ellos. Así que ni siquiera podernos desafiarles. Mientras estemos en Venus, estamos sujetos a su jurisprudencia.
—Los guisantes están bajando —dijo morosamente Thirkell.
—Como todo —repuso el capitán—. ¿A alguien se le ocurre algo?
Hubo silencio. Luego Underhill tomó una esfera de Veetsy y la puso sobre la mesa.
—¿De dónde la has sacado? —preguntó Bronson—. Vale cuatro fals.
—Está vacía —dijo Underhill—. La encontré en un bote de basura. Estuve investigando la cristalita..., el material que emplean para hacer estas cosas.
—¿Y qué has descubierto?
—Ya descubrí cómo lo hacen. Es un proceso difícil y caro. No es mejor que nuestro flexiglass, y mucho más difícil de hacer. Si tuviéramos aquí una fábrica de flexiglass.
—¿Sí?
—Cristalita Amalgamada quebraría...
—No entiendo —dijo Bronson—. ¿Y con eso, qué...
—¿Nunca oísteis hablar de campañas de rumores? —preguntó Underhill—. Mi padre ganó más de una elección de ese modo, el viejo zorro... Por ejemplo, hacemos correr el rumor de que hay un proceso nuevo para fabricar un sustituto de la cristalita, más barato y mejor. ¿No bajarían las acciones de Cristalita?
—Posiblemente —dijo Munn.
—Tal vez así podamos sacar algún provecho.
—¿Con qué?
—Oh —Underhill hizo una pausa—. Para hacer dinero se necesita dinero...
—Siempre.
—Quién sabe. Tengo otra idea. Venus se rige por el patrón hierro. El hierro es barato en la Tierra. Podríamos hablar de traer hierro aquí, y de desperdigarlo por todas partes.
Cundiría el pánico, ¿no?
—No sin hierro para desperdigar —dijo Munn—. La televisión se encargaría de la antipropaganda. No podríamos competir. Nuestra campaña de rumores sería aplastada aun antes de empezar. El gobierno venusino, los tarkomars, simplemente negarían que la Tierra tiene provisiones ilimitadas de hierro. En cualquier caso, no nos serviría de nada.
—Tiene que haber un modo —Underhill frunció el ceño—. Veamos, tiene que haberlo. ¿Cuál es el fundamento del sistema venusino?
—La falta de competencia —dijo Mike Águila Rauda—. Cada cual tiene todo lo que quiere.
—Quizás. En la superficie. Pero el instinto competitivo es demasiado fuerte para suprimirlo así. Apostaría a que muchos venusinos querrían ganar unos cuantos fals extra.
—¿Eso adonde nos lleva? —quiso saber Munn.
—El método de mi padre... Hm-m-m. Maniobró con los hilos, hizo que la gente fuera a él... ¿Cuál es el punto débil de la economía venusina?
Munn titubeó.
—Nada que esté a nuestro alcance... Tenemos demasiadas desventajas.
Underhill cerró los ojos.
—La base de un sistema social y económico es... ¿Qué?
—El dinero —dijo Bronson.
—No. La Tierra se rige por el patrón radio. Años atrás era el oro o la plata. El de Venus es el hierro. Y además está el sistema de trueque. En realidad, el dinero es una variable.
—El dinero representa los recursos naturales —empezó Thirkell.
—Horas-hombre —murmuró Munn. Underhill dio un brinco.
—¡Eso es! Claro... Horas-hombre. Esa es la constante. Lo que un hombre produce en una hora representa una constante arbitraria... Dos dólares, doce difals. lo que sea. Esa es la base de cualquier organización económica. Y es la base que tenemos que socavar.
El culto de los antepasados, el poder de los tarkomars, son en verdad superficiales. Una vez debilitado el sistema básico, lo demás se desmorona.
—No entiendo adonde nos lleva esto —dijo Thirkell.
—Alteremos la hora-hombre —explicó Underhill—. Si lo logramos, puede ocurrir cualquier cosa.
—Mejor que ocurra —dijo Bronson—, y pronto. Nos queda poca comida.
—Cállate —dijo Munn—. Creo que el chico tiene razón. Alterar la constante horahombre, ¿eh? ¿Cómo podríamos conseguirlo? ¿Instrucción? ¿Entrenar a un venusino para que duplique la producción en el mismo lapso de tiempo? ¿Mano de obra especializada?
—Ya la tienen —dijo Underhill—. Si pudiéramos hacerles trabajar más rápido, aumentar sus energías.
—Anfetaminas —interrumpió Thirkell—. Con bastante cafeína, complejos vitamínicos y riboflavina... Podría producir un estimulante, claro que sí.
Munn asintió lentamente.
—Píldoras, no inyecciones. Si esto funciona, tendremos que hacerlo bajo cuerda durante un tiempo.
—¿Qué demonios ganamos con hacer que los venusinos trabajen más rápido? —preguntó Bronson. Underhill chasqueó los dedos.
—¿No te das cuenta? Venus es ultraconservador. El sistema económico es estático.
No está adaptado para el cambio. ¡Armaremos un desbarajuste endemoniado!
—Necesitaremos publicidad para suscitar el interés público, antes que nada —dijo Munn—. Una demostración práctica —miró a su alrededor y posó la mirada en Mike Águila Rauda—. Creo que el candidato eres tú, piel roja. Tienes más vitalidad que cualquiera de nosotros, de acuerdo con los test que nos hicieron en la Tierra.
—Bueno —dijo el navajo—. ¿Qué tengo que hacer?
—¡Trabajar! —le dijo Underhill—. ¡Deslomarte trabajando! ¡Eah...

Empezaron a primera hora de la mañana siguiente, en la plaza principal de Vyring. Munn se había cerciorado de todos los detalles, resuelto a asegurarse de que nada saliera mal, y se había enterado de que iban a construir un edificio de recreación en la plaza.

—El trabajo no empezará hasta dentro de varias semanas —dijo Jorust—. ¿Por qué?
—Queremos cavar un agujero allí —dijo Munn—. ¿Es legal?
La venusina sonrió.
—Desde luego. El terreno es público..., hasta que los contratistas empiecen. Pero una demostración de vuestra fuerza muscular no os ayudará, me temo.
—¿Qué dices?
—No soy tonta. Estáis tratando de conseguir empleo. Esperáis lograrlo haciendo publicidad de vuestras habilidades. ¿Pero por qué hacerlo así? Cualquiera puede cavar un agujero. No es trabajo especializado.
Munn gruñó. Si Jorust quería sacar conclusiones apresuradas, allá ella.
—La publicidad da buenos resultados —dijo—. Si en la Tierra pones a trabajar una pala mecánica, la gente se junta para mirar. No tenemos una pala mecánica, pero...
—Bien, como gustes. Legalmente tienes el derecho. Pero no podréis obtener un empleo sin ingresar en un tarkomar.
—A veces creo que tu planeta estaría mejor sin los tarkomars —dijo audazmente Munn. Jorust movió los hombros.
—Entre nosotros, a menudo he pensado lo mismo. Soy una mera administradora, sin embargo. No tengo poder real. Hago lo que me piden. Si estuviera permitido, me agradaría prestaros el dinero que necesitáis.
—¿Qué? —Munn se quedó mirándola—. Creí que... La mujer se endureció.
—No está permitido. La tradición no siempre es sabiduría, pero no puedo hacer nada al respecto. Desafiar a los tarkomars es impensable e inútil para nosotros. Lo lamento.

Munn se sintió un poco mejor después de esta charla. No todos los venusinos eran enemigos. Los todopoderosos tarkomars, celosos de su poder, fanáticamente aferrados al statu quo, eran los responsables de este enredo. Cuando regresó a la plaza, los otros estaban esperando. Bronson había instalado un letrero en venusino fonético, y había preparado una zapa, un pico, una pala, una carretilla y tablas para el navajo. La silueta musculosa y broncínea aguardaba en el viento fresco, desnuda hasta la cintura. Unos botes del canal se habían detenido para observar. Munn miró el reloj.

—Bien, piel roja. Adelante. Steve puede empezar... Underhill se puso a batir un tambor.
Bronson anotó cifras en el letrero:
4:03:00. Hora Venusina de Vyring.

Thirkell fue hasta una mesa cercana, atiborrada de recipientes y equipo médico. Sacó de un frasco una de las píldoras estimulantes que había preparado y se la dio a Mike Águila Rauda. El indio la tragó, levantó la zapa y se puso a trabajar. Eso era todo. Un hombre cavando un agujero. Cual fuera la fascinación del espectáculo, nadie podía averiguarlo. El principio es el mismo, trátese de un artefacto mecánico arrancando una tonelada de tierra de una palada, o un navajo robusto y sudoroso que empuña pala y pico. El número de botes creció. Mike Águila Rauda siguió trabajando. Pasó una hora. Otra. Había períodos de descanso breves y regulares, y Mike cambiaba de vez en cuando de herramienta para hacer trabajar todos los músculos. Después de remover la tierra con 3a zapa, paleaba dentro de la carretilla, llevaba la carga por una planchada y la volcaba a cierta distancia en un montículo cada vez más grande. Tres horas. Cuatro. Mike interrumpió la faena para un pequeño almuerzo. Bronson seguía anotando la hora en el letrero. Thirkell le dio otra píldora al navajo.

—¿Cómo te sientes?
—Bien. Tengo bastante resistencia.
—Lo sé. Pero estos estimulantes...te ayudarán.
Underhill escribía a máquina. Ya había tipeado muchas hojas, pues se había puesto a trabajar poco después que Mike Águila Rauda. Bronson había redescubierto un talento olvidado: hacía malabarismos con mazas y pelotas de color. Llevaba un buen rato dedicado a ese ejercicio. El capitán Rufus Munn operaba una máquina de coser. La tarea no le gustaba especialmente, pero era trabajo de precisión y por lo tanto, útil para el plan. Todos hacían algo menos Thirkell. El médico se ocupaba de administrar las píldoras y poner cara de alquimista. Ocasionalmente se acercaba a Munn y Underhill, juntaba fajos de papel y paños cuidadosamente cosidos, y los depositaba en varias cajas cerca del canal, etiquetadas: "Llévese una". En la tela había una leyenda bordada a máquina en venusino: "Un recuerdo de la Tierra". La muchedumbre crecía.

Los terráqueos seguían trabajando. Bronson continuaba con sus juegos malabares, con pausas para descansar. Luego intentó trucos con monedas y naipes. Mike Águila Rauda seguía cavando. Munn cosía. Underhill dactilografiaba, y los venusinos leían lo que escribían sus ágiles dedos.

"¡Gratis! ¡Gratis! ¡Gratis!" rezaban ios panfletos. "¡Fundas para almohada de la Tierra! ¡Un espectáculo gratis! Ved cómo los terráqueos demuestran vitalidad, habilidad y precisión de cuatro modos distintos. ¿Cuánto tiempo resistirán? Con la ayuda de PILDORAS PODEROSAS...seguirán ¡indefinidamente! La fuerza se duplica y la precisión se incrementa con PILDORAS PODEROSAS... ¡El mejor estímulo! Un producto médico de la Tierra que puede lograr que un hombre valga dos veces su peso en sofals."

Siguieron así. El viejo juego de la aglomeración...con variaciones. Los venusinos no podían resistirse. Corrió el rumor. La multitud creció. ¿Cuánto tiempo conservarían ese ritmo los terráqueos? Lo conservaron. Las píldoras estimulantes de Thirkell además de las inyecciones de vitaminas que esa mañana había suministrado a sus compañeros— surtían efecto. Mike Águila Rauda cavó como un castor. El sudor le brotaba del torso brillante y broncíneo. Bebía prodigiosamente y comía tabletas de sal. Munn seguía cosiendo, sin errar una puntada. Sabía que sus productos serían examinados escrupulosamente en ¡u sea de signos de descuido. Bronson seguía con sus juegos. trucos, sin equivocarse nunca. Underhill tecleaba con los «ledos doloridos.

Cinco horas. Seis horas. Aun con los períodos de descanso, estaba resultando agotador. Habían traído comida, leí Buena voluntad, pero no era demasiado digerible. Además, Thirkell la había seleccionado cuidadosamente por las calorías. Siete horas. Ocho horas. Las multitudes volvieron intransitables los canales. Un policía se acercó y discutió con Thirkell, quien a su vez lo derivó a Jorust. Y Jorust, al parecer. Jo reprendió, pues el policía volvió después para mirar sin interferir. Nueve horas. Diez horas. Dio? horas de esfuerzos hercúleos. Los hombres estaban exhaustos, pero seguían adelante. Para entonces habían logrado su cometido pues unos pocos venusinos se acercaron a Thirkell y le hicieron preguntas sobre las Píldoras Poderosas. ¿Qué eran? ¿De veras hacían trabajar más rápido? ¿Cómo podían comprarlas? El policía se acercó de nuevo a Thirkell.

—Tengo un mensaje del tarkomar médico —anunció—. Si usted traía de vender una de esas píldoras, irá a la cárcel.
—Jamás se me ocurriría dijo Thirkell—. Las damos como muestras gratuitas. Toma, amigo —metió la mano en una bolsa y arrojó una Píldora Poderosa al venusino más cercano—. Con eso tu trabajo rendirá el doble. Vuelve mañana y tendrás más. ¿Quieres una, compañero? Tú también. Toma.
—Un momento... —dijo el policía.
—Consíguete una orden de arresto —le dijo Thirkell—. Ninguna ley prohibe hacer regalos.
Jorust apareció con un venusino morrudo con cara de pocos amigos. Lo presentó como el jefe de los tarkomars de Vyring.
—Estoy aquí para ordenaros terminar con esto —dijo e! venusino.
Thirkell ya tenía preparada una respuesta. Sus compañeros seguían trabajando, pero ei médico sabía que le observaban y escuchaban.
—¿Cuál es la razón?
—Bueno... La venta callejera.
—No estoy vendiendo nada. Esto es dominio público. Hemos montado un espectáculo gratuito.
—Esas...eh, píldoras poderosas...
—Son para regalar —dijo Thirkell—. Escucha amigo, cuando os regalamos nuestra comida, hato de canallas, ¿alguien protestó? No, la recibisteis. Y después, las restricciones. Cuando pedimos la devolución de nuestros alimentos, nos dijeron que no teníamos derecho a reclamar. La ley no podía cancelar las donaciones, siempre y cuando los objetos fueran nuestros. Es lo que estamos haciendo ahora también, donaciones. ¿Qué más?
A Jorust le titilaban los ojos, pero se apresuró a entornarlos.
—Entiendo que está en lo cierto. La ley le ampara. No causa un gran daño.
Thirkell quedó intrigado. ¿Habrá comprendido Jorust el plan y se ponía de parte de ellos? El jefe de los tarkomars se puso verde oscuro, titubeó, giró sobre los talones y se fue. Jorust dirigió a los terráqueos una mirada prolongada y enigmática, movió los hombros y le siguió.
—Todavía estoy tieso —dijo Mike Águila Rauda una semana después, en el Buena voluntad—. Y además, hambriento. ¿Cuándo tendremos comida?
Thirkell se asomó por la tronera para entregarle una Píldora Poderosa a un venusino, y egresó frotándose las manos con satisfacción.
—Espera, ten paciencia. ¿Qué novedades hay, capitán? Munn señaló a Underhill.
—Pregúntale al chico. Acaba de regresar de Vyring. Underhill rió.
—Un lío del demonio. Y en una semana. Sin duda que hemos hecho temblar la base de la economía. Todos los venusinos que fabrican cosas quieren nuestras píldoras para acelerar la producción y ganar más fals. Es el instinto competitivo..., que es universal.
—Bueno... ¿Y qué opinan esos mandones con cara de lagartos —preguntó Bronson.
—No les gusta. Hace oscilar la organización económica que ellos han mantenido inmóvil durante siglos. Hasta ahora un venusino ganaba exactamente diez sofals por semana, por ejemplo, fabricando cinco mil tapas de botella. Con las píldoras de Steve fabrica ocho o diez mil, y por lo tanto gana más pasta. Su compañero dice: ¡qué diablos! Y viene aquí es busca de Píldoras Poderosas para él. Así se difunde. Y lo mejor del caso es que no todo el trabajo se mide por la producción. Es imposible. Para eso hacen falta objetos tangibles. Al operador de una máquina climática le pagan por el tiempo que trabaja, no por las gotas de lluvia que hace caer en un día.
—¿Te refieres a la envidia? —dijo Munn.
—Bueno..., mira —dijo Underhill—. Un operador de máquinas climáticas ganaba hasta ahora lo mismo que el fabricante de tapas de botella: diez sofals por semana. Ahora el fabricante de tapas gana veinte sofals. Al operador no le gusta nada. También está dispuesto a ingerir Píldoras Poderosas, pero con eso no mejora su producción. Pide un aumento. Si lo consigue, la economía se altera aún más. Si no lo consigue, otros operadores se!e unen y declaran que es una discriminación injusta. Se enfurecen con los tarkomars y... ¡Van a la huelga!
—Los tarkomars han prohibido trabajar a los venusinos que toman nuestras píldoras —dijo Mike Águila Rauda.

Y los venusinos siguen pidiéndolas. ¿Y qué? ¿Cómo prueban quién las ingiere y quién no? La producción aumenta, claro. Pero los tarkomars no pueden ensañarse con todos los que producen bien. Lo han intentado, y muchos fulanos que jamás habían probado las Píldoras Poderosas se pusieron furiosos. Eran trabajadores eficientes, eso era todo.

—Hemos hecho una demostración exitosa, convincente —dijo Thirkell—. He tenido que disminuir la fuerza de las píldoras pues ya queda menos sustancia activa. Pero la sugestión nos ayuda.
Underhill sonrió.
—De modo que la base, la unidad hora-hombre, se ha ido al diablo. Una pequeña llave arrojada en la parte más sensible del mecanismo. Además se propaga. No sólo en Vyring.

La noticia se está difundiendo en todo Venus, y los obreros de otras ciudades preguntan por qué la mitad de los trabajadores de Vyring reciben mejor paga. Allí es donde nos ayuda el patrón monetario unificado: un mismo sistema en todo Venus. Aquí no ha habido un desajuste en siglos. Y ahora…

—Ahora el sistema se derrumba —dijo Munn—. Es una falla natural en una organización rígida y perfectamente integrada. Por falta de un clavo los tarkomars pierden el dominio de la situación. Han olvidado cómo equilibrarla.
—Se difundirá —dijo confiadamente Underhill—. Se difundirá. Steve, allí viene otro cliente.
Underhill se equivocaba. Entraron Jorust y el jefe de los tarkomars de Vyring.
—Que seáis dignos de los nombres de vuestros ancestros —dijo cortésmente Munn—.Acercad unas sillas y bebed una copa, aún nos quedan algunos bulbos de cerveza.
Jorust obedeció, pero el venusino se hamacó hurañamente sobre los talones.
—Malsi está preocupado —dijo la mujer—. Estas Píldoras Poderosas están causando problemas.
—No entiendo por qué —dijo Munn—. Incrementan la producción, ¿verdad? Malsi torció la boca.
—¡Es un truco! ¡Una estratagema! ¡Abusáis de nuestra hospitalidad!
—¿Cuál hospitalidad? —preguntó Bronson.
—Estáis amenazando el sistema —siguió tercamente Malsi—. En Venus no hay cambios. No debe haberlos.
—¿Por qué no? —preguntó Underhill—. Hay una sola razón, y tú la conoces. Cualquier progreso podría atentar contra los tarkomars, contra el poder que detentan. Hace siglos que domináis la situación. Habéis suprimido los inventos para estancar al planeta, tratáis de quitarle la iniciativa a la raza sólo para permanecer en la cúspide. Es imposible. Siempre hay cambios. Si no hubiéramos llegado nosotros, eventualmente se habría producido una explosión interna.
Malsi lo fulminó con la mirada.
—Dejad de preparar esas Píldoras Poderosas.
—La ley —dijo serenamente Thirkell—. Muéstranos un antecedente.
—El derecho a donar es uno de los más antiguos en Venus, Malsi —dijo Jorust—. Esa ley podría ser cambiada, pero no creo que a! pueblo le guste.
—No, no le gustaría —dijo Munn, sonriente—. Sería el acabóse. Los venusinos han aprendido que es posible ganar más dinero. Si se les quita esa oportunidad, los tarkomars dejarán de parecer gobernantes benévolos.

Malsi se puso más verde oscuro.
—Tenemos poder...
—Jorust, eres administradora. ¿Nos amparan vuestras leyes? —preguntó Underhill.
Ella se encogió de hombros.
—Sí, así es... Las leyes son sacrosantas. Quizá porque siempre han estado destinadas a proteger a los tarkomars. Malsi se volvió hacia ella.
—¿Estás de parte de los terráqueos?
—No, claro que no, Malsi. Simplemente respaldo la ley, de acuerdo con mi juramento ceremonia!. O sea sin prejuicios, ¿verdad?
—Dejaremos de preparar las píldoras, si quieres —dijo Munn—. Pero te advierto que será sólo un respiro. No se puede frenar el progreso.
—¿Dejaréis de hacerlas? —dijo Malsi, no totalmente convencido por los argumentos del capitán.
—Claro. Si nos pagas.
—No podemos pagaros —dijo tercamente Malsi—. No pertenecéis a ningún tarkomar. Sería ilegal.
—Oh, pero podéis hacerles una donación. Diez mil sofals, por ejemplo —sugirió Jorust.
—¡Diez mil! —aulló Malsi— ¡Ridículo!
—En efecto —dijo Underhill—. Cincuenta mil sería más apropiado. Con eso podríamos vivir un año sin privaciones.
—No.
Un venusino se acercó a la tronera, se asomó y dijo:
—Hoy dupliqué mis ganancias. ¿Puedo llevar otra píldora? —vio a Malsi y desapareció chillando. Munn se encogió de hombros.
—Como prefieras. Pagas, o continuaremos con nuestros regalos y tendrás que reparar una economía social rígida. No creo que puedas...
Jorust tocó el brazo de Malsi.
—No hay otra salida.
El venusino estaba casi negro de furia e impotencia.
—Yo... De acuerdo —capituló escupiendo las palabras—. No olvidaré esto, Jorust.
—Pero yo debo administrar las leyes —dijo la mujer—. ¡Caramba, Malsi! La norma de los tarkomars siempre ha sido una honestidad inflexible.

Malsi no respondió. Extendió un cheque por cincuenta mil sofals, lo legalizó y le dio el papel a Munn. Luego se despidió de la cabina con una mirada furibunda y se largó.

—¡Bien! —dijo Bronson—. ¡Cincuenta de los grandes! ¡Esta noche comeremos!
—Que seáis dignos de los nombres de vuestros padres —murmuró Jorust; en la puerta, se volvió—. Habéis irritado a Malsi.
—Qué lástima —dijo Munn.
Jorust simplemente movió los hombros.
—Sí..., veo que se va irritado. Malsi representa a los tarkomars...
—¿Qué podrá hacer él? —preguntó Underhill.
—Nada. Las leyes no se lo consentirán. Pero es bueno saber que los tarkomars no son infalibles. Creo que la noticia se propagará —Jorust le guiñó gravemente el ojo a Munn y se retiró, con la misma cara de inocencia de una gata, e igualmente peligrosa.
—¡Bien! —dijo Munn—. ¿Qué significa eso? ¿El fin de los tarkomars, tal vez?
—Tal vez —dijo Bronson—. Me importa un bledo. Tengo hambre y quiero una setabistec. ¿Dónde podremos cobrar un cheque por cincuenta de los grandes?

El peñasco del dragón. Alejandro Dumas (1802-1870)

En el pueblo de Rhungsdof, a orillas del Rin, encontramos numerosos botes aguardando a los viajeros; en unos minutos nos trasladaron a Koenigswinter, una linda aldea situada en la otra orilla. Nos informamos de la hora a la que pasaba el vapor y nos respondieron que pasaba a las doce. Eso nos daba un margen de casi cinco horas; era más del tiempo necesario para visitar las ruinas del Drachenfelds.

Tras unos tres cuartos de hora de ascensión por un bonito sendero que rodea la montaña, llegamos a la primera cima, donde se encuentran un albergue y una pirámide. Desde esta primera plataforma, un bonito sendero curvo y enarenado como el de un jardín inglés, conduce a la cima del Drachenfelds. Se llega en primer lugar a una primera torre cuadrada, a la que se accede bastante difícilmente por una grieta; luego a una torre redonda que, completamente reventada por el tiempo, ofrece un acceso más fácil. Esta torre está situada sobre la peña misma del dragón. El Drachenfelds toma su nombre de una antigua tradición que se remonta a los tiempos de Julián el Apóstata. En una caverna que aún se muestra, a mitad de la ladera, se había retirado un enorme dragón, tan perfectamente puntual en sus comidas que cuando olvidaban llevarle cada día un prisionero o un reo al lugar en el que acostumbraba encontrarlo, bajaba a la llanura y devoraba a la primera persona que encontraba. Por supuesto, el dragón resultaba invulnerable.

Era, como ya hemos dicho, en los tiempos en los que Julián el Apóstata vino con sus legiones a acampar a orillas del Rin. Y sucedió que los soldados romanos, que no deseaban ser devorados más que los naturales de la zona, aprovecharon que estaban en guerra con algunos poblados de los alrededores para alimentar al monstruo sin que les costara nada. Entre los prisioneros, había una joven tan bella que se la disputaron dos centuriores, y como ninguno quería cedérsela al otro, estaban a punto de degollarse mutuamente cuando el general, para ponerlos de acuerdo, decidió que la joven sería ofrecida al monstruo. Se admiró mucho el acierto de este juicio, que algunos compararon con el de Salomón, y se dispusieron a gozar del espectáculo.

El día fijado, la joven fue conducida, vestida de blanco y coronada de flores, a la cima del Drachenfelds: la ataron a un árbol, como Andrómeda a la roca; pidió que le dejaran las manos libres y no creyeron que debieran negarle tan pequeño favor.

El monstruo, como ya hemos dicho, llevaba una vida bastante metódica y almorzaba, como se almuerza aún en Alemania, entre los dos y las dos y media. Por lo que, en el momento en que se le esperaba, salió de su caverna y subió, mitad rampando, mitad volando, hacia el lugar en el que sabía que encontraría su alimento. Aquel día tenía un aspecto más feroz y hambriento que de costumbre. La víspera, por casualidad o por refinamiento de crueldad, le habían servido un viejo prisionero bárbaro, muy duro y que no tenía más que la piel sobre los huesos; de manera que todos se prometían un doble placer por aquel aumento de apetito. El monstruo mismo, al ver a la delicada víctima que le habían ofrecido, rugió de placer, azotó al aire su cola de escamas y se lanzó hacia ella. Pero cuando estaba a punto de alcanzarla, la joven sacó de su pecho un crucifijo y se lo presentó al monstruo. Era cristiana. Al ver al Salvador, el monstruo se quedó petrificado; luego, viendo que no tenía nada que hacer allí, se introdujo silbando en su caverna.

Era la primera vez que los habitantes de la zona veían huir al dragón. Por lo que, mientras algunos corrían hacia la joven y la desataban, los demás persiguieron al dragón y, envalentonados por su pavor, introdujeron en la caverna numerosos haces de leña sobre los que derramaron azufre y pez de resina, y luego les prendieron fuego. Durante tres días la montaña lanzó llamaradas como un volcán; durante tres días se oyó al dragón moverse silbando dentro de su antro; finalmente los silbidos cesaron: el monstruo había muerto quemado.

Aún hoy se ven las huellas de las llamas y la bóveda de piedra, calcinada por el calor, se deshace en polvo tan pronto como se la toca.

Se comprende que semejante milagro ayudó mucho en la propagación de la fe cristiana. Desde finales del siglo IV eran muy numerosos los seguidores de Cristo en las márgenes del Rin.

El paseo hacia Lingham. Lord Dunsany (1878-1957)

-Se ha extendido la creencia -dijo Jorkens- de que no soy capaz de contar una historia sin tomar antes algún tipo de bebida. No tengo ni la más remota idea de cómo se propalan semejantes infundios. Una historia me pasó por la mente esta misma tarde, si se puede llamar historia a una experiencia real. Es un poco fuera de lo común, y, si quiere escucharla, se la contaré. Pero puedo asegurarle rotundamente que no necesito ninguna bebida para contarla.

-Ya lo sé -dije yo.
-Lo único que le pido -prosiguió Jorkens- es que, si la cuenta a otros, lo haga de tal forma que la gente la crea. Ha habido personas, no demasiadas desde luego, pero ha habido personas que han tomado por pura invención todas las historias que yo le he contado a usted. Uno incluso me comparó con Münchhausen, favorablemente, lo admito, pero, al fin y al cabo, me comparó con él. Fue desagradable para mí y desagradable para su editor. Todo depende de la forma en que se cuentan estas historias; todas ellas eran verídicas; pero usted las contó de una forma que, por alguna razón, suscitaba dudas. Sea más cuidadoso en el futuro, ¿quiere?
-Sí -respondí-. Tomaré nota de ello.
Y así comenzó la historia.
-Sí, sin lugar a dudas es una historia fuera de lo común. Inequívocamente. Pero imagino que por ese motivo la creerá. Por lo demás, cualquiera que cuente una historia que haya experimentado debe seleccionar lo más monótono y vulgar si quiere ser creído; digamos, por ejemplo, la relación de un viaje por ferrocarril de Penge a la estación Victoria. Confío en que no lleguemos a eso.
-No, no -dije yo.
-Muy bien -replicó Jorkens.
Otra pareja de socios se sentó entonces cerca de nosotros, y Jorkens dijo:
-Puedo recordar como si fuera ayer un camino al este de Inglaterra, bordeado de álamos. Debía tener una longitud de unas tres millas, y estaba flanqueado en toda su extensión por sendas hileras de álamos; atravesaba un terreno pantanoso. Los pantanos habían sido drenados, pero quedaban algunos charcos, donde a lo largo de zanjas se agitaban los penachos de los juncos, como si fueran un ejército que hubiera luchado con escaso éxito contra el hombre, disperso pero no aniquilado. Y no se habían contentado con drenar los pantanos, sino que habían empezado a cortar los álamos. Eso era lo que estaban haciendo la primera vez que vi el camino, con sus dos hileras de álamos cual penachos verdes plateados, y debo decir que los estaban talando con sumo cuidado. Los abatían sobre el camino, pues de esa manera era más fácil el acarreo, y no valía la pena preocuparse por la circulación que podían interferir: en cualquier caso podían verla llegar unas tres millas antes en ambos sentidos, si llegaba alguna, y yo jamás vi ninguna, a excepción de lo que a continuación voy a contarles.

Bien: estaban talando un álamo que debía caer entre otros dos sin que se mezclaran sus ramas, y tenía el espacio justo para hacerlo, no mayor de dos pies. Y lo hicieron con tanto cuidado que no tocaron ni una hoja: se vino abajo entre los otros dos árboles con un inmenso crujido, y las hojas que miraban hacia él se agitaron cuando pasó a su lado exhalando su último suspiro. Lo hicieron con tanto esmero que me descubrí ante ellos y los aclamé. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Uno no se propone alegrarse de los que han caído, al menos abiertamente. Pero no siempre se para uno a pensar, y tardé quizá unos cinco minutos en empezar a avergonzarme de aquel grito mío de triunfo que resonaba por el condenado camino. Fue el último árbol que talaron aquel día y pronto regresé, paseando en solitario, a la aldea de Lingham, el más cercano habitáculo humano, a unas tres millas de los pantanos. La trémula luz del atardecer comenzaba a dar de lleno en los álamos. Los leñadores se fueron en sentido contrario con sus carretas y sus árboles derribados; sus ruidosas y nítidas voces, y sus gritos a los caballos, pronto se desvanecieron y dejaron de oírse. Y a continuación me quedé a solas en medio de un silencio únicamente interrumpido por mis pasos y por el ligero ruido que a veces parecía susurrar a mis espaldas, que tomé por el murmullo del viento en las copas de los álamos, aunque no soplaba viento alguno.

No había recorrido ni una milla cuando tuve una sensación, sin base en indicio alguno, un sentimiento intenso, cada vez más fuerte en los últimos diez minutos, que de mera sospecha se convirtió en intuitiva certeza absoluta: me estaban siguiendo furtivamente. Me volví y no vi nada. O más bien debí haber visto, parcialmente oculto por una pequeña curva del camino, lo que después vi con toda claridad; sin embargo, no di crédito a lo que estaba pasando. Después de eso, cuanto más aumentaba mi sensación de que me estaban siguiendo, menos me atrevía a volver la cabeza. Y ninguno de los tipos humanos que trataba de imaginar en pos de mí me parecía adecuado a mis temores. No había avanzado ni un cuarto de milla; apenas había recorrido otras cuatrocientas yardas cuando... perdonen ustedes, estoy condenadamente sediento. Jamás tuve una experiencia como ésa, y cuando la recuerdo incluso ahora se reseca mi garganta y apenas puedo hablar. Dudo de que alguno de ustedes haya conocido algo parecido.

-Estoy seguro de que no -dije yo, haciendo señas al camarero, pues no me cabía la menor duda de que había algo en la memoria de Jorkens que todavía le conmocionaba. Cuando se recuperó, lo primero que hizo fue darme las gracias, como buen camarada que era, y después prosiguió con su historia.
-No había recorrido todavía otras cuatrocientas yardas cuando tuve la espantosa certidumbre de que, cualquiera que fuera el que me estaba siguiendo, no podía ser humano. El sobresalto que esto me produjo fue tal vez peor que cuando noté por vez primera que me seguían. Ya no me cabía la menor duda de que me perseguían; podía escuchar los acompasados pasos. Mas no eran humanos. Y, créanme, echando una ojeada a los campos vacíos, llanos, poco profundos y pantanosos, tuve la sensación -suele ocurrir fácilmente cuando se está completamente a solas- de que, si había algo allí que atentara contra la humanidad, era yo el único sobre el que recaerían sus iras. Y cuanto más difuminaba las cosas la apagada iluminación de la tarde, y las envolvía en misterio, más se apoderaba de mí aquella sensación. Creo poder decir que resistí bastante bien, dado que aquellos pasos que me seguían sonaban cada vez más fuerte. Sólo que yo no me atrevía a volverme. Cuando supe que me seguían sentí miedo, lo admito francamente; pero más me asusté cuando comprendí que no se trataba de algo humano; sin embargo, me resistí con cierta determinación a dejarme llevar por mis temores, a excepción del que sentía acerca de volver la cabeza. No fue, sin embargo, el recuerdo de algo que les he contado lo que hizo que mi garganta se resecara.

Jorkens se detuvo y bebió otro trago largo: de hecho vació su vaso.
-Un tremendo terror -prosiguió- me estaba todavía reservado: un explosivo temor que tanto me trastornó que casi caí al camino, y que a veces vuelve a apoderarse de mí, estremeciéndome y atormentando a menudo mis noches. Nosotros, créanme, estamos tan orgullosos del reino animal, y nos preocupamos tanto de él, que cualquier ataque desde fuera nos desconcierta y nos deja boquiabiertos. Eso me ocurre a mí entonces al darme cuenta de que, fuera quien fuese el que me seguía, desde luego no era un animal. Escuchaba el ruido de sus pasos, y un cierto susurro prolongado, mas jamás le oí respirar. Iba ya siendo hora de que volviera la cabeza, y sin embargo no me atrevía. Aquellas pisadas vigorosas no tenían nada de la suavidad propia de la carne. No se trataba de garras, ni siquiera de pezuñas. Y ahora estaban tan próximas que, de haber sido producidas por algún animal, debería escucharse su respiración. En semejantes ocasiones nos dejamos guiar por saberes espirituales, intuiciones, sentimientos íntimos; llámenlos como quieran. Ellos me decían que el que me seguía no era uno de los nuestros. Nadie débil y mortal. Tampoco era eso.

Aquellos momentos en que me decidía a mirar para atrás, mientras seguía caminando con la misma firmeza, fueron los más espantosos de toda mi vida. No podía volver la cabeza. Entonces me detuve y me di completamente la vuelta. No sé por qué lo hice. Tal vez la audacia del movimiento me proporcionó un cierto autodominio que me libró del pánico, lo cual hubiera supuesto mi fin. Si hubiera corrido, podrían haberme matado. Giré en redondo a la derecha por dos veces y vi lo que me seguía. Ya les he contado cómo había vitoreado la tala de los álamos. Me acordé del árbol junto al que había estado, y cuya tala había observado por casualidad. Enseguida lo reconocí. Se encontraba en medio del camino. Una raíz, a la que se aferraban varios terrones de tierra, me desafiaba sobre el camino a Lingham. No se crean, por la calma con que les cuento esto ahora, que entonces estaba tranquilo. Decir que no estaba completamente en ascuas sería simplemente una mentira. Una sola cosa seguía obsesionando mi vacilante mente: no debía correr. Recordaba antiguos relatos de hombres perseguidos por leones, y mi mente era capaz de creer en ellos y de actuar según sus enseñanzas. Nunca se debe correr. Era la última muestra de sabiduría que le quedaba a mi pobre juicio.

Desde luego traté de apretar el paso imperceptiblemente. No sé si lo conseguí: el árbol estaba terriblemente cerca. No volví a mirar hacia atrás, pero sabía que estaba allí por el ruido de sus horribles pasos, acercándose renqueante como un enorme cangrejo, y sabía por el susurro de las hojas que las ramas se doblaban hacia atrás como si corriera en pos de mí. Mas no corrí. Y los otros árboles parecían estar observándome. No había en ellos ese aire de reserva propia de las cosas inanimadas, si de verdad lo son; y mucho menos el respeto debido a un hombre. Me encontraba terriblemente solo frente a la cólera de todos aquellos álamos; y la verdad es que yo no había cortado ni uno solo de ellos. Mis rodillas no estaban demasiado débiles para correr; pude haberlo hecho. Fue únicamente mi buen juicio lo que me retuvo, el último vestigio de sensatez que me quedaba. Sabía que, si corría, estaría indefenso ante la colosal persecución del árbol. Es evidente, considerándolo razonablemente, mientras está uno aquí sentado, que cualquier cosa que le persiga a uno, sea la que fuere, jamás va a permitir que se le escape la presa, y que, cuanto más trate uno de escapar, más tiene que excitarla. Además estaban los otros árboles: no sabía lo que harían. Hasta entonces simplemente me habían estado observando, pero me encontraba allí tan terriblemente solo, con nada humano a la vista, que era mejor continuar tranquilamente como si nada pasara, y aprovechar al máximo esa arrogancia -supongo que así debemos llamarla- que revela nuestra actitud hacia las cosas inanimadas. Mientras la tarde oscurecía, las agachadizas comenzaron a aletear ruidosamente sobre el desierto erial que se extendía alrededor de mí. Y en mi espantosa situación, podía haber sentido algún tipo de alivio en aquellas diminutas voces del reino animal; sólo que, de una manera u otra, no podía estar muy seguro de qué lado estaban. Y el graznido de la agachadiza es un ruido muy molesto cuando uno no puede estar seguro de que sea amistoso: todo el aire gime con él. Desde luego nada en él atenuaba la persecución del árbol, como podía haberse esperado si algunos aliados del reino animal se hubieran unido para ayudarme. Los grajos volaban completamente despreocupados, pero la persecución continuaba todavía. A causa de mi terror, empecé a olvidar que era como un hombre. Únicamente recordaba que era un animal. Tenía alguna descabellada esperanza de que, cuando cruzaran los grajos y las plumas de las agachadizas surcaran el aire, esos espantosos álamos que me observaban y ese terror que me perseguía volverían a su posición correcta. Sin embargo, el graznido de las agachadizas únicamente parecía sumarse a la soledad, y los grajos únicamente parecían ayudar a la oscuridad circundante; nada lograba disuadir a los álamos de su terrible usurpación. Sólo me quedaban miserables subterfugios: cojear como si estuviera agotado, pero dando, sin embargo, un paso más largo o más rápido con una pierna que con la otra. Unas veces más largo, otras más rápido; alternativamente; comprobando cuál engañaba mejor. Pero esas pobres payasadas no eran muy útiles; pues cualquiera que siga a alguien sin hacer ruido es probable que calcule su paso a partir de la separación entre él y su presa, así como por la observación de sus andares, y que ajuste el suyo en consecuencia. De manera que, aunque aumenté inmediatamente mi ventaja, pronto volvió a intensificarse el susurro del aire en las ramas, y ese ruido de pasos que todavía escucho por las noches cada vez que tengo pesadillas, un ruido que reconocería al instante por encima de cualquier otro.

Tres millas no parecen mucho: es una distancia no mayor que de aquí a Kensington. Mas conocí a un hombre que fue perseguido mucha menos distancia por un sólo león, y que juró que el trayecto le pareció más largo que cualquier otro que hubiera recorrido antes, o que diez. Y era sólo un león, que respiraba y tenía sangre en las venas como él; tal vez supondría su muerte, pero sería una muerte como la que les llega a millares de personas. Y allí estaba yo, aterrorizado por una experiencia ajena a lo humano, una cosa contra la que ningún hombre se había acorazado jamás, una cosa contra la que nunca imaginé que algún día tendría que enfrentarme. Y no obstante no corrí. Un cambio pareció al fin invadir la soledad. No fue solamente que las luces de Lingham empezaron a brillar; ni el humo de las chimeneas, esas banderolas que el hombre despliega al aire; ni el calor de las casas, que podía llegar hasta mí; era una cierta sensación de más largo alcance que el calor, un cierto ardor que se siente ante la presencia humana. Y no era sólo eso lo que yo sentía: los álamos del camino ya no me observaban con ese excitado interés con que hacía un rato parecían esperar mi muerte.

-¿Cómo hacían notar ese interés? -preguntó Terbut, que nunca puede dejar solo a Jorkens.
-Si usted hubiera estudiado a los álamos durante años y más años -dijo Jorkens-, o si los hubiera observado como yo los observé durante aquel paseo, cuando vastos intervalos de tiempo parecían condensarse en una sola experiencia espantosa, también habría sido capaz de notar que era observado por ellos. Raras veces lo he vuelto a ver desde entonces, y nunca más lo suficiente como para estar completamente seguro; mas entonces fue inconfundible, una cierta tensión forzada en cada hoja, ramas como dedos de un espectro diciendo "chiss" a la aldea; no cabía confusión posible. De pronto las hojas se volvieron a agitar en la templada atmósfera vespertina, las ramas ya no parecían amenazar a nadie, y nada se advertía o se insinuaba o se esperaba de los árboles; si es que se puede utilizar una palabra tan suave como "esperar" para referirse a su tensa expectativa. Y lo que es mejor: tenía la esperanza -ya no podía reclamarla más- de que mi espantoso perseguidor poco a poco se estaba quedando atrás. Y cuando me aproximé a las ventanas la esperanza aumentó. Su suave luz, en parte reflejo de la tarde, en parte debida a los faroles ya encendidos, parecía alejar la influencia de las marismas. Entonces escuché el ladrido de un perro, e inmediatamente después el saludable traqueteo de un coche de caballos, retirándose a su establo. Difícilmente puede valorarse la influencia de esos ruidos sobre cualquier tipo de carácter. Enseguida supe que allí no se había operado ningún cambio. Comprendí que en aquel lugar todavía ostentaba la supremacía el reino animal. Entonces oí, sin lugar a dudas, una cierta vacilación en las pisadas que me seguían. Y no obstante proseguí mi laboriosa caminata al ritmo acostumbrado, fuera el que fuese. Y entonces empecé a oír gansos y patos, más caballos de tiro y de vez en cuando un chico que les gritaba, y perros que les unían, y comprendí que había retornado de nuevo a los dominios del reino animal. Y, de no haber sido por ese terrible golpeteo que todavía oía a mis espaldas, aunque debilitado, casi podría haberme resignado a ser escéptico en cuanto al árbol. Sí, Terbut, tan fácilmente como usted pueda serlo -pues Jorkens vio que su amigo estaba a punto de decir algo-, sentado aquí a buen recaudo.

Finalmente no dijo nada.
-Cuando al fin llegué a la aldea, los pasos eran casi imperceptibles, y sin embargo todavía me seguían. Sólo mis temores podían intentar adivinar hasta dónde se aventuraría el vengativo árbol a penetrar en Lingham para enfrentarse a la arrogante supremacía, e incluso a la incredulidad, de nuestra especie. Me apresuré, sin llegar a correr, hasta llegar a una posada provista de una sólida puerta. Por un momento me detuve y observé la puerta, el tejado y la fachada, para convencerme de que el árbol podría derribarlos fácilmente. Y cuando comprobé que se trataba realmente del refugio que andaba buscando, me introduje como un conejo en su madriguera.

La valerosa presencia de ánimo que mantuve frente al álamo se vino abajo como un roble caído cuando me senté o me tendí en una silla de madera al lado de una mesa, parte de la cual ocupé. La gente se acercó y comenzó a hacerme preguntas. Mas yo no podía hablar. Tres o cuatro obreros que se encontraban allí con su vaso de cerveza, y el propietario de "La Jarra de Ale", me rodearon. No pude hablar nada. Fueron muy amables conmigo. Y cuando comprobé que había recuperado de nuevo el habla, les dije que había sufrido un ataque. No dije de qué, ya que podía habérseme escapado algo para lo que el whiskey no era conveniente, y mi vida dependía de un trago. Me dieron uno. Deseaba contárselo todo en efecto. Me dieron un vaso de whiskey solo. Sencillamente me lo bebí. Y me dieron otro. Créanme, ambos vasos no surtieron en mí ningún efecto. Ni el más leve efecto. Quería otro, pero consideraba que antes debería asegurarme de una cosa. ¿Había allí alguien o algo del exterior esperándome? No me atrevía a preguntarlo sin rodeos.

-Bendita aldea -dije, levantando la cabeza de encima de la mesa-. Y preciosos árboles.
-Aquí no tenemos árboles -replicó uno de los hombres.
-¿Que no tienen árboles? -exclamé-. Le apuesto cinco chelines a que sí.
-No -dijo, y se mantuvo firme. Ni siquiera quiso apostar.
-Creí notar algo como un... -ni siquiera me atreví a utilizar la palabra álamo, de manera que en su lugar dije "árbol".
-Ahí mismo, al otro lado de la puerta -añadí.
-No, no hay árboles -repitió.
-Le apuesto diez chelines -dije.
Me aceptó la apuesta.
-Bueno, jefe, salga fuera y eche una ojeada -dijo.
Ya se imaginarán ustedes que yo no pensaba salir otra vez por aquella puerta. De modo que dije:
-No, usted mismo decidirá. Yo no puedo dar crédito a su memoria contra la mía, pero si sale usted fuera y echa una ojeada, y me dice si hay o no árboles, será suficiente para mí.

Sonrió y pensó que yo estaba un poco chiflado. ¡Ay, Dios, a saber lo que habría pensado de mí si le hubiera contado la pura verdad! Bien, regresó con unas noticias que me estremecieron de parte a parte: había perdido mis diez chelines. Después de eso, pagué mi apuesta y tomé mi tercer vaso de whiskey, que no me había atrevido a tomar antes de saber cómo estaban las cosas. Y aquel tercer whiskey lo logró. Venció mi aflicción, venció mi fatiga y mi terror, y la espantosa sospecha, que en parte atormentaba mi razón, de que esa incuestionable supremacía que la vida animal cree haber establecido tal vez había sido desbaratada. Me venció completamente y caí en un sueño profundo allí en la mesa. Desperté al día siguiente, al mediodía, enormemente recuperado, en un lecho escaleras arriba a donde aquella buena gente me había trasladado. Miré afuera por encima de las tejas rojizas: allá abajo había un patio, entre paredes de ladrillo rojo, con aves de corral y una cabra atada, y una mujer salió a darles de comer; a lo lejos llegaban los viejos ruidos de la granja, contra los cuales el tiempo nada puede hacer. Me deleité con todos esos ruidos propios de la supremacía animal, y, a la luz de aquella clara mañana, sentí una seguridad que de algún modo me decía que mi espantosa experiencia se había acabado.
"Por supuesto, ustedes pueden decir que todo fue un sueño. Pero no se recuerda un sueño así durante tantos años. No, aquel espantoso álamo tenía algo contra el género humano, y con motivo suficiente, lo admito.

No quiero ni pensar en lo que me habría hecho se yo me hubiese puesto a correr.

Y Jorkens dejó de pensar en ello, e hizo una seña con la mano al camarero, para ahogar sus recuerdos.

El pequeño cuarto. Madelene Yale Wynne (1847-1918)

-¿Podría encontrar algún salón para fumar?
-Puedes hacerlo en cualquier otro lado; solamente, tu sabes, Roger, no debes fumar en la casa. Temo que si alguien fuma, la Tía Hannah se pueda enfadar. Ella es de Vermont, Nueva Inglaterra, y es muy enojadiza.
-Déjame a Tía Hannah a mí: podré encontrar su lado tierno. Le preguntaré acerca del viejo capitán y del percal amarillo.
-No es un percal amarillo, sino cretona azul.
-Bueno, entonces una concha amarilla.
-¡No, no! No mezcles las cosas; no sabes lo que te espera.
-Ahora dime de nuevo que es exactamente lo que tengo que esperar, no escuché mucho acerca de ello el otro día; era algo extraño que pasó cuando tu eras niña, ¿no es verdad?
-Algo que comenzó mucho antes de eso, y siguió pasando, y puede que siga, pero espero que no.
-¿Qué pasó?
-Me pregunto si la otra gente, en el auto, puede escucharnos.
-Imagino que no; nosotros no podemos escucharlos a ellos.
-Bien, mamá nació en Vermont, tu sabes; ella fue la única hija de un segundo matrimonio. Tía Hannah y Tía Maria son por ende, medias hermanas de ella, y medias tías mías.'
-Espero que sean la mitad de lindas como tu.
-Roger, habla más bajo, o ciertamente te escucharán.
-Bueno, ¿pero no quieres que sepan que estamos casados?
-Sí, pero no estamos recién casados. Esta es toda la diferencia.
-¡Temes que nos veamos muy felices!
-No; solamente quiero que mi felicidad sea toda mía.
-Bueno, ¿la habitación pequeña?

-Mis tías rebasaban a mamá. Ellas tenían casi veinte años más que mamá. Puedo decir que Hiram y ellas la llevaron ahí. Verás, Hiram fue empleado por el abuelo cuando era joven, y cuando el abuelo murió, Hiram decidió quedarse para trabajar en la granja. Él fue el único refugio de mi madre del decoro de mis tías. Ellas siempre estaban trabajando. Me hacen pensar en aquella mujer de Maine que quiso que su epitafio fuera: 'Fue una mujer que trabajó duro.

-Ellas deben ser bastante mayores. ¿Qué edad tienen?
-Setenta, más o menos; pero morirán de pie; o, al menos, una noche de sábado, luego que todo el trabajo de la casa haya terminado. Eran muy estrictas con mamá, y supongo que ella habrá tenido una infancia solitaria. La casa estaba a casi una milla de cualquier vecino, en la cima de lo que llamaban Stony Hill. Es fría y sombría, incluso hasta en verano. Cuando mamá tenía unos diez años, ellas la enviaron con unas primas en Brooklyn, quienes tenían sus niños, y con quienes era más apropiado que ella se criara. Ella estuvo allí hasta que se casó: no regresó a Vermont en todo ese tiempo, y por supuesto, no vio a sus hermanas, ya que ellas nunca salían de la casa. Ni siquiera fueron a Brooklyn para asistir al casamiento, así que ella y mi padre fueron de viaje de casados allí.

-¿Y ese es el motivo por el que hemos hecho este viaje?
-No Roger, tu no tienes idea que tan fuerte estás hablando.
-Tu nunca me dices eso, excepto cuando estoy por decir una cierta palabrita.
-Bueno, no la digas, entonces, o dila muy, muy bajo.
-Bien, ¿cuál era la cosa extraña?
-Bueno, ellas estaban en la casa, mamá quería llevar a papá derecho al cuarto pequeño; ella le había contado acerca de ello, tal y como yo te conté, y ella le dijo que de todas las habitaciones de la casa, esa era la más apacible. Ella le describió los muebles, los libros y todo, y dijo que estaba ubicada en el ala norte, entre el frente y el cuarto trasero. Bien, cuando fueron a verlo, no había cuarto pequeño allí; solo un armario chino. Ella preguntó a sus hermanas cuándo había sido construído ese armario. Ambas dijeron que la casa había estado así desde su construcción, que nunca habían hecho ningún cambio, excepto para tirar abajo un viejo cobertizo de madera y construir uno más pequeño. Papá y mamá reían a menudo de esto, y cuando alguien se perdía, o desaparecía, ellos siempre decían que se había ido al cuarto pequeño, y cualquier declaración exagerada era denominada 'cuarto-pequeño'. Cuando era niña pensaba que era una frase usual, ya que la escuchaba a menudo. Bien, ellos lo hablaron, y finalmente concluyeron que mi madre habría tenido una imaginación muy frondosa de niña y que habría leído en algún libro algo acerca de un cuarto pequeño, o quizás lo habría soñado, y eso le hizo confundirse y creerlo, de manera que realmente pensaba que el cuarto estaba allí.

-¡Vaya! Por supuesto, tranquilamente pudo haber sido eso.
-Sí, pero tu aún no has escuchado la parte extraña; espera y verás si puedes explicar el resto con la misma facilidad. Ellos estuvieron en la hacienda por dos semanas y luego regresaron a Nueva York para vivir. Cuando yo tenía ocho años mi padre falleció en la guerra, y mi madre estaba muy triste. Ella nunca se recobró del todo, y ese verano, decidimos ir a la casa por los tres meses. Yo era una niña incansable, y el viaje me pareció muy largo: finalmente, para pasar el tiempo, mamá me contó la historia del cuarto pequeño, como fue todo de su imaginación, y como encontró solamente un armario chino. Ella me contó todos los detalles; y a mí, que sabía de antemano que todo lo del cuarto era fantasía, me pareció como si fuera real. Ella dijo que estaba en el ala norte, entre el frente y los cuartos traseros; que era muy pequeño, y que tenía una puerta que abría afuera, que estaba pintada de verde y que estaba cortada al medio, como las viejas puertas holandesas, de manera que podía ser utilizada como ventana si se le abría la parte superior. Frente a la puerta había un sofá; estaba cubierto con una tela, cretona azul, la cual había sido traída por un viejo capitán de Salem de la India. Se la había dado a Maria cuando ella era un niña. Ella había ido a Salem, para estudiar en el colegio durante dos años. Además, el abuelo, originalmente venía de Salem. Pero no había ningún cuarto o cretona. Pensaron que mamá lo imaginó todo, y sin embargo ella me contaba el color de cada cosa, ¡hasta recordaba que Hiram le había contado que Maria se podría haber casado con el capitán si ella lo hubiera querido! La tela de la India tenía dibujos estampados de un pavo. La cabeza y el cuerpo del ave estaban de perfil, mientras que la cola, que se veía detrás, estaba de frente. Parecía haber tomado la imaginación de mamá, ya que ella me lo dibujó en un pedazo de papel mientras me hablaba. ¿No te parece extraño que que ella pudiera inventarlo todo o siquiera soñarlo?

Al pie del sofá había algunas repisitas con algunos libros viejos. Todos los libros tenían tapas de color cuero, excepto uno; este era de un rojo brillante, y era llamado 'Album de Damas'. Marcaba una gran discontinuidad entre los demás libros gruesos. En el estante más bajo había una bella concha rosada, sobre una esterilla hecha de bolitas rojizas. Esta conchilla era muy codiciada por mamá, pero ella solo tenía permitido jugar con esta cuando se portaba muy bien. Hiram le había mostrado como ponérsela en el oído y escuchar el ruido del mar en ella. Se que tu eres como Hiram, Roger, él es un personaje. Mamá recordaba, o creía recordar, haber estado una vez muy enferma, y haber estado acostada varios días en ese sofá; llegó un momento en que estaba tan familiarizada con el lugar que se le dejó jugar con la conchilla todo el tiempo. Le llevaban tostadas con té. Era uno de los recuerdos más afectuosos de su niñez; y fue la primera vez que ella tuvo alguna importancia para alguien. Justo a la cabeza del sofá había una lámpara de pie, que tenía una muy brillante bujía y una charola de bronce. Eso es todo lo que recuerdo de su descripción, excepto por una alfombra en el piso, y sobre la pared un bello papel floreado (rosas e ipomeas en forma de corona sobre un fondo azul claro). El mismo papel que estaba en la pared que tenía la puerta que abría a la habitación."

-¿Y esto solo existió en su imaginación?
-Me dijo que cuando ella y papá fueron allí, no había ninguna habitación pequeña ni nada parecido en toda la casa; solo ese armario chino donde ella creía que tenía que estar el cuarto.
-Y tus tías dijeron que jamás había habido cuarto alguno allí.
-Eso mismo dijeron.
-¿No había ninguna cretona azul en la casa con figuras de gansos?
-Para nada, y Tía Hannah dijo que ella jamás había visto nada parecido; y Maria solo recalcó sus palabras. Tía Hannah es una mujer propia de Nueva Inglaterra. Ella va de un lado para otro, está siempre yendo y viniendo, de una manera muy característica. No creo que en toda su vida se haya recostado jamás, o sentado en una silla. Pero Maria es diferente; ella es suave y gorda; ella nunca tiene ideas propias: nunca tuvo ninguna. No creo que que ella tuviera alguna vez algún pensamiento contrario al de Tía Hannah, así que ¿qué hubiera dicho? Ella era un eco de Hannah. Cuando mamá y yo vinimos aquí, por supuesto, yo estaba muy excitada con ver el armario chino, y tenía una sensación de que iba a ver el cuarto pequeño. Así que corrí y abrí la puerta con rapidez. Y luego me puse a gritar, 'Ven y mira el cuarto pequeño. Y, Roger, dijo Mrs. Grant, colocando su mano en la de él, "había realmente un cuarto pequeño ahí, exactamente donde mi madre lo recordaba. Estaba el sofá, la cretona con el pavo, la puerta verde, la conchilla, el papel con rosas e ipomeas, todo, exactamente como ella me lo habría descripto.

-¿Y que diablos dijeron las hermanas sobre esto?
-Aguarda un minuto y te lo diré. Mi madre estaba todavía en el vestíbulo hablando con Tía Hannah. Ella no me escuchó al principio, pero volví a correr hacia la puerta, y le tomé la mano y la arrastré a través de todas las habitaciones, diciendo, 'el cuarto está ahí'. Pareció por un minuto como si mi madre fuera a desmayarse. Ella me aferró casi aterrorizada. Puedo recordar qué pálida se veía y con qué expresión me miraba. Llamé a Tía Hannah y le pregunté cuando habían sacado el armario chino y construído el cuarto pequeño; en mi excitación pensé que eso había pasado. 'Ese pequeño cuarto siempre ha estado ahí,' dijo Tía Hannah, 'desde que la casa fue construída.' 'Pero mamá me dijo que no había ningún cuarto ahí, solamente un armario chino, lo vio cuando vino con papá,' dije yo. 'No, nunca ha habido un armario chino ahí; siempre ha sido como lo ves ahora,' dijo Tía Hannah. Entonces mi mamá habló; su voz sonaba débil y lejana. Ella dijo, lentamente y como con un esfuerzo, 'Maria, ¿no recuerdas que tu me dijiste que nunca había habido ningún cuarto ahí, y Hannah dijo lo mismo, y entonces yo dije que lo debí haber soñado?' 'No, no recuerdo nada de eso,' dijo Maria, sin la menor emoción. 'No recuerdo que hubieras dicho nada al respecto de ningún armario chino; la casa nunca ha sido alterada; tu solías jugar en esta habitación cuando eras una niña, ¿no recuerdas?' 'Lo sabía,' dijo mamá, en ese tono bajo que me hizo asustar. 'Hannah, no recuerdas mi descubrimiento del armario chino aquí, con la porcelana china con borde dorado en los estantes, y que entonces me dijiste que el armario siempre había estado allí?' 'No,' dijo Hannah, en tono afable y carente de emoción alguna, 'no, no recuerdo que tu me hubieras preguntado acerca de ningún armario con porcelana china, y nosotras nunca tuvimos ninguna porcelana que yo sepa.' Y esto fue lo más extraño de todo. Nunca pudimos hacerlas recordar nada del asunto. Tu puedes imaginarte que ellas habrían recordado cuán sorprendida se había visto antes mamá, a no ser que ella hubiera imaginado todo. ¡Oh, fue todo tan raro! Ellas parecían tan tranquilas, como si no sintieran ningún interés o curiosidad. Esta fue siempre su respuesta: 'La casa siempre había estado así; nunca se hicieron cambios, que yo sepa.'

Y mi mamá estaba agonizando de perplejidad. ¡Con qué frialdad me miraba! Parecía que se quebraría en cualquier momento. Muchas veces, durante ese verano, en el medio de la noche, la vi levantarse, tomar una vela y bajar silenciosamente las escaleras. Puedo escuchar las escaleras de madera crujiendo bajo sus pisadas. Ella iba a través de la habitación del frente y miraba fijamente en la oscuridad, teniendo la vela con su delgada mano. Me parecía que pensaba que el cuarto pequeño podía desvanecerse. Luego volvía a la cama y se revolvía toda la noche, o se quedaba quieta y temblando; eso solía asustarme. Se puso pálida y delgada, y comenzó a tener un poco de tos; no le gustaba quedarse sola. Algunas veces me mandaba a buscar algo al cuarto, un libro, su abanico, su pañuelo; pero nunca quería sentarse allí o dejarme estar mucho tiempo. Algunas veces me prohibía ir durante días enteros. ¡Oh, fue lamentable! Bien, no hablemos más acerca de ello, Margaret, si esto te hace sentir mal," dijo Mr. Grant. Oh, sí, quiero que lo sepas todo, y además ya no hay mucho más por contar... sobre el cuarto.

Mamá nunca se recuperó bien, y falleció ese otoño. Solía llorar y decirme, con una anémica sonrisa, 'Hay una sola cosa por la que me alegro, Margaret: tu padre sabía todo sobre el cuarto pequeño.' Creo que estaba atemorizada de que yo desconfiara de ella. Por supuesto que, siendo solo una niña, pensaba que había algo raro sobre este asunto, pero jamás me había puesto a pensar mucho en eso. Para mí todo era parte de su enfermedad. Pero Roger, tu sabes, en realidad me afectó. Casi odio tener que ir ahí, luego de hablar de ello; me siento como si me fuera a encontrar, tu sabes, con un armario chino de nuevo.

-Esa es una idea absurda.
-Lo se; por supuesto que no puede ser. Vi el cuarto, y no había ningún armario chino ahí, y nunca hubo porcelana china con bordes dorados en esta casa. Y entonces ella susurró, "Pero, Roger, tu debes tomar mis manos como ahora, cuando vayamos a ver el cuarto pequeño.
-¿Y tu no recordarás los ojos grises de Tía Hannah?
-No recordaré nada.

Era el anochecer cuando Mr. y Mrs. Grant llegaron a la puerta, bajo los dos viejos álamos lombardos y caminaron a través de la angosta senda hacia la puerta de la casa, donde se encontrarían con las dos tías. Hannha dio a Mrs. Grant un gélido pero no poco amistoso beso; y Maria pareció por un momento temblar al borde de la emoción, pero miró a Hannah, y luego dio su saludo en la misma manera reprimida manera. La cena ya estaba servida para ellos. En la mesa había porcelana china con bordes dorados. Mrs. Grant no se percató de ellas inmediatamente, hasta que notó la sonrisa de su marido sobre su taza de té; entonces ella se comenzó a sentir nerviosa y no pudo comer. Estaba ansiosa, y se preguntaba constantemente que habría detrás suyo, si un cuarto pequeño o un armario. Luego de la cena, ella ofreció dar una mano con los platos, pero, fue inútil. Maria y Hannah no aceptaban ser ayudadas. Así que ella y su marido fueron a buscar el cuarto pequeño, o el armario, o lo que fuera que hubiera ahí. Tía Maria los siguió, alumbrándolos con una lámpara. Ella luego regresó para continuar lavando la vajilla. Margaret miró a su marido. Él la besó, porque ella se veía preocupada; y entonces, tomándole la mano, abrieron la puerta. La abrieron a un armario chino. Los estantes estaban pulcramente solapados con papel afestonado; sobre ellos estaban las porcelanas; faltaban aquellas piezas que habían sido utilizadas en la cena, y que en ese mismo momento estaban siendo cuidadosamente fregadas y puestas a escurrir por las dos tías.

El marido de Margaret dejó caer su mano y la miró. Ella estaba temblando un poco, y se volvió para pedir ayuda, alguna explicación, pero en un instante se dio cuenta que algo estaba mal. Una nube la había tapado; él estaba herido, estaba contrariado. Hizo una considerable pausa, y luego dijo bondadosamente, pero con una voz que la serruchó profundamente:

-Estoy feliz que esta cosa ridícula haya terminado; no hablemos de nuevo de esto.
-¡Terminado! -dijo ella-. ¿Cómo terminado?" Y su voz sonó tal y como la de su madre, cuando parada en ese mismo lugar, cuestionó a sus hermanas acerca del cuarto pequeño. Ella parecía tener que arrastrarse para expulsar sus palabras. Habló lentamente: "Me parece que en mi caso, este es solo el comienzo. Fue como cuando mi madre..."

-Margaret, en verdad deseo que dejemos este asunto. No quiero comenzar a escucharte hablar de tu madre y su relación con esto..." -Él vaciló, ya que estaban en su noche de casamiento.- No parece oportuno, delicado, tu sabes, utilizar su nombre en esto.

Ella vio todo el panorama: él no le creía. Sintió un escalofrío bajo su mirada.

-Vamos, -agregó-, dejemos esto, vamos al salón, a algún lado, cualquier otro sitio, solo dejemos esta tontería.

Él salió; ya no la tomaba de la mano, estaba fastidiado, desconcertado, herido. ¿No le había dado su simpatía, su atención, su confianza, y su mano? Y ahora ella estaba tomándole el pelo. ¿Qué significaba esto? Ella era tan veraz, tan lejana a cosas morbosas. Él caminó de un lado a otro, bajo los álamos, tratando de calmarse un poco y volver a reunirse con ella en la casa. Margaret le escuchó saliendo; entonces ella se volvió y sacudió los estantes; pasó su mano por detrás de ellos y trató de apretar las tablas; caminó por toda el ala norte de la casa, en la oscuridad, y trató de encontrar con sus manos, una puerta o algún escalón que diera a una puerta. Ella se desgarró el vestido en un viejo rosal, se tropezó, cayó y se levantó, luego se sentó en el piso y trató de pensar. ¿Qué podía pensar? ¿Qué estaba soñando? Ella entró en la cocina y le suplicó a Tía Maria que le contara sobre el cuarto pequeño, que había pasado con él, cuando había sido puesto el armario, cuando habían comprado ellas la porcelana china con borde dorado. Ellas estaban terminando de lavar los platos y estaban secándolos metódicamente con repasadores inmaculados; y mientras seguían trabajando dijeron que nunca había habido ningún cuarto pequeño, hasta donde ellas sabían; que el armario chino siempre había estado allí, y que la porcelana china había pertenecido a su madre, y siempre había estado en la casa.

"No. No recuerdo que tu madre jamás nos preguntara sobre algún cuarto pequeño," dijo Hannah. "Ella no estaba muy bien ese verano, pero nunca preguntó sobre ningún cambio en la casa; nunca hemos hecho cambios."

Ahí estaba de nuevo: ningún signo de interés, curiosidad o contrariedad. Ella salió para verlo a Hiram. Él estaba hablando con Mr. Grant sobre la granja. Ella quería preguntarle sobre el cuarto, pero sus labios estaban sellados ante su marido. Meses después, cuando el tiempo hubo reducido tales sentimientos, ella intentó conjeturar razones para el fenómeno, que Mr. Grant había aceptado como algo no para ridiculizar o para que fuera tratado con burla, sino para ser puesto como algo inexplicable por teorías ordinarias o comunes. Margaret solo en su corazón, sabía que las palabras de su madre tenían una profunda significancia, más de la que ella había soñado jamás: 'Hay una sola cosa por la que me alegro, Margaret: tu padre sabía todo sobre el cuarto pequeño,' y ella se preguntaba si Roger le creería. Cinco años después, ellos estaban por viajar a Europa. Las maletas ya estaban hechas, y los niños estaban dormidos, pero con sus cosas de viaje listas para una rápida partida. Roger tenía un puesto en el exterior. No volverían a América por algunos años. Ella había querido ir a decir adiós a sus tías; pero una madre de tres chicos intenta hacer muchas cosas que al final no logra. Una cosa ella quería hacer un día, y, haciendo una pausa por un momento, antes de comenzar a escribir dos notas que debían ser enviadas antes de irse a la cama, dijo:

-Roger, ¿recuerdas a Rita Lash? Bien, ella y su prima Nan van a las montañas Adirondacks cada otoño. Ellas son chicas listas, y les he encargado con algo que quería hacer desde hace mucho.
-Ellas son las chicas para la tarea, entonces.
-Lo se, y ellas van a hacerlo.
-¿Bien?
-Es que, verás, Roger, ese cuarto pequeño...
-¡Oh...!
-Sí, fui una cobarde por no ir yo misma, pero no tuve tiempo, y tampoco tuve el coraje.
-¡Oh! Era eso, era eso.
-Sí, solo eso. Ellas irán, y luego nos escribirán.
-¿Quieres apostar?
-No; solo quiero saber.

Rita Lash y su prima Nan planeaban pasar por Vermont en su camino a las Adirondacks. Tenían tres horas libres entre dos trenes, lo que les daba tiempo para dirigirse a la granja de las Keys, y de poder llegar al anochecer al campamento. Pero, a último minuto, Rita estuvo impedida de ir al campamento. Nan tuvo que ir al campamento de las Adirondacks, y prometió telegrafiarle cuando llegase. Imaginen la sorpresa de Rita cuando reicibió este mensaje:

"Llegué bien; también fui a la granja Keys; es un cuarto pequeño."

Rita estaba asombrada, ya que no pensaba en lo más mínimo que Nan fuera allá. Ella creía que era todo un engaño; pero se puso en mente llevar la broma hasta realmente detenerla cuando ella volviera, cosa que anunció para el día siguiente. Ella fue allá. Se presentó ante las dos tías solteronas, que parecían familiares, tal y como se las habría descripto Mrs. Grant. Ellas, a pesar de no mostrarse cordiales, no estaban desconcertadas por esta visita, y quisieron mostrarle toda la casa. Como ellas dijeron que no habían recibido la visita de ningún extraño últimamente, ella confirmó su sospecha de que Nan nunca había estado allí. En el cuarto norte, ella vio el empapelado de rosas e ipomeas en la pared, y también la puerta que se abría a... ¿qué?

Ella les preguntó si podía abrirla.

"Ciertamente," dijo Hannah; y Maria repitió, "Ciertamente."

Rita la abrió y encontró un armario chino. Experimentó un cierto alivio; al final no era ningún hechizo. Mrs. Grant había visto un armario chino; ella encontró lo mismo. Bien. Pero luego trató de inducir a las viejas hermanas a recordar que durante varias veces, le habían hecho ciertas preguntas relativas a una confusión sobre si el armario había sido siempre un armario. Pero fue inútil; sus ojos pétreos no dieron signo alguno. Entonces ella pensó en la historia del capitán, y dijo: "Miss Keys, ¿alguna vez usted tuvo un sofá cubierto con cretona india, con una figura de un pavo en ella, que se la dio en Salem un capitán de barco, quien la habría traído de la India?"

-No, jamás me dieron eso, -dijo Hannah. Eso fue todo. Ella creyó ver que las mejillas de Maria estaban un poco sonrojadas, pero sus ojos mantenían el aspecto pétreo.

Esa noche, Rita llegó a las Adirondacks. Cuando ella y Nan estuvieron solas en su cabaña, Rita dijo:

-Por cierto, Nan, ¿qué viste en la casa? ¿Y cómo te cayeron Maria y Hannah?

Nan no sospechaba que Rita hubiera estado allí, y ella comenzó a narrar excitadamente el relato de su visita. Rita casi estaba por creer que Nan había ido allí, si no hubiera estado segura que no fue así. Ella la dejó continuar su narración por algún tiempo, acompañando con entusiasmo la impresionante manera que ella describió el momento en que abrió la puerta y encontró el 'cuarto pequeño.' Entonces, Rita dijo:

-Ahora, Nan, ya son suficientes mentiras. Ayer, fui a la casa yo misma, y no había ningún cuarto pequeño, y nunca había habido ninguno; es un armario chino, tal y como Mrs. Grant dijo que vio.

Ella pretendió estar ocupada desempacando sus pertenencias, y no miró por un momento; pero como Nan no decía ninguna palabra, ella la miró por sobre su hombro. Nan estaba muy pálida, y es difícil de decir si estaba enojada o asustada. Había algo de ambas cosas en su aspecto. Y entonces, Rita comenzó a explicar como su telegrama le había alentado a ir a la casa sola. Ella no había tenido la intención de interceptar a Nan. Solo pensó... Entonces Nan la interrumpió:

-No es así; estoy segura que tu no puedes pensar así. Pero yo fui sola, y tu no fuiste; no pudiste haber estado allí, ya que hay un cuarto pequeño.

¡Oh, qué noche fue esa! No pudieron dormir. Hablaban y debatían, y se quedaban calladas un rato, solo para comenzar de nuevo. Fue tan absurdo. Ambas decían que habían estado allí, y cada una estaba segura que la otra estaba loca o se obstinaba en algo sin razón. Era ridículo, dos amigas discutiendo por algo tan raro; pero así fue: 'cuarto pequeño,' 'armario chino,'... 'armario chino,' 'cuarto pequeño.' A la mañana siguiente Nan fue a clavar un tejido en las ventanas, para mantener a los mosquitos fuera. Rita ofreció su ayuda, ya que había hecho eso mismo durante los últimos diez años. Y Nan le respondió: "No, gracias," lo que partió el corazón.

-Nan, -dijo ella-, ve y haz tu cartera. La diligencia parte en solo veinte minutos. Vamos a ir a tomar el tren de la tarde, y vamos a ir juntas a la casa. O vamos ahí o volvemos a casa.

Nan no dijo una palabra. Ella recogió el martillo y unas tachuelas, y se alistó para salir cuando la diligencia pasara. Fueron treinta millas de diligencia y seis horas de tren, además de cruzar el lago; pero esto no era nada a tener que estar juntas y con relación de tirantez. Europa quedaba cerca si era necesario resolver esta cuestión. En el pequeño empalme de Vermont, ellas encontraron a un granjero con una carreta llena de bolsas de harina. Le preguntaron si no podía llevarlas a la granja de las viejas Keys, y traerlas de nuevo para tomar el tren de vuelta, es decir en dos horas. Ellas habían planeado decir que estaban en plan artístico, diciendo que: "Estuvimos antes allá, somos artistas, y queremos encontrar algunas vistas que valgan la pena, visitando esta casa."

-¿Vosotras queréis pintar la vieja casa?

Ellas dijeron que era muy factible tal cosa y que querían verla bien.

-Wow, supongo que habéis llegado tarde. La casa se quemó anoche, y todo en ella.