jueves, 30 de julio de 2015

A su esquiva amada. Andrew Marvell (1621-1678)

De tener tiempo y mundo suficientes,
no sería delito tu recato.
Dónde ir pensaríamos, sentados,
y en pasar nuestro amor en largo día.
Tú, en las riberas índicas del Ganges
en busca de rubíes; yo, plañendo
en las ondas del Humber. Te amaría
desde diez años antes del Diluvio:
y rehusar podrías, si quisieseis,
hasta la conversión de los judíos.
Mi vegetal amor se extendería
más vasto que un imperio y más despacio.
Unos buenos cien años yo daría
para alabar tus ojos y tu frente,
doscientos adorando cada pecho:
y quizá treinta mil en cuanto resta.
Mil años, por lo menos, cada parte,
si al fin tu corazón se me mostrase.
Pues, Señora, mereces tal respeto;
y amarte no podría a menos precio.

Pero, detrás de mí, yo siempre escucho
la carroza del tiempo, inexorable:
y allende de nosotros se dilatan
desiertos de la vasta eternidad.
No tendrás todo el tiempo tu belleza,
ni habrá de resonar en tu sepulcro
el eco de mi canto: pues gusanos
probarán tu inmortal virginidad:
tu honor sin par se habrá tornado polvo;
muertas cenizas todo mi deseo.
La tumba es un lugar íntimo y bello,
pero creo que allí nadie se abraza.

Por eso, ahora, cuando un fresco tinte
vive en tu piel cual matinal rocío,
y mientras tu alma diáfana transpire
por cada poro fuegos instantáneos,
vámonos a gozar mientras podamos;
como amorosas aves de rapiña,
devoremos al punto nuestro tiempo,
en vez de perecer entre sus fauces.
Envolvamos, pues, todas nuestras fuerzas,
nuestra dulzura toda, en una esfera:
nuestros placeres, bastos, adentremos
por el portal de hierro de la vida.
Si parar no podemos nuestro sol,
al menos obliguémoslo a correr.

La definición del amor. Andrew Marvell (1621-1678)

Un nacimiento tuvo mi amor tan raro
Como extraño y elevado es su objeto;
Fue por la Desesperación engendrado
Y por la Imposibilidad, al tiempo.

Sólo la Magnánima Desesperación
Pudiera mostrarme algo de tan divina escala,
Allí donde la débil Esperanza nunca voló
Sino que en vano agitó sus alas doradas.

Y, sin embargo, veloz llegar yo podría
Donde mi alma extendida anhela;
Pero el Destino se interpone a porfía
Clavando ante mí cuñas férreas.

Si el Destino con ojo celoso adivina
Dos amores perfectos, les separa,
Pues con su unión fraguan su ruina
Y de su poder tiránico escapan.

Y, por tanto, sus designios de acero
Nos han situado lejos como los polos
(Aunque gire sobre nosotros el amor sincero)
Que no pueden abrazarse uno al otro.

A no ser que cayera el vertiginoso cielo,
Y por una nueva convulsión todo fuera quebrado,
Y, para unirnos, el mundo por completo
Se apretara en un solo plano.

Como las líneas, los amores oblicuos a veces
En cada ángulo se abrazan,
Pero los nuestros, tan paralelos siempre,
A través del infinito separados avanzan.

Por tanto, el amor que atado hemos,
Y al que el Destino cruel se enfrenta,
Es la conjunción del pensamiento,
Y contrario a las Estrellas.

Círculo. Edwin Markham (1852-1940)

Él dibujó un círculo y me encerró
un renegado, un hereje, algo para desobedecer
Pero el amor y yo somos perspicaces para ganar;
dibujamos un círculo que lo encerró dentro.

Epitafio.Edwin Markham (1852-1940)

Aquí yacen las cenizas de Edwin Markham
pero, Gloria a Dios, él no está aquí, está muy lejos
cumpliendo grandes tareas bajo los poderosos cielos
y apurándose para llegar a una estrella melodiosa.

El hombre de la azada. Edwin Markham (1852-1940)

Agobiado por el peso de los siglos,
se apoya en la azada y mira el suelo,
el vacío insondable en los ojos,
y en el hombro la carga del mundo.
¿Quién le privó de gozo y desaliento
y le hizo inmune al pesar y la esperanza,
un ser que, como el buey, es flema y pasmo?
¿Quién dejó así abierta la brutal boca?
¿De quién fue la mano que sesgó su frente?
¿De quién el soplo que extinguió sus luces?

¿Es éste el ser a quien el Señor hizo y otorgó
el dominio de tierras y mares,
seguir los astros, buscar el poder de los cielos,
sentir pasión por lo Eterno?
¿Es éste el sueño de quien formó los soles
y en el vacío atemporal trazó sus rutas?
Ni en la última sima de todas las grutas del averno
hay forma humana más terrible que ésta,
más clamante contra la ciega codicia del mundo,
más llena de negros augurios para el alma,
más cargada de peligro para el universo.

¡Qué abismos le separan de los serafines!
Esclavo de la brega cotidiana,
¿qué es Platón para él, y el vaivén de las Pléyades?
¿Qué las inmensidades de las cimas sonoras,
la rendija del alba, el arrebol de la rosa?
A través de esta forma espantosa mira un padecer de siglos;
la tragedia del tiempo habita en su doliente encorvadura;
a través de esta forma espantosa, la humanidad
engañada, expoliada, profanada y desheredada
grita su protesta a las Potencias que hicieron el mundo,
una protesta que es también profecía.

Oh, dueños y señores, dirigentes del orbe,
¿es ésta la obra que dais a Dios,
este monstruoso ser deforme con el alma a oscuras?
¿Cómo conseguiréis enderezar su forma,
bañarlo nuevamente de inmortalidad,
devolverle la mirada alta, la luz,
reponer en él la música y el sueño,
corregir las inmemoriales infamias,
las pérfidas ofensas, los incurables males?

Oh, dueños y señores, dirigentes del orbe,
¿cómo tratará el futuro con este Hombre?
¿Cómo responderá a su brutal pregunta cuando
el torbellino de la rebelión sacuda la tierra?
¿Qué será entonces de reinos y reyes,
de quienes lo moldearon en el ser que es,
cuando este mudo Terror se alce para juzgar al mundo,
tras el silencio de los siglos?