sábado, 15 de agosto de 2015

Paraíso perdido. John Milton (1608-1674)

¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno,
recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu
no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alguno.
El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo
puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo.
¿Qué importa el lugar donde yo resida,si soy el mismo que era,
si lo soy todo, aunque inferior a aquel
a quien el trueno ha hecho más poderoso?
Aquí, al menos, seremos libres,
pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio
para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él;
aquí podremos reinar con seguridad, y para mí,
reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno,
porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo.
Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos,
a los partícipes y compañeros de nuestra ruina,
yacer anonadados en el lago del olvido?
¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros
esta triste mansión, o intentar una vez más,
con nuestras fuerzas reunidas, si hay todavía algo que
recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?»

Paraíso perdido. Segunda parte. John Milton (1608-1674)

En un trono de excelsa majestad, muy superior
en esplendidez a todas las riquezas de Ormuz y de la India,
y de las regiones en que el suntuoso Oriente
vierte con opulenta mano sobre sus reyes
bárbaros perlas y oro, encúmbrase Satán,
exaltado por sus méritos a tan impía eminencia;
y aunque la desesperación lo ha puesto en dignidad
tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura;
y tenaz en su inútil guerra contra los cielos
no escarmentado por el desastre,
da rienda así a su altiva imaginación:
«¡Potestades y dominaciones, númenes celestiales!
Pues no hay abismo que pueda sujetar
en sus antros vigor tan inmortal como el nuestro,
aunque oprimido y postrado
ahora no doy por perdido el cielo.
Después de esta humillación, se levantarán
las virtudes celestes más gloriosas y formidables que
antes de su caída, y se asegurarán
por sí mismas del temor de una segunda catástrofe.
Aunque la justicia de mi cerebro
y las leyes constantes del cielo me designaron
desde luego como vuestro caudillo,
lo soy también por vuestra libre elección,
y por los méritos que haya podido contraer
en el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida
se ha reparado, en gran parte al menos,
dado que me coloca en un trono más seguro,
no envidiado y cedido con pleno consentimiento.
En el cielo el que más feliz es por su elevación
y su dignidad, puede excitar la envidia
de un inferior cualquiera; pero aquí,
¿quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto,
se halla más expuesto, por ser vuestro antemural
a los tiros del Tonante, y condenado a sufrir
lo más duro de estos tormentos interminables?
Donde no hay ningún bien que disputar,
no puede alzarse en guerra facción alguna,
pues nadie reclamará, seguramente,
el bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación
en la pena actual, para codiciar por espíritu de ambición,
otra más grande. Con esta ventaja, pues,
para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia,
que no se conocerán mayores en el cielo,
venimos ya a reclamar nuestra antigua herencia,
más seguros de triunfar que si nos
lo asegurase el triunfo mismo.
Pero cuál sea el medio mejor,
si la guerra abierta o la guerra oculta,
ahora lo examinaremos; hable quien
se sienta capaz de dar consejo.»

Paraíso perdido. Tercera parte. John Milton (1608-1674)

¡Salve sagrada luz hija primogénita del cielo
oh destello inmortal del eterno Ser!
¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es luz,
y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada,
y por consiguiente en ti, resplandeciente
efluvio de su increada esencia?
Y si prefieres el nombre de puro raudal de éter,
¿quién dirá cuál es tu origen, dado
que fuiste antes que el sol, antes que los cielos,
cubriendo a la voz de Dios, como con un manto,
el mundo que salía de entre las profundas
y tenebrosas hondas, arrancado
al vacío informe e, inconmensurable?
Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas,
dejando el Estigio lago, en cuya negra mansión
he permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba
cruzando tenebrosas regiones y no menos
sombríos ámbitos, canté el Caos y la eterna Noche
en tonos desconocidos a la cítara de Orfeo.
Guiado por una musa celestial, osé descender
a las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo;
arduo y penoso empeño. Seguro ya, vuelvo a ti,
siendo tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos
que en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir
claridad alguna: a tal punto ha consumido
sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas de espeso velo.
Más alentado por el amor que me inspiran
sagrados cantos, recorro sin cesar
los sitios frecuentados por las Musas,
las claras fuentes los umbríos bosques,
las colinas que dora el sol; y a ti sobre todo,
¡oh Sión!, a ti, y a los floridos arroyos
que bañan tus santos pies y se deslizan
con suave murmullo, me dirijo durante la noche.
Ni olvido tampoco a aquellos dos,
iguales a mi en desgracia (¡así los igualará en gloria!),
el ciego Tamiris y el ciego Meónides,
ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo,
deleitándome entonces con los pensamientos
que inspiran de suyo armoniosos metros,
como el ave vigilante que canta en la oscura sombra,
y oculta entre el espeso follaje hace oír sus nocturnos trinos.
Así con el progreso del año vuelven las estaciones;
(...)

Paraíso perdido. Cuarta parte. John Milton (1608-1674)

Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego
los angélicos escuadrones, y desplegando en circular ala
sus falanges, lo rodeaban, apuntándole con sus lanzas;
como cuando en los campos de Ceres,
maduras para la siega, se mecen
las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado,
según de donde se agita el viento,
y el labrador las contempla con inquietud,
temiendo que todos aquellos haces
en que cifra su mayor logro,
no vengan a convertirse en inútil paja.
Alarmado Satán en vista de aquella actitud,
hizo sobre sí un esfuerzo,
y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas
proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife.
Toca su cabeza en el firmamento y lleva en su casco
el Horror por penacho de su cimera;
ni carece tampoco de armas,
dado que empuña una lanza y un escudo.
Tremenda lid se hubiera suscitado entonces,
que no sólo el Paraíso sino la celeste
bóveda hubiera conmovido en torno,
y aun, puesto en grave conflicto todos los elementos
a impulsos de choque tan irresistible,
si previendo aquella catástrofe no hubiera el Omnipotente
suspendido en el cielo su balanza de oro,
que desde entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión.
En aquella balanza había pesado Dios todo lo creado;
la tierra esférica en equilibrio con el aire;
y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos,
la suerte de las batallas y de los imperios.
Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del combate,
y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo señalaba;
y entonces dijo Gabriel a su Enemigo:
"Conozco, Satán, tus fuerzas como tú dices conoces las mías:
ni unas ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado".

Paraíso perdido. Décima parte. John Milton (1608-1674

Súpose al punto en el cielo el acto de odio y desesperación
consumado por Satán en el Paraíso, y cómo,
disfrazado de serpiente había seducido a Eva,
y ésta a su marido, para comer el funesto fruto,
pues, ¿qué cosa puede ocultarse a la vigilancia
de Dios que lo ve todo, ni engañar su previsión
que a todo alcanza? Sabio y justo el Señor
en cuanto dispone, no había impedido a Satán
que tentase el ánimo del Hombre, a quien dotó
de suficiente fuerza y entera libertad para descubrir
y rechazar las astucias de un enemigo o de un falso amigo.
Que bien conocían nuestros primeros padres,
y no debieron olvidar jamás la suprema prohibición
de no tocar a aquel fruto, por más que a ello los incitaran,
pues por desobedecer este mandato,
incurrieron en tal pena (¿qué menor podían esperarla?)
y su crimen, por suponer otros varios,
bien merecía tan triste suerte.
Silenciosos y compadecidos del Hombre,
se apresuraron a ascender desde el Paraíso
al Cielo los ángeles custodios.
De aquel suceso colegían lo desventurado que iba a ser,
y se maravillaban de la sutileza de un enemigo
que así les había ocultado sus furtivos pasos.
Luego que tan funestas nuevas llegaron a las puertas
del cielo desde la tierra, contristaron a cuantos las oyeron.
Pintóse esta vez en los semblantes celestiales
cierta sombría tristeza, que mezclada con un sentimiento
de piedad, no bastaba, sin embargo,
a turbar su bienaventuranza. Rodearon los eternos moradores
a los recién llegados en innumerable multitud,
para oír y saber todo lo acaecido; y ellos se dirigieron
al punto hacia el supremo trono, como responsables
del hecho, a fin de alegar justos descargos
en favor de su extremadavigilancia,
que fácilmente podían probar; cuando el Omnipotente
y eterno Padre, desde lo interior de su misteriosa nube,
y entre truenos hizo así resonar su voz:
«Ángeles aquí reunidos, y vosotros Potestades
que volvéis de vuestra infructuosa misión,
no os aflijáis ni turbéis por esas novedades de la tierra,
que aun con el más sincero celo, no habéis podido precaver
ya os predije no ha mucho tiempo lo que acaba de suceder;
cuando por primera vez, salido del infierno,
el Tentador atravesó el abismo.
Entonces os anuncié que prevalecerían sus intentos;
que en breve realizaría su odiosa empresa;
que el Hombre sería seducido y se perdería,
dando oídos a la lisonja y crédito a la impostura
contra su Hacedor. Ninguno de mis decretos ha concurrido
a la necesidad de su caída; no he comunicado
el más leve impulso al albedrío de su voluntad,
que siempre he dejado libre y puesta en el fiel de su balanza.
Pero al fin ha caído. ¿Qué resta hacer más que dictar la
mortal sentencia que su trasgresión merece,
la muerte a que queda sujeto desde este día?
Presume que la amenaza será vana e ilusoria, porque no ha
sentido ya el golpe inmediatamente como temía;
pero en breve verá que el aplazamiento no es perdón,
lo cual experimentará hoy mismo.
No ha de quedar burlada mi justicia
como lo ha quedado mi bondad.
Pero ¿a quién enviaré por juez?
¿A quién, sino a ti, Hijo mío,
que en mi lugar riges el universo,
a ti que ejerces, transmitido por mí,
todo juicio en los cielos, en la tierra y en los infiernos?
Con esto se persuadirán de que procuro conciliar
la misericordia con la justicia al enviarte a ti,
amigo del Hombre, mediador suyo,
designado para servirle de rescate
y ser voluntariamente su Redentor,
como estás destinado a convertirte en hombre
y a ser juez de su humillación.»

Soneto 19. John Milton (1608-1674)

Cuando pienso cómo mi luz se agota
Tan pronto en este oscuro y ancho mundo
Y ese talento que es la muerte esconder
Alojado en mí, inútil; aunque mi alma se ha inclinado

Para servir así a mi Creador, y presentarle
Mis culpas y ganar su aprecio
¿Qué trabajo el mandaría ya que me negó la luz?
Pregunto afectuosamente. Pero la paciencia, para prevenir

Ese murmullo, pronto responde: "Dios no necesita
Ni la obra del hombre ni sus dones: quienes mejor
Soporten su leve yugo mejor le sirven. Su mandato

Es noble; miles se apresuran a su llamada
Y recorren tierra y mar sin descanso.
Pero también le sirven quienes solo están de pie y esperan.

Soneto 22. John Milton (1608-1674)

Ciriaco, este día que dura tres años, estos ojos limpios
De mancha o impureza, para mirar hacia fuera;
Privados de luz, han olvidado la visión,
Y no aparece para estos perezosos la vista

Del sol, o la luna o las estrellas a lo largo del año,
O el hombre o la mujer. Aún yo no razono
Contra la mano del Cielo o su voluntad, ni disminuyo una pizca
De corazón o de esperanza; mas todavía navego con viento a favor y llevo

El timón derecho hacia delante. ¿Qué me sostiene, preguntas tú?
La conciencia, amigo, de haberlos perdido navegando con viento en contra
En defensa de las libertades, mi noble misión,

De la que habla toda Europa de costa a costa.
Este pensamiento podría conducirme a través de la vana máscara del mundo;
Contento aunque ciego, no tengo mejor guía.

Según Adriano. William Stanley Merwin.

Alma diminuta apenas una brizna
pequeña viajera
¿dónde te quedarás ahora
toda pálida toda sola
,si antes solías
reirte de todas las cosas?

La hebra. William Stanley Merwin.

Noche la cuenta negra
una hebra la atraviesa
con el sonido de un respiro

las luces aún están allí
desde hace mucho tiempo
cuando no eran vistas

en la mañana
me era explicado
que aquel

a quien llamamos
estrella de la mañana
y estrella del atardecer
son lo mismo.

Presidentes. William Stanley Merwin.

El presidente de la vergüenza tiene su propia bandera
el presidente de la mentira cita la voz
de Dios
como la última en tomarse en cuenta
el presidente de la lealtad recomienda
ceguera a los ciegos
caramba
aplausos como el taconeo de los colgados
camina sobre ojos
hasta que se rompen
después cambia de vehículo
no hay presidente de la pena
es un reino
antiguo absolutamente sin colores
a su gobernante nunca se le ve
las oraciones ruegan por él
también la banderas vacías como pieles
el silencio mensajero corre por la inmensidad
con la boca negra
abierta
el silencio trepador se despeña desde los acantilados
con la boca negra como
una llamarada
no existe más que un tema
pero se lo repite
infatigablemente.

Canción de las tres sonrisas. William Stanley Merwin.

Déjame llamar a un fantasma
Amor, así tan breve:
en Diciembre abrazamos
sin pensar en el clima.

¿A quién daré hoy gracias
por esta fortuna de agua?
Tu corazón ama puertos
donde soy extranjero.

¿Dónde fuimos un poema
sin deseo de un otro
doce días, doce noches
en cada ojo del otro?

¿O fue en lo de Babel
con los días tan breves
que hablamos nuestra lengua
sin deseo de otra?

Si una semilla florece
pon una piedra sobre ella
y que aprenda de tal suerte
la santa caridad.

Si debes sonreír
por siempre en aquel otro
córtame de oreja a oreja
y todos sonreíremos juntos.

Otro río. William Stanley Merwin.

Los amigos se han ido de casa lejos hacia el valle
de ese río en cuyo estuario
el hombre de Inglaterra navegó su propia era
a tiempo para asir el paisaje de los últimos bosques
tupidos en negro los remotos bordes
del agua majestuosa siempre ella
se me apareció como arrivo justo como
un atardecer comenzado y hacia el final
del verano cuando la superficie convergente
pone algo como un solitario vasto espejo contemplando
hacia arriba hacia la luz perla que fue
ya manchada con el primer azafrán
del ocaso en la que los vacilantes rastros altos
de pájaros migrantes fluyeron hacia el sur aunque
no hubo fin para ellos el viento ha caído y la marea
y la corriente parecieron suspender un momento
en balance y el chirrido y el golpear
del bosque detuvieron una vez todo y las voces conocidas
murieron fuera y los olores y la mecida
y la inanición del viaje han devenido
un sueño tras ellos pues hoy yacen en calma
sobre el reflejo de su Media Luna
mientras el cielo ardía y luego la marea se elevó sobre ellos
el pasaje oscuro y ellos no tienen nombre.

Ogros. William Stanley Merwin.

Toda la noche me despertaba la lluvia
que caía despacito entre las hojas
en el valle durmiente bajo la ventana
y la Paula dormida aquí a mi lado y
junto a la cama los perros
roncaban, el murmurrar
de olas bajitas en una playa
me asombra la fortuna de este
momento en la totalidad de la noche este
favor sin nombrar, mientras nos dure
este resuello de paz y entonces
me acuerdo de los farsantes en el poder
que en este momento idean
sus masacres en mi nombre
¿de cuál parte de mí pudieron haberse
originado, nacerían de mi odio y los dragarían
de lo hondo y más amargo de mi vergüenza?

Ningún hombre es una isla. Todos los hombres buscan paz... Thomas Merton (1915-1968)

Todos los hombres buscan paz primero de todo con ellos mismos. Esto es necesario, porque nosotros no encontramos descanso naturalmente ni siquiera en nuestro propio ser. Debemos aprender a estar en comunión con nosotros mismos antes de que podamos comunicarnos con otros hombres y con Dios.
Un hombre que no está en paz consigo mismo necesariamente proyecta su lucha interior en la sociedad de aquéllos con quien vive, y esparce un contagio del conflicto todo a su alrededor. Incluso cuando trata de hacer el bien a otros, sus esfuerzos son inútiles, ya que no sabe cómo hacer el bien a sí mismo.
En momentos de loco idealismo, puede estar decidido a hacer feliz a otra gente: y al hacerlo los apabullará con su propia infelicidad. Él busca encontrarse a sí mismo de alguna forma en el proceso de hacer felices a otros. Por lo tanto se arroja a la tarea. Como resultado, obtiene de este trabajo todo lo que puso en él: su propia confusión, su propia desintegración, su propia infelicidad.

La biografía. Thomas Merton (1915-1968)

Oh, leed los versos de los cargados azotes
Y lo que está escrito en sus terribles advertencias:
«La Sangre resbala por los muros de la ciudad de Cambridge.
Tan inútil como las aguas del angosto río.
Mientras el garito y la callejuela se juegan Su vestidura.»
Aunque mi vida está escrita en el Cuerpo de Cristo como un mapa,
Los clavos han impreso en aquellas manos abiertas
Más que los abstractos nombres de los pecados,
Más que los países y las ciudades:
Los nombres de las calles, los números de las casas,
El recuento de los días y las noches
En que yo Lo he asesinado en cada plaza y calle.
Lanza y espina, y azote y clavo
Han más que hecho Su carne mi crónica,
Mis jornadas, más que mordido Sus sangrantes pies.
Cristo, desde mi cuna, yo sabía que Tú estabas donde quiera,
Y aunque pecaba caminaba en Tí y sabía que Tú eras mi mundo:
Tú eras mi Francia y mi Inglaterra,
Mis mares y mi América:
Tú eras mi vida y aire y sin embargo no te confesaba.
¡Oh! Cuando yo te amaba, aun cuando yo te odiaba,
Amándote y no obstante rechazándote en todas las glorias de tu Universo,
Era Tu carne viva lo que rasgaba y pisoteaba, no el aire y la tierra:
No es que tú nos sientas en las cosas creadas,
Sino que el saberte a Tí en ellas hacía de cada pecado un sacrilegio
Y cada acto de concupiscencia se convertía en una profanación.
Te vejaba y deshonraba a Tí como en tu Eucaristía.
Y, con todo, por cada herida Tú me despojabas de un crimen,
Y, como cada golpe era pagado con Sangre,
Tú me pagabas cada gran pecado con más grandes gracias.
Pues aun cuando te mataba Tú te convertías en un ladrón mayor
Que los que te rodeaban,
Hurtándome mis pecados para Tu vida moribunda,
Robándome aun de mi muerte.
¿Dónde, en qué cruz mi agonía vendrá...?
No te lo pregunto:
Porque está escrita y consumada aquí, en cada crucifijo, en cada altar,
Es mi historia que se ahoga y es olvidada
En Tus cinco Jardanes abiertos,
Es Tu voz la que grita mi Consumatum est.
Si en Tu cruz, Tu vida y Tu muerte y las mías son una,
El amor me enseña a leer en Tí el resto de una nueva historia.
Yo hago retroceder mis días hasta otra infancia,
Cambiando, al caminar, Nueva York y Cuba por Tu Galilea,
Y Cambridge por Tu Nazareth
Hasta llegar de nuevo a mi principio,
Y encontrar un pesebre, estrella y paja,
Una pareja de animales, unos hombres sencillos,
Y así aprender que yo nací,
No ya en Francia, sino en Belén.

El árbol inútil. Thomas Merton (1915-1968)

Hui tzu le dijo a Chuang:
"Tengo un árbol grande,
de los que llaman árboles apestosos.
El tronco está tán retorcido,
tan lleno de nudos, que nadie podría obtener una tabla derecha
de su madera. Las ramas están tan retorcidas
que no se pueden cortar en forma alguna
que tenga sentido.

Ahí está junto al camino.
Ni un solo carpintero se dignaría siquiera mirarlo.

Iguales son tus enseñanzas,
grandes e inútiles."

Chuang Tzu replicó:
"Has observado alguna vez al gato salvaje?
Agazapado, vigilando a su presa,
salta en ésta y aquella dirección,
arriba y abajo, y finalmente
aterriza en la trampa.

Pero ¿has visto al yak?
Enorme como una nube de tormenta,
firme en su poderío.
¿Qué es grande? Desde luego.
¡No puede cazar ratones!

Igual ocurre con tu gran árbol.¿Inútil?
Entonces plántalo en las tierras áridas.
En solitario.
Pasea apaciblemente por debajo,
descansa bajo su sombra;
ningún hacha ni decreto preparan su fin.
Nadie lo cortará jamás.

¿Inútil? ¡Eres tú el que debería preocuparse!"

Si hemos de morir. Claude McKay (1889-1948)

Si hemos de morir, que no sea como cerdos
cazados y acorralados en punto no glorioso,
rodeados por la loca y hambrienta jauría,
que se burla de nuestra maldición.
Si hemos de morir, que sea con nobleza,
para que no se derrame nuestra preciosa sangre
en vano; que aun los monstruos que desafiamos
tengan que honrarnos ya muertos.
¡Oh, hermanos! ¡Combatiremos el mismo enemigo!
Aunque menos, seremos valientes
y contra sus mil golpes daremos uno de muerte.
¿Qé importa si tenemos el sepulcro abierto?
Como hombres frente a la asesina y cobarde jauría,
contra la pared, muriendo, lucharemos.