viernes, 21 de agosto de 2015

Variaciones sobre un viejo tópico. Javier Salvago.

Los violines de Verlaine.
Los soñados caminos de la tarde, de don Antonio.
Un viejo olor a campo.
Un viejo olor a lápices y a cuadernos.
El cielo gris.
El viento entre los árboles.
La caricia de las primeras lluvias.
La tristeza sin causa.
La soledad sonora.
La noche, cada vez más oscura Y más larga.
Un cigarrillo que de pronto te sabe al primer cigarrillo.
Una antigua canción que te devuelve tus quince años.
Toda tu vida en imágenes, que acuden atropelladamente
                como una película mal montada...

Ha llegado el otoño.

Un vividor retirado habla del deseo. Javier Salvago.

En otro tiempo fue mi huésped,
mi inseparable compañero,
mi camarada. Compartía
conmigo mesa, cama y techo.

Como al hermano que no tuve,
le confiaba mis secretos,
y él me llevaba de la mano
por mundos mágicos y nuevos.

Me descubrió y abrió caminos
en la frontera de los sueños.
Me señaló ocultos tesoros
sobre los mapas de los cuerpos.

Con él, la noche estaba llena
de tentaciones y de vértigos.
Con él, tenía sentido todo:
el paraíso y el infierno.

Tedio. Javier Salvago.

Está detrás de todo, en el fondo de todo,
     estropeándolo y manchándolo todo con sus
     torpes manos.
Como una araña gigante e invisible que al menor
     descuido te atrapa en su viscosa tela, vive
     siempre al acecho.
Si te ve feliz, te pone trampas.
Si te ve luchar, te sonríe con malicia y te pregunta:
¿Para qué?
Aparece en cualquier momento y en cualquier
     lugar.
Llega con su mirada vacía, con sus palabras vacías,
     con su vacía existencia, y trata de seducirte y
     de convencerte de que nada, absolutamente
     nada merece la pena.

Lo grave es que casi siempre lo consigue.

Poética. Javier Salvago

Amar por el placer de amar,
pero no sólo.
Zambullirse en la vida
no sólo por el gusto de gozarla.
Probar todos los frutos
para saber qué ocultan y a qué saben.
Comer para rumiar.
Vivir para contarlo.

No es nada, pero duele. Javier Salvago.

La soledad no existe.
Dicen que es sólo un tema
que pone el tono triste
en algunos poemas.

Me he plantado mi abrigo
mejor, frente al espejo,
y he salido a la tarde
con un corazón nuevo.

¡Tanta gente...! Imposible
que alguien pueda dudarlo.
La soledad no existe
nada más que en los tangos.

En la mesa vecina
del café, una enfermera
le cuenta a sus amigos
detalles de una juerga.

Pasan dos quinceañeras
y en sus ojos hay algo
de gatitas en celo
con la fiebre del sábado.

La soledad... ¡Mentira!
La niegan las parejas
que en los bancos del parque
se muerden y se estrechan.

La soledad no existe.
Ya ves, sólo es un tema
que pone el tono triste
en algunos poemas.

Me recosté en tu cuerpo... Javier Salvago.

Me recosté en tu cuerpo, mientras tú preparabas
la comida. El contacto de tu piel bronceada

me despertó los tigres, dormidos un momento,
y sentí que sus uñas me arañaban por dentro.

Aunque era mediodía, nos fuimos a la cama.
Luego la casa olía a lentejas pegadas.

Me ha picado esta noche... Javier Salvago.

Me ha picado esta noche
la mosca de los celos en la oreja
y quisiera saber si estás en casa
o con otro, corriéndote una juerga.

Aunque andes de puntillas
se despierta la fiera
y uno que es liberal y no le importa
lo que hagan con la vida, si es ajena,

se vuelve suspicaz, mezquino, espía,
ve visiones, se amarga y se atormenta.
Es el amor que pasa.
Pues que llame a otra puerta.

La lucha por la vida. Javier Salvago.

Presiento que no soy el mejor yo
de todos los que quise ser y he sido.
He conocido otros más hermosos,
mejor amantes y mejor vividos.
-Todos, sin excepción, mucho mas jóvenes,
prometedores y atractivos-.

No soy el mejor yo.
Pero, al menos, aguanto y sobrevivo.
Los demás, con sus sueños
-cansados, derrotados, aburridos-,
fueron cayendo
uno tras otro en el camino.

Esa chica. Javier Salvago.

Había renunciado, como un muerto,
a la vida, al placer. Me limitaba
a resistir -como un superviviente
el día después- cuando llegaste tú.
No hubo ningún milagro, aunque tampoco
lo esperaba. En el cielo, las estrellas
siguieron alumbrando indiferentes,
ajenas a nosotros.
                                    Aquí abajo
nada cambió. El mundo siguió siendo
el infierno de siempre. Los diarios
siguieron vomitando corrupciones,
atentados, catástrofes... No puedo
ni siquiera decir que mejorase
mi opinión del amor. Por no cambiar,
no cambió ni mi suerte. -Soy el mismo
pertinaz perdedor.-
                                   La diferencia
es sólo que estás tú y que contigo
todo es más soportable. Hasta la vida
vuelve a ser un placer
cuando estamos a gusto.

Desde que te marchaste no consigo que vuelva... Javier Salvago.

Desde que te marchaste no consigo que vuelva
a reír el naranjo, en cuyas ramas
ponías a secar mínimas prendas.

Pálidas las paredes del salón, aún se acuerdan
de otras tardes, de ti, de otras mañanas,
de otras noches más allá de la regla.

Desde que te marchaste se ha quedado de piedra
esta casa de campo, donde fuimos,
sin pretenderlo, escándalo de viejas.

De la teoría a la práctica. Javier Salvago.

Fue en la costa -quizá el primer verano
de fiebre aventurera-.
Nos conocimos en la pista
de alguna discoteca,

y luego paseamos por la playa,
bajo la luna, muy bebidos.
Recuerdo una pareja de la Guardia
Civil que nos dio el alto y un aviso.

Aquella noche se nos fue entre besos,
confidencias, miradas y caricias.
En el fondo, seguía siendo un romántico
y amaba de cintura para arriba.

Del amor solamente había tocado,
como del mar, la superficie.
Aunque podía pasar por un experto
buceador, aún era virgen.

No olvidaré su cara de sorpresa,
sobre un fondo de sábanas,
cuando por fin, casi a la amanecida,
la última noche me llevó a la cama.

Ars moriendi. Javier Salvago.

Escribo para llegar
serenamente al silencio,
que es el morir.
Para aprender a callar,
en paz conmigo, sin miedo,
libre, al fin.

A media luz. Javier Salvago.

Vivir así: sin angustiosos sueños,
con los deseos justos y contados,

sin prisa por llegar a ningún sitio,
sin esperar de nada demasiado...,

tal vez no sea vivir. Pero es mi vida
(o, al menos, lo que de ella va quedando).