viernes, 28 de agosto de 2015

A un caracol. Marianne Moore (1887-1972)

Si “la condensación es la principal gracia del estilo”,
tú la tienes. Lo contráctil es una virtud,
del mismo modo que lo es la modestia.
No es la adquisición de alguna cosa
que sirva de adorno,
o la casual cualidad que acontece
en conjunción con algo bien dicho
lo que apreciamos en el estilo,
sino el principio oculto:
a falta de pies, “un método de conclusiones”;
“un conocimiento de los principios”
en el curioso fenómeno de tu cuerno occipital.

El pasado es el presente. Marianne Moore (1887-1972)

Si se agotó la acción externa
y el ritmo pasó de moda,
me volveré hacia ti,
Habakkuk, tal como fui incitada a hacerlo hace poco, por XY, que hablaba de verso sin rima.

Este hombre dijo –creo repetir
exactamente sus palabras:
“La poesía hebrea esprosa con una especie de conciencia acrecentada. ‘El éxtasis genera
la ocasión y la conveniencia determina la forma.’

Poesía. Marianne Moore (1887-1972)

A mí también me desagrada: hay cosas más importantes que esta fruslería.
Leyéndola, eso sí, con el más completo desdén, uno descubre que, después de todo, hay
en ella espacio para lo genuino.

Manos que pueden agarrar, ojos
que pueden dilatarse, pelos que se paran
si es necesario, estas cosas son importantes no porque una

interpretación altisonante puede imponérseles sino porque son
útiles; cuando se vuelven derivadas hasta lo ininteligible,
lo mismo puede decirse de todos nosotros, que
no admiramos lo queno entendemos: el murciélago,
colgado cabeza abajo a la espera de algo que

comer, elefantes empujando, un caballo salvaje revolcándose, un lobo infatigable bajo un
árbol, el crítico inmutable crispando la piel como un caballo que siente una pulga,
el hincha del fútbol, el estadístico–
tampoco vale
ejercer la discriminación contra los “documentos de negocios y textos

escolares”; todos estos fenómenos son importantes. Uno debe distinguir,
empero: cuando la empujan hacia la notoriedad los poetastros, el resultado no es
poesía,
al menos no hasta que aquellos de entre nosotros que son poetas puedan ser
“literalistas de
la imaginación” –por sobre
la insolencia y la trivialidad y puedan presentar,

para ser inspeccionados, jardines imaginarios con sapos de verdad en ellos,
la tendremos. Por el momento, si solicitas por una parte
la materia prima de la poesía en
toda su crudeza y
por otra parte lo
genuino, entonces te interesa la poesía.

Críticos y conocedores. Marianne Moore (1887-1972)

Hay una gran cantidad de poesía en las inconscientes
afectaciones. Algunos objetos
Ming, las imperiales alfombras de coches
de ruedas amarillas, están muy bien donde están, pero yo
he visto algo
que me gusta más – un
simple y pueril intento de hacer que un imperfectamente
estable animal estuviera de pie,
un similar propósito al hacer que un cachorro
comiera en un plato.

Yo recuerdo un cisne bajo los sauces en Oxford,
con patas como hojas de arce
y color flamingo. Se desplazaba como un barco
de guerra. Incredulidad y consciente melindre eran
el ingrediente
fundamental de sus pocas ganas de moverse. Por último, su osadía
no era una prueba en contra
de su propensión a estimar enteramente los pedazos
de alimento que la corriente
le allegaba; se fue con lo que le di
para comer. He visto este cisne y
los he visto a ustedes; he visto la ambición
sin sutileza en una variedad de formas. Sucede que estando
cerca de un hormiguero, he visto
una escrupulosa hormiga llevar un tallo hacia el norte, al sur,
al este, al oeste, hasta que giró
sobre sí misma, caminar desde el lecho de flores
hacia el césped,
y volver al punto
desde el que había partido. Luego abandonó el tallo
como algo inútil y esforzando sus mandíbulas
con un pedazo de cal – diminuto
pero pesado, comenzó de nuevo el mismo camino.
¿Qué hay
en ser capaz
de decir que uno ha dominado la corriente
en una actitud de defensa propia;
en probar que uno ha tenido la experiencia
de cargar un tallo?

Silencio. Marianne Moore (1887-1972)

Mi padre solía decir:
"La gente de clase jamás hace visitas largas,
hay que mostrarles la tumba de Longfellow
o las flores de vidrio en Harvard.
Bastándose a sí mismos como el gato-
quien se lleva su presa a un retiro,
colgante la cola fláccida del ratón como un cordón de su boca-
a veces disfrutan con la soledad
y pueden quedarse privados de habla
al oír palabras que los hayan deleitado.
El sentimiento más hondo se muestra siempre en el silencio;
no en el silencio sino en la sobriedad".
Tampoco era insincero él al decir: "haga Ud. de mi casa su posada".
Las posadas no son residencias.

El hizo este biombo. Marianne Moore (1887-1972)

No de plata ni de cuerda
sino de laurel curtido por la intemperie.
Aquí, introdujo un mar
uniforme como tapiz;
aquí, una higuera; allá, una cara;
más allá; un dragón circundando el espacio.

No hay cisne tan delicado. Marianne Moore (1887-1972)

"No hay agua tan quieta como la
de las fuentes muertas de Versalles". Ni cisne
de turbia y ciega mirada recelosa
y patas gondoleras tan delicado
como el de china acharolada de ojos
castaño cervato y collar dentado
de oro donde se lee a quién perteneció el pájaro.

Alojado en el candelabro
Luis XV con capullos pintados
de amaranto, dalias,
erizos marinos y siemprevivas,
montado en la ramificada espuma
de bruñidas flores esculpidas,
cómodo y erguido. El rey ha muerto.

Inglaterra. Marianne Moore (1887-1972)

Con sus ríos niños y pequeños pueblos, cada uno con su abadía o su catedral;
con voces -una voz, quizás, resonando a través del crucero-
el criterio de compatibilidad y conveniencia: e Italia,
con sus playas iguales -logrando un epicureísmo
del que la enormidad ha sido extraída:

y Grecia con sus cabras y sus patillas,
el nido de modificadas ilusiones: y Francia,
la "crisálida de las mariposas nocturnas"
en cuyos productos, el misterio de la construcción
nos desvía de lo que originalmente era nuestro objeto -
substancia en la médula: y el Este con sus caracoles, sus emocionales

taquigrafías y sus cucarachas de jade, sus cristales de roca y su imperturbabilidad,
todas con calidad de museo: y América donde hay
la pequeña. vieja y desvencijada victoria del sur
, donde se fuman cigarrillos en las calles del norte;
donde no hay correctores de pruebas, ni gusanos de seda ni digresiones:
¡la tierra del hombre salvaje; sin hierba, sin vínculos, país sin lengua -en el que las letras son escritas
no en español, ni en griego o latín o taquigrafía,
sino en llano americano que los perros y gatos puedan entender!
La letra "a" en el salmo y en la calma cuando
es pronunciada con el sonido de "a" en vela es muy evidente, pero

¿por qué continentes de malentendidos
deben ser explicados por el hecho?
¿Deberá entenderse que al existir hongos venenosos
que parecen simples hongos todos sean peligrosos?
En el caso de la fogosidad, que puede ser erradamente tomada como apetito,
de un calor que puede parecer ser prisa,
no se pueden sacar conclusiones.

Haber malentendido el asunto es haber confesado que no hemos indagado mucho.
El sublimado saber de China, el discernimiento de los egipcios,
el inundador torrente de emoción
comprimido en los verbos del hebreo,
los libros del hombre que es capaz de decir:
"Yo no envidio a nadie sino a ese, sólo
a ese que coge más peces
que yo" -la flor y el fruto de toda esa observada superioridad-
¿no nos hemos tropezado con ella en América,
debe uno imaginar que no existe allí?
Eso jamás se ha confinado a un solo sitio. "

La poesía. Marianne Moore (1887-1972)

A mí también me desagrada.
Sin embargo, al leerla con perfecto desprecio, se descubre en
ella, después de todo, un sitio para lo genuino.

Romero. Marianne Moore (1887-1972)

La Belleza y el hijo de la Belleza y el romero
–en suma: Venus y Amor, su hijo–,
se supone nacidos del océano,
en Navidad, en mutua compañía
tejen una guirnalda festiva
aunque no siempre de romero –

desde que voló a Egipto, florece indiferente.
Con hojas como lanzas, verdes, pero plateadas por debajo
las flores –blancas originalmente–
se volvieron azules. La hierba del recuerdo,
que imita el manto azul de la Virgen María,
no es demasiado legendaria

para dar flores que a la vez son símbolo y aroma penetrante.
Tras brotar de las rocas junto al mar,
la estatura de Cristo a los treinta y tres años,
se nutre del rocío y con la abeja
“habla un lenguaje mudo”; en realidad
es una especie de árbol navideño.

La caridad triunfante sobre la envidia. Marianne Moore (1887-1972)

¿Tienes tiempo para una historia
(representada en un tapiz)?
La Caridad, montando un elefante,
sobre un «mosaico de flores», se enfrenta a la Envidia,
las flores «en manojos, sin plantar».
La Envidia, sobre un perro, está agotada por la obsesión,
su codicia (ya que sólo una parte de la propiedad
ajena puede arrebatar). Arrastrándose ansiosa
sobre la floreada filigrana, entre la amplia maleza
dentada por conchas que se arremolinan,
pequeños girasoles aplastados,
tenues tallos arqueados de coral, y —horizontalmente acanaladas—
mechas verdes, la Envidia, sobre su perro,
levanta los ojos hacia el elefante,
recula agazapada, con la mejilla ligeramente rasguñada.
Dice: «¡Oh, Caridad, apiádate de mí, Diosa!
Oh, despiadado Destino,
¿qué será de mí,
tullida a manos de la Caridad —Caritas—, la espada desenvainada
sobre mí ya? La sangre mancha mi mejilla. Estoy herida».
Vestida con peto sobre cota de malla, una camisa de acero
hasta las rodillas, repite: «Estoy herida».
El elefante, al que la autocompasión no desanima en ningún momento
convence a la víctima
de que el Destino no consiste en tramar una conjura.

El problema está superado —insoportablemente
agotador cuando era amenazante.
La liberación explica lo que parece un axioma.

No es preciso cortar el nudo gordiano.

El refugio del mago. Marianne Moore (1887-1972)

De moderada altura,
(lo he visto)
sombrío pero brillante por dentro
como una piedra lunar,
mientras un destello amarillo
desde la grieta de una contraventana
y un destello azul desde el farol
junto a la puerta principal brillaban.
No daba pie a ninguna queja,
no se podía pedir más,
consumadamente sencillo.

La mole negra de un rosal en la parte de atrás
casi tocando los aleros
con la exactitud de un Magritte,
era ante todo discreto.

Cuando compro cuadros. Marianne Moore (1887-1972)

Cuando compro cuadros
o- lo que está más cerca de la verdad-
cuando contemplo aquello de lo que me puedo imaginar dueña,
prefiero lo que podría darme placer en cualquier momento:
la sátira de la curiosidad en la que sólo es discernible
la intensidad del ánimo;
o justo lo contrario - la antigüedad, la sombrerera con adornos medievales
en la que aparecen sabuesos con cinturas que se estrechan como la del reloj de arena,
ciervos, aves y gente sentada.
Puede ser simplemente una losa, tal vez una biografía literal
(con letras espaciadas, sobre una especie de pergamino),
una alcachofa con seis tonos azules, el tripartito jeroglífico con patas de agachadiza,
la cerca de plata que protege la tumba de Adán o Miguel tomando a Adán por la muñeca.
El énfasis intelectual demasiado estricto sobre cual o tal cualidad
merma el placer.
No debe pretenderse desarmar nada, ni tampoco debe honrarse a la ligera el éxito generalizado,
aquello que es grande por que otra cosa es pequeña.
En conclusión: sea lo que fuere,
debe estar "iluminado por miradas penetrantes en la vida de las cosas",
debe reconocer las fuerzas espirituales que los crearon.