miércoles, 2 de septiembre de 2015

Nekrodamus.


En un lugar sin nombre, en una época sin edad, Oesterheld hace nacer a Nekrodamus, el demonio, tal vez uno de los personajes más enigmáticos de todos los que creó el maestro.
Y es que Nekrodamus es un demonio distinto. Al revés de sus pares, no quiere usar sus poderes para la maldad. Renegando de su condición prefiere amar a odiar, curar a matar, dar a robar o construir a destruir.
Camina por la vida buscando esa verdad que lo convierta en el más común de los mortales, en el más simple de los hombres, sin hallarla nunca. Y eso es, sin duda el mayor acierto de Oesterheld. Porque no son los fantasmas, ni el odio, ni los otros demonios, ni la peste que todo parece estar invadiendo, los enemigos más terribles a los que se ha enfrentado Nekrodamus. El enemigo invencible está en su interior, en sus dudas, entre lo que es y lo que quiere ser, en la tortura que significa ir hacia un lugar, que él sabe, que no encontrará nunca.
El otro acierto - ¿acierto o genialidad? – es el compañero del Demonio, el que lo seguirá fielmente, obsesivamente, a cuanto infierno haya que meterse.
Estamos hablando, por supuesto, de Gor, el monstruo, el hombrecito horrible, el jorobado. Con su rostro deforme, sus enormes zapatones, su ternura casi infantil y su fuerza de gigante. Gor cumple la función de séptimo de caballería. Es el que siempre salvará a Nekro cuando todo parece terminar para el héroe.
Al igual que el demonio, Gor lleva como un saco apolillado a su peor enemigo, la fealdad. El asco que provoca en cualquier muchacha observar su rostro infernal, el miedo en los ojos de niños que él se empeña en acariciar, son torturas terribles para quien mendiga amor. Y es así que sus mejores amigas son las ratas del cementerio, los perros sin dueño y los leprosos que lo miran de igual a igual. Y Nekrodamus por supuesto.
Y aquí conviene detenerse un instante, ¿sabía el autor que ese hombrecito horrible, grotesco y vulgar se convertiría en alguien amado por el público?
Creo que no. Había muchas cosas que Oesterheld no sabía sobre Nekrodamus. Y es que lo había dotado de tanta fuerza propia que se había vuelto imprevisible, indomable, tanto que, cuando otros demonios, otras bestias, se llevaron al autor, él lo sobrevivió.
Como sobrevivió el otro padre de la criatura, el responsable de parir ante los ojos de los demás el mundo gestado en la mente de su guionista.
Hablo por supuesto de Horacio Lalia.
Con trazos precisos, un manejo de luz y los oscuros sencillamente brillantes, Lalia sumerge al lector en un universo alucinante, plagado de horrores y pesadillas. Tal vez, en muy pocas oportunidades puede verse una comunión tan perfecta entre un guionista y un dibujante como en esta obra monumental. Y quizá por eso, ¿les parece poca cosa?, hoy usted tiene la oportunidad de sostener este libro entre sus manos. Así que póngase cómodo, enciérrese en su cuarto y comience a disfrutar de esta historia. Y si escucha golpes en su puerta, golpes secos, como los provocados sobre la madera podrida de un ataúd, ignórelos.
Es un buen consejo, créame.

Walter Slavich.


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