lunes, 28 de septiembre de 2015

El viejo Bugs. H.P. Lovecraft (1890-1937)

Una tragedia estrafalaria de Marcus Lollius, Procónsul de la Galia.

El tugurio de Sheehan, que adorna uno de los callejones inferiores del distrito céntrico ganadero de Chicago, no es lo que se dice un lugar agradable. Su atmósfera, colmada por un millar de olores semejantes a los de Colleridge, podría haber encontrado en Colonia, apenas sabe lo que son los rayos purificadores del sol, y tiene que luchar, para hacerse un hueco, contra las acres humaredas de innumerables puros baratos y cigarrillos que cuelgan de los labios toscos de las bestias humanas que merodean por tal lugar, día y noche.

Pero la popularidad del antro de Sheehan no se resiente de ello, y hay una razón para que así sea; una razón que resulta obvia para cualquiera que se tome la molestia de olfatear los aromas mezclados que allí se encuentran. Sobre y ente los humos y el olor a cerrado, se nota un aroma que una vez fue familiar en todo el mundo, pero que ahora se encuentra arrinconado a las esquinas de la vida, merced al edicto de un gobierno benevolente: el olor a whisky fuerte y mal… una rara avis, de hecho, en este año de gracia de 1950.

El Sheehan es el centro reconocido del tráfico clandestino de licor y drogas, y tal circunstancia tiene cierta dignidad que toca incluso a los desaliñados asiduos a tal lugar; pero, incluso así, había alguien que quedaba al margen de tal palio de dignidad; uno que compartía la miseria y suciedad del Sheehan, pero no su importancia. Le llamaban el Viejo Bugs y era el ser más despreciable de un submundo despreciable. Uno podía tratar de averiguar qué había sido alguna vez; ya que su lenguaje y ademanes, cuando se embriagaba lo suficiente, eran lo bastante curiosos como para despertar el interés; sin embargo, era menos difícil determinar qué era… ya que el Viejo Bugs encarnaba, hasta un grado superlativo, a la patética especie que se llama perdedor o marginal. Era imposible determinar su procedencia. Cierta noche había interrumpido de forma estrambótica en el Sheehan, echando espuma por la boca y pidiendo a gritos whisky y hachís, y cuando se lo suministraron a cambio de la promesa de hacer trabajos serviles, se había quedado ya allí, limpiando suelos y lavando escupideras y vasos, y haciendo un centenar de trabajos de baja estofa similares, a cambio del alcohol y las drogas que necesitaba para mantenerse vivo y cuerdo.

Hablaba poco, y cuando lo hacía, era por lo común en la jerga usual al submundo; pero, de vez en cuando, si se inflamaba gracias a una generosa y desmedida dosis de whisky barato, estallaba en sartas de incomprensibles polisílabos y fragmentos sonoros de prosa y verso, lo que hacía que algunos asiduos conjeturaran que había conocido días mejores. Un habitual -un desfalcador hundido- solía conversar con él, con bastante regularidad, y a tenor de sus palabras llegó a suponer que, en su día, había sido escritor o profesor. Pero la única verdad tangible sobre el pasado del Viejo Bugs era una foto desvaída que llevaba siempre encima… la fotografía de una joven de facciones nobles y hermosas. La sacaba a veces de su maltratada cartera, desenvolvía cuidadosamente su envoltura de tela encerada y la contemplaba durante horas con expresión de inefable tristeza y ternura. No era el retrato de nadie a quien pudiera llegar a conocer alguien del submundo, sino el de una mujer de buena cuna y educación, vestida con las ropas livianas de hacía treinta años. El Viejo Bugs mismo parecía sacado del pasado, ya que sus indescriptibles ropajes tenían todas las marcas de un tiempo pretérito. Era un hombre sumamente alto, que quizá rebasaba el uno ochenta, aunque sus hombros hundidos disimulaban a veces tal hecho. Su pelo, de un blanco sucio que caía en mechones, jamás se rizaba, y en su rostro flaco crecía una espesa y enmarañada pelambrera que siempre resultaba incipiente -nunca afeitada-, pero sin llegar a formar una barba respetable. Su semblante fue quizá noble algún día, pero ahora mostraba los devastadores efectos de una terrible disipación. En algún momento -quizá en la mediana edad- había sido sin duda un tipo gordo, pero ahora estaba horriblemente delgado, con la carne amoratada colgando en bolsas bajo sus ojos legañosos y bajo sus mejillas. En conjunto, el Viejo Bugs no ofrecía una estampa agradable.

El carácter del Viejo Bugs desentonaba, en forma extraña, con su aspecto. De ordinario era, en verdad, del tipo despojo humano -dispuesto a hacer lo que fuese a cambio de una dosis de whisky o hachís-; pero a raros intervalos, mostraba el trato que le había ganado su apodo 1. En esos instantes trataba de enderezarse y un cierto fuego le asomaba a los ojos hundidos. Su porte podía asumir una gracia y aun una dignidad inesperadas, y las sórdidas criaturas que lo rodeaban podían sentir en él cierta superioridad…un algo que los volvía menos proclives a propinar los usuales sopapos y puñetazos a ese pobre e indefenso criado. En tales momentos podía hacer gala de un humor sardónico y hablar sobre cosas que hacían que los parroquianos del Sheehan lo tomasen por loco e irracional. Pero tales arrebatos pasaban pronto y, de nuevo, el Viejo Bugs volvía a su eterno lavar de suelos y lavar escupideras. De no mediar cierta faceta, el Viejo Bugs hubiera sido el esclavo ideal de aquel sistema… y tal faceta era su forma de comportarse cuando iniciaban a un joven en la bebida.

El Viejo se alzaba de los suelos, furioso y excitado, farfullando amenazas y advertencias y extraños juramentos, como animado por una espantosa ansiedad que estremecía a más de una mente drogada en aquella abarrotada habitación. Pero, al cabo de un tiempo, su mente, debilitada por el alcohol, comenzaba a divagar y, con una risa enloquecida, retornaba de nuevo a su fregona o a su bayeta. No creo que ninguno de los asiduos del Sheehan olvide nunca el día en que llegó el joven Alfred Trever. Era, sobre todo, un curioso -un joven rico y cultivado que quería rozar el límite en cualquiera de sus acepciones-; al fin y al cabo, esa era la opción de Pete Schultz, el gancho del Sheehan que captó al chico en el Lawrence College, en la pequeña ciudad de Appleton, Wisconsin. Trever era hijo de unos padres relevantes en Appleton. Su padre, Karl Trever, era abogado y ciudadano de renombre, mientras que su madre se había forjado una envidiable reputación como poetisa, con el nombre de soltera de Eleanor Wing. El propio Alfred era un erudito y poeta de talla, aunque se veía manchado por cierta irresponsabilidad infantil, lo que lo hacía la presa ideal para el gancho del Sheehan. Era rubio, agraciado y consentido; vivaz y ávido de probar todas las formas de disipación que había conocido por lecturas y de oídas. En el Lawrence había sido un miembro destacado de la fraternidad burlesca de Tappa Tappa Keg, donde fue el más salvaje y alegre de los salvajes y alegres jóvenes transgresores, pero toda aquella frivolidad inmadura y colegial no llegaba a satisfacerle.

Supo, gracias a los libros, que existían vicios más profundos, y quería conocerlos de primera mano. Quizá su tendencia a lo extraño había sido fomentada, de alguna forma, por la represión a la que lo habían sometido en su casa familiar; ya que la señora Trever tenía razones personales para aplicar una severidad rigurosa en la educación de su único hijo. Ella misma, en su juventud, se había visto profunda y permanentemente impresionada por el horror a la disipación, producto del caso de uno a la que en un tiempo había estado prometida. El joven Galpin, el prometido en cuestión, había sido uno de los hijos más preclaros de Appleton. Habiendo ganado ya distinción siendo niño, gracias a su mente poderosa, obtuvo fama en la Universidad de Wisconsin, y a la edad de veintitrés años volvió a Appleton para convertirse en profesor del Lawrence y poner un diamante en el dedo de la hija más bella y brillante de Appleton. Durante un trimestre todo fue bien, hasta que la tormenta estalló sin previo aviso. Ciertos hábitos perniciosos, que tenían su origen en una primera ingesta de bebida hecha años antes, durante un retiro en los bosques, se manifestaron en el joven profesor, y sólo una rápida renuncia hizo que se librase de un castigo legal por insulto a los hábitos y a la moral de los pupilos a su cargo. Se rompió el compromiso y Galpin emigró al Este en busca de una nueva vida; pero, sin que pasara mucho tiempo, la gente de Appleton supo que había caído en desgracia en la Universidad de Nueva York, donde había logrado plaza de profesor de inglés. Galpin dedicaba su tiempo a la biblioteca y a la lectura, a preparar volúmenes y conferencias sobre diversos temas, conectados todos con las belles lettres, y mostrando siempre un genio tan destacable que parecía que el público podía a veces perdonar sus pasados errores. Sus apasionadas lecturas en defensa de Villon, Poe, Verlaine y Oscar Wilde podían aplicársele igualmente a él mismo, y, el corto veranillo de su gloria, se habló incluso de un nuevo compromiso con cierta familia ilustre de Park Avenue. Pero luego todo estalló.

Una caída final, comparable a las demás, rompió las ilusiones de aquellos que habían creído en la redención de Galpin, y el joven cambió de nombre, para desaparecer de la vida pública. Ciertos rumores dispersos lo asociaban con un tal Cónsul Hasting, cuyo trabajo en el teatro y el cine atraían cierta atención, gracias a la amplitud y profundidad de su erudición, pero Hasting pronto desapareció de escena, y Galpin se convirtió, únicamente, en un nombre que los padres pronunciaban a modo de advertencia. Eleanor Wing se casó pronto con Karl Trever, un joven abogado en alza, y de su primitivo novio no guardó más que el recuerdo suficiente como para poner su nombre a su único hijo, así como para aplicarse a la guía de ese joven agraciado y testarudo. Sin embargo, ahora, pese a tal educación, Alfred Trever estaba en el Sheehan, a punto de tomar su primer trago.

-Jefe -gritó Schultz al entrar en la hedionda estancia, junto a su joven víctima-. Traigo a mi amigo Al Trever, el mejor tipo de Lawrence, que está en Appleton, Wisconsin, como bien sabéis. Algunos comienzan jóvenes, también. Su padre es un gran abogado en su pueblo y su madre un genio de la literatura. Quiere ver la vida tal como es, saber a qué sabe el verdadero matarratas… tan sólo recuerde que es mi amigo y trátelo bien.

Cuando se pronunciaron los nombres Trever, Lawrence y Appleton, los ociosos presentes creyeron sentir algo inusual. Quizá no era más que algún sonido relacionado con el entrechocar de bolas en las mesas de billar, o el resonar de botellas procedentes de las misteriosas zonas del fondo -quizá sólo eso, o un extraño agitar de las sucias cortinas, en alguna de las mugrientas ventanas-, pero muchos creyeron que alguien en la habitación había hecho rechinar los dientes y tomado una honda inspiración.

-Me alegra conocerlo, Sheehan -dijo Trever en un trono tranquilo y cultivado-. Es la primera vez que vengo a un sitio como este, pero soy estudiante de las cosas de la vida y no quiero ahorrarme ninguna experiencia. Hay cierta poesía en este tipo de cosas, ya sabe… o quizá no lo sabe, pero es igual.
-Joven –repuso el propietario-. Ha venido usted al lugar idóneo para ver lo que es la vida. Tenemos de todo aquí… vida de verdad y tiempo por delante. El maldito gobierno puede domesticar a la gente si ésta se lo permite, pero no puede parar a un tipo si lo que desea es esto. ¿Qué es lo que quiere, amigo: alcohol, coca o qué? No podrá pedirnos nada que no tengamos.

Los asiduos dicen que, en ese momento, se percataron de que los golpes de fregona, regulares y monótonos, habían cesado.

-Quiero whisky… ¡Whisky de centeno a la vieja usanza! -exclamó entusiasmado Trever-. Tengo que decirle que estoy hastiado del agua tras leer acerca de las buenas borracheras que se corrían en el pasado. No puedo leer las Anacreónticas sin salivar… ¡y mi boca me pide algo más fuerte que el agua!
-Anacreónticas… ¿pero qué rayos es eso? -algunos de aquellos parásitos miraron al joven como si no estuviera en sus cabales. Pero el defraudador les explicó que Anacreonte era un tipo que había vivido hacía muchos años, y que había escrito acerca de la alegría que sentía cuando todo el mundo era como el Sheehan.
-Veamos, Trever -siguió el estafador -¿No ha dicho Schultz que su madre es una literata?
-Sí, maldita sea -replicó Trever- ¡Pero no en la misma forma que el viejo escritor tebano! Ella es una de esas moralistas pacatas y eternas que se empeñan en quitar toda la alegría a la vida. Una especie ñoña… ¿No hablar de ella? Escribe todo bajo el nombre de soltera de Eleanor Wing.

Fue entonces cuando el Viejo Bugs dejó caer su fregona.

-Bueno, aquí está el alpiste -anunció jovialmente Sheehan, entrando en la sala con una bandeja llena de botellas y vasos-. Bueno y viejo centeno, tan fuerte como no se puede encontrar otro igual en todo Chicago.

Los ojos de joven relampaguearon y sus narices se distendieron ante los vapores que un camarero estaba sirviendo delante de él. Le repelía de forma horrible y repugnaba a toda su delicadeza heredada, pero lo sostuvo su determinación a probar la vida hasta el fondo, y logró mantener un aspecto decidido. Pero, antes de que pudiera poner a prueba su resolución, intervino lo inesperado. El Viejo Bugs, saltando desde la posición acuclillada en que había estado hasta entonces, saltó sobre el joven y le arrancó de la mano el inspirador caso, casi al mismo tiempo que atacaba la bandeja de botellas y vasos con su fregona, provocando que se hicieran mil pedazos sobre el suelo, en una confusión de aromáticos fluidos, y botellas y vasos rotos. Hombres, o seres que habían sido hombres, se lanzaron al suelo y comenzaron a lamer los charcos de licor; pero la mayoría se quedó quieta, observando la insólita acción de aquel esclavo y despojo de bar. El Viejo Bugs se irguió ante el atónito Trever y le dijo, con voz suave y cultivada:

-No lo haga. Yo, en otro tiempo, era como usted y di el paso. Ahora soy… esto.
-¿Pero qué rayos está diciendo usted, viejo chiflado? -barbotó Trever-. ¿Cómo se atreve a interferir en los placeres de un caballero?

Sheehan, recobrándose entonces de su asombro, avanzó y puso una mano pesada en el hombro de aquel viejo desdichado.

-¡Esta ha sido la última vez, maldito bicharraco! -exclamó fuera de sí-. Cuando un caballero desea tomar un trago aquí, lo hace, vive Dios, sin que nadie lo moleste. Lárgate ahora mismo de mi local, antes de que te eche a patadas.

Pero Sheehan había obrado sin un conocimiento científico de la psicología anómala y de los efectos de una crisis nerviosa. El Viejo Bugs, sosteniendo con una mano firme su fregona, comenzó a blandirla como la jabalina de un hoplita macedonio, y no tardó en abrir un buen espacio a su alrededor, soltando, entre tanto, una verborrea incoherente, en mitad de la cual se le podía oír decir:

-…los hijos de Belial, encendidos de insolencia y vino.

La habitación se convirtió en un pandemonio, y los hombres gritaban y aullaban de espanto ante el siniestro ser que habían despertado. Trever parecía aturdido y, según el tumulto iba a más, se arrimó a la pared.

-¡No debe beber! ¡No debe beber! -rugía el Viejo Bugs, mientras parecía divagar, o encenderse, con sus citas.

La policía apareció en la puerta, atraída por el escándalo, pero durante cierto tiempo ni se movieron ni hicieron nada. Trever, ahora completamente aterrorizado y curado, para siempre, de su deseo de ver la vida a través de la ruta del vicio, se pegó a los recién llegados uniformados. Si lograba escapar y tomar un tren que lo llevase a Appleton, pensó, podía dar su educación, en materia de disipación, por cerrada. Entonces, de repente, el Viejo Bugs dejó de agitar su jabalina y se quedó quieto… irguiéndose más recto de lo que nadie en aquel lugar le había visto antes.

-Ave, Caesar, moriturus te saluto! -gritó, antes de caer al suelo empapado en whisky, para no levantarse ya nunca más.

Lo que sucedió después es algo que nunca olvidará el joven Trever. La imagen es confusa, pero indeleble. Los policías se abrieron paso entre la gente, preguntando con insistencia, a todos, acerca de qué había sucedido y del cadáver en el suelo. Interrogaron especialmente a Sheehan, sin conseguir ninguna información de valor tocante al Viejo Bugs. Entonces el estafador recordó la foto y sugirió que podían verla y buscar en los archivos de la comisaría. Un agente se inclinó, algo reacio, sobre aquella espantosa forma de ojos vidriados, encontró la fotografía envuelta en el papel de seda y se la pasó a los otros.

-¡Menuda joven! -un borracho lanzó una mirada llena de lascivia al hermoso rostro; pero aquellos que estaban sobrios no lo hicieron, sino que contemplaron con respeto las facciones delicadas y espirituales. Nadie parecía capaz de ubicar todo aquello, y todos se preguntaban cómo aquel despojo comido por las drogas podía tener tal foto en su poder… es decir, todos menos el estafador, que, mientras tanto, observaba con desazón a la policía. Pero él había hurgado un poco más bajo la máscara de total degradación del Viejo Bugs.

Luego pasaron la foto a Trever, y se produjo un cambio en el joven. Tras un primer sobresalto, volvió a envolver el retrato, como si quisiera protegerlo de la sordidez de aquel lugar. Lanzó una mirada larga e inquisitiva a la figura caída percatándose de su gran estatura, así como de la aristocracia de facciones que parecían aparecer ahora que la desdichada llama de la vida se había apagado.

No, dijo apresuradamente cuando le preguntaron cómo conocía a la persona del retrato. La foto era muy vieja, añadió, y no podían esperar que la reconociese. Pero Alfred Trever no decía la verdad, como muchos sospecharon cuando se ofreció a hacerse cargo del cuerpo y a ocuparse de su entierro en Appleton. Y es que, sobre la repisa de la biblioteca de su casa, colgaba una reproducción exacta de tal imagen, y toda su vida había conocido y amado a la persona retratada.

Porque aquellas nobles y gentiles facciones eran las de su propia madre.

El viaje del rey Euvoran. Clark Ashton Smith (1893-1961)

La corona de los reyes de Ustaim estaba fabricada únicamente con los materiales más singulares que pudieron ser encontrados. El oro de su círculo, mágicamente esculpido, fue extraido de un gigantesco meteoro que había caído en la meridional isla de Cyntrom, sacudiendo la isla de costa a costa con un desastroso terremoto; este oro era más duro y brillante que ningún otro proveniente de la tierra y su color pasaba del rojo de una llama al amarillo de las lunas jóvenes. Llevaba engarzadas trece piedras preciosas, cada una de las cuales era única y sin igual, ni siquiera en la fábula. Estas joyas eran una maravilla de contemplar, haciendo brillar el círculo con extraños e inquietos fuegos y con fulguraciones tan terribles como los ojos del basilisco. Pero más maravilloso que todo lo demás era el pájaro gazolba disecado que formaba la superestructura de la corona, que se agarraba al círculo con sus aceradas garras por encima del entrecejo del que la llevaba y se erguía majestuosamente con su resplandeciente plumaje verde, violeta y bermellón. Su pico era del tono del bronce bruñido, sus ojos eran como pequeños granates negros en órbitas de plata; siete diminutas plumas que parecían de encaje surgían de su cabeza tan negra como el ébano y una blanca cola caía en abanico extendido como los rayos de algún blanco sol más allá del círculo. Según los marineros que le habían matado en una isla casi legendaria más allá de Sotar, muy al este de Zothique, el gazolba era el último de su especie. Durante nueve generaciones había rematado la corona de Ustaim y los reyes le consideraban como el sagrado emblema de sus fortunas y un talismán inseparable de su realeza, cuya pérdida sería seguida por un terrible desastre.

Euvorán, el hijo de Karpoom, era el noveno que llevaba la corona. Después de la muerte de Karpoom debida a una indigestión de angulas rellenas y huevos de salamandra en gelatina, la había llevado soberbia y magníficamente, durante dos años y diez meses. En todas las ocasiones oficiales, recepciones y concesiones diarias de audiencias públicas y de administración de justicia, había agraciado la frente del joven rey, confiriéndole una grave majestad a los ojos de los que le contemplaban. Además, había servido para ocultar el lamentable desarrollo de una temprana calvicie.

Sucedió, a finales del otoño del tercer año de su reinado, que el rey Euvorán se levantó de un suculento desayuno de doce platos y doce vinos y se dirigió, según era su costumbre, al salón de justicia, que ocupaba todo un ala de su palacio en la ciudad de Aramoam, que, construida en mármol de varios colores, contemplaba desde las colinas cubiertas por palmeras el arrugado azul del océano Oriental. Muy bien fortificado por su desayuno, Euvorán se sentía dispuesto para desenredar la más complicada madeja de la legalidad y el crimen y estaba asimismo dispuesto a determinar un rápido castigo para todos los malhechores. A su lado, a la derecha de su trono de marfil, esculpido en forma de kraken, permanecía un verdugo apoyado sobre una gigantesca maza de cabeza de plomo que había sido templada hasta obtener la dureza del hierro. Con esta maza, muy a menudo fueron rotos instantáneamente los huesos de los ofensores más flagrantes, o sus cerebros habían sido esparcidos en presencia del rey sobre un suelo que estaba cubierto por arena negra. Y al lado izquierdo del trono, un torturador profesional se ocupa continuamente con los tornillos y poleas de ciertos terribles instrumentos de tortura, como para avisar de su destino a todos los que cometiesen alguna fechoría. Las roscas de aquellos tornillos y los tensores de aquellas poleas no siempre estaban ociosos y los hechos metálicos de las máquinas no siempre estaban vacíos.

Ahora bien, aquella mañana los policías de la ciudad llevaron ante el rey Euvorán sólo unos cuantos ladronzuelos y sospechosos de vagabundear y no había casos de felonía tales que hubiesen hecho necesario el descenso de la maza o la utilización de los instrumentos de tortura. Así pues, el rey, que había estado esperando una sesión placentera, se sintió defraudado y desilusionado e interrogó con mucha severidad a los pequeños culpables que estaban ante él, intentando extraer de cada uno, por turnos, una admisión de algún crimen más grave que aquel de que se les acusaba. Pero parecía que los ladrones eran inocentes de todo lo que no fuera robar y los vagabundos no eran culpables de nada peor que vagabundear, y Euvorán comenzó a pensar que la mañana no ofrecería demasiado entretenimiento. Porque, legalmente, los azotes eran el castigo más pesado que podía imponer a aquellos delincuentes de poca monta.

—¡Llevaos de aquí a estos bribones! —gritó a los oficiales mientras su corona temblaba con la indignación y el alto pájaro gazolba parecía asentir e inclinarse—. Sacadlos de aquí porque ensucian mi presencia. Dadles a cada uno cien azotes con la dura madera del sauce sobre las plantas desnudas de los pies, sin olvidarse de los talones. Después expulsadlos de Aramoam hacia los terrenos donde viven los exiliados y pinchadlos con tridentes de hierro al rojo vivo si se demoran cuando se arrastren hacia allí.

Entonces, y antes de que los oficiales pudiesen obedecerle, entraron en el salón de justicia dos policías rezagados arrastrando entre ellos a un individuo peculiar y muy estrafalario, con los ganchos de largo mango y muchas puntas que se usaban en Aramoam para la captura de malhechores y sospechosos. Y aunque los ganchos estaban aparentemente clavados no sólo en los sucios harapos con los que iba vestido. sino también en su carne, el prisionero saltaba constantemente como si fuese una cabra y sus captores se veían obligados a seguirle en estas vivaces y poco dignas cabriolas, de forma que los tres ofrecían un aspecto de saltimbanquis. El increíble personaje se detuvo ante Euvorán con una evolución final en la que los oficiales fueron arrastrados por el aire como las colas de un cometa. El rey lo contemplaba asombrado y no le causó buena impresión la singular agilidad con que aterrizó sobre el suelo, alterando el apenas recobrado equilibro de los policías, que cayeron cuan largos eran sobre el suelo ante el rey.

—¡Eh! ¿Qué tenemos aquí ahora?—dijo el rey con voz amenazadora.
—Señor, es otro vagabundo—replicaron los oficiales sin aliento, cuando hubieron recobrado una postura inclinada más respetuosa—. Hubiese atravesado Aramoam por la avenida principal de la forma que acabáis de contemplar. sin detenerse y sin tan siquiera disminuir la altitud de sus saltos, si no lo hubiésemos detenido.
—Tal conducta es altamente sospechosa —dijo Euvorán lleno de esperanza—. Prisionero, declara tu nombre, natividad y ocupación, y los infames crímenes de que sin duda alguna era culpable.

El cautivo, que era bizco, parecía contemplar a Euvorán, al macero real y al torturador y sus instrumentos todos de una simple mirada. Era feo hasta un grado extravagante, su nariz, orejas y demás rasgos poseían una movilidad innatural y continuamente hacía muecas, de forma que su sucia barba se agitaba y enroscaba como las algas en un pozo hirviendo.

—Tengo muchos nombres—replicó con voz insolente cuyo tono era particularmente desagradable para Euvorán, haciéndole doler los dientes como cuando se escucha el rechinar del metal sobre el vidrio—. En cuanto a mi natividad y ocupación, saberlos, oh, rey no te servirá de mucho.
—Por Sirrah, que eres mal hablado. Contesta o serán lenguas de hierro al rojo las que te interrogarán —rugió Euvorán.
—Sabe pues que soy un nigromante y nací en ese reino donde las auroras y el ocaso vienen al mismo tiempo y la luna es tan brillante como el sol.
—¡Vaya! ¡Un nigromante!—resopló el rey—. ¿No sabes que la magia es una ofensa capital en Ustaim? En verdad, que encontraremos medios para disuadirte de la práctica de tales infamias.

A una señal de Euvorán, los oficiales arrastraron a su cautivo hacia los instrumentos de tortura. Para gran sorpresa suya, en vista de su primitiva movilidad permitió que lo encadenasen en posición supina sobre la cama de hierro que producía un considerable alargamiento de las extremidades de sus ocupantes. El oficial ingeniero de aquellos milagros comenzó a hacer funcionar las palancas y la cama se alargó poco a poco, con un seco chirrido, hasta que pareció que las articulaciones del prisionero se descoyuntarían. Su estatura fue aumentando de pulgada en pulgada, y aunque después de cierto tiempo había ganado más de medio cúbito a causa de la extensión, no pareció experimentar ninguna incomodidad; para estupefacción de todos los presentes, se hizo evidente que la elasticidad de sus brazos, piernas y cuerpo estaba más allá de la extensibilidad del propio potro, que ya había llegado a su último límite. Al ver este prodigio todos quedaron en silencio y Euvorán se levantó de su asiento y se acercó al potro, como dudando de sus propios ojos, que testificaban una cosa tan anormal. El prisionero le dijo:

—Sería mejor que me liberaras, oh rey Euvorán.
—¿Eso dices? —gritó el rey lleno de ira—. Sin embargo, ésa no es la forma como tratamos a los felones en Ustaim.
E hizo un gesto privado al verdugo, que se acercó rápidamente, levantando su masiva maza de cabeza de plomo.
—Caiga sobre tu propia cabeza—dijo el mago, y se levantó instantáneamente del lecho de hierro, rompiendo las ligaduras que le sujetaban como si hubiesen sido cadenas de hierba. Después, irguiéndose con la terrible altura que las vueltas del potro le había dado, señaló con su largo dedo índice, oscuro y seco como el de una momia, la corona del rey; simultáneamente, pronunció una palabra extraña, estridente y horrible como el gemido de las aves migratorias que pasan la noche dirigiéndose hacia costas desconocidas. Y como en respuesta a aquella palabra, sobre la cabeza de Euvorán se oyó el fuerte y brusco aletear de unas alas; el rey sintió cómo su frente era aligerada del benéfico y acostumbrado peso de la corona. Una sombra cayó sobre él y vio, y todos los presentes, al pájaro gazolba disecado en el aire, aquel mismo que había sido muerto hacía más de doscientos años por unos marineros en una isla remota. Las alas del pájaro, un esplendor viviente, estaban extendidas como para volar y todavía llevaba en sus garras de acero el extraño círculo de la corona. Se mantuvo un rato revoloteando sobre el trono, mientras el rey lo contemplaba con un espanto y una consternación sin palabras. Después, con un chasquido metálico, su blanca cola se desplegó como los rayos de un sol volador, voló velozmente por las puertas abiertas Y salió de Aramoam en la luz de la mañana, dirigiéndose hacia el mar.

Detrás salió el nigromante con grandes botes y saltos como los de una cabra y nadie intentó detenerle. Pero los que le vieron partir de la ciudad juraban que fue hacia el norte, siguiendo la línea del Océano, mientras que el pájaro voló directamente hacia el este, como dirigiéndose hacia la isla medio fabulosa donde había nacido. A partir de entonces, el nigromante no volvió a ser visto en Ustaim, como si de un solo salto se hubiese marchado a otros reinos. Pero la tripulación de una galera mercante de Sotar que llegó después a Aramoam, contó que el pájaro gazolba había pasado por encima de ellos a media mañana, una gloria de varios colores volando continuamente hacia las fuentes de la primavera del día. Y dijeron que la corona de oro de color variable, con sus trece gemas sin igual, estaba todavía en las garras del pájaro. Aunque durante largo tiempo habían traficado en los archipiélagos maravillosos viendo muchos prodigios, consideraban éste como un portento raro y sin precedentes.

El rey Euvorán, tan extrañamente despojado de aquel avícola adorno y con su calvicie rudamente expuesta a la mirada de ladrones y vagabundos en el salón de justicia, era como alguien a quien los dioses han enviado un golpe repentino. Si el sol se hubiese vuelto negro en el cielo, o las murallas de su palacio se hubiesen derrumbado sobre él, su pena habría sido apenas mayor. Porque le parecía que su realeza había volado con aquella corona que era el emblema y el talismán de sus padres. Además, la cosa era totalmente contra naturaleza y las leyes de dioses y hombres eran conculcadas al mismo tiempo, porque nunca anteriormente, en la historia o en la leyenda, había escapado un pájaro muerto del reino de Ustaim. Indudablemente, la pérdida era una calamidad horrible, y Euvorán, habiéndose puesto un voluminoso turbante de brocado púrpura, tomó consejo con sus ministros más sabios en relación al dilema de estado que había surgido de aquella forma. Los ministros no se sentían menos preocupados y perplejos que el rey, porque el pájaro y el círculo eran irreemplazables. Mientras tanto, el rumor de esta desgracia se había esparcido por Ustaim y el país se llenó de dudas y confusión lamentables, y algunos comenzaron a murmurar a escondidas de Euvorán, diciendo que nadie podía ser el legítimo gobernante de aquel país sin la corona del gazolba.

Entonces, y como era costumbre de los reyes en tiempos de exigencia nacional, Euvorán se encaminó al templo donde habitaba el dios Geol, que era un dios terrestre y la principal deidad de Aramoam. Solo, con la cabeza descubierta y descalzo según estaba ordenado por la ley de la jerarquía, entró en el oscuro adytum donde la imagen de Geol, con una gran barriga y hecha en cerámica del color de la tierra, se recostaba eternamente sobre su espalda y contemplaba las partículas de un estrecho rayo de luz solar que penetraba por una ranura en la pared. Y cayendo sobre el polvo que se había reunido con los siglos alrededor del ídolo, el rey rindió homenaje a Geol y le imploró un orácuio que le iluminase y le guiase en su necesidad. Tras una pausa, del vientre del dios salió una voz, como si un estruendo subterráneo se hubiese articulado, y dijo al rey Euvorán:

—Vete a buscar al gazolba en aquellas islas que se encuentran bajo el sol oriental. Allí, oh rey, en las lejanas costas de la aurora, verás de nuevo al pájaro viviente que es el símbolo y la fortuna de tu dinastía, y allí, con tu propia mano, matarás al pájaro.

Euvorán se sintió muy consolado por este oráculo, puesto que las enseñanzas del dios eran consideradas como infalibles. Y le pareció que el oráculo implicaba en términos claros que recobraría la corona perdida de Ustaim, que tenía al reanimado pájaro como superestructura. Así pues, volviendo al palacio real, envió a buscar a los capitanes de sus mejores naves de guerra, que estaban ancladas en el tranquilo puerto de Aramoam, y les ordenó hacer inmediatamente provisiones para un largo viaje hacia el este, hacia los archipiélagos de la mañana. Cuando todo estuvo listo, el rey Euvorán subió a borde del buque insignia de la fiota, que era una impresionante cuatrirreme con remos de maderas preciosas y velas de ricas telas fuertemente tejidas y teñidas de un escarlata amarillento y con un largo estandarte en el mástil mayor, que mostraba al gazolba con sus colores naturales sobre un campo de azul cobalto. Los remeros y marineros de la cuatrirreme eran poderosos negros del norte y los soldados que la tripulaban eran fieros mercenarios de Xylac, al oeste, y el rey tomó con él a bordo a varias de sus concubinas, bufones y otros servidores, además de una amplia reserva de licores y viandas singulares, de forma que no le pudiese faltar nada durante el viaje. Acordándose de la profecía de Geol, el rey se armó con una ballesta y un carcaj lleno de flechas con plumas de loro y también llevó una honda de piel de león y una cerbatana de bambú negro que descargaba diminutos dardos envenenados.

Parecía que los dioses favorecían el viaje, porque la mañana de su partida sopló con fuerza el viento del oeste, y la flota, que contaba con quince navíos, fue empujada, con las velas hinchadas, hacia el sol que salía del mar. Los clamores y gritos de despedida del pueblo de Euvorán sobre los muelles pronto fueron acallados por la distancia, y las casas de mármol de Aramoam, sobre sus cuatro colinas cubiertas de palmeras, fueron ahogadas en aquel blanco azulina disolviéndose rápidamente que era la línea de la costa de Ustaim. A partir de entonces, y por muchos días, las proas de madera de hierro de las galeras hendieron un mar de color índigo suavemente revuelto que se extendía ininterrumpidamente por todos lados bajo un cielo sin nubes azul oscuro. Confiando en el oráculo de Geol, aquel dios terrestre que nunca había abandonado a su padres, el rey se divertía según era su costumbre, y reclinándose bajo un dosel color azafrán en la popa de la cuatrirreme, paladeaba en una copa de esmeralda los vinos y licores que habían estado en las bodegas de su palacio, almacenando el color de soles antiguos y más ardientes donde había caído ya la negra escarcha del olvido. Y se reía con las tonterías de sus bufones, de inagotables chistes antiguos que habían provocado la risa de otros reyes en los continentes antiguos perdidos en el mar. Y sus mujeres le divertían con obscenidades que eran más antiguas que Roma o Atlantis. Y siempre conservaba a mano, al lado de su lecho, las armas con las que esperaba cazar y volver a matar al gazolba, según el oráculo de Geol.

Los vientos fueron constantes y favorables y la flota continuó su avance, con los grandes remeros negros cantando alegremente a los remos, las suntuosas velas golpeándose fuertemente con el viento, y los largos gallardetes flotando al aire como llamas enhiestas. Después de dos semanas llegaron a Sotar, cuyas bajas costas cubiertas de casia y sagú formaban una barrera de cien leguas de norte a sur en el mar, y se detuvieron en Loithé, su principal puerto, para preguntar por el gazolba. Se rumoreaba que el pájaro había pasado sobre Sotar y varias personas les dijeron que un habilidoso hechicero de aquella isla, llamado Iflibos, lo había atraído gracias a su magia, encerrándolo en una jaula de sándalo. Así pues, el rey desembarcó en Loithé, considerando que quizá su búsqueda se acercase a su fin, y con algunos de sus capitanes y soldados se dirigió a visitar a Iflibos, que vivía en un valle apartado entre las montañas centrales de la isla. Fue un viaje tedioso y Euvorán se sintió muy disgustado por los gigantescos y viciosos gusanos de Sotar, que no respetaban la realeza y estaban siempre insinuándose bajo su turbante. Cuando, después de algún retraso y divagaciones por la espesa jungla, llegó a la casa de Iflibos en un alto y peligroso acantilado, vio que el pájaro era simplemente uno de los buitres de brillante plumaje nativos de aquella región, que Iflibos había domesticado para su propia diversión. Por tanto, el rey volvió a Loithé, después de declinar algo rudamente la invitación del hechicero, que quería mostrarle las poco corrientes hazañas de caza para las que había entrenado al buitre. Y en Loithé el rey no se detuvo más que lo necesario para cargar a bordo cincuenta jarros del soberano aguardiente en que Sotar sobrepasaba a todas las otras islas orientales. Después, costeando los acantilados y promontorios meridionales, donde el sol se hinchaba prodigiosamente en cavernas de millas de profundidad, las naves de Euvorán salieron de Sotar y llegaron, tras muchos días, a la pocas veces visitada isla de Tosk, cuyos habitantes se parecían más a gorilas y chimpancés que a los hombres. Euvorán preguntó si sabían algo del gazolba, recibiendo como respuesta únicamente un castañeteo semejante al de los monos. Por tanto, el rey ordenó a sus soldados que capturasen a varios de aquellos salvajes isleños y les crucificasen sobre las palmeras cocoteras por su falta de civismo. Los soldados persiguieron todo el día a los ágiles habitantes del lugar entre los árboles y las piedras, que abundaban en la isla, pero sin capturar ni siquiera a uno de ellos. El rey se contentó con crucificar a varios de sus soldados por su fallo en cumplir aquella orden y navegó hasta llegar a los siete atolones de Yumatot, cuyos habitantes eran en su mayor parte caníbales. Más allá de Yumatot, que era el límite usual de los viajes de Ustaim por el oriente, los navíos entraron al mar Ilozio y comenzaron a encontrar costas en parte míticas e islas sólo conocidas por los cuentos.

Sería tedioso relatar las particularidades completas de aquel viaje en el que Euvoran y sus capitanes fueron siempre hacia el punto donde nace la aurora. Las extrañas maravillas que encontraron en los archipiélagos detrás de Yumatot fueron diversas e innumerables, pero en ningún lugar pudieron hallar una sola pluma como la que había formado parte del plumaje del gazolba y la extraña gente que poblaba aquellas islas no había visto nunca al pájaro. Sin embargo, el rey vio muchas bandadas de aves de alas ardientes y desconocidas que pasaban sobre sus galeras en medio del mar, yendo de un islote a otro. Desembarcando a menudo, practicó su arquería sobre periquitos y pájaros lira, o mató a las doradas cacatúas con su cerbatana. Cazó al dido y al dinornis en costas que por otra parte estaban despobladas. Una vez, en un mar poblado de rocas desnudas que salían a la superficie, la flota fue asaltada por poderosos grifos que se lanzaron desde sus nidos construidos en los acantilados y cuyas alas brillaban como si las plumas fuesen de bronce bajo el sol meridiano y había un fuerte tintineo como de escudos sacudidos en la batalla. Los grifos, que eran al mismo tiempo feroces y pertinaces, fueron alejados con mucha dificultad por rocas lanzadas de las catapultas de los navíos.

Mientras las naves continuaban avanzando hacia el este, por todas partes había multitud de aves. Pero al atardecer de un día en el cuarto mes después de su partida de Aramoam, las naves se acercaron a una isla sin nombre que sobresalía a una milla de altura con acantilados de desnudo y negro basalto, a cuyo alrededor el mar gritaba con ahogada rabia y en cuyos precipicios no se veían alas ni se oían voces de pájaros. La isla estaba coronada por engarfiados cipreses que podrían haber crecido en un cementerio azotado por el viento y absorbía lúgubremente el atardecer, como si se empapase con un cuajarón de sangre oscureciéndose. En la parte más alta de los acantilados había extrañas cuevas con columnas parecidas a las morada de olvidados trogloditas, pero aparentemente inaccesibles para los hombres, y según todas las apariencias, las cuevas no estaban ocupadas por ningún tipo de vida, aunque agujereaban la faz de la isla durante leguas. Euvorán ordenó que sus capitanes soltaran el ancla, con la intención de buscar un lugar para desembarcar la mañana siguiente, puesto que en su ansiedad para volver a encontrar al gazolba no dejaría pasar ninguna isla del océano de la aurora, ni siquiera la menos probable, sin el debido rastreo y examen.

La oscuridad cayó rápidamente y no había luna, de forma que las naves, que estaban muy cerca unas de otras, sólo eran visibles por sus linternas. Euvorán se sentó en su camarote y se dispuso a cenar, sorbiendo el dorado aguardiente de Sotar entre bocados de mermelada de mango y carne de fenicóptero. Excepto por una pequeña guardia en cada nave, los marineros y soldados estaban todos cenando y los remeros comían sus higos y lentejas en sus bancos. Entonces, un salvaje grito de alarma salió de todos los vigías, el grito cesó en un instante y todas las enormes embarcaciones se movieron y tambalearon sobre el agua como si se hubiera posado sobre ellas un peso monstruoso. Nadie sabía qué sucedía, pero por todas partes imperaba el desconcierto y la confusión, diciendo algunos que la flota era atacada por piratas. Aquellos que miraban por las escotillas y agujeros de los remos vieron que los faroles de sus vecinos habían sido apagados y percibieron en la oscuridad un bullir y revolotear como formado por nubes bajas, viendo que pestilentes criaturas negras, del tamaño de un hombre y con alas como los vampiros, trepaban en miríadas por las filas de remos. Aquellos que se atrevieron a acercarse a las escotillas abiertas vieron que las cubiertas, los aparejos y los mástiles estaban cubiertos por aquellas criaturas, que al parecer tenían hábitos nocturnos y habían bajado a manera de murciélagos de sus cuevas en la isla.

Después, como cosas de pesadilla, los monstruos comenzaron a invadir las escotillas y asaltar los puentes, clavando sus infernales garras en los hombres que se les opusieron. Al causarles gran impedimento sus alas, se les podía rechazar con lanzas y flechas, pero volvían una y otra vez formando una espesa turba innumerable, piando con un sonido débil y parecido al de los murciélagos. Era claro que eran vampiros, porque en cuanto conseguían arrastrar a un hombre al suelo, tantos como podían conseguir un bocado se fijaban a él y sin descanso le chupaban la sangre hasta que quedaba poco más que un puñado de huesos. Las cubiertas superiores, que estaban medio abiertas al cielo, se vieron rápidamente perdidas y sus tripulaciones fueron vencidas por un odioso enjambre; los remeros gritaron desde sus cubiertas que el agua del mar estaba entrando por los agujeros de sus remos, al hundirse más profundamente las naves debido al peso, constantemente en aumento. Los hombres de Euvorán lucharon durante toda la noche en las compuertas y las escotillas contra los vampiros, turnándose cuando se cansaban. Muchos de ellos fueron capturados y su sangre sorbida ante los ojos de sus compañeros, en el transcurso de aquella noche, y parecía que los vampiros no serían muertos con armas mortales, aunque la sangre que habían chupado salía en tumultuosos surcos de sus cuerpos heridos. Y se arracimaron todavía más sobre la flota, hasta que las birremes comenzaron a hundirse y los remeros se ahogaron en las sumergidas cubiertas inferiores de ciertas trirremes y cuatrirremes.

El rey Euvorán estaba furioso ante este inesperado escándalo que había interrumpido su cena, y cuando el dorado aguardiente hubo sido derramado y las fuentes de carnes extrañas estaban por los suelos a causa del violento cabeceo de la embarcación, quiso salir de su camarote completamente armado, para hacer llegar a su fin a aquellos chillones malnacidos. Pero en el instante que giraba la puerta del camarote para abrirla por completo, se oyó un suave e infernal chillido en las escotillas a sus espaldas y las mujeres que se hallaban con él comenzaron a chillar y los bufones a gritar llenos de terror. El rey vio, a la luz de la lámpara, una cara horrible con los dientes y las fosas nasales de un ratón que se metía por una de las compuertas del camarote. Intentó rechazar aquel rostro, y desde ese momento hasta el amanecer luchó contra los vampiros con las mismas armas que había traído para dar muerte al gazolba; el capitán del barco, que estaba cenando con él, guardó la otra escotilla con su espalda y las restantes fueron defendidas por dos de los eunucos del rey, armados con cimitarras. En esta actividad se vieron favorecidos por la pequeñez de las escotillas, que, en cualquier caso, apenas hubiesen permitido el libre paso de sus alados asaltantes. Después de oscuras horas de tediosa y horrible pelea, la oscuridad se adelgazó con la parda luz del amanecer y los vampiros se elevaron de las naves formando una negra nube y volvieron a sus cuevas en los acantilados de una milla de altura de aquella isla sin nombre.

Cuando Euvorán contempló los daños causados en sus orgullosas naves de guerra, su corazón se llenó de pesar, porque, de los quince navíos, siete se habían hundido durante la noche, arrastrados al fondo e inundados por aquellas colgantes hordas de obscenos vampiros, y las cubiertas de las restantes estaban tan ensangrentadas como si fuesen mataderos, con la mitad de sus marineros, remeros y soldados yaciendo secos y fláccidos como pellejos de vino vacíos después del sediento ataque de los murciélagos gigantes. Las velas y gallardetes estaban convertidos en harapos, y por todas partes, desde la proa hasta la popa de las galeras de Euvorán, se desprendía el nauseabundo olor de su fetidez horrible. Por tanto, para que otra noche no les encontrase de nuevo en la proximidad de aquella isla maldita, el rey ordenó a los capitanes que quedaban que levaran anclas, y las naves, con el agua del mar lavando todavía sus cubiertas y algunas con los remeros ahogados todavía en sus puestos en los bancos inferiores, se dirigieron lenta y pesadamente hacia el este, hasta que las horadadas paredes de la isla comenzaron a hundirse detrás del océano. De noche no se veía tierra por ninguna parte, y después de dos días sin haber sido molestados más por los vampiros llegaron a una isla de coral de superficie muy baja y con una tranquila laguna en el centro que era frecuentada únicamente por las aves marinas. Allí, por primera vez, Euvorán se detuvo a reparar sus destrozadas velas, a achicar el agua de sus escondrijos y a limpiar la sangre y la basura de sus cubiertas.

Sin embargo, a pesar de este desastre, el rey no abandonó en modo alguno su propósito de seguir navegando hacia las fuentes del día hasta que, como había predicho Geol, se encontrase de nuevo al gazolba huido y lo matase con su propia y real mano. Así pues, durante otra luna, pasaron entre otros extraños archipiélagos y penetraron más profundamente en regiones de mito y leyenda. Valientemente, se adentraron en amaneceres de amaranto cruzados por loros dorados y corrientes de mediodía de un zafiro oscuro y ardiente, donde los rosados flamencos pasaban en dirección de playas perdidas e invioladas. Las estrellas cambiaron y, bajo signos de extraña forma, oyeron el salvaje y melancólico canto de los cisnes que volaban hacia el sur, huyendo del invierno de regiones no descubiertas y buscando el verano de mundos inexplorados. Y hablaron con hombres fabulosos que llevaban como mantos las alas de un fabuloso y bel]o pájaro roc, extendiéndose por el suelo detrás de ellos y con hombres que se adornaban con plumas de epyornis. Y también hablaron con gente extraordinaria cuyos cuerpos estaban cubiertos por una pelusa como la de las aves recién empolladas y con otras cuya carne estaba salpicada de algo que se parecía al plumón. Pero en ningún lugar pudieron enterarse de nada sobre el gazolba.

A principios del sexto mes del viaje, a media mañana, una costa nueva y desconocida ascendió durante muchas millas de la profunda curva, extendiéndose de noroeste a sudoeste con puertos resguardados y acantilados y salientes picudos que se intercalaban con calas bajas y verdes. Mientras las galeras se dirigían hacia allí, Euvorán y sus capitanes vieron que sobre algunas de las prominencias más enhiestas estaban construidas torres, pero en el puerto, debajo, no había ni embarcaciones ancladas, ni botes en movimiento, y la costa del puerto era una espesura de verdes árboles y hierba. Navegando más cerca y entrando en el puerto, no vieron otro signo evidente de hombres, aparte de las torres levantadas sobre el acantilado. Sin embargo, el lugar estaba lleno con un extraordinario número y variedad de pájaros, que variaban en tamaño desde pequeños paros y paserinos a criaturas de mayor longitud de alas que el águila o el cóndor. Describían círculos sobre los barcos en grupos y grandes y abigarradas bandadas, pareciendo al mismo tiempo curiosos y prudentes; Euvorán vio algo que parecía un consejo alado tener lugar sobre los bosques y alrededor de los acantilados y las torres. Pensó que aquél era un lugar apropiado para rastrear al gazolba y, preparándose para la caza, fue a tierra firme en un pequeño bote con varios de sus hombres.

Los pájaros, incluso los de mayor tamaño, eran claramente tímidos e inofensivos, porque, cuando el rey desembarcó en la playa, hasta los mismos árboles parecieron huir, tan numerosas fueron las aves que se lanzaron a volar tierra adentro, o que buscaron los acantilados y agujas rocosas que se elevaban más allá del tiro de los arcos. De la multitud visible poco antes no quedaba nada y Euvorán se maravilló ante tal astucia. Más aún, estaba algo exasperado porque no deseaba partir sin llevarse un trofeo de su habilidad, aunque no pudiese encontrar al gazolba. Y consideró la actitud de los pájaros tanto más curiosa a causa de la soledad de la isla, porque aquí no había otro sendero que el que podrían hacer los animales del bosque, y tanto éstos como los prados estaban completamente salvajes y sin cultivar y las torres parecían igualmente desoladas con aves marinas y terrestres entrando y saliendo por sus vacías ventanas. El rey y sus hombres registraron los bosques desiertos a lo largo del litoral y llegaron a una empinada pendiente cubierta por arbustos y cedros enanos, cuya parte más alta se acercaba por un lado a la torre más alta. Aquí, en el fondo de la pendiente, Euvorán vio un pequeño búho durmiendo en uno de los cedros, totalmente inadvertido de la conmoción causada por los otros pájaros al huir. Euvorán colocó una flecha y derribó al búho, aunque ordinariamente hubiese perdonado una presa tan miserable. Estaba a punto de recoger el pájaro caído cuando uno de los hombres que le acompañaban gritó alarmado. Después, volviendo la cabeza mientras se inclinaba bajo el follaje del cedro, el rey vio una bandada de pájaros colosales, mayores que ninguno de los otros que había visto en la isla, que descendían desde la torre como rayos al caer. Antes de que pudiese colocar otra flecha en la honda, estaban sobre él, produciendo un fuerte estruendo con el batir de sus poderosas alas y derribándolo al suelo instantáneamente, de forma que únicamente los percibía como una tormenta de plumas revolviéndose terriblemente y un torbellino de crueles picos y garras. Antes de que sus hombres pudiesen acudir en su ayuda, uno de los pájaros fijó sus gigantescas garras sobre la hombrera del manto del rey, sin perdonar la carne bajo su horrible apretón, y se lo llevó a la torre del acantilado tan fácilmente como un halcón se hubiese llevado a un pequeño lebrato. El rey estaba totalmente indefenso, pues había soltado su ballesta ante el asalto de los pájaros y su cerbatana se había desprendido del cinto del que pendía y todas sus flechas y dardos habían sido desparramadas por el suelo. No tenía arma alguna, aparte de una aguda daga, y no podía usarla para nada contra su captor en medio del aire.

Velozmente fue llevado hasta la torre, con una bandada de aves menores describiendo círculos a su alrededor y chillando como en son de burla, hasta que se sintió sordo por aquel alboroto. Se mareó a causa de la altura a que había sido transportado y la violencia de su ascenso, y vio borrosamente las murallas de la torre desaparecer a su lado con amplias ventanas, parecidas a puertas. Después, cuando comenzaba a vomitar, entraron por una de las ventanas y fue depositado rudamente sobre el suelo de una cámara alta y espaciosa. Extendido completamente, con el rostro contra el suelo, yació vomitando durante un rato, sin tomar conciencia de lo que le rodeaba. Después, recobrándose ligeramente, se colocó en posición sentada y vio ante él sobre una especie de plataforma una enorme percha de oro rojo y marfil amarillo, con la forma de una luna nueva creciente arqueandose hacia arriba. La percha estaba sostenida por postes de jaspe negro, moteados como con sangre, y sobre ella se sentaba un pájaro gigante y de lo más singular, que contemplaba a Euvorán con un aspecto lúgubre, terrible y austero, como un emperador contemplaría a la escoria que sus guardias han conducido ante él a causa de alguna grave ofensa. El plumaje del pájaro era del color de la púrpura de Tiro y su pico era como una poderosa hacha de pálido bronce que estaba oscurecido en verde hacia la punta y se sujetaba a la percha con garras de hierro que eran más largas que los dedos cubiertos de malla de un guerrero. Su cabeza estaba adornada por plumas de azul turquesa y amarillo ámbar, como una corona de muchas puntas, y alrededor de su cuello, que era largo y sin plumas y tan áspero como la piel de un dragón cubierto de escamas, llevaba un extraño collar compuesto por cabezas humanas y de varios animales felinos, como la comadreja, el gato salvaje, el zorro y la vicuña, todos ellos reducidos a un tamaño común y no más grandes que nueces.

Euvorán se sintió aterrorizado por el aspecto de este pájaro y su alarma no disminuyó cuando vio que muchos otros pájaros de tamaño únicamente inferior al de aquél estaban sentados en la cámara sobre perchas menos elevadas y costosas, de la misma forma que los grandes del reino se sentarían en presencia de su soberano. Y detrás de Euvorán, como guardianes, estaba la criatura que le había raptado a la torre, junto con sus compañeros. Entonces, y para su más profunda confusión, el gran pájaro de plumaje tirio se le dirigió en lenguaje humano, diciéndole con una voz dura pero grandilocuente y mayestática:

—Con demasiado atrevimiento, oh basura de humanidad, has invadido la paz de la isla de Ornava, isla sagrada para los pájaros, y con maldad has matado a uno de mis súbditos. Entérate de que yo soy el monarca de todos los pájaros que vuelan, andan, vadean o nadan en este globo terráqueo de la Tierra, y mi capital y trono están en Ornava. En verdad, se hará justicia por tu crimen. Pero si tienes algo que decir en tu defensa, lo oiré ahora, porque no quisiera que incluso el más vil de los gusanos terrestres y el más pernicioso me acusase de injusticia o tiranía.
Entonces, recobrándose ligeramente, aunque con el corazón muy asustado, Euvorán le contestó al pájaro y dijo:
—Vine aquí a buscar al gazolba que adornaba mi corona en Ustaim y me fue traidoramente arrebatado, junto con la corona, por medio del hechizo de un mago sin ley. Y conoce que soy Euvorán, rey de Ustaim, y que no me inclino ante ningún pájaro, ni siquiera ante el más poderoso de esta especie.

Entonces el rey de la aves, como asombrado y más indignado que antes, interrogó a Euvorán y le hizo multitud de preguntas en relación al gazolba. Al enterarse de que este pájaro había sido muerto por unos marineros y después disecado, y que todo el propósito de Euvorán en su viaje era cogerlo y matarlo por segunda vez y volverlo a disecar si era necesario, el rey gritó con voz fuerte y airada:

—Esto no ha ayudado tu caso, sino que te ha probado culpable de un doble crimen y de una triple infamia, porque has poseído una cosa abominable y que es contraria a la naturaleza. En esta torre mía, como es justo y apropiado, guardo los cuerpos de los hombres que mis taxidermistas han disecado, pero, en verdad, no es permisible ni sufrible que un hombre haga esto con los pájaros. Por tanto, por la salud de la justicia, y en retribución, pronto te entregaré a los ciudadanos de mis taxidermistas. Indudablemente, creo que un rey disecado, puesto que hasta los gusanos tienen reyes, servirá para realzar mi colección.
Después de esto, se dirigió a los guardianes de Euvorán y les dijo:
—Llevaos esta basura. Confinadlo en la jaula humana y mantened una vigilancia estricta sobre él.

Euvorán, urgido y empujado por los picotazos de sus guardias, se vio obligado a trepar por una especie de escalera inclinada con amplios travesaños de teca que conducía a una cámara en la parte superior de capacidad más que amplia para alojar a seis hombres. El rey fue empujado al interior de la caja y los pájaros trancaron la puerta detrás de él con sus garras, que parecían tener la destreza de los dedos. A partir de entonces, uno de ellos permaneció al lado de la jaula, observando a Euvorán vigilantemente por los espacios entre los barrotes; los otros se alejaron volando por un gran ventanal y no volvieron. El rey se sentó sobre un montón de paja, puesto que la jaula no contenía cosa mejor para su comodidad. La desesperación le atenazaba y le parecía que su situación era al mismo tiempo terrible e ignominiosa. Estaba profundamente asombrado de que un pájaro pudiese hablar con el lenguaje humano, insultando y despreciando a la humanidad, y consideraba algo igualmente monstruoso que un ave viviese con pompa real, con servidores que cumplían su voluntad y la pompa y el poderío de un rey. Y Euvorán esperaba su destino en la jaula para hombres, cavilando sobre estos nefandos prodigios; después de un rato, le trajeron agua y granos crudos en vasijas de barro, pero no pudo comer los granos. Más tarde, cuando el día se acercaba a la tarde, oyó gritos de hombres y el chillido de las aves bajo la torre, y pronto, sobre estos ruidos, los chasquidos de las armas y el estruendo como si las rocas estuviesen siendo desprendidas del acantilado. Así supo Euvorán que sus marineros y soldados, que habían visto cómo le llevaron cautivo a la torre, estaban asaltando el lugar en un esfuerzo para socorrerle. Los ruidos aumentaron, alcanzando un alboroto tremendo y atroz, y se oyeron gritos como de gente herida mortalmente y chillidos vengativos como de arpías en medio de una batalla. Al poco rato, el clamor se alejó y los gritos se debilitaron; Euvorán supo así que sus hombres no habían tenido éxito en el asalto a la torre. La esperanza murió en su interior, desvaneciéndose en un pozo de desesperación todavía más profundo.

Así pasó la tarde, bajando hacia el mar, y el sol tocó a Euvorán con sus parejos rayos y coloreó los barrotes de la jaula con una imitación del oro. Pronto la luz abandonó la habitación, y poco después llegó el atardecer, tejiendo una temblorosa red fantasmal en el pálido aire. Entre el ocaso y la oscuridad, una guardia nocturna vino a relevar al pájaro diurno que vigilaba al rey cautivo. El recién llegado era un nictálope de relucientes ojos amarillos, y más alto que el mismo Eurován; estaba formado y emplumado en forma parecida a un búho y tenía las resistentes piernas de un megápodo. Euvorán era consciente, y de forma incómoda, de los ojos del ave, que ardían sobre él con un resplandor más brillante cuanto más se acrecentaba la penumbra. Apenas podía resistir aquel constante escrutinio. Pero pronto salió la luna, casi llena, derramando una espectral y plateada luz por la habitación, empalideciendo los ojos del pájaro, y Euvorán concibió un plan desesperado. Sus captores, pensando que había perdido todas sus armas, se olvidaron de quitar de su cinturón la daga, que era larga, con doble filo, y tan aguda como una aguja en la punta. Sujetó el mango de la daga bajo su manto y fingió una repentina enfermedad con gemidos, agitaciones y convulsiones que le lanzaban contra los barrotes. Como había pensado, el gran nictálope se acercó más, curioso por saber lo que aquejaba al rey, e inclinándose metió su cabeza de búho entre los barrotes sobre Euvorán. El rey, fingiendo una convulsión más fuerte que las otras, sacó la daga de su funda y golpeó rápidamente la extendida garganta del pájaro.

El golpe penetró profundamente, taladrando las venas más profundas; el graznido del pájaro fue ahogado por su propia sangre y cayó, aleteando ruidosamente, de forma que Euvorán temió que todos los ocupantes de la torre se despertarían con el sonido. Pero parecía que sus temores eran infundados, pues nadie entró en la cámara y pronto los aleteos cesaron y el nictálope yació inmóvil, en un gran montón de encrespadas plumas. Entonces el rey siguió adelante con su plan e hizo girar los cerrojos de amplia rejilla de la puerta de bambú con poca dificultad. Después, dirigiéndose al comienzo de la escalera por la que se bajaba a la otra habitación, miró y vio al rey de las aves dormido a la luz de la luna sobre su percha criselefantina con el terrible pico en forma de hacha bajo las alas. Euvorán tuvo miedo de descender a la cámara, por temor a que el rey se despertase y le viese. También pensó que los pisos bajos de la torre posiblemente estarían guardados por aves parecidas a la criatura nocturna que había matado.

De nuevo fue presa de la desesperación, pero siendo de naturaleza astuta y resuelta, Euvorán pensó en otro plan. Con mucho trabajo y utilizando la daga, despellejó al enorme nictálope y limpió la sangre de su plumaje lo mejor que pudo. Después se envolvió en la piel, con la cabeza del nictálope sobre su propia cabeza y unos agujeros para los ojos en la garganta por los que pudiese mirar entre las plumas. La piel se le ajustaba bastante bien a causa de su pecho saliente, y su barriga y sus delgadas canillas eran ocultadas tras las pesadas canillas del pájaro cuando caminaba. Después, imitando el porte y forma de andar del pájaro, el rey descendió por la escalera, colocando los pies cuidadosamente para evitar una caída y haciendo poco ruido, para que el rey de los pájaros no se despertase y descubriese su impostura. El rey estaba completamente solo y siguió durmiendo sin moverse, mientras Euvorán llegaba al suelo y cruzaba rápidamente la cámara hasta llegar a otra escalera que conducía a otra habitación en el piso de abajo.

En esta habitación había muchos grandes pájaros dormidos en perchas y el rey estuvo a punto de perecer de terror mientras pasaba entre ellos. Algunos de los pájaros se agitaron ligeramente y murmuraron soñolientamente, como si fuesen conscientes de su presencia, pero ninguno le puso obstáculos. Bajó a una tercera habitación y se sobresaltó al ver allí las figuras en pie de muchos hombres, algunos vestidos de marineros, otros de mercaderes, otros desnudos y enrojecidos con pinturas brillantes como los salvajes. Los hombres estaban completamente inmóviles y mudos, como si estuvieran encantados, y el rey les temió menos de lo que había temido a los pájaros. Pero acordándose de lo que le había dicho su rey, adivinó que aquellas personas habían sido capturadas en forma parecida a la suya, y asesinados y conservados gracias al arte de un ave taxidermista. Pasó temblando a otra habitación, que estaba llena de gatos, tigres y serpientes disecados, junto con varios otros enemigos de las aves. La habitación bajo ésta era el piso bajo de la torre y sus puertas y ventanas estaban guardadas por varias aves nocturnas gigantescas similares a aquella cuya piel llevaba el rey. Indudablemente, aquí estaba el mayor peligro y la prueba suprema de su coraje, porque los pájaros le observaron alertas con sus ardientes órbitas doradas y le saludaron con un suave graznido semejante al de los búhos. Las rodillas de Euvorán temblaron y se golpearon al pasar entre los guardias, pero imitando el sonido en son de réplica, no fue molestado por ellos. Llegando hasta la puerta abierta de una torre, vio que la roca del acantilado, iluminada por la luna, no estaba a más distancia que dos cúbitos bajo él, y saltó desde el umbral imitando a un pájaro saltando precariamente de borde en borde a lo largo del promontorio, hasta llegar a la parte superior de aquel declive en cuyo fondo había matado al pequeño búho. Aquí su descenso se hizo más fácil y pronto llegó a los bosques que rodeaban el puerto.

Pero antes de que pudiese entrar en los bosques, se oyó a su alrededor el estridente silbido de los dardos; el rey fue ligeramente herido por una flecha y rugió de rabia, dejando caer el manto de piel de pájaro. Esto, sin duda, le salvó de perecer a manos de sus propios hombres, que venían por el bosque con la intención de asaltar la torre durante la noche. Al saber esto, el rey les perdonó el peligro en que sus flechas le habían puesto. Pero pensó que lo mejor sería abandonar la isla a toda prisa, absteniéndose de asaltar la torre. Así pues, volviendo al buque insignia, ordenó que todos sus capitanes desplegasen las velas inmediatamente, porque, conociendo el terrible poder del monarca de las aves, tenía cierto miedo a una persecución, y pensó que lo mejor sería colocar entre sus naves y la isla un ancho espacio de mar antes del amanecer. Así, las galeras salieron del tranquilo puerto, y rodeando un promontorio al nordeste se dirigieron al este con un rumbo contrario al de la luna. Euvorán, sentado en su camarote, se regaló con gran cantidad y variedad de comida para compensar el ayuno de la jaula humana y se bebió todo un galón de vino de palma, añadiendo un jarro lleno del potente aguardiente de Sotar, dorado como el oro.

A medio camino entre la medianoche y la mañana, cuando la isla de Ornava estaba muy atrás, los timoneles de las embarcaciones vieron surgir una muralla de nubes negras como el ébano que se elevaban velozmente bajo la luna en descenso. Ascendió a gran altitud en los cielos, esparciéndose y formando torres de trueno, hasta que la tormenta asaltó la flota de Euvorán y la arrastró como con los sueltos huracanes del infierno a través de un remolino de caos sin estrellas. En la oscuridad las naves fueron separadas y arrastradas lejos unas de otras, y al salir el día la cuatrirreme del rey estaba sola en el tumulto de aguas y nubes mezcladas; el mástil se rompió junto con la mayor parte de los remos de madera y la nave fue un juguete de los demonios de la tempestad. Durante tres días y tres noches, sin que ni el resplandor del sol ni el de las estrellas pudiese discernirse entre aquel hirviente torbellino, la nave fue arrastrada como si estuviese presa en una catarata de los elementos que se dirigiese a alguna corriente sin fondo más allá de los límites del mundo. Al amanecer del cuarto día, las nubes disminuyeron algo, pero el viento continuaba soplando como el aliento de la perdición. Entonces, elevándose oscuramente entre la espuma y el vapor, una tierra medio vista surgió ante la proa, y el timonel y los remeros fueron completamente incapaces de apartar al condenado barco de su rumbo. Poco después, con un gran estruendo de su esculpida proa y el terrible desgarramiento de los maderos, la nave tocó un arrecife bajo, oculto por la espuma, y sus cubiertas inferiores se inundaron rápidamente. La nave comenzó a hundirse con la popa inclinándose cada vez más y el agua entrando por los castillos de babor.

La costa, que se extendía detrás del arrecife y podía verse entre los velos de la espumosa furia del mar, era lúgubre, recortada y austera. Parecía haber poca esperanza de alcanzarla. Mas antes de que el destrozado barco se hubiese ido al fondo bajo él, Euvorán se ató con cuerdas de bonete a un tonel de vino vacío y se tiró desde el inclinado puente. Aquellos de sus hombres que no se habían ahogado ya en el sitio, o no habían sido arrastrados por el tifón, saltaron tras él a aquel mar de altas olas, algunos confiando únicamente en su habilidad como nadadores y otros agarrados a barricas, tablones y remos rotos. La mayoría fueron arrastrados al fondo por el hirviente remolino o golpeados contra las rocas, y de toda la compañía del barco sólo sobrevivió el rey, que fue lanzado a la costa con el soplo de la vida no sofocado en su interior por aquel amargo mar. Medio ahogado y sin sentido, yació donde le habían dejado las olas sobre una plataforma arenosa. Pronto el temporal perdió su virulencia, las olas llegaron con caídas crestas, las nubes desaparecieron en una hilera perlada, y el sol, trepando sobre las rocas, brillós obre Euvorán desde un azul profundo e inmaculado. Y el rey, todavía mareado por los efectos de la rudeza del mar, oyó vagamente, y como en sueños, los chillidos de un ave desconocida. Después, abriendo sus ojos, contempló entre él y el mar, revoloteando con las alas extendidas, aquella gloria de plumas de diversos colores que él conocía como el gazolba. Gritando con voz que era dura y estridente como la de las aves marinas, el pájaro se mantuvo sobre él durante un instante y después voló tierra adentro, a través de una abertura entre los acantilados.

Olvidando todas sus desgracias y la pérdida de sus orgullosas naves de guerra, el rey se desató rápidamente del tonel vacío y, poniéndose en pie torpemente, siguió al pájaro. Aunque ahora no tenía armas, le parecía que el cumplimiento del oráculo de Geol estaba próximo. Lleno de esperanza, se armó con un gran palo caído por allí y reunió pesadas piedras de la playa, mientras perseguía al gazolba. Detrás del paso entre los altos y agrestes acantilados, encontró un resguardado valle con tranquilos manantiales y bosques de hojas exóticas y fragantes arbustos orientales en flor. Aquí, y ante sus asombrados ojos, pasaban de rama en rama enormes cantidades de aves que llevaban el colorido plumaje del gazolba; entre ellas fue incapaz de distinguir la que había seguido, pensando que era el adorno avícola de su corona perdida. Aquella muchedumbre de pájaros era algo más allá de su comprensión, puesto que él y todo su pueblo habían considerado que el ave disecada era única y sin par en el mundo, de la misma forma que las otras partes de la corona de Ustaim. Y se le ocurrió que sus antepasados habían sido engañados por los marineros que mataron al pájaro en una isla remota, jurando después que era el último de su especie.

Sin embargo, aunque la ira y la confusión reinaban en su corazón, Euvorán pensó que un pájaro cualquiera de la bandada serviría como emblema y talismán de su realeza en Ustaim y probaría su búsqueda entre las islas de la aurora. Así pues, con un bravo lanzamiento de piedras y palos, intentó derribar uno de los gazolbas. Ante su acometida, los pájaros volaron de árbol en árbol con un horrible chillido y un revoloteo de plumas que formaban en el aire un esplendor imperial. Al final, Euvorán, gracias a su buena puntería o a la suerte, mató un gazolba. Cuando se dirigía a recoger el pájaro caído, vio un hombre que, con destrozadas vestiduras de un extraño corte y armado con un arco rudimentario, cargaba sobre su espalda un grupo de gazolbas atados por las patas con una resistente hierba. El hombre llevaba sobre su cabeza la piel y las plumas de aquel mismo pájaro. Se acercó a Euvorán gritando indistintamente a través de su enmarañada barba y el rey le contempló con sorpresa y rabia, gritando fuertemente:

—Vil siervo, ¿cómo te atreves a matar al pájaro sagrado para los reyes de Ustaim? ¿No sabes que sólo los reyes pueden llevar al pájaro sobre su cabeza? Yo, que soy el rey Euvorán, te pediré buena cuenta de lo que has hecho.

Ante esto, y mirando con extrañeza a Euvorán, el hombre lanzó una risotada fuerte y burlona, como si pensase que el rey era una persona algo tocada de la cabeza. Y pareció encontrar muy divertido el aspecto del rey, cuyas vestiduras estaban desordenadas, rígidas y sucias a causa de la sal marina al secarse, y cuyo turbante había sido arrancado por las traidoras olas, dejando su calvicie al descubierto. Cuando hubo terminado de reír, el hombre dijo:

—En verdad, éste es el primer y único chiste que he escuchado en nueve años, y mi risa debe ser perdonada. Hace nueve años naufragué en esta isla, siendo un capitán del lejano país sudoriental de Ullotrol y el único miembro de la tripulación que sobrevivió y llegó a salvo a la costa. En todos estos años no he escuchado el lenguaje de ningún hombre, puesto que la isla está muy apartada de las rutas marítimas y no tiene otros habitantes que los pájaros. En cuanto a tus preguntas, se contestan fácilmente: mato a estos pájaros para alejar los dolores del hambre, puesto que en la isla hay poco más que se pueda comer, aparte de raíces y frutos silvestres. Llevo sobre mi cabeza su piel y sus plumas porque mi turbante fue arrancado por el mar cuando me arrojó bruscamente sobre esta playa. Y no me importan las extrañas leyes que mencionas, y más aún, tu realeza es algo que no me interesa demasiado, puesto que la isla no tiene rey y tú y yo somos los únicos aquí, y yo soy el más fuerte y el que está mejor armado. Por tanto, piénsatelo mejor, oh rey Euvorán, y puesto que tú mismo has matado un pájaro, te aconsejo que lo cojas y vengas conmigo. Verdaderamente quizá pueda ayudarte en lo que concierne a pelarla y cocinarla, porque debo pensar que estás más acostumbrado a los productos del arte culinario que a su práctica.

Oyendo todo esto, la rabia de Euvorán se desvaneció como una llama a la que falta el combustible. Vio claramente la situación final a que su viaje le había conducido y comprendió amargamente la ironía que encerraba el verdadero oráculo de Geol. Supo que el resto de su flota de guerra estaba esparcido entre islas o perdido en mares desconocidos. Se dio cuenta de que nunca volvería a ver las casas de mármol de Aramoam ni a vivir rodeado de un agradable lujo, ni a administrar la ley entre el verdugo y el torturador en el salón de justicia, ni a llevar la corona del gazolba entre los aplausos de su pueblo. Por tanto, acató su destino, pues no estaba completamente desprovisto de razón, y dijo al capitán:

—Lo que dices tiene sentido. Así pues, guíame.
Entonces, cargados con los despojos de la caza, Euvorán y el capitán, cuyo nombre era Naz Obbamar, se dirigieron amigablemente a una caverna en la rocosa pendiente del interior de la isla que Naz Obbamar había escogido como morada. Aquí el capitán hizo una hoguera de ramas de cedro secas y enseñó al rey la forma más apropiada para pelar el pájaro y asarlo sobre la hoguera, dándole vueltas lentamente sobre un asador de madera de alcanfor verde. Y Euvorán, que estaba hambriento, no encontró la carne del gazolba demasiado incomestible, aunque era algo dura y tenía un fuerte sabor. Después de que hubieron comido, Naz Obbamar sacó de la cueva una tosca jarra hecha con el barro de la isla, y que contenía un vino que él había hecho con ciertas bayas, y bebieron por turnos de la jarra, contándose la historia de sus aventuras y olvidando por un rato la dureza y soledad de su situación.

A partir de entonces, compartieron !a isla de los gazolbas, matando y comiendo a las aves según lo ordenaba su apetito. A veces, como una gran exquisitez, mataron y comieron algún otro pájaro que se encontraba en la isla mucho más raramente, aunque a lo mejor era bastante corriente en Ustaim o Ullotrol. Y el rey Euvorán se hizo un turbante con la piel y plumas del gazolba, igual que lo había hecho Naz Obbamar. Y así pasaron sus días hasta el fin.

El viento en el pórtico. John Buchan (1875-1940)

Un viento ardiente viene desde los yermos… No ventila, ni purifica. Un viento lleno de amenazas viene sobre mí.
Jeremías IV, 11-12

I.
Nightingale era un hombre difícil de describir.
Sus aventuras con los beduinos podían haberlo convertido en una leyenda; pero inmediatamente después de hablar con ellos, proclamó haber ganado la guerra y dio por zanjado el asunto. Era un tipo delgado y enigmático, de unos treinta años, que andaba siempre encorvado. Llevaba unas gafas tan gruesas que era imposible adivinar el color de sus ojos. Viéndolo por primera vez con aquel aspecto apocado y husmeador, vestido con un albornoz de lo más prosaico, nadie hubiese podido imaginarlo mandando un ejército de tribus árabes. Me imagino que su poder podía explicarse, sobre todo, por su extravagancia. Las gentes del desierto pensaron que Alá había puesto la mano sobre él. Nightingale, por su parte, demostró valor, voluntad e imaginación. Después de aquello regresó a su casa en Cambridge y declaró que, gracias a Dios, ese capítulo de su vida había terminado definitivamente. Como digo, él nunca mencionó las hazañas que lo habían hecho famoso. Conocía bien su oficio, y es probable que se diera cuenta de que para mantener el equilibrio mental tenia que echar un velo sobre todo aquello. Respetábamos su decisión y en nuestras conversaciones nunca aludíamos a Arabia.

Fue un comentario casual lo que le hizo contarnos la siguiente historia. Mr. Hannay había estado hablando sobre su casa de Cotswold, en el camino de Fosse, y decía lo mucho que le extrañaba el hecho de que una civilización tan elaborada como la de la Britania Romana hubiese desaparecido sin dejar otro rastro en la historia del país que unas pocas ruinas, trazados de vías y algunos nombres de lugares. El historiador Peckwether tenia bastante que decir acerca de lo mucho que la tradición romana estaba unida a la cultura sajona.

—Roma no ha muerto todavía —dijo—; sólamente duerme.
Nightingale asintió con la cabeza.
—Y algunas veces habla en sueños... Una vez me asustó tanto que me trastornó.

Después de presionarle mucho nos contó esta historia. No era un buen conversador, así que prefirió escribirla y terminó leyéndola durante la siguiente velada. Éste es su manuscrito.

II.
Existe un lugar en Shropshire que no quiero volver a visitar. Está situado entre Ludlow y las colinas, en un profundo valle repleto de bosques. Su nombre es St.Sant, un pueblo con una gran casa junto a un parque, de un río llamado Vaun, a unas cinco millas de la pequeña ciudad de Faxeter. En esas comarcas galesas los topónimos son verdaderamente extraños. Y no es lo único raro que hay por allí. Volvía a Cambridge, después de unas largas vacaciones en Gales. Todo ocurrió antes de la guerra, cuando acababa de conseguir una beca y me disponía a realizar un trabajo académico. Era una preciosa noche de luna llena, a principios de octubre, y pretendía llegar hasta Ludlow para cenar y dormir. Eran cerca de las ocho y media, la carretera estaba vacía, se circulaba bien y avanzaba alegremente cuando algo ocurrió con los faros de mi coche. Era una cosa sin importancia, así que me detuve en las afueras del pueblo para arreglarlos yo mismo. Paré justo delante de los muros de una mansión rural. Al otro lado de la carretera se había detenido un carruaje, y dos hombres, que debían ser criados de la casa, descargaban unos bultos de un carretón.

La luna brillaba con claridad, así que podía ver lo que hacían. Cuando terminé el arreglo de los faros, quise estirar un poco las piernas y me acerqué hasta ellos. No me oyeron llegar, el carretero parecía estar dormido, sentado en su percha. Los bultos eran los típicos envíos de alguna gran tienda de la ciudad. Pero advertí que aquellos dos hombres los manejaban con cautela y, a medida que los depositaban en el carretón, les arrancaban la etiqueta de origen y les pegaban otra diferente. Las nuevas etiquetas eran bastante raras, grandes y cuadradas, con alguna dirección escrita en ellas con letras mayúsculas muy enigmáticas. No había nada de extraño en ello, pero las caras de aquellos hombres me confundían, ya que, aunque eran extremadamente cuidadosos, parecían hacer su trabajo con mucha excitación, anhelando terminar pronto. Aquella tarea parecía ser para ellos un asunto de tremenda importancia. Me situé de manera que pudiese ver sus rostros y noté que estaban pálidos y tensos. Se trataba de criados o mayordomos, ya mayores, y habría jurado que estaban asustados.

Arrastré los pies para que se dieran cuenta de mi presencia y saludé de forma intrascendente, comentando la buena noche que hacía. Se sobresaltaron como si estuviesen robando un cadáver. Uno de ellos contestó algo, pero el otro cogió un bulto que se escurría y, en un tono de violenta alarma, adviritó a su compañero para que tuviese cuidado. Me dio la impresión de que manipulaban explosivos. Aquella noche, en mi habitación de Ludlow, consulté mi mapa e identifiqué el lugar donde había visto a los hombres. El pueblo era St. Sant, y parecía que la tapia ante la que me había detenido pertenecía a una respetable propiedad llamada Vauncastle Hall.
Ésa fue mi primera visita. En aquellos días yo me hallaba ocupado en una escrupulosa edición de Theocrilus, para la que necesitaba una exhaustiva comparación de diferentes manuscritos. Había oído hablar de una variante inglesa del código de los Médicis que nadie había consultado desde Guisford. Después de muchos problemas, averigüé que se encontraba en la biblioteca de un hombre llamado Dubellay. Le escribí a su club de Londres y recibí, con gran sorpresa, una respuesta de Vauncastle Hall, en Faxeter, Gales.

Era una extraña carta, en la que se me daba a entender que me fuera al diablo, aunque de una forma muy cortés. Yo insistí, ya que el tono no era taxativo. Intercambiamos varias misivas y el resultado final fue un permiso para examinar su manuscrito. No me invitó a quedarme en su casa, pero mencionó una pequeña y confortable posada en St. Sant. Mi segunda visita, pues, empezó el 27 de diciembre, después de haber pasado las Navidades en Cambridge. Habíamos tenido una semana de fuertes heladas que luego remitieron un poco, aunque el frio era todavía riguroso, con cielos cargados que amenazaban nieve. Salí hacia Faxeter en coche, y recuerdo que cuando ascendía por el valle pensaba que aquél era un curioso y triste país. Las colinas, rebosantes de bosques, eran demasiado bajas para resultar impresionantes. Sus cimas mostraban pequeñas, despejadas y divertidas prominencias de color gris que sugerían un origen volcánico. Podía haber sido uno de esos panoramas que se encuentran en las primeras pinturas italianas del siglo XV, sin luz ni color.

Cuando avisté el río Vaun entre los prados descoloridos, parecía como "el agua pálida" de las canciones ribereñas. Tampoco los bosques tenían la amigable desnudez de los montes ingleses en invierno. Permanecían oscuros y nublados, como si escondieran algún secreto. Antes de llegar a St. Sant concluí que el paisaje no sólo era triste sino también amenazante. Encontré la posada de St. Sant muy de mi gusto. Se levantaba en la única calle existente, entre casas de un solo piso, como un alegre faro con cortinas rojas en las ventanas de lo que parecía ser el salón-bar. El interior causaba una impresión todavía mejor. Ocupé un dormitorio con un acogedor fuego y cené en una habitación de madera llena de divertidos retratos de sabuesos delgaduchos y caballos con el lomo hundido. Durante mi viaje había estado muy deprimido, pero esta comodidad me levantó la moral; y cuando la casa me invitó a una botella de vino de Oporto, el patrón se sentó conmigo para beber un trago. Era un antiguo guardabosques, casado con una mujer mucho más joven que él que era la que, en realidad, se ocupaba de la administración del negocio. Sentía curiosidad por saber algo acerca del poseedor del manuscrito, pero el dueño me contó muy poco. Conoció bien al antiguo hacendado pero no había tratado nunca al actual. Oi hablar mucho de los Dubellay en general; del lord junto al que había cazado durante cuarenta años; de su hermano, caído en Abu Kea, resistiendo heroicamente hasta la muerte; y de toda clase de parientes colaterales. Los «Deblay» parecían ser una raza altiva y generosa; apreciada por aquellos lugares. Pero en lo referente al dueño actual de Vauncastle Hall, no quería ni podía decir nada. El hacendado era un «gran erudito», aunque no practicaba ningún deporte ni era una persona jovial como sus predecesores. Se había gastado un dineral en la casa, y eso que nadie lo visitaba nunca. Mi informante no había vuelto a esos terrenos desde que llegó el nuevo dueño. Aunque, eso sí, en los viejos tiempos se habían celebrado copiosos banquetes de arrendatarios y cazadores en los jardines. Me fui a la cama con una imagen bastante clara del hombre con el que me tenía que entrevistar la mañana siguiente. Un recluso instruido y algo excéntrico, que coleccionaba tesoros, adornaba su morada y, probablemente, pasaba la vida en su biblioteca. Iba con bastante ilusión a su encuentro, ya que el tipo de propietario sencillo y deportista, tan usual en nuestros distritos rurales, no era objeto de especial simpatía por mi parte.

A la mañana siguiente, después de desayunar, me encaminé hacia Vauncastle Hall. El tiempo seguía igual de frío y pesado, y cuando atravesé el muro de entrada, pareció como si el aire se hiciera más virulento y el cielo más tenebroso. El lugar estaba lleno de grandes árboles que, en su desnudez invernal, causaban una triste impresión. Había una gran avenida de viejos sicomoros a través de los cuales podía vislumbrarse con dificultad el parque helado. Me orienté y me di cuenta de que estaba caminando más o menos en dirección al sur y descendiendo gradualmente. La casa debía estar en algo parecido a un antiguo barranco. Pronto los árboles se aclararon. Atravesé una segunda verja de hierro, salí a un gran césped descuidado, adornado con un desorden de laureles y rododendros, y me encontré ante la casa. Esperaba algo espléndido: una vieja fachada de estilo Tudor o de tiempos de la reina Ana, o bien un majestuoso pórtico georgiano. Quedé desilusionado, ya que su aspecto era del todo ordinario. Era baja e irregular, como la parte trasera de una casa; e imaginé que, en otro tiempo, el edificio había sido modificado y la vieja puerta de la cocina se convirtió en la entrada principal. Mi impresión quedó confirmada al observar que los tejados se levantaban en fila, como uno de esos esconzados rascacielos de Nueva York, de tal modo que las actuales partes traseras del edificio tenían una altura impresionante.

La rareza de aquel lugar me interesaba, y más aún su estado ruinoso. ¿En qué diablos podía el propietario haberse gastado el dinero? Todo —césped, arriate, senderos— estaba descuidado. Existía un portal de piedra nuevo, pero las paredes necesitaban con urgencia un rejuntado, el maderaje de las ventanas no había sido pintado desde hacía muchísimos años, y varios cristales estaban rotos. El timbre no sonaba, así que no me quedó más remedio que golpear la puerta con el aldabón, y creo que pasaron diez minutos antes de que me abrieran la puerta. Un pálido mayordomo, uno de los hombres que había visto descargando cosas en la carretera dos meses antes, estaba de pie en la entrada, parpadeando. Cuando pronuncié mi nombre, me hizo pasar sin preguntar nada, pues era evidente que me esperaba. El hall fue mi segunda sorpresa. ¿Qué había sido del coleccionista misántropo y refinado? El lugar era pequeño, encogido y estaba amueblado con la misma sobriedad que el vestíbulo de una granja. Lo único que aprobé fue su moderada calidez. A diferencia de la mayoría de las casas de campo inglesas, aquí funcionaba un sistema de calefacción excelente. Se me condujo a una pequeña habitación oscura, con una ventana que daba a la maleza, donde permanecí mientras el hombre iba a buscar a su patrón. Mi principal sentimiento era de gratitud por no haber sido invitado a quedarme, ya que la posada era un paraíso comparada con este sepulcro. Estaba examinando los grabados de la pared, cuando oí pronunciar mi nombre, y me volví para saludar al señor Dubellay.

Fue mi tercera sorpresa. Me lo había imaginado como un viejo y fastidioso letrado, con gafas suspendidas de un cordel y un carácter «fino» y remilgado. En lugar de esto me encontré con un hombre relativamente joven, un tipo fuerte, ataviado con las más ásperas ropas campesinas. Parecía ser algo descuidado, iba sin afeitar, su cuello de franela estaba gastado de mala manera y sus uñas pedían a gritos un buen arreglo. Su cara era difícil de describir: tenía un color subido pero enfermizo, era amable pero, al mismo tiempo, astuta. Y, sobre todo, expresaba inquietud. Me dio la impresión de ser un hombre con los nervios a flor de piel y de estar permanentemente en guardia. Pronunció unas cuantas palabras de cumplido y me arrojó un paquete de color marrón, pésimamente atado.

—Aquí está su manuscrito —dijo con soltura.

Yo estaba desconcertado. Esperaba que se me permitiera comparar el códice en la biblioteca, y en los últimos minutos me había percatado de que las perspectivas no eran alentadoras. Ante mí tenía al casual poseedor de un códice inapreciable, que me lo ofrecía sin apenas conocerme, y que dejaba que me lo llevase. Le di las gracias balbuceando, y añadí que era muy amable por su parte el confiar tal tesoro a un extraño.

—Sólo hasta la posada —agregó—. No quería enviarlo por correo, pero no hay nada de malo en que trabaje con él en el pueblo. Tiene que haber confianza entre los eruditos. —Y se echó a reír a carcajadas, de una manera extraña.
—Me gusta su plan —contesté—. Aunque pensé que usted insistiría en que me quedara a trabajar aquí.
—No, de veras que no —contestó fervorosamente—. Nunca pensaría en tal cosa... No lo haría por nada del mundo... Sería un insulto a nuestro gremio y una falta de tacto por mi parte... Así es como lo consideraría.

Continuamos hablando unos minutos más. Me enteré de que había heredado los bienes de un primo suyo y que hacía más de diez años que vivía en Vauncastle. Anteriormente había sido abogado en Londres. Me hizo una o dos preguntas sobre Cambridge. Le hubiese gustado asistir a esa universidad; tenía muchos inconvenientes en su trabajo debido a una deficiente educación. ¿Era yo un erudito en griego? ¿También en latín?. Maravillosa gente los romanos... Hablaba con toda libertad, pero sus extraños e incansables ojos se movían todo el tiempo de un lado para otro, y yo tenía la rara impresión de que le habría gustado contarme algo sobre aquellos lugares, citar algún asunto, pero que el miedo y la timidez le detenían. Su mirada era extraña. Me marché sin que me invitara a comer, cosa que no sentí en absoluto ya que no me gustaba la atmósfera de aquel lugar. Tomé un atajo a través del ajado césped y, al llegar a la cima de la cuesta, me volví para mirar hacia atrás.

La casa era enorme y advertí que mis suposiciones iniciales parecían ser correctas y que algo que debía de ser el edificio principal quedaba al otro lado. Me preguntaba si era como la Alhambra que, detrás de una fachada semejante a la de una fábrica, esconde una maravilla. También percibí que el selvático barranco era más espacioso de lo que había imaginado. La casa, tal como estaba ahora, encaraba hacia el norte, y detrás de la cara sur existía un espacio abierto, en donde imaginé que podía haber un lago. A lo lejos pude distinguir en la oscuridad de diciembre unas altas y tenebrosas colinas. Aquella noche la nieve cayó en abundancia y continuó haciéndolo durante la mayor parte de los dos días siguientes. Azucé el fuego en mi habitación y me enfrasqué con el códice. Había traído tan sólo mis libros de trabajo y la posada no tenía biblioteca, así que cuando deseaba descansar bajaba a la cantina o charlaba en el salón-bar. Los aldeanos que se congregaban en el primer lugar eran tipos agradables pero, como ocurre casi siempre con la gente de nuestras provincias, no les gustaba hablar con extraños y poca cosa dijeron del Hall. El antiguo hacendado cazaba cada año tres mil faisanes; no obstante, el propietario actual no permitía ningún disparo de fusil en su terreno, ya que -según él– tan sólo quedaban algunos pájaros salvajes. Por esta razón, los bosques estaban repletos de animales.

Esto me contaron cuando mostré cierto interés por la propiedad. Y nada más. Del señor Dubellay no querían hablar, declarando que nunca le habían visto. Me atrevo a decir que, en realidad, había bastantes murmuraciones a su costa, y me dio la impresión de que en aquella reserva de mis interlocutores había algo de miedo. La patrona, que procedía de otro condado, era más comunicativa. No habia conocido a los antiguos Dubellay, y, por lo tanto, no podía hacer ninguna comparación, aunque se inclinaba a considerar que el hacendado actual no estaba bien de la cabeza.

—Se comenta... —empezó diciendo.
Pero como también ella padecía alguna inhibición, lo que prometía ser algo sensacional se convirtió en una historia vulgar. Al parecer, había una cosa que confundía a la vecindad por encima de todo. Y eso era la reorganización de la casa.
—Se comenta —decía con cierto temor– que ha construido una gran iglesia.
Ella nunca había estado allí, nadie lo había hecho, puesto que el hacendado Dubellay no permitía la entrada a ningún intruso; pero se podía ver desde Lyne Hill, a través de una abertura en el bosque.
—No es un buen cristiano —me dijo—. Se ha peleado varias veces con el vicario. Pero todos aseguran que “adora” algo allí.
Me enteré de que no había sirvientas en la casa, tan sólo hombres contratados en Londres.
—Pobres ignorantes. Deben vivir de una forma bastante triste; así, sin mujeres... —y la rolliza dama se encogió de hombros y se echó a reír de una manera burlona.

El último día de diciembre decidí que necesitaba hacer ejercicio y me dispuse a realizar una larga caminata. La nieve había dejado de caer aquella misma mañana y el oscuro cielo se había vuelto claro y azul. Todavía hacia frío, es cierto; pero el sol brillaba, la nieve del camino era dura y quebradiza, y yo podía explorar someramente el país. Después del almuerzo me calcé unas gruesas botas y unas polainas y me dirigí hacia Lyne Hill. Era un recorrido considerable, ya que el lugar estaba situado al sur del parque de Vauncastle Hall. Desde allí esperaba poder ver el otro lado de la casa. No quedé desilusionado. Había un claro entre los espesos bosques, y más abajo, a unas dos millas, vi de repente un extraño edificio, algo así como un templo clásico. Tan sólo asomaban las cornisas y las puntas de los pilares por encima de los árboles, pero estaban allí, anacrónicamente vivas y tenebrosas, contra un fondo cubierto de nieve. El espectáculo que veía desde aquel solitario lugar era tan sorprendente que me conmocionó. Recuerdo que eché una ojeada a mis espaldas, hacia las nevadas hileras de montanas galesas, y parecía como si hubiese estado contemplando un paisaje invernal de los Apeninos, dos mil años atrás.

Mi curiosidad estaba ahora alerta y decidí contemplar esta maravilla más de cerca. Dejé el camino y surqué los nevados campos en dirección a los bosques. A partir de ese momento empezaron las contrariedades. Me adentré en algo parecido a una selva primitiva, un lugar en el que durante cientos de años nadie hubiese atravesado los senderos, permitiendo que la maleza creciese desenfrenada. Atravesé profundos hoyos y vaguadas. Zarzas y espinas salvajes desgarraron mis ropas y arañaron mi piel; pero seguí avanzando, manteniendo el rumbo lo mejor que pude. Por fin se acabaron los árboles. Ante mí se extendía un espacio abierto que sabia que era un lago. Y más allá se levantaba el templo. Ocupaba la misma extensión que la fachada que yo ya conocía, y desde donde me encontraba era difícil creer que detrás hubiese una casa, la vivienda de un típico hacendado galés. Era una preciosa obra de arte —me di cuenta al primer vistazo—, majestuosa y de admirables proporciones; sin embargo no seguía con exactitud ninguno de los modelos clásicos. Podía imaginar un interior grande y retumbante, oscuro a causa del humo del sacrificio; y al reflexionar, me di cuenta de que el peristilo no podía continuar bajando por los dos lados, que no existía ningún interior, y que lo que yo estaba mirando era tan sólo un pórtico.

Aquello era, a simple vista, impresionante y absurdo. ¿Qué locura albergaba Dubellay cuando adornó su casa con un parterre tan grandioso? El sol se ocultaba y las sombras de las colinas repletas de bosques nevados oscurecían el edificio de tal manera que apenas podía distinguir la pared trasera del pórtico. Quería contemplarlo de cerca, así que decidí atravesar a pie la helada superficie del lago. Entonces tuve una rara experiencia. No podía estar tan cansado; la nieve, hasta aquel momento, había sido dura y practicable, y el hielo que tenía bajo mis pies ofrecía una superficie uniforme y cómoda. Sin embargo, sentía un agotamiento extremo. El aire, antes gélido y cortante, soplaba ahora caliente y opresivo. Arrastraba las botas como si pesaran toneladas. Notaba un silencio casi ominoso en medio de la helada. Y en el edificio de enfrente no había el menor indicio de vida. Por fin alcancé la otra orilla y me encontré en un helado sendero de juncos y esqueléticas mimbreras. Eran más altos que yo y para ver el pórtico tenía que levantar la cabeza y mirar a través de sus nevadas tracerías. Se hallaba quizás a unos ochenta pies sobre mí y a unas cien yardas de distancia. Cuando me encontré junto a él, los delicados pilares parecían elevarse hasta una considerable altura. Pero todavía estaba oscuro, y el único detalle que se podía observar era el techo, que parecía esculpido o pintado con figuras monocromáticas profundamente oscuras.

De repente el agonizante sol penetró en declive por una abertura en las colinas y, por un instante, todo el pórtico, hasta sus más recónditas entrañas, quedó inundado por un luminoso color dorado y escarlata. Aquello fue maravilloso, pero había algo más. El aire era sumamente tranquilo, sin el menor indicio de viento; tan calmado que cuando media hora antes había encendido un cigarrillo, la llama de la cerilla ardió de forma uniforme hacia arriba, como la vela de una habitación. Mientras estaba entre las juncias no se agitó ni un solo cristal de escarcha... Pero en el pórtico soplaba un extraño viento. Podía ver cómo levantaba plumas de nieve de la base de los pilares hasta recubrir las cornisas. El suelo parecía barrido; y, sin embargo, diminutos copos que caían de los sobresalientes bordes iban amontonándose en él. Un furioso movimiento se apoderó del interior aunque a una yarda de allí reinaba una tranquilidad helada. No podía decir de dónde venía ese viento pero sí que era cálido, cálido como el aliento de un horno. De pronto, tuve miedo de que la noche me atrapara en aquel lugar. Me volví y eché a correr. Atravesé el lago a marchas forzadas, jadeante y sofocado, con una calurosa y mortal opresión; avanzaba a ciegas, impulsado por una especie de instinto en dirección al pueblo. No me detuve hasta que hube atravesado con gran esfuerzo el gran bosque y salido a una abrupta pradera por encima de la carretera principal. Luego me dejé caer al suelo y sentí de nuevo el reconfortante escalofrío del aire de diciembre.

La aventura me dejó de un humor incómodo. Estaba avergonzado de mí mismo por haber hecho el tonto y, al mismo tiempo, desconcertado y confuso, ya que cuanto más pensaba en los incidentes de aquella tarde, menos explicaciones encontraba. Una cosa tenía clara: este lugar no me gustaba y quería marcharme. Había llegado ya a la última parte de mis estudios, de modo que me recluí durante dos días seguidos y los completé; es decir, transcribí las comparaciones y glosas conforme adelantaba con el comentario del texto. No tenía ninguna gana de regresar a Vauncastle Hall, así que escribí una amable nota a Dubellay expresando mi gratitud y explicando que le mandaría el manuscrito por medio del hijo del patrón, ya que no tenía la intención de molestarle con otra visita. En seguida recibí una respuesta que decía que al señor Dubellay le gustarla tener el placer de cenar conmigo en la posada antes de mi partida, y que así recogería personalmente el códice. Era la última noche de mi estancia en St. Sant. Encargué la mejor cena que se pudiese encontrar por aquellos lugares y aparté una botella de clarete, del que descubrí una partida en la bodega. Dubellay apareció temprano, a las ocho, y llegó –con gran sorpresa mía– en coche. Se había arreglado; llevaba una chaqueta para la cena y parecía, cabalmente, uno de esos abogados a los que se ve cenando en el Júnior Carlton las noches de los viernes londinenses.

Tenia un ánimo excelente y sus ojos habían perdido el aire de estar permanentemente en guardia. Parecía haber llegado a una conclusión sobre mí y estimar que, después de todo, yo era inofensivo. Después de mi aventura, estaba preparado para encontrar en él una expresión de miedo, el miedo que yo había visto en las caras de los criados. Pero no existía ninguno; en su lugar creí ver excitación, una poderosa excitación. Descuidó los modales en su conversación. Su visita asustaba, de alguna manera, a la gente de la posada y, en vez de la criada, nos sirvió la misma patrona. Parecía desear que terminara la cena, y se afanaba en poner los bizcochos y el vino de Oporto encima de la mesa, de la manera más rápida y decente que podía. Justo entonces Dubellay se puso confidencial. Tuve la impresión de que era, de alguna forma, un monomaníaco. Se había pasado la vida entre antigüedades y, cuando sucedió al anterior Vauncastle, tuvo tiempo y dinero suficiente como para permitirse cultivar su afición en profundidad. Por otra parte, la propiedad tenía interés en sí misma. Parecía que aquel lugar habla sido famoso en la Bretaña romana como Vauni Castra; Faxeter era una corrupción del mismo topónimo.

—¿Quién era Vaunus? —pregunté. Él sonrió de una manera burlona y me dijo que esperara.
Allí, en los profundos bosques, se había levantado un templo. Siempre había existido una leyenda local acerca de eso, y se suponía que el lugar estaba embrujado. Bien, él mismo hizo excavar aquella zona y encontró... Aquí se convirtió en cauteloso abogado y me explicó su derecho sobre el hallazgo del tesoro. Aunque los objetos descubiertos no eran realmente valiosos –no se encontró oro, ni joyas–, al descubridor se le concedió el derecho a guardarlos. Así lo hizo, y no publicó los resultados de sus excavaciones en los boletines de ninguna sociedad especializada, ya que no quería ser importunado por los turistas. Yo era diferente; yo era un erudito. ¿Qué habia encontrado? Realmente era bastante difícil seguir su atropellada conversación, pero deduje que sacó a la luz ciertas esculturas y utensilios para sacrificios.

–Y —hundió la voz— lo más importante de todo: un altar, un altar a Vaunus, la divinidad tutelar del valle.

Cuando mencionó esta palabra su cara cambió de expresión reflejando una especie de excitación secreta. He visto esta misma expresión en la cara de un predicador callejero del Ejército de Salvación. Vaunus había sido un viejo dios britano de las colinas al que los romanos, con su característico pragmatismo, habían identificado con Apolo. Me contó una larga y confusa teoría sobre su figura, de la que deduje que el señor Dubellay no era precisamente un especialista. Algunas derivaciones de los nombres del lugar eran absurdas —como St. Sant de Sáncta Sanctórum— y, citando algunas cosas de Ausonius, hizo dos falsas valoraciones. Parecía esperar que le contara algo más de Vaunus, pero argumenté que mi materia era la antigüedad griega y que ignoraba casi todo acerca de la Bretaña romana. Mencionó varios libros y averigüé que nunca habla oído hablar de Haverfield. Utilizó una palabra, «hipocausto», que de repente me dio la clave. Había caldeado el templo, como el resto de su casa, por medio de algún eficiente sistema de aire caliente. Sé muy poco sobre ciencia, pero me imaginé que el calor artificial del pórtico, en contraste con el frío que hacía fuera, podía crear una corriente de aire como la que yo había sentido. En todo caso esa explicación me contentó, y la aventura de aquella tarde perdió su misterio. Como reacción, me sentí extraordinariamente amigable, y escuchaba su conversación con auténtica simpatía. No obstante, decidí no comentar que había visitado aquella especie de templo que se alzaba junto al lago, a pesar de que lo mencionó él mismo de la forma más abierta.

–No podía abandonar aquel altar en la ladera de la colina –dijo–. Tuve que buscarle un sitio; así que convertí la parte vieja de mi casa en una especie de templo. Los arquitectos que dirigieron las obras eran gente competente, pero demasiado ignorante en según qué cosas. A veces pienso que tendría que haber estudiado historia o arquitectura en lugar de Derecho. Me hubiese sido más útil. En cualquier caso, todavía me gusta el sitio, tal como está.
–Espero que, al menos, satisfaga a Vaunus –bromeé.
–Creo que sí
Contestó con toda seriedad. Fue entonces cuando pensé que no estaba totalmente en sus cabales, que sus pensamientos iban, por decirlo de algún modo, a la deriva. Durante un minuto, por lo menos, estuvo mirándome fija, abstraídamente, sin decir nada.
–¿Qué va a hacer con él a partir de ahora? –pregunté, rompiendo el silencio.
No contestó; noté cómo se reía en sus adentros.
–No sé si recordará usted un pasaje de Sidonius Apollinaris –proseguí–, una fórmula para desconsagrar los altares paganos y reconvertirlos al culto cristiano. Es un proceso largo y gradual. Se empieza por sacrificar un gallo blanco o algo apropiado; y se le dice a Apolo, con toda suavidad, que la vieja ofrenda es sustituida por la nueva. A partir de ahí, puede comenzar la invocación cristiana.
Casi saltó de su silla.
–¡Eso no lo haría nunca! ¡No señor! Por nada del mundo... No podría pensarlo ni siquiera un momento.

Fue como si lo hubiese ofendido con alguna horrible blasfemia. Pero, lo más curioso, es que ya no recuperó su compostura. Lo intentó, es cierto, pues era un hombre que conocía los buenos modales; pero su desenvoltura y autodominio desparecieron por completo. Seguimos conversando sobre otras bagatelas con cierta rigidez. Luego, media hora después, se levantó para marcharse. Le devolví el manuscrito cuidadosamente envuelto y le di mis más efusivas gracias. Pero apenas parecía escucharme. Guardó el paquete en su bolsillo y se fue con el mismo aspecto de abstracción que tanto me había extrañado. Una vez que se hubo marchado me senté junto al fuego para terminar la botella de Oporto y examinar la situación. Estaba satisfecho con lo del hipocausto. Al fin y al cabo, la extraña aventura que tanto me había inquietado la tarde aquella quedaba perfectamente explicada con una cosa así. Sin embargo, todavía sentía un cierto regusto a pesadumbre y concluí que Dubellay no me gustaba en absoluto. Lo consideraba un maniático carente de ingenio, como esas criadas que adoran a sus gatos y no conciben nada más. No sentía lo más mínimo tener que abandonar Faxeter.

III.
Mi tercera y última visita a St. Sant fue durante el junio siguiente, en el solsticio de verano de 1914. Todavía no había terminado mi Theocrilus; necesitaba un par de días más el manuscrito de Vauncastle y, como quería irme a Italia en julio, escribí a Dubellay y le pregunté si le podía echar otra ojeada. Aquello era un aburrimiento, pero tenía que afrontarlo, y pensé que el valle sería, después de todo, un agradable lugar para pasar el cálido verano. En seguida recibí una respuesta; Vauncastle me invitaba a visitarlo. Casi lo suplicaba, e insistía en que me alojase en su mansión. No podía rehusar, aunque hubiera preferido la posada. Me envió un telegrama preguntando por mi tren y volvió a telegrafiar, diciendo que vendría a buscarme. Parece ser que esta vez era un invitado particularmente grato. Llegué a Faxeter al anochecer y me estaba esperando un coche contratado en el mismo pueblo. El conductor era un joven muy comunicativo. Me senté detrás de él, con las ventanillas abiertas para que me diera el aire fresco. El calor me agobiaba. De hecho, me alegré al salir de la sofocante Cambridge, aunque no puedo decir que hiciera mas fresco cuando ascendimos por el valle del río Vaun. Los bosques tenían su esplendor veraniego, tal vez un poco deslucido y apagado por el calor. El río quedaba reducido a un reguero y las curiosas cimas de las colinas estaban tan abrasadas por el sol que parecían casi amarillas. Una vez más tenia la sensación de estar en un paisaje fantástico, que no era inglés.

—El señor Dubellay se ha preocupado mucho de su llegada, señor —me informó el conductor—. Ha visitado tres veces al dueño del garaje para asegurar que todo fuera bien. Tiene, también, un coche de su propiedad, un pequeño y precioso Daimler; pero no parece que lo utilice mucho. No le han visto con él desde hace tiempo.
Al atravesar los muros exteriores de Vauncastle Hall, miró con curiosidad a su alrededor.
—Nunca estuve aquí antes, aunque he frecuentado la mayoría de las mansiones en un radio de cincuenta millas. Un lugar extraño y anticuado, ¿verdad, señor?

Si a mediados de invierno parecía un santuario tapiado, en aquel crepúsculo de junio era, más que nunca, un lugar cerrado y sombrío. Se percibía un olor a podredumbre otoñal, una seca putrefacción, como yesca. Parecía como si descendiéramos a través de selvas espesas. Cuando por fin giramos y atravesamos la verja de hierro, vi que el césped había alcanzado un estado de dejadez extremo, semejante al de un henar descuidado. El pálido mayordomo me hizo entrar. Tras él esperaba Dubellay. Ya no era el hombre que yo había conocido en diciembre. Llevaba un viejo traje de franela abombado y su cara enfermiza y enrojecida estaba tensa y contraída por el dolor. Tenía bolsas debajo de los ojos, y éstos ya no mostraban la antigua excitación. Al contrario, estaban tristes y apagados. Sí, había dolor en ellos, y algo más: había miedo. Me preguntaba si su manía se estaba volviendo demasiado pesada para él. Me saludó como a un hermano perdido desde hacía tiempo. Considerando que yo apenas le conocía, me extrañó la forma en que se dirigió a mí.

—Te bendigo por haber venido, querido compañero —dijo–. Necesitas un baño. Luego cenaremos. No te preocupes por cambiarte.
—Nunca lo hago.

Me condujo a mi habitación, que era bastante limpia pero pequeña como la de un criado. Comprendí que había remozado la casa de arriba abajo para edificar su absurdo templo. Cenamos en una habitación bastante grande, que era una especie de biblioteca. Había viejos libros alineados, aunque no parecían llevar allí mucho tiempo. En realidad, aquello parecía un trastero en el que se había apilado una preciosa colección. Sin duda hablan permanecido antes en un noble aposento georgiano. No había nada más; ni antigüedades ni objetos que demostrasen gusto y criterio.

—Ha llegado justo a tiempo —dijo—. Salté de alegría cuando recibí su carta, ya que había pensado incluso en acudir a Cambridge para invitarlo. Espero que no tenga prisa en marcharse.
—En realidad —contesté— tengo poco tiempo. Espero salir al extranjero la semana próxima. He de terminar mi trabajo en un par de días. No puedo decirle cuánto le agradezco su amabilidad.
—Dos días... —comentó—. Eso llega hasta el solsticio de verano. Debería ser suficiente...
No entendí lo que quería decir. Le expliqué que estaba ansioso por examinar su colección. Abrió los ojos.
—Sus descubrimientos, quiero decir —aclaré—. Ya sabe... El altar de Vaunus...
Al escuchar aquellas palabras su cara se retorció en un espasmo de terror, como si se asfixiase. Fue un segundo, luego se recuperó.
—Sí, sí —dijo con rapidez—. Lo verá, lo verá todo; pero no ahora, no esta noche. Mañana, a plena luz del día, será mejor momento.

El resto de la velada se hizo tedioso. Dubellay era un hombre de escasa conversación y se limitaba a replicar con cierto esfuerzo a mis triviales observaciones. A menudo le sorprendí mientras me miraba furtivamente. Parecía examinarme y preguntarse hasta dónde podía confiar en mí. Aquello empezó a ponerme nervioso y, para colmo, hacía un calor abominable. Las ventanas de la habitación daban a un pequeño patio adoquinado, rodeado de laureles, y parecía que estuviera en Seven Dials, a juzgar por el aire que se respiraba. Cuando sirvieron el café no pude aguantar más.

—¿Qué le parece si salimos a la parte de atrás. Al pórtico de esa especie de templo? —inquirí—. Allí, con el aire del lago, estaremos más frescos.
Aquello fue como si le hubiese propuesto el asesinato de su madre. Su voz se convirtió en un farfulleo incoherente.
—No, no. —balbuceó—. ¡Dios mío, allí no!
Perdió el control sobre sí mismo y casi se desvaneció. Tardó un rato hasta volver a recuperarse. Un criado encendió las lámparas de aceite y me resigné a seguir en la sofocante habitación.
–Usted mencionó algo cuando nos encontramos la última vez —se aventuró, finalmente, a decir; después de mirarme de soslayo un largo rato—. Algo acerca de un ritual para volver a consagrar un altar.
Recordaba mi observación sobre Sidonius Apollinaris.
—¿Podría mostrarme el pasaje? Aquí hay una biblioteca clásica muy buena, coleccionada por mi bisabuelo. Por desgracia no tengo los estudios necesarios para utilizarla como es debido.
Me levanté y registré las estanterías con atención y, al poco rato, hallé una copia de Sidonio, la edición de Phantin de 1609. Busqué el pasaje y se lo traduje con rigor. Escuchaba ansioso y me lo hizo repetir dos veces.
—Ahí dice un gallo —dudó—. ¿Es esencial?
—No lo creo. Me imagino que serviría cualquier cosa reconocida para rituales semejantes.
—Me alegro —se limitó a decir—. No puedo soportar el derramamiento de sangre.
—Por Dios, hombre —exclamé—, ¿Se toma estas tonterías en serio? Sólo estaba bromeando. Dejemos que Vaunus siga en su altar...
Me miró como si fuese una esfinge. Y estaba bastante ofendido.
—Sidonio sabía...
—Bueno, pero nosotros no... Gracias a Dios —dije con rudeza—. Estamos en el siglo veinte y no en el tercero. ¿No va siendo hora ya de irnos a dormir?

No hizo ninguna objeción y me trajo una vela. Subí a mi cuarto y, mientras me desnudaba, me pregunté a qué especie de manicomio había ido a parar. Sentía el más profundo desagrado por aquel lugar y anhelaba irme directo a la posada; sin embargo no podía insultar de esa forma a mi anfitrión. Al fin y al cabo, estaba usando su biblioteca y su inapreciable manuscrito. En mi opinión, era evidente que Dubellay estaba loco. Su manía le había hecho perder la razón. ¡Santo cielo! Hablaba de su precioso Vaunus como si fuese un devoto. Sin duda su imaginación, apenas educada, había terminado desarrollando algún tipo de adoración por ese olvidado dios. Recuerdo haber dormido sólo un par de horas. Me desperté empapado de sudor, pues aquel lugar era un auténtico horno. La ventana estaba abierta de par en par y cuando asomé la cabeza noté que el aire de la noche era fresco, a pesar de encontrarnos en pleno verano. Así pues, el calor procedía del interior. La habitación se encontraba en el primer piso, justo encima de la entrada, y me quedé mirando el exuberante césped. La noche era oscura y tranquila, aunque me pareció oir algo de viento. Miré los árboles; estaban tan inmóviles como el mármol. Pero en algún lugar cerca de allí sonaba algo parecido al ruido que produce una fuerte ráfaga de viento. La luna se había escondido y observé, en algún lugar que no puedo precisar, un fuerte destello de luz. Pude ver su reflejo sobre el suelo, justo enfrente de la ventana a la que me asomaba. Esto significaba que la iluminación procedía de la parte de atrás, del lugar en el que se alzaba el templo. ¿Qué clase de saturnales estaba llevando a cabo Dubellay a esas horas?

Recapacité y vi que si quería dormir debía hacer algo al respecto. No cabía la menor duda; algún loco había puesto la calefacción en marcha, ya que la habitación era un horno. Mi mal genio iba en aumento; no encontraba ningún timbre de servicio, así que encendí la vela y salí a buscar un criado. Bajé las escaleras y descubrí la habitación en la que habíamos cenado. Allí mismo arrancaba un pasillo que recorrí sin dudar. Terminaba frente a una recia puerta de roble. La luz me hizo ver que no había forma aparente de abrirla. Comprendí que conducía al templo. Estaba perfectamente cerrada y no tenía ningún pestillo; pude oír a través de ella un ruido, algo así como un furioso viento... A continuación abrí otra puerta que estaba a mi derecha y me encontré en un gran recinto destinado a almacén. Desprendía un curioso, exótico y aromático olor. Dispuestos de una manera muy pulcra en el suelo y en las estanterías, vi una enorme cantidad de pequeños sacos y cofres. Cada uno llevaba una etiqueta, un pedazo de papel grueso y cuadrado con una inscripción muy misteriosa:

PRO SERVITIO VAUNI

Las había visto antes. Si la memoria no me fallaba, eran las mismas etiquetas que los criados de Dubellay pegaban a los paquetes que sacaban del carruaje, aquella noche de otoño, cuando mis arreglé los faros de mi coche frente a Vauncastle Hall. Aquel descubrimiento hizo que mi sospecha se convirtiera en una desagradable certidumbre. Era evidente que Dubellay pretendía que en las etiquetas se leyera: «Para el culto de Vaunus.» No era ningún erudito, ya que la palabra “Servitio” no podía usarse en este caso; pero sí era, sin lugar a dudas, un demente. No obstante, la tarea inmediata era encontrar la manera de poder dormir, así que seguí buscando a un criado. Recorrí otro corredor y descubrí una segunda escalera. Al final encontré una puerta abierta y miré adentro. Debía ser la habitación de Dubellay, ya que sus ropas de franela estaban sucias y arrugadas sobre una silla, pero mi anfitrión no se encontraba allí. Ni siquiera había dormido en la cama esa noche. Supongo que mi irritación era mayor que mi sobresalto —aunque debo decir que estaba un poco asustado— pues seguí buscando al evasivo criado. Existía otra escalera que, en apariencia, parecía conducir a los áticos y, al subir, resbalé y armé un fuerte alboroto. Cuando levanté la mirada me encontré con la del mayordomo. Allí estaba, en camisa de dormir, y si alguna vez una cara ha expresado miedo, ésa era la suya. Cuando me reconoció pareció tranquilizarse un poco.

–¡Por el amor de Dios! —dije—. ¡Apague la calefacción! No puedo pegar ojo con este maldito aire infernal. ¿Quién fue el idiota que la puso en marcha?
Me miraba como una lechuza, pero se las arregló para encontrar palabras.
—Lo siento, señor, pero no hay ningún aparato de calefacción en Vauncastle Hall.

No hubo nada más que añadir. Quedé corrido y confuso, así que regresé a mi habitación y noté que había refrescado un poco. Me asomé a la ventana y me dio la impresión de que el misterioso viento había cesado y ya no se observaba ningún resplandor en el otro extremo de la casa. Me metí en la cama, algo más aliviado, y dormí profundamente hasta que me despertó la aparición de un criado que traía el agua para afeitar, a las nueve y media de la mañana. No tenía cuarto de baño, así que me lavé en la pequeña cacerola de hojalata y, tras arreglarme, salí de mi habitación. Era una plomiza mañana que prometía un día de feroz calor. Cuando bajé a desayunar encontré a Dubellay en el comedor. A la luz del dia parecía un hombre muy enfermo; y aun así, daba la impresión de haberse recuperado, ya que su carácter era mucho menos nervioso que la noche anterior. Su aspecto era casi normal y podía haber reconsiderado mi opinión a no ser por su mirada. Le comenté que me proponía trabajar todo el día con el manuscrito y terminar de una vez. Asintió con la cabeza.

—De acuerdo. Yo también tengo cosas que hacer y no le molestaré.
—Pero antes de nada –repliqué– quiero ver sus descubrimientos arqueológicos. Usted prometió mostrármelos
Miró por la ventana; el sol brillaba sobre los laureles y el pavimento de la entrada.
—La luz es buena —dijo—, parece una extraña advertencia. Vayamos ahora. Hay momentos y estaciones para el templo.

Me condujo por el mismo pasillo que yo había explorado la noche anterior. La puerta de roble no se abría con llave sino con una palanca que estaba en la pared. En un instante, la luz solar me golpeó con fuerza. El paisaje era maravilloso. Frente a mí se alzaba una columnata espléndida cuyos pies bañaba un lago tan azul como una turquesa. No es fácil describir la impresión que causaba aquel lugar. Era muy claro y aireado, tan brillante como un templo italiano bajo el solsticio estival. Las proporciones eran considerables. Las elevadas y sumergidas columnas, y el techo (que parecía de cedro), flotaban de un modo tan delicado como una flor en su tallo. La piedra era la típica caliza de la región y en el suelo estaba pulida como el mármol. Alrededor había un espléndido panorama de centelleante agua, bosques veraniegos y lejanas colinas azules. Debía de ser tan sano como la cumbre de una montaña. Y, sin embargo, apenas crucé el umbral de la puerta, supe que aquello era una prisión. No soy un hombre con mucha imaginación y creo que mis nervios son fuertes, pero apenas podía andar por lo impresionado que estaba. Me sentía desplazado del mundo, como si estuviera en un calabozo o en un banco de hielo. Notaba también que, aunque estuviéramos bastante lejos de la humanidad, no estábamos solos. En la pared interior había tres esculturas. Dos eran frisos imperfectos, tallados en bajorrelieve, que trataban aparentemente sobre el mismo tema: Una procesión ritual, sacerdotes que llevaban ramas y el típico dendrophori. Las caras eran sólo medio humanas y no les faltaba ningún rasgo de ingenio, ya que el artista había sido un maestro. Lo sorprendente era que las ramas y el cabello de los hierofantes estaban agitados por un viento huracanado, y la expresión de cada uno de ellos era la de un ser doliente, con el corazón resquebrajado por el terror.

Entre los frisos destacaba un gran rodel con la cabeza de una Gorgona; no era un rostro de mujer sino, cosa extraña, el de un hombre con el pelo viperino en la barbilla y el labio. Antaño había sido coloreada y quedaban fragmentos de pigmento verde en los rizos. Era una cosa horrenda de ver: El último grado del miedo, la última locura de la crueldad manifestados en la piedra. Me apresuré a desviar los ojos y miré hacia el altar. Se levantaba hacia poniente, justo al otro lado, sobre un frontón con tres peldaños. Era una magnífica obra de arte apenas dañada por el paso de los siglos, con dos palabras grabadas en su cara:

APOLL. VAUN.

Su exótico mármol estaba agujereado y desgastado en la parte superior a causa de los antiguos sacrificios. Aunque yo hubiera jurado que allí se veía también la marca de una llama reciente.
Supongo que no estuve en aquel lugar más de cinco minutos. Yo deseaba salir, y Dubellay quería sacarme de allí. No pronunciamos palabra alguna hasta regresar a la biblioteca.

—¡Por el amor de Dios, desista de esto! —dije—. Está jugando con fuego, señor Dubellay. Se está dejando arrastrar hacia el manicomio. Envíe todo esto a un museo y abandone el lugar. Ahora mismo. No hay tiempo que perder. Baje a la posada conmigo y cierre para siempre esta casa.
Me miró con el labio temblando, como un niño a punto de llorar.
—Lo haré. Le prometo que lo haré... Pero todavía no... Después de esta noche... Mañana haré lo que usted me diga... No me abandonará, ¿Verdad?
—No, no le dejaré, pero ¿qué diablos tengo que hacer con usted si no quiere seguir mi consejo?
—Sidonio... —comenzó a decir.
—¡Maldito Sidonio! Ojalá no lo hubiera mencionado nunca. Todo esto es una redomada estupidez que lo está matando. Se le ha metido en el cerebro. ¿Sabe usted que está enfermo?
—No me siento del todo bien. Hoy hace tanto calor... Creo que voy a tumbarme.

Discutir con él no servía de nada. Regresé a mi trabajo con un mal genio horroroso. El día transcurrió como se había anunciado, con un gran calor. Antes del mediodía, el sol se escondió tras una niebla rojiza y no había el menor indicio de viento. Dubellay no apareció a almorzar; era una comida que no siempre le apetecía, me dijo el mayordomo. Estuve trabajando duro toda la tarde y terminé mi tarea a eso de las seis. Esto me permitiría marchar a la mañana siguiente, y tenía la esperanza de poder persuadir a mi anfitrión para que viniera conmigo.

La conclusión de mi tarea me puso de mejor humor, y salí a dar un paseo antes de cenar. Hacía una noche muy sofocante, pues la cálida bruma no se había levantado; los bosques estaban tan silenciosos como una tumba, no se oía un solo pájaro y, cuando salí del cobertizo a los abrasados prados vi que las ovejas estaban demasiado aturdidas por el calor como para pastar. Durante mi paseo exploré los alrededores de la casa y descubrí que seria muy difícil abrirse paso hasta el templo sin dar un largo rodeo. A un lado se alzaban las dependencias de la casa y un alto muro; en el otro, el seto vivo más alto y tupido que jamás haya visto y que terminaba en un bosque con su tapia de contención llena de espliego silvestre. Regresé a mi habitación, tomé un baño frío en la exigua bañera y me cambié. Dubellay no se presentó a cenar. El mayordomo argumentó que su amo se encontraba mal y se había ido a la cama. Las noticias me complacieron, ya que el lecho era el mejor lugar para él.

Después me dispuse a pasar una solitaria noche en la biblioteca. Escudriñé por entre las estanterías y encontré bastantes ediciones raras, que me sirvieron para pasar el tiempo. Noté que la copia de Sidonio no estaba en su sitio habitual. Creo que eran alrededor de las diez cuando me fui a la cama, ya que estaba inexplicablemente cansado. Recuerdo que me pregunté si debería ir a visitar a Dubellay, pero decidí que era mejor dejarlo solo. Todavía me reprocho aquella decisión. Ahora me doy cuenta que debería habérmelo llevado hasta la posada aquella misma noche, arrastrándolo por la fuerza si era preciso. Desperté de mi pesado sueño con un sobresalto. Un grito retumbaba todavía en mi cerebro. Aguanté la respiración y me quedé escuchando. Sonó otra vez- Era un horrible grito de pánico y tortura espiritual. Salté de la cama en un segundo y me calcé las zapatillas. El grito procedía de la parte de atrás de la casa. Del templo. Bajé precipitadamente las escaleras con la esperanza de oír el barullo de una familia asustada. Sin embargo, no se escuchaba nada y el espantoso grito tampoco se repitió.

La puerta de roble que había al final del corredor estaba cerrada, tal como esperaba. Detrás parecía como si se agitara un infierno. Se oían los sonidos de una tempestad y algo más, como el crujir de un fuego. Me dirigí a la puerta principal, solté la cadena y salí a la silenciosa noche sin luna. Me dirigí hacia atrás, buscando un paso, a pesar de la desgarradora tormenta que parecía estar azotando la casa. Por lo que había visto en mi paseo vespertino deduje que la única posibilidad de poder llegar al templo era a través del seto vivo. Pensé que debía arreglármelas para abrirme paso entre el extremo de éste y el muro. Lo conseguí a costa de mi ropa y mi piel. Más allá había otra extensión de césped salvaje con enmarañados matorrales y, a continuación, una pronunciada pendiente que descendía hasta el nivel del lago. Avancé a gatas por la orilla, abundante en juncias, sin atreverme a levantar la vista hasta encontrarme en los mismos peldaños del templo. El lugar brillaba con mayor intensidad que lo había hecho durante el día. Vi una rugiente ráfaga de fuego. El mismo aire parecía arder, convirtiéndose en un llameante éter. Todavía no había llamas; tan sólo un fulgíneo resplandor. No podía entrar, pues aquella ráfaga me golpeó la cara como si fuese una mano abrasadora. Noté que se chamuscaba mi pelo... Como ustedes ya saben soy miope, y puedo haberme equivocado; pero esto es lo que creo que vi:

Parecía como si en el altar se alzase una gran llama, tan alta que rozaba el techo, y por su frontis fluían llameantes riachuelos. Enfrente yacía un cuerpo —el de Dubellay— completamente desnudo, quemado y negro. No había nada mas, excepto la cabeza masculina de la Gorgona que, en la pared de enfrente, brillaba como un sol en el infierno. Supongo que debería haber intentado entrar. Lo único que sé es que retrocedí tambaleándome con graves quemaduras. Me protegí los ojos y, cuando miraba por entre los dedos, me parecía ver fluir las llamas por debajo mismo de las paredes; y pensé que podían existir recintos que yo no conocía o, tal vez, otra entrada. Luego, de repente, la gran puerta de roble que comunicaba con la casa se encogió como una trozo de tela y, con un bramido, el ardiente río irrumpió en la mansión de Vauncastle Hall. Me zambullí en el lago para aliviar mi dolor y luego escapé corriendo, lo más rápido que pude, desandando el camino por el que había venido. El pobre diablo de Dubellay no necesitaba ya mi ayuda. Además no estoy seguro de lo que ocurrió. Sé que la casa ardió como un pajar. Eso es todo. Encontré a uno de los criados tendido sobre el césped y creo que ayudé a otro a bajar de su habitación por uno de los canalones. Cuando llegaron los vecinos, la casa había quedado reducida a cenizas y yo me sentía extrañamente desamparado. Me llevaron a la posada del pueblo y me acostaron. Permanecí allí hasta que la investigación judicial concluyó.

Los forenses y especialistas comisionados estaban confusos; al fin y al cabo, aquel verano se incendiaron gran cantidad de casas de campo. No se averiguó gran cosa sobre Dubellay. De Vauncastle Hall no quedó nada salvo unos pocos pilares ennegrecidos. El altar y las esculturas estaban tan agrietados y llenos de cicatrices que ningún museo los quiso. El lugar no ha sido reconstruido, y todo lo que sé es que, al día de hoy, las ruinas y los restos permanecen todavía allí.

Os aseguro que yo no voy a volver a buscarlos.

Epílogo:
Nightingale concluyó su historia y nos miró con curiosidad.
—No me pidan una explicación —dijo—, pues no tengo ninguna. Pueden creer, si les place, que el dios Vaunus habitó realmente en el templo que Dubellay le construyó. Y que, cuando su devoto empezó a asustarse e intentó la fórmula de Sidonio para cambiar la ofrenda, se enfureció y lo mató con su viento llameante. Ese viento podría ser una especie de atributo del propio dios. Ahora sabemos muchas más cosas de él, ya que el pasado año se desenterró un templo suyo en Gales.
—Un relámpago —sugirió alguien.
—Hacía una noche tranquila, sin truenos —contestó Nightingale.
—¿No es una zona volcánica? —preguntó Peckwether—. ¿Qué me dice de bolsas de gas
natural o algo parecido?
—Es posible. Ustedes mismos pueden buscarle una explicación. Me temo que no puedo ayudarles más. ¡Todo lo que sé es que no tengo la intención de volver a visitar ese valle!
—¿Qué sucedió con su Theocrilus?
—Se quemó con el resto de la casa. Sin embargo, no me preocupó mucho. Seis semanas más tarde estalló la guerra, y tuve otras cosas en las que pensar.