miércoles, 14 de octubre de 2015

En los muros de Erix. H.P. Lovecraft (1890-1937)

Antes de tratar de descansar voy a redactar estas notas como preparación para el informe que debo realizar. Lo que he encontrado es tan singular, tan contrario a toda experiencia pasada y a toda previsión, que merece una descripción muy cuidadosa. Llegué a la base principal de Venus el 18 de marzo, según el calendario de la Tierra; VI, 9 del calendario del planeta. Tras ser destinado al grupo más nutrido, al mando de Miller, recibí mi equipo - un reloj dispuesto para tener en cuenta la rotación, algo más rápida, de Venus- y efectué el habitual entrenamiento con máscara. M cabo de dos días se me consideró - apto para todo trabajo.

Abandonando la base de la Compañía Cristal en Terra Nova al amanecer del VI, 12, seguí la ruta del sur que Anderson había cartografiado desde el aire. El camino era malo, pues esas junglas acostumbran a ser poco transitables tras un aguacero. Debe de ser la humedad que da a esas lianas y ramas entrelazadas su dureza de cuero; una dureza tan grande que con un machete se necesita casi diez minutos para cortar algunas de ellas. M mediodía todo estaba más seco, y la vegetación adquiría una consistencia blanda y gomosa, de forma que el machete cortaba con mayor facilidad... pero ni aún así podía ir demasiado aprisa. Esas máscaras de oxígeno tipo Carter son demasiado pesadas; y el solo hecho de cargar con uña de ellas deja derrengado a un hombre ordinario. Una máscara Dubois, con un sistema de esponja en lugar de cilindros, suministraría un aire igual de bueno con solo la mitad de peso. El detector de cristales parecía funcionar bien, señalando constantemente en una dirección que verificaba el informe de Anderson. Es curioso cómo funciona ese principio de afinidad... sin esas mentiras de los viejos «palos de zahoríes» de allá en la Tierra. Debía de haber un gran depósito de cristales en un radio de un millar y medio de kilómetros, aunque supongo que esos malditos hombres-lagarto deben de estar vigilando y guardándolo.

Probablemente deben de pensar que somos unos estúpidos por venir a Venus a buscar esas cosas, como nosotros pensamos que lo son ellos por arrodillarse en el barro y adorar cualquier trozo de esa materia que encuentran, o por tener una gran masa de la misma sobre un pedestal en su templo. Me gustaría que cambiasen de religión, pues para lo único que quieren los cristales es para rezar ante ellos. Si no fuera por su teología, nos dejarían llevarnos todas las cantidades que quisiésemos... y aunque aprendieran a aprovecharlos en la obtención de energía, habrían más que suficientes para su planeta y para la Tierra. Por mi parte, ya estoy harto de no ocuparme de los depósitos principales y tener que ir buscando cristales sueltos en los lechos de los ríos de la jungla. Algún día haré todo lo que pueda para que se lleve a cabo una matanza de esos desgraciados escamosos por un buen ejército de nuestro planeta. Una veintena de naves podrían traer las suficientes tropas como para llevarla a cabo. Uno no puede considerar que esos malditos animales sean hombres por muchas «ciudades» y torres qué edifiquen. No tienen talento más que para edificar, y para usar sus espadas y dardos envenenados, y no creo que sus llamadas «ciudades» sean mucho más que los hormigueros o las presas de los castores. Dudo que siquiera tengan un verdadero idioma; y todas esas chácharas acerca de la comunicación psicológica mediante esos tentáculos que tiene en el pecho me parecen puras memeces. Lo que engaña a la gente es que caminen sobre dos patas, cual no es más que un parecido accidental con el hombre de la Tierra. Me gustaría atravesar alguna vez una jungla venusiana sin tener que estar atento por si me encuentro un grupo de ellos, o para evitar sus malditos dardos. Quizá no molestasen antes de que comenzásemos a llevarnos los cristales, pero ahora son realmente peligrosos... con sus lanzamientos de dardos y sus sabotajes de nuestras conducciones de agua. Cada vez estoy más convencido de que tienen un sentido especial similar a nuestros detectores de cristales.

Nunca se ha sabido que molestaran a un hombre – si exceptuamos el lanzamiento de dardos a larga distancia – que no llevase cristales encima. Hacia la una del mediodía un dardo casi se me arrancó el casco, y por un segundo creí que uno de mis cilindros de oxígeno había sido perforado. Esos taimados diablos no habían hecho ningún ruido, pero tres de ellos me estaban rodeando. Los cacé a todos moviendo en círculo mi pistola lanzallamas, pues aunque su color se confundía con el de la jungla, pude descubrirlos por el movimiento de las ramas. Uno de ellos tenía dos metros y medio de alto, con un morro similar al de un tapir. Los otros dos tenían la habitual estatura de dos metros diez. Lo único que hace que sean una verdadera amenaza es su gran número... y un solo regimiento de lanzallamas podría acabar con ellos. Sin embargo, es curioso cómo han logrado ser la especie dominante del planeta. No existe otra especie viviente más desarrollada que los reptantes akmans y skorahs, o los tukanhs voladores del otro continente... a menos que, naturalmente, esos agujeros de la Meseta Dioneana oculten algo.

Hacia las dos de la tarde mi detector señaló hacia el oeste, indicando unos cristales aislados situados hacia mi derecha. Eso estaba de acuerdo con lo que decía Anderson, y por consiguiente, cambié de dirección. El camino era más duro, no solo porque era en cuesta, sino porque la vida animal y las plantas carnívoras eran más densas. Estaba dando golpes de machete a ugrats y pisando skorahs continuamente, y mi traje de cuero estaba totalmente manchado por los estallidos de los darohs que me golpeaban por todos lados. La luz era más débil a causa de la neblina, y el calor del sol no parecía acabar de secar el barro. Cada vez que daba un paso mi pie se hundía doce o quince centímetros, y se oía un sonido de succión, blup, cada vez que lo levantaba. Me gustaría que alguien inventase otro tipo de material que usar en los trajes para este clima que no fuera cuero. Naturalmente la tela se pudriría; pero algún tipo de tejido metálico fino que no se rasgase – como la superficie de este cubre papiros, que resiste la podredumbre – debería ser posible de conseguir. Comí hacia las 3,30, si es que el tragarse esas repugnantes tabletas alimenticias a través de la máscara puede ser llamado comer. Poco después me fijé en que se producía un claro cambio en el paisaje: las brillantes flores de aspecto venenoso cambiaban de color y tomaban un tinte funerario. Las siluetas de todas las cosas tremolaban rítmicamente, y aparecían brillantes puntos de luz que bailaban al mismo ritmo lento y continuo. Tras lo cual la temperatura pareció fluctuar al unísono con un peculiar ritmo tamborileante.

Todo el universo parecía estar temblando con profundas pulsaciones regulares que llenaban cada rincón del espacio y fluían a través de mi cuerpo y mi mente. Perdí todo sentido del equilibrio y me tambaleé mareado, pero las cosas no cambiaron lo más mínimo cuando cerré mis ojos y me cubrí las orejas con las manos. No obstante, mi mente aún estaba clara, y en pocos minutos me di cuenta de lo que había sucedido. Habla encontrado al fin una de aquellas curiosas plantas de espejismo acerca de las cuales tantos de nuestros hombres contaban historias. Anderson me había advertido que tuviera cuidado con ellas, y me habla descrito con precisión su apariencia: el velludo tallo, las espinosas hojas, y las moteadas flores cuyas gaseosas exhalaciones, productoras de sueños, penetran cualquier tipo existente de máscara. Recordando lo que le había sucedido a Bailey hacía tres años, caí en un momentáneo pánico, y comencé a correr tambaleante en el loco y caótico mundo que las exhalaciones de la planta hablan tejido a mí alrededor. Luego, el sentido común regresó a mí, y me di cuenta de que lo único que tenía que hacer era retirarme del punto donde estaban las peligrosas flores, alejándome de la fuente de las pulsaciones y siguiendo a ciegas un camino, sin importarme lo que pareciese girar a mí alrededor, hasta que hubiese logrado salir del radio de acción de la planta, y estar a salvo.

Aunque todo giraba en forma peligrosa, traté de seguir la dirección correcta y abrirme paso hacia adelante. Mi ruta. debía de ser todo menos recta, pues parecieron pasar horas antes de que lograra librarme de la ofuscante influencia de la planta productora de espejismos. Gradualmente las danzantes luces comenzaron a desaparecer, y el espectral paisaje comenzó a tomar un aspecto más sólido. Cuando estuve completamente a salvo miré mi reloj y me asombró darme cuenta de que solo eran las 4,20. Aunque me había parecido que pasaba una eternidad, toda aquella experiencia no habla durado más de media hora. Sin embargo, todo retraso era molesto, y había perdido camino al huir de la planta. Ahora seguí hacia adelante, ladera arriba, en la dirección indicada por el detector de cristales, empleando todas mis energías en el intento de ir más deprisa. La jungla seguía siendo espesa, aunque había menos vida animal. En una ocasión una flor carnívora rodeó mi pie derecho, y lo asió con tal fuerza que tuve que liberarme a golpes de machete, haciendo trizas la planta antes de lograr que me soltase. En menos de una hora me di cuenta de que la vegetación estaba haciéndose menos densa, y hacia las cinco de la tarde, tras pasar una región de helechos gigantes con pocos matorrales entre ellos, salí a una gran meseta musgosa. Ahora, mi paso se hizo rápido, y vi por los estremecimientos de la aguja de mi detector que estaba aproximándome bastante al cristal que buscaba. Era realmente extraño, porque la mayor parte de los dispersos esferoides en forma de huevo se hallaban en los arroyos de la jungla, de un tipo que no era muy probable encontrar en aquel terreno alto, sin árboles.

El terreno seguía subiendo, y acababa en una cresta muy definida. Llegué a la cima hacia las 5,30 y vi ante mi una llanura muy extensa y bosques en la distancia. Sin lugar a dudas aquello era la meseta cartografiada por Matsugawa desde el aire, hacía cincuenta años, y que era llamada en nuestros mapas Eryx o Meseta Eryciniana. Pero lo que hizo acelerar el ritmo de mi corazón fue un pequeño detalle, cuya posición no podía haber estado muy alejada del centro exacto de la llanura. Era un único punto de luz, que brillaba a través de la neblina y que parecía atraer la penetrante luminosidad concentrada de los amarillentos rayos del 501, atenuados por los vapores. Era sin duda el cristal que buscaba: un objeto que probablemente no sería mayor que el huevo de una gallina, y que no obstante contenía la suficiente energía como para mantener caliente durante un año a toda una ciudad. Mientras contemplaba el distante brillo, me preguntaba por qué sería que aquellos miserables hombres-lagarto adorasen a aquellos cristales sin que, no obstante, tuvieran la menor noción de la energía que contenían.

Echando a correr, traté de alcanzar el inesperado premio lo más rápidamente posible; y me sentí molesto cuando el firme musgo dio paso a un muy fluido y especialmente detestable barro moteado con ocasionales manchas de vegetación. Pero seguí chapoteando sin detenerme, sin pensar ni siquiera en mirar a mi alrededor en busca de algún hombre-lagarto al acecho. En aquel espacio abierto no era muy probable caer en una emboscada. Y mientras avanzaba la luz frente a mi parecía aumentar de tamaño y brillantez, y comencé a darme cuenta de alguna peculiaridad en su situación. Claramente se trataba de un cristal de una gran calidad, y mi alegría creció con cada paso chapoteante. Es ahora cuando debo comenzar a tener mucho cuidado al hacer mi informe, ya que lo que tendré que decir de ahora en adelante implicará temas sin precedente, aunque afortunadamente verificables. Iba corriendo hacia adelante con creciente ansiedad, y ya me encontraba a un centenar de metros, más o menos, del cristal, cuya posición en una especie de elevación del terreno parecía algo rara dado el omnipresente barro, cuando una inesperada y tremenda fuerza me golpeó en el pecho y en los nudillos, echándome hacia atrás, al barro. El chapoteo de mi caída fue terrible, y la blandura del terreno y la presencia de algunas hierbas resbaladizas no libró a mi cabeza de un anonadador golpe. Durante un momento me quedé boca arriba, demasiado atontado como para poder pensar. Entonces, mecánicamente, me puse en pie y comencé a sacudirme algo del barro y suciedad de mi traje de cuero.

No tenía ni idea de qué era aquello con lo que había tropezado. No había visto nada que hubiese podido producir aquel golpe, ni tampoco lo veía ahora. ¿Acaso habría, después de todo, resbalado simplemente en el barro? Mis doloridos nudillos y pecho me negaban esta posibilidad. O, ¿sería todo el incidente una ilusión creada por alguna oculta planta de espejismos? Parecía poco probable, ya que no notaba ninguno de los síntomas usuales, y porque no había por allí ningún lugar en el que un vegetal tan chillón y visible pudiera ocultarse a mi vista. Si hubiéramos estado en la Tierra, hubiera sospechado que se trataba de una barrera de fuerza N colocada por algún gobierno para marcar una zona prohibida, pero en aquella región deshabitada por el hombre tal noción parecía absurda. Finalmente logré recuperarme, y decidí investigar con cautela. Manteniendo mi machete todo lo por delante que podía para que fuera lo primero que se encontrase con la extraña fuerza, comencé a caminar de nuevo hacia el brillante cristal, disponiéndome a adelantar paso a paso con una gran deliberación. Al tercer paso me vi detenido por el impacto de la punta del machete contra una superficie aparentemente sólida... una superficie sólida allá donde mis ojos no veían nada.

Al cabo de un momento recuperé mi aplomo. Extendiendo mi enguantada mano, verifiqué la presencia de una materia sólida invisible, o de una ilusión táctil de materia sólida, frente a mí. Moviendo la mano comprobé que la barrera tenía una extensión sustancial, y una lisura parecida a la del cristal, sin que hubiera evidencia de junturas de bloques separados. Animándome a realizar nuevos experimentos, me quité un guante y palpé aquello con la mano desnuda. Desde luego era duro y su tacto era vítreo, y con una extraña frialdad que contrastaba con el aire que me rodeaba. Forcé la vista al máximo en un esfuerzo por divisar alguna huella de sustancia obstructora, pero no pude ver nada. Ni siquiera había evidencias de un poder refractor, juzgando por el aspecto del terreno situado enfrente. La ausencia de un poder reflexivo quedaba probada por el que no hubiera una imagen brillante del sol en ningún punto. Una intensa curiosidad comenzó a desplazar cualquier otro sentimiento, y amplié mis investigaciones lo mejor que pude. Explorando con las manos, comprobé que la barrera se extendía desde el suelo hasta un nivel mucho más alto del que yo podía alcanzar, y que se prolongaba indefinidamente hacia ambos lados. Era, pues, un muro de algún tipo, aunque su propósito y el material de que estaba construido eran algo que no podía ni imaginar. De nuevo pensé en la planta de espejismos y los sueños que inducía, pero al cabo de un instante abandoné tal idea.

Golpeando con fuerza la barrera con la empuñadura del machete, y dándole patadas con mis gruesas botas, traté de interpretar los sonidos así producidos. En aquellas reverberaciones había algo que recordaba al cemento armado, aunque mis manos notaban la superficie más bien vítrea o metálica al tacto. Ciertamente me enfrentaba con algo extraño, y de lo cual no había previa experiencia. El siguiente paso en toda lógica era hacerse idea de las dimensiones del muro. El problema de la altura sería difícil de resolver, si es que no era imposible, por lo que quizá fuera más fácil ocuparse antes de la cuestión del largo y forma. Extendiendo los brazos y manteniéndome apretado contra la barrera, comencé a caminar lentamente hacia la izquierda, fijándome muy bien hacia qué lado estaba dando frente. Tras algunos pasos concluí que la pared no era recta, sino que me encontraba siguiendo parte de algún amplio circulo o elipse. Y entonces mi atención fue distraída por algo totalmente distinto... algo relacionado con el aún lejano cristal que era el objetivo de mi búsqueda. Ya he dicho que aún desde mayor distancia la posición del objeto brillante aprecia extraña en alguna manera indefinible, pues se hallaba sobre un bajo montículo que se alzaba sobre el barro. Ahora, a un centenar de metros, podía ver claramente a pesar de la neblina lo que era el montículo. Era el cuerpo de un hombre ataviado con uno de los uniformes de cuero de la Compañía Cristal, caído boca arriba y con su mascarilla de oxígeno medio hundida en el barro a algunos centímetros de distancia. En su mano derecha, apretada convulsivamente contra el pecho, se hallaba el cristal que me había traído allí: un esferoide de increíble tamaño, tan grande, que los dedos muertos casi no podían cerrarse sobre él. Aún a aquella distancia podía darme cuenta de que el hombre llevaba muerto poco tiempo. Se veía muy poca descomposición, y reflexioné que en un tal clima aquello significaba que la muerte se había producido hacía tan solo un día. Pronto las odiosas moscas-farnoth comenzarían a amontonarse sobre el cuerpo. Me pregunté quién seria el hombre. Desde luego nadie que hubiera visto en aquel viaje. Debía tratarse de uno de los veteranos ausente en un largo periplo, que había llegado a aquella región independientemente de los trabajos de Anderson.

Y allí yacía, más allá de todo problema, y con los rayos del gran cristal surgiendo de entre sus rígidos dedos. Durante más de cinco minutos me quedé allí mirando, lleno de asombro y aprensión. Un curioso miedo me asaltó, y tuve el irrazonable impulso de escapar corriendo. No podía haber sido asesinado por aquellos repugnantes hombres-lágarto, pues aún tenía el cristal que había hallado. ¿Tendría aquello alguna conexión con la pared invisible? ¿Dónde habría hallado el cristal? El instrumento de Anderson había indicado uno por aquellos alrededores mucho antes de que aquel hombre pudiera haber perecido. Ahora comencé a ver en aquella barrera invisible algo siniestro, y retrocedí, apartándome de ella con un estremecimiento. Y, sin embargo, sabía que tenía que solucionar el misterio con aún más rapidez y de una vez por todas, debido precisamente a aquella reciente tragedia. De pronto, con una sacudida que devolvió mi mente al problema con que se enfrentaba, sé me ocurrió una forma posible de estudiar la altura del muro, o al menos de averiguar si se extendía o no indefinidamente hacia arriba. Tomando un puñado de barro, dejé que gotease hasta que hubo adquirido una cierta consistencia, y entonces lo lancé a lo alto, hacia la barrera totalmente transparente. A una altura de quizá cuatro metros golpeó a la superficie invisible con un sonido resonante, desintegrándose y fluyendo en chorritos que bajaban con una sorprendente rapidez. Claramente se veía que el muro era alto. Un segundo puñado, lanzado aún más hacia arriba, golpeó la superficie a unos cinco metros de altura, desapareciendo tan rápidamente como el primero.

Reuní entonces todas mis fuerzas y me preparé a lanzar un tercer puñado tan alto como me fuera posible. Dejando escurrir el barro, y apretándolo para conseguir que estuviera lo más compacto posible, lo lancé con tal inclinación que temí que no alcanzase siquiera a la barrera. No obstante, lo hizo, y esta vez cruzó el muro y cayó en el barro de más allá con un violento chapoteo. Al fin tenía una idea aproximada de la altura del muro, pues el barro la había sobrepasado a unos seis metros de altura. Resultaba pues totalmente imposible ascender una pared lisa y resbaladiza, vertical, de una altura de unos seis metros. Por consiguiente, debía continuar rodeando la barrera en la esperanza de hallar un portal, un fin, o algún tipo de interrupción. ¿Formaba el obstáculo un círculo completo u otra figura geométrica cerrada, o era simplemente un arco o un semicírculo? Actuando según mi decisión, reinicié mi lento camino hacia la izquierda, moviendo mis manos arriba y abajo sobre la superficie invisible por si tenía la suerte de hallar alguna ventana u otra pequeña abertura. Antes de comenzar a andar, traté de marcar mi posición abriendo a patadas un agujero en el barro, pero era demasiado fluido como para poder dejar una huella en él. No obstante, determiné aproximadamente el lugar fijándome en una alta cicada de la lejana selva, que aprecia estar en línea con el brillante cristal, situado a un centenar de metros de mí. Si no había ningún portal o fisura, ahora podría saber cuándo había dado una vuelta completa a la pared.

No había tenido que seguir mucho rato antes de lograr determinar que la curvatura indicaba un recinto circular de un centenar de metros de diámetro, siempre que la figura fuera regular. Eso quería decir que el muerto yacía cerca de la pared en un punto casi opuesto de la región donde yo había iniciado mi experimento. ¿Estaría en la parte interior o exterior del recinto? Aquella era algo que pronto averiguaría. Cuando lentamente fui dando vuelta a la barrera sin hallar ninguna puerta, ventana u otra interrupción, decidí que el cuerpo debía de encontrarse en el interior. Desde más cerca las facciones del muerto, y la forma en que sus ojos miraban, me parecieron algo inquietantes. Cuando me hallé muy cerca creí reconocerlo como Dwight, un veterano al que nunca había tratado, pero al que había visto en el puesto el año pasado. El cristal que aferraba era ciertamente un ejemplar precioso: el mayor espécimen que jamás hubiera visto. Estaba tan cerca del cuerpo que, de no ser por la barrera, lo hubiera podido tocar, cuando mi tanteante mano izquierda halló un ángulo en la superficie invisible. En un segundo averigüé que se trataba de una abertura de unos noventa centímetros de ancho, que se extendía desde el suelo hasta una altura mayor de la que podía alcanzar. No había puerta, ni ninguna evidencia de señales de bisagras que hablasen de una puerta desaparecida. Sin un solo momento de duda di un paso hacia adelante y avancé otros dos hacia el cuerpo postrado, que yacía formando un ángulo recto con la sala en que había entrado, en lo que parecía ser un corredor sin puerta, que intersectaba con ella. Me produjo una nueva sensación de curiosidad el darme cuenta de que el interior de aquel vasto recinto estaba dividido por paredes.

Inclinándome para examinar el cadáver, descubrí que no tenía herida alguna. Esto no me sorprendió, ya que la presencia del cristal era un argumento en contra de que su muerte se debiera a los reptiles nativos. Buscando alguna posible causa de su fallecimiento, mis ojos cayeron sobre la máscara de oxígeno que se encontraba junto a los pies del cadáver. Eso sí que era significativo. Sin aquel artefacto ningún ser humano podía respirar el aire de Venus durante más de treinta segundos y Dwight, si es que era él, obviamente había perdido el suyo. Probablemente lo había llevado descuidadamente atado, de forma que el peso de los cilindros había soltado las correas, una cosa que no hubiera sucedido con una máscara de esponja Dubois. El medio minuto de tiempo había sido demasiado poco para permitir al hombre recuperar su protección, o quizá el contenido cianógeno de la atmósfera fuera anormalmente alto en el momento en que se produjo el accidente. Tal vez estaba demasiado ocupado admirando el cristal... fuera donde fuese que lo hubiera hallado. Aparentemente acababa de sacarlo de la bolsa de su traje, pues la tapa de la misma estaba desabrochada. Entonces procedí a arrancar el enorme cristal de los dedos del explorador muerto... una tarea que la rigidez del cadáver hacía muy difícil. El esferoide era mayor que el puño de un hombre, y brillaba como si tuviera vida propia a los rojizos rayos del sol que se hallaba en el oeste. Cuando toqué la brillante superficie me estremecí involuntariamente, como si al tomar aquel precioso objeto me hubiera transferido el fatal destino que había caído sobre su anterior propietario. No obstante, mis recelos pronto se desvanecieron, y cuidadosamente introduje el cristal en la bolsa de mi uniforme de cuero. La superstición nunca ha sido uno de mis defectos.

Colocando el casco del hombre sobre su inerte rostro, de ojos muy abiertos, me alcé y salí de nuevo, a través de la invisible puerta, hacia la sala de entrada del gran recinto. Entonces se reavivó mi curiosidad acerca del extraño edificio, y me estrujé el cerebro especulando acerca de su material, origen y propósito. No podía creer ni por un momento que se debiera a la mano del hombre. Nuestras naves habían llegado a Venus hacia solamente setenta y dos años, y los únicos seres humanos del planeta eran los de Terra Nova. Además, el conocimiento humano no incluía ningún sólido perfectamente transparente y no refractante como el que componía aquella construcción. Podía descartarse la idea de que en la prehistoria los humanos hubieran invadido Venus, con lo que uno debía volver a la idea de que se trataba de una construcción nativa. ¿Habría precedido a los hombres4agarto una olvidada raza de seres altamente evolucionados? A pesar de sus ciudades elaboradamente edificadas, parecía difícil el aceptar que aquellos reptiloides hubieran hecho algo así. Debió de haber existido otra raza eones antes, de la que quizá esta fuera la última reliquia. ¿O acaso futuras expediciones hallarían ruinas de un origen similar? El propósito de una tal edificación era algo que se prestaba a cualquier conjetura... pero su extraño material, aparentemente nada práctico, me sugería un uso religioso.

Consciente de mi incapacidad para resolver estos problemas, decidí que lo único que haría seria explorar la construcción invisible. Estaba convencido de que varias salas y corredores se extendían por la aparentemente vacía llanura de barro; y creí que el conocimiento de su disposición podía llevar a algo significativo. Así que, tanteando mi camino a través de la puerta y pasando junto al cadáver, comencé a avanzar a lo largo del corredor hacia aquellas regiones interiores de las que presumiblemente había venido el muerto. Más tarde investigaría la estancia que acababa de abandonar. Tanteando como un ciego, a pesar de la neblinosa luz, me moví lentamente hacia delante. Pronto el corredor giró con brusquedad y comenzó a seguir una espiral hacia el centro en círculos cada vez más cerrados. De vez en cuando mi tacto revelaba un pasadizo sin puerta que intersectaba el que yo seguía, y varias veces encontré intersecciones en las que había dos, tres y cuatro caminos divergentes. En esos casos siempre seguía la ruta más interna, que parecía formar una continuación de la que yo estaba atravesando. Habría mucho tiempo para examinar los ramales cuando hubiera alcanzado las regiones internas y regresado de ellas. Apenas si puedo describir lo extraño de la experiencia... ¡Atravesando los pasadizos invisibles de un edificio que no podía ver, construido por seres desconocidos en un planeta extraño! Al fin, aún tanteando, noté que el corredor finalizaba en un espacio abierto de considerable tamaño. Palpando, averigüé que me encontraba en una cámara circular de unos tres metros de diámetro; y por la posición del cadáver y de ciertos puntos de referencia en el bosque, juzgué que aquella cámara se hallaba en el centro del edificio, o cerca de él. De ella surgían cinco corredores además de aquel por el que había llegado, pero mantuve a este último en mi memoria, tomando una alineación visual del cadáver con un árbol determinado en el horizonte, cuando me encontré en la entrada.

No había nada en esta habitación que la distinguiese; simplemente el omnipresente suelo de barro. Preguntándome si aquella parte del edificio tendría techo, repetí mi experimento, lanzando hacia arriba un puñado de barro, y en seguida averigüé que éste no existía. Si alguna vez lo había habido, debía de haberse desplomado hacía mucho, pues nunca encontré a mis pies ni restos, ni cascotes. Mientras reflexionaba, se me ocurrió que era realmente extraño que aquella estructura, aparentemente tan arcaica, estuviese tan despr6vista de bloques caídos, fisuras en las paredes, y otros atributos normales del paso del tiempo. ¿Qué era? ¿Qué había sido? ¿De qué estaba hecha? ¿ Por qué no se notaban evidencias de que las paredes, vítreas y asombrosamente homogéneas, estuviesen constituidas por bloques separados? ¿Por qué no había señales de puertas, ni interiores ni exteriores? Solo sabía que me encontraba en un edificio circular, sin techo, sin puertas, de alguna extraña, lisa, perfectamente transparente, no reflectante ni refractante sustancia, de un centenar de metros de diámetro, con muchos corredores, y una pequeña sala circular en el centro. Ninguna otra investigación directa podría enseñarme nada más. Entonces observé que el sol se estaba hundiendo en el Oeste; ya era un disco dorado que flotaba en un estanque escarlata y naranja sobre los árboles, difuminados por la niebla, del horizonte. Resultaba claro que tendría que apresurarme si es que deseaba elegir un lugar seco en el que dormir antes de que cayese la noche. Desde hacía mucho, había decidido acampar para pasar la noche en el firme borde de la meseta, cubierto de musgo, cerca de la cresta desde la que había divisado por primera vez el brillante cristal, esperando que mi habitual buena fortuna me salvase del ataque de los hombres-lagarto. Siempre he creído que deberíamos viajar en grupos de dos o más, para que alguien pueda estar de guardia mientras el otro duerme, pero el número relativamente pequeño de ataques nocturnos hace que la Compañía no se preocupe demasiado de ellos. Esos malditos escamosos parecen tener dificultades para ver de noche, a pesar de sus curiosas antorchas fosforescentes.

Habiendo tomado de nuevo el pasadizo por el que había llegado, comencé a regresar a la entrada de la estructura. Las subsiguientes exploraciones podrían esperar al próximo día. Tanteando mi camino lo mejor que pude a través del corredor, con solo una dirección general, mis recuerdos y un vago reconocimiento de algunos de los pocos definidos grupos de matorrales de la llanura como guías, pronto me encontré de nuevo cerca del cadáver. Ahora había una o dos moscas farnoth volando sobre el rostro cubierto por el casco, y supe que comenzaba a descomponerse. Con una fútil repugnancia instintiva alcé mi mano para alejar la vanguardia de los carroñeros... cuando se manifestó una cosa extraña y asombrosa. Una pared invisible que detuvo el movimiento de mi mano me demostró que, a pesar de lo cuidadoso de mi intento de desandar el camino, no había regresado al corredor en el que yacía el cadáver. En cambio, me hallaba en un corredor paralelo pues sin duda había dado alguna vuelta equivocada en los intrincados pasadizos de allá atrás. Esperando encontrar una puerta que diera a la cámara de entrada algo más hacia adelante, continué mi avance, pero de pronto llegué a una pared que cerraba el paso. Así que tenía que regresar a la cámara central e iniciar de nuevo mi camino. No podía saber exactamente dónde me había equivocado. Miré el suelo para ver si por algún milagro habían quedado huellas que me pudiesen guiar, pero en seguida me di cuenta de que el fluido barro solo mantenía dichas huellas durante escasos momentos. No tuve mucha dificultad en encontrar de nuevo mi camino al centro, y una vez allí reflexioné cuidadosamente sobre el camino correcto hacia el exterior. Antes me había ido demasiado hacia la derecha. Esta vez tenía que tomar una desviación mas a la izquierda en alguna parte... aunque el sitio exacto era algo que tendría que decidir por el camino.

Mientras tanteaba de nuevo mi camino, me sentía bastante confiado en que fuera el correcto, y me fui hacia la izquierda en una bifurcación que estaba seguro de recordar. La espiral continuaba y tuve buen cuidado en no perderme por ningún pasadizo que intersectase el que seguía. Sin embargo pronto vi, muy disgustado, que estaba pasando a considerable distancia del cadáver; evidentemente aquel pasadizo llegaba a la pared exterior en un punto mucho más allá del sitio donde se encontraba. En la esperanza de que existiese otra salida en la mitad del muro que aún no había explorado, seguí hacia adelante varios pasos más, pero al fin me encontré de nuevo con una barrera sólida. Resultaba claro que la disposición del edificio era mucho más complicada de lo que había supuesto. Entonces dudé entre regresar de nuevo al centro o intentar seguir alguno de los corredores laterales que se dirigían hacia el cadáver. Si elegía aquella segunda alternativa, corría el riesgo de romper el hilo mental que me indicaba dónde me hallaba; por lo que era mejor que no lo intentase a menos de que pudiera pensar en alguna forma de dejar una huella visible tras de mí. El cómo dejar tal huella era un verdadero problema, y hurgué en mi mente buscando una solución. No parecía llevar nada encima que pudiera dejar una señal en algo, ni ningún material que pudiera desparramar, o dividir en pequeños trozos para ir sembrando a mi paso.

Mi pluma no tenía efecto alguno sobre la pared invisible, y no podía dejar un rastro de mis preciosas tabletas alimenticias. Aunque hubiera estado dispuesto a desprenderme de ellas, no hubiera habido bastantes... y además las pequeñas tabletas se hubieran hundido instantáneamente en el barro, desapareciendo. Busqué en mis bolsillos tratando de hallar algún anticuado bloc de notas, que a menudo se usa de una forma no oficial en Venus a pesar de lo rápidamente que se pudre el papel en la atmósfera del planeta, ya que podría haber roto y sembrado sus páginas, pero no pude encontrar ninguno. Obviamente resultaba imposible romper el delgado pero resistente metal del papiro de notas, ni tampoco mi vestimenta me ofrecía ninguna posibilidad. En la peculiar atmósfera de Venus no podía arriesgarme a desprenderme de mi uniforme de cuero, y se había eliminado toda prenda interior a causa del clima. Traté de manchar con barro las lisas paredes invisibles tras de escurrirlo para dejarlo lo más seco posible, pero me encontré con que se deslizaba hasta el suelo tan rápidamente como los puñados que había usado para averiguar la altura. Finalmente saqué mi machete y traté de hacer una raya en la fantasmagórica superficie... algo que pudiese reconocer con la mano, aunque no ofreciese la ventaja de ser visible desde lejos. No obstante resultó inútil, pues la hoja no causaba la menor impresión en el asombroso material desconocido.

Frustrado en todas mis tentativas de marcar un camino, de nuevo busqué la cámara central con mis recuerdos. Parecía mucho más fácil regresar a aquella habitación que seguir un camino definido y predeterminado que lo alejase a uno de ella, y tuve pocas dificultades en encontrarla de nuevo. Esta vez fui anotando en mi papiro cada giro que daba, dibujando un burdo diagrama hipotético de mi ruta, y señalando todos los corredores divergentes. Naturalmente era un trabajo enloquecedoramente lento, dado que todo tenía que ser determinado por el tacto, y las posibilidades de error eran infinitas; pero creía que a la larga me sería de utilidad. Cuando llegué a la sala central ya estaba avanzado el largo crepúsculo de Venus, pero aún tenía esperanzas de llegar al exterior antes de que oscureciese totalmente. Comparando mi diagrama recién hecho con mis recuerdos previos, creía haber localizado mi primer error, así que de nuevo partí confiado a lo largo del corredor invisible. Me fui más hacia la izquierda aún que en los anteriores intentos, y traté de señalar mis giros en el papiro por si estaba aún equivocado. En la creciente oscuridad podía ver la débil silueta del cadáver, ahora en el centro de una repugnante nube de moscas farnoth. No me cabía duda de que no pasaría mucho tiempo antes de que los sificlighs, que viven en el barro, se acercasen babeando desde la llanura para completar el nauseabundo festín.

Acercándome al cadáver con cierta reluctancia, estaba preparándome a pasar junto a él, cuando una repentina colisión con una pared me demostró que, de nuevo, había equivocado el camino. Ahora me daba cuenta, claramente, de que esta perdido. Lo inextricable del edificio hacía imposible el hallar una solución rápida, y probablemente tendría que hacer un cuidadoso estudio antes de poder esperar salir de él. Sin embargo, aún me sentía ansioso por llegar a un terreno seco antes de que cayera la oscuridad; así que regresé una vez más al centro y comencé una serie desordenada de pruebas coronadas siempre por el fracaso, tomando notas a la luz de mi lámpara eléctrica. Cuando usé este artefacto me fijé con interés en que no producía reflejos, ni el mínimo resplandor, en las paredes transparentes que me rodeaban. No obstante, ya estaba preparado para esto, ya que en ningún momento el sol había producido un destello en el extraño material. Estaba aún tanteando cuando la oscuridad se hizo total. Una densa niebla ocultaba la mayor parte de las estrellas y los planetas, pero la Tierra era claramente visible como un brillante punto verdeazulado hacia el sudeste. Acababa de pasar el punto de oposición, y ahora seria una visión maravillosa de contemplar por un telescopio. Hasta pedía divisar la Luna junto a ella cuando los vapores se hacían momentáneamente menos densos. Ahora era totalmente imposible ver el cadáver, mi único punto de referencia, así que regresé a la cámara central tras algunos giros en falso. Después de todo, tendría que abandonar la esperanza de dormir sobre terreno seco. No podía hacer nada hasta que saliese el sol, y, tal como estaban las cosas, lo mejor sería descansar allí mismo. El acostarse en el barro no sería agradable, pero con mi traje de cuero resultaba factible. En anteriores expediciones había dormido bajo condiciones aún peores, y ahora la misma exhausción me ayudaría a superar mi repugnancia.

Así que aquí estoy, acuclillado en el barro de la sala central y tomando estas notas en mi papiro a la luz de la lámpara eléctrica. Hay algo casi humorístico en mi extraña e inusitada desdicha. Perdido en un edificio sin puertas... ¡un edificio que no puedo ver! Sin duda saldré de él a primera hora de la mañana, y llegaré a Terra Nova con el cristal a última hora de la tarde. Ciertamente es una verdadera belleza... con un sorprendente lustre aún a la débil luz de esta lámpara. Acabo de sacarlo para examinar. A pesar de mi fatiga, el sueño tarda en llegarme, así que sigo escribiendo. Pero debo terminar ahora. No hay muchas posibilidades de que sea molestado por aquellos malditos nativos en este lugar. Lo que menos me gusta es el cadáver... pero, afortunadamente, mi máscara de oxígeno me evita los peores efectos de la podredumbre. Estoy usando los cubos de clorato con mucho tiento. Ahora tomaré un par de tabletas alimenticias y me echaré a dormir. Luego proseguiré.

LUEGO - VI, 13 POR LA TARDE
Ha habido más problemas de los que me imaginaba. Aún sigo en el edificio y tendré que trabajar rápida y cuidadosamente si es que quiero dormir esta noche en terreno seco. Pasó mucho tiempo antes de que lograra dormirme, y no desperté hasta que era casi el mediodía. Tal como estaban las cosas, hubiera dormido aún más si no hubiera sido por el resplandor del sol a través de la niebla. El cadáver constituía una visión repugnante, cubierto de sifíclighs, y con una nube de moscas farnoth a su alrededor. Algo había apartado el casco del rostro, y más valía no mirar lo que había quedado al descubierto. Me sentía doblemente satisfecho por mi máscara de oxígeno, cuando pensaba en la situación. Al fin me alcé y me sacudí el barro, tome un par de tabletas de alimento y coloqué un nuevo cubo de clorato de potasio en el electrolizador de la máscara. Estoy usando esos cubos con parsimonia, pero me gustaría tener una mayor cantidad. Me siento mucho mejor después de haber dormido, y espero salir del edificio dentro de poco. Consultando las notas y dibujos que había hecho, me sentí impresionado por la complejidad de los pasadizos, y por la posibilidad de que hubiera cometido un error fundamental. De las seis aberturas que había en el espacio central, había elegido una determinada tomándola por aquella por la que había entrado usando como guía una línea de visión. Cuando estaba justamente en el interior de la abertura, el cadáver situado a cincuenta metros de distancia se hallaba exactamente alineado con un lepidodendro especial del lejano bosque. Ahora se me ocurrió que este dato podía no ser lo bastante fiable, pues la distancia del cadáver hacía que la diferencia de dirección, con relación al horizonte, fuera relativamente Poca cuando lo miraba desde las aberturas inmediatamente contiguas a la elegida. Además, el árbol no se diferenciaba tanto como hubiera sido de desear de los otros lepidodendros del horizonte.

Efectuando una prueba, me di cuenta, desalentadoramente, de que no podía estar seguro de cuál de las tres aberturas era la correcta. Esta vez estaría seguro. Me di cuenta de que a pesar de que resultaba imposible marcar mi camino, había un señalizador que sí me era posible dejar. Aunque no podía quitarme el traje, podía, a causa de mi espesa mata de cabello, prescindir del caso; y este era lo bastante grande y poco pesado como para permanecer visible sobre el fluido barro. Por consiguiente me quité el objeto, que era prácticamente hemisférico, y lo dejé a la entrada de uno de los corredores: el situado más a la derecha de los tres que debía probar. Seguiría aquel corredor suponiendo que era el correcto repitiendo lo que creía recordar eran los giros exactos, y tomando y consultando constantemente notas. Si no lograba salir, iría eliminando sistemáticamente todas las posibles variaciones; y si esas fallaban, pasaría a cubrir las avenidas que se extendiesen desde la siguiente abertura, de la misma manera; continuando hasta la tercera si ello resultaba necesario. Más pronto o más tarde tendría que dar con el camino correcto a la salida, pero debía mostrarme paciente. Aún en el peor de los casos, era casi imposible que no lograse salir al exterior a tiempo para dormir sobre terreno seco. Los resultados inmediatos fueron bastante desalentadores, aunque me ayudaron a eliminar la abertura de la derecha en poco menos de una hora. Solo una sucesión de callejones sin salida, cada uno de los cuales terminaba a una mayor distancia del cadáver, parecían surgir de aquella abertura; y muy pronto me di cuenta de que no había estado incluida en mis correteos de la tarde anterior. Sin embargo, como antes, siempre encontré relativamente fácil el tantear mi camino de regreso a la cámara central.

Alrededor de la una del mediodía pasé el casco que me servía de señal a la siguiente abertura y comencé a explorar los pasadizos que se abrían tras ella. Al principio creí reconocer los giros, pero pronto me hallé en un grupo de corredores totalmente desconocidos. No podía llegar cerca del cadáver, y esta vez también parecía tener el camino a la cámara central cortado, aunque pensaba haber anotado cada movimiento que había hecho. Debía de haber giros engañosos e intersecciones demasiado sutiles para que lograse reflejarlas en mis burdos diagramas, y comencé a notar una sensación que era parte ira y parte descorazonamiento. Aunque naturalmente con paciencia al fin lograría salir de allí, me di cuenta de que mí búsqueda tendría que ser minuciosa, incansable y extensa. Las dos de la tarde me encontraron aún errando por extraños corredores, palpando constantemente mi camino y mirando alternativamente a mi casco y al cadáver, mientras anotaba datos en el papiro con decreciente confianza. Maldije la estupidez y la curiosidad que me habían atraído a aquel embrollo de paredes invisibles, y reflexioné que si no me hubiera preocupado de aquella cosa y hubiera regresado tan pronto como hube tomado el cristal del cadáver, ahora estaría a salvo en Terra Nova. De pronto se me ocurrió que quizá pudiera abrir un túnel bajo las paredes invisibles con mi machete, y así lograr salir al exterior o a algún corredor que llevase allí. No tenía forma de saber la profundidad de los cimientos del edificio, pero el omnipresente barro era un argumento a favor de la ausencia de cualquier otro suelo que no fuera el mismo terreno. Poniéndome de cara al lejano y cada vez más horrible cadáver, comencé a cavar febrilmente con la ancha y afilada hoja.

Había unos quince centímetros de barro semilíquido, bajo el cual la densidad del suelo se incrementaba muchísimo. Este terreno profundo parecía ser de un color distinto, una arcilla grisosa bastante parecida a la que se hallaba cerca del polo norte de Venus. Mientras continuaba profundizando cerca de la barrera invisible vi que el terreno se estaba haciendo más y más duro. El barro acuoso penetraba en la excavación con la misma rapidez con que yo sacaba la arcilla, pero metía las manos en él y seguía trabajando. Si lograba abrirme un paso bajo la pared, el barro no iba a impedir que me metiese por él. Aún así, a unos noventa centímetros de profundidad la dureza del suelo frenó considerablemente mi excavación. Su resistencia era muy superior a cualquier otra conque me hubiese encontrado antes, aún en este planeta, e iba unida a un peso anormal. Mi machete tenía que astillar y cortar la apretada arcilla, y los fragmentos que sacaba eran como piedras sólidas o trozos de metal. Finalmente hasta este sistema de excavación se hizo imposible, y tuve que cesar mi trabajo sin haber alcanzado el borde inferior de la pared. El intento que había durado una hora larga había sido fútil y dañino, pues había usado una buena parte de mi energía y me obligó a tomar una tableta extra de alimento y a colocar un cubo adicional de clorato en la máscara de oxígeno. También me obligó a cesar en mis exploraciones, pues aún sigo demasiado cansado para caminar. Tras limpiar mis manos y brazos de barro, lo mejor que pude, me senté a escribir estas notas, apoyándome contra la pared invisible y dando la espalda al cadáver. Ese cadáver es ahora, simplemente, una estremecida masa de bichos: el olor ha comenzado a atraer algunos de los viscosos akmans de la lejana jungla. Y me fijo en que muchas de las hierbas efjeh están extendiendo tentáculos necrófagos hacia el cuerpo; pero dudo que ninguno de ellos sea lo bastante largo como para alcanzarlo. Me gustaría que algunos animales realmente carnívoros como los skorah apareciesen, pues quizá captasen mi olor y penetrasen en el edificio en mi búsqueda. Los animales esos tienen un extraño sentido de la orientación. Podría contemplarlos mientras venían, e ir anotando su ruta aproximada si es que no lo hacían en línea continua. Eso me sería de una gran ayuda. Y cuando llegasen ante mí la pistola me libraría de ellos.

Pero no puedo esperar una cosa así. Ahora que he terminado estas notas, descansaré un poco más, y luego tantearé de nuevo. Tan pronto como regrese a la cámara central, lo que debería ser fácil, probaré con la abertura de la izquierda. Quizá pueda salir antes de la noche después de todo,

VI, 13 POR LA NOCHE
Nuevos problemas. Mi escapatoria será tremendamente difícil, pues hay elementos que no habla sospechado. Otra noche en el barro y una lucha ante mí mañana. Descansé muy poco rato y me alcé y tanteé de nuevo hacia las cuatro. Unos quince minutos después llegué a la cámara central y moví mi casco para marcar la última de las tres posibles aberturas. Partiendo de ella, me pareció que el camino me era más familiar, pero al cabo de cinco minutos me detuve en seco ante la vista de algo que me estremeció más de lo que pueda describir. Era un grupo de cuatro o cinco de esos detestables hombres-lagarto que salían del bosque a lo lejos en la llanura. No podía verlos claramente a aquella distancia, pero me pareció que hacían una pausa y se volvían hacia los árboles para gesticular, tras lo que se les unió una docena más. El grupo incrementado comenzó entonces a avanzar directamente hacia el edificio invisible, y mientras se aproximaban los estudié cuidadosamente. Nunca habla visto de cerca a uno de aquellos seres, si no era entre las humeantes sombras de la jungla. El parecido con los reptiles era perceptible, aunque sabía que solo era aparente, ya que esos seres no tienen punto de contacto con la vida terrestre. Cuando se acercaron más me parecieron menos reptiloides: únicamente la cabeza plana y la verdosa y viscosa piel, parecida a la de una rana, daban la idea de ello. Caminaban erectos sobre sus extrañas y gruesas patas, y sus discos de succión producían unos curiosos sonidos en el barro. Eran especímenes normales, de unos dos metros diez de alto, con cuatro largos y delgados tentáculos pectorales. Los movimientos de esos tentáculos, si es que las teorías de Fogg, Ekberg y Janat son correctas, lo que yo antes dudaba pero ahora ya estoy más dispuesto a creer, indicaban que aquellos seres estaban conversando animadamente. Saqué mi pistola lanzallamas y me preparé para una dura lucha. No tenía demasiadas posibilidades, pero el arma me daba una cierta ventaja. Si las cosas aquellas conocían el edificio, entrarían a por mí y de aquella manera me darían la clave de cómo salir tal como los skorahs hubieran hecho. El que me iban a atacar me parecía seguro; pues aunque no podían ver el cristal en mi bolsa, podían adivinar su presencia mediante aquel sentido especial que poseían.

Pero, sorprendentemente, no me atacaron. En lugar de ello se dispersaron y formaron un amplio círculo a mi alrededor... a una distancia que indicaba que se estaban apoyando contra el muro invisible. Allí de pie, formando un anillo, los seres se quedaron mirándome silenciosa e inquisitivamente, moviendo sus tentáculos y a veces haciendo gestos con sus cabezas o sus patas superiores. Al cabo de un rato vi que otros salían del bosque, y avanzaban hasta unirse a la multitud curiosa. Los más cercanos al cadáver lo miraron brevemente, pero no intentaron tocarlo. Era una visión horrible, pero a los hombres-lagarto parecía no importarles. De vez en cuando uno de ellos apartaba con un gesto de sus extremidades o tentáculos las moscas farnoth, o aplastaba un reptante sificligh o akman, o una estirada hierba efjeh con los discos de succión de sus patas traseras. Devolviendo la mirada de aquellos grotescos e inesperados intrusos, y preguntándome inquieto por qué no me atacaban inmediatamente, perdí por el momento todo deseo y hasta la energía física necesaria para continuar mi búsqueda de una salida. En lugar de ello, me apoyé contra la pared invisible del pasadizo en que me encontraba, dejando que mi asombro se transformase gradualmente en una cadena de locas especulaciones. Un centenar de misterios que previamente me habían inquietado parecían, de repente, tomar un nuevo y siniestro significado, y temblé con un miedo agudo, distinto a cualquier otro que hubiera experimentado antes.

Creía saber por qué aquellos seres repulsivos estaban agolpándose expectantes a mi alrededor. Creía también haber descubierto al fin el secreto de la estructura transparente. El tentador cristal que habla encontrado, el cuerpo del hombre que lo había hallado antes que yo... todas esas cosas comenzaron a adquirir un significado tétrico y amenazador. No habla sido una vulgar racha de mala fortuna lo que me había hecho perderme en aquella maraña de corredores transparentes y sin techo. Ni mucho menos. Sin duda alguna, aquel lugar era algo deliberado: un laberinto construido a propósito por aquellos seres infernales cuyas habilidades y mentalidad había infravalorado. Pero, ¿no debería haberlo sospechado antes, conociendo su raro talento arquitectónico? Su propósito estaba bien claro. Era una trampa; una trampa dispuesta para cazar seres humanos, y con el cristal esferoide como cebo. Aquellos seres reptiloides, en su guerra con los ladrones de cristales, habían decidido usar la estrategia, y estaban utilizando nuestra propia codicia contra nosotros mismos. Dwight, si es que aquel cuerpo putrefacto era Dwight, había sido víctima del laberinto. Debía de haber quedado atrapado hacía algún tiempo, y no había logrado hallar la salida. Sin duda la falta de agua lo había enloquecido, y quizá se había quedado también sin cubos de clorato. Probablemente su máscara no se le había perdido accidentalmente; era más probable que se hubiera suicidado. En lugar de enfrentarse con una muerte lenta, había acabado con sus problemas quitándose deliberadamente la máscara y dejando que la atmósfera letal acabase con él en seguida. La horrible ironía de su destino estaba en su situación... a solo unos pasos de la salida salvadora que no había logrado hallar. Un minuto más de búsqueda, y habría estado a salvo. Y ahora yo estaba tan atrapado como él. Atrapado y con aquella manada de curiosos riéndose de mi desgracia. La idea era enloquecedora, y, cuando la tuve se apoderó de mi una repentina oleada de pánico que me hizo echar a correr sin rumlx, por los invisibles corredores. Durante varios minutos fui un demente: tropezando, cayéndome, hiriéndome contra las paredes invisibles, y finalmente desplomándome en el barro como un montón de carne estremecida, dolorida, sangrante y sin consciencia.

La caída me calmó un poco, así que cuando lentamente me puse en pie, pude fijarme en las cosas y razonar. El círculo de mirones estaba agitando sus tentáculos en una forma extraña y regular, que me sugería una burla por su parte, así que les enseñé el puño con ira cuando me puse en pie. Mi gesto pareció incrementar su diversión; y algunos de ellos lo imitaron burdamente con sus verdosas extremidades anteriores. Algo avergonzado, traté de recapacitar y considerar la situación. Después de todo, no estaba tan mal como Dwight. A diferencia de él, sabía cuál era la situación, y hombre prevenido vale por dos. Tenía pruebas de que se podía llegar a una salida, y no repetiría su trágico acto de desesperación. El cadáver... o el esqueleto, que es lo que pronto sería, seguía sirviéndome de guía para hallar la abertura, y una paciencia decidida no dejaría de llevarme hasta ella si trabajaba lo bastante, con inteligencia. Sin embargo, tenía la desventaja de estar rodeado por aquellos demonios reptiloides. Ahora que me daba cuenta de la naturaleza de la trampa, cuyo material invisible indicaba unos conocimientos superiores a cualquier cosa conocida en la Tierra, ya no podía despreciar la mentalidad y recursos de mis enemigos. Aún con mi pistola lanzallamas pasaría un mal rato para alejarme de allí... aunque la audacia y la rapidez me servirían, sin lugar a dudas, para salir del aprieto.

Pero primero tenía que llegar al exterior... a menos que pudiera atraer o provocar a alguno de aquellos seres, para que avanzase hacia mí. Mientras preparaba mi pistola para cualquier posible acción y comprobaba mi abundante suministro de munición, se me ocurrió que podía probar el efecto de la misma sobre las paredes invisibles. ¿Habría estado pasando por alto un método de escape factible? No tenía ni idea de la composición química de la barrera transparente, y tal vez se tratase de algo que una lengua de fuego pudiera cortar sin problemas. Eligiendo una sección que daba hacia el cadáver, descargué cuidadosamente la pistola a bocajarro y tanteé con mi cuchillo allá donde había dado la descarga. Nada había cambiado. Había visto cómo la llama se extendía al tocar la superficie, y me daba cuenta de que mi esperanza había sido vana. Solo una larga y tediosa búsqueda de la salida lograría llevarme al exterior. Así que, tragándome otra tableta alimenticia y colocando otro cubo en el electrolizador de mi máscara, reinicié la larga búsqueda, volviendo sobre mis pasos hacia la cámara central e intentándolo de nuevo. Constantemente consultaba mis notas y dibujos, y tomaba otros nuevos, equivocándome una y otra vez en los giros, pero siguiendo desesperadamente hasta que la luz de la tarde se hizo muy débil. Mientras insistía en mi exploración, miraba de vez en cuando al silencioso círculo de espectadores burlones, y noté un gradual cambio en su composición. De vez en cuando algunos volvían al bosque, mientras que otros llegaban a tomar sus lugares. Cuanto más pensaba en sus tácticas menos me gustaban, pues me daban una idea de los posibles motivos de aquellos seres. En cualquier momento aquellos diablos hubieran podido avanzar y luchar conmigo, pero parecían preferir contemplar mis intentos por escapar. No me cabía más posibilidad que considerar que estaban divirtiéndose con el espectáculo, y esto me hizo temer con mayor fuerza la idea de caer en sus manos. Con la llegada de la oscuridad cesé mi búsqueda, y me senté en el barro para descansar. Ahora estoy escribiendo a la luz de mi lámpara, y pronto intentaré dormir un poco. Espero que mañana lograré salir; pues mi cantimplora está vaciándose, y las tabletas de lacol son un mal sustituto para el agua. Y no me atrevo a intentar sorber la humedad de este barro, pues el agua de los barrizales de esta región es tan solo potable cuando ha sido destilada. Por eso tenemos esas largas conducciones de agua hasta las zonas de arcilla amarilla, y dependemos del agua de lluvia cuando esos diablos sabotean nuestras tuberías. Además, tampoco tengo demasiados cubos de clorato, y debo intentar disminuir mi consumo de oxígeno tanto como pueda. Mi tentativa de abrir un túnel a primera hora de la tarde, y mi loca carrera de después, consumieron una peligrosa cantidad de aire. Mañana reduciré mis esfuerzos físicos al mínimo posible hasta que me halle frente a los reptiles y tenga que luchar con ellos. Necesito una buena cantidad de cubos para el viaje de regreso a Terra Nova. Mis enemigos siguen ahí; puedo ver un círculo de sus poco luminosas antorchas fosforescentes a mi alrededor. Esas luces me producen una sensación de horror que tiende a mantenerme despierto.

VI, 14 POR LA NOCHE
¡Otro día completo de búsqueda y aún no he hallado mi camino al exterior! Comienza a preocuparme el problema del agua, pues acabé con el contenido de mi cantimplora al mediodía. Durante la tarde hubo un aguacero y regresé a la cámara central a buscar el casco que había dejado como señal, para usarlo como recipiente y conseguir un par de vasos de agua. Me bebí la mayor parte de la misma, pero he puesto el poco que quedó en la cantimplora. Las tabletas de lacol sirven bien poco contra la verdadera sed, y espero que vuelva a llover durante la noche. He dejado el casco boca arriba para que recoja el agua que caiga. Y tampoco tengo demasiadas tabletas alimenticias, aunque eso aún no sea un peligro. De todas maneras, de ahora en adelante me pondré a media ración. Lo que realmente me preocupa son los cubos de clorato, pues aún sin ejercicios violentos, el continuo caminar de todo un día consume un número peligroso de los mismos. Me siento débil por mi forzada economía de oxígeno, y por mi sed, que va en constante aumento. Cuando reduzca la comida supongo que aún me sentiré más débil.

Hay algo maldito, algo extraño, en este laberinto. Podría jurar que había eliminado ciertos giros con mis dibujos, y sin embargo cada nuevo intento va en contra de algún supuesto que creía comprobado. Nunca antes me había dado cuenta de lo perdidos que estamos sin referencias visuales. Un hombre ciego quizá lo hiciese mejor que yo... pero para la mayoría de nosotros la vista es el principal de nuestros sentidos. El efecto de todos esos recorridos inútiles es causarme un profundo desaliento. Puedo comprender cómo debió de sentirse el pobre Dwight. Su cadáver es ahora tan solo un esqueleto, y los sificlighs y moscas farnoth ya han desaparecido. Las hierbas efjen están haciendo pedazos el uniforme de cuero, pues eran más largas y crecen más rápido de lo que me imaginaba. Y durante todo el tiempo, esos espectadores cambiantes permanecen agitando sus tentáculos alrededor de la barrera, riéndose de mí y disfrutando de mi desgracia. Un día más y enloqueceré, si es que no me desplomo muerto de agotamiento. Mas no me queda Otra solución que perseverar. Dwight habría salido si hubiera seguido caminando un minuto más. Y es posible que alguien de Terra Nova venga a buscarme antes de que pase mucho más tiempo, aunque éste sea solamente mi tercer día de ausencia. Me duelen horriblemente los músculos, y no parezco descansar en absoluto cuando me acuesto en este repugnante barro. La pasada noche, a pesar de mi terrible fatiga, dormí sobresaltado, y esta noche temo que no lo haga mejor. Vivo en una continua pesadilla: pasando del sueño a la vigilia, y sin embargo sin estar verdaderamente despierto o dormido. Me tiembla la mano, ya no puedo seguir escribiendo. Ese círculo de tenues antorchas fosforecentes es repugnante.

VI, 15 A ULTIMA HORA DE LA TARDE
¡Adelanto considerablemente! Las cosas tienen buen aspecto. Estoy muy agotado y no dormí mucho antes de que saliera el sol. Entonces, dormité hasta el mediodía, aunque sin lograr descansar totalmente. No ha llovido, y la sed me debilita mucho. Comí una tableta alimenticia extra para mantenerme en marcha, pero sin agua no me ha servido demasiado. Me atreví a intentar beber algo del agua del barro en una ocasión, pero me produjo violentos vómitos y aún me dejó más sediento que antes. Debo conservar los cubos de clorato, así que casi me estoy sofocando por la falta de oxígeno. No puedo caminar la mayor parte de tiempo, pero consigo arrastrarme por el barro. Hacia las dos de la tarde creí reconocer algunos de los pasadizos, y me acerqué mucho al cadáver, o esqueleto, de lo que habla hecho en mis intentos del primer día. En una ocasión llegué a un callejón sin salida, pero volví al camino principal con ayuda de mi mapa y notas. El problema de más anotaciones es que hay demasiadas. Deben llenar un metro del papiro, y debo detenerme durante largos ratos para descifrarlas. No consigo concentrarme a causa de la sed, la sofocación y el agotamiento, y no logro comprender lo que he escrito. Esos malditos seres verdes siguen mirándome y riéndose con sus tentáculos, y a veces gesticulan de una forma que me hace creer que se están contando alguna terrible broma que no logro comprender. Fue hacia las tres de la tarde cuando realmente hallé una buena pista. Había un portal que, según mis notas, no había atravesado antes; y cuando lo hice vi que pedía arrastrarme dando un rodeo hacia el esqueleto envuelto por las hierbas. El camino era una especie de espiral, muy similar a aquella por la que había llegado inicialmente a la cámara central. Cuando llegaba a una puerta lateral o a una intersección, seguía el camino que más parecía repetir el recorrido original. Mientras me acercaba, en círculos, más y más a mi repugnante punto de referencia, los espectadores del exterior intensificaban sus crípticas gesticulaciones y su irónica risa silenciosa. Evidentemente veían algo macabramente divertido en mi avance... dándose cuenta, sin lugar a dudas, de lo inerme que estaré en cualquier lucha con ellos. Dejé que se rieran; pues aunque me daba cuenta de mi tremenda debilidad, contaba con la pistola lanzallamas y con sus numerosos cargadores extra para abrirme paso entre la vil falange de reptiles.

Ahora mi esperanza estaba en alza, pero no intenté ponerme en pie. Era mejor seguir reptando, y guardar mis fuerzas para el cercano encuentro con los hombres-lagarto. Mi avance era muy lento, y el peligro de perderme en algún camino sin salida muy grande, pero, de todas formas, parecía ir siguiendo una curva que decididamente me llevaba hacia mi meta ósea. La perspectiva me daba nuevas fuerzas, y durante un tiempo dejé de preocuparme del dolor, la sed, y mi escasa cantidad de cubos. Las criaturas se estaban agrupando todas alrededor de la entrada: haciendo gestos, saltando y riendo con sus tentáculos. Pronto, reflexioné, debería enfrentarme con aquella horda... y quizá con los refuerzos que recibiesen del bosque. Estoy ya tan solo a unos metros del esqueleto, y me detengo a tomar estas notas antes de salir y atravesar esa molesta banda de seres. Confío en que con mis últimas energías podré ponerlos en fuga a pesar de su número, pues el radio de acción de esta pistola es tremendo. Entonces acamparé en el musgo seco del borde de la meseta, y por la mañana viajaré cansadamente por la jungla hacia Terra Nova. Me alegrará volver a ver de nuevo hombres vivos y los edificios de la raza humana. Los dientes de esa calavera brillan y sonríen de una forma horrible.

VI, 15 YA CASI DE NOCHE.
¡Horror y desesperación, me equivoqué de nuevo! Tras tomar las anteriores notas me aproximé aún más al esqueleto, pero repentinamente encontré una pared que se interponía. De nuevo había sido engañado, y aparentemente volvía a estar en la misma situación que tres días antes, durante mi primer fútil intento de salir del laberinto. No sé si grité o no... quizá estuviera demasiado débil para producir un solo sonido. Simplemente, me quedé anonadado en el barro durante un largo período, mientras las cosas verdosas del exterior saltaban y reían y gesticulaban. Al cabo de un tiempo recuperé totalmente el conocimiento... Mi sed, debilidad y sofocación estaban acabando conmigo rápidamente, y con mis últimas fuerzas coloqué un nuevo cubo en el electroliza...... sin pensarlo, y sin considerar mis necesidades para el viaje de vuelta a Terra Nova. El oxígeno así obtenido me revivió ligeramente, y me permitió contemplar los alrededores con más atención. Parecía como si estuviera un poco más lejos del pobre Dwight de lo que me había hallado en mi primer desengaño, y me pregunté embotadamente si podría hallarme en otro corredor algo más remoto. Con esta débil esperanza me arrastré laboriosamente hacia adelante, pero al cabo de algunos metros encontré una pared como en la anterior ocasión. Así que aquello era el fin. Tres días no me habían llevado a ninguna parte y mis fuerzas han desaparecido. Pronto enloqueceré de sed, y ya no tengo bastantes cubos como para regresar. Me pregunté débilmente por qué aquellos seres de pesadilla se habían agrupado de tal forma junto a la entrada, para burlarse de mi. Probablemente era parte de su trampa: el hacerme creer que estaba aproximándome a una salida que sabían que no existía. Sé que no duraré mucho, aunque estoy resuelto a no acelerar mi fin como hizo Dwight. Su cráneo sonriente está vuelto hacia mí, movido por los tanteos de una de las hierbas efjeh que están devorando su traje de cuero. La fantasmal mirada de esas cuencas vacías es peor que la de esos horrores reptiloides. Da un ominoso significado a esa sonrisa muerta. Me quedaré muy quieto sobre el barro para recuperar mis fuerzas en lo posible. Estas notas, que espero lleguen a poder de los que vengan tras de mí, y les sirvan de aviso, estarán pronto terminadas. Cuando acabe de escribir, descansaré un largo rato. Entonces, cuando sea demasiado oscuro y esos seres no puedan verme, utilizaré mis últimas reservas de energía para intentar lanzar el papiro sobre la pared y el corredor que me separa de ella hacia la llanura exterior Tendré buen cuidado de apuntar hacia la izquierda, donde no caiga entre el grupo de burlones espectadores. Quizá se pierda para siempre entre el barro... pero quizá caiga en algún matorral y llegue al fin a manos humanas.

Si al final es leído, espero que sirva para algo más que para simplemente advertir a otros hombres de esta trampa. Espero que sirva para enseñarle a nuestra raza que debe dejar esos brillantes cristales donde están. Pertenecen a Venus. Nuestro planeta realmente no los necesita, y creo que hemos violado alguna ley oscura y misteriosa, alguna ley profundamente oculta en los arcanos del cosmos, en nuestras tentativas de apoderarnos de ellos. ¿Quién puede decir qué oscuras, potentes y extensas fuerzas empujan a esos seres reptilescos que guardan su tesoro en forma tan extraña? Dwight y yo ya hemos pagado nuestra culpa, como otros lo han hecho antes y otros los harán después. Aunque quizá esas pocas muertes sean únicamente un preludio de unos horrores más grandes que aún están por venir. Dejemos a Venus lo que es de Venus. Ya estoy muy próximo a la muerte, y temo no ser capaz de poder lanzar el papiro cuando llegue la noche. Si no puedo hacerlo> supongo que los hombres-lagarto se apoderarán de él, pues probablemente se dan cuenta de lo que es. No querrán que nadie tenga un previo aviso acerca del laberinto... y no sabrán que mi mensaje contiene una suplica a su favor. A medida que se aproxima mi fin me siento más predispuesto a favor de esos seres. ¿Quién puede decir, en la escala de las entidades cósmicas, qué especie se encuentra más alta, o se aproximan más a la norma orgánica de los espacios... si la suya o la mía?

Acabo de sacar el gran cristal de mi bolsa para mirarlo durante mis últimos instantes. Brilla fiera y amenazadoramente a los rojizos rayos de la puesta del sol. La horda se ha dado cuenta de ello y sus gestos han cambiado en una forma que no pued6 comprender. Me pregunto por qué permanecerán agrupados alrededor de la entrada en lugar de concentrarse en un punto más cercano de la pared transparente. Estoy perdiendo el sentido y ya no puedo escribir mucho más. Las cosas giran a mi alrededor, y no obstante, no acabo de perder el conocimiento. ¿Podré lanzar el papiro sobre la pared? El cristal brilla mucho, y eso que cada vez oscurece más. Oscuro. Muy débil. Siguen riendo y saltando alrededor de la puerta, y han encendido esas infernales antorchas fosforescentes. ¿ Se están yendo? Creí oír un sonido una luz en el cielo...

INFORME DE WESTLEY P. MILLER, DIRECTOR DEL GRUPO A COMPAÑIA CRISTAL DE VENUS (TERRA NOVA EN VENUS - VI, 16)
Nuestro empleado A49, Kenton 1. Stanfield, domiciliado en 5317 Marshall Street, Richmond, Estados Unidos, salió de Terra Nova a primera hora del VI, 12, para un corto viaje guiado por un detector. Debiendo regresar el 13 o el 14, no había aparecido a la tarde del 15, por lo que el avión de observación FR-58 con cinco hombres a mi mando partió a las ocho de la tarde para seguir su ruta con el detector. La aguja no señalaba ningún cambio respecto a lecturas anteriores. Seguimos la aguja hasta la Meseta Eryciniana, manteniendo en funcionamiento durante todo el camino nuestros potentes reflectores. Nuestros lanzallamas de triple potencia y cilindros de radiación D hubieran podido dispersar cualquier fuerza ordinaria de nativos hostiles, o cualquier manada peligrosa de skorahs carnívoros. Cuando estuvimos en la llanura abierta de Eriyx vimos un grupo de luces en movimiento que sabíamos que eran antorchas fosforescentes nativas. Al aproximarnos, se dispersaron por el bosque. Probablemente eran de setenta y cinco a cien. El detector indicaba que había un cristal en el punto del que provenían. Planeando a baja altura sobre aquel punto, nuestras luces descubrieron objetos en el suelo. Un esqueleto cubierto por hierbas efjeh, y un cuerpo a unos tres metros del mismo. M hacer descender el avión cerca de los cuerpos, la punta del ala chocó contra un obstáculo invisible.

Acercándonos a los cuerpos a pie, nos topamos con una lisa barrera invisible que nos asombró tremendamente. Tanteando cerca del esqueleto hallamos una abertura, tras la cual habla un espacio con otro orificio que daba al esqueleto. Este, aunque había sido despojado de su ropa por las hierbas, tenía junto a él uno de los cascos numerados de la Compañía, Era el empleado B-9, Frederick N. Dwight, del grupo Koenig, que había partido hacía dos meses de Terra Nova en un viaje largo. Entre este esqueleto y el cadáver aún indemne parecía haber otra pared, pero pudimos identificar fácilmente al segundo hombre como Stanfield. Tenía un papiro de notas en su mano izquierda y una pluma en la derecha, y parecía haber estado escribiendo cuando murió. No se vela ningún cristal, pero el detector indicaba la existencia de un enorme espécimen cerca del cadáver de Stanfield. Tuvimos grandes dificultades para llegar hasta éste, pero finalmente lo logramos. El cadáver estaba aún caliente, y junto a él se hallaba un gran cristal, cubierto por el poco profundo barro. Inmediatamente estudiamos su papiro y nos preparamos a dar ciertos pasos siguiendo los datos contenidos en él. Las anotaciones del papiro forman la larga narración que precede a este informe; una narración que hemos verificado en sus puntos esenciales, y que adjuntamos como explicación de lo que hallamos. Las partes finales del relato muestran el deterioro de su mente, pero no hay razón para dudar de su parte principal. Stanfield obviamente falleció por una combinación de su sed, sofocación, tensión cardíaca y depresión psicológica. Tenía colocada la máscara y esta estaba generando oxígeno normalmente, a pesar de su escasa reserva de cubos.

Teniendo dañado nuestro aparato, enviamos un mensaje por radio reclamando la presencia de Anderson con el avión de reparaciones FG-7, con un equipo de demoliciones y material para las mismas. Hacia la mañana el FR-58 ya había sido reparado, y regresó al mando de Anderson llevando los dos cadáveres y el cristal. Enterraremos a Dwight y Stanfield en el cementerio de la Compañía, y enviaremos el cristal a Chicago en el siguiente navío que se dirija a la Tierra. Luego, adoptaremos la sugerencia de Stanfield... la más cuerda contenida al principio del informe, cuando aún estaba sano, y traeremos las suficientes tropas como para acabar con los nativos. Con el campo libre, no habrá límites en la cantidad de cristales que podamos obtener. Por la tarde estudiamos con mucho cuidado el edificio o trampa invisible, explorándolo con la ayuda de largas cuerdas de guía, y preparando un mapa completo para nuestros archivos. Nos sentimos muy impresionados por el diseño, y conservamos especímenes de la sustancia para someterlos a análisis químicos. Estos conocimientos nos serán útiles cuando invadamos las ciudades nativas. Nuestras brocas de diamante tipo C lograron perforar el material, y el equipo de demoliciones está ahora dinamitando el edificio para volarlo hasta los cimientos. No quedará nada cuando hayan acabado. Este edificio es una verdadera amenaza para el tráfico aéreo y de otros tipos.

Al contemplar el plan del laberinto uno se siente impresionado no solo por la ironía del fin de Dwight, sino también por el de Stanfield. Cuando intentamos llegar hasta el segundo cadáver desde el esqueleto, no pudimos hallar acceso hacia la derecha, pero Marheim encontró una puerta desde el primer espacio interior a unos cuatro metros y medio más allá de Dwight y a un metro y medio de Stanfield. Tras ella había un largo corredor que no exploramos hasta más tarde, pero en su lado derecho había otra puerta que llevaba directamente al cadáver. Stanfield podría haber alcanzado la salida exterior caminando unos seis o siete metros si hubiera hallado la abertura que estaba directamente tras él... una abertura de la que no se dio cuenta a causa de su cansancio y desesperación.

En la tumba de Abdul Alí. E.F. Benson (1867-1940)

Luxor, tal y como reconocerá la mayoría de los que allí han estado, es un lugar de notable encanto, y ofrece al viajero muchos atractivos, entre los que destacan un excelente hotel con su sala de billar, unos jardines dignos de que los dioses se sentasen en ellos, un número ilimitado de visitantes, al menos un baile por semana a bordo del vapor fluvial para los turistas, la caza de la codorniz, un clima propio de Avalón y gran número de fantásticas reliquias históricas para los aficionados a la Arqueología. Para algunos otros, sin embargo, en realidad los menos, aunque convencidos de una manera casi fanática de su propia ortodoxia, el encanto de Luxor es como el de una bella durmiente: sólo se despierta cuando cesan todas esas actividades anteriormente mencionadas: cuando el hotel se ha vaciado y el encargado de los billares se ha marchado a El Cairo «para disfrutar de un buen descanso» cuando tanto las diezmadas codornices como el turista diezmador han regresado al norte; cuando el llano Tebano, Dánae para un sol tropical, se convierte en una parrilla a través de la cual ningún hombre haría voluntariamente un viaje durante el día, ni siquiera aunque la Reina Hatasoo en persona se hubiera dignado a ofrecerle una audiencia en los bancales de Deir-El-Bahari. La sospecha, en todo caso, de que aquellos pocos fanáticos pudieran tener razón, ya que en otros aspectos se mostraban hombres de juiciosas opiniones, me indujo a examinar sus convicciones por mí mismo, y así vino a suceder que hace dos años, cierto día de finales de junio, me vi aún allí, transformado en un converso convencido.

Mucho tabaco y la longitud de los días nos habían ayudado a analizar el encanto del cual está poseído el verano en el sur. Weston (uno de los primeros conversos) y yo mismo lo llevábamos discutiendo desde hacía cierto tiempo, y aunque nos reservábamos como ingrediente principal un «algo» sin nombre que podría desconcertar a cualquier químico que buscara su composición, y que debe ser sentido para ser entendido, fuimos capaces de detectar con facilidad otras drogas para la vista y el oído que, coincidimos, contribuían sobremanera al resultado final. A continuación enumero algunas de ellas.

• Despertar en la cálida oscuridad justo antes del amanecer para descubrir que el deseo de quedarse en la cama se desvanece al despertarse.
• Atravesar el río, en silencio y sosegadamente, con nuestros caballos, los cuales, al igual que nosotros, se detienen para olfatear la increíble dulzura que trae consigo la llegada de la mañana, sin encontrarla aparentemente menos maravillosa pese experimentarla día tras día.
• El momento, infinitesimal en duración pero infinito en sensación, previo a que salga el sol, cuando el río gris y amortajado se ve despojado repentinamente de las tinieblas para convertirse en una verde sábana de bronce.
• El rubor rosáceo, fugaz como un cambio de color en una combinación química, que atraviesa el cielo de este a oeste, seguido inmediatamente por la luz del sol, que va a dar en los picos de las colinas occidentales y se desparrama sobre ellas como un líquido luminoso.
• La agitación y los susurros que se extienden por el mundo: una brisa se despierta; una alondra atraviesa el cielo y canta; el barquero grita «Alá, Alá»; los caballos sacuden las cabezas.
• Nuestro consiguiente paseo.
• El consiguiente desayuno a nuestro regreso.
• La constante ausencia de algo que hacer.
• Durante el ocaso, el paseo a caballo a través de un desierto impregnado por el aroma de la arena caliente y estéril, que huele como ninguna otra cosa en este mundo, porque no huele a nada en absoluto.
• El fulgor de la noche tropical.
• La leche de camella.
• Las conversaciones con los fellahin, que son la gente más encantadora y considerada que hay sobre la faz de la tierra, salvo cuando hay turistas cerca, y cuando por lo tanto no existe en sus mentes otro pensamiento que el regateo.
• Por último, lo que aquí nos ocupa: la posibilidad de vivir extrañas experiencias.

El suceso que puso en marcha los acontecimientos que forman este relato acaeció hace cuatro días, cuando Abdul Alí, el hombre más viejo de la aldea, murió súbitamente, colmado de días y riquezas. Ambos elementos, pensaron algunos, serían probablemente producto de la exageración, pero sus conocidos afirmaban sin excepción que tenía tantos años como libras esterlinas, lo que venía a suponer cien de cada cosa. La bella redondez de la cifra resultaba incontestable, era demasiado bonita como para no ser cierta, y no llevaba Abdul veinticuatro horas muerto cuando ya se había convertido en una ortodoxia. En lo que respecta a sus amistades, pronto convirtieron su duelo en una fuente de absoluta consternación en vez de resignación piadosa, ya que no pudo encontrarse ninguna de todas aquellas libras británicas, ni siquiera en su equivalente algo menos satisfactorio de billetes bancarios, los cuales, fuera de la temporada turística, eran tenidos en Luxor por una variante no demasiado fiable de la piedra filosofal, aunque ciertamente capaz de producir oro en circunstancias favorables. Abdul Alí estaba muerto con sus cien años, su siglo de soberanos (igualmente podrían haber sido una renta anual) había muerto con él, y su hijo Mohamed, que previamente había disfrutado de un breve estallido de euforia al anticipar el evento, arrojó bastante más arena al aire de la que podría considerarse justificada por una sincera aflicción incluso en el caso de una plañidera profesional.

Abdul, es de temer, no era un hombre de estereotipada respetabilidad; aunque colmado de años y riquezas, nunca disfrutó de mucha reputación por su honor. Bebía vino donde y cuando pudiera conseguirlo; comía durante los días del Ramadán, burlándolo cada vez que su apetito así lo deseaba; se le suponía el don del mal de ojo, y durante sus últimos momentos fue atendido por el célebre Achmet, bien conocido por estos lares por practicar la Magia Negra, y sospechoso del mucho más horrendo crimen de robar los cuerpos de los difuntos recientes. Y es que en Egipto, mientras despojar los cuerpos de antiguos reyes y sacerdotes es un privilegio por el que sociedades avanzadas y cultas compiten entre sí, el robar cadáveres de contemporáneos está considerado un hecho propio de perros. Mohamed, que pronto cambió el arrojar arena al aire por un modo más natural de expresar consternación, consistente en roerse las uñas, nos confió su sospecha de que Achmet había descubierto el secreto de dónde estaba el dinero de su padre. Pero, al parecer, Achmet había exhibido la misma cara de pasmado que todos los demás cuando su paciente, que estaba intentando comunicarle algo, se marchó hacia el gran silencio, de modo que la sospecha de que sabía dónde estaba el dinero dio paso, en las mentes de aquellos que creían conocer su carácter, a un ambiguo pesar por no haber sido capaz de averiguar un dato tan importante.

De modo que Abdul murió y fue enterrado, y todos acudimos al festín funerario, en el que comimos más carne asada de la que normalmente uno se molestaría ni siquiera en mirar a las cinco de la tarde de un día de junio, a consecuencia de lo cual, Weston y yo, sin necesidad de cenar, nos detuvimos en casa después de nuestro paseo a caballo por el desierto, y hablamos con Mohamed, el hijo de Abdul, y con Hussein, su nieto más joven, un chico de unos veinte años, que además ejerce para nosotros de ayuda de cámara, cocinero y señora de la limpieza. Juntos nos contaron con tristeza lo del dinero que había estado y ya no estaba, y nos narraron escandalosas historias sobre Achmet, referentes a su debilidad por los cementerios. Bebieron café y fumaron con nosotros, ya que aunque Hussein era nuestro sirviente, habíamos sido ese día invitados de su padre, y poco después de que se hubieran marchado llegó Machmout.

Machmout, que dice tener doce años, aunque no lo sabe con certeza, es nuestro pinche de cocina, mozo de cuadra y jardinero, y posee un extraordinario nivel de un poder oculto parecido a la clarividencia. Weston, que es miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica, y que considera como la mayor tragedia de su vida la detención de la señora Blunt, aquella médium fraudulenta, dice que se trata de un caso clarísimo de lectura del pensamiento, y ha tomado notas de muchas de las actuaciones de Machmout, que podrían llegar a ser de interés. La lectura del pensamiento, en todo caso, no me parece suficiente explicación para lo que nos sucedió una vez superado el funeral de Abdul, y respecto a las cualidades de Machmout yo debería inclinarme o bien por la Magia Blanca, que debería ser un término muy inclusivo, o bien por la Pura Coincidencia, que es un término más inclusivo aún, y que podría cubrir todos los fenómenos inexplicables del mundo tomados individualmente. El método de Machmout para liberar las fuerzas de la Magia Blanca es muy simple, y el procedimiento, conocido por muchos como el espejo de tinta, es tal y como sigue:

Se derrama un poco de tinta negra sobre la palma de la mano de Machmout. En su defecto, ya que últimamente la tinta se ha convertido en un artículo de lujo debido a que el último barco correo procedente de El Cairo en el que nos enviaban los artículos de papelería quedó atrapado en un banco de arena, un pequeño trozo de tela negra americana de dos centímetros y medio de diámetro sirve como sustituto perfecto. Machmout concentra su mirada sobre él. Tras cinco o diez minutos, su astuta expresión de mono desaparece de su cara, sus ojos completamente abiertos permanecen fijos en el trapo, una completa rigidez se apodera de sus músculos, y entonces nos cuenta las curiosas cosas que ve. En cualquier posición que esté, en esa posición permanece, sin moverse ni un pelo hasta que la tinta es lavada o la tela recogida. Entonces levanta la mirada y dice: «Khalás», que significa «Se acabó».

Tomamos los servicios de Machmout como segundo empleado de la casa hace tan sólo quince días, pero ya la primera noche que pasó con nosotros subió las escaleras cuando hubo finalizado su trabajo y dijo; «Les mostraré Magia Blanca; déme tinta», y a continuación procedió a describir el recibidor de nuestra casa de Londres, diciendo que había dos caballos esperando a la puerta, y que un hombre y una mujer salieron de la misma, dieron a cada caballo un trozo de pan, y montaron. Esto era tan probable que con el siguiente correo le escribí a mi madre pidiéndole que me contara exactamente qué había hecho a las cinco y media (hora inglesa) del 12 de junio. A la hora correspondiente en Egipto, Machmout nos había hablado de una «sitt» (dama) que tomaba el té en una habitación que describió con bastante minuciosidad, por lo que estoy esperando ansioso su carta. La explicación que da Weston a este fenómeno es que en mi cabeza hay un retrato mental de la gente que conozco, aunque pudiera ser que yo no me diera cuenta de ello (pero según él está presente en mi yo subliminal), y que soy yo quien le ofrece sugerencias no habladas a Machmout cuando éste entra en estado hipnótico. Mi explicación es que no hay ninguna explicación, ya que ninguna sugerencia por mi parte podría hacer que mi hermano saliera a dar un paseo a caballo en el preciso momento en el que Machmout dice que lo está haciendo (si es que averiguamos que las visiones de Machmout son cronológicamente correctas). En consecuencia, prefiero mantener una mente abierta y estoy preparado para creer cualquier cosa. Weston, en todo caso, no habla tan calmada o científicamente de la última representación de Machmout, y desde entonces ha dejado totalmente de urgirme para que me convierta en miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica, dado que yo ya no estoy chapado a la antigua por vanas supersticiones.

Machmout no ejercita sus poderes si su propia gente se encuentra presente, ya que dice que cuando está en ese estado, si un hombre que conociera la Magia Negra se encontrara en la habitación o supiera que estaba practicando la Magia Blanca, podría enviar al espíritu que preside la Magia Negra para que matase al espíritu de la Magia Blanca, ya que la Magia Negra es más potente y las dos son enemigas. Y ya que el espíritu de la Magia Blanca es en ocasiones un poderoso aliado (su amistad con Machmout había llegado a unos niveles que yo considero increíbles), Machmout desea fervientemente que pueda seguir a su lado. Pero los ingleses no parecen conocer la Magia Negra, de modo que con nosotros está a salvo. El espíritu de la Magia Negra, con el que hablar supone la muerte, fue visto en una ocasión por Machmout «entre el cielo y la tierra, y la noche y el día», tal y como él lo expresa, en la carretera de Karnak. Puede ser reconocido, nos dijo, por el hecho de que su piel es más pálida que la de su gente, porque tiene dos largos dientes que le sobresalen uno por cada extremo de la boca, y porque sus ojos, completamente blancos, son tan grandes como los ojos de un caballo.

Machmout se acuclilló cómodamente en una esquina y le di el trozo de tela americana negra. Como han de pasar algunos minutos antes de que consiga entrar en el estado hipnótico en el que comienzan las visiones, salí al balcón buscando el frescor. Era la noche más calurosa que habíamos tenido hasta entonces, y aunque ya hacía tres horas que se había puesto el sol, el termómetro aún estaba cercano a los 38°. Sobre nosotros, el cielo parecía velado por el gris, cuando debería haber sido de un azul aterciopelado y oscuro, y un viento racheado procedente del sur amenazaba con tres días de intolerable y arenoso khamseen. Un poco más arriba de la calle, a la izquierda, había un pequeño café frente al cual brillaban y menguaban las chispas que brotaban como luciérnagas de las pipas de agua de los árabes que se sentaban en la oscuridad. Desde el interior llegaba el sonido de las castañuelas de metal que llevaría en las manos alguna bailarina, sonando agudas y precisas contra la gimiente música de las cuerdas y las nautas que suelen acompañar a esos movimientos que los árabes adoran y los europeos encuentran tan desagradables. Hacia Oriente el cielo se mostraba más claro y luminoso, ya que la luna estaba a punto de alzarse, y mientras yo contemplaba el reborde rojo del enorme disco, éste empezó a recortarse sobre la línea del desierto. En ese preciso instante, siguiendo un curioso sentido de la oportunidad, uno de los árabes que se encontraban en el exterior del café inició un maravilloso canto.

No puedo dormir pues os echo en falta, oh luna llena. Lejano se encuentra vuestro trono, allá en La Meca; descended, oh amada, junto a mí.

Inmediatamente después oí la monótona y aflautada voz de Machmout, y al cabo de unos instantes entré.
Hemos descubierto que los experimentos dan un resultado más rápido si existe un contacto, hecho que reafirmó a Weston en su explicación de una especie de elaborada transferencia de pensamientos, que confieso no acabo de entender. Estaba escribiendo en una mesa junto a la ventana cuando entré, pero me miró.
—Tómale de la mano —dijo—; de momento está siendo bastante incoherente.
—¿Cómo explicas eso? —pregunté.
—Es una especie de comportamiento análogo, o eso piensa Myers, al que se tiene cuando se habla en sueños. Ha dicho algo sobre una tumba. Sugiérele alguna cosa, a ver si lo asimila. Es notablemente sensible, y responde mejor ante ti que ante mí. Probablemente el funeral de Abdul le sugirió lo de la tumba.
Una idea repentina me asaltó.
—Calla —dije—. Quiero escucharle.
La cabeza de Machmout estaba echada un poco hacia atrás, y mantenía la mano en la que tenía el trozo de tela bastante elevada sobre la cara. Como de costumbre estaba hablando muy lentamente, y con una voz muy aguda, en absoluto semejante a su tono habitual.
—A un lado de la tumba —exclamó— hay un tamarindo con el que fantasean los escarabajos verdes. Al otro lado hay una pared de barro. Hay muchas otras tumbas alrededor, pero están todas dormidas. Ésta es la tumba, porque está despierta, y está húmeda y no arenosa.
—Ya me lo imaginaba —dijo Weston—. Está hablando de la tumba de Abdul.
—Hay una luna roja sentada sobre el desierto —continuó Machmout—, y el momento es ahora. Se percibe el aliento del khamseen y hay mucha arena en camino. La luna está roja debido al polvo y a su escasa altura.
—Aún es sensible a los estímulos externos —dijo Weston—. Eso es bastante curioso. Pellízcale ¿quieres?
Pellizqué a Machmout; no me prestó la más mínima atención.
—En la última casa de la calle, en el portal, hay un hombre. ¡Ah, ah! —gritó de repente el muchacho—. Conoce la Magia Negra. ¡No le dejen entrar! Está saliendo de la casa —chilló—. ¡¡Viene hacia aquí...!! No, se va en la otra dirección, hacia la luna y la tumba. La Magia Negra le acompaña, puede levantar a los muertos y lleva consigo una daga asesina y una pala. No puedo verle la cara porque la Magia Negra se interpone entre él y mis ojos.
Weston se había levantado y, como yo, estaba totalmente pendiente de las palabras de Machmout.
—Iremos allí —dijo—. Ahora tenemos una oportunidad de ponerle a prueba. Escucha.
—Está caminando, caminando, caminando —continuó Machmout—, aún camina hacia la luna y la tumba. La luna ya no se sienta sobre el desierto, sino que ha empezado a elevarse.
Señalé a la ventana.
—Desde luego eso es completamente cierto —dije.
Weston retiró la tela de la mano de Machmout y el soniquete cesó. En un momento se estiró y se restregó los ojos.
—Khalás—dijo.
—Sí, Khalás.
—¿He vuelto a hablarle de la sitt de Inglaterra?
—Sí, oh, sí —contesté—, Gracias, pequeño Machmout. La Magia Blanca ha sido muy propicia esta noche. Puedes irte a la cama.
Machmout trotó obedientemente saliendo de la habitación y Weston cerró la puerta tras él.
—Debemos darnos prisa —dijo—. Merece la pena acercarse y ver si es cierto, aunque me gustaría que su visión hubiera sido menos siniestra. Lo curioso es que él no estuvo en el funeral, y sin embargo ha descrito la tumba con precisión. ¿Qué te parece?
—Supongo que la Magia Blanca le ha mostrado a Machmout que alguien en posesión de la Magia Negra se dirige a la tumba de Abdul, quizá con la intención de robar en ella —contesté con resolución.
—¿Qué haremos cuando lleguemos allí? —preguntó Weston.
—Contemplar la Magia Negra en acción. Personalmente, estoy completamente dispuesto. Y lo mismo te pasa a ti.
—No existe ninguna cosa parecida a la Magia Negra —dijo Weston—, Ah, ya lo tengo. Dame esa naranja.
Weston la peló con rapidez y cortó en la monda dos círculos del tamaño de una pieza de cinco chelines y dos largos y blancos colmillos. Los primeros se los colocó sobre los ojos, los segundos, en los extremos de la boca.
—¿El espíritu de la Magia Negra? —pregunté.
—En persona.
Tomó una larga y negra capa y se envolvió en ella. Incluso a la viva luz de la lámpara, el espíritu de la Magia Negra parecía un personaje lo suficientemente aterrador.
—No creo en la Magia Negra —dijo—, pero otros lo hacen. Si es necesario poner fin a... a lo que sea que esté pasando, combatiremos a ese tipo con sus propias armas. Vámonos. ¿Quién supones que será... me refiero, por supuesto, a en quién estabas pensando cuando tus pensamientos fueron transferidos a Machmout?
—Lo que dijo Machmout —respondí—, me recordó a Achmet.
Weston dejó caer una risa de incredulidad científica y nos pusimos en marcha.

La luna, tal y como nos había dicho el muchacho, se veía claramente en el horizonte, y a medida que se iba elevando, su inicial color rosáceo, como el resplandor de una explosión lejana, fue diluyéndose hacia un amarillo leonado. El árido viento del sur, que soplaba no ya de manera racheada sino con una violencia continuada y cada vez más intensa, llegaba cargado de arena y de un calor increíblemente abrasador; las copas de las palmeras en el jardín del desierto hotel se inclinaban a un lado y a otro provocando un áspero sonido con sus hojas secas. El cementerio se encontraba a las afueras del poblado y, mientras nuestro camino siguió por entre las paredes de adobe de las calles encerradas sobre sí mismas, el viento sólo llegó a nosotros como el calor agazapado tras las puertas de un horno. De vez en cuando sus susurros y silbidos se alzaban hasta provocar un estruendoso aleteo, y un repentino remolino de polvo podía recorrer unos veinte metros de calle antes de acabar por romper como una ola contra uno de los muros de adobe, o arrojarse violentamente contra una de las casas y despedazarse en una lluvia de arena. Pero una vez libre de obstáculos, el viento nos opuso toda su fuerza y calor. Era el primer Khamseen del año, y por un momento deseé haberme marchado al norte con el turista, la codorniz y el encargado de los billares, ya que el khamseen es capaz de arrancar hasta el tuétano de los huesos, convirtiendo el cuerpo en un papel secante. No nos encontramos con absolutamente nadie en la calle, y el único sonido que oímos, aparte del viento, fue el aullido que los perros dedicaban a la luna.

El cementerio está delimitado por un gran muro de adobe, bajo el que nos refugiamos un momento mientras discutíamos los pasos a seguir. La hilera de tamarindos, junto a la que se encontraba la tumba, atravesaba el cementerio por el centro, y rodeando el muro por el perímetro exterior y escalándolo por la parte más cercana a los árboles, la furia del viento podía ayudarnos a acercarnos hasta la tumba sin ser vistos, si es que había alguien allí. Acabábamos de decidirnos a hacerlo así cuando el viento cesó por un momento, y en el silencio pudimos escuchar el sonido de una pala introduciéndose en la tierra, y también algo que me provocó un repentino escalofrío de íntimo horror: el chillido de una ave carroñera que surgió del cielo crepuscular justo por encima de nuestras cabezas.

Dos minutos más tarde estábamos arrastrándonos a la sombra de los tamarindos, hacia el lugar en el que Abdul había sido enterrado. Los enormes escarabajos verdes que viven en los árboles volaban a ciegas, y en una o dos ocasiones se estrellaron contra mi cara con un zumbido de alas acorazadas. Cuando nos encontramos a unos veinte metros de la tumba, nos detuvimos un momento y, observando con cautela desde nuestro refugio entre los tamarindos, pudimos ver la silueta de un hombre hundido hasta la cintura en la tierra, cavando en la tumba reciente. Weston, que se encontraba detrás de mí, había vuelto a caracterizarse como el espíritu de la Magia Negra, para estar preparado en caso de alguna eventualidad. Al girarme de repente y encontrarme cara a cara con aquella personificación, pese a que mis nervios no suelen hallarse excesivamente a flor de piel, pude notar en mi interior un grito que pugnaba por surgir. Aquel antipático hombre de hierro agitó la cabeza conteniendo la risa y, guardando los ojos en la mano, me indicó sin hablar que siguiera avanzando hacia donde los árboles se espesaban aún más. Desde allí estábamos a menos de doce metros de la tumba.

Esperamos, supongo, durante unos diez minutos, mientras el hombre, que según comprobamos era Achmet, seguía concentrado en su impía tarea. Estaba completamente desnudo y su piel morena brillaba a la luz de la luna con el rocío del esfuerzo. A veces parloteaba consigo mismo de una manera fría y misteriosa, y en una o dos ocasiones se detuvo para tomar aliento. Después empezó a retirar la tierra con sus propias manos, y poco después rebuscó entre sus ropas, que yacían allí al lado, hasta encontrar un trozo de cuerda, con el que se introdujo en la tumba, para reaparecer un momento después con ambos extremos entre las manos. Después se colocó a horcajadas sobre la tumba, estiró con fuerza y uno de los extremos del ataúd asomó a la superficie. Cortó un trocito de la tapa para comprobar que lo había sacado por el extremo correcto y, después, tras colocarlo verticalmente, arrancó con la ayuda de su cuchillo la parte superior. Allí estaba, apoyado contra la tapa del ataúd, el pequeño y arrugado cuerpo de Abdul, vendado como si fuese un niño recubierto de talco.

Estaba a punto de animar al espíritu de la Magia Negra a que hiciera su aparición cuando me vinieron a la cabeza las palabras de Machmout: «La Magia Negra le acompaña, puede levantar a los muertos», y una repentina e irresistible curiosidad, que redujeron el horror y el disgusto a meras sensaciones sin efecto, me asaltó.

—Espera —le susurré a Weston—. Va a usar la Magia Negra.
De nuevo el viento se detuvo un instante, y de nuevo, en el silencio que siguió, oí las protestas del carroñero, esta vez más cerca, y pensé que en esta ocasión había oído a varias aves. Achmet, mientras tanto, había dejado la cabeza libre de envoltorios y había retirado la venda que, tras la muerte, se suele colocar rodeando la barbilla para que la mandíbula permanezca cerrada, y que en los entierros árabes siempre se deja atada. Desde donde nos encontramos pude ver perfectamente cómo se abría la mandíbula al desatarse la venda, como si, aunque el viento nos acercara los atroces olores de la mortalidad, los músculos aún no hubieran adquirido la rigidez propia de un hombre que llevaba muerto sesenta horas. Pero aun así, una curiosidad cruda y ardiente por ver qué haría a continuación aquel demonio impío, sofocó cualquier otro sentimiento en mi interior. Él no pareció notar, y mucho menos sentirse importunado por aquella boca siniestramente abierta, y siguió moviéndose ágilmente a la luz de la luna.

Tomó de un bolsillo de sus ropas, que estaban al lado, dos pequeños objetos negros que ahora reposan a buen recaudo entre el cieno del lecho del Nilo, y los restregó enérgicamente entre sí. Gradualmente, empezaron a iluminarse, cada vez con más intensidad, con una luz pálida, enfermiza y amarillenta, y de sus manos surgió una ondulante y fosforescente llama. Colocó uno de estos cubos en la boca del muerto, y el otro en la suya propia, y tomando al difunto entre sus brazos, como si pensara bailar con él, empezó a pasar bocanadas de aliento de su boca a la del muerto, que presionaba contra la suya. De repente retrocedió con una fugaz expresión de maravilla, y quizá de horror, y por un momento permaneció aparentemente indeciso, ya que el cubo que el difunto tenía en la boca no yacía cómodamente en su interior, sino que estaba fuertemente apresado entre sus dientes. Tras aquel momento de indecisión, regresó rápidamente hasta sus ropas y tomó el cuchillo con el que había abierto la tapa del ataúd, y mientras lo agarraba con una mano escondida tras la espalda, con la otra retiró el cubo de la boca del muerto, no sin esfuerzo, y habló.

—Abdul —dijo—, soy tu amigo, y juro que le entregaré tu dinero a Mohamed si me dices dónde está.
Estoy completamente seguro de que los labios del muerto se movieron y de que los párpados se contrajeron por un instante como las alas de un pájaro herido, pero a la vista de tal horror fui incapaz de ahogar el grito que subió a mis labios, y Achmet se giró en redondo. A continuación el espíritu de la Magia Negra surgió de entre las sombras de los árboles y se plantó frente a él. El miserable permaneció un momento sin saber cómo reaccionar; después, con las rodillas temblando, se dio la vuelta para iniciar la huida, pero tropezó y cayó al interior de la tumba que acababa de abrir.

Weston se volvió hacia mí con enfado, dejando caer los ojos y los dientes de su disfraz.
—¡Lo has estropeado todo! —gritó—. Podría haber sido lo más interesante...
Después, sus ojos se posaron en el difunto Abdul, que nos contemplaba con los ojos completamente abiertos desde su ataúd. A continuación empezó a balancearse, se tambaleó y acabó por caer, quedando boca abajo en la tierra. Por un momento permaneció allí, y después el cuerpo rodó lentamente sobre sí mismo sin una causa visible que justificara el movimiento hasta que quedó de cara al cielo. El rostro estaba cubierto de polvo, y el polvo se había mezclado con sangre fresca. Un clavo se había enganchado en las vendas que le rodeaban, desgarrando las ropas con las que había fallecido (ya que los árabes no lavan a sus muertos) y dejando al descubierto el hombro desnudo.

Weston intentó decir algo, pero no lo logró. Por fin se recompuso.
—Iré a informar a la Policía —dijo—, si te quedas aquí y te aseguras de que Achmet no salga de ahí.
Pero me negué en redondo a hacerlo y, tras cubrir el cuerpo con el ataúd para protegerlo de los carroñeros, inmovilizamos a Achmet con la cuerda que él mismo había utilizado esa noche y le llevamos hasta Luxor.
A la mañana siguiente Mohamed vino a vernos.
—Ya decía yo que Achmet sabía dónde estaba el dinero —dijo exultante.
—¿Dónde estaba?
—En una pequeña bolsa atada alrededor del hombro. El muy perro ya había empezado a buscarla. Vean —y la extrajo de su bolsillo—. Está todo aquí, en billetes bancarios ingleses de cinco libras cada uno, y hay veinte en total.

Nuestra conclusión era ligeramente diferente, ya que incluso Weston podrá admitir que la intención de Achmet era descubrir el secreto del tesoro de los labios del muerto, para después volver a asesinarlo y enterrarlo. Pero eso es pura conjetura. El otro punto de interés de la historia reside en los dos cubos negros que recogimos, y que resultaron estar grabados con curiosos caracteres. Una noche los puse en la mano de Machmout, mientras exhibía para nosotros sus curiosos poderes de «transferencia mental», y el efecto fue que gritó con fuerza, diciendo que la Magia Negra había llegado. Aunque no acababa de estar convencido, me pareció que estarían más a salvo en el fondo del Nilo. Weston refunfuñó un poco, y dijo que le hubiera gustado llevarlos al Museo Británico, pero estoy seguro de que eso es algo que se le ocurrió después.